N/A: Más vale tarde que nunca, dice el refrán. Hola gente, perdón por la tardanza. me encantaría que mi vida se basara en estar sentada enfrente del ordenador imaginando el fict, pero como no, no he nacido en la familia real como la infanta Leonor, pues me toca joderme y estudiar mucho y trabajar como una cosaca. pero ya estoy aquí, jajaja, y trataré de no tardar tanto la próxima vez. Espero que os guste el capi, a mí partcularmente me encanta. Por fin tenéis la primera clase entre Harry y Christine y un poquito de Ron y Hermione. Un besazo a todos!

Reviews:

Sara-llp: Olass! Bueno, hay que tener paciencia. Que haya dicho que en este fict habrá un Ron/Hermione no quiere decir que los vaya a poner a todas horas. Depende de si el capítulo lo requiere.

Absintheaddict: Olass! No te sientas mal mujer, no pasa nada. Yo entiendo que a veces cuesta dejar review, solo quiero que lo hagas cuando estés preparada o te apetezca, no me gustaría que lo hicieras a desgana. Pues..., no, no se trata de tortuoso, de hecho, Harry vivirá momentos de felicidad y la guerra se tomará de manera diferente, pero hay oscuros pasados, nuevos personajes misteriosos y mucho que perder, así que por eso será quizás algo más duro. A ver, actualizaré básicamente cuando vaya pudiendo, ajjajaaj. Estudio y trabajo a la vez y casi no tengo tiempo de nada, pero más o menos espero hacerlo al menos una vez por semana. Sí, en Hogwarts descubrirán la identidad de Harry tarde o temprano y lo de Orión...lo siento, para eso sí que tendrás que esperar. Besos!

D.Alatriste: Olass! Sí, se acerca el entrenamiento y veremos a una Christine..ummm, familiar, diría yo. Seguro que os suena, jajajaa. Bueno, la pelea con Ginny es normal, habrá más y ya verás el motivo. Besos!

Valerita: Olass! Gracias! Jaja, bueno, en realidad sufrirán todos, pero en este fict nos daremos cuenta de que pese a las claras diferencias de pensamiento entre Chris y Harry también están mucho más unidos y se complementan mejor. Umm, es normal la reacción de Ginny, ella lo pasó fatal en la anterior guerra. Harry no lo puede dejar todo, porque hacerlo significaría morir. Su vida depende de ganar la guerra. Besos!

Catalina: jajaj, ok, me alegro que lo entendieras. Besos!

Dany-Kanuto-Link: Olass! Gracias, me allegro que te haya gustado. Ufff, jaaj, me tomaré en serio tus amenazas, lo que pasa que para saber más sobre Orión todavía quedan bastantes capítulos, poco a poco se irá sabiendo. Besos!

Usagi-Chan: Muchas gracias! Jaja, tú siempre tan amable. Besos!

+Marita: Olass! Jaja, pues la verdad es que a veces yo misma me pregunto como hago todo a la vez. En fin, no sé, sacando tiempo de debajo de las piedras. Besos!

Kathy Chambers: Olas, jaaja, gracias, me alegro que te gustara. Sí, Harry frío me gusta mucho y es fácil de escribir. Besos!

Caliope Halliwell: Olass! Jaja, sí, mucho tiempo. Ya ves, no tardé nada en hacer la continuación. Umm, sí, ajjaja, tiene influencia del Código Da Vinci, pero no hace falta haberlo leído para enterarse, es más, salvo lo de los cardenales, ya no voy a meter mucho más en el fict sobre eso. Bueno, no es que Ian esconda nada realmente importante en las cuevas, solo que es un refugio casi inlocalizable. Jajajajajaj, no, por favor, Anya y Orión no son ni Draco ni Pansy, ajjajajajajajajajaja. Me gustan demasiado esos personajes como para ensuciarlos de esa manera. Sí, iré desvelando pistas poco a poco, pero de momento no puedo decir quiénes son. Paciencia. Me temo que romper fotografías será lo más cándido que haga Alan en este fict, así que prepárate, jajaja. Umm, sñi, habrá muchas batallas, creo que más que en la segunda guerra y más espectaculares puesto que entrarán en juego más arcángeles. Hermione...ya veremos qué pasa con ella. Besazos!

Pau: Olass! Lo siento, no pude actualizar en tu cumple, ajjaja. También es el de mi hermana ese día. Felicidades y espero que te guste el capi!

Lladruc: Aishh, com diria una meva amiga, memoria de peix, ajjaja, pero bueno, ja t'has enrecordat i va be. Jajajaj, et cauen malament els angelitos? Jajajajajjajajajaja, em deixes que rigui un rato? Jajajajaj, es que si sapiguesis qui son...aishh, millor no dic res. No, home, no, si no tocaràn a la Chris ni al Harry ni a ningú, ja voràs. Bueno, l'entrenament del Harry es amb la Chris i ja se sap, en ella es bastant difícil no patir. Be noi, et deixo, petons! Que t¡agrade el capi!

CAPÍTULO 10:ONE FOR ALL AND ALL FOR ONE.

(Uno para todos y todos para uno.)

Harry no había visitado el despacho del director desde el día de su graduación en Hogwarts. Durante su Séptimo y último curso, el muchacho había hablado en numerosas ocasiones con Dumbledore, sobre la guerra, sobre sus progresos, sobre como se sentía...Había reencontrado en el anciano la admiración que perdió en el Departamento de Misterios y en consecuencia, con la muerte de su padrino.

Había estrechado su relación con el director, pero aún así, había continuado manteniendo esa distancia, esa independencia que había nacido con su personalidad fría, una autosuficiencia que le impedía pedir ayuda, apoyarse más de lo debido, puesto que había tenido que luchar solo, que había tenido que aprender a no depender del resto del mundo, a sobrevivir...

Por eso, ahora aún cuando Christine y Lupin trataban desesperadamente de que comprendiera que el mal que se avecinaba estaba muy por encima de él, aun cuando él mismo lo sentía, su orgullo, su forma de ser y de actuar, le incapacitaban para apoyarse en un hombro amigo.

Quizás no era eso, quizás sólo estaba herido por las palabras que Alan había pronunciado el día que rompió sus recuerdos, avergonzado de saber que la Orden del Fénix, en esos instantes, sabía que era vulnerable, débil. Sentía una terrible desazón al estar cruzando el umbral del despacho del director y tener que alzar la cabeza para observar sus pequeños ojos azules, y decirle sin palabras, que había fallado, que Harry Potter había muerto junto con su peor enemigo, que Lord Voldemort había acabado por llevarse una parte de él, una parte que no regresaría.

Sí, su hermano lo había hundido en la desesperación que se sentía al saberse inútil, desprotegido, pequeño en comparación con esa fuerza que había sido capaz de reunir a los antiguos grupos mortífagos, que había sido capaz de llevarse la vida de centenar de cardenales. Quería gritar de rabia por ello, quería plantarse frente a Alan, frente a Christine, frente al mundo entero y decir en voz alta que él era Harry Potter y que poseía el poder suficiente para acabar con cualquier amenaza. Tal vez, en el fondo de su corazón, sí era algo arrogante, tal vez, sí se parecía realmente al recuerdo de su padre que vio en el pensadero de Snape, tal vez, se estaba comportando como Sirius Black al actuar de una forma tan impulsiva, porque después de todo, tenía casi la misma edad que su padrino cuando éste fue a matar a Peter Pettrigrew, cuando fue condenado a Azkaban...

Pero no le importaba. No consideraba importante recordar las palabras que la señora Weasley le dijo a Sirius una noche en Grimmauld Place, recordar que le echó en cara esa falta de cordura, una cordura, que lo habría salvado de la muerte si no hubiese acudido al Departamento de Misterios, aún cuando en aquel momento era un fugitivo de la justicia.

Quería volver a demostrarle al mundo quien era, quería volver a sentirse útil, volver a ser grande, fuerte, imponente...volver a inspirar miedo como antaño y no ser él el asustado, no ser intimidado por el simple hecho de una mirada cubierta de rencor...

El despacho de Dumbledore estaba tan cargado de objetos como de costumbre. Y sin embargo, la habitación le parecía acogedora, nada fría a como la había sentido tras la muerte de su padrino. Los grandes ventanales dejaban colar los rayos del sol matinal y permitían un perfecto ángulo de visión del campo de Quidditch.

El director estaba sentado de espaldas a ellos, con los brazos sobre los respaldos del butacón y la mirada fija en el vaivén de las llamas de la chimenea. Sus gafas de media luna le resbalaban por la torcida nariz y jugueteaba con los pulgares en un claro gesto de reflexión. Pese a que había notado su presencia, no varió su posición hasta que Fawkes emitió un breve canto en la percha donde dormitaba, la puerta se hubo cerrado y los chicos llegaron a la altura del escritorio.

-Gracias por venir...- susurró y giró el butacón en donde estaba sentado, para encarar a los muchachos. Heka y Troy, que jamás habían pisado el despacho del director, observaban maravillados la cantidad de objetos raros que poseía el anciano. Ron y Ginny estaban muy pegados el uno al otro y no se preocupaban ni de observar la más que conocida estancia. Tal vez, a la chica le estuviera pasando por la cabeza su primera incursión tras haber estado prisionera en la Cámara de los Secretos, o puede que Ron mantuviera presente la vez que había acompañado a su mejor amigo tras una terrible pesadilla, pero lo cierto, es que sus miradas estaban clavadas en el suelo de piedra. Harry, por su parte, no pasó por alto el hecho de que la vitrina a espaldas del director estaba abierta y que las hebras plateadas del pensadero emitían leves destellos, como si hiciera muy poco que habían sido revisadas.- Imagino, que estaréis sorprendidos...- Dumbledore escudriñó los rostros de los muchachos con avidez, pero sólo pudo penetrar en la mente de cuatro de ellos. Aquello le resultó francamente interesante.

-Ciertamente sí.- respondió Heka con algo de descaro. Tenía las manos colocadas a la altura de la cintura y taconeaba nerviosamente. No había sido un buen día y tenía la sensación de que el director parecía disfrutar con su frustración. Dumbledore sonrió imperceptiblemente. Lo imaginaba.

-Permitidme que os aclare las dudas.- el anciano, se inclinó en su asiento y se retocó las pequeñas gafas, prolongando un molesto silencio durante el cual, taladró con la mirada a Harry. El muchacho lo notó y desvió sus ojos verdosos hacia el cristal de la ventana, mordiéndose el labio inferior. No le habría resultado difícil impedir la penetración en su mente a través de la Oclumancia sin necesidad de evitar el contacto visual, pero se sentía tan avergonzado que era incapaz de continuar sosteniendo una mirada que parecía catalogarlo, juzgarlo, aunque nada más lejos de la realidad. En aquel momento, la puerta del despacho se volvió a abrir lentamente y una chica con el cabello suelto, una camisa blanca con una corbata y una falda a la altura de las rodillas, cargando una carpeta y un par de libros bajo el brazo, ingresó jadeando en la habitación.

-Disculpe el retraso, señor...- dijo Hermione distraídamente, pero al alzar la cabeza y descubrir que todos la miraban con algo de curiosidad, se quedó estática en su posición en la puerta. Había recibido una llamada urgente a la Academia, pidiéndole que se presentara en Hogwarts puesto que el director deseaba verla, pero jamás habría creído encontrarse allí con todos sus amigos.- Ehhh...¿llego en mal momento?

-En absoluto, señorita Granger, por favor no se quede en la puerta.- el director hizo un gesto con la mano y algo insegura, Hermione dio un par de pasos hasta colocarse a la altura de Ron, al que saludó con una sonrisa nerviosa.- Ahora ya estamos todos.- añadió Dumbledore en un nuevo examen exhaustivo de miradas.- Puedo aclararos porqué os he mandado llamar.

-Pues le agradecería que fuera al grano, señor.- replicó Heka de mal talante y por alguna extraña razón, Ginny arqueó las cejas.- Tenemos clases y es nuestro primer día...- Dumbledore no respondió de inmediato. Con algo de esfuerzo, se puso en pie y caminó hasta la ventana, con las manos entrelazadas detrás de la espalda y suspirando prolongadamente.

-Me temo, señorita Odria, que el tema que me obliga a depositar mi confianza en ustedes es mucho más serio que saltarse unas pocas clases.- ante aquella confesión, los chicos intercambiaron miradas de asombro, todos menos Harry, Ron y Ginny, que ya tenían una ligera idea y que se demostraba por sus rostros ensombrecidos.

-Se trata de ellos¿verdad?- Harry dio un paso al frente con solemnidad y habló con mucha más hostilidad de la que habría deseado. Dumbledore no tenía la culpa de nada, pero él continuaba detestando la manera en la que el director parecía adivinar sus pensamientos, sus sentimientos...- Han regresado...y usted lo sabe...- el anciano no se inmutó por aquella acusación de información, ni siquiera por la manera en la que el chico se había dirigido a él, se quedó allí, pensativo, observando su propio reflejo en el vidrio de la ventana y decidiendo hasta donde podía llegar a expresar.

-¿Se puede saber de qué va todo esto?- Troy, cuya paciencia habitualmente parecía infinita, también dio un paso al frente y miró a Harry, sorprendido por el intercambio visual que mantenía con el director y sobretodo, porque él sí parecía tener una idea de lo que estaba ocurriendo. Dumbledore volvió a suspirar, se pasó una mano por su larga barba plateada, acariciándola y se dio la vuelta lentamente.

-Os voy a contar una historia.- respondió el director secamente y observando a cada uno de los presentes en el despacho.- Una historia que se remonta a muchos años atrás.

-¿Esto es una broma, no?- le espetó Heka con altivez y se apartó los mechones sueltos que le caían por la cara, bufando de desesperación.- No tenemos cinco años para que nos esté contando cuentos...

-No.- aceptó el director inclinando ligeramente la cabeza.- Pero sí cuando esta historia, señorita Odria, lleva el nombre de un viejo conocido por usted escrito con la muerte de su familia...- Heka se quedó parada. La mano con la que se acariciaba el cabello caoba resbaló lentamente hacia abajo. La muchacha, por primera vez en su vida, se había quedado sin palabras. Sus amigos conocían perfectamente su trágica historia y sabían, que Heka no era de esas personas a las que les gustaba que se lo estuvieran recordando. Cualquier alusión a su pasado afectaba claramente la concordia del grupo.- Veo que ahora sí que está dispuesta a escucharme...- Heka no respondió, sino que apretó los puños de rabia como si fuera a abalanzarse contra el director en cualquier momento.- Vosotros no habíais nacido cuando comenzó a surgir la amenaza de un mago tenebroso, un mago, que se creía muy por encima de la ley, que estaba sumido en la oscuridad de un pasado- sus ojos se clavaron claramente en los de Heka.- y que buscaba venganza contra un mundo que una vez, lo había repudiado a él y que ahora él se estaba encargando de destruir. Me refiero por supuesto, al mundo muggle.- el silencio se había apoderado de la habitación. Todo el mundo sabía a qué se estaba refiriendo el director, pero no porqué. A algunos, como a Heka, Neville o Harry, aquella historia les afectaba mucho más que a los demás y otros como Troy, nunca la habían vivido especialmente cerca, sobretodo, porque Francia jamás sufrió ningún ataque mortifago, como prometió Lord Voldemort al obtener el contenido de la Profecía.- En aquel tiempo- prosiguió el anciano- no se podía confiar en nadie, tu vecino podía estar vinculado con el lado oscuro o manipulado con la maldición Imperious, el Ministerio de Magia tomaba todo tipo de precauciones, pero todo era inútil: Lord Voldemort estaba ganando una guerra, que él mismo había generado.- ante la mención del mago, los chicos se estremecieron.- Por entonces, la juventud se echó a la calle a luchar cuando los adultos y quienes debían haber llevado la responsabilidad sobre sus espaldas, se echaron atrás sumisos. Varios de esos jóvenes, vinieron a verme a Hogwarts. Yo estaba en continua lucha contra Voldemort y decidí entonces, crear una sociedad secreta que pudiera llegar a frustrar sus planes.- Dumbledore cerró los ojos brevemente y caminó por el despacho hasta su estantería. Una vez allí, rebuscó entre sus pergaminos y extrajo una vieja y amarillenta fotografía movible. La dejó sobre la mesa y todos se acercaron a observarla. Harry abrió la boca algo sorprendido. Ya había visto aquella fotografía en una ocasión, por manos de Ojoloco Moody y volver a verla le causó un impacto muy grande.- Llamé a esa sociedad...la Orden del Fénix...- volvió a suspirar al presenciar como el rostro de Neville había palidecido y se mantenía estático, con la vista fija en dos figuras del viejo retrato: las de sus padres.- Os preguntaréis tal vez, porqué arriesgué la vida de tantas personas jóvenes, porqué cargué a mis hombros y a mi conciencia la responsabilidad de saber que, si perecían, toda la culpa sería única y exclusivamente mía, porqué yo los había incitado a participar, porqué yo les rogué que se unieran.- Harry nunca había visto a Neville tan afectado y estaba seguro de que eso mismo se estaba preguntando su amigo, sobretodo, por la manera tan dura en la que observaba al director.- Mi respuesta quizás, no tenga justificación para vosotros, pero para mí, sí la tuvo.- Dumbledore ahora, clavó sus ojos en los de Harry.- Acababa de escuchar una antigua Profecía, una Profecía que sabía que era la única esperanza de terminar con la guerra y con la que Voldemort, obviamente, estaría obsesionado.- Harry sintió la mano de Heka apretándole la suya propia. La chica no había vuelto a abrir la boca para expresar en contra del director y ahora escuchaba atentamente. Pese a que lo agradecía, sintió enormemente que aquel contacto no procediera de Ginny, pero su novia ni siquiera miraba a Dumbledore, sino que tenía la vista perdida en el suelo.

-Usted está hablando de la Profecía que atañía a Harry Potter¿no es así?- inquirió Troy, que a diferencia de los demás, no había sufrido en sus carnes nada que le pudiera perturbar y había estado sumamente atento a todo.- La misma que el Innombrable dio a conocer hace cinco años a través del asesinato de Fudge...

-La misma.- confirmó el director, pero no miraba al muchacho, sino que estaba muy pendiente de la reacción que tendría aquello en Harry. Estaba hablando de su vida, pero Troy no lo sabía.- Como veréis, no tuve elección. Tenía que impedir la muerte de ese niño, tenía que resguardar a nuestra última oportunidad y a su familia y no sólo por lo que significaba en sí, sino porque me unían a sus padres unos lazos demasiado personales.- Harry levantó la cabeza. Dumbledore nunca le había dicho algo así, no al menos, de forma tan clara y por primera vez en todo el tiempo, sintió gratitud hacia el anciano.- Los Potter, tus padres Neville, Sirius Black, Remus Lupin, Peter Pettrigrew y otros muchos más...se unieron a la Orden del Fénix, como podéis ver en la fotografía.- una vez más, Harry vio los rostros sonrientes de sus padres y su padrino saludando desde la vieja fotografía.- pero ninguno, salvo los Longbottom y los Potter supieron jamás la existencia de esa Profecía.

-¿Qué quiere decir?- preguntó Neville con una voz ronca.- ¿Qué mis padres sí sabían que yo podía ser ese niño, puesto que había nacido a finales de Julio?- Dumbledore, se limitó a asentir.

-Y aún así, Neville, quisieron continuar luchando. Igual que para los Potter, para tus padres también se realizó el Encantamiento Fidelio, pero Voldemort nunca se sintió identificado contigo, eligió al niño de sangre mestiza entre sus venas, en el que vio más similitudes consigo mismo...- Neville apartó la cabeza. Eso no le confortaba. ¿Qué más daba que se hubiese salvado de la muerte si después de todo tampoco había tenido el calor de sus padres?- Una vez Voldemort desaparecido, se rompió el Encantamiento y fue entonces, cuando tus padres fueron torturados...

-Ya basta.- ordenó Harry con una voz cargada de frialdad y desprecio. Seguía sin entender porqué Dumbledore continuaba castigándolos con sus huecas palabras, con el pasado, cuando estaba viendo que Neville, tarde o temprano, podía quebrarse por completo.- Usted ha contado la historia, ahora diga lo que tenga que decirnos...- Dumbledore no se molestó por aquello, ni siquiera le reprochó a Harry su falta de educación al haberlo cortado de aquella manera, sino que regresó a su butacón y se dejó caer con aplomo, pero con su habitual impasibilidad, tomó de nuevo la fotografía, le echó un vistazo y la guardó en la estantería bajo la mirada atenta de Neville, que siguió los rostros de sus padres hasta que se perdieron de vista.

-Imagino- comenzó el director observándose los pulgares.- que os han informado de los recientes sucesos que han acontecido en el mundo muggle.- el hombre, sin esperar respuesta, giró su butacón hacia la estantería y tomó un viejo diario que estaba enterrado bajo una pila de libros gruesos. Sopló la cortina de polvo que se había generado por la falta de uso y desplegó la primera plana sobre el escritorio. Como había ocurrido con la fotografía, los chicos se inclinaron un poco para poder ver mejor la portada, que rezaba la desaparición del Cónclave en el que se seleccionaría a un nuevo Papa. Harry sintió un hormigueo a la altura del estómago, al leer la causa por la que estaba muriendo, pero sabía, que esos cardenales continuaban con vida, puesto que eran los mayores pilares de la Iglesia Católica y si hubiesen fallecido, él ya no formaría parte de ese mundo.

i ¿Pero dónde estaban? /i

-¿Han sido ellos?- cuestionó Harry de forma directa. Dumbledore no le respondió pero su mirada lo dijo todo por él y Harry sintió que no podría sostener el peso de su cuerpo mucho más tiempo. Ahora estaba seguro, eran ellos, los mortífagos habían regresado más fuertes que nunca, dispuestos a acabar el trabajo que Lord Voldemort no pudo concluir la noche en la que fue asesinado.- Han venido para contraatacar...- las palabras habían fluido de su garganta a un ritmo pausado y susurrante, como si sus cuerdas vocales quisieran aflojar el mal que aquello significaba.

-Por eso necesito vuestra ayuda.- Dumbledore había juntado las palmas de sus manos y se las observaba a través de sus gafas de media luna. Ron, Ginny y Hermione se miraron entre sí, los tres con el mismo pensamiento: jamás habían visto al director tan viejo y cansado.- Os he llamado para pediros que os unáis a la Orden del Fénix.- una sombra cubrió los rostros de los presentes. Era como si una cortina de humo hubiese surgido de la nada y los embaucara, los aislara de toda realidad. Parecía, sin duda, un cuento de terror, la peor de todas las bromas, una ficción a la que no se habían tenido que enfrentar en cinco años. ¡Qué atrás quedaban entonces sus mentes adolescentes queriendo integrarse en la Orden! Habían espiado, preguntado y hasta inmiscuido en aquella organización que parecía un premio demasiado alto para unos chicos de quince años. Ahora, cuando tenían la oportunidad de participar en lo que a sus héroes internos les había llamado la atención, preferían mil veces estar en cualquier otro lugar del mundo. Habían madurado. Y con la madurez, el terrible peso de la verdad había recaído sobre ellos. Y como si el fantasma de Sirius Black se dibujara en sus mentes, sus palabras recayeron sobre ellos como una lona de algodón, como un jarro de agua fría.

i "-¡Nos trae sin cuidado la maldita Orden!- gritó Fred.

-¡Nuestro padre se está muriendo!- añadió George.

-¡Vuestro padre ya sabía donde se metía y no va a agradeceros que le pongáis las cosas más difíciles a la Orden!- replicó Sirius, tan furioso como ellos.- ¡Esto es lo que hay, y por eso no pertenecéis a la Orden¡Vosotros no lo entendéis, pero hay cosas por las que vale la pena morir!

-¡Qué fácil es decir eso estando encerrado aquí!- le espetó Fred.- ¡Yo no veo que tú arriesgues mucho el pellejo!" /i

El viaje de recuerdos había finalizado y sólo dejaba la agónica verdad sobre ellos. Aquel día, aquella Navidad, probablemente todos comprendieron lo que significaba pertenecer a la Orden del Fénix, mucho más, que cuando Harry había visto el Boggart de la señora Weasley. Después, la muerte de Sirius sería sólo la confirmación al miedo que se había anidado en sus corazones desde aquel día.

Ni, Troy, ni Neville, ni Heka habían tenido que vivir eso de cerca, ninguno había visto la visión del señor Weasley siendo mordido por aquella serpiente, ninguno había sentido la angustia de la señora Weasley o el nerviosismo de Sirius; pero a su manera y por las caras que hacían sus amigos, podían alcanzar a comprender la magnitud de lo que se les estaba pidiendo. Se habían acabado las oportunidades de huir, una cosa era ser auror, otra muy distinta, enfrentarse cara a cara contra el miedo, contra la gran guerra que se avecinaba.

-¿Qué hay de Potter?- inquirió Troy alzando la cabeza. Había estado en silencio, hundido en sus propias cavilaciones.- Estoy seguro que él puede encargarse de solucionar esto...- señaló el periódico y cuando lo hizo, los demás percibieron que su mano temblaba ligeramente. Harry volvió a sentir el nudo en el estómago, pero evitó el contacto visual con el director.

-¿No cree que es injusto dejar que un solo hombre se encargue de solucionar nuestros problemas, señor Dupois?- Dumbledore taladró al chico con la mirada y Troy, por primera vez en mucho tiempo, se sintió avergonzado. Era casi un auror del Ministerio y se estaba echando atrás cuando el director le estaba pidiendo ayuda, cuando había confiado en él. Tenía razón, había sido muy cobarde e injusto por su parte esperar sentado a que Harry Potter, al que nadie había visto en cinco años, volviera a sacarlos a todos de los problemas.

-Cuente conmigo...- murmuró algo reticente, pero con convicción.- Entraré en la Orden del Fénix...- Dumbledore asintió y sonrió complacido. Ya tenía a uno convencido, el resto, por supuesto, sería mucho más complicado. Pero los necesitaba. No sólo porque era de gran importancia contar con futuros aurores entre sus filas, sino porque la incorporación de gente joven daría mucha vida a la experiencia de los demás miembros. Y eran buenos...pensó, eran grandes magos y brujas.

-Si la situación es tan delicada...y esos asesinos están sueltos...cuente conmigo también.- Era Heka la que había hablado y Harry se sorprendió mucho de su elección. Había fuego en su mirada, un fuego que por alguna extraña razón le embriagaba, le atraía...Nunca había visto esa determinación en su amiga. Heka trabajaba sola, ese siempre había sido su lema y siempre había vivido por y para la venganza. La muerte de sus padres recaía sobre ella y su responsabilidad era acabar con sus asesinos...los Black...por eso nunca se había unido a ningún grupo o causa. Y ahora, lo estaba haciendo. Había puesto por delante los intereses de los demás a los suyos y eso decía mucho de ella. Estaba cambiando.

-Mis padres lucharon por esa causa...- murmuró Neville. Harry se dio cuenta de que estaba pálido y tembloroso y que titubeaba al hablar, pero la decisión con la que se enfrentaba a ese miedo, hacía que lo admirara.- Yo también lo haré.- Dumbledore continuaba sonriendo y maravillado por la valentía de los chicos que tenía enfrente. Sin duda, había hecho una buena elección al llamarlos a su despacho. Miró a su derecha. Quedaba lo más difícil y lo sabía. Los cuatro mejores magos que podía encontrar en la Academia, pero a su vez, los más dañados emocionalmente. Habían vivido la guerra demasiado de cerca, habían perdido mucho y convencerlos sería una ardua tarea. Tampoco podía obligarles, no era justo y lo sabía.

-¿Qué me decís vosotros?- inquirió, inclinando ligeramente la cabeza. Las gafas de media luna le resbalaron unos milímetros por la nariz, permitiendo ver sus pequeños ojos azules que brillaban como cuencas vacías.

-Acepto.- Ron había dado un paso al frente con un semblante serio. A diferencia de Troy o Neville, no temblaba ni parecía inquieto. Su seguridad era tan grande que sorprendió al mismísimo director. El muchacho había cambiado, había madurado y la guerra le había dejado un hueco que lo había endurecido. Se había hecho una promesa a sí mismo mucho tiempo atrás: la de que no iba a dejar nunca más que algo malo les pasara a sus seres queridos. Instintivamente miró a Hermione. Si hubiera sido fuerte...entonces la habría podido ayudar. No volvería a ocurrir, su familia entera estaba en la Orden y no iba a permitir que nada malo les ocurriera. No se iba a echar atrás.- Hace mucho tiempo, un hombre muy sabio nos dijo que no estábamos preparados para entrar en la Orden, ahora, creo que sí lo estamos y si podemos ayudar, no me negaré.

-Me alegro que lo haya comprendido así, señor Weasley.- asintió el director.- Aceptar las cosas y darse cuenta de los errores del pasado determina muy bien el carácter y la madurez de una persona.

-No lo hagas.- Ginny también había dado un paso al frente con el rostro preso de la angustia. A su lado, Hermione no decía nada en palabras pero expresaba lo mismo que su amiga con la mirada.- No lo hagáis ninguno. No tenéis idea...no sabéis...¡Esto es una locura!- se llevó las manos a la cabeza presa de la desesperación. No sólo Harry, sino que su hermano y sus amigos se iban a exponer a un viaje que podía no tener regreso.

-Me sorprende que esto venga precisamente de ti, Ginny.- replicó Ron. Parecía molesto. Y es que pese a que entendía el miedo de su hermana, no podía creer que entre todos ellos, precisamente fuese ella la que se echara atrás. Siempre había sido más fuerte, mejor que él, con una garra y una valentía innata. Y ahora, la había perdido.- Si no ayudamos, si no hacemos algo, va a ocurrir algo muy grave...va a morir gente...ya está muriendo. ¡Por Merlín Ginny somos casi Aurores!

-Tú no lo entiendes.- masculló la chica. Tenía los ojos empañados en lágrimas, pero de rabia y frustración.- ¿Por qué no te quieres dar cuenta de que si volvemos a una guerra podemos morir¿Es que has olvidado lo que pasamos en aquel hospital esperando?- lo escupió, con la esperanza de que se le aflojara el nudo que tenía en la garganta, que le impedía articular palabra con normalidad y le lanzó una mirada furibunda a Harry.- Es muy fácil arriesgarse uno mismo, pero no arriesgar a los seres queridos...

-Ahora estamos a tiempo de detener esto.- explicó el director que no se perdía el juego de palabras que no todos alcanzaban a comprender.- No se imagina, señorita Weasley. la magnitud de tragedia que puede conllevar si no detenemos a esos mortífagos y a quien sea que los esté dirigiendo.- Ginny bajó la barbilla. Miró a Harry, cuyo rostro estaba sumido entre las sombras e irradiaba una profunda frialdad y deseó que él la abrazara, que la reconfortara y la animara a seguir adelante, pero no recibió por su parte ni siquiera una mirada significativa. Eso la hundió todavía más en la desesperación. ¿Por qué no podía entender que simplemente estaba preocupada?

-Ginny,- Ron se acercó y le dio un beso en la frente.- Papá y mamá, Charly, Percy, Bill...incluso Fred y George están en esto. No podemos echarnos atrás. Ahora sí que podemos ser útiles.- la chica asintió y todos tomaron eso como un sí, pero lo hizo derrotada, vencida, nada segura de lo que estaba haciendo. Simplemente, había perdido la batalla campal contra la dureza de Harry, no había podido ablandar su corazón ni tampoco destruir su coraza. Por primera vez, se sentía presa de un monstruo sin rostro, que representaba la peor parte de su novio y que había aplastado toda su dulzura y tesón con un solo movimiento. Aquello solo le hizo tener un mal presentimiento y nadie en el despacho supo que, meses más tarde recordarían aquellas palabras y que entenderían ese miedo que procedía de la chica. No sabían cuanta razón tenía...

-A mí no me queda más que decir.- suspiró Hermione, que no había hablado en todo el tiempo.- Si Ginny acepta, yo también. No voy a negarme a luchar. Ahora, si me disculpa director, tengo que regresar a mis estudios.- hizo una leve inclinación de cabeza al anciano, pero no se despidió de nadie más. Cuando la puerta se cerró detrás suyo, Harry y Ron supieron al instante que lo que Hermione mostraba era una barrera mucho más fuerte de lo que era en realidad. Su parte Gryffindor había contestado por ella, pero su parte humana, en la que el miedo era el mayor enemigo, estaba aterrada.

-Ahora sólo queda su respuesta, señor Oldman.- Dumbledore, que había esperado unos segundos mientras los pasos se Hermione se alejaban de su despacho, taladró con la mirada al chico, que la esquivó disimuladamente.- ¿Entrará en la Orden del Fénix?

-Delo por hecho.

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El reloj de cuco que colgaba de la pared lisa que daba a la ventana emitía un leve tintineo, marcando el paso de los segundos. Era como si se hubiera amplificado el volumen de las gotas de agua golpeando un pequeño charco. Era el único sonido que perturbaba el silencio de la espaciosa estancia.

La habitación era amplia y grande, las pares estaban vacías y pintadas de una tonalidad blanca reluciente, como un espejo que reflejaba la luz. Había un único ventanal, pero lo suficientemente ancho para que dejara colar los rayos del sol tardío. Caía la tarde. No habría más de un par de estantes que todavía olían a nuevo, un olor parecido al barniz que embriagaba a todo aquel que entraba. Estaban cubiertas de libros que no contrastaban para nada en aquel modernismo, pues eran viejos, gruesos y pesados y estaban recubiertos de polvo. También había algún que otro objeto extraño, que se asemejaba a los viejos detectores de tenebrismo que el director conservaba en su despacho de Hogwarts.

Un perchero de pie, acabado en una cabeza de león, era el último objeto del mobiliario.

Un muchacho de aspecto cansado, con los ojos cerrados, estaba sentado en el centro de aquella singular sala. No estaba dormido, pero de no mover los párpados en un extraño tic, lo habría parecido. Descansaba sobre unos mullidos cojines bordados en frenesí.

La poca intensidad de la luz del sol le bañaba su rostro joven y hermoso, pero no parecía molestarle. Daba la impresión de que los movimientos de sus pupilas se acompasaban con los tintineos del reloj de cuco, como si cada segundo pudiera empañar la calma en la que asemejaba sumido.

La puerta de una tonalidad azabache, se abrió en un chirrido y dejó entrever a un solo integrante. Era una mujer alta y delgada, con el pelo liso y largo, recogido en una cola de caballo. Sus profundos ojos azules parecían brillar, contrastando con las paredes blancas y su rostro mostraba una terrible determinación. Su sola presencia asustaba.

Iba vestida totalmente de negro, como en el pasado, y condecorada con una capa oscura que emitía un leve frufrú sacudida por la corriente. En sus manos cargaba una larga espada punzante.

Ingresó en la habitación, sin molestarse en saludar y llegó a la altura del muchacho. Lo taladró con la mirada y el chico abrió los ojos. Sus cuencas también brillaron como esmeraldas en la noche. Ambos se observaron larga y detenidamente. Parecían dos enemigos a punto de efectuar una batalla a muerte y de alguna manera, así era. Habían abandonado la cordialidad y la afinidad con la que se habían tratado en los últimos años y habían vuelto a convertirse en dos seres totalmente opuestos, ambos con un mismo interés, pero con formas muy distintas de alcanzarlo.

El muchacho se levantó casi a un ritmo demasiado pausado. Vestía unos pantalones de cuero negro y una camisa oscura también. La vieja capa de su padrino volvía a cubrirle la espalda y le caía elegantemente hacia atrás.

-Saca tu espada.- siseó la peligrosa voz de Christine.- Empezaremos por ahí.- Harry obedeció sin chistar. Siempre llevaba la espada de Godric Gryffindor escondida entre sus ropas. En la academia, la empequeñecía y se la guardaba en el bolsillo, pero se mantenía alerta. No se fiaba ni de su propia sombra. Hacía cinco años que la reluciente arma no veía la luz. Silbó cuando fue extraída de la vaina y brilló cuando el sol la bañó con intensidad. Parecía estar tan ansiosa de batalla como lo estaba su propietario.- Acabemos con esto...

-No me subestimes...Christine...- rugió Harry apretando los dientes. Los dos, empuñando sus respectivas armas, se paseaban por la sala vacía, evaluándose detenidamente.- Puede que haga cinco años que no practico...y sé que tú lo has seguido haciendo cada día...pero sigo siendo "El Salvador"- la dureza del rostro de Christine no se derritió. No había compasión en sus rasgos, pese a que la sentía. Harry continuaba anclado a un mito, a un pasado, que había muerto con Lord Voldemort. Ella sabía que Harry continuaba siendo el más poderoso de todos, que su poder se mantenía dormido en su interior, pero sabía que utilizarlo podía dañarlo gravemente y que en cuanto eso ocurriera, la decepción de su "hijo" sería patente. Endureciéndose, alzó su brazo derecho y embistió contra el chico. Harry bloqueó ese primer ataque, a sabiendas de que había sido mucho más suave de lo que la mujer habría empleado en un enemigo; pero sonrió arrogantemente por haberla frenado.

-Sigues siendo demasiado engreído...- murmuró lanzando un nuevo ataque suave, que fue detenido por segunda vez.- Ésa es tu mayor debilidad...

-O mi mayor fortaleza.- bramó Harry y harto de defenderse, alzó su espada con ambas manos y saltó sobre Christine. Chocó inútilmente contra la espada de su profesora, que parecía haberse recubierto de un material mucho más duro en los instantes de espera, mientras el chico atacaba. Harry golpeó contra tan dura resistencia y se vio arrastrado hacia atrás, pero logró mantener el equilibrio. Hubo una pausa en la que los dos volvieron a enfrentarse en miradas. Harry se dio cuenta de que jadeaba y que la mano derecha, con la que había ejercido mayor embarque, temblaba ligeramente. Se percató de que pese a que no se había caído, estaba inclinado hacia delante, con el peso de su cuerpo apoyado en la rodilla que tocaba el suelo. Se sorprendió de que él se encontrara en aquella posición y de pronto encontró a Christine mucho más alta, fuerte e imponente de la que la había visto jamás. Vio su mirada fría y austera y sintió miedo de su figura erguida y el poder que irradiaba. Negando con la cabeza, se incorporó y volvió a atacar con mucha más fuerza. Ponía el alma en cada embestida, pero Christine las bloqueaba con suma facilidad, como si para ella fuera un juego.

-¡Tu arrogancia te ciega, Harry!- escupió Christine y movió con tal rapidez su arma que el chico, en aquella ocasión, no pudo mantenerse erguido y salió disparado hacia atrás, chocando contra la fría pared de piedra, que le golpeó en la espalda y le hizo ver estrellas. Era como si aquel golpe reflejara su fracaso, como si una campanada hubiese anunciado el final del duelo, pero Harry, con el orgullo herido, pero un temple envidiable, volvió a ponerse en pie. Era difícil controlar la espada en su mano derecha, pues esta se convulsionaba, todavía acogiendo el golpe que había recibido de la otra.- Si quieres vivir para esta guerra, entonces deja de comportarte como tu padre o tu padrino.- aquello había funcionado y Christine lo sabía. Con una furia, salida de la nada, Harry se abalanzó sobre ella, con la espada brillando de poder. La mujer la esquivó una y otra vez, a sabiendas de que había causado un gran daño y que las consecuencias estaban cercanas. Harry golpeaba con un terrible poder, un poder que hasta a Christine le costaba dominar, pero quedaba poco, muy poco...aguantar unos segundos más y...Harry cayó al suelo de rodillas, jadeando y con gotarrones de sudor resbalándole por la frente. Tenía un ojo cerrado y le costaba respirar. Inútilmente, trataba de ponerse en pie, pero las fuerzas le fallaban. Christine se acercó hacia él y su figura, de pronto, pareció mucho más alta y poderosa. Harry se sentía pequeño a su lado, veía a Christine como la había visto la primera vez y le inspiraba miedo el hecho de que la mujer no reflejara ni siquiera un atisbo de compasión.- Tu mayor debilidad...- susurró con voz peligrosa. Harry no la miró a la cara, continuaba haciendo intentos vanos por ponerse de pie, por tratar de que su cuerpo obedeciera sus órdenes, pero no lo lograba. Y lo que más sentía, es que su orgullo estaba claramente dañado y por la forma en la que Christine paseaba alrededor suyo, parecía que se estaba regodeando de su triunfo. Era veneno en sus venas ese pensamiento, pues él se creía mejor.- Has atacado sin cordura, sin plantearte las cosas, eres débil...Harry, vuelves a dejarte llevar por tus emociones en la batalla y eso te puede llevar a la muerte...

-¡Cállate!- gritó el chico fuera de sí. Christine obedeció, pero no por mandato sino porque estaba observando claramente las consecuencias de lo que había previsto. Había herido a Harry a propósito y sabía que si quería hacerlo debía nombrar a James y a Sirius, por mucho que le pesara. Sólo deseaba probarlo, ver que, efectivamente, el chico había perdido todo lo que ella le había enseñado una vez.- ¡Maldita sea!- se levantó aún sin poder, temblando, sudando y jadeando como si sus pulmones no pudiesen almacenar el suficiente aire. Su cuerpo se iluminaba, pero parpadeaba como si fuera una señal de emergencia. Christine entornó los ojos, las defensas de energía de Harry estaban por los suelos y no sólo podía sentirlo como arcángel, sino que podía verlo por el deplorable estado en el que se encontraba.

-Detente.- ordenó pausadamente, mientras observaba como el chico alzaba una vez más su espada.- Estás al límite. Perder más energía podría resultar una consecuencia terrible.

-Estoy listo para luchar yo solo.- rugió Harry. Sus ojos brillaban más que nunca y su cuerpo parpadeaba con mayor velocidad. La espada se iluminó como la noche en la que había derrotado a Lord Voldemort. No era él, se estaba dejando llevar por la rabia, por los celos, por la frustración de verse más endeble, más insignificante cuando había sido el más fuerte.- ¡No necesito que nadie me ayude!- y se abalanzó contra Christine como si fuese el enemigo, ignorando que se estaba dejando arrastrar por una fuerza que hacía que perdiera lo mejor de sí mismo, por "El Salvador", cuya personalidad sí que era gélida y arrogante. Pero Christine no se inmutó, blandió su espada con maestría y de una estocada lanzó el arma de su alumno por los aires, que vio como su derrota quedaba mucho más confirmada. Con agilidad, se desplazó hacia él y rodeó cu cuello con un brazo, colocándose después detrás y apuntando con su mano directamente a la garganta. Harry se llevó las manos al cuello, sorprendido y con los ojos rojos de rabia y Christine presionó con más fuerza.

-Estate quieto.- ordenó con firmeza.- Un movimiento en falso y...- pero Harry se empeñaba en forcejear. Christine apretó los dientes y presionó todavía más el brazo que tenía alrededor del cuello del chico. Harry aspiró hondo pero el aire no le llegaba a los pulmones, se estaba ahogando, sin embargo, no cesó de luchar por liberarse, pese a que sabía que había perdido. Con la mano que sostenía la espada, Christine arrimó la punta de su arma hasta la garganta del chico y le hizo un pequeño corte, sin ningún remordimiento ni preocupación al ver que el rostro del muchacho estaba tomando una tonalidad roja, por la falta de aire. Harry emitió un leve quejido por el corte, pero luchó con más ahínco y Christine presionó hasta el fondo, impidiendo ahora sí, cualquier pequeño conducto de aire. Harry se removió entre sus brazos, jadeando y arañando con sus manos el brazo de acero de la mujer, que no lo soltaba. Al ver que todo era inútil, cesó su resistencia, pues le debilitaba más y le hacía perder fuerzas. Bajó los brazos, mientras su rostro comenzaba a amoratarse y esperó. Pero Christine no lo soltó. A cada segundo, notaba como su conciencia disminuía y caía en una profunda morriña, mientras trataba de aspirar la nada. Cuando los párpados comenzaron a pesarle y había perdido toda fuerza de resistencia, pensando ya que caería en la negrura del sueño, sintió como la losa que lo retenía se desprendía y el aire entró en sus pulmones a ráfagas fuertes. Cayó al suelo sin que la mujer impidiera que se golpeara en él y se llevó las manos a la garganta, aspirando grandes bocanadas, como si no fuese suficiente el oxígeno que estaba condensado en la habitación.

Pasados unos segundos y cuando reunió las fuerzas necesarias para abrir un ojo, vio la figura de Christine de pie junto a él, sin ningún atisbo de compasión y apuntándole con la espada directamente al corazón.

-No estás listo.- gruñó con su voz gélida, lanzándole un frasco con una poción incolora. Y se giró sobre sus pasos, cerrando la puerta al salir, de un portazo, dejando a Harry, totalmente humillado.

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Era una noche calurosa de finales de verano. No había una sola nube que imposibilitara la observación de las grandes constelaciones de estrellas. Silbaba un tibio viento, pero no era más que una brisa cálida que golpeaba los árboles del jardín.

La barra americana de la cocina estaba repleta de alimentos. Alan estaba sentado en uno de los taburetes y jugaba con dos camiones con unas ruedas enormes, chocándolos entre sí y simulando que se caían al precipicio que era la distancia desde el mármol al parqué, para luego recuperarlos con una corriente de energía leve que los levitaba hasta sus manos.

Christine estaba en la encimera removiendo el contenido de un caldero que olía muy bien. Tenía el entrecejo fruncido, pero no había despegado la boca más que para leer las instrucciones de un libro de cocina. De vez en cuando, lanzaba alguna que otra mirada a Alan, comprobando que el niño estuviera bien. Lupin andaba de un lado para otro levitando: tenedores, vasos, servilletas...y todo tipo de utensilios necesarios para poner la mesa.

Harry bajó las escaleras sin emitir ningún ruido. Llevaba el pelo mojado a causa de la ducha que se había dado sólo unos minutos antes e iba cubierto con un albornoz, mientras se secaba la cabeza con una toalla blanca. Lupin se giró hacia él cuando terminó de bajar el último peldaño y sus ojos se dirigieron directamente al pequeño corte que sobresalía claramente del cuello del muchacho. Miró instintivamente a Christine, pero su mujer parecía bañada en acero y decidió que lo mejor era no hacer ningún comentario.

-¿Qué tal el primer día?- preguntó en cuanto el chico se dejó caer sobre uno de los taburetes, al lado de su "hermano". Harry alzó la vista, tratando de evaluar la pregunta de Lupin. No sabía si se refería al primer día en Hogwarts o de entrenamiento, así que optó por contestar a lo primero y más sensato.

-Interesante.- murmuró tomando una rebanada de pan y untando un poco de salmorejo.- Dumbledore nos ha llamado a su despacho.- informó tranquilamente, dando un mordisco a su tostada.- Nos ha pedido que ingresemos en la Orden del Fénix.- el plato que Christine acababa de coger del armario se cayó al suelo, haciéndose añicos. Harry sintió un placer tremendo por dentro, al ver como su profesora se había tensado. Por su parte, Lupin miró en dirección a Alan, que parecía embelesado en estrellar sus camiones y no se había sobresaltado ni por la mención de la Orden ni por el estruendo del plato al caer.- He aceptado. También Heka, Troy, Neville, Ron y Ginny. Incluso Hermione.- Lupin y Christine intercambiaron miradas, pero ninguno respondió a tal aclaración. Sabían al juego de provocación que estaba jugando Harry y no iban a entrar en él. La mujer suspiró. Pensaba que la lección de humildad que el muchacho había recibido en su primera clase de refuerzo bastaría para hacerle entrar en razón, al parecer, se equivocaba. Con algo más de furia de la que habría deseado, tomó un segundo plato y lo llenó con un cucharón, del contenido del caldero. Una sopa de pollo exquisita humeó desde él, hasta ser depositada enfrente de Alan. El niño, al ver la comida, dejó de juguetear con sus cacharritos y tomó una cucharada, procurando coger del borde para no quemarse.

-Ummm- se relamió.- Mater, está buenísimo.- Christine le sonrió, pero no respondió. Sirvió a los demás y ella misma se sentó para cenar. Nunca la cena de esa casa estaba caracterizada por el silencio, pero al parecer, esa iba a ser la primera noche. Alan había encendido el televisor y comía a tientas mientras observaba como Goku lanzaba una honda de energía contra su enemigo y lo dejaba frito. Harry no levantaba la mirada de su plato y cuando lo hacía, se encontraba con los profundos ojos azules de Christine. Lupin parecía mucho más tranquilo que su mujer, aunque preocupado. Ellos sabían lo que esa nueva amenaza significaba y ni siquiera tenían una pista a seguir para detenerla.

A las diez y media, Alan apagó el televisor y después de dar las buenas noches, restregándose los ojos somnoliento, subió escaleras arriba para acostarse. Lupin lo acompañó para arroparlo y Christine y Harry se quedaron a solas en el comedor. El canal había cambiado y ahora emitían una película de vampiros.

-¿Por qué me has derrotado con la espada?- Harry lanzó la pregunta al aire, sin ni siquiera fijar los ojos en su profesora.- Aunque haya estado sin entrenar cinco años, soy mejor espadachín, siempre te derrotaba en Hogwarts...- la mujer, que había estado recogiendo las cosas de la cena, paró de fregar los cacharros, pero no se dio la vuelta para mirar al chico.

-Deberías saberlo.- repuso con dureza.- Te advertí que tu poder había disminuido.

-Sigo sin entenderlo.- replicó Harry apagando la televisión ante la visión de una vampiresa chupando toda la sangre de su víctima. Los vampiros le traían malos recuerdos.- Sólo fue un duelo de espadas. No hubo energía por medio. Vale que mis reservas estén bajas cuando utilizó mis poderes más de la cuenta¿pero porqué eso afecta también a mi habilidad?- Christine dejó caer el vaso de vidrio al fregadero y suspiró prolongadamente.

-Cuando un arcángel desenfunda su espada posee unas habilidades mayores a los de cualquier ser humano corriente. Con cada estocada, con cada defensa, nuestra energía vibra en la espada. La espada posee parte de nuestra magia y utilizamos energía involuntaria al luchar. Tu energía en estos momentos es muy pobre Harry, más aún cuando pierdes el control sobre tus emociones y no la utilizas debidamente. Como mi poder es mayor, cuando luchamos mis habilidades, mis estocadas, mis defensas, crecen y las tuyas se ven limitadas.- Harry se llevó las manos a la cabeza, comprendiendo. Pero aquello sólo incrementó su frustración, su desesperación.

-Haz crecer mi poder, entonces.- lo dijo como si efectuara una orden, pero había súplica en su voz y Christine sintió un pinchazo por dentro. Notaba esa desazón en su protegido, notaba esa necesidad.

-No puedo.- respondió con calma.- Lo único que puedo hacer es entrenarte para aumentar tu resistencia. Siendo más resistente, más fuerte, aguantarás mucho mejor las pérdidas de energía, podrás controlar tu poder con mucha más facilidad.- Harry asintió, mordiéndose el labio inferior con rabia. Desde el rellano de la escalera, Lupin suspiró. Lo había escuchado todo.

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La calle estaba a oscuras. Hacía un par de horas que había entrado la noche y el Valle de Godric había perdido el encanto de un pueblo de día. La caída del sol lo convertía en un lugar fantasmal. Silbaba un tibio viento, no hacía frío, sin embargo, una muchacha vestida con una falda por las rodillas y una blusa blanca de tirantes, se aferraba a la capa negra que llevaba por encima, tiritando.

Miraba de un lado a otro, observando los oscuros callejones desérticos. El labio inferior le bailaba mientras caminaba a paso ligero. Tenía que atravesar todo el pueblo para llegar a su casa. Las llaves le tintineaban en el bolsillo, produciendo un ruido metálico.

De pronto, se paró en seco. Notaba como si alguien la estuviera observando. Se giró sobre sus pasos, pero allí no había más que las sombras del alumbrado.

-Me estoy volviendo paranoica.- se recriminó a sí misma y volvió a darse la vuelta para seguir su rumbo.- ¡Ahhh!- unos profundos ojos ambarinos la observan desde la oscuridad. El ritmo de su corazón se había acelerado. Hermione se puso una mano en el pecho, mientras esperaba a que su respiración se recompusiera. Sólo era un gato. Un gato negro que se relamía las patas indiferentemente.- Menudo susto me has dado pequeño...- susurró, riendo nerviosamente. Y se agachó para acariciar al felino. No obstante, en cuanto sus dedos rozaron en pelo oscuro del animal, éste dio un zarpazo y se echó hacia atrás maullando y con la piel erizada. Hermione retiró la mano y comprobó que el gato le había hecho un arañazo. Maldijo por lo bajo. Al final iba a ser verdad y todo lo que le decía su abuela de que los gatos negros daban mala suerte, pese a que ella nunca había creído en las supersticiones, era cierto. Irguiéndose, volvió a arroparse en su capa y esquivando al felino, continuó su rumbo. No habría dado más que un par de pasos, cuando las luces de un faro la cegaron. Se tapó los ojos para tratar de vislumbrar mejor y escuchó una voz conocida.

-¡Eh, Hermione, sube!- era como si hubiese caído una estrella. Hermione se sintió terriblemente reconfortada ante la aparición de Ron en su coche. Nunca lo admitiría, pero estaba asustada al caminar sola de noche por las desérticas calles del pueblo, pero no le había quedado remedio. Salía de trabajar a esa hora. Aferrando su bolso contra su cuerpo, bajó de la acera y bordeó el Ford Focus para subirse al asiento del copiloto. Su mejor amigo le sonrió tranquilizadoramente.- Te he ido a buscar al trabajo, pero ya no estabas...- explicó mientras le daba un beso en la mejilla. Al retirarse, vio que la mano derecha de la chica llevaba una herida que sangraba un poco.- ¿Qué te ha pasado?

-¿Qué?- Hermione, sorprendida, se miró la mano y entendió lo que el chico quería decir.- ¡Ah, nada! Un gato que había en la acera, al ir a acariciarlo me ha arañado...

-Deja que eche un vistazo.- Ron tomó la mano de la chica con dulzura y la examinó con detenimiento. Estuvieron unos segundos así, rozándose levemente. Al final, el chico sacó su varita mágica y tras conjurar un par de palabras, la herida de Hermione desapareció sin dejar marca alguna, como si no hubiera existido. Sin embargo, Ron no soltó su mano, sino que continuó masajeándola con los pulgares. Ambos levantaron la cabeza al mismo tiempo y sus miradas se entrecruzaron, quedando conectadas. Entonces, el chico hizo el amago de acercarse y Hermione soltó su mano inmediatamente, colocándose de frente a la carretera.

-Deberíamos irnos...¿no crees?- tartamudeó torpemente.- Estoy muy cansada.- Ron no dijo nada, se limitó a asentir, sin que su rostro mostrara una expresión de decepción, como si ya se lo esperara y giró la llave, arrancando el motor. La oscuridad de la calle Mayor se los tragó. Ni siquiera en aquella zona tan principal se veía un alma paseando. La gente que salía a tomar algo o que se iba a charlar con sus amigos, iba a la plaza principal del pueblo.

-¿Por qué te fuiste tan rápidamente antes de Hogwarts?- inquirió el muchacho, mientras giraba para subir una pequeña cuesta, con los ojos pendientes de la carretera.- Te hubiera invitado a un café.

-Tenía que estudiar, Ron.- respondió Hermione girándose para mirar por la ventana. En el fondo, admiraba la parsimonia y la calma con la que su amigo la trataba, con la que le hablaba, pero no podía evitar pensar que él veía su debilidad, que la miraba como si se fuera a romper, a quebrar en mil pedazos y ella siempre había sido fuerte. No iba a permitir que nadie se diese cuenta de que en realidad, estaba aterrada, que se habría abrazado a Ron en ese instante y le habría suplicado que se la llevara lejos, a un lugar donde no estuviese a punto de acontecer otra guerra, donde nadie la conociera y la señalara con el dedo diciendo que era la pobre chica de la que abusaron. Pero no podía hacer eso, aquel era su hogar, donde tenía todo por lo que había estado luchando tanto tiempo, allí estaban las personas que la querían y huir era una posibilidad de cobardes que no estaba dispuesta a efectuar. Por eso callaba, por eso estaba en silencio y se tragaba cada una de sus pesadillas, de sus recuerdos, de sus lágrimas, porque al fin y al cabo, seguía siendo la misma Hermione Granger de siempre.

-¿Estás segura de lo que haces?- Ron puso las luces largas y volvió a girar por una rotonda, en dirección a una calle con una cuesta más larga, todavía mirando la carretera.- Puede que engañes a los demás, pero yo sé que no quieres luchar.

-Nadie quiere librar esta batalla.- repuso la chica inclinándose hacia atrás y suspirando prolongadamente.- Pero no siempre se puede hacer lo que uno quiere. No voy a dejaros solos ahora que me necesitáis y admiro y respeto demasiado a Dumbledore como para no ofrecerle mi ayuda. Alguna vez tenía que acallar a los fantasmas internos.

-Te admiro.- sonrió su amigo y aceleró el motor con tal de llegar pronto a casa. Hermione miró la velocidad y volvió a fijarse en el paisaje. Ron siempre conducía con prudencia, al menos cuando iba con ella y le gustaba estar sentada en el asiento del copiloto, viendo pasar las calles por la ventanilla y estando en un silencio que no era para nada molesto, sino más bien, agradable. Cinco minutos más tarde, llegaban frente a la hilera de tres casas donde vivían. Miraron hacia la parcela de Harry y vieron luz en el piso de abajo, así que supusieron que todavía estaba despierto, o al menos Christine y Lupin debían estar viendo la televisión. Ron aparcó el coche en el garaje de su casa y ambos se dirigieron a la tercera, la de Hermione.

La chica rebuscó sus llaves entre el bolso y al final encontró un juego con una llavero de lo que parecía un gatito de goma, muy semblante a su propia mascota. Una vez abierta, ambos ingresaron en el salón y Hermione se desprendió de la capa, para dejarla sobre el sofá.

La casa de la chica estaba muy limpia y ordenada. Olía a algún tipo de ambientador semblante a la lavanda. Cada vez que entraba en esa casa, Ron recordaba a Emy y probablemente Hermione había escogido ese olor para que cuando pensase en la Unión le vinieran a la mente las últimas palabras dirigidas a ella que, desgraciadamente, no se habían terminado de cumplir.

Los muebles de la casa eran modernos pero sencillos. La cocina conectaba con el comedor y estaba aseada, como siempre. Las escaleras conducían a los pisos superiores, donde estaba la habitación de la chica y varias de invitados que ocasionalmente ocupaban sus amigos. En la alfombra del comedor, Crookshanks dormitaba sobre su cesta cubierta con mullidos cojines. Ronroneó al escuchar la puerta abrirse, pero no se movió del sitio.

-¿Un té?- ofreció Hermione mientras encendía las luces de la casa con la varita y se dirigía hacia la cocina.

-No, gracias.- Ron fue detrás de ella y se colocó a su lado, mientras la chica sacaba una tetera muy nueva de uno de los armarios y se disponía a calentarla con agua y unas bolsitas que tenía en una cajita amarilla, sobre el mármol.- Tengo que irme ya.

-¿Ya te vas?- había decepción en la voz de Hermione, pero al percatarse de que Ron parecía haberse dado cuenta de su tono, se dio la vuelta bruscamente, como si no le importara.- Bien...entonces...nos vemos mañana...gracias por...- pero no pudo terminar la frase, porque Ron le había dado la vuelta y ahora sus cuerpos estaban muy pegados. Podía sentir el aliento del chico sobre su rostro y también sus piernas convulsionarse, amenazando con no soportar el peso de su cuerpo.- No me hagas esto...- suplicó tratando de apartar en vano, su mirada de la de su amigo. Estaban demasiado cerca, tanto, que habría podido contar las pecas de la cara del muchacho. Ron acercó sus labios lentamente a los de ella, pero sin llegar a rozarlos.

-Ya basta de seguir fingiendo ambos...- Hermione sabía que ese momento podía llegar y lo había temido durante cinco años. Ron no era de piedra y sabía que ella se había portado muy mal mostrándole interés para luego acabar silenciando su mirada. Ella estaba enamorada de él, desde su época de estudiantes había sentido una fuerte atracción, pero no estaba preparada para sentir, para querer, para recibir cualquier contacto. Los oídos se le llenaron de unas carcajadas ásperas, el sudor de su frente se había vuelto frío y podía sentir su cuerpo convulsionándose bajo el abrazo de aquel monstruo. Ron rozó sus labios y pese a que ese beso era cálido, era de alguna manera deseado, Hermione se sintió morir. Sus ojos se inundaron de lágrimas y no correspondió a aquella muestra de cariño.

-No, por favor...- suplicó con la voz rota y Ron, viendo lo que había generado, se separó bruscamente de ella, muy confundido.

-Hermione yo...- estaba arrepentido, había besado a la chica sin su consentimiento y ahora se sentía sucio y vacío. Seguro que su amiga lo odiaría el resto de su vida y todo por dejarse llevar por la emociones.- Lo siento...- se giró bruscamente y salió corriendo de la casa, cerrando de un portazo y olvidándose en el sofá su propia capa. La casa volvió a quedar tan siniestra, vacía y silenciosa como siempre. Las paredes parecían burlarse del miedo de Hermione y los retratos revivían a los viejos fantasmas. El viento golpeaba ligeramente los ventanales y con cada embestida, el corazón de Hermione sentía como se iba quebrando poco a poco. Había dejado que Ron se marchara con el pensamiento de que era alguien horrible y lo sentía terriblemente. Ojalá pudiera corresponderle, ojalá pudiera mostrarse abiertamente como era, pero sentía una opresión y un nudo en el estómago agónico. Caminando lentamente hacia el comedor, tomó la capa del chico y la estrechó contra su pecho. Olía a él. Aquella noche, dormiría envuelta en ella, pensando que era el chico quien la acompañaba, sin miedos, sin recuerdos, sólo ellos dos.