N/A: Olass gente! Me he dado muchísima prisa en actualizar, aprovechando que estamos en fin de semana, jaja. Solo espero que no me matéis después de leer el capi, aviso, no es apto para cardiacos el final. En fin, que muchas gracias por vuestros reviews y que os cuideis! Nos vemos en el próximo capi!
Reviews:
Amny-Saga ex Ignis: Olass! Jajajjaaj, muy bonito tu nick, pero si no me dices cuál tenías antes no me voy a acordar de ti, jajaja. Dotes de adivina todavía no he adquirido. Le preguntaré a Michaela, tal vez ella pueda echarme una mano. A ver, vamos al capi...jajaj, bueno, lo de unirse a la Orden es pura burocracia. Hubiera quedado muy mal que después de todo lo que quisieron entrar en la Orden cuando eran niños ahora no les brindara esa oportunidad. De todas maneras, no habrá reuniones estúpidas ni nada así. Te gustan los ficts en la que los buenos van al lado oscuro, eh? Pues entonces te gustará este...jajaja, me callo, ya no digo más. Hermione sí que se recuperará del todo algún día, o eso está en mi mente al menos, ajjaja, igual luego al final no...ya veremos. Besazos! PD: Me alegra que te hayas dado cuenta del detalle de que Orión esté furioso...quédate con ese detalle porque será importante en el futuro.
D.Alatriste: Olass! Bueno, bueno, que pronto juzgamos a las personas. Mira que después te arrepentirás de haber hablado así de Ginny...tiempo al tiempo. Ginny lo ha pasado muy mal y es lógica su reacción, a mi parecer. Heka es más decidida, pero porque para Heka todo en la vida se basa en la venganza contra aquellos que hicieron daño a su familia. Troy es muy amigo de Harry, Harry jamás le hará nada. Umm, la batalla...ya lo verás! Jajaj, sólo tienes que leer. Un besazo!
Alkas: Olass! Madre mía, si es el desaparecido, jajaa. Cuanto tiempo! Entiendo que estés ocupado porque a mí me pasa lo mismo, así que tranquilo. Un besazo!
Marita: Olass! Bueno, menos mal que todos estáis tan ocupados como yo, ajajja, así no se nota tanto mi ausencia. Bueno, el fict va avanzando poco a poco. Harry y Ginny no se llegarán a separar del todo en ningún momento. Alan...sí, muy triste, al verdad. En fin wapa, muchas gracias por tu review y ánimo en las carreras. Besos!
Dany-Kanuto-Link: Olas! Muchas gracias! Me allegro que te guste y gracias por la publicidad, jajaaj. Tendré que pagarte...
Catalina: jaja, de eso se tratara, crear un personaje más malo que Voldemort. Besos!
Valerita: Olas! Nops, por supuesto que no. Harry no le dejará el camino libre a nadie, las circunstancias tal vez lo hagan. Ian es muy malo, sí, tal y como yo quería que fuera. Sí, el código Da Vinci es un libro que me encanta. Un besazo!
Aimar: Olass! Jajaj, moltes gracies, mira que ets amable. M'alegro que et semble que no he trigat. Be, es ho més ràpid que puc actualitzar, perque estic realment ocupada. T'agrada el persobatje de l'Ian? Jajaja. Deus ser l'unic. Pero està be. Ajjaja. Home, està pensat per ser molt dolent i fer patir moltisim a la Christine. Ja voras…bueno, el Harry ha madurat I el Troy es el seu amic, no li fotriria una ostia, jajaja. Si el Troy es molt bon tio, de veres. Mm, sm sembla que per a saber qui son els black encara queda una mica...bueno, una mica llarga, jajaja, pero posare pistes, ja ho veuras. Gracias! Em fas propaganda i tot nanu, ets la ostia, jajaja. Si, a vera si t'agrada la batalla. Petons!
CAPÍTULO 12: TOO TIRED TO FIGHT
(DEMASIADO CANSADO PARA LUCHAR)
Albus Dumbledore estaba sentado tras su escritorio, con las manos entrelazadas y los codos apoyados en los posa brazos de su cómoda butaca. Por lo general era un hombre tranquilo, pero hacía aproximadamente un mes que las preocupaciones le impedían conciliar el sueño con normalidad.
Había adelgazado un par de kilos, encogido unos centímetros y envejecido cien años de golpe y porrazo. El director había estado preparado para una guerra abierta contra Lord Voldemort, pero no lo estaba contra una amenaza cuyo propósito era destruir todo a su paso. Esa oscuridad, esa negrura en sus pensamientos, ese vacío...le aterraba y Dumbledore, jamás había sentido miedo.
El utensilio que más juego le daba en sus partidas de ajedrez contra sí mismo era el viejo pensadero. Una vasija de piedra labrada en runas antiguos y rellena con hebras plateadas: sus recuerdos.
Ahora que volvía a ser el pilar de apoyo de la Orden del Fénix y el conocedor completo de todas las verdades, no tenía más remedio que mantenerse fuerte, en pie, más poderoso de lo que había inspirado contra su ancestral enemigo.
Pero había una pega en todo aquel asunto. El anciano realizó un movimiento de muñeca con la mano que sostenía la varita y las extrañas hebras plateadas comenzaron a girar a gran velocidad. Se detuvieron en una nítida imagen.
No era más que un muchacho de alrededor de veinte años, con el pelo negro y azabache, cargando bajo el brazo lo que asemejaba un sucio diario. Vestía una túnica verde esmeralda sucia y andrajosa y sus ojos estaban cubiertos por dos grandes bolsas.
Aquella, había sido la última vez que había visto a Tom Riddle. Cuando con el paso de los años, volviese a encontrarse con ese muchacho convertido en hombre, éste ya sería conocido con el nombre de Lord Voldemort.
Pero continuaba siendo, en esencia, Tom. Y esa era la gran ventaja que Dumbledore había tenido siempre sobre la guerra. Que lo conocía.
Conocía el pasado, presente y futuro de Riddle, conocía su forma de pensar, de actuar y como tal, sus debilidades. A este nuevo enemigo, no.
El director no sabía si Ian Lewis actuaba por venganza, por maldad o por demencia, pero tenía clara una cosa: nada ni nadie lo detendría hasta que hubiese obtenido sus objetivos.
Sabía que había sido el principal artífice de la segunda guerra, el más poderoso aliado de Voldemort, un mago capaz de engatusarlos a todos con sus trucos, con sus mentiras, con sus habilidades. Pero algo debía empujarlo a actuar así, la pregunta era...¿qué?
Volvió a observar la nítida imagen de un Riddle adolescente y se inclinó hacia delante en la butaca, como si esperara que aquella calcomanía de Lord Voldemort fuera a mostrarle la respuesta a su pregunta.
La imagen sólo le devolvió una mirada de dureza, una mirada que se asemejaba a la de un muchacho de veintiún años cumplidos...cada día más...
Había pasado el tiempo, habían cambiado las cosas, pero los ojos de Harry y de Voldemort continuaban inspirando el mismo fuego, el mismo poder, la misma esencia. Con cada segundo, minuto y hora, Harry adquiría más la apariencia del asesino de sus padres. Incluso, pensó Dumbledore con ironía, se parecían físicamente. El pelo de Riddle era un poco más corto y su cara más alargada, pero tenían un cierto aire que los habría hecho pasar por hermanos.
Pero Harry tenía un poder que Voldemort nunca llegó a conocer y que murió sin ni siquiera saborearlo y era precisamente ese poder el que esperaba que salvara al muchacho de su crítica situación.
Christine había hablado con él, le había puesto al tanto de los fantasmas que acechaban al chico, de sus miedos, de sus inquietudes y le había confesado su temor porque el miedo a perder lo que tenía acabase destruyendo a Harry.
Dumbledore apartó la vista del Tom Riddle de veinte años y se levantó de su butaca con algo de esfuerzo, caminado hasta la chimenea, donde las llamas se balanceaban tranquilas, como si estuvieran bailando ajenas a la tensión que se respiraba en la habitación. Algo llegó a la mente de Dumbledore.
Lo había visto en alguna película muggle tiempo atrás, pero desde el primer momento había estado de acuerdo con aquella oración.
-El miedo lleva a la ira, la ira al odio y el odio lleva al Lado Oscuro...- recitó con sencillez.
-Sabias palabras...- susurró uno de los retratos que colgaban de las paredes. Dumbledore giró el rostro y le sonrió con cordialidad, pero en ocasiones, detestaba la falta de intuición de los antiguos directores cuando le interrumpían en sus cavilaciones.- Cuidado amigo mío, porque pueden convertirse en reales...- el director se dio cuenta de que quien había hablado no era otro que Phineas y decidió no tomar sus palabras como una preocupación inminente. El anciano todavía poseía en éxodos de grandeza su realeza proveniente del apellido Black.
-Harry nunca se dejará consumir por la oscuridad.- afirmó para auto convencerse y sinceramente, creía en ello. El chico había tenido oportunidad de dejarse arrastrar por el ángel negro pero lo había superado. Y lo había hecho en el peor momento de su vida. Christine jamás descuidaría su vigilancia y de proceder a un cambio ellos lo sabrían a tiempo para impedir que ocurriera.
-¡Oh, vamos Dumbledore!- replicó Phineas con una chirriante voz de pito.- Confías demasiado en el muchacho. Tom Riddle no siempre fue un asesino.- el director volvió a centrar su mirada en el crepitar de las llamas. El retrato tenía razón, sin embargo...había mucho odio en el corazón de Lord Voldemort, no había nada de humano en él y ese no era el caso de Harry. Dumbledore nunca había llegado a intervenir durante la segunda guerra, pese a que estaba preparado para hacerlo de ser necesario, si no hubiese observado como Christine se guardaba su último as bajo la manga: Ginny. Sí, había sido Ginny Weasley la que había mantenido atado a Harry al bando de la luz y mientras ella existiera, no habría peligro alguno. Lo que Dumbledore no se imaginaba es que se estaba confundiendo de persona al efectuar sus suposiciones acerca de posibles deslices. Existían dos personas sobre la faz de la tierra que estaban mucho más cercanas al Lado Oscuro de lo que pensaba. Su error, como el de tantos otros, no fue darse cuenta a tiempo.
En aquel instante, en el que guardaba el pensadero en una de sus múltiples estanterías, la puerta de su despacho se abrió bruscamente y la última persona que se imaginaba que cruzaría el umbral, ingresó en la estancia.
Severus Snape no era un hombre amable ni agradable a la vista, pero su rostro aquella mañana estaba mucho más cargado de hostilidad de lo habitual. Una primera mirada le bastó para entender que su profesor de Pociones no había tenido una noche muy tranquila y pese a que no podía introducirse en su mente, sus ojos hablaban por él.
Dumbledore aguardó el golpe, pero el afilado rostro de Snape estaba pálido y parecía que el hombre buscaba la mejor forma de exponer lo que tenía que decir.
-Buenos días, Severus.- el director consideró que tal vez, debería dar él el primer paso.- ¿Un caramelo de limón?- extrajo de una fuente tallada en cristal un pequeño dulce envuelto en un papel de plata amarillento, pero Snape declinó la oferta de un gesto de muñeca.
-¿Quiénes son?- dijo bruscamente y dio un paso más al frente, colocándose a escasos dos metros del escritorio donde estaba sentado el director. Dumbledore se inclinó hacia atrás y movió ligeramente su butaca giratoria, con las manos entrelazadas sobre su regazo y las gafas de media luna resbalándole por la nariz.
-¿A quién te refieres?- Snape apretó los dientes y realizó una mueca burlona con sus labios, como si pensase que el director le estaba tomando el pelo.
-No es posible que usted no lo haya notado, director.- Dumbledore continuó en silencio y en la misma posición, sin tensar su rostro lo más mínimo como si estuviera jugando con el profesor de Pociones. No sonreía, pero tampoco parecía turbado.
-Eres un hombre demasiado irascible, Severus.- sonrió, giró su butacón y se levantó con agilidad, como si se tratara de un hombre de treinta años, para caminar después hacia la ventana, con las manos en la espalda y observando como el los primeros rayos del alba de colaban por la ventana, reflejándose en las aguas del lago y creando un círculo vicioso de colores, con los que unas pequeñas hadas del bosque, jugueteaban.- Imagino, que has tenido clase con los alumnos de Aurología y tu pregunta es acerca de esos chicos que llevan el apellido Black...
-Imagina bien.- respondió Snape mordazmente, como si Dumbledore de verdad estuviera engañándolo y disfrutando con su cara de amargura y desconcierto. Hacía demasiado tiempo que no se enfrentaba a aquel trocito de su vida y estaba seguro que aquello no había sucedido por simple casualidad.- Dígame quiénes son.- para su sorpresa, pudo observar en el reflejo del vidrio como el rostro del director configuraba una sonrisa forzosa.
-Sólo son dos chicos normales y corrientes.-aseguró- comprendo que te hayas llevado un sobresalto con su apellido pero debería indicar que...
-Señor director- replicó Snape y su tono había pasado a ser autoritario e irritante.- Ese chico, el tal Orión, realizó un encantamiento de hipnosis sólo con la mirada...estoy completamente seguro...y...- el hombre apartó el rostro de la espalda del anciano, no quería que Dumbledore viera la expresión que forzaban sus mejillas, de perpetuo abatimiento.- no es sólo como hablaron, que parecían conocer mis propios pensamientos pese a que estoy convencido de que no usaron la Oclumancia, sino es como lo dijeron...- levantó la cabeza y se encontró con el director en la misma posición, como si las palabras le hubiesen resbalado por la cara.- usted tiene que haberlo notado.
-No hay nada de extraño en esos muchachos, Severus.- insistió Dumbledore con rudeza. Snape contrajo los músculos de la cara de rabia. ¿Cómo era posible que el director no lo hubiese sentido? Había un gran mal en aquellos chicos.- me parece que te estás dejando arrastrar por viejas creencias...
-¿Y si son los que están matando a los cardenales?- inquirió el profesor de Pociones. Había algo muy extraño en la forma de comportarse de Dumbledore. Nunca lo había visto tan pensativo y le parecía que al no darse la vuelta estaba evitando el contacto visual con él a propósito.
-Son mortífagos los que están matando a los cardenales, Severus, y tú mejor que nadie deberías saberlo.- replicó Dumbledore con dureza y un rubor cubrió momentáneamente las pálidas mejillas de Snape.- Sabías que no se rendirían, mil veces expresaste tu preocupación y como en aquellas ocasiones, ahora te agradezco que lo hagas, pero creo que estás llevando esto demasiado lejos. Deja a esos chicos tranquilos, no los condenes por llevar el apellido Black y procura dedicarte exclusivamente a tu trabajo.- era una orden y Snape supo captarla de inmediato, pero estaba visiblemente sorprendido. No había visto al director perder la calma ni siquiera cuando se había producido la segunda guerra y ahora parecía que Dumbledore no era capaz de mantener una conversación normal que incluso le afectaba más que si hubiesen estado discutiendo sobre Potter. No obstante, Snape no se iba a rendir con tanta facilidad. Tenía un mal presentimiento y en sus tiempos de espía su intuición siempre le había salvado la espalda en más de una ocasión.
-¿Y quién le dice que no llevan en el antebrazo la Marca Tenebrosa?- esperaba que el director le ordenara de malas formas que se marchara del despacho, pero aquello nunca ocurrió. Dumbledore suspiró profundamente, miró al techo con expresión de abatimiento y por fin, se dio la vuelta. Su rostro arrugado estaba cargado de una muestra enorme de preocupación y pese a que Snape la sentía, no se atrevió a expresarlo en voz alta.
-Está bien. Si eso te hace trabajar más tranquilo, te aseguro que los mantendré vigilados.- no era del todo lo que Snape esperaba, pero se mostró satisfecho. Era un avance que Dumbledore se molestara en no dejar ni a cal ni a canto a aquellos extraños muchachos.- Ahora retírate, por favor- pidió amablemente. En esa ocasión, no sonó como un mandato, sino como una súplica.- Necesito reflexionar.- el profesor escudriñó los ojos del director fugazmente y asintió con levedad. Se dio media vuelta y estaba a punto de salir por la puerta cuando el anciano lo llamó una vez más.- Severus.- pronunció- ¿Cómo se tomó Harry el escuchar el apellido Black?- Snape ni siquiera se molestó en girarse.
-Estaba sorprendido. Igual que Weasley y Longbotton.- respondió con indiferencia. Detestaba que el director pareciera mucho más preocupado por el estado de Potter que por lo que le acababa de contar.- Pero me sorprendió enormemente la reacción de la señorita Odria.- añadió con desdén.- Parecía molesta.- Dumbledore caminó con pesar hacia su escritorio y nuevamente, se dejó caer sobre su asiento, retocándose las gafas de media luna.
-La familia Black mató a sus padres y algunos miembros más por ser de origen muggle.- explicó.- Heka está emparentada con Tonks, pero por la parte de su padre Ted.- Snape arqueó las cejas, empezando a comprender.- Los Lestrange y los Malfoy fueron los principales sospechosos, pero estaba claro que cualquiera de esa familia pudo haberlo hecho y como estaban bien posicionados el caso nunca salió a la luz. La señorita Odria tuvo que apañárselas sola desde muy pequeña.
-Entiendo.- se limitó a decir Snape sin sentirlo en absoluto. Sólo era otra de las consecuencias de la batalla campal que se había efectuado por la pureza de sangre.
-Severus- continuó Dumbledore.- Espero que Harry y tú no tengáis ningún tipo de problema en clase. Recuerda que para todos es...
-Sí, Oldman, lo sé.- masculló Snape entre dientes. Dumbledore percibió como apretaba la mandíbula y los puños.- Potter debería dejarse de jueguecitos y centrarse en lo que se le viene encima.- hizo una pausa, pero el director no dijo nada, así que añadió:- Los mortífagos no descansarán hasta matarlo. Los conozco bien.- y tras decir aquello tomó el pomo de la puerta y salió airado como si tuviera prisa. La puerta volvió a cerrarse de un portazo y Dumbledore cerró brevemente los ojos.
Se levantó y caminó hasta la percha donde dormitaba Fawkes, acariciándole las plumas para despertarlo. El fénix abrió los ojos y emitió un ruido que podía haberse tomado por un saludo.
-Encuéntrala.- susurró con delicadeza y mirando a ambos lados de la habitación como si las paredes pudieran escucharle. Fawkes parpadeó y tras elevar las alas, se escuchó un fogonazo y desapareció dejando un par de plumas a su lado.- Espero que ella tenga las respuestas...
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Incluso un hombre como Ian Lewis tuvo la necesidad de postrarse a los pies de tan imperiosa obra maestra. Meta de peregrinaje de la Europa Occidental, la Catedral de Santiago de Compostela se abría paso ante sus ojos.
El templo, de tres naves con tribuna, crucero, girola y capillas absidales; había tenido nueve torres, dos en cada fachada y tres en el crucero y todavía parecían retumbar en sus oídos, los ruidos huecos de las campanas realizando un movimiento de vaivén.
Sus conocimientos sobre el arte, le permitían identificar la traza medieval que recibía con adiciones renacentistas y barrocas.
Tuvo que alzar la mirada e imaginar las capillas del interior, en una muestra por escudriñar en cuál de ellas se encontraba el sepulcro del apóstol Santiago, descubierto a principios del siglo IX. No obstante, arrasada la primitiva iglesia de Almanzor, el edificio actual se comenzó en 1075(s. XI) con el obispo Peláez y se concluyó hacia 1128(s. XII) gracias al impulso realizado por el obispo Gelmírez y Don Raimundo de Borgoña.
Pese a la excitación que sentía por hallarse en un lugar tan devoto, no pudo evitar que la carne se le pusiera de gallina al imaginar, como todos los peregrinos que recorrían el arduo camino de Santiago, al viejo apóstol con el peso de su cuerpo inclinado en un bastón de madera recogido del bosque, llegar hasta allí e hincarse de rodillas, sediento, a las puertas del final de su viaje.
No era fiel ni creyente, detestaba todo lo que tenía que ver con la religión cristiana, pero un aire frío le recorrió la espina dorsal y se estremeció. La hermosa Catedral era una verdadera obra de arte y profanarla, sería un placer insólito.
Contempló la plaza como si lo hiciese por primera vez y descubrió como un sinfín de peregrinos iban y venían de todos los lugares y se recostaban a rozar, acariciar e incluso besar la columna del viajero, donde estaban puestas las manos de tantos caminantes.
A las puertas de la catedral, no obstante, se hallaban una veinte de mendigos, con ropajes ajados, sucios y con cuencos de madera donde la gente les depositaba dinero muggle.
Ian sonrió glorificándose. Iba a acabar con toda aquello y si lo hacía bien y rápido, podría llevar a cabo su segunda parte del plan. Así pues, siguiendo las instrucciones de la estrategia que él mismo había formulado en las cavernosas cuevas de los Caballeros Templarios, se alzó a la cabeza una capucha algo raída que iba unida a su túnica de un color beige gastado. Se miró las sandalias, que como había planeado estaban cubiertas de polvo y recostando su peso en un largo y tambaleante bastón, comenzó a caminar cojeando, como si tuviera ampollas en los pies de tanto andar.
Como cualquier peregrino, se acercó a la columna y la examinó detenidamente, fingiendo asombro.
-Debes estar muy cansado, viajero.- giró su rostro a la voz dulce que le había hablado. Era una chica vestida con unos pantalones cortos por encima de las rodillas, una camiseta de tirantes y unas botas de montaña. Llevaba una mochila de acampada colgada a la espalda y un gorro de campamento que le cubría la melena pelirroja. Su piel era pálida y estaba dorada de un color rojizo, claramente quemada por el sol. Sonriendo amablemente, le tendió una cantimplora que tintineaba a causa del sonido del agua.- Bebe, está fresca.- Ian entornó los ojos y sonrió agradecido, pese a que no perdía detalle de lo que ocurría a su alrededor. Una rápida visión desde su posición le dio a entender que todos sus secuaces estaban preparados. Listos para irrumpir en una de las capillas que conducía al refugio del anciano cardenal, que debía de estar rezando bajo la tumba de Santiago, al que él creía su Dios. Bebió un sorbo de agua, que como le había indicado la amable señorita, estaba fresca y después de palpar la columna, giró sobre sus pasos para entrar en la catedral. Antes de ingresar, acompañado de su hermosa recién conocida, dio una señal a Draco Malfoy, que también se hallaba en la plaza disfrazado de peregrino. No le costó nada entender a Áyax que las intenciones de Ian iban muy encima de lo que habían acordado. Sin duda, el antiguo mortífago se proponía burlarse del Dios único a lo grande y su bellísima acompañante se había propuesto para ello.
Su trabajo, en cambio, era mucho más sencillo. No encontró resistencia al ingresar en la Catedral detrás de su Señor. Los guardias que vigilaban la entrada parecían haberlo confundido con cualquier peregrino. El camino hasta el refugio era rápido y sencillo y él solo se bastaría para arrestar al Cardenal y llevarlo frente a la plaza. Aquello, sería una ejecución pública.
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Harry mordía la tapa de su bolígrafo en un intento por realizar el resumen del capítulo que les había indicado la profesora McGonagall en la primera clase. No era muy difícil, únicamente, tenía que apuntar los puntos más importantes en relación a las Transformaciones para ocultar su identidad en caso de verse acorralado por un enemigo.
Bostezó ruidosamente. Él se conocía un método mucho más eficaz que cambiar la textura de su cuerpo. Únicamente, tenía que utilizar su forma animaga. Sonrió al recordar como convertirse en serpiente, le había ayudado a ingresar en el Ministerio de Magia sin ningún tipo de tropiezo. Desde aquel día, se había transformado unas ocho veces más en el reptil, pero sólo para no perder su instinto depredador, puesto que no le había hecho falta.
Aburrido, somnoliento y algo exhausto de tanto entrenar con Christine, subrayó una frase que entendía por importante y la copió en el pergamino arrugado que tenía a su derecha. No era un trabajo muy bien presentado, pero ya tendría tiempo de hacerlo mejor durante el curso. Ahora, se sentía agotado.
Hacía un día ventoso y molesto y las ventanas de su habitación traqueteaban a causa de los empujones y le impedían concentrarse con normalidad. Había realizado un entrenamiento cada día de la semana, pero en todos ellos, Christine se había dedicado a humillarlo. Su habilidad con la espada se veía atada a la energía que recubría su cuerpo y que en aquel momento no era para tirar cohetes. Después de fracaso tras fracaso, Christine había decidido que lo mejor era potenciar primero sus reservas de energía, de manera que su resistencia aumentara y así, poder emplear un mayor poder que embistiera contra sus enemigos.
Harry se sentía herido en su orgullo y deseaba con todas sus fuerzas poder volver a inspirar ese temor en sus enemigos que producía El salvador en tiempos de Lord Voldemort y estaba empleando toda su capacidad para lograrlo. Para empezar, se estaba dejando dominar de nuevo por el sentimiento de venganza que adquiría su mente cuando pensaba en los viejos mortífagos que habían ideado todo aquello para matarlo. Pero con ese sentimiento, también acudían los riesgos. Sentía un mayor poder al dejarse vencer por la ira, por el odio y la rabia, pero a la vez, era también una debilidad puesto que ejercía menor control sobre su cuerpo y su mente. Sabía que aquello que sentía poseía un nombre, un nombre que no había escuchado en mucho tiempo: el ángel negro.
Pero también sabía que podía dominarlo como lo había dominado la última vez.
-Pero entonces tenías a Emy...- replicó su reflejo en el espejo. Harry asintió en silencio y trató de concentrarse de nuevo en las notas, pero echaba de menos a la Unión y ocultárselo a sí mismo era puro cinismo. No podía evitar preguntarse cómo estaría Emy y qué estaría haciendo en aquel momento. ¿Habría sentido la amenaza que se cernía sobre ellos¿Estaría enterada del estado en el que se encontraba? Pensó que no. Emy debía sentirse muy feliz disfrutando de su otro yo, de su bebé y de Sirius.
Pensó con nostalgia que le gustaría estar allí con ella, pero se arrepintió de inmediato de ello. Era injusto que abandonara ahora a Lupin y a Christine cuando éstos lo habían tratado como a su propio hijo.
Tan metido en sus cavilaciones estaba que no notó la presencia de un fénix detrás suyo, que acababa de aparecer de un fogonazo. El precioso ave plateado era especialista en actuar con sigilo. No se dio cuenta de que estaba allí hasta que el animal lo picoteó cariñosamente en la manga de la camiseta.
Harry se giró sobresaltado. El corazón le latía arrítmicamente. Por un ligero instante, se había imaginado que había sido Emy la que le había tocado el brazo y al darse la vuelta, había tenido la esperanza de encontrarse con su rostro dulce y amable. No había sido así. Pensó con melancolía que Hedwig, su vieja lechuza, le picoteaba simpáticamente de la misma forma. Suspiró y acarició las plumas de Ares, pero en seguida notó que el fénix no había acudido sólo en busca de compañía.
-No puede ser...- murmuró, negando ligeramente con la cabeza. Pero la forma tan agitada en la que se comportaba el fénix, le confirmó que no se equivocaba.- ¡Mierda!- dando un bote en la cama, saltó como un lince hacia la puerta y se dispuso a bajar los escalones de dos en dos.- ¡Chris!
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El sepulcro del apóstol Santiago estaba situado en una de las capillas de la Catedral. La chica que iba con Ian, que llevaba una especie de plano, había encontrado la sala con suma facilidad. Estaba vacía. Las visitas a aquel lugar sagrado solían efectuarse por la mañana, nunca cuando empezaba a caer el sol pues la gente de la ciudad no tenía ganas de quedarse en medio del bosque en medio de la negrura.
Así que allí, en aquella habitación circular, decorada con mosaicos y cuadros de divinidades, se encontraban los restos del mártir, junto a otros dos mausoleos más.
Fidel Fita y sus compañeros, al levantar el Altar Mayor en 1878 descubrió la estructura de lo que quedaba de un viejo monumento funerario romano, en el que se encontraban alojadas tres sepulturas. La cámara sepulcral estaba dividida en dos partes por una pared de mampostería: la oriental contenía una única tumba cubierta con mosaico romano de colores, sin duda la de un personaje más importante que los otros; las otras dos estaban en la parte occidental, adosadas a las paredes norte y sur y cubiertas con baldosas de arcilla. Estos enterramientos son necesariamente anteriores a la mitad del siglo II, data del segundo nivel del pavimento que se sitúa por encima de los sepulcros. El edificio se encontraba rodeado en sus partes este, norte y sur por un pasillo pavimentado con losas graníticas.
Tras el hallazgo de los restos de Santiago en 1879, éstos fueron depositados en una urna de plata labrada por los orfebres Rey Martínez en 1886, dentro de un cofre de madera forrado de terciopelo rojo con tres compartimentos, para Santiago, Atanasio y Teodoro.
Y así se encontraban en la actualidad. Estaban acordonadas con una cinta rojiza que impedía el acceso hacia las urnas.
No obstante, Ian dio unos pasos hasta acariciar el cordón con las yemas de sus dedos.
-Es hermoso¿verdad?- opinó la chica que había paseado tras él. Si le hubiese podido observar la mirada, habría distinguido como los ojos de su acompañante habían variado. Ahora resultaban...peligrosos.- Da escalofríos estar aquí...- la mujer se frotó los brazos para deshacer el erizamiento de su piel, sin percibir que por detrás, una sombra la asolaba. Quiso gritar cuando sintió una mano helada tapándole la boca, pero le fue imposible.
-No te preocupes...- susurró su atacante con demencia. Horrorizada, la muchacha comprobó que se trataba del mismo chico que había estado hablando con ella todo el rato, pero su voz, sus ojos, su forma de actuar se habían transformado.- ...yo te voy a hacer entrar en calor.- sintió como si un objeto con punta se le atragantara en la espalda y entonces, sin previo aviso, el ardiente artefacto comenzó a quemarle la piel. Escuchaba resquebrajarse la carne y olía a chamuscado. Los ojos comenzaron a nublársele, primero a causa de las lágrimas y después del intenso dolor y resbaló entre los brazos del Ian, desmayada.
El mortífago la dejó caer al suelo sin preocuparse de que se hubiese golpeado violentamente la cabeza. Mejor, pensó, así no obtendría resistencia. Se sentó a horcajadas sobre el cuerpo delgado de la chica y desgarró con sus garras los botones de la camisa, observando sus senos voluminosos. Antes de saborear su triunfo, Ian alzó la mirada hacia los restos de Santiago y le hizo un gesto militar con la cabeza, burlándose en su totalidad de la Iglesia Católica y sus mártires. Ahora poseía un tiempo precioso para disfrutar y trabajar a la vez. Malfoy debía de estar casi saliendo hacia la plaza y si todo había salido bien, en sus manos debía de tener al Cardenal Figueroa...
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Harry casi tropezó con el paragüero con cabeza de león que había a los pies de la escalera. Iba descalzo, con la camisa abierta, unos pantalones piratas bajos y el pelo totalmente alborotado tras habérselo dejado suelto después de la ducha.
Ingresó en la cocina, dando alaridos como un loco y apoyó tan fuerte las manos en la mesa donde Alan tomaba un vaso de leche, que derramó el contenido en su totalidad.
Su hermano, furioso, le lanzó una mirada furibunda mientras observaba como el líquido blanquecino se expandía por la tabla de madera y resbalaba hasta el suelo. No obstante, Harry le hizo caso omiso.
-Chris...- jadeó colocándose una mano en el pecho para recuperar el aliento. Christine y Lupin, que llevaban en la mano un par de cervezas de mantequilla y hablaban tranquilamente, apoyados en la barra americana, le observaron asombrados.
-¿Se puede saber porqué te comportas como un poseso?- gruñó la profesora irritada, viendo a su vez, como el rostro de su hijo pequeño se había contraído en una mueca desagradable.
-No hay tiempo...para...explicaciones...- no era lo que había corrido, sino el impacto que le había producido aquello lo que impedía que Harry se expresara con total normalidad. Sus ojos se agrandaron del shock.- Es Ares...- logró explicar- ha detectado la presencia de Draco Malfoy.- el ambiente tranquilo y apacible que reflejaba la habitación varió súbitamente. Christine, que todavía mantenía la expresión ceñuda en el rostro, palideció de golpe y Lupin, que estaba a punto de dar un sorbo a su cerveza de mantequilla, bajó despacio la botella desde sus labios, contemplando a Harry como si lo estuviera viendo por primera vez.
Entonces, súbitamente, sin previo aviso, Christine cerró los ojos y se llevó una mano a la cabeza. Lupin vio su rostro contraído de dolor y supo lo que estaba ocurriendo. Dos segundos más tarde, lo mismo pasó con Harry. Ambos arcángeles podían sentir gritos, terror y miedo de manera latente. Algo terrible estaba sucediendo y si no se equivocaban mucho, tenía que ver con la reaparición de Malfoy.
-No puede ser...- Christine se sintió derrotada y tuvo que apoyarse en la nevera, pues sus piernas le temblaban a convulsiones. Tenía la mirada ausente. Hacía demasiado tiempo que cualquier aviso de ataque se había desvanecido y ahora, cinco años después de la caída de Lord Voldemort, se repetía.- Esto ya ha empezado...- Alan entornó los ojos y se lanzó desde el taburete de madera en el que estaba sentado hacia el suelo, escudriñando los rostros de su familia. Algo fuera de su comprensión estaba ocurriendo¿pero qué? Si también era un arcángel¿por qué él no podía sentir lo mismo que sentían su madre y su hermano¿Es qué acaso no era tan poderoso como ellos? Trató de concentrarse, de cerrar los ojos y percibir con sus cinco sentidos el artífice del comportamiento de su familia, pero no lo logró. Sólo estaba el silencio y...oscuridad. Una profunda sensación de negrura, vacío. Una manta azabache que le invadía.
-Tenemos que avisar a la Orden del Fénix.- susurró Christine, reponiéndose y mostrando la misma dureza con la que se había comportado años atrás.- Debemos ir a...España.
-Entonces yo iré al Ministerio de Magia a hablar con Amelia Bones.- Harry se irguió con una mirada de decisión y se dispuso a salir escaleras arriba, para calzarse y coger su capa y espada, pero la voz de Christine lo detuvo en el umbral.
-Sería mejor que...
-Ni se te pase por la cabeza que me voy a quedar aquí plantado.- replicó el muchacho y Christine tuvo que apartar la mirada. Lo quisiera o no, no podía evitar que Harry saliera por esa puerta y comenzara a enfrentarse cara a cara con su destino. Y tampoco tenían tiempo de estar discutiéndolo o para cuando llegaran a Santiago de Compostela sería demasiado tarde.
-Yo me llevo a Alan a casa de los Weasley- dijo Lupin descolgando su capa del perchero de detrás de la puerta.- Molly lo cuidará. Después me uno a vosotros.- Christine asintió mientras conjuraba con la varita un encantamiento que le convocó su espada.
-Yo quiero ir.- intervino de pronto Alan. Christine y Lupin que en aquel momento se estaban abrochando las capas, se miraron entre sí.
-No digas tonterías- replicó la mujer de mal talante y tomó a su hijo de la mano a la fuerza, obligándole también a ponerse la capa por encima de la camiseta de pijama que vestía.- Tenemos trabajo y tú únicamente estorbarías.- Christine había sido muy brusca y lo sabía, pero no tenía otra opción. La única manera que Alan obedeciera era comportarse con él distantemente y no actuar con amabilidad. Sólo su personalidad fría era capaz de frenar a la gélida de su hijo pequeño. Le dolía en el alma humillarlo de aquella manera y ordenarle lo que tenía que hacer, pero Alan no podía acudir al ataque o lo matarían y sabía que actuando de esa manera se estaba asegurando que el niño no se escapara de la casa de los Weasley.
Como un rayo, se colocó la espada en la vaina y se envolvió en una columna de luz, al tiempo que Harry, desde el piso superior, hacía lo propio. Lupin, consternado y a sabiendas de que dejaba a Alan muy mal herido en su orgullo, lo tomó de la mano con suavidad y corrió hacia la casa de los Weasley, a avisarles de lo ocurrido. Ron y Ginny debían de estar allí y seguramente, Dumbledore los necesitaría para el ataque. Después de darle un beso en la mejilla a su hijo y decirle dulcemente que se cuidara, él mismo desapareció en un "plop", para reunirse en el primer ataque que debatiría la vida de Harry.
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El Cardenal Figueroa se encontraba arrodillado a los pies de la impetuosa Catedral de Santiago. Llevaba en las manos un crucifijo y lo besaba continuamente mientras susurraba palabras mezcladas con el sudor que le resbalaba por la frente. Era un hombre viejo, de setenta y dos años y todavía mantenía la esperanza de que el Dios por el que había dedicado su vida, se dignara a mirarle a la cara mientras recibía la muerte. Pensaba en aquellos dos muchachos que lo habían puesto a salvo y su falta de fe le hacía rogar mentalmente su presencia.
-Ummm...- aspiró su captor.- Huelo miedo...- Malfoy soltó una carcajada maléfica y los peregrinos que habían en la plaza, que se hallaban prisioneros de un grupo de enmascarados y vestidos con túnicas negras, soltaron un alarido de terror. La escena no era para menos. Áyax se encontraba subido en el centro de la sala y había hecho aparecer de la nada, como si se tratara de magia, una horca. Todos los integrantes del lugar habían sido arrastrados hasta colocarse en círculo alrededor de aquel sacerdote sumiso y temeroso y de su terrorífico depredador.
El aire soplaba con furia, el cielo se había cubierto de nubes y amenazaba tormenta. Comenzaba a hacer frío, pero Draco Malfoy parecía insensible a aquel cambio climático, como si ya lo hubiera vivido durante muchos años. Entonces, de la nada, se escuchó un estallido. La gente de la plaza gritó, los enmascarados bajaron ligeramente la cabeza, mostrando respeto, pero Áyax no lo hizo. Ian Lewis le había mostrado un trato justo, no un mandato. Era demasiado libre y guerrero como para volver a verse bajo las órdenes de un superior. Su vida, no le pertenecía a nadie más que a sí mismo y así lo había dejado entrever desde el primer momento. No obstante, sus compañeros no parecían poder ocultar el miedo que le tenían al nuevo Señor Oscuro.
Tras el estallido, apareció una nueva figura, oculta bajo un mantón negro. No se le veía el rostro, pero a través de la capucha que le hacía sombra, se entreveían dos diamantes rojos, que brillaban iluminando la caída de la tarde, como dando paso a una noche que sería muy larga. Llevaba en sus manos una urna que los peregrinos identificaron de inmediato.
-¡No¡No¡Por favor...no!- rogó Figueroa postrándose derrotado. Las lágrimas mojaban su rostro arrugado y ahora consumido. Había algo conmovedor en la manera en la que el sacerdote se inclinaba a los pies de Ian y le suplicaba por el tesoro más valioso de la Catedral.- Mátame a mí...pero por favor, no te lleves al apóstol...a Santiago no...te lo ruego...- los pocos peregrinos que no habían sabido reconocer la urna en la que yacían los restos del apóstol se dieron cuenta de la gravedad. Ese hombre no sólo los había secuestrado, sino que estaba a punto de quebrar una parte muy importante de la fe cristiana y lo peor de todo, era consciente de ello.
Ian se dio la vuelta, dejó la urna en el suelo pedroso de la plaza y caminó con lentitud hacia Figueroa. Se arrodilló a su lado y le tomó el cabello por la fuerza. La cabeza del cardenal se vio obligada hacia atrás. Sollozó como un niño pequeño.
-Viejo inútil...me llevaré tu vida, la de Santiago y la de tu Iglesia...- Ian soltó bruscamente el cabello de Figueroa y le escupió en la cara. Los motífagos vitorearon encantados. Lewis hizo un gesto de cabeza y Malfoy tomó al anciano por la fuerza y lo llevó hasta la horca. El cardenal no lloraba por su vida, ya no podía estar asustado por ello, sino porque estaba a punto de presentarse ante Dios y arrodillarse ante él para confesarle, que la Iglesia por la que había luchado tanto quedaría completamente destruida. Y Figueroa sabía que sería así, lo había podido ver en los ojos de aquel hombre, unos ojos, que no podían ser sino los de Lucifer. Ian, que había interceptado los pensamiento del anciano, mientras éste era amarrado de pies y manos, soltó una carcajada demente.- No...viejo estúpido...no te equivoques...Lucifer es un Santo a mi lado...- Figueroa bajó la cabeza mientras Malfoy le rodeaba el cuello con una cuerda gruesa. Olía a queroseno y pensó que su final sería arder en las llamas del infierno, pero se equivocaba. Ante todo el peregrinaje, que contenía el aliento, Ian extrajo la varita mágica de su túnica y la levantó contra el cardenal, sonriendo a los muggles cínicamente. Todos los mortífagos comprendieron su intención, de inmediato. El señor oscuro pretendía torturar a Figueroa de una manera mágica, no sólo para hacerlo sufrir más sino para que los muggles dieran cuenta de la magia y supiesen, que no podrían combatir contra ella. La fe mermaría con mayor facilidad y los no mágicos comprenderían que estaban condenados a ser dominados por los magos. Aquella idea les resultaba terriblemente malévola, pero la saborearon como un premio a los años de exilio que habían sufrido.-¡Crucio!- y la voz demoníaca de Ian, se escuchó por los cuatro rincones de la catedral. Figueroa no pudo resistir el dolor y comenzó a gritar y agitarse como si lo estuvieran poseyendo. Ian bajó la varita y el cardenal dobló las rodillas, pero no pudo caer al suelo, pues la cuerda que llevaba alrededor del cuello, se tensó. Ahogándose, tuvo que ponerse en pie tembloroso, para evitar la muerte.
Algunos niños de la plaza lloraron y escondieron la cabeza en las ropas de sus padres, que igual que ellos, deseaban poder llorar también. No acabó ahí.
Ian volvió a alzar la varita y repitió el encantamiento. Una...dos...hasta tres veces más. Figueroa se contraía por el dolor y la desesperación. Rezaba en voz baja y le suplicaba a su Dios que acabara con su sufrimiento, pero no era Dios el dueño de su vida, sino Ian.
No obstante, cuando el hombre vio que el cardenal enloquecería en breve, sonrió con malicia y subió él mismo a la horca. Aseguró la cuerda que rodeaba el cuerpo de Figueroa y se acercó a la palanca.- Saluda a tu Dios de mi parte...- rió- dile que Ian Lewis le manda recuerdos...
-¿Por qué?- pudo articular el cardenal con dificultad. Abrió un ojo lo suficiente para observar el rostro contraído de furia de su enemigo. Malfoy, que estaba al lado, tenía la vista fija en la horca. Pensó en lo que había aprendido en los numerosos libros que había leído. Si el cardenal tenía suerte, el cuello se le rompería nada más caer al vacío; era una muerte rápida e indolora. En caso contrario, quedaría ahí colgado, el rostro se le amorataría, y con la boca abierta, se agitaría como un pez fuera del agua hasta morir por estrangulamiento. Ésa era la muerte más divertida. No sólo porque el prisionero sufriría más, sino porque podrían ver su cara antes de cerrar los ojos para siempre y éste a su vez, los vería a ellos, sabiendo que lo habían condenado a aquel dolor.
-Morirás sin saberlo.- replicó Ian sonriendo nuevamente. En aquel momento, Malfoy también se preguntó porqué su señor odiaba tanto a la Iglesia. Pensó que si Ian no se lo había revelado a Figueroa al que estaba a punto de asesinar, no era probable que se lo confesara a él. Antes de accionar la palanca, Lewis miró al cielo como si se estuviera mofando de alguna fuerza sobrenatural y después, presionó la manivela con una fuerza brutal. La gente de la plaza gritó, se escuchó un desagradable "crack" y el cardenal quedó literalmente colgado de la cuerda, con la cabeza ladeada. Se le había partido el cuello. En su boca, todavía se dibujaba una mueca de asombro. Entonces, Ian soltó una glacial carcajada. Parecía un loco riendo a prenda suelta, sujetándose el estómago como si acabara de encontrar el significado a un chiste muy malo. Ningún mortífago llegaba a comprender lo que era tan gracioso, pero no se atrevían a preguntar. Hasta Draco Malfoy parecía sorprendido con la conducta de su nuevo amo.
Pasada la histeria, Ian cogió la urna donde permanecían los restos del apóstol Santiago y la alzó al cielo. Toda la plaza contuvo la respiración, aguardando lo que se disponía a hacer aquel asesino. Con todo el descaro del mundo y probablemente sin importarle lo más mínimo que estuviera a punto de destruir uno de los tesoros más importantes de la humanidad; lanzó la urna hacia el cielo y el un rápido movimiento, extrayendo la varita, gritó alto y claro:- ¡Incendio!- los muggles vieron horrorizados como el cofre prendía fuego y quedaba consumido por aquella llamarada tremenda, hasta reducirse a simples cenizas, que llovieron sobre sus cabezas y fueron arrastradas por el viento.
Malfoy, indiferente a todo aquello, extrajo su propia varita. Aquella revolución y falta de discreción delante de los muggles no tardaría en alertar al Ministerio de Magia, ya fuera el español o el inglés.- Matadlos.- ordenó entonces Ian, observando con malicia los rostros temerosos de los niños y los turistas. Después, girando sobre sí mismo, se envolvió en su mantón oscuro y desapareció con un ruido leve y sordo. Malfoy estaba al cargo del ataque. Sintiéndose más poderoso de lo que se había sentido en mucho tiempo, realizó un gesto de cabeza a sus compañeros que entendieron la orden a la perfección. Miró al cielo y comprobó que el cielo se había oscurecido completamente. Aquella noche, se derramaría mucha sangre...
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Harry había insistido en que Amelia Bones permaneciera en Inglaterra, bajo el resguardo del Ministerio. La ministra lo conocía desde hacía muchos años y Harry le tenía un gran aprecio y respeto y por ese lazo que se había creado durante la guerra, le había confesado toda la verdad de lo sucedido. De todas formas, estaba seguro que Dumbledore no le ocultaría ningún detalle a la mujer y prefería que la información le llegara en boca del principal protagonista.
Su voz se había quebrado ligeramente al confesarle con amargura que ya no era tan buen mago como la última vez, que no podía protegerlos como era debido pues su vida pendía de un hilo, pero si esperaba que Amelia Bones se sintiera decepcionada, se equivocaba. Al contrario, se había preocupado de inmediato por la salud de Harry.
Le tenía en gran estima y para la ministra lo importante eran las vidas humanas, no los héroes que las salvaran.
Pero Harry sabía que la necesitaban en el puesto para llevar adelante esa nueva amenaza. No había otra ministra como Bones y no podían permitirse el lujo de perderla. Moriría por protegerla si hacía falta. El mundo mágico la necesitaba a ella mucho más que a él. En aquel momento sí y aunque le pesara, lo comprendía. Por eso le había pedido que dejara que la Orden del Fénix y los aurores se ocuparan de aquello y que en cuanto tuvieran noticias, le informarían. Inmediatamente, Amelia había utilizado los polvos Floo para comunicarse con el Ministerio de España y ponerles en alerta. Eso era cuanto podía hacer por el momento.
Por eso, cuando Harry pisó la piedra tallada de la Plaza de la Catedral de Santiago, se sintió aliviado de que la ministra no hubiese contemplado la masacre que se estaba efectuando allí. Desde su posición, a la entrada del bosque, poseía una vista panorámica de la tragedia. Había duelos personales por todas partes, pero estaba claro quienes eran los beneficiados. Contaba al menos un centenar de mortífagos y jamás se había pensado que pudieran quedar tantos. Al parecer, había subestimado a grandes rasgos al ejército de Lord Voldemort.
Los aurores de ambos ministerios estaban luchando conjuntamente, pero no eran suficientes. La Orden del Fénix todavía no se había presentado y Harry no podía adivinar porqué, aunque tenía la ligera idea de que reunir a sus miembros no había sido una tarea fácil para Dumbledore. Se preguntó si el director estaba enterado ya o estaría tan ocupado que Christine había decidido prescindir de él. No tenía tiempo de pensarlo.
Respiró hondo, se colocó la capucha que lo había guarecido de su identidad en el pasado y acarició casi con ternura el tejido oscuro de la capa de su padrino. Con ella puesta nada malo podía sucederle¿o sí? Porque lo quisiera o no, Harry seguía sin perdonar a Sirius por prometerle cosas que jamás se iban a cumplir.
Luchando por enterrar aquellos pensamientos, extrajo la reluciente espada de Godric Gryffindor y salió corriendo hacia donde un par de peregrinos estaban a punto de ser asesinados. Harry elevó el brazo y fue rotando su arma mientras daba un grito guerrero. El mortífago no tardó en reconocerlo y su primer impulso fue retroceder un paso. Todavía no se le había olvidado lo que era capaz de hacer El Salvador. No obstante, al parecer, la ira de acabar con él era mucho más grande. Esquivó no sin dificultad la primera embestida y creó un escudo con la varita a tiempo, para evitar la segunda.
Harry no se rindió. Jadeando, se dio la media vuelta y atestó tan fuerte contra su enemigo, que éste no pudo mantener la barrera mágica y recibió el golpe con violencia. Cayó al suelo fulminado.
El par de peregrinos a los que había salvado, miraron a Harry en una mezcla de temor y agradecimiento. Los habían salvado, pero no olvidaban el brillo esmeralda oscuro de los ojos del muchacho. Harry se había transformado en una persona completamente distinta, una que sólo salía a relucir con el fuego de una batalla. Y había matado, se recordó. Tras cinco años sin hacerlo, había vuelto a clavar su espada sin tropezar en el intento, sin escrúpulos.
Sintió una ráfaga a sus espaldas y se dio la vuelta. Christine estaba allí. Acababa de aparecer. La luz de la luna reflejó su rostro frío. Iba vestida con su habitual túnica oscura de sus años de soledad, llevaba el pelo recogido en una cola alta de caballo y sus ojos brillaban de furia. Sólo había una cosa que podía hacer reflejar la peor parte de la mujer y eso era una guerra. A Christine le gustaba pelear, lo llevaba dentro de sí misma, porque en parte, había sido una vez arrastrada por el ángel negro, no poseíada, pero sí ciegamente tentada.
No tardó en deshacerse de cuatro enemigos, pero por la forma en la que peleaban, Harry supo que quién fuera que había enviado a aquellos mortífagos, había elegido a los más débiles de un comienzo. Así pues, su ejército debía ser grande y poderoso.
Se acercó a Christine para luchar con ella espalda con espalda y defenderse así con mucha más soltura. Pero no lo logró. Al parecer, dos arcángeles juntos atraían todo el interés del sector enemigo. Los habían reconocido e iban a por ellos.
-¡Cuidado!- gritó Christine y tiró del brazo de Harry lo justo para apartarlo de un rayo aturdidor que había lanzado uno de los hombres enmascarados. Harry cayó al suelo y rodó hasta colocarse de rodillas, mientras observaba como su arcángel lo volvía a defender colocándose delante suyo y disparando no sólo embestidas con la espada, sino poderosas bolas de energía. Sintió rabia. Él deseaba defenderse por sí mismo, pero había perdido rapidez y habilidad, por no decir fuerza. Ahora, Christine volvía a maravillarle como antaño.
Enrabietado, trató de ponerse en pie para ayudarla. Tres enemigos le lanzaban potentes hechizos de magia negra. Pero se dio cuenta, aterrado, de que no podía. Sus rodillas le temblaban a convulsiones y el pánico que sintió al sentirse tan débil le hizo caer a cuatro patas. Notaba el sudor resbalando por su barbilla y con la vista nublada, comprobó con horror, como sus manos también temblaban. Christine clavó la punta de su espada en el corazón del último enemigo y se giró hacia él abruptamente. Había sentido su debilidad.
Pese a que estaban en medio de una batalla, la mujer se arrodilló al lado de su protegido y le tomó del brazo. Harry cerró los ojos un instante, esperando a que el dolor y la sensación de malestar por la pérdida de energía, remitiera. Pero no ocurrió.
-¿Qué...qué...me pasa?- preguntó con la voz rota, alzando la barbilla hacia la mujer. Christine se mordió el labio inferior y no pudo soltarle algún comentario frío, como el que debería haberse quedado en casa. Aquello no era normal del todo. Harry debía estar débil si hubiese malgastado mucha energía de golpe pero no era el caso. Había estado perfectamente sólo unos segundos antes y ahora, de repente, apenas podía moverse del suelo. Ambos miraron a su alrededor y la respuesta no tardó en caer como un balde de agua helada.
En el centro de la plaza colgaba un cadáver y pese a que ninguno sabía con exactitud quién era el hombre, su hábito hablaba por él. Era un cardenal, pero no uno cualquiera, debía ser uno de los desaparecidos del cónclave. Al parecer, el enemigo lo había localizado aquí, en la catedral de Santiago y había acudido a asesinarlo. Por las marcas de su cuerpo y el gran números de muggles que se habían visto acorralados, ambos dedujeron que había sido una ejecución pública y con tortura mágica por medio. Lo comprendieron y más aún cuando descubrieron restos de cenizas y de la urna que Ian había quemado. Había destruido una parte muy importante de la fe cristiana, al menos, para los muggles de la ciudad. En público, sintiéndose desamparados, la gente normal se había sentido impotente al ver aquella atrocidad, habían sucumbido hacia la oscuridad de sus corazones, creyentes o no, habían perdido toda esperanza. Y con ello, sin darse cuenta, habían menguado las fuerzas de Harry. Observaron con desazón como los pocos peregrinos que habían sobrevivido se hallaban escondidos en algún rincón de la plaza, aterrados, desamparados bajo el manto de algo que no comprendían. Sus pensamientos eran oscuros, carentes de sentido que les impulsara si quiera a escapar. Estaban derrotados. Sus ropas sucias de sangre de otros muggles, de cenizas o rotas bailaban al son del viento que comenzaba a ser frío. Los vieron consumidos y tristes y no pudieron evitar sentirse igual de desamparados.- No...no...
-Escúchame.- Christine le apretó el brazo un poco más fuerte y le obligó a que sus miradas se encontraran. Harry, abatido, desalentado y sintiendo una carga muy pesada, la miró a disgusto.- Tienes que resistir.- la mujer hablaba con una entereza que Harry era incapaz de preguntarse de donde venía.- Te daré un poco de energía hasta que pueda llevarte a casa y allí te inyectaré una poción más poderosa¿de acuerdo? Pero ahora tienes que ponerte a resguardo...- para su sorpresa, Harry bajó la mirada desafiante que había mantenido durante toda la semana y negó con la cabeza.
-Guarda tu energía, Chris...- sonrió amargamente.- Es inútil...
-¡No hagas eso, Harry!- bramó Christine enfurecida y zarandeándolo sin cuidado. Miraba continuamente por encima de sus hombros para asegurarse de que ningún hechizo los alcanzara.- ¡Recuerda que tú formas parte del mundo, por lo tanto tu fe también es necesaria¡No la pierdas¡Si haces eso, si te rindes, morirás rápidamente, te consumirás¡Necesitas ser fuerte para vencer esto¡Vamos, puedes hacerlo¡Eres mucho más poderoso de lo que crees!
-El cardenal está muerto...- titubeó el chico con amargura contenida.- Siempre iremos un paso por detrás de ellos...los encontrarán a todos...los matarán...es inútil...
-¿POR QUÉ LUCHAS AHORA?- gritó Christine con furia y soltó su brazo empujándolo contra el suelo y poniéndose de pie.- Una vez, estabas dispuesto a morir por tus amigos, por salvar a aquellos a los que querías y no te importó el precio. Mira hacia allí.- señaló a un grupo de aurores que estaba siendo resguardados por unos chicos. Harry abrió los ojos miserablemente. Eran Heka, Neville, Ron, Hermione, Troy y Ginny. Todos parecían muy asustados pero tenían más maestría que la mayoría de los demás aurores. Y conocían a los mortífagos. Harry los había entrenado una vez para que acertaran sus movimientos y ellos lo estaban poniendo en práctica.- Dime, Harry¿por qué luchas ahora?
-Por ellos.- con gran esfuerzo, el chico se puso en pie ayudado por su arcángel. Parecía mentira, pero sólo con volver a sentirse seguro de sus sentimientos tenía la sensación de que las fuerzas se le habían renovado.
-Entonces no puedes perder.- Christine le entregó la espada, que con la pelea se le había caído al suelo y Harry la tomó entre sus manos. Sintió un poder muy especial al acariciar la empuñadura. Había peleado con su espada durante mucho tiempo y ésta lo había sacado de muchos apuros. Miró a su profesora y le sonrió con seguridad. Christine le colocó una mano en el hombro para ofrecerle su apoyo, pero en aquel instante, un haz de luz roja se estrelló en su hombro y la desplazó hacia atrás. Harry gritó horrorizado. La mujer había caído al suelo y se llevaba la mano al brazo herido, con un ojo cerrado. Una carcajada fría, se escuchó cercana a ellos. Entre la polvareda de la batalla, apareció una figura alta y fornida. Harry reconoció la arrogancia en aquella gélida manera de comportarse y descubrió unos profundos ojos grises que le observaban entre la espesura. No podía creerlo, pero así era. Diferente en todos los aspectos en los que lo había visto la última vez, pero la misma presencia. Su toque salvaje hacía a Draco Malfoy, sin duda, un enemigo mucho más peligroso.
-Volvemos a encontrarnos...Potter...- Harry se llevó un sobresalto tan grande al escuchar su apellido después de tanto tiempo en boca de su archí enemigo de la infancia que estuvo a punto de tropezar con el muro de una fuente y caer también al suelo.- ¿Sorprendido?
-Gratamente.-sonrió el chico empuñando la espada con maestría. Hacía mucho tiempo que deseaba vengarse de Malfoy y ahora, por fin, tenía una oportunidad.- Me asombra que hayas sobrevivido fuera de los límites de tu palacio para pijos, Malfoy.- Malfoy se enfureció, Harry pensó que le había tocado un punto importante, pero era la pronunciación de su apellido lo que le había molestado al Slytherin.
-Draco Malfoy está muerto, Potter. Ahora todo el mundo me llama Áyax.- aquella alusión a su nuevo nombre sorprendió íntegramente a Harry, pero pensó que, sencillamente, los años comiendo ratas habrían enloquecido al muñequito de porcelana que había sido Malfoy. Detrás suyo, Christine se había puesto de pie, todavía con una mano en la herida. No estaba tan sorprendida como Harry y eso le hizo pensar al chico, que tal vez, ella ya pensaba que Malfoy reaparecería de una manera así. Estuvo tentado de preguntarle si era él quien había organizado toda esa comidilla de antiguos mortífagos, pero estaba tan seguro de ello que se detuvo. Entonces, a su izquierda, escuchó un grito aterradoramente conocido. Giró el rostro y vio como Ginny era arrollada por un hechizo aturdidor.
-¡Mierda!- exclamó furioso. Ahora tenía doble problema. El defenderse a sí mismo y a sus amigos. Estaba condenado a estar pendiente de ellos. Lanzando una mirada furibunda a Malfoy, se envolvió en capa y desapareció en una columna de luz, con intención de ayudar a la chica. Sentía el peligro en sus venas y el mero pensamiento de que Ginny podía morir en cualquiera de aquellas batallas, le aterraba. Porque ahora la chica se marcharía sin que él pudiera decirle que la quería por encima de todo y que había sido un sonado gilipollas por haberse comportado de aquella forma.
Malfoy pareció furioso de que Harry Potter se escurriera de sus manos otra vez, pero enfrente tenía otra gran pieza.
Observó a Christine y le sonrió con malicia. Había sido su profesora y la había odiado por encima de todo y ahora por fin, podría matarla. Asesinar a las personas se había convertido en su pasatiempo favorito. El olor a sangre le atraía peligrosamente. Incluso le excitaba la sensación de poder incrustar su varita en el corazón de ella. Y más cuando parecía herida.
El arcángel apretaba los dientes para no sentir el dolor del hombro. Sería sencillamente divertido acabar con ella. Antes de darle respiro, lanzó un haz de luz rojo que Christine interceptó alzando una mano y creando un escudo protector. Había vuelto a ser la mujer poderosa del pasado, sus energías se habían regenerado y no era tan vulnerable como la última vez, pese a estar herida. Ambos se movieron analizándose y comenzaron a lanzarse rayos los unos a los otros.
Una bola de energía rozó el costado de Malfoy y éste olió la carne chamuscada de su piel, pero estaba tan acostumbrado al sufrimiento que atacó con más furia contenida y Christine, que se había relajado al pensar que el mortífago se había hecho mucho daño, se vio golpeada con una maldición cruciatus. Gritó de dolor con todas sus fuerzas, como no había gritado en años y arañó el suelo de piedra, haciendo chirriar las uñas.
Cuando el hechizo se detuvo quedó exhausta. Malfoy soltó una carcajada.
-Estás acabada, perra.- y le dio un puntapié en el hombro herido. Christine aulló y pataleó inútilmente. Malfoy repitió la presión con mayor fuerza. El arcángel se mordió un puño para no chillar con más energía.- La venganza es muy dulce...- en ese momento, algo sólido empujó al mortífago contra la pared y le golpeó en la cabeza, haciendo que perdiera el conocimiento. Christine, con los ojos nublados, levantó la barbilla lo suficiente para vislumbrar una figura alta, vestida con una túnica negra y con el rostro cubierto, que llevaba un bastón de madera en la mano, probablemente, con lo que había golpeado a Malfoy.
Olía a algo que reconocía...pensó Christine y entonces, el hombre que la había salvado, se arrodilló junto a ella y le acarició el rostro con ternura. La mujer no pudo evitar estremecerse. Conocía esa caricia. La conocía muy bien. Trató de abrir más los ojos y miró entre la sombra de la capucha. El enmascarado, comprendiendo, se bajó la tela que le cubría la cabeza y sonrió con dulzura.
-Chris...- murmuró con una voz ronca, como si no la hubiera usado en mucho tiempo.- ¿Estás bien?- a Christine se le hizo un nudo en el estómago. Llevaba el pelo un poco más largo que antaño, sus facciones eran quizás, algo más varoniles y viejas, pero sus ojos amielados eran inconfundibles, aún con esa sombra que todavía nublaba la vista de la mujer. Su corazón se le llenó de emoción al acariciar su rostro que había besado hasta la saciedad.
-Dani...- el hombre misterioso, simplemente, sonrió.
