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«Él no les debe nada a los dioses, me lo debe a mí. Pero juro que éste es el último favor que os hago. Lo he dormido, no perdamos tiempo».

Serena se quedó helada al oír la voz de Usagi en su mente. «No, todavía no», gimió su cuerpo. «Necesito pasar más tiempo con él».

«Tú eliges, chica. Yo me despido».

Y lo hizo. La vibración de Usagi se disipó, y la habitación se quedó vacía.

Temblando, Serena se levantó y salió sigilosamente de la habitación. No quería

separarse de Darién, pero no podía perder aquella oportunidad.

—Es lo mejor —iba diciendo—. Él no va a morir otra vez, porque yo puedo salvarlo.

Durante quince minutos, vagó por los pasillos del castillo, llamando a las puertas de

los dormitorios. Nadie respondía. Ni siquiera Minako. Finalmente, encontró a uno de los inmortales. El ángel del pelo plateado que la había sacado de la habitación de Minako y la había escondido en otra. Andrew. Enfermedad. Se hallaba tendido en una cama, con una toalla enroscada al cuello. Estaba muy pálido y había adelgazado, y su expresión era de sufrimiento. A pesar de su evidente sufrimiento, respiraba acompasadamente.

Ella no lo despertó. Se acercó a un lado de la cama y dijo:

—Ojalá pudiera tocarte, tomarte la mano y darte las gracias por esconderme aquel

día. Pude encontrar a Darién y abrazarlo aquella noche.

Él abrió los ojos.

Asombrada, ella dio un salto hacia atrás. Sus miradas se encontraron, y Serena se

relajó. En sus ojos verdes sólo había bondad, y ella pensó que quizá le habría dado la

bienvenida al castillo si hubiera podido.

—Espero que mejores muy pronto, Andrew.

Quizá él asintiera, pero era difícil saberlo.

Después, Serena siguió con su búsqueda.

Por fin encontró a un grupo de inmortales. El corazón se le aceleró mientras los

observaba sin que ellos se dieran cuenta. Estaban haciendo ejercicio. Hacía flexiones,

abdominales, levantamientos de pesas... Endimión estaba golpeando con saña un saco de boxeo. El sudor le resbalaba por el pecho, mezclado con gotas de sangre.

Él era el que sujetaba la espada cada noche. Serena intentó no odiarlo por ello.

—Ejem —tosió, y consiguió la atención de todo el mundo.

Todos se detuvieron y la miraron. Unos cuantos entrecerraron los ojos. Ella alzó la

barbilla.

—Necesito hablar con vosotros —informó a Endimión y a Mamoru.

Endimión siguió golpeando.

—Si has venido a intentar convencemos de que no matemos a Darién esta noche,

ahórrate el esfuerzo.

—Yo te escucharé, cariño —se ofreció el más alto del grupo, el que se llamaba Jedite.

Ojos azules, piel blanca, pelo rubio... Puro sexo, según le había dicho Darién, y ella lo

creía. Las palabras estaban destinadas a que ella no se acercara a aquel inmortal en

cuestión.

—Cállate —advirtió Mamoru a su amigo—. Si te oye Darién, irá por ti.

Un hombre con el pelo azul se dirigió a ella.

—¿Quieres que los bese por ti?

¿Que si quería que los besara? Serena sólo lo había visto una vez, después de que

estallara la bomba, pero no le había parecido que fuera muy cariñoso; más bien, le parecía que quería matarlos.

Endimión gruñó.

—Cállate, Alan. Y no intentes engatusarla. Está ocupada. Yo tendría que hacerte

daño.

—Detestaría verte intentándolo —dijo el otro hombre con una sonrisa.

Ella parpadeó. Era muy raro. Sus palabras decían una cosa, pero su tono de voz decía

otro. Bueno, no tenía importancia.

—Tienes razón —dijo a Endimión—. No quiero que matéis a Darién esta noche. Quiero que... me matéis a mí en su lugar.

Aquello captó la atención de todo el mundo. Dejaron lo que estaban haciendo y la

miraron.

—¿Qué has dicho? —preguntó Endimión, quitándose el sudor de la frente.

—Las maldiciones se rompen con un sacrificio — explicó ella— Preferiblemente, con

el sacrificio de uno mismo. Si me sacrifico muriendo en lugar de Darién, su maldición

terminará.

Silencio.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Mamoru—. ¿Y si no funciona? ¿Y si la maldición de

Darién no se rompe y tú mueres para nada?

—Al menos, lo habré intentado. Pero, eh... una alta autoridad me ha asegurado que

esto funcionaría.

— ¿Los dioses?

Ella asintió. Bueno, Usagi nunca le había verificado aquel detalle. Serena lo había dado por hecho.

De nuevo, silencio.

— ¿Y tú estás dispuesta a hacer eso por Violencia? —preguntó Jedite con una mirada

de incredulidad.

—Sí —respondió Serena. Pensar en el dolor que tendría que soportar la asustó, pero

no vaciló en la respuesta.

—Yo lo apuñalo seis veces en el estómago —le recordó Endimión—. Eso significa que

tendría que hacerte lo mismo a ti.

—Lo sé —dijo ella suavemente, y se miró los pies—. Lo veo en tú cabeza todos los

días, y lo revivo todas las noches.

—Digamos que se rompe la maldición —dijo Mamoru—. Lo habrás condenado a pasar

la vida sin ti.

—Yo prefiero que viva sin mí a que muera todas las noches conmigo a su lado. Sufre

demasiado, y no puedo permitirlo.

—Sacrificio —repitió Endimión—. A mí me parece ridículo.

Serena alzó la barbilla y usó el mismo razonamiento que había usado con ella la diosa.

—Mira los cuentos de hadas. Las reinas egoístas siempre mueren, y las princesas

buenas ganan.

Endimión resopló.

—Como tú bien has dicho, son cuentos de hadas — no se dejaba convencer fácilmente.

— ¿Y los cuentos no están basados en la realidad? Se supone que vosotros mismos no sois más que un mito. La caja de Esmeralda es un cuento que los padres leen a sus hijos por las noches —dijo ella—. Eso significa que la vida misma es un cuento. Al igual que hacen sus personajes, nosotros vivimos, amamos y buscamos siempre un final feliz.

Todos siguieron mirándola con una expresión indescifrable en la mirada. ¿Quizá

admiración? Pasaron unos minutos. Ella había tomado la decisión, y si tenía que

apuñalarse a sí misma, lo haría.

—Está bien —dijo Mamoru, y la dejó asombrada—. Lo haremos.

— ¡Mamoru! —exclamó Endimión.

—Esto también nos liberaría a nosotros, Endimión. Podremos salir del castillo por más de un día. Podríamos viajar si quisiéramos. Podríamos marcharnos cuando quisiéramos estar solos.

Endimión abrió la boca, pero después la cerró.

—Si hacemos esto, quizá recibamos una maldición mayor. Quizá los dioses nos

castiguen más por desafiar su voluntad.

—Por Darién y por la libertad, ¿no merece la pena intentarlo?

—A Darién no le va a gustar —dijo Endimión—. Creo... creo que preferiría tener a la

humana.

Aquel comentario satisfizo a Serena, pero no se dejó convencer. No podía permitir que

Darién siguiera sufriendo noche tras noche sabiendo que podía hacer algo por evitarlo. Él ya había pagado por sus crímenes con intereses incluidos.

«Ojo por ojo», pensó. Darién le había dado la paz. Ella haría lo mismo por él.

— Algunas veces, lo que queremos no es lo que necesitamos —dijo Mamoru. En su voz había un deje de nostalgia. ¿Qué podría querer y no necesitar aquel hombre?

—Está bien —dijo Endimión finalmente.

—Esta noche —insistió Serena—. Tiene que ser esta noche —ella no quería que

Darién tuviera que sufrir más, y tampoco quería arriesgarse a cambiar de opinión—. Sólo quisiera... poder pasar con él todo el tiempo posible, ¿de acuerdo?

Los dos hombres asintieron con gravedad.

Darién se ocupó de las necesidades de Serena durante el resto del día. Comieron

juntos, y él amó su cuerpo tantas veces que perdió la cuenta. Le habló de sus planes para pasar la vida juntos. Le dijo que su nuevo trabajo podría ser el de ayudar a los guerreros a encontrar la caja de Esmeralda, si lo deseaba. Le dijo que se casarían y pasarían todo el tiempo junto, si ella lo deseaba. Le dijo que buscarían la manera de evitar que ella envejeciera para poder vivir unidos durante toda la eternidad, si ella lo deseaba. Podrían leer juntos sus novelas románticas, si ella lo quería.

Serena se rió con él, bromeó con él, pero también sentía una desesperación silenciosa

que se notaba en su rostro, y que Darién no entendía. Era tristeza. Él no la presionó,

tenían tiempo. Por una vez, consideró al tiempo como un amigo. Ella no podía saber que lo había domesticado, que también había domado al espíritu y que, a partir de entonces, los dos existían para complacerla.

—¿Qué te ocurre, mi amor? —preguntó él—. Dímelo y lo solucionaré.

—Es casi medianoche —respondió Serena, temblando.

Ah. Darién lo entendió. La miró; estaban sentados al borde de la cama, y él le tomó la

mano. La luz de la luna iluminaba sus preciosos rasgos, iluminaba la preocupación que había en sus ojos.

—Estaré bien.

—Lo sé.

—Apenas duele, te lo prometo.

Ella emitió una suave carcajada.

—Mentiroso.

Su risa le produjo una agradable calidez.

—Quiero que esta noche te quedes en otra habitación.

Serena negó con la cabeza.

—Voy a quedarme contigo.

Darién suspiró al notar la decisión de su tono de voz.

—Está bien.

Él no se permitiría ni una reacción al acuchillamiento. No haría un ruido, no movería

un músculo. Moriría con una sonrisa en la cara.

—Haremos...

En aquel momento, Endimión y Mamoru entraron en la habitación, con el semblante muy grave. Él quiso saber por qué, pero decidió no preguntárselo delante de Serena. No había ningún motivo para preocuparla más en aquel momento, estaba a punto de ver cómo lo asesinaban.

Darién le dio un beso rápido en los labios y Serena lo retuvo para que no se separara

de ella. Le devolvió un beso fiero, casi desesperado. Él se permitió unos momentos más.

Cuánto quería a aquella mujer...

—Terminaremos esto mañana —dijo él.

Mañana... Apenas podía esperar.

Se tumbó sobre la cama y se acercó al cabecero. Endimión le esposó las muñecas y Mamoru

los tobillos.

—Al menos, date la vuelta cuando empiecen —pidió a Serena.

Ella sonrió con tristeza y se arrodilló a su lado. Le acarició la mejilla con suavidad.

—Sabes que te quiero.

—Sí —respondió Darién. Nunca había estado tan contento por nada en toda su vida.

Aquella mujer era su milagro—. Y tú sabes que yo te querré para siempre, y después

también.

—Escucha, Darién... No culpes a nadie más que a mí por esto, ¿de acuerdo? Tú ya has sufrido suficiente, demasiado, y como yo soy la mujer que te quiere, me toca salvarte.

Tienes que saber que lo hago voluntariamente, porque eres más importante para mí que mi propia vida.

Volvió a besarlo, brevemente en aquella ocasión, y se puso en pie. Se volvió hacia

Mamoru y Endimión.

—Estoy lista.

Darién frunció el entrecejo, desconcertado, asustado.

— ¿Lista para qué? ¿Por qué iba a culparte?

Endimión desenfundó la espada. La hoja silbó en el aire. El miedo de Darién se

incrementó.

—¿Qué sucede? Cuéntamelo. Ahora.

Nadie dijo una palabra. Endimión se acercó a Serena.

Darién se estiró y tiró de las cadenas.

— Serena. Márchate de la habitación. Márchate y no vuelvas.

—Estoy lista —susurró ella—. ¿No deberíamos ir a otro dormitorio?

— ¡Serena! —gritó Darién.

—No —respondió Mamoru—. Has dicho que querías hacer un sacrificio definitivo, ¿no?

Él tiene que verlo, y entender que lo estás haciendo por él.

Serena miró a Darién con los ojos llenos de lágrimas.

—Te quiero.

En aquel momento, él se dio cuenta de lo que iban a hacer. Comenzó a tirar de las

cadenas, luchando por liberarse. Gritó blasfemias que ni siquiera Jedite pronunciaría, y derramó lágrimas calientes.

— ¡No! No lo hagáis. Por favor, no hagáis esto.

Serena, te necesito. Endimión, Mamoru. Por favor. ¡Por favor!

Endimión titubeó. Tragó saliva.

Y entonces atravesó a Serena por el estómago.

Darién gritó y tiró con tanta fuerza de las cadenas que las esposas le cortaron la

carne hasta el hueso. Si continuaba así, iba a perder las manos y los pies. Sin embargo, no le importaba. Lo único que le importaba era que Serena estaba muriendo delante de él.

— ¡Serena! ¡No, no, no!

La sangre brotó de las entrañas de Serena y tiñó la camisa. Ella apretó los dientes y

consiguió mantenerse en pie, en silencio.

—Te quiero —repitió.

Endimión volvió a acuchillarla. Con cada nuevo corte, Darién sentía que las ataduras se aflojaban, como si unas cadenas invisibles que lo hubieran atado durante miles de años se estuvieran deshaciendo lentamente. ¡Y él las quería! Quería a Serena.

— ¡Serena! ¡Endimión! Parad. Parad.

Sollozó abiertamente. Se estaba muriendo, pero se sentía más fuerte que nunca.

— ¡Mamoru, detenlos!

Al tercer golpe de la espada, Serena cayó al suelo. Gritó. No, era él. Ella sólo gimoteaba.

—No duele. Como tú decías...

—Serena —dijo él temblorosamente—. Oh, por los dioses. Serena, ¿por qué estás

haciendo esto? Endimión, para. ¡Tienes que parar!

No podía repetirlo suficientes veces.

Los ojos de Serena volvieron a encontrarse con los de Darién, y él se dio cuenta de

que estaban llenos de amor.

—Te quiero —repitió ella.

—Serena, Serena. Espera, nena. Te curaremos. Te daremos medicinas. No te

preocupes. Endimión, para. No hagas esto. Es inocente.

Endimión no le prestó atención; volvió a apuñalarla con los ojos cerrados. Después, se

detuvo y tuvo que tomar aire. Miró al cielo, y después a Mamoru.

— ¡No te la lleves! Por favor, no te la lleves. Finalmente, Endimión hundió por sexta vez la espada.

— ¡Serena!

La sangre fluyó del cuerpo sin vida y comenzó a formar un charco rojo. Darién no

podía dejar de llorar. Seguía luchando por liberarse, las cadenas aún lo aprisionaban.

—¿Por qué? ¿Por qué?

Mamoru lo desató. El se tiró al suelo y se arrastró hasta Serena. La tomó en brazos.

Estaba muerta. Había muerto, y él notó que la maldición salía de su cuerpo, que se

evaporaba como si nunca hubiera existido.

— ¡No! —sollozó.

Aunque antes lo más importante para él había sido librarse de aquella maldición,

preferiría soportar mil maldiciones más antes que perder a Serena.

—Por favor.

—Ya está hecho —dijo Endimión—. Esperemos que su sacrificio no haya sido en vano.

Darién escondió el rostro en el pelo de Serena y la meció entre sus brazos