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Cuando Darién se despertó, estaba aterrorizado. Serena lo necesitaba.

Se dio cuenta de que no estaba en el bosque. No, estaba en la cama, en su dormitorio, mirando hacia el techo abovedado, como hacía todas las mañanas. Sin embargo, no estaba encadenado.

¿Cómo? ¿Por qué?

La luz del sol entraba por la ventana y le daba calor. No había encontrado a Serena; el

momento de su muerte había llegado y no había podido seguir buscándola. Endimión

, pensó entonces. Endimión debía de haberlo arrastrado a casa.

Darién saltó de la cama con la intención de continuar la búsqueda. La encontraría

aquel día, costara lo que costara. «Destruiremos el mundo, piedra por piedra, hasta que la recuperemos».

No descansaría hasta...

Una tos de mujer lo dejó inmóvil. Había salido al pasillo y se dio la vuelta. Vio a Serena

tendida en su cama. El choque fue tan fuerte que tuvo la sensación de que una espada le atravesaba el estómago.

Se pasó la mano por la cara. Tenía miedo de creerlo pero al verla bien, sintió una

oleada de alivio. Corrió hacia la cama con una gran sonrisa, dándoles las gracias a los

dioses y abrazó a su mujer.

Ella tosió de nuevo.

Entonces Darién se dio cuenta de lo que ocurría y la sonrisa se le borró de los labios.

¡No, Serena no! Sin embargo, la observó con atención. Estaba muy pálida y tenía unas

ojeras muy oscuras, muy pronunciadas. Además, tenía la piel cubierta de pequeñas

manchas rojas.

A Darién se le rompió el corazón.

Lo había sospechado, lo había temido... y lo peor se había hecho realidad. Los

Cazadores la habían expuesto a la enfermedad. Probablemente, ellos habían muerto, uno por uno, y ella había escalado y había vuelto con él.

Había vuelto a morir a casa.

— ¡No! —rugió.

No la dejaría. Ella era su vida. Era preferible pasarse la eternidad ardiendo en el

infierno que un minuto de la vida sin ella.

Endimión entró en la habitación, como si hubiera estado esperando alguna señal de

actividad.

—¿Se ha despertado ya?

Tenía tantos cortes en los brazos que era difícil distinguirlos.

—No —respondió Darién con la voz quebrada

El guerrero miró a Serena.

—Me he quedado cerca. Ha estado tosiendo toda la noche. Lo siento —dijo. Después

añadió, en tono de consuelo— La mayoría de los que se contagian mueren durante las

primeras horas de la enfermedad, pero ella sigue viva. Quizá sobreviva.

«Quizá» no era suficiente. Darién le puso una mano sobre la frente. Estaba ardiendo.

Comenzó a dar órdenes.

—Tráeme trapos húmedos. Y más pastillas de esas, si el bolso de Minako todavía está

aquí. Y trae agua, también.

Endimión se apresuró a obedecer y volvió poco después con todo lo que Darién le había encargado. No pudo despertar a Serena, así que aplastó las pastillas y le metió el polvo en la boca. Después le hizo beber agua.

Ella tosió y tuvo arcadas, pero finalmente tragó. Entonces abrió los ojos muy despacio

y miró hacia la luz.

—Estoy en casa —susurró al ver a Darién—. Me duele mucho. Es peor que antes.

—Lo sé, preciosa —dijo él, y le besó con ternura la sien. Aunque Mamoru podía

infectarlo, un humano no. No tenía importancia, porque de todos modos la habría

tocado—. Esta vez también te vas a poner bien.

—Mi jefe era Cazador... Ha muerto.

Él asintió, pero no dijo nada. No podía explicarle lo que pensaba de la muerte de aquel

hombre. Era satisfacción.

—¿Y Minako? —preguntó Endimión—. Seguí el agujero por el que saliste y encontré a los Cazadores muertos en la prisión, pero Minako no estaba allí.

—Quizá esté... de camino a Nueva York —respondió Serena con dificultad.

Endimión palideció.

—¿No te dijeron nada más?

—Lo siento, no —dijo ella entre toses.

Darién se estremeció ante aquel sonido horrible.

Le puso uno de los trapos frescos sobre la frente. Ella suspiró y cerró los ojos. Endimión se pasó una mano por el pelo con frustración. Necesitaba caminar, necesitaba a dolor.

—Ve —le dijo Darién —. Ve a buscarla.

El guerrero miró a Serena, después a Darién y luego asintió. Se marchó sin decir una

palabra más. Darién permaneció junto a Serena durante hora» refrescándole la frente, obligándola a beber agua. Recordaba que Andrew había hecho aquello años atrás, después de tocar a la mujer y extender la plaga.

Durante un tiempo, Darién pensó que la voluntad de vivir de Serenasería más fuerte

que la enfermedad, porque ella no había muerto, como los demás. Eso, o quizá alguien la estuviera ayudando...

Sin embargo, poco a poco la tos se fue haciendo más fuerte y ella había comenzado a

sangrar. Estaba tan débil que ni siquiera podía sentarse. Tenía la garganta muy inflamada y ya no podía tragar el agua.

in saber qué hacer, Darién la envolvió en la manta y la tomó en brazos. Sin decir

nada a sus amigos, la sacó del castillo. Ellos no le preguntaron qué quería hacer.

Probablemente, temían que se pusiera violentas Habría ocurrido. El espíritu estaba

hirviendo dentro de él, preocupado también, ansioso por destruir, por mutilar, por matar.

En aquella ocasión era por frustración, por impotencia, y no por furia.

Corrió por la colina, corrió hacia el centro de la ciudad, y llevó a Serena directamente

al hospital, donde el día anterior la había estado buscando. En un pasillo abarrotado

encontró a un hombre enguantado, con mascarilla, que daba órdenes.

—Ayúdeme —le dijo, cortando su discurso—. Ayúdela, por favor.

El hombre de la bata blanca, distraído, miró a Serena y exhaló un suspiro de

cansancio.

—Todo el mundo necesita ayuda, señor. Tendrá que esperar su turno.

Darién le clavó una mirada feroz. Se dio cuenta de que Violencia se había asomado a

su rostro. Supo que los ojos se le habían vuelto un brillo rojo.

—Es... es usted uno de ellos. De la colina —tartamudeó el hombre—. Tiéndala ahí —

dijo, y le señaló una cama con ruedas que había al final del pasillo—. Me ocuparé de ella personalmente.

Darién hizo lo que le pedía y besó a Serena suavemente en los labios. No obtuvo

ninguna respuesta.

—Sálvela —le dijo al médico.

—Yo... haré lo que pueda.

«Por favor, que sobreviva».

Quería quedarse con ella, protegerla, cuidarla. Quería que estuviera con él. Sin

embargo, se alejó de Serena y salió a la calle. La medianoche se acercaba.

Por la mañana volvería. Pobre del mundo, pobres de los dioses, si ella no estaba allí,

sana y salva.

Endimión maldecía mientras buscaba por el aeropuerto y los hoteles cercanos. Por las

clínicas. Había visto más de la ciudad en dos días que en todos los siglos que llevaba

viviendo allí. Se sentía como un animal enjaulado. Necesitaba hacer algo, pero no podía hacer nada. Minako estaba por ahí; quizá estuviera enferma, como Serena. Quizá estuviera muriéndose. Y él no la encontraba.

Se estaba haciendo de noche. Endimión estaba pensando en tomar un vuelo a Nueva York, pero sabía que no podía alejarse de Darién. Cuando los dioses le habían impuesto a Darién la maldición de que muriera cada noche, también le habían impuesto una maldición a Endimión se sentía atraído hacia el guerrero corno si lo arrastraran con cadenas a su lado. No sabía por qué le ocurría a él y no a Nicolás. Lo único que sabía era que, a medianoche, se veía obligado a volver a la fortaleza. Siempre volvía.

Había intentado alejarse muchas veces para probar sus límites, para probar la

reacción de los dioses, pero siempre se veía arrastrado hacia Darién a media noche.

— ¡Maldición!

Desenfundó una de sus dagas y se hizo un corte en el muslo. La tela del pantalón se

rasgó y la sangre brotó de la herida. ¿Qué iba a hacer? Tenía una necesidad muy fuerte que nunca había sentido, la necesidad de salvar, de rescatar, de proteger. Pero sólo a Minako.

Sólo para mirar aquellos ojos angelicales otra vez y sentir un cosquilleo de placer.

Un placer que él nunca podría experimentar, supuestamente.

Sin embargo, lo había sentido, y quería más.

«Los dioses no le habrían ordenado a Nicolás que la matara si Minako pudiera morir

por la enfermedad dé Andrew, o si los Cazadores estuvieran destinados a asestarle el golpe

de gracia». Endimión se daba ánimos con aquel razonamiento.

Quizá Endimión debiera soltar a Nicolás, que estaba encerrado en uno de los calabozos del castillo, y dejar que él lo guiara hasta Minako. Ira sería capaz, sin duda, de seguir su olor, y Endimión podría liberarla de los Cazadores.

No. Si Nicolás la encontraba primero, la mataría.

«Olvídala. Es una humana. Hay miles. Millones. Puedes encontrar otra humana que

parezca un ángel».

—No quiero encontrar otra humana —gritó él. Sin embargo, sabía que no podría

detener a Nicolás encadenado para siempre—. Maldita sea.

«Deja de comportarte como un niño», dijo una voz femenina que resonó dentro de su

cabeza, y que lo dejó sorprendido. «Ve a buscar por la colina, y cállate de una vez. Me estás causando un buen dolor de cabeza».

Él irguió los hombros y miró a su alrededor, con el cuchillo preparado. No vio a nadie.

« ¿A qué estás esperando?», le preguntó de nuevo la voz. «Date prisa».

¿Era una diosa? No podía ser Duda, porque la que hablaba era una mujer. Endimión no malgastó más tiempo en intentar descifrar aquel enigma. Se puso en marcha y, diez minutos después, estaba a los pies de la colina.

Minako estaba allí con un hombre. Era Yaten Ambos estaban tendidos en el suelo,

gimiendo de dolor.

Endimión sintió furia al pensar que ella estaba herida, pero también sintió alivio.

Asombrosamente, parecía que habían estado trepando para volver al castillo. Había rocas alrededor de la pareja, como si hubieran caído del cielo y ellos fueran su diana.

Endimión tomó en brazos a Minako y movió a Yaten con el pie para despertarlo. Por si acaso, mantuvo una mano en la empuñadura de la daga. No se sentía del todo cómodo con el regreso de los otros Señores.

Yaten gruñó y abrió los ojos. Hizo ademán de tomar la pistola que llevaba en la cintura, pero de una patada, Endimión se la quitó de las manos.

—Vamos, mataos el uno al otro —dijo Minako débilmente. Tenía el pelo rubio lleno de

sangre. En aquel instante, Endimión entendió la violencia oscura que debía de sentir Darién cada vez que pensaba que Serena podía estar herida.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó a Minako—. Si Desastre ha...

—Nos han caído esas rocas encima —dijo ella, coartando sus furiosos

pensamientos—. Supongo que han caído de la montaña. Él me empujó para evitar lo peor.

Me tropecé y caí, y me golpeé la cabeza.

Endimión se relajó, pero sólo ligeramente.

—Gracias —le dijo a Yaten.

El guerrero asintió, se frotó la sien como si lamentara lo que había ocurrido, y se puso

en pie.

—¿Dónde está tu familia? —preguntó Endimión a Minako. Podría haberse quedado así con ella para siempre.

—De camino a un sitio donde nunca las encontrarás —dijo ella. No lo miraba, y se

retorcía para que él la dejara—. Suéltame.

«Nunca», quiso decir él.

—No. Estás demasiado débil como para caminar.

Él se volvió hacia Yaten y le habló en húngaro para que Minako no pudiera entenderlo.

O eso esperaba.

—¿Cómo la salvaste? Y no hables inglés.

Ojalá Yaten lo entendiera.

—Los Cazadores iban de camino al castillo cuando Andrew y yo nos topamos con ellos

—respondió el otro guerrero, en el mismo idioma. Por supuesto que hablaba húngaro,

pensó Endimión , no habría viajado a Buda sin prepararse antes—. Luchamos, pero eran

demasiados... A Andrew le hicieron un corte, y a mí me atraparon. Cometieron el error de ponerla en la misma camioneta que a mí. Los neumáticos estallaron y el vehículo se salió de la carretera.

—¿Y dónde están ahora los Cazadores?

—Muertos.

Bien, aunque una parte de sí mismo tenía ganas de matarlos otra vez, de nuevo, de

una manera dolorosa y lenta. Miró a Minako y buscó en ella alguna señal de enfermedad.

Sin embargo, tenía un color saludable y no había ninguna marca en su piel. Así pues, ella

no se había contagiado. ¿Por las razones que él temía?

—¿Por qué has vuelto? —preguntó a Minako , hablando de nuevo en inglés.

—Éste me obligó —dijo ella señalando a Desastre —¿Está bien Serena? Los oí

hablando de hacerle daño para que vosotros salierais del castillo y que ellos pudieran ir en busca de esa estúpida caja.

—La hemos encontrado —dijo él—. Está muy enferma.

Minako tragó saliva. —¿Va a...?

—Sólo el tiempo lo dirá.

Endimión hizo una señal a Yaten para que caminara delante de ellos. El guerrero asintió y se puso en marcha. —Muerte está en la ciudad, Minako. Te quedarás en el castillo hasta que los Cazadores sean aniquilados y pase la enfermedad. —No. No lo haré.

Ella forcejeó en sus brazos, intentando empujarlo por el torso para poder posar los

pies en el suelo. —Quiero irme a casa ahora. —Moviéndote así sólo consigues frotar tu cuerpo contra el mío.

Minako se quedó inmóvil, y él se alegró y se decepcionó al mismo tiempo. No había

mentido. El cuerpo de Minako era cálido, olía a pino, y cada vez que se movía, las

terminaciones nerviosas de Endimión se excitaban.

Él comenzó a subir por la colina por un camino diferente al de Desastre. Sólo por si

acaso. Endimión se sentía muy aliviado por el regreso de Minako.

— ¿Voy a ser tu prisionera otra vez?

—Invitada, más bien, todo el tiempo que tú quieras Hemos encerrado a Nicolás en el

calabozo. No puedes bajar allí, ¿entendido? Te mataría sin pestañear.

—Otro motivo por el que quiero irme a casa. Esas cosas no suceden allí.

— ¿Y dónde está tu casa?

—No voy a decírtelo, secuestrador.

Si él se salía con la suya, Minako pronto le contaría todo lo que había que saber de ella.

Pasarían juntos, en su dormitorio, el poco tiempo que tuvieran.

Quizá después, ella nunca quisiera irse...

¡Ja! A las mujeres como ella nunca les gustaban los hombres como él. Él se hacía cortes como forma de placer, de alivio. Algunas veces tenía la sensación de que moriría de no hacerlo. Si ella lo supiera, lo despreciaría. Y de todos modos, eso era lo mejor. Minako estaba mejor lejos de él, lejos de Ira.

Cuando aquella enfermedad remitiera, la dejaría marchar. No podía ir con ella para

protegerla. Además, ella no querría su compañía. Y no podía impedir a Nicolás que

cumpliera con su deber.

Para Endimión, no habría final feliz.


Bueno chicas solo quedan 3 capítulos mas y ya acaba la historia nos leemos mañana en el desenlace extrañare a este sexy posesivo y tierno Darien ^^