Disclaimer: Como siempre, los personajes no son míos, pertenecen a la maravillosa escritora de Stephenie Meyer. Yo solo soy una chica con imaginación que creo otra historia a partir de ellos, jeje. La trama es mía.
Cuando la alarma sonó, ya llevaba veinte minutos despierta. Le di un golpe al reloj y hundí la cabeza contra la almohada.
Desde el viernes en la noche que no había podido conciliar bien el sueño. Y apestaba, pero era inevitable que cada vez que lograba cerrar los ojos, una pesadilla de Mike Newton tirándose a Heidi aparecía en mi mente, y me despertaba de golpe. Con el corazón martilleándome el orgullo roto y un escozor en el pecho.
Me había dado cuenta entonces, que no iba a dejar que el idiota se saliera con la suya. Oh no señores, lo quiero ver llorar por perdón. Y tenía un plan casi conformado para eso en mi mente.
Bueno, en realidad no era un plan, estrictamente hablando era la forma en la que iba a conformar uno, para recién poder llevarlo a la práctica y lograr…
Bufé.
¿A quién engaño? Joder. Bella, eres pésima buscando venganza.
¿Por qué diablos era tan mala para este tipo de cosas? Parecía que la-perra-que-llevo-dentro jamás decidía salir de su escondite bajo la cama.
Era un fiasco. Sí. Y desgraciadamente por eso no tenía más esperanza que la puesta en mi "plan".
Me levanté apresuradamente, consciente de que mis conflictos internos estaban consiguiendo que me retrasara.
Precisamente, hoy día iba a conseguir todas las respuestas.
Estacioné mi auto fuera del Marshall's Institute. Era lugar era bonito, debía admitir. Mi padre trabajaba aquí desde hace cinco años, pero yo no había estado aquí más de diez veces. Miré a través de mis lentes de sol el portón de entrada, que daba a un aparcamiento destechado. Podía distinguir las hileras de coches reluciendo al sol.
Descendí de mi viejo Chevrolet Chevy 250 SS con paso endeble, colocándole la alarma al tiempo que me subía la capucha del sudadera. Era una pequeña protección (junto con los lentes) por si Charlie tenía la ocurrencia de salir a dar un paseo de media tarde por el campus, y me descubría allí, espiando a sus alumnos tras los autos.
Sonreí ante la imagen mental. Eres una acosadora Isabella.
Llegué a la verja del estacionamiento y le dediqué una larga mirada a cada una de las maquinas aparcadas. Aunque no lo crean, esta realmente era la primera fase del plan. Recorrí con la vista buscando un vehículo en específico.
Estaba repleto de autos lujosos. No conocía mucho sobre marcas (sabía cómo se llamaba la de mi coche solo porque papá me lo había dicho el día que me lo regaló). Pero imaginaba, viendo los modelos, que cada uno debía valer millones.
En ningún momento me topé con el coche de Mike. Imaginé que quizás justo ese día había faltado, y el alivio me recorrió de pies a cabeza, como un suero anestésico.
Seguí caminando un gran trecho, cuando me topé con un par de estudiantes, que charlaban animadamente. Me miraron con desprecio, pero pasaron de largo. Pensé que era aun demasiado temprano para encontrar gente vagando. Miré el reloj.
Oh, no.
Faltaban cinco minutos para el término de las clases. Sentí un retorcijón en mi estómago. ¿Y si me llegaba a topar con Mike? Quizá me había pasado su auto de largo y sí había venido, ¿Si alguien me reconocía como la fracasada de la fiesta del viernes? Fruncí los labios… ¿Qué sucedía si Heidi me descubría? La había llamado perra…
Frente a mí una bestia de color negro apareció, imponente. Me detuve de golpe, porque casi había seguido caminando. Era exactamente lo que mi memoria buscaba.
Alrededor, grupos de personas cada vez más grandes comenzaron a aparecer, pero nadie parecía prestarme atención; genial. Decidí arrinconarme contra la pared tras el vehículo que acababa de encontrar, mirando hacia el suelo en todo momento.
Esperé así, sin siquiera volver a echar una mirada a la despampanante motocicleta negra estacionada frente a mí.
Un par de minutos después, la campana sonó.
El tiempo avanzó lentamente, pero no levanté la vista, asustada por posibilidad de que al hacerlo frente a mí estuviesen Heidi y Mike burlándose, refregándose uno contra otro, como el viernes en la noche. Escuchaba a los estudiantes poner en marcha sus autos a mí alrededor e incluso, capture un par de conversaciones sobre ir al cine o al mal.
Pero nadie reparo en mí.
Cuando ya tenía los pies acalambrados de mantener la posición apoyada contra la pared, y el cuello me estaba comenzando a escocer por haberlo tenido doblado tanto tiempo. Unas pisadas llamaron mi atención.
Me tensé de inmediato. Expectante. Pero no levanté los ojos.
— ¿Te conozco? —Aguanté la respiración. La voz no era exactamente como recordaba. Sentí su cercanía cuando dio un paso más en mi dirección. En el suelo, pude ver parte de sus botas.
La inseguridad barrió mi cuerpo como un tifón. De repente todo lo que había planeado se sentía ridículo. ¿Por qué iba él a aceptar hablar conmigo?
Mi acompañante hizo el amague de dar otro paso, pero yo levanté la vista antes de que el acto se concretara.
Ahí, ya estaba hecho.
Edward Cullen me observó atentamente con el ceño fruncido y un gesto de confusión.
— ¿Te conozco? —insistió, pronunciando las palabras más lento.
Suspiré, porque ¿cómo decía Charlie?; El que no se arriesga no sale vivo… ajá. O era ¿cruza el río? Mierda.
Me quité la capucha y los lentes, tan lentamente, que creo que incluso se vio teatral. Con aquella misma parsimonia fingida, saqué mi cabello de la sudadera y dejé que cayera libre sobre mis hombros.
Sus ojos se posaron sobre los míos por primera vez y vi su rostro mantener el ceño durante un minuto. ¿Qué sucedía si no me recordaba?, en realidad no había considerado esa opción… Entonces, su faceta inquietante se deshizo. El reconocimiento brilló levemente en sus ojos antes de que su ceño se alisara.
Pero inmediatamente, tan rápido que el alivio ni siquiera me alcanzó, en su rostro se formo un gesto de molestia.
Él estaba enojado, conmigo.
—Ah. Eres la niña del viernes.
Niña. La palabra me golpeó tanto como su mal humor.
—Tengo diecisiete años —solté
Puso los ojos en blanco, por supuesto, porque mi respuesta era la que hubiese dado una niña de cinco. Me percaté de que una de sus mejillas tenía un feo círculo rojo.
— ¿Qué haces aquí? ¿Venías a esperar que el capitán terminara de burlarse? —Esbozó una sonrisa ladina— porque yo no pienso volver a salvarte si sucede…
—Necesito hablar contigo —interrumpí
Dejó de hablar, y supe que había capturado su atención; para bien o para mal. Levantó las cejas irónicamente, como diciendo que realmente pensaba que yo había venido a buscar a Mike y que toda esta escena de encontrármelo al lado de su moto era mera coincidencia.
—Explicaría el porqué estás sola en este lugar —Se encogió de hombros, retomando su indiferencia.
¿Sola? Observé a mí alrededor; casi todos los autos se habían marchado. Solo quedaban un par de vehículos esparcidos por aquí y por allá. Recién entonces me percaté del silencio que inundaba el estacionamiento, ya ningún estudiante transitaba por aquí.
Me sonrojé. ¿Cuánto rato había estado esperándolo?
—Dime niña. ¿Qué quieres hablar? ¿Venías a agradecerme nuevamente lo de la fiesta? Porque no estoy ni los chocolates ni la carta sellada con corazones.
Quise soltar un suspiro. Nuevamente con lo de "niña".
—Tengo una propuesta para ti.
Sus ojos se entrecerraron, yo tomé aire. Ya estás aquí Bella, no hay forma de volver.
—Necesito que los hombres me vean como una chica a la que querrían llevarse a la cama. — Apreté la mandíbula— Quiero que me enseñes a ser como Heidi.
— ¿Una zorra? —levantó las cejas.
Me sonrojé violentamente. Yo no había querido decir…
Edward Cullen lanzó una gran carcajada sardónica y comenzó a reírse como si yo le acabase de contar que tenía cola y un par de antenas.
Crucé los brazos, porque estaba siendo insultada nuevamente.
—Isabella —dijo, cuando las risas cesaron— ¿Cómo piensas que yo puedo ayudarte en eso? —ladeo la cabeza, con gracia— Ni siquiera sabes con quien te estás metiendo.
Me sorprendí. Recodaba mi nombre. Y no me había llamado niñita.
—Todo el instituto te conoce. —sisee— Mi padre siempre hablaba de ti. Además, el idiota de Mike jamás dejaba de hablar sobre la cantidad de nombres que han pasado por tu cama. Te conozco, Edward Cullen — Sus ojos se abrieron cuando mencioné su nombre. Touché—, sé que una de tus grandes cualidades es ser un mujeriego. Lo único que necesito, es que me digas como ser una de esas tipas que te llevarías a la cama.
No puedo creer que YO haya dicho eso.
—Tu padre, el director —entrecerró los ojos. Suspiró—. Ah. Swan, por más divertido que suene, no veo porque tendría que aceptar ese trato. ¿Qué te hace pensar que voy a aceptar?
—Puedo borrar tu expediente.
— ¿Qué? —me dio una mirada iracunda.
El momento de la verdad era este. Todo mi juego, dependía de las próximas palabras.
—Dije que te conocía, Edward. Mi papá me ha hablado de ti un par de veces y ¿Sabes que me contó? —Terreno peligroso Bella— Dijo que a pesar de ser un alumno excepcional, tu expediente estaba tan manchado que sería imposible que consiguieras un cupo en las mejores universidades…
—Niña, tu no deberías saber eso.
—Pero lo sé —alcé las cejas — y conozco la forma de eliminar los datos del computador de mi padre, Cullen. Cada uno de ellos. Te ayudaré a limpiar tu imagen. Ese es el trato.
Mi estómago se hizo una bola apenas terminé de decirlo. Intenté colocar mi mejor cara de decisión, pero en realidad estoy muy segura de que lo haya conseguido. Edward sostuvo mi vista por lo que parecieron ser segundos eternos, quizá, incluso minutos. Hice de mi mano un puño, para ocultar mi nerviosismo.
Había estado averiguando cosas de él desde el sábado, sabía que mi trato tenía que interesarle aunque sea un poco. Sus padres adoptivos eran Carlisle y Esme Cullen: el reconocido doctor y la afamada arquitecta. Billy me había contado un par de cosas sobre ellos, de hecho, Carlisle me había atendido en el hospital cuando me rompí el brazo. Sabía que Edward Cullen iba a considerar mi propuesta; porque el prestigio de su familia estaría aun más destrozado por su culpa si no entraba a un lugar como Harvard o Stanford.
Cuando me salvó en la fiesta del viernes, lo reconocí de inmediato. Una vez había chocado con él cuando iba saliendo de la oficina de mi padre. Seguramente él no lo recordaría, pero fue suficiente para recordarlo.
—Si de verdad crees que vale la pena lo que estás haciendo — dijo. Interrumpiendo mis pensamientos — entonces bien; estoy dentro.
Y en ese momento, sí chicas, sentí como si estuviera volando (por más absurdo que suene).
Soy realmente una nena.
—Entonces Swan, te veo mañana. —Hizo un gesto con la mano, desde su frente hacía mí.
Edward Cullen me dio la espalda y comenzó a subir en su vehículo, la despampanante motocicleta negra con llantas monstruosas…
—Espera, Cullen ¿Qué… qué acabas de decir?
Rodó los ojos como si fuera estúpida.
—Ha-bla-mos ma-ña-na, Isabella. —Pronunció cada una de las sílabas.
Bufé, había escuchado perfectamente.
— ¿Cómo se supone que vamos a hablar? No tengo tú número, ni tú…
—Jamás imaginé que fuese imposible toparse en un pasillo, entre clase y clase —alzó una ceja.
—Pero yo no voy en este instituto —susurré. Él no pareció sorprendido. Sacudió la cabeza con diversión.
— Te veo en la semana, Swan —reiteró, con una sonrisa torcida y antes de colocarse el casco, añadió; — si realmente quieres conseguir lo que deseas, entonces vas a tener que partir por asumir el costo.
Me hice a un lado cuando puso en marcha la moto. Lo vi salir como un rayo del estacionamiento, a una velocidad seguramente ilegal. Y apenas me quedé sola, comencé a pensar en la clase de lío en la que acababa de meterme.
Quizá no lo había mencionado antes, pero estudiaba en una pequeña escuela estatal exclusiva de mujeres. Y Cullen, acababa de insinuarme que la única manera de seguir con el trato era cambiándome a su estúpido colegio privado… podría conseguir una beca con Charlie pero ¿Estaría haciendo realmente lo correcto?
Mi cuerpo fue deslizándose contra la pared hasta quedar sentada en suelo. Seguramente no era lo más cuerdo pedirle ayuda a alguien que había estado varias veces en la comisaria y se había acostado con medio país. Pero apenas el recuerdo de Mike asomó en mi cabeza, me di cuenta que no importaba.
Iba a conseguir que papá me otorgara esa beca como fuera.
Iba a conseguir que Mike Newton llorara como un bebé, pidiéndome perdón.
