N/A: Buenas! Vale, se que no tengo consideración y que me he portado fatal, lo admito. Os doy permiso para lanzarme amenazas de muerte, jajaja. Diré en mi favor, que no he tenido ni una pizca de tiempo para nada, así que, nuevamente, me veo obligada a no poder responder vuestros reviews. A cambio, os voy a compensar subiendo 3 capítulos de golpe, es lo único que puedo hacer. Vamos a ver, por ahí me preguntaban que porqué Harry utiliza su espada y si sus poderes si con ello se agota, que porqué no usa su varita. Respuesta sencilla. Harry se ha acostumbrado a pelear de una forma y cambiarla ahora le supondría un rendimiento muy bajo. De mago a mago, muchos mortífagos podrían derrotarle, pero no siendo un arcángel. Aunque se agote más, de alguna manera, es una forma mucho más efectiva. Más cosas. Christine ha magnificado la enfermedad de Harry, lo veremos en este capítulo. ¿Qué quiere decir? Pues que ella le hace sentirse mucho menos poderoso de lo que es, pero no es así del todo. Harry no ha perdido fuerza, lo que ocurre es que utilizando sus poderes al máximo pues se cansa mucho más. Pero no se puede eliminar la energía del interior de un arcángel, él sigue teniendo su antiguo poder. Es más, ya dije que en este fict lo veremos más poderoso. A ver, el hecho e que Alan sea el arcángel más poderoso de todos tiene su porqué y lo veréis en futuros capítulos, no es solo porque me haya apetecido, es que Alan es especial. Y el caso de Anya y Orión es distinto. Ellos tienen que tener una base más preparada que Harry porque los han entrenado desde pequeños, pero veremos que Harry tiene otras virtudes que ellos no poseen. Vale, ahora sí, he tratado de responder a las preguntas más frecuentes, a ver si a la próxima si que puedo responder reviews...lo siento mucho de verdad, espero que me sigáis brindando vuestro apoyo. Un besazo!

CAPÍTULO 15: ANYA'S INNOCENCE.

(LA INOCENCIA DE ANYA)

Harry blandió su espada con habilidad, pero el tallo de la hoja sólo logró alcanzar el viento, cortando el vacío limpiamente en un silbido inquietante. Se dio la media vuelta jadeando y entornó los ojos, observando el rostro impasible de Christine. La mujer tenía el arma colocada defensivamente, pese a que el chico sabía que si hubiese querido atacar, probablemente ya lo habría derrotado.

Respirando hondo, volvió a embestir alzando a la vez su mano izquierda para lanzar una bola de energía. Christine se anticipó al movimiento y utilizó su espada como raqueta de tenis, devolviendo la bola a su rival y esquivando el hachazo de la espada de Gryffindor.

Harry, a duras penas, esquivó su propia energía y retrocedió un par de pasos, ejerciendo toda su fuerza en evitar que Christine venciera a su arma, que estaba inclinada muy cerca de su pecho.

La profesora impulsó con más fuerza y Harry cayó miserablemente de espaldas, golpeándose en las pantorrillas violentamente. Christine le miró fríamente y bajó la espada.

-Eres lento, bajo de reflejos y muy previsible. Estás muerto.- la mujer caminó tranquilamente hacia una mesa que había cercana a la puerta y tomó una toalla limpia para secarse el sudor del cuello. Harry, todavía desde el suelo, la observó en silencio, mientras luchaba por recuperar el aliento. Ponía todo de su parte en los entrenamientos, pero a medida que pasaba el tiempo, Christine parecía mucho más poderosa y él mucho más débil. El hecho de que hubiese gastado tal cantidad de energía hacía tres días, al tratar de salvar a Alan, no le había ayudado en absoluto. Christine había estado durante media hora tratando de que las reservas de energía de Harry aumentaran a un estatus intermedio y había logrado bien poco antes de terminar ella misma exhausta. En el fondo, se alegraba de que Orión hubiese decidido largarse en vez de propiciar un enfrentamiento, porque de haber sido así, probablemente estaría muerto.

Christine no le había reñido ni se había enfurecido con él por haber dejado que su poder disminuyera a grados alarmantes, sino que se había mostrado muy preocupada y se había puesto tensa cuando Harry le había dicho que los que habían estado a punto de matar a su hijo habían sido esos arcángeles.

La primera idea de la profesora había sido correr a Dumbledore y exigir al director que los expulsara, pero estaría poniendo al anciano contra la espada y la pared. Ya tenía suficientes enemigos como para incluir en la lista a dos arcángeles, que al parecer, habían decidido ayudarles. No, la aversión que parecían sentir por ella, por Alan, por el propio Harry, se asemejaba a algo personal. Y Christine, por mucho que se había calentado la cabeza, no había sabido encontrar el motivo.

Estaba segura de que no había visto jamás a esos arcángeles, pero lo cierto es que nunca se había relacionado lo suficiente con los de su especie como para conocerlos a todos, aunque de algo había estado convencida siempre: ella era la única que además, era bruja. Todas sus teorías se habían caído por su propio peso al comprobar, increíblemente, que existían más como ella. Restando a Harry y a Alan. Su madre le había dicho una vez que no había otro arcángel con sus características y para qué negarlo, si hubiese existido, lo más seguro es que Lord Voldemort lo hubiese eliminado a tiempo. Lo único que se le ocurría era que el mago tenebroso no hubiese estado enterado...¿pero había algo en el mundo que Voldemort desconociese?

Harry se levantó del suelo y caminó hasta donde estaba Christine. Fue a coger una botella de agua, pero la mujer se la arrebató de las manos.

-Beberás cuando te lo hayas ganado.- dijo en un tono impasible.

-Vale,- aceptó Harry perforándola con una mirada cargada de furia.- Hoy estamos borde. ¡Genial!- Christine, todavía con la botella de agua en las manos, le observó fijamente con el entrecejo fruncido. Suspiró e inclinó la botella hacia delante, derramando el líquido por el suelo, bajo la estupefacción del chico.

-Yo tampoco beberé. Estamos en igual de condiciones.

-¡No me jodas, Chris!- exclamó Harry de mal talante y cogió la espada que había dejado apoyada en la pared, siguiendo a la mujer por toda la sala.- ¿Te das cuenta del derroche de energía que has gastado durante estos días? Tienes que cuidarte.- interiormente, Christine sonrió. Harry continuaba preocupándose por ella como antaño, a pesar de que ella le había tratado duramente. Tratando de que no se le notaran el cúmulo de sentimientos que acababa de experimentar, volvió a extraer la espada de la vaina y la empuñó grácilmente.

-Esto es un entrenamiento a vida o muerte. No voy a tener contenciones, Harry. Ni contigo, ni conmigo. Cuando te exijo algo, lo hago a sabiendas de que me lo puedo exigir a mí misma también. De lo contrario no sería justo.- Harry se quedó estático en medio de la habitación. Su expresión mostraba seriedad. Era caro el tiempo...su tiempo. Se le estaba agotando, apagando como la mecha de una vela...extinguiéndose como el fuego. Lo notaba cada día más en su interior y temía confesárselo a Christine porque pese a que la mujer se mostraba más fría y más dura conforme éste iba pasando, él la veía frágil. Habían pasado tres días desde la aparición de Dani y Christine no había querido coger el teléfono desde entonces. Ni siquiera Lupin lo había hecho. El único móvil que había estado en uso había sido el de la Orden del Fénix y no había sonado. Harry sabía que cada vez que el aparato muggle sonaba, la persona que estaba al auricular era Dani. Alan había hecho un intento de cogerlo, pero Christine se lo había arrebatado bruscamente y había colgado, después de prohibirle rotundamente que se volviera a acercar al aparato. Harry pensaba que aquella no era la manera correcta de tratar a su hermano y que Christine se estaba equivocando, evidentemente, sin ser consciente de ello y que tarde o temprano iban a volver a ver a la peor versión de Alan, en otro arrebato por querer descubrir la verdad.

Lo cierto, es que a Harry le extrañaba que su hermano no hubiese vuelto a preguntar nada sobre su pasado, pero intuía que el niño no tenía mucho más que saber, puesto que se había encargado de investigar por sí solo. Y no le cabía duda, de que la sala de los Menesteres le había servido para ello.

Pero aunque hubiese revisado en millones de periódicos, Alan jamás toparía con la verdadera verdad, con la que únicamente sabían unas pocas personas, a las que el niño no tenía acceso. A veces, se sentía tentado en ir y contarle los misterios que atañían su regreso, ahora estaba más que seguro que había sido la intervención de Emy lo que había hecho posible su retorno. Emy, de alguna manera, quizás incluso para acabar de mantener el equilibrio, había traído a Alan de vuelta.

Muy a menudo, Harry se preguntaba si era posible que, como había ocurrido con el niño, que Emy trajese a Sirius, pero su interior le decía que no. Primero porque estaba convencido de que el poder de la Unión no llegaba al rango de devolver la vida a un muerto y que los mayores habían tenido mucho que ver en utilizar sus poderes junto con los de ella para hacer posible ese milagro y segundo, porque había visto que alterar las leyes de la naturaleza sólo había traído complicaciones. Tal vez, la vuelta de Alan significaba algo que estaba escrito en el destino, pero la de Sirius sería el capricho de un muchacho de veintiún años, un lujo que los mayores, por muy salvador que fuera, no le iban a conceder. Algo así podría desencadenar una desgracia, tan grande como la que él estaba viviendo en aquellos momentos. Así que, se aferraba a la idea que le había cruzado la mente aquella noche en la que clamó al cielo, en busca de respuestas: que Sirius, le había mentido.

No obstante, Harry no se atrevía a jugar con la confianza de Christine y contarle todo eso a Alan, porque ello significaría traicionar a su arcángel y aquello sería lo último que haría en la vida. Lo malo, era que la mujer tampoco parecía dispuesta a romper su silencio. Quizás, porque por evitarse un profundo dolor, prefería aparcar el tema.

Y Lupin se había convertido en el hombre callado y reservado que Harry conoció en su tercer curso en Hogwarts. Sonreía forzosamente, se dedicaba a ocuparse de la casa y de Alan en silencio, apenas cruzaba palabras con Christine y pasaba la mayoría del tiempo encerrado en su despacho, corrigiendo los trabajos de sus alumnos. En ningún momento mostraba tristeza o dolor, era como si una pared de hielo le hubiese vendado los ojos y todo le rebotara en ella. Y lo cierto, es que Christine no ayudaba a romperla.

La Orden del Fénix no se había vuelto a reunir después del ataque. Todo el mundo sabía que Dani, de alguna manera, había reaparecido, pero nadie se había atrevido a preguntar a Christine. Muchos pensaban que había sido algo temporal, quizás fruto de los mayores y que el hombre había vuelto a desaparecer.

Dumbledore no se había pronunciado respecto al tema. Christine le había dicho que Dani estaba viviendo en una casa en ruinas, a las afueras del Valle de Godric o que al menos, allí era donde ella lo había dejado. El anciano había asentido y le había pedido precaución a la mujer, sin atreverse a formular la pregunta que rondaba su cabeza y que los ojos de Christine parecían incapaces de responder. ¿Era aquel hombre verdaderamente Dani? El director había prometido que se ocuparía personalmente de hablar con él, pero Dani ya no estaba en aquella casa en ruinas cuando llegó.

Lo suponía y Christine también. Dani era un hombre demasiado liberal e independiente como para quedarse en una "prisión" esperando a que Christine reuniera las fuerzas necesarias para regresar. Y además, ni siquiera le había dejado comida y agua. Así que sólo cabía esperar a que el hombre se presentase por sí mismo. Pero sólo había tratado de acercarse a Christine y ella no le había querido coger el teléfono.

Harry suspiró con abatimiento y se colocó en posición para repeler los ataques de la mujer. Christine, que lo había estado observando detenidamente, entornó los ojos, alzó ambas manos y Harry sintió como si una ola de viento le golpeara en la cara. Por un momento, pareció que se iba a marear. Se tambaleó, retrocedió un par de pasos y cerró los ojos. Al hacerlo, le sacudieron los recuerdos.

-"Tu madre murió para salvarte. Si hay algo que Voldemort no puede entender es el amor. No se dio cuenta de que un amor tan poderoso como el de tu madre hacia ti deja marcas poderosas. No una cicatriz, no un signo visible...Haber sido amado tan profundamente, aunque esa persona que nos amó no esté, nos deja para siempre una protección. Eso está en tu piel. Quirrel, lleno de odio, codicia y ambición, compartiendo su alma con Voldemort, no podía tocarte por esa razón. Era una agonía el tocar a una persona marcada por algo tan bueno."

"Esa mentira te honra, Harry.

Ya he vuelto al país y estoy bien escondido. Quiero que me envíes lechuzas contándome cuanto sucede en Hogwarts. No uses a Hedwig. Emplea diferentes lechuzas, y no te preocupes por mí: cuida de ti mismo. No olvides lo que te dije de la cicatriz.

Sirius"

"Sirius lo observó con ojos preocupados, unos ojos que aún no habían perdido del todo la expresión adquirida en la cárcel de Azkaban: una expresión embotada, como de hechizado."

"-¡Pobre Hocicos!- dijo Ron, suspirando.- Tiene que quererte mucho, Harry...¡Imagínate, vivir a base de ratas!"

"Harry describió como las figuras que habían salido de la varita habían deambulado por el borde de la red dorada, como le dio la impresión de que Voldemort les tenía miedo, cómo la sombra de su padre le había indicado qué hacer y la de Cedric, su último deseo.

En aquel punto, Harry se dio cuenta de que no podía continuar. Miró a Sirius, y vio que se cubría la cara con las manos."

Christine bajó los brazos y Harry, por segunda vez, cayó al suelo de espaldas. Jadeando y con el mismo gesto que acababa de observar en Sirius, se cubrió la cara con las manos. Había bajado la guardia y Christine le había atacado donde más le dolía, seleccionando ella misma, recuerdos que sabía que le harían daño.

Pese a que la mujer debía estar conmocionada igual que él, lo miraba con el rostro crispado, como si que Harry ocultara su rostro fuese un gesto inconcebible, que no iba a permitir. En el pasado, Harry había logrado que ese tipo de "castigos" no le afectaran tanto como debieran, pero se había relajado con el paso de los años.

Y ahora además, se sumaba el hecho de que se sentía culpable. Había estado enfadado con Sirius por haberle mentido y se había "olvidado" de todo lo que su padrino había hecho por él en vida.

-Resultas patético.- escupió Christine con maldad. Le miraba como si sintiese lástima por él y Harry odiaba que la gente se la tuviera. Se levantó, renovado de una inusitada energía y sin que controlase lo que hacía y porqué lo hacía, meneó la muñeca en un claro gesto de concentración y como si toda su fuerza, todo su espíritu y todo su poder se hubiesen concentrado en ella, una ráfaga de energía se expandió por sus dedos y fue a impactar contra Christine. La mujer abrió las piernas y los brazos a tiempo para detener el impacto, pero éste fue tan devastador que tuvo que tirar mano de todas sus fuerzas. Creó un escudo protector que colisionó contra la honda expansiva.

La explosión iluminó la habitación y una luz cegadora cubrió las cuatro paredes. Harry se llevó una mano a los ojos para protegerse y esperó a que la energía se esparciera. Tardó más de un minuto en hacerlo.

El chico abrió los ojos y vio con sorpresa, como Christine había logrado detener su ataque. No obstante, parecía herida. Se había hecho un corte en la mejilla izquierda, las piernas se le convulsionaban y respiraba con dificultad. Aquella imagen no ablandó la ira de Harry.

-No vuelvas...a hacer eso...- ordenó con frialdad. Detestaba la manera en la que Christine se colaba en sus recuerdos, en sus sentimientos. Él no podía hacerlo y si podía, no lo había aprendido, pero no lo deseaba. Prefería atormentar a una persona torturándola con una bola de energía que invadiendo sus recuerdos, destruyéndola poco a poco...Para su sorpresa, la mujer sonrió.

-Si tengo que sacar lo peor de ti de esta forma Harry, no dudes ni por un momento en que lo haré. Eres débil y no estás preparado para luchar de esta manera. O cambias o morirás. Creo que me conoces lo suficiente para saber que no me detendré porque un recuerdo de Sirius te haga llorar.

-No sigas por ahí...- amenazó el chico negando con la cabeza.

-Si haciéndolo logro que tu poder crezca a estos rangos, lo haré.- aseguró Christine y hablaba en serio. De hecho, era una versión light de lo que le había hecho pasar en el pasado. Harry sabía que Christine no se detendría ante nada, ni siquiera ante su sufrimiento. No le importaba mas que lograr sus objetivos y el principal en su cabeza era salvarle la vida a Harry.

Para su sorpresa, el chico se vio a dándole la razón internamente. Christine no se había equivocado en el pasado¿por qué habría de hacerlo ahora? Es más, pese a que debía de haber gastado una cantidad considerable de energía en ese ataque, no estaba ni de lejos, lo cansado que debería estar. Se mantenía en una sensación de júbilo.

Miró a Christine para preguntarle si continuaban cuando vio una imagen que no se le olvidaría en la vida. Christine, a la mujer fuerte y poderosa que reconocía su mente al verla, se le doblaron las rodillas y abrazándose a sí misma, cayó al suelo arrodillada. Harry abrió los ojos como platos y la vio con una mano en tierra y un ojo cerrado, mientras hacía un esfuerzo considerable por respirar.

Desvaneciéndose su escudo de hierro, Harry corrió hacia ella.

-Chris...¿qué te ocurre?- sus manos resultaban inútiles mientras se las colocaba en la espalda.- Chris, por favor...

-No es...nada.- articuló la mujer apretando los dientes y sonrió forzosamente. Harry se sintió cansado al escuchar su voz entrecortada, ronca, como si estuviera tremendamente enferma.- Pronto pasará...

-Es culpa mía.- se lamentó Harry.- No tenía que haberte atacado...

-Harry.- la voz de Christine se recuperó un poco. Lo tomó por la cara con ambas manos y le obligó a que sus miradas se conectaran- Escúchame bien. Tú no tienes la culpa de esto¿vale?

-Pero entonces...

-Prométeme que lo olvidarás.- Christine se había puesto de pie y le hablaba repuesta.- Prométeme que no pensarás en ello y dejarás de preocuparte.

-Está bien...- balbuceó Harry sin acabar de comprender lo que ocurría. Christine suspiró aliviada y le dio un apretón cariñoso en el hombro. Después, caminó hasta el armario de las pociones y se tomó una. El chico la observó en silencio.

Tocaron a la puerta y una pequeña figura ingresó por el umbral. Harry tuvo que contenerse y no reír ante semejante escena. Alan llevaba el bote de la Nocilla en las manos y tenía la cara, el pelo y la ropa manchados de chocolate, mientras se relamía el dedo gordo. Su expresión era la de un niño. Harry lo había visto así muy pocas veces. Alan siempre parecía ser más que un niño.

-Mater...- susurró con cautela y lanzó a Harry una mirada de culpabilidad.- ...esto...se me ha caído el tarro de zumo cuando iba a coger el bote de Nocilla...- Christine, agotando el último trago de la poción, se dio la media vuelta y lo miró severamente. Alan se encogió sobre sí mismo.

-¿En el suelo?

-Sí.

-¿Por toda la cocina?

-Sí.

-¿Está todo sucio?- el rostro de Christine iba palideciendo. Odiaba el desorden y la suciedad.

-Sí.

-¡Estarás contento!

-Sí...¡digo no¡Me ofendes!

Christine respiró hondo para tranquilizarse. Se había pasado la noche anterior pagando su frustración con las manchas de la cocina. Hacerlo al modo muggle, no sólo tenía un mejor resultado sino que la desahogaba y ahora "su" cocina, había quedado bañada por dios sabe qué. Cuando Alan hacía mención al zumo, probablemente incluiría la Nocilla, las galletas Oreo, las Natillas, las patatas fritas y las tabletas de chocolate de Lupin.

-¿Estás enfadada, mater?- preguntó Alan suavemente, al observar que su madre se había quedado en silencio. Christine se pasó los dedos por el entrecejo y suspiró con cansancio. Harry miró a uno y a otro. Sentía lástima por su hermano, porque lo cierto es que Christine nunca había reaccionado bien cuando se trataba de mantener el orden. La mujer mantenía el orden en su dormitorio, en su casa, en su jardín y hasta en su vida y todo lo que se saliera de ahí era un punto peligroso para los que la rodeaban.

-No, Alan, no estoy enfadada.- logró decir sin que su voz sonase del todo áspera.- Pero la próxima vez que quieras algo y estemos entrenando pídeselo a tu padre.

-Es que...- Alan se revolvió los dedos nerviosamente.- Mi pa...- de pronto se detuvo y alzó la mirada hacia Christine. A Harry le pareció ver una sombra recorriendo sus ojos, pero pensó que se lo había imaginado porque cuando volvió a mirar los ojos de Alan eran tan azules como siempre.- Remus...está dormido en el sofá...dentro de tres días es luna llena...- la profesora apartó la vista del niño, mordiéndose el labio inferior. Había olvidado completamente que no era la mejor semana de su marido y ni siquiera se había dignado a preguntarle cómo se encontraba. Pero era el menor de sus problemas, porque su hijo acababa de llamar "Remus" a Lupin, en vez de pater como siempre había hecho.- Mater...- Alan había intuido el silencio de Christine como un mal presagio y Harry pensó que se avecinaba lo imaginable.- ¿por qué...por qué nunca me dijisteis que...que...ese auror...Daniel Rice...era mi padre?

-¡Remus es tu padre, Alan!- gritó Christine de mal talante. Y Harry negó con la cabeza. La mujer se equivocaba en las palabras y las formas de decir las cosas. Alan tenía cinco años, no podía pretender que comprendiera algo que ni siquiera le habían explicado. De alguna manera tenía derecho a pedir explicaciones.

-Pero...

-Alan, es una orden.- rugió Christine.- Si quieres que haya paz en esta casa te pido por favor que no menciones a Dani...a Daniel Rice en esto¿está claro? Eres muy pequeño para comprenderlo.

-¡Te odio!- Alan lanzó el bote de Nocilla contra la cara de Christine, que lo esquivó por los pelos. El tarro, irremediablemente, se estrelló contra la pared blanca de la habitación y la cubrió de chocolate. Pero por primera vez, Christine no se preocupó por ello. El niño había salido corriendo en dirección a su dormitorio sin atender a razones. Y la mujer sabía que era culpa suya. No estaba preparada para esa pregunta y muchos menos para incluir el nombre de Dani en ella y había reaccionado mal. Sería inútil tratar de hablar con Alan durante un tiempo. Sólo le quedaba esperar a que su hijo volviese a formular la pregunta y entonces, estar lista para poder contestarla. Conociéndole como le conocía, sabía que lo haría. Pero no se imaginaba, que Alan no volvería a hacérsela.

-Esos chicos...Orión y Anya...- susurró Harry con cautela, mientras iba por la habitación recogiendo los conos que habían utilizado para entrenar.- Ellos le dijeron algo acerca de...-Harry dudó.- ...Dani.- en aquella ocasión, Christine no reaccionó mal. Aunque en su interior hervía en ira. No sólo habían intentado asesinar a Alan, sino que además le habían herido diciéndole cosas. ¿Pero cómo podían saber todo eso? Y lo peor era que, por alguna razón, Christine sentía que tenían un motivo por el que actuar de esa manera. ¿Pero cuál?- ¿Quieres que mande a Ares a que los vigile?

-No.- murmuró Christine, recapacitando.- Ares debería volver a poner los ojos en Malfoy...- se giró hacia Harry.- ¿crees que lo encontrará?

-Estás hablando de Ares.- dijo el chico, como si eso respondiera a todo.- ¿Y entonces¿Qué hacemos con ellos?

-Tú los vigilarás.- respondió Christine. Harry quería protestar, pero veía un mandato en los ojos de Christine y no estaba el horno para más bollos.- Si es necesario acércate a ellos, hazte amigo suyo...lo que sea...

-Te recuerdo que me odian...

-La chica es más vulnerable.- dijo Christine pasándose una mano por su cabellera sedosa. Le había crecido el pelo unos centímetros más de lo normal. Hacía tiempo que no se lo cortaba.

-¿La qué no habla?-Harry pensó en cómo la había visto parada en medio del pasillo, como dudando.- Sí, quizás tengas razón.- entornó los ojos.- Voy a averiguar quiénes son...- Christine descansó la espalda sobre la pared y asintió brevemente. Aquello comenzaba a quedársele muy grande, pero lo peor, todavía estaba por venir...

´´´´´´´´´´´´´´´´

Anya caminaba por el centro de Londres colándose por las callejuelas del casco antiguo. Observaba maravillada el tumulto de la ciudad. Sólo había visitado la ciudad de su tierra unas pocas veces, pero Londres era inmensamente más grande.

La gente iba vestida con trajes caros y se desplazaba deprisa en metros y autobuses con un maletín en las manos, mirando continuamente sus relojes de pulsera.

Las calles eran largas y concurridas, llenas de escaparates. Hacía un buen día.

Anya iba vestida con unos vaqueros sencillos y una camiseta de un grupo de rock. Llevaba su larga melena suelta y algo descuidada. Nunca se había arreglado mucho, de hecho, no sabía hacerlo. Desventajas de haberse criado sin una madre.

No solía llevar ropa muggle, sino su típica túnica oscura y su capa cubriéndole la cabeza.

Pero aquel día paseaba tranquilamente, olvidando su expresión severa y fría. Se sentía feliz perdida entre aquella gente, entre aquel mundo tan diferente al suyo, entre aquella multitud...

-¿Una rosa, señorita?- un señor de aspecto desaliñado y de una raza diferente a la suya que hablaba con un extraño acento le ofrecía una preciosa flor rojiza.- Anya se detuvo algo confusa, observando la rosa. Hacía mucho que no veía una. Donde ella había vivido nunca había visto a nadie regalar flores. El hombre sonrió y enseñó su dentadura amarillenta e irregular.- a una jovencita tan agraciada le quedaría perfecta una rosa aquí...- descaradamente, el hombre partió el tallo de la rosa y se la colocó entre el escote de la camisa. Anya, lejos de enrojecer, lo miró todavía más sorprendida. No conocía a otro chico que no fuera Orión y no estaba acostumbrada a que la miraran así, la cortejaran o le insinuaran palabras bonitas.

-Gracias...- respondió confundida y se dio la vuelta para continuar su trayecto.

-¡Un momento, señorita!- le detuvo el hombre. Ahora su expresión ya no era afable, sino más bien disgustada.- Tiene que pagarme la rosa...

-¿Pagarla?- preguntó Anya. Ella no había dicho nada de comprarla, era aquel hombre el que había insistido en ponérsela en la camiseta. ¿Por qué debía pagarla?- Pero yo no tengo dinero...

-No se puede ir por la vida de fresca, muchacha.- rugió el hombre con el ceño fruncido. Dejó el montón de rosas tiradas por el suelo, gesto que a Anya le sonó ofensivo contra las flores que siempre había tratado con cariño y se acercó hasta ella peligrosamente. Estaban en un callejón oscuro y no había gente cerca. Extrajo una navaja y continuó acercándose hacia la chica.- Si no puede pagar la rosa...deme todo lo que tenga...- Anya dejó de sonreír. Su rostro ahora volvió a tornarse gélido y áspero. Detestaba las malas formas y a la gente desagradable, sobretodo si fingían una cortesía que no existía. Iba a intervenir, cuando una mano fuerte sujetó la huesuda del hombre extranjero. Anya escuchó crujir la muñeca, un segundo antes de que el hombre soltara un aullido de dolor. Orión había aparecido como de la nada y su expresión era de total frialdad. Empujó al hombre contra el suelo y lo miró con asco.

-Aquí tiene su dinero.- susurró peligrosamente y le lanzó unas pocas monedas. Un precio mucho más alto de lo que valía la rosa.- Ahora lárguese.- el hombre no se lo pensó dos veces y gateando entre la negrura, se escabulló hasta que estuvo lo suficientemente seguro para comenzar a correr. Orión esperó a verlo desaparecer y luego observó a Anya detenidamente.

-La ciudad es diferente a todo lo que tú conoces, Anya.- replicó mordazmente.- No deberías salir sola.

-¿Y por qué tú sí que la conoces?- la chica parecía molesta porque, evidentemente se sentía estúpida. No sabía nada de las costumbres fuera de la vida que había llevado y lo detestaba. Siempre había soñado con ser libre.

-He estado estudiándola.- se limitó a decir Orión, la tomó del brazo y comenzó a andar hacia la calle principal, donde estaban todas las importantes boutiques de la ciudad. Anya no dijo nada durante un rato, caminaba al lado de Orión como si fuesen una pareja normal y eso en parte, le agradaba. Aunque se sentía a merced de él y sus conocimientos. El chico sí que parecía poder desenvolverse entre aquel mundo tan diferente al que ella había vivido.- ¿Por qué no has ido a clase?

-¿Por qué no has ido tú?- contraatacó Anya. Detestaba la seguridad con la que Orión decía las cosas y su manera tan rígida de hacerlo. Sabía que le debía respeto y hasta obediencia, pero antes nunca había sido así. Anya y Orión se habían criado juntos desde sus nacimientos y siempre se habían tratado primero como hermanos, después como amigos y por último como novios. Aunque esa palabra nunca la habían expresado en voz alta. Añoraba al antiguo Orión...pero con gestos como el de hoy, el chico le demostraba que esa parte de él, tierna, de la que ella se había enamorado, todavía estaba viva en su interior.

-He venido a buscarte.- suspiró el chico.- No deberías saltarte clases y menos...menos las de Christine.- lo dijo con cautela, a sabiendas de que cualquier mención a ese nombre hacía saltar las alarmas de la muchacha.

-No quiero ir a esas clases. Son estúpidas, inútiles y...

-Anya,- Orión, en aquella ocasión, abandonó su tono afable.- te ordeno que vayas a esas clases, precisamente a esas.- la chica le giró el rostro y se soltó bruscamente de su brazo. Probablemente, si no se hubiesen encontrado en un lugar público, Orión la hubiese enseñado a comportarse. No tenía ningún miramiento en golpear a una mujer y menos a una a la que quería proteger con su vida y había malgastado su tiempo en entrenar. Podía parecer cruel, pero sus vidas habían sido crueles y o dejaban de ser más débiles que sus enemigos o entonces lo iban a pasar muy mal.

Pero Anya parecía estar viviendo un paréntesis desde que habían decidido instalarse en Londres. Orión comprendía que la chica se sintiese atraída por todo lo que veía allí, pero no era momento de olvidarse del pasado y vivir como si no hubiese ocurrido nada. Se lo debían a sus seres queridos...a ellos mismos. Se debían esa oportunidad.

Anya correteaba por los escaparates como si fuera una niña pequeña. Los ojos se le agrandaban cuando veía un vestido especialmente bonito o un sombrero de estilo clásico. Tampoco había probado nunca los helados italianos o el algodón de azúcar. Era como estar en un maravilloso sueño del que habría deseado no despertar. Orión caminaba en silencio detrás de ella, con los ojos marcados por la frialdad y la indiferencia y las manos en los bolsillos. No le interesaba nada en absoluto todas aquellas tiendas.- ¿Dónde vas?- preguntó de repente, al ver como la chica se metía en una de las boutiques de ropa.

-A mirar algo.- respondió Anya. En aquella ocasión, lo hizo con dureza. Dureza contra dureza era el único idioma que Orión entendía a la perfección. El muchacho la siguió hasta dentro sin comentar nada.

A Anya le brillaban los ojos de felicidad. Estaba rodeada de vestidos preciosos, zapatos, bolsos...todo tipo de prendas a las que nunca había tenido acceso. Curioseó hasta la saciedad, permitiéndose el lujo de tomar entre sus manos algunas prendas. Tan distraída estaba que chocó sin querer con una señora muy distinguida.

-Venia(perdón)- dijo sin pensar y retrocedió un par de pasos.

-¿Cómo dice?- preguntó perpleja la señora, retocándose unas gafas de alta alcurnia. Anya se golpeó en la frente por su estupidez. Estaba acostumbrada a hablar el idioma arcángel prácticamente todo el día y al llegar a Londres, Orión le había dicho que debían hablar en inglés, para habituarse y no parecer sospechosos. Pero palabras tan habituales como "hola" "gracias" o "perdón" se le escapaban en ocasiones.

-Discúlpeme, señora.

-Señorita.- corrigió la mujer con altivez y la apartó un poco de su camino, caminando sobre unos tacones de aguja con gran estilo. Anya se mordió el labio inferior, avergonzada. Volvió a mirar su atuendo y se encontró ridícula y muy poca cosa en comparación con las demás chicas. No es que aquella tienda fuese de alta calidad, pero las chicas de su edad que iban a comprar parecían saber a la perfección lo que les quedaba mejor.

Disimuladamente, se fue acercando hacia un montón de jerséis y un espejo donde la gente observaba si les quedaban bien las prendas. Vio a una jovencita que debía tener unos dieciocho, vestida con los jeans ajustados, un cinturón de doble vuelta y que se medía un suéter de pico sobre un "palabra de honor". Parecía muy segura mientras se acariciaba distraídamente un piercing en el ombligo. Anya se colocó justo a su lado, simulando probarse una chaqueta que no pegaba nada con lo que llevaba puesto y la observó de reojo.

Con tristeza, se acarició el pelo despeinado y envidió el recogido grácil que llevaba la chica. Se pasó una mano por el rostro y los ojos se le enrojecieron.

"Anya permanecía en el porche de su casa, jugando con un cubo y una paleta, mientras su padre observaba detenidamente los planos de unos pasadizos secretos. Llevaba dos graciosas coletas que le había hecho su padre, pero como había estado corriendo todo el tiempo detrás de su perro, se había medio despeinado y manchado la cara de tierra. Vestía una camiseta de tirantes vieja y larga que debía haber permanecido a su madre y no llevaba zapatos. Miraba ensimismada a un grupo de niños de su edad que jugaban unos metros más allá. Llevaban palos en las manos y simulaban utilizarlos como espadas. Anya sabía usar una espada desde los tres años y esos críos, pese a ser arcángeles, no mostraban mucha habilidad. Sus padres habían estado demasiado ocupados para preocuparse por darles clases.

El hombre levantó la cabeza de sus notas y observó a su hija con las manos sobre la barbilla. Sonreía con melancolía.

-Any¿por qué no vas a jugar con ellos?- la niña, orgullosa como era, volvió a centrar la atención en su paleta como si aquello no le importase. El hombre volvió a sonreír, se levantó suspirando y se dejó caer al lado de su hija con gran esfuerzo, obligándola a que sus ojos se conectaran.- Any.- le puso una mano en la barbilla y Anya levantó la cabeza.- Ya tienes seis años, es hora de que empieces a relacionarte con más niños aparte de Orión.

-Me relaciono con Silah.- respondió la niña apartando la barbilla de la mano de su padre. El hombre bajó el brazo y se quedó en silencio unos instantes, mientras se masajeaba las sienes. Silah era la mejor amiga de Anya y había muerto un par de meses atrás en un ataque.

-Cariño, Silah ha muerto...y no puede volver. ¿Lo entiendes, verdad?

-Sí, claro que lo entiendo.- dijo Anya distraídamente y clavó la paleta en la arena con fuerza, extrayendo un buen montón con piedras y lanzándolo al cubo.- Como mater...- los ojos del hombre se cubrieron por un repentino desazón y la garganta se le secó.

-Sí, como mater...- logró articular. Anya lo había dicho con tanta dureza...como si no le afectasen las cosas, pese a que estaba seguro que por dentro le estaban causando un profundo dolor.

-Entonces me relaciono con Luna.- el hombre volvió a suspirar.

-Any, Luna es un perro.- la niña dejó por un momento la paleta en el suelo, se limpió las manos y centró la mirada en su padre. Demasiado dura..., pensó el hombre. Le tomó de las muñecas y le besó los dedos con dulzura, tratando de mostrarse comprensivo.- Anda cariño, dime porqué no quieres ir a jugar con esos niños. ¿Es por timidez?

-Es que...- Anya bajó los ojos algo inquieta.- es...que soy fea.- su padre le miró la ropa que llevaba y el rostro sucio y se sintió desalentado. No sabía si estaba educando bien a su hija, pero no tenía nada que hacer, no podía ir a la ciudad y correr el riesgo de ser encontrado. Era de los más buscados. Sabía que toda la ropa de Anya se le había quedado pequeña y que la niña era luchadora y poco femenina, como lo había sido su madre, pero para él era la más bonita del mundo.

-Any, tú no eres fea.- le dijo con dulzura y le dio un beso en la mejilla colorada.- Tienes unos ojos preciosos...- mientras lo decía, el hombre le iba acariciando el rostro con los dedos.-...una nariz respingona...y la belleza de tu madre...- Anya no pudo evitar sonreír.- Algún día serás una muchacha muy guapa...no importa como vayas vestida...siempre serás una princesa...mi princesa...- la niña se lanzó a sus brazos y le dio un fuerte abrazo. El hombre cerró los ojos y apretó los dientes, para no flaquear. Anya no le había vuelto a dar un abrazo voluntariamente desde la muerte de su madre y ya de por sí era una niña reservada.

-Ego volo, pater.(te quiero, papá)- el hombre no logró responder. Le embargaba la emoción. Se limpió los ojos, la levantó y le dio una palmadita en los hombros.

-Anda ve, corre. Pero ten cuidado y no te hagas daño.

-Sí, pater.- dijo Anya antes de salir corriendo en dirección a esos niños. Luna ladró, como siempre que la niña salía corriendo y salió a perseguirla. El hombre sonrió, se quedó apoyado en un póster del porche y se secó una única lágrima que había resbalado por sus mejillas."

-Anya.- Orión le había tocado en el hombro, despertándola así de su recuerdo. La chica parpadeó y miró a su izquierda. La muchacha a la que había estado observando se había marchado. Orión parecía extrañado y pensó que debía de haberse quedado en blanco un par de minutos. Miró la chaqueta que llevaba en las manos y la devolvió a la percha. Sin dirigir palabra al muchacho se dirigió a la salida lo más veloz que le fue posible y una vez fuera de la boutique, respiró hondo. Se había dejado llevar por el pasado.

-Será mejor que regresemos a Hogwarts...- suspiró y comenzó a caminar por la calle concurrida. Pero Orión la tomó por el hombro y la detuvo. Anya se dio la vuelta y abrió los ojos de la sorpresa al ver que el chico cargaba con una bolsa de la misma boutique de la que acababan de salir. Nerviosa, la cogió y extrajo un precioso jersey de pico, el mismo que se estaba probando esa chica de al lado. Orión debía haber acertado hasta su talla. Anya lo extendió sobre su cuerpo todavía sin podérselo creer.- Orión...¿cómo...?

-Lo he comprado para ti- explicó el chico. Hablaba con frialdad, con seriedad, pero Anya lo conocía lo suficiente para saber que esa era su manera de ser.

-Gracias...- articuló sin saber qué más decir. Y Orión hizo algo que no había hecho desde que habían llegado a Londres. Acercó su rostro al de ella y le dio un suave beso en los labios. Anya tembló y se estremeció entre sus brazos. Hacía mucho que no sentía los besos del muchacho y demasiado tiempo que los necesitaba. Notó como la piel se le erizaba y la respiración se le aceleraba. Orión sonrió, le pasó un dedo por los labios y volvió a cogerla del brazo como antes.

-¿Qué te parece si vamos a probar uno de esos helados italianos?

Anya había pasado uno de los mejores días de su vida. Orión no sólo la había invitado a un helado, sino también a una hamburguesa con patatas y a algodón de azúcar que la chica no pudo acabar y se lo guardó para después.

Caída la tarde, estaban sentados en unos bancos de un parque algo alejado del centro de la ciudad. A aquella hora no había gente y por eso habían elegido ese lugar, para estar más tranquilos y poder hablar con total libertad.

Anya observaba su jersey una y otra vez maravillada. Era el detalle más bonito que Orión había tenido con ella. El chico la tenía cogida por los hombros y observaba el vacío pensativo.

-Gracias por este día, Orión.- le susurró Anya, acomodando la cabeza en el pecho del chico y disfrutando de su olor corporal. Orión no contestó. El silencio siempre era símbolo de sus respuestas.

De pronto, el ambiente del parque varió a la velocidad de la luz. Donde había una calma tranquila, inusitada, somnolienta...había aparecido tensión acumulada. Los pájaros dejaron de piar, las nubes se detuvieron en el cielo, el viento sopló con más energía, tornándose frío.

Orión apartó a Anya de su lado y se puso algo nervioso, escudriñando el vacío con la mirada. El silencio era el mejor aliado. El chico se preparaba para encontrarse cara a cara con un enemigo y lentamente, se llevó la mano a la espalda, donde ocultaba su preciosa espada...

No obstante Anya le colocó una mano en las rodillas y se llevó un dedo a la boca, indicándole silencio. Había algo que sentía que se le hacía muy familiar...Ese poder en el aire...esa capacidad para parecer que el tiempo se hubiese detenido...ese aroma que había en el viento...Orión estaba demasiado escarmentado como para no pensar que era algo maligno y no recordaba donde lo había sentido con anterioridad.

-Deja reposar a Escaliburt...- susurró una voz suave, confusa, indescriptible...Orión y Anya abrieron las bocas sorprendidos, mientras sentían una poderosa energía rodeándoles, envuelta en una potente luz blanquecina. Una columna apareció en medio del parque como caída del cielo y fue deshaciéndose revelando la figura de una anciana.

La mujer iba vestida con un traje negro, recubierto por un chal de lana violeta. Su cabellera vetada de tonalidades grises, estaba recogida en un moño elegante y severo. Cuando la habían visto tiempo atrás no tenía el mismo aspecto, pero las arrugas bajo las pupilas y esos ojos cristalinos, casi transparentes, mostraban la inconfundible silueta de Michaela. Sonrió al verles.-...así que...vosotros sois los que habéis causado tal conmoción...-por primera vez, parecía que los dos muchachos se habían quedado sin palabras y eso era casi imposible. Orión temblaba de arriba abajo como si la presencia de la anciana pudiese cambiar todo lo que había venido a hacer. Anya, por el contrario, se echó al suelo de rodillas, inclinando la cabeza hacia abajo y mostrando un sumiso respeto. La adivina la observó entornando los ojos y adoptando una repentina seriedad.- Debes saber quién soy cuando actúas de esa manera...sin embargo, no recuerdo haberos visto nunca y yo jamás olvido una cara...

-Mientes.- Orión extrajo a Escaliburt de la vaina y apuntó directamente a la garganta del arcángel, apretando los dientes con furia, pero sin dejar de temblar.- Sabes perfectamente quiénes somos...estás fingiendo...

-¿Estás seguro, Orión?- sonrió la mujer y comenzó a pasear de un extremo a otro como si el arma del muchacho no le afectase en absoluto. Había algo misterioso en su manera de hablar y de actuar.- No querrías dañar con tu espada a un mayor sin estar completamente enterado de la información que posee¿no es cierto?

-Usted...usted...

-Orión.- interrumpió risueñamente la anciana y alzó las manos arrugadas despreocupadamente.- Si eres un arcángel es gracias a mí¿lo has olvidado?- aquello dañó el orgullo del muchacho. No estaba del todo de acuerdo, pero debía reconocer que en el fondo, la mujer llevaba mucho de razón.- de hecho, si estás aquí, también es gracias a mí.

-Se equivoca.- protestó el chico. A diferencia de Anya, que seguía postrada en el suelo, no mostraba ningún tipo de respeto. Estaba acostumbrado a mandar no a que le mandasen y tenía poder incluso por encima de esa mujer.- usted me necesita, nos necesita a ambos- remarcó con autosuficiencia.- y sabe que alcanzo un rango superior en la escala de poder. ¿Va a matarnos¿Va a echarnos de aquí?- por un momento, se borró la expresión alegre del rostro de Michaela y adoptó un tono serio y hostil.

-Lo que yo necesitaba de ti no lo cumpliste, Orión.- expuso y el chico palideció.- Has consumido la parte buena de tu interior, la única que podía salvarnos. Has consumido...

-¡Cállese!.- ordenó el muchacho. Las venas del cuello se le remarcaban en la piel y la energía bullía en su interior con gran rapidez.- No tiene ningún derecho a...

-Derechos, los tengo todos, Orión.- dijo Michaela inflexible. Había dejado de caminar y se había cruzado de brazos. De vez en cuando, lanzaba miradas fugaces a Anya, que parecía no tener voz ni voto en aquel asunto, o que expresarla podía significar algo mucho peor. Poseía la intuición necesaria...con ella quizás, todavía había esperanza.- No sé todo lo que ocurrió, pero sí una versión bastante acertada. No tengo que recordarte cuál es mi maravilloso don¿verdad? No, tú lo sabes muy bien. Muy pocos logran dominarlo a la perfección como yo lo hice y aún así, sólo puedo acceder a pequeñas lagunas, nada que me explique con claridad porqué has cambiado cuando creí implantar en ti la semilla del amor por los tuyos y la valentía de un auténtico líder. Quisiera saber porqué quemaste ese regalo que te otorgamos.

-Usted no tiene ni idea de lo que pasamos...- escupió el chico con odio y tuvo que darse la vuelta porque no soportaba mirar a esos ojos cristalinos. Michaela suspiró.

-No.- aceptó con rudeza.- Pero sí que sé que fracasasteis. De lo contrario, no estaríais aquí.-Orión se dio la vuelta bruscamente, con los ojos infectados en tonalidades negras.

-¿Cree que puede venir aquí y echarnos la culpa de todo¿Cree que puede decirnos cómo vivir la vida y cargarnos la responsabilidad¿Sabe cuántos años tenía cuando mataron a mi padre¿Y a mi madre¡Joder, precisamente por lo que sabe debía adivinar que era algo mucho más personal cuando se trataba de mi padre!- Michaela no dijo nada durante unos segundos, se limitó a observar al muchacho como si le estuviese leyendo la mente. Cosa inútil, puesto que nadie había accedido jamás a ella.

-No veo un gran dolor por la pérdida de tu padre. Sólo veo odio.

-Bueno,- masculló Orión en voz baja y evitando nuevamente, los ojos de la mujer.- No es que él fuera una persona muy bondadosa¿no es cierto? Así que algo debe influir en mí...

-Lo has encerrado...- susurró Michaela con pesar y por primera vez, Orión la vio tal y como la había visto siempre. Parecía muy cansada, demasiado.- has convertido nuestro sacrificio en algo inútil...

-¿Sacrificio?- se mofó Orión y soltó una exclamación de incredulidad.- ¡Por favor, si vivís encerrados en vuestra sala de mierda¡No me hagas reír! De hecho, es todo un honor que te hayas presentado aquí para vernos...

-¡No estás siendo justo, Orión!- protestó Anya desde el suelo. No se había movido de la posición en la que estaba arrodillada, pero apretaba los puños con rabia.- Ella nos cuidó...nos enseñó...

-¡Sólo hay una persona en este mundo que nos ha cuidado, Anya!- gritó el muchacho enfurecido. Miraba de un lado para otro esperando ver a algún muggle vagabundo rondando el parque, pero era como si la presencia de Michaela los repeliera puesto que no había ni un alma.- Y es a la única que admiro y respeto.- la anciana suspiró, se quedó un momento en silencio sintiendo la respiración ajetreada del chico y frotándose el entrecejo con los dedos.

-Mírame, Orión.- su voz se había dulcificado y era queda y cargada de una gran emoción. El muchacho obedeció. Observó las pupilas de la mujer, observó las arrugas a la altura de los pómulos, sus manos...observó la figura completa.- He envejecido...- musitó.- mis manos...están cargadas de arrugas...mis ojos han perdido su fuerza...para mí sí fue un sacrificio...uno, que podría costarme la vida, porque bien sabes Orión que no importa lo que hayas vivido porque eso ya no existe, ya no volverá de la misma forma, todo ahora es distinto. Vuestra presencia lo ha distorsionado. Di mi vida por jugar esa última carta...dime por favor que no las has desperdiciado...dime que todavía puedo tener fe en ella.- el chico la taladró con la mirada, bajo la conmoción de Anya. Ella no podía ver el sufrimiento en esa mujer, la apreciaba demasiado para ello, no soportaría más pérdidas.

-Váyase al infierno.- pronunció Orión despacio, remarcando las palabras para hacer llegar su total significado. Y Michaela supo que había perdido, que daba igual todo el esfuerzo que hubiesen empleado, porque no podrían cambiar lo que se avecinaba.- Su mundo y usted es lo único que le importa...bien...¡porque a mí sólo me interesa cobrar venganza! No pondré ni un ápice de interés en salvar este mundo patético que ustedes han creado...ya no me importa...

-Claro que te importa, arrogante estúpido.- bramó la mujer, recuperando su temple característico.- Si no te importara no estarías aquí, no lucharías, no pondrías tu vida en peligro...

-Yo sólo lucho por mí.- la desengañó Orión con una sonrisa falsamente forzada.

-Te equivocas.- le contradijo Michaela. Se irguió sobre sí misma mostrando la altura que había intimidado a sus enemigos en el pasado.- ¿No luchas por Anya?- Orión se mordió la lengua y retiró la mirada y Michaela supo que había dado en el clavo. Orión podía parecer frío, despiadado, incluso insensible, pero no cuando se trataba de dos personas en el mundo: una era el hombre que lo había criado, otra era Anya.- Bien,- prosiguió la anciana dándose aires. Era mejor actuar con autosuficiencia cuando se trataba de Orión.- ahora que ya nos vamos entendiendo me gustaría que nos llevásemos bien. Yo puedo ayudaros y vosotros podéis ayudarme a mí. ¿Hay trato?

-No sabe nada de lo que ha ocurrido.- rebatió Orión con fiereza.- Sólo sabe quiénes somos por una mera intuición...

-Vuelves a errar.- replicó la mujer con altivez. Observó a Anya que continuaba arrodillada en el suelo y se agachó a su lado, levantándole la barbilla con una mano y sonriéndole con dulzura. Una debilidad que se permitía muy pocas veces.- Esos ojos sólo podían ser de una persona, Orión.- explicó- Y este rostro me es demasiado conocido como para no saber de quién se trata, aunque no hubiese utilizado mis poderes.

-Perdona que no nos hayamos puesto en contacto contigo.- se excusó Anya. Indecisa, tomó una de las manos arrugadas de la mujer y la besó.- Pero pensamos que no nos entenderías ni reconocerías.

-Debieron tener un motivo muy poderoso para haceros regresar.- siseó Michaela con una voz terriblemente confusa. Cuando Anya era pequeña y escuchaba una canción con esa voz, solía quedarse dormida. Siempre había pensado que era algún tipo de hechizo.

-Lo había.- aseguró la chica y volvió a bajar la mirada, como si fuera un protocolo mantener ese tipo de distancias con un personaje tan importante como Michaela. La anciana sonrió otra vez, le pasó una mano por el pelo a Anya y le dio un beso en la frente, levantándose después y ayudándola a ponerse de pie.

-Nunca me han gustado los formalismos, Anya, deberías saberlo. Y ahora...- miró hacia el horizonte, el sol comenzaba a ponerse y pronto anochecería. Era luna llena.-...creo de debéis ser muy cautos. Dumbledore no tardará en dar con vuestras identidades y si lo hace...- suspiró.- tendréis verdaderos aprietos, sobretodo con esa actitud.

-Debes dejarnos hacer nuestro trabajo.- exigió Orión de mal talante.- No debes intervenir.

-Aunque pudiera, no lo haría. Pero me es imposible. Como mayor, debo mantenerme al margen en un campo personal. Pero...estaré atenta a vuestros actos, comprenderéis que no puedo permitiros ciertos lujos...

-¿Lujos como cuáles?- inquirió Orión alzando una ceja. Se estaba haciendo tarde y estaba cansado, por no decir que comenzaba a perder la paciencia. Michaela tardó unos instantes en responder.

-Lujos como tratar de asesinar a Alan Rice.- dijo sin tapujos. Anya bajó la mirada avergonzada, pero lo cierto es que el hormigueo del odio todavía recorría su interior. No le importaba ser cruel, despiadada, dura, no le importaba mirar a la cara a esa mujer y que viera la frialdad que siempre trató de tapar. Anya era tan asesina y culpable como Orión, había matado a sangre fría, aunque con otros propósitos, pero lo había hecho y para qué negarlo, había buscado venganza. Pero con ese niño era distinto...muy distinto...

-Pero...- Michaela alzó la mano para que le dejaran acabar.

-Ese niño es inocente.- afirmó.- Vuestro deber es evitar que le hagan daño, no matarlo para quitarlo de en medio.

-¿Cómo?- quiso saber Orión a la desesperada. Se había hecho esa pregunta un millón de veces. Michaela lo observó con sus ojos cristalinos y suspiró una vez más.

-Recuperando tu bondad. Recuperándolo...a él...