N/A: Olassss gente! Q tal estamos? Yo muy contenta con vuestros reviews, me alegra que os vaya gustando el fict. Bueno, aquí vamos a ver el regreso de Malfoy, aunque estará algo distinto y también habrá una escena R/H 100. Así que no os entretengo mucho más. Sólo decir que trataré de actualizar rápido, pero que ahora estoy trabajando y en breve estaré estudiando también, así que espero que tengáis un poquito de paciencia, aunque vuestros reviews me animan mucho a continuar. Un besazos enorme para todos/as! (PD: Quién ganará OT? Vamos todos a votar a Fran, ajjajaaj, no os habéis dado cuenta de que es Sirius Black con 22 años?) Vale, después de este kit kat...nos vemos en el próximo capi!
Reviews:
D.Alatriste: Olass! Jajaja, bueno, ser Harry Potter a veces tiene sus ventajas, no? A ver, te explico de lo Alan. Afortunadamente, ajajjajajaj, sólo hay un Papa. Uffff, te imaginas a más Ratzinguer Z? Ajajjajajajaja. Vale, risas aparte. Lo que quiere Ian es cargarse el Cónclave. Para quien no lo sepa, el Cónclave es una especie de reunión entre unos cardenales de la Iglesia Católica en la que se elige al nuevo Papa, una vez el antiguo ha muerto. Hace poco, tras la muerte de Juan Pablo se hizo uno, que es cuando salió Benedicto XVI. Vale, pues como esos cardenales son los representantes más importantes de la Iglesia, Ian quiere matarlos para así matar la fe cristiana. Debo decir, que si lo consigue, Harry estará muerto. Espero que ahora sí que hayas entendido mejor su plan. Besazos!
Lena-Black: Olass! Jajaja, tranquil, es muy sencillo, te lo explico. A ver...la familia de Ian pertenecía al Priorato de Sión. Tenía que darle un pasado y se me ocurrió este puesto que el Priorato y la Iglesia no son muy amigos que digamos. La Iglesia asesinó a sus padres, así que Ian la detesta. Vale, como Harry está ligado a la fe del mundo depende exclusivamente de ella para sobrevivir. Q pasó? Que cuando estaba clínicamente muerto tras la batalla contra Lord Voldemort, la esperanza de la comunidad mágica hizo posible el milagro que regresara, aunque debería haber muerto. Q pasa ahora? Q si Ian destruye a la Iglesia, aunque los magos no crean en dios y todo eso, destruirá una fuente de fe muy grande: los creyentes muggles. Para los magos no tiene nada que ver, pero piensa, que el mundo no es sólo mágico, también tiene su parte muggle y Harry también está ligado a ella. No todos los muggles son creyentes, obviamente, pero la pérdida de fe que se produciría tras la destrucción de la Iglesia Católica es lo suficientemente grande como para que él no sobreviva. Así que Ian juega un arma de doble filo: se venga de la muerte de su familia(enemiga eterna de la Iglesia) y además, se asegura de destruir a Harry. En realidad, es muy sencillo. Has echado de menos a Alan? Jaajja, no te preocupes, saldrá más, ya te cansarás de él, ajaja. No, no voy a dejar colgada a Hermione, por eso me las ideé para que los chicos sólo tuvieran clase por la mañana. En realidad, es realista porque a la universidad sólo se va o por la mañana o por la tarde. Así que Hermione puede pasar las tardes con ellos, pero también irá a visitarlos continuamente a Hogwarts. Y...estará en la Orden del Fénix, pero para eso falta un poco todavía. En fin, espero haberte aclarado un poco las dudas, ok? Un besazo enorme y gracias por tu review!
Usagi-Chan: Olasss! Muchas gracias. Bueno, ya ves que no tardo mucho en ir actualizando. Paciencia con las identidades de los nuevos personajes, ajaj. Bueno, no te preocupes, lo de Harry irá lento, poco a poco. Besazos!
Ginnyalis: Olass! Gracias! A ver, te explico lo otro. La escena final ocurre en Roma, en la ciudad del Vaticano. Los cardenales están celebrando un Cónclave porque si lo recuerdas el actual Papa de la Iglesia había muerto. Un Cónclave es una reunión entre los altos cargos de la Iglesia para elegir a un nuevo Papa. El propósito de Ian es matarlos a todos y así, destruir la fe de una manera definitiva. Pero entonces, los dos nuevos personajes salvan a los cardenales y los hacen desaparecer. Ya está, no hay más misterio, jajaja. Besazos!
Seralpp: Olass! Jajaj, no te preocupes, ya dije que Ron y Hermione saldrían mucho en el fict, pero tengo que poner de todos los personajes, ajajaj. Besos!
Sarah-Keyko: Olasss! Jajaj, gracias! Me allegro que te guste el fict. Si? Te ha gustado la parte de Ron y Hermione? Jajaja, bueno, es que son muy monos. Besazos!
Aidee: Olass! Jajaj, sí, no te preocupes que las actualizaciones irán rápidas. Te gusta el fict? De verdad? Aishh, q alegría me da. Me daba miedo esta continuación, jajaja. Bueno, paciencia con lo de Alan, se irá enterando poco a poco y créeme, no te gustará Alan cuando lo haga, ajajja. Besazos!
Roxana: Olass! Muchas gracias, me alegro que te guste. Besazos!
Lladruc: Olasss! Umm, bueno, tho dic, ajaja. Els dos arcangels que han salvat als cardenals eren els que van arribar a la cabanya del Hagrid. Bueno, no pateixes pel Harry. Es recuperarà poc a poc, la Christine tornarà a entrarlo, ja voràs. El cognom de "Lewis" sem va ocorrer perque si. Crec q hi ha algun actor que té aquet cognom i em sonava. Ho de la Hermione costarà molt mes que ho del Harry, jajaaj. Be, petons!
The-soulless-girl-666: Olasss! Jajaja, sí, me he leído Ángeles y Demonios y el Código Da Vinci. Me alegro q te guste el fict. Si lo q qieres es llorar...jajaja, seguro que lo harás. Besazos!
Jovas: Olass! Sí, sí lo dije. LO que pasa que no pude hacerlo a todos. Te explico, las personas que pusieron el email en la opción que hay en los reviews para ponerlo, recibieron el aviso. Pero no sé porqué, pero los que lo pusieron escrito, luego no aparecía en el review y por eso no pude avisar. Lo siento mucho. Me alegro que te vaya gustando el fict. Pues...los títulos son en inglés porque últimamente he estado muy en contacto con el inglés, es un idioma que me encanta y puedo sacar buenos títulos. De todas formas, siempre que no se me olvide, jaaaaja, trataré de traducir los títulos. Besos!
MayeEvans: Olass! Muchas gracias! Me alegro que te esté gustando el fict. Bueno, bueno,...del final no digo nada, jajaja. Te gustó la parte de Ron? Jajaja, me alegro! Es que es muy divertido. Besazos!
Amnydic1991: Olass! Jjajajajajjaja, sí, es que de algo tiene que servir ser Harry Potter, no? Jajajaj. Bueno, sé que lo de Hermione es muy triste y bla bla, pero poco a poco irá recuperándose, ajajaj, o eso espero. Ummm, valeeee, te lo digo, ajaj, sí, eran Orión y Anya los que fueron a San Pedro y sí...son arcángeles, jajaaaj. Si tienen q ver con los Black? Umm, ajajjaja, ya lo averiguarás muy pronto. Tiempo al tiempo, besazos!
Shaman: Muchas gracias! Me alegro que te guste!
Ren: Olass! Jajaajajajjaaj, no me molesta para nada explicar las cosas, de verdad. Para eso estoy, no? Para tratar de hacer entendible el fict y que no haya dudas. A ver, lo de Christine fue un acto totalmente involuntario producido por el shock del momento. Igual que lo de Alan. Alan no sabe la verdad, pero en el fondo de su corazón algo le dice que las cosas no son como las ve, ese algo es la parte del recuerdo de los 9 meses del bebe, antes de morir. Besazos!
Valerita: Olass! Gracias! Sí, jajaj, es que a Harry le tiene q servir de algo haber sido el Salvador. Besos!
Dany-Kanuto-Link: Olass! Jajajaja, bueno, Anya y el otro son personajes claves, ya lo he dicho, pero tendrás que esperar a saber porqué. Me alegro mucho q te guste mi forma de escribir, yo solo intento hacerlo lo mejor posible. Besos!
CAPITULO 4: NO ONE CAN SAVE ME.
(NADIE PUEDE SALVARME)
Harry se despertó de golpe, pálido y sudoroso. Notando como el corazón le latía más rápido de lo habitual y como era incapaz de controlar el tembleque que se había adueñado de su cuerpo, se colocó una mano en el pecho, amagando un gesto de dolor.
Tenía la espalda totalmente empapada y la camiseta del pijama se le pegaba al cuerpo. Los mechones azabaches, que le caían por la frente desordenadamente, estaban bañados en sudor.
Cuidándose de no despertar a Ginny, que dormía plácidamente a un lado suyo, se levantó de la cama con gran esfuerzo y tuvo que sujetarse a la silla de su escritorio, para no caer al suelo. Hacía unos días que su novia se quedaba a dormir con él, quizás aprovechando mucho más el tiempo que les restaba de vacaciones de verano.
Jadeaba. Cerró los ojos en un intento de no marearse, pero en seguida comprendió que éstos se le nublaban y que era incapaz de distinguir sus pasos entre la oscuridad.
Si Harry no hubiese tenido una nueva pesadilla sobre Lord Voldemort, habría catalogado esa sensación como normal, después de todo, eran muchas las ocasiones en las que sus sueños eran inquietantes y acababan por debilitarle en exceso, pero aquella vez, algo había cambiado.
Todavía podía escuchar la risa macabra del mago tenebroso, cuando había dado la orden de que Ian, su vasallo más leal, abusara de Ginny y de Hermione. Hacía tanto tiempo que no tenía en su cabeza la voz siseante y confusa de su peor enemigo, que volver a revivirla le había producido un shock muy grande, pero mucho más, el haber vuelto a encontrarse cara a cara con Ian Lewis.
No sabía a qué se debía, pero el dolor de su pecho había aumentado y la sensación de vacío, que sólo producía una pérdida importante de energía, se había anidado en su interior.
Se tambaleó hasta la puerta del baño y sujetándose en el marco, echó un vistazo a la imagen que reflejaba el espejo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse y no gritar, cuando vio como, de la vieja cicatriz que tenía en la frente, salía un hilo de sangre y le resbalaba por la cara.
Sus fuerzas flaquearon y se sintió desfallecer. Sin poder evitarlo, se calló al suelo de rodillas, respirando agitadamente.
-Chris...- murmuró antes de que sus rodillas tocaran el suelo. Si había alguien que podía sentir lo mal que se encontraba ésa era Christine. Ella era su arcángel y tenía que notar algo. Estaba a punto de desmayarse, cuando sintió como unos brazos lo rodeaban y lo zarandeaban desesperadamente. No eran los de su madre y Harry maldijo mentalmente por ello. Ginny se había despertado con el ruido y parecía muy asustada.
-Oh, dios mío...Harry...resiste por favor...-se escuchó un chasquido en la habitación y Christine apareció envuelta en una columna de luz blanca. La puerta se abrió de golpe e igualmente, Lupin había subido las escaleras, corriendo como un poseso.
La mujer se acercó al chico y palideció al descubrir la cicatriz sangrando de tal manera.
-Ginny tráeme hielo.- ordenó mientras se agachaba al lado del muchacho y le colocaba una mano en la frente, para comprobar su temperatura.
-Pero...- Ginny no quería marcharse y dejar a su novio solo ni un segundo. No entendía nada de lo que ocurría, pero la cara tan demacrada que presentaba su antigua profesora de Defensa Contra Las Artes Oscuras, no le agradaba un pelo.
-No hay tiempo que perder, Ginny.- ordenó Lupin, igualmente preocupado. Él tampoco comprendía en gran medida lo que estaba sucediendo, pero tenía mucha más idea que la muchacha. Y si era lo que sospechaba, estaba seguro de que a Harry no le gustaría que su novia se enterase. La chica, apenada y muy nerviosa, optó por obedecer y salió corriendo de la habitación, en dirección a la cocina, sin reparar, que en el marco de la puerta estaba Alan, observando atentamente cada detalle y sin atreverse a entrar.
-Harry...- susurró Christine dándole unas palmaditas en la cara, en cuanto vio que Ginny ya no estaba.- ¿Qué te ocurre?- sin esperar respuesta y viendo que el muchacho se veía incapacitado para dar una, la mujer alargó las manos y dejó que la energía brotara de ellas, envolviendo al chico en ella. Durante unos segundos, Christine pensó que funcionaría, pero no fue así. La energía se colaba en el cuerpo de Harry para después ser expulsada, como si éste no la admitiera. Lupin iba poniéndose más y más nervioso al ver como su mujer se desgastaba inútilmente.
-Detente, Chris...- la mano de Harry, sujetó las de Christine. El chico mantenía los ojos cerrados y un profundo gesto de dolor en la expresión de su rostro, pero lograba mantener la calma con una madurez envidiable.- esto no puedes curarlo...
-¿Qué?- Christine y Lupin intercambiaron miradas nerviosas. Era cierto que cuando Harry se debilitaba en exceso, al utilizar su energía de arcángel, Christine había podido hacer muy poco para ayudarle, pero siempre había logrado que su energía recobrara un poco el estado lamentable en el que el muchacho quedaba envuelto. Sin embargo, ahora, todo eso parecía inútil.
-Disimulad, los dos.- pidió Harry, hablando en voz baja, puesto que sentía como los pasos de Ginny subían las escaleras y se dirigían hacia allí.- Quiero que no intervengáis...- como pudo y haciendo un tremendo esfuerzo, el chico se sujetó al brazo de Christine y se incorporó un poco, jadeando.
Ginny entró en la habitación como una posesa y se arrodilló en el suelo, junto a su novio, con una servilleta llena de cubitos de hielo y chorreando agua.
-Es lo que he encontrado...- tartamudeó nerviosa y con las manos moviéndose torpemente para colocar el hielo en la frente de su novio.- Por favor, dime que estás bien...¿qué ha pasado...¿cómo...?
-Me caí- mintió Harry. Su voz sonaba tan convincente que Christine no pudo evitar abrir la boca de asombro. El rostro de Lupin era de una seriedad inusitada, pero no hizo ningún amago por disimular lo que su hijo acababa de decir.- Me tropecé en medio de la oscuridad y no tuve otro lugar donde darme el trancazo que la cicatriz. Me he mareado un poco, eso es todo, pero ya estoy mejor...- probablemente, sino se encontraran en la situación en la que estaban, los dos adultos se habrían echado a reír por la capacidad de Harry para mentir. Pero el plato había funcionado. Ginny había picado el anzuelo y después de estarse durante un rato con el hielo sobre la frente del chico y asegurarse que había dejado de sangrar, convencida por el propio Harry y por Christine, la chica bajó a preparar el desayuno.
Ayudado por Lupin y por Christine, Harry se puso en pie y logró llegar hasta la cama, sentándose con aplomo y respirando entrecortadamente.
-¿Te encuentras mejor?- quiso saber la mujer, utilizando un tono de voz serio y estricto. No le había comentado nada al chico sobre la mentira que acababa de decir porque entendía perfectamente su situación, pero no las tenía todas consigo. No estaba nada convencida en que engañar a los demás fuera la mejor opción. Harry quiso asentir con la cabeza, quiso mentir y decir que sí se encontraba en perfecto estado, pero la cara de sufrimiento que llevaba indicaba todo lo contrario.
-Deberíamos llamar a un médico.- opinó Lupin, que había tomado el relevo de Ginny y sostenía la servilleta con los hielos, manteniéndola puesta en la cicatriz del muchacho.- Hacía años que no te ocurría esto con la cicatriz...no es normal...
-Los médicos no pueden hacer nada, Remus...- masculló Harry miserablemente y su voz se quebró en un sollozo.- Nadie puede hacer nada...
-¿Qué estás diciendo?- Lupin no entendía nada y comenzaba a enfadarse. No podía creer que Harry se estuviera rindiendo ante un hecho que, sí, les desconcertaba a todos, pero que no debía sacarse fuera de las casillas.
-Permitidme que yo os lo explique.- una voz confusa y cargada de sabiduría había irrumpido en la habitación. Los tres miraron en dirección a la puerta, donde una mujer vestida con un chal y con un pañuelo en la cabeza, los miraba intensamente. Había algo extraño y confuso en su forma de observarlos, pero su sola presencia era un hecho que sorprendió mucho más de lo que pretendía.
-Madre...- la voz de Christine se perdió en un susurro. Tenía un mal presentimiento y que la presencia de uno de los mayores se encontrara en su casa, precisamente en el instante en el que Harry parecía estar sufriendo un ataque, no le agradaba en absoluto. Hacía aproximadamente un año que Michaela no les hacía una visita de cortesía. La mujer, haciendo caso omiso de las caras de sorpresa que había provocado, se acercó hacia Harry, que ya se esperaba que algo así ocurriera y se colocó enfrente suyo.
-Hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos...Harry Potter...
-Shrsss- la chistó Christine mirando inquietamente hacia la puerta.- Madre, te lo suplico, baja la voz, Alan podría oírte...- sin embargo, la adivina la ignoró por completo, dirigiéndole una gélida mirada.
-Tarde, muy tarde, Christine.- el significado de aquellas palabras no fue entendido por nadie más que por la propia Michaela, sin embargo, silenció a la profesora por completo. Su madre tenía ese don, podía hacerla callar con un leve susurro.- Harry Potter...- murmuró, en aquella ocasión, escudriñando los profundos ojos verdes del chico, que brillaban al contorno de la tenue luz que entraba por los resquicios de la ventana y que dejaban entrever las marcas de las lágrimas.- tú tiempo se ha agotado...
-¿Qué intentas decir con eso, madre?- la mirada de Christine se había endurecido. Hacía mucho que había superado aquel resentimiento que la adivina había infundado en ella cuando era niña, al comprender quién había sido el verdadero enemigo, pero sus palabras huecas le producían un terrible vacío y no estaba dispuesta a tolerarlas.- Hasta ahora no has hecho más que murmurar cosas que no alcanzo a comprender...no puedes presentarte aquí y...
-Chris, es suficiente.- para sorpresa de Christine, de Lupin y de la propia adivina, había sido Harry quien la había interrumpido. Pero en vez de estar asustado o desesperado por aquellas palabras tan irritantes y confusas, parecía analizar todo con una madurez increíble.- ¿Quiere explicarme mejor lo que trata de decirnos?- pidió amablemente, inclinando la cabeza hacia Michaela.- Creo que es mejor que vaya al grano, si es lo que yo creo que es, me gustaría que fuese usted la que me lo confirmara...- la adivina se dio la vuelta de sopetón y si en ese momento le hubiesen observado el rostro, habrían descubierto una nota de dolor por tener que confesar el mensaje que tenía de los "mayores". Haciendo alarde de su dureza y su grandeza, comenzó a hablar con una voz firme, que no expresaba para nada el sentimiento de opresión que le invadía el pecho.
-No sé si lo recuerdas, Harry Potter, pero cuando pisaste aquel lugar entre dos mundos, para reencontrarte con tus padres y tu padrino, estabas clínicamente muerto.- Harry asintió sin pronunciar palabra. Lo recordaba perfectamente¿cómo poder olvidarlo? Había rememorado ese momento en su cabeza unas mil veces y lo tenía estrictamente guardado en los recuerdos de su pensadero.- Recordarás entonces, que tus padres y tu padrino te ofrecieron una manera de regresar, un camino que nosotros quisimos otorgarte porque consideramos que no era justo que entregaras tu vida después de habernos salvado a todos. Así que, ideamos un plan.
-¿Un plan?- Lupin arqueó las cejas. Había escuchado la historia en boca de Harry, pero una única vez y estaba seguro de que el chico se había guardado parte de los detalles para él. Era algo muy personal lo que había vivido y entendía que no estuviera dispuesto a compartirlo con los demás.
-Sí, - asintió la adivina inclinando ligeramente la cabeza y todavía de espaldas a ellos.- cuando Harry se convirtió en arcángel fue gracias a los poderes que utilizamos todos los mayores para que fuera posible. Alteramos las leyes de la naturaleza y estrictamente, Harry quedó atado al mundo, ligado de una forma literalmente corporal- la mujer hizo un alto en el camino, permitiéndose un momento de reflexión.- Entonces, recordarás, Harry, que cuando llegaste espiritualmente a la sala entre los dos mundos, tus padres te advirtieron de que existía una manera de regresar y era teniendo fe y esperanza en ello. Poniendo todo de tu parte.
-Lo recuerdo- confirmó el muchacho.
-¿De dónde crees que salió toda esa fuerza de fe y esperanza?- continuó Michaela, lanzando al aire la pregunta retórica y que ella misma respondió.- Tú le devolviste al mundo esa esperanza, Harry Potter y el mundo se solidarizó contigo. Gracias a la fuerza de los corazones humanos y que eran muchos, pudiste regresar, aunque nunca debiera haber ocurrido.
-¿Quieres decir...que teóricamente Harry debería estar muerto?- preguntó Christine con una nota de terror en la voz. La barbilla le temblaba ligeramente y su voz no había sonado tan fría y áspera como habría pretendido. La adivina tardó unos segundos en responder, pero cuando lo hizo Harry pudo intuir que sus peores temores se habían confirmado.
-Quiero decir que Harry continúa ligado al mundo.- había variado la respuesta, pero responder con un rotundo "sí" habría supuesto un golpe tan duro que sabía que no soportarían.- Y que si al mundo le ocurriese algo, como una pérdida de fe importante, Harry moriría con él, se consumiría. No puede existir sin esa esperanza, porque no pertenece a este mundo sin ella, en espíritu, hace mucho tiempo que Harry Potter cruzó el umbral de la muerte.- un silencio espectral cayó con aplomo sobre la habitación. Christine quiso protestar, quiso decir que aquello no era posible, pero ningún sonido salió de su garganta. Lupin se había quedado estático, con los restos del hielo derritiéndose en sus manos y el rostro sombrío. Harry, que debía ser el que más afectado estuviese, mantenía una calma digna de admiración, pero por dentro el dolor lo consumía.
-¿Está ocurriendo?- titubeó en hacer la pregunta, pero era su vida la que estaba en juego y necesitaba respuestas. La adivina, que continuaba dándoles la espalda, hizo un gesto tosco con la cabeza y comenzó a hablar como si nada.
-Sí, - confirmó.- Y si quieres detenerlo deberás enfrentarte de nuevo al pasado...y luchar por un futuro...- la luz blanquecina que caracterizaba a los arcángeles comenzó a inundar el cuerpo de Michaela, que antes de desaparecer dio la cara por primera vez, añadiendo: - el mundo perderá la suficiente fe como para destruirte, Harry Potter, si quieres vivir, busca dentro de tu corazón y confía en ti mismo...debes actuar antes de que empieces a enfermarte más y no puedas pelear una guerra que sigue llevando tu nombre escrito en letras de sangre...recuérdalo...tu tiempo...se está agotando...- y tras envolverse totalmente en esa columna de energía, desapareció dejando una brisa a su paso, sin percatarse, que una figura de seis años se encontraba escondida muy cerca de la habitación y que lo había escuchado todo.
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Las paredes rocosas de la guarida goteaban, haciendo que un ligero tintineo resonara en los largos corredores, a causa del eco. Los tacones retumbaban en la piedra húmeda y las esquinas dibujaban sombras extrañas. Era un lugar tenebroso.
No obstante, el hombre que caminaba por el, no parecía en absoluto, temer las figuras que habían dibujado sus antepasados en las espectrales paredes cavernosas.
Se mantenía erguido, con los brazos inertes y con el rostro endurecido. Parecía desprender una gran energía interior, como si su cuerpo entero estuviese encendido, pero su expresión no era forzada ni austera. Mantenía la compostura. En aquella ocasión, llevaba el pelo largo y ceniciento, pero eso no le hacía parecer mayor, sino mucho más poderoso y guerrero. Sus ojos eran ambarinos y su piel pálida como la cera. Era más alto de lo normal y también más fornido. Su vestimenta era lo único que no había variado. Continuaba siendo tan negra como la oscuridad de su corazón.
Llegó al final del corredor y encontró a mas figuras aguardándole. Una mueca de desagrado le surcó el rostro, pero nadie lo notó. Habría esperado encontrar a Lucius Malfoy portando buenas noticias, pero en su lugar tenía a un grupo de adolescentes.
Hacía mucho tiempo que no los veía, pero por supuesto, los había tenido bien controlados. No se asemejaban nada a los muchachos que había fingido dar clase en Hogwarts y con los que había colaborado para llevar a cabo el plan de Lord Voldemort, pero intuía que la esencia era la misma. Quizás, con mucho más odio y resentimiento anidado en sus corazones, pero eso a él, le beneficiaba.
El cabecilla del grupo, aquel que le había otorgado a su señor años atrás, la información que debería haber sido la caída de Harry Potter, dio un paso al frente e inclinó la cabeza ligeramente, pero observándole desconfiadamente.
Ian sonrió interiormente. Era muy distinta la mirada sometida de Lucius Malfoy a las que recibía de su hijo y sus amigos. Y era normal. Por el aspecto que traía, Draco Malfoy no parecía haberlo pasado del todo bien.
Su pelo rubio platino se había rizado y alargado con el paso de los años y le caía irregularmente por los hombros. Sus ojos grises eran mucho más profundos y menos vivarachos, habían perdido vida, para forjar en ellos un infinito resentimiento. En el izquierdo, tenía un corte largo, como si un animal gigante le hubiese hincado las garras, dejándole una horrenda cicatriz, marcado igual que al niño que tanto envidió por ella.
Era más alto y mucho más corpulento que antaño. Sus ropas, al igual que las de su padre, ya no eran ricas y caras, sino más bien andrajosas. Vestía unas botas de cuero altas y una capa agujereada alrededor del cuello.
Cuando su mirada y la de Ian se cruzaron, mostró una arrogancia y un desafío de aquellos que habían vivido una continua lucha por su supervivencia.
-Veo que tu padre te dio el recado, Draco.- el chico rechinó los dientes, pero asintió. Odiaba que le llamarán por su antiguo nombre. Ahora, entre sus más allegados era conocido por Áyax, puesto que el aspecto del chico había variado a más corpulento, pero su agilidad en la batalla era increíble, igual que al antiguo guerrero griego que había combatido en la guerra de Troya . - ¡Oh, ya veo! Detestas ese nombre, bien, procuraré no repetirlo en ocasiones futuras.- Malfoy no pudo más que sorprenderse. Hacía mucho tiempo que dominaba la Oclumancia casi tanto como se conocía la palma de su mano. Había sido un requisito para convivir con otros mortífagos renegados, por si el Ministerio de Magia los capturaba y trataba de interrogarlos. Sin embargo, Ian Lewis había burlado sus barreras mentales con absurda facilidad.
-Mi padre no mintió...- susurró Malfoy. Su voz también había cambiado. Ahora era más ronca y profunda, como si hiciera años que no la utilizase.- Eres realmente poderoso...Ian...
-Lo soy- asintió el mortífago entornando los ojos.- Pero juntos seremos más fuertes...
-Sólo tengo un objetivo en la vida, Ian, no me interesa nada más que la destrucción de Harry Potter.- lo dijo con asco, escupiendo el nombre de su archí enemigo como si éste fuera fuego en su lengua.
-Entonces creo que puedo ayudarte...
Una vez teniendo a Malfoy en su bolsillo, los demás fueron fáciles de convencer. Draco, junto con su novia de toda la vida, Parsy Parkinson, eran los cabecillas de aquel grupo de estudiantes de Slytherin que habían huido de Hogwarts tras la caída de Lord Voldemort. Como sus padres o bien estaban muertos, o escondidos en los rincones más recónditos del planeta, los chicos se las habían tenido que apañar solos, recibiendo muy poca ayuda de los demás mortífagos y manteniendo un contacto muy leve con sus familiares. Y eso los había endurecido.
Una vez hecho un pacto de conveniencia, los jóvenes muchachos se marcharon de la antigua guarida de los Caballeros Templarios, dejando a Ian solo y sumido en sus cavilaciones. La primera parte de su plan había sido un gran fracaso. Necesitaba poner en práctica la segunda si deseaba llegar a ser el mago más poderoso del mundo. Era mucho más fuerte de que lo había sido Lord Voldemort, lo sabía, había aprendido de su maestro los conocimientos de Artes Oscuras más maravilloso y letales y había viajado durante cinco años por un infierno que no desearía ni a su peor enemigo, hasta llegar a convertirse en lo que ahora era. Pero, sin duda, había merecido la pena.
Caminó hasta un viejo butacón y se dejó caer pesadamente. No estaba cansado, pero tenía una terrible jaqueca. Se pasó dos dedos por el entrecejo, tratando de masajearse la parte adolorida y en un intento por calmar la frustración que sentía en el cuerpo.
Había estado tan cerca...había rozado con sus dedos la obra de Miguel Ángel, había pisado la Capilla Sixtina y recorrido la tumba de San Pedro, había viajado por cada uno de los lugares por los que su padre lo había llevado de pequeño.
Y cuando su estrategia no tenía fallo posible, cuando ya acariciaba su triunfo...entonces, había encontrado el Cónclave vacío. Totalmente desértico...como si los cardenales se hubiesen esfumado...como si se los hubiese tragado la tierra.
Y así lo habría creído, de no haber realizado los hechizos de comprobación que había aprendido durante su largo viaje. Y había reconocido una energía que no olvidaría en su vida, la energía, de un arcángel.
¿Pero qué arcángel podría haber sospechado de sus intenciones? En el mundo, sólo conocía a una persona que era capaz de ello y que nunca había llegado a ver, pero la conocía por lo mucho que Lord Voldemort le había hablado de ella. Michaela. La madre de Christine. No era un arcángel cualquiera, era un mayor y como tal, sus poderes se expandías a límites muy elevados. Pero no era tan poderosa como su hija y mucho menos, como Harry Potter. Simplemente, tenía otro tipo de...habilidades.
Pero no era posible. Esa anciana no podía haberse interpuesto en su camino, no podía intervenir. Era un mayor y su obligación era quedarse al margen.
No, la energía que se respiraba en la Capilla Sixtina era distinta, muy distinta. Era una energía muy poderosa y de no saber que aquello era imposible, puesto que el niño-qué-vivió no estaba enterado de sus planes, habría creído que era él. Porque fuera quien fuera el arcángel que había librado a los cardenales de la muerte, poseía un poder similar.
-No importa...- siseó el hombre con una voz cargada de desprecio.- A donde quiera que hayas escondido a esos vejestorios, yo los encontraré...y me da la sensación, de que seas quien seas, lo sabes...- y Ian no se imaginaba cuan ciertas podían llegar a ser sus palabras.
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Los peldaños de las viejas escaleras crujían bajo sus pies, quedando impregnadas en el polvo, las marcas de sus huellas. En un intento por no hacer el menor ruido, caminó de puntillas. Eran más de las tres de la mañana y no deseaba despertar a nadie. Era demasiado importante...
La barandilla de madera se balanceaba sobre el peso de sus brazos, pero estaba convencido de que no se vendría abajo.
Miró hacia arriba. Ahí estaba la trampilla que daba directa al desván. Sólo tendría que abrir la manivela y estaría dentro. Pero cuando llegó hasta ella, sosteniéndose vagamente en un pie, se dio cuenta de que la altura no le permitía agarrar la cerradura lo suficientemente fuerte como para tirar de ella.
Tratando de calmarse, pues parecía un intruso en su propia casa, se sacó del bolsillo trasero del pantalón del pijama, una varita mágica. Cerró los ojos y respiró hondo. Era la varita de su hermano mayor y no estaba seguro de que pudiera accionarla. Nunca antes había pronunciado un hechizo, aunque sí que los había estudiado desde que era muy pequeño. Giró su muñeca realizando el movimiento perfecto y susurró muy bajito:
-Alohomora.- la manivela realizó un leve "clic" y comenzó a girar. Sonriendo y pensando que lo había logrado, el chico se dispuso a trepar hasta la trampilla, pero algo lo detuvo. La manivela, había dejado de girar.
Maldijo su suerte. Debía haberlo imaginado. Su madre, no iba a dejarle campo abierto con tanta facilidad. Había sellado la cerradura con algún tipo de encantamiento y sus conocimientos de la magia no llegaban a ser lo suficientemente altos como para poder hallar el contrahechizo.
Se llevó una mano a la nuca tratando de pensar en lo que debía hacer. Podía arriesgarse a utilizar sus poderes, algo que no sólo tenía estrictamente prohibido, sino que podría alertar a su madre, que aún dormida, se mantenía siempre en guardia.
Se decidió en un instante. ¿Y qué importaba? Necesitaba respuestas y las necesitaba ahora. Algo más bruscamente de lo que habría deseado y gran parte de ello por la rabia que le daba al pensar en su madre, lanzó una ráfaga de energía contra la manivela y la derritió de inmediato. Sabía que no podría repararla después, pero eso ya no le importaba. Con un poco de suerte, para cuando Christine se diese cuenta de que alguien había profanado el desván, él ya habría averiguado quién era el hombre de sus sueños y a quien pertenecían los rostros que se aparecían en ellos.
Era cierto que la pesadilla que más se repetía en su cabeza era aquella, la de aquel hombre muriendo por un él, que se hallaba encerrado en el cuerpo y la mente de un bebé. Pero había muchos más.
A veces tenía visiones de tiempos que le parecía haber estado feliz y que no recordaba haber vivido. De la casa de la familia Weasley, repleta de gente que no conocía, con nombres que no asociaba y riendo y disfrutando de tardes de domingo. Se veía jugando con un niño de aproximadamente su misma edad y tampoco sabía quién era, aunque podría jurar que era su hermano mayor, pese a que no tenía cicatriz en la frente.
Esa era otra de las cuestiones que siempre había querido investigar. La cicatriz de su hermano.
Lo había preguntado una veintena de veces sin que nadie de su familia le otorgara una respuesta. Cuando eso ocurría, su madre se tensaba, Harry escondía la mirada y a su padre se le caía al suelo cualquier cosa que llevara en las manos. Así que había optado por no preguntar nunca más para no incomodarlos. Aunque le dolía esa desconfianza.
Sí, era un niño, un niño de seis años, pero era mucho más maduro de lo que su edad reflejaba. Tenía un carácter que sabía que desconcertaba a los demás, pero eso a él le agradaba. Detestaba que trataran de saber en lo que estaba pensado o qué cruzaba su mente en esos momentos. Así, utilizando sus poderes a su antojo, se sentía rebelde y libre, libre de la sobreprotección de su madre.
Nada más subir por la trampilla, la oscuridad lo envolvió. No necesitaba una lámpara ni una vela, tenía el don maravilloso de ver en la oscuridad, igual que Christine. Se agazapó con un felino, con sus ojos azules brillando entre aquel montón de objetos viejos y comenzó a investigar. No tenía mucho tiempo.
El desván era una habitación vieja, cubierta de polvo, con muebles antiguos y algo destartalada. Se notaba claramente que hacía muchos años que nadie subía allí. Alan no tuvo que investigar mucho para averiguar en donde podrían estar las cosas que le darían más de una respuesta.
Al fondo, escondidas bajo unas sábanas viejas, habían unas cajas de cartón. Otra de las habilidades que poseía era ver los objetos a través de otras cosas. Como si tuviera rayos láser en ellos. Le agradaba saber que el poder de su madre no llegaba a tanto.
Caminó hasta ellas, cuidándose de no tropezar con nada y retiró las mantas con suavidad, tapándose la boca para no ingerir la oleada de polvo que se había levantado.
No le resultó muy difícil retirar el celo mágico con el que estaban selladas las cajas. Había unas cinco, del tamaño de diez cajas de zapatos. Revisó entre los papeles y halló múltiples documentos que no entendió y los dejó a un lado.
Si se hubiera fijado bien en ellos, habría visto el nombre real de su hermano mayor, en una partida de nacimiento.
Continuó rebuscando en dos o tres cajas a la vez y entonces, sobre su regazo, cayeron unas cuantas fotografías. A Alan se le paró el corazón.
Allí estaba. Con el pelo algo más largo que en su sueño, con la sombra de la felicidad en sus ojos, pero era él. Habría distinguido esos ojos en cualquier lado. Sus finos labios se curvaban en una amable sonrisa y sus facciones eran tranquilas e inspiraban una profunda paz.
A su lado estaba Christine, una Christine mucho más joven y fuerte, sin esa sombra que se había quedado marcada en sus ojos, sin la palidez en sus mejillas y ese resentimiento que parecía tener hacia el mundo. Era simplemente, una chica sencilla y enamorada.
Alan acarició la vieja fotografía, como si sintiera nostalgia. Pasó sus pequeños dedos sobre el rostro sonriente de aquel hombre y le recorrió una sacudida. Algo se había despertado en su interior.
¿Quién era aquel hombre y por qué estaba junto a su madre? El corazón del chico comenzó a palpitar con más fuerza. Sintió una desesperación inmensa al notar como su cuerpo comenzaba a temblar. Tenía miedo, se sentía frustrado...¿por qué¿por qué no era capaz de quitarse esa imagen de la cabeza?
Con desesperación, comenzó a pasar una a una las fotografías que tenía en las manos.
-No...no puede ser...- eran rostros que no había visto en la vida, pero que, sin saber porqué, reconocía. Era la gente de su sueño...el matrimonio que cargaba al bebé que jugaba con él, ese hombre extraño al lado de su madre, su padre en todas las fotografías, rodeado de esas personas, pero solo...había alguna que estaba con Christine, pero parecían mucho más colegas, que recién casados.
Las fotografías se le resbalaban de las manos. No era posible que eso estuviese ocurriendo¿por qué esa impotencia? Sólo eran rostros desconocidos...sin darse cuenta, una de ellas se le cayó hasta el suelo. Reflejaba la imagen de cuatro muchachos. Alan sintió una opresión en el pecho. Uno de ellos era idéntico a...
Tomó la fotografía entre sus manos y se la acercó a la cara. Ese chico con el pelo azabache, gafas redondas y ojos avellana era la calcomanía de su hermano Harry. Con algunos defectos, pero prácticamente idénticos.
A su lado había un chico con el cabello más largo, igualmente oscuro. Esos ojos grises también se habían manifestado en sus sueños. El tercer muchacho era indudablemente su padre. Y el cuarto...
Alan quiso grabar esa imagen en su cabeza, pero le fue imposible. Había algo que hacía repudiar al cuarto muchacho de la fotografía, algo gordito y con los ojos llorosos. Sintió como la energía viajaba por su cuerpo a la velocidad de la luz y sin querer, un nombre salió disparado de sus labios.
-Peter Pettigrew...
Lo había dicho sin pensar, sin ser consciente de que lo hacía, pero estaba seguro de haber oído ese nombre en más de una ocasión. No sólo en sus sueños, sino en boca de sus padres. Pero entonces era muy pequeño y no podía recordarlo. Sin embargo, lo odiaba...odiaba ese nombre...
Dejó las fotografías a un lado y continuó rebuscando, en aquella ocasión, con mucha más rapidez. Tomó del fondo de unas cajas unas viejos periódicos. Eran del Profeta.
Alan tuvo que soplar el polvo que se había quedado incrustado en los diarios, para poder ver las fotografías y los titulares en blanco y negro.
Conforme iba leyéndolos, más angustia sentía.
"Aparece la Marca Tenebrosa en Hogsmade"
"Lily y James Potter asesinados por El-que-no-debe-ser-nombrado"
"Caída del Innombrable a manos del pequeño Harry Potter"
"Halloween de muerte. Muere asesinado el importante auror Daniel Rice"
"Sirius Black acusado de traición tras entregar a los Potter al Innombrable"
""Un extraño individuo vestido con una capa negra salva a los aurores del ministerio de un asalto masivo a Gringotts"
"El Ministerio de Magia ha declarado inocente a Sirius Black de los cargos por los que se le acusaban y que fueron impartidos por otro de los amigos de la familia Potter, Peter Pettrigrew"
"Harry Potter derrota de nuevo al Innombrable. Se halla agonizando en San Mungo tras la batalla en el Ministerio de Magia que..."
"Muere asesinado por Bellatrix Lestrange el presunto inocente Sirius Black"
Alan dejó caer los periódicos al suelo, totalmente anonadado. Gotas de sudor le resbalaban por la frente. No podía creerlo, no quería creerlo. Infinidad de nombres, conversaciones y hechos le pasaban por la mente como una película de animación.
Eran demasiados datos a asimilar y muchos de ellos incomprensibles.
Sirius Black era el nombre que su hermano había repetido en sueños...Peter Pettigrew era aquel hombre que se manifestaba en la fotografía...
-No deberías estar aquí...- una voz lo sacó de su ensoñación. Era una voz ronca, profunda y cargada de odio. Alan había estado tan pendiente en esos titulares que no se había percatado de que una sombra había subido las escaleras. Se dio la vuelta temeroso, encontrándose de frente con su hermano mayor. Pero algo había cambiado en la expresión de Harry, ahora era mucho más seria y fría.
-Harry...
-No deberías haber venido.- repitió el chico apretando los puños con furia, de los cuales saltaban chispas. Alan se puso en pie despacio, algo temeroso y entonces, Harry pudo apreciar mucho mejor los titulares de los periódicos. Se convulsionó temblando de ira.
-Tengo derecho a saber...- replicó Alan señalando las fotografías que continuaban esparcidas por el suelo y comenzando también a enfadarse. Su hermano no tenía ningún derecho a hablarle así, a juzgarle, a mirarle de la forma en la que lo hacía.
-Mi varita, Alan.- ordenó Harry, haciendo caso omiso de las palabras del niño y tendiendo la mano. Su hermano, refunfuñando, se extrajo la varita mágica del bolsillo del pantalón y la depositó en su mano.- No volverás a entrar aquí. Vete.
-No eres quien para darme órdenes.- Alan se cruzó de brazos testarudamente y le miró con odio. Hubo algo en su forma de mirar que le recordó tanto a Christine que Harry estuvo a punto a abrir la boca, sorprendido, pero se contuvo.
-Soy tu hermano mayor.
-Eso está por comprobar.- pese a que Harry se veía mucho más alto e imponente, Alan no se pensaba echar atrás. Quizás, podía buscar las respuestas más cerca de lo que pensaba. Y ahora que una llama había prendido en su cabeza, no se pensaba amilanar. Era cierto que no sabía bien bien lo que decía, pero algo le impulsaba a expulsarlo por la boca.
-¿Qué has dicho?- no era una pregunta cualquiera, ni siquiera una duda ni una nota de terror, era una amenaza. A Harry no se le había pasado por la cabeza la idea de que un niño tan pequeño como Alan pudiera averiguar la verdad por su cuenta, simplemente, estaba muy enfadado porque el chico estaba rebuscando entre los recuerdos de su familia.
-Si eres mi hermano...- siseó Alan con una voz que nunca antes había utilizado y agachándose para tomar una fotografía, donde, justamente, salía Sirius Black.- no te importará que destroce esto...- Alan lo hizo sin pensar, ni siquiera supo porqué, pero despedazó la vieja fotografía del animago en dos partes exactamente idénticas y la dejó caer al suelo.
-¡No!- gritó Harry conmocionado, incapaz de reaccionar y moverse del sitio donde se había quedado anclado.
-¡Ni esto!- gritó Alan tomando los recortes de sus padres, de su padrino y las únicas fotografías donde salía con ellos y comenzando a romperlas igualmente.- ¡Ni esto¡Ni esto¡Si eres mi hermano, entonces demuéstrame que no te importan!- Harry despertó de su letargo, para detener a Alan justo después de que rompiera el diario El Profeta, en el que se había declarado públicamente la inocencia de Sirius Black, por la que tanto había luchado. Agarró de un brazo a su hermano y tiró de él para alejarlo de las cajas, meneándolo bruscamente. Con un manotazo y los ojos claramente enfurecidos, Alan se soltó de golpe. Harry, que había visto morir lo último que le quedaba de sus seres queridos, cerró los ojos un instante, para descargar toda la rabia y frustración que sentía.
-Cuidado, Alan, porque estás haciéndome perder la paciencia...
-Lo tendré en cuenta...Harry Potter...- Alan retiró sus ojos, profundamente azules, de los de su hermano y se dio la vuelta para dirigirse hacia la puerta, pero Harry lo detuvo.
-Alan.- el chico, se paró en seco, pese a que ya había escuchado suficiente.- Si pones a prueba mi determinación en este asunto, lo vas a lamentar...soy mucho más poderoso que tú...no puedes imaginar cuanto...
-Te equivocas, hermanito.- respondió el niño con una calma y una seguridad irreal en él.- Yo soy mucho más poderoso que tú y lamentaría tener que demostrártelo...- y tras esas últimas palabras, el chico saltó la trampilla del desván y se encaminó de nuevo hacia su habitación.
Harry, que se había quedado de espaldas a él, con los puños apretados y el sudor cayéndole a través del rostro, cayó arrodillado al sucio suelo de la habitación, con los ojos brillándole intensamente, de impotencia. Lanzó un aullido desesperado, golpeando el suelo con los puños, sintiéndose más inútil de lo que jamás se había sentido. Le hubiese gustado creerse sus propias palabras, sentirse igual de poderoso que antaño, pero no era así. Ahora no servía para nada. Estaba estrictamente ligado al mundo y su poder dependía de otros. Ni siquiera era alguien vivo, alguien existente, sólo una sombra de esperanza, una fe, que estaba muriendo.
Abrió un poco los ojos y observó el titular de uno de los diarios, en los que aparecía una fotografía suya, vestido del Salvador, alegando que él había derrotado a Lord Voldemort.
Era una imagen fuerte, imponente, temible. La sombra de lo que había sido y no volvería a ser jamás. A su lado, los pedazos de la vieja fotografía de Sirius Black lo miraban con esos ojos grises, que tanto anhelaba volver a ver.
Con resignación, tomó los trozos del recuerdo de su padrino y se los guardó en el interior del pijama. Lo echaba demasiado de menos...
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"Saturday's Night" era una cafetería por el día y un pub de mucho prestigio por la noche. Era el lugar más típico del Valle de Godric. Estaba ubicado en la plaza central, lugar de reunión de los grupos adolescentes y por si fuera poco, hacía los mejores helados del país.
El local era bastante grande y espacioso, con una barra de más de seis metros de longitud y muchas mesitas pequeñas, algunas de ellas especializadas para las parejas.
La terraza que daba a la fuente de la plaza también era muy grande y estaba cubierta por un toldo de colores vivaces.
Ronald Weasley se tapó la cara con una mano. Hacía un sol de justicia y sin embargo, él llevaba allí esperando más de una hora. No le importaba, puesto que había acudido voluntariamente. Llevaba una camiseta estival de manga corta, unos piratas anchos y negros y el pelo mojado, puesto que se acababa de refrescar con el agua de la fuente.
En su mano izquierda, balanceaba nerviosamente, las llaves de su coche. Volvió a observarlo de reojo. Lo había aparcado a unos metros de allí. Era un precioso Ford Focus negro, tatuado con un símbolo chino en el capó.
Le encantaba su coche, pero habría preferido mil veces la moto de su mejor amigo.
Intranquilo y mordiéndose el labio inferior en señal de nerviosismo, asomó la cabeza por la cafetería. Como tenía grandes ventanales, el interior estaba bien iluminado.
Ron titubeó al entrar, pero al final optó por acercarse a la barra y tomar asiento en uno de los altos taburetes.
Allí estaba ella. Hermione llevaba puesto un delantal blanco y tenía el pelo recogido en un moño irregular. Varios mechones de pelo castaño le caían desordenadamente. Se secaba el sudor de la frente con el brazo, mientras resoplaba al poner, ágilmente, dos cafés irlandeses a un par de ancianos.
A pesar de tener vacaciones, Hermione no había dejado de trabajar en la cafetería. Sólo lo hacía de día, puesto que la noche las camareras que servían en el pub eran mucho más atrevidas y despampanantes y ese ritmo de vida, sobretodo después de lo que le había ocurrido, no iba con ella.
La chica se ocultaba en su trabajo. Ella decía que le gustaba, pero a Ron le costaba trabajo creerlo. A Hermione no podía motivarle pasarse la mañana sirviendo cafés o limpiando la barra de cerveza. Sus aspiraciones iban mucho más lejos que todo aquello, aún cuando necesitase trabajar para poder mantenerse. Ron mismo lo había hecho cuando quiso comprarse el coche. Había estado cinco meses al cargo de una tienda de lechuzas, porque el dueño era muy viejo para atender a los clientes. Pero después, en cuanto había reunido el dinero suficiente, lo había dejado. Prefería mil veces, dedicarse de lleno a su carrera.
Cuando llenó los dos vasos de nata, Hermione se dio la vuelta y descubrió que Ron la estaba mirando, desde la barra. Ruborizándose, como ocurría cada vez que sus miradas quedaban conectadas de esa forma, caminó torpemente hacia donde se encontraba el chico.
-¿Qué haces aquí?- le preguntó algo más bruscamente de lo que habría deseado. Pero Ron la conocía como si fuera su hermana y nunca se enfadaba. Al contrario, a pesar de que muchas veces Hermione habría merecido que la mandaran a la mierda, Ron nunca lo había hecho. Había adquirido una paciencia envidiable con los años y más cuando se trataba de ella. Ron era el chico dulce y cariñoso del que estaba enamorada, pese a que trataba diariamente de luchar contra ese sentimiento, de matarlo de su interior.
-He venido a buscarte. ¿No sales ya?- Ron sonrió encantadoramente. Si Hermione no hubiese sufrido lo que había sufrido y no fuera una chica fuerte, dura y firme en su racionalidad, se habría derretido allí mismo, puesto que sus piernas parecían de gelatina y apenas la sostenían.
-No...no...-titubeó la chica y tuvo que apartar la mirada, porque Ron la observa penetrantemente.- Aún me queda un rato...- Hermione dirigió un rápido vistazo a su jefe, que en ese momento los estaba mirando, mientras hacía el recuento del mes.- Ron, perdona, pero tengo que trabajar...no deberías haber venido...
-Te esperaré.- aseguró el muchacho con rotundidad.
-Pero...
-Mientras, ponme un cerveza de esas que toman los muggles...- Hermione se mordió el labio superior, pero no replicó. Su plan para echar a Ron fuera de su vida, nunca daba resultado. Interiormente, tampoco lo deseaba. Le agradaba esa sobreprotección que él mostraba con ella, le agradaba que él velara por sus sueños, pero en el fondo, estaba asustada. Llevaba así cinco años con el chico y temía el momento en el que él se cansara y decidiera plantearle algo más serio. Sabía, que tarde o temprano ocurriría y ella no estaba preparada para afrontarlo.
Cogió un copa ancha del fregadero y caminó de nuevo hasta Ron, cogiendo por el trayecto una botella de cerveza de una marca muggle. La abrió con un golpe de varita y comenzó a verter el contenido en la copa, bajo la atenta mirada del chico.
-¿Por qué no me has llamado, Hermione?- preguntó Ron, mientras fingía interesarle como la espuma se salía del recipiente.- Desde aquella noche que me quedé a dormir...han pasado días y no has pasado a vernos ni a Harry ni a mí...te llamé al móvil unas veinte veces y sólo salía el contestador...
-Lo siento.- la chica respondió secamente, pero por dentro sentía una gran opresión en el cuerpo.- He estado muy ocupada...
-Entiendo.- Ron tomó la copa que la chica acababa de depositar enfrente suyo y le dio un largo sorbo, sin dirigirle la mirada directamente.- ¿Sabes?- sonrió el pelirrojo, todavía con la vista puesta sobre la cerveza.- Hogwarts no será lo mismo sin ti...ya sé que no será lo mismo igualmente, que ya no estarán ninguno de nuestros antiguos compañeros, pero me hubiese gustado volver contigo...
-Ron.- el tono de Hermione se había endurecido, mientras lanzaba la botella de vidrio vacía, contra la papelera.- Despierta de una vez. Ya nada nunca más será lo mismo¿entiendes¡Argg¡No sé porqué has venido, tengo mucho que hacer!- y dejando al chico, sumido en sus más profundos pensamiento, cogió el paño que utilizaba para limpiar las mesas y salió de la barra en dirección al centro del local, para limpiar una de ellas que se había quedado vacía.
Ron pasó un dedo por la barra limpia, que era de un color azul marino y restregó la gota de cerveza que le había caído, distraídamente. Hacía como que no había escuchado ese último comentario, pero lo tenía muy presente en su mente. Sí, lo sabía, ya nada sería lo mismo. Y no se imaginaba cuanto.
Media hora después, Hermione salía cambiada del cuartito de empleados. Llevaba puesta una falda larga y fina, de tela y una camiseta de tirantes. Se había dejado el pelo suelto y llevaba colgado al hombro un bolso pequeño y negro.
-¿Nos vamos?- preguntó algo más calmada, cuando vio que su amigo la esperaba en la puerta, con las manos en los bolsillos y una expresión de total indiferencia, como si no hubiese ocurrido nada.
Salieron a la calle y Hermione se colocó unas gafas de sol oscuras, para cubrirse los ojos del intenso calor que caía sobre el Valle de Godric. Mientras cruzaron la plaza, ninguno dijo nada. Llegaron hasta el coche y mientras Ron lo abría con la llave, escucharon a unos niños comentar algo como en secretismo.
-¿Sabéis que Harry Potter amenazó a un imbecil en una discoteca?- dijo uno con cara de entendido. Hermione sonrió, aquel crío no debía superar los diez años. Disimuladamente, se dio un poco la vuelta y descubrió al grupito entero, en corro y rodando sin interés una pelota de goma, mientras continuaban hablando de su héroe.
-Si lo viera le pediría un autógrafo...- comentó otro niño, un poco más grande que el anterior y que llevaba un pañuelo en la frente, curiosamente, muy similar al de Harry.
-¡Pero si nunca sale de casa!- exclamó otro con austeridad. Al parecer, era el cabecilla del grupillo y no le hacía ni pizca de gracia que alguien fuera superior a él.- Me han dicho que vive calle arriba, en lo alto de una colina o así...pero yo nunca lo he visto por el pueblo.- Hermione volvió a sonreír. Harry salía muchas veces por el pueblo, pero, evidentemente, nunca dejaba que nadie descubriera su verdadera apariencia. Aunque, aquel día en el discoteca, se había descubierto bastante, al revelar su identidad. Ahora, todo el mundo sabía que el chico del pañuelo no era otro que el Salvador del mundo mágico.
-Pues a mí no me importaría conocerlo.- Sonrió un cuarto muchacho, mirando hacia el cielo, como si estuviera soñando despierto.- Me encantaría preguntarle como derrotó a ese mago tan malo...
-Pues yo le pediría que se hiciera un foto conmigo...es tan guapo...- susurró la única chica del grupo y algunos hicieron gestos como si quisieran vomitar.
-Por favor, si ni siquiera lo has visto...
Hermione se metió en el coche sonriendo. Pasara el tiempo que pasara, su amigo siempre sería famoso. Siempre estaría en boca de todos. Ron no parecía tan contento. Sabía lo poco que a Harry le agradaba estar en boca de todos y mucho menos aguantar los comentarios estúpidos de niñas tontas.
Hermione no pudo evitar soltar una risita al ver la cara de su mejor amigo y Ron al notarlo, sintió un salpullido de felicidad por dentro. Al menos, la había hecho reír y eso era muy importante.
-¿Qué te parece si vamos a la playa?- propuso, mientras observaba por el espejo retrovisor el magnífico acantilado que mantenía al pueblo aislado del resto de la humanidad.- Hace un día precioso...
-¿A la playa?- por una vez, Hermione dejó al lado la racionalidad y se dejó guiar por el corazón.- Me apetece...
-No se hable más.- Ron sonrió complacido y apretó el pie para acelerar. Eran buenas perspectivas.
