17
Darién se despertó sobresaltado y se dio cuenta de que estaba en su habitación.
Muerto un instante, y al siguiente, completamente consciente. Serena estaba dormida
sobre su hombro, y su cuerpo flexible estaba acurrucado junto al de él.
Se miró. Ella debía de haberlo limpiado y debía de haber cambiado las sábanas pese a las cadenas, porque la sangre había desaparecido. De nuevo tenía costras que se extendían por el estómago y las costillas.
El pelo de color miel de Serena le hacía cosquillas en la barbilla. Sus exhalaciones
cálidas le abanicaban la piel. Estaba viva, y estaba allí con él. Darién nunca se lo hubiera imaginado: directamente del infierno al cielo.
Normalmente, por las mañanas tenía la necesidad de destruir algo. De luchar. De
olvidar las llamas y el dolor abandonándose a la oscuridad del espíritu. En aquel momento, sin embargo, no quería nada de eso.
Se sentía... en paz.
Serena estaba tan plácidamente dormida que él no quiso despertarla. Bueno, no tan
plácidamente. Tenía restos de lágrimas en las mejillas y, en los labios, seña les de haberse mordido con ansiedad, repetidamente.
Él quería acariciarle la cara con un dedo, pero no podía. Malditas cadenas.
—Serena, preciosa. Despierta.
Ella emitió un suave gemido.
La luz del sol la acariciaba tal y como él deseaba hacer, y bañaba su piel de una
manera deliciosa. Todavía tenía las pestañas húmedas por las lágrimas, como hilos de
algodón cubiertos de rocío.
Había llorado al verlo sufrir. ¿Cuándo había llorada alguien por él?
—Serena.
Ella gimió de nuevo.
Darién inclinó la cabeza y le besó la nariz. Como siempre, sintió una chispa. Ella
debió de sentirla también, porque murmuró su nombre y se incorporó.
— Estás vivo —dijo—. Has vuelto de entre los muertos otra vez.
—Desencadéname, preciosa.
—No tengo la llave.
—Está bajo el colchón.
Mamoru había dejado de llevarla encima años atrás, después de que Darién
consiguiera arrancársela del cuello en una ocasión.
— ¿Por qué no te llevaron con ellos?
—Andrew me escondió.
Serena se apresuró a rebuscar la llave y la encontró Soltó a Darién y volvió a
tumbarse a su lado.
El dolor hizo que a él se le olvidara preguntarle por qué Andrew había hecho algo
semejante.
Me alegro mucho de que hayas vuelto conmigo.
Él le rodeó la cintura con un brazo y le acarició la espalda con delicadeza, de manera
calmante. Sus articulaciones protestaron, pero él no se detuvo.
—He vuelto. Siempre vuelvo.
—No lo entiendo —dijo ella con un suspiro. Todo su cuerpo tembló—. ¿Por qué te
hacen esto?
—Es otra maldición —respondió Darién con la voz quebrada por la emoción—. Maté
a una mujer, y ahora debo morir como ella murió.
No deseaba que Serena supiera lo que había hecho, pero no era justo mantenerla en
la ignorancia cuando ella le había revelado sus secretos.
Serena lo abrazó con fuerza.
— ¿Quién era? ¿Por qué la mataste?
—La mujer de la que te hablé. La guerrera, aquélla que fue elegida para desempeñar
la tarea que yo quería para mí. Esmeralda.
Ella abrió los ojos de par en par.
—¿Esmeralda?
—Sí.
— ¿Ésa es la caja que abriste? Dios Santo, no sé cómo no había relacionado todo esto antes. ¿Por qué los dioses no devolvieron a los demonios directamente a la caja?
—Para castigarnos. Pero más que por eso, porque la caja desapareció, y no hay
manera de recrearla.
— ¿Y por qué mataste a...?
—Mi demonio se apoderó de mí, y... —de nuevo, Darién oyó el tormento en su propia
voz, y se preguntó lo que pensaría Serena—. Perdí el control. Me convertí completamente en Violencia, y mi espada le hizo un daño irreparable a Esmeralda. Desde entonces me he
arrepentido de aquello, créeme.
—Pero no se puede matar a un inmortal, no es así Tú eres prueba de ello.
—La mayoría sí pueden ser asesinados. No es fácil pero es posible.
—Bueno, todo el mundo comete errores, y tú ya has pagado por ellos —afirmó
Serena, y lo dejó muy sorprendido. Sintió una deliciosa calidez—. Casi desearía que
hubieras matado también a los dioses que te maldijeron, porque son inmundos,
asquerosos...
Él se encogió y le tapó la boca con la mano para acallar sus palabras.
—No quería decir eso —aseguró él, mirando al techo—. Yo cumpliré cualquier castigo
para ella como si fuera mío.
No los fulminó ningún rayo. La Tierra no retumbó. Las langostas no acudieron en
enjambre a comerles la carne del cuerpo. Darién se relajó lentamente.
—No maldigas nunca a los dioses. Lo oyen todo.
Por desgracia.
De mala gana, Serena asintió, y él quitó la mano.
—No soy un cebo —dijo entonces ella.
—Sé que no lo eres.
—¿De verdad? —preguntó Serena esperanzadamente.
De verdad.
Ella sonrió.
—¿Y qué es lo que te ha convencido?
—Tú. Tú dulzura, tu habilidad. Tu virginidad.
—Entonces ¿me deseabas? —preguntó con inseguridad—. No porque quisieras
sonsacarme respuestas, sino porque...
—Porque me haces arder.
La felicidad le arrancó chispas de los ojos. Serena se acurrucó más a su lado.
Me alegro de que el Instituto me trajera a Budapest.
El cuerpo de Darién había empezado a despertarse, a prepararse, a desear más.
Hasta que se mencionó el Instituto. Entonces, Violencia rugió.
—No vas a volver con ellos.
—Tú y tus exigencias —dijo ella, que no se había dado cuenta del súbito ataque de
Darién. Y continuó alegremente— ¿Sabes?, he oído algunas conversaciones sobre Esmeralda aquí y allá. ¿Te había contado que el Instituto siempre está interesado en encontrar reliquias sobre naturales que se han mencionado a lo largo de la Historia en los mitos y las
leyendas? Él se puso tenso.
— ¿Me vas a contar lo que has oído sobre la caja?
—Veamos... Oí que la caja está escondida, pero no sé dónde. Supuestamente, la está
custodiando Whisman, y ni siquiera los propios dioses pueden recuperarla.
Darién asimiló aquellas noticias con asombro. Argos era una bestia enorme que tenía
más de cien ojos, y podía ver todo lo que ocurría en todo momento. La leyenda decía que Hermes había acabado con él, pero a menudo, las leyendas eran mentiras que los dioses les contaban a los mortales.
— También he oído otra versión —continuó Serena—. Dice que la caja está
custodiada por Berjerite, no por Whisman. Sin embargo, hay un común denominador para ambas.
—¿Cuál es?
—Si la caja aparece alguna vez, los demonios se verán encerrados en su interior
nuevamente. Eso es bueno, ¿no?
Él sacudió la cabeza.
—Quizá sí para el mundo, pero sin el demonio, yo moriría.
— ¿Y cómo lo sabes?
—Lo sé —dijo él con rotundidad, y se quedó pensando en lo que ella había dicho.
Berjerite. Una serpiente venenosa con múltiples cabezas. Si aquello era cierto, la caja
estaba al fondo de algún océano. Sin embargo, ¿cuál de las dos historias había de creer? Si el resto de lo que le había contado Serena era cierto, que los demonios volverían a la caja cuando ésta fuera hallada...
—Podría... no sé, hacer una búsqueda más minuciosa de la caja. Hacer que sea mi
prioridad.
— ¡No!
Eso implicaría que ella tendría que salir del castillo, y estaría en peligro.
—Sé que te dije que me lo contaras todo, pero ahora debemos elegir un tema menos
conflictivo.
Violencia estaba aguijoneando su mente; a cada palabra que oía se agitaba más.
Aunque Darién creía que el demonio no quería hacerle daño a Serena, no estaba
dispuesto a comprobar si era cierto. Prefería hablar de flores y de rayos de luna con tal de mantener aquella deliciosa paz interior.
—¿Y hay algún modo de acabar con tu maldición? —preguntó Serena.
No era posible hablar de las flores.
—No. No hay manera.
—Pero...
—No.
Él no iba a permitirle que intentara negociar con los dioses con la esperanza de
encontrar la forma de salvarlo. Él no podía alcanzar la salvación. No merecía la pena
salvarlo, además. Era más un monstruo que un hombre, aunque a veces intentara
convencerse de lo contrario.
—Y es mejor dejar también ese tema. Serena le acarició el esternón con un dedo,
mientras su respiración cálida lo acariciaba.
—Entonces ¿de qué tema podemos hablar?
Él extendió los dedos por su trasero y se lo apretó.
—¿Has oído más voces en el tiempo que llevas ahí?
—Por desgracia, sí. He oído lo que hablaron esas cuatro mujeres. A las que, por cierto, hay que liberar Inmediatamente.
—Se quedan.
—¿Por qué?
—Eso no puedo decírtelo.
Ella tamborileó los dedos sobre su torso.
—Como mínimo, dime lo que piensas hacer con ellas. Son buenas. Son inocentes.
Están muy asustadas.
—Lo sé, preciosa, lo sé.
—¿No vas a hacerles daño? —insistió Serena.
—No. Yo no.
Ella apoyó la palma de la mano justo encima de su corazón.
—¿Eso significa que otra persona sí va a hacerles daño?
—Haré todo lo que esté en mi mano para evitar que eso suceda. ¿De acuerdo?
Serena apretó los labios contra su cuello y le lamió la piel donde latía el pulso de su
sangre.
—De acuerdo, pero yo también voy a hacer todo lo que esté en mi mano para evitar
que eso suceda.
—Siento que hayas tenido que oír sus conversaciones. No volveré a ponerte en una
habitación donde haya habido humanos.
—Esta vez no ha estado tan mal. Y cuando estoy contigo, no oigo ninguna voz.
—Me pregunto por qué. No es que me queje, por el contrario, me alegro, pero siento
curiosidad.
—Tal vez las voces te tengan miedo.
Él estuvo a punto de sonreír.
—En realidad, me pregunto por qué no puedo oír ninguna de las conversaciones
pasadas de tus amigos —continuó Serena—. Siempre he podido oír a otros seres
sobrenaturales.
—Quizá nosotros ocupemos un nivel más alto de existencia.
Ella sí sonrió.
—De todos modos, nos aseguraremos de estar siempre juntos —dijo Darién— y, de
ese modo, las voces no volverán a molestarte.
Sería todo un placer para él.
« ¿Y cuando estés muerto?». Esa idea hizo que se pusiera rígido. Entonces no habría
nadie que pudiera protegerla.
Al sentir su ira, ella frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
No iba a pensar en la muerte en aquel momento. Tenía a Serena entre los brazos y
quería disfrutar de ella, disfrutar de aquel tiempo que tenían para estar juntos.
—No quiero hablar más de esas mujeres ni de maldiciones.
—Bien, pues nos has restringido mucho los temas de conversación —Serena le miró
los labios, y se estremeció—. He viajado por todo el mundo con el Instituto, pero nunca
había pensado que conocería a alguien como tú.
—¿Fuerte?
Ella soltó una risita.
—Sí.
—¿Guapo?
—Por supuesto.
—¿Con una gran inteligencia y muy diestro con la espada?
—Exactamente —dijo ella con otra carcajada —. Pero me refería a un hombre... a un
amigo... ¡Oh, no sé cómo llamarte!
El saboreó su regocijo, y también sus palabras serias.
—Llámame tuyo. Es todo lo que quiero ser.
Serena se quedó callada.
—Cuéntame algo de ti mismo —le pidió tras unos instantes—. Algo que nunca le
hayas contado a nadie.
Él podría haberle contado que le gustaba más la música clásica que el rock que
preferían sus amigos, pero aquella información no tenía nada de personal, y eso era lo que ella deseaba. Darién se dio cuenta de que quería que ella lo conociera mejor que nadie en el mundo.
Su sentimiento de paz, de paz verdadera, se intensificó. Y todo porque ella estaba allí,
junto a él. Porque no juzgaba sus pecados del pasado. Porque quería saber cosas de su persona, y porque sólo él aliviaba su tormento.
Porque, cuando Serena lo miraba, no veía a Violencia. Darién sospechaba que veía a
un hombre, a su hombre. Aquél era un pensamiento embriagador. Adictivo. Impresionante.
Suficiente para ganarse su devoción eterna.
—Algunas veces, durante todos estos años, he deseado ser humano. Y tener una mujer y... —tragó saliva antes de confesarlo— Y tener hijos.
Nunca se lo había dicho a sus amigos porque se habrían reído. Él mismo debería
reírse de algo tan ridículo.
¿Violencia? ¿Cerca de los niños?
Serena no se río, no lo reprendió.
—Es un bello sueño —le dijo, con un deje de nostalgia en la voz—. Serás un padre
maravilloso. Protector.
Aunque él sabía que nunca tendría la oportunidad de comprobarlo, sintió un baño de
humildad al oír sus palabras. Comenzó a dibujar círculos en cada una de sus vértebras con los dedos.
—Ahora cuéntame un secreto tuyo.
—No aprendí a leer hasta el año pasado — admitió ella con vergüenza—. Hasta
entonces, tenía que dar los ' informes verbalmente en vez de por escrito, y todo el mundo sabía por qué. No podía concentrarme el tiempo suficiente como para descifrar las palabras. Las voces I siempre estaban ahí, molestándome. Cuando era pequeña, mi jefe me leía cuentos de hadas, que eran tan mágicos que casi podía bloquear los suspiros.
Entonces, quise aprender a leer, pero tardé mucho en conseguirlo.
A él no le importaba si sabía leer o no, pero a ella sí, así que Darién buscó la forma de
consolarla.
—El hecho de que aprendieras es digno de elogio.
Serena sonrió.
—Gracias.
—Yo no aprendí a leer hasta cientos de años después de mi posesión, y sólo lo hice
porque no quería que los demás supieran algo que yo no sabía. ¿Ves? Me llevas ventaja.
Ella se río y se relajó.
—Cuando aprendí, compré muchas novelas románticas por Internet. Son cuentos de
hadas para adultos. Me las traían a casa y yo las devoraba.
—Le pediré a Jedite que te compre algunas en la ciudad. Una caja llena.
—Eso sería estupendo. Gracias —dijo ella de nuevo, y le regaló otra de sus sonrisas
resplandecientes.
Con el pecho lleno de emoción, él la besó en la cabeza.
—He visto algunas novelas románticas —dijo. Jedite había dejado varios ejemplares
por el castillo y él las había recogido, aunque no estuviera dispuesto a admitirlo—. Si las hubiera leído, probablemente pensaría que son — sexy, divertidas, ilustrativas, se dijo
—...interesantes.
Por mucho que la deseara, a Darién le parecía asombrosamente agradable pasar
tiempo con ella, hablando. Serena le contó que había pasado la gran parte de su infancia en un laboratorio, bajo estudio y observación, sometida a pruebas que a veces resultaban dolorosas, lo cual significaba que él tenía una lista de científicos a los que matar, y que en la actualidad pasaba la mayoría del tiempo sola para escapar del ruido. Nunca había formado parte de una familia. Sólo había un hombre que la había tratado como a algo más que un animal, y Darién se sentía en deuda con aquel hombre.
Sin embargo, también sentía la abrumadora necesidad de borrar aquellos recuerdos y
sustituirlos por otros mejores, más felices. Más que eso: quería vengarla.
—Te merecías algo mejor —dijo, y Violencia, finalmente, estiró los brazos y bostezó.
—No me importa cómo me crie —dijo ella—. Siempre estaba oyendo cosas, así que en realidad, la soledad era bienvenida.
Sin embargo, había perdido la oportunidad de jugar, de recibir caricias y amor.
Darién lo percibió en su voz: era una necesidad que no podía esconder.
«La conoces tan bien como para saberlo ¿no?».
«Sí», pensó Darién. La conocía. Él no se había dado cuenta de que había una parte de
sí mismo enterrada muy profundamente, tan profundamente que no había conocido su
existencia hasta que ella había aparecido en su vida. Y esa parte conocía a Serena desde el comienzo.
Era suya. Su mujer. Su... todo.
Le acarició el brazo y notó que tenía un pequeño bulto. Frunció el ceño y miró hacia
abajo.
— ¿Qué es eso?
—Un anticonceptivo —respondió ella, y se ruborizó—. Es un procedimiento normal
del Instituto. Hace tiempo, un duende rabioso violó a una de las empleadas. Ella quedó
embarazada y el niño... no era normal. Ahora, el Instituto nos da clases de defensa personal y. les da la oportunidad a todas las empleadas de implantarse el anticonceptivo.
Violencia arqueó la espalda y abrió los ojos. Se despertó. La idea de que aquella
delicada mujer sufriera una violación fue horrible para el hombre y para el espíritu.
— ¿Te han hecho daño alguna vez?
—No —le aseguró ella—. Pero sé que si alguna vez las voces me aturdieran, no podría defenderme.
Violencia no se relajó.
—Cuéntame cosas de tu niñez —le pidió ella, y con las yemas de los dedos, le acarició el torso, la tetilla. Se frotó contra él, pero después se contuvo y se quedó inmóvil.
Darién sintió la tensión del deseo. Y también sintió el deseo de Serena. Desde que la
había conocido parecía que sabía cuándo estaba excitada. Y en aquel momento, ella estaba muy excitada.
—No tuve infancia. Me crearon como hombre, como soldado.
—Lo siento —murmuró Serena—. Se me había olvidado.
«La deseo tanto...». La última vez había conseguido reprimir el impulso de tomarla
porque era virgen. Darién seguía siendo el mismo hombre que el día anterior: nunca
había estado con una mujer virgen, y no estaba seguro de cuál era el mejor modo de hacer las cosas. Sin embargo, eso no importaba en aquel momento. Había estado a punto de perderla, habían estado a punto de quitársela.
No esperaría un momento más.
Sería tan delicado como pudiera con ella. Y si el espíritu intentaba inmiscuirse..., le
diría a Serena que lo encadenara.
—Quiero hacer el amor contigo, Serena.
Ella se quedó sin aliento. Sin darse cuenta, movió los dedos sobre los músculos de su
abdomen. Se detuvo junto a las cicatrices, y después circundó su ombligo. Se movió un poco más abajo. Se detuvo de nuevo.
—¿De veras?
—Oh, sí.
—Yo también te deseo —susurró ella con voz temblorosa—. Pero...
«No más esperas. La deseo, la necesito. Tengo que poseerla». «Nuestra», dijo el
espíritu. «Mía», corrigió Darién.
—Quiero estar dentro de ti. No puedo esperar más.
Ella se quedó callada y suspiró.
—Necesito que entiendas que voy a quedarme contigo. Vas a permanecer aquí,
conmigo, y yo te protegeré. Juntos aprenderemos cómo expulsar a las voces para siempre.
—Darién...
«Sí. Quedármela».
—No te haré daño —dijo él, más para sí mismo y para el espíritu que para ella.
—Sé que no me harás daño. Pero tengo una vida y un trabajo.
« ¡Quedármela!».
—Necesito que me prometas que no vas a encerrarme de nuevo. Cuando tus amigos
vengan por ti —dijo Serena, y tragó saliva—, a matarte, quiero estar contigo. Te prometo que no los atacaré, aunque quiera hacerlo, pero necesito agarrarte de la mano. No puedo soportar que mueras solo.
En aquel momento, Darién se enamoró completa e irrevocablemente de ella.
«Mía, mía, mía».
Serena era más importante que respirar, más necesaria que la comida o el agua o el
refugio. Entre miles de años de guerra, violencia y rabia, ella le había dado bondad.
Serenidad. Compasión. Confianza. Pobres aquellos que intentaran hacerle daño, incluso los
Señores del Submundo, incluso los dioses. Darién ya lo había pensado antes, pero en
aquel momento se convirtió en un juramento de sangre. Quien intentara hacerle daño
moriría a sus pies.
Mamoru y Endimión no se la habían llevado la noche anterior, y eso les había salvado el trasero. Sin embargo, pagarían. Violencia necesitaba algún tipo de venganza para
calmarse, para olvidar.
—No quiero que tengas que presenciarlo. No estaré solo, cariño. Dolor y Muerte me
acompañarán.
—Sí, pero ellos no te abrazarán.
Él contuvo la sonrisa.
—Eres mía, mujer, y yo soy tuyo. Hasta que te encontré, mi vida era una desolación.
Existía, pero no vivía. Ahora vivo, incluso en la muerte.
Aquellas palabras eran lo más cercano a unos votos matrimoniales que él
pronunciaría nunca, estaba seguro. Ella siempre sería suya, y él siempre le pertenecería.
Los ojos celestes de Serena se llenaron de lágrimas.
—Eso es lo más bonito que he oído en mi vida.
—Lo único que quiero es que pienses en lo que estás pidiendo —dijo Darién. Si él
tuviera que verla morir una y otra vez... El estómago se le revolvió—. La sangre, el horror...
—Sé lo que estoy pidiendo —lo tranquilizó ella con decisión—. Y de todos modos
quiero quedarme contigo.
De nuevo, la necesidad sustituyó a todo.
—Vas a darte una ducha. Jedite dice que a las mujeres les encanta, que las ayuda a
relajarse.
Entonces Darién se levantó y la llevó consigo.
«Por fin, por fin».
No, todavía no. Pronto. Haría que la primera vez de Serena fuera especial costara lo
que costara.
Ella se enredó un rizo alrededor del dedo.
—¿Vas a acompañarme otra vez?
Darién tuvo que obligarse a negar con la cabeza, y el espíritu rugió.
—Si me ducho contigo, te tomaré allí mismo. Completamente.
Ella lo miró de arriba abajo, con tanta pasión que él sintió las vibraciones de su tuerza.
—Como te he dicho, sé lo que estoy pidiendo.
Por todos los dioses, cómo deseaba besarla. Pero si la besaba, no pararía hasta estar
dentro de ella.
—Antes tengo que hacer algo.
—Y luego...
Serena no terminó la frase, pero no era necesario que lo hiciera.
—Luego —le prometió él. Oh, sí. Luego.
Lentamente, el espíritu sonrió. Por segunda vez en dos días, hombre y demonio
estaban de acuerdo.
