Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Hola, gracias por entrar aquí n.n
Penúltima entrega de este pequeño fic, el próximo fin de semana actualizaré con el último capítulo. Reitero mi agradecimiento para los lectores que se han aventurado a leer y que tuvieron la generosidad de aceptar esta propuesta.
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
III
Primavera: el estanque
Trató de recordar si alguna vez en Hueco Mundo el aire se había sentido así de tibio. Sus sentidos experimentaban sensaciones tan novedosas que se impresionaba de sí misma, se turbaba. Era casi como ser humano.
Desde que llegó a la Sociedad de Almas había aprendido muchas cosas. En la actualidad era tal el interés que le generaba cada aspecto de aquella vida, que había decidido extender su visita más tiempo del que se había acordado en un principio. Para su fortuna, nadie puso reparos en ese plan. Ichigo, incluso, pareció haberse sacado un peso de encima. A veces seguía actuando con ella como si fuese una niña.
Le sorprendió encontrar en Rukia una compañera constante, casi una amiga. Pasaban juntas todo el tiempo que las obligaciones de la shinigami permitían, tiempo que ocupaban en diversas tareas, paseos y conversaciones que fueron muy instructivos y entretenidos para Nel. Incluso advertía en ocasiones que la joven hacía un esfuerzo particular y sincero para trabar una relación de confianza, actitud que la conmovía y le hacía sentir apreciada.
Si bien era obvio que los unía un vínculo muy especial, le extrañaba que Ichigo y Rukia soliesen interactuar de un modo que distaba de merecer el calificativo de amable. Tal vez estuviesen más allá de las formas y los convencionalismos… Nel se sorprendía de que en cambio con ella, a quien conocía desde hacía poco, Rukia fuese tan considerada y afectuosa. Algunas veces llegó a creer que se lo habían encargado especialmente.
Fue por eso que, sin intención de su parte, terminó por convertirse en un visitante asiduo de la mansión Kuchiki. Rukia la llevaba allí con frecuencia bajo cualquier excusa. A Nel le llamó mucho la atención pero nunca pudo negarse, mitad por educación y mitad por verdadera curiosidad. Y cuando amanecía honesta consigo misma, admitía finalmente que aquel era un lugar al que le agradaba ir.
Aun así raramente se cruzaba con el dueño. Las veces que se producía tal coincidencia una simple mirada bastaba para saludarse e intercambiaban sólo las palabras de rigor. Rukia entonces los observaba con una mueca que Nel no acertaba a descifrar, pero que la mayoría de las veces parecía de resignación. Era como si la shinigami viera o supiera algo que estaba más allá de su entendimiento.
Pero la joven Espada se desentendió pronto de ello. Lo que más le interesaba era descubrir en cada visita nuevos recovecos de aquella mansión antigua, admirar los objetos que la decoraban y los que le daban entidad a la familia Kuchiki como una de las más tradicionales. Porque Nel había desarrollado cierta sensibilidad para contemplar las reliquias y entender su valor, le gustaban las cosas que atestiguaban de un lugar al que se pertenecía y en el que se perduraba.
Hubiera querido hablar de eso con Byakuya, pero él no parecía muy dispuesto a entablar una nueva conversación. Por lo general el capitán permanecía a la vera de su estanque sin dar señales de interesarse por su presencia, o siquiera de registrarla. Nel lo miraba de lejos sintiendo una presión que no podía explicarse y una ansiedad que la perturbaba.
Aquella mañana Rukia la había invitado porque quería cultivar algunas flores en el jardín. Era la primavera, una de las estaciones más esperadas. La shinigami tenía algunas semillas de diversas especies y quería enseñarle cómo sembrarlas, a lo cual Nel accedió sin pensarlo demasiado. A diferencia del melancólico invierno, en esa época del año los sentidos se reactivaban y a ella le venía bien cualquier modo de ponerse en acción.
La tarea resultó sumamente sencilla y durante un buen rato ambas jóvenes trabajaron inclinadas sobre la tierra acomodando las simientes. No obstante, de un momento para el otro, Rukia alegó obligaciones en su escuadrón y se marchó precipitadamente, no sin antes instarla a continuar con la labor. Nel se desconcertó por ese inesperado cambio de situación, aunque luego se resignó.
-No debería perturbarme por todo –murmuró para sí mientras cubría con tierra algunas de las semillas que había colocado.
En ese momento de soledad se permitió envidiar un poco a los Kuchiki. Le hubiera gustado tener una tierra donde cultivar, vivir y permanecer. La tierra era la patria de una persona, y hacía tiempo que ella ya no pertenecía a ningún lugar. Hasta esas pequeñas semillas contaban con un espacio donde echar raíces y florecer, en cambio ella no.
Y pensar que había tantos sujetos con el corazón errante... A muchas personas se les hacía difícil anclar en un lugar, su espíritu los aguijoneaba para salir a buscar y perseguir quién sabe qué clase de metas, dejando atrás lo que tenían y desligándose de cualquier tipo de atadura. Para muchos, atarse constituía una forma de morir.
Nel recordó los adjuchas que vagaban por los páramos de Hueco Mundo detrás de sus presas. Si bien esto era primordial para la supervivencia, de sobra sabía ella que por debajo fluía el deseo atávico de encontrar un espacio de pertenencia, un lugar que se reconozca como el propio hogar. Vagar de un lado a otro, lejos de saciarles el vacío, les acarreó una mayor insatisfacción.
Hasta que Aizen apareció predicándoles sus promesas. Así los nucleó, los convenció, edificó el espejismo de un hogar y les dio un poco de esperanza. Ahora todo estaba destruido.
A diferencia de sus hermanos, al final Nel había aprendido que la patria no podía ser dada por nadie. El problema que la embargaba en el presente era saber en dónde buscar, en dónde crear los lazos y en dónde echar raíces. Estaba cansada de deambular sin rumbo.
-Puedes reflexionar sin apisonar la tierra.
Nel se sobresaltó. La voz provenía un poco más allá de donde se encontraba y, por entre los cegadores rayos del sol, llegó a divisar la figura de Byakuya de pie ante el estanque, observándola. Entonces cayó en la cuenta de que sus pensamientos la habían distraído de su labor, de que sin notarlo estuvo aplanando el mismo tramo de tierra durante un buen rato, de que el otro la había estado mirando y de lo cerca que se hallaban.
La joven se sintió avergonzada, se había abstraído de tal modo que ni siquiera fue capaz de presentir la presencia del capitán por su reiatsu. Si hubiese estado en el medio de una batalla habría quedado irremediablemente expuesta. Al pensarlo se turbó más, aunque supo disimularlo. Todavía no perdía su orgullo de guerrera.
De inmediato recuperó el decoro y se irguió hasta ponerse de pie, procurando mantener las manos alejadas del cuerpo por la tierra que las cubría. Después ya no supo qué más hacer.
-¿Rukia te dio las semillas? –preguntó él con su aplomo habitual.
-Sí –respondió Nel apenas repuesta de la sorpresa, mostrándose tan reservada a la vista del otro como procuraba mostrarse él-. Estuvo conmigo hasta hace unos instantes, pero luego tuvo que marcharse para cumplir con sus obligaciones.
-Te ha dejado sola –señaló Byakuya con aspereza.
-En realidad Rukia ha sido una gran compañía –le corrigió ella, acercándose.
No había muchos pasos de distancia y Nel acortó el trecho sin pensarlo, sólo porque le pareció apropiado apresurarse a aclarar el comportamiento de Rukia. En el tiempo que llevaba visitando esa casa había advertido que el capitán a veces se mostraba algo severo con su hermana menor y no quería traerle problemas.
Se detuvo a un lado del reservorio y pronto la distrajo la contemplación de aquellos coloridos peces que tanta impresión le habían causado meses atrás. Aún la atraían de una forma enigmática, con ese recorrido continuo y monótono que los caracterizaba. En cierto sentido se identificaba y en otros aspectos un poco se resentía, pues hasta ellos tenían un lugar donde permanecer.
-Cuando se traen invitados se deben observar ciertas formalidades –dijo él.
Nel alzó los ojos. Si algo había aprendido de Byakuya era que detrás de esa adusta fachada había un hombre que podía sensibilizarse con las inquietudes de los demás, un hombre en el que se podía confiar. Había aprendido, justamente, que había que mirar a través de su persona, y no por sobre la superficie. Pero incluso con ese saber sus aseveraciones seguían contrariándola. Tal vez la sensibilidad no anulaba la severidad, o tal vez él era todo eso y otras tantas cosas que todavía tenía que descubrir.
-Entre Rukia y yo no es necesario ese tipo de tratamiento. Somos amigas.
-¿Amigas?
-Amigas –corroboró Nel.
Byakuya pareció reflexionar al respecto. La joven Espada no creía haber formulado una idea muy compleja, por lo que no entendía tal retraimiento. Era como si estuviera sopesando las ventajas y desventajas de esa relación, o los aspectos positivos y negativos, o simplemente rumiaba que un vínculo de ese tipo pudiese existir entre ambas.
Nel estuvo a punto de ofenderse. Lo miró con una sutil mueca de disgusto, aunque era tal la serenidad de su semblante que hubiese sido muy difícil detectarla. Sin embargo, el capitán se percató de ella.
-La amistad entre un shinigami y un arrancar amerita reflexionar sobre determinados asuntos –aclaró-. Nuestra rivalidad es un hecho natural e insoslayable.
-Rukia y yo jamás hemos sido enemigas –señaló Nel.
-Entiendo. Aun así mi hermana no debió comportarse de ese modo ni dejarte sola.
A Nel le sorprendió que de pronto retomara el desacuerdo inicial apartando de forma tan brusca el tema de la enemistad. Parecía que lo único que en verdad le preocupaba fuese que la hubiesen descuidado, pero la joven desechó rápidamente ese tipo de expectativas. Sería demasiado pretencioso tratándose de Byakuya.
-Rukia cuida muy bien de los suyos –terminó por decir-, cuida muy bien de sus amigos y de su casa, se preocupa por ellos… y se preocupa por ti.
En el capitán no se produjo ni la más leve vacilación. Sin embargo, hubo un instante de silencio antes de su respuesta.
-Aún le queda mucho por aprender.
-Como a todos –sugirió Nel. Y después, sin pensar, agregó-: Tiene un hogar al que regresar y lo protege según sus fuerzas.
Byakuya la miró, pero ella desvió los ojos de vuelta hacia el estanque. Parecía más melancólica que otras veces y eso quizá llamase la atención del shinigami. Se suponía que durante la primavera los espíritus se animaban, pero Nel asumía una actitud distante y sus ojos se volvían inaccesibles, recordándole su propia forma de situarse entre los demás.
Tal vez Byakuya lo advirtió. Quizá –imposible saberlo con seguridad- en parte se identificó con esa apostura, con esa manera sutil e irrevocable de apagarse para el resto.
En el estanque los peces no cesaban de trazar trayectorias ondulantes que la mayoría de las veces no los conducían a ningún sitio en particular, simplemente se mantenían circulando. Era como si el movimiento lo fuese todo, incluso en aquel recinto limitado. Observándolos, Nel se vio a sí misma por afuera, subsistiendo en lo indeterminado.
-Me pregunto qué verá un shinigami como tú en este estanque –murmuró irreflexivamente.
Byakuya alcanzó a oírla.
-Me pregunto que ves tú –replicó.
La interpelada se incomodó. Se había entregado tan concienzudamente al ejercicio de descubrir el verdadero ser del capitán que por un momento olvidó que también ocurría lo inverso, que también ella estaba a merced de su escrutinio.
Una vez más se cuidó muy bien de develar sus emociones. Se mantuvo tan serena e impasible como él, sosteniéndole la misma mirada velada.
-Sólo pensaba en el movimiento. –Su interlocutor arqueó una ceja-. Pensaba en el movimiento porque a veces parece ser la solución para todas las angustias. Y pensaba en la permanencia también, porque creo que pertenecer a un lugar, aunque nos angustie, no puede ser tan malo.
-Tampoco es bueno un lugar donde sentirse infeliz.
-Sí, pero incluso así, en esas circunstancias, el impulso siguiente será buscar el propio espacio, el lugar donde arraigar.
-Estos peces se mueven, pero están confinados –señaló él.
-A pesar de ello, aún tienen el estanque –manifestó ella.
El shinigami observó a su huésped largamente, en silencio, sin revelar emoción alguna. Era como si tratara de comprenderla más allá de sus palabras, como si él también se hubiese entregado a la faena de conocerla a través de su impasibilidad.
Nel podía sentir sus ojos sobre sí. Los cálidos sentimientos que surgieron en el invierno pasado la acometieron de nuevo, intrigándola. En todo caso, debió admitir que se había abierto con él una vez más, llevada quizá por esas mismas emociones.
Durante la primavera el aroma de las flores asalta agradablemente los sentidos. En esa mañana clara, la brisa que por momentos se levantaba se les antojó la caricia de una mano invisible, fragante y generosa, una caricia reconfortante para el espíritu. La primavera es el tiempo durante el cual los sueños postergados renacen, mientras que los anhelos que se agitan en lo más profundo apenas empiezan a florecer.
-Lo que dices es que deseas vivir en un lugar al que puedas reconocer como tu hogar –dijo él.
A Nel le sorprendió oír de su boca lo que tanto le costaba formular con su voz. Evidentemente no se trataba de un shinigami común y corriente, y no sólo por pertenecer a una familia noble. Había estado en lo cierto cuando vislumbró sensibilidad en él.
En su corazón crecía la intriga, la conmoción, la inquietante sensación de ser considerada por la persona que menos se hubiese imaginado. El más huraño al principio, el menos demostrativo de los shinigamis que conocía, la había visto y la entendía. Kuchiki Byakuya era lo más misterioso -y lo más atrayente- que se hubiese topado en la Sociedad de Almas.
¿En qué momento se habría operado tal fenómeno? ¿Y de qué tipo de fenómeno se trataba, que los había conectado de esa forma? ¿Fue la palabra, la voluntad, la necesidad, la curiosidad? Allí estaba él leyéndola como a un libro, negro sobre blanco; allí estaba ella asomándose a su arcano, desgajando cada capa sin recelos.
Nel tuvo que aceptar que algo muy intenso maduraba dentro de sí. Pero, ¿y él?
-Lo que digo –replicó después de tales elucidaciones- es que formar parte de algo es un aspecto que también nos impulsa. Así actúa Ichigo, así actúas tú.
-Tú también te has movido para proteger.
-Yo me muevo en la orilla. No dejo de ser un arrancar por haberme negado a defender la causa de mis hermanos, no pertenezco del todo al conjunto que Ichigo protege siempre ni podré permanecer aquí por más que me adentre en el conocimiento de su sociedad. Estoy afuera de todos los estanques.
Byakuya entendió. A continuación se hizo entre ellos un reflexivo silencio, mientras la brisa intentaba apaciguarlos nuevamente.
Durante la primavera florecen los anhelos más profundos, a veces en forma de ansiedad, a veces en forma de aflicción. Nel cargaba sobre sí no sólo los miedos que la constituían, sino también una tristeza demasiado vieja. Quizás el desarraigo también era parte de su naturaleza, o una condena recibida de alguna vida previa, o la consecuencia natural de sus elecciones pasadas. En cualquier caso, para ella era triste.
Allí estaba Nel en ese jardín al borde del estanque, preguntándoselo. Allí estaba ella soñando con un lugar fijo que sea suyo y que la identificara, al igual que las antigüedades hablaban de la familia Kuchiki. En ese momento lo único que tenía era su soledad, la incertidumbre y un puñado de sentimientos recién nacidos. Nada que pudiera compartir con nadie.
Pero sin darse cuenta, ya lo había hecho.
-Aunque las aves vuelen hacia sitios remotos siempre saben regresar a sus nidos –comentó Byakuya finalmente.
-Lo hacen por instinto –señaló Nel.
-Así es. Para las aves el nido no es un lugar material, sino aquello que las impulsa a volver. Su hogar ni siquiera es una idea, sino una evocación de sus sentidos. En ocasiones, además, es el sitio donde las esperan.
La brisa volvió a acariciar. Había estado tan embotada en su pena, se había sentido tan confusa por sus impresiones sobre Byakuya, que recién en ese momento Nel reparó en que sus manos seguían cubiertas de tierra. Era como si las viera por primera vez y casi se sintió ridícula.
¿En qué dirección había estado mirando, por qué había sido tan ciega? ¿Acaso ella no evocaba siempre, no echaba de menos a nadie, no tenía a dónde volver? ¿No estarían esperándola en algún sitio, sea cual sea? Cuán injusta había sido con ellos…
Si hubiese podido ser un ave habría sabido reconocer desde el principio la señal que latía dentro de sí. Al abstraerse de la pena la primera imagen que se dibujó en su mente fue la de sus dos fieles amigos, los que la siguieron a su exilio involuntario y la preservaron de las acechanzas. Ellos eran su verdadero hogar, el único que conocía, y poco tardó en sentir la nostalgia de hallarse muy lejos de allí.
En el estanque los peces nadaban y nadaban ajenos al universo de quienes los observaban, y ese peregrinar contrastaba abiertamente con la fijeza del reservorio que los contenía. Nel se preguntó qué harían si existiera una puerta que les ofreciese un camino alterno, y si ellos también retenían entre sus instintos la añoranza del hogar.
-Debí haberme fijado en los peces –admitió por fin.
-El problema no fue la dirección de tu mirada.
-Es verdad, el problema aquí es que hasta un arrancar tiene sus flaquezas –dijo Nel. Y, después de una breve pausa, agregó-: Acabo de recordar el nido donde me esperan.
Byakuya asintió con un leve gesto. El silencio posterior fue más reconfortante.
Nel se sintió ligera y, en cierta proporción, a salvo de sus anteriores zozobras. Una parte de su melancolía aún persistió, pero otra parte se fugó piadosamente con la brisa. La capacidad de Byakuya para restituirla era otro rasgo que la atraía y eso también tuvo que aceptarlo, aunque sólo para sí misma.
-Todavía no me dices qué ves tú en este estanque –observó luego.
El shinigami posó los ojos allí. Nel recordó cuando era otoño y empezó a conocerlo, inmóvil en ese mismo sitio, abstraído en la contemplación del peregrinar de sus peces. En aquel momento ella también había caído bajo el influjo y llegó a percibir la serenidad y el equilibrio que podía otorgarle a un guerrero de su condición, pero nunca había tenido su palabra al respecto.
Para Nel era evidente que el capitán se había esmerado en edificar en torno suyo una muralla inaccesible, como si con eso fuera suficiente para defenderse del sufrimiento o de cualquier otro riesgo que el intercambio con los demás implicaba. La vida era como una cuerda floja tendida en las alturas y Byakuya persistía en permanecer a salvo en su torre, aunque el costo fuese la soledad.
Andaba por el mundo mostrándose arrogante, pretendiendo indiferencia. Si alguien quisiera acercarse bastaría con la filosa soberbia de su mirada para tenerlo a raya o para alejarlo definitivamente. Nel se preguntó si aquel sujeto era conciente de las consecuencias.
Aunque ella era la menos indicada para juzgarlo por eso. Justo ella que era tan adusta como él, justo ella que también se había movido alejada de los demás. A veces le asustaba que fuesen tan parecidos. Nel entendía por qué lo hacía y sabía que, en el fondo, lo padecía. Pero nunca llegaba a comprender la verdadera magnitud de su aflicción ni el origen del que provenía.
Byakuya seguía siendo para ella el enigma más atrayente que le haya tocado dilucidar y lo que ya conocía de él le generaba unas sensaciones cuya existencia jamás hubiese sospechado. Era algo tan diferente y crecía de un modo tan cálido que en ocasiones no creía que se tratara de ella, ni de su cuerpo, ni de su espíritu.
La voz del susodicho la devolvió a la realidad.
-Preguntas qué veo en mi estanque… Diré que esto es lo que veo: veo la alteridad, lo diverso, veo un caos tranquilo. Veo un mundo paralelo, un mundo con sus propios principios, un mundo que no reconoce al mío. Veo que existen otros modos de vivir en los que mis más ingratas mortificaciones ya no tienen entidad, ni mis pesares solidez.
Nel lo escuchó con interés aunque sabía que no lo estaba diciendo todo, que Byakuya era más lo que ocultaba que lo que revelaba. Sin embargo, eso fue lo primero que supo de él, lo que lo distinguía del resto ante sus ojos y lo que terminó por aceptar. Por eso se sintió agradecida de su compañía, de su voz y de su generosa sensibilidad.
Si soportaba el cambio, el tiempo la compensaría con la visión de lo nuevo. A lo largo de esa temporada Nel había presenciado numerosas variaciones, había aprendido sobre muchas cosas y conocido a múltiples seres de los que, a su vez, pudo aprender. Pero lo que más había estado esperando mientras transcurrían los meses era ver cumplida la profecía que el capitán le hiciera por aquel entonces.
Pudo corroborar así que durante la primavera se operaba el cambio más grande. La naturaleza resurgía con una vitalidad y un color que parecían imposibles, a tal punto que podía pensarse en alguna clase de magia actuando sobre ella. Pero no era eso lo que ocurría. El curso de las cosas tenía un porqué, un cómo y un para qué, y el ciclo de las estaciones no estaba exento de esa lógica por más natural que fuese su acontecer.
Esa mañana Nel, a la vera del estanque, sintiendo la brisa sobre su rostro, pensó en el curioso curso de su relación con Byakuya. El recinto que cobijaba a aquellos peces se mantenía fijo pero sus dos observadores oscilaban constantemente, tocándose algunas veces con sus palabras. En el ciclo que eran ellos dos juntos las variaciones también les marcaban los tiempos, así como las derivaciones de sus singulares intercambios.
Nadie podía asegurar qué clase de azares irrumpirían en ese fluir ni qué tipo de obstáculos lo habrían de atascar. En todo caso, Nel podía quedarse hasta la estación siguiente para averiguarlo.
