Los personajes de esta historia no me pertenecen, son del viejito encantador George R.R. Martin
SANDOR
El camino seguía sin gente a la que encontrarse pues todos los hombres estaban en la guerra contra Stannis, las casas tenían sus postigos cerrados, dándole a la ciudad un aspecto de abandono. Llegó al Torreón de Maegor donde se resguardaban las mujeres y esperó a que saliera una de las damas de compañía, estaba en la oscuridad, esperando, hasta que vio salir a la reina Cersei.
-Esto no debe ir bien – su voz a penas se escuchó con el clamor de la batalla.
Cambió su destino, esta vez iría a sus habitaciones, tal vez no la vería, pero al menos ahí podría recordarla y de alguna manera despedirse, en el fondo tenía la ilusión de encontrarla, llevarla consigo y ponerla a salvo de esa pesadilla. Caminaba rápido, aumentando la velocidad, una nueva llamarada verde se entrevió en una de las ventanas, se cubrió con el antebrazo. Humo, como cuando la encontró una noche en que el humo llenaba cada espacio del lugar, estaba tan a la orilla que pensaba que saltaría, se acercó en silencio, como acechándola, cuando perdió el equilibrio estuvo ahí para ella, otra vez, la tomó con firmeza, y no quería soltarla. Le decía pajarito, porque así era ella, un pajarito con el ala rota, al cual no quieres dejar nunca. Le contestó con voz áspera, como siempre lo hacía ¿de qué otro modo hacerlo?, era la prometida de Joffrey, y eso significaba estar siempre bajo amenazas, golpes y sadismos. Ella trató de balbucear una disculpa, por no haberle dado las gracias, como si a los perros les agradeciera por hacer su trabajo, eso lo descolocó, pero continuó como siempre, protegido bajo la máscara del terror que infundía, que le tuviera miedo, así no tendría la guardia baja cuando estuviera ante el Rey. Con su aspereza quería crearle una coraza, prevenirla con lo que vendría al estar con el cachorro de león. Cuando llegó a sus habitaciones estaba jadeando, sin darse cuenta había corrido el último trayecto del viaje, abrió la puerta y entró. Olía a ella, todo el lugar era ella, recorrió el cuarto y encontró vino especiado, apuró un trago y se sirvió de inmediato el segundo, era suave, demasiado para su gusto.
- Ahora empieza mi guardia – alzo el contenido haciendo un brindis, tomándose el contenido de manera íntegra, se sirvió el tercero – estoy cansado.
La copa nuevamente quedó vacía, la dejó al lado de la jarra de alcohol y se tendió en la cama, cerró sus ojos un instante, se volteó y escondió su cara en la almohada de la loba, inspiró su aroma, una vez, luego de nuevo, con cada bocanada de aire la sentía más cerca, de pronto su atención cambió, un nuevo ruido interrumpió sus acciones, podía oír el sonido de la guerra, la canción era conocida, aunque el ritmo que tenía sonada a derrota.
-Cuando entren a la ciudad todo se verá reducido a saqueo y violaciones – Se incorporó – ya floreció, podría incluso engendrar un bastardo, eso la destruiría.
Escuchó pasos, delicados y apresurados subiendo la escalera, era ella.
-Hasta acá llego la guardia – Se levantó de la cama y se sentó en la silla.
