Capítulo 6: Comienza la Venganza

Aunque Jean Valjean no deseaba que Cosette tuviera contacto alguno con su ex compañero de presidio Leblanc y sentía que había algo en él que lo ponía nervioso, una especie de presentimiento que le advertía que debía mantenerlo vigilado hasta que se marchara de París, no podía ignorar su propio sentimiento de lealtad que siempre había profesado su alma hacia aquellos que lo habían ayudado de una u otra forma en el pasado, exigiéndole que fuera fiel hacia su antigua amistad y ayudara a Leblanc, haciendo caso omiso de sus malos presentimientos.

Y así fue que, luego de dejar a Cosette en casa, regresó a buscar a su antiguo amigo en el lugar en donde se habían encontrado y también se lo llevó a su hogar, pero lo hizo entrar por la puerta que daba al patio trasero para que nadie de la familia lo viera, sobre todo Javert. Jean daba gracias a Dios de que su ex persecutor aún se encontrara en trabajando. Si todo iba bien, el inspector jamás se enteraría de que un prófugo estaría viviendo bajo el mismo techo, aunque sólo fuera por una noche.

—Te quedarás en esta habitación hasta que sea el momento de sacarte de Francia, Leblanc —le dijo mientras abría la puerta de un sencillo cuarto ubicado al final de la casa, un sector en el que ni siquiera madame Toussaint frecuentaba—. Te traeré algo de comer y ropa nueva, así que puedes ponerte cómodo hasta que regrese.

Pierre Leblanc obedeció sin chistar, una leve sonrisa siniestra se dibujó en su rostro.

—Siento no presentarte a mi familia, pero es mejor que los mantengamos al margen de todo esto, Leblanc.

—Esas cosas nunca me importaron, Jean —respondió el fugitivo.

—… Es verdad… —asintió pensativo, su amigo Pierre jamás había sido un hombre con educación, era tan bruto y tosco como una piedra manchada con lodo—. Bien, entonces volveré en unos minutos con tu cena.

Y la puerta se cerró, dejando a solas a Leblanc en su nueva habitación, regodeándose con su pronta venganza contra Javert. Por fin estaba dentro de la casa en la que extrañamente también vivía aquel maldito inspector, ¿en qué diablos estaba pensando su viejo amigo Jean Valjean con darle protección bajo su mismo techo? ¿Acaso había perdido el juicio o aquel policía lo tenía amenazado? Muy pronto sabría de qué lado estaría, de parte de él y su venganza o de su enemigo y la muerte misma.

Cuando nuestro protagonista regresó con una muda de ropa y con un plato de sopa, carne, pan y vino, todos dispuestos en una bandeja de plata que dejó sobre una tosca mesa de madera que se encontraba en el centro de la habitación, se sorprendió cuando su amigo Leblanc cerró la puerta tras de sí y se recostó sobre ella con los brazos cruzados, observándolo con el ceño fruncido.

—¿Qué es lo que sucede, Leblanc? ¿Por qué cerraste la puerta? —Jean se incorporó, sus músculos se tensaron y la alarma se disparó en su cerebro.

El aludido pareció estudiarlo en silencio, finalmente sonrió entre la malicia y la burla.

—Dime, Jean… ¿por qué dejas que ese condenado inspector viva bajo tu mismo techo?

Valjean entrecerró los ojos.

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso estuviste espiándonos, Leblanc? ¿…A qué viniste realmente?

La sonrisa del prófugo se ensanchó y el silencio se hizo más pesado, peligroso…

—Vine a asesinar a ese maldito infeliz de Javert.

En alguna parte de su ser, Valjean había temido escuchar esas palabras de los labios de su amigo y compañero de presidio. Aquel presentimiento que había sentido cuando se había reencontrado con él, había sido una advertencia que no había querido escuchar de sí mismo.

—¿C-cómo?

—Dije que quiero vengarme de ese condenado policía y quiero que tú me ayudes, amigo mío.

—¡¿QUÉ?! —abrió desmesuradamente los ojos, no se había esperado escuchar semejante pedido.

¿Acaso has perdido la razón, Leblanc? ¡Jamás asesinaría a un policía y mucho menos al inspector Javert! —exclamó, furioso, rugiendo como el león que era.

La desagradable sonrisa del presidario fugado desapareció inmediatamente, dejó caer los brazos a los costados, sus puños se crisparon y sus ojos azules se oscurecieron, llenos de ira.

—¿Me estás diciendo, maldito infeliz, que no quieres ayudar a tu viejo amigo a vengarse? ¿Acaso no te importa nuestra vieja amistad? ¡¿Todo lo que pasamos juntos en esa maldita cantera?! ¡Éramos como hermanos y cuidábamos nuestras espaldas! ¡¿Acaso ya te has olvidado de todas las veces que te salvé el cuello, maldito desgraciado traidor?!

—¡Ninguna amistad vale un asesinato, Leblanc! ¡Piénsalo bien! ¡Si te atrapan te condenarán a muerte!

—¡Ja! ¡Si me atrapan! —se burló, pero su sonrisa duró tan sólo un segundo—. Eres tú el que debe pensar bien las cosas, Jean Valjean, te juro que si no me ayudas a asesinar a ese condenado policía, habrá más de un cadáver en esta casa.

Jean palideció ante tan terrible amenaza, comprendiendo al fin que había sido una malísima idea ayudar a su ex compañero de presidio conociendo muy bien cuán peligroso era. Ahora, por culpa de su bondad ciega, había puesto en peligro a su familia y también a su reciente y muy valiosa amistad. ¿Qué haría ahora? ¿Cedería a las demandas de aquel loco o se opondría férreamente aunque aquello le costara su propia vida?

Poco a poco fue cerrando los puños a ambos lados de su cuerpo y apretó los dientes hasta casi hacerlos chirriar. Sí, Jean estaba furioso, furioso contra quien había sido su único amigo durante años y furioso consigo mismo por haber sido tan ciego ante la maldad del hombre que ahora lo amenazaba a él y a su familia.

Pero, debía tomar una decisión.

—Está bien, amigo, te ayudaré con la condición de que no dañes a mi hija Cosette. Ella es una niña inocente que nada tiene que ver con la maldad de nuestro mundo.

Leblanc sonrió funestamente.

—Trato hecho, entonces.

—¿Cuándo quieres hacerlo?

—Esta misma noche si es posible. ¡No veo la hora de romper su cuello con mis propias manos! —exclamó con gran entusiasmo haciendo un ademán como si realmente tuviera a su víctima entre sus garras—. ¡He soñado con este momento casi toda mi vida y ya no puedo esperar más!

—Entonces te lo entregaré a medianoche —replicó con frialdad, ignorando el sabor de la bilis en su boca. No podía evitar sentir asco por aquel petulante sujeto a quien alguna vez había considerado como su amigo, un igual.

—¡Magnífico! —susurró, saboreando ya el momento ya apartándose de la puerta para dejar pasar a Jean.

—Tendrás que esperarme aquí hasta que yo regrese a medianoche con Javert —pasó por su lado y tomó el pomo de la puerta, dándole la espalda a al presidiario—. Claro que él no sabrá que estás aquí y…¡AGH!

Emitiendo un corto gemido de dolor, un inconciente Jean Valjean cayó pesadamente sobre el suelo cuan largo era. De pie detrás de nuestro caído protagonista, Leblanc sostenía entre sus manos la pesada bandeja de plata en la que su antiguo amigo le había traído la cena. Sonrió muy satisfecho con su obra.

—¿Me creíste estúpido, Jean? ¿Creíste que iba a quedarme aquí muy tranquilo mientras ibas a hacerme arrestar con ese condenado inspector de policía? Ahora todo se puso claro para mí… —sus ojos brillaron con la perspectiva de una sangrienta masacre—: asesinaré a todos los que viven bajo este maldito techo.

Notas de una Autora Descuidada:

¡Hola a todos! Luego de tanto tiempo he logrado volver a la escritura de fics, les parecerá algo corto el capi comparado con los demás, pero a medida que vaya pasando el tiempo serán más largos Originalmente este capítulo era completamente diferente, pero poco antes de terminarlo, el SO de mi pc portátil murió y perdí todo lo que tenía, incluyendo el capítulo mencionado Aunque volví a escribirlo, salió completamente diferente al anterior…

Y volviendo al capi… ¿qué sucederá ahora en la casa con Valjean incapacitado? Cosette, Mario y madame Toussain están en grave peligro y Javert no tiene la menor idea de lo que está pasando, ¿qué sucederá cuando regrese a casa? ¡Muy pronto lo leerán!

Nos leemos en el próximo capítulo!

Cuídense!

Sayounara Bye Bye!

Gabriella Yu

PD: No olviden comentar ^_^

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