La Leyenda del Hada y el Mago (Tendershipping POV Bakura)

Cuenta la historia de un mago

Que un día en su bosque encantado lloró

Porque a pesar de su magia

No había podido encontrar el amor

Aquel bosque a las afueras del pueblo estaba prohibido para cualquier humano. Así lo habían decretado los sabios y así lo dictaban las antiguas profecías, el Bosque Encantado era el hogar de las leyendas, los mitos y la magia.

Árboles milenarios, hierbas mágicas, un sinfín de caminos estrechos y llenos de criaturas sobrenaturales, ése era el hogar del mago más poderoso del mundo. Era un joven alto y esbelto, de cabellos tan blancos como la luna que iluminaba los claros en la noche y ojos marrones, profundos al igual que los conocimientos que poseía. Sus ropas eran oscuras, como lamentablemente también lo era su alma. Se llamaba Bakura, y era conocido tanto en el bosque como en el pueblo por su increíble poder y su ánimo cambiante. Podía ser alguien gentil en contadas ocasiones, pero también podía matar a quien osase desafiarlo.

Sin embargo, aquella vez algo había cambiado. Caminó por largo tiempo por los desabitados caminos, buscando un pequeño claro en donde desahogarse. La luz cálida del anochecer se filtraba por las verdes hojas dándole al lugar reflejos entre jades y naranjas. Se sentó en una piedra, apoyándose en el tronco de un árbol caído.

"¿Por qué no he podido hacerlo yo?" se había dicho una y otra vez sobre esa misma piedra, recordando sin querer hacerlo "¿Por qué ningún hechizo puede ayudarme?"

Alzó la vista al cielo, maravillándose por el hermoso paisaje de las nubes pintadas de rosa. Una lágrima pálida escapó de sus ojos, la cual fue rápidamente secada con una manga. Estaba solo en aquel claro, no había nadie ahí para juzgarle y, sin embargo, no quería parecer débil ante nadie, ni siquiera ante sí mismo. Observó el bello cuadro que se pintaba a su alrededor. El claro era muy hermoso a esa hora, emanando aquella paz que su trastornada mente tanto reclamaba.

Cuántas veces había deseado el poder compartir aquella preciosa vista con alguien. Y no solo la vista, sino también cada minuto de su vida. Quería saber qué era eso que los humanos llamaban "Amor" ¿Cómo se sentiría? ¿Cómo sería estar por siempre con aquella persona tan especial? ¿Cómo sería amar y ser amado? Por mucho que se lo preguntaba no encontraba respuesta, y por muchos hechizos que buscara, nunca encontraba uno que le mostrara aquella misteriosa sensación, sintiendo verdadera envidia de los humanos que se paseaban por las fronteras ostentando aquel desconocido sentimiento.

La luna su única amiga le daba fuerzas para soportar

Todo el dolor que sentía por culpa

De su tan larga soledad

Es que sabía muy bien

Que en su existir nunca debía salir

De su destino

No recordaba cuanto tiempo se había quedado recostado en aquel árbol, mientras su mente se perdía por todo ese tiempo. Sólo fue consiente del paso de éste cuando vio la luna llena aparecer en el claro al abrir los ojos.

"Es la única compaña que tengo" sonreía con melancolía, mientras sentía el escozor en sus ojos cafés. Agitó levemente su cabeza, negando otra vez a que las lágrimas recorrieran su rostro. Odiaba sentirse débil, pero la falta de amor en su corazón era como un veneno que le iba sorbiendo de a poco la vida, la poca cordura que le quedaba.

Volvió su vista a la luna, aquella que lo miraba desde el firmamento con su sabia e inexpresiva mirada. No hizo más esfuerzos, dejando que en sus mejillas se dibujaran suaves caminos cristalinos dejados por sus lágrimas que caían sin contención. Ni siquiera se molestó en secárselas, como habría hecho noches atrás, no había nadie a su lado, ni para criticarle ni mucho menos para apoyarle. La soledad podía ser una amiga compasiva y silenciosa al principio, pero pasados los años podía llegar a convertirse en el peor enemigo de un corazón necesitado.

Tomó el colgante de oro entre sus pálidas manos. Era un objeto hermoso, al que en el bosque llamaban "Sortija del Milenio". ¿Cuantas veces había soñado con poseerlo? era una pregunta de la que ni él se acordaba la respuesta. Un guardián del bosque debía dar su vida entera para protegerlo. Desertar equivalía a la muerte, pero en noches como aquella, entregarse al sueño oscuro no se le antojaba una idea muy desagradable.

"Un guardián del bosque nunca debe dejar su puesto. Su guardia comienza esa noche, y terminará el último día de su vida" recitó en su mente las palabras que le dijo su maestro el día que pronunció el juramento. Palabras que nunca debía olvidar y que lo llevaban poco a poco a la locura…

Si alguien te tiene que amar

Ya lo sabrás, solo tendrás que saber reconocerlo

Cansado estaba ya de esperar a encontrar su alma gemela. Estaba harto de desahogarse en las noches, así que decidió visitar aquella parte del bosque a la que pocas criaturas se aventuraban. Se decía que solo las más desesperadas podían llegar a ella, y eran solo a ellas a quienes escuchaba.

El camino era largo, y a medida que se acercaba se hacía más traicionero. Hasta que al final llegó, a la estrecha cueva de la adivina. Miró con desconfianza el paisaje alrededor: Un árbol de madera negra caída, en donde la tierra tenía un aterrador color rojo oscuro. Las piedras rajadas por enormes garras de una criatura demoníaca le daban un aspecto aún más tétrico al cuadro.

Acarició sutilmente la pesada puerta de madera, en un intento de llamar. Reconoció un hechizo que hizo que la puerta se abriera con el toque, y entró en la estrecha cueva. Ésta estaba repleta de telas de araña, y el cavernoso pasillo era demasiado bajo como para que Bakura pudiera pasar erguido. Caminó agachado hasta llegar a una pequeña bóveda, en donde podía ver un caldero humeante, y a una anciana revolviendo su interior.

-Veo que vienes por la misma respuesta que tus hermanos de juramento, joven Bakura – dijo la anciana alzando sus blancos ojos.

Bakura detuvo sus pasos. Así que Atem y el resto también habían venido aquí.

-Lamento decirte que el amor no es algo que pueda ver en una bola de cristal – le dijo mientras dejaba el caldero y se colocaba frente al mago – El amor es considerado desde tiempos antiguos la magia más poderosa, magia que ningún mago ni hechicero puede ni debe controlar.

-Al menos dime como puedo saber quién será – le pidió.

-Eso es algo que solo sabe el corazón – le dijo la anciana, poniendo una mano huesuda en el pecho del joven albino – Solo él sabrá quién es la persona correcta.

Fue en una tarde que el mago

Paseando en el bosque la vista cruzó

Con la más dulce mirada que en toda su vida

Jamás conoció

Bakura salió de la cueva con más preguntas que respuestas. Comenzó a caminar por una parte del bosque que no conocía, así que se dispuso a explorarlo. Era un lugar bonito, mucho más alegre que la parte de bosque que el habitaba.

Caminó despacio por los espaciosos senderos desde donde se podían ver a gran parte de los animales y plantas. Pequeñas florcitas blancas caían de los árboles y delicados pétalos rosados formaban una alfombra en el sendero. Se sintió desubicado en aquel bello lugar, con sus ropas negras y aquella capa oscura que lo cubría de pies a cabeza. Decidió no desentonar más quitándose la capa; ya la recogería luego, cuando volviera.

El sendero lo llevó hasta un claro, y se maravilló con su hermosura. El pasto creía en color verde vivo, moteado con manchas multicolores de distintas especies de flores. Era grande, bordeado de rocas cubiertas de enredaderas y desde donde se podía ver un manantial de aguas cristalinas. El agua salía a borbotones de la pared de roca hasta caer en una laguna. Vio que las orillas estaban cubiertas de flores blancas como la espuma, y que las ondas del transparente líquido eran formadas por algo más que la cascada.

Bakura recorrió la orilla con la mirada, y ahí fue que lo vio. Cabello blanco que cubría sus ojos, su piel pálida que parecía seda hilada por mariposas. Se encontraba semi recostado en la orilla opuesta, apoyándose en su codo y jugando con el agua. Llevaba una camisa delgada color verde y sus pantalones eran blancos. No llevaba zapatos. Además, de su espalda salían un par de delicadas alas de mariposa, de un traslúcido color celeste.

Dio un paso adelante para verlo mejor, y pisó por accidente una rama. El más joven alzó la vista, y Bakura pudo ver un deje de asombro y temor en esos ojos chocolate. Una punzada le atravesó el corazón.

"Es él" le dijo su corazón, mientras en su rostro aparecía una sonrisa "Es él no me cabe la menor duda"

Se acercó un poco más, cuidando sus pasos al sentir como el cuerpo del menor se tensaba. No debía de extrañarle el que estuviera asustado, con aquellas ropas, Bakura podía dar bastante miedo.

Desde ese mismo momento el hada y el mago

Quisieron estar solos los dos en el bosque

Amándose siempre y en todo lugar

-¿Quién eres? – preguntó el mas joven, parándose en un solo movimiento. Aunque tratara de hacer caso omiso, el misterioso visitante lo tenía encantado.

-Mi nombre es Bakura – dijo el mago, lazando las manos a los costados para que viera que no quería lastimarlo – No quiero preocuparte, no voy a hacerte ningún daño.

El habitante del claro desconfió un momento, pero algo en su interior se revolvió, inquieto. Un calorcillo en su pecho al cruzarse con los ojos cafés del mago lo hizo confiar.

-¿Bakura dijiste? – Preguntó para asegurarse, el mayor asintió – Eres el guardián de este bosque ¿Cierto?

Bakura alzó la Sortija del Milenio para que el muchacho pudiera verla.

-Lo soy – dijo – y como el guardián de este bosque, debo saber quienes habitan mi bosque.

En labios Bakura aquello podría haber sonado a una amenaza, pero el conocer a esa inocente criatura lo había cambiado drásticamente.

-Ryou – contestó con una sonrisa tímida y un leve sonrojo – Me llamo Ryou. Soy el Protector de éste manantial, para que los humanos no puedan acceder a sus poderes.

-Un manantial hermoso debe ser protegido por alguien igual de hermoso – la voz de Bakura podía fácilmente confundirse con el susurro de la brisa que movía las hojas; una de sus manos fue a parar al rostro de Ryou.

-Este bosque necesita un guardián igual de poderoso que los misterios que encierra – parecía un ángel cuando sonreía; el mago se estremeció al sentir la mano de Ryou sobre su pecho, en su corazón.

-Un guardia necesita algo que custodiar – murmuró, tomándolo por la cintura – Pero un mago necesita un compañero.

Ryou lo miró con sus bellos ojos. Sus rostros se acercaron hasta sentir sus respiraciones fundiéndose.

-Contéstame una pregunta, Ryou – le pidió, rozando apenas sus labios - ¿Tú eres aquel a quien mi corazón siempre ha querido encontrar? ¿Acaso eres tú el que convertirá mi alma en una sola pieza?

-Supongo… - murmuró el más joven dándole un corto beso - …Que si lo soy.

Ese fue un día de gloria para el guardián del bosque. Ya nunca estaría solo. Ahora tenía a Ryou y se sentía completo. Todo el bosque era su lienzo, y junto con su príncipe, lo llenarían de los más bellos colores que solo un alma enamorada podría conocer.

Y el mal que siempre existió

No soportó ver tanta felicidad entre dos seres

Por debajo de ellos, a miles de leguas de distancias, donde la vida no florecía y donde los condenados estaban obligados a cumplir su sentencia, una pequeña luz brillaba sin apagarse. Era un caldero humeante, embrujado, para que aquel que lo controlara pudiera ver lo que ocurría más allá de su territorio. La bruma blanca mostraba a Ryou y Bakura, ambos sentados en la sombra de un árbol milenario, uno en los brazos del otro. Demasiado amor, demasiada felicidad. Era definitivamente demasiado.

Una garra grotesca tomo uno de los bordes del caldero, dejando la marca de sus dedos en el viejo metal. Un siseo escapó de la única criatura que estaba en la caverna, a medida que una cola escamosa serpenteaba alrededor de las brasas que calentaban el líquido.

-Así que el mago encontró un nuevo juguete – gruñó el demonio - ¡Esto es inaceptable!

-¿Acaso estás celoso? – preguntó una joven hechicera a sus espaldas.

-¡Tú no te metas! – rugió la criatura, lanzando un zarpazo al aire sin dañar a la muchacha.

-No soportas que él esté completo – dijo ella, dando voz a los pensamientos del demonio – Le odias porque el tendrá lo que tu nunca alcanzaras… Pero puedes hacer que eso cambie…

-¿Estás loca mujer? – increpó el monstruo – Atentar contra ellos es atentar contra el equilibrio mismo. Sí, deseo acabarle, pero no soy estúpido. Si el equilibrio se rompe tanto ellos como nosotros pereceremos.

-¿Y quién dijo que tú romperías el equilibrio? – dijo la bruja con una sonrisa maligna, pasando su mano sobre la bruma del caldero – El mago está embelezado con la belleza del guardián del manantial. Tanto, que ha descuidado su deber como Guardián del Bosque. Si le atacas ahora y te atrapan no pueden dañarte, ya que estarías dándole una lección al mago por no cumplir con sus obligaciones.

El demonio volvió la vista al caldero, ahora con una sonrisa en la cara. Si, con aquella excusa podía hacer lo que quisiera, después de todo, el que desobedecería su juramento… sería Bakura.

Y con su odio atacó, hasta que el hada cayó

En ese sueño fatal de no existir

Un día más perfecto no se podía pedir. Bakura sentía la buena vibra del bosque esa tarde, con el sol entibieciendo su rostro. Sintió un cosquilleo en su cabeza, enredándose en sus cabellos albinos como los dedos de un amante.

-Ryou ¿Te gusta jugar con mi pelo? – murmuró Bakura, volviéndose a su protector.

-Tonto – contestó en broma, tomando su rostro y acercándolo al suyo – Es sólo el viento.

Le dio un casto beso en los labios, mientras que Bakura acariciaban con sutileza las celestes alas de Ryou. El menor se separó del beso, riéndose.

-¿Qué es tan chistoso? – preguntó el mayor.

-Me haces cosquillas – respondió, sonrojándose.

Bakura admiraba los rasgos angelicales de Ryou, quien se sonrojaba cada vez más por aquella atención. El cabello del protector le hacía sombra, pero una nube oscura tapó los rayos del sol. Extrañados, los dos observaron como una espesa bruma violeta ocultaba el astro rey, extendiéndose por todo el firmamento.

Se pusieron de pie, y Bakura se colocó delante de Ryou para protegerlo. Aquello no le daba buena espina, así que se concentró en los hechizos que le enseñaron para atacar y defenderse. Ryou no se quedó atrás. Sus alas brillaron mientras concentraba su poder en sus manos, listo para usarlo en caso de ser necesario.

Como si fuese un tornado, las nubes formaron un cono hasta la superficie del claro. Las densas nubes de pura energía maligna dieron forma al espantoso demonio.

-Se supone que tú no puedes estar aquí – dijo Bakura en ademán de atacar.

-Y se supone que tú cumplirías con tus obligaciones – contestó la criatura dando certeros pasos en dirección al menor – Ese chico está distrayéndote, y por eso he venido a llevármelo.

Dio otro paso, pero una cuchilla de energía roja casi le cerciora el brazo que estaba extendido en dirección al nombrado. Solo unos hilos de carne impedían que el miembro se separara por completo de su cuerpo.

-Tocas aunque sea uno solo de sus cabellos – el mago no estaba para juegos - ¡Y te juro que haré que el infierno te parezca un lugar paradisíaco!

El demonio lanzo un rugido, y respondió el ataque del mago. Bakura tomó a Ryou alejándolo del rayo, lo paró en la hierba y continúo con sus ataques. Ambos albinos atacaban sin darle tiempo a reaccionar, pero sus energías se iban debilitando al igual que la frecuencia de sus ataques. La criatura lo notó, y con sus garras rasgo el suelo debajo de sus pies, causando temblores y que la tierra se abriera separando ambos amantes. El mago trataba de no perder el equilibrio, y no se dio cuenta del ataque del demonio hasta que éste le abrió una herida profunda en uno de sus costados.

-¡Bakura! – lo llamó cuando vio la sangre manando de su cuerpo.

-¡Ryou! – gritó a su vez, arrodillándose para evitar caer en el foso.

El menor, en vez de sujetarse como el mago alzó vuelo hasta llegar al mayor, interponiéndose entre la bestia y su pareja.

-Ryou, vete – le pidió el más alto poniéndose de pie – Por favor, sal de aquí. Busca refugio en algún sitio, entre los humanos si es necesario pero vete de aquí.

-¡No pienso abandonarte aquí! – exclamó, decidido – Estamos juntos en esto, en las buenas y en las malas ¡Siempre estaremos juntos!

La actitud desafiante con la que encaraba al monstruo demostraba por qué había sido elegido para ser el Protector del Manantial. Al ver aquel ademán, el engendro sonrió con sus dientes afilados, y atacó. La bola de energía fue parada por el escudo del menor, pero no por mucho tiempo. En un descuido de Ryou, el demonio quebró sus defensas, clavando sus filosas zarpas en su cuerpo.

Un alarido salió de la boca del protector, cayendo de rodillas mientras sentía un dolor lacerante en su hombro y ala derecha. Observó horrorizado la herida que sangraba mucho más que la del mago.

-¡Ryou! – gritó Bakura, maldiciéndose por no haberlo obligado a marcharse. Si quería una excusa ahí la tenía – Vete, estás herido y es más grave que lo que tengo yo. Hazlo, te prometo que iré por ti en cuanto termine.

Ryou estuvo a punto de negarse, pero una mirada de Bakura fue suficiente para que echara a correr a un lugar seguro. Su ala derecha estaba destrozada así que no podía volar. La sangre manaba con fuerza por la rapidez de los latidos de su corazón, esa falta de sangre le estaba debilitando de manera alarmante. Los árboles habían perdido su brillo, sus hojas caían negras al suelo y las ramas quemadas le daban un aspecto tétrico al paisaje.

"El boque esta muriendo" se dijo, mientras trataba de apurar la marcha "El demonio llegó a nuestro mundo y ahora se ven las consecuencias".

Con mucho esfuerzo llegó a un claro. Una sonrisa lastimera se formó en su rostro al distinguir el manantial. El césped estaba marrón, seco, y el agua se iba enturbiando poco a poco. Ryou se arrodilló en una parte en donde el agua todavía era cristalina, se sumergió hasta las rodillas en el y con su magia comenzó a curar sus heridas. El manantial siempre había sido mágico, desde que fue creado por las antiguas hadas. Ya comenzaban a sanar, cuando una mano de mujer se posó en la lacerante herida de su hombro. Exclamó con sorpresa y dolor al sentir aquello, y también por el filo de un acero helado sobre la piel de su cuello.

Bakura, que en ese momento entraba al claro con las ropas desgarradas, vio la espalda de la mujer de abundante y rizada cabellera rojiza. Ella se dio vuelta al notar su presencia, mostrando al joven inmovilizado por su herida y por el acero.

-Tarde – dijo con la voz más afilada que la daga que poseía – Muy tarde.

-¡NO! – gritó, pero la bruja tenía razón, ya era tarde. Demasiado tarde.

Ryou soltó un suspiro. La daga había abierto una segunda boca en su cuello. El agua salpicó sobre su ropa ensangrentada cuando calló de rodillas. Antes de que el resto de su cuerpo cayera, Bakura lo tomó entre sus brazos, acercándose a su rostro con lágrimas que amenazaban con salir.

-¡Ryou! – estaba desesperado al verlo así - ¡Ryou, por favor no, no mueras! ¡No! ¡RYOU! No te mueras…

Sus sollozos le impedían hablar con claridad. El agua se teñía con el rojo de su sangre y el corte en su cuello parecía un enorme gusano que le chupaba la vida lentamente. Colocó su cabeza en el hombro sano, llorando, suplicándole que fuese fuerte y que no lo dejara.

-Bakura… - murmuró Ryou, atrayendo su rostro – Yo jamás… voy a dejarte… siempre estaré a tu lado… en la vida… y en la muerte.

Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, Ryou le dio un beso que expresaba todo lo que sentía por Bakura. Con sus últimas fuerzas, fue capaz de darle su último beso.

-No… no por favor ¡Ryou! ¡Ryou, despierta! – no había abierto sus ojos, sus miembros ahora están rígidos como las rocas que bordeaban el claro.

Sintió un dolor lacerante en su pecho. Por un momento pensó que la bruja le había clavado la daga en su corazón, para unirlo a su amado. Pero no. Era el dolor que te produce la pérdida más grande que has tenido en la vida. No podía con ello, era peor que sus noches en soledad, era peor que la estocada en su costado. Era peor que todas las miserias juntas.

-¡RYOU!

Aquel aullido de dolor estremeció a todo ser viviente en el bosque. Un aura negra los rodeó, un aura de tristeza, dolor y desesperación. Hasta el resto de sus compañeros guardianes pudieron sentirlo, pese a estar a kilómetros de distancia y no conocer lo que había pasado, podían sentirlo.

En el claro, en aquel manantial en donde se conocieron, en el manantial en que se habían unido por primera vez y para siempre, ahora los veía destrozados, separados por el abismo que solo la muerte puede poner entre dos amantes. Se habían jurado amor eterno bajo aquellas aguas. Ahora, la eternidad se había convertido en su peor pesadilla.

En su castillo pasaba las noches el mago

Buscando el poder

Que devolviera a su hada su amor su mirada

Tan dulce de ayer

Permaneció en el manantial toda la noche, llorándolo, velándolo aunque ya no fuera necesario. No se iba a mover de su lado a pesar de que lo único que quedara fuese una cáscara sin vida.

-Bakura…

Una voz familiar lo hizo pensar en otra cosa que no fuera la muerte.

-¿Qué es lo que quieres, Faraón? – preguntó, molesto y dolido.

-Quiero ayudarte – el joven de ojos violetas caminó unos pasos hacia él – No quiero hacerte falsas ilusiones, pero una magia prohibida sería capaz de devolverle la vida. Quiero ayudarte a encontrar esa magia, si me lo permites

El nudo en su garganta le impedía hablar. Se puso de pie, con el cadáver en brazos y le dedicó una mirada a Atem, donde le daba las gracias por su apoyo.

El poseedor del Rompecabezas del Milenio siguió al mago hasta su castillo, en donde pusieron a Ryou en una de las camas.

-La biblioteca está en el tercer piso – dijo Bakura; su voz parecía la de un autómata.

Atem se retiró del cuarto para comenzar su búsqueda. El albino permaneció en la habitación, recordando dolorosamente a Ryou en vida, en el césped, trepado en un árbol, riendo en el agua. Lo recordó entre sus brazos, bañado de sangre, dedicándole su última mirada y el roce de sus labios…

Corrió fuera del cuarto, cerrando la fuerza tras de si. Se obligó a respirar profundamente, a destrabar el nudo en su cuello y secar las lágrimas de sus ojos. Ya calmado se dirigió a la biblioteca, donde encontró a Atem rodeado de varios pergaminos. Siguió su ejemplo, ahora sólo tenía un objetivo en mente: Pasaran días, noches, semanas, meses o años, no iba a darse por vencido. Sabía que en aquellas amarillas hojas se encontraba el secreto para devolver a Ryou de la tumba.

Y no paró desde entonces buscando la forma

De recuperar a la mujer que aquel día

En medio del bosque por fin pudo amar

-Bakura, deberías descansar – le dijo Atem, sentado en una larga mesa.

El albino no le escuchó. Seguía tratando de decodificar un pergamino que había conseguido tiempo atrás. Sus búsquedas habían sido infructuosas en la biblioteca, así que viajaron a cada rincón del bosque y más allá de sus tierras, buscando secretos oscuros y hechizos prohibidos hasta que dieron con una colección de pergaminos de magia negra codificados. El agotamiento hacía estragos en su cuerpo, pero el mago los ignoraba. Se había dicho no descansar hasta verse de nuevo en los brazos de Ryou y eso era lo que iba a hacer.

Atem estaba cansado de esa actitud en su hermano de juramente, así que se acercó a él y lo tomó por los hombros.

-¡Para ya! – le gritó – Si no descansan no podrás razonar ni mucho menos encontrar el hechizo que lo reviva. Vamos, unas horas de sueño no van a dañarte.

El faraón lo soltó, viendo como el albino ocultaba sus ojos entre su flequillo.

-¿Qué pasaría… - comenzó el mago - …si alguien asesinara a Yugi?

Esa pregunta tomó con la guardia baja al joven ¿Cómo sabia de la existencia de Yugi?

-Recuerda el día en que te enamoraste de él – le dijo, con una mezcla de rabia y dolor en su voz – Recuerda su mirada en cuanto te vio. Tú estabas solo antes de que él llegara, igual que yo. Ahora imagínalo muriendo a tus pies, sin que pudieses evitarlo ¿Qué harías? ¿Eh? ¿¡QUÉ HARÍAS!?

-Yo no… - intentó decir, pero su brazo fue fuertemente tomado por un furioso Bakura.

-Escúchame bien – lo miro fijo a los ojos – Yo amé a Ryou, fue la única persona a la que he amado en toda mi vida. El me salvó de la soledad, me salvó de mi mismo, y ahora voy a devolverle el favor salvándole de la muerte. Y no pienso detenerme hasta volver a verlo coma la primera vez que lo vi.

Y hoy sabe que es el amor y que tendrá

Fuerzas para soportar aquel conjuro

Atem no volvió a pedirle que descansara luego de aquello, sino que le ayudó aún más a descifrar los papiros que trajeron de su último viaje. Era un texto muy complicado pero habían logrado avanzar bastante. Ahora estaban en habitaciones separadas, ambos con unos veinte papiros cada uno. Su mente estaba atrofiada de tanto pensar, y estaba por quedarse dormido cuando Bakura llamó a su puerta.

-Lo he conseguido – dijo Bakura con una sonrisa – He conseguido descifrar el hechizo.

Bakura arrastró a un asombrado Atem al cuarto en donde estaba Ryou. Gracias a la magia habían evitado que su cuerpo se descompusiera, dándole la apariencia de estar dormido. Atem tomó la traducción del pergamino y lo leyó para si. Sus ojos se abrieron al darse cuenta de que el hechizo era en realidad un sacrificio, una ofrenda a la muerte misma, que necesitaba de mucha magia y energía para realizarse.

Volvió a leerlo para estar seguro. El hechizo requería de un animal de raza pura, el cuerpo del fallecido y la presencia del mago. Volvió a revisar los conjuros necesarios una vez más. Aquello era demasiado. Si todo salía bien, Ryou volvería a la vida, y él y Bakura podría estar juntos. Pero si fallaba…

-Bakura… - se preparó para la negativa de su compañero a lo que estaba a punto de decirle, pero el albino lo interrumpió.

-Dicen que el amor es la magia más poderosa de todas ¿Algo cursi, no crees? – Murmuró tomando la mano de Ryou – Pero es cierto, el amor te da fuerzas, te da valor, te da todo lo que necesitas. Soy consiente de que puedo morir haciendo el sacrificio, pero de una u otra forma, sé que volveré a su lado.

-¿Estás preparado? – se cercioró Atem.

-Lo estoy – contestó, saliendo del cuarto, en busca de todo lo que necesitaba para efectuar aquel conjuro.

Sabe que un día verá su dulce hada llegar

Y para siempre con él se quedará

Bakura se vio a si mismo en un bosque tan similar y a la vez diferente al suyo. Había un círculo de hierba descubierto, y en el medio un pequeño lago. Escuchó risas y chapoteos, y cuando sus ojos se acostumbraron al exceso de luz pudo reconocer a aquella persona que creía haber perdido.

Ryou estaba en el agua hasta la cintura, chapoteando, haciendo que las gotas cristalinas empaparan sus alas y dieran aún más brillo a su cabello.

Comenzó a llorar, ahí parado, sin poder creer lo que sus ojos estaba viendo. Ryou escuchó los sollozos y vio a Bakura inmóvil en la hierba. Con una sonrisa, salió del agua y corrió hacia él, abrazándole por el cuello, secando las lágrimas de ese rostro con dulces besos.

-Tu… cumpliste tu promesa, siempre estuviste a mi lado – dijo Bakura, aferrándose a la cintura del menor – Lamento haberme tardado tanto en encontrarte Ryou.

-Sshh, calla – le dijo colocando un dedo sobre sus labios – Ahora tenemos todo el tiempo del mundo para estar juntos. Ahora el bosque vuelve a ser nuestro escenario, y la eternidad ha vuelto a ser nuestra mejor amiga.

Bakura miró con ternura esos ojos chocolate que lo habían hipnotizado y que hoy lo volvían a hacer. Qué más daba si estaban vivos, muertos o entre ambos mundos, nada le importaba ahora más que permanecer en aquel lugar junto a la primera y única persona que amó, que ama y que amará por el resto de sus días.

Antígona: no encontré mucho que agregarle o quitarle a este fic, pero espero que los pequeños arreglos hayan valido la pena.

Zinger: Los esperamos en la próxima canción!

Artista: Rata Blanca

Canción: La Leyenda del hada y el mago

Atte.

Los Hermanos Greenwood