Chicas aquí les dejo los últimos tres capítulos T-T ya se termino la historia de mi sexy demonio Violencia, grecias por sus alertas y review al igual que alas lectoras fantasmas, muchas gracias por leerme

23

Serena estaba al borde de la consciencia. Sólo veía sombras, y oía una única voz.

Todas las voces del pasado y del presente se inhibieron por respeto a aquélla. Era la que había oído en el calabozo. Etérea, como la de un fantasma. Era un fantasma muy moderno, que estaba ligeramente aburrido y que seguía comiéndose una piruleta.

«Aquí estoooy», dijo, y se rió. «No hace falta que expreses tu alegría. Siento el amor.

Bueno, ¿has pensado en los cuentos de hadas, o no? Sólo tengo una semana antes de que me descubran, así que debo resolver este asunto cuanto antes».

«Lo he pensado», intentó decir Serena, pero no pudo formar las palabras.

«Bien».

Bueno, la diosa la oía de todas maneras.

«Sacrificio», pensó Serena. «Tengo que sacrificar algo para romper la maldición de

Darién».

«Muy bien, muy bien— ¿Y qué tienes que sacrificar?».

«Todavía no lo sé. ¿Cómo te llamas?».

«Me llamo... Usagi».

Usagi. Era un nombre bonito.

« ¿Y quién eres?».

«En... estábamos hablado del sacrificio. Concéntrate. No voy a desobedecer órdenes

directas para que» tú puedas estropear esta pequeña rebelión que tengo preparada. Te he hecho una pregunta, y quiero una respuesta clara».

Sacrificio, sí. Era muy difícil concentrarse cuando una tenía la mente hecha papilla.

Había una cosa que sabía con seguridad, la vida sin Darién sería intolerable; sin embargo, estaba dispuesta a abandonarlo para salvarlo.

«Eso está mejor», dijo Usagi. «Pero no estás pensando a lo grande. Vamos» ¿es que se te ha pasado por alto la más importante de las enseñanzas de los cuentos de hadas? Ahora tienes Ia oportunidad de demostrar que ese inútil de jefe tuyo te enseñó algo valioso, después de todo».

Valor. La palabra resonó en su cabeza y, de repente, Serena lo supo. Se le heló la

sangre durante un instante, con sólo pensarlo. El mejor sacrificio era dar una vida por otra.

«Ahí lo tienes. Sabía que lo sabías. Vamos a empezar con el espectáculo. Despiértate.

Él te necesita».

La imagen de Darién apareció en la mente de Serena. Tuvo la sensación de que él le

estaba agarrando las manos, infundiéndote fuerzas. Entonces... algo, una presencia, un calor, invadió su cuerpo y la atravesó, reparó las heridas de sus pulmones y las

contusiones de las costillas y los costados.

Abrió los ojos y se encontró a Darién mirándola. Tenía aspecto de estar muy

cansado, pero al verla despierta, sonrió, y aquello fue lo más bello que ella hubiera visto nunca.

¿Podría dejarlo de verdad?

Tres días más tarde, Serena estaba lo suficientemente recuperada como para salir del

hospital. Darién la llevó de vuelta al castillo sin decir una palabra, y directamente a su

habitación. Ella vio a unos cuantos de los guerreros en los pasillos. Algunos tenían un

semblante grave, otros estaban enfadados, pero todos la saludaron como si aceptaran su presencia aunque no les gustara.

Cuando la puerta de su habitación estuvo cerrada, Darién la dejó en el suelo. Después

bajó los brazos a los costados, cortando todo contacto.

—¿Ha habido alguna noticia sobre las mujeres? — preguntó ella sin apartarse de él.

Su calor la envolvía, y su cercanía la cautivaba.

—Las liberaron. A todas salvo a Minako, que está volviendo loco a Endimión, insultándolo todo el rato — respondió él, y la observó atentamente—. ¿Cómo te sientes?

—Bien —dijo ella, y no mentía. Todavía tenía una ligera tos y una irritación en el

pecho, pero estaba casi curada. Lo cual significaba que había llegado el momento de

salvarlo.

«Él te necesita», le había dicho la diosa.

Serena no iba a contarle a Darién nada sobre Usagi. Él le había hecho preguntas,

preguntas que ella no quería responder. Sabía lo que tenía que hacer para acabar con su maldición. Lo sabía y lo odiaba, pero iba a hacerlo. No podía permitir que él la detuviera.

Sin embargo, la mera idea de estar sin él la llenaba de desesperación.

«No quiero decirle adiós».

Estaba a punto de llorar, así que se obligó a sonreír. Aquél era su cuento de hadas, e

iba a salvar a su príncipe. Pero... no podía despedirse de él todavía. Disfrutaría el resto del día hablando con él, acariciándolo como no había podido hacer en el hospital.

—Te deseo —le dijo—. Te deseo con toda mi alma.

—Yo también te deseo —respondió él, con un repentino brillo de picardía en la

mirada—. Me da la sensación de que ha pasado una eternidad desde la última vez que te acaricié.

Se miraron el uno al otro, pero ninguno de los dos tocó al otro.

—Quiero que sepas... — Serena se mordió el labio y miró hacia abajo, hacia las botas

de Darién. Era el momento de la confesión—. Te quiero.

Darién se quedó boquiabierto.

—Es demasiado pronto —dijo ella—. Nuestras vidas son demasiado diferentes, y yo

soy la responsable de muchas de las cosas con las que has tenido que enfrentarte durante esta última semana, pero no puedo evitarlo. Te quiero.

Finalmente, él la tocó. Le acarició las mejillas y, con suavidad, la obligó a mirarlo. La

ternura superó a la sorpresa.

—Yo también te quiero. Te quiero mucho. Soy un hombre violento con emociones

violentas, pero no quiero que tengas miedo de que me ponga violento contigo. No puedo hacerte daño. Sería peor que sacarme el corazón.

Ella sintió la mayor alegría de su vida. Se le cerraron los ojos de lágrimas. Se apoyó en su pecho. Lo necesitaba más que nunca. Él bajó la cabeza, lentamente..., pura tentación..., sin apartar los ojos de ella. Sus labios se rozaron, se unieron en un beso de belleza y amor.

Él la besó una y otra vez, para siempre, saboreándola, disfrutando de ella. Serena

sintió su alegría, su deleite, dos sensaciones que ella también estaba experimentando.

—Eres tan bella —susurró él.

—Te quiero —repitió ella.

—Te quiero —respondió Darién—. Te necesito.

Prenda a prenda, le quitó la ropa, y prenda a prenda, ella lo desnudó a él,

maravillándose a cada nuevo centímetro de piel que descubrían. Él era tan grande, tan

fuerte. Tan... suyo.

Serena se deleitó acariciándolo, saboreándolo, memorizando su cuerpo. Lo había

deseado desde el principio, pero aquello que sentía en aquel momento... era la verdadera necesidad de estar con el hombre a quien había entregado el corazón. Era más que sexo, más que placer. Aquello era el destino, era la unión de dos almas.

Cuando terminaron de hacer el amor, se relajaron el uno en brazos del otro y no

hablaron durante un largo tiempo. Se limitaron a disfrutar del contacto, de la cama.

«Un poco más», rogó Serena. «Dame un poco más».

—Te he echado de menos —dijo él, finalmente.

—Yo también te he echado de menos. No sabes cuánto —respondió Serena, y puso

una pierna sobre la de él—. ¿Qué ha ocurrido mientras yo no estaba? —se apresuró a

preguntar.

Él le acarició perezosamente la espalda mientras respondía.

—Nicolás está en el calabozo. Como ya te he contado, Endimión está intentando

conquistar y repeler a Minako al mismo tiempo, y Minako está encerrada en su habitación para impedir que escape. A Andrew lo hirieron, pero se está curando. Seiya y los demás, el hombre a los que viste después de la explosión de la bomba han venido a vivir al castillo.

En este momento estamos en tregua. No es una tregua fácil, pero es una tregua.

Vaya. No había un momento de aburrimiento en aquella fortaleza.

—No me gusta que Minako esté encerrada.

—Es por su propio bien, Serena.

Ella suspiró.

—Confío en ti.

— ¿Qué...? —él hizo una pausa. Después se puso tenso—. ¿Qué te hicieron los

Cazadores, Serena?

—Nada, te lo juro. Tengo que decirte una cosa — dijo ella. «Por favor, no dejes de

quererme»—. Yo los traje hasta aquí, Darién. Yo. Lo siento. Yo no quería hacerlo. De

veras. Me engañaron y...

—Lo sé, preciosa. Lo sé.

Aliviada, ella se relajó. Él la quería de veras para perdonarle con tanta facilidad algo

que podía haber causado su muerte. Serena lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Antes de morir, mi jefe me contó su plan de encontrar la caja de Esmeralda y

succionar a todos los demonios hacia su interior.

—Nos han contado lo mismo —dijo él, y de repente, bostezó. En sus labios se dibujó

una sonrisa plácida—. Les debo gratitud a los dioses por haberte traído de nuevo a mi

lado, pero estoy demasiado cansado como para aproximarme ahora a ellos. Necesito

descansar un poco, porque estos días no lo he conseguido.

—Duérmete. Tienes que recuperar fuerzas —dijo ella con voz ronca.

Él se rió. Fue un sonido de absoluta alegría.

—Tus deseos son órdenes para mí.