Conforme pasaban los días, la realidad se volvía más palpable, aún estando tan lejos de la capital. Las esperanzas de libertad que se guardaban en el fondo de los corazones renacían, y eran tan fácilmente detectada por los oficiales que comenzó una oleada de castigos sin precedentes para mantener bajo control a los prisioneros, quienes al principio de la primavera se dedicaron a cantar, a bendecir los días y a lanzas hurras en secreto para los ejércitos que amenazaban con acabar, de una vez por todas, con el Reich.

Entre aquéllas almas ansiosas de libertad se encontraban las cinco mujeres que habitaban juntas en el campo, más unidas ahora que los aires de esperanza barrían de arriba abajo el país, provocando el nerviosismo y posterior enfado de Gilbert que había decidido no darles tregua, pese a las advertencias de su hermano menor sobre lo malo que era azuzar de más a los prisioneros.

-¡Buenos días! –gritó, tirando la puerta de una fuerte patada. Las cinco mujeres dieron un salto en sus lechos, y Yekaterina por costumbre se cubrió el pecho con su manta, temblando horrorizada. Hacía días, era verdad, que el oficial no se metía con ella ni la llamaba Milchkuh pero esa situación podría cambiar de un momento a otro. –Veo que están de muy buen humor, ¿no es así? Me alegro, porque allá afuera hay un montón de trabajo para ustedes. ¡Tú, la rubia tontita, vete junto con la otra tipa al campo, tienen que desenterrar esos vegetales antes de que la lluvia los pudra! ¡Y tú, zíngara, ve y ayúdales, y más te vale darte prisa! La ucraniana hoy trabajará sola, y más te vale que lo hagas bien… acabo de comprar una fusta nueva de cuero y tengo ganas de probarla sobre cualquier ganado que se ponga necio. –agregó con una sonrisita maligna. Yekaterina soltó un gemido por lo bajo, y María, saliendo de su cama, se aprestó a acercársele y consolarla. -¡Ah! Elizabetha… ven aquí, quiero que me ayudes hoy. –ordenó finalmente el albino, estirando una mano. La húngara se puso lentamente de pie, mirando con pesar a sus compañeras y siguió a Gilbert.

Hubo un breve instante de silencio, donde la ucraniana se restableció y todas empezaron a vestirse.

-¿Saben qué creo? –dijo Lily. –Pienso que el capitán está enamorado de Elizabetha.

-¿Cómo crees? –saltó Emma. -¡Ese tipo no tiene corazón! ¿Cómo va a enamorarse?

-Lo preocupante sería que Eli le correspondiera. –le cortó María, que estaba ocupada calzándose unas gastadas botas que la húngara le había dado. –Al fin y al cabo, es a la única de nosotras que llama por su nombre, y ella debe notarlo.

-¿Qué insinúas, María?

-Nada… pero es curioso.

Las mujeres salieron cada cual a su labor. No muy lejos de ahí, en la austera oficina que correspondía a Gilbert, estaba ocupado archivando una cantidad monstruosa de documentos mientras Elizabetha, a su lado, los guardaba en cajas marcadas.

-A ver… 1942… 1942… 193… ¿36? ¿Porqué nos habrán mandado esto?... Ah… no importa. Ten. –le pasó los otros papeles, y el último lo releyó con gesto burlón. –Ah, claro, la cacería de gitanos en Berlín, cuánto tiempo ha pasado, casi nueve años… Gutt, sigamos… 1942, 1942, 19… 43… éstos van en la caja roja, Elizabetha.

La húngara trabaja velozmente, con la mirada clavada al piso, sin rechistar siquiera mientras guardaba las hojas en las cajas que la rodeaban. Gilbert tomó una hoja membretada y fingió leer mientras sus ojos escarlatas se dirigían silenciosamente a la mujer que estaba a su lado, arrodillada en el piso. No había manera de explicar la expresión que guardaba su mirada, tal vez era melancolía, o molestia, o incluso un gran pesar de ésos que no es fácil de describir.

Lentamente, llevó una de sus manos hacia la cara de la húngara, y con la punta de sus dedos acarició su mejilla; ésta reaccionó al acto, saltando como si le hubiera llegado una descarga eléctrica y dirigiendo sus ojos esmeraldas al albino.

-¿Qué hace?

-Elizabetha, te preguntaré algo y te ordeno que me contestes con la verdad. –repuso fingiendo no haberla oído. –Lejos de aquí, en tu casa… ¿tienes o tuviste algún novio?

La húngara inclinó la cabeza, y un tenue rubor apareció en sus suaves mejillas.

-Sí, señor, tuve uno, hace no mucho tiempo. Él era austríaco, nos conocimos por accidente hace años, gracias a que nuestros padres eran vecinos; era un muchacho tranquilo y sensible, no le gustaba la violencia de ningún tipo, y le gustaba tocar el piano… y qué hermoso toca el piano, por cierto. –agregó con aire soñador, sin notar el destello de rabia y frustración en los ojos de Gilbert.

-Ja… ¿y qué pasó con él? ¿Murió?

-No lo sé… hace tanto que no sé nada de él desde que su país fue anexado a Alemania… -una sombra de dolor ensombreció los bellos rasgos de la húngara. –Cuánto desearía salir de aquí sólo para verlo una última vez y decirle lo mucho que yo… que yo lo extraño, y lo mucho que lo quiero.

Gilbert retrajo su mano, haciendo sin notarlo una mueca de abandono. Aquéllas palabras le molestaban mucho, sobremanera, y sin embargo quería saber más, escuchar de aquéllos encantadores labios palabras tan dulces como las que ahora decía, aunque fueran para un tipo sin nombre ni futuro.

-¿Y cómo se llamaba?

-Roderich. Su nombre es Roderich. –musitó. Cuán hermoso sonaba aquél nombre cuando ella lo mencionaba con su aire de dulzura y encanto, una especie de hechizo incomprensible que, mientras a Elizabetha le exaltaba los sentidos y la hacía soñar despierta, a Gilbert le provocaba una punzada de odio en el fondo del pecho. ¿Qué podía tener de especial ese tal Roderich, un tipo sensible o más bien debilucho cuya máxima habilidad era tocar un maldito piano? Él, que había combatido antes en Berlín contra los indeseables, él, que tenía a su mano una capitanía y un título de honor, él, que lucía en su pecho la cruz de hierro como memoria de sus hazañas de valor… ¿qué dama no se le resistiría entonces? Encima de todo (pensó con vanidad) era muy apuesto, y seguramente el austríaco mimado no tenía nada que ver con él.

-Dime, Elizabetha, con mucha sinceridad… supongamos que ese novio tuyo desapareciera o, por mala suerte perdiera la vida…

-Ojalá y no. –replicó con evidente temor.

-Ja, entiendo… El caso es que si así fuera y un hombre bien parecido, cortés y con un brillante futuro y una pequeña fortuna quisiera cortejarte, ¿lo aceptarías?

La húngara suspiró, sonriendo con tristeza.

-Lo dudo mucho, señor. Verá, no quiero a Roderich por su aspecto físico o su dinero o cualquiera de esas tonterías banales; lo quiero porque él me quiere como soy.

-Muchos otros también lo harían. –repuso con vehemencia. –Muchos otros se esforzarían por tenerte a su lado así, tal y como eres, ¿acaso no les darías una oportunidad a esos pobres hombres de a pie, muchacha?

-No lo creo, señor.

-¿Y si fuera un príncipe, un sultán, un emperador?

-Podría ser un dios pagano y aún así me negaría.

-¿Y un oficial?

-Señor… no habrá jamás nadie a quien ame como a él. Lamento romper sus expectativas.

Gilbert desvió la mirada, sintiendo un vacío en el pecho que jamás había sentido; miró de nuevo a la húngara, que seguía sentada con aires etéreos entre las cajas y aumentó su enfado.

-Si tú quisieras, Elizabetha, yo podría ayudarte a ser libre… a salir de ésta prisión asquerosa y ser feliz, tener todo lo que has soñado… y todavía más.

-Pero lo único que quiero es ser libre para estar con quienes amo, y eso, señor Gilbert, me temo que no me lo dará aún si dijera que sí. –replicó dulcemente, un poco apenada. Gilbert, molesto, se dio la vuelta poniéndose de espaldas a ella, y ordenó con su voz seca de siempre:

-Largo, ve a hacer tus demás tareas. –escuchó el correteo de la húngara y el abrir y cerrar de la puerta. Sólo así, se atrevió a coger un adornito de la mesa y a lanzarlo hacia el muro con fuerza tal que se hizo mil pedazos antes de caer al piso. Luego, se cubrió el rostro con ambas manos, luchando contra su dolorosa frustración.

No muy lejos de ahí, Lily, Emma y María luchaban por salvar las patatas; el suelo se había vuelto tan fangoso que les costaba incluso caminar entre éste, y el largo de las faldas de las mujeres estaba empapado de lodo.

-¡Basta! –se rindió Emma, soltando su arado. –Es imposible… las papas no pueden salir tan fácil con este maldito lodo.

-¿Y si lo sacamos a mano? –sugirió Lily, enrollándose la falda hasta arriba de las rodillas para acuclillarse y ponerse a cavar en el fango tal y como dijo. María también dejó a un lado su pica y la imitó, seguida de Emma; las tres mujeres se afanaron en tratar de extraer las patatas hasta que dieron con su dura consistencia, cuando tenían casi todo el antebrazo hundido en la tierra, y aliviadas sacaron los tubérculos dejándolos en sus cestos. Tardaron casi una hora, antes de detenerse para descansar mirando agotadas a su alrededor.

-Qué calor hace. –musitó la belga. –A éstas horas, Lars ya tendría lista una tetera con agua caliente para tomar un café con bollos.

-Calla, o me dará hambre. –gimoteó la pequeña rubia.

-Un pan sería bueno ahora. –aprobó María, limpiándose las manos en el delantal que había atado a su vieja falda escarlata. –Me siento bien, a pesar de todo, incluso bailaría si el lodo no fuera tan profundo.

-¡Es verdad! Prometiste que me enseñarías a bailar.

-Oh no, Lily… se enojarán si nos ven. –le cortó Emma con nerviosismo.

-Nadie nos ve, están todos muy ocupados adentro cuidándose del frío, ¿verdad María? –repuso en tono suplicante. La gitana asintió.

-Bueno, pero primero me verás hacerlo y luego lo harás tú. ¿Bien? Listo. –se puso las manos sobre las caderas, moviéndolas de un lado a otro con suavidad. –Suéltate, así te será más fácil danzar.

La liechtensteniana le siguió el ritmo, y al poco rato las dos mujeres bailaban moviendo las caderas y floreando sus faldas, ante la mirada divertida de Emma que se les unió al poco.

-¡Bien! –les felicitó María. –Ahora, fíjense cómo muevo las manos… -hizo unas suaves florituras, parecidas a las de la danza árabe, mientras movía los pies y las caderas al ritmo para hacer que su falda se agitara, creando un efecto muy curioso. –Inténtenlo.

Emma y Lily eran buenas alumnas y no les costó trabajo aprender los pasos a pesar de que aún bailaban de forma un poco rígida. Al cabo de un tiempo las tres mujeres bailaban muy divertidas, cada cual a su modo, alrededor de los cestos de papas; Emma se movía de un lado a otro con paso animado, dando pequeños saltos y floreando su falda, Lily había optado por levantar los brazos mientras hacía piruetas como una bonita bailarina de ballet, y María seguía con su tan añorado ritmo cálido, suave y a la vez violento, alegre y sensual que siempre había usado en sus danzas callejeras. No notaron que a lo lejos un hombre las observaba, casi hipnotizado, desde una ventana.

Ludwig, que había estado muy ocupado leyendo un documento secreto de parte de las oficinas de la SS en Berlín que explicaban un plan provisional en caso de que recibieran el ataque del Ejército Rojo, que entre otras cosas aprobaba el suicido de los oficiales y el asesinato de todos los prisioneros, de pronto se sintió atraído al exterior. Dejando las hojas, salió para ver desde la ventana el mugriento campo de patatas, donde notó con desconcierto a las tres mujeres riendo y bailando; sus ojos toparon de pronto con el andar saleroso de la gitana y se perdió entre los pliegues de su sanguinolenta falda y el movimiento de su cabello y sus manos. Un rubor apareció en sus mejillas, nunca antes había tenido deseos de ver a una mujer de la manera en que ahora lo hacía con María, casi devorándola con los ojos a la vez que caía más en su danza hipnótica, sacándolo de repente de su triste realidad a un mundo ficticio, más bullicioso y alegre, al que de seguro ella pertenecía.

Pero sus pensamientos se cortaron cuando, de pronto, una voz rabiosa exclamó:

-¡¿Pero qué mierda hacen?!

Las tres mujeres detuvieron su improvisado baile en el acto, viendo avanzar hacia ellas la figura alta y atemorizante de Gilbert, que tenía en la mano su ya amenazada fusta. De inmediato, las tres se formaron en silenciosa fila delante de las cestas, esperando preocupadas lo que fuera que hiciera el albino.

-¿Und? –preguntó. -¿Qué hacían, eh, bailando y holgazaneando cuando debían de sacar las patatas?

-Pero ya lo hicimos. –replicó Emma, señalando las tres cestas rebosantes. Gilbert, sonriendo burlón, tiró una patada haciendo que las patatas rodaran por el lodazal otra vez.

-¡Háganlo de nuevo, y esta vez quiero que las patatas estén bien limpias! Ahora quiero saber quien incitó a esta falta de respeto… ah, no me digan, ya lo sé. –sus ojos se posaron malignamente en María, que en todo ese tiempo había permanecido estoica, aunque muy pálida. –La zíngara maldita propiciando el desorden… ya te daré una lección sobre disciplina.

-¡No, alto! –saltó Lily, que dio unos pasos al frente con los ojos brillando de lágrimas. –No fue ella… yo le dije que lo hiciera. Fue mi culpa… estábamos cansadas y decidimos…

-¡Cállate! Así que tú también estás de rebelde, nenita… bueno, siempre es mejor disciplinarlos cuando son pequeños, ¿no creen?

Sin avisar, Gilbert descargó una bofetada en la mejilla de la jovencita, haciéndola rodar entre el lodo y las patatas. Una fría carcajada salió de sus labios mientras tomaba por los cabellos a Lily, levantándola sin importarle sus chillidos de dolor.

-¡Lily! –exclamaron a la vez Emma y María.

-Kesesese… niñita idiota, no tienes idea de lo que esto te va a causar… -se mofó el albino, zarandeando a la menor con todas sus fuerzas. Fue más de lo que las otra dos toleraron, y Emma se precipitó tratando de socorrer a Lily, siendo recibida por una bofetada por parte de Gilbert. -¡Quieta tú también, perra neerlandesa!

-¡Basta! –María, ciego de rabia, saltó sobre él, empujándolo al piso y logrando que soltara a Lily, a quien la belga tomó en brazos para consolarla. Gilbert se puso lentamente de pie, mirando con odio intenso a la morena.

-¡Ficken Zigeunerin! –escupió rabioso, tirándola al piso con un fuerte empujón.

-¡Alto, no!

-¡Apártate, perra! –el albino tiró una bofetada a la mujer que se había acercado a él, pensando que era Emma, pero al verla abrazada a la jovencita que aún lloraba se dio media vuelta, descubriendo con gran horror que a quien había golpeado era a la húngara. Palideció de inmediato, sin darse cuenta que María, viendo su ataque, tomó lo primero que encontró en el piso y se levantó. –Elizabetha… ¡AAAAAH!

María lo había golpeado en un brazo, antes de darse cuenta que lo que había cogido no era una patata, sino un pequeño y brillante puñal, que seguramente se le había caído al albino cuando lo tiró al suelo. El grito de dolor de éste atrajo a varios oficiales que llegaron a tiempo justo para ver cómo la gitana, horrorizada, soltaba el puñal y se apartaba, temblorosa, del hombre herido.

-No… yo no quería… -musitó.

-¿Pero qué esperan, idiotas? ¡Aaagh… atrapen a la zíngara!

Las demás mujeres no pudieron hacer nada. Tres oficiales sujetaron a María y se la llevaron casi a rastras hacia la oficina de Gilbert. Emma, Lily y Elizabetha se miraron una a la otra, en estado de shock.

-¿Qué creen que le pase? –susurró la húngara.

-No sé… pero esto no me gusta nada. –repuso Emma.

María permaneció casi dos horas encerrada en la oficina, vigilada de cerca por los mismo oficiales hasta que la puerta se abrió, dando paso a Gilbert que despidió con un gesto seco a éstos.

-Fuera, yo me encargo de ella. –en cuanto los tres hombres se marcharon, se aproximó con una sonrisita burlona a la joven. Llevaba sobre el brazo una venda, pero fuera de eso se veía sano. –Así que se te hizo fácil atacarme, ¿no, zíngara?

-No lo hice a propósito, yo no quería…

-Silencio, no he terminado. Atacar a un oficial es una ofensa terrible, y que sólo puede castigarse de un modo aquí… con la muerte.

Notó cómo el rostro de María se ponía repentinamente pálido y esperó a que comenzara a llorar y suplicarle por su vida, pero para su decepción ella no lo hizo, se limitó a agachar la mirada con abatimiento. El albino se aproximó, acuclillándose junto a ella y tomando su cara con una mano.

-No quieres morir, ¿cierto? Tienes razón, sería una pérdida muy grave si tal cosa pasa, perderíamos a una muchachita encantadora y bonita y eso no sería justo, sobre todo en este lugar lleno de espantajos andrajosos, ¿no crees? –al no recibir respuesta, Gilbert continuó. –Podría perdonarte la vida, por esta vez; podrías volver sana y salva con tus tontas amiguitas bajo la promesa de que no lo harás de nuevo pero, antes, necesito una retribución.

El rostro de María se ensombreció.

-¿Qué clase de retribución quiere, señor?

-Te lo diré de este modo. Tu vida a cambio de… esto… -Gilbert paseó su otra mano por debajo de la falda de María. Ésta reaccionó dando un salto, tratando de apartarse lo más posible de él mientras lo miraba asqueada.

-Claro que no.

-Oh, vamos, es un precio muy pequeño por algo mucho más grande, además dudo que aún seas virgen, ¿o sí? –al notar el rubor atemorizado de la gitana, aumentó su burla. -¡Pero qué cosa, una gitana vagabunda que quiere llegar pura al matrimonio! ¡Kesesesese! ¡En mi vida había escuchado algo tan estúpido! Vamos, criatura, de nada te servirá, cuando seas libre no dudo que cualquiera de los tuyos te despose sin importar lo que seas o hayas dejado de ser… ven aquí…

Gilbert tomó el largo de la falda de María intentando levantarla, pero lo único que recibió fue una patada, a talón desnudo por parte de la gitana, haciéndole un golpe terrible en un ojo.

-He dicho que no… -siseó la morena, un poco asustada por lo que acababa de hacer. Gilbert se recuperó y miró con furia intensa a la joven.

-Gutt… que conste que lo has decidido tú… quise darte una oportunidad y la desaprovechaste, ¿nein? ¡Gutt, mañana mismo a primera hora te vamos a colgar! Ahora ven, ficken Zicke…

Tomó a la gitana de un brazo y la sacó a rastras de su oficina, caminando por la extensa explanada que correspondía a los dormitorios de los guardias. Llegó a una de ésas casetas, abriendo la puerta al mismo tiempo que las risas alegres del interior se apagaban; en el dormitorio, estaban apilados unos veinte oficiales de distintas edades, todavía portando su elegante uniforme negro y riendo mientras cenaban y bebían; apenas ver al capitán se cuadraron como si la vida se les fuera en ello. Con desprecio, Gilbert empujó a María dentro del dormitorio y anunció:

-Aquí tienen algo para entretenerse. Nos vemos en la mañana. –dicho esto, salió.

Los hombres rodearon en círculo a la gitana, que seguía sobre el suelo mirándolos con aprensión. Empezaba a maldecirse por no haber dejado que Gilbert le hiciera aquél trato, por más asqueroso que fuera.

-Oigan, ¿no es ésa la gitanilla? –preguntó un muchacho de cabellos oscuros.

-¡Ja, lo es! qué bonita…

-Oigan, tengo una idea, ¿y si hacemos que baile?

Alguien se puso a revolver entre los anaqueles que rodeaban el dormitorio y sacaron un tocadiscos portátil, colocándolo justo a un lado de la multitud mientras tomaba el único disco que tenían a la mano.

-Veamos… sólo está éste de "El Lago de los Cisnes"… ¿no es muy fino para una gitana? –preguntó el que había sacado el tocadiscos.

-Nein, eso qué importa. –le cortó otro que aparentaba unos treinta y cinco años, con el cabello castaño ribeteado de canas prematuras. -¡A ver, tú, gitana! Ponte de pie y baila…

Al no ver otro remedio, María se levantó, sacudiéndose la falda mientras veinte pares de ojos la contemplaban animados y divertidos. Apenas sonó el primer compás desde el tocadiscos, se dejó llevar por las suaves y tristes notas y bailó; era la danza más triste que había hecho jamás, lenta y armoniosa, deprimente y a la vez conmovedora, y ninguno de los presentes se atrevió a cortarle la inspiración, como si su baile los hipnotizara. Entre sus suaves giros que hacían remontar su falda, se detuvo, y uno de los oficiales, con una sonrisa burlona, se acercó tomándola de la cintura con un brazo como si se uniera a su baile, desconcertándola brevemente mientras con su otra mano, aproximaba una daga al cuello de la joven; ésta abrió horrorizada los ojos, viendo el destello del arma, pero casi de inmediato el hombre cortó los hilos de su corsé y la soltó con un empujón, haciendo que trastabillara hasta otro oficial que la recibió del mismo modo, cortando ahora una manga de su blusa. Se apartó de él tratando de seguir el baile que se volvía cada vez más alto y agresivo, notando cómo los hombres se aproximaban, cerrándola más y más en un círculo, dejándole apenas espacio para girar hasta que uno susurró:

-A ella.

Veinte pares de manos la sujetaron en pleno baile, y notó a su alrededor varias dagas idénticas que se acercaban a su cuerpo, mientras los ojos hambrientos de los oficiales la ahogaban; María trató en vano de soltarse de ellos, sintiendo el filo de las arma pasar bruscamente por todos lados entre sus costados, alrededor de su falda, y vio cómo con ayuda de éstas iban desvistiéndola poco a poco, alentándose unos a otros con chillidos que parecían graznidos de cuervos sedientos de sangre hasta que, justo cuando la música volvía a bajar de velocidad, se apartaban cada cual con un trozo de tela, dejándola en el medio vestida únicamente con su blanca enagua, también desgarrada en varias partes y con sólo una delicadísima manga, porque la otra había sido arrancada tan de tajo que la mitad de su seno derecho era visible.

-¡Baila! –ordenó una voz. María alzó los brazos, tratando aún de bailar, pero apenas y dio unos lentos giros porque los tobillos, por primera vez, le fallaron. Cayó lentamente al suelo quedando en una postura de agonía mientras la música descendía hasta desaparecer.

Luego, hubo un torrente de carcajadas. María sintió que las lágrimas subían hasta sus ojos y empezó a llorar, desconsolada; lloraba porque tenía frío, porque sus bonitas ropas estaban hechas pedazos, porque los hombres se deleitaban con su tormento. Luego, sintió cómo tiraban de ella hasta dejarla de espaldas contra el piso, bien sujeta de los brazos mientras uno anunciaba:

-¡Festejemos, muchachos! ¿Quién la quiere primero?

-¡Yo! –saltaron varias voces animadas.

-¡No, NO! –exclamó María tirando patadas con todas sus fuerzas para apartar a la enardecida multitud. Dos hombres la tomaron de las piernas, separándoselas tanto que soltó un chillido de dolor, mientras otros se aproximaban acariciándola sobre sus ajadas ropas.

-Qué bonita es la gitanilla, lástima…

-¡Y miren qué pechos tan bonitos! Alguien deme mi daga, no quiero verlos cubiertos por más tiempo…

-Apártense, hace mucho que necesitaba de esto…

-¡NO! ¡NO! –lloraba ella, suplicante, viendo cómo algunos de los presentes se desabrochaban los pantalones con la lujuria impresa en sus ojos. La joven cerró los ojos, deseando perder el conocimiento o morir ahí mismo.

-¡ACHTUNG! –exclamó otra voz, más fuerte y grave pero más agradable. El asalto se detuvo y todos los oficiales se apartaron, atemorizados. María se atrevió a abrir los ojos y sintió una oleada de alegría. Ludwig, de pie frente a la puerta, fulminaba con la mirada a todos los demás; se veía muy interesante echando chispas por los ojos y con los puños crispados.

-Mein Komandant… -musitaron algunos en pleno trance de pánico.

-¡¿Se puede saber qué pensaban hacer?!

-Mein Komandant, es que… el capitán Beilschmidt… trajo a la gitana y dijo… -comenzó uno, enmudeciendo en cuanto los ojos celestes del rubio cayeron sobre él.

-Si quieren hacer esta clase de porquerías irán a buscarse prostitutas al pueblo, no quiero desorden ni aberraciones de este tipo en mi campo, ¡¿han entendido todos?! –gritó con tanta fuerza que casi parecía el rugido de un león enfurecido. Todos agacharon la cabeza, temblando visiblemente mientras Ludwig se inclinaba y, con mucha delicadeza, tomaba a María de la cintura y, sujetándola de ése mismo modo, la miraba con pena a los ojos. El corazón de la joven se aceleró al tener tan cerca el rostro del alemán, y se dejó llevar por él, lentamente y aún abrazados, fuera del dormitorio y lejos del campo.

Se pone intenso, ¿a que sí? xD bueno, ya no les torturo más, les advierto solamente que quedan dos capítulos para que termine (seee u_u) así que vayan dándose la idea. Como ya les advertí en el capítulo anterior, la pieza musical que deben oír es la suite de "El Lago de los Cisnes" justo en la escena que describí n.n el próximo cap también tendrá música, pero no tanta.

Ahora los comentarios, ¡oooh sí!

OkamiYuki98: Ya ves que sí :/ al menos aquí ya no molesté más a Yekaterina, me dio cosa maltratarla tanto en el cap anterior

LiRiDeZkA: Lud no es malo, al menos no por cuenta propia. Pobecito, tampoco me gusta hacerlo sufrir pero como es fic experimental pues… u_u ¡Gracias!

Arwen: Lamento haber tardado tanto en actualizar, es que tuve exámenes x3 Pero sí, como ya viste Lud está algo confundido, pero de poco en poco cae… Y Gilbert pues… es un cabroncete pero también tiene su corazón… en el fondo ._.

NymeriaDirewolf: Los hermanos B son tan complejos T-T pobres de los dos, los estoy tratando muy feo esta vez. ¡Saludos!

Flannya: xD lo siento, lo siento! Yo también amo al asombroso Prusia pero era necesario… mira, aquí ya te lo redimí un poquito. Y no te preocupes por Lud, él estará muy bien ;D jaja.

En fin, nos vemos en los próximos capítulos. Pero si quieren les adelanto que la canción del próximo capítulo es "Ich singe mein Lied", o pueden buscarla como "looking for a romance" de… Bambi ._. Ya sé que es de niños la película pero esa canción está ideal para lo que viene xD ¡Adiosito!