SANDOR

Los pasos se acercaban cada vez más, se sentía nervioso, la puerta se abrió y ella apareció, con su rostro lleno de miedo, seguramente por eso trancó la puerta, como si eso la protegiera cuando la ciudad cayera. Abrió las cortinas y su rostro quedó en asombro cuando pudo comprobar lo que sucedía afuera de esas cuatro paredes, se fue a su cama, acurrucada como un pajarillo asustado y susurro el nombre de su loba, el perro se levantó de su silla, algo mareado por el vino, por lo que no fue silencioso, aunque lo suficiente para poder tomarla por la muñeca y taparle la boca. No tuvo necesidad de presentarse, ya que los cielos se volvieron verdes ante una nueva llamarada de fuego valyrio, sabía que no gritaría, pero de todas formas la amenazó.

- Me alegra verte – había sinceridad en su mirada, honestidad y miedo, como siempre cuando se miraban a los ojos - recé por ti hoy en el Sept.

Esa amabilidad a prueba de todo, a pesar de todo, ella había rezado por él, por un simple perro, ni siquiera era un caballero y sus plegarias habían ido a parar a su persona, a pesar de su grotesca quemadura, a pesar de todo. Le dijo que se iría y esperó una reacción de su parte, en el fondo quería que le pidiera que fueran juntos.

-Cántame una canción pajarito – dijo con voz áspera y una daga en su garganta –dijiste que me cantarías – el silencio nuevamente reinó el lugar, su respuesta fue que le daba miedo – ¡Mírame!- Su grito la sobresaltó y sus ojos se unieron un instante, luego alejó su mirada de nuevo.

En su mente comenzó a sonar una canción que creía olvidada "Deja que beba tu belleza" y eso era lo que quería hacer, ahí, con ella subyugada a su poder, no podría hacer nada, sabía que estaba a su merced, pero no podía, no de esa manera. Le ofreció cuidarla, un escape, lejos de todo lo que le daba miedo, lejos de los leones, de las arañas y los caballeros, ni con eso consiguió que lo mirara, por lo que recurrió a lo que hacía mejor, su fuerza. Retorció un poco su muñeca y ahí estaba, tendida en la cama, se acercó para besarla pero se detuvo, ¿había cerrado los ojos para recibirlo? Se alejó un poco, desconcertado, ella comenzó a cantar. No era la canción que esperaba, era una de esas religiosas, pero se conformó, decidió sacar el filo de su garganta. De pronto la canción se detuvo, y sintió la tibieza de la mano de Sansa en su mejilla, cerró el ojo y se acunó en ella.

- Siempre eres tan brusco – La voz de Sansa sonaba a un regaño, pero con la sutileza característica de la muchacha - También puedo ser suave – Se le acercó, tomó su rostro entre sus manos duras y encallecidas y la besó.

Era un beso de despedida, sabía que ella se quedaría allí, que no se volverían a ver, la besó suave al principio, luego fue más intenso, con el anhelo que siempre había tenido por ella. Finalmente se alejó, avergonzado, no era un caballero, y a ella le gustaban los caballeros, quiso decir algo, sin embargo las palabras no llegaron a él, decidió dejarle algo, pero no tenía nada para ella, finalmente le dejó la capa blanca, la misma con la que se había tapado ese día en la corte. Esperó un segundo en la puerta, por si cambiaba de opinión y se iban juntos, lamentó que lo único que escuchara de ella fuera la guerra que ocurría afuera, la que le apresuraba a irse del lugar.