Nimiko: Bueno… ¿cómo voy a decirlo? ¡Ah si! Antígona ha entrado en una especie de depresión y no ha tenido grandes inspiraciones.

Zinger: Por qué esta deprimida? Es que nuestra pequeña hermanita estaba muy ilusionada con su fic "Pacto de Sangre"… y hasta ahora solo recibió un comentario cuando publicó dos capítulos.

Nimiko: Pero nosotros no podemos hacer nada. En fin, trataremos de animar a nuestra hermana y que les recompense por haber esperado demasiado.

Zinger: que lo disfruten!

Nimiko: en cursiva, simboliza que canta Malik. En negrita canta Marik.

PD: Está ambientado en los capítulos "Yo quiero un Héroe" y "La Leyenda del Hada y el Mago"

Corazón Gitano (Bronzeshipping)

Te quitarán del paso

Me prohibirán nombrarte

Me llevarán a otro lugar ¿y que?

Aún bajo siete llaves

Malik no era de esos jóvenes que se quedaban conformes con lo que adquirían en la vida. Era un aventurero se había dicho a sí mismo, y como tal, jamás le había gustado permanecer mucho tiempo en un solo lugar. Pero había algo en ese pueblito en la frontera con el bosque, un aura especial que le hacía quedarse unos días más. Se había conseguido una pequeña casa para él solo, no muy alejada del pueblo, pero si lo suficiente como para gozar de una serena tranquilidad.

Aquel día había salido temprano al mercado para comprar los víveres de la semana. Tomándose su tiempo para elegir los mejores, Malik paseaba tranquilo por ese lugar atestado de gente y alegría. No hacía mucho contacto con el resto de los pueblerinos, pero era cortés con aquel que se le cruzara. Todos lo conocían por alguien recto y caballeroso, y le parecía bien. Siempre trataba de dar la mejor impresión que podía cada vez que llegaba un nuevo lugar.

La algarabía del mercado era un bullicio ensordecedor. Reconfortable pero intenso, que desgraciadamente, no pudo ocultar el repiqueteo rítmico de los cascos de los caballos.

Las personas del mercado vieron con sorpresa y no sin cierto temor, cómo una tropa de los soldados del rey del Este se abrían camino entre los puestos de la transitada calle.

"¿Qué buscan éstos aquí?" se preguntó Malik, mientras les hacía señas a varias mujeres para que se quitaran del camino de los caballos.

-¡Busquen por todo el mercado! – bramó el que parecía ser el líder de la tropa – Revisen cada local, cada casa y cada taberna. Recuerden las órdenes del rey, le necesitamos con vida.

Los caballos relincharon ante el tirón de las riendas en su busca, haciendo que varios se tensaran y se alejaran más del camino. El rubio decidió abrirse paso entre la muchedumbre para cerciorase de que los soldados estuvieran haciendo su trabajo de forma civilizada y no como bárbaros al mando de un idiota.

Escuchó el sonido de la madera astillándose, y el de las cerámicas haciéndose añicos. Los líquidos que éstas contenían fueron volcados en el suelo rocoso y evaporados por el calor. Malik vio como los puestos eran destrozados uno por uno ante la barbarie demostrada por los soldados en un intento de encontrar a quien sea que estaban buscando. Apresuró su paso, llegando a tiempo de alcanzar a un pequeño niño que había sido arrojado de bruces al suelo por uno de los hombres.

-¡¿Pero qué haces?! ¡Detente ahora mismo! – grito Malik mientras tomaba del brazo al soldado antes de que pudiera destrozar el pequeño local.

El hombre se sorprendió al ver su movimiento impedido, causando que su atención pasara de la madera en mal estado al rostro de Malik, con una expresión entre confusa y furibunda. Sintió la mano que lo sujetaba y estuvo a escasos momentos de increparle su osadía a interferir con una orden del rey cuando lo reconoció. Piel morena, cabello rubio cenizo, tatuajes cerca de sus ojos color violeta. Era él.

-¡General! ¡Aquí está! ¡Es el! – gritó el soldado, mientras se zafaba del agarre de Malik para tomarlo prisionero.

-¿Qué? – se dijo, antes de verse rodeado por los soldados, sin posibilidad de escape.

-Fue difícil pero te encontramos – dijo el general entrando al círculo – Eres muy escurridizo ¿Sabes?

-¿Qué es lo que quieren de mi? – gritó enfurecido, forcejeando con aquel que lo tenía prisionero con su brazos tras la espalda.

El general no respondió la pregunta del joven. Solo se limitó a caminar hacia él, mientras la gente del pueblo se amontonaba para ver lo que sucedía. Con una mano gruesa y callosa tomó con violencia los cabellos rubios de Malik, haciendo que un quejido sordo saliera de sus labios. Dejó el rostro del muchacho a escasos centímetros del suyo, antes de responderle con una voz que quemaba como el mismo ácido.

-Pronto lo averiguarás…

No se dijo nada más. El general caminó seguro entre los lugareños antes de llegar a su caballo y montarlo. Ordenó colocar a Malik en un carro especialmente traído para contener al joven. A pesar de las protestas e intentos de huida, nada pudo hacer el rubio para evitar ser llevado a la fuerza. La paja seca era inusualmente filosa, causando pequeños cortes en las palmas de sus manos y la piel que quedaba expuesta de sus piernas. El que el camino fuese de escabroso no ayudaba tampoco en lo más mínimo.

Por fin, después del intenso viaje, habían llegado a destino: El Castillo del Reino del Norte.

Lo sacaron con brutalidad del carro, obligándolo a arrastrarse hasta llegar a la sala del palacio. Ahí vio a la gente amontonarse frente a la sala del trono, mientras discutían entre ellos y el rey no les tomaba mayor importancia. Malik centró su atención en este viejo soberano, que nada tenia de intimidante salvo sus ojos. No eran unos ojos malvados ni sádicos, nada que influyera esa clase de miedo. Pero si mostraban seguridad y convicción.

Al principio, Malik no supo identificar el porqué de ese ademán seguro e indiferente, ni del porqué el rey lo estaba utilizando para querer intimidarlo. No lo descubrió hasta que escuchó las conversaciones y murmullos entre los señores vasallos.

Hablaban de un enfrentamiento inminente, del equilibrio, de la ruptura del pacto y de los principales culpables. De uno en particular parecía ser el centro de atención. Todos hablaban a la vez, contradiciéndose unos a otros pero estando de acuerdo en un solo punto: El culpable debía ser castigado. No fue hasta que uno de los vasallos del rey le dirigió una mirada despectiva cuando la mayoría de las piezas encajaron. No todas, solo las necesarias para que Malik pudiera entender su situación actual.

El culpable era él. De qué, aún no podía averiguarlo. Ahora estaban decidiendo su castigo.

Fue entonces que pudo descifrar el porqué de la mirada del rey, y del porqué debía estar asustado. Pasara lo que pasara, el rey ya había tomado una decisión, podía verlo. Su destino había sido sellado.

Horas más tarde estaba de regreso en el carro, dentro de la jaula como su fuese un animal salvaje y rabioso. Intentó por todos lo medios de huir, o al menos que le dijeran que planearan hacer con él. No obtuvo más que indiferencia por parte de los soldados.

A diferencia del viaje anterior, éste transcurrió en silencio. Un silencio incómodo para todos, donde pocos se atrevían a romperlo por alguna trivialidad. Aquella ausencia de sonido parecía ser más devastadora que todos los maltratos juntos. Solo había un lugar al que la gente iba con sumo respeto y silencio, y Malik sintió un escalofrío al recordarlo.

Al anochecer, sus sospechas fueron confirmadas. Ahí, alzándose majestuosas e imponentes, las Siete Puertas Sagradas de la Legión Divina ofrecían una vista casi irreal de lo divino sobre la Tierra. Un lugar sagrado para los ricos. Un infierno en vida para los pobres.

La Puerta Central se abrió con pesadez, siendo necesario que varios hombres empujaran desde dentro la madera vieja y ennegrecida con el tiempo, adornada con un sinfín de símbolos en oro.

Malik fue bajado del carro con sospechosa amabilidad, y conducido a través de la puerta hacia el interior. Un interior vacío y muerto, que competía con una ciudad fantasma. El aire formó una brisa, alborotando los cabellos rubios y causándole un estremecimiento. Sus pies descalzos escocían al contacto con la árida piedra, y fue un alivio momentáneo el llegar a una enorme torre de amplio diámetro en uno de los caminos más alejados de la cuidad.

Sospechó que lo colocarían en la habitación que de seguro estaba ubicada en lo más alto, pero se equivocó. Esta torre tenía una arquitectura interna muy particular e ingeniosa. Diseñada para que el prisionero no pudiera escapar, la única habitación de la inmensa torre estaba ubicada en el centro de la misma, desde donde salían numerosos pasillos que serpenteaban entre ellos, llenando el resto de la estructura. Era como estar en un laberinto dentro de la torre, donde todos los caminos daban siempre a la habitación central, salvo uno.

Para que Malik no pudiera encontrar el único sendero que lo sacaría de la torre y por el cual debería ingresar, el prisionero fue amarrado de pies y manos y luego colocado sobre la espalda de un soldado para evitar que memorizara los pasos y recordara los giros. Como principal precaución, sus ojos fueron vendados.

Se escuchó una cerradura abrirse, y el soldado arrojó a Malik sobre la puerta destrabada, haciendo que el joven se estrellara contra ella y luego contra el suelo. Sus ataduras fueron cortadas con una daga y automáticamente los hombres se retiraron.

-¡¿Por qué están haciendo esto?! – gritó Malik antes que los soldados se hubiesen retirado.

-¿Para qué preguntas? – ironizó uno de los hombres, causando la risa entre sus semejantes – Después de todo, tú más que nadie debería saberlo.

Como única explicación a sus palabras, el hombre de armadura oxidada arrojó una bola de papel hacia el joven, quien ávido de respuestas se abalanzó al papel como sediento ante un río. Desplegó el papel desesperado y sus movimientos se detuvieron. Observó ante sí, casi perplejo, la imagen de uno de los Guardianes del Bosque dibujada en carbonilla sobre el amarillento papel. Debajo de él, un recuadro con la leyenda "Se Busca" en letras rojas y debajo la cifra ofrecida completaban el texto.

El joven prisionero aún no podía procesar la información. Estaban ofreciendo una importante recompensa… por la cabeza de Marik Ishtar

Tus fotos y tus cartas romperán

Pero nunca lo que yo siento por ti

Era bien entrada la noche en el Bosque, cuando Marik había terminado su ronda. Ese día había comenzado como cualquier otro, tranquilo y con el paseo de siempre por su territorio para asegurarse de que nada sospechoso estuviera pasando. Nunca había imaginado que su vida daría un giro estremecedor a partir de esa noche.

Aquél lugar que él consideraba hogar – un enorme palacio en medio de un claro – estaba siendo ahora consumido por las lenguas de fuego que rodeaban el territorio. Reparó en las numerosas figuras encapuchadas alrededor del incendio, como si lo estuvieran mirando con satisfacción. No pudo evitar la oleada de furia corriendo por cada centímetro de sus venas al ver tal espectáculo, indicándole un enfrentamiento inminente.

-¿¡Cómo se atreven?! – gritó Marik, causando un revuelo entre las capuchas negras - ¡¿Quién les ha dado el derecho?!

-¡Tus actos nos han dado motivos suficientes para hacerlo! – gritó aquel que parecía ser su líder – Dentro de ese castillo estaba la razón por la cual nos ordenaron destruirlo.

-¿¡Quién ha dado la orden!? – aquella voz grave resultó ser más afilada que la mejor espada jamás creada.

Una voz diferente y familiar interrumpió la disputa.

-Los Mensajeros de los Dioses – Isis apareció por el lado norte del claro con una capa de delicada seda negra cubriendo sus hombros – Aún no se por qué lo han hecho, pero confío en su sano juicio.

-Confías demasiado en un grupo de viejos decrépitos – espetó Marik lanzando ácido en cada palabra.

-¡Respeta a tus mayores! – gritó el líder, dando zancadas en su dirección.

Antes de que pudiera acercarse más, Marik desenvainó la espada y apuntó con ella al cuello del hombre, deteniendo su confiado y apresurado paso.

-Tú no te metas – su mano temblaba por el deseo que tenía de matar a alguien para liberar tensiones.

-No debes apresurarte – dijo Isis, colocando una mano sobre su hombro – Ni tomar decisiones precipitadas.

Ella giró sobre sus talones y con un gesto de su mano les indicó a los presentes que la siguieran. Resignado, Marik apartó el arma del cuello del hombre y se dispuso a seguir los pasos de la joven sacerdotisa por el oscuro bosque. Sus pasos no hacían ruido sobre la hierba, de modo que nada interrumpía sus pensamientos. Cuando esa estúpida reunión hubiese acabado se encargaría personalmente de cargarse a aquellos que habían destruido sus objetos más preciados. No fue ajeno el pensamiento del porqué de esa repentina – y totalmente absurda – orden impuesta por los Mensajeros. Cuando llegara se encargaría de ponerles las manos encima.

El hogar de los Mensajeros era una cueva abandonada, pero que poseía una ornamentación que podía rivalizar incluso con el palacio de los Dioses. Marik torció la boca en un gesto de desagrado. La única razón por la que había aceptado formar parte de los Guardianes del Bosque fue porque el Cetro del Milenio le había elegido a él, y como ambicioso que era, no pudo negarse a tal despliegue de poder.

Le sorprendió ver ahí también al resto de sus hermanos de juramento, salvo a uno.

Bakura.

Si, era conocedor de los sucesos que llevaron al joven mago a su muerte, y ahora se preguntaba del porqué Atem lo había apoyado. Observó por un tiempo al poseedor del Rompecabezas del Milenio, sorprendiéndose de verle en ese lugar y no estar desaparecido como hace varias temporadas. El porqué de esas repentinas desapariciones aún era un misterio ente los Guardianes y él se negaba a responder a las preguntas.

Unos pasos arrítmicos obligaron a Marik y a todos los presentes a dirigir su mirada hacia la colosal formación de estatuas de los Dioses al fondo de la cueva. Los hombres encapuchados hicieron una reverencia ante los honorables ancianos que caminaban descoordinados por el frío piso de mármol pulido. De a poco y con cuidado, los hombres se colocaron alrededor de un caldero de oro, que flotaba a escasos centímetros del lujoso suelo a causa de la magia que poseía.

Marik percibió un estremecimiento en su espina dorsal como jamás lo había sentido, al ver como los ancianos se tomaban de las manos y ponían los ojos en blanco, entrando en un estado de trance por el cual podía comunicarse con los dioses. Ese estremecimiento no podía augurar más que malas noticias. No es que les temiera a ellos, ni que les temiera a los Dioses. Ni siquiera los respetaba. Pero el poder del Cetro del Milenio no era suficiente contra la magia de un Dios a pesar de ser muy poderoso, por eso había tenido cierta cautela al momento de tratar con las leyes que éstos imponían.

El líquido que yacía en el interior del caldero se agitó de forma sorpresiva, cuando los ancianos salieron del trance de una forma abrupta. No se había dado cuenta de que los estaba mirando fijamente hasta que salieron del trance, donde el movimiento repentino le hizo dar un pequeño brinco.

-Los Dioses han hablado, Marik Ishtar – dijo uno de los ancianos con voz hueca; el Guardián rodó los ojos con descontento.

-Y han visto que infringiste la Ley mas sagrada para ellos – esa última frase no tenía ni pies ni cabeza ¿Infringir? ¿Ley Sagrada? ¿Qué carajo?

-Te has involucrado con un doncel.

Esas fueron las palabras detonantes. El impasible rostro de Marik, que solo mostraba seriedad o enojo, ahora estaba desfigurado en una expresión de completa sorpresa ¿Desde cuándo se les tenía prohibido relacionarse con un humano? ¿Acaso eso era un crimen capital?

Recordó al joven al que había estado viendo hace algunas semanas. Era humano, eso era cierto, pero jamás había abandonado su deber como lo había hecho el idiota de Bakura. Giró su rostro para mirar a sus hermanos, que mostraban la misma incredulidad que el resto. Isis murmuraba para sí misma que no había ninguna ley que sancionara una relación humano-guardián, que debía haber un error. El resto de sus hermanos se miraban entre sí para averiguar si alguno sabía algo al respecto. Solo un par de ojos miraron al grupo de ancianos con justificado temor.

Atem había comenzado a dar pasos cortos en dirección a la puerta, lento, para que nadie sospechara que intentaba huir. Marik supo en ese momento que él también estaba relacionado con un humano, lo que explicaba sus repentinas y prolongadas ausencias. Aunque ninguno de los dos sabía qué es lo que pasaría en caso de saberse.

-Pero nunca se ha dicho que eso fuese algo que estuviera en contra de las Leyes de los Dioses – dijo Isis con incredulidad cuando hubo reorganizado sus ideas – No hay ningún escrito que lo confirme.

-La palabra de los Dioses es sagrada – contestó un anciano – Lo que los Dioses digan se hace, no necesitan de ningún escrito para saber que son válidas

-Pero jamás hemos sabido de ella – contraatacó la mujer - ¿Cómo esperan que cumplamos una ley que ni siquiera sabíamos que existía?

Tenían ese punto a favor. Marik intentaba por todos los medios de completar las incógnitas de la ecuación y descubrir a dónde querían llegar los venerables ancianos

-Siendo una guardiana deberías saberlo, Isis – le dijo otro de los hombres canosos – La ignorancia es un arma muy peligrosa para ustedes.

-Pero… - Isis intentó refutar pero fue interrumpida.

-No se hable más – decretó el más anciano de los hombres – Marik, has infringido una Ley fundamental para todos los aquí presentes ¿Cómo te declaras?

Todos los pares de ojos se posaron ahora sobre su semblante. Se sentía furioso y extrañamente herido por los sucesos acontecidos. También sentía cierto temor por las consecuencias de sus palabras, no hacia si mismo, sino hacia él. Con el rabillo del ojo, vio a Atem caminar hacia la puerta y quedarse cerca, lejos para no levantar sospechas, pero lo suficientemente cerca como para escapar.

-Jamás esperen que me trague el cuento de que los dioses acaban de decirles que he cometido delito alguno – dijo Marik, caminando hacia los ancianos con paso firme pero pausado, como un depredador alardeando el tener a su presa acorralada – Ni esperen que el castigo que me impondrán logrará borrarle de mi memoria – tomó al mas viejo de sus ropas y lo alzó en el aire; los presentes lanzaron un jadeo – Me declaro culpable, pero nada de lo que tú hagas podrá borrarle de mi piel.

Soltó el cuerpo debilitado por el tiempo, que calló a sus pies respirando por aire.

-Solo hay un lugar al que tu alma debe ir a parar – dijo el anciano, mientras Marik caminaba hacia la puerta, dándole la espalda – Tu castigo será cumplir tu condena… en el Tártaro.

Marik detuvo sus pasos en seco y sus ojos se abrieron involuntariamente por la impresión, junto con el repentino jadeo de los presentes. La puerta hizo un sonido sordo al cerrarse. Atem ya se había marchado.

-…Por toda la eternidad.

Corazón gitano

No te olvidaré

Corazón gitano

Siempre te querré

Sigues estando en mi vida, día tras día.

-Dilo…

-En tus sueños.

Un puñetazo fue a parar a su rostro. Malik se mantuvo en esa posición, con la cabeza ladeada y gacha, los labios sellados para no decir nada que lo delatara. El silencio era la única arma a la que podía aferrarse en esa habitación para poder protegerle. Así que mantuvo la boca bien cerrada, causando la molestia e irritación de los soldados que lo custodiaban.

El que lo estaba interrogando ese día, enfadado, alzó de nuevo la mano, para propinarle un segundo puñetazo que de seguro le rompería varios dientes. Estando Malik encadenado a una de las paredes, no tenía forma de defenderse.

-Detente – dijo el soldado que hasta ese momento había permanecido de pie en el umbral de la puerta – Hemos estado mucho tiempo con esta técnica y no ha soltado una palabra. Prívale del sueño y déjale hambrear. En unos tres días cuanto mucho nos dirá lo que debemos saber.

Su compañero sonrió, y Malik pudo presentir que esa tortura sería la más larga a la que lo hayan sometido. Cansado, se dejó caer de espaldas, mirando sus muñecas enrojecidas por los viejos grilletes. No le dedicó ninguna mirada al soldado que se quedó con él, ni siquiera un pensamiento. Su mente estaba ahora sumida en sus recuerdos… en unos cuantos en específico…

/Flash Back/

Malik había salio por la ventana en cuanto lo vio asomándose por el umbral de ésta. Lo esperaba. Sabía que alguien miraba desde el frío cristal en dirección a su cuarto, a su cama, donde él dormía. Le intrigaba de sobremanera saber quién era, y ya que nadie en el pequeño hotel parecía consciente de ése visitante, Malik no podía ignorar la fuerza que emanaba de esa presencia, y la curiosidad inmensa de desenmascararle se había hecho más ávida.

La sombra salió despavorida cunado vio las intenciones del joven rubio, corriendo hacia unos callejones ubicados en el lado este del pueblo. Malik no perdió tiempo en saber hacia donde se dirigía, solo le interesaba encontrarlo y saber quien era, más tarde se preocuparía de cómo regresar al hotel en una pieza.

El extraño ser hizo un movimiento extraño con su capa cuando llegaron a la frontera con el bosque. En un momento parecía que seguiría corriendo hasta las profundidades del territorio prohibido, y en el otro se había esfumado en el aire. Malik se detuvo en la frontera al contemplar la extraña metamorfosis, pero decidió que había sido un truco y que el misterioso encapuchado se encontraba en el bosque. Confiando en su suerte, Malik se adentró en la espesura, viendo su camino por la luz de la luna llena.

Sus pasos lo guiaron a un claro. Bonito pero pequeño, iluminado con la luz plata del astro menor. Malik tomo aire para luego soltarlo en un suspiro, antes de que un ruido a sus espaldas lo obligase a voltearse.

-No deberías haberme seguido – dijo la sombra, acuclillada sobre una enorme roca en uno de los costados del claro.

-De otra forma nunca ibas a contestar a mis preguntas – respondió, sin un ápice de temor.

-Mmm – la sombra se enderezó y caminó hasta quedar a pocos pasos de Malik – No necesito responder las preguntas de nadie.

Se dio la vuelta, pero no pudo dar ni dos pasos cuando el menor se colocó en su camino.

-Pues deberás responder a las mías si quieres que te deje en paz.

Malik tenía los brazos extendidos, como si fuera a atraparlo con ellos si intentaba escapar. Se miraron a los ojos durante largo tiempo; una brisa removió las hojas de las copas, creando un sonido de susurrante calma.

-¿Qué quieres saber? – dijo el extraño, sin darse a conocer.

-¿Por qué estas espiándome? – más relajado, Malik bajó sus brazos sin perder detalle del rostro frente suyo.

El encapuchado se encogió de hombros.

-Eres nuevo – dijo simplemente – No ocurre nada en este lugar, y la llegada de un viajero es tema de conversación durante varios días.

Malik se echó para atrás, sorprendido de la simplicidad de la respuesta. Hubiera esperado algo más profundo dada la cantidad de veces que lo había visto dormir desde la ventana de su cuarto. Aguardó en silencio por si el joven agregaba algo, pero nada.

-¿Y quién eres tú? – preguntó el menor.

-Ah, eso es algo que no puedo decirte – el mayor cortó la distancia entre ambos, colocando su dedo índice sobre los labios de Malik, en señal de que debía guardar silencio.

Malik se tensó por el toque frío en su boca, y por la sonrisa traviesa que surcaba el rostro del encapuchado. No podía verle los ojos, la sombra de la capucha se lo impedía inclusive a ésa proximidad. Trató de identificar el estilo de sus prendas, de seguro le darían algún indicio de quién era, o al menos a que grupo social pertenecía. Ropas negras, hechas de cuero, sin ningún emblema de casa noble distinguible. La hebilla del cinturón era común, sin ornamento, de modo que no pertenecía a una familia de dinero. No llevaba ningún indicador encima. Iba a dase por vencido, cuando vio el destello dorado en su cadera emitido por un objeto de oro sujeto a ésta. Ladeo su cabeza lo suficiente para poder ver el objeto con mayor precisión. La inhalación se quedó en el aire cuando reconoció aquello que estaba enganchado al cinturón del hombre, dejándolo momentáneamente aterrado.

-El Cetro del Milenio… - murmuró Malik contra la gélida falange, con la vista aún clavada en el objeto, para luego pasar a la persona que tenia en frente - …tú eres uno Guardianes…

-Shhhh – el encapuchado tapó la boca de Malik con suavidad, utilizando la misma mano que utilizó momentos antes para silenciarlo – No debes decir ni una palabra al respecto –antes de pronunciar la ultima frase, se acercó al lóbulo de su ojera, respirando sobre él - O sino ambos nos veremos en problemas.

Malik no supo identificar en ese entonces la seriedad de sus palabras. Estaba demasiado concentrado en recordar el escalofrío en su columna a causa del aliento caliente que aún sentía en su oído, tan contrastante con el helado clima en el claro donde se encontraban. Aún sumido en esas sensaciones, fue consciente cuando el guardián retiró su mano lentamente, haciendo presión sobre su boca para abrirla levemente y dejar que sus dedos recorrieran esos labios en toda su extensión. Un movimiento que quería parecer indiferente, pero estaba cargado de una sensualidad y un erotismo indecibles en palabras. Casi como una insinuación.

El guardian se retiró rápidamente antes de que el menor tuviera la posibilidad de cortarle el paso, aún ensimismado en sus pensamientos y en aquellos por venir.

Claramente, esa no sería la última vez que se cruzaran.

Corazón gitano

Todo sabe a ti

Corazón gitano

Contigo yo aprendí

A subir hasta la luna

Sin miedo a la locura

Marik había pedido unos momentos a solas con Isis antes de su partida a las mazmorras. No fue indiferente a la mirada intensa que la joven sacerdotisa le había dirigido antes de salir de la sala donde estaban los ancianos. Sabía que ella quería respuestas, y si iba a cumplir una condena eterna, se las daría sin rechistar.

Fue ella quien solicitó en primera instancia el acompañar al prisionero hasta ahí, pero la propuesta fue negada por los venerables ancianos. Fue el mensaje frío y atemorizante visto en los ojos violetas del Guardián los que cumplieron el pedido. Ahora ambos miembros caminaban sin prisa por los corredores vacíos y escarchados de aquella cueva subterránea a pasos de las montañas nevadas. Los relinchos de los caballos, exhaustos por el viaje, eran el único sonido identificable proveniente del exterior.

-No necesito preguntar lo obvio, Marik – las pisadas de la joven eran suaves, casi silenciosas – Solo quiero que me digas qué fue lo que pasó.

Marik detuvo sus pasos. Estaba en frente de Isis, así que ella estuvo obligada a parar igual que él.

-Le estuve vigilando – contestó simplemente, antes de reanudar su marcha.

Debía ir con cuidado. Preguntar algo comprometedor de forma apresurada haría que Marik callara irremediablemente.

-¿De verdad serás tan dócil… de permitirle a los ancianos encerrarte en el Tártaro? – preguntó ella, con un matiz leve pero sugerente de burla en su voz – De todos nosotros… tú has sido siempre uno de los más fuertes. Realmente esperaba más ingenio de tu parte, Marik.

-Escúchame, no lo hago por ti ¿Te quedó claro? – Marik estaba empezando a perder la paciencia – No me interesa lo que el vejestorio tenga para mi. No maté a ese estúpido viejo en la sala solamente porque no le conocen ni saben dónde está.

-Pero tienen los recursos para hacerlo – contraatacó; su treta estaba funcionando – Pronto sabrán su identidad. No podrás hacer nada para evitarlo estando encerrado en el Tártaro.

Marik se permitió sonreír.

-Para eso estás tu – dijo simplemente – La ética de un Guardián le permite sólo castigar a los culpables. En este caso, el único culpable soy yo.

La conversación llegó a su final al ver la puerta enrejada de la mazmorra. La escarcha cubría con una alfombra blanca todo el suelo rocoso en donde Marik fue encerrado. Por brindarle un poco de ayuda, Isis depositó en sus manos una bolsa de cuero con víveres para hacer más llevadera su estancia por aquel sitio. Sus manos cerraron con delicadeza la cerradura, renuentes a girar la llave por completo. Debía permanecer ahí por un tiempo antes de partir al otro mundo. Esas mazmorras servían de primer castigo a los culpables.

Marik era inocente.

-Quisiera poder ayudarte – dijo, con la llave aun en la mano, como si existiera el modo de permitirle escapar.

-Céntrate en tu trabajo, protege a los débiles – le dijo, antes de darle la espalda y mirar a la nada.

Isis comprendió el mensaje entre líneas dicho por el rubio. Encontrar al doncel y evitar que algo malo le sucediera. Había que darse prisa, los venerables ancianos ya estarían en pos de una pista cuando ella recién comenzaría la búsqueda.

Salió deprisa de la caverna, tomó ambos caballos, y se fue en medio de la niebla fría y oscura de aquella noche sin luna.

Un codigo secreto

Lleva a tu amor y el mio

Levantarán la muralla entre los dos

Y seguiré contigo

Lo único que quería en esos momentos era una cama suave y algo de comida. Llevaba en ese maldito bosque más tiempo del que hubiera querido. Logrando por fin su objetivo de salir de su cárcel, Malik había logrado salir de la torre y traspasar las Siete Puertas. No habían dado la alerta de su huida, los guardias que lo custodiaban estaban muertos. Descalzo, un sinfín de heridas y rasguños hacían sangrar sus morenos pies, ahora pálidos por el frío.

Tardó, pero pronto encontró una taberna en la que logró refugiarse. Al no poseer dinero, tuvo que recurrir a dar lástima, convenciendo así al dueño de permitirle quedarse.

La habitación a la que le hicieron pasar era pequeña y precaria, pero era lo que necesitaba Malik para recuperarse. Se quedó dormido apenas se acostó en el lecho.

Pasó casi un día entero durmiendo, recuperando fuerzas. Cuando se despabiló ya era de noche y la taberna se atestaba de soldados y viajeros en busca de un respiro de la rutina. Malik se sentó en la mesa más alejada de la sala, para vigilar todo y que nadie se percatara de ello.

Llegaron un grupo de soldados una hora después de que el rubio terminara su comida y se dispusiera a marcharse. Por un momento llegó a temer que lo estuvieran buscando en ese lugar, alejado de la Legión pero el más cercano a ésta. Respiró aliviado cuando los hombres entraban sin intenciones más que las de pasar un buen momento entre copas y prostitutas. Eran cinco, pero dos se fueron rápidamente con una jarra de vino en mano y una mujer en cada brazo hacia las habitaciones. Los otros tres se dispusieron a devorar la carne asada que se les había servido.

-Mmm, maldito rey – dijo uno masticando la carne roja y jugosa – Todo tenemos que hacerlo nosotros. Ni que fuéramos adivinos para poder encontrar a esos malditos Guardianes.

Su compañero bebió un enorme vaso de cerveza de forma ruidosa y se atragantó con el líquido.

-Acabaremos todos muertos, eso dalo por echo – dijo luego de limpiarse los rastros de cerveza de la boca – El rey declara la guerra contra los Guardianes porque no es su culo el que se está jugando, es el nuestro.

-Maldito aquel que crea que podamos vencer a los Guardianes del Bosque – secundó el tercero, tomando de su copa de vino, tan oscuro como su cabello.

-A todos juntos olvídalo, date por muerto antes de agarrar tu espada – dijo el primer soldado que habló.

-"Divide y vencerás" Ingenioso lema ¿Cierto? – dijo el tercer soldado viendo las lágrimas violetas del vino en la copa de metal servida para el.

-Tú y tu romanticismo – dijo el segundo – Un libro no sirve de nada ante el filo del acero.

-Hay una forma de vencer a uno de ellos – contestó el tercer soldado, sin inmutarse por las palabras de su compañero y apartando con un movimiento de cabeza los mechones rubios de su frente.

Los dos hombres se atragantaron, uno con la comida y otro con la cerveza. Carraspearon fuertemente para aclarase la garganta antes de encarar al soldado.

-¿¡Cómo!? – gritaron ambos a la vez, causando que toda la atención se dirigiese al pequeño grupo.

El tercer soldado seguía con su rostro inmutable, sin dejar de ver el vino en la copa. Bamboleó el recipiente entre sus dedos, antes de alzarlo sobre su cabeza y beber el contenido violáceo de un solo sorbo. Se limpió los labios antes de devolverle la mirada a sus compañeros, quienes esperaban ansiosos una respuesta al igual que el resto.

-Tienen al compañero de uno de ellos encerrado en la Legión Divina de las Siete Puertas. Bien vigilado, no hay modo de que pueda escapar.

-¿Compañero? – preguntó el primer soldado.

-Su pareja grandísimo IDIOTA! – exclamó el segundo soldado, golpeando la nuca del hombre con la palma de su mano.

-Un doncel, para ser más exactos. Lo atraparon hace una semana – el tercer soldado ya tenía otra copa de vino entre sus manos y la examinaba municionamente – Es muy probable que lo utilicen para llegar a él.

Tanto los soldados como los presentes asintieron entusiasmados con la brillante idea del rey. Todos. Salvo unos ojos de color violeta.

-Sin embargo, aún con esa ventaja le será difícil dar con el Guardián – prosiguió el tercer soldado – Sólo lo ha visto una vez, y según tiene entendido, nadie sabe donde está.

Bebió un sorbo del vino en la copa. Al darse vuelta, se encontró con la mirada confundida de sus compañeros. El hombre soltó un suspiro de resignación.

-El Bosque está cambiando – dijo él – Mas oscuro, más tenebroso. Algo malo está ocurriendo del otro lado de la frontera. Los Dioses parecen haber enfurecido. Si las Leyes Divinas no permiten la relación entre un guardián y un doncel, descargarán su ira contra el Bosque, y contra todos aquellos que hayan tenido contacto con su compañero.

No más.

Malik salió de la sala sin que nadie supiera de su escape. Ya habían pasado dos horas desde que había comido y estaba cansado. Se alejó para "poder descansar", pero lo hizo solo para organizar sus ideas. No cabía en si la posibilidad de que Marik estuviera sufriendo una condena solo por haber hablado con él en una ocasión.

Se detuvo en seco al considerar la opción de que el sentimiento entre ellos fuera algo más fuerte que una simple curiosidad el uno por el otro. Rápidamente descartó la idea de su mente, pero no pudo hacerlo de su corazón. Todavía confundido por la agotadora travesía en la torre y el bosque, trató de sentir en su interior la poderosa energía que emanaba del artículo del Milenio. Por ahora, esa era la única manera de encontrarle.

Me llevrán al último rincón

Y escrbiré tu nombre en la pared

Isis vio como Seto Kaiba montaba su caballo y partía hacia destino incierto. La joven cerró las cortinas de su cuarto en la casita que había hecho construir cerca de las mazmorras. Kaiba… Había sido elegido como sucesor de Marik luego de que éste fuese considerado traidor y condenado al Tártaro. Al igual que el resto de los Guardianes, había huido antes de que los Venerables ancianos vinieran con otro mensaje de los dioses. La guerra con el mundo humano había comenzado sin que ninguna de las partes se diera cuenta. Tal vez fue el miedo de los humanos hacia el poder de los Guardianes. Tal vez fue la envidia de los Guardianes a la libertad de los humanos. Nunca se supo.

La morena salió de la casa con una bandeja de comida en las manos. Estaba prohibido que se le llevara comida o agua a un prisionero, pero ¿Desde cuando alguno de ellos seguía las órdenes de los Dioses? Sonrió ante la cadena de sucesos tan similares entre sí: los humanos se revelaban ante los Guardianes. Ahora los Guardianes se revelaban ante los Dioses.

Caminando sin ver en realidad, estando en su propio mundo, llegó a la celda de Marik. El olor putrefacto de la comida en descomposición le indicó que no había querido comer nada de lo que ella le había enviado. Suspiró con resignación, dejando la bandeja a un lado de la celda.

-¿No vas a comer? – preguntó al interior de la mazmorra, tomando uno de los barrotes.

-No tengo apetito – dijo el prisionero con voz monocorde.

Isis no dijo nada. El tratar de discutir con el para que se alimentara ya era un caso perdido a estas alturas. Con lentitud abrió la puerta enrejada, causando un chirrido molesto y la curiosidad del Guardián.

-Ya es hora.

Esas palabras sonaron con resignación de la boca de Marik, y al mismo tiempo como un suceso ya esperado. No se molestó en quitarse el polvo de las ropas, al fin y al cabo, en el Tártaro no te juzgaban por tu apariencia. Marik salió de la celda en la que estuvo confinado por un tiempo indeterminado, entrecerrando los ojos ante la luz emitida por el fuego de las antorchas. Isis permitió que se adelantase. En su condición actual no podría escapar y si lo hacía, solo sería contraproducente.

Vio hacia el interior de la celda, donde curiosamente yacían restos de polvo y pequeñas piedras en los vértices entre las paredes y el suelo. Tanteó la roca sólida de la pared más cercana, notando las grietas artificiales en sus dedos. Tomó una antorcha para iluminar bien el angosto recinto, percatándose con sorpresa de los dibujos inscritos en la pared. No. No eran dibujos. Eran palabras. Tampoco. Eran solo dos palabras. Dos palabras escritas al azar, sin orden, sin renglones, y en diferentes idiomas. No había una en la misma lengua que la otra en cada una de las cuatro paredes. La única que pudo ser identificable para Isis; una frase solitaria escrita cerca del cabecero de la cama, o lo que se suponía que era una cama. Los bordes estaban redondeados por la erosión, lo que quería decir que fue una de las primeras palabras en escribirse. Leyó con cuidado.

Malik Ishtar

Corazón gitano

No te olvidaré

Corazón gitano

Siempre te querré

Sigues estando en mi vida, día tras día.

Volvió a despertarse por tercera ven en la noche, completamente agitado y con las sábanas de la cama pegándose a su piel humedecida por el sudor. Malik pasó una mano por su frente, haciendo a un lado los mechones rubios de su rostro. Trató de normalizar su pulso y respiración, pero no podía al recordar la pesadilla que vez a vez en esa noche se sucedían con escalofriante exactitud.

/Flash Back/

Intentaba correr pero sus piernas no le permitían obtener la velocidad deseada. No podría definir el lugar en el que se encontraba, pero sí reconocía que era una caverna ancha y alta. Las rocas irregulares estaban iluminadas intensamente por el resplandor de algo parecido al magma naranja. Podía ver como caía de forma vertical, formando una cortina, al final del túnel. Pero no estaba solo. Ahí, delante de la ardiente cortina de roca fundida, una criatura demoníaca sostenía un cuerpo inerte entre sus brazos. La criatura parecía ser un esqueleto con vida, porque donde deberían estar sus brazos y manos, sólo había hueso blanquecino. Donde deberia estar la cabeza, había un cráneo calcáreo, desfigurado en una mueca atemorizante. Solo una túnica con capucha, negra y rasgada, cubría la desnudez del espectro.

Pero a Malik no le interesaba ese demonio. Le interesaba la víctima entre esos brazos de hueso.

A pesar de haberle visto en unas pocas ocasiones, Malik pudo diferenciar al guardián del Cetro del Milenio en estado de inconsciencia. Seguía corriendo, pero era como si nunca pudiera llegar a el lo suficientemente rápido. El espectro rió, como si viera la desesperación de Malik impresa en su rostro, y con lentitud, extrajo del cinturón del guardián el Cetro del Milenio. Uno de los extremos del objeto ocultaba un filo agudo y firme, y de un movimiento certero, incrustó la filosa punta en el corazón del antiguo guardián.

/Fin Flash Back/

Sacudió un par de veces la cabeza para borrar esas imágenes que no podía ni debía concebir. Arrojó con brusquedad la sábana a un lado de la cama y con rapidez guardó sus pertenencias en un bolso de cuero.

Siempre había sido una persona ágil, así que abrió la ventana del primer piso en donde se encontraba y bajó con cuidado usando los adoquines de la pared como peldaños.

Sus pies hicieron crujir la hierba seca en el suelo, y estaba dispuesto a irse cuando una voz desde dentro de la taberna le detuvo.

-¿Irás en busca del Guardián?

Malik se quedó de piedra al reconocerle. Como pudo dio la media vuelta, encarando al hombre que le había hablado. Era el tercer soldado, lo reconoció por el semblante serio e inexpresivo a pesar de haber tomado varias copas de vino.

-¿Y qué harás? – dijo desafiante - ¿Vas a detenerme?

-Debería – dijo el hombre, salvando de un salto la distancia del escalón de la taberna hasta el suelo – Ya me imagino todas las piezas de oro que recibiré por haber devuelto a su torre al doncel de uno de los Guardianes.

Malik ahogó una exclamación en su garganta. Después de todo, el tercer soldado sabía quién era y aún así estuvo hablando. Desde cuando estaría enterado de su escape y de su paradero, eso nunca lo sabrá. Pero sí sabía que debía silenciarlo si no quería ser apresado nuevamente.

-Relájate – dijo el tercer soldado con las manos en alto – En la Legión aún no saben de tu partida y dudo que lo sepan hasta dentro de varias semanas, cuando el olor a carne muerta atraiga a los buitres. Aún tienes tiempo de buscarle.

Malik observó con cuidado al hombre frente suyo. Tenía la enorme sensación de haberlo visto alguna vez. Con una armadura de metal negro y detalles en oro, ahora que lo veía mejor no parecía ser un simple soldado o vasallo. Tenía el porte de alguien que ostentaba un título mayor.

-Está en el Tártaro, la prisión del Averno – dijo el tercer soldado arrojándole un pergamino – Este mapa te guiará. Date prisa, llévate mi caballo, en la montura hay agua y comida para varios días. Ahora vete.

Malik titubeó un segundo antes de tomar al animar por las riendas y montarlo. Antes de irse, le dedicó una única frase al misterioso caballero.

-A todo esto ¿Quién eres tú?

El tercer soldado se acercó al caballo, y dijo.

-Puedes decirme "cuñado", si así lo prefieres – acto seguido le dio una palmada al caballo que salió al galope inmediatamente.

Malik se dio vuelta, para contemplar el rostro del tercer soldado por última vez. Solo entonces le reconoció.

Por supuesto que lo había visto con anterioridad. En el Reino del Sur.

Por supuesto que ostentaba un título mayor al de un vasallo. Era un príncipe.

No. No un príncipe. Era un ente mítico.

Un Guardián del Bosque.

Poseedor del Rompecabezas del Milenio por nacimiento

El Faraón Atem.

Corazón gitano

Todo sabe a ti

Corazón gitano

Contigo yo aprendí

A subir hasta la luna

Sin miedo a la locura

Marik volvió a hacer añicos una piedra con sus puños hasta convertirla en polvo. Ese maldito lugar. Estaba dispuesto a pasar el tiempo que fuera necesario para evitarle un castigo que no merecía, pero la soledad que emanaba de cada lado de ese laberinto era demasiada. Volvió a echar a correr, como lo había hecho desde que amaneció en la habitación central del Laberinto del Tártaro, intentando en vano de hallar la salida. Construido por un hombre cuya vida fue tomada antes de lo previsto, El Laberinto llevaba a un solo lugar: la habitación central. No importaba cuantos caminos tomara el condenado, ni cuantos kilómetros de pasillos recorriera, siempre terminaba en la misma habitación en el medio del Laberinto.

Gritó de desesperación y pateó una de las paredes del cuarto, dejando la huella de la bota en la piedra. Jadeó por la carrera, y cuando se envaraba, un destello le incomodó la vista. En pequeño resplandor provenía de la bolsa de víveres que Isis la había dejado y él se había negado a probar. Por alguna razón inexplicable, ella había insistido en que la llevara hasta allí.

Dentro de ella no había más que vegetales putrefactos que emanaban un hedor insoportable. Aún así, indagó con una mano en interior para descubrir qué fue lo que originó el destello. Sus dedos pronto advirtieron un cambio en la pegajosa textura de los víveres, un objeto liso, suave y frío, como un metal.

Marik sacó con brusquedad el objeto de la bolsa y lo limpió con su capa.

El Cetro del Milenio. Era por esto tanta insistencia.

En su interior, le dio gracias a Isis por tamaña ayuda, y alzándolo sobre su cabeza, invoco su poder para salir del Averno.

Con un destello de luz enceguecedor, Marik cayó rendido sobre la hierba seca y quemada del inicio de la caverna que llevaba a ese infierno. Estaba débil, el haber usado el Cetro para salir de ahí había consumido gran parte de su energía vital. No estaba seguro de que los Dioses se enterarían de su fuga, tampoco se detendría a averiguarlo.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, Marik se puso de pie y emprendió camino hasta la aldea más cercana. Solo ahí se permitiría dar un respiro, descansar, y luego volver a partir en busca del doncel.

Corazón gitano

Todo sabe a ti

Corazón gitano

Contigo yo aprendí

A subir hasta la luna

Sin miedo a la locura

El animal ya estaba exhausto después de varios días de marcha. Malik lo hizo detenerse, acomodando la capucha que ocultaba parcialmente su rostro. Se bajó del caballo para no generarle más esfuerzo y lo guió con las riendas a través de esa aldea casi consumida por la guerra. Los techos de paja estaba oscurecidos por el fuego y la desazón se veía plasmada en los rostros y miradas de los escasos habitantes del lugar. Había muchos soldados, la gran mayoría saqueando casas abandonas de alimentos que estaban en estado de descomposición. Malik solo desvió la mirada para que no lo reconocieran.

En la entrada contraria, Marik llegó a la misma aldea. Con tristeza y con enfado, vio el deterioro producido por esa guerra sin sentido, impulsada por el miedo. Ocultó el Cetro entre sus ropas y caminó con paso apresurado evitando a los soldados, metiéndose en callejones y casuchas anteriormente saqueadas. Era el crepúsculo, así que pronto vendría la noche y podría moverse con mayor libertad. Solo unos minutos y el sol se ocultaría por completo.

Lástima que eso nunca pasó. Como si fuera un terremoto, los cascos de una tropa numerosa de soldados hicieron vibrar la tierra, levantando el polvo. Con cautela, Marik salió de su escondite y echó a correr cuando los soldados del rey lo identificaron.

-¡Ahí está! ¡Atrápenlo! – gritó el capitán, y su caballo lo secundó con un relincho.

En el lado contrario, Malik escuchó la orden, clara como el agua, y temió que lo hubieran reconocido. Corrió con el caballo del Faraón pisándole los talones, hasta que lo montó. Cuando vio al a la misma tropa que lo había atrapado el animal paró en seco, y Malik le ordenó galopar en la dirección contraria. A punto estuvo de espolear al purasangre cuando lo reconoció.

-¡Marik!

El rubio guardián enfocó su vista en el final de la calle. Sonrió, aliviado de que estuviera a salvo, pero volvió a su expresión seria al recordar que todavía no estaban fuera de peligro. Malik había hecho correr al caballo hasta él, así que cuando estuvo más cerca, el menor extendió su mano para que la tomara.

Otro terremoto sacudió la tierra con violencia inaudita antes de que pudieran encontrarse. No fue un temblor subterráneo, sino una explosión generada en medio del camino de ambos jóvenes, cubriendo toda la calle de humo negro. El caballo relinchó, asustado, parándose sobre sus patas traseras y volteando a su jinete.

Marik se tambaleó sobre sus pies, pero logró mantener el equilibrio. Cubrió su boca con la mano derecha, porque el humo era denso como agua dentro de los pulmones. Tenía a los soldados del rey detrás suyo, y de seguro los Dioses sabrían de su huída, así que no le importó utilizar el Cetro para disipar el humo y poder encontrar a Malik.

El humo se disipó, pero no era lo único que había aparecido en ese camino. Los caballos de los soldados detrás del guardián entraron en pánico, saliendo al galope en dirección contraria al notar la presencia del espectro. Un esqueleto blanco, con una mueca demoníaca y cubierto con una túnica negra y rasgada. Entre sus brazos, se debatía el joven doncel contra la huesuda mano que estaba sobre su rostro.

Contuvo la respiración. El Ángel de la Muerte lo miraba fijamente con sus cuencas vacías, mientras la túnica rasgada se movía con un aire invisible. El cráneo movió la mandíbula emitiendo un sonido grave y metálico, en una lengua incomprensible. Marik, por primera vez en su vida, sintió sus fuerzas flaquear hasta derrumbarse.

El espectro rió con ganas al ver la rendición del guardián. Apretó más el rostro del doncel, creando líneas rojas con las falanges expuestas. Acabar con la vida de una persona para convencer a otra. Jamás creyó que chantajearlo sería algo tan fácil.

Marik estaba por darse por vencido. No tenía otras alternativas. O regresaba al Averno o la vida de Malik acabaría ahí mismo. Estaba entre la espada y la pared.

El doncel entendió el mudo intercambio de palabras entre ambos entes místicos, y quiso detenerlo. Con una fuerza que no sabía que poseía logró librarse del abrazo del espectro, lanzando un grito al aire.

Calló al suelo con estrépito, y sus brazos ardieron al intentar incorporarse. Antes de que el demonio volviera a atraparlo corrió por los callejones angostos entre les casas. El Ángel lanzó un rugido en su dirección, pero cuando volvió a encarar al guardián, éste ya se había ido.

Con un dolor intenso taladrándole los brazos, dado que la fuerza empleada fue suficiente para separar el músculo del hueso, Malik empujó una puerta de madera con el hombro, entrando a una choza a punto de derrumbarse. Se asustó de sobremanera al escuchar que las bisagras volvían a rechinar a sus espaldas. Desesperado, se encogió en sí mismo esperando que el espectro volviera a atraparlo.

-¡Malik!

Unos brazos calientes rodearon su cuerpo, y sintió la respiración agitada del guardián sobre su espalda y su cuello. El doncel se relajó inmediatamente entre esos brazos que prometían protegerlo, suspirando aliviado.

-¿Estás bien? – preguntó Malik.

-¿Tú estás bien?

Malik sonrió ante la pregunta.

-Si… ahora si

El guardián le ayudó a ponerse de pie y a encararle frente a frente, después de tanto tiempo. No le dijo nada, aunque Malik deseara las respuestas también tenía miedo de saber algo que no debería. Sólo un silencio apacible, como la calma antes de la tormenta.

En un arrebato que no quiso detener, Marik le besó de forma sorpresiva, pero con calma. Primero rozó sus labios con su boca en un vaivén lento, como pidiendo permiso para aventurarse más. Malik apresó el labio inferior del guardián entre los suyos, succionándolo suavemente. Marik atacó esa delicada boca con un beso aún más apasionado, como si fuese la primera y última vez que le besara.

Fuera de la choza, los soldados la estaban rodeando en todo su perímetro. Uno de ellos llevaba una antorcha prendida en la mano. La paja seca del precario techo prendió al instante, y la estructura de arcilla quebradiza cedió bajo su propio peso. Las flamas rojas adquirieron un color azul hielo cuando la choza se vino abajo, con un efecto de onda de choque. Los soldados retrocedieron ante el peligro de verse atrapados entre las inusuales llamas. El Angel de la Muerte, unos pasos detrás de los hombres, se adelantó hasta los escombros ardientes. Los soldados le cedieron el paso, temerosos y respetuosos. El espectro removió los restos encendidos hasta dar con el Cetro del Milenio. Sonrió con malicia, para luego desaparecer en un remolino oscuro de regreso al Inframundo.

Corazón gitano

No te olvidaré

Corazón gitano

Siempre te querré

Sigues estando en mi vida, día tras día.

Ninguno de los soldados había abandonado su puesto alrededor de la choza hasta que ésta estuvo completamente consumida. Nadie apartó la mirada de los restos vueltos cenizas en tiempo récord. Nadie había visto entrar y salir a ninguna criatura viva.

-Bueno – dijo el capitán, ya dispuesto a irse – Retiren lo que queda de los cuerpos.

Los soldados soltaron una risa despectiva antes de comenzar su trabajo. Barrieron las cenizas de la paja y la madera quemada fue retirada. Escarbaron hasta dejar solo un enorme hueco de tierra quemada.

No encontraron nada.

Antígona: Se que no merezco su perdón por haber desaparecido tanto tiempo. Espero que les haya gustado y si tienen compasión de mí me regalarán un comentario. Nos estamos leyendo!

Canción: Corazón Gitano

Artista: Pimpinela