20
Darién no podía creer lo que estaba viendo. ¿Era una alucinación? ¿Una pesadilla?
Acababa de dejar a los guerreros heridos para ir a la habitación de Darién, a comprobar si su amigo había vuelto. Para su angustiad había detectado manchas de sangre por los pasillos. Y cuando llegó a la puerta de la habitación, vio a Andrew tendido en el suelo, en medio de un charco de sangre espesa, tan oscura que parecía negra. Incluso su pelo rubio estaba manchado de aquel líquido letal.
Andrew tenía un profundo corte en el cuello.
Alguien había intentado cortarle la cabeza, pero no lo había conseguido, o le había
hecho una herida para incapacitarlo, cosa que sí había logrado. El guerrero tenía los ojos cerrados, pero su pecho se elevaba cada pocos segundos. Todavía estaba vivo, ¿por cuánto tiempo?
Darién notó el sabor amargo de la bilis en la boca, sintió rabia, determinación.
¿Quién le había hecho aquello a Andrew? Miró la habitación, pero no había ni rastro de ningún Cazador...
Llamó a sus amigos a gritos y reflexionó sobre lo que podía hacer. Andrew era como un hermano para él. No podía dejarlo allí solo, sufriendo. Sin embargo, tampoco podía tocarlo.
Aunque Darién no enfermaría, sí le contagiaría la enfermedad a Serena.
¿La habría encontrado el culpable también a ella? No. ¡No! Tenía que ayudar a Andrew y encontrarla.
De nuevo llamó a los guerreros.
Con urgencia, entró al baño y tomó del armario uno de los muchos pares de guantes
negros que Andrew tenía guardados. Se los puso rápidamente y después se enrolló una camisa negra al cuello para protegerse toda la piel.
Se agachó y tomó al herido en brazos. Lo llevó hasta la cama y le taponó la herida con
una camiseta, apretando con fuerza.
Era extraño estar tan cerca de Andrew después de siglos de distancia.
Lentamente, Andrew abrió los ojos, y Darién se dio cuenta de que los tenía llenos de
sufrimiento. Violencia se preparó para la batalla, afiló sus garras, exigió acción.
—Cazadores —susurró Andrew. La palabra apenas fue audible—. Estaba en la colina, y venían hacia aquí. Luchamos, querían la caja..., me tocaron. Atraparon a Yaten —dijo con gran esfuerzo. Luego perdió el conocimiento.
Tras hacer todo lo que estaba en su mano, Darién salió corriendo de la habitación
para buscar a Serena y a los demás. «Cálmate», se dijo. «Ella está bien». Pero sólo con pensar que podía resultar herida, o algo peor...
— ¡Serena! —si los Cazadores la habían atrapado después de tocar a Andrew, podía
morir de enfermedad.
A Darién se le nubló la visión de una manera muy familiar.
Serena no estaba en su habitación, y no parecía que hubiera pasado por allí. Las
toallas estaban intactas. Tampoco había rastro de ella en la habitación de las mujeres. De hecho, Darién no la encontró. ¡No!
Por el rabillo del ojo percibió un brillo plateado. Salió al balcón y vio que había un
cable de rappel atado a la barandilla. El cable descendía hasta el suelo.
Hombre y espíritu bramaron al unísono. No había rastro de los Cazadores en la colina,
lo cual significaba que ya estaban a buena distancia de allí. Y tenían a Serena. Los
Cazadores habían tocado a Andrew, y después habían tocado a Serena.
Darién corrió hacia la sala de entretenimiento. Por el camino se quitó los guantes y
los arrojó al suelo.
—¿Y las toallas? —le preguntó Mamoru al verlo. Era evidente que no había oído a
Darién pedir ayuda. Sin embargo, al ver la expresión de su amigo frunció el ceño.
Darién les explicó a todos lo que había sucedido. Los demás palidecieron.
—¿Y Minako? —preguntó Endimióncon la voz ronca.
—No está.
Endimión cerró los ojos con fuerza.
—Andrew necesita atención médica —dijo Jedite —, ¿Cómo vamos a hacerlo?
—Tendrá que curarse por sí mismo. Por todos los dioses, va a haber una plaga —dijo
Mamoru gravemente—. Ya no podemos pararla.
Darién apretó los puños.
—No me importa si hay una plaga o no. Mi mujer está ahí fuera, y voy a hacer todo lo
posible por salvarla.
Neflyte dio un paso adelante.
—Yaten estaba en el cementerio con Andrew, Puede que él los haya seguido. ¿Lo has visto?
—Andrew me dijo que hubo una batalla en la colina. Atraparon a Yaten.
—Maldita sea —dijo Seiya con rabia, y dio un puñetazo en la pared. ¿Cómo era posible que un día con tan buenas expectativas hubiera resultado tan nefasto?
—Iré a la ciudad contigo —anunció Endimión. Se había limpiado el hollín de la cara, pero todavía tenía los pies en carne viva.
—Yo registraré el resto del castillo —gruñó Mamoru con un brillo de furia en los ojos—.
Quiero asegurarme de que no están escondidos aquí dentro.
Después de ver el cable colgando del balcón, Darién lo dudaba.
—Cinco minutos —dijo a Endimión, y salió corriendo hacia su habitación para recoger sus armas.
Los Cazadores iban a sufrir aquella noche.
Endimión observó a Darién con espanto.
Habían recorrido las calles de Budapest hasta que, finalmente, habían dado con un
grupo de Cazadores. En aquel momento estaban en el bosque, rodeados de árboles y a salvo de las miradas curiosas de la gente. Había anochecido, y la luna derramaba su luz débil sobre la naturaleza, las bestias y los humanos por igual.
Darién había atacado sin previo aviso.
Llevaba el velo de Violencia, y ya no era una mera sombra. Había dominado su rostro
por completo, y sus rasgos se habían convertido en una máscara esquelética. Rápidamente había matado a tres de los Cazadores de una cuchillada en el cuello, igual que ellos habían intentado hacer con Andrew. Cayeron al suelo uno por uno, muertos.
Endimión no se movió. No estaba seguro de que Darién fuera consciente de dónde
estaba ni de con quién luchaba. Y si Reyes intervenía, sospechaba que quizá lo acuchillara a él también.
Su rabia era tan intensa como la de Darién. Por algún motivo se sentía responsable
de Minako y estaba furioso porque se la hubieran llevado ante sus narices. ¿Qué importaba que ya estuviera marcada por la muerte?
—¿Dónde está tu líder? —le preguntó Darién en voz baja al único Cazador que había
quedado con vida. El hombre gimoteó. Tosió.
— Sólo voy a preguntártelo una vez más —dijo Darién, y el Cazador volvió a toser—.
¿Adónde se han llevado a las mujeres?
—Black no nos lo dijo —respondió temblorosamente el Cazador—. Sólo nos dijo
que vigiláramos la ciudad y que lo avisáramos por radio si veíamos a alguno de los
Señores. Excepto la señorita Tsukino, no creíamos que hubiera más mujeres en el castillo.
Pon favor. Sólo quieren a la chica y la caja. Por eso querían; entrar a la fortaleza. Eso es todo.
Reyes se acercó y tomó la radio que uno de los cuerpos llevaba prendida con una
correa. Se la enganchó al cinturón, con intención de escuchar y averiguar lo que pudieran.
En aquel momento sólo había silencio.
Darién lo miró y Endimión asintió. Sin una palabra de advertencia, Darién le rompió el
cuello al hombre y dejó que cayera sobre sus amigos. No podían permitir que
permaneciera con vida. Era un Cazador, y estaba infectado. Además, había tomado parte
en la desaparición de Serena.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Endimión mirando al cielo. En parte, tenía la
esperanza de que la respuesta cayera de las estrellas.
—No lo sé —dijo Darién.
Estaba desesperado. Sabía que, si no encontraban pronto a Serena, tendría que
esperar al día siguiente para continuar con su búsqueda, cuando volviera de la muerte. Y si tenía que esperar, si Serena tenía que pasar toda la noche con los Cazadores...
Darién quería matarlos a todos.
—Vamos a registrar la ciudad otra vez. Tiene que haber algún rastro —propuso
Reyes—. Seguramente hemos pasado algo por alto.
Ambos guerreros volvieron a la ciudad. Los pocos peatones que había por la calle se
apartaban de su camino. Seguramente, la explosión de la bomba había acabado con la idea de que eran ángeles. Eso, y el hecho de que Darién tuviera la cara y las manos manchadas de sangre.
Después de un rato, Endimión se volvió hacia él.
—Se nos está acabando el tiempo.
—Lo sé. Los Cazadores no han podido sacar a las mujeres de la ciudad. Estarán
concentrando sus fuerzas en buscar la caja, y deben pensar que la tenemos en el castillo, para haber entrado de esa manera.
—Sí.
—Lo más seguro es que todavía estén aquí, escondidos.
—Quizá quieran usar a las mujeres como moneda de cambio por la caja. Deberíamos
organizar un trueque.
—¿Cómo? —preguntó Darién.
Reyes le mostró el transmisor. Ambos escucharon durante unos momentos eternos,
agonizantes, pero no oyeron nada salvo ruido, incluso cuando intentaron entablar el
contacto.
— ¡Maldita sea! No quiero volver al castillo con las manos vacías, pero no sé qué más
podemos hacer —y dijo Endimión—. Se acerca la medianoche.
—Vamos a recorrer la zona otra vez.
Reyes asintió.
Cinco minutos después, Endimión y Darién estaban saliendo de una capilla que acababan de registrar, cuando vieron a un anciano al otro lado de la calle. Estaba sucio, desarreglado, y sólo llevaba un abrigo lleno de agujeros. Y tosía. Tenía una tos
desgarradora. Darién recordó la noche en que Andrew había pisado aquella misma ciudad, que entonces era muy diferente. Cabañas en vez de edificios. Calles de barro, en vez de empedrado. La gente era igual, sin embargo. Frágil, débil, confiada.
Andrew se había quitado un guante y le había acariciad do la mejilla a una mujer que se lo había rogado. Era una mujer a la que él llevaba deseando, desde la distancia, muchos años. Él se había rendido y había pensado que, por una vez, alguien sobreviviría. Que el amor lo conquistaría todo.
Una hora después, la mujer había empezado a toser, tal y como tosía aquel anciano.
Y poco después, el resto del pueblo había caído enfermo. Durante los días siguientes,
la mayoría de sus habitantes había muerto con la piel llena de úlceras y sangrando por los orificios del cuerpo.
Darién murmuró una maldición entre dientes Serena estaba en algún sitio, con los
mismos Cazadores que habían provocado una nueva epidemia.
—Tengo que hablar con usted —dijo de repente al anciano.
Sin dejar de toser, el hombre se detuvo. Tenía una mirada febril. Al ver al guerrero, se
sobresaltó.
—Eres uno de ellos —dijo entre toses—. Los angyals. Mis padres me contaban
cuentos sobre vosotros. He querido conoceros durante toda mi vida.
Darién apenas lo oyó.
—Quizá haya visto a un grupo de hombres que no son de la ciudad. Seguramente
llevaban prisa y tenían un tatuaje en la muñeca. Lo más probable es que fueran
acompañados de cinco mujeres.
Intentaba mantener un tono de calma, reprimir la furia y dominar la desesperación.
No serviría de nada asustar al anciano y provocarle un ataque cardiaco.
Aunque quizá aquello fuera compasivo. La muerte se lo llevaría pronto, y no iba a ser
una muerte fácil. Sí, Mamoru iba a estar muy ocupado.
Endimión les describió a los Cazadores que habían visto en la discoteca, y después les describió a las mujeres.
—He visto a la mujer rubia de la que hablas —dijo el hombre. Tosió—. Había tres
mujeres con ella, pero no recuerdo cómo eran.
Minako entonces. Lo más probable era que estuviera con su familia. Eso significaba
que Serena estaba... No. ¡No! Estaba viva, estaba bien.
—¿Adonde fueron? —Preguntó Darién, intentando controlarse, pese a que sentía
una tremenda ansiedad—. Dígamelo, por favor.
El hombre se tambaleó entre toses.
—Iban corriendo por la calle, seguidos de un hombre alto —explicó jadeando—. Casi
me tiran al suelo.
—¿En qué dirección? —preguntó Endimión.
— Hacia el norte.
—Gracias —dijo Endimión—. Muchas gracias.
El anciano volvió a toser y se desplomó. Aunque no quería perder un segundo,
Darién se arrodilló junto a él.
—Duerma. Nosotros... lo bendecimos.
El humano murió con una sonrisa, cosa que Darién nunca había hecho.
«Serena», pensó. «Voy a buscarte».
