16
Había llegado el momento de la guerra.
Nicolás estaba contento. Necesitaba luchar, asesinar. Quizá si mutilaba unos cuantos
Cazadores, dejaría de imaginarse su cuchillo rasgando el cuello de Minako, seguido
rápidamente del de su hermana, su madre y su abuela.
No se lo había dicho a los demás, pero su necesidad de matar ya no era un leve
movimiento en su interior estaba empezando a teñir todos sus pensamientos y a volverlo loco. Los dioses no habían exagerado. La bestia que llevaba dentro estaba ansiosa por cumplir la orden que le habían dado.
Su ansia se incrementaba con cada hora que pasaba.
Nicolás sabía que cada vez sería mayor. Crecería, crecería y crecería hasta que él
destruyera a aquella» cuatro mujeres inocentes.
Apretó la mandíbula. Con suerte, quizá pudiera saciar su sed de sangre, aunque sólo
fuera durante un rato. «Soy un monstruo, soy tan malo como el espíritu que me posee». Si los guerreros no encontraban i modo de salvar a aquellas mujeres, Nicolás tendría que
despedirse de los últimos vestigios de sí mismo. Soy un demonio.
« ¿Acaso no lo eres ya?».
—¿Crees que la mujer de Darién está ahí fuera? —preguntó Jedite, interrumpiendo
sus negros pensamientos.
—Puede ser —respondió.
No habían podido encontrarla y habían abandonado su búsqueda por el castillo. Se
habían ido a la ciudad, de todos modos. Él estaba furioso por el hecho de que un cebo estuviera libre por ahí.
Mamoru había ido primero al cementerio, pero no había encontrado nada sospechoso.
Sin embargo, había enviado de vuelta a Andrew para que esperara y vigilara con unos
cuantos de sus juguetes. Él había protestado pero al final había accedido. Al menos, los habitantes del cementerio ya estaban muertos, así que Enfermedad era inofensiva.
En aquel momento, Nicolás y los demás avanzaban rápidamente por las calles
empedradas de Buda. Sin Serena, tendrían que atraer a los Cazadores de otro modo.
Habían decidido actuar ellos mismos como cebo.
Aunque había pasado la media noche, las calles se encontraban muy animadas. La
gente estaba sentada en las terrazas y paseando por la calle. Los edificios que flanqueaban
las calles eran una sinfonía de curvas y picos. De vez en cuando pasaba algún coche.
Los humanos se apartaban sobresaltados del camino de los inmortales. La gente
susurraba y especulaba.
«Los ángeles han bajado de la montaña... Creo que voy a buscar a esos hombres que
preguntaban Por ti en el Club Destiny...».
—¿Unos hombres han preguntado por nosotros? —dijo Nicolás. Mientras hablaba, una
mujer cruzaba para saludarlos. Se quedó helada al ver a Jedite—
—Un beso—le pidió.
—Siempre —dijo Jedite, y con una sonrisa movió la cabeza para complacerla.
Nicolás ladró:
—Más tarde. Llévanos a ese dichoso Club Destiny.
Si Promiscuidad comenzaba a besar, Promiscuidad no podía parar hasta que la ropa
había volado y resonaban gritos de pasión.
—La próxima vez —dijo Jedite a la mujer en tono lastimero, y siguió caminando hacia
la discoteca.
—¿Me lo prometes? —pidió la mujer.
Sin embargo, la mirada de lujuria se le borró en los ojos cuando Mamoru pasó a su lado con su rostro lleno de cicatrices.
Unos minutos más tarde, los guerreros habían entrado al club y estaban
inspeccionando la escena. Había muchos humanos bailando al son de un ritmo rápido,
enloquecedor, bajo luces multicolores que parpadeaban. Quienes los veían, se quedaban impresionados la mayoría se apartaba.
Nicolás sintió algo. Un ligero zumbido de poder, quizá. Frunció el ceño.
— ¿Los ves? —le preguntó Endimión con tensión—
—Todavía no, pero sé que están aquí.
—Vaya, esto es el cielo. Mira qué preciosidades hay por aquí —comentó Jedite, con la
voz ronca por la excitación;
—Deja ya de pensar en sus piernas —le espetó Endimión.
Ojalá aquélla fuera su única preocupación, dijo Nicolás, necesitar el sexo. Las mujeres
humanas lo miraban con terror. Y él estaba contento por eso. Debían temerlo. Él no
querría hacerlo, pero se las comería y las escupiría de un solo mordisco.
—Cinco minutos —dijo Jedite, con la voz cargada de placer—. Es lo único que necesito.
—Más tarde.
—Ahora.
—¿Acaso eres un niño? Reprímete por una maldita noche.
—Por todos los dioses —dijo Mamoru de repente, y señaló hacia el centro del club con
un movimiento brusco de la cabeza—. Mirad.
Todas las miradas de los guerreros se dirigieron hacia un grupo que estaba al fondo
del local, observándolos.
Nicolás inspiró profundamente y se llevó la mano a uno de sus cuchillos. Parecía que
las sorpresas no habían terminado.
—Seiya —dijo.
No creía que volviera a ver nunca a Duda. Aquel hombre, a quien había considerado
un amigo, había estado a punto de matarlo.
— ¿Qué hace aquí? ¿Y por qué ahora? —en cuanto hubo formulado las preguntas, supo
la respuesta—. Todavía sigue luchando con los Cazadores. Probablemente es él quien los ha traído hasta nuestra puerta.
—Sólo hay una manera de averiguarlo —dijo Mamoru. Sin embargo, ninguno de ellos se movió.
Nicolás se dio cuenta de que los pies se le habían vuelto de plomo. Los recuerdos de
aquella noche negra y trágica invadieron su mente.
—Tenemos que matarlos —había gritado Seiya—. ¡Mira lo que le hicieron a Badén!
—Ya hemos matado suficiente —había respondido Luden, con su tono de voz calmo—
. Les hemos infligido a ellos y a sus familias mucho más dolor que ellos a nosotros.
La cara de Seiya se congestionó de rabia fría.
— ¿Es que Badén no significaba nada para ti?
—Yo lo quería tanto como tú, pero seguir con la destrucción no nos lo va a devolver —
le había respondido Nicolás. Después se había dado la vuelta, porque era incapaz de
soportar el dolor de los ojos de Seiya, que era un reflejo del dolor que él mismo sentía—.
Yo no puedo continuar, porque mi corazón se vuelve más negro cada día que pasa.
Necesito paz. Un refugio.
—Yo preferiría morir que dejar con vida a un solo Cazador.
Hemos matado al hombre que decapitó a Badén. Es suficiente.
—¿Suficiente? Yo tuve el cuerpo sin vida de Badén en mis brazos; su sangre me
manchó el alma. ¿Y tú quieres que lo deje? Eres peor que los Cazadores.
Seiya lo había atacado y le había hundido un cuchillo en el cuello antes de que él
pudiera darse cuenta.
Quizá hubiera podido perdonar una lucha limpia, pero ¿un ataque por la espalda? No.
Después de vencerlo, Nicolás sólo quería marcharse. Marcharse de Grecia, alejarse de la guerra y de los recuerdos dolorosos. Sin embargo, Seiya y unos pocos más todavía querían sangre.
Entonces los Señores se habían dividido irrevocablemente.
Nicolás observó en aquel momento a aquellos guerreros a los que conocía pero no
conocía. En apariencia eran los mismos, aunque su atuendo había cambiado con los
tiempos. Alan tenía el pelo azul y un brillo pecaminoso en los ojos, un brillo depredador.
A Nicolás le recordó el brillo de los ojos de Mamoru la única vez que su amigo había
explotado, cuando nada ni nadie había podido contenerlo.
Neherenia seguía siendo la mujer más bella que él hubiera visto nunca, pero al mirarla
tuvo ganas de atravesarse el corazón a sí mismo. Neflyte seguía siendo guapo, aunque los años le habían endurecido los rasgos, Rubeus ya no llevaba túnica, sino una camisa negra y unos pantalones vaqueros.
¿Dónde estaba Yaten? ¿Acaso los Cazadores también lo habían asesinado a él?
Seiya y los otros comenzaron a aproximarse lentamente. Nicolás los observó con
suma atención hasta que ambos grupos se encontraron en el medio de la pista di-baile; los humanos se apartaron rápidamente de su camino.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó Mamoru. Nicolás se dio cuenta de que hablaba en inglés, probablemente, para que no los entendieran.
—Yo podría preguntarte lo mismo —respondió Seiya
— ¿Has venido a apuñalar a alguien más por la espalda, Duda? —preguntó Nicolás.
Seiya arqueó una ceja.
—Han pasado un par de miles de años, Ira. ¿No has oído hablar de algo llamado
perdón?
—Eso es gracioso, viniendo de ti.
El guerrero sacudió la cabeza.
—No hemos venido hasta aquí para luchar con vosotros. Hemos venido a
Enfrentarnos con los Cazadores. Están aquí, por si no lo sabíais.
Nicolás resopló.
—Ya nos hemos enterado. ¿Los habéis atraído a la ciudad?
No. Ellos se enteraron de dónde vivís antes que nosotros.
— ¿Y cómo?
Seiya se encogió de hombros.
—No lo sé.
Dudo que hayas venido hasta Budapest sólo para luchar —dijo Mamoru.
Muy bien. ¿Queréis saber la verdad? —intervino Neflyte, que extendió las manos para
demostrar que no estaba armado—. Necesitamos vuestra ayuda.
—Demonios, no —respondió Jedite, negando con la cabeza—. Ni siquiera necesitamos oír el motivo, ni el cómo, porque nuestra respuesta no va a cambiar.
«No pensarás que puedes vencer a estos tipos, ¿verdad?». Una extraña duda invadió la mente de Nicolás, clavando las garras en sus pensamientos.
—No somos los mismos guerreros de antes —dijo Carneo, atrayendo la atención de
todos con sus tristes ojos—. Al menos, escuchadnos.
Todo el mundo se encogió. Hablaba como si toda la pena del mundo descansara sobre sus delicados hombros. Probablemente era así. Al oírla, Nicolás tenía ganas de echarse a llorar como un niño.
—Necesitamos vuestra ayuda —dijo Seiya—. Estamos buscando Dim Ouniak. La caja
de Esmeralda. ¿Sabéis dónde está?
— ¿Quieres la caja después de todos estos años? — preguntó Mamoru, confundido—.
¿Por qué?
«Si te enfrentas a ellos, podrías morir. ¿Por qué no les das lo que desean y vuelves a tu vida?».
Nicolás apretó los puños. Él era fuerte y poderoso. No había ninguna razón para dudar
tanto. Dudar...
Con un gruñido de rabia, recordó la habilidad de su antiguo amigo.
—Sal de mi cabeza, Seiya.
—Lo siento —dijo el guerrero con una sonrisa débil—.Es la costumbre.
—Así que eres tú el que intentó que fuéramos al cementerio desarmados. Pensaba
que no querías lucha con nosotros.
La sonrisa de Seiya se hizo tímida.
—No estaba seguro del recibimiento que nos daríais. Ya que fracasé en mi intento de
atraeros allí, Yaten va a pasar una noche muy aburrida con los muertos. ¿Que estáis
haciendo aquí, a propósito? ¿Acaso también habéis oído decir que los Cazadores iban a venir?
—Enviamos a Andrew al cementerio, así que Yaten no se va a aburrir —dijo Mamoru,
mirando a su alrededor—. Y sí, hemos venido en busca de los Cazadores, aunque no veo ninguno.
— ¿Enfermedad está con Yaten?
Seiya frunció el ceño y se sacó una cajita negra del bolsillo. Mientras lo hacía, Endimión le puso un cuchillo en la garganta, pensando que iba a sacar un arma Cuando Endimión se dio cuenta de que era un transmisor portátil, bajó el cuchillo.
Con cara de pocos amigos, Seiya se llevó la radio a la boca y dijo:
—Yaten, no ataques. Fuego amigo.
—Comprendido.
Seiya se metió el transmisor al bolsillo.
—Entonces ¿estamos a buenas ahora?
—Ni lo sueñes —respondió Nicolás.
Neflyte se sacudió con enfado, y fijó su mirada viro lenta alrededor. Algunas personas
habían vuelto a bailar de nuevo, sintiendo los efectos del alcohol y la lujuria mientras se frotaban los unos con los otros.
— ¿Sabéis lo de los Titanes?
Mamoru miró a Nicolás antes de responder. —Sí.
Neherenia se mordió el labio.
— ¿Tenéis idea de lo que quieren de nosotros?
—No —respondió Nicolás, para evitar que alguien contestara por él. No quería que
supieran lo que le habían ordenado.
—Mirad, viejos amigos, sé que nos odiáis —dijo Seiya—. Y que queremos cosas
distintas. Pero hay algo que tenemos en común, y son las ganas de vivir. Hace un mes
supimos que los Cazadores están buscando la caja de Esmeralda. Si la encuentran, corremos el peligro de que succionen dentro a nuestros demonios. Eso significa que estamos en peligro de muerte.
— ¿Cómo sabes que la caja no ha sido destruida? — preguntó Endimión.
—No lo sé, pero no quiero arriesgarme a que esté intacta.
Durante todos aquellos años, Nicolás no había pensado en la caja. Su demonio había
estado dentro, y ya no lo estaba, y él había aceptado las consecuencias de sus actos. Fin de la historia.
En aquel momento volvió a recordar la fatídica noche en que su demonio fue liberado.
Él había ayudado a contener a los guardias de Esmeralda mientras Mamoru abría la caja. Los demonios habían surgido desde el interior imparablemente, y habían devorado la carne de los guardias.
El olor de la muerte y la sangre impregnó el aire. Los gritos invadieron la sala. Algo le
había atenazado la garganta a Nicolás y le impedía respirar. Había caído de rodillas y se había arrastrado por toda la habitación en busca de la caja, desesperado por encontrarla, pero la caja se había desvanecido.
Mamoru se pasó una mano por el pelo.
—No sabemos dónde está. ¿De acuerdo?
De repente, una mujer se abalanzó sobre Jedite y comenzó a lamerle el cuello. Jedite
cerró los ojos, y Endimión sacudió la cabeza.
—Deberíamos hablar en otro sitio.
—Vayamos a vuestro castillo —sugirió Seiya-Quizá entre todos recordemos algo de
cómo desapareció.
—No —dijeron Nicolás y Endimión al unísono.
—Yo puedo quedarme toda la noche aquí alegremente —dijo Alan con evidente
Irritación.
—¿A vuestro castillo? —Insistió Seiya—. Yo estoy dispuesto a ir cuando queráis.
—No —repitió Nicolás de nuevo.
—Muy bien. Nos quedaremos aquí. Dadme un momento para que envíe a todo el
mundo a casa.
Seiya cerró los ojos, y su expresión se hizo muy intensa. Nicolás lo observó
atentamente, agarrando la empuñadura de su daga, sin saber qué podía esperar. La música cesó de repente. La gente dejó de bailar. La incertidumbre se reflejó en sus caras y comenzaron a murmurar y a caminar hacia la puerta. En cuestión de minutos, todo el edificio estaba vacío.
Seiya relajó los hombros y exhaló un largo suspiro. Abrió los ojos.
—Ya estamos solos.
Rubeus, que no había dicho ni una sola palabra, ladeó la cabeza y miró a Nicolás de hito en hito. Sus ojos eran como un rayo láser. El rostro de Rubeus era indescifrable, y Nicolás se sintió inseguro. Aquel guerrero estaba poseído por Secreto; ¿podría adivinar lo que Nicolás guardaba en lo más profundo de su alma?
De repente, la mirada de Rubeus se clavó en la suya, y Nicolás percibió tristeza en sus
ojos. Sí. Lo había adivinado.
Seiya inspiró profundamente, haciendo acopio de paciencia.
—¿Por qué no hacemos un trato? Nosotros nos encargaremos de los Cazadores que
han invadido vuestra ciudad si vosotros nos ayudáis a encontrar la caja. Es un trato justo.
Nosotros hemos luchado durante mucho tiempo con ellos y sabemos cómo defendernos.
—Yo encontré uno antes y lo interrogué —dijo Neflyte—. Así supimos que iban a
venir a esta discoteca, aunque todavía no hemos visto a ninguno.
Nicolás percibió un movimiento en las sombras del fondo de la sala y frunció el ceño.
—Se ha quedado alguien.
Todo el mundo se puso rígido.
Entonces, Nicolás vio la silueta de cuatro humanos. Eran hombres musculosos.
—Cazadores —gruñó—. ¿Te parecen suficientes cuatro?
Aunque habían matado a Badén, Nicolás había estado dispuesto a dejarlos en paz. Él
les había causado mucho dolor siglos atrás, después de todo. Pero ellos habían vuelto.
Comenzarían una nueva guerra si tenían la oportunidad.
Al darse cuenta de que los habían visto, uno de los humanos se adelantó.
Era un mortal joven, y sonreía. Se frotó la muñeca derecha con el pulgar izquierdo, y
bajo las luces de la discoteca, Nicolás distinguió el símbolo del infinito.
—¿Quién habría pensado que nos encontraríamos todo el mal del mundo junto en la
misma habitación? —dijo el hombre. Tenía una pequeña caja negra en la mano—. ¿Es que estamos en Navidad?
Varios de los guerreros gruñeron. Algunos sacaron armas, otros dagas. Todos estaban
preparados para la batalla. Nicolás no esperó. Se dio cuenta de que no podía, no quería.
Estaba ansioso por actuar. Ira ya había juzgado a aquel hombre y lo había declarado
culpable del crimen de matar inocentes en su misión de matar Señores.
Nicolás lanzó sus dagas, y ambas se hundieron hasta 1 la empuñadura en el pecho del hombre.
La sonrisa se le congeló en la cara. Cayó de rodillas, jadeando, sufriendo. Aún viviría
durante unos minutos, pero ya nadie podría salvarlo.
—Suplicaréis la muerte cuando hayamos terminado con vosotros —jadeó.
— ¡Quémate en el infierno, demonio! —gritó otro de los mortales, y le arrojó una
daga.
Otro de los Cazadores disparó una pistola mientras la cuchilla del puñal se le hundía
en el pecho a Nicolás. Nicolás frunció el ceño. Miró la empuñadura. Su corazón continuaba bombeando sangre, abriéndose a cada latido. Ay. Esos Cazadores tenían buenos reflejos.
Debería recordarlo.
Mamoru y los demás se adelantaron.
El Cazador no se retiró.
—Espero que disfrutéis del fuego —gritó. Tomó la caja negra de manos de su amigo
muerto y ¡bum!
Una tremenda explosión hizo tambalearse todo el edificio e hizo volar por los aires la
piedra y el metal. Nicolás salió disparado como si fuera un saco de plumas.
«Vencido por humanos. Increíble».
Fue el único pensamiento que tuvo antes de que todo su mundo se fundiera en negro.
Espero les este gustando el trama de la historia tanto como ami nos leemos mañana ^^
