19

Darién no se había sentido tan satisfecho en toda su vida. Nunca, en sus miles de

años de existencia.

Había hecho el amor tres veces con Serena, y en aquel momento, ella se había

quedado dormida a su lado, acurrucada en su costado. Su respiración le acariciaba las

costillas. Después de hacerlo deprisa y coa dureza, lo habían hecho lentamente, con

ternura, y después ella había afirmado que necesitaba recordar cómo era deprisa y con dureza para decidir qué le gustaba más.

Él se había quedado asombrado por sus palabras, porque le había mostrado lo peor de sí, a la bestia, la parte de sí mismo que despreciaba, pero ella no había salido corriendo despavorida. No había llorado. No. Lo había pedido más.

Darién sonrió al acordarse. Era una sonrisa verdadera, sin freno. Cuando el espíritu

le había ordenado a Darién que la marcara, él no había podido hacer otra cosa que

obedecer. Por eso le había mordido y la había hecho sangrar. Todo lo que era virtuoso

dentro de él se había removido, había gritado y protestado de vergüenza. Sin embargo, a ella le había gustado. Incluso le había mordido a él. Y Darién se sentía libre. No tenía que temer sus reacciones con ella. No tenía que tener miedo.

Serena era todo lo que él siempre había necesitado, era aquello sin lo que no podía

vivir. Ella... lo había domesticado. Había encantado al espíritu. Él le había contado su plan de quedarse con ella, y lo había dicho muy en serio. Serena le pertenecía, en aquel momento y para siempre.

Lentamente, le pasó un dedo por la espina dorsal. Ella murmuró algo en sueños y se

acurrucó más contra él. Su calor lo atravesó. Era un tesoro. Él había ido al bosque en busca de un monstruo y en lugar de eso, había encontrado la salvación.

Con Serena, Violencia no era violento de verdad. Se había convertido en algo bello.

Oscuro, sí. Siempre sería oscuro. Pero de un modo sensual. No malvado, sino lleno de

necesidad. No destructivo, sino posesivo. Dos días antes, Darién no habría creído que

aquello fuera posible.

Serena . La domadora de demonios.

Él se rió suavemente, con cuidado de no despertarla. Después de sus excesos, ella

necesitaba conservar la energía. Darién pensaba repetirlo todo más tarde...

En el piso bajo resonó un portazo. Alguien soltó una maldición. Darién reconoció

aquella voz de barítono. Endimión había vuelto.

Al instante, su satisfacción se transformó en ira. Endimión y él tenían un asunto sin

terminar. Darién tenía que hacer una advertencia, algo que le diera a entender al

guerrero que si intentaba hacerle daño a Serena, se enfrentaría a las consecuencias.

Darién se levantó de la cama sin molestar a su mujer. Ella tenía los ojos cerrados, las

mejillas rosadas.

Rápidamente, se vistió. Camiseta, pantalones, botas, Dagas. «Ella es nuestra. Nadie le hace daño». El espíritu también quería venganza, estaba hirviendo bajo su piel, en su sangre, extendiendo llamas, fundiéndola todo, pero... Darién no perdió el control.

«Estoy furioso, y sin embargo, soy yo quien dicta mis propias acciones», pensó con

asombro. «Yo decido».

Era extraño. También maravilloso, estimulante. Y él le debía aquel nuevo control a

Serena.

Con una última mirada hacia ella, Darién salió de la habitación. A cada paso que

daba, el humor del espíritu empeoraba. Sin embargo, no consiguió recuperar el dominio de la situación. Le pertenecía a Darién.

Encontró a Endimión en el vestíbulo, pero el guerrero no estaba solo. El resto de los

Señores también estaban allí, todos ellos heridos, sangrando y cubiertos de hollín.

También había unos hombres a los que Darién no reconocía...

«No, no es posible», pensó.

—¿Seiya?

Nadie le prestó atención. Seiya estaba demasiado ocupado quitándose la camiseta

para observar un corte muy feo que tenía en el costado. Mamoru estaba apoyado en el

hombro de... Neflyte. Neherenia estaba sentada en el suelo, con las piernas flexionadas y apoyadas en el pecho. Tenía el lado izquierdo de la cara abrasado. Alan y Rubeus estaban apoyados contra la pared; como si no pudieran mantenerse en pie.

Ver a aquellos guerreros después de tantos años fue como un golpe en el estómago.

¿Qué estaban haciendo allí? ¿Por qué habían ido al castillo?

Jedite gruñó y llamó la atención de Darién. Tenía el antebrazo roto y el hueso

asomaba por la piel. Nicolás estaba... Darién frunció el ceño. Nicolás estaba esposado a la barandilla, y maldecía rabiosamente. Tenía un corte en la frente y estaba sangrando.

—Matar. Tengo que matar —decía con maldad—. Necesito su sangre. Mmm. Sangre.

Tal y como habían dicho los Titanes, Ira debía de haberse hecho con el control de su

amigo. Eso significaba que la necesidad de matar a aquellas mujeres lo estaba

consumiendo. ¿Tendría que estar encadenado desde aquel momento hasta que los Señores encontraran la manera de salvarlas, o hasta que estuvieran muertas?

Al pensarlo, Darién sintió odio. Odio hacia los Titanes, por llevar a aquel punto a su

amigo. Odio hacia los Griegos, por su maldición inicial, hacia los Cazadores por su

persecución implacable y, sobre todo, odio hacia sí mismo por haber abierto la caja aquella noche catastrófica.

— ¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Habéis accionado alguna de nuestras trampas de la

colina?

Algunos de los guerreros lo miraron, aunque la mayoría no le prestaran atención.

—No —murmuró Seiya—. Ésas las hemos evitado.

—Ha sido una bomba —dijo Endimión, sin molestarse en alzar la vista. Estaba

desprendiéndose de las botas, que se le habían fundido en los pies. Sonreía.

—¿Una de las nuestras? —insistió Darién, que no confiaba en Seiya.

—No. Sé lo suficiente como para no volarme a mí mismo por los aires — replicó Endimión con un suspiro, y finalmente se dignó a mirarlo. Estaba confuso—. ¿Por qué no me estás insultando?

En una fracción de segundo, Darién desenfunda las dos dagas y las lanzó. Ambas se

hundieron a centímetros por encima de los hombros de Endimión y de Mamoru, en la pared.

—No lo dudéis. Si alguna vez más pensáis haces algo semejante, os mataré.

Mamoru lo miró sin emoción. Parecía que estaba calmado, pero Darién sentía que bajo su apariencia serena hervía algo. Tenía tensión en la cara, como si fuera un bloque de hielo al que habían golpeado varias veces. ¿Iba a romperse?

—Deberías estar contento de que no la encontráramos. Yo lo estoy. Los Cazadores nos engañaron. Nos atrajeron hacia un sitio concreto y nos recibieron con bombas.

Bombas. Entonces había empezado una verdadera guerra. Darién bajó el resto de los

escalones con los dientes apretados. Rodeó a Nicolás, y recibió un puñetazo suyo en el muslo. Supuso que aquello era mejor que recibir una puñalada.

—Entonces ¿por qué está Seiya aquí? —Preguntó sin mirar al guerrero en cuestión—.

¿Ha traído él a los Cazadores?

—Parece que los Cazadores ya estaban aquí. Seiya los siguió, y ahora quiere que lo

ayudemos a encontrar el dimOuniák.

Endimión tiró las botas destrozadas a un lado. Tenía los pies en carne viva.

—Siento que te hayamos traído a nuestros viejos amigos a casa —dijo Jedite mientras

golpeaba el brazo; roto contra la pared para colocarse el hueso en su sitio. Se estremeció de dolor y palideció—. Pero las decisiones que se toman cuando se tienen los sesos desparramados por la pista de baile de una discoteca son asombrosas.

Mamoru se apoyó en la pared y se inclinó hacia delante con un gesto de sufrimiento.

—Cuando nos recuperamos, los Cazadores se habían marchado. No habían dejado

rastro, y no sabíamos si se habrían ido a esperar al hotel de Seiya. Aquí, al menos,

sabíamos que todos íbamos a estar seguros, porque Andrew tiene el castillo vigilado.

—Sabían lo que estaban haciendo, es evidente que llevaban mucho tiempo

preparándose —dijo Endimión—. Lo que quisiera saber es por qué no aprovecharon para cortarnos la cabeza cuando estábamos inconscientes.

—Están planeando otra cosa —dijo Jedite, girando el hombro—. Tiene que ser eso.

Todo el mundo se volvió hacia Seiya.

Él se encogió de hombros.

—Han salido por sangre. Podéis esperar cualquier cosa.

Endimión asintió.

—Deberíamos reagruparnos y encontrarlos antes de que ataquen.

Seiya se limpió la cara con la camiseta y dijo:

—Recuerdo una época en la que preferisteis romper con vuestros amigos antes que

atacar a los Cazadores.

—No —replicó Mamoru —. Nos separamos de unos amigos que querían destruir una

ciudad entera y a todos sus habitantes. Nos separamos de unos amigos que atacaron a uno de los nuestros.

Seiya apartó la mirada.

Darién se fijó, uno por uno, en todos los presentes.

—¿Dónde está Andrew?

Mamoru se puso tenso.

—¿No ha vuelto del cementerio?

¿Cementerio? ¿Andrew había salido del castillo? ¿Qué más cosas se había perdido

Darién mientras estaba muerto?

—No lo creo. Yo no lo he oído entrar, pero estaba ocupado.

Con el ceño fruncido, Seiya sacó el transmisor.

—Yaten, ¿me recibes?

Nada.

—Yaten.

Se miraron los unos a los otros.

Mamoru se pasó la mano por la mandíbula con expresión de angustia.

—Tenemos que encontrar a Andrew antes de que lo hagan otros. Busca vendas, Darién, y ven a buscarnos al piso de arriba. Quiero salir dentro de diez minutos.

De repente, Darién percibió una exclamación de asombro femenina. Se dio la vuelta y

vio a Serena en lo alto de la escalera, con el pelo suelto y los ojos abiertos de par en par.

Llevaba una de las camisetas de Darién y los pantalones negros que él le había dejado antes y que le quedaban tan grandes.

En segundos, él llegó a su lado y la arrastró detrás de sí para apartarla de la vista de

todos. No sabía si podía presentarle a los nuevos miembros de la familia... En realidad, no.

Ya no. Había pasado demasiado tiempo como para que él sintiera cercanía con ellos.

—Supongo que no tengo que preguntar a quién le pertenece la humana —dijo Seiya

con ironía.

—¿Qué les ha pasado? —Preguntó Serena con espanto, mirando por encima del

hombro de Darién—. Están ensangrentados. ¿Quiénes son los nuevos?

—Ha explotado una bomba. Los nuevos son guerreros... como nosotros.

—Cinco minutos y un cuchillo —gritó Nicolás, tirando de las cadenas—. Es lo único que necesito.

Serena palideció y se agarró al brazo de Darién.

Endimión se acercó al prisionero y le golpeó la cara varias veces, hasta que Nicolás cayó al suelo. Darién oyó murmurar a Nicolás una palabra de agradecimiento.

Mientras los guerreros subían a duras penas las escaleras, Darién mantuvo a Serena

tras él. Cuando estuvieron solos, se volvió hacia ella y le acarició la mejilla.

—Vuelve a mi habitación, por favor —le rogó—. Yo iré allí lo antes posible.

—Yo puedo ayudarlos, y las otras mujeres también. Minako me ayudó cuando estaba

enferma, ¿no te acuerdas? Es buena en los momentos de crisis. Como yo.

Él sacudió la cabeza.

—No quiero que te acerques a ellos.

—Si voy a quedarme aquí, tengo derecho a conocer a tus nuevos amigos.

—No todos esos hombres son amigos míos. A los que sí lo son puedes conocerlos otro día. En este momento, tienes que descansar.

—No. Me niego a quedarme en la cama todo el día cuando puedo ser productiva.

—Descansar es productivo.

—No.

—No conozco a algunos de esos hombres, Serena. Ya no. Si alguno intentara hacerte

daño...

Con tan sólo pronunciar aquellas palabras, sintió una profunda rabia.

—Quiero ayudar. Nunca había sido parte de una familia. Déjame ayudar, Darién.

A él se le hizo un nudo en la garganta. No podía negarle nada a aquella mujer. Ni

siquiera aquello. Observaría atentamente a los hombres, pero no le impediría a Serena que prestara ayuda.

—Ve a mi habitación y toma todas las toallas que puedas —le dijo. Él siempre tenía

toallas de sobra—¿Sabes dónde está la sala de entretenimiento?

Ella dijo que no y él se lo explicó. Cuando termino Serena sonrió.

—Gracias.

Se puso de puntillas y le dio un beso en los labios.

Él no debería haberlo hecho, pero inmediatamente, le devolvió el beso profundamente

y la aprisionó contra la pared. Serena hacía que lo olvidara todo, salvo el deseo. Ella le pasó una pierna por la cintura y la pasión se apoderó de ellos. Serena gimió. Él se bebió el sonido. Delicioso.

— ¡Darién! —gritó Endimión al otro extremo del pasillo—. ¡Es para hoy!

Con pena, él se separó de Serena. Era mejor así. Si seguían besándose, quizá olvidaran a sus amigos y a sus enemigos.

—Ha sido... muy agradable —susurró ella.

Darién sintió el impulso de seguir acariciándola, pero se detuvo a tiempo. No podía

En aquel momento no. Darién — insistió Mamoru.

—¿Vas a venir? —gritó Endimión

.

—Toallas —dijo él a Serena.

Después se dio la vuelta y comenzó a caminar antes de pensar en quedarse con ella.

«Ese hombre me hace arder», pensó Serena mientras observaba a Darién alejarse

por el pasillo. Él dobló la esquina y desapareció, pero ella todavía tenía el pulso acelerado.

Sonriendo soñadoramente, se pasó los dedos por los labios. Entonces oyó el gruñido

de dolor de un hombre, una imprecación, y se puso en marcha. No tenía tiempo de soñar

con Darién en aquel momento.

Aquella noche, cuando saliera del castillo a escuchar conversaciones para ver si podía

averiguar el modo de romper la maldición de muerte, averiguaría también dónde había

tenido lugar la explosión e iría. Si tenía suerte, podría oír dónde se escondían los

Cazadores, y cómo podía salvar a Darién de la muerte.

Probablemente, tenía demasiadas esperanzas, pero la esperanza siempre era una

emoción muy tonta.

De repente vio un rastro de sangre en el suelo y se quedó boquiabierta de horror.

Entonces se dio cuenta de que los guerreros heridos debían de haber pasado por allí, y se

relajó.

«...en algún sitio, ¿no?».

Aquel pequeño retazo de conversación de repente le atravesó la mente y la

sorprendió. ¿Los inmortales nuevos? Serena se detuvo y escuchó, pero no percibió nada más. Extraño. Aquello era la voz de un hombre, y no estaba allí hacía un rato.

Dio otro paso. Nada. Cambió de dirección y dio otro paso.

«Sí, creo que sí».

Allí había más. Tragó saliva y continuó en esa dirección...

«Venid por aquí... dónde están... esperemos que sigan fuera... hemos perdido muchos

hombres con esas trampas... tardaríamos mucho en limpiar la sangre... lo saben... luchar...».

...y pronto, Serena se vio ante la puerta de la habitación de Minako.

Ah, demonios. Alguien, varias personas, habían entrado allí. Entonces, no eran los

nuevos inmortales ¿Estarían dentro todavía? ¿Les habrían hecho daño a las mujeres?

Serena tomó el pomo con la mano temblorosa, pero no lo movió. Quizá debiera correr a avisar a Darién.

Los intrusos podían ser Cazadores.

Si eran los mismos hombres que habían puesto la bomba en la discoteca, podían estar

poniendo otra bomba allí. Se apartó de la puerta con intención de avisar a Darién. «No

puedes dejar a Minako y a las demás aquí solas, Tsukino».

—Estarán bien —susurró.

Según Darién, los Cazadores sólo querían cazar a Inmortales. ¿Verdad? Verdad. Dio

otro paso hacia atrás. Lo más inteligente sería contárselo todo a Darién. El podía

detenerlos, ella no.

Sin embargo, al dar otro paso, escuchó claramente otra conversación.

« ¿Dónde está?»

«Ojalá lo supiera».

« ¿Crees que... la han matado?».

«Es posible. Son demonios, así que puede haber sucedido lo peor». Una pausa, un

suspiro. «Maldita sea, debería haberle puesto más guardias».

Serena se dio cuenta de que quien hablaba era su jefe. Black estaba allí. Ella

debería haberse sentido aliviada al saberlo y contenta porque él se preocupara lo

suficiente como para buscarla. Sin embargo..., ¿había puesto guardias a seguirla? ¿Y cómo se había infiltrado en la fortaleza?

«Serena, cariño. Si oyes esto, ven a encontrarte con nosotros en Gerbeaud a las...».

« ¿Y si la tienen encerrada? No podrá salir de aquí por sí misma».

«Chist. Oigo unos pasos que se acercan».

Después, silencio. Se pasó los dedos por la frente, intentando pensar con claridad.

¿Ellos estaban allí todavía? ¿Qué haría Darién si los encontraba? ¿Qué le harían ellos a Darién? Sintió pánico.

«Está bien, está bien. Piensa, Tsukino. Piensa».

Al final, no tuvo que tomar la decisión.

La puerta se abrió, y Black miró hacia el pasillo. Abrió mucho los ojos al verla. Su

rostro familiar la reconfortó, pero por primera vez, también hizo que se sintiera insegura.

— ¡Serena! ¡Estás viva!

—Black, yo... yo...

—Chist, aquí no.

Sacó un brazo, tiró de ella hacia la habitación y cerró la puerta silenciosamente. Lo

primero que vio fue a Minako y a su familia, que estaban inconscientes en el suelo.

—Oh, Dios mío.

Se movió hacia ellas, pero su jefe la sujetó y la mantuvo en su sitio. Había más

hombres por la habitación, buscando algo; Serena no los reconoció. Nunca los había visto en el Instituto.

Uno de los hombres tosió. Tenía sangre en las manos. Dios Santo. Tosió de nuevo,

doblándose hacia delante. Estaba muy pálido, y tenía unas profundas ojeras. Otra tos.

—Cállate —le susurró Black con ferocidad.

—Lo siento. Me duele la garganta.

—Hace cinco minutos no te dolía.

—Ahora... sí...

Serena se zafó de la mano de su jefe y se acercó a Minako

—¿Está...?

Le buscó el pulso. Latía normalmente, gracias a Dios.

—Sólo están dormidas —le aseguró Black.

Ella se sintió aliviada.

— ¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué las has dejado inconscientes?

Mientras hablaba, comenzó a percibir conversaciones.

« ¿Quiénes sois?», preguntó Minako. « ¿Qué hacéis aquí?».

«Yo haré las preguntas. ¿Quiénes sois vosotras?» inquirió su jefe.

«Prisioneras».

« ¿También estabais buscando la caja?».

A Serena se le encogió el corazón al escuchar la pregunta.

« ¿Qué caja?», preguntó Minako, en un tono de voz confuso.

« ¿Te han dicho dónde está?», insistió Black con nerviosismo.

Él debió de haberla agarrado, porque ella gritó:

« ¡Suélteme!».

« ¿Te lo han dicho?».

« ¡Endimión! ¡Endimión, ayuda!».

«Cállate o me veré obligado a silenciarte».

« ¡Endimión!».

Debió de haber un forcejeo, porque Serena oyó resoplidos y gruñidos de esfuerzo, los

sollozos de la familia de Minako y, de repente, silencio. Más conversación sobre drogar a las mujeres y usarlas más tarde como cebo, si era necesario.

Serena se dio cuenta, con horror, de que eran Cazadores. Ella lo había sospechado

aquella tarde al hablar con Minako, pero se había apartado la idea de la cabeza y se había recordado lo noble que era el Instituto. Para ser sincera, en parte había pensado que nadie podría haberle ocultado algo así. Sin embargo, aquellos hombres eran Cazadores. No podía negarlo. Abrió los ojos y los clavó en su jefe.

Sintió náuseas. Él había sabido durante todo el tiempo lo de la caja. La había estado

buscando, pero no se lo había dicho. Dios santo.

Le había mentido. Ella le había dedicado toda su vida a una causa que no existía.

Black le había leído cuentos de hadas cuando era pequeña, le había dicho que era

especial, que tenía una gran tarea. Ella pensaba que estaba ayudando a hacer un mundo mejor. Por el contrario, había ayudado a matar a gente, quizá a personas inocentes. Se sintió traicionada, tanto, que casi cayó de rodillas.

—No estudias las criaturas que yo encuentro para el Instituto, ¿verdad? —le

preguntó—, Cazador.

—Claro que sí —respondió él, ofendido —. Soy científico. No todos los empleados del

Instituto son Cazadores, Serena. Tú eres la prueba de ello. El noventa por ciento del

trabajo es sólo observación. Sin embargo, cuando descubrimos el mal, acabamos con él. Sin piedad.

— ¿Y quién os ha concedido ese derecho?

—La moralidad. El bien. Al contrario que los demonios que viven aquí, yo no soy un

monstruo. Lo que hago, lo hago por el bien del mundo.

— ¿Y cómo es posible que yo no lo supiera? ¿Cómo es posible que no lo haya oído

nunca?

Él alzó la barbilla. Con la mirada, le estaba rogando a Serena que fuera comprensiva.

—El trabajo sucio lo hacen sólo unos pocos. Y nunca hablamos de ello en las

instalaciones del Instituto.

Tampoco te dejamos entrar en los lugares donde hemos estado.

—Tantos años —dijo ella, y sacudió la cabeza, asombrada—. No me extraña que no

me perdieras de vista. No querías que me topara con una información que no debía tener.

—¿Quieres información? Puedo enseñarte fotografías de cosas que han hecho estos

demonios. Cosas que te harían vomitar. Te darían ganas de arañarte los ojos para no

volver a ver nada semejante.

Ella se agarró el estómago.

—Deberías haberme dicho la verdad.

—Quería que permanecieras tan alejada de ello como fuera posible. Me importas,

Serena. Sabíamos que había dos grupos de demonios. Llevamos años luchando con uno de ellos, y siempre hemos estado buscando al otro. Entonces, una de nuestras agentes descubrió a Promiscuidad. Te trajimos a Budapest para que escucharas y averiguaras todo lo que pudieras sobre este nuevo grupo. Se suponía que no ibas a acercarte a ellos.

Todo el trabajo de su vida había resultado ser algo malicioso y enfermo. «Qué tonta he

sido», pensó.

—Habéis venido a matar a estos hombres, pero ellos traban a la gente de Budapest

con bondad. Donan dinero y mantienen muy bajos los niveles de delincuencia en la ciudad.

Se mantienen aislados y apenas salen. Vosotros pusisteis una bomba en una discoteca. Black se aproximó a Serena con una expresión decidida en la cara.

—No hemos venido a matarlos. No podemos matarlos todavía. Hace años se descubrió que matar a un Señor equivalía a liberar el demonio que albergaba. No, estamos aquí para capturar a los guerreros. Cuando encontremos la caja de Pandora, encerraremos a los demonios y nos desharemos de los cuerpos de los hombres que los albergaban. Tú averiguaste todo esto, ¿no te acuerdas? —él la tomó por los hombros y la zarandeó—.

¿Sabes dónde está? ¿Te lo han dicho?

—No.

—Tienes que haber oído algo. Piensa, Serena.

—Ya te lo he dicho. No sé dónde está.

— ¿No quieres vivir en un mundo libre del mal? ¿Libre de las mentiras, la miseria y la

violencia? Tú oyes más en un día de lo que oye una persona en toda su vida —dijo

Black, mientras la observaba atentamente con el ceño fruncido—. He estimulado tu

tálenlo durante años. Te di un lugar para vivir, comida y una vida serena. Lo único que te pedí a cambio fue que usaras tu don para encontrar a las criaturas que viven entre

nosotros.

— Y yo siempre lo he hecho. Sin embargo, no he oído nada sobre la caja —insistió ella.

—Tienes que haberlo oído. Tú no eras prisionera, como estas mujeres. Estabas

caminando libremente por el pasillo.

Mientras hablaba, abrió mucho los ojos como si acabara de darse cuenta de una

revelación asombrosa. La soltó, se metió la mano al bolsillo y sacó una jeringuilla que

contenía un líquido transparente.

— ¿Te has pasado a trabajar para esos monstruos, Serena?, ¿es eso lo que está

pasando? ¿Has estado trabajado para ellos desde el principio?

Serena estaba muy asustada. Dio un paso atrás, y después otro. Su espalda chocó

contra una pared y ella intentó alejarse de un salto, pero unos brazos fuertes la atraparon.

No era una pared, entonces. Era un hombre. Un Cazador. Serena luchó por zafarse.

—¿Dónde está la caja, Serena? —preguntó el doctor—. Es lo único que quiero. Dime

dónde está y te dejaré marchar.

«Cálmate», se dijo Serena. «Distráelo de algún modo».

Al ver que ella no aparecía con las toallas, Darién iría a buscarla.

—Eres un Cazador, pero no llevas el tatuaje en la muñeca. ¿Por qué?

Él se tiró de la manga de la camisa hacia arriba.

—Me aseguré de que no lo vieras. Mi madre me llevó a que me lo hiciera el día que

cumplí dieciocho años, cuando hice el juramento de continuar con la tarea encomendada a mi familia.

¿Cómo era posible que ella no lo supiera? Se sentía estúpida. La mujer que creía que

nadie podía engañarla... y que había sido engañada durante años. La vergüenza y la

culpabilidad se unieron al miedo y al sentimiento de traición que albergaba.

«Que siga hablando».

—¿Y por qué es el símbolo del infinito? —preguntó con un hilo de voz.

—Nuestro propósito es conseguir la eternidad sin el mal. ¿Qué mejor símbolo?

—Pero los hombres que viven aquí no son malva- : dos. Me han cuidado y me han

ayudado. Si los conocieras...

El odio cubrió el semblante de Black.

—¿Conocer a un demonio? Esas criaturas destruyeron Atenas, Serena. No puedes

imaginar a cuánta gente mataron, todo el dolor que causaron...

—Pero si les haces daño, te conviertes en un ser tan maligno como dices que son ellos.

¿No has matado tú a gente para llegar hasta ellos?

Sin previo aviso, él le clavó la jeringuilla en el cuello. Serena sintió un agudo dolor, una

ráfaga de calor.

Intentó retirarse, pero fue demasiado tarde. De repente estaba tan mareada que no

podía moverse. Un extraño letargo se adueñó de su cuerpo.

—Duerme —ordenó Black.

Y ella durmió.