21
Serena se despertó con un gran sobresalto al sentir el golpe del agua helada en la cara.
Pasó un momento en el que sólo oyó sus propios jadeos; después consiguió orientarse.
Tenía la camisa pegada a la piel, casi helada. Su mirada fue enfocándose poco a poco y pronto distinguió la habitación en la que estaba. Tenía paredes de piedra, oscuras, llenas de marcas. A un lado había barrotes, a través de los cuales se veía un pasillo estrecho, también de piedra. En el rincón más alejado había unas cadenas colgadas.
«No te dejes dominar por el pánico».
Lo siguiente que vio fue una cara familiar. Antes, Black habría sido una imagen
bienvenida. Sin embargo, en aquel momento Serena sintió odio hacia su jefe.
Después de dejar el cubo vacío en el suelo, él se sentó en un taburete de madera,
frente a ella. Serena estaba atada a la silla, con los brazos esposados a la espalda. Cuando intentó liberarse, el metal frío de las argollas se le clavó en las muñecas.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—En Halal Foghaz —respondió él, en un tono mal áspero de lo normal.
La Prisión de los Muertos.
—Algunos de los peores criminales de Budapest fueron confinados en esta cárcel y
aquí permanecieron hasta que se rebelaron contra sus guardias y los mataron. Después, el lugar fue clausurado. Hasta hace unas pocas semanas.
Ella lo miró con los ojos entornados.
—Tranquilízate —le dijo él. Estaba muy pálido y tenía los ojos enrojecidos. No dejaba
de toser—. No soy el dragón que te daba tanto miedo cuando te leía los cuentos de hadas.
El recordatorio de aquellos años que habían pasado juntos no la enterneció.
—Suéltame, por favor. ¿Qué les has hecho a los guerreros? ¿Dónde están las otras
mujeres?
—Responderé a tus preguntas a su debido tiempo, Serena. En este momento eres tú
quien tiene que contestar las mías, ¿de acuerdo?
Tosió de nuevo. Al menos, parecía razonable, no era el fanático loco con el que se
había encontrado en el castillo.
Ella se estremeció de frío.
— De acuerdo —respondió.
Sin embargo, no pudo decir nada más. Las voces invadieron su mente. Se quedó rígida.
Le pareció oír un suspiro de Black. Después, él dijo:
—Veo que ahora no puedes responder nada. Volveré cuando se acallen las voces.
Serena percibió el sonido de unos pasos y oyó que le cerraban las barras de golpe. Y
después, sólo quedaron las voces.
Había muchas, muchas. Prisioneros, asesinos, ladrones. Violadores.
—Darién —gimoteó ella. Ni siquiera podía taparse los oídos, porque tenía las manos
esposadas. Las voces eran muy altas, muy altas, muy altas—. Darién.
Su imagen le llenó la mente, fuerte, decidida. En sus ojos de color violeta había
ternura, y tenía los labios suaves de besarla. El pelo oscuro le caía por la frente.
«Estoy aquí», dijo. «Estoy aquí. Siempre te protegeré».
Al instante, las voces se acallaron, se calmaron. No se desvanecieron por completo,
pero ya no eran debilitantes. Ella parpadeó de la sorpresa. ¿Cómo? Eso nunca le había ocurrido antes. ¿Estaba cerca Darién?
Su rostro reverberó y desapareció. Entonces las voces volvieron a ser atronadoras.
Ella se lo imaginó una vez más y, de nuevo, las voces se calmaron. De nuevo volvieron a ser soportables.
Si la situación no hubiera sido tan grave, habría sonreído.
«Puedo controlarlas. ¡Puedo controlarlas!», pensó. Era asombroso. Maravilloso. Ya no
tendría que esconderse. No tendría que evitar las zonas más concurridas. ¡Nunca más!
«Eh, Tsukino. No quiero ser aguafiestas, pero estás atrapada. Con un Cazador. ¿No te
acuerdas?».
Como si estuviera oyendo su diálogo interior, una voz se rió alegremente.
«Sé cómo escapar. ¿Quieres ponerte en acción, o quieres quedarte en este agujero
para siempre? Lo único que tienes que hacer es escarbar un poco».
Aquella voz del pasado no estaba hablando con ella, sino con otro prisionero. Su
conversación le llamó la atención. Sin desprenderse de la imagen de Darién» escuchó las instrucciones sobre lo que tenía que hacen Y pronto, estaba sonriendo de verdad.
—Gracias —susurró cuando las voces terminaron de hablar.
—Sí, sí. De nada —dijo una nueva voz. Era del presenté, no del pasado.
La sonrisa se le borró de los labios. Miró a su alrededor. Estaba sola, y sin embargo
había algo que... cargaba el ambiente. Algo que vibraba con poder y energía.
— ¿Quién está ahí?
— ¿Quieres saber cómo romper la maldición, o no ?—preguntó una voz femenina—.
He oído que antes hablabas de eso.
Serena notó calor de un hombro a otro, como si alguien le pasara un dedo por la piel.
Entonces, una brisa caliente sopló delante de ella. Sin embargo, seguía sin ver nada. No sabía con qué estaba tratando, pero no era humano. ¿Una inmortal? ¿Una de las diosas de Darién?
—Sí —dijo, temblando—. Es cierto.
—Muy bien. Yo puedo ayudarte.
Serena se quedó anonadada. ¿Iba a ayudarla una diosa?
— ¿Y me dirás también cómo puedo escapar?
—Cada cosa a su tiempo, nenita —respondió la voz.
De repente, algo empezó a brillar en un rincón, y un pelo largo y muy rubio, casi
blanco, apareció a la vistan Después, Serena vio a una mujer alta, con el cuerpo de una modelo, vestida con una camiseta roja y una falda negra, muy corta. Llevaba botas altas de tacón. Finalmente, apareció su cara, y Serena se vio ante la encarnación de la belleza. Tenía
los rasgos tan perfectos, tan sublimes y majestuosos que sólo podían ser los de una diosa.
—Tu amigo, captor, o lo que sea, mencionó los cuentos de hadas, ¿no?
¿Estaba delirando, o aquella mujer era real?
—Sí.
—Pues ya tienes la respuesta. Piensa en los cuentos —dijo la desconocida. Frunció el
ceño y lamió una piruleta de color rosa—. ¿Qué te han enseñado?
«Lo suficiente», pensó Serena.
—¿A buscar a un príncipe?
—Uf. No. Piensa, niña. Tengo que volver.
¿Volver adonde? ¿Cómo se llamaba aquella mujer? ¿Y por qué había ido allí a
ayudarla?
—He dicho que pienses, y no me parece que lo estés haciendo, nenita. Me estás
mirando de pies a cabeza. ¿Quieres un trozo, o algo así?
¿De ella?
—No, por supuesto que no.
La mujer se encogió de hombros.
—Entonces, te sugiero que empieces a pensar.
Bien, bien... Pensar. Era difícil recordar los detalles de un cuento cuando tenía tantas
ganas de escapar, pero lo consiguió. En La Bella Durmiente, el príncipe tenía que abrirse paso entre espinas y fuego para matar al dragón y salvar a su princesa. En Los once cisnes, la princesa tenía que dejar de hablar durante mucho tiempo, y exponerse a la muerte, para salvar a sus hermanos de una horrible maldición.
— ¿Y bien?
—Los cuentos de hadas enseñan a tener decisión y perseverancia, y a saber
sacrificarse. Bueno, yo soy decidida y perseverante, pero, ¿qué tengo que sacrificar? — preguntó, y se estremeció. ¿Le pediría que sacrificara su relación con Darién? Él lo era todo para ella. Sin embargo, por salvarlo haría cualquier cosa. Se le encogió el estómago al pensarlo—. No soy una princesa, y mi vida no es un cuento de hadas.
Una risa.
—Bueno, ¿y no quieres serlo? —hubo un momento de silencio—. Ah, qué fastidio.
Viene tu enemigo. Piensa en lo que te he dicho y hablaremos más tarde.
— ¡Pero si no me has dicho nada!
Pasó un segundo y pareció que el aire se hacía pesado de nuevo. Toda sensación de
vida se desvaneció.
—¿Estás mejor? —preguntó de repente Black.
Serena abrió los ojos. ¿Cuándo los había cerrado? Black estaba tras las rejas. Tuvo
un ataque de tos tan fuerte que se dobló por la mitad. Sólo podía mantenerse en pie
agarrándose a uno de los barrotes. Estaba más pálido y más enfermo que la última vez que Serena lo había visto.
—Mejor —dijo ella suavemente. ¿Se había imaginado aquel encuentro con la diosa?
Él abrió la celda y entró tambaleándose. Entre toses» se guardó la llave en el bolsillo.
No llegó al taburete, se cayó al suelo. Pasó un minuto; después, dos. Él no se movía, no emitía ningún sonido.
—¿Black? ¿Estás bien?
Por fin, un movimiento. Él sacudió la cabeza como si necesitara salir de una espesa
niebla.
—Tengo un resfriado. La mayoría de los hombres se ha contagiado.
El Cazador se giró y se tumbó boca arriba, con un gesto de dolor.
Serena frunció el ceño.
—¿Cuánto tiempo llevamos fuera de la fortaleza?
—Casi todo el día.
¿Un día? ¿Se había puesto tan enfermo en un día?
—Antes no parecía que estuvierais tan mal.
—No lo estábamos —respondió él, y tosió de nuevo. En aquella ocasión, la sangre
asomó por la comisura de sus labios—. Algunos están más enfermos que otros. Malditos microbios. Pennington ha muerto, en realidad, el pobre. Bueno, quizá haya suerte... —se arrastró hacia atrás y se apoyó en las barras.
¿Que alguien había muerto de un resfriado?
—Tienes que ir al médico.
La ira se reflejó en los ojos oscuros de Black mientras hacía un gran esfuerzo por
erguirse.
—Lo que necesito es esa caja. Esos hombres son malvados, Serena. Con su mera
presencia extienden la mentira y el dolor, las dudas y la miseria. Son la causa de la guerra, el hambre y la muerte —dijo. Tosiendo de nuevo, se metió la mano en el bolsillo de los pantalones y, débilmente, le arrojó algunas fotografías al regazo.
—Hemos luchado contra estos desgraciados durante mucho tiempo. Su maldad no
tiene límites.
Ella miró hacia abajo y sintió náuseas. Había cuerpos decapitados, una mano
desprendida del cuerpo, ríos de sangre.
—Los hombres a los que sigues defendiendo fueron quienes hicieron todo eso.
«Darién no», pensó ella. El no.
—Los hombres a los que he conocido no son la fuente de los males del mundo. Podían haberme hecho daño, pero no lo hicieron. Podían haber violado o matado a las otras mujeres, pero no lo hicieron. Podían haber atacado Budapest y haber matado a su gente, pero tampoco lo hicieron.
A él se le cayó la cabeza hacia un lado y, durante un instante, Serena pensó que se
había quedado dormido; o que había muerto. Aquello no era un resfriado. No podía serlo.
Ante sus ojos, a Black le estaban saliendo marcas de viruela en la cara.
—¿Black?
Él se despertó de un sobresalto.
—Lo siento. Estoy mareado.
—Desátame. Deja que te ayude.
—Ya te lo he dicho. No confío en ti. Has estado con esos monstruos, y te han
corrompido.
—No, no es cierto. Me han ayudado.
—Yo te ayudé. Me aseguré de que estuvieras protegida, te di una vida que incluso tus
padres te habrían negado.
—Sí, tú me ayudaste —dijo ella; sin embargo, pensó que nunca la había ayudado de
la manera que ella necesitaba. La había ayudado porque ella le resultaba útil—. Ahora,
quítame las esposas y deja que te ayude yo a ti.
A él se le escapó un suave suspiro que terminó en tos. Cuando el ataque cesó,
Black jadeó:
—Deberías haberte ido a casa como te dije. Sin embargo, me desafiaste y tus guardias no informaron de ello. Cuando comprobé tu situación, era demasiado tarde. Ojalá hubiera llegado antes a buscarte, pero no podía llamar a la puerta así como así. Tenía que trazar un plan.
—¿Qué significa que comprobaste mi situación? ¿Y a qué plan te refieres?
—A la explosión. Distrajo a esas criaturas mientras te recuperábamos. Supe dónde
estabas por el GPS que llevas en el brazo.
Oh, Dios. Habían hecho estallar aquella bomba por ella. Los ojos se le llenaron de
lágrimas. «Fue culpa mía». Podían haber muerto todos.
—No entiendo lo del GPS —susurró.
—No es un método anticonceptivo, como te dijimos. Es un chip. Siempre hemos
sabido dónde estabas.
Ella se quedó boquiabierta. Aquella traición le dolió y la enfureció. Además, tuvo un
terrible sentimiento de culpa. ¡Cómo se habían atrevido! Nunca se había sentido más
ultrajada. Quería llorar. Quería gritar. Por primera vez en su vida, quería matar.
«Supongo que después de todo, sí era un cebo», pensó casi con histerismo. Aunque no fuera su intención, ella había conducido a los Cazadores directamente a la puerta de casa de Darién.
— Dejamos que uno de nuestros hombres fuera capturado ayer —prosiguió
Black —. Él condujo a los demonios a la discoteca. Los dejamos allí, cuando podríamos haberlos atrapado a todos. Por ti —sonrió débilmente antes de sucumbir a otro ataque de tos. Serena se dio cuenta de que sangraba por los ojos, y la sangre formaba ríos que parecían veneno.
—Desátame, Black. Por favor. Yo te he ayudado durante todos estos años. No me
dejes morir aquí.
Él no respondió durante varios segundos. Y entonces, sorprendiéndola, se puso en pie
con gran esfuerzo. Se acercó a ella y se arrodilló detrás de la silla. Con debilidad, le abrió las esposas. El metal cayó al suelo con estrépito y ella quedó libre.
Se levantó de la silla y se agachó junto a Black. Él respiraba con dificultad. No
parecía que fuera a sobrevivir mucho tiempo. Pese a la ira que sentía, pese a todo lo que él había hecho, ella sintió que la pena le atenazaba el pecho.
—¿Dónde están las otras mujeres? —preguntó con gentileza.
Una pausa. Una exhalación dolorosa.
—Seguramente, en un avión hacia Nueva York.
—¿A qué parte de Nueva York?
A él se le cerraron los ojos.
— ¡Black! Despierta y háblame.
Él consiguió abrir los ojos, pero cada vez estaba más débil.
—Ellas serán intercambiadas por la caja. Un día te darás cuenta —susurró—. El
mundo será un lugar mejor sin ellos —entonces sonrió y añadió— Muy pronto. Papá
estaría orgulloso.
Sus frases ya no eran coherentes. Salían de sus labios sin un orden concreto.
—¿Qué me ocurre?
—No lo sé —respondió Serena con voz temblorosa—. Tienes que ir al hospital.
—Sí.
Murió un segundo después. Su cabeza se desplomó y su cuerpo quedó completamente torcido.
Serena se cubrió la boca con la mano. Black estaba muerto. Él la había traicionado,
sí, y una parte de sí misma lo odiaba por ello. Sin embargo, la niña que llevaba dentro
todavía anhelaba su aprobación.
Temblando, con los ojos llenos de lágrimas, se puso en pie. No tomó la llave de la celda de la mano de Black porque no la necesitaba. Tenía planeado usar la misma vía de escape que había usado el prisionero.
Pero primero...
«Adelante. Dolerá, pero tienes que hacerlo».
Tomó el taburete en el que había estado sentado Black y lo golpeó contra los
barrotes de metal hasta que una de las patas se rompió. Entonces, con el borde irregular de la madera, se arañó desesperadamente el brazo. Brotó la sangre, y ella gimió de dolor.
Finalmente llegó hasta el chip del GPS. Se lo extirpó, lo tiró al suelo y lo escondió entre la
tierra del suelo de la celda.
«Date prisa, Tsukino, date prisa».
No podía correr el riesgo de encontrarse a más empleados del Instituto en el piso de
arriba de la prisión. Seguramente, la mayoría estaban enfermos, como había dicho
Black, pero eso no significaba que los que estaban bien no le impidieran salir. Recordó
lo que había averiguado al oír la voz del prisionero, caminó hasta el retrete que había en la celda y desenroscó los tornillos que lo anclaban a la pared. Algunos no cedían; tuvo que sacarlos a la fuerza y estuvo a punto de romperse los dedos para hacerlo. Cuando el último cayó al suelo, sacó el retrete a patadas.
Allí descubrió un agujero del tamaño de un hombre, que alguien había excavado para
salir al exterior Serena no quería tener que arrastrarse por aquel túnel estrecho y negro, pero con sólo mirar el cuerpo exánime de Black, entró por la abertura. De repente se vio rodeada por la oscuridad.
—No tengas miedo —se dijo. La voz del prisionero pronunció las mismas palabras en
su mente. Sus jadeos resonaban contra las paredes de barro. Una rata le pasó por encima de los dedos, y ella inhaló bruscamente.
Tuvo la sensación de que gateaba toda una eternidad. Le dolían las piernas del
ejercicio. No habría sido tan malo si no hubiera sido un camino empinado hacia arriba. La tierra le caía encima, se le metía por la boca y por los ojos. «Continúa. Sigue subiendo».
Al final, la luz apareció al final del túnel. Aunque era débil, resultaba visible. Ella se
sintió aliviada y aceleró los movimientos. Segundos después encontró una pequeña
abertura por la que no habría podido pasar ni un niño.
—No. ¡No!
Comenzó a apartar tierra con las manos, y después de mucho tiempo, vio el cielo
cubierto de estrellas. Con los brazos doloridos de agotamiento, salió al suelo frío y duro. Se puso de pie con las rodillas temblorosas y vio que estaba rodeada de árboles cubiertos de nieve; Se estremeció. La ropa de Darién no la protegía de la baja temperatura.
Entonces oyó el grito de un hombre, un grito de tormento.
Se quedó rígida. Darién. ¡Darién! Debía de ser medianoche. Vio la fortaleza en el
horizonte, pero el grito no provenía de aquella dirección. Cuando volvió a oírlo de nuevo, comenzó a correr hacia los gritos, pese al cansancio. Un nuevo aullido. Un rugido.
—Ya voy, ya voy.
Mientras corría, Serena comenzó a toser.
