Febrero de 1945. Había pasado asombrosamente aprisa el tiempo, y las viejas imágenes de Alemania se perdían entre los sueños más silenciosos; Berlín, su corazón y luz, estaba a punto de padecer su más dolorosa derrota, pero eso no importaba porque lejos de ahí, se libraba una lucha diferente.

Podía decirse que entre los campos de exterminio, máquinas de muerte y humillación, y los campos de trabajos forzados no había más diferencia que el nombre, pero las criaturas que desfilaban por ambos sitios no guardaban parecido alguno. En el primero, seres débiles, enfermos, tristes, esperaban pacientes la decisión final de sus verdugos, con sus cuerpos marcados de enfermedades y torturas, y huellas de desolación hasta en lo profundo de su alma; en cambio, en el segundo, la variación de caras y ánimos se diferenciaba bastante.

Existía en un campo de trabajos al noreste, cerca del mar, un pabellón compuesto únicamente por mujeres, sacadas a la fuerza de sus tierras natales para trabajar exhaustivamente en la agricultura; en esos días, había sólo cuatro almas viviendo en el pequeño pabellón de madera, adornado con sendas cortinas de retazos para darle algo de vida. Yekaterina, una muchacha ucraniana cuya única esperanza de sobrevivir dada su condición era que su hermano mayor, Iván, comandante del Ejército Rojo, fuera a rescatarla; Emma, sacada por las fuerzas de Holanda cuando fue a visitar a su hermano Lars, quien también fue hecho prisionero en su propio país; Lily, una niñita apenas mayor de quince años, a quien la mala suerte la llevó hasta ahí casi al mismo tiempo que a Emma; y Elizabetha, cuyo único pecado fue no haber estado a favor del Reich, e intentó evitar que su prometido, Roderich, fuera arrestado por su oposición a la anexión de su país, Austria.

Amanecía en el campo; y lo primero que escucharon, como todas las mañanas, fueron los golpeteos furiosos en la puerta seguidos de un empujón, y en la penumbra matutina, destacaba la figura del capitán Gilbert Beilschmidt, quien sonrió divertido mirando a las cuatro pobres almas del tugurio.

-Kesesese… ¡A trabajar, perras holgazanas! La comida aquí no es por sus encantos… aunque a algunas les vendría bien. –añadió con sorna, mirando de reojo a Yekaterina, que a pesar de haberse arrebujado entre las sábanas no podía ocultar del todo sus enormes atributos. A veces Gilbert, en modo despectivo, la llamaba Milchkuh, propiciando que muchos en aquél campo desconocieran su nombre, y por si la humillación no fuera poca, era la encargada de ordeñar a las vacas. La pobre ucraniana bajó la mirada, sintiendo lágrimas en sus ojos. –Gutt, rápido, no tenemos todo el día. –agregó antes de salir, riendo a carcajadas.

-Cómo lo odio… -susurró Elizabetha, llena de rencor.

-No deberías quejarte, te trata mejor que a nosotras. –espetó Emma mientras buscaba sus pantalones. A ella le tocaba limpiar los establos donde los oficiales dejaban a sus caballos. –Mira que ser sirvienta de casa aquí es casi un milagro.

-Desearía mejor andar en los campos que con él, es tan… repugnante. –soltó molesta la húngara mientras ataba alrededor de su cintura el delantal.

-Lily… apresúrate.

-Ya voy. –musitó la menor, que palmeaba cariñosamente la espalda de Yekaterina, que no paraba de llorar. –Tranquila, no le hagas caso… sabes, a mí me gustaría tener senos como tú.

-No… digas tonterías, Lily , bonita… -gimoteó la aludida, tratando de sonreír.

Por fin las cuatro mujeres salieron, cada una a su respectivo trabajo y vigiladas por los oficiales. Parecía un día común, un poco frío eso sí, pero era imposible que no fuese de otro modo en aquél lugar, donde el sol no se acercaba nunca. Lo extraño fue cuando, de pronto, las nubes que se arrastraban penosamente por el cielo se despejaron, y en menos de cinco minutos un sol imposible cubría el valle, asombrando a las mujeres que, como Lily, trabajaban de agricultoras en la cercanía.

-¿Pero qué pasa?

-Ha salido el sol tan de pronto…

A lo lejos, apenas visible, se aproximaban dos oficiales, franqueando a una figura muy distinta en el centro de ellos. Era bajita, y vestía con ropas de colores violentos que quedaron grabados en aquéllos que pudieron verla; la blusa blanca de la pureza en la espuma del mar, el rojo de la pasión salvaje en la larga falda, el negro del luto y la muerte como corpiño en su pecho. No recordaban haber visto una criatura así, y no porque jamás viesen una gitana, pero había algo de extraño en su figura, algo ajeno, mucho más vistoso y alegre, libre de la pesadez que se vivía ahí, que provocaba tanta curiosidad.

El primero en notarlo, sin embargo, fue el coronel Beilschmidt. Repantigado en su fría oficina leyendo varios memorándum de la cancillería berlinesa, se sintió de pronto despierto, vivaz, al mismo tiempo que el sol caía de lleno sobre él desde la ventana. Intrigado por esta renovada energía, se puso de pie y se asomó para mirar el andar de sus oficiales que llegaban con la gitana.

Entonces la vio. Era una flor en el fango, perdida entre aquéllas miradas tristes y austeras, extraña como un espejismo; había en su andar algo de coqueto, símbolo de su costumbre de usar los pies más para danzar que para caminar, y en la faz llevaba la marca de la inocencia aún no vejada, una mezcla extraña de mujer y de niña que no parecía del todo natural. El coronel estaba tan ocupado en observarla, como mareado por un hechizo, que no notó que su hermano le hablaba desde el umbral.

-Oye, bruder… ¡Bruder! Ha venido una nueva… tienes que ir a recibirla, ¿o quieres que lo haga yo? –agregó meloso.

-Nein, iré yo. –repuso, saliendo de su hipnosis, y anduvo con paso firme junto a su hermano, haciendo chasquear en el aire su adorada fusta.

No tardaron mucho en plantarse delante de los oficiales, que sujetaban por los brazos a la gitana que a su vez, llevaba sendas esposas en las muñecas. Parecía contrariada, y cómo no, si era una imagen tan lamentable como ver a un ave exótica encerrada en una jaula oxidada; Ludwig se adelantó, extendiendo su brazo para saludar a los oficiales.

-Heil Hitler!

-Heil Hitler! –contestaron los dos hombres.

-Und… ¿quién es ella?

-No sabemos su nombre, Herr Beilschmidt, pero la arrestaron hace una semana. Decidieron traerla aquí, señor.

-Gutt… ¿bajo qué cargos?

-Sólo mírala, bruder. –murmuró con gesto despectivo Gilbert. –Es una gitana, ¿qué más cargos quieres?

El rubio suspiró, negando aburrido con la cabeza. Luego, con el mismo gesto, se aproximó a la chica y tomó su carita entre su mano, para obligarla a alzar la mirada; los ojos de la gitana chocaron con los de él, y fue un momento fugaz que se sintió muy largo, eterno, con las pupilas doradas de ella contra las azules del alemán. Ludwig se turbó, no recordaba haber visto ojos así antes, ni siquiera en otras gitanas, comunes por sus ojos castaños o esmeraldas pero jamás así de relucientes, como si corriera en ellos un mar de oro líquido y brillante.

-¿Cómo te llamas? –preguntó. La gitana, sin embargo, no respondió. –Te recomiendo que contestes por las buenas, gitanilla.

-M… Me llamo María. –dijo por fin.

-Gutt. ¿Cuántos años tienes?

-Diecinueve.

-¿Y de dónde eres?

Por toda respuesta, María sonrió, una sonrisa enigmática, que no guardaba la dulzura de la sonrisa de las jovencitas pero a la vez era casi hechicera.

-Soy zíngara, señor, todo el mundo es mi patria y no tengo hogar. Aunque… sí, mi padre era de España, eso sí lo recuerdo. Pero no sé más, porque nunca he tenido un lugar concreto.

Era una respuesta sincera y a la vez perturbadora.

-¿Y qué lugares has visto, gitanilla?

-Cataluña… y Andaluz, cuando era muy pequeña. Luego París, Arles, Marsella… Sicilia, Nápoles, Venecia, Florencia… Salzburgo, Viena, y Berlín.

-Tienes buena memoria. –le felicitó Ludwig, sorprendido internamente. –Espero que también seas fuerte porque aquí sólo encontrarás trabajo.

María ni siquiera se molestó en asentir. Miraba de soslayo a Gilbert, que sin que nadie lo notara se había acercado peligrosamente a ella, antes de soltar una carcajada.

-¡Pero ya sé quién eres! ¡Bruder, la conocí el año pasado! ¡Era la gitana que bailaba junto a la hoguera de Alexander Platz, la que se escapó por culpa de esa tropa de idiotas!

-Nunca me hablaste de ella, Gilbert.

-Ahora te lo digo. –replicó sin darle importancia, rondando alrededor de María con la burla maliciosa impresa en su pálido rostro. –Gutt, gutt… está muy flacucha, no creo que aguante las heladas… además tiene los pies muy pequeños… Ah, qué pena, bruder, no creo que esté adecuada para el trabajo aquí. ¿No crees que sería mejor… trasladarla a un sitio donde le den un trato más adecuado?

Por toda respuesta, Ludwig entrecerró los ojos. Conocía bien a su hermano y sabía que cuando hablaba de un lugar con "trato más adecuado" se refería a los lugares de exterminio, verdadero escenario de monstruosidad humana. Miró de nueva cuenta a la gitana, pesando y midiendo las posibilidades que tendría de sobrevivir, y cuál sería el sitio más adecuado para ella.

-Hmm… que trabaje junto con la chica del establo… la ucraniana.

-¡Kesesese! ¿Con Milchkuh? ¡Bonito espectáculo tendremos, bruder! Al menos ésta no se nos confundirá con las vacas.

-Ya, bruder. Llévala hasta el pabellón junto con las otras, veamos si tienen prendas para prestarle. –zanjó el alemán, andando a pasos graves lejos de la chica. Estaba visiblemente alterado, y no sabía porqué. La zíngara era bonita, sí, pero nada más, y además… ¡eso justamente, era una gitana! En su escala, estaba todavía por debajo de los judíos y los eslavos, una criatura tan inferior que su vida no valía ni lo que en conjunto podrían costar sus humildes ropas; y sin embargo… sin embargo…

Gilbert se llevó casi a rastras a María hasta el pabellón, donde la metió a empellones y burlándose divertido. Le encantaba azuzar a los prisioneros.

-¡Entra ya, zíngara! Kesesese… no tienes idea de dónde te has metido, niñita, antes de que termine la temporada estarás suplicando que te matemos, y bien te iría, porque los tuyos son unos holgazanes inútiles. –sonrió, regodeándose con la expresión rencorosa que le echaba María. –Pero por otro lado, si te portas bien podría concederte ese deseo… o tal vez… algo más.

-¿Cómo que algo más?

-Algo que los de tu escoria aman… su maldita libertad. Dime… -y su voz se volvió más tenue, más humana. -¿Quisieras volver a danzar en las calles?

-En cualquier sitio menos aquí. –repuso.

-Pues podría hacer eso. No sería difícil en realidad, sólo es cuestión de que tú quieras…

-¿Y cómo?

Gilbert sonrió malignamente, y antes de salir musitó:

-Ya lo verás… pronto.

Y cerró de un portazo, dejando a la morena con el alma en la boca.

Las del pabellón aceptaron bien la presencia de la recién llegada. Nunca habían trabado conversación con una gitana, y su aparición venía a ser en principio tan excitante como la llegada de un circo a un pueblito pacífico, aunque a la larga se tornó más un asunto de hermandad que de novedad; Yekaterina, con quien convivía más debido a su trabajo, le guardaba un cariño especial, y la dulce Lily, que no sabía aún de prejuicios, la aceptó casi de inmediato, y aceptó gustosa que le enseñara a bailar.

-Quiero complacer a Vash cuando vuelva a casa. –comentó la rubia soñadora.

-¿Vash es tu novio?

-Oh, no… es mi hermano. Es muy trabajador, pero está muy lejos… él… vendrá por mí, de seguro.

-Veo que todas tienen hermanos. –comentó María.

-¿Y tú no tienes un hermano? –preguntó Emma, que batallaba cepillando sus botas llenas de fango.

-No. Desde que mi padre murió soy sola. –jugueteó nerviosa con el collar de oro que llevaba al cuello, única prenda que conservaba porque ahora andaba por todos lados vestida con un overol desgastado de color gris que la ucraniana le había prestado.

-Qué bonito collar. –musitó Elizabetha. -¿Él te lo obsequió?

-Sí, solía decirme que lo trajo de México, muy lejos de aquí… y que mi madre lo usaba. –añadió con una sonrisita enternecida. –Algún día iré allá… quiero ver el cielo azul sobre las pirámides y el mar, y más allá, en las montañas y los valles. Ahí no hay…

Pero no terminó su discurso porque la puerta casi saltó de sus goznes. Gilbert entró, sonriendo ufano delante de las cinco mujeres.

-No es hora de tener la luz encendida, ¿saben? Me parece que tendré que castigarlas a todas… personalmente. –añadió. Hubo una pausa, en la que recorrió a todas y cada una con su mirada hasta posarse de nuevo en la ucraniana. –Milchkuh, estoy tan decepcionado de ti… tu productividad ha bajado bastante esta semana, ¿qué pasa? ¿tus pechos no te dejan espacio para colocar el cubo de leche? Kesesesese…

Ésa escena se repetía muy seguido, y las otras estaban acostumbradas; de inmediato las mejillas de la ucraniana enrojecieron, pero eso aumentó la crueldad en las palabras del albino.

-No vayas a llorar, cerda patética, de verdad no sé dónde demonios tienes el cerebro. Eres idiota, debilucha, consentida, infantil… sería bueno que alguien te diera una lección.

Ante el desconcierto de todas, el prusiano sacó una fusta y se aproximó a Yekaterina, que retrocedió hasta chocar con la pared.

-¡P… por favor… por favor…! –suplicó levantando las manos para cubrirse el rostro.

-¿Por favor, dices? ¡Calla de una vez, vaca! –y descargó un golpe con su fusta… que no llegó, porque un par de manos morenas rodeaban su antebrazo con mucha fuerza. -¿Was…? ¡Tú! –chilló rabioso al ver ante él los ojos encendidos de la gitana. -¡Suéltame, pedazo de porquería!

-Deje en paz a Yekaterina, ya bastante aguanta sus palabras como para que la golpeé. –susurró amenazadora. Gilbert se deshizo de ella con una sacudida, lanzándola sobre la cama antes de dirigir su atención de vuelta a la mujer que se encogía de miedo en la pared.

-La insolencia de tu amiguita te costará caro. –musitó, soltando la fusta para llevar sus manos a los pechos de la ucraniana. Yekaterina chilló de dolor, empujó y resolló con los ojos mojados en llanto; las otras mujeres dieron un respingo pero sabían que era inútil ayudarla y miraron, impotentes, el abuso del oficial. –Kesesese, no están tan mal… ¡AAAAH!

María se había levantado y clavó los dientes sobre el brazo del prusiano. Los chillidos de dolor del capitán enardecieron a la gitana, que haciendo uso de toda su fuerza lo forzó a soltar a Yekaterina. Cuando por fin lo hizo y dejó de morder a Gilbert, se volvió hacia la ucraniana.

-¿Estás bien?

-S… Spasibo… -dijo con voz trémula.

-¡Zicke! –escupió rabioso Gilbert, alcanzando a María por los cabellos y arrojándola contra el piso. La gitana apenas lanzó un gemido ahogado antes de que el prusiano se fuera sobre ella a golpes, gritando cuanto insulto se sabía. -¡Hure, unreinen, schmutz…!

-¿Qué sucede aquí? –dijo una voz que se elevaba sobre las groserías de Gilbert y los gritos de dolor de María. El albino detuvo su ataque al ver frente a él a su hermano menor. Con una sonrisita insidiosa repuso:

-No hay problema, bruder, sólo estaba corrigiendo a esta pequeña rebelde.

-Hmm… cuando pasen esas cosas debes avisarme a mí. Levántate. –el albino así lo hizo y Ludwig se acercó a la temblorosa y medio desmayada morena, que le miró de reojo con temor. -¿Und? ¿Qué has hecho para que el capitán te castigara así?

-Señor… él estaba insultando a Yekaterina, le gritó, quiso pegarle, la tocó… Y yo lo mordí.

-¿Yekaterina? –preguntó el rubio, confundido. Por toda respuesta María señaló a la ucraniana que gimoteaba aún, sentada en la cama. –Hmm… Ja… Lo siento, María, pero tendrás que venir conmigo. –cogiéndola de un brazo, la sacó del pabellón. –Bruder, déjalas ya… y ustedes, apaguen la luz de una vez si no quieren tener líos.

Cuando los tres desaparecieron, las mujeres soltaron un respingo de angustia.

-¿Qué creen que le hagan a María? –preguntó Lily.

-Espero que nada malo. –musitó Emma.

Ludwig llevó hasta su pequeña oficina a la gitana, donde la sentó delante del escritorio y se puso a pasear, con los brazos tras la espalda, a su alrededor.

-Atacar a un oficial es una ofensa gravísima, ¿sabes? Es de hecho tan grave que por sí solo podría condenarte a muerte. –como vio que María no contestaba, prosiguió. –Por otro lado, aunque no estoy de acuerdo con los métodos de mi hermano, las reglas aquí son muy claras, y si no se respetan las sanciones son inamovibles. ¿Me explico?

-Si van a castigar a alguien que sea a mí. Ellas no hicieron nada.

-Muy amable de tu parte, pero todas estaban despiertas a deshora. Tus amigas y tú están en un gran lío.

-Nos matan de hambre. Nos hacen trabajar día y noche, nos congelamos al dormir y despertamos oyendo insultos y recibiendo patadas. ¿Qué justifica todo eso?

-Ustedes son prisioneras del Reich, son su servidumbre. Su vida tiene un precio… como la de todos nosotros. –añadió con voz queda. María le miró fijamente.

-A usted tampoco le gusta estar aquí, ¿o sí?

No tenía porqué contestar eso, pero los acusativos y brillantes ojos de la gitana, de pronto, sonsacaron un recuerdo.

-Yo vivía en un lugar campestre, donde sembraban trigo. Era un buen lugar, tranquilo y callado. Pero claro, eso cambió después de la guerra, cuando todos empezaron a batallar por comida… Todo se arruinó. Ahora nuestra única salida es vencer, y venceremos. –añadió con firmeza.

-¿Porqué pelean?

-Porque es lo justo.

-¿Es justo lastimar a otros?

-Ellos nos lastimaron primero. Ellos crearon al monstruo que ahora pretenden destruir. –masculló con desprecio. –Todos esos idiotas de Francia, de Inglaterra, de Estados Unidos… ¡bastardos! Su sangre es el pago que exigimos, porque ellos se regodearon en la nuestra. ¿Acaso no es eso justicia?

-La sangre llama a la sangre. La muerte llama a la muerte. Mi padre, con todo y que era gitano, creía que en el cielo había un Dios justo que pondría fin al sufrimiento de los inocentes y los bendeciría. ¿Usted cree en ese Dios, señor?

-…No sé. –repuso, y por primera vez hubo una huella de debilidad en su voz. –Scheisse, no lo sé. ¿Puedes creer en algo que nunca has visto?

-Yo no he visto nunca México, pero creo que está allá, del otro lado del mar. Nunca he visto a mi madre, pero creo que ella me sigue a todos lados, como mi padre, porque lo que amas no te deja.

-No es igual, tú tienes pruebas de que existen. En cambio…

-Es que usted todo lo ve con sus ojos. –replicó, sonriendo indulgente. –Pero si deja que su corazón vea, entonces tendrá todas las pruebas que quiera.

-¿Y… si no tengo corazón? –añadió, plantándose delante de ella con la mirada perdida, sufrida; Ludwig volvía a ser, brevemente, el niño asustado de ver cómo se marchitaba su campo de trigo. María, dulcemente, depositó una mano sobre el pecho del alemán.

-¿Siente eso? Yo lo siento… es su corazón, latiendo cálido y dándole vida. Ahora… -añadió, tomando la mano de Ludwig y llevándola a su pecho, causándole sin querer un estremecimiento. -¿Siente eso? Es mi corazón… exactamente igual de vivo que el suyo.

Ludwig apartó lentamente su mano, mirando aquél rostro lleno de inocencia que parecía prometerle un paraíso más allá del campo, más allá de Alemania y del continente plagado de bombas y muerte. Ella no podía ser de ese mundo, era demasiado limpia para pertenecer al mismo plano despreciable y mísero que él, que los prisioneros, que el mundo entero es más.

-Vuelve a tu pabellón, y no causes más problemas. –le ordenó.

-Buenas noches, señor. –susurró María antes de salir. Ludwig se quedó contemplando el lugar donde estuvo sentada, con los ojos brillantes, fuera de este mundo y dentro de una nube magnífica, iluminada por la tenue luz dorada de la mirada de la gitana.

-De todos los nombres… -dijo en voz baja. –sólo se me ocurre el de Prinzessin…

Y, todavía con ese gesto soñador, salió de su oficina.

Perdón por hacerlos esperar, es que la inspiración va y viene pero ahora sí, espero que les guste este capítulo, porque falta muy, muy poco para que terminemos (les dije que sería corto :/ ).

Ahora los comentarios, ¡oooh sí!

OkamiYuku98: no es malo, él, como muchos oficiales de esa época, sólo seguía órdenes. Bueno, como verás María aquí es mitad española :P eso podría explicar un poquito porque al fin y al cabo es un AU. Prinzessin significa "princesa" en alemán.

Shald120: Aquí lo tienes ;D estos pobres dos (?) me encanta hacerlos sufrir, no sé porqué, jaja.

ItzelDurand: Gracias n.n

Chiara Polairix Edelstein: Jajaja nooo… claro que no ¬_¬ *mirada sospechosa XD* Gracias.

NymeriaDirewolf: No me gusta maltratar al asombroso Prusia pero sí, esta vez es el villano… ya verás de lo que hablo en el próximo capítulo.

Arwen: Aquí está la continuación, espero que sea de tu agrado n.n

Bueno, el próximo capítulo, se los advierto, será crudo, MUY crudo. Y para que lo amenicen hay una parte donde les indicaré que pongan cierta pieza de música, digo, para entrar en drama. ¡Adiosito!