SEGUNDA PARTE: LA TELARAÑA
Capítulo 5: Un Nuevo Inspector de Policía y Otro Inquilino Inesperado
Al día siguiente, mientras almorzaban, Javert sorprendió a todos diciéndoles que iría a presentarse a su trabajo.
—¿Está seguro, Javert? —quiso saber Jean Valjean con un dejo de preocupación en su tono de voz, dejando caer la taza de café humeante sobre el platillo—. ¿Cree estar lo suficientemente fuerte como para volver al trabajo?
—No veo la necesidad de discutir este asunto con usted, Valjean —respondió secamente mientras se ponía de pie y se dirigía hacia el perchero de madera tallada para recoger su sombrero y ponérselo—. Ya he faltado demasiado tiempo y tengo mucho trabajo qué hacer.
Dicho esto, cerró la puerta de calle tras él, dejando a sus tres compañeros bastante aturdidos con aquella inesperada decisión.
—Papá… —la chica se volvió con cara de consternación—, creí que el señor Javert había renunciado a la policía.
—Yo también, Cosette, pero veo que ambos nos hemos equivocado.
—¿Habrá renunciado entonces a su antigua manera de actuar y pensar? —se preguntó en voz alta el joven Marius.
Jean lo miró con detenimiento para luego perderse en sus propios pensamientos. No podía evitar sentirse algo preocupado por el destino su nuevo amigo.
—Por el bien de su alma, espero que así sea.
XOX
—¡Javert! —exclamó el sorprendido procurador de la policía, poniéndose de pie en cuanto lo vio entrar por la puerta de su oficina. Si no fuera porque era pleno día y estaba rodeado de gente, hubiera jurado estar viendo un fantasma—. ¿En dónde ha estado usted durante todo este tiempo? Realmente temí por su vida cuando recibí aquella extraña nota que me envió el día de su desaparición. Espero que tenga una muy buena explicación para todo esto, Javert.
Con el sombrero sujeto entre las manos, el aludido clavó su fría mirada sobre su jefe, logrando estremecerlo levemente a causa de su aparente falta de sentimientos.
—Lamento haberle preocupado, señor —respondió sin un atisbo de emoción en su voz pero con el tono propio de quien confía en sí mismo—, me gustaría poder explicarle lo que pasó, pero intentarlo tan sólo sería confundir aún más las cosas.
El procurador frunció el entrecejo, no pudiendo comprender del todo aquella ambigua respuesta por parte de su más hábil e implacable policía.
—¿Acaso el asunto de Jean Valjean tuvo algo que ver con su desaparición, Javert?
El inspector lo miró más fijo que nunca.
—Jean Valjean está muerto para mí señor —replicó.
Era como si hubiera dicho que aquel asunto estaba ya muerto y enterrado para él y que ya no había la más mínima necesidad de hablar sobre ello, por lo menos eso fue lo que entendió el obeso procurador.
—Bueno… ¡Ejém! —carraspeó un tanto incómodo mientras volvía a tomar asiento—. Entonces debo suponer que vuelve usted a la carga, ¿no es así?
—Así es, señor.
—Bien, realmente me hace mucha falta alguien como usted, Javert. Éste trabajo es bastante duro, como sabrá.
—Lo sé muy bien, señor, y es por eso que debo volver al trabajo inmediatamente —replicó con frialdad para luego inclinarse levemente ente su jefe en señal de despedida, pero, en cuanto le volvió la espalda, una repentina pregunta de parte el Procurador, lo paró en seco.
—Ha estado usted muy enfermo, ¿no es así, Javert?
—¿Por qué lo dice, señor? —le preguntó, dominando su sorpresa y su posición.
—Se le nota, Javert.
El aludido guardó silencio por algunos segundos antes de responder, perdido en sus pensamientos.
—Sí, señor. Lo he estado por mucho tiempo…
—Entonces procure cuidar más de su salud, Javert; sería una verdadera pena perder a alguien como usted en la Fuerza.
Javert sonrió para sus adentros, el Procurador no había comprendido el doble sentido de sus palabras. ¡Si supiera la clase de enfermedad que lo había estado aquejando tanto tiempo! Pero ahora estaba completamente curado y listo para comenzar un nuevo sendero en su vida, uno en el que esperaba encontrar la paz y sosiego que tanto necesitaba su alma.
—Disculpe, señor, pero debo trabajar. Tengo mucho trabajo qué hacer.
—Adelante, Javert —le hizo una seña significativa con la pluma en la mano y levantó la vista del papeleo que había por todo su escritorio, sonriéndole a medias—. Bienvenido a bordo.
El inspector simplemente sonrió imperceptiblemente y se marchó hacia su escritorio, dejando a su jefe profundamente atareado con sus propios asuntos.
Y así daba inicio a un nuevo capítulo en su vida sin tener idea que muy pronto la cruel sombra de sus crueles acciones pasadas caería sobre él.
XOX
Luego de ser apagada la llama de la revolución estudiantil, todo había vuelto a la normalidad para los parisienses, sin exceptuar a Jean Valjean, quien, junto a su hija Cosette, volvieron a dedicarse a la caridad donando su tiempo y comida a los más necesitados.
Mientras los menesterosos hacían fila para llenar sus cuencos de la sopa humeante que nuestros caritativos protagonistas les ofrecían tan solícitamente, un hombre de gran estatura y musculatura se metió en la fila para la molestia de los que estaban esperando detrás, quienes comenzaron a protestar contra el irrespetuoso hasta que éste volvió el rostro hacia ellos y los petrificó de miedo con una espeluznante mirada de advertencia, dejándolos mudos de espanto.
Uno a uno, Valjean y su hija fueron sirviendo el espeso alimento casi sin mirarlos a la cara porque los pobres hambrientos estaban tan desesperados por comer que muy pocos se detenían a levantar el rostro del plato y dar las gracias. Poco importaba a nuestro protagonista aquella actitud poco agradecida, puesto que como él mismo había sido una persona pobre y hambrienta, los comprendía perfectamente.
Tan inmerso estaba en su generosa actividad y en sus propias cavilaciones, que ni siquiera se percató de la verdadera identidad del grotesco gigante que se paró delante de él. Llenó su cuenco con un movimiento mecánico y esperó al siguiente sin percatarse de la burlona sonrisa del hombre que aún permanecía frente suyo.
Extrañado porque la fila no avanzaba, por fin Jean Valjean levantó la vista hacia el desconocido y no pudo evitar sentirse un tanto sobresaltado al contemplar su curtido y robusto rostro. Muy dentro de él creyó conocerlo de algún lado.
—Qué gusto volverte a ver, compañero —le dijo el extraño con una enorme y maliciosa sonrisa.
—¿Perdón? Acaso… ¿lo conozco?
—Fuimos compañeros por muchos, muchos años, número 24.601
—¡LeBlanc! —exclamó, con los ojos como platos, sorprendidísimo—. Pero tú… ¿No deberías estar en prisión?
—Me escapé —respondió, fresco como una lechuga—. Así que ahora necesito de tu ayuda para esconderme hasta que los perros dejen de buscarme, amigo mío.
—¿Esconderte? ¿En dónde?
LeBlanc sonrió ampliamente, tratando de esconder toda la malicia que anidaba en su interior, saboreando el momento de ponerle las manos encima a Javert.
—En tu casa.
—¡¿En mi casa? —repitió espantado, pues en un segundo pasaron por su mente todas las atrocidades que LeBlanc había cometido en el pasado en contra de hombres, mujeres y niños. Él representaba un gran peligro para cualquiera, sobre todo para su hija e inclusive para el inspector Javert, quien había sido su carcelero por varios años.
No puedes quedarte en mi casa —replicó rápidamente, endureciendo su rostro.
—¿Cómo? —frunció el entrecejo, sinceramente sorprendido, pues no esperaba esa respuesta. Pero él no era hombre que renunciaba con facilidad, por lo que decidió poner las cosas en claro.
Entonces, acercando su rostro a la de su viejo compañero de presidio, se inclinó un poco para poder mirarlo a los ojos y declaró con tono amenazante:
—¿Es que acaso te has olvidado de todo lo que he hecho por ti cuando estuvimos encerrados como ratas? ¿Has olvidado lo mucho que sufrí por ti? ¿Así es como me lo agradeces, amigo? —remarcó la última palabra con la vista fija sobre Jean Valjean, dejándolo impactado.
Por su mente pasaron velozmente una por una todas las vicisitudes que había pasado junto a su compañero cuando ambos estuvieron en las crueles canteras, los castigos que LeBlanc había sufrido cuando se adjudicaba sobre sí mismo los errores que él cometía, confesándole luego con una sonrisa que él hacía eso porque siempre iba a soportarlo mejor que él y que algún día le pediría algo a cambio por su "desinteresado" sacrificio y que estaba seguro de que su "amigo" jamás le negaría ayuda alguna.
Tras recordar todo esto, Jean, pestañó unos segundos hasta que por fin reaccionó y tomó al convicto fuertemente por el brazo y se lo llevó de allí hasta un lugar apartado bajo la sorprendida mirada de la joven Cosette.
—¡LeBlanc! —exclamó un tanto molesto—. ¿Qué intentas hacer? ¿Sobornarme? Yo no…
—¿Acaso pedirle ayuda a un amigo es un soborno? —replicó astutamente, tocando el bondadoso y ya endeble corazón de nuestro protagonista.
A Jean no le quedó otra cosa que fruncir el entrecejo y ceder.
—Te quedarás con nosotros solamente hasta esta noche, LeBlanc; haré arreglos para que puedas salir de Francia mañana mismo. De momento deberás esperarme aquí, oculto entre las sombras del edificio, hasta que mi hija y yo terminemos de alimentar a los pobres.
El bandido asintió obediente, y mientras observaba a su ingenuo amigo dirigirse hacia el comedor improvisado y unirse a una intrigada Cosette, sonrió como un demonio: muy pronto, tanto la chica como Javert, le ofrecerían una gran diversión.
Nota de una Autora Descuidada:
¡Por fin aparecíiii! Lamento haber estado tan ausente de Fanfiction, aún no he logrado solucionar mi problema de horario de dormir, sigo acostándome re tarde y sigo muerta de sueño durante el día : ( así que no logro concentrarme como debiera y las ideas no fluyen… Para colmo se me dificulta estudiar y no puedo comenzar mi historieta que pretendo publicar muy pronto en un semanario de mi ciudad… No hay nada qué hacer, luchar contra uno mismo es la peor lucha que puede haber… ¡Estero volver a publicar el siguiente capítulo muy pronto porque la trama principal está a punto de comenzar!
¡Muchas gracias por leerme!
¡Cuídense!
Sayounara Bye Bye!
Gabriella Yu
