Olass gente! Aquí un nuevo capi. Poco qué decir. Agradeceros los reviews como siempre y espero que os esté gustando el fict. Me alegro que los nuevos personajes os hayan agradado. UN besazo!
Reviews:
D.Alatriste: Olasss! Jajajaja, pues...digamos que sí que habrá gente por en medio de Harry y Ginny. Sorry! Pero tiene que ser así por motivos que iré diciendo. Te gustan Heka y Troy? Jaajja, a mí también, sobretodo Heka. Sí, será divertido ver por ejemplo a Snape no pudiendo llamar "Potter" a Harry, jajajaaj. Ummm, digamos que no es el efecto de un dementor lo que ejercen Anya y Orión, pero...podría decirse así. Tienen poderes más desarrollados que Harry o Christine porque son arcángeles entrenados. Besazos!
Usagi-Chan: Olass! Muchas gracias! Me allegro que te haya gustado el capi. Aisshhh, esas exigencias de publicación, jajajajajaj. Anya y Orión te dan miedo? Ajajja, haces bien, no son precisamente muym muy cándidos. Ummm, Hermione nunca quiso ser auror así que no tendría sentido llevarla a Hogwarts, no obstante, solo van a clases por la mañana así que ella estará en el fict mucho tiempo e irá a visitarlos a menudo. Me alegro que te haya gustado Heka. Besazos!
Amnydic1991: Olass! Jajjaaj, es bueno superar la crisis del cole. Ummm, jaajaj, pues...digamos que uno de los dos sí que de alguna manera odia a Harry, aunque no es odio exactamente. De todas formas, ya veras como ellos tratan así a todo el mundo, son muy fríos y poco habladores. Ya veremos al final si son Black o no..jajaja, no, Dumbledore es un genio, te lo aseguro, ajajaj. Besos!
Aimar: Olass! Jaja, gracias! Te ha gustado Heka? Me alegro! Es otro de los nuevos personajes que darán que hablar. Sí, muy bordes Anya y Orión, jajaj, pero ellos son así, ya los irás conociendo más. Umm, bueno, no puedo decir lo que le ha pasado a Christine, al menos por ahora. Poco a poco se irá sabiendo, pero hay que tener paciencia. Umm, ajajajaj, puede que Harry le ponga los cuernos a Ginny con Heka, aunque si se diera el caso, para entonces Harry y Ginny no estarían juntos. Petons! PD: Pots deixarme els reviews en català ja veus que amb el Lladruc I amb alguns alters ho parlo. M'encanta l'idioma i el parlo com si fos castellà, asi que ningún problema.
Shaman: Gracias! Jajaj, hago lo que puedo!
Ginny Potter W: Olass! Jaaajaaj, sí, soy yo en carne y hueso. No, no es distinto el estilo de escritura, te lo aseguro. Sólo que al principio he tenido que dar ciertos datos, pero ya verás que conforme avance la trama reconoces todo. Umm, bueno, Harry solo llama maá y papá a Lupin y Chris al principio, cuando Alan todavía no sabe nada, pero como lo descubre en breve, ese trato se acaba, jajaja. Besazos!
Dany-Kanuto-Link: Olasss! A ver…jajajajaj, pues no, Alan tiene el alma de cinco años, la que le corresponde a su cuerpo. Porqué? Porque yo quería que Christine recuperara a su hijo en pleno, quería que disfrutara de él en todas las edades. Pues...Troy tardará todavía un poquito de empanarse de la verdad. Umm, te ponen hiterico Anya y Orion? Jajajaja, lógico, lo entiendo. Pero ya los estás matando, pobres...tiempo al tiempo.
MayeEvans: Olass! Muchas gracias! Bueno, tampoco hay que tomar muy a pecho las palabras de la señora Weasley. Sólo es una manera de demostrar lo mucho que quiere a Harry, pero no quería herir a Christine. Besazos!
Valerita: Olass! Me alegro que te interesen Anya y Orión porque son personajes importantes. SE comportan como antes lo hacía Christine porque son arcángeles y los arcángeles son fríos por naturaleza. Ginny se siente inferior a Heka porque Heka es una persona con una fuerte personalidad y bastante llamativa. Besazos!
Lladruc: Olass! Jajaj, si, ara has conegut millor al angelets. Ummm, estàs molt segur de que sòn bons, oi? Jo no ho tindria tan clar...Ja veurem cual es el paper de la Heka al fict, potser si que pasarà algo entre ella i el Harry...ja vorem. La Christine no coneix tots els arcangels del mon, perque hi ha milions esparcits per tot arreu. A mes, pensa que ella odiava ser un arcángel i que sempre es barallava per aixo amb la seva mare i va estar molt de temps sense contactar con ningú. Encara que a este fict veurem antics amics d'ella que ho son. Petons! I a vera si actualitzes.
Catalina: Olass! Me alegro que te haya gustado. Espero que no te impacientes y le des tiempo al fict, los primeros capis siempre son más monótonos y relajados, la acción viene más tarde. Besos!
Roxana: Olass! Jaja, no sòc catalana, encara que una part de mi si que es sent així. Sòc de Valencia, però he viscut dos anys a Barcelona i parlo el cátala tan be com el castellà. M'agrada molt l'idioma, la gent i la ciutat asi que es podria dir que una part de mi si que es d'alli. Un petó!
Mariet Malfoy: Olass! Me allegro que no te hayas olvidado de mí, jajaja. Nah, me conformo con que de vez en cuando me digas que estás ahí y como te va pareciendo el fict, es de agradecer, la verdad. A ver...creo que sí que se hallarán motivos para separar a Harry y a Ginny que más tarde entenderás, pero no lo haré de ningún modo definitivo. Nunca llegarán a estar separados del todo. Heka sí, presentará batalla. Orión es extraño y retraído, pero el muchacho es así, ajajaj. Me temo que Christine no los conoce, al menos no logra identificarlos, jajajaj. Besazos!
CAPÍTULO 8: DREAMIN'S JUST A WASTE OF TIME.
(SOÑAR ES SOLO UNA PÉRDIDA DE TIEMPO)
Harry estaba apoyado en la fría pared de la torre más alta del castillo. Hacía algo de fresco, así que llevaba una chupa vaquera tirada por encima de los hombros. Exhalaba humo por la boca, mientras su brazo derecho estaba apoyado en las rodillas, sosteniendo con la mano un cigarrillo.
El viento silbaba ligeramente, amenazando con apagar su pitillo, pero sólo robaba las viejas cenizas que habían caído al suelo y luego se marchaba, para no importunar los pensamientos del muchacho.
Sus ojos brillaban como dos esmeraldas en la oscuridad de la noche, resaltando su atractivo físico y su rostro consumido. Se miró ambas manos y apretó los puños con angustia. Se estaba consumiendo. Podía notarlo en el hormigueo que sentía en las yemas de los dedos, en la sensación de impotencia al haber tenido a esos dos chicos enfrente y no haber sido capaz de decirles lo que le había dicho a los mortífagos con una única mirada: que él estaba ahí, que era fuerte y que nada se interpondría en su camino.
¿Pero qué camino¿Cómo salvar una vida que no pertenecía a ese mundo¿Cómo borrar el dolor de saber que iba a perder aquello que más le importaba y que no había ni un atisbo de esperanza al que aferrarse, que sus manos ya no podía alcanzar esos sueños que había planeado junto a Ginny, que no podía acariciarlos, que no podía salvar aquello por lo que tanto habían luchado?. Se sentía inútil, indefenso, empequeñecido en comparación con el poder al que parecía enfrentarse. ¿Dónde estaba ahora Harry Potter¿Por qué no podía encontrarlo dentro de sí mismo¿Por qué no podía recuperarlo?
El humo salió por su nariz y formó una figura indescifrable en el cielo. La arañó con los dedos, pero no podía destruirla completamente, no podía disuadir esos restos de la calada porque eran más estables que él, porque no se difuminaban más que con el viento.
Le hubiese gustado volver a tener a Sirius a su lado para que lograra levantarlo, para que con cuatro palabras, él volviera a tener fe. Pero la había perdido. La fe era para los fuertes, para los valientes, no estaba hecha para personas indefensas como él, no estaba hecha para aquellos que ni siquiera podían mirar a su hermano a la cara y decirle lo mucho que le quería, pese a que no tuvieran la misma sangre. Se había dejado vencer por Alan, por esa mirada que tanto se asemejaba a la que le había lanzado ese chico...
Pensó en ello. La misma mirada...determinante, poderosa...eso inspiraba, un poder inalcanzable, irreal, de otro mundo, un mundo, que una vez llegó a rozar suavemente.
-Hacía mucho que no te veía fumar.- una voz algo brusca interrumpió sus cavilaciones. Harry no tuvo la necesidad de girarse hacia la puerta para averiguar de cual se trataba. Ignorando el comentario, volvió a dar una calada a su ya casi consumido cigarrillo. Notó como la presencia se acercaba hacia él y se escurría en la fría pared de piedra, a su lado.- No es una buena señal.
-Me relaja.- se excusó el chico, sin apartar la mirada del frente, donde sus ojos alcanzaban a ver el cielo estrellado.- ¿Ya habéis acabado la visita turística?
-No ha sido tan divertida sin ti.- Harry sonrió ante ese comentario, pero Heka no podía estar hablando más en serio.- Neville no conocía todos los pasadizos secretos de los que me hablaste.
-Sólo los merodeadores conocen esos pasadizos...- comentó el chico en voz baja y con la mirada perdida en una nube de recuerdos.- Y ahora Ron, Hermione, Ginny y yo.- por fin, dirigió los ojos hacia los preciosos grises de la chica y añadió:- Tenía que comprobar que Christine estaba bien. Nunca la había visto así.
-¿Qué crees que le ha pasado?- inquirió la muchacha entornando los ojos y mostrando un poco de preocupación. Harry se encogió de hombros y lanzó el cigarro encendido hacia el fondo de la torre, donde el humo continuó elevándose hacia el cielo.
-Ella dice que se mareó un poco por todo el ajetreo de la primera noche después de las vacaciones, pero ese cuento no se lo ha tragado nadie. Me parece que esos chicos tan raros tienen que ver con ello.- Heka no expresó en voz alta lo que pensaba y no le comentó a su amigo las vibraciones que había sentido al verlos por primera en el tren.
-¿Y tú estás bien?- la chica le pasó una mano por el brazo, para reconfortarlo. Harry miró nuevamente al frente y no respondió.- Harry...¿qué es lo que ocurre?- el chico cerró los ojos un instante, suspiró hondo y expulsó de la boca la agónica sensación que le impedía dormir por las noches.
-Estoy en peligro de muerte...
La luz de la luna era la única fuente de iluminación en la habitación. Christine cerró la puerta del retrato, una vez dio la contraseña y encendió el interruptor. La estancia estaba en silencio. Entornó los ojos y se fijó en la habitación que Dumbledore les había otorgado a ella y a su marido como despacho y sala de descanso. Había dos mesas de escritorio con numerosos cajones, muy cercanas a un gran ventanal decorado con unas cortinas de color salmón y que dejaban traspasar la luz. En el fondo, se hallaba una magnífica Biblioteca con todos los libros que los dos magos podrían necesitar durante el curso. Las paredes estaban recubiertas de cuadros de aspecto caro.
La mujer se acercó a uno de ellos y acarició la pintura con la yema de sus dedos, sonriendo complacida. Le encantaba el arte. Pasados unos segundos, avanzó un poco hacia la derecha, cruzó el baño y dio con una puerta continua. La abrió suavemente y la madera chirrió ligeramente, para revelar después lo que parecía una habitación de matrimonio, con una cómoda y dos mesitas de noche, alrededor de la cama.
Christine atravesó el umbral hasta llegar a ella y se sentó a un lado, quedándose en silencio durante unos instantes.
Allí dormitaba un niño de casi seis años. Su pecho subía y bajaba rítmicamente y tenía las manitas pequeñas apoyadas en la almohada. Algunos mechones azabache le caían desordenadamente por la cara.
La mujer se aproximó hasta él y se los apartó con suavidad, para no despertarlo. Alan se removió un poco, pero no varió su posición.
-Venia, filio...venia...(perdóname, hijo...perdóname...)- le susurró y tras besar su frente con dulzura, se puso en pie y salió de la habitación, para regresar al despacho. Unos pequeños ojos azules se abrieron a su espalda, pero volvieron a cerrarse de inmediato.
Christine caminó hacia la ventana y se sentó en el alfeizar, contemplando las estrellas como cada noche. Su padre solía decirle que en ellas se hallaba escrito el destino de cada persona. Muchas veces, cuando era niña, salía de casa a media noche y corría y corría hacia una pequeña colina que había cerca de su hogar y se tumbaba a la intemperie a contemplarlas. Recordaba que les preguntaba: "Estrellas¿sabéis vosotras cuál es mi destino?" Pero eran estrellas silenciosas. Nunca respondían su pregunta y dejó de creer en ellas. Su padre, ya no estaba para recordárselo, ya no estaba para mantener esa fe ciega de que ellas tenían la respuesta.
Hubo una persona, que le devolvió esa fe y ahora, esa persona también estaba muerta y ella tenía gran parte de culpa.
-Sirius...-articuló, observando detenidamente la constelación de Canis Major. Dibujó con sus dedos la forma de un perro, sonriendo complacida. Todavía se acordaba de hacerlo.
Sino hubiese huido aquella noche...podría haber advertido al mundo que ella sí sabía que su amigo de la infancia era inocente, que realmente, Peter Pettigrew era el verdadero traidor de los Potter y de su propia familia. Todavía le hervía la sangre al pensar que ese hombre continuaba con vida. Loco sí, demente en alguna oscura celda de Azkaban, pero vivo...al fin y al cabo. Colagusano le había hablado a Voldemort de ella, de la unión que la estrechaba con los Potter, de su amistad...y le había revelado la ubicación de su hogar, que sólo conocían los miembros de la Orden del Fénix. Si Pettrigrew no se lo hubiera dicho, ahora Dani estaría vivo, ahora Alan sería un muchacho de veintiún años como Harry y no se hallaría en la situación comprometida en la que estaba.
No obstante y pese a la gravedad que eso y la vida de Harry significaban, había otra cosa que le inquietaba mucho más. Había sufrido en sus carnes la sensación de tener miedo de alguien cuando normalmente, era ella la que lo inspiraba. Esa chica...la había mirado con una frialdad mucho mayor a la que ella solía utilizar. En sus ojos había un sufrimiento muy parecido al que ella tuvo que llevar a sus espaldas desde muy pequeña. No había ni un atisbo de compasión, de alegría, de vida...era como si...como si...como si estuviera muerta.
Era extraño, que el mero hecho de haberla mirado a los ojos la hubiese dejado tan débil. ¿Por qué parecía que su energía se había agotado en un instante¿Por qué ahora se sentía tan débil que era incapaz de caminar sin sentir un terrible mareo asolándole el cuerpo?
Se levantó del alfeizar de la ventana y tuvo que sostenerse a una silla, jadeando, puesto que su cuerpo amenazaba con desfallecer. Notó como se estremecía. Era como estar dentro de su propia pesadilla, la pesadilla de su vida que había superado, que sabía que había relegado a un segundo plano. Y sin poder evitarlo, como había ocurrido antaño, caminó hasta al baño y se dejó caer al suelo, vomitando. Lanzaba por la boca, por cada jadeo, por cada suspiro, la angustia que sentía por dentro, una angustia que se había generado al ver a aquellos chicos, que no conocía, que no había visto en su vida y a los que, irremediablemente, tendría que dar clase. Por un momento, estuvo tentada de pensar que eran los enemigos que amenazaban con destruir la fe en el mundo y en consecuencia, a Harry y que aquello que sentía en aquel momento, no era más que un aviso que le estaba dictando su parte arcángel, la parte, que debía proteger a Harry Potter por encima de todo. Un sacudida en todo el cuerpo, le hizo pensar que su protegido no se encontraba mucho mejor que ella en aquellos instantes.
Limpiándose la boca con la manga, Christine se levantó del suelo con gran esfuerzo y caminó tambaleándose, hasta la mesa de escritorio, dejándose caer en la butaca y cerrando los ojos.
Pasaron unos minutos hasta que notó una sombra enfrente suyo, pero al reconocerla, se quedó estática en esa postura. Unos cálidos labios le besaron la frente y una figura se apoyó en la mesa del escritorio, de brazos cruzados y pasándose una mano por la cara, con cansancio.
-¿Quieres pasar la noche aquí?- susurró Christine, todavía con los ojos cerrados y en la misma posición. Lupin no se sorprendió de que ella estuviera despierta, la conocía lo suficiente para saber que siempre estaba en alerta.- Alan está dormido en la cama.
-Será lo mejor.- murmuró el hombre desprendiéndose de la capa que llevaba por encima de la túnica y dejándola a un lado.- Mañana empezamos muy temprano y es el último día de vacaciones para Harry, puede que quiera pasarlo con Ginny.
-Harry está en Hogwarts todavía.- suspiró Christine abriendo por primera vez los ojos y levantándose de la butaca para acercarse a su marido, del que se quedó a sólo unos centímetros de distancia.- En la situación en la que se encuentra...es normal que los recuerdos le invadan...- Lupin asintió en silencio y se quedó observando a la mujer detenidamente, sin descruzar los brazos. Ella tampoco añadió nada más, eran unos de sus silencios, de esos en los que eran capaces de adivinarse los pensamientos, de sentir lo que había en el otro, como cuando eran pequeños y se tumbaban en el césped cerca del lago, uno sobre el otro, callados, disfrutando de ese momento. El matrimonio, no había roto la buena relación entre Lupin y Christine, la había afianzado, había creado un vínculo mucho más fuerte en la que una mirada, un gesto, un susurro era capaz de crear un entendimiento mutuo.
-Chris...- el hombre colocó una mano en las pálidas mejillas de Christine y acarició su piel dulcemente. Ella se estremeció. Habían pasado los años, pero Lupin continuaba creando esa sensación que rompía cualquiera de sus barreras, que la dejaba desnuda, indefensa para que pudiera leerla como si de un libro abierto se tratara.- Tienes mala cara...- la mujer se mordió el labio inferior y se dio la vuelta bruscamente, retirando el contacto rápidamente. Lupin bajó la mano y le miró la nuca, seriamente. Sabía que a Christine no le gustaba que la vieran vulnerable, pero él luchaba constantemente contra esa máscara que ella solía ponerse, en los momentos más difíciles.- Christine no es necesario que me cuenten lo que ha ocurrido en el Gran Comedor para averiguar que te ha afectado muchísimo...
-No quiero hablar de eso.- replicó la mujer sin dejar de darle la espalda. Le hubiese gustado que su voz no se quebrara al expresar las palabras. Lupin no respondió. Cerrando los ojos brevemente y mirando al techo, bordeó el escritorio hasta llegar a los cajones y abrió el último de ellos. Le costó unos segundos coger un pequeño objeto y regresar donde estaba su mujer. Pese a que ella continuaba rechazando el contacto visual, el hombre le tendió un pequeño frasco con un líquido incoloro y se encaminó hacia la habitación de matrimonio, sin decir una palabra más.
Christine apretó los puños con rabia, pero acabó por abrir la poción y bebérsela de un trago, lanzando el frasco a una papelera que había debajo del escritorio. Sabía que Lupin detestaba esa apatía con la que se mostraba, sabía que no podía soportar verla sufrir y que ella guardara silencio, que le hacía pensar que había perdido su confianza. Pero no podía mostrarse distinta, no podía, sencillamente, flaquear en aquellos instantes, no ahora que estaba preparada para afrontar lo que se les venía encima.
Ignorando la sensación que aquellos chicos habían infundido en ella, se alejó del escritorio, caminando hacia la habitación también. Igual que Harry con Ginny, a Christine tampoco se le olvidaría jamás la imagen que tenía frente a sus ojos, precisamente, porque no la volvería a ver nunca más. Lupin arropaba a un Alan todavía durmiendo, mientras le acariciaba el cabello dulcemente y le susurraba palabras al oído, como si se tratara de su padre biológico.
-Perdóname...- le susurró sentándose en la cama y abrazándolo por detrás, dándole un beso en el lóbulo de la oreja. Lupin suspiró y le cogió las manos que Christine tenía puestas en su pecho, jugueteando con sus dedos.
-¿Quiénes son y porqué te han afectado de esa manera?- la mujer retiró los brazos del pecho de su marido y se acomodó en la cama, repitiendo en su cabeza las palabras que el director le había dicho hacía tan solo unos minutos, después de que ella le confesara que se había sobresaltado al ver la frialdad de los ojos de aquellos dos individuos.
-Dumbledore dice que son dos estudiantes de Aurología nuevos...no sé, quizás me he sentido identificada con ellos...no te sabría explicar Remus, pero el caso es que no tienen familia...siempre han vivido solos...
-No creo que ellos se sintieran identificados por la forma en la que te miraban, Chris.- refutó Lupin. Se levantó algo bruscamente de la cama y fue hasta el armario ropero, quitándose la túnica por el camino y revelando una perfecta musculatura.
-De igual forma...- murmuró Christine quitándose la camiseta también.- Yo no sentí esa rabia que ellos podían tener hacia mí...y es la primera vez que me pasa con alguien que normalmente, me muestra desprecio.
-Está bien...- susurró Lupin cerrando la puerta del armario, convocando una cama pequeña al lado de la de matrimonio, tomando a Alan en brazos y acostándolo, procurando que no pasara frío y por último, metiéndose él también en la cama grande, donde Christine se acababa de arropar.- Ahora descansa...mañana nos espera un día muy duro.- el hombre dio un golpe de varita y la habitación quedó totalmente en penumbra.- Chris...- dijo al cabo de un rato, ella gruñó en señal de que lo había escuchado.- Te quiero...- Christine forzó una sonrisa y besó a su marido en los labios, pero no respondió. Acababa de colocarse una nueva máscara de frialdad, una, que en aquella ocasión, ni Remus Lupin podría atravesar.
-¿QUÉ HUBO QUÉ!
-Shrrisss. Harry, baja la voz, vas a despertar a mi hermana...
Eran más de las tres de la mañana. Hacía unos quince minutos que Harry había regresado de dejar a Heka en casa y se había encontrado a Ron y a Ginny en su casa vacía. Probablemente, sus padres habían decidido pasar la noche en Hogwarts. Ginny estaba agotada y no había tardado en quedarse dormida en el sofá y Ron había sido el encargado de poner al corriente a su mejor amigo de la reunión de la Orden del Fénix que se había efectuado la noche pasada. Como Harry no había sido informado ni por Christine ni por Lupin, estaba furioso y se paseaba de un lado a otro del salón, pasándose una mano por su pelo largo y revuelto.
-Te juro que no me lo puedo creer, por más que intento no me lo puedo creer.- Harry hablaba casi a gritos caminado enérgicamente. No estaba dolido, estaba furioso. Ron lo observaba desde su posición en el sofá, con aprensión.- ¿Qué coño tengo que hacer para que me cuenten las cosas¡Joder, derroté a Lord Voldemort!- su amigo asomó una mueca de disgusto al oír aquel nombre.
-Mira, ni Ginny, ni Hermione, ni yo fuimos.- aclaró Ron poniéndose en pie y tratando de calmar a su mejor amigo, que amenazaba con lanzar el primero jarrón que le cayera en las manos.- De hecho, Hermione ni siquiera lo sabe y a no ser que Dumbledore nos llame para entrar en la Orden, no se lo pienso decir.- el chico bajó la cabeza ligeramente y Harry, por primera vez, dejó de caminar como un descosido para tranquilizarse. Entendía como debía sentirse su amigo.
-Estoy de acuerdo...- asintió, dándole a Ron una palmada en la espalda.- Dejémosla al margen y quizás Ginny y tú también os deberías retirar, pero yo no puedo. Si hay una nueva amenaza...me necesitarán.- hablaba de una forma tan esquiva, que Ron no se percató que Harry se había puesto tan nervioso, precisamente, porque él sí sabía el motivo de la reunión y temía lo que Christine y Lupin pudieran haberle contado a Dumbledore.
-Mi madre no me contó mucho.- suspiró Ron restregándose los ojos y mirando de reojo hacia donde estaba su hermana, que continuaba profundamente dormida.- Sólo nos dijo que hay alguien que está reuniendo a antiguos grupos de mortífagos y que va por ahí matando a cardenales.
-Lo suponía.- masculló Harry entre dientes golpeándose una mano con el puño.- Salió en el Profeta, pero no sabía nada de que andaba recuperando a antiguos seguidores de Voldemort.
-No digas ese nombre.- dijo Ron entre dientes.- me produce escalofríos.
-¡Está muerto!- rugió Harry dándole una patada a una silla y produciendo un gran estruendo. Ginny se removió en el sillón incómoda, pero no se despertó, debía tener mucho sueño. El rostro de Ron se había apagado como una cerilla y se había puesto muy pálido. Harry, que jadeaba a causa del esfuerzo, se dio la vuelta hacia la silla, extrajo su varita mágica y tras musitar un "Reparo", el mueble se recompuso. Agotado, con la cabeza llena de imágenes y el corazón en un puño, se dejó caer sobre ella, derrotado. Estaba harto de que el fantasma de Voldemort lo persiguiera allá a donde iba, harto de tener que vivir con una cruz a sus espaldas por las secuelas de aquella batalla.
-Habla con Christine y Remus...- musitó Ron seriamente, que al contrario que su amigo, no se había inmutado para nada. Tomó las llaves de su casa, se echó la cazadora por encima y se encaminó hacia la puerta de salida. Harry lo vio caminar y se sintió muy mal. Su mejor amigo había cambiado mucho y a mejor y parecía mucho más dolido que enfadado. Le fastidió mucho más que Ron no le hubiera enchufado un puñetazo que el hecho de que se marchara cabizbajo y apático. Y mucho más, cuando su cabeza le recordó una vez más, que no quedaban muchas oportunidades de volverlo a ver.
-Ron...- murmuró, haciendo que su mejor amigo se detuviera, con la mano puesta en el picaporte de la puerta.
-Buenas noches, Harry.- se despidió el pelirrojo. La puerta se cerró y el ruido retumbó en los oídos del chico como si le hubiesen robado una parte de sí mismo. Escuchó el sonido de un motor encenderse y de la gravilla debajo de las ruedas de un automóvil y supo que su amigo no pasaría la noche en su casa, probablemente, ni siquiera dormiría.
Harry se dejó caer en el sillón nuevamente, mirando como dormía su novia y la encontró mucho más bella de lo que la había encontrado jamás. Quizás era, que desde su perspectiva las cosas se valoraban mucho más y ahora, tener a Ginny a su lado le parecía el mayor de los regalos, un regalo, que como todos en la vida, tendría su final.
Suspirando, rebuscó nerviosamente entre el bolsillo de su camisa hasta dar con una cajetilla de cigarrillos. Extrajo uno y lanzó los demás a la mesa del comedor. Abrió la puertas que daban al jardín y salió a pasear entre la negrura. La luz proveniente de las estrellas, iluminaba su camino. Se dejó embargar por ellas, por el frío de la noche de principios de Septiembre, por el humo que su cigarrillo desprendía y por el olor a césped mojado.
Se sentía prisionero del viento, de la luna, de las propias estrellas. Christine le había hablado de las estrellas muchas veces, le había contado cosas que Sirius le había dicho a ella; pero Harry no creía en ellas. Lo único que tenía presente es que la estrella Sirio, que aquella noche brillaba más fuerte y más radiante que nunca, tenía un significado especial para él, por ser la que portaba el nombre de su padrino.
Pero Harry no creía en el destino, no creía que ellas tuvieran las respuestas escritas en esas luces tan bellas que desprendían, Emy le había enseñado que se podía cambiar el propio destino y Harry, desde el primer momento, había creído en ello.
De hecho, estaba enfadado, enfadadísimo con su padrino, porque le había hecho regresar a un mundo donde sólo estaba condenado. Le había regalado cinco años de paz y felicidad, sí, pero se los había vuelto a arrebatar. ¿Por qué Sirius le había hecho regresar y le había dicho que le quedaban muchas cosas por vivir para condenarlo al sufrimiento de morir teniendo entre sus manos todo lo necesario para ser feliz?
-¡Dijiste que siempre estarías ahí para cuidarme!- le gritó al cielo escupido de estrellas.- ¡Pero me mentiste!- Harry arrojó su cigarro consumido a una papelera que colgaba de una cerca y conjuró con su varita un vaso lleno de Whisky de Fuego. Lo tomó tembloroso entre sus manos y dio un trago largo, haciendo una mueca de asco. Le ardía la garganta. Desesperado, pero con los ojos brillándole con intensidad, vetados en tonalidades oscuras, se dejó caer al suelo de rodillas, siendo salpicado por el líquido de su vaso.- ¿Por qué no me dejaste quedarme contigo si luego el destino iba a volver a arrebatarme la vida¡Por qué me dejaste volver si sabías que sólo estaba siendo mantenido por una energía que no era infinita¡Si estaba muerto!- apretó tanto el vaso de Whisky con sus dedos, que éste estalló en mil pedazos y le produjo pequeños cortes sangrantes en la mano. No obstante, no le importó. Hundido en su dolor, en su desesperación, en la carga que llevaba sobre sus espaldas, susurró al cielo:- Me prometiste que nos volveríamos a ver...pero nuevamente, Sirius, era mentira...- cuando bajó la cabeza y su sangre chorreó hasta mojar el césped, la estrella Sirio brilló con mucha más intensidad. Harry no se percató, pero tres personas ajenas a esa imagen, sí que pudieron percibirlo.
Hacía frío en la vieja cabaña del guardabosques. El fuego de la chimenea estaba encendido, pero la ventana abierta dejaba traspasar el helor de la noche. Las llamas bailaban una danza uniforme y dibujaban esos movimientos en los ojos azules de una chica que estaba sentada frente a ellas.
Anya movía su muñeca derecha en círculos, mientras tatareaba una vieja canción que le habían cantado de niña. Hacía mucho que no había escuchado la voz de la persona que la cantaba, pero le gustaba recordarla, porque a su vez, también le traía recuerdos de su madre. Cuando la vieja señora susurraba aquella dulce melodía, parecía inspirar una fuerza acogedora para aquellos que escuchaban el canto, para aquellos, que estaban eternamente perseguidos.
-"No sé si podrás oírme...no sé si estás ahí...mi oración es tan humilde como hablarte a ti...que dios ayude con su piedad a los proscriptos en su soledad...toda mi gente en ti confiará danos tu mano o nadie lo hará...no pido nada sólo seguir...pero hay quien no puede apenas vivir...dale a mi pueblo tu bendición...guarda esos hijos en tu corazón..."
-¿Puedes dejar de tatarear esa estúpida canción?- bramó una voz a sus espaldas. Anya se encogió y se asustó cuando el chico lanzó una rama de madera al fuego, bruscamente.- No sé como puedes creer en esas estúpidas creencias...como puedes seguir confiando en ellos...manteniendo las costumbres de un pueblo que está muerto...
-Basta Orión.- le interrumpió Anya sin elevar la voz. Continuaba manteniendo los ojos puestos en el balanceo de las llamas.- Mientras haya fe, yo creeré en ello.
-¿Qué fe?- Orión lanzó una carcajada cruel mientras la miraba con amargura.- Eso ya no existe y tú bien lo sabes. Ha desaparecido. ¿Para qué continuar viviendo en el pasado¿Para qué aferrarte a unas costumbres, a unos dichos que están muertos? Tu niñez, la mía, la de las personas a las que quisimos ya no existe. ¡Estoy harto de que continúes presa del maldito pasado y no mires hacia delante, que no pienses que eso ya no existe, que ha quedado atrás y que te guste o no, lo único que tenemos es esto!- Orión se había ido acercando mucho a la chica hasta gritarle en la cara y Anya, que no era una persona a la que le gustara levantar la voz, se había tragado todo eso sin detenerlo.- ¡Joder, di algo!- el chico se pasó una mano por el pelo y se tocó la cicatriz que poseía en el rostro, instintivamente.
-No voy a renunciar a mis recuerdos, a mi pasado...- dijo Anya en un tono tan duro y tan frío que superaba con creces al del chico.- Una cosa es actuar como lo estamos haciendo, tomar medida de nuestras responsabilidades y otra muy distinta es que me pidas que olvide lo que significan para mí esas vivencias, esos momentos...no, Orión, estás equivocado, yo no soy como tú.
-¿Y cómo se supone que soy yo?- inquirió el muchacho. Le había cogido la barbilla con una mano y ahora apretaba un tanto los dedos, haciendo que la piel pálida de la chica se enrojeciera levemente. No obstante, Anya no mostró ningún signo de dolor.
-Ver a Harry Potter te ha afectado muchísimo por mucho que tus ojos se oscurezcan, Orión.- replicó la chica con dureza y Orión presionó mucho más sus dedos. Anya cerró un ojo en un signo involuntario de dolor.- Tienes que vencer al Ángel Negro...no quiero que la historia se repita...- el chico, con una dureza y una muestra de gelidez en la mirada, soltó bruscamente la barbilla de Anya y caminó hasta la ventana sin disculparse ni demostrar ningún signo de preocupación por como se había comportado. Ella se frotó la rojez que le había salido en la cara, pero tampoco le dio importancia.
-No lo haré.- respondió con indiferencia.- Me hace ser más poderoso, me ayuda a controlar mejor mis emociones. Si quiero ganar debo ser como él...
-Estás tomando esto como algo personal.- replicó Anya.
-¡Es algo personal, maldita sea!
-Orión, es más poderoso que tú y lo sabes. Te matará.- el chico se giró bruscamente hacia ella y la fulminó con la mirada. Sus ojos se habían oscurecido mucho más que antes.- No quiero perderte...- añadió Anya, mostrando por primera vez preocupación y debilidad.- No quiero perderte como lo perdí a él...por favor...no dejes que la oscuridad te consuma...que te ciegue el odio...Orión no dejes de ser el de siempre conmigo...
-Ganaremos esta guerra.- aseguró el muchacho evadiendo totalmente las palabras de su compañera y taladrándola con los ojos. Tras lo que le había dicho la chica, sus ojos habían recuperado un poco su tonalidad grisácea.- Y cuando lo hagamos, podremos ser felices para siempre.- Anya bajó la cabeza y asintió, cerrando los ojos con algo de angustia. No sabía porqué, pero tenía un mal presentimiento. ¿Y si fracasaban¿Y si no lo lograban?
-No sé si podré resistir muchos más encuentros como este...- la chica se dio la vuelta bruscamente y caminó hacia la ventana, donde la luz de las estrellas la bañó por completó.- Me resulta demasiado difícil mirarla a la cara después de lo que pasó...ella, por supuesto no sabe nada, pero yo no olvido...
-Lo harás.- Orión la había tomado del brazo fuertemente. Había cambiado demasiado desde la última vez y Anya podía sentir toda la determinación dentro de sí misma. Por algo era...su protegido.- Porque sabes lo que hay en juego.
-Está bien.- suspiró la chica ladeando la cabeza. Orión la soltó y caminó hasta una butaca, para dejarse caer sobre ella, sin mostrar ningún gesto de cariño de los que solía efectuar. Fang, que había estado dormitando y tranquilamente tirado sobre la alfombra, se acercó a la muchacha para que lo acariciara. Anya le sonrió y le rascó por detrás de las orejas recordando viejas historias del tedioso pasado.
En ese momento, el aire entró a ráfagas fuertes por la ventana y les golpeó directamente en la cara, mientras que una luz cegadora iluminaba el cielo unos instantes. Rápidamente, Orión se puso en pie y corrió hasta el alfeizar de la ventana, Fang saltó detrás de él y comenzó a ladrar ruidosamente mientras Alya retrocedía unos pasos hacia atrás, observando el espectáculo. Ambos arcángeles sintieron una sacudida muy fuerte en su interior, mientras observaban como la constelación de Canis Major dibujaba perfectamente en el cielo, la forma estelar de un perro y la estrella más brillante de la Constelación, Sirio, les daba una cálida bienvenida, iluminando el cielo con su grandeza, con su destreza, con su magnitud.
-¿Qué está pasando?- titubeó Orión al sentir esa sacudida tan extraña por todo su cuerpo.
-No lo sé...- Anya se sujetaba la cabeza con las manos, incapaz de controlar las emociones que asolaban su mente. Y entonces, cuando parecía que el cielo iba a estallar en relámpagos, la luz se apagó y el dibujo desapareció del firmamento, regresando todo a la normalidad. Los dos chicos se miraron sorprendidos e inquietos y una tercera persona, a muchos kilómetros de distancia, había sentido exactamente lo mismo.
Caminó por la blanca estancia con los brazos en cruz emitiendo unas palabras de magia antigua, que muy pocos alcanzaban a comprender. Su poder había llegado a un punto máximo en una escala en la que su cuerpo sufriría las consecuencias en un futuro inmediato, pero no le preocupaba. Le había hecho falta el uso total de todas sus capacidades para aportar una energía lo suficientemente poderosa para llevar a cabo el ritual.
Unas figuras, que habían emergido de entre la blancura, cuyos ojos parecían tener colores indefinidos, se detuvieron ante ella, con una expresión indescifrable en el rostro.
-Ya está hecho.- susurró la primera figura, que había aportado casi todo su poder.
-Ahora nos queda poner nuestra fe en el destino. Su encuentro es nuestra única esperanza...- susurraron las demás al unísono y todas ellas observaron el espectáculo que dibujaba el cielo estrellado.
De nuevo ese rostro martirizando sus pensamientos, de nuevo aquella multitud de luces volando en varias direcciones, de nuevo esos ojos mirándolo como nadie le había mirado hasta entonces. No podía soportarlo, no podía continuar dibujando en su rostro la figura de aquel hombre que daba la vida por él. Se le revolvían las entrañas.
¿Cómo podía su madre haberlo reemplazado con tanta facilidad¿Dónde estaba ella en esos momentos? Él la estaba llamando...lloraba dentro de aquel cuerpo de bebé y la llamaba...pero la mujer fría que representaba Christine para él no había acudido...
Y luego estaban esos ojos grises, esos ojos que inspeccionaban la estancia un segundo antes de que su vida se apagara de nuevo, de que su vida se esfumara como el humo...después, la nada y la sensación de volver a nacer. Pero entre todo aquel remolino de imágenes, de colores, estaba esa voz...Esa voz que le hablaba y le repetía aquellas palabras...
-Mira la mentira en la que vives...observa el momento en el que se acabó tu vida y la de la única persona en el mundo que se preocupaba por ti...ellos te han engañado...ellos acomodaron su existencia haciéndote creer que eras parte de una familia que no existe...abre los ojos Alan Rice...abre los ojos...
Alan se incorporó en la cama bruscamente y jadeando. Sentía como el ritmo acelerado del corazón le golpeaba en el pecho a una velocidad vertiginosa. La estancia estaba a oscuras pero eso no era un problema para él...podía ver en la oscuridad. No estaba en su habitación, se encontraba en un lugar que no conocía y en una cama que no era la suya. Poco a poco, las imágenes fueron agolpándose en su mente. Se había quedado dormido en Hogwarts y al parecer, sus padres habían decidido pasar la noche en el colegio, puesto que dormían en la cama de matrimonio. Alan sintió ahorcadas al verlos abrazados el uno contra el otro. Por un momento, su mente, esa voz, le instaron a ir a romper esa estampa de familia feliz que fingían ser, esa mentira...que habían anidado en su interior tanto tiempo atrás.
"Destruye al hombre que ocupó el puesto de tu verdadero padre" "Destrúyelo Alan" "Mátalo"
Aquella voz le taladraba los oídos, empujaba a sus instintos, le corrompía el alma. Escucharla, significaba tener un menor control de su cuerpo, de sus emociones; transformar el color natural de sus ojos azules en una tonalidad mucho más oscura. Sin saber cómo lo hacía, se revolvió entre las sábanas, bañado en sudor, y se puso en pie. Tambaleándose y con la respiración agitada logró acercarse hacia la cama donde dormitaban sus padres.
"La espada Alan...coge la espada..."
Alan se giró hacia la cómoda. Allí, reposaba la reluciente espada que su madre siempre llevaba encima, la que había surgido de su interior al darse cuenta de sus responsabilidades como arcángel. El niño se acercó y la rozó con sus dedos. La espada brilló unos instantes y tintineó como molesta de que no fuera utilizada por su propio amo, pero al reconocer la misma sangre, la misma energía en los dedos del chico, sucumbió ante sus manos.
Alan la alzó hacia el techo unos instantes, observándola detenidamente. Podía manejarla a la perfección, había recibido la instrucción adecuado desde los tres años, era uno de los entrenamientos que Christine le había impuesto primero. Era capaz de deslizarla entre sus dedos y hacer un corte rápido y extremadamente preciso sin sentirse torpe ante el peso del arma. Como todo arcángel, había nacido para ello.
Sintiendo la emoción que sólo da el poder entre tus manos, Alan se dio la vuelta y caminando descalzo y de puntillas, regresó cerca de la cama donde dormían sus padres. Los observó un instante. Podía escuchar atentamente la respiración pausada de Lupin y las venas de su cuello era perfectamente visibles. Incluso, para su mayor comodidad, tenía la cabeza algo estirada, dejando el perfecto espacio entre la cara y el cuerpo. Un solo tallo y...
"Deshazte de la mentira en la que vives" "Mata a aquel que se interpuso entre tu padre y tu madre" "Mátalo, Alan"
Su corazón comenzó a latir aceleradamente. La excitación se hacía mucho mayor cuanto más se acercaba al hombre, cuando más podía oler su vida y saber que estaba en sus manos. La sangre le hervía en las venas, le salpicaba el alma. Y sus ojos se llenaron de oscuridad. Había olvidado quien era, había olvidado que Lupin lo había estrechado entre sus brazos infinidad de veces, había olvidado que no estaba solo, que su familia lo había querido...Ya no podía recordar. Una venda le había cubierto los ojos y le había visto obligado a sentirse vacío, desamparado. No recordaba los momentos en los que había paseado por el pueblo de la mano de su madre, no recordaba a Harry enseñándole a jugar al quidditch, no recordaba a Lupin explicándole el porqué del color tan característico de Ares. En realidad, Alan ni siquiera se recordaba a sí mismo. No sabía quien era ni porqué estaba ahí. No sabía si estaba vivo o muerto, si era la realidad o una ilusión aquel momento, si sus manos sostenían una espada o el peso de una venganza. Se había perdido a sí mismo. Lo único que le interesaba, lo único que le llamaba en aquel instante era asesinar a sangre fría su pasado, su mentira, su dolor...
Levantó la espalda al cielo y apretó los dientes. El arma bajó con una rapidez increíble hasta el cuello del hombre, realizando un silbido al cortar el aire. Alan abrió los ojos porque eso era lo único que había alcanzado a cortar la espada de Christine, el aire...
Una fuerza invisible había detenido el arma justo a unos centímetros de la piel blanca de Remus Lupin y esa fuerza, le impedía continuar avanzando. Con todas sus fuerzas, forcejeó, pero le fue inútil el esfuerzo, puesto que no descendió ni un milímetro más. Confuso, levantó la espada y la miró atentamente. No había en la habitación otra fuerza mágica que lo estuviera reteniendo, entonces...¿qué había ocurrido?
La respuesta golpeó su mente atropelladamente. La espada no había querido avanzar. Esa espada, contenía una milésima parte de la energía de Christine, estaba fabricada de su fuerza, de su poder, de su corazón...contenía los sentimientos de su madre y en consecuencia, contenía el amor que sentía por Lupin. La espada se había negado a propinar cualquier daño tanto físico como emocional al hombre.
Derrotado, Alan la dejó en la misma posición en la que la había encontrado. En ese momento, la luz de las estrellas entró a raudales por la ventana. El niño observó como el cielo dibujaba la forma perfecta de un perro y sin saber porqué, se sintió más desesperado todavía.
Nuevamente, la voz le habló dentro de su cabeza.
"Mátalo...halla el modo...destrúyelo..."
Alan se aproximó de nuevo a la cama de sus padres y se miró las manos, dispuesto a descargar energía, pero entonces, la luz que provenía del cielo, que provenía de Sirio, le inundó por completo y el niño fue capaz de escuchar unas palabras que su madre le había dicho hacía mucho tiempo.
"El poder corrompe"
En ese momento, los ojos de Alan recobraron su azul característico. Todavía jadeó más deprisa. ¿Qué le había ocurrido? Se hallaba sentado en su cama con el corazón latiéndole aceleradamente. La luz se apagó y Christine se removió inquieta en su cama, abriendo los ojos hasta despertarse. Encontró a su hijo sentado y con la mirada algo confusa y enarcó una ceja.
-Qui evenit?(¿Qué ocurre?)
-Nihil...(nada)- tartamudeó Alan. La barbilla le temblaba ligeramente.- Yo...tengo sed...- Christine se levantó de la cama, con cuidado para no despertar a su marido y con su varita conjuró un vaso de agua. Se acercó a la cama de su hijo, se sentó a su lado y se lo tendió. El niño se lo bebió de un trago. La mujer, preocupada por ese comportamiento le pasó una mano por la frente, besándole los cabellos.
-Bene ets?(¿estás bien)- le preguntó dejando el vaso ya vacío sobre la mesita de noche. Alan asintió y dejó que Christine lo estrechara contra su pecho sin decir ninguna palabra. Se sentía confuso.- Venga, a dormir que mañana nos espera un día duro.- la mujer lo acostó en la cama, arropándolo bien y tras darle un nuevo beso, regresó ella misma a la suya. Alan no tardó ni dos minutos en quedarse profundamente dormido y para cuando lo hizo, ya no recordaba nada de lo que había sucedido.
Ian lanzó un grito desgarrador al cielo. La estancia en la que se encontraba, afincada en la más remota profundidad de la guarida de los Templarios, estaba infestada en humo espeso, que provenía de un caldero de una tonelada de peso, donde bullía un líquido ardiente y verdoso que lanzaba burbujitas de colores al aire. Levitando por encima de él, había una vieja fotografía de un niño pequeño, de unos meses de edad.
Ian Lewis había estado viajando durante los últimos cinco años y no había perdido la oportunidad de reunir la capacidad necesaria para obtener todo aquello que se proponía. Y lo que se había propuesto era averiguar todo lo relacionado con la existencia del niño que le había robado la victoria a su señor y a él mismo: Harry Potter.
Había sobornado, manipulado, matado por lograr alcanzar esa información y ahora tenía en su poder no sólo esa información, sino también el misterio que rondaba por la cabeza de su señor: el poder oculto del niño que había asesinado la misma noche en que murieron los Potter: Alan Rice.
Y había entendido porqué su señor había manifestado tal interés por ese diamante en bruto. Y el haber averiguado, casi por casualidad, que de alguna manera ese niño había regresado, había sido uno de los mayores tesoros que poseía entre sus manos, de hecho, desde entonces, había ideado un plan infalible, que no sólo terminaría con la vida de Potter y de toda su familia, sino que le proporcionaría un poderoso aliado, un aliado, que sería su mano derecha para la destrucción de la humanidad.
A Ian no le interesaba reinar en un mundo de sangres limpias, sino destruir ese mundo precisamente. Deseaba la nada. Empezar de cero, remodelar todo aquel vacío que la vida injusta le había golpeado. Borrar toda existencia y convertirse en un Dios, pero un Dios de verdad, capaz de crear personas como quisiera, animales como quisiera, criaturas como quisiera...un Dios verdadero, no aquel que había condenado a su familia después de que ésta le hubiera estado guardando el mayor secreto de todos los tiempos.
Pero su plan acababa de frustrarse en un momento y tendría que empezar de cero una vez más. Había realizado una de las pociones más complicadas de magia negra, una de esas que había aprendido durante sus viajes y había logrado introducirse en el mundo de los sueños del niño, manipulando sus sentimientos, aflorando su odio, su sed de venganza. Había estado muy cerca de alcanzar la primera parte de su triunfo, puesto que era la más complicada. La segunda sería ridículamente sencilla. Pero en aquellos momentos, Remus Lupin debería estar muerto y algo lo había impedido.
Furioso, arañó las paredes de piedra con sus largas y negras uñas y aulló en ira. Las rocas chirriaron bajo su desgarre. La piel se le estiró bajo el contacto tan rudo y se produjo unas heridas sangrantes. Pero hacía mucho tiempo que había dejado de sentir. Ese pequeño dolor físico no era nada comparado con el que había padecido.
-Maldito mocoso...- siseó con una profunda voz ronca.- la próxima vez no te librarás...
-Ian.- una voz que provenía del túnel que llevaba a otras cavernas lo sacó de sus pensamientos. Lucius Malfoy caminaba hacia él con su pelo desgreñado y la túnica ajada, pero mostrando su habitual postre. Traía una sonrisa de satisfacción en los labios.- Hemos encontrado la manera.- sonrió misteriosamente y Ian, con un gesto de cabeza, lo invitó a acercarse mucho más a él, al lado del caldero, donde todavía bullía la poción, ahora inservible.
-¿Y bien?- inquirió alzando una ceja. Odiaba la espera.
-Está en Azkaban y tiene nombre y apellido...- se limitó a decir Malfoy.- Es perfecto.
Ginny removía su taza de café por inercia, mientras mantenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en una de sus manos, dando tumbos. Llevaba el pelo suelto y despeinado, un camisón blanco y largo y parecía mucho más dispuesta a librar una batalla contra su almohada que contra las clases que tendría que afrontar en su primer día de colegio.
Harry bajó los escalones de dos en dos, con el pelo chorreando de agua, la camisa mal abrochada y con el cepillo de dientes metido en la boca, mientras se subía la cremallera del pantalón.
-Carinyo...llegaguemos targue...- al ver que Ginny había abierto un ojo ligeramente y le miraba con expresión de no entender nada y con una ceja alzada, se sacó el cepillo de la boca, se apuntó con la varita y tras murmurar algún tipo de encantamiento, corrió al fregadero y escupió la pasta totalmente centrifugada. Se secó la boca con la manga y se giró hacia su novia, ahora sí, vocalizando con soltura.- ¡Ginny que no llegamos¡Joder mira la hora que es!- la chica, con desgana, levantó la mirada hacia el reloj de pared que colgaba en la cocina y bostezó ruidosamente, tapándose la boca con una mano.
-Bueno, pues llegaremos a segunda hora...total, ayer miré mi horario y la primera clase era con Snape...- Harry abrió la boca, sorprendido por la calma con la que su novia se tomaba hacer "campana" en el primer día de curso y se sentó a su lado sin podérselo creer.
-Pero...¡Joder, yo tenía Ocultación y Disfraces con McGonagall!- en ese momento, la puerta de acceso al jardín, que estaba en la cocina, comenzó a hacer un ruido metálico y la cerradura dio la vuelta para dar paso a una Hermione totalmente despierta y radiante y un Ron detrás suyo con el pelo mojado, igual que Harry y las marcas en la cara que producen los pliegues de la sábana.
-Buenos días.- saludó Hermione entrando por la cocina como Pedro por su casa. Los cuatro tenían llaves de todas las casas de sus amigos. Se sentó al lado de Ginny y ésta la saludó con la mano, aguantando un nuevo bostezo.
-Traigo churritos.-aportó Ron que traía la misma cara de sueño que su hermana y dejó una bolsa con buen olor en el centro de la mesa. Harry los observó a los tres, todavía con la bragueta medio abrochada, el pelo chorreando y la camisa de malas formas y abrió la boca muy sorprendido.- ¿Qué?- sonrió su mejor amigo a modo de disculpa, mientras se restregaba los ojos.- No es la primera vez que nos saltamos clase...- Harry se cruzó los brazos y los miró a todos como recriminándoles, pero al final, acabó sucumbiendo y se sentó al lado de Ron.
-¿Has traído porras?- le preguntó rebuscando entre la bolsa. Todos los demás, soltaron una carcajada. Hermione fue la encargada de preparar el chocolate caliente, menos para Ginny, que le gustaba mojar los churros en el café con leche. La chica era una excelente cocinera y no era la primera vez que les preparaba la comida. Todo lo contrario a Ginny, que era incapaz de freír un huevo frito.- De Ron me lo esperaba...-comentó Harry mientras trataba de no mancharse la camisa con el chocolate.- Pero de ti, Hermione, jamás pensé que te saltarías una clase.
-No me la he saltado.- la chica dio un sorbo a su taza y se limpió la boca con la servilleta.- Pero en mi Academia empezamos un poco más tarde que en Hogwarts. ¿Lo has olvidado?
-Ya me extrañaba.- comentó Harry con una sonrisa ausente. Le parecía tan irreal mantener una conversación de ese tipo después de haberse puesto tan mal la noche anterior, que se pellizcó por si todavía estaba soñando. Eran aquellos momentos los que no deseaba perder. Tan tonto y estúpido como el hecho de compartir un desayuno con sus amigos, una conversación banal, unos churros con chocolate. Era simple, poco importante para cualquiera, pero para él valía su precio en oro. Sintió algo entre las piernas y se levantó bruscamente de la silla, propinando que la taza se le volcara en la camisa.- ¡Mierda!- exclamó apartándose la prenda del pecho, puesto que se estaba abrasando.
-¡Crookshanks!- era el gato patizambo de Hermione, con el pelo rojizo. Al parecer, se había colado por el jardín y había entrado sigilosamente.
-Bueno, voy a cambiarme...- suspiró Harry quitándose la camisa que había elegido para su primer día de colegio y revelando unos músculos marcados. Por un momento, parecía que los pensamientos de Ginny se habían perdido entre la piel morena de su novio y cuando sus miradas se cruzaron ambos pensaron lo mismo: "No podemos perdernos más clases".
-Lo siento mucho, Harry.- se disculpó Hermione, pero el chico hizo un gesto con la mano para que no se preocupara.
Cuando Harry bajó con una camisa, en aquella ocasión verde botella, sus amigos ya estaban listos. El chico agrandó su preciosa moto y se subió a ella con Ginny detrás.
-¿Seguro que no quieres que te acerque a la universidad?- preguntó Ron a Hermione por enésima vez.
-No, voy a aparecerme.- negó la chica y le dio un beso en la mejilla para despedirse.- dar recuerdos de mi parte a Troy, Heka y Neville. Algún día me pasaré a verlos...
-Sí, así nos saltamos más clases.- comentó Ginny alegremente, que después de abrocharse bien el casco se pegó a la cintura de su novio.
-¡Nos vemos!- una moto y un coche volador salieron surcando los cielos del Valle de Godric en dirección al colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Indudablemente, sería un curso inolvidable.
