Disclaimer: Como siempre, los personajes no son míos, pertenecen a la maravillosa escritora de Stephenie Meyer. Yo solo soy una chica con imaginación que creo otra historia a partir de ellos, jeje. La trama es mía.

Sinceramente, tuve muchos problemas el año pasado, por eso fue que jamás retomé la historia. El poco tiempo que dediqué a escribir, lo dediqué a otros proyectos, sí, perdonen. Pero hace poco encontré el archivo de esta historia en mi computador, y ¡vaya! la trama volvió a tomar forma frente a mis ojos y fue inevitable que retomara la escritura una vez que se reactivo la imaginación. Así que, para las que aun quieran darle una oportunidad y saber como continua, aquí está.

Les pido mis más reales disculpas chicas.


El día que me presenté en "el instituto de señoritas" para informar mi transferencia al Port Angeles Institute cause un gran revuelo a nivel escolar, y no es porque tuviese muchas amigas que me fueran a extrañar; no. La verdad es que nadie creía que yo, Isabella Swan (la chica que jamás destacaba en nada) fuese a entrar al instituto más prestigioso que se puede encontrar aquí en Port Angeles (por supuesto, quizá omití intencionalmente mencionar que el logro era gracias a mi padre, el director). Como sea, Ángela fue la única que me abrazó cuando le comenté mi decisión, aunque lamenté el haber tenido que inventarle motivos falsos para encubrir los reales, era de seguro la única a la que iba a extrañar.

Volví a colocarme como un tomate cuando recordé lo que le había dicho a Charlie hace dos días para convencerlo.

— ¿Papá? — pregunté, cuando ya llevábamos un buen rato conversando en la mesa. Asintió para que siguiera — ¿Recuerdas cuando… — me removí incomoda— cuando dijiste que estudiar en el PAI* era mejor para mi futuro?

Mi padre, dejó la tostada que tenía en la mano, a medio camino entre la mesa y los labios, y se quedó mirándome con la boca abierta.

—Resulta que lo estuve pensando desde que me lo dijiste –continué- y me gustaría utilizar esa beca.

Su expresión atónita no cambió. Pasaron cerca de veinte segundos antes de que hablara.

—Bella… —dijo lentamente— te lo dije hace tres años. — Hizo énfasis en la palabra tres.

—Lo sé, pero era una decisión bastante difícil y…

— ¿Tres años? — Volvió a repetir— ¿has estado pensándolo durante tres años?

De alguna forma bastante molesta, seguía insistiendo en destacar el número de mi perdición.

Sabía que esto resultaba ridículo. ¿Por qué mejor, no se abría bajo mi silla un agujero negro?

—No estrictamente dicho, pero…

— ¿Es por los chicos? — Me sobresalté — ¿Decidiste que hay un chico lindo que quieres conocer?

—Por dios — apoyé la cara en mis manos— ¡no voy a responder eso!

—… estaría bien si se trata de eso. Sabes que puedes contarme todo, no tienes porqué ocultármelo.

Trágame tierra.

—No es sobre chicos, papá —sisee— sabes que querer conocer a un chico no me llevaría a esto.

Charlie hizo una pequeña pausa y sé quedó mirando fijamente su taza de té. Durante un instante, pensé que lo peor había pasado. Pero cuando volvió a levantar su rostro, había perdido todo el color.

—Entonces ¿es por una chica?

Y así, me había tomado media hora convencerlo de que la decisión estaba severamente basada en el éxito de mi futuro profesional.

Pero finalmente aquí estaba. Eran las ocho con treinta de la mañana y estaba por cruzar la puerta a mi primera clase. Emily Brontë estaría orgullosa, pensé y… seguramente me estoy volviendo loca. ¿Por qué pensé eso? Tonta, Bella.

Mi padre me había entregado el horario apenas llegué, así que sabía que la puerta que tenía frente a mi era la sala de literatura. Tomé una gran inhalación al cruzar el umbral. Apenas puse un pie dentro de la clase todos se volvieron a mirarme, con recelo. Por instinto natural, bajé la vista a mis pies.

La profesora se acercó con una sonrisa para darme la bienvenida. Me saludó y me tiró del brazo hasta colocarme enfrente de todo el salón. Este era exactamente el tipo de exhibición que no puedo soportar, así que mis mejillas se colorearon de rojo tan pronto como termino de decir:

—Isabella estará con nosotros durante el resto del año. ¿Alguien tiene algo que quiera decirle?

Vale añadir, que por expresa petición mía, la maestra no mencionó mi apellido. Gracias a Dios. A sus miradas de recelo no deseaba agregar el desprecio por ser la hija del director.

Una risa mal disimulada con una tos se escuchó en el salón. Levanté la mirada, barriendo la sala superficialmente con los ojos.

—Yo tengo una —dijo una voz—. ¿Dónde compraste esa ropa? ¿En Walmart?

Mi corazón dio un salto. Toda la clase comenzó a reírse, pero yo, ubiqué el origen de la pregunta al costado del salón, contra la pared, donde un chico colorín estaba chocando los puños con sus amigos.

—¡Dimitri! —exclamó la profesora— Una palabra más y tendrás que abandonar el salón.

Sentí que el mundo se desvanecía bajo mis pies, en menos de diez minutos ya me había posicionado como el bicho raro. Comencé a jugar con mis manos, tenía que ocupar la atención en cualquier otra cosa.

— ¿Alguien desea decir algo atribuible a personas de su edad? — La clase se cubrió de un desinteresado silencio durante unos instantes.

Alguien carraspeo.

—¿Podrías repetir tu nombre?, creo que no lo escuché desde acá atrás.

La voz venía desde la esquina derecha. Dejé de jugar con mis manos. Reconocí la tonalidad antes de toparme con los orbes verde esmeralda. La profesora me miró, expectante a que superara mi timidez y alzara la voz. Por supuesto, la profesora ignoraba el hecho de que el joven ya conocía perfectamente la respuesta a su pregunta.

—Isabella — respondí, a regañadientes.

¿Lo esta haciendo solo para molestarme?

Una sonrisa de suficiencia se formó en el rostro de mi nuevo compañero de literatura. Gracias a esa sonrisa, fui capaz de darme cuenta a donde nos quería conducir con esto, antes incluso de que volviera a formular la siguiente pregunta.

No me agradó descubrir que tenía razón.

— ¿Isabella cuanto?

Me mantuve en silencio. La sonrisa se ensanchó en el rostro de Cullen.

—Si no es un problema que lo sepamos, por supuesto.

Todo el mundo tenía su atención puesta en mí, estaba arrinconada. A estas alturas, algunos ya debían creer que era una especie de retrasada por no contestar una pregunta tan simple.

No quedaba de otra, incluso si decidía no responder, resultaría sospechoso que me negara a una petición tan simple.

Suspiré.

—Isabella Swan.

Una serie de murmullos se oyó en el lugar. Genial Isabella, esto era todo lo que soñabas.

Palabras como "director" e "hija" fueron identificables entre el bullicio. Miré a la profesora, solicitando ayuda. Entendió mi suplica muda de inmediato

—Puedes pasar a tomar asiento, Isabella. — me dijo.

Caminé hacia un costado del salón, con todas las miradas puestas sobre mí; algunas de desprecio, otras de curiosidad. Estaba comenzando a pensar que quizá todo este plan simplemente había sido un arranque de locura. Que mis propias decisiones estaban frente a mi bailando con faldas y ukeleles una canción hawaiana, a modo de burla, como diciendo "Charlie te advirtió que no era bueno escupir al cielo."

Ay, dios mío, Charlie y sus frases.

Tomé asiento en la esquina contraria a Cullen, al lado de un chico que parecía estar durmiendo y me hundí en el puesto todo lo que pude.

La clase continúo sin novedad alguna, parecía que al menos, los chicos tenían respeto por la profesora y durante su clase no volvió a oírse ningún comentario. Aunque descubrí varias miradas escrutadoras, durante los primeros minutos intenté fuertemente mantener la atención puesta en la clase y hasta que me pareció evidente que no iba a poder sacarme de la cabeza lo que Edward acababa de hacer, me rendí con eso de tomar apuntes.

Arrojé el lápiz fuera de mi alcance y oculté mi rostro con las manos. ¿Qué quería conseguir con aquella pregunta? Eché una corta mirada, entre mis dedos en su dirección, parecía concentrado en lo que fuera que la maestra estuviese escribiendo en la pizarra. Claro, todavía existía la opción de que lo hubiese hecho solo para molestarme

Pero de no ser así, suspiré, entonces ¿Qué tipo de juego se traía entre manos?

No era parte de nuestro acuerdo fingir ser amigos dentro de la escuela, recordé. Pero tampoco habíamos hecho ningún acuerdo fuera del principal. Recaí repentinamente en lo sola que me encontraba en este lugar, no conocía a las personas, ni el ambiente que se formaba aquí dentro, ni siquiera conocía la mecánica del instituto. El único punto de tierra firme, la única persona a la que conocía era Edward Cullen... y no era exactamente el tipo con mejor reputación del lugar.

Decidí que más tarde tendría que evaluar mejor la situación.

El chico a mi lado continuaba durmiendo cuando tocaron la campana. Mordí mi labio, meditando si debía despertarlo antes de salir del salón. Quién sabe, quizá también tenía por costumbre dormir en los entretiempos.

—Yo no lo despertaría

Cullen está observándome cuando doy media vuelta. Desvío la vista.

—Tengo entendido que hace dos días abandonó su casa — continúa— si lo despiertas, puede que hagas todo lo contrario a una buena acción. — Baja la voz— y entre nos, ambos sabemos que malas acciones es lo que menos se necesita para mejorar tu popularidad en este minuto.

Ruedo los ojos, pero me doy por vencida con el tema. No conozco tanto al chico para ejercer un juicio, así que tomo mi mochila y me encojo de hombros.

— ¿Qué quieres? — Le pregunto un poco más ruda de lo que deseo— ¿o es que se te acaba de ocurrir otra pregunta para hacerme?

Entrecierra los ojos y echa un vistazo alrededor suyo. Siguiendo su mirada, descubro que el último grupo de personas está abandonando el salón.

—Ya veo. — responde, socarrón.

Camina hasta la puerta y le coloca pestillo. Lo miro como si se hubiese vuelto.

—Ay, Swan — Chasquea la lengua— tenemos un serio conflicto entre las manos y tu aun sigues actuando como una niña pequeña.

Bufé.

—Si me lo permites, Cullen. Tengo mejores cosas que hacer que seguir escuchando como me tratas de infantil. —Camino hacia la puerta — Permiso.

No se mueve ni un centímetro de su lugar. Sigue obstruyendo la salida con todo su cuerpo y no veo la forma de empujarlo o forzarlo a moverse para poder llegar al pasillo. Lo miro indignada. Noto que el feo círculo rojo que tenía en la mejilla la última vez que hablamos, ha cambiado de tonalidad hasta transformarse en un morado mucho peor. Me pregunto que le habrá pasado.

Vuelve a tener ese brillo de autosuficiencia en la mirada.

—No puedo dejarte salir así.

Revoloteo los ojos.

— ¿Me escuchaste? —Sacudo la mano frente a su rostro— No está dentro de mis planeas capear clases el primer día encerrada contigo dentro de un salón.

Uno de sus brazos se desenreda del otro, su mano se alza hasta alcanzar mi rostro y colocando un mechón de pelo tras mi oreja, susurra:

—¿Y por qué no, Swan?

Me quedo boquiabierta. Empujo su mano lejos de mi cabello con un manotazo, aunque mi primer pensamiento viene siendo que perdió completamente la cordura estos últimos días, apenas escucho su carcajada me doy cuenta de que solo estaba jugando. Su sonrisa se ensancha, de una manera cruel, ante mi desencajo.

—Swan —dice, apenas vuelve al plan serio— ¿Qué te parece ir de compras?

Guardo silencio, atónita frente a sus acciones incoherentes.

Damas y caballeros, declaro al señor Cullen oficialmente fuera de sus facultades mentales el día de hoy. Lo hemos perdido.

Alza una ceja.

—Porque si deseas impresionar a alguien, —continua— vamos a tener que cambiar esto. —hace un gesto con su mano que me señala de pies a cabeza.

— ¿Cambiar qué? —Gruño— Me acabas de señalar completa.

Una sonrisa ladina se expande por su rostro.

—Exactamente.

¿No les decía yo que era un idiota?

—Vestida con un buzo que es dos veces tu talla, nadie se dignará a detener la vista en ti —sisea— y aunque no me importe realmente que el capitán recaiga en tu presencia. Tenemos un trato. –Frunce los labios- Y no me estás facilitando el trabajo con ese disfraz de rapero.

—No veo el problema con usar ropa cómoda. —refunfuño.

Mi nuevo amigo (hágase notar el sarcasmo). Rueda los ojos.

—Isabella, acabo de conseguir que todos en el jodido colegio estén hablando de tu llegada. Al idiota —Entiéndase idiota por Mike— no le tomará tiempo descubrir que su patética ex novia anda dando vueltas por el lugar. Así que exactamente, lo único que necesito que hagas, es no lucir patética.

Auch. Eso dolió.

Entonces por eso había formulado la pregunta de mi apellido frente a todo el curso. No estaba intentando molestarme, tenía un plan y era bastante más astuto de lo que pensaba. Me daba cuenta que lo que me estaba pidiendo era algo a lo que obligatoriamente tendría que acceder (que novedad) si quería que me siguiera ayudando, quizá no lo había dicho de la manera más gentil, pero estaba cumpliendo su parte. Y eso era todo lo que podía esperar de un tipo como él ¿verdad?

Tenía que dejar de lado el dolor que me provocaban todas las palabras de burla que había recibido durante el día. A tragarse el orgullo Swan.

—Entonces —me esforcé por sonar ruda— ¿Cuál es el plan, Cullen?

Inclinó la cabeza, divertido por algún pensamiento que nunca iba a conocer. Me descolocaban sus repentinos cambios de humos.

—Te veo en el estacionamiento, al lado de las bancas, en quince minutos.

Quince minutos.

Así que de verdad iba a hacer novillos mi primer día de clases.

Asentí, dejando de lado la imagen mental de lo que diría Charlie si se enteraba.

—Y procura que nadie note que eres tú cuando vayas por los pasillos —sonrío— Recuerda que lo que menos necesitamos…

—…es empeorar mi imagen personal —lo interrumpí, imitando patéticamente su voz—. Muchas gracias, Cullen. Ya no es necesario que me recuerdes el desastre que soy.

Se encogió de hombros.

—Te veo en quince minutos.

Finamente dejó de obstaculizar la puerta, corrió el pestillo y lo pude observar desaparecer por el umbral.

Me dejé caer sentada sobre la mesa que tenía más cerca. Sinceramente ya no estaba muy segura de que rayos era lo que estaba haciendo. Pero llegados a este punto, lo único que quedaba era dejarme arrastrar por las situaciones que yo misma había provocado ¿o no?

Antes de cruzar la puerta, me volví hacia la sala. En los puestos de atrás, el chico continuaba durmiendo en su puesto, durante todo este rato, no había efectuado el menor movimiento.

En este minuto envidiaba no poder ser yo, en lugar de él, la que se quedaba soñando plácidamente en una sala vacía.

Allá, Bella, cada uno con sus propios demonios.


* Pai: Port Angeles Institute.