Olasss gente! Q tal? Yo muy cansada, pero feliz, ajajajaaj. Aquí os traigo un nuevo capítulo que espero os guste. Vamos a saber más cosas sobre Orióny Anya, pero paciencia, estos chicos no son lo que parecen. Agradeceros como siempre vuestros reviews, espero que sigáis así porque me dan unas gansas de seguir escribiendo...Muchos besazos! Nos vemos en el próximo capi!

Reviews:

Lladruc: Olass!jajajja, una mica de paciencia, noi! Aviat es trovaran amb el Harry, donalis temps, ajaja. Ets fart de l'alan? Si es molt maco el nen,. Ajajaj. Clar, quan vol. Ummm, jajaj, no, el Troy no es ningun mortifago infiltrat, aixo ja va pasar amb l'Ian i no ho tornaré a fer. Petons!

Usagi-Chan: Olass! Jaja, pues el capi era igual de largo que siempre! Más o menos todos tienen la misma extensión. Sí, ya sé que la mitad del mundo no aguanta a Alan, pero que le voy a hacer, jaajaj, ese es su papel. Por ahora...Paciencia con Harry en acción. No puede pasar de no luchar en 5 años y estar enfermo a super Harry en ataque, jajaja, Besos!

Amnydic 1991: Olass! Jajaja, me alegro que te gusten Anya y Orión, a ver si te siguen gustando más adelante. Pues lo cierto es que creo que fuiste la única persona que entendió porqué Alan decidió subir al desván y el porqué de su comportamiento. Jajaj, tranquilo, entiendo q el cole y el comedor saquen lo peor de ti mismo, tendré en cuenta los métodos de tortura, ajajjajja. Bueno, si te parecía que Anya y Orión tenían que ver con los Black...a ver qué te parece después de leer este capi, ajajja. Q disfrutes tu disco de Bon Jovi, q por cierto es muy bueno, jajajaj. Besazos!

D.Alatriste: Olass! Sí, tenía que estallar. Creo que es muy normal en los niños hacerlo de esta manera, además, lo necesitaba para cosas futuras, jajaja. Bueno, aparte de Ginny, Neville, Ron y Hermione, los demás amigos no lo saben. De hecho, se hizo un hechizo especial para que nadie descubriese la verdad, aunque veremos como se acabará rompiendo. Pronto llegarán a Hogwarts, ya lo verás. Besazos!

Sarah-Keyko: Olasss! Jaaajjaaj, muy bueno lo de los títulos. Me alegro que te guste el fict, de verdad. Sí, cierto, este fict es mucho de Ron y Hermione, vamos, todo lo que no tenía el otro. En aquel tiempo, no estaban preparados para ser pareja porque ni siquiera sabían lo que sentían el uno por el otro, pero ahora sí. Pues lo cierto es que no, Alan no cae nada bien, ajajjajaja, cosa que acepto por el momento. Puede ser muy mono cuando quiere. Pero tiempo al tiempo...tranquila, que crecerá, ajajjajaaajja, pero entonces a lo mejor ya no te gusta, jajaja. Troy saldrá más de lo que algunos desearían, ajajajaj, no te preocupes, es un personaje que tiene su importancia. Y gracias de nuevo, sí, la verdad es que sois increíbles por tantos reviews. Besazos!

+Marita: Olass! Gracias! Jaja, sí, poco a poco iré poniendo más sobre la parejita. Bien, lo de las estrellas tiene su porqué, pero también es cierto que es eso, que a Anya le gustan mucho. Paciencia con Alan, lo cierto es que sí que parece que tenga como doble personalidad y eso también tiene un porqué. Bueno, Troy me encanta y saldrá durante todo el fict, así que podrás verlo mucho más. Besazos!

Samarita-Radcliffe: Olass! Muchas gracias por el review! Me alegro que hayas podido sacar tiempo. Espero que todo te vaya muy bien. Te gusta Troy? Jajja, a mí me encanta. Me encanta que guste Alan, porque mucha gente no sabe entenderlo, pero poco a poco. Un besazo!

Aidee: Olasss! Gracias! Bueno, no es que la tenga tomada con Remus, te aseguro que no, pero es que reacciona mal y contra quien no debe. Así son los niños. Un poco traumatizado sí que está, la verdad. Sí, cierto que Alan traerá muchoosss problemas. Te gusta Troy? Ajaaj, a mí me encanta. Paciencia con Anya y Orión, ajajjaj, para eso queda telaaaaaa. Conoceremos de ellos poco a poco. Besazos!

Dany-Kanuto-Link: Gracias! Ummm, tal vez deberías preguntarte porqué es tan maduro, ajajajaj. Igual tiene truco y todo. Besazos!

MayeEvans: Olass! Muchas gracias, me alegro que te gustara el capi. Sí, creo que hay muchos motivos por los que Alan está así, pero ya los iremos viendo...tranquila, volverás a ver al Salvador en acción. Besazos!

Ren: Olassss!jajjajajajajajj, me parto de risa, porque si supieras lo que va a pasar...bien, creo que siento decírtelo, pero no has entendido nada el personaje de Alan. ¿Crees que un niño puede ser tan sumamente cruel? Me parece a mí que hay truco encerrado y no has sabido captarlo. Lo siento, pero Alan continuará en el fict, no habrá escarmiento más que el que le de la propia vida y sí, es más poderoso que Harry, pero todo a su tiempo. Si Harry fuera más poderoso que él en estos momentos el fict se me derrumbaría, tengo muchosss planes pendientes. Solo pido una cosa, paciencia y no juzgar demasiado pronto a ninguno de los personajes que voy a introducir nuevos. ¿Recuerdas el odio que prácticamente todo el mundo le tenía a Christine? Y luego las tornas giraron...Umm, más cosas, si lo de Anya lo dices por lo de las estrellas, no, no tiene nada que ver en ese sentido con Sirius, pero quizás algo sí...ya lo veremos. Besazos!

CAPÍTULO 6: DO YOU KNOW SIRIUS BLACK?

(¿CONOCES A SIRIUS BLACK?)

Una pareja caminaba por un parque concurrido del Londres muggle. Iban cogidos del brazo y relamiendo dos helados de chocolate, que hacía unos segundos se habían comprado en una heladería italiana.

La chica tenía el pelo corto y de un escandaloso rosa chicle. Pese a que ya era una mujer adulta, la expresión de su rostro era la de una niña, atrapada en el cuerpo de un adulto. Sonreía, había pocos momentos en la vida en los que Nymphadora Tonks, apartase esa felicidad de sus labios. Vestía unos vaqueros ajustados y una camisa ancha y fina.

El chico que la acompañaba era su novio. Tenía el pelo corto y vetado de mechas rubias y unos ojos profundamente verdes que resaltaban vivarachos, en su rostro. Era de estatura media, unos centímetros más alto que su acompañante.

Ambos paseaban en armonía, comentado el buen día que hacía y los planes que tenían para el.

Después de caminar un rato, decidieron sentarse en un banco del parque, a la sombra de un árbol, observando los transeúntes de la calle. No llevaban así más de cinco minutos, cuando notaron que algo extraño ocurría. Miraron al cielo y vieron unas cuantas lechuzas, revolotear en distintas direcciones.

Tonks arrugó la frente. Recordaba muy bien la última vez que las lechuzas habían surcado el cielo de una manera tan radical, jugándose la apreciación por su parte de los muggles y había sido al final de la segunda guerra, tras la caída de Lord Voldemort...

La chica negó con la cabeza y se dio un golpe en la frente como recriminándose algo. Estaba dejándose llevar por su increíble inventiva. En Londres, había una multitud considerable de magos y brujos y era normal que hubiese un poco de revuelo, ahora que iban a comenzar los cursos escolares, puesto que era finales de verano.

-¿Cuándo te marchas a Roma?- preguntó la chica a su novio, mientras le daba un breve beso en los labios. Alex tenía algo más de rango que Tonks en el cuartel general de los aurores. Había sido uno de los pocos a los que les habían concedido el traslado a Londres, pero como era amigo de Tonks y Amelia Bones estaba muy agradecida con ella por haber luchado tanto en la guerra, no puso reparo. El chico era uno de los mejores aurores de su escuadrilla y no había tardado en ascender y ahora, lo habían seleccionado para ir a Roma, a investigar el caso de la desaparición del Cónclave de los muggles.

-El martes.- respondió Alex con tristeza. No le apetecía nada pasar unos días en la capital Italiana, alejado de su novia.- Pero no te preocupes, pasaremos juntos el máximo tiempo posible.- Tonks asintió y recostó la cabeza en el pecho del chico, mientras él le pasaba un brazo, para atraerla hacia sí mismo.

-Es extraño...¿no te parece?- comentó la chica pasados unos segundos.- Esas muertes que se han estado produciendo...llevan la marca de los mortífagos...- ninguno de los dos pudo evitar estremecerse. No se habían tenido que enfrentar a una situación así en cinco años. Como el resto del mundo mágico, habían vivido como si no hubiese ocurrido, pero estaba presente y ellos lo sabían. Tonks, había estado a punto de ser asesinada por uno de los artífices del ataque al Ministerio y que además, había fingido ser su mejor amigo durante mucho tiempo, engañándola y alejándola de su novio y de su mejor amiga. La cicatriz del corte que le produjo Ian Lewis, todavía tintineaba en su cuello cuando iba a cambiar el tiempo.

-Todavía hay muchos seguidores de ese miserable sueltos...- argumentó Alex, tratando de que la tensión que se había generado en el ambiente, se disipara.- Pero los atraparemos...no entiendo lo que intentan hacer, pero está claro que sólo pretenden hacer daño a los muggles...- Tonks iba a contestar a esa pregunta, cuando un hecho que hacía más de cinco años que no se producía, la alarmó tanto que estuvo a punto de caerse del banco. Se incorporó con brusquedad, perpleja y miró en dirección a Alex, con el rostro muy pálido.

Aquel hecho, únicamente, era algo tan simple como el sonido de un teléfono móvil. No obstante, las manos de Tonks temblaban de nerviosismo al comprobar que, efectivamente, era su móvil y no el de cualquier persona que pasaba por la calle. La melodía, que sonaba al ritmo de una canción de rock muggle conocida, aumentó el volumen, pero la chica seguía sin abrir el bolso y coger el teléfono.

La gente de la calle, comenzaba a quedársela mirando, puesto que era imposible que no se hubiese dado cuenta de que le sonaba el móvil.

-Tonks...cógelo...- susurró Alex con cautela.

-Pero...es...es...

-Ya sé lo que es.- la interrumpió su novio seriamente.- Pero es un llamada de aviso...

La chica asintió y abrió la cremallera del bolso con algo de temor. Nerviosamente, rebuscó entre sus cosas y le dio al botón verde, colocándose el móvil en la oreja. No gesticuló más que un par de palabras y se dedicó a escuchar lo que decían, hasta volver a colgar.

Aquella era la forma de comunicación de la Orden del Fénix, de ahí el sobresalto de la chica. Tras acabar la guerra, la Orden se había vuelto a difuminar y sus miembros, aunque se veían de vez en cuando, habían tomado caminos separados. Por ejemplo, Ojoloco Moody había regresado a su retiro y prácticamente, no salía de casa. La segunda guerra lo había vuelto más paranoico aún. Kingsley y Tonks se veían todos los días porque trabajaban juntos, así como con los Weasley, que se pasaban mucho por el Ministerio de Magia. En cambio, personas como Hestia Jones o Emmeline Vance, se habían traslado a vivir a otras ciudades y no las habían visto en mucho tiempo.

La profesora McGonagall y el profesor Snape impartían clase en Hogwarts, así que no tenían tiempo para visitas de cortesía.

No obstante, Tonks había conservado, como todos, el medio de comunicación de la Orden y se había olvidado de que seguía escondido en algún rincón de su bolso.

-Era Dumbledore...-explicó la chica, algo conmocionada, volviendo a esconder el móvil. Alex arrugó la frente, en un gesto de seriedad.- ...quiere verme...quiere reunir a toda la Orden del Fénix...

-Srrrhhh- le chistó Alex, casi tapándole la boca. Era un tema demasiado delicado como para comentarlo en la calle.- Mejor vamos a casa...seguro que Nadín ya ha llegado con Jon y podemos comentárselo...- Nadín, la mejor amiga de Tonks, vivía con ellos y su novio en el mismo apartamento, en alquiler. Jon era otro de los aurores que habían sobrevivido a la guerra y hacía tres años que salía con la chica.

-¿Crees que esto tiene que ver con lo de los cardenales?- susurró Tonks, mientras caminaba, casi corría, por las calles de Londres, siguiendo a su novio que iba a una velocidad más alta.

-Estoy casi seguro...

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Harry metía, bruscamente, los libros que iba a necesitar en el curso escolar, en su mochila. Lo hacía sin ningún tipo de orden y con algo de enfado. No había dejado, en toda la mañana, de caminar de un lugar a otro con nerviosismo, mientras rebuscaba las cosas imprescindibles, que se llevaría a su primer día en Hogwarts.

Había cogido el discman y unos cds para el viaje, puesto que Dumbledore había dicho que sería mucho mejor que fueran en el tren escolar, como todos los demás alumnos.

Harry, por supuesto, no había puesto reparos. Viajar en tren, probablemente, disiparía su mal humor y además, tenía muchas ganas de volver a hacer ese trayecto, imaginándose, que era un estudiante más.

Ante ese pensamiento, el chico suspiró, se sentó al borde de la cama y se pasó una mano por la cara, restregándose los ojos de forma cansada.

Ya nada sería lo mismo y esa verdad era algo que todavía no alcanzaba a comprender. Le hubiese gustado ser el mismo chico que fue cuando cursó Séptimo año y aún así, seguía siendo distinto. Cuando realizó su último curso en Hogwarts ya no había Lord Voldemort al que temer, no había guerra, ni Marcas Tenebrosas...pero había recuerdos.

Esos no se podían borrar. Con Alan o sin él, con una familia o sin ella, daba lo mismo. El aire continuaba oliendo a melancolía, a pérdidas, a Sirius Black...esas manchas que pese al fin de la guerra, quedarían impregnadas en una parte de su corazón.

No obstante, había logrado ser feliz. Sí, eso no lo podía negar. Cinco años de paz y felicidad, pero siempre con ese miedo, con esa sensación de que llegaría el momento en el que las secuelas de la guerra le pasaran factura...y había llegado. E ignorar aquella visita al casi reino de los muertos, como la había estado ignorando esos cinco años, no servía de nada.

-¿Podemos pasar?- la voz fría de Christine, seguida de unos toquecitos a la puerta, que estaba totalmente abierta, le interrumpió de sus pensamientos. El chico se destapó los ojos y sonrió como respuesta, a sus padres, que estaban parados en el umbral.- ¿Cómo te encuentras?- Harry fijó sus profundos ojos verdes en los de la mujer y tuvo que desviarlos, no podía mantenerle la mirada.

-Con muchas ganas de volver a Hogwarts, la verdad...

-No nos referíamos a eso y tú lo sabes.- Lupin avanzó unos pasos hasta sentarse en la cama, al lado del muchacho.

-Siento mucho todas las cosas que te dijo Alan...- Christine parecía tener una lucha interior. Por un lado, Alan era su hijo verdadero y estaba muy preocupada por él y por hallar la manera de decirle toda la verdad; por el otro, consideraba a Harry tan hijo como él y sabía que el niño, con sus acusaciones, le había causado un profundo daño y manchado la memoria de personas que consideraba intachables.

-No tienes porqué sentirlo.- masculló Harry, tratando de que el tono de su voz sonara desenfadado y levantándose, algo brusco, de la cama, para continuar metiendo plumas y pergaminos en la mochila. Lupin y Christine intercambiaron miradas preocupadas.

-Harry,- Lupin trató de hablar con una voz endulzada.- ¿Por qué estás tan nervioso?- el muchacho soltó el trozo de pergamino que estaba cogiendo de encima del escritorio y suspiró profundamente, cerrando unos segundos los ojos y quedándose estático en esa posición.

-He descubierto la manera en la que...bueno, en la que el mundo va a perder la fe...- confesó en un susurro apenas audible, que se perdió entre las comisuras de sus labios, pero que llegó claramente a los oídos de sus padres. De pronto, una nota de terror les asoló como un vendaval, habían estado evitando el tema desde la visita de la adivina.

-¿Cuál?- quiso saber Christine, que de pronto, su voz había adoptado un tono gélido, que recordaba mucho a su antigua personalidad. Harry arrugó el trozo de pergamino que tenía entre sus manos y murmuró con la voz queda:

-Van a destruir la Iglesia católica...- lo dijo apenas consciente de lo que esas palabras significaban, como si pertenecieran a un cuento de hadas, a un párrafo de historia de Estudios Muggles, como si aquello no pudiera afectar en nada a sus vidas, pero la noticia cayó como un jarro de agua fría.

-¿Qué?- Lupin se levantó lentamente de la cama donde había permanecido sentado todo el tiempo y tuvo que sujetarse al tabique de la pared, para no desfallecer. Para él la Iglesia había estado tan presente en su vida como podía estarlo la tienda de caramelos de Honeydukes. Tenía sangre muggle en sus venas y cuando había sido mordido, de pequeño, por un hombre lobo, su abuela lo había llevado a la vieja Parroquia del pueblo, en un intento de que Dios acudiera en su ayuda. Pero Dios no había respondido. En aquel momento, un Lupin muy pequeño no lo había comprendido. Si su abuela rezaba con tanta adoración, con tanta fe...¿cómo era posible que Dios le diera la espalda? Años después, al entrar en Hogwarts y estudiarlo todo desde la perspectiva de los magos, alcanzó a comprender: Dios era sólo un mito muggle, una fórmula para explicar la muerte, no era...real...; Aún así, la conmoción que había sufrido era muy grande. Sabía hasta que punto podía significar aquello que le había confesado Harry y si el chico estaba en lo cierto...estaban perdidos. La carrera a contra reloj había comenzado.

-Alguien va a destruir la Iglesia...- repitió Harry temblando ligeramente y con los puños apretados de la rabia y la impotencia.- Y cuando la Iglesia muera...yo moriré con ella.

-¡No digas eso ni en broma!- gritó Christine acercándose a él y obligándole a darse la vuelta, mientras clavaba sus profundos ojos azules en los de él.- ¡No lo repitas¿Me oyes¡Ya basta de pensar así¡No vamos a permitir que te pase nada!

-¿Y cómo piensas impedirlo?- bramó Harry, igualmente furioso y zafándose de la mujer, que tenía las dos manos colocadas sobre sus hombros.

-Con esto...- respondió Christine metiéndose una mano en la túnica y extrayendo una vieja capa negra, algo raída, pero de piel de dragón y con una capucha muy familiar...Al ver la expresión de incredulidad en el rostro de Harry, la mujer añadió:- Ha llegado el momento de volver a ser el Salvador...- Lupin se dio la vuelta bruscamente y abrió la boca sorprendido, pero al ver la decisión en el asentimiento de cabeza por parte de Harry y en la mirada de Christine, no pudo más que volver a cerrarla. Ahora, no había nada que llegara a detenerlos.

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En el despacho del director de Hogwarts reinaba el más absoluto silencio. La chimenea estaba encendida y las llamas ondeaban en una ligera danza, insonora. Como hacía una mañana calurosa y poco ventosa, los ventanales no sufrían los habituales golpes climáticos. De hecho, de no ser porque la figura alta y delgada de una anciano, se encontraba perfectamente visible a los ojos humanos, se habría pensado que el lugar estaba totalmente deshabitado.

Albus Dumbledore estaba sentado detrás de su escritorio, revisando con la punta de su varita mágica, una vasija de piedra, tallada en unas runas antiguas, cuyo contenido eran unas hebras plateadas y viscosas, que se arremolinaban en el fondo de tan extraña reliquia.

Llevaba muchas semanas en esa posición, más aún, cuando recibió la visita de una antigua conocida. Sabía, que las respuestas se hallaban entre esos recuerdos, pero no era capaz de entrelazarlos para dar con ellas. Únicamente sabía algo: ese gran mal se había manifestado y si no lo detenían...estaban perdidos.

Con un gesto de varita, una de las hebras plateadas comenzó a virar a la velocidad de la luz, hasta que la punta del arma del mago, volvió a rozarla y entonces...de detuvo y fue creando una espesa niebla, del tamaño del pensadero y dibujando lo que sin duda parecía una imagen muy nítida.

Dumbledore se inclinó hacia delante y observó aquello que tenía ante sus ojos. Trató de reconocer el lugar y le pareció el centro de Londres...pero no era capaz de vislumbrar los mismos edificios. Pero eso no era lo que más le importaba, sino la imagen que tenía frente a él y que había contemplado junto Michaela, gracias a sus poderes como mayor.

Se colocó ambas manos en la sien, recostando su cuerpo en la cómoda butaca y suspirando con pesar. Podía detener aquello o podía fracasar en el intento.

Sólo sabía una cosa: muy posiblemente, ésta, sería su última guerra...

Hundido en sus pensamientos, casi no escuchó el sonido de unos nudillos golpeando la puerta y cuando se quiso dar cuenta, dos personas ingresaron en la habitación.

El director, se colocó bien las gafas de media luna, al mismo tiempo que se inclinaba en el butacón y contempló como los ojos de esas dos personas iban derechos al pensadero que él había estado observando y que, por desgracia, continuaba manteniendo la misma imagen que había estado mirando.

Con un gesto rápido, pero tratando de que fuera disimulado, Dumbledore se puso de pie, dio la vuelta a su escritorio y con un gesto de varita hizo desaparecer el pensadero, quedando frente a frente de los dos visitantes.

No tenían un aspecto extraño, sin embargo, cuando el director clavó sus ojos en ellos, sintió una sacudida por dentro.

El chico, que estaba más adelantado, tenía el cabello largo y muy oscuro, que le caía grácilmente por los hombros y unos ojos de un color grisáceo, pero que tendían a oscurecerse, como si cada vez que la luz los bañara, tuvieran la cualidad de indefinirse en distintos tonos. Su rostro era moreno, varonil y delgado, su nariz un poco larga y las cejas poco pobladas. Era alto y de comprensión fuerte y delgada. Sin embargo, pese a la sonrisa amable y sincera que mostraba su expresión, el director se fijó en la cicatriz que marcaba el dorso de su rostro, gesto, que al chico le molestó ligeramente.

Vestía unos vaqueros algo viejos y ajados y una camiseta negra y ajustada, pero algo descolorida. Y colgada en su brazo izquierdo, llevaba una chupa de color anaranjado.

Su acompañante era una hermosa joven de la misma edad. También era alta y delgada, con el cabello largo y azabache, que lucía suelto. Sus ojos eran de un azulado parecido al mar y sus facciones suaves y amables, sin embargo, su mirada estaba oculta bajo unas bolsas que le colgaban de los ojos, que ocultaban una frialdad tras ellos, como si hubiera padecido más de lo que debiera.

A Dumbledore le sorprendió que esos pensamientos surcaran su cabeza, porque ambos jóvenes sonreían tan abiertamente y con tanta familiaridad que era imposible escudriñar esa gelidez que el anciano había captado en una primera impresión.

-Buenos días, señor...- saludó el joven tímidamente y con una mezcla de asombro y admiración al estar en aquel despacho, que observaba minuciosamente.- ¿Es...es usted el profesor Dumbledore?- logró pronunciar. El director relajó el rostro. Estaba acostumbrado a que la gente lo tratara como si fuera una eminencia dentro de la comunidad mágica y mucho más, al final de la segunda guerra. Comprendió entonces, que aquellos dos muchachos, pese a su inquietud inicial, no tenían nada de especial.

-Ése soy yo.- respondió el anciano jovialmente y relajando visiblemente el rostro, sino lo hubiera hecho, habría percibido como una sonrisa de satisfacción recorría los labios de la joven.- ¿En qué puedo ayudarles?

-Es que...verá...- prosiguió el joven titubeando, como si no pudiera mantener la concentración delante del director.- Nosotros acabamos de llegar a Londres...y cursábamos la carrera para auror...y el otro día, por casualidad, leyendo en el Profeta, nos enteramos de que los dos últimos cursos de la carrera se van a dar en esta escuela...y veníamos a apuntarnos...

-Ya veo.- murmuró el anciano y los jóvenes notaron una ligera decepción en su rostro arrugado. Mientras el hombre bordeaba su escritorio, se sentaba en el butacón de nuevo y extraía unos papeles del cajón de la derecha; intercambiaron miradas cómplices y volvieron a sonreír.- Bien...tendrán que responderme a una serie de cuestiones y después, cuando les firme este documento- señaló un pergamino de carácter oficial.- presentarlo en el Ministerio de Magia para que sean inscritos...¿de acuerdo?

-Sí, señor.- respondió el joven de inmediato y dio unos pasos al frente, hasta sentarse en una de las dos butacas del escritorio. No obstante, la chica no lo hizo, sino que se mantuvo de pie y silenciosa, en la misma posición.

-Bien...- murmuró Dumbledore distraídamente, aunque algo inquieto con el comportamiento tan escueto de la muchacha.- ¿De qué país vienen? No parecen ustedes extranjeros, la verdad, su inglés es muy bueno...

-Somos Londinenses, señor.- aclaró el muchacho con una voz excesivamente amable, mientras continuaba observando al director con nerviosismo.- Lo que ocurre es que siendo muy pequeños nos trasladamos a vivir a España...

-¡Ah!- exclamó el director, mientras anotaba unas cosas en el viejo pergamino y sin levantar la mirada del papel, como sino quisiera ruborizar mucho más al joven que parecía admirarle tanto.- Entonces, díganles a sus padres que se pasen por el Ministerio de Magia a hacer el cambio de residencia...necesitan un registro de todos los magos recientemente traslados a nuestro país.- hubo un breve silencio, después de que Dumbledore pronunciara esas palabras. Al notar aquel mutismo repentino, el director alzó los ojos de sus notas y observó detenidamente, como los dos jóvenes intercambiaban miradas forzosas.- ¿He dicho algo indebido?- se atrevió a añadir el anciano, retocándose sus gafas de media luna y en aquella ocasión, sí, taladrando a los dos jóvenes con su inquisitiva mirada.

-Disculpe, señor.- se pronunció el chico con una voz mucho más tensa y cargada de una renovada seriedad, que hasta el momento no había dejado notar.- Pero eso no será posible.- al ver como el director arrugaba el entrecejo, el muchacho añadió:- Nuestros padres murieron hace...hace algún tiempo...

-¿Son ustedes hermanos?- quiso saber Dumbledore. Por alguna extraña razón, había cambiado su tono despreocupado, por otro mucho más intenso. Volvía a tener ese hormigueo a la altura de la boca del estómago.

-Sí, señor.- respondió el joven de inmediato y el director no pudo evitar volver a observar sus rostros y buscar claros rasgos de parecido.

-Entiendo.- susurró el anciano, volviendo a centrar su atención en las notas que tenía enfrente suyo.- ¿Me dan sus nombres completos?- pese a que el muchacho no tardó más que unos segundos en responder, Dumbledor tuvo la vaga sensación de que titubeaba al hacerlo.

-Orion y Anya Black...- respondió el chico con cautela y sonriendo internamente, contempló como la pluma con la que el director escribía resbalaba ligeramente por sus dedos y el anciano alzaba una vez más la mirada, para penetrarles con sus profundos ojos azules, a través de esas gafas de media luna.

-Perdón...-pronunció Dumbledore lentamente.- ¿Ha dicho Black?

-Eso he dicho, señor.- asintió el joven con una renovada convicción y sonriendo a modo de disculpa, pasándose una mano por la nuca.- Pero si su pregunta es si tenemos algo que ver con Sirius Black...la respuesta es que no...ni tampoco nuestros familiares...pese a que el apellido Black en muy famoso en Londres por la familia antiquísima de la que procede, tengo que advertirle que nuestros padres no tenían relación con ellos...nuestras ramas son Irlandesas...

-¿Cómo conoce a Sirius Black?- inquirió el director. Su rostro afable, se había ensombrecido de repente. Sin embargo, para su sorpresa, el joven sonrió despreocupadamente, como si le hubiesen preguntado si quería café o té.

-¿Y quién no conoce a Sirius Black, señor?- era una pregunta retórica, no obstante, el director no relajó aquella expresión tan tensa de su arrugado rostro.- Salió en todos los periódicos...

-Sí, claro...- murmuró el anciano distraídamente, mientras bajaba la cabeza a su pergamino y anotaba los nombres. En el momento en que lo iba a hacer, le asoló una duda.- No me han dicho sus segundos nombres...

-Lo lamento, señor.- nuevamente, el rostro del muchacho había adquirido un semblante serio.- Pero no tenemos ni idea de cuales son...

-¿Cómo dice?- Dumbledore arqueó las cejas, al mismo tiempo que se quitaba las gafas de los ojos y arrugaba la frente en señal de desconcierto. El chico también clavó sus peculiares ojos grises en los del director y sonrió amargamente, mientras trataba de controlar la situación.

-Señor, nuestros padres murieron en circunstancias muy extrañas- explicó el joven con la voz queda.- Nosotros crecimos manteniéndonos el uno al otro desde que éramos unos niños...no tenemos documentos de identidad, ni partidas de nacimiento...ni nada excepto nuestros nombres y apellidos, que recordamos escasamente...

-Entiendo...-expresó Dumbledore asintiendo con la cabeza y por un ligero instante, entornó sus pequeños ojos azules, clavándolos en los del chico. Sin embargo y pese a que había utilizado todas sus habilidades, se topó con una pared dura, impenetrable y sinceramente, aquello le extrañó en demasía. Aquel muchacho se veía tímido, entusiasta y paralizado ante su grandeza, no obstante, había pensado que no podía ni enfrentarse a un boggart y acababa de demostrarle que poseía unos altos conocimientos en Oclumancia. Cuando ése pensamiento surcó la mente del anciano, tanto el chico como la muchacha, sonrieron interiormente.- Bien...pero han de saber que deben acudir al Ministerio de Magia y dar sus datos personales...pese a que no recuerden o sepan sus segundos nombres, deberían al menos utilizar unos que les agraden...invéntenselos si es necesario, pero comprendan que no pueden estar sin identificar.

-Lo comprendemos.- asintió el muchacho y mostró una sonrisa sincera.

-Bien.- continuó Dumbledore, volviendo a anotar algo entre sus pergaminos.- ¿Y a qué curso irían ustedes...?

-Último curso de Aurología, señor.- el director asintió sin alzar la cabeza y escribió con una caligrafía curvada, pero perfectamente legible.

-Perfecto. Creo que es todo...tendrán que presentarse mañana 1 de Septiembre, en la estación de King Cross de Londres, donde el tren escolar los recogerá y los traerá con los demás estudiantes...

-¿No podemos simplemente aparecernos?- preguntó el muchacho algo sorprendido.- Si no me han informado mal...es un día de viaje en tren...

-Está usted bien informado, señor Black.- asintió el director sonriendo con benevolencia y notando un nudo a la altura del estómago al pronunciar aquel apellido.- Pero mañana es el banquete de inauguración y tengo algunas cosas de las que informaros...no sé si usted conoce que no se puede aparecer en el castillo. Durante el resto del año, podrán llegar hasta aquí por medio de sus vehículos o directamente desde Hogsmade. Habrá carruajes que los traerán desde el pueblo si se aparecen en el...

-Eso lo aclara todo.- el joven esbozó una tímida sonrisa y se levantó del asiento, tendiéndole la mano al anciano director.- Me alegra mucho de haberle conocido, señor...y le ruego nos disculpe por haberle entretenido...

-No es ninguna molestia.- Dumbledore hizo un gesto con el brazo para restarle importancia al asunto y luego estrechó la mano que le tendía el muchacho. Cuando las palmas estuvieron unidas, el director notó una especie de sacudida eléctrica y volvió a sentir aquella extraña sensación que le había asolado desde el primer momento en que había visto a aquellos dos muchachos. No obstante, el chico no pareció sentir lo mismo, porque separó su mano con total normalidad y tras inclinar ligeramente la cabeza, se dio la vuelta y comenzó a caminar junto a la chica, hacia la salida.- Disculpen...- les retuvo el director y los dos muchachos se dieron la vuelta.- ¿Y ella¿No habla?- el joven miró a la chica que lo acompañaba y luego, volviéndose hacia el anciano, sonrió con amabilidad.

-Usted no le preguntó nada, señor.- Dumbledore no pudo más que asombrarse por tal respuesta, pero insistió en que la muchacha se pronunciara.

-¿Cómo era su nombre?

-Anya, señor...Anya Black...- cuando la chica susurró aquellas cortas palabras, lo hizo en un tono de voz seco, pero amable. Era como si su voz fuera embelesadora, terriblemente inquietante y cargada de una sensación que, nuevamente, el director fue incapaz de expresar. Los dos jóvenes volvieron a darse la vuelta hacia la puerta y sin añadir nada más, cruzaron el umbral y desaparecieron del campo visual del director, cerrando suavemente al salir.

Dumbledore volvió a colocarse sus gafas de media luna y descubrió, para su asombro, que su corazón latía a un ritmo cardiaco mayor de lo habitual. Colocándose una mano en el pecho, totalmente extrañado, volvió a dejarse caer sobre su butacón, recapacitando en lo que acababa de sentir. Probablemente, todo había sido producto de una ingeniosa casualidad. Sí, eso debía ser y debía estar relacionado con la primera reunión de la Orden del Fénix después de cinco años, que tendría lugar aquella misma noche y por una causa...que todavía no sabía como expresar.

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Remus Lupin caminaba pegado a su mujer. Acababan de aparcar el coche a unas dos manzanas del lugar por el que caminaban y que les hacía estremecerse. No era más que una simple placeta muggle, del centro de Londres.

Las casas eran viejas y destartaladas. Al fondo, unos sucios contenedores estaban repletos de basura y un par de gatos negros rebuscaban entre las agujereadas bolsas. Maullaron y enseñaron las uñas al verlos pasear.

A lo lejos, en alguna de las viviendas, sonaba una radio mal sintonizada, con una música rockera al sonido de una guitarra eléctrica desafinada. Las ventanas de la mayoría de hogares estaban tapadas con tablas de madera. El viento agitaba los viejos periódicos y algún bote de coca cola vacío.

Lupin, miró al cielo escupido de estrellas y se estremeció, mientras se frotaba los brazos con pesar. No tenía frío, pero aquel lugar era el último al que habría deseado acudir. Observó a la mujer que caminaba a su lado y notó como ella sentía lo mismo, pero no lo demostraba como él. Estaba callada, sin mirar a ningún lugar en particular y hundida en sus pensamientos.

Lo que le molestaba al hombre no era que lo hubiesen despertado para efectuar una reunión, ni siquiera el hecho de que se les requería para aquel encuentro, sino en el lugar en el que se celebraría. Detestaba esa casa, estaba demasiada plagada de recuerdos, recuerdos...que ya había olvidado, o eso creía él.

Llegaron hasta los números 11 y 13 y recordando la perfecta ubicación del cuartel, una casa medio escondida entre las otras dos, mostró el letrero del número 12. Exactamente, el número 12 de Grimmauld Place.

La puerta que había aparecido ante ellos no tenía picaporte, así que Lupin se contentó con dar un par de golpecitos con su vieja varita mágica.

-¿Crees que deberíamos haber informado a Harry?- preguntó a su mujer, despertándola del trance en el que parecía sometida.

-No.- respondió Christine cortantemente y sin mirarlo a la cara, seguía teniendo la mirada perdida entre sus pensamientos.- Mañana es su primer día en Hogwarts y quería que descansara...le contaremos todo lo que nos diga Dumbledore con más tranquilidad.

-Se enfadará.-murmuró Lupin en voz baja, pero con el suficiente volumen para que Christine pudiera oírlo.- Está enfermo, Chris, pero no está inútil y sabes que no soportará la idea de que lo intentas sobreproteger...

-¿Crees que lo sobreprotejo obligándole de nuevo a ser "El Salvador"?- inquirió la mujer en un tono de voz tan duro y frío, que bien podría haberse confundido con el que solía utilizar en el pasado. Lupin la miró un instante, cerró los ojos y suspiró.

-Sé lo mucho que esto te duele Chris, pero...

-Ya basta, Remus.- ordenó la mujer tajantemente, con una voz extremadamente peligrosa y atenta a los pasos que comenzaban a escucharse detrás de la puerta.- Harry no quiere ser "El salvador"...por mucha determinación que veas en sus ojos, por mucha convicción...él sólo desea una vida tranquila, como la ha llevado hasta ahora...y es mi responsabilidad protegerlo y sacarlo de esta. Eso, me compete únicamente a mí.- Christine hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior en señal de nerviosismo.- Pero sino lucha, sino me ayuda...jamás podré derrotar a lo que sea que está destruyéndolo...y él lo sabe...y no se perdonaría nunca haberse quedado parado sin mover un dedo.- Lupin iba a abrir la boca para responder, pero en ese momento, la puerta de la mansión Black se abrió y mostró el rostro afable, pero preocupado, de la señora Weasley.

Molly Weasley había envejecido en aquellos últimos años. Su rostro afable estaba plagado de arrugas y sus ojos lucían mucho más apagados que antaño. No obstante, no había permitido que el paso del tiempo afectase a su carácter fuerte y autoritario. Seguía manteniendo a raya a cada uno de sus hijos, pero con una bondad inigualable. Llevaba su cabello pelirrojo más rizado de lo habitual y suelto sobre los hombros, un vestido de tela negra y un delantal colgado a la cintura, como si la hubiesen acabado de sacar de la cocina.

-Buenas noches, Remus, Christine...- dijo en un susurro apenas audible y colocándose de puntillas para mirar por encima de sus cabezas, comprobando que nadie les seguía.- Pasad...- el matrimonio Lupin pasó sin efectuar ningún comentario y con una leve inclinación de cabeza como saludo. Cuando la señora Weasley cerró la puerta y volvió a correr el pasador, el pasillo de la vieja mansión Black, quedó totalmente a oscuras. Con un gesto de varita, la mujer prendió dos o tres de las anticuadas lámparas de gas que colgaban de las paredes. La casa, nuevamente vieja y abandonada, puesto que Harry, que era el último heredero, no había querido hacer utilidad de ella, olía a dulzón y a podrido. El papel que cubría las paredes se había despegado por distintas zonas, los múltiples retratos ennegrecidos, silbaban de impaciencia por haber sido despertados una vez más, el techo estaba cubierto de telarañas y la alfombra roja que llegaba desde el vestíbulo hasta el final del corredor, se había raído por distintas zonas. Pero no era el deplorable estado de la mansión lo que encogía el corazón de Lupin, sino la infinidad de recuerdos que asolaban su cabeza. Podía ver, sin ningún costoso esfuerzo, a un perro negro y lanudo, brincando por entre aquellas reliquias familiares, podía distinguir, donde ahora sólo había una mancha negra y carbonizada en la pared, a un hombre con una larga cabellera negra gritando insultos para su vieja y loca madre, mientras tapaba aquel retrato que, cinco años atrás, Harry había consumido con las llamas.

Alejando aquellas lejanas visiones con un gesto de negación con la cabeza, que no percibieron las dos mujeres, Lupin las siguió a lo largo del corredor, hasta llegar a unas escaleras que se dirigían a la cocina.

Ignorando la tenebrosidad que asolaba aquella vieja mansión de magos tenebrosos, bajaron los escalones de mármol e irrumpieron en el lugar.

La cocina estaba llena de gente rodeando una antigua mesa de madera muy larga. Había rostros más nuevos, pero todos conocidos y Lupin, por primera vez, sintió que aquello no iba a ser tan sencillo como se había empeñado que sería.

Se quedaron estáticos en el umbral, esperando la reacción al verlos después de tanto tiempo, pero no todo el mundo se había percatado de su llegada. La señora Weasley, que parecía no saber ni lo que hacía, se dirigió hacia el fregadero, donde estaba limpiando manualmente, unas tazas para servir un poco de café a todo el mundo.

-¡Remus, Chris!- Tonks se dirigía hacia ellos sonriendo ampliamente. Traía de la mano, casi a rastras a un chico rubio y de ojos verdes, que inmediatamente reconocieron como su novio. Detrás suyo y algo más nerviosa que los demás, se encontraba Nadín, su mejor amiga y que era una nueva incorporación en la Orden. Tonks les dio un beso a cada uno en la mejilla y comenzó a hablar atropelladamente. La familia Lupin se veía bastante con ella, puesto que habían mantenido un contacto más seguido, así que no hubo necesidad de hacer presentaciones oficiales como estaba ocurriendo con los demás. Mientras les explicaba lo intrigada que estaba por saber de qué iba todo ello, Christine observaba de reojo a todo el grupo de gente que se encontraba arremolinada allí. Los miembros de la Orden que habían sobrevivido a la segunda guerra, hablaban entre ellos con algo de inquietud, pero alegres de haberse visto después de tanto tiempo. Entre ellos estaban Hestia Jones, Sturgis Podmore(el cual había salido de Azkaban mucho tiempo atrás), Emmeline Vance, Dedalus Diggle, Ojoloco Moody, Kingsley Shacklebolt, Elphias Doge, Mundungus Fletcher, Bill, Percy y Charlie Weasley, junto con sus padres...y unos cuantos magos y brujas más que no había visto más que en alguna reunión de pasada.- ¿Y cómo está Alan?- preguntó de pronto Tonks, sonriendo alegremente mientras se pasaba una mano por su pelo corto.- Hace mucho que no lo veo.

-Está en casa...durmiendo.- respondió Lupin algo más nervioso de lo que habría deseado. Ninguno de los dos tenía ganas de explicar el problema que había surgido con su hijo pequeño y mucho menos antes de haberlo hablado con Dumbledore. Exactamente, no había respondido a la pregunta de Tonks, pero como la chica se había vuelto a poner a hablar atropelladamente, no se percató del intercambio de miradas que había entre sus dos amigos.

-Lupin, Byrne, qué sorpresa...- gruñó una voz a sus espaldas. Moody, caminando con su pata de palo y con su ojo azul eléctrico girando rápidamente, se dirigía hacia ellos cojeando. El pelo del viejo auror se había vetado de muchas más canas, su piel era más pálida y escamosa y su boca se había torcido en un gesto más torvo de lo habitual, queriendo asemejarse a una mueca agradable.

-Hacía mucho que no te veíamos, Ojoloco.- Lupin se dio la vuelta y le tendió la mano, que Moody rodeó con sus garras y apretó ligeramente.- Supongo que disfrutando de tu retiro...

-Supones mal.- bufó Moody arrugando el rostro y observando claramente, el silencio molesto de Christine, que pese a haberle inclinado la cabeza, parecía muy concentrada en observar todo a su alrededor.- Estoy seguro de que algún antiguo mortífago anda rondando mi casa de vez en cuando...- Lupin asintió sin mucha convicción. La soledad había vuelto más paranoico a Ojoloco, pero sabía que, fuese lo que fuese que el retirado auror dijese, tendría mucho más acierto que cualquier cosa que pudiera aportar alguna de las nuevas incorporaciones. Moody podía ser todo lo raro que quisiera, pero sabía muy bien como enfrentarse a los enemigos.- ¿Y dónde está Potter, por cierto?

-Eso mismo me preguntaba yo.- Arthur Weasley se unió al grupo, saludando con un par de besos a Christine y unas palmaditas en la espalda a Lupin. Estaba bastante más tranquilo que su mujer, pero las arrugas que habían aparecido en su entrecejo, delataban su extrema preocupación.

-La verdad...- comenzó a explicar Lupin sonriendo a modo de disculpa. No sabía muy bien como explicar aquello, cuando todo el mundo pensaba que Harry seguía siendo un "todopoderoso" y su mujer no estaba muy por la labor de colaborar.- Mañana empieza el curso en Hogwarts...y no hemos querido molestarle...ya se lo contaremos todo con más tranquilidad...

-Conociendo a Potter- gruñó Moody taladrando a Lupin con su ojo mágico.- Dudo mucho que esté conforme con esa decisión...- durante una fracción de segundo, los dos hombres se miraron entre sí, seriamente y Lupin optó por el mutismo antes que responder a esa pregunta. ¿Era su imaginación u Ojoloco intuía que algo malo ocurría con su hijo mayor?

-Ron se ha quedado en la casa voluntariamente.- explicó el señor Weasley, que no parecía haber captado muy bien la tensión en el ambiente.- Quedamos en que no le comentaríamos nada a Hermione a no ser que Dumbledore lo creyera estrictamente necesario y como pensaba que Harry vendría y después le informaría, él y Ginny se han quedado en la casa.

-Mejor así...- murmuró Lupin entre dientes, pero nadie pudo escuchar su último comentario, porque en ese instante, Albus Dumbledore ingresó por el marco de la puerta de la cocina y comenzó a saludar a todos con la mano, dispuesto a dirigirse al centro de la mesa, para dar por comenzada la reunión. Los demás, también se acercaron a saludar al director, cuya expresión parecía más distraída de lo normal y después, uno a uno, fueron bordeando la mesa y dejándose caer en las sillas, mientras agradecían el café o té que la señora Weasley les había puesto enfrente.

-Buenas noches a todos.- saludó Dumbledore, que a diferencia de los demás, no se había sentado y escudriñaba a cada uno de las personas que se hallaban allí.- Hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos, pero espero, por el bien que compete a la reunión de esta noche, que el tiempo y la distancia no hallan mermado nuestros fuertes lazos de unión...- hubo murmullos de aprobación a las palabras del anciano y algún que otro cabeceo silencioso, que Dumbledore devolvió con una sonrisa de satisfacción, pero seca, mucho más seria de lo que habituaba.- Siento también haberos pillado de improvisto con esta llamada, pero lo que tengo que exponer y quizás muchos alcancéis a comprender, es muy serio...

-Imagino que tiene que ver con todos esos cardenales muertos...- inquirió Kingley removiéndose en su asiento incómodamente y pasándose una mano por su calva negra.- Es un tema que tiene al Ministerio de Magia de capa caída...

-En parte sí, tiene mucho que ver...- asintió el director, complacido de contar entre sus filas con numerosos aurores.

-Yo me voy el Martes a Roma...- habló por primera vez Alex, el novio de Tonks, que se sentaba casi al fondo de la mesa, muy lejos del director.- Tenemos que investigar la desaparición del Cónclave...

-Ciertamente,- gruñó Moody, mientras daba un sorbo a su petaca, la cual utilizaba siempre para beber.- es bastante extraño que alguien quiera destruir la Iglesia Católica...¿por qué iban a tener algo en contra de ese organización de los muggles?- tres asientos más a la derecha, tanto Lupin como Christine, se removieron nerviosos en sus sillas.

-Hemos identificado a esos individuos, Alastor...- sonó la potente voz agria de Dumbledore, que colocó a todos en un estado máximo de alerta.- Y por desgracia, sabemos porqué tienen algo en contra de los muggles...

-¿De quién estás hablando?- titubeó Hestia Jones, apartando con la mano el humo de la pipa que salía de Mundungus Fletcher, que parecía dormitar en su asiento; y con el rostro pálido por la preocupación. Conocía bastante a Dumbledore y estaba segura que ese comportamiento tan extraño, se debía a algo muy complicado, mucho más, de lo que había expresado en primera estancia. El director no la miró exclusivamente a ella, sino que al hablar, lo hizo clavando sus ojos azulados al frente, con una mirada perdida entre aquel mal, que había conocido días atrás.

-Son mortífagos los que han asesinado a esos muggles...- expresó en un susurro, que se clavó dentro de los corazones de todos los miembros de la Orden, como puñales candentes. No habían oído hablar de los viejos seguidores de Lord Voldemort en mucho tiempo y volver a escuchar un hecho que se les atribuía y que reabría la vieja guerra, les congeló la sangre de las venas.

-No es posible...- titubeó Tonks, cuya barbilla había comenzado a temblar ligeramente.

-Lo lamento, pero es cierto.-confirmó el director con la voz queda.- Esas muertes fueron grabadas con la Marca Tenebrosa, bajo las maldiciones imperdonables e individuos vestidos con túnicas negras y máscaras blancas, fueron avistados cerca de aquellos crímenes...- hizo una pausa, pero al ver que nadie reaccionaba, añadió:- han regresado...y la pregunta es...¿quién los ha instado a hacerlo? Ellos solos no habrían sido capaces de seguir adelante...- continuó el anciano acariciándose su larga barba plateada.- necesitaban un líder, estaban dispersados, escondidos y perdidos...huyendo de la justicia que los acosaba en todo momento...y ahora, deben tener una causa que los ha instado a regresar...no puedo entender cual...pero lo que sí sé...es que las consecuencias serán desastrosas...sino los detenemos...

-Yo puedo ayudarte en eso Dumbledore...- sin que nadie se hubiese dado cuenta, Christine había optado por levantarse, con una expresión de total frialdad cubriendo las facciones de su rostro. Algunos miraron a Lupin tratando de ver en sus ojos la respuesta a aquel arrebato de su mujer, pero el hombre mantenía las manos sobre la mesa y entrelazadas, con la vista perdida en sus pulgares.- Yo sé porqué han vuelto...- aunque pudiera parecer otra cosa, el director no se inmutó por esa muestra de información, ni siquiera parecía sombrado. Se colocó bien sus gafas de media luna y taladró a la mujer con la mirada.

-Te escucho.- aseguró con un tono afable, pero a la vez, serio.

-Christine.- Lupin se puso de pie de repente, tomando a su esposa por el brazo, en señal de advertencia. Quizás, tenía miedo de lo que ella pudiera revelar o de lo que esa información podría suponer. Estaba seguro, no, más bien sabía, que a Harry no le agradaría que lo hiciera. Sin querer, sus ojos se dirigieron a los Weasley. Si alguno de la familia le comunicaba lo que Christine estaba a punto de rebelar a Ron o a Ginny, eso podría resultar fatal.

-Siéntate, Remus.- ordenó la mujer en un tono cortante y gélido, zafándose de las manos de su marido.

-Pero...

-Ya basta de mentiras y engaños...- masculló Christine apretando los puños, de los cuales, saltaron ligeras chispas. Estaba claro, que el hecho de que Alan se hubiera enterado de gran parte de la verdad y se lo hubiera tomado tan mal, la había afectado en demasía. Lupin no dijo nada más, no estaba del todo de acuerdo con esa precipitada decisión, pero, después de todo, entendía que era importante que esa verdad no quedara estrictamente reservada. Christine no habló de inmediato. Volvió a tomar asiento como si aquello fuese más fácil desde esa posición, suspiró, se pasó una mano por el rostro y después volvió a clavar sus fríos ojos en los del director. - Su razón, es quizás la más peligrosa de todas... un sentimiento, que sabes lo poderoso que puede llegar a ser...venganza...- pronunció la palabra mucho más suavemente que el resto, para que los demás la captaran despacio, lentamente y que llegaran a alcanzar el significado de ella.- No tienen nada que perder, pero sí mucho que ganar...

-¿Te importaría hablar claro?- expresó Nadín en un tono de voz irritado, como sino entendiera que para Christine, cada paso que daba en aquella conversación, era un paso más hacia su destino, hacia el final...No obstante, la mujer no se irritó por esa interrupción y no centró la mirada en la mejor amiga de Tonks, sino que continuó contemplando sus propios ojos en el reflejo de los cristales de las gafas del director.

-Mi madre estuvo aquí hace poco...-explicó serenamente.- Y me reveló que un gran mal se acerca...sea lo que sea, ha comenzado.

-Sinceramente,- murmuró Mundungus, que parecía haber despertado ligeramente y daba largas caladas a su pipa roída.- No veo porqué tanto ajetreo.

-Estoy de acuerdo.- apoyó Dedalus Diggle en un tono risueño y despreocupado.- Sólo son las sobras de Quién-vosotros-sabéis...Potter les dará una paliza que no olvidarán fácilmente...y los llevará a Azkaban. No veo cual es el revuelo...- pero por la expresión que mostraba el director, parecía que estuviera a punto de dirigirse a un funeral. Christine, que se había vuelto a poner de pie, pensó que sus piernas no resistirían el peso de su cuerpo y que cuando hablara, su voz sonaría extremadamente chirriante. Sencillamente, no podía concebir que estuviera a punto de contarles a todos lo que sólo le había dicho al director y con cien grados de gravedad más sobre su espalda.

-No lo entendéis...- murmuró Lupin, que no había apartado los ojos de su esposa en todo el tiempo y cuya voz, pese a que titubeó, sonó bastante más serena de la que habría sonado la de Christine.- Harry no puede hacer nada...nada...

-No veo porqué no.- comentó el profesor Snape. Lupin se sobresaltó al escuchar su voz entre las tinieblas que proyectaba la sombra de la chimenea. Él y McGonagall estaban sentados juntos y no los había visto al llegar.- Potter fue capaz de derrotar al Señor Oscuro...¿o es que su arrogancia no le ha consentido entrenarse para cazar a un par de mortífagos¿No tenía las mejores notas de la Academia de Aurores?

-¡Silencio!- ordenó Christine de mal talante, aunque por primera vez, no miró a Snape a la cara, sino que mantuvo sus fríos ojos puestos sobre los agujeros de la mesa de madera.- No tienes derecho...ninguno tiene derecho a poner este asunto sobre las espaldas de Harry...

-Tu actitud no me parece del todo correcta, Chris...- trató de relajar el ambiente Emmeline Vance, que estaba a su lado y le había dado unos golpecitos en el brazo, para tranquilizarla.

-Yo me ocuparé de esto.- continuó la mujer mientras notaba como su voz, poco a poco, iba apagándose. Dumbledore, que se había mantenido en silencio en todo momento y observando las reacciones de unos y otros, clavó sus ojos en los de mujer.- Yo atraparé a esos mortífagos y...

-Absurdo.- comentó Moody algo desesperado por el desacuerdo que había entre los antiguos integrantes de la Orden.- Byrne, tienes un niño pequeño por si se te olvidado y no creo que quieras cometer el error de perderlo por segunda vez...

-¡Alastor!- interrumpió Dumbledore con una voz atronadora impidiéndole a Christine, que había taladrado al retirado auror con la mirada; que respondiera.- Me parece...- suspiró cansadamente.- que deberíamos dejar que Christine y Remus terminen de explicarse...

-Harry está enfermo...- confesó Lupin miserablemente y la atmósfera, antes en tensión y discordia, de la habitación, evolucionó a un semblante mezcla de pánico y sorpresa.- Y si...si no detenemos a esos mortígafos...morirá...

-¿Qué?- la señora Weasley se tapó la boca con las manos, horrorizada. No, no podía ser, Harry no, era absurdo, era un chico que se veía tan sano, tan fuerte, era imposible que estuviera en peligro de muerte.- Ron y Ginny...ellos...yo...no me dijeron nada y...

-Ellos no lo saben.- aclaró Lupin con la voz queda y un repentino apagón en el brillo de sus ojos.- Y te ruego, Molly, que no les digáis nada. Harry no quiere que se enteren y se preocupen...y se enfadaría mucho si supiera que ahora mismo, os lo estamos contando...

-Pero eso es una sublime tontería.- expresó McGongall contrariada.- ¿Qué relación tienen esos...esos...- estaba claro que la mujer buscaba un calificativo apropiado- ...energúmenos con la salud de Potter?- Ni Lupin ni Christine respondieron de inmediato. Ambos intercambiaron miradas cómplices, para decidir cual de los dos era capaz de acabar con la historia sin desfallecer.

-Cuando...cuando acudimos a hacerle una revisión a Harry, un tiempo después de que saliera del hospital...- explicó al fin Christine, con una renovada energía.- Los medimagos nos advirtieron de que no podía sufrir sobresaltos...que pese a que había salido bien parado del coma...quedaban secuelas...graves secuelas...- la mujer lanzó un suspiró cansado, mirando hacia al techo y prosiguió.- podría hacer vida normal siempre y cuando no estuviera sometido a un estado de agitación alto...que no utilizara sus poderes de arcángel frecuentemente...en fin, una serie de advertencias, que no llegamos a entender. Sabíamos que Harry había estado en una situación gravísima, pero también sabíamos que era fuerte, que lo había superado y que su juventud y vitalidad, sin duda, eran de gran ayuda. Así que no le dimos demasiada importancia...- al ver que Christine se había quedado anclada en esa palabra, al parecer, recordando algo lejano, Lupin tomó el relevo.

-Pronto nos dimos cuenta de que no era algo tan simple ignorarlo. Cuando Harry se desaparecía al modo arcángel, cuando jugaba con Alan utilizando su energía o simplemente entrenaba para mantener su poder...acababa siempre en un estado deplorable y con sus reservas de energía al mínimo, tanto...que Christine tenía que realizar un esfuerzo muy grande para devolverle su integridad física. Ambos sufrían mutuamente. No obstante y pese a que decidimos tomarnos muy en serio las palabras de los medimagos, dejamos el tema anclado a un segundo plano y no pensamos que tuviera un motivo de preocupación. Después de todo, en cuanto Harry cuidó un poco la forma de desgaste de su energía, comenzó a tomar una poción especial diariamente y dejó de realizar esfuerzos importantes...todo volvió a la normalidad. Logramos olvidarlo.

-Hasta hace muy poco...-susurró Christine, reiterando lo que su marido acababa de comentar.- Cuando mi madre vino a visitarnos..nos advirtió de que ese mal, afectaría a Harry, como ya había comenzado a ocurrir, que lo destruiría.

-¿Pero por qué?- se desesperó el señor Weasley, golpeando la mesa con un puño y derramando su café. Llegado el momento de revelarlo, tanto Christine como Lupin dudaron, pero no había marcha atrás, sin embargo, fue el director el que respondió esa pregunta.

-Porque Harry, está ligado al mundo.

-¿Qué?- la mayoría soltaron una exclamación de asombro. Dumbledore cabeceó en señal de confirmación y continuó hablando con una voz extremadamente seria.

-Al convertirse en arcángel, se tuvieron que violar muchas leyes de la naturaleza. Los "mayores" no tenían poder de convertir a un mago en un arcángel si éste no emergía naturalmente. Así que, la única manera era ligándolo a la energía terrenal del mundo, pese a que eso, podía traer serias consecuencias. Se la jugaron, porque sabían que Harry era el único que podía tener una posibilidad contra Lord Voldemort.- a pesar de los años que habían pasado desde su muerte, la mayoría de los presentes no pudieron evitar estremecerse al escuchar ese nombre.- Una vez terminada la batalla, todos sabemos lo que ocurrió. Harry, había agotado todo su poder y entrado en un profundo coma del que no debió despertar...

-¿Qué insinúas con eso?- quiso saber Sturgis, arrugando claramente la frente.

-Que Harry había muerto.- respondió el director, fijando sus ojos en cada una de las caras asombradas de los demás.- Clínicamente, los médicos lo manifestaron así. Harry no pertenecía a este mundo, pero entonces ocurrió un hecho, que ni siquiera los "mayores" podrían haber previsto.- como nadie parecía comprender, Dumbledore añadió:- La gente, recuperó la fe. Y todos alcanzaron a comprender lo que Harry había hecho y a suplicar, a rezar, a luchar emocionalmente, por su regreso. Todo el mundo mágico se volcó con él, todos, creían injusto que su vida se apagara. Esa energía, era muy poderosa. Realmente poderosa y fue suficiente para que la unión que formaba el vínculo entre Harry y el mundo, se estrechara. Logró mantenerlo con vida de una forma...espiritual.- aquella información golpeó a todos como si de un mazo muy pesado se tratara. No podían creerlo, sencillamente, era absurdo. La pesadilla no podía continuar.- ¿Qué es lo que ocurre ahora?- preguntó el director más para sí mismo que para los demás.- Que ese gran mal que ha despertado va a "matar" una gran fuerza espiritual y ha elegido la más vulnerable de todas: la que procede de los muggles. Destruyendo la Iglesia Católica...se perderá la fuerza más grande del mundo no-mágico...esa pérdida, será lo suficientemente poderosa para acabar con la vida de Harry. Y sea quien sea nuestro nuevo enemigo...lo sabe.- todo el mundo continuó en silencio, esperando el veredicto final del director.- Nuestra misión es detenerlo...tenemos que volver a ser lo que fuimos...la Orden del Fénix...