N/A: Buenas! Q tal gente? Yo feliz de la vida pero muy muy muy muy...¿cómo se decía¡ah, sí! muy estresada de la via, jajaj. El trabajo y la universidad me ocupan todo mi tiempo, bla, bla, bla, como ya he dicho mil veces y siento deciros que en este capi no pudo contestar los reviews. Prometo hacerlo en el próximo, o al menos eso espero, que sepáis que los leo todos, que me encantan, que sois geniales y que sigáis enviándomelos por favor. No los respondo para poder subir el capi antes, pero a v er si saco tiempo y me pongo al día. Es todo gente, espero que hayáis visto la 4 peli y os haya gustado y que estéis muy bien. Nos vemos pronto!
CAPÍTULO 13: NEVER GONNA BE THE SAME.
(NUNCA SERÁ LO MISMO)
Harry incrustó su espada con rabia en el cuerpo de su enemigo. El mortífago cayó fulminado en el acto. Su sangre salpicó el rostro y las ropas del muchacho, que se giró para ver a una Ginny asustada y temerosa, apoyada contra una de las paredes de la catedral y encogida sobre sí misma.
No tenía miedo de haber estado en peligro de muerte, sino de la manera en la que su novio había actuado contra aquel hombre. Sin piedad, sin remordimiento...sin dudar. Había estado observando la batalla y se daba cuenta perfectamente, tal y como le habían enseñado en sus clases en la Academia, que los demás aurores trataban de aturdir, inmovilizar y capturar a sus enemigos, evitando a toda costa utilizar cualquiera de las maldiciones imperdonables, a pesar de que todavía estaba en vigencia la ley de Amelia Bones. Pero el Salvador no se paraba a pensar en eso. Y lo peor de todo, es que para Ginny, aquel hombre había dejado de ser Harry para volver a adoptar la siniestra apariencia del extraño individuo que los había salvado en el pasado.
Vio los ojos enrabietados y oscurecidos de Harry y sintió que el corazón le daba un vuelco. Incluso la manera en la que él la miraba le asustaba. Era como si no pudiera reconocer en ella a aquel chico dulce con el que había pasado sus mejores años.
-¿Estás herida?- le preguntó, pero si Ginny esperaba que su voz se azucarara con ella, estaba equivocada. Había sonado tan áspera y fría como si se dirigiera a un enemigo. Asintió con la cabeza y se obligó mentalmente a aceptar la mano que él le ofrecía.- ¿Dónde están los demás? Tenemos que salir de aquí cuanto antes. Son demasiados.
-Los...los perdí entre la multitud.- Harry apretó los dientes y se detuvo en seco. Notaba la presión que la mano de Ginny ejercía sobre la suya. Miró el cielo. Había oscurecido. Hubiese deseado que el manto de la noche le mostrara su lado más terrible, que los truenos y relámpagos se asomaran a la puerta sin llamar, que su odio fuese creciendo a medida que veía caer uno tras otro a aurores que había salvado en el pasado, a gente inocente que no tenía nada que ver en aquella guerra absurda. Sintió como una gota de sudor resbalaba por su rostro y tuvo la necesidad de gritar y llorar bajo aquella irreal visión. Hubiera pagado porque desapareciesen los gritos, porque los muggles se esfumasen en un escudo proyectado por las ganas que tenía de terminar con aquello; pero nada de eso ocurrió.
Impotente, alzó su espada al aire y todavía con Ginny aferrada a su mano agitó con fuerza su arma, incrustándola en cada enemigo que salía a su paso mientras buscaba con el corazón a sus amigos. Necesitaba volver a reír con Ron, abrazar a Hermione y decirle que todo iba a salir bien, darle un beso en la frente a Heka y susurrarle palabras tranquilizadoras después de una pesadilla, enseñar a Neville el movimiento correcto al hacer un encantamiento ilusionista, chocar su copa de Whisky de Fuego con la de Troy, pero ahora aquellas sencillas cosas cuotidianas le parecían tan inalcanzables que el pecho llegaba a dolerle al pensar que podía pederlos y que no había hecho nada por evitar que se unieran a su lucha. La sola idea de que el miedo de Ginny pudiese convertirse en algo real, le atenazaba los músculos, le oprimía la mente, incapacitándolo para pensar en algo que no fuera volver a levantarse cada mañana sabiendo que todo había terminado.
Un nuevo enemigo se vio derrotado bajo, en aquella ocasión, una bola de energía. Veía tal desolación en las calles, escuchaba aquellos llantos lejanos, aquel sonido electrizante que menguaba su energía y pensaba que si continuaba trabajando a ese ritmo iba a terminar por perder el conocimiento. Pero no fallaría. No hoy. No ahora cuando estaba en juego todo por lo que había peleado.
Y entonces vio la luz.
Ron dio un grito de alegría al acabar con un poderoso mortífago y chocó sus manos con Troy y Neville. Las gotas de lluvia comenzaron a deslizarse desde el nebuloso cielo carente de estrellas y mojaron sus ropajes. Harry se detuvo.
Escuchaba la respiración acelerada de Ginny, pero se sentía incapaz de mirarla. Ron los vio y corrió hacia su hermana para abrazarla, mientras Troy y Neville hacían los propio. Heka y Hermione, por el contrario, se quedaron igual de estáticas. No estaban heridas, pero parecían vivir en la misma realidad que Harry, parecían entender que reír en aquel instante, moverse, no significaba nada. Porque las calles de Compostela seguían manchadas de sangre, porque el cielo se había declarado enemigo vencido de los mortífagos, porque no brillaban las estrellas...
Las miradas de Heka y Harry se cruzaron y quedaron conectadas por esa magia que impregnaba la estampa de una batalla que se mirase por donde se mirase, se había perdido. Quedaron prendidas de la angustia de verse rodeados por algo que no podían detener y que al parecer, nadie adivinaba a comprender.
Al final, Harry dio unos pasos y llegó hasta ella. Heka no estaba herida, pero sus ojos estaban aguados y tenía un rasguño en su mejilla izquierda. El chico se quedó a escasos centímetros de su rostro y le colocó el pulgar en la herida. Heka cerró un ojo adolorida, pero sintió un cálido contacto bajo su delicada piel. Cuando Harry retiró el dedo la herida había desaparecido.
-No llores...- sin embargo, una lágrima resbaló por el rostro contorsionado de Heka. La chica bajó la mirada y después, le quitó la capucha a Harry, con tal de que éste mostrara su verdadera cara, la que ella deseaba ver, no la del Salvador. Cuando se descubrieron, los ojos del muchacho tenían un verde esmeralda brillante, cautivador. El silencio los inundó y después, ambos se abrazaron...
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Christine se había quedado estática arrodillada en el suelo. La lluvia mojaba sus mejillas, sus pestañas, su cabello y su túnica, pero no lo sentía. Se había quedado dormida en los brazos de aquel hombre, se había quedado anclada a un recuerdo que no veía en visiones desde hacía cinco años. Nada o nadie que gritase a su alrededor parecían poder librarla de ese trance en el que había caído. Tocaba el rostro de Dani, pero no lo creía, sentía su mano en la cadera pero era un roce sin sentido, esos ojos la miraban pero era incapaz de verlos reales.
Agua salada se mezcló con su cara mojada, sintió el cálido aliento de sus lágrimas en los labios, sintió el vuelco del corazón, sintió su cuerpo entumecido, pero fracasó en su intento de despertar. Le gustaba aquella irrealidad.
En un segundo se le habían aparecido las imágenes de una vida pasada en la que habría sido completamente feliz. Alan se coló en sus recuerdos como una paloma en lo alto de una catedral. Sabía que Dani habría cuidado de su hijo hasta el último suspiro, sabía que habría crecido feliz y contento al lado de su padre, conocía a Dani lo suficiente para verlo en imágenes que no existían correteando por el jardín con un Alan de tres años, bañándose en la piscina y enseñándole a mover las piernas para no tener que utilizar el flotador, a montar en bicicleta...
"-¿Dónde vas?- Dani se acercó a su mujer que se estaba colocando la capa por encima de la túnica negra. Miró a la ventana. Hacía una noche tormentosa. La besó en el cuello y ella se estremeció y la piel se le puso de gallina. Sonrió. Le encantaba que ella le mostrase esa debilidad.
-Me ha llamado Dumbledore.- respondió Christine sonriendo y dándole un fugaz beso en los labios, antes de coger las llaves del coche de la mesita del recibidor. En aquel instante, un bebé comenzó a llorar desde el comedor. Dani sonrió y miró hacia atrás. Tendría que quedarse con Alan.- Cuida de él, por favor. No tardaré.- si la mujer esperaba una calurosa despedida, se quedó con las ganas. Dani la miraba mientras ella tomaba el picaporte de la puerta y lo hacía como si la viera por primera vez. Tenía una sonrisa forzada anclada en el rostro.
-Suerte, Chris...- Dani realizó un movimiento con la mano muy típico en él.- Te quiero...- el móvil de la Orden del Fénix la asaltó y Christine dio un bote.
-Tengo que irme...- murmuró mordiéndose el labio inferior con nerviosismo. Dani se limitó a asentir. Había un brillo inusual en sus ojos. Cuando la mujer cerró la puerta de la casa, sintió como si el corazón le diese un violento vuelco. Aquella sería la última vez que vería a Dani con vida. "
Lo miró a los ojos. Eran los mismos que había visto aquella noche. Todavía resonaban en su mente sus últimas palabras..."Suerte, Chris...te quiero...". Pese a que el rostro de Dani se mostraba más cargado de arrugas que la última vez que lo vio, a Christine le pareció percibir su mismo tacto, su misma olor, su misma sencilla forma de sonreírle, de decirle sin palabras que la quería.
-Tienes que ponerte a cubierto...- ¿por qué su voz tenía que seguir sonando tan dulce y cargada de verdad¿por qué tenía que tratarla con cariño cuando ella le había hecho tanto daño¿por qué tenía que aparecer como un fantasma en la noche hurgando en sus recuerdos?- Vamos, te llevaré a...- pero Dani no pudo terminar la frase porque una nueva figura salió de entre la bruma de la lluvia. Llevaba el pelo a la altura de los hombros, mojado y del mismo color castaño que el suyo. Sus ojos también poseían el tono característico de la miel, era quizás, algo más bajito y su túnica estaba más rasgada y raída, pero Remus Lupin era una vieja calcomanía de Daniel Rice.
Envejeció diez años al ver como su viejo amigo tenía la mano puesta sobre las caderas de Christine y con su brazo libre la abrazaba contra sí, levantándola del suelo en el que la mujer parecía haber dejado un trozo de sí misma. Sus miradas se cruzaron y ambos alcanzaron un punto indefinido de desconcierto.
Dani parecía un fantasma del pasado que había regresado únicamente con la intención de ayudar a Christine y ésta parecía dejarse vencer por el peso de su recuerdo. Para Lupin, lo que veía no era real, no podía serlo. Él mismo había tomado el cuerpo de Dani entre sus brazos, había llorado en sus heridas y le había cerrado los ojos asustados, signo de la maldición Avada Kedavra. Christine parecía haber olvidado que ella había encontrado el cuerpo del por entonces su marido y no había hallado latido alguno. Parecía olvidar que su piel había quedado fría con el paso de las horas, que ya no le hablaba, que no podía ponerse en pie y abrazarla. Pero Lupin sí había vivido todo aquello. Había sido uno de los primeros en acudir a la casa de los Rice, había encontrado a Christine a los pies de la cuna de Alan con un niño que ya no lloraba., con una caja de música que tocaba una melodía triste y una sábana tejida con las pequeñas pelotitas del quidditch, Él había arrastrado a Christine fuera de la casa, él se había asegurado de que los cuerpos de Dani y Alan habían pasado a un mundo donde ellos no podían llegar, había mirado sus rostros antes de que fueran enterrados, les había dicho adiós. No obstante, una duda asaltó su mente. Si Alan había regresado...¿por qué no podía hacerlo Dani?
Un rayo se estrelló entre mitad de ellos y descargó su potente ataque eléctrico contra el suelo pedroso de la Plaza de Santiago. Ya no parecía un lugar santo, un lugar sagrado.
Ahora no era más que un cementerio de sangre.
Pero la furia del cielo no llegó sola. Tras la humareda que había provocado el rayo colisionando con el suelo, aparecieron dos nuevas figuras. Al principio, todo el mundo pensó que eran nuevos enemigos aliados de los mortífagos, pero sus vestimentas les hicieron cambiar de opinión. Ambos vestían de negro, con sendas capuchas ocultando sus rostros...igual a...
-¡Son como el Salvador!- gritó un auror. Se giró hacia Harry, que estaba a escasos metros suyos y volvía a llevar la capucha cubriéndole el rostro para que nadie vierala caraque tenía cinco años después y pareció desconcertado al ver que el chico no los reconocía. Por un momento, Christine se separó de Dani y entornó los ojos, recobrando levemente la compostura. Una de las figuras, dio la espalda a la otra y extrajo una preciosa espada que brilló cuando las luces de las farolas muggles la iluminaron. Harry sintió que sus escasas fuerzas flaqueaban. Reconoció a aquella arma. Era Excaliburt, la espada sagrada. Christine se la había mencionado en sus clases y le había dicho que había pertenecido al primer arcángel que había existido y que hasta entonces, nadie había sido merecedor de ella. Al morir el arcángel, el arma se había consumido en las llamas y corría la leyenda de que volvería a reaparecer, cuando existiera otro de su especie capaz de dominarla. Ahora la tenía frente a sus ojos y le parecía imposible.
La segunda figura miró directamente hacia Christine y entonces la mujer entrevió unos profundos azules que la miraban con rencor. Se le revolvieron las entrañas, pero no retrocedió ante aquella muestra de hostilidad.
Un par de mortífagos se acercaron a aquellas figuras y la que poseía la espada dio un giro sobre sí misma, a una velocidad imposible al ojo humano y le cortó la cabeza a tres enemigos. Harry ni siquiera había tenido tiempo de visualizar sus movimientos, eran incluso mejores que Christine. Mucho mejores.
Entonces, ambas figuras alzaron los brazos al cielo y una luz blanquecina comenzó a inundar sus cuerpos. Cuando fue tan intensa que cegó a los mortífagos, ambos arcángeles la desplegaron sin piedad. Se escucharon chasquidos, gritos y el sonido de cuerpos desplomándose en el suelo.
Cuando Harry y Christine lograron abrir los ojos, los mortífagos habían muerto y los dos individuos habían desaparecido. Dani seguía aferrado al cuerpo de la mujer y parecía tan sorprendido o más que ellos.
´´´´´´´´
Cuando aquella noche los funcionarios del Ministerio de Magia español revisaron la capilla donde se hallaban los restos del apóstol Santiago, la encontraron vacía. La urna del discípulo había desaparecido y lo único que llenaba el altar era el cuerpo calcinado y desnudo de una mujer muggle con claros signos de violencia.
Habían muerto un centenar de mortífagos en aquel ataque, sesenta y dos civiles y veinticuatro aurores. Pese a ello, ya se sabía quién había sido el cabecilla de aquel grupo rebelde. Draco Malfoy había pasado a las listas de los más buscados con claros cargos en su contra. Dos horas después de la atrocidad a nadie le cabía duda de que había sido él quien había reunido a los antiguos seguidores de Lord Voldemort y lanzado su ataque contra la Iglesia Católica. El móvil, no era conocido.
De hecho, Malfoy o Áyax, como había pasado a conocerse entre los aurores, había sido el único superviviente de la masacre de mortífagos. Incluso a sabiendas de que había sido herido, sorprendentemente, su cuerpo no había sido hallado, de ahí la sospecha de que continuaba con vida.
Dumbledore se reunió con Amelia Bones nada más enterarse del ataque y ninguno había salido del despacho de la ministra en toda la noche y no parecía que tuvieran mucha prisa en hacerlo. Probablemente, debían de estar poniéndose al corriente sobre las medidas a tomar.
La Orden del Fénix no había sufrido bajas. Únicamente Nadín y Elphias Doge habían resultado levemente heridos y pasarían la noche en el hospital San Mungo. Pese a todo, los miembros se sentían cansados y desolados. Las víctimas habían sido escandalosas y estaba el hecho, de que se había confirmado que el sacerdote que yacía colgado de la plaza, era uno de los desaparecidos del Cónclave. Eso reafirmaba la teoría de que estaban ocultos y de que los mortífagos los perseguían para asesinarlos. Si lo lograban, la Iglesia se quedaría sin representantes, puesto que la matanza de cardenales, obispos y sacerdotes, por distintas zonas de los diferentes continentes, continuaba llevándose a cabo, sin que nadie pudiese hacer mucho al respecto.
Harry entró en Grimmauld Place después de haber estado cinco largos años sin pisar aquella casa y sintió como la sombra de la nostalgia se lo tragaba. Llevaba un brazo alrededor del cuello de Ron, ya que apenas lograba sostenerse en pie.
-No entiendo porqué el Ministerio no ha desmemorizado a los muggles.- protestó Neville, estremeciéndose por cada rincón que atravesaba, al cruzarse con infinidad de símbolos que hacían pensar que la casa había pertenecido al peor de los magos tenebrosos.
-Es inútil.- respondió Troy dos pasos más atrás. Caminaba pegado a Ginny y pese a que no había intercambiado palabra alguna con la chica, podía adivinar en su rostro demacrado que necesitaba todo su apoyo.- Había que ocuparse primero de los heridos y desalojar a los muertos. Los muggles ya se habían dispersado. Muchos se habrán refugiado en la ciudad o en los albergues más próximos.- hizo una pausa y suspiró.- De todas maneras, creo que la pesadilla ha sido tan traumática que incluso un muggle rompería un encantamiento desmemorizante.- Neville asintió en silencio mientras continuaba atravesando el larguísimo corredor. No había estado jamás en el cuartel general de la Orden pero le habían hablado de él. Todo cuanto le habían contado era poco.
Entraron en el comedor, que pese a que estaba limpio continuaba mostrando su aire siniestro y Ron descargó a Harry en el sillón. El chico emitió un gemido lastimero, pero se mordió la lengua para evitar que sus amigos descubrieran el verdadero estado en el que se encontraba. Heka y Hermione, que habían permanecido calladas durante el viaje de regreso, se quedaron de pie junto a la pared de al lado de la puerta. Parecían verdaderamente afectadas y las únicas que vivían la tragedia como si no fuera una pesadilla, sino algo real.
Ginny y Troy se sentaron en unas viejas sillas con carcoma e intercambiaron miradas de preocupación. Sólo Neville se paseó nerviosamente por la estancia. Hubiese deseado marcharse a casa a descansar, pero la mayoría de miembros de la Orden les habían dicho que acudieran a la casa a pasar la noche y a que se les revisara por si tenían heridas. Los chicos sospechaban que lo que en verdad deseaban los adultos era tenerlos vigilados, pues aquel había sido el primer ataque al que habían acudido y probablemente la experiencia habría resultado traumática. No obstante, al ver que los demás miembros también ocupaban la casa, pensaron que tal vez, era costumbre acudir allí hasta que Dumbledore se comunicara con ellos y les diera nuevas instrucciones.
Al día siguiente tendrían que ir a clase, pero quizás se saltaran las primeras horas si su presencia era requerida en alguna misión.
Harry no podía dejar de pensar en Christine y su rostro consumido al ver a aquellas dos figuras que los habían salvado. Él no había podido acabar con los enemigos y habían aparecido nuevos salvadores para la comunidad mágica. Su orgullo estaba herido, pero mucho más la impotencia de saber que debería estarles agradecidos o de lo contrario, la masacre habría sido mucho mayor.
Se sentía cansado, exhausto y le dolía todo el cuerpo. Había desechado demasiada energía. Algo de aquello debió reflejarse en sus ojos.
-¿Te encuentras bien, tío?- le susurró Ron por lo bajo. Harry asintió en silencio sin levantar mucho la cabeza. Se dio cuenta de que tenía los ojos aguados. Miró a Ginny y la vio tan insignificante y encogida sobre sí misma que tuvo deseos de golpearse él mismo. Ella había aceptado unirse a la Orden casi por obligación, pero no estaba conforme. Y si ahora le pasaba algo, si ahora estaba en aquel estado que la dejaba sin fuerzas, era su culpa. Pero la arrogancia que había almacenado durante las últimas semanas le forzó a no cargarse el muerto. Si las mejillas de Ginny estaban pálidas, si había perdido dos o tres kilos, si su rostro se mostraba contraído y descolocado, si sus ojos ya no brillaban, eso no era su problema. Después de todo, él ya no tenía nada que ver con ella. Oficialmente, no habían roto, pero era como si lo hubieran hecho. Pensó con amargura que ahora era Troy quien se ocupaba de ella. Que ya no le necesitaba. Cuán equivocado estaba.
-En verdad tienes mala cara.- dijo el propio Troy. Harry se dio cuenta de que no sentía desprecio por él aunque su cabeza le jugase la mala pasada de pensar que Ginny lo prefería. El chico era su amigo, siempre lo había sido y no creía que tratara con ello de conquistar a Ginny, sólo estaba allí, para ella y para todos. Se levantó y se dirigió a la puerta.- Voy a buscar a Tonks a ver si tiene alguna poción revitalizante.
-Eres muy amable.- Harrry forzó una sonrisa, pero estaba contento de que Troy se marchara unos instantes para poder hablar con total libertad sin tener que ocultar su identidad. Hasta de eso estaba agotado.
-Esa poción no te ayudará- suspiró Hermione y tomó asiento en la silla vacía que había dejado Troy.- Necesitas a Christine. Harry estuvo tentado de confesar que Christine podía hacer muy poco por su estado. Era verdad que, en cierta manera un despliegue de energía lo aliviaría, pero eso dejaría exhausta a la mujer y era lo último que deseaba. Christine sufría muchísimo cada vez que tenía que donar grandes cantidades de energía.- No deberías haber luchado de esa forma...recuerda que los médicos...
-Por favor, Hermione.- la voz de Harry sonó casi a súplica. Cerró los ojos derrotado.- No me lo pongas más difícil. Ya sé que no debería haber abusado de mis fuerzas, pero no podía dejar que los mortífagos continuaran matando gente.- Hermione se calló de golpe y no dijo nada más, pero en el fondo estaba demasiado preocupada. Egoístamente le daba lo mismo la otra gente. Sabía que Harry podría sufrir otro coma como el del día de la batalla con Lord Voldemort y en esta ocasión, sería irreversible. Ginny parecía estar pensando lo mismo, pero no lo expresó en voz alta. Por el contrario se llevó una mano a la frente y cerró los ojos como si ella también se sintiese tan mal como Harry. Hermione recordó que el chico era el protector de su mejor amiga y que quizás algunas de las sensaciones de Harry llegaban hasta ella. Si hizo un silencio molesto durante unos segundos, hasta que Neville lo interrumpió.
-A propósito¿quién era aquel hombre que estaba con Christine?- Harry también se lo preguntaba. En un principio había creído que era Lupin, pero después había visto al hombre lobo muy cerca suyo, peleando ajeno a todo. Fuera quien fuera aquel extraño individuo, era patente que la mujer lo conocía.
-Yo lo he visto antes.- Heka, que había permanecido en silencio durante todo el tiempo, se cruzó de brazos, recapacitando.- Creo que era un auror muy importante...- murmuró más para ella misma que para los demás.- Lo vi en unos recortes antiguos que había en la casa de mis padres...eran diarios antiguos, pero la fotografía era clara y grande...estoy segura de que era la misma persona. Lo vi muy de cerca.
-¿Y cómo se llama?- preguntó Ron intrigado. No paraba de lanzar miradas furibundas a Harry, temiendo que su amigo se encontrara mucho peor de lo que expresaba.
-Daniel Rice.- dijo Heka con decisión.- Hizo importantes cosas por...- se detuvo al ver como Harry se había puesto en pie bruscamente, cuando hacía sólo unos minutos era incapaz de sostenerse sin ayuda de Ron. Su rostro había perdido el escaso color que le quedaba. A su mente llegaban confusas conversaciones con Christine...¿cómo no se había dado cuenta antes? Había visto fotografías de Dani y ahora que Heka lo nombraba...sí...era él, a Harry no le cabía duda. Unos años más mayor, pero él. Pero...se suponía que Dani había muerto la misma noche que Alan. Los mortífagos lo habían asesinado. Harry había visto muchas veces como Christine acudía al cementerio para llevarle flores a la tumba. Era imposible que estuviera con vida, era sencillamente ridículo...
-No...no puede ser...- tomó su capa del asiento de al lado, se la echó por encima y salió corriendo en dirección a la puerta. Al ir a salir colisionó con Troy y la poción que éste llevaba en las manos cayó al suelo y se hizo añicos.
-¡Harry!- exclamó el muchacho en una mezcla de furia y confusión.- ¿Dónde vas?
-¡Tengo que encontrar a Christine!- fue toda la respuesta que dio el chico.
´´´´´´´´´´´
No había mucha gente que se atreviese a cruzar el pórtico de la placeta que daba al ruinoso caserón de las afueras del Valle de Godric. Leyendas urbanas aseguraban que en aquella casa había vivido un rey condenado al fracaso, maldecido por una terrible bruja de horribles verrugas en el rostro. Se decía entre las gentes que si pisabas las malas hiervas de su jardín tendrías mala suerte el resto de la eternidad.
Por eso, nadie se acercaba ni siquiera a la verja arrobiñada. Únicamente, los chiquillos más envalentados jugaban a tirar piedras a las vitrinas y ver cuál de ellos rompía un mayor número.
Los alrededores estaban llenos de mendigos y borrachos que se refugiaban del tumulto de la gente chismosa del pueblo.
El interior del caserón no era mucho más acogedor. Todo el recinto estaba impregnado de polvo, la cerradura estaba rota y la puerta de entrada daba golpes con el viento. No había muebles ni electrodomésticos, pero de las desgastadas paredes colgaban retratos espantosos, muchos de ellos con las caras quemadas o desgarrados como por un animal salvaje.
Christine, envuelta entre la penumbra de la noche, se recostó sobre un pilar que sobresalía de lo que se asemejaba al comedor, sin importarle que su túnica ya teñida de sangre, quedara manchada de polvo. Pese a la batalla, estaba muy hermosa.
Llevaba el cabello suelto y le llegaba a la altura de la cintura. Sus preciosos y profundos ojos azules parecían linternas que dispersaran la negrura e iba vestida de negro, pero con un ropaje claramente caro.
Estaba de brazos cruzados mirando a una segunda figura. El aspecto de Dani no era mucho peor. Parecía un peregrino de los que habían cruzado el camino de Santiago. Se había quitado la capucha de la cabeza, para dejar entrever su rostro. Hacía un par de horas que Christine lo tenía frente a ella, pero todavía le costaba creer que fuera real. Miraba la casa con tristeza.
-Me has traído aquí para alejarme de los demás...- murmuró alicaído. Su voz sonaba ronca, pero era tan cálida y dulce como de costumbre, pese a que había un tono de amargura que la empañaba.- Chris, ha pasado el tiempo...pero todavía sé que los cuarteles de la Orden del Fénix estuvieron una vez en el número diez de Green City.- tal vez, a Christine todavía le costara comprender que aquella figura que estaba a escasos metros de ella era verdaderamente Dani, porque parecía haberlo puesto a prueba llevándolo a aquel lugar apartado de la civilización.
-Dime quién eres.- ordenó la mujer con voz tajante. Trataba de actuar con la misma dureza que se había almacenado en ella a lo largo de los años, que utilizaba contra sus enemigos o contra Harry, para entrenarlo, pero fallaba estrepitosamente en el intento. Tenía a Dani delante...lo tenía cada vez más cerca...podía oler su aroma, podía acariciar su piel...en el fondo¿qué más daba que no fuera posible¿a quién le importaba la racionalidad? Si podía lanzarse a los brazos de Dani y fingir que no había sucedido nada...¿por qué dudar? Era más fácil caer en el embrujo de sus ojos, que le pedían a gritos que lo creyese.- Tú no eres Dani...él murió...murió hace mucho tiempo...- el hombre suspiró, se dio la vuelta y caminó hasta el alfeizar de la ventana, abriéndola para que el frío de la noche llenara la estancia tan cargada. No quedaban muchas horas para el amanecer. Sus ojos se mostraban tristes...
-Es verdad.- confesó bajando la cabeza. Su voz se había roto. Aquello conmovió en lo más profundo de su ser a Christine.- Aquella noche...hace veinte años...en Halloween...- se dio la vuelta hacia la mujer y ella descubrió como su rostro estaba empapado.- Yo...ya no soy de este mundo. Pero soy yo.- repitió con convicción. No sabía porqué, pero Christine le creía.- Los mayores me enviaron...me dieron la oportunidad de ayudarte...de ayudaros a todos...- caminó hasta la profesora y la tomó de las manos, taladrándola con aquella mirada con la que, años atrás, ella se había derretido.- He venido a quedarme contigo, Chris...he venido a protegerte...no tengo mucho tiempo, sólo hasta que ya no sea necesario, pero soy yo...tienes que creerme.- en aquel instante, por la ventana que Dani había dejado abierta, comenzó a sonar una melodía de guitarra. Era lenta y acompasada y una voz angelical, de alguna joven mendiga, los inundó. Quedaron impregnados de aquel sonido cautivador.
"Ha pasado el tiempo,
No he dejado ni un momento de pensar
en los viejos sueños
En las noches de conciertos
en un bar.
Parecían palabras escritas para ellos dos. Mentir y decir que el corazón de Christine no palpitaba de emoción, era un engaño. Sentía que habían renacido todas las emociones que una vez creyó perdidas. Era Dani...estaba allí con ella, volvía a tocarla de la misma manera, volvía a acompañarla...no estaba sola en el camino. Él siempre había sido su camino, el que la guiaba, era demasiado bonito para ser cierto. Y sin embargo, sus palabras tenían sentido...
Ha pasado el tiempo
Y no sé porque te cuento esto
Será que se ha ido
La inocencia que llegó conmigo
Si será el dolor
Este amanecer que me ha helado el alma
Quiero despertar
Porque no puede ser verdad
Esta mala hora...
-Te he echado mucho de menos, Chris...- susurró Dani y se acercó tanto a ella que sus cabezas estaban a escasos centímetros de chocar entre ellas.- Ha pasado el tiempo...pero te sigo queriendo...- la muerte, la sangre, los gritos de la batalla parecían algo irreal comparado con aquello. Era una noche angustiosa, agónica, pero a la vez dulce. Era como mezclar azúcar y sal, pero dejar un buen sabor de boca. Dani estaba ahí parado y ella había olvidado todo lo demás. No podía recordar a Lupin, tampoco a Harry ni la familia que había creado. Una vez, se había cuestionado a cuál de los dos hombres de su vida amaba más y había optado por elegir a Lupin, pero era innegable reconocer que quería a Dani. En aquel momento no sabía cómo, pero sabía que era un sentimiento demasiado poderoso, demasiado irresistible.
Y flaqueó. Dejó que sus manos rodearan la cintura, dejó que él la atrajera hacia sí y chocara sus dos cuerpos, dejó que la abrazara...y Christine deseó que aquel instante no terminara nunca, deseó morir incluso allí mismo y marcharse con él.
Esta madrugada,
Que parece nunca acaba
Esta noche de angustiosa calma
Continuaba sonando la voz dulcificada de aquella muchacha...sonaba una triste canción, pero escrita para ellos dos. Para su reencuentro. En el que Christine siempre había creído. Dani se separó de ella y quedó embrujado por los ojos azules de la chica, quedó hipnotizado por el giro de sus mechones negros, por sus facciones de mujer. Sin darse cuenta, fue aproximando sus labios hacia los de ella hasta rozarlos...
Christine se sobresaltó y comenzó a temblar. Se había castigado a olvidar sus besos, sus caricias, su manera de tocarla...y sentir de nuevo su piel sobre la suya le producía un impacto muy grande. Dani fue paciente. Respirando agitadamente, se quedó con los labios puestos sobre los de ella, esperando...hasta que introdujo su lengua sutilmente, casi sin que Christine se diera cuenta de lo que estaba pasando. Ella tampoco parecía ser consciente de lo que hacía, de lo que estaba ocurriendo.
Pero le llegó la luz.
Va pasando el tiempo,
Bajo el cielo sin estrellas de Madrid
Pero hoy no encuentro
La ilusión que me quemaba dentro
Nada más llegar
A esta ciudad que nos devora
Dime donde estás
Que te quiero ver y dejar pasar
Esta mala hora...
Fue la propia canción la que la devolvió a su mundo. No deseaba eso. Se separó con brusquedad, pero permitió que la mano de Dani continuara puesta en su cintura, mirándola con melancolía.
-Déjame que me lleve conmigo tu recuerdo...no me lo niegues, Chris...- y resbaló una lágrima por su rostro. Christine quiso gritar de impotencia, pero se dio cuenta de que lo que sentía era muy distinto a lo que había sentido en el pasado. No era el beso de Dani, pues como su mente se había forzado a olvidar cada uno de los que él le había dado en el pasado, no sabía identificar si era el mismo. Lo único que sabía era que no sentía los retortijones en el estómago que le revolvían las entrañas cada vez que Lupin la besaba.
Y se sentía muy mal con ella misma. Había traicionado a Lupin de alguna manera. No con el pensamiento, pero sí físicamente. Dani le había robado un beso.
¡Pero le quería tanto! No de esa manera, pero le quería. No podía separarse de él, temía que cuando cruzara el umbral de esa puerta y regresara de nuevo ya no lo encontraría. Él ya no estaría ahí. Y entonces enloquecería. Lo necesitaba. Necesitaba esa parte que Dani había representado en su vida y había creído borrar con Lupin. Tal vez es que no podía llevar ella sola la situación, tal vez, es que tenía miedo. Y había dejado de confiar en que el amor que se sentían Lupin y ella estaba muy por encima de los problemas. Ignoraba, que lo aprendería de la manera más cruel posible.
Esta madrugada
Que parece nunca acaba
Esta noche de angustiosa calma
Quédate conmigo
Hasta que la luz se haga
Esta madrugada...
-Haz caso a la canción, Chris...- suplicó Dani con los ojos brillantes y volviendo a abrazarla. Era su olor...- Quédate conmigo...hasta que amanezca...
-No puedo...- por fin, Christine también se rindió a la dureza de su corazón y derramó lágrimas. Las que no había derramado en todos los años apartada del mundo, las que había tratado de evitar a toda costa.- Ya no puedo...Dani...
Quiero despertar
Porque no puede ser verdad
Esta mala hora
-Te quiero, Christine.- aseguró él. Y la miró a los ojos.- Aunque no esté vivo...aunque no sea nadie...quédate conmigo...
Esta madrugada
Que parece nunca acaba
Esta noche de angustiosa calma
Quédate conmigo
Hasta que la luz se haga
Esta noche oscura de mi alma
Esta madrugada
Que parece nunca nunca acaba
Ohhhhhhhhh
Quédate conmigo
Hasta la luz se haga
Esta madrugada...
La mano de Dani bajó hasta las caderas y de las caderas a los muslos de Christine. Pese a que incluso le dolía, ella no sintió nada. No había deseo en sus ojos. Un infinito cariño, pero no del que Dani parecía haber pedido. Le daba lástima haberlo traicionado de aquella forma, se detestaba incluso por haber comprendido que no lo amaba, se despreciaba.
Habría podido soportarlo de no haber tenido a Dani frente a sus ojos. Pero lo tenía. Él había reaparecido y decirle con palabras que no estaba enamorada de él, que estaba casada con otro hombre, era algo demasiado grande como para que pudiera confesarlo. Dani llegó hasta los botones de la túnica y llorando, Christine dejó que se los desabrochara. Dejó de luchar.
Él la acarició, la besó, recorrió con su lengua la piel que la túnica iba revelando. Hasta que ésta cayó al suelo y la mujer quedó totalmente desnuda frente a él. No sintió timidez cuando él la miró con avidez. Era desdichada. Sufría con aquello, pero no podía negarse. No tenía fuerzas. No era capaz de confesar la verdad.
Dani, respirando agitadamente, se desprendió de su propia túnica casi a una rapidez felina. Habían sido muchos años de deseo contenido. No se detuvo ni a disfrutar de las caricias y de los besos con los que antaño había gozado, simplemente quería tenerla rápidamente, como si pensase que ella se esfumaría.
Cuando ambos cuerpos desnudos quedaron pegados y unidos por el sudor del calor de la noche, Dani cogió a Christine en brazos, conjuró una cama con una varita mágica y la tumbó en ella. La observó con los ojos brillantes por el triunfo y observó como ella continuaba llorando y sin reaccionar. Se sintió descorazonado.
-Estoy con Remus...- confesó Christine y se sintió tremendamente desalentada, como si la noche la hubiese engañado.- Por favor, no lo hagas, Dani...- el hombre se detuvo, analizando detenidamente el cuerpo desnudo de la profesora. Sentía como se quemaba entre su piel, como ardía en fuego de deseo. Pero se dijo que él no era así. Que había pasado el tiempo...que todo había cambiado.- ya no soy aquella jovencita inocente que conociste...- le miró con súplica.- no podemos...no esta noche...no esta madrugada...- Dani sonrió lacónicamente. Volvió a coger la varita y con un giro de muñeca, Christine volvió a estar totalmente vestida, pero con una túnica nueva y limpia, de aspecto todavía más caro que la anterior. Parecía una princesa. Él se levantó de la cama y caminó de nuevo hacia la ventana. Se había apagado la canción y la oscuridad con ella. Se veía el sol en el horizonte. Pronto amanecería completamente.
-Vuelve con Remus...- dijo muy a su pesar, evitando mirar a toda costa a Christine. La mujer, incapaz de añadir nada más, se puso en pie y azorada, le dio un beso en la mejilla, para después envolverse en una columna de luz blanquecina. Dani bajó la barbilla y se secó los ojos. Cuando se dio la vuelta ella no estaba allí. Un momento después, amaneció.
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Albus Dumbledore era, ante todo, un hombre inteligente. No había olvidado las palabras de su profesor de Pociones y tampoco sus propias cavilaciones y tenía muy reciente las imágenes de la batalla que había concluido sólo unas horas atrás. Había llegado tarde, pero justo a tiempo para observar el despliegue de poder de aquellos dos arcángeles y la estupefacción en los rostros de aurores y mortífagos.
Porque si de algo no le cabía duda al director, era de que aquellos extraños individuos, eran arcángeles y unos muy poderosos.
Probablemente, nadie los asociaría con los dos inofensivos muchachos que acudían a clase de Aurología, pero él no era cualquiera. Estaba convencido, no, sabía que eran las mismas personas. Había pasado demasiado tiempo entre espías de los mortífagos y su instinto le ponía alerta ante aquella situación.
Esos chicos no sólo eran poderosos, sino que le habían mentido. La manera de dirigirse a él había sido muy distinta de la de dirigirse hacia los demás. No sólo Snape lo había sentido, sino también Christine...
Y Dumbledore sabía que ella no se equivocaba. Había pasado por alto que se apellidaran Black, que no estuvieran registrados en el Ministerio de Magia y que cursaran la carrera sin saber algo más de su pasado. La historia de su familia, aunque sorprendente, no era creíble. Pero nunca lo hubiese acertado de no haber presenciado las imágenes de aquella batalla.
Lo cierto, es que se sentía en deuda con ellos, pese a su engaño y trato hostil con los demás profesores. Les habían salvado la vida de los mortífagos, eso era innegable. Dumbledore había visto a una Christine herida y a un Harry incapacitado, asombrados del progreso del movimiento mortífago. Ya no eran los mismos.
Y aunque le pesara, Dumbledore no podía culparlos. Christine tenía una familia que no volvería a poner en riesgo y Harry había perdido la gran mayoría de su poder y se movía a expensas de la fe que quedaba en el mundo y que había menguado a raíz de la muerte del último cardenal.
Así que, aunque le pareciese increíble se había visto en las manos de aquellos dos extraños, que debían formar junto a Harry, Alan y Christine, la excepción de los arcángeles que poseían magia. Pero eso era imposible, se recordó. No había ningún otro arcángel con las características de Christine, de haberlo habido, de seguro Voldemort lo habría sabido y eliminado.
Y estaba la ley que prohibía a los arcángeles estar con otra persona que no fuera de su misma condición, puesto que esa relación estaba condenada al fracaso y al sufrimiento. Y así había ocurrido con la propia Christine. A no ser...que Anya y Orión no hubiesen mentido del todo y sus padres, arcángeles, hubiesen muerto precisamente víctimas de aquella prohibición. ¿Quién le decía que aquello no era posible¿Qué sus padres habían estado juntos en secreto pensando que ellos superarían esa regla y habían acabado sufriendo como el resto? Si había una persona que podía responder a esa pregunta...era Michaela.
Hacía media hora que el director la esperaba. Después de las cavilaciones de Snape, él mismo se había dado cuenta de que existía una fuerza descomunal sobre las cabezas de esos dos muchachos. Y estaba, por otra parte, la sensación que había tenido el día de conocerlos...una sensación, que se había manifestado también en el caso de Christine.
Dumbledore se frotó la sien con cansancio contenido y se acercó al fuego de la chimenea. Un hombre de su edad tenía más frío que el resto de las personas, a pesar de que acababa de caer el verano. Los primeros vestigios del amanecer se colaban por las vidrieras de sus ventanas, que enfocaban al campo de Quidditch. El equipo de Gryffindor, madrugador y capitaneado por un muchacho alto y delgado que cursaba sexto, había salido a entrenar de buena mañana.
El mundo continuaba girando ajeno a lo que se avecinaba. Pero pronto lo averiguarían..., se dijo el director. Tan pronto como cayera un segundo cardenal del Cónclave y la noticia saliera en los medios de comunicación muggles. Aquella era otra de las pegas que no habían logrado solucionar. Los muggles se estaban enterando de la existencia de la magia y eso adelantaría la enfermedad de Harry.
-¿Tienen respuesta tus preguntas, Albus?- Dumbledore se dio la vuelta sobresaltado. Recostada sobre su butacón, con los codos apoyados en los reposa brazos, se hallaba una mujer de ojos vidriosos y cristalinos. Sonría enigmáticamente, pero su aspecto desde la última vez había cambiado. Michaela, demasiado deprisa para ser un fenómeno del paso de los años, había envejecido. No debía llegar a los sesenta años, no obstante, aparentaba ser una anciana, sobretodo, por las arrugas que habían teñido su rostro poderoso. El director se llevó un sobresalto al ver a su amiga en aquel estado y cuando fijó sus ojos en las manos de la mujer, las vio ásperas y viejas. Al ver su estupefacción, difícilmente disfrazada, apartó la mirada sin importarle el disimulo.- Sí, amigo mío, parezco una anciana...- Dumbledore se recuperó a tiempo. Pese a que eran confidentes y sinceros el uno con el otro y había un grado alto de confianza, le parecía una falta de respeto que hubiese manifestado sus pensamientos tan abiertamente, sin preocuparse por si hería a la mujer.
-¿Ha ocurrido algo que deba saber?- inquirió, enarcando una ceja y apartándose un par de metros de la chimenea, de repente, tenía mucho calor. Michaela suspiró y volvió a centrar su mirada en su propio reflejo en las gafas de media luna del director. Se sentía cansada.
-Muchas cosas, pocas de en las cuales puedas intervenir. Ni tú, ni yo, ni nadie.- se levantó con vehemencia de la silla y caminó unos pasos por la estancia circular, con las manos sobre su espalda encogida. Era unos centímetros más baja que antaño.- El destino es una cosa maravillosa y peligrosa a la vez, Dumbledore, e interferir en él puede traer graves consecuencias...me temo, que cometimos un terrible error...
-¿Estás hablando de Harry?- inquirió el anciano, tratando de descifrar sus huecas palabras y los mensajes crípticos que llevaban. Siempre lo había logrado con sencillez, no obstante, aquel abatimiento en la voz de Michaela, que parecía llevar cincuenta kilos de plomo más sobre su espalda, le desconcertaba. La había conocido fuerte, pese a todo el sufrimiento que había padecido y aunque los problemas fueran restándole el sueño, nunca había flaqueado. Hasta este momento.
-Harry debería haber muerto.- confesó la mujer en una voz de ultratumba y sus ojos lanzaron destellos de luz opaca. Era una mirada atronadora, cubierta de un poder que ardía en sus manos. Y Dumbledore se sintió prisionero de sus palabras como si las compartiera, pese a que tan solo un minuto antes, no lo habría afirmado.- Y ahora nos vemos ante el riesgo de tener que eliminarlo nosotros mismos...
-¿De qué estás hablando?- rugió el director. El tono estricto y severo que había utilizado no amilanó a Michaela, que lo observaba desafiante. Para ella, en su deber como "mayor" las personas no eran más que instrumentos del bien, una vez dejaran de serlo o no sirvieran, lo que ocurriese con ellas no era de su incumbencia. Pero ella poseía unos lazos de unión a aquel mundo que no podía romper con tanta facilidad como los demás "mayores". Se recordó a sí misma, que ella había sido la primera en romper las reglas y que el claustro la había perdonado por ser un ejemplar único y condenado a pagar su deuda viendo crecer a su hija odiándola. Ése había su castigo. Por eso, se convirtió en mayor.
-Harry es peligroso. O lo será si continua así.- explicó tratando de sonar serena y convincente. Se enfrentaba ante la contrariedad de Dumbledore y sabía que estaba quebrantando la ley haciendo pactos con él e informándole de lo que estaba sucediendo. Pero el caso de Harry Potter y toda su familia había sido asignado a ella, precisamente por lo que conllevaba emocionalmente. Seguía formando parte de su castigo.- Ya no puede luchar como lo hacía antes, está muriendo poco a poco y esa desesperación que siente por volver a ser el mejor lo convierte en presa fácil de la oscuridad. No podemos permitírnoslo.- el director reflexionó. Había notado el odio de Harry en la batalla, sabía de los problemas que últimamente, estaban teniendo Lupin y Christine con él, incluso intuía que Ginny y él atravesaban por una grave crisis.- Hay dos factores claves que pueden arrastrarlo hacia el lado del mal y si eso ocurre, ni todas las medidas que hemos tomado para salvarlo ni todos tus consejos podrán devolverlo a lo que era.
-La pérdida de Ginny Weasley y...- Dumbledore entornó los ojos y las gafas le resbalaron por la nariz.- la aparición de esos dos poderosos arcángeles...- Michaela tragó saliva y se recostó en el alfeizar de la ventana, cruzándose de brazos.
-Si Potter se separa de la señorita Weasley, en esta ocasión, será para siempre. No habrá reconciliación posible. Tenlo presente, Dumbledore.- y sabía que era verdad. Lo había visto.- y en cuanto a esos extraños arcángeles...- la mujer suspiró.- sí, el peligro reside en los celos ciegos que siente Harry por verlos superiores a él. El ángel negro le acecha, tendremos que eliminarlo.
-¡No permitiré que Harry muera, Michaela!- bramó Dumbledore y dio una palmada con furia a su mesa de escritorio. Un tintero se derramó por los viejos pergaminos y unos papeles volaron por los aires. La determinación cubría cada partícula del rostro del hombre.- Se lo debemos y lo sabes. No ha sufrido todo lo que tuvo que pasar durante los primeros dieciséis años para que ahora me digas que como ya no es imprescindible podéis sacrificarlo como a un cochinillo el día de acción de gracias. ¡No lo acepto! Harry se merece una oportunidad de salvarse a sí mismo y salvar a todos y se la pienso conceder. Si es preciso pondré mi vida en mi peligro y no dudes ni por un instante que lo haré con tal de que él sobreviva.- la mujer negaba ligeramente con la cabeza y eso detuvo en seco la pantomima del director. No había logrado conmoverla ni un ápice.- Todavía queda mucho bien en su interior...- susurró desesperado.
-La pregunta es,- continuó Michaela con el rostro sumido entre las sombras.- ¿qué parte de él es más poderosa?
-Sólo él puede librarnos de este mal.- aseguró Dumbledore con convicción y realizó un movimiento de varita para que los papeles regresaran a sus sitio y la tinta desapareciera de los pergaminos.
-Los astros apuntan a otra dirección.- dijo la mujer y se arropó un poco más con el chal que llevaba sobre los hombros, tiritando ligeramente, como si hiciera frío en la habitación.
-Te refieres a esos dos muchachos...- afirmó Dumbledore. En su voz había una nota de desprecio.- Todavía no me has dicho quiénes son y porqué están aquí.- Michaela se acercó al pomo de la puerta y como si fuera a salir por ella lo acarició con sutileza. Su silencio contestaba a todas las preguntas. De hecho, ella tampoco sabía bien quiénes eran, pero lo iba a descubrir muy pronto.
-Hay mucho de verdad en sus actos, Dumbledore. Deberías darles una oportunidad.- el director bordeó el escritorio con paso vacilante se fue acercando hasta la mujer, que a su lado, no medía más de un metro y medio.
-Te niegas a darme un significado al aura que emiten, pero en tu interior, lo sabes. Sabes quiénes son y sabes porqué han venido, sin duda lo has visto.- el hombre hizo una pausa para que sus afirmaciones calaran hondo.- Pero has olvidado algo muy importante, Michaela y es que incluso en el último momento, el destino te ha girado la espalda. A ti y a todos. La vida da muchas vueltas y sí, tal vez la dirección apunte hacia ellos, tal vez el ocultarme su identidad ayude a que esa visión horrible que presencié nunca llegue a consumarse, pero...hay piezas del puzzle que se te escapan, porque yo estaba allí y yo los vi...y vi un gran mal...- la mujer se quedó en silencio unos instantes, respiró hondo y dejó que la propia luz que salía de su interior la inundara.
-Un gran mal es lo que nos rodea, Dumbledore...y si no logras descubrirlo a tiempo, puede que ni ellos, ni Harry, ni nadie pueda ayudarnos...recuerda, que esto ya ha pasado...has visto un futuro y eso es tan cierto como que tú y yo estamos vivos. Pero mi tiempo, como el de tu alumno, se está agotando...y yo no puedo impedir lo que se avecina...sólo confiar en el destino y en las cartas que jugué de antemano para que se cumpliera...te guste o no, Dumbledore, la cruz de muerte ha sido marcada sobre Harry Potter...y tarde o temprano, debía cumplirse una vieja promesa...- la luz terminó por inundar el cuerpo anciano de Michaela. El director quiso preguntar acerca de ese gran mal, de lo que debían evitar y de aquellos dos extraños muchachos, pero la intensa claridad ya se la había tragado.
Con el corazón en un puño y a sabiendas de que esa información quemaba entre sus manos, Dumbledore tuvo la certera información de que, después de todo, lo que le había dicho Snape no se alejaba mucho de la realidad. Y que ahora tenía un problema mucho mayor, puesto que había reaparecido un personaje que sólo complicaría las cosas.
