¡Mis muchachas! He vuelto. Luego de tiempos inmemorables de no dar señales de vida volvi... ¡Lo siento! Una y mil veces perdonenme, se que no es excusa, no tengo perdon, pero aun así, lo siento y muchisimo.
Mi vida no esta bien. Mi familia, amigos, todo, de pronto se ha derrumbado. Ya no es lo mismo que antes. No estoy en el mejor momento de mi vida, quizas en el peor. Hasta estoy perdiendo mi forma de escribir, y es algo que realmente me preocupa, porque me encanta hacerlo.
Mis padres se estan divorciando, mi hermana es insoportable, y mis amigas son unas hipocritas. Siento como si todo se me viniera encima. Mi unico escape es mi libro, pero cuando quiero escribir ¡Puf! Mi humor la caga y ¡Mierda! Me entra rabia y apago la computadora.
Realmente siento que soy un asco, y es horrible, pues paresco una vieja de 40 menopausica y ¡Nisiquiera tengo 13 años! He hecho una pagina, si, necesito hablar con alguien y con mis amigos no me apetece. Palabras de aliento es lo que quiero.
Aqui hay un pedacito de mi libro para que me digan que les parece. La pagina aparece en mi perfil.
De verdad chicas, sean sinceras. Diganme si hay algo que no les gusta para poder arreglarlo.
Es el capitulo Uno y Dos.
The Daddy's Little Princess
Capítulo 1
Apretándola contra el pecho salió de esa casa con la moral en alto fingiendo que nada pasaba, aunque tuviera que hacer mucho esfuerzo para ver a través de la cortina de lagrimas que se levantaba en su parpados, bajando por su cuello, empapando su elegante camiseta comprada especialmente para la ocasión.
La gente la miraba extrañados cuando pasaban por su lado, ¿Qué podía hacer una muchacha tan joven caminando a esas horas de la noche sola? No lo entendían. Pero ella no tenia mente para pensar en lo que ellos decían o pensaban, el dolor la embargaba aprisionando su pecho en una reja de acero irrompible, que con un solo roce calcinaba la piel de quien la tocara, como un hierro rojo al salir del fuego.
Pero todo había sido su culpa. Confiar irremediablemente en una persona hace que la tristeza cuando te falla sea peor.
Decepcionada. Ciegamente decepcionada. Tanto que era difícil creerlo. Cuantas veces le jura un te amo, cuantas veces no se juran un felices para siempre.
Había vivido todo el tiempo en una burbuja. Un sitio donde ella era la princesa encantada. Todo color rosa con risas de personas felices escuchándose en las esquinas.
Ahora, una aguja entraba en su burbuja de felicidad y la explotaba cual globo, dejando ver lo que estaba a su alrededor. Un panorama frio y gris, donde a las personas les importa menos lo que te sucede o deja de sucederte. Donde tienes que ser fuerte desde que naces o sino no vales nada.
La realidad.
La realidad de la cual ella había sido ignorante todo el tiempo. Jamás le había importado. ¿Por qué hacerlo? Jamás tuvo la necesidad.
Era imposible de creer. Para ella así lo era. Con alguien sosteniendo tu peso arriba de ti siempre, como el techo de una casa cuando llueve. Si el techo se cae, la magnitud de su caída es tan fuerte que es difícil que alguien sobreviva entre los escombros, y si lo haces, el agua te ahogaría hasta hacer de tu respiración un triste recuerdo en la nada.
Las gotas de lluvia se empezaban a hacerse presentes arriba de su cabeza. Cierra los ojos esperando que el viento se lleve sus recuerdos, pero no se puede.
Siguió caminando sin rumbo sollozando fuertemente cuando diviso una banca en una parada de bus al otro lado de la calle. Al sentarse, se limpia las lagrimas y puede ver en donde se encuentra. Su cabeza gira mirando a todos lados tratando de encontrar algo que la haga recordar el sitio, pero nada le resultaba familiar.
Completamente empapada temblando de frio intentando saber donde se encontraba, miraba fijamente la calle viendo como los autos pasaban de vez en cuando. Las lágrimas ya no bajaban por sus mejillas, habían dejado de salir en algún momento de la noche, pero el dolor seguía presente aunque prefería ignorarlo.
No sabía a dónde ir. De ninguna manera volvería a esa casa, podría estar dolida, pero por sobre todas las cosas aún le quedaba su dignidad. Y se aferraría a ella lo más que podría.
- ¿Estás bien querida?" Le pregunta una mujer de unos sesenta años con el pelo canoso recogido hacia atrás. Miraba preocupada su rostro y el bulto en sus brazos. "¿Necesitas algo?".
Aturdida sacude su cabeza y le sonríe solo un poco a la señora. "No, gracias" Responde con la voz entrecortada.
La mujer aun sigue delante de ella y en su rostro de pronto se dibuja una mueca de ternura. Le toma un cabello y lo acomoda detrás su oreja. "Sabes, sea lo que sea no llores" Va hablando seriamente. "El que sea no se merece tus lagrimas".
Ella la mira confundida, pero vuelve su vista al suelo.
- No te puedo decir cómo te sientes, debe ser horrible, pero debes ser fuerte". Se levanta de la banca y le sonríe. "Créeme, ahora estas mal, pero con el paso del tiempo vas a ir mejorando hasta olvidarlo por completo". Vuelve a ponerse seria. "Pensaras que estoy loca porque no te conozco, pero en tus ojos puedo ver que te defraudaron, y de la peor manera. Esto no es tu culpa. No llores, no seas estúpida".
La señora abre su sombrilla para irse. "Nunca estarás sola. Ahora más que nada debes ser fuerte. Veras que dentro de unos años pensaras y te reirás al recordar este momento, luego la miraras y dirás "Valió la pena el sufrimiento". Tienes a alguien que siempre te va a querer y va a estar contigo, deberías sonreír" Le da una última mirada para luego salir caminando y perderse a los segundos.
Se queda mirando por donde la mujer se había ido. Ella tenía razón. Siempre le iba doler, era obvio, pero no podía tirarse a morir. Ahora tenía algo que nadie jamás le iba a quitar. Siempre seria su prioridad por delante de quien sea y lo que sea.
Baja su mirada al bultito rosa en sus brazos e inconscientemente sonríe. Todo se borra de su mente cuando abre la manta y unos ojitos grises llenos de inocencia la miran tristes.
- Tú nunca me vas a dejar, ¿Verdad? – Solloza.
La abraza fuerte contra su pecho, temiendo que al mínimo movimiento ella pudiera irse. Pero no, nadie se la quitaría, ella sería su rayito de esperanza, la cosa por la que daría hasta su vida sin pensarlo dos veces.
- Juntas saldremos de esto pequeña, ya verás que así va a hacer.
Aunque el dolor y el sufrimiento la asfixiaran, tendría que reunir todas sus fuerzas para seguir adelante, por ella y por su hija.
Su pequeña Danielle.
Capitulo 2
Los patines zumbaban contra el hielo cada vez que aumentaba la velocidad. El sudor me corría por la frente a pesar del frio que había. Flexiones mis rodillas para impulsarme y saltar. Hice un giro rápidamente y caí con gracia determinada al dibujar un ocho con los pies.
Me senté en las bancas para tomar un poco de agua. ¡Uf! Estaba realmente cansada. Limpie el sudor de mi frente con la manga de la chaqueta. Unos de los otros chicos del grupo giraban majestuosamente en el aire, casi con elegancia, y caían en sus talones como la cosa más fácil del mundo.
Debía esforzarme más si quería hacer eso. Mi profesor me decía que dentro de unas cuantas semanas estaría dando giros y piruetas arriba de las rampas, pero que para eso debía hasta soñar que lo hacía.
Mire un rato más a los chicos y me levante a seguir practicando. La música de los audífonos empezó a sonar en mis oídos y me empecé a deslizar por toda la pista al ritmo de la canción. Fireflies de Owl City, mi favorita.
Mi baile iba combinado con piruetas y saltos.
Desde que era pequeña me ha fascinado el patinaje. Me quedaba embobada viendo a las chicas de la tele bailar y correr por la pista con elegancia, con esos hermosos trajes brillantes y patines de cinta.
No fue hasta los 5 que le pide a mi madre que me inscribiera para tomar clases, y desde entonces se ha vuelto mi pasión.
Hace unas semanas llego un instructor de Londres, y escogió a 5 personas para ir allí a competir para las nacionales en América. Chelsea, Agustín, Miranda, Joshua y yo fuimos los elegidos, pero por desgracia solo podía ir uno, así que regresaría dentro de una semana para decidir.
Ahora técnicamente vivía en el centro. Solo me faltaba traer mi ropa, dormir, comer y estudiar allí.
. – ¡Danielle! ¡Ven acá! –Grita mi George, mi profesor.
Me acerco cantando hacia él. Llego y se agacha hasta mi altura.
. – Danielle, creo que ya deberías irte – Habla con su voz profunda de presentador – Mira la hora que es, ya todos se están yendo – Señala la puerta.
Me doy vuelta y veo a los chicos que se arremolinan a la puerta alzando la mano para que los vean sus padres o intentando para un taxi. Me vuelvo hacia George con mí mirada más encantadora.
. – ¿No puedo quedarme un rato más?
Suspira y niega.
. – No Dan, me temo que no, debes irte a casa – Se levanta – Te veré mañana.
Asiento resignada y me acerco a la banca a quitarme mis patines. Guardo todo en la mochila y me calzo mis botas negras.
Miro mi reloj y ¡Dios mío! ¡Son las nueve! Salgo apresurada hacia la puerta y me paro esperando que baje la multitud. Me despido sonriendo con la mano de mis amigos.
. – Adiós Danielle – Se despide Rebecca montándose en el coche de su padre. - ¿Te llevo a tu casa?
. – No, no te preocupes, gracias de todas formas. Adiós.
Me sonríe – Bueno, será en otra ocasión – Entra al auto y cierra la puerta – ¡Hola de nuevo papá! – Alcanzo a escuchar antes de que el coche se ponga en marcha.
La calle está sola. No hay peatones, pero de aquí se puede oír el murmullo de la gran manzana. El cielo esta morado. Pronto va a llover, si no me apuro el agua me va a caer encima.
Cuando me voy a mover ya es muy tarde.
El agua ha empezado a caer en pequeñas gotas suaves y al segundo se ha convertido en el diluvio.
Salgo caminando rápido hacia la otra calle sosteniéndome la capucha con una mano. Llego y sigo caminando o mejor dicho corriendo hasta que llego al techo del café de la señora Madeleine.
Me siento en el piso y se me sale una risilla. Miro la carretera y las luces de los majestuosos edificios. Nueva York era más hermosa de noche. El bullicio de la gente hacía parecer días de navidad.
Alzo mi trasero del frio cemento y atravieso la calle. Mientras voy caminando veo las vidrieras de las tiendas y mi vista para en una joyería. En sus estantes encima de una acolchada almohadita, descansaba el más exquisito de los colgantes.
Una fina cadena de oro, con diminutas estrellas brillantes a los lados dando un efecto suave y delicado. Al final estaba un pequeño dije de corazón igual de brillantes que las estrellas de la cadena, con una franja roja en una esquina del comienzo. El collar de vueltas en su almohada.
Me acerco mas a la vitrina entusiasmada por ver las letras grabadas en el corazón.
Me alejo casi al instante al verlas.
En letras fluidas con estrellitas y colores recita "La consentida de papa".
Sacudo mi cabeza y sigo caminando. De todas formas no era tan bonito.
En lo que resta de camino, me niego a volver a mirar las vitrinas de las tiendas y me limito a ver el piso. Al llegar a mi casa las luces del porche están apagadas al igual que las del recibidor.
Me dirijo arrastrando los pies hasta el salón con un vaso de leche fría y galletas. Me hundo en el sofá hasta que mi cabeza queda en el respaldar con los pies en la mesita y cierro mis ojos. Que día.
Sentía como si un tanque me hubiera pasado por encima. Los músculos de los brazos me dolían y la planta del pie cuando la apoyaba sentía unos horribles punzasos.
Mi médico, el Sr. Manuel, había recomendado dejar de practicar patinaje por un buen tiempo, pero estaba loco. No podía dejar de entrenar ¡Es la oportunidad de mi vida!
Me llevo las inmensas pastillas a la boca y bebo un gran trago de leche para pasarlas. Mi vista recorre toda la habitación reparando en la chimenea, que se encuentra colmada de fotos perfectamente ordenadas, todas por años. Mis años.
La primera puesta en un gran marco de madera, ribeteado con barniz y relieves de corazones, era de hace 13 años, el día en que nací. Nos la había tomado una amable enfermera de la clínica llamada Miriam, en la foto salía mi madre sonriendo desde la cama y yo en sus brazos envuelta en una manta rosa.
La que le seguía, fue el día de mi primer cumpleaños. Con un gran gorro y el cabello desordenado, mi persona apagaba las velas de una torta en forma de castillo. A mi lado mi madre que me sostenía y al otro mi tía Gabriela.
La tercera, mi primer intento por andar en bicicleta. Cuarta, mi mama y yo cubiertas de harina tratando de hacer un pastel cuando tenía 5 años. La de mi graduación y otra infinidad de fotos.
La última la habíamos puesto hace 3 meses. En ella estábamos, mi tía, mi madre, abuela, Mauricio, Angeline, toda mi familia el día de año nuevo.
Mis fotos estaban incompletas. No era un cuadro familiar del todo.
Quiero decir, faltaba alguien. Las fotos de Angie estaban completitas. Mama, hermano, sobrinos, abuelos… Papa.
Era lo que a las mías les faltaba.
Yo tenía un padre, solo que él no estaba preparado para ser uno.
La misma historia de siempre. La novia se embaraza, a él le entra el pánico, no puede con la responsabilidad y ¡Puf! Desaparece. Un acto de magia.
Mi madre me lo dijo desde que era pequeñita. No había nada que a él le impidiera venir a Nueva York a verme. "Un día va a venir" Las palabras que creía de la boca de mama, pero si no vino en 13 años ¿Por qué lo va a hacer ahora? Una pérdida de tiempo total.
Aunque a veces luchaba porque no sucediera, el deseo de conocerle era fuerte, algo que no podía detener. Una vez cuando tenía unos 7 años, prepare una mochila con ropa y comida para encontrarlo, pero buscar en el jardín de tu casa no es muy factible. Eran cosas de niños. Ya yo no era una niña y no pensaba cosas de niñas. Las cosas que me proponía eran serias.
Tenía una lista.
La escondía debajo de mi cama. Cosas que hacer antes de morir. La segunda era conocerlo. De primer lugar aun no había ninguna.
Los días del padre me las empañaban para no asistir al colegio. Cuando hacían obras llegaba diciéndole a mi madre que me dieron el papel de árbol o roca. Cada año inventaba un ridículo papel distinto. Que si roca, flor, árbol, rama etc. Puras cosas sin importancia.
Pero ella siempre se daba cuenta de que faltaba. Yo lo hacía para no herir sus sentimientos, no quería que sintiera culpa de nada.
Angeline Wood mi mejor amiga, era de las pocas personas que me comprendía. Su padre Miguel Ángel Wood, trabajaba las 24 horas del día, de los 365 días del año, el trabajaba 367.
Al menos ella sabía su nombre, en cambio yo no sabía nada. Ni siquiera su nombre. Nunca me había escrito, jamás me ha llamado, y hasta creo que ni siquiera me recuerda.
¿Danielle? ¿Qué Danielle? Ah! La hija que tuve con Sofía Rojas hace 13 años, ni la recordaba.
Eran esas algunas cosas que no entendía. Se supone que un hijo es algo sagrado, una bendición, el honor más grande del mundo. Pero ellos los tienen y los olvidan como si fuera una telenovela pasada de moda. ¡Qué increíble como manejan eso! El remordimiento parece que ni los toca. Como si jamás hubiera pasado. Y siguen con su vida normal. Dicen que tienen dos hijos cuando de verdad tienen tres.
Una parte de mi lo odiaba. Lo odiaba por haber sido un cobarde y no dar la cara, porque de eso estoy segura. Siguen su vida, pero cuando lo tienes en frente "No eras tú, soy yo" se derrumban cual edificio. Me había perdido momentos de mi vida importantísimos por su culpa… bueno, no perdidos del todo, pero si arruinados.
Y otra parte lo quería. ¡Ja! Querer a alguien que ni conoces es algo estúpido, pero me dio la vida, o parte de ella. Y su ausencia me afectaba, no mucho, pero me afectaba. En estos momentos o luego, si tuviera la oportunidad de viajar adonde sea que viva me le plantaría de frente y le diría "¡Hey! ¡Soy yo! Danielle Brandon, tu hija. Si como escuchaste, tu hija y he venido a decirte…" Tal vez no tengo muy claro lo que le diría.
Luego de tiempo de investigación por la familia de mamá, llegue a la conclusión de que no me parecía a él, solo los ojos y el cabello color caoba.
Lo más cercano a un padre que tenía era Mauricio, Morise de cariño. Él era el chofer de mi tía Gabriela y quien ayudo a mi madre a cuidarme cuando era un bebe. Algo así como una nana, solo que hombre… Un nano.
Estaba siendo ridícula al recordarlo. Seguramente él ni siquiera recordaba a mi madre, y yo aquí dándome contra las paredes por él.
Escuche la puerta abrirse un rato después, me hubiera levantado a mirar, pero para eso ya yo estaba llegando al quinto sueño.
Me desperté a media noche o a media madrugada, agitada y jadeando. Había sido un sueño tan real.
Tratando de mirar en la penumbra la cortina de la ventana se agito con el viento dejando entrar un poco de luz nocturna, entonces me di cuenta que estaba en mi habitación. Gabriela me debió haber traído en algún momento cuando estaba dormida.
Encendí mi lámpara y sostuve mí cara con mis dos manos. Hoy no iba a poder dormir. El sueño se esfumo.
Llego arrastrando los pies hasta la cocina, y me trague una pastilla para el sueño de sopetón. Esperaba que eso me ayudara a dormir.
Cuando llegue a mi cuarto otra vez, no me apetecía ver televisión ni cerrar los ojos a esperar caer grogui de nuevo.
Al final me recuesto en la cama con mi vieja colección de Madeleine Wickman en mi regazo. Tomo un libro al azar y empiezo a ojearlo sin preocuparme por leer el titulo.
. – Danielle, despierta – Oigo una voz que me llama a lo lejos.
Me remuevo inconsciente.
. – Danielle, arriba – La puerta se cierra, pero a los segundos vuelve a abrirse. Siento como si jalaran un poco mi edredón, y luego un poco más, y mas, y más, hasta que quedo destapada por completo. Encojo mis piernas desnudas en un intento de darles calor.
. – ¿Qué? – Me limpio con la mano las lagañas de los ojos. Entre mis pegadas pestañas puedo ver a mi tía llevándose mi ropa sucia.
. – Párate, te quedas con Angeline hoy – Grita desde la sala.
Al segundo ya estaba de pie.
Camino despacio a la cocina y el olor a huevos revueltos y tocino invade mi nariz.
. – Buenos días Dandi – Saluda Gabriela.
. – Hola, ¿Tú hiciste esto? – Señalo la comida con mi dedo.
. – Raro, pero cierto.
. – Exactamente.
Nos quedamos un rato en silencio mirando la comida.
. – Me voy a bañar – Aviso saliendo del cuarto.
Me meto a la ducha y a la hora salgo con un toalla en la cabeza. Abro mi armario y me quedo admirando la cantidad de ropa que tengo. Los zapatos acomodados por color, mis blusas cada una por ocasiones, pantalones y faldas en otra esquina junto con mis chaquetas. Pero lo que más me gustaba de mi armario era la colección infinita de abrigos que había adentro. Todos con su propio sitio. Cortos, largos, amarrados a la cintura, con botones, sin botones, todo lo que yo podría soñar.
Con todas esas obras de arte se podría alimentar a una familia americana por 5 meses o puede que más.
Me decido por una falda gris plisada por arriba de mis rodillas, una camiseta gris con un lazo en el cuello manga corta, medias hasta la rodilla, zapatillas a juego y mi fabuloso abrigo de Ralph Lauren color crema.
Dejo mi cabello suelto y me coloco un cintillo brillante de color blanco.
Me veo en el espejo para dar los últimos toques y ¡Listo! E sido transformada.
. – ¿Como me veo? – Pregunto a Gabriela posando en la puerta.
. – Bien – Contesta mirando su celular.
. – Gracias – Volteo los ojos y me voy al sofá.
Una llamada le entra y yo aprovecho de revisar el correo.
Espero con paciencia a que Gabriela termine y me quedo mirando la puerta. A los segundos la escucho gritarme.
. – Cambio de planes Dandi, te vas conmigo – Habla apresurada recogiendo su abrigo.
. – ¿Qué paso? ¿A dónde vamos? – Me levanto rápido.
Suspira
. – Vamos al hospital – Desaparece por la puerta.
No tenía que preguntar porque, la respuesta era obvia.
Mi madre.
