Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola, gracias por entrar aquí n.n

Esta es la segunda entrega del fic. Espero poder publicarla por fin, porque desde hace rato que estoy tratando de ingresar a mi cuenta y todo está muy lento, no sé qué problema habrá. Por lo pronto, celebro haber llegado hasta la etapa de edición XD

Agradezco a todos los que leen y en especial, aunque ya les haya respondido, a quienes han tenido la generosidad de dejarme sus apreciaciones mediante un review. Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


*Siendo ya domingo a las 15 -hora de mi país-, intentaré una vez más actualizar el fic. Ayer por la noche lo intenté varias veces, pero siempre me salía Error Type 1 u_u


II

Invierno: yo


Los primeros copos de nieve no le depararon ninguna clase de asombro. Los observó fijamente, extrañada de su levedad. Pronto comenzaron a acumularse sobre la palma de su mano y el frío se hizo más notorio. Momentos después sentía la piel helada.

En un inicio la sensación fue desconcertante, pero luego se tornó físicamente insoportable. Aunque llevaba ropa de abrigo recomendada por Rukia, los aguijonazos de la escarcha le generaron un dolor nuevo e incomparable con cualquier otro que haya sentido antes. Nel seguía asombrándose de las novedades que el mundo –y el tiempo- le ofrecían.

Recordó cuando la convirtieron en una niña. Recién entonces cayó en la cuenta de que un arrancar carecía de una infancia de ese tipo, que los pensamientos y emociones experimentados durante ese período, más propio de los seres humanos que de su especie, les eran absolutamente ajenos e incomprensibles. Tal vez fuese una afortunada por haberlo transitado.

Nel evocó aquella niña revoltosa y vivaz, inconciente de los peligros y de su pasado, ignorante incluso de su propio ser. En ese entonces sus fieles amigos se esmeraron por protegerla de toda acechanza y construyeron para ella una fortaleza de juegos que la mantuvo segura, pero también aislada. Sin embargo, cuán feliz se podía ser en esa inocente ignorancia…

Ahora que volvía a su forma de mujer anhelaba casi dolorosamente ese universo construido sólo con la imaginación y las propias resoluciones, un universo donde ninguna angustia tenía lugar. A ese íntimo cosmos había pertenecido, allí había tenido espacio para sí misma sin cuestionamientos ni recelos, sin necesidad de pelear para sobrevivir.

Pero la mujer adulta lo perdería definitivamente al transformarse de nuevo en aquel Espada que desentonaba, el Espada extraviado. Por paradójico que fuese, se hallaba más desorientada como mujer que como niña, y la incertidumbre sobre su futuro la resquebrajaba poco a poco, día a día, sin lograr dar con el modo de restaurarse.

Aquella infancia artificial había sido un refugio. Aunque de mayor Nel ya no tenía que pelear para defenderse, debía en cambio seguir buscando el modo de andar sobre sus pies y de obrar con sus propias manos. Se preguntó entonces si la única satisfacción que se reservaba para alguien como ella se reduciría exclusivamente a eso y nada más.

Sacudió la mano y volvió a exponerla ante la suave nevada para seguir contemplando aquellos efímeros copos. La indolencia de su expresión fácilmente podría confundirse con desinterés, pero en realidad se sentía más que atraída por ese novedoso encanto de la naturaleza. La Sociedad de Almas se parecía de forma inquietante al mundo de los humanos.

-Nieve –murmuró para sí misma. Nel lo estaba asimilando, se esmeraba por entender.

-Nieve –corroboró Kuchiki Byakuya de pie a su lado, sin sorprenderla. Quizá por instinto, quizá por hábito, ya habían aprendido a detectar la presencia del otro.

Minutos antes, la joven Espada había salido de sus aposentos para observar mejor el fenómeno. Los aleatorios pasajes del Seireitei la condujeron hasta una zona abierta donde el cielo podía apreciarse en toda su dimensión, sitio donde se dispuso a examinar la nevada. Si bien desde su posición no podía ver a Byakuya acercándose, sí había percibido claramente su proximidad, por lo que sólo se limitó a esperarlo.

El capitán, a su lado, imitó su gesto. La mano abierta extendida captó numerosos copos de nieve que se dignó a contemplar con su templanza habitual. Nel se preguntó por milésima vez desde que lo conociera si ese sujeto alguna vez sentía algo.

Pese a que desde el otoño pasado habían coincidido en diversas ocasiones, no se les volvió a presentar la oportunidad de platicar. Muchas veces se cruzaron sin intercambiar ni siquiera una mirada de reconocimiento, abstraídos cada uno –o fingiendo estarlo- en su propio universo.

Quizá fuese el frío, quizá fuesen sus tareas o quizá fuese la apatía, la cuestión era que ya no buscaron la forma de continuar fomentando algún tipo de comunión. Durante el invierno las cosas morían, le había dicho él aquella vez, por lo que comenzaban a experimentar cierto cansancio. Al menos Nel, en particular, se sentía cansada.

-Duele –reconoció ella al reparar nuevamente en su piel helada-, duele de una forma extraña, desconocida para mí. Hubiera querido no sentirme así jamás.

-El dolor es parte de nuestra existencia, nos advierte que aún no hemos desaparecido –dijo él-. Supongo que para un arrancar el dolor debe ser difícil de comprender.

Nel levantó la vista de su mano y lo miró sin emoción, igual que la miró él. Era como estar frente a un espejo.

-Un arrancar también es una forma de vida, también siente –explicó ella.

-Y qué clase de sentimiento equivale al dolor en un arrancar, según tú.

La interpelada conservó sus facciones inalterables, los ojos apagados, la boca adusta. Aceptó el desafío durante un instante de silencio y luego no dudó en afirmar:

-El miedo.

Byakuya le sostuvo la mirada, tan fija como inexpresiva. Momentos después ambos relajaron sus manos frías al mismo tiempo, alejándolas por un rato de la desapacible intemperie. Frente a frente, parecían competir en calma y desafección.

Era como si hubiesen involucionado. Nel lo percibió, lo vislumbró al notar en él la misma actitud impasible de antes, la misma mirada distante. Y sobre todo, por su arrogancia. ¿Es que alguna vez llegó a desear que sea distinto? ¿Acaso había alimentado la esperanza de ver otras capas en él?

Aunque, si mal no recordaba, fue el propio capitán quien propuso la idea de observar el cambio. Sólo si soportaba el cambio conocería lo nuevo, le había dicho. Pero entonces Nel se dio cuenta de que ella tampoco había cambiado. Al contrario, poco a poco volvió a ser la mujer extraña que había convivido entre los Espada, el arrancar apartado, el descarriado. Ahora lo veía con claridad, ahora que estaba parada frente a él.

Para su sorpresa, fue Byakuya quien comenzó a reparar la falla, aunque nadie pudiese aseverar por su actitud que lo supiese o que lo hiciese adrede. En todo caso, lo hacía.

-Dices que el miedo los constituye –señaló interrumpiendo sus cavilaciones-. Lo que sugieres es que el miedo ha determinado tu proceder a lo largo de tu existencia, que el miedo te justifica.

-Digo que el miedo es de lo que estamos hechos, nuestra verdadera naturaleza –repuso Nel.

-Creí que habías dicho que te definías por tus elecciones.

Ella recibió la estocada con imperturbable serenidad, aunque por dentro la sacudió. Lo último que hubiera esperado de un sujeto como él era que recordara alguna de sus palabras. ¿Quizá lo había juzgado mal? ¿Debía interpretar eso como un cambio, o Byakuya siempre había sido así y ella no era lo suficientemente aguda como para advertirlo?

¿Y qué esperaba lograr hablándole de ese modo? En primer lugar, ¿por qué la había buscado? Las otras veces se había mostrado indiferente, encerrado en sí mismo, como si nunca hubiesen conversado en su jardín junto al estanque. Ahora estaba allí con ella, compartiendo la primera nevada del invierno con o sin intención de hacerlo. Nel dudaba. ¿Acaso conocer su cerrazón era realmente suficiente para conocerlo a él?

Probablemente Byakuya ocultaba mucho más de lo que se podría llegar a adivinar o intuir. Al fin y al cabo las personas eran un misterio, sean o no shinigamis. ¿Habría notado entonces la afinidad, la zona imprecisa donde hasta dos enemigos declarados como ellos podían compartir parte de su tiempo? Incluso los guerreros más sanguinarios desarrollaban algún tipo de sensibilidad, ella lo sabía bien. Muchas veces su eficacia en la pelea también dependía de ello.

Como sea, aún era difícil hallar los intersticios que le permitiesen acceder a la verdadera índole de su ser. Era el invierno, la última oportunidad para presenciar el cambio. Nel se predispuso a intentarlo de nuevo, de todas formas no tenía nada que perder.

-No me refería a la esencia que puedo modelar, sino al ser que me fue dado –replicó.

-Piensas como los humanos –observó él.

-En todo caso, ¿no es allí de donde procedemos?

-Es difícil de aseverar –dijo Byakuya-. El tiempo no es un río de recorrido estricto sino un círculo que cada vez se está abriendo, un retorno constante. No fluye hacia adelante, sino que se reinicia en cada final.

-Conozco el ciclo, funciona como las estaciones.

Byakuya se limitó a afirmar con un gesto. A continuación añadió:

-Entonces el miedo es la naturaleza que te fue dada y tus elecciones te definen como individuo. Veo que un arrancar también tiene conciencia de sí mismo.

-Así es, y no creo que sea para asombrarse.

-Pero sirve para conocerlo mejor.

La nieve caía con calma. Sin embargo Nel desentonaba con esa serenidad, pues por dentro la acometía un súbito desconcierto. Ignoraba qué pensaba Byakuya con exactitud, pero parecía que intentaba entenderla. La inopinada sensación de ser alguien de su interés le resultaba extraña y perturbadora, venía a revelarle que no sólo ella meditaba en quien tenía enfrente.

Con la llegada del frío había logrado explicarse ciertas conductas. En Hueco Mundo nada variaba, pero en el mundo humano y en la Sociedad de Almas parecía que el invierno apocaba el espíritu, ella misma lo corroboraba en su persona. Las criaturas se desanimaban, se resguardaban, se veían restringidos en su accionar. Pero en ese momento, cuando la conexión que había configurado antes con el capitán estaba siendo reiniciada, se sintió súbitamente fortalecida. Hablando con él, imperceptiblemente, el frío se convertía en sólo una idea.

¿La vería él ahora como un guerrero, como un igual? ¿Habrá sabido deshacerse por un momento de su orgullo para entender los recelos y la soledad que la vulneraban, el mismo aislamiento que también a él lo caracterizaba? Ni siquiera un espejo podría reflejarlos mejor que sus propios ojos devolviéndoles su propia imagen.

Y el control de sus emociones, contradictoriamente, era lo que más los vinculaba. Antes de proseguir con el tema de conversación, Byakuya apartó la vista.

-El miedo les ha dado la vida, por lo cual es el miedo lo que la pone de manifiesto.

A su vez, Nel posó los ojos sobre la nieve que se acumulaba en el suelo.

-En mi mundo el miedo es tan agobiante que ni siquiera eliminando la amenaza se alcanza la paz.

-Se sobrevive cuando se teme.

-Es más complicado que eso –dijo Nel-. Un arrancar pierde casi todas sus memorias: la del hollow original, los hollows que devoró para crecer y convertirse en un Menos, la de Gillian… Pero cuando se convierte en Adjucha adquiere inteligencia, y con ella vienen la conciencia y las memorias que ya no perderá. Aquí comienza el miedo más atávico: el miedo a la regresión. No hay horror más grande para un arrancar que el riesgo de volver a ser como aquellas criaturas indistintas sin razón ni identidad. Un hollow no sabe quién es.

Nel calló. Hacía tanto tiempo que no hablaba de eso que le resultaba pesado remontar la larga cadena de vicisitudes que caracterizaba la conformación de su ser. Se estaba abriendo de una manera que la exponía dándole al enemigo el conocimiento de su debilidad, pero eso, lejos de preocuparle, de alguna forma la liberaba. Era como descargar un gran peso que llevara entre las manos y del que apenas tenía noción.

O como si se exorcizara… Ella estaba hecha de miedo, y el miedo había sido un demonio.

Una vez alcanzada la condición de arrancar supuestamente ya no tendría que temer, pero la naturaleza no funcionaba así. Si el miedo era su fundamento, el miedo era también su atributo más constitutivo. Verbalizarlo no lo eliminaría del todo, sino que apenas ayudaba a socavarlo.

-Aizen no temía, eso nos sedujo –continuó después-. En Hueco Mundo no es común encontrarse con figuras de ese tipo. Somos criaturas tan poderosas como frágiles, por lo que no le costó mucho convencernos para seguirlo. Además nos liberó de nuestras máscaras…

El recuerdo de pronto se hizo tan patente que Nel volvió a retraerse. Byakuya, por su parte, se mantuvo en silencio. Poco después él volvió a extender su mano para acoger más copos, y con su paciente actitud la esperaba.

Sería difícil asegurar que reconocía su miedo, que compartía su desazón o que la comprendía. Byakuya se mostraba tan hermético e inexpresivo como de costumbre, pero tampoco se apartaba. Cuando Nel retornó de sus memorias y lo notó se lo agradeció interiormente, del mismo modo que le agradeció su discreción. Si no había palabras, había merced.

Volviendo sus ojos hacia él, la joven Espada lo vio por primera vez de forma diferente: lo mejor de Byakuya estaba adentro, bien resguardado por esas capas que había forjado para preservarse. Nel lo entendía y quizá comenzaba a removerlas.

El problema tal vez no fuese el capitán, sino el ojo que lo miraba. Con esta súbita revelación Nel dirigió sus ojos hacia el encapotado cielo, pensativa. Los copos entonces cayeron sobre su rostro y la frescura que desprendían, lejos de molestarla, esta vez le despabilaron los sentidos. Detrás de ese engañoso cielo blanco, aparentemente sólido e impenetrable, se escondía el cielo real.

-La nieve no es tan mala –admitió sin apartar el rostro de la serena precipitación.

Byakuya mantuvo la vista sobre su mano.

-El miedo tampoco –replicó.

La joven bajó los ojos hasta él. Le costó entender el sentido de sus palabras, para ella el miedo siempre había sido un monstruo al acecho, una bestia que le recordaba permanentemente de dónde había venido y para qué. Nel sostuvo miles de batallas contra sí misma para mantenerlo a raya, para no dejarse vencer. Bajo sus formas pasadas podía ser una ventaja cuando se trataba de sobrevivir, pero cuando su máscara fue arrancada el miedo se transformó en una fuerza opresiva que la modificó para siempre.

Ciertas imágenes desfilaron por su mente. Muchas veces había matado por temor de morir, en muchas ocasiones había actuado como depredador para salvarse de ser la presa. Se trataba de la ley del más fuerte y eso en Hueco Mundo era lo natural, la herencia de la vida humana, una pauta jamás cuestionada. Pero cuando trasmutó en un arrancar su pensamiento cambió.

Siendo la Tercera Espada, Aizen y sus hermanos tenían grandes expectativas con respecto a ella. Sin embargo, su forma de ser y de pensar transitaba por una senda totalmente opuesta a la que ellos le habían trazado. Nel ya no quiso matar sin necesidad y se negaba a pelear si no mediaba una buena razón, porque eso, de alguna manera, también le generaba miedo. Así se convirtió en la desviada, la rara, la molestia. Con el tiempo Aizen la ignoró y los demás la olvidaron.

Nnoitra era el único que la veía, Nel cada día recuperaba más recuerdos de su relación y de sus combates. No obstante, sabía de sobra que para él sólo valía como el rival contra el cual medirse, un reflejo de sí mismo que quería eliminar. El miedo no desaparecía por ser un arrancar.

Por eso desde que llegó a la Sociedad de Almas se sentía confusa. Ya no se trataba sólo de temer la propia naturaleza o el yerro irracional, sino de tener que lidiar con la soledad, la marginación, el desconocimiento del lugar de pertenencia. Nel ya no sabía en dónde debía estar, ni siquiera si formaba parte de algo. El miedo se había ramificado.

Hubiera querido confiárselo a Byakuya, pero ella también tenía su orgullo.

-Esto es lo que soy –dijo por fin-: soy mis elecciones y también soy el miedo que me ha conferido existencia. Pero para mí el miedo, además, actúa como una tenaza ardiente que me oprime hasta la desesperación, por lo que no puedo aceptar tus palabras.

El capitán relajó su mano y posó la vista en el suelo. Nel hubiera querido desarrollar mejor esa incipiente lucidez sobre su personalidad para dilucidar con qué clase de pensamientos se debatiría y qué tipo de emociones lo acometerían. Byakuya parecía vuelto hacia sí mismo, pero esa pose ya no la engañaba.

-Cuando se vive se teme, y tememos porque estamos vivos –señaló él.

-Sí, pero cuando el miedo nos trasciende porque tememos por alguien más, somos incapaces de medir nuestras acciones –repuso ella-. El miedo de perder a aquellos que me son queridos es aún mayor y más atenazante que el temor de mí misma.

-Así es –concedió Byakuya- y así ha sido siempre tanto para ti como para mí, y para cualquier otra criatura. Pero entonces el miedo es la puerta que conduce a la acción.

Nel parpadeó, confusa acerca de la valoración que el capitán imprimía en tal afirmación. Lo miró con atención, aunque él se empeñara en enfocarse en cualquier otra parte.

-Si el miedo fuera esta nieve que cae sobre nosotros –continuó él-, al principio la helada podría resultar desagradable, incluso paralizante. Pero inmediatamente después sobreviene la necesidad de buscar un refugio y nos asalta el impulso de accionar para combatir el frío. Es entonces cuando se descubren cosas interesantes.

-¿Qué clase de cosas?

-Lo que se ofrezca delante de ti… Si hay una razón para temer, hay una razón para luchar.

Luego de decir esto Byakuya la miró a los ojos durante un instante. A continuación se dio la vuelta y, sin despedirse ni agregar nada más, se marchó. Nel lo observó mientras se alejaba, sorprendida de los sentimientos que empezaban a arremolinarse en su interior.

Desde que tuvo conciencia de sí misma, la infamia, la brutalidad y la desesperación habían sido el índice por medio del cual medía las cosas, y cada confrontación que sostuvo con la finalidad de sobrevivir se lo ratificaba. Pero de pronto un shinigami, la figura en la cual los que eran como ella habían focalizado todo su resentimiento, le señalaba una dirección totalmente diferente, una senda que jamás había visto antes.

El miedo podía constituirla, incluso determinar gran parte de sus creencias, pero aún en medio del horror más absoluto debía hallar el modo de alcanzar un poco de motivación. O precisamente a causa de ese horror. Byakuya le había mostrado que el miedo podía dejar de ser una condena para convertirse en un motor.

Si levantaba la vista para buscar un refugio incluso podría vislumbrar el atisbo de algo bello. Cuando Nel volvió a enfocarse en lo que la rodeaba descubrió que la nieve se había convertido en un paisaje nuevo, brillante y generoso. Ante semejante panorama se sintió sobrecogida.

Y de pronto ya no importaba mucho que la niña se hubiese perdido o que la infancia se hubiese acabado para siempre, algo desconocido y tibio empezaba a crecer dentro de ella, algo impreciso e innominado. Byakuya, inesperadamente, le había revelado un aspecto de su naturaleza que jamás había considerado poseer, un aspecto que, sin saberlo entonces, los acercó todavía más. Quizás también se acumulaban capas dentro de sí misma.

Mientras la blancura se expandía ante sus ojos pensó en lo difícil que era conocer al otro, verlo tal cual era más allá de las apariencias. Apreciar tanto lo bueno como lo malo, aquello de lo que estaban hechas las personas, requería constancia y firmeza de voluntad. Ella, que siempre había peleado con su propia vida en juego, creyó que el arribar a ese entendimiento era un desafío aún más duro y arriesgado.

Y sin embargo lo habían hecho, ambos se habían atrevido a recorrer ese camino donde la meta era lo de menos. En el transcurso, en cada paso, era cuando se aprendía.

Si ahora renunciaba sería como perder, y sospechó que hasta en eso se parecía al capitán. Nel depositó su fe de guerrera en la creencia de que ninguno de los dos se daría por vencido, en que ambos insistirían en transitarlo hasta el final.