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Darién siguió abrazado a su amante durante una eternidad, esperando que

despertara. No podía soportar pensar en la vida sin ella. Prefería morir.

Mamoru y Endimión lo acompañaban en silencio.

—Mandad mi espíritu al infierno para siempre — les gritó a los cielos—. Cualquier

cosa menos esto. Devolvédmela, Dejad que yo ocupe su lugar en la muerte.

« ¿Para siempre?», preguntó una voz melosa. No era Seiya quien hablaba en aquella

ocasión, sino una mujer. «Eso sí que es un compromiso».

Él no titubeó.

— ¡Sí! ¡Sí! Para siempre. Para toda la eternidad. No puedo vivir sin ella. Ella lo es todo

para mí.

«Me gustas, vaquero, de veras me gustas».

— ¿Vosotros también oís a una mujer? —preguntó Mamoru con asombro.

—Sí —respondió Endimión, igualmente desconcertado—. ¿Quién eres?

«Vuestra nueva mejor amiga, cariño».

— Entonces, ayúdame —suplicó Darién.

«Inmortal bobo. Llevo días transgrediendo las normas, lo cual es casi una afición para

mí, por ayudaros. No estoy segura de querer seguir haciéndolo, de todos modos. Tu mujer y tú me ocupáis demasiado tiempo».

—Por favor, ayúdala y nunca necesitaré otro momento de tu tiempo. Te lo juro.

Devuélvemela. Por favor. Por favor.

«Insultaste a los jefes la semana pasada, Violencia, y eso me gustó. Me di cuenta

porque, últimamente, ya nadie rompe el molde. Y que lo haga un Señor... ¡Asombroso!

¿Sabes por qué?

—No.

Y no le importaba.

«Increíble. Ya es hora de que te enteres».

—Serena...

«No va a ir a ninguna parte. Ahora, cállate. Necesito explicar ciertas cosas para que

entiendas exactamente qué es lo que estoy arriesgando por ti».

Mientras mecía a Serena, Darién apretó los labios tratando de reprimir su

desesperación.

«Ahora los Titanes tienen el control, los muy desagraciados. Y han decidido que el

mundo vuelva a ser como era en los días de su apogeo. Un lugar de paz, de adoración a las divinidades, bla, bla, bla, donde los humanos se inclinen ante ellos y les ofrezcan

sacrificios, y todas esas tonterías. Dentro de pocos días, surgirán dos templos del mar. Será el principio del fin, seguro», explicó la voz, e hizo una pausa muy dramática. «No sé si los Titanes os quieren ver muertos o no, pero sé que piensan usaros para conseguir sus propósitos».

—Las mujeres. Minako —dijo Endimión.

«Exacto. Hay algo relacionado con su linaje..., quizá una profecía. Tengo que

estudiarlo, porque no estoy consiguiendo nada. Pero entendéis mi dilema, ¿verdad? Al

ayudaros, voy a enfadar mucho a la nueva dirección».

—¿Quieres que los mate? —dijo Darién—. Lo haré. Lo haré.

—Darién —le advirtió Mamoru—. Cállate antes de que atraigas una maldición peor a

nuestra casa. Va a ayudarte. Sólo está fingiendo que tiene que negociar. ¿No es así, diosa?

«Oh, un chico listo», ronroneó ella. «Eres muy atractivo, en serio. Sin embargo, no hay

tiempo para eso, desafortunadamente. Como iba diciendo, esta mujercita me ha

impresionado de verdad. No creía que lo hiciera, pero lo ha hecho. Qué espectáculo,

¿verdad?», dijo, y se rió.

—Diosa. Concéntrate, por favor.

—Darién —advirtió Mamoru de nuevo.

«Usagi. Me llamo Usagi. Y no soy una diosa, exactamente, sólo la hija de una diosa, así que deja de meterme en la misma categoría que esos idiotas».

— ¿Qué puedo hacer? ¡Dímelo! Haré lo que sea.

«Tu mujer ha dado la vida por ti. ¿Estás dispuesto a hacer lo mismo? Porque deberías

saber que mis poderes dependen de las acciones de los demás, y yo no puedo hacer nada a menos que lo hagas tú. Ah, y también está el asunto de la compensación».

—Sí. Lo sacrificaré todo por ella. Te compensaré del modo que tú me pidas.

«De acuerdo. Aquí está el trato. Los Titanes me están persiguiendo, no me preguntes

por qué. Es una larga historia. Llevan días acosándome. Si alguna vez vengo a pedir ayuda, la obtendré. ¿De acuerdo?

—Sí, sí. Lo que necesites.

«No solo tú. Todos vosotros me ayudaréis».

Durante un momento, ni Mamoru ni Endimión respondieron. Darién estuvo a punto de

saltar sobre ellos y cortarles el cuello. Luego ambos asintieron.

—Sí —dijeron al unísono.

«Muy bien. Hemos hecho un trato. Tu mujer se despertará, y estará ligada a ti. Vivirá

tanto como vivas tú. No está mal para una mortal, en realidad. Pero si alguno de los dos muere, los dos moriréis, ¿entendido?

—Sí, sí.

«Si intentas renegar de este trato, te mataré, lo cual la matará a ella también. Os

cortaré la cabeza y se las enviaré a los dioses en una bandeja de plata».

—Lo entiendo. Lo acepto —dijo él inmediatamente.

Hubo un ronroneo de satisfacción. De repente, Darién se vio atrapado en un

remolino. El aire le arrancó a Serena de los brazos, y él gritó, intentando recuperarla. Ella permanecía inmóvil, pero parecía que la sangre volvía a su cuerpo.

Darién regresó a la cama y las cadenas se cerraron alrededor de sus muñecas y

tobillos otra vez. Endimión y Mamoru caminaron hacia el centro de la habitación, pero estaban caminando hacia atrás.

El tiempo volvió atrás a toda velocidad. Darién se dio cuenta con profundo asombro.

Había visto muchas cosas en su vida, pero nunca aquello.

Endimión se colocó delante de Serena y sacó la espada de su cuerpo, en vez de hundirla. Y en vez de caer, ella se levantó.

Tan repentinamente como había empezado, el torbellino terminó.

— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Serena con incredulidad—. Estaba muerta —dijo

ella. Se palpó el abdomen buscando las heridas, pero no encontró nada—. Sé que estaba muerta. Sentí cómo me atravesaba la hoja de la espada. Oh, Dios mío, Darién, ¿Qué has hecho? ¿Se ha roto la maldición?

—Esto ha sido... no tengo palabras —dijo Endimión, con el ceño fruncido—. La acuchillé.

Todos habían conservado el recuerdo de lo que había ocurrido, pero era como si

aquello no hubiera sucedido nunca.

—Liberadme —dijo Darién—. Las cadenas.

Mamoru obedeció.

Darién se puso en pie de un salto y tomó a Serena en brazos. Le besó la cara y la

abrazó tanto como era posible sin aplastarla. Ella se rió y después se apartó para

observarlo.

— Pero la maldición...

— Se ha roto. Lo juro. Ya no siento las cadenas. «Que lo paséis bien, chicos, porque

ahora vosotros también estáis libres de la maldición de Darién», dijo de repente Usagi.

«Sin embargo, no debéis preocuparos. Estoy seguro de que vuestros demonios os

mantendrán muy tristes. No olvidéis nuestro trato. Por ahora, adiós».

—Ya no tengo que matar más veces a Darién — dijo Endimión, exultante—. ¡No siento

que la maldición me atraiga hacia él!

—La maldición se ha roto de verdad —dijo Mamoru, con la mayor alegría que Darién

hubiera presenciado nunca por parte de su amigo—. Gracias, Serena. Gracias. Eres una mujer maravillosa.

—Me gustaría decir que ha sido un placer —bromeó ella.

—Has muerto por mí. Has muerto por mí —dijo Darién.

—Y lo haría de nuevo —respondió Serena—. Te quiero.

Él la rodeó con un brazo, y ella rió de felicidad.

—Nunca vuelvas a dejarme.

—Nunca.

— Endimión, Mamoru, marchaos —dijo Darién, sin apartar la mirada de Serena.

Ellos salieron sigilosamente del dormitorio para concederles a Serena y a él la

intimidad. Darién la desnudó y le besó el abdomen, allí donde había sufrido las

cuchilladas.

—Te necesito —susurró ella.

Y él la necesitaba también. Siempre. Entró en su cuerpo, incapaz de contenerse, y

gimió de placer.

—Te quiero —le dijo, embistiendo lentamente.

—Yo también te quiero —suspiró Serena.

—Gracias. Gracias por lo que has hecho. Pero... nunca te dejes matar de nuevo,

¿entendido?

Serena se rió, pero él se hundió profundamente, exactamente como a ella le gustaba, y su risa se convirtió en un gemido.

—Entonces tú no vuelvas a dejarte maldecir, príncipe mío.

— ¿Maldecirme? Mi amor, me han bendecido con un premio muy valioso.

—Y a mí también, Darién —dijo Serena, y ambos llegaron al clímax—. A mí también.

Al día siguiente, por la tarde, Mamoru convocó una reunión.

Serena estaba sentada en el regazo de Darién, más feliz de lo que hubiera sido nunca.

Todos sus sueños se habían convertido en realidad. Podía controlar su habilidad pensando en Darién, y él podía acallar las voces por completo. El amor verdadero sí lo conquistaba todo, en realidad.

Incluso tenía una familia. Una familia de verdad, con enemistad y todo. Los dos grupos

de hombres estaban rígidos y distantes los unos con los otros, aunque se comportaban con amabilidad. Ella estaba decidida a acabar con aquella distancia, como una hermana más.

Desde que había roto la maldición, la mayoría de los guerreros la trataban con afecto,

y le hacían bromas sobre el hecho de que estuviera atada a Darién para toda la eternidad.

Salvo Enfermedad, que aún estaba recuperándose de sus heridas. Sin embargo, Andrew le guiñó un ojo.

Serena sabía que se sentía muy mal por haber provocado una epidemia. Los efectos

eran devastadores, sí, pero la medicina moderna ayudó a contener la plaga. Quizá él

pudiera consolarse con eso. Y, cuando se curara, ayudaría a los demás guerreros a

reconstruir el Club Destiny y todos seguirían contribuyendo para ayudar a la ciudad.

La vida era buena. Mucho mejor de lo que ella habría imaginado. Sonrió.

Mamoru se colocó en el centro de la habitación y dijo:

—He estado hablando con Seiya y, como sabéis, he decidido ayudarlo a buscar la caja.

Ya es hora de que encontremos esa maldita caja. Si sigue por ahí, cabe la posibilidad de que los demonios sean succionados a su interior, así que todos estamos en peligro de muerte.

—Malditos Cazadores —dijo Serena, y Darién la abrazó por la cintura.

—Están muertos. Enfermedad los mató —le recordó Endimión.

Serena negó con la cabeza. -Sólo murieron algunos, no todos. Black sólo era el

vicepresidente del Instituto, yo nunca llegué a conocer al presidente. Me dijeron que nunca aparecía en público. Nunca me lo había planteado, pero ahora me parece sospechoso.

Además, hay muchos más empleados por todo el mundo. Y quizá haya otros Cazadores que no estén afiliados al Instituto.

Hubo un murmullo en el grupo.

—Esperábamos que la caja estuviera aquí, en Budapest —dijo Seiya, poniéndose

junto a Mamoru —. Interrogamos a un Cazador y eso nos trajo hasta aquí. Pero...

—No han encontrado la caja —dijo Mamoru—. Y ahora, les gustaría contar con nuestra ayuda.

—Si quieres que yo ayude a buscar esa caja, vas a tener que darme indicaciones —dijo Endimión.

Serena sabía que estaba muy tenso porque Minako se había escapado de la fortaleza

aquella mañana. Nadie había ido a buscarla. Serena estaba triste porque había perdido a una amiga, pero sabía que era mejor así.

Tenían que liberar a Nicolás en algún momento.

Darién le había contado a Serena lo que le habían ordenado los Titanes a su amigo.

Aquél era el único punto oscuro de la vida de Serena. Sin embargo, Darién también le

había confiado que Endimión estaba decidido a proteger a la mujer, aunque aún estuviera luchando contra aquella necesidad.

Serena quería pensar que Usagi ayudaría a Minako como la había ayudado a ella. Si

acaso Usagi podía ayudar, claro. Darién también le había contado que Usagi sufría la

persecución de los Titanes. Era un ser sobrenatural que podía entrar y salir de los

edificios, valerse de la invisibilidad y revertir el tiempo, pero temía que la vencieran, lo

cual significaba que podía ser vencida.

—No hables en ese tono, Dolor —dijo Neherenia, colocándose al otro lado de Mamoru—.

Estás bajando la moral.

Bueno, dos puntos oscuros, pensó Serena. Cada vez que veía a Neherenia, sentía ganas de llorar. Aquella mujer necesitaba amor. Sin embargo, no parecía que ninguno de los hombres se sintiera atraído por ella, pese a lo guapa que era. Todos se mantenían alejados, corno si temieran matarla si se acercaban demasiado. Bueno, no eran los únicos hombres del mundo. Seguramente, alguien se enamoraría de Tristeza.

—Serena ha oído dos versiones distintas —dijo Serena—. ¿Quieres contárselo?

Serena asintió.

—Una dice que Whisman está custodiando la caja. La otra dice que está escondida en las profundidades del océano, custodiada por Hidra, pero no sé dónde.

Todo el mundo gruñó.

—Usagi mencionó que iban a surgir dos templos del mar —dijo Darién—. Esos

templos, probablemente, sólo eran para uso de los dioses, y no estarán contaminados ni deteriorados por los humanos. En cuanto surjan, deberíamos registrarlos. Quizá

encontremos una pista que nos lleve por el camino correcto.

—Excelente —dijo Mamoru—. Alguien tendrá que quedarse aquí con Nicolás y Andrew , y protegiendo la fortaleza.

—Serena y yo nos quedaremos. Leeremos tomos antiguos.

—Y yo escucharé para obtener información en la ciudad —añadió Serena.

Darién la abrazó y le susurró al oído:

—Te necesito con toda mi alma.

—Bien —respondió ella con otro susurro—, porque tengo pensado satisfacer todas

tus necesidades.

— ¿Quieres que nos despidamos y nos marchemos de la reunión? Pueden ponernos al corriente más tarde.

—Me encantaría.

Ambos se pusieron en pie. Y el hombre con el espíritu más violento del mundo la

persiguió entre risas hasta que salieron de la habitación, mientras todo el mundo los

observaba con alegría y envidia.

Quizá algún día les llegara el turno a ellos...


En mi próxima adaptación podrás conocer la historia de

Muerte en el libro 2, titulado:

El beso más oscuro