Olasss gente! Q tal todo el mundo? Bien? Eso espero! Bueno, aquí vuelvo con el 3 capi. Debo decir que os estoy sumamente agradecida por todos vuestros reviews, sois estupendos. A ver, estoy a principio de fict y sé que todo va un poquito lento, pero han pasado 5 años y es normal que tenga que centrarme un poquito en lo que han cambiado los personajes, sin embargo, no os preocupéis que la trama irá avanzando poco a poco. Por ejemplo, en la 2º guerra como Harry no estaba listo, no hubo batallas hasta después de Navidad. Aquí las habrá desde un principio. También quería comentar que habrán más personajes nuevos. Uno de ellos, lo veremos en el próximo capi. Se llamará Troy y ya veremos qué pasa con él...ahhh, también habrán nuevos arcángeles, más de los que creéis y cada uno tendrá unas habilidades especiales. Como os habéis portado bien, os he hecho estos avances, ajajja, y ahora sí, os dejo leer. Un besazo! Nos vemos pronto!
Reviews:
Mariet Malfoy: Holasss! Sí, al final opté por continuar. No tienes nada que agradecerme, al contrario, gracias a ti por seguir mi humilde historia y dejarme siempre esos fantásticos reviews. Sí, Harry habla arcángel y como Alan no sabe la verdad, tiene que llamar mamá y papá a Remus y Christine. Sí, no podía faltar Remus, ajjaj, lo necesitarán. Y respecto a Ian...va a causar verdaderos estragos. Besazos!
MayeEvans: Olasss! Sí, jajajaja, yo también soy de las que pienso que segundas partes nunca fueron buenas, pero tenía una idea en mi cabeza y quería experimentarla. De todas formas, si me queda mal este fict, siempre la gente puede pensar que el verdadero final fue el de la primera parte, porque no dejé ningún cabo suelto. Besazos!
Lladruc: Olassss! Jajajajja, dons no penso que estigues boig, de fet penso que potser tens raó , ajajjajaa. El temps ho dirà, pero aquet sonmi no ha sigut enviat per l'Ian, sino pels propis records del Alan. Ho "el me lo dijo" es una forma de referirse al Dani. Hi hauràn més arcangels al fict, pero ningú serà tant important com aquets dos, asi que compte en ells... Petons!
DeMalfoy: Gracias! Sí, entiendo que te intriguen y lo harán más conforme vayan entrando en escena, no obstante...yo no afirmaría tan rápidamente que son buenos. Besos!
Valerita: Olaaa! Sí, ya dije que iba a procurar actualizar rápido. Te gusta Alan? Me alegro, ajajaja. Los nuevos personajes...ufff, queda mucho por desvelar de ellos. Besos!
+Marita: Olasss! Sí, si Ian te pareció malo en la 2º guerra aquí te va a parecer despreciable. Sí, muy importante la llegada de los dos personajes. Son muy muy poderosos, así que atentos a ellos. Besazos!
Usagi-Chan: Olass! Gracias, me allegro que te guste. Bueno, como ya tenía muchas ideas antes de acabar la 2º guerra no he tenido que pensar un principio explosivo, ha salido por sí mismo. Sí, seguro que si mi fict lo vendieran en las farmacias me forraba, ajajjaajaj. Besos!
Sarah-Keyko: Olasss! Sí, verás, como a mí no me gusta esperar, no me gusta hacer esperar a los demás, por eso trato de no tardar en actualizar. Me alegro que te esté gustando el fict. Sí, me temo que entre Harry y Ginny habrá problemas...pero quizás no por culpa de los malos. Hay algo que todavía deben superar. Un besazo!
Loka Moony/Lupin: Olasss! Jaja, te sigue gustando? Bien! Eso me alegra, porque mi niño es muy mono cuando quiere, ajajajaj. Bueno, lo cierto es que ya dije que exactamente vivo no dejaba a Harry de lo 2º guerra. Lo siento, pero así era. A él lo convirtieron en arcángel teniendo que alterar gravemente las leyes de la naturaleza, y estas cosas tienen consecuencias. Me temo que sí, que Ginny no se enterará de nada de lo de Harry...al menos durante un tiempo. Es necesario, para cosas que vendrán después. Besazos!
Ren: Olasss! Jajajjajajjjajajaj, sí, entiendo que Alan te caiga mal. Lo cierto es que el niño no se ha portado bien, pero recuerda que es pequeño y que no controla su cuerpo como un adulto. No sé si lo has olvidado, pero Christine mató al hombre que asesinó a su padre con 7 años. Eso fue porque la energía que había en su cuerpo se desbordó y no supo controlarla. A Alan le pasa igual, no deja de ser un niño y...encima, tiene problemas. Te explico lo de la fe. Cuando Harry fue convertido en arcángel quedó ligado al mundo, no al mundo mágico, sino al mundo en general. Ya sabes que quedó como muerto en la batalla contra Voldemort y que clínicamente, así lo dictaminaron los médicos: no podía volver. Sin embargo, como las leyes de la naturaleza se alteraron, resultó que Harry dependía del mundo en ese momento, en una gran masa de fe. El mundo mágico entero, si lo recuerdas, se reunió a las puertas del hospital, en sus casas, hicieron campañas en los periódicos, todos...deseaban que Harry viviera, todos tenían esperanza. Era una fuerza tan grande, una masa tan amplia de fe que Harry lo consiguió, pudo volver. No obstante, me temo que eso afecta también al mundo muggle. Es cierto, en el mundo mágico no creen en dios ni nada por estilo, pero en el muggle sí. Igual que se concentró una gran masa de fe para traer de vuelta a Harry, si una gran masa de fe se perdiera, Harry moriría con esa fe, porque la esperanza es lo único que lo mantiene vivo en el mundo. Depende de esa fuerza para seguir viviendo. Si Ian destruyera la Iglesia, una masa tan grande de esperanza y fe, los muggle creyentes perderían esa capacidad de tener esperanza y sería suficiente para que Harry muriera. Espero que te haya quedado un poco más claro, de todas formas, Michaela lo explicará. Besazos!
D.Alatriste: jajajaj, bueno, Alan no deja de ser un niño. Es maduro, pero hasta cierto punto y en este tema está un poco descolocado. No, Harry no le ha contado a nadie lo de su enfermedad, exceptuando Remus y Christine, claro está. A ver...jajaja, no, Harry no es una pila recargable. LO que hará Christine será volver a entrenarlo para que pueda soportar mejor las pérdidas de energía. Bueno, no es tan sencillo cargarse a Harry, ajajjajaja. Para empezar, Ian todavía no sabe donde está...aunque lo averiguará, por supuesto. Y segundo, has olvidado a Christine. Ian tiene en cuenta muchas cosas, es más, Harry no está tan débil como para matarlo así como así. Ian no se va a arriesgar a perder a sus mortífagos y a él mismo por no planear antes las cosas. Y tiene otro plan...y para ese necesita de tiempo y te aseguro que si lo consigue van a tener problemas de los gordos. En fin, nada más. Un besazo!
Dany-Kanuto-Link: Olass! Uffff, Segundo capítulo y ya con peticiones? Ajajajjajaaja, no te prometo nada, pero...lo intentaré. Sólo decir que morir, va a morir alguien, así que sólo queda esperar quién. Anya...bueno, es el nombre de la chica, ajjajaj. No te puedo decir quién es todavía, pero será importante, ya lo verás. Paciencia. Besazos!
Kika: Olasss! Muchas gracias, jajaja. Me alegro que en un comienzo te vaya gustando el fict. Yo espero que me quede al menos como el otro, intentaré hacer todo lo posible. Y sí, he leído el Código Da Vinci y la parte del pasado de Ian se parece porque se me ocurrió la idea leyéndolo. No obstante, habrá una parte que se parezca más a Ángeles y Demonios, el otro libro de Dan Brown. Besazos!
Arelis: Olass! Jaajajaja, bueno, entonces yo también soy feliz de poder haceros feliz, ajaja, de eso se trata no? Espero que te guste el fict. Besazos!
Kathy Chambers: Olasss! Muchas gracias! Ummm, a ver, Alan no podría vencer a Ian solo, por muy fuerte que sea. Sigue siendo un niño, pero a ver si de alguna manera puede ayudar a Harry.
Samarita-Radcliffe: Olass! Muchas gracias! Me alegro que te gustara la 2º guerra y que este, de momento, también. Sí, en Herencia salen Alan y Christine así como otros personajes de los ficts de mis amigas: Crisy y Pekenyita. Besazos!
Amnydic1991: Olass! Como bien dices, es muy duro para Alan comprender que todo lo que ha creído vivir no es más que una farsa. Y especialmente para Alan. No por ser él, sino porque es un niño. Generalmente, los niños pequeños necesitan tener una estabilidad, sentirse seguros dentro de su burbujita de cristal, si ese cristal se quiebra, se sienten inseguros, perdidos. Muy sádica tu venganza contra Lucius, ajajajjajaa, buenoo...lo pensaré, jajaja, aunque yo preferiría matar así a Malfoy, es más gratificante. A ver, tus dudas. Bueno...los nuevos personajes son un misterio todavía y lo siento, pero no puedo decir nada más que lo que vaya saliendo. Paciencia. Pero...por tus buenas preguntas te revelaré una cosa. El nombre del chico es Orión...Y sí, sí que se ocupan del perro, pero no de la cabaña. Es la profesora Gubble-Punk esa, la sustituta de Hagrid, la que se ocupa de alimentarlo y dejarlo salir de vez en cuando, aunque, a partir de ahora, eso no será posible. Aunque no aparezca en el fict, los nuevos chicos la hechizaran para que cuando vaya a entrar a la cabaña se acuerde de que debe hacer algo muy urgente, así nadie podrá descubrirlos. Y bueno, no es que Harry duerma con la varita, es que la tiene siempre muy cerca suyo. Besazos!
Catalina: Sí, jajaj, estoy de vuelta. Bueno, es q me apetecía mucho escribir la continuación, la verdad. Lo del secreto no es tan sencillo. Él guarda un secreto que su familia ha protegido durante mucho tiempo, pero si saliera públicamente a decirlo muchos no lo creerían, lo catalogarian por loco y es mas, aunque gente llegara a creerlo, la mayoria de la gente cristiana confiaria en su fe en dios y la iglesia, así q no funcionaria. Cuantos locos hoy en dia salen en televisión diciendo cosas asi? Eso no funcionaría y ademas, no es el estilo de Ian. Besos!
Erick Arturo: Olass! Jaja, sí, bueno, es que me gusta mucho escribir y ya se sabe, no podía dejarlo así cuando tenía tantas ideas en la cabeza. Me gustaron mucho los libros del Código Da Vinci y de Ángeles y Demonios y a raíz de eso se me fueron ocurriendo algunas ideas. No te preocupes por Alan, no va a ser el protagonista en el fict, ya sabes q Harry es Harry y no lo voy a desplazar, pero quiero poner bastantes cosas de su personalidad para que se vaya viendo como es. Besazos!
CAPÍTULO 3: I'LL BE THERE FOR YOU.
Restandoel pequeño incidente con Alan, había sido un día magnífico. Harry había disfrutado de su veintiún cumpleaños como el que más. Rodeado de sus mejores amigos, de su familia...y ahora estaba preparado para celebrarlo por todo lo alto en la discoteca del pueblo.
Estaban en su habitación. Harry no paraba de extraer cosas del armario para que Ron escogiera una camisa adecuada para la ocasión. Las chicas ya se habían cambiado, peinado y maquillado, aunque Hermione no parecía tenerlas todas consigo.
A la chica no le gustaba salir de fiesta desde que le había ocurrido su "accidente" y siempre era muy reticente a ello. De hecho, en los últimos cuatro cumpleaños se había quedado en casa. Ron, Harry, Ginny e incluso los señores Weasley le habían insistido para que se divirtiera, alegando que nada malo podía sucederles, puesto que Harry iba con ellos, pero ella seguía negándose.
-En serio, chicos...a mí no me apetece.- llevaba repitiendo aquella frase durante toda la tarde. Iba muy guapa. Se había puesto una minifalda vaquera, una camiseta blanca y ajustada, de tirantes y un gorro del mismo color en la cabeza, préstamo de Ginny. Además de unas botas altas. No había querido más que repasarse un poco los labios, pero aún así, no le hacía falta el maquillaje.
-Venga, Hermione, no seas aguafiestas...- insistió Ron mientras levantaba dos camisas de su amigo. Una era de color azul marino y la otra totalmente negra.- Sabes que no nos lo pasaremos igual sin ti...- entre las dos prendas, Ron le echó una mirada rápida a su amiga. La verdad era, que él no se lo pasaría igual de bien sin ella. Durante cinco años, Ron se había dado cuenta de lo importante que era Hermione para él y constantemente se había tratado de acercar a ella. Estaba seguro de que la muchacha sentía lo mismo por él, pero ella, simplemente, no podía tener una relación con nadie. Estaba asustada y se mostraba arisca y reticente cuando se le nombraba cualquier cosa de los chicos. De hecho, igual que pasara con Christine en el pasado, pero por razones obviamente distintas, Hermione no podía soportar que alguien la tocara. Si eso ocurría, aunque fuese un gesto casual y cariñoso, la chica se retiraba rápidamente y comenzaba a temblar, como si el chico que la había tocado fuese un violador. Así había ocurrido durante todo aquel tiempo. De hecho, Ron, Harry y Ginny se quedaban muchas noches a dormir con ella, para que no tuviera miedo de estar sola en una casa tan grande.
-No entiendes nada, Ron¿verdad?- Hermione se había cruzado de brazos y se mordía el labio inferior, tratando de que las lágrimas no salieran de sus ojos aguados. Ron, Harry y Ginny intercambiaron miradas de culpabilidad. Ellos habían tratado de hacer todo lo posible para animar a su amiga, para sacarla de esa depresión en la que había caído, pero todo había sido inútil. Simplemente, Hermione no quería oír ni hablar del tema y cada vez que trataban de sacarlo, ella daba un giro inesperado a la conversación. Habían incluso intentado que fuera a psicólogos para superar su miedo, pero ella siempre se negaba.
-Ian no volverá, Hermione.- susurró Ron con el rostro muy serio.- No vas a volver a ver a ese hijo de puta en la vida¿vale? Te lo prometo, yo...nosotros, siempre vamos a estar ahí por ti.- el chico había hablado con tanta seriedad y sinceridad, que Hermione tuvo que creerle. Se enjugó la cara y asintió con firmeza, mientras dejaba que Ginny la reconfortara.
-Te quedaría mejor la camisa negra, Ron.- murmuró la chica y el pelirrojo no tardó ni dos segundos en colocársela. Por fin, habían sacado una media sonrisa de su amiga y eso era mucho más importante que cualquier otra cosa.
Una vez arreglados, bajaron al comedor, donde los esperaban los adultos. Los Weasley se quedarían a cenar y Christine y la señora Weasley estaban preparando la cena, mientras su marido y Lupin charlaban en el sofá. Los otros hijos del matrimonio se habían marchado después del pastel de cumpleaños.
Cuando Harry y Ron, que iban en cabeza del grupo, pisaron el comedor, Christine se los quedó mirando asombrados. Todavía recordaba a esos muchachos de dieciséis años que había conocido y lo mucho que su influencia los había hecho sufrir y sin embargo, allí estaban. Ya eran hombres, ya tenían su forma de actuar, de pensar y afortunadamente, el destino no había querido separarlos.
-¿Y estas señoritas tan elegantes?- comentó el señor Weasley al ver a Hermione y a Ginny tan arregladas.- Yo de vosotros me cuidaría, chicos, sino os las van a robar...- todos rieron la gracia, sobretodo al ver como las dos chicas se sonrojaban. Harry se acercó a su padre y se sentó un momento al lado suyo, en el sofá.
-Remus...¿seguro que estarás bien? Esta noche es luna llena y no tardarás en...
-Ve y diviértete.- aseguró el licántropo revolviéndole el pelo al chico, tal y como había hecho Sirius en el pasado.- Estaré bien, te lo prometo.
-Remus se ha estado tomando la poción toda la semana, Harry.- intervino Christine para tranquilizar a su hijo.- Y yo estaré con él a medianoche...no pasará nada.
-Está bien.- Harry se encogió de hombros y suspirando, se levantó del sofá. Le dio un beso a su padre en la mejilla e hizo lo propio con su madre, para después dirigirse hacia Ginny y tomarla de la mano.- No vendremos muy tarde.
-Eso espero.- comentó la señora Weasley apoyada en el marco de la cocina y con las manos en la cintura.- Ronald Weasley, cuida de tu hermana y de Hermione y no hagas locuras¿entendido?
-Sí, mamá.- como siempre que lo avergonzaban delante de sus amigos, a Ron se le encendieron las orejas.
-Mater¿puedo llevarme la moto?- Harry lo había preguntado seriamente y Christine le lanzó una mirada intensa. El chico le había vuelto a llamar "mater" y ella continuaba sintiéndose mal por ello. Pensaba en Lily y lo mucho que quería a su hijo, tanto que llegó a dar la vida por él y se le ponía la carne de gallina al verse como una sustituta. Su mejor amiga no se lo merecía, aunque comprendía la reacción del chico.
-Puedes.- asintió Christine sin dudarlo. Confiaba en él desde hacía mucho tiempo, eso sin contar que había sido ella la que le había entregado la moto de Sirius.- Pero id con cuidado.
-Entonces Hermione y yo iremos en el coche.- suspiró Ron. Se había sacado el carné de conducir en cuanto había cumplido la mayoría de edad, pero lo que él había deseado siempre era una moto como la de Harry. Su madre, por supuesto, se había negado rotundamente, diciendo que Harry era mucho más responsable que él. Claro que, Ron se acordaba de lo que le habían contado de las batallas del "Salvador" y su mejor amigo no parecía para nada responsable, atropellando a los mortífagos con la moto.
Cuando ya estaban a punto de marcharse, el crepitar de las llamas de la chimenea aumentó y con un sonoro "clic", la cabeza del director de Hogwarts apareció entre ellas.
Era muy común que Dumbledore se comunicara con Christine o con Lupin a cualquier hora y por eso los chicos no se sorprendían por ello. Christine seguía siendo la profesora de Defensa Contra Las Artes Oscuras y Lupin, por sus participaciones durante la guerra y gracias a las nuevas leyes que había sacado Amelia Bones, era examinador de las Academias.
Albus Dumbledore había envejecido en los últimos cinco años, pero su rostro arrugado seguía mostrando esa vitalidad característica y ese porte que siempre impresionaba a sus enemigos y que le daba el título de mejor mago de toda la historia. La barba blanca le había crecido unos centímetros y sus ojos seguían ocultos tras unas gafas de media luna.
-Buenas noches, siento interrumpir.- dijo jovialmente, inclinando ligeramente la cabeza.
-No pasa nada, Dumbledore.- Christine dio unos pasos hasta la chimenea.- ¿Ocurre algo?
-Sí.- asintió el anciano director, pero ese algo no debía ser nada malo porque su sonrisa era muy amplia.- Traigo buenas noticias.
-¿No me diga que por fin Snape se va al asilo?- preguntó Ron entusiasmado. Sus comentarios produjeron la risa de sus amigos, pero los adultos le lanzaron miradas recriminatorias. No obstante, el director se tomó a broma sus palabras.
-Me temo que no, Ronald, el profesor Snape no se va a jubilar y siento anunciarte que lo verás más de lo que crees durante este curso.
-¡Cómo?- Ron no había sido el único que había gritado. Tanto Harry, como las chicas, se habían alarmado y habían corrido hacia la chimenea.- ¿Cómo es eso?
-Esperaba que recibierais la noticia con un poco más de entusiasmo.-comentó el director y se aclaró la garganta.- Veréis, Amelia Bones lleva unos tres años diciéndome que admira la formación de los estudiantes de Hogwarts y que le gustaría que muchos de los Aurores que salen de la carrera tuvieran los conocimientos tan altos como mis estudiantes de Séptimo. Así que le propuse algo.
-¿No me diga que vamos a ir a Hogwarts?- preguntó Harry totalmente anonadado.
-Eso exactamente.- asintió Dumbledore.- Los últimos dos años de la carrera de Auror se impartirán en Hogwarts.
-¡Eso es estupendo!- gritó Ginny totalmente emocionada y lanzándose al cuello de su novio.- ¡Así podremos ir juntos!- Ginny, como había dicho en su quinto año, había obtenido unas calificaciones muy buenas para cursar la carrera de Auror, pero como era un año más pequeña, iba un curso por debajo de Ron, Harry y Neville, que también estudiaban en la academia.
-¿No es magnífico?- Harry chocó las manos con su mejor amigo.- ¡Volver a Hogwarts¡Qué recuerdos!
-Sabía que os alegraría.- asintió el director con conformidad.- De hecho, volveréis a tener a vuestros antiguos profesores. Están mejor capacitados que muchos de los maestros de la academia y durante este mes de Agosto, el Ministerio de Magia les dará un cursillo para que sepan bien como prepararos. Eso te incluye, Christine.
-Me parece bien que te presentes en mi casa para decirme que tengo que dar horas extras, Dumbledore.- la mujer fingió estar enfadada, pero en el fondo, se alegraba muchísimo. Era lo que siempre había querido, tener a Harry cerca de nuevo, igual que tenía a Alan.
-¿Y también dormiremos allí?- quiso saber Ginny.- No me gustaría vivir en un internado...
-No, señorita Weasley, cuando acabe sus clases, podrá regresar a casa.- respondió Dumbledore.- ¡Ah!- añadió rascándose la nuca como si se le hubiese olvidado algo.- Remus, he logrado que Amelia Bones te elija a ti como examinador, así que también estarás en Hogwarts.
-Empiezan a gustarme sus influencias, director.- sonrió Lupin agradecido. Era estupendo. Trabajaría en Hogwarts junto a Christine y además podría ver los progresos de Harry, puesto que su trabajo era pasearse de clase en clase controlándolo todo y dar alguna que otra, para después, realizar el examen a final de curso. Aquel era el quinto y último año de Harry y Ron en la carrera y con un poco de suerte, él podría ayudarlos a prepararse bien y aprobar sin ningún problema.
-Bien, es todo. Y...feliz cumpleaños, Harry.- con una nueva inclinación, la cabeza de Dumbledore desapareció de entre las llamas, dejando una montañita de hollín a su paso.
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El viento les golpeaba directamente en la cara, pero no tenían frío. El suelo se veía mojado, al parecer, había llovido unas horas antes, pero era una magnífica noche de verano. Las estrellas lucían más grandes y más brillantes, iluminándoles el camino.
Mientras pisaba el acelerador y aumentaba la velocidad, con Ginny bien sujeta a su cintura, Harry divisó la estrella Sirio, la más esplendorosa de la constelación Canis Major.
Sonrió al notar como ésta relucía con mucha más intensidad, sabía, más bien intuía, que allá a donde fuera, su padrino estaría velando por él. Así se lo había dicho Sirius aquella noche y así sería. Mientras tuviera esa seguridad, nada malo les ocurriría.
No obstante, seguía teniendo ese presentimiento.
-No pierdas de vista el coche de Ron.- le advirtió Ginny. Sus labios le habían susurrado muy cerca del oído y le habían hecho estremecerse. Tener a su novia tan cerca era como estar tocando el cielo con los dedos.
-¿Voy muy deprisa?- le preguntó, temiendo que la velocidad estuviera molestando a la chica.
-Me decepciona, vaquero, creía que usted era el rey de quebrantar las normas.
-¿Eso quieres?
-Quiero que me lleves a las estrellas.- le susurró Ginny, apretándose más contra él y dándole un beso en el lóbulo de la oreja.
-Tu mandas, pelirroja.- Harry inclinó la moto hacia arriba y la moto rugió en el oscuro cielo, produciendo que un espeso humo saliera del tubo de escape. Las nubes los engulleron en la negrura, dejando paso a la magnífica moto que surcaba los vientos del Valle de Godric.- ¿Te he dicho hoy cuanto te quiero?
-No estará de más que me lo repitas...
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El recinto estaba rebasado de gente. Se notaba que las vacaciones incentivaban las ganas de salir de los jóvenes y de los no tan jóvenes. Los dos seguratas de la puerta no daban abasto, vigilando muy bien quien entraba en el local y pidiendo una y otra vez los carnés de mago, para comprobar que los adolescentes no hubiesen tomado ninguna poción para envejecer. Los alrededores de la discoteca también estaban abarrotados. Era muy común ver a grupitos haciendo botellón o esperando a más amigos, antes de entrar.
Harry, que llevaba su acostumbrado pañuelo atado a la frente para que nadie lo reconociera, le entregó a uno de los guardias de seguridad los cuatro carnés. Tras comprobar su autenticidad, el hombre se los devolvió y los dejó pasar sin ningún problema.
El local era grande y hermoso. Tenía una especie de lámpara en forma de esfera, que colgaba del techo y desprendía muchas lucecitas de colores. Estaba repleto de gente, pero había espacio suficiente para caminar sin estrujones. Había tres barras bien distribuidas y un podium donde bailaban dos gogós.
Ron, inmediatamente, se fue a una de las barras y pidió un Whisky de Fuego.
-¿Qué bebéis?- le preguntó a sus amigos.
-Lo mismo.- respondió Harry, apoyándose en la barra cómodamente y algo ruborizado de ver el escote tan grande que llevaba la camarera rubia, que debía tener su edad, aproximadamente.
-Yo no quiero nada.- dijo de inmediato Hermione. Ella nunca bebía. El alcohol no le gustaba y le parecía una total tontería divertirse tomándolo.
-Pues yo quiero un Martini con limón.- Ginny, apartó a su mejor amiga y lo pidió directamente a un camarero que no llevaba camiseta y cuyos músculos eran muy semblantes a los del póster de Tom Cruise que tenía colgado en la pared de su habitación. Había visto como su novio se quedaba boquiabierto ante la camarera y no le había hecho ni pizca de gracia.
-Buenooo- masculló Ron, mirando la cara de idiota que se le había quedado a su mejor amigo.- Si que empieza fuerte la niña.- Ginny le lanzó una mirada fulminante, respecto al calificativo de "niña" que había utilizado, y después de guiñarle el ojo al impresionante camarero, dio un largo sorbo a su Martini.
-Vamos a bailar.- Harry la había agarrado del brazo con un poco de brusquedad y se la llevaba al centro de la sala, donde estaban poniendo una de sus canciones preferidas y lejos de la mirada de aquel "capullo".
-Celoso.- le susurró Ginny con una risita, una vez que su novio la tomó de la cintura y la atrajo hacia él, marcando claramente el territorio.
-No sabes cuanto.- Desde la barra, Ron y Hermione vieron como su amigo le plantaba un morreo impresionante a la chica, que se había quedado algo impresionada por aquel arranque de cariño.
Durante un rato, estuvieron observándolos sin decir nada. Hermione jugueteaba con los rizos que le caían por los hombros, mientras Ron bebía su Whisky de Fuego, haciendo muecas cada vez que le quemaba la garganta y sin poder evitar centrar sus ojos en los preciosos de su mejor amiga. Habría querido decirle allí mismo lo mucho que la quería, que sentía no haberse dado cuenta en su época de Hogwarts, que la guerra lo había cambiado y le había abierto los ojos definitivamente y que sentía enormemente no haberse podido librar de las garras de aquellos mortífagos, que lo sujetaban mientras Ian se estaba propasando con ella. Era una espina que siempre había tenido clavada y pese a que lo había intentado con toda su alma, no había podido pedirle perdón a la chica. Por todo. Por haber sido desconfiado, por no haber tomado en cuenta sus palabras.
"-¿Te has vuelto loca¡No podemos ir hasta allí¡Es una batalla, Hermione!- pero Hermione lo abofeteó, mientras se mordía el labio inferior, tratando de evitar que más lágrimas salieran de sus ojos, pero no lo logró.
-¡Eres un idiota!- bramó.- ¡Es por tu culpa¡Jamás, jamás te lo voy a perdonar¡Jamás!- sus palabras se incrustaron en el corazón de Ron, rompiendo la poca esperanza que quedaba en su ser. Se había equivocado, lo sabía y ahora estaba pagando las consecuencias.- ¡Nos apareceremos en el Ministerio de Magia¡Desde aquí podemos hacerlo!"
Ron cerró los ojos. Ese flash era uno de los que se aparecían en su mente a diario. Quería borrarlo, quería pensar que durante esos cinco años en los que había actuado como si nada de aquello hubiese ocurrido, habían hecho desaparecer el dolor para siempre. Pero, desgraciadamente, no era así. Hermione lo había perdonado, de eso estaba seguro, pero al igual que él, la chica tenía esa espinita clavada en su corazón. Si no hubiesen acudido al Ministerio de Magia...
Si tan solo hubiesen hecho caso a la lógica y a la razón, si lo hubiesen pensado mejor, pero no...por segunda vez se habían dejado llevar por su heroísmo, por su miedo a perder a una persona querida y casi, sólo casi, la habían perdido. Si Harry hubiese muerto en esa batalla, por su culpa, por haber acudido a rescatarlos, ellos jamás se lo habrían perdonado.
Una parte de ellos había quedado en aquella batalla, una parte, que se repetía en sus peores pesadillas y la dura realidad caía como una losa pesada: estaban vivos, sí, Lord Voldemort había desaparecido, sí, ahora había paz, sí, pero...sus vidas no volverían a ser como antes.
Aunque Ron tratara y tratara de sacar a Hermione de su vacío, de su soledad, de su dolor, no lo lograba. Había sido un trauma demasiado pesado para que una chica de diecisiete años lo superara, una chica, además, como Hermione...
Las palabras de Emy seguían creando un agujero muy hondo en su interior. Se había prometido a sí mismo hacerle caso y no estaba seguro de que lo estuviera cumpliendo. Había vencido muchos de sus miedos, muchos de sus defectos, cierto, pero no había logrado superar el recuerdo de ese error que cometió. Ron había cambiado mucho y a mejor. Ya no era la sombra de Harry Potter, era su amigo, su mejor amigo y uno no era más que el otro. Había encontrado cosas que hacer, había descubierto que cuando era él mismo era mucho mejor persona, mucho más fuerte. Había madurado y se había dado cuenta de que había cosas por las que valía la pena luchar, por las que valía la pena arriesgar. Había aprendido a hondar en los corazones de las personas, notar sus sentimientos, pero sin restarle ese humor característico a la vida. Se había divertido mucho con Harry, se habían llegado a conocer realmente, aceptado lo que eran el uno y el otro, perdonado y eran mucho más que uña y carne. Sin lugar a dudas, ahora podía creer en las palabras de su mejor amigo: Harry Potter no era nadie sin Ronald Weasley, igualmente que Ronald Weasley no era nadie sin Harry Potter. No había niño-qué-vivió en esta historia ni tampoco protagonismo de ningún tipo, eran simplemente, dos amigos, dos buenos amigos que lo habían compartido todo.
Eso le había enseñado Emy aquel día y sólo por ello, Ron le estaría eternamente agradecido.
-Emy...ojalá estuvieras aquí...- murmuró al aire, mientras daba un nuevo sorbo a su copa de Whisky. Sí, si la Unión de las Cuatro Sangres estuviese ahí con ellos, todo sería más fácil. Él podría hablar con ella y preguntarle qué debía hacer con Hermione, qué era lo que podía hacer para sacar ese tristeza anidada en sus ojos.
-Ron¿qué has dicho?- Hermione le pasaba una mano por los ojos, tratando de que reaccionara. Al parecer, se había quedado hundido en sus pensamientos.
-¿Eh?- al fin, el muchacho reaccionó. Su mejor amiga lo miraba con una ceja alzada y una expresión de asombro.- Perdona, Hermione, estaba pensando...
-¿En Emy?- ¿lo había dicho en voz alta? No se había dado cuenta de que había expresado sus deseos y sin quererlo, se estremeció. Hacía cinco años que no veían a Emy por primera y última vez, y desde entonces, no habían vuelto a pronunciar su nombre, ni para bien ni para mal. Aquellos momentos se habían lanzado al baúl de los recuerdos. No sólo por Alan, puesto que podían haber comentado algo en privado, sino por ellos mismos. La comunidad mágica en sí, parecía haber enterrado aquellos momentos bajo candado oxidado, de manera que nunca más tuvieran que regresar a la luz.
Ron iba a abrir la boca para contestar, pero en ese momento, por detrás de Hermione apareció un chico alto y rubio y de unos ojos tremendamente azules. Le sacaba una cabeza y media a la chica y la abrazó por la cintura.
Hermione, como siempre que un chico la tocaba, comenzó a temblar y trató de soltarse, pero aquel hombre la miraba de manera lasciva y comenzó a besarle en el cuello, susurrándole:
-Tranquila preciosa, relájate, sólo vamos a pesar un buen rato.
-No, suéltame...- Hermione trataba desesperadamente de zafarse del abrazo de aquel hombre que le recorría la cintura con sus manos grandes y le acariciaba el cuello con sus labios. Sin querer, cerró los ojos y las terribles imágenes del pasado la persiguieron como fantasmas.
"-Eres preciosa...sencillamente divina...- jadeó el profesor y Hermione ya no pudo más que perderse en esos ojos fríos e insensibles. Ya no escuchó a Ron llamándola, tampoco a Ginny, ya no pensó en la situación en la que se hallaba, ni siquiera supo que iba a morir. Lo único que le interesaba era dejar de estar anclada al suelo, a esos movimientos, a esa...mirada."
"-¡Ahhhh!- el mundo de Hermione se derrumbó junto con su túnica y su inocencia. Nunca había imaginado aquel desenlace para su primera vez, nunca había pensado que sería durante la guerra, una guerra a la que en aquellos momentos, se sentía ajena y que había acabado con todo su espíritu de lucha. Mientras notaba un profundo dolor, mientras la sangre resbalaba por su cuerpo, empapando su alma, trató de mirar a Ron a los ojos y la imagen que vio, jamás se le olvidaría. Masculló un "ayúdame", pero sus palabras apenas pudieron atravesar sus finos labios."
-Oye, imbecil.- la voz de Ron la sacó de sus pesadillas. Él estaba allí, como la última vez, pero en esta ocasión, su mirada era más fría, más madura, más determinante. Como en aquella batalla, Hermione deseó con todas sus fuerzas que la rescatase, que la ayudara, que no la dejara hundirse...- ¿No te ha dicho que la dejes tranquila?- el hombre, que tendría alrededor de treinta años, alzó la cabeza de la piel temblorosa de la chica y observó a Ron como quien se observa a un parásito. Se dio la vuelta, hacia un grupo de chicos que tenía detrás y que serían de la misma edad y les hizo un gesto con la cabeza. Inmediatamente, sus matones acudieron, crujiéndose los dedos de las manos y sonriendo estúpidamente.
-El pequeñajo quiere jugar a juegos de mayores. Quizás ahora se lo piense dos veces.- pero si aquel tío esperaba que Ron se echara atrás, estaba muy equivocado. Ron había vivido una guerra, se había enfrentado a mortífagos para salvar su vida y la de sus amigos y un grupo de pirados, por muy mayores que éstos fueran, no iban a amilanarlo.
-He dicho que la sueltes.- ordenó tajantemente, con una calma inusitada, muy extraña en él. Había algo en sus ojos que brillaban. Hermione se mantenía temblorosa, estrujada contra el cuerpo de aquel hombre, incapaz de reaccionar.
-Nos ha salido cabezón, el enano.- masculló el hombre fastidiado.- Hay que joderse.- y sujetando todavía a la chica con un brazo, que le bastaba para rodear toda su cintura, se extrajo del pantalón una varita mágica y apuntó al chico con ella, imitado inmediatamente, por sus amigotes. En la discoteca, los que habían a su alrededor, ya se habían quedado observándoles. Eran muy típicas aquellas peleas por mujeres, pero, normalmente, el que era más débil y estaba solo, en este caso Ron, siempre hacía una retirada a tiempo.- ¿Y bien, pulga¿Todavía quieres jugar a los soldaditos?- parecía que Ron, en aquella ocasión sí que se iba a echar atrás, pero en un hábil movimiento, extrajo su propia varita y murmurando un simple "Expelliarmus", desarmó a su contrincante, aprovechando ese momento de distracción, para atrapar a Hermione de un brazo y atraerla hacia él.
-¡Cogedle¡Vamos a hacer caldo de pollo contigo, mequetrefe!- rugió el hombre, en un intento desesperado por buscar su varita en la negrura del local. Sus amigos, como si el mismísimo Draco Malfoy hubiese dado una orden directa a Crabbe y Goyle, se lanzaron en picado hacia donde estaban Ron y Hermione, pero, en aquel instante, un sombra se interpuso entre ellos, salida de la nada.
-Deteneos.- ordenó con una voz tan fría y congelante, que la chica que llevaba cogida de la mano, no pudo evitar estremecerse. Cuando la esfera de colores viró e iluminó el rostro de aquel muchacho, los matones pudieron observar unos ojos profundamente verde esmeraldas, brillando con intensidad. También era un chico joven, de la misma edad que el pelirrojo, vestido de fiesta y con un pañuelo que le tapaba la frente. No había nada en su apariencia que destacara, salvo esa mirada tan intensa.
-¡Será posible!- bramó el hombre que había tratado de conquistar a Hermione, recuperando su varita y apuntando a Harry con ella.- ¿Pero esto qué es¿Una congregación de mocosos¿Desde cuando dejan entrar a recién nacidos a las discotecas de adultos?
-Desde que esos recién nacidos...- siseó Harry con una expresión tan seria y dura que estremeció a aquellos que estaban a su alrededor.- ...se llaman Harry Potter...- se pasó ambas manos por la nuca y desabrochó el pañuelo que llevaba puesto. Una mata de pelo azabache le cayó por los hombros desordenadamente, rebelando una profunda cicatriz en forma de rayo, claramente visible. Como si hubiesen visto al mismísimo demonio, el hombre y sus amigos retrocedieron unos pasos, totalmente asustados. Y no fueron los únicos. La gente del pueblo sabía que Harry Potter había venido a vivir tras la derrota de Voldemort y eran los únicos en el mundo mágico que lo sabían, pero como el chico siempre llevaba su identidad bien oculta, jamás lo habían identificado. Sin embargo, allí estaba. Alto, fornido, con la varita mágica bien sujeta a su mano derecha y su intensa mirada que había hecho retroceder a los mismísimos secuaces del mago tenebroso.
-Yo...nosotros...ya nos íbamos...- tartamudeó el hombre, sonriendo estúpidamente y retrocediendo cada vez más.- Disculpe...señor Potter, no volveremos a meternos con sus amigos...
-Eso espero, mariquita de mierda- susurró Harry apretando con fuerza la mano que tenía libre. Lo había visto todo desde lejos y no iba a permitir que nadie más volviera a hacer daño a Hermione, que en esos momentos sollozaba en el hombro de Ron.- porque los mortífagos no fueron más que el calentamiento si decido hacer pasto para las fieras contigo...¿entendido?
-Completamente.- asintió el hombre y sin esperar que Harry continuara con sus amenazas, salió corriendo como alma al diablo, seguido muy de cerca de sus amigos. Harry suspiró y cerró los ojos durante un instante. Nunca utilizaba su fama y su influencia para beneficio propio, pero aquella vez lo había visto necesario. Ese hombre se merecía una lección, por si volvía a tener la tentación de tomar como pertenencias a las jovencitas. Aquel aviso bastaría a todos los cerdos de la discoteca para que estuvieran alerta. Con resignación, se colocó el pañuelo del nuevo en la frente y se dio la vuelta hacia sus amigos. Hermione continuaba sollozando y Ginny se había acercado para consolarla.
-Nos vamos.- ordenó el chico tajantemente y con la misma voz peligrosa y seca que había utilizado con aquel hombre. A esas alturas, toda la discoteca parecía estar observándolos, pese a que la música continuaba sonando y los seguratas de fuera no parecían haberse percatado de nada. No tenía ganas de tener una fila detrás suyo pidiéndole autógrafos, aunque dudaba que eso fuera a ocurrir. Más que emoción porque el chico que acabó con Lord Voldemort estuviera allí, parecían tener pavor del tono de voz que había utilizado.
-Sí, creo que será lo mejor.- apoyó Ginny, aunque ella misma tenía miedo de tomar el brazo de su novio. Hacía años, de hecho, desde la última batalla, que no lo veía así. Ella también había querido hacer oídos sordos al hecho de que Harry, por mucho que lo quisiera, escondía en su interior la personalidad fría, dura y asesina del Salvador y que era probable que en cualquier momento se manifestara. Entendía perfectamente el enfado de su novio, pero eso no la aliviaba para nada. Parecía tener una parte maligna en su interior, una parte que, en ocasiones, se apoderaba de él y lo alejaban del Harry amable, comprensible y dulce del que ella se había enamorado.
Sin esperar a salir por la puerta, Harry tomó a sus amigos del brazo y se envolvió en una columna de luz blanca, desapareciendo ante las narices de todos, pese a que lo tenía estrictamente prohibido. Cuando reaparecieron en el parking donde Ron y él habían aparcado sus vehículos, sintió una punzada en el pecho y como la energía que había utilizado le absorbía las entrañas, pero se cuidó mucho de comentarlo delante de sus amigos.
Si ellos esperaran que comentara algo, les salió el tiro por la culata. Sin ofrecer más explicación, tomó a Hermione de la mano, que parecía anclada al pecho de Ron y la arrastró hasta el coche de su amigo, indicándole a él con un gesto de cabeza, que se subiera. Después, se montó a la moto y Ginny, totalmente asombrada por la poca expresividad de su novio, lo siguió. Arrancaron y reprendieron la marcha para volver a casa.
Durante el trayecto, Harry no dijo ni una sola palabra. Ginny estaba a su espalda, con la cabeza apoyada en él y notando la respiración del chico, pero lo sentía lejano. Harry no podía evitar pensar que lo peor de él mismo había vuelto a salir a la luz y que, de ahora en adelante, podría hacerlo con más frecuencia. Tenía miedo de su otro "yo". Tenía pavor de volver a sentir por sus venas el odio y la rabia con la que peleaba, hería y asesinaba el Salvador. Y lo peor, es que iba a volver a serlo voluntariamente, por Alan, por si llegado el momento, se necesitaba de su intervención.
En el coche de Ron las cosas no iban mejor. Hermione tenía la cabeza apoyada sobre la palma de su mano y miraba por la ventana ausentemente, mientras le caían lágrimas silenciosas. Ron habría deseado poder decirle algo que la animara, pero su repertorio de palabras se le había agotado.
Llegaron a las casas, casi al mismo tiempo. Harry descendió con la moto de su padrino, enfrente de la casa de Hermione y se bajó de ella.
-Siento que las cosas no hayan salido como pretendíamos, Hermione.- suspiró pasándose una mano por la cara. Después, se acercó a darle un beso en la mejilla a su amiga, para despedirse e instintivamente, la chica se retiró hacia atrás, con la cabeza gacha. Harry no dijo nada, como si aquel incidente no hubiese sucedido.- Cuídate.
-Yo me quedaré a dormir con ella esta noche.- aseguró Ron, mientras se despedía de su hermana y del propio Harry.
-No...- murmuró Hermione. Estaba avergonzada de su propio comportamiento y de verdad, deseaba fingir ante sus amigos que todo estaba bien, como había hecho un sinfín de ocasiones, pero no podía.- no es necesario...
-Sí lo es.- la contradijo su amigo y ella ya no se sintió con fuerzas para decir nada más. Sabía que Ron se estaría toda la noche con ella, despierto y velando por sus sueños, tal y como había hecho en numerosas ocasiones y eso la animaba un poco. La soledad de su casa tan grande no ayudaría para nada a conciliar el sueño.
-Bien, entonces Ginny y yo nos vamos...- dijo Harry lanzándole una mirada rápida a su mejor amiga.- ¿Duermes en casa, Ginny?
-Sí.- asintió la pelirroja, mientras abrazaba a Hermione.- Venga, vamos.
Cuando Harry abrió la puerta de su casa con las llaves, intuyó que sus padres y hermano estarían dormidos. La casa estaba en silencio y era muy probable que Christine estuviese con Lupin en el sótano, cuidando de que no le pasara nada malo. Cada luna llena era lo mismo. Sigilosamente, dejó la cazadora y las llaves sobre la mesa del comedor y subió las escaleras con Ginny detrás. Cuando pasó por la habitación de su hermano pequeño, entró sin hacer ruido y comprobó que estuviera dormido. Alan respira con parsimonia y parecía un ángel envuelto en sábanas blancas. Harry le acarició el cabello tan negro como el suyo y le dio un beso en la frente.
Después, salió de la habitación y tomando a Ginny de la mano, ambos entraron en la suya. La puerta se cerró de un golpe de varita del chico y ambos quedaron engullidos por la oscuridad.
Ginny se acercó a él y le rodeó el cuello con los brazos, acariciándole los mechones de pelo. Jadeando, se acercó mucho más a él y le dio un beso corto en los labios. Como una cadena, Harry le siguió el juego y le mordisqueó los suyos. La chica le pasó las manos por debajo de la camisa y el chico se estremeció, escondiendo un poco el estómago. Con ansiedad, colocó sus manos sobre los botones y se los desabrochó con gesto rápido, mientras Ginny hacía lo propio. Después, entre beso y beso se arrastraron hacia la cama y Harry cayó encima de ella. La luz de la luna brilló con intensidad en ese mismo instante, pero ellos, envueltos en la pasión de su amor no se percataron de ese pequeño detalle.
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El viento golpeaba los ventanales con furia. Hacía días que no paraba de llover en los alrededores del pueblo de Hogsmade. Las gotas de lluvia chocaban contra las cristaleras del castillo y resbalaban hacia abajo, produciendo una melodía lenta y apaciguadora.
Un hombre estaba sentado sobre un gran butacón, observando distraídamente aquel fenómeno atmosférico. Tenía la barbilla apoyada sobre sus manos y no parpadeaba.
El crepitar de las llamas de la chimenea era el único sonido que irrumpía la calma de esa habitación.
A su izquierda, apoyado en una percha de cobre, un fénix dorado mantenía los ojos cerrados, como si cualquier signo de movimiento pudiese perjudicar la melancolía del ambiente.
Hacía tres días que Albus Dumbledore no se movía de esa posición más que para comer. Su rostro había adquirido un carácter pálido y ojeroso y sus labios se habían custrido a causa de la inactividad. Llevaba puesto el mismo camisón blanco de aquella noche, de hacía exactamente, tres noches. En luna llena. Se había despertado a causa del estruendo producido por un rayo al chocar contra un árbol y desde aquel instante, había sido incapaz de explicar el motivo de su inquietud. Una inquietud que no había tenido desde la caída de Lord Voldemort.
Simplemente y pese a que era un mago común y corriente, sin ningún poder empático ni nada que le advirtiese de los acontecimientos futuros; había tenido un mal presentimiento. Quizás era, que desde que aquel artículo sobre el asesinato del cardenal Guidera llegara a sus ojos, había previsto que algo malo se avecinaba, sobretodo, teniendo en cuenta que la maldición Avada Kedavra no había vuelto a utilizarse desde los tiempos de Lord Voldemort.
No, de hecho, sino no hubiese salido unos días después una nueva crónica en el diario de los magos, el director lo habría olvidado, puesto que había estado muy ocupado con los preparativos para el nuevo curso en Hogwarts y la integración de los dos cursos de los estudiantes que cursaban para aurores. Y cada vez estaba más convencido de que traerlos al colegio había sido la idea más brillante de su vida, puesto que si mucho no se equivocaba, muy pronto los iban a necesitar.
Hacía exactamente tres días, que un nuevo artículo sumado al inesperado despertar tan brusco que había tenido, que no le dejaban conciliar el sueño y vivir en la calma que había experimentado hasta el momento.
Consternado, volvió a mirar la primera plana. Todos los cardenales del Reino Unido habían sido aniquilados. Todos. Sin excepción, no quedaba ninguno con vida. Al día siguiente, un tercer artículo le acreditó su mal presagio. La masacre se había extendido a Europa. Estaban comenzando a aparecer cardenales asesinados por las distintas regiones. El cuarto día, le tocó el turno a Estados Unidos.
Dumbledore no sabía lo que aquello podía significar en toda regla, pero tenía una ligera idea de lo que el supuesto asesino o asesinos, pretendía. Y la destrucción de la Iglesia católica era algo que no estaba dispuesto a tolerar. Pero no era aquello lo que más le preocupaba, sino la descripción de dichos personajes que había recibido. Por supuesto, nada de aquello había sido publicado en el Profeta.
Si la gente supiera que la vieja Marca Tenebrosa había aparecido en el cielo, después de cada asesinato, se habría formado el terror y el caos en el mundo mágico. Y estaba el hecho de que, no sólo se estaban utilizando las maldiciones imperdonables, sino que los hombres que estaban cometiendo tan atrocidad iban vestidos con túnicas negras y con los rostros cubiertos por máscaras blancas.
El director sabía que quedaban muchísimos mortífagos en libertad, escondidos por los más recónditos rincones del mundo, pero según sus fuentes, no tenían el valor suficiente para salir a la luz. ¿Qué o quién les había hecho cambiar de idea¿Y por qué atacaban a la Iglesia Católica, que era un símbolo claramente importante para la mayoría de los muggles?
-Esperas respuestas...que sólo están ocultas en tu corazón...viejo amigo...- Albus Dumbledore levantó la cabeza. No estaba solo. Una sombra había emergido de la oscuridad y yacía sentada en el alfeizar de la ventana, una sombra, que había estado desaparecida durante cinco años.- Está ocurriendo...- el director se colocó bien sus gafas de media luna y se puso en pie, caminando con parsimonia hacia la voz de mujer que acababa de escuchar.
-Ha pasado mucho tiempo...demasiado, Michaela...- la mujer sonrió y rebeló su rostro, que fue bañado por la luz que desprendían las llamas de la chimenea. Los años no habían pasado en balde para uno de los arcángeles más poderosos del mundo mágico. Su pelo se había vuelto entrecano y había crecido considerablemente, pero seguía estando recogido en un moño. Su piel se había arrugado, sus manos ya no poseían la fuerza de antaño y unas sombras habían aparecido en las pupilas dilatadas de la mujer. Sus ojos, mantenían el antiguo espíritu y conservaban su color transparente y ambiguo. Su sola presencia, pese a que era tranquilizadora, seguía siendo inquietante.
-Sabes muy bien por lo que he venido..no es una visita de cortesía.- susurró. Las palabras salieron de sus labios en un murmullo irreal, irritante y terriblemente confuso.- Mi tiempo es limitado...
-A tu nieto le gustaría que pasarás más a visitarlo...- le recordó el director, dándole la espalda y caminando hacia su mesa de escritorio, donde seguían estando los cuatro ejemplares del Profeta. No era un reproche, sin embargo, la anciana adivina se lo tomó como tal. Había visitado a la familia Lupin unas cuatro veces en todo aquel tiempo y nunca se había quedado demasiado. Estaba ocupada, tenía demasiado trabajo y sabía que aunque su familia debería haber sido lo más importante, no podía dejar de lado las obligaciones que tenía como "mayor" que era.
-Hay muchas cosas que le gustarían a mi nieto, la mayoría de ellas imposibles...- volvía a hablar con esos acertijos que sólo el director había logrado alcanzar a comprender en alguna ocasión. Se habían aliado en la última guerra y todo había salido bien, pero el poder premonitorio y la capacidad de entablar los mensajes crípticos a través de las palabras que tenía la mujer, siempre había sido una traba para Dumbledore.
-Pero tú no estás aquí para hablarme sobre Alan¿cierto?- inquirió el hombre, escudriñando los ojos incoloros de la adivina, a través de sus gafas de media luna. Michaela entrelazó las manos y contempló como la lluvia se estrellaba en los ventanales, con una calma y tranquilidad dignas de admiración.
-Sí, Alan es mi razón, pero no del modo en que tú crees.
-¿A qué te refieres?- Dumbledore alzó una ceja. Por primera vez en todo aquel rato, su cuerpo se había tensado. Había temido desde el instante en que vio al niño en los brazos de Christine, el momento en que sus capacidades despertaran y comenzara a hacerse preguntas y por el modo en que la anciana mantenía la mirada perdida entre los fenómenos de la naturaleza; supo que había llegado.
-El poder de mi nieto es inmenso...- susurró Michaela dibujando formas imposibles en el aire, con el dedo índice.- ...y cada vez más peligroso. Sabías que éste momento llegaría, necesita respuestas, pero no está preparado para asumirlas y me temo que Christine no será lo suficientemente fuerte como para afrontarlas. El pasado continúa atormentándola y elegisteis el mal camino, Dumbledore, porque ocultarlo bajo llave en un cofre donde nadie más que vosotros teníais acceso, no fue la opción adecuada. No se puede huir del pasado y mi nieto lo aprenderá de la manera más dura.
-¿Lo has visto?- pese a la rudeza de las palabras, el director mantuvo la calma. Estaba preparado, sabía que algún día tendría que volver a ocupar el puesto que le correspondía, que tendría que volver a valerse del ingenio que lo llevó a la victoria en las dos primeras guerras mágicas.
-Niebla...sólo veo niebla...- se lamentó la mujer. Su mirada, se había ido apagando por momentos. En aquel instante, Dumbledore la encontró mucho más vieja que nunca, mucho más de lo que en realidad era.- Un futuro incierto...más peligroso, precisamente porque un nuevo enemigo ha regresado...y su poder ahora, es mayor del que Lord Voldemort podría haber alcanzado jamás...- el director se inclinó hacia delante. Un brillo había cruzado su mirada como si un rayo traspasara un árbol. Y cuando el relámpago iluminó la habitación y encendió las pupilas traslúcidas de la adivina, Albus Dumbledore tuvo una visión del futuro, una visión, que se le quedaría grabada en la mente para siempre.- Él...ha regresado...
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No hay nada en el mundo, salvo una causa de fuerza mayor, que pueda interrumpir el Cónclave, que se celebra para elegir a un nuevo Papa. Los obispos menores de ochenta años se encargan de realizar una votación bajo la mirada atenta del Camarlengo, encerrados en la Capilla Sixtina, obra indudable del artista Miguel Ángel, dentro de la Ciudad del Vaticano.
Por eso, pese a que a las afueras de aquel paraíso de paz, muchos de sus hermanos Cardenales habían muerto asesinados, los setenta y ocho ancianos que se encontraban allí, permanecían charlando tranquilamente, a la espera del comienzo de la ceremonia.
El cardenal Mortati, encargado de dirigir tal acontecimiento, contempló el lugar al que acababa de entrar. Alzó la vista hacia el magnífico techo de la Capilla Sixtina y respiró hondo antes de dar dos pasos al frente. Él sí sabía toda la verdad.
Por lo general, la luz de la Capilla era sublime, largos rayos de sol filtrado que cortaban la oscuridad como rayos celestiales...pero ese día no. Como la ocasión requería, cortinas de terciopelo negro colgaban de todos los ventanales. La estancia sólo estaba paliada por la luz de las velas, un resplandor trémulo que parecía purificar a todos a los que rozaba, dotándoles de un aspecto fantasmal.
Se encontraba en Roma, la Ciudad Eterna, laberinto indescifrable de antiguas calzadas que serpentean alrededor de edificios, fuentes y ruinas. Había pisado esas mismas calzadas cuando tan solo era un niño, pero entonces, el motivo era muy distinto. Desde el tejado en el que se hallaba suspendido, como una montaña que hendiera la niebla matutina, la cúpula colosal surgía de la bruma ante él: la basílica de San Pedro.
-He de reconocer, que eso sí que lo hizo bien Miguel Ángel...- la voz salió de sus labios como un susurro que aspiró el viento y se perdió entre los silbidos que producía éste al golpearle en los oídos.
Ian Lewis nunca había visto San Pedro desde las alturas. La fachada de mármol brillaba como fuego bajo el sol del atardecer. El gigantesco edificio, adornado con ciento cuarenta estatuas de santos, mártires y ángeles, ocupaba la superficie de dos campos de fútbol de ancho y seis de largo. El cavernoso interior de la basílica podía acoger a sesenta mil fieles, unas cien veces la población del Vaticano, el país más pequeño del mundo, seguido por Mónaco.
Por increíble que pareciera, ni siquiera una ciudadela de tamaña magnitud podía empequeñecer la plaza que se abría ante ella. La plaza de San Pedro, una inmensa extensión de granito, constituía un extraordinario espacio abierto en la congestión de Roma, como un central Park de estilo clásico.
Mientras contemplaba el magnífico templo, Ian se preguntó qué pensaría San Pedro si regresara ahora. El santo había padecido una muerte espantosa, crucificado cabeza abajo en ese mismo lugar. Ahora descansaba en la más sagrada de las tumbas, enterrado a cinco pisos de profundidad, justo bajo la cúpula central de la basílica.
- La tomba di San Pietro.- susurró el mortífago, escudriñando la plaza que se erguía sobre sus pies. Una reliquia única, un privilegio, que muy pocos habían alcanzado a contemplar. Sonrió para sus adentros. Era el plato final. La fe de Pedro en Dios era tan férrea que Jesús llamaba a Pedro "la Roca", el discípulo idílico sobre cuyos hombros Cristo construiría su Iglesia. En ese mismo lugar, comprendió Ian, recordando cuando su padre lo había llevado hasta ella siendo niño, Pedro había sido crucificado y sepultado. Los primitivos cristianos edificaron un pequeño altar sobre su tumba. Cuando la cristiandad se expandió, el altar aumentó de tamaño, capa tras capa, hasta culminar aquella colosal basílica. Toda la fe católica había sido construida, literalmente, sobre la tumba de San Pedro. La roca. Ian sabía lo suficiente de religión para entender que, destruir la tumba de San Pedro parecía dolorosamente obvio. La venganza de las creencias de su familia eran un desafío simbólico, iba a destruir el corazón de la cristiandad.
Cuando el Camarlengo irrumpió en el Cónclave con el rostro visiblemente pálido, los setenta y ocho cardenales se giraron hacia él. Nada más observar su atuendo mal abrochado y arrugado, el cardenal Mortati comprendió que el Camarlengo acababa de recibir noticias sobre más muertes. Sin embargo, ejerciendo el papel que le tocaba, se colocó en lo alto del altar, aguardando las órdenes directas del que había sido elegido por el Santo Padre, para dirigir el Vaticano a la espera de la elección de un nuevo Papa.
Bartolomé de Lamassé caminó inexpresivo al centro de la Capilla, con el corazón palpitándole de emoción y cargando con el peso de una información, que ponía a prueba su fe.
Sin embargo, un segundo antes de que las palabras emergieran de su garganta y como si de una iluminación misma se tratara, un resplandor de luz iluminó la tenebrosa sala de la Capilla Sixtina. Los ancianos cardenales se cubrieron los ojos con las manos, puesto que la cegadora luz brillaba con mucha intensidad. Las velas tintinearon, cuando una corriente de aire mostró dos figuras encapuchadas, que acababan de hacer aparición en medio de la estancia.
El Camarlengo cayó al suelo de rodillas, dejando entrever, por primera vez, las lágrimas que surcaban sus mejillas, bajo el asombro y el miedo reflejado en los rostros de los demás candidatos a ser la máxima autoridad de la Iglesia.
-¿Quiénes sois?- Mortati fue el único en el recinto que se atrevió a dar un paso hacia delante. Veía el rostro del Camarlengo y le costaba trabajo creer lo que tenía enfrente de sus ojos. Sin lugar a dudas, Bartolomé tenía la convicción que el hecho de que esas dos figuras aparecieran de la nada, era un milagro de Dios.
-¿Tiene fe, padre?- preguntó una de las dos figuras. Su voz era fría y tremendamente austera, pero el tono conciliador en el que se había pronunciado logró convencer a Mortati para echarse de rodillas al suelo, tal y como había hecho el Camarlengo.
-Ustedes han venido a ayudarnos...no seré yo quien se oponga a la voluntad del Señor.- las dos figuras, que parecían mucho más concentradas en observar los alrededores de la Capilla, como si estuvieran aguardando algo, se miraron entre sí y asintieron. Para ellos las palabras de Mortati eran huecas y vacías, no tenían ningún significado especial, pero lo que habían venido a hacer, sí lo tenía.
-Entonces, vamos...- susurró de nuevo, la primera figura. Y alzando los brazos, imitado por su compañera, una luz poderosísima y arrolladora iluminó al completo la obra de Miguel Ángel. Los cardenales, que a diferencia de Mortati y el Camarlengo, no entendían nada, se dejaron arrastrar por la calidez de aquel resplandor que los inundaba.
Dos minutos después, cuando Ian Lewis ingresó por las altas puertas de la Capilla Sixtina encontró la estancia totalmente vacía. Apretando los puños con fuerza y con los ojos desorbitados, el mortifago lanzó un grito al cielo, que se escuchó por los cuatro puntos cardinales de la Ciudad del Vaticano, ahora deshabitada.
