18

Serena entró en la bañera, preguntándose qué tendría que hacer Darién. El agua

estaba caliente y tenía un efecto relajante. Le limpió los restos de la experiencia de aquella noche. No el recuerdo odioso de abrazar el cuerpo muerto de su amante, sino los efectos físicos. La fatiga, la sensación de desesperanza casi debilitante, la rabia por lo que le habían hecho al hombre al que estaba empezando a amar.

El hombre que estaba empezando a quererla a ella también.

Quizá aquel sentimiento les hubiera llegado rápidamente, pero era maravilloso. Ella

deseaba estar con Darién, con todas sus fuerzas. Quería abrazarlo y acariciarlo, dar y

recibir placer. Disfrutar de lo que sentía. El ya no la tenía por un cebo, y quería que se

quedara a su lado para siempre. Serena sonrió de felicidad.

« ¿Cómo voy a terminar con la maldición que lo condena a morir cada noche?».

Aquel pensamiento se abrió paso en su mente, desplazando todos los demás. La

sonrisa se le borró de los labios. Tenía que haber algo que ella pudiera hacer para librarlo de una eternidad de muerte, de resurrección y de nueva muerte. Nadie se merecía una tortura así.

Serena apoyó la frente contra el azulejo mojado. Seguramente, en algún lugar del

mundo, en algún momento, un humano había hablado sobre los dioses y sobre cómo

deshacer sus maleficios estúpidos, injustos. Lo más probable era que ella hubiera oído algo durante aquellos años, pero se había mezclado con las otras voces.

Al menos, a partir de aquel momento sabía lo que tenía que escuchar.

Darién no le permitiría salir del castillo para eso, estaba segura, así que tendría que

hacerlo sin decírselo. Además, no podía oír las voces cuando él estaba a su lado.

«Hasta que te encontré», le había dicho él, «mi vida era una desolación. Existía, pero

no vivía. Ahora vivo, incluso en la muerte». Siendo tan protector como era, Darién

consideraría que el sufrimiento que padecía cada noche era un precio pequeño por su

seguridad. Ella lo sabía.

Saldría del castillo por la noche, mientras él no pudiera hacer nada para detenerla.

Volvería por la mañana.

«No pienses ahora en eso. Ya tendrás tiempo después para los jueguecitos de espías».

Iba a hacer el amor con Darién.

Se estremeció. «Al principio, desesperada por macharte, y ahora, desesperada por

quedarte». De algún modo iba a ponerse en contacto con Black para decirle que

estaba bien. Sin embargo, no en aquel momento. Después. Después de experimentar el acto más mi uno y de saber cómo era estar unida a otra persona.

Era egoísta por su parte, sí, pero no podría haberse detenido por ningún motivo.

Serena cerró los grifos y salió de la bañera. Las gotas de agua se le deslizaron por la

piel y se imaginó a Darién lamiéndoselas. Volvió a estremecerse y estuvo a punto de

gemir. Tomó una toalla y se secó lo mejor que pudo. Después se la ciñó alrededor del

pecho y bajó los brazos para cubrirse hasta las rodillas. Salió del baño ansiosamente, entre una nube de vapor.

Darién no estaba en la habitación.

Serena frunció el ceño... hasta que tocó con los pies algo suave, y miró hacia abajo.

Había pañuelos de seda de color violeta extendidos por el suelo, formando un camino

serpenteante que la condujo desde la habitación a la habitación contigua. Cuando llegó a la puerta, se quedó boquiabierta, encantada.

Ella había estado antes en aquel dormitorio, cuando había pasado de un balcón a otro,

pero el cuarto no estaba así. Todo estaba cubierto de polvo, incluso la rama. En aquel

momento, en cambio, era una habitación preparada para el placer. En las paredes brillaban suavemente los apliques, y su luz se derramaba por la cama de seda negra. Darién lo había limpiado todo. Para ella. A Serena se le aceleró el corazón.

¿Dónde estaba él?

Las puertas del balcón estaban abiertas y dejaban pasar el aire frío del exterior. Ella se

acercó. Tenía la sangre tan caliente que no le importó la temperatura glacial. Darién

estaba agarrado a la barandilla, de espaldas a ella, con el pelo húmedo y despeinado. Tenía los hombros muy anchos, desnudos, bronceados.

Ella nunca le había visto la espalda.

Tenía una mariposa enorme tatuada en la piel. Llegaba desde sus hombros hasta la

cintura. Era roja, como fosforescente, y tenía un aspecto furioso. De maldad, Parecía que iba a saltar de su cuerpo y partirla en don, A Serena le pareció extraño. Generalmente, las mariposas eran criaturas delicadas y nunca se hubiera imaginado que pudieran resultar tan amenazantes. Ni tampoco que un hombre tan... bueno, tan masculino como Darién hubiera elegido aquel dibujo para tatuárselo en el cuerpo.

—Darién—susurró.

Él se volvió como si le hubiera gritado. Tenía uní expresión dura en la cara y los labios

fruncidos. En aquel momento, no era el amante que la había dejado duchándose y había ido a prepararlo todo para pasar horas de placer. Era el guerrero que había intentado abandonarla en el bosque.

— ¿Va todo bien?

—Hay una sábana atada a la barandilla del balcón —dijo él, y señaló hacia la derecha,

aunque no aparta los ojos de ella—, ¿Sabes algo de eso?

Aparte de aquella noche en el bosque, él la había mirado con ira muy pocas veces.

Normalmente, su furia estaba dirigida a otros. Así pues, el hecho de que aquellos ojos de color zafiro se clavaran en ella como un dedo acusador, rodeados de un brillo rojo muy parecido al de su tatuaje, le resultaba muy desconcertante.

¿Buenas noticias? Aunque estuviera enfadado, la máscara de esqueleto no había

aparecido en sus rasgos. Animada por aquello, Serena alzó la barbilla y caminó hacia él.

—Sí. Sé algo de esa sábana.

—Si fueras otra persona —dijo él con tirantez—pensaría que has atado la sábana a la

barandilla para que los Cazadores puedan subir y entrar al castillo.

— ¿Y piensas eso de mí?

—No —respondió él, y ella se relajó. Ligeramente. Pero, dime, ¿para qué usaste la

sábana?

Hora de la confesión.

—Te conté que Andrew me escondió, ¿no? Me encerró en esta habitación para que tus otros amigos no pudieran encontrarme, algo que todavía no entiendo, así que no me preguntes por qué. Te oí gritar e hice lo que tenía que hacer para llegar hasta ti.

Él dio un paso amenazante hacia ella, y después se detuvo, como si temiera acercarse

demasiado en aquel momento.

—Podías haberte caído —dijo.

—Pero no me caí.

—Te quedaste colgada en el aire, Serena.

—Sí.

— ¡Nunca vuelvas a hacer algo así! —exclamó él, y aquella ocasión sí cruzó el

espacio que los separaba—. ¿Entendido?

—Diles a tus amigos que no me encierren y entonces no lo haré.

Él abrió unos ojos como platos, No daba crédito a lo que había oído. ¿Acaso esperaba

recibir una disculpa?

—Voy a matarlos —gruñó, y la sorprendió—. Podrías haber muerto ahí fuera.

Cuando él la rodeó, Serena vio la muerte en sus ojos. Oh, no, no, no, no. No permitiría

que la dejara allí. No permitiría que se fuera a pegar a sus amigos. En aquel momento no.

Lo agarró sin titubeos, sin miedo, apretando la mano alrededor de su bíceps ancho, fuerte.

Gruñendo, él se dio la vuelta y la miró.

—No voy a permitir que se nos estropee este día con más sufrimiento —le dijo.

—Serena.

—Darién.

Él podría haberla empujado. Podría haberla rechazado, maldecido. En vez de eso,

redirigió sus emociones.

—Podrías haber muerto.

Con un gruñido animal, aplastó sus labios contra los de ella y hundió la lengua en su

boca, más allá de los dientes, empujando con fuerza.

«Por fin. Gracias, Señor, por fin».

Ella percibió una mezcla de furia, pasión y calor, y fue el sabor más excitante que

hubiera probado en su vida. Embriagador. Al instante, su sangre hirvió.

—No quiero hacerte daño —susurró él, hablando lo entre besos.

—No puedes.

—Sí...

—No, no me harás daño.

Él ladeó la cabeza mientras profundizaba en el beso, abarcaba más de su boca y

alimentaba un hambre que habitaba dentro de ella. Serena disfrutó do ello; Darién tenía la pasión más arrebatadora, y era feroz a la hora de mostrarla y de recogerla. Como ella había querido, como ella necesitaba.

—Voy a darte todo lo que deseas, y juro por los dioses que no te haré daño —dijo él.

—Te deseo, y deseo todo lo que tengas que darme. Todo.

Él la agarró por las nalgas y se la pegó al cuerpo de tal manera que le sacó el aire de

los pulmones. Sin aliento, ella le rodeó la cintura con las piernas. Él la apoyó contra la

pared; Serena notó la piedra fría en la espalda, pero no le importó.

El desenfreno nunca había formado parte de su Vida. Casa, trabajo, casa, trabajo. En

realidad, su existencia era aquello. Le había dicho a Darién que agradecía la soledad, pero la verdad era que a veces había deseado una caricia con toda su alma. Cualquier caricia.

Y aquello era más de lo que había soñado jamás.

La erección de Darién le presionaba entre los muslos abiertos, sin entrar en su

cuerpo, todavía no, pero dura y cálida a través de sus pantalones y de la toalla, rozándole justamente donde más lo necesitaba. Gimió sin poder evitarlo, se aferró a él y le hundió las uñas en el pecho.

Darién le tomó un pecho en la palma de la mano. Su caricia no fue suave, pero

tampoco dura; tenía el tirado justo de placer y de dolor. El guerrero se estremeció, como si estuviera a punto de perder el control.

—Sí...

Sí. Serena notó que le temblaba el vientre, que enviaba descargas de calor al resto del

cuerpo. Se arqueó hacia delante y hacia atrás para frotarse contra él. Nunca había estado tan excitada. Nunca había querido ahogarse, morir, vivir, volar al mismo tiempo.

—¿Lo quieres como en los libros que lees? —le preguntó Darién, mientras le

mordisqueaba la barbilla y el cuello.

—Ya te lo he dicho. Te deseo a ti. Sólo a ti.

Los mordiscos dolían un poco, pero él le lamió cada punzada hasta que se calmó, y al

mismo tiempo, encendió más el deseo de Serena. Darién tiró de la toalla y le pellizcó los pezones. Sus dedos fueron un poco más bruscos de lo que habían sido sus dientes. En su pecho había una vibración, el sonido de unos impulsos que eran tan fuertes como los de ella.

—Fuera la toalla —jadeó.

Sin esperar la respuesta de Serena, tiró finalmente de un extremo de la toalla y la

arrojó por encima de su hombro.

Serena notó el aire helado en la piel. En vez de abrazarla para darle calor, él se echó

hacia atrás y la miró. Se limitó a mirarla, de arriba abajo, recreándose, Y su mirada le

provocó más calor que una caricia: terminó con el frío.

Cuando la miraba de aquel modo, ella se sentía como una diosa. Como una sirena.

Como una reina.

—Eres preciosa —dijo él con reverencia—. Bella.

Sus manos siguieron el mismo camino que sui ojos. Le acarició el cuerpo entero,

exploró todos sui I rincones.

—Soy tuya.

—Eres mía —repitió él. Le lamió la clavícula y dejó un rastro ardiente en su piel—.

Eres lo más perfecto que he visto —añadió, y le tomó ambos pechos—. Tienes unos

pezones perfectos, rosados, hechos para mi boca.

—Pruébalos.

Él le lamió un pezón y jugueteó con él hasta que decidió hacer lo mismo con el otro.

Después la lleva al centro de la habitación y se puso de rodillas.

Serena cerró los ojos en absoluta rendición. Cuando aquel hombre se arrodillaba

ocurrían cosas asombrosas. Él pasó una de las manos por su vientre, mientras continuaba lamiéndola, le acarició los muslos.

¡Oh! Cada vez que le rozaba el clítoris, se alejaba de nuevo, antes de explorarla por

completo. Ella estuvo a punto de caerse, frustrada. Él la sujetó mientras le acariciaba la carne con los dientes.

Necesito más —suplicó Serena.

— Pronto.

—Darién —dijo ella, desesperada. Si él hubiera deslizado un solo dedo en su cuerpo,

habría llegado al clímax. Sin embargo, no lo deseaba todavía. Quería explorarlo a él—.

Quiero acariciarte —susurró entre jadeos.

Él se puso en pie antes de que ella pudiera parpadear y la miró con ojos llameantes.

Sin una palabra, la alzó del suelo y la depositó en la cama. La seda fresca acarició la piel caliente de Serena. Y rápidamente, se puso encima y ella pudo sentir su peso; le resultó

mucho más sensual y exquisito de lo que nunca hubiera pensado.

La luz del sol lo iluminaba y creaba un halo a su alrededor. Era como un ángel en

aquel momento, verdaderamente. Su ángel. Su salvador y su amante.

—Quítate los pantalones —le ordenó.

Su torso desnudo le quemaba deliciosamente, y Serena no podía esperar más para

sentir sus piernas..., su miembro duro, hinchado, sin que nada se interpusiera entre ellos.

Darién no obedeció. Entonces, temblorosamente, ella tomó la cintura de sus

pantalones para intentar quitárselos.

Él sacudió la cabeza y la detuvo.

—Cuando me los quite, te penetraré —dijo en voz muy baja, grave.

—Bien. Eso es lo que quiero.

—No he terminado de jugar.

Se elevó ligeramente sobre ella y le pasó un dedo por el abdomen liso.

Oh, Dios.

—Sí, juega más. Quiero... necesito...

Más de todo aquello. Si él no le permitía que lo quitara los pantalones, trabajaría a

través de ellos Serena bajó una mano y lo agarró.

Él emitió un silbido y cerró brevemente los ojos para disfrutar el momento.

—Serena.

Era tan grande que ella no pudo cerrar los dedos, Grueso, lleno, asombroso. Movió la

mano de arriba hacia abajo varias veces, como le había visto hacer él en la ducha y, por fin, por fin, él metió un dedo dentro de ella. Al sentirlo, Serena jadeó.

El se quedó inmóvil.

—¿Bien?

—Muy bien —dijo ella con un gemido.

Él comenzó a mover el dedo hacia fuera y hacia dentro. Lentamente, al principio, y

después... más y más rápido, haciendo que ella se arqueara e intentara atraparlo con los músculos y mantenerlo en lo más profundo.

— ¿Más?

—Más —susurró ella.

Él introdujo un segundo dedo y la abrió un poco más. Ella le apretó los muslos con las

rodillas, rindiéndose a todos sus caprichos. Sus miradas se encontraron. Él tenía una

expresión tensa.

—Estás caliente —dijo Darién—. Húmeda.

—Tú eres grande, duro —respondió ella, apretándolo.

—Soy tuyo.

—Mío —repitió ella. «Lo deseo para siempre, ahora y siempre»—. Quiero más.

Él metió un tercer dedo en su cuerpo, y a ella le encantó, le encantó el milagro de estar llena de él.

—Eres mía —dijo él—. ¿Estás lista, preciosa?

—Sí, oh sí —respondió ella. Más que lista. Habría dado su vida por experimentarlo—.

Sí, por favor.

Le hundió los dedos en la espalda, lo arañó mientras él se bajaba los pantalones y los

arrojaba fuera de la cama de una patada. No llevaba ropa interior. Por fin estaba

completamente desnudo.

—Mírame.

Ella lo hizo.

La punta dura de su miembro le presionaba entre las piernas, pero no había entrado

en su cuerpo. Ella se arqueó hacia arriba para que sucediera, pero Darién no se movió ni un centímetro. Pese a que había dicho que la penetraría en cuanto se desnudara, se resistía.

—Necesito un momento para... mantener al espíritu... bajo control —dijo él con gran

esfuerzo—. No quiere marcharse. No quiere dejarme. Pero los impulsos...

—Sí, los impulsos...

—No. Son oscuros. Violentos y duros.

—No estoy asustada.

No, estaba excitada y deseaba tomarlo a él y al espíritu. Era una parte de Darién, así

que a ella también le gustaría.

—Deberías estar asustada —dijo él—. No he hecho esto de esta manera desde hace

miles de años. No había vuelto a mirar a una mujer mientras...

Él no terminó, pero ella supo lo que quería decir. No había vuelto a mirar a una mujer

mientras hacía el amor con ella. Serena encontró de nuevo su mirada con todo el amor que sentía por él brillándole en los ojos. No intentó disimularlo, no podía.

—No quiero esperar más.

—Tenemos que hacerlo.

Entonces, ella lo atrapó con las rodillas para obligarlo a que penetrara en ella, pero él

apoyó la palma de la mano en el cabecero y no se movió. Serena se contrarió; no quería que él tuviera miedo de hacerle daño.

—Embiste. Muerde.

—No. Contigo no.

—No voy a romperme.

—No quiero hacerte daño —dijo él, negándose a mirarla—. No voy a hacerte daño. Lo

he prometido.

«Haz que pierda el control. Demuéstrale que no puede hacerte daño, haga lo que

haga».

Sí, pensó ella. Lo tomó por la barbilla y lo obligó a mirarla. Si Darién se contenía en

aquella ocasión, si continuaba temiendo las cosas que quería hacerle, dejaría de acariciarla por completo. La dejaría.

—Dame todo lo que tienes. Vamos, hazlo ahora — le rogó ella con un gemido,

intentando atraparlo una vez más—. Estoy tan excitada que de todos modos me duele.

Los jadeos de Darién le llenaban los oídos.

—Sólo unos minutos más. Voy a abrazarte, y después tengo que irme.

No.

Ella le pasó los dedos por la espalda, disfrutando del tacto del terciopelo que cubría

aquel acero electrificado. El tatuaje le había parecido tan real que casi esperaba que

tuviera relieve; sin embargo, era tan suave y cálido como el resto de él.

—Si no me tomas tú... —dijo ella, intentando parecer inocente mientras le frotaba las

nalgas y notaba cómo se le contraían los músculos—, yo te tomaré a» ti.

Sin más advertencia, Serena lo atrajo con fuerza hacia sí en el mismo momento en que se arqueaba hacia arriba. A Darién se le flexionó el brazo y sin poder evitarlo, se deslizó dentro de ella. Emitió un grito de dolor y dicha al mismo tiempo.

Su control se hizo añicos.

Rugió con fuerza y comenzó a embestir una y otra vez. Ella jadeó. Lo sentía tan

profundamente que ya nunca podría pensar en sí misma como Serena. Se había convertido en la mujer de Darién.

Él le mordió el cuello, y ella se echó a temblar; él continuó embistiendo, empujando.

Toda la cama se movía; las patas de metal chirriaban contra el suelo. Él le agarró una de las rodillas y la sujetó contra la curva de su brazo, abriéndole más las piernas para poder hundirse más y más en ella. —Lo siento —murmuraba—. Lo siento.

—No, no lo sientas... ¡Sí, sí! —gritó ella.

El ritmo se incrementó, y las embestidas se hicieron más intensas.

—Serena —jadeó Darién—. Serena.

Ella estaba ardiendo por dentro y por fuera. El pulso de su cuerpo seguía la misma

cadencia que las acometidas de Darién. Sin poder evitarlo, movía la cabeza hacia un lado; lo había olvidado todo, salvo el placer.

Él le pellizcó los pezones, y aquello la excitó más.

Él le arañó el cuello con los dientes, y eso la enloqueció más.

Él le apretó los muslos con fuerza, y consiguió que su deseo se intensificara.

—Lo siento —dijo de nuevo—. Lo siento. Quería ser suave...

—Me encanta así. Quiero más —gimió ella.

Lo suave llegaría más tarde, después de que su necesidad se hubiera saciado. Después de que él se hubiera dado cuenta de que ella podía aceptar con placer lo que él tuviera que darle. Ya estaba casi al borde del éxtasis, sólo necesitaba...

Él le enredó la mano en el pelo y tiró de su cara hacia sí para besarla y hundirle la

lengua en la boca. Su sabor la inundó como una droga. En aquel instante, ella estalló. Las llamas del placer la consumieron.

Todo su cuerpo se estremeció y sollozó. De sus labios escapó un grito, mientras una

luz blanca le atravesaba la mente. Se estaba muriendo lentamente. Volando hacia el cielo.

—Serena...

Darién también gritó al estallar. La cálida simiente se esparció dentro de ella, y él

sintió una tensión increíble en los músculos.

—Mía —susurró, y volvió a morderla en el cuello como si no pudiera evitarlo.

En aquella ocasión le hizo sangre.

A Serena debería haberle dolido. Le dolía, pero fue tan gozoso que volvió a llegar al

orgasmo. Tembló y se arqueó contra él, gimiendo por la dicha embriagadora que sintió.

Nunca hubiera pensado que el placer y el dolor podían mezclarse con tanta fuerza. Nunca hubiera pensado que una cosa desencadenaba la otra. Pero así era. Y se alegraba.

Él se desplomó sobre ella, jadeando de nuevo.

—Lo siento, lo siento. No quería...

—No quiero disculpas. Me siento feliz...— dijo llena de satisfacción mientras notaba su

peso—. Quiero que siempre sea así.

Él rodó por el colchón, llevándola consigo. Completamente laxa, ella se tendió sobre su pecho. Él la abrazó y le acarició la espalda.

—Te habría gustado más si hubiera sido suave. Sobre todo en tu primera vez.

Lentamente, ella sonrió.

—Lo dudo, pero estoy dispuesta a permitir que intentes convencerme.

El asombro se apoderó de él. En menos de una fracción de segundo, ella estaba a

horcajadas sobre su cuerpo.

—Será todo un placer.