CAPÍTULO 4
Ni un sillón, ni una mesa, ni una bañera...allí los únicos sitios para poder dormir eran una cama de matrimonio perfectamente cómoda y muy atrayente, o el suelo. Tragué saliva, pues me estaba empezando a poner muy nerviosa. Además, que Castle estuviera tan tranquilo me intranquilizaba aun más.
-Bueno, parece que el armario no es muy grande. Tenemos en frente nuestra primera disputa- Castle abrió las puertas del mueble y lo miró con cara de indignación.
-¿De verdad te vas a poner a hablar del armario, obviando el problema principal?- tenía que hacer algo, no podía quedarme callada ante aquel problema.
-¿Que problema?
-¡Castle! Solamente hay una cama- exclamé enfadada.
-Oh vamos! Beckett, en serio te vas a poner en plan mojigata ahora? Casi hemos muerto juntos más de una vez, ¿y ahora te preocupa compartir cama? Tranquila, inspectora, me portaré bien.
-Eso espero, señor Hobbes, porque su dulce y tierna esposa duerme armada.
-De eso nada- otra vez Stella Green sonando por nuestros oídos- sus armas han sido requisadas, no podemos permitirnos ningún fallo.
¿Ningún fallo? ¿Esta mierda de plan? ¿Estaba de coña?
-Genial, si nos descubren moriremos felizmente casados en el lecho conyugal- Castle se encogió de hombros y me sonrió mientras decía esto. Haciendo ese tipo de bromas era la forma que tenía de mostrarme su apoyo.
-No tiene gracia- Stella parecía realmente enfadada ante las burlas hacia lo que ella consideraba un plan magnífico.
-Lo que no tiene gracia es que se ponga a escuchar conversaciones privadas- le dije yo, intentando contener la risa mientras Castle se tapaba su pícara sonrisa con la mano.
-En este plan nada es privado, inspectora Beckett, al menos hasta la hora acordada- parecía que el detective Mason estaba de parte de la rubia despampanante. Harían buena pareja, eran los dos completamente idiotas.
-Vale, vale, ya nos ponemos serios, pero que sepan que un matrimonio sin intimidad no es un matrimonio-dijo Castle mientras comenzaba a deshacer la maleta.
Esta vez no pude contener la risa. Puede que no estuviera viendo sus caras, pero podía imaginarme perfectamente el cabreo que tenían tanto Mason como Green.
A la hora acordada, Carlos Marquez (o Juan Solís, como se hacía llamar) vino a buscarnos y comenzó a enseñarnos la casa. Si no fuera el negocio secreto de un mafioso italiano en busca y captura, definitivamente sería el lugar perfecto para pasar unos días de vacaciones o, incluso, para casarse.
El día transcurrió con tranquilidad. No vimos a Capuzzi en ningún momento, pero si a un montón de gente que, según Mason y Green, eran sus socios. Procuramos ser lo más creíbles posibles y relacionarnos con las parejas existentes. Ninguno de ellos parecía ser amigo de Capuzzi, todos eran parejas enamoradas y tontas que creían que el otro era su alma gemela después de tan solo unos pocos meses saliendo. Tras la hora de la cena, Castle y yo volvimos a nuestra habitación y por fin pudimos desconectar nuestros interfonos hasta el día siguiente.
-Menos mal, la detective Green tendrá que esperar a molestarnos hasta mañana- dijo Castle mientras encendía la televisión.
-Vamos Castle, sabes que en el fondo lo hace porque le gustas- dije mientras me sentaba a su lado, lo más apartada posible. Estaban poniendo una película de Jennifer Anniston, una de mis actrices favoritas. Él lo sabía y quiero pensar que por ello la dejó mientras se quitaba los zapatos para estar más cómodo.
-Bueno, ella a mi no me gusta.
-Pero si a ti te gusta todo- le miré pícaramente.
-Eso no es verdad- él me miró seriamente. Parecía molesto.
Nos quedamos así unos segundos. A mi me parecieron años.
-Perdona- intenté disculparme lo mejor que pude. Tragué saliva y seguí mirando esos ojos. Azules. Hipnotizan. Enamoran. Katherine, por favor.
El sonrió un poco y se encogió de hombros.
-Supongo que mi fama me precede. Anda, ponte cómoda, que pareces una estatua ahí sentada, toda rígida- me cogió de la cintura con toda la naturalidad del mundo y me tumbó a su lado. Mi corazón se aceleró y procuré disimularlo.
Antes de que la película terminara, Castle se había quedado dormido y hasta roncaba un poquito. Ese fue el momento en el que me puse el pijama lo más rápido que pude y me metí en la cama con toda naturalidad. Lo miré, seguía dormido. Noté como inconscientemente me mordía el labio inferior. Lo tenía ahí, al lado. Me acerqué más. Su olor impregnó mi nariz e inspiré fuerte para que se quedara ahí el mayor tiempo posible. Él me quería, yo lo sabía. ¿Yo le quería? Volví a acercarme un poco más. ¿Por qué no le había dicho que recordaba todo perfectamente? Miedo. ¿Miedo de que, Katherine? ¿Miedo de que, por fin, funcionase algo bien en tu vida en cuanto a relaciones? Tenía su boca justo al lado de la mía, un impulso más y le estaría besando. ¿Quien sabe si él se despertaría y me besaría también?
En ese momento me giré, me alejé y decidí que era hora de dormirse. Mañana sería otro día.
