Ni bien entramos al lugar, el olor a frito me golpeó en la nariz como un pájaro que se choca contra un vidrio. Por una pequeña ventana cuadrada se podía ver al cocinero, corpulento y con el ceño fruncido, preparando las órdenes que la camarera le gritaba en jerga. Baldosas celestes, asientos rojos y paredes blancas eran lo que se podía apreciar como la decoración. Sólo había visto algo parecido en las películas, pero nunca pensé que lugares así eran reales. Alfred me tomó de la mano, sacándome de repente de mis pensamientos de desaprobación. Prácticamente me arrastró hacia una mesa con dos asientos, de aquellos que son largos y caben al menos tres personas.
"Así que, ¿qué quieres de comer?" Examiné la carta que había sobre la mesa con atención, buscando algo que no sea un ataque directo al corazón, pero para mi poca suerte, lo único que no estaba frito eran las bebidas.
"Uhm…¿Qué pedirás tú?" Pregunté a Alfred. Estaba mirando hacia otro lado, a juzgar por la dirección de sus ojos, contemplaba el magnífico trasero de la camarera. Giró la cabeza bruscamente cuando le dirigí la palabra.
"¿Huh?"
"¿Qué vas a ordenar?" Repetí. Tenía el presentimiento de que Alfred no solía salir con chicas muy a menudo…o tal vez saldría con demasiadas como para centrarse en su cita de turno.
¡Una hamburguesa! HAHAHA."…¿Era necesario reírse así? De más está decir que las pocas personas que había en el restaurante se voltearon a mirarnos como si estuviésemos bailando sobre la mesa. Eventualmente la camarera apareció. Se quitó el cigarrillo de la boca y nos preguntó con un tono netamente neutro qué íbamos a ordenar.
"¡Una hamburguesa y refresco para mí!" contestó Alfred, a lo que la camarera garabateó la orden en su libreta. Luego dirigió su vista a mí con una mirada que era todo lo contrario a reconfortante.
"Lo mismo." Con eso la camarera pasó a retirarse, sin ningún comentario. Yo no tenía idea si los empleados de los restaurantes eran todos iguales en Estados Unidos o…no, pensándolo bien, en Las Vegas había personal carismático. Tal vez era la paranoia del momento que no me dejaba en paz. Miré por la ventana para despejar mi mente y así poder, tal vez, tomar las cosas con más calma. Aun así, lo único que se divisaba era el horizonte, surgiendo por encima de una infinita cinta gris que era la carretera.
En ningún momento dejé de sonreír. Era estrategia pura. Cuando sonríes, demuestras felicidad, por ende demuestras que estás a gusto, ergo, la estás pasando bien. La otra persona asume que su compañía es agradable y eso le da confianza. Y se siente a gusto. Y eso era lo que yo tenía que lograr, hacer sentir a gusto al maldito yankee para que deje de molestarme.
"¿Eres extranjera verdad? ¿Qué haces por Estados Unidos?" ¿Qué?...oh, fue muy apresurado. Estaba sumida en mis pensamientos, y Alfred me arrancó de ellos de un tirón.
"Soy de Bielorrusia" Mentira de nuevo. Soy cien por ciento rusa. Me estremecí al recordar a mi otro hermano. Medio hermano en realidad. Si no hubiera sido porque mi madre me dijo que cuidara de él, lo hubiera mantenido lo más lejos posible de mí. Claro que lo quiero, es mi sangre después de todo, pero él me quiere…demasiado. Y siendo sincera, no me atrae mucho la idea de que mi propio hermanito me acose todo el tiempo pidiéndome matrimonio. Es muy hermoso, el perfecto modelo de bielorruso, su tierra natal. Pero, como dije, es mi hermano, y casarme con mi hermano es una de las últimas cosas que me gustaría hacer.
"Oh, ¿y eso dónde es? ¡Nunca había escuchado sobre ese país, hahaha!" Así que era cierto, ese rumor de que los estadounidenses no tienen idea de la geografía mundial. Estaba segura de que eran sólo rumores. Estaba.
"Cerca de Rusia. En la parte Europea. Eres muy gracioso, ¿lo sabías?" Reí entre dientes e intenté parecer lo más encantadora posible, aunque por dentro me hubiera gustado estrangular a ese rubio con mis propias manos.
"Oh, creo que ya lo tengo…uh…no, lo siento, no tengo idea de dónde queda. Pero todavía no me has dicho qué haces tan lejos de casa." ¿Qué demonios te importa? Sí, me hubiera encantado contestar eso. Pero no podía. Mis recorridos por otros países debían ser invisibles. Los únicos que debían saber que estaba donde estaba eran el personal de los aeropuertos y mi hermano Iván.
"Pasear. Conocer las famosas "Vegas", tal vez tome un avión a Nueva York, quién sabe." Mi lista de mentiras crecía y seguiría creciendo. Nueva York era un lugar al que no planeaba ir en mucho tiempo.
"¿Y qué te ha parecido hasta ahora? Increíble, ¿cierto? Así es América, ¡El mejor lugar del mundo! ¡Hahaha! ¿Dónde más hallarías tantas cosas geniales juntas? Apuesto a que en Belarrosa no hay nada parecido a lo que te encontrarás en Las Vegas. ¡Aquí es todo supersized! ¡Hahaha! ¡Es increíble! ¡Ni en sueños hubiera elegido otro país donde nacer!" Ok. Me estaba colmando la paciencia. Sonríe me repetía. Sonríe, asiente y tal vez te deje en paz. El ambiente dentro del restaurante también hacía que quisiera salir corriendo del lugar. Camarera y cocinero gritándose sin cesar, una pareja discutiendo, el sonido de la freidora, un niño llorando a unos metros de distancia…simplemente quería mandar al diablo a ese americano y subir a mi motocicleta para nunca jamás tener que volverlo a ver. Pero no, lo había atropellado y ahora debía ser amable con él. Seguí sonriendo y asintiendo, teniendo que admirar a un país cuya ideología no me simpatizaba en lo absoluto. No por el capitalismo, el socialismo parecía tentador pero no era a lo que estaba acostumbrada. Yo no entendía demasiado cuando se disolvió la URSS, y de a poco me había ido acostumbrado al cambio de las cosas. Pero su imperialismo y nacionalismo es algo que me repugna. Alabar a su país como si fuera lo mejor, cuando en realidad es un libertinaje descontrolado. Un desorden. Un país donde todo funciona por dinero. Todo. Sin dinero no eres nada. Nadie. Es el país donde más se aprecia. Los Estados Unidos de América.
Al fin llegó la comida, y tenía un aspecto más asqueroso del que imaginaba. Grasa chorreándole por todos lados. Seguro una mordida de eso te quitaba al menos dos años de vida. Comí casi sin masticar. Debo admitir que el sabor no era del todo grotesco, pero sin duda no volvería a comer algo así en mucho tiempo. De repente el tonto americano hizo algo tan estúpido que casi me atraganto con la comida.
"¡Camarera, tráenos vodka!"
