Era increíble cómo la atmósfera cambiaba apenas caía la noche. Un velo de silencio y negrura recubría el campo, como una advertencia permanente de lo frágil que era la vida en medio de aquél lugar y de lo efímera que era la felicidad en la guerra, y sin embargo ésa noche el velo parecía haberse rasgado, dejando entrar, por el costado más alejado de las casetas, un tenue y divino rayo plateado de luna, que iluminaba un pequeño paraíso terrenal. Afuera de la verja, en un sitio poco transitado, el viento soplaba arrancándole hojas tiernas a los árboles, reverdecidos por la primavera y que a sus pies reventaban arbustos de flores de distintos colores.

Justo ahí, caminaban bien juntos Ludwig y María, ésta última todavía abrazada materialmente al alemán temblando, no por frío, sino por nervios; todavía no se recuperaba del susto recibido en el dormitorio de los guardias y encima de todo, su blanco fondo desgarrado le daba un aspecto bastante triste.

Casi sin darse cuenta, los dos cruzaron la verja caída y echaron a andar entre la avenida de árboles, que desembocaba en un extenso valle, aún intocado por la mano humana y por la que a ésas horas no se escuchaba más sonido que el zumbido ahogado de las luciérnagas y el roce del viento entre las hojas.

Una ráfaga fría les dio de lleno en la cara; María por fin levantó la cara y notó, con un respingo de sorpresa, que estaba fuera del campo. Al darse cuenta de esto, Ludwig la tomó cuidadosamente de una mano y la condujo entre el crecido pasto. No estaba acostumbrado a pasear junto a una mujer, y sin embargo estaba disfrutando lo indecible de la silenciosa caminata al lado de la gitana, que a cada paso parecía recuperar su vitalidad y su dicha, y en un momento dado parecía que era ella quien lo conducía. Sólo ahí se atrevió a preguntar débilmente:

-Und… ¿estás bien?

-¿Hmm?... Sí, estoy bien, no pasó nada.

-Me alegro. –musitó. El silencio volvía a interponerse y ahora… rayos, era incómodo. Había algo que Ludwig necesitaba decirle, algo urgente, pero no podía encontrar las palabras adecuadas para explicárselo.

Entonces sintió que su mano se cerraba en el aire. Miró desconcertado y descubrió que la gitanilla se le había soltado y corría por el valle; preocupado de que intentara huir fue tras ella, escuchando sus risitas infantiles mientras se escabullía por entre algunos macizos y hacía que las semillas blancas de las plantas saltaran por todos lados.

-¡Nein, espera! –gritaba Ludwig tratando de librar el camino que había tomado la chica, acababa de descubrir que era malísimo huyendo entre flores aunque corría de maravilla en terreno fangoso; por fin, su mano se cerró alrededor del brazo de la joven y creyó la batalla ganada, de no ser porque la gitana dio traspiés y se vieron los dos rodando por una ladera cubierta, cómo no, de más florecillas silvestres que se le enredaron en el cabello a María. Terminaron tirados, Ludwig sobre ella, en el fondo de la ladera y vio cómo su acompañante estallaba en carcajadas. El alemán estaba a punto de reprenderla cuando se quedó mirando fijamente a la joven, con el cabello cubierto de flores de tenues colores claros y cuyo fondo también había quedado tapizado de éstas flores; viéndola así, se le ocurrió que parecía una especie de atuendo nupcial, y viéndolo bien, no sonaba mal… seguramente la gitana se vería preciosa con un verdadero vestido de novia, blanco y limpio bordado de flores silvestres y con una corona plateada que sujetara sobre sus negros cabellos un hermoso velo…

Luego se dio cuenta de la postura incómoda en que había quedado, y se levantó muy avergonzado.

-Yo… lo siento, no quise…

Pero antes de darse cuenta, María también se había levantado, y continuaba corriendo por el campo dando cabriolas y riendo. No estaba escapándose, sólo… sólo estaba disfrutando de su momento de libertad. Al entenderlo, Ludwig fue despacio tras ella, viendo cómo se perdía entre los arbustos y bailaba entre éstos con tanta destreza que no se le quedaba enredada la falda entre las ramas. A su alrededor, ya fuera por sus mismos movimientos o con ayuda del viento, llovían las flores y las hojas, dándole un aspecto bastante etéreo, como una pintura en movimiento de alguna ninfa; el conjunto era hipnótico, y Ludwig parecía haber caído en la cuenta que el supuesto hechizo del baile de la zíngara poco tenía que ver con el aura de esoterismo y sensualidad que la rodeaba, sino que en realidad, él la percibía así por su propio sentir… porque él la veía justo ahora como lo que era, y como lo que quería.

-¡Ven, hay que bailar! –le dijo cortándole los pensamientos, tomándolo de ambas manos.

-¡N… nein, yo no bailo! –protestó, pero era ya muy tarde; María lo hacía dar vueltas junto con ella, tomados de las manos, alrededor del extenso valle haciendo saltar más flores, rodeados de luciérnagas y bañados con la luz de la luna. Ludwig por fin se liberó del agarre de la chica, tomándola de la cintura; notó cómo sus mejillas se encendían vivamente, dándole al conjunto un aire de inocencia infantil que lo enterneció. Una de sus manos la usó para tomarla a ella también de una mano, y empezó a bailar con ella un lento pero rítmico vals, sin compases ni ritmos, sólo impulsados por un capricho repentino. ¿Porqué hacían eso? Quién sabe, pero esos minutos se alargaron deliciosamente haciendo que estuvieran, brevemente, en un cielo personal donde no había campo al que regresar, ni guerra que enfrentar. Por primera vez en mucho tiempo, eran felices.

Detuvieron su baile, y Ludwig volvió a rodearla con ambos brazos de la cintura; María alzó la cabeza, mirándolo fijamente, hablándole en silencio en tanto a su alrededor las hojas dejaban de mecerse. No supo bien en qué momento se inclinó hacia ella, pero de pronto estaba besándola; un solo beso, breve, tibio y cariñoso, el único beso que necesitaban para poder expresar todo lo que necesitaban decirse.

Volvieron juntos al campo, tomados de la mano. María parecía estar de mucho mejor humor, y no le importaba en lo más mínimo que la atmósfera se hubiera enfriado de repente ni que su fondo ahora estuviera sucio de tierra y pasto.

-¿Debo volver con mis compañeras?

-Hmm… nein, lo mejor es que te quedes hoy en otro sitio.

-¿Dónde?

Ludwig la condujo hasta su propia recámara, apartada de las casetas de prisioneros y de los dormitorios de los oficiales; era un lugarcito modesto, sin ninguna clase de adorno y donde estaban solamente una cama, un ropero y una mesa de noche que se apresuró a encender.

-Hoy dormirás aquí. –señaló la cama mientras iba al ropero para sacar una manta. María se aproximó al lecho, contemplándolo con aire confundido.

-¿No… dormirás conmigo?

Al alemán por poco y se le fue el ropero a la cabeza por la impresión.

-Nein, ¿porqué…?

-No… no me molesta compartir, en serio.

-Ja, pero nosotros no debemos…

-¿Porqué no? Ni que estuviéramos haciendo nada malo.

Nada malo…esa era la cuestión, en esos momentos Ludwig de verdad estaba haciendo algo malo. Acoger en su recámara a una zíngara que encima de todo había sido amonestada por atacar un oficial… definitivamente era algo muy malo. ¿O sería que en realidad, en el fondo, él estaba pensando en otro tipo de cosas… malas?

-Gutt… dormiré con… contigo… -repuso con voz temblorosa. Miró de soslayo a la chica, que se había sentado con las piernas cruzadas sobre la cama. -¿Podrías… no mirar mientras me desvisto?

-¡Oh! Claro, claro… -contestó, mirando a otro lado con una sonrisita nerviosa en los labios. El alemán terminó de vestirse para dormir con una camiseta raída y un pantalón holgado, y se acercó a la cama acurrucándose a un lado, dejando espacio suficiente para María. apenas se acomodó ella en el lecho, la arropó con las mantas y apagó la luz.

-Gutt… gutten nacht.

-Buenas noches… hmm… ¿cómo se llama?

-¿Ich? Ah… Ludwig…

-Es verdad… Ludwig… me gusta mucho, ¿qué significa?

-La verdad no sé. ¿Y María? ¿Sabes qué significa?

-No. Aunque… mi papá me dijo que era el nombre de una mujer santa. –la zíngara se arrebujó un poco. –Dijo que era una mujer bendita porque había dado a luz a Nuestro Señor. ¿Usted cree eso?

-Ya te dije… me es difícil creer en muchas cosas ahora. Además por como hablas, supongo que tú tampoco te crees eso.

-Creo en muchas cosas, Ludwig, algunas que he visto y otras que no. Ahora mismo creo algo que antes no creía.

-¿Ah, Ja? ¿En qué, si puedo saber?

-En que del otro lado también hay gente buena.

A pesar de la oscuridad de la habitación, Ludwig sabía que los ojos dorados de María estaban mirándolo fijamente. Sintió una punzada de dolor en el fondo de su pecho.

-Nein, yo no soy bueno. Soy… una persona muy mala, si no, no estaría aquí. Así que no pienses ese tipo de cosas porque estás mal.

-¿Estoy mal? ¿De veras crees que eres malo o sólo lo dices para no tener cargo de conciencia? Las personas malas dejan que los peores pasen, pero los buenos… los buenos a pesar de que sufren hacen lo que es necesario para detener a los malos, y eso lo haces tú.

No le costó saber de qué estaba hablando.

-Ich… lo hice porque hay cosas que no… deben hacerse aquí y eso era una de ellas… -se excusó. –No es correcto tratar así a nadie…

-Pero pudo fingir que no pasaba nada. Pudo dejar que me lastimaran, pero no lo hizo… ¿porqué?

-…Porque no quería que te lastimaran. –musitó por fin, rendido. –Pero no puedo seguirte salvando de tu destino, no existe ninguna manera… a menos… que…

-¿Qué?

-…María, hay algo… pero no creo que tú quieras… es el único modo que conozco, por ahora. –con un crujido de colchón, Ludwig se incorporó en la cama, mirándola fijamente. –Si yo pudiera ofrecerte protección a cambio de una sola cosa, ¿la aceptarías?

-Pues… depende de qué sea.

-Es una especie de contrato. Ya ha caído en desuso pero eso no significa que haya dejado de existir; en él, te comprometes a… cohabitar conmigo a cambio de… de la protección del Reich. Es todo lo que exige la norma, una formalidad nada más.

-Hmm… ¿qué es cohabitar?

-Es como… hmm… -el alemán se pasó una mano por la cabeza nerviosamente. –Es como vivir en matrimonio. ¿Comprendes? Serías como mi esposa, aunque… no realmente. Está prohibido que nos casemos con gente como…

-Como yo. –María asintió lentamente. –Me gustaría pero… ¿tú quieres salvarme?

¡Vaya pregunta más tonta! Hubiera querido decirle muchas cosas; sí, quería salvarla, quería tenerla a su lado, quería seguir viéndola bailar con hermosos vestidos vaporosos que él mismo le compraría para que se viera hermosa, quería tenerla en sus brazos siempre… ¿qué demonios no entendía?

Pero no pudo decírselo. No se sentía capaz, era como un torrente que le ahogaba por dentro y le detenía las palabras, imposibilitándole hacer otra cosa que no fuera inclinarse, besar sus mejillas tiernamente y asentir, sólo eso. Y, por lo visto, ella no necesitaba más.

María se volvió a acostar; Ludwig también, aunque tardó más tiempo, meciendo los negros cabellos de su compañera murmurando:

-Ich singe mein lied, voller sehnsucht mein lied, für dich…

Amaneció. La atmósfera seguía fría, a causa de una débil llovizna en el exterior. Ludwig, como siempre, se levantó muy temprano y echó a andar para ejercitarse como todas las mañanas, mirando de soslayo a la gitana que aún dormía; apenas y se atrevió a besarle la frente antes de salir por temor a despertarla. Afuera, los oficiales apenas y madrugaban para el cambio de guardia, y había un ambiente aburrido y tristón; pero a él no le afectaba, estaba contento por fin.

No notó que al abandonar aquél lado del campo, alguien estaba rondando su dormitorio desde el exterior.

Hizo su entrenamiento como siempre, aliviado de que la fría llovizna lo refrescara y regresó a tiempo para el desayuno; comería junto con María y luego, redactaría el contrato para enviarlo de emergencia a Berlín para su aprobación, entonces sólo sería cuestión de esperar y cuando la firma estuviera lista… le compraría un hermoso vestido blanco a la gitana como regalo de bodas.

Volvió y entró al dormitorio, pasándose una toalla por el rostro.

-Gutten morgen, María. –saludó sin recibir respuesta. Se quitó la toalla y miró hacia la cama. No había nadie. Hubiera sospechado que la gitana había salido a caminar o regresado con sus compañeras de no ser porque la mesa de noche estaba volcada, como si alguien la hubiera tirado a la fuerza…

Sintió una especie de punzada en el pecho, y lanzando la toalla al piso echó a correr tan aprisa como podía. El campo estaba desierto; preocupado, avanzó más por el lado de los dormitorios hasta que vio a un muchachito de aspecto atontado que avanzaba con calma por el terreno, y pronto le dio alcance.

-Soldat! –exclamó. Éste se cuadró de inmediato. -¿Dónde están todos?

-Mein Herr, están en el patio trasero.

-¿Y porqué? ¿Quién los mandó?

-El… el capitán Beilschmidt, mein Herr. Creo que… ejecutarán un prisionero.

Fue como si todo el mundo se le viniera abajo. Ludwig, palideciendo, echó a correr al sitio indicado tan aprisa como podía, escuchando el zumbido del viento en los oídos, importándole poco que en su desesperada carrera estaba manchándose todo de lodo y que la lluvia casi no lo dejaba ver.

Alcanzaba el patio cuando lo vio. En medio del mar de uniformes negros, una hermosa figura blanca que estaba arriba de un banquito, con las manos atadas a la espalda y el cuello sujeto a una gruesa soga. No necesitó acercarse más para saber quién sabía, el vestido raído y el pelo negro lo decían todo… ¡era ella!

A su lado, otra figura vestida de negro se apostaba a su lado, consultando su reloj y esperando. Ludwig sintió renacer sus esperanzas, tal vez si alcanzaba a tiempo al oficial podía decirle que se detuviera, que había un cambio de planes… sí, eso era lo más alentador que podía pensar y apretó la marcha.

-Gutt… -dijo una voz burlona. -¿Últimas palabras?

Nadie pareció entenderlo porque ella habló en español, con un tono dolido y hermoso en la voz:

-Adiós, Ludwig…

El hombre al lado de la horca tiró de una patada el banquillo al mismo tiempo que Ludwig exclamaba:

-¡NEIN!

La muchacha se vio impulsada hacia abajo, estática por unos segundos. Luego, todo su cuerpo se retorció en una desesperada convulsión, agitando los pies desesperadamente. Estaba viva… pero no por mucho tiempo si Ludwig no se apresuraba.

Se cruzó con un muro de oficiales, y empezó a empujarlos desesperado, tratando de alcanzar la horca mientras miraba con indecible horror los agitados revuelos de la gitana. Ya le faltaba tan poco…

Entonces una figura más gruesa se cruzó frente a él, cerrándole el camino. Lo reconoció como el hombre que estuvo de pie al lado de María, el propio Gilbert.

-¡Bruder! Me preguntaba dónde estabas… mira esto, por fin podremos deshacernos de la zíngara.

-Nein, detén esto de una vez.

-Estás… bromeando, ¿verdad?

-¿Me has visto bromear alguna vez? Apártate, Gilbert.

Pero para su gran desesperación, su hermano le cerró el camino, negando fríamente con la cabeza. Ludwig se exasperó y le dio un empujón, haciéndolo caer al piso, pero al caer Gilbert se aferró de su tobillo, tirándolo también. Empezó una violenta pelea de golpes y puñetazos donde ninguno de los presentes se atrevió a intervenir, por el temor que tenían de recibir ellos mismo un golpazo pero estaban conmocionados mientras los dos hermanos rodaban por el piso, atacándose como nunca habrían soñado con hacerlo. Ludwig se esforzaba por soltarse de Gilbert, Gilbert evitaba a como diera lugar que su hermano avanzara, y no cesaba de hacerlo caer y de ponerse sobre él para inmovilizarlo; a cada instante, el rubio se desesperaba más y sus golpes eran más violentos; le sacó sangre de la nariz a Gilbert, le torció un brazo con fuerza suficiente para casi rompérselo, lo pateó hasta sacarle el aire, pero el mayor no cedía y le devolvía los golpes hasta que le reventó un labio y le cortó una ceja.

En un momento, Gilbert consiguió detenerlo, sujetándolo de las muñecas sobre el suelo.

-¡Deja de pelear contra mí, bruder! ¡Esto es justamente lo que debe pasar y ningún capricho tuyo lo va a detener!

-¡NEIN!

Una patada directo al estómago del albino lo hizo bajar la guardia, y Ludwig aprovechó para darse vuelta, tirándolo en el suelo, pero eso no le bastó, y sujetándolo de los hombros con intensa rabia, lo estrelló contra el suelo hasta que perdió el sentido. Sólo entonces, jadeando, despeinado, cubierto de lodo y de sangre, se levantó triunfante y miró hacia la horca.

Lo primero que notó fue que el cuerpo de María había dejado de sacudirse; lo segundo, que sólo sus manos seguían crispándose a breves intervalos; lo tercero, que tenía la cabeza caída hacia un lado, con los ojos entrecerrados. Y luego, apenas unos segundos después… todo terminó para ella.

Fue como si el mundo entero hubiera enmudecido. Incluso el aire que azotaba el campo se había vuelto tan frío que casi cortaba la piel al rozarla. Nadie se atrevió a decir nada ni a moverse.

Nadie, excepto Ludwig, que avanzó con paso pesado, casi arrastrándose, hasta la horca, mirando con indecible horror a María. Estiró una temblorosa mano muy lentamente, hasta que las puntas de sus dedos rozaron la raída tela del fondo, todavía cubierta con algunas flores silvestres; levantó su cara para ver la de ella, con los labios de un fuerte color violáceo, y huellas de lágrimas secas en sus pálidas mejillas.

De entre sus bolsillos sacó un cuchillo; tomó el banquillo tirado y subió a él para cortar la soga del cuello de la joven, sujetándola por la cintura para que no cayera. Cuando terminó, bajó del banquillo y la recostó cuidadosamente en el piso, donde cortó también la soga de sus manos. No supo cuánto tiempo estuvo contemplándola, pero fue bastante para que la llovizna se convirtiera en lluvia que caía a cántaros.

No sólo caía la lluvia, también gruesas lágrimas sobre el rostro de María, lágrimas acompañadas de un llanto desesperado del hombre que seguía sujetándola como si al soltarla se le fuera la vida. Y es que, en cierto modo, la vida realmente se le había ido a Ludwig.

Poco a poco se recuperó; cerró bien los ojos de la joven y se levantó con ella en brazos, cargándola cuidadosamente como si durmiera, y entonces cayó en la cuenta de que todos los soldados seguían de pie, mirando consternados la escena. Una rabia inmensa creció en el pecho de Ludwig, que exclamó:

-¡Largo todos de aquí, buitres! ¡No quiero volver a verlos en mi maldita vida! ¡LARGO, DIJE!

Atemorizados, los oficiales retrocedieron, un par de ellos cargando a Gilbert que seguía desmayado. Ludwig, con su preciosa carga en los brazos, caminó, no de regreso a su dormitorio, ni al lugar donde solían enterrar a los prisioneros, sino más allá, hasta la verja caída, hasta el campo de flores donde unas horas atrás había bailado con la mujer que ahora colgaba sin vida de sus brazos. Y siguió caminando hasta perderse de vista, en medio de la torrencial tormenta que apenas y ocultaba sus lágrimas.

Y sí… esto es casi el final. Aún nos falta el epílogo… por favor no me odien T-T era necesaria esta desgracia para el drama.

Ahora los comentarios… ¡oooh sí!

Chiara Polairix Edelstein: Aaah… no, hoy no hubo de lo segundo pero sí de lo primero.

Arwen: Yeeep, Ludwig es amodorable (digo, ¿cuándo no lo es?) espero que este capítulo te guste.

Lady Carmilla Bathory: LOL XD pues… aquí está tragedia al máximo. ¡Gózalo!

NymeriaDirewolf: Es que u_u pobre Gil, también sufre y se desespera pero bue… no se puede hacer nada por el pobre, está frito. ¡Saludos!

OkamiYuki98: Pues le atinaste x_x alguien murió… oooh I love drama *rueda* Si n.n PruHun, AusHun…

Tinna Agotnes: ¡Es un doble OTP perfecto! Los germanos con sus respectivas domadoras (?) Gilbert… pobrecito, está muy desesperado y enojado y ahora su enojo le ha costado caro a alguien

LiRiDeZkA: Jajaja xD soy maligna… okno. Espero te guste este cap maligno, ¡saludos!

Flannya: ¡Lo siento, lo siento! tampoco me gusta tratar mal a Gil pero fue necesario… hon hon hon ya lo has visto ;D

Y bueno, esperen el epílogo para dar fin a este (cruel) fanfic n.n ¡adiosito!