CAPÍTULO 16: I'VE SUNG BLAME IT ON LOVE.
(ÉCHALE LA CULPA AL AMOR)
Los primeros rayos del sol matinal se filtraban por los ventanales anunciando Octubre. Habían perdido la fuerza con la que habían golpeado durante los meses de Julio, Agosto y Septiembre y las primeras nubes del clima característico de Hogwarts, comenzaban a tapar su esplendor.
Remus Lupin entró en el aula de Historia de la Magia y dejó caer su maletín con las iniciales R.J.L sobre el escritorio, con un golpe seco. Bordeó la mesa en dirección a la pizarra y suspiró prolongadamente. Los alumnos lo observaron intrigados.
Lupin era un profesor muy querido entre los estudiantes. Era amable, comprensivo y además era el examinador, pero por ley debía impartir una asignatura y había escogido una que se le daba muy bien. Normalmente, Lily y él eran los únicos que una vez habían logrado soportar las aburridas explicaciones de Binns. Los alumnos habían aprendido que Historia de la Magia podía llegar a resultar atractiva siempre y cuando fuera explicada por un profesor como Lupin.
No obstante, aquella mañana, el hombre mostraba un aspecto que bien se podría haber asemejado al de hacía unos años. Se había dejado barba de dos días, los cordones de los zapatos estaban desabrochados y el nudo de la corbata mal hecho. Siempre era Christine quien se lo hacía porque a él se le daba realmente mal, pero aquel día a su mujer se le había olvidado, o se le había querido olvidar.
Con cansancio mal fingido, Lupin realizó un movimiento de varita y un esquema apareció dibujado en la pizarra. En silencio, se giró hacia la clase y no pudo evitar el gesto de pasarse la mano por los ojos.
-¿Qué le pasa a tu padre?- le preguntó Troy a Harry desde los primeros asientos. Harry se encogió de hombros, pero sabía perfectamente lo que le ocurría y hubiera deseado que Lupin no eligiera aquel preciso momento para mirarle significativamente. Sentía una gran lástima por él y estaba seguro que si le devolvía la mirada, el hombre lo notaría. Ron, que estaba a su otro lado, le dio una palmadita en la espalda para apoyarlo. En momentos como aquel, era cuando Harry se preguntaba si podría resistir llevar el peso de la verdad sobre sus hombros sin confiárselo ni a Ron ni a Hermione. Durante muchos años se lo habían contado todo y ahora sentía que no hacerlo sería echarse más lonas sobre su propia espalda. Se sintió aliviado al ver a Heka explicándole un ejercicio a Neville y saber que ella sí conocía toda la verdad.
-Buenos días.- comenzó Lupin a modo de saludo y mostró la sonrisa sincera de cada día. Era increíble la capacidad de aguante del profesor y como a pesar de lo mal que debía sentirse, hablaba con ese toque de dulzura y comprensión en la voz.- Página 143, por favor.
Harry levantó la cabeza mientras rebuscaba en su libro de Historia, distraídamente. Justo en la primera fila estaban sus extraños compañeros. No obstante, parecían algo cambiados. El muchacho, Orión, estaba inquieto. Mordía la pluma con ímpetu y taconeaba nerviosamente. El rostro de Anya...estaba pálido. ¿Era su imaginación o miraba al frente con aprensión? Todavía no había puesto en práctica las órdenes de Christine. Debía acercarse a ellos y tratar de entablar conversación e incluso amistad si era posible antes de ser fusilado a maldiciones. Christine le había dicho que Anya era el eslabón débil, pero Harry siempre había percibido una frialdad en su mirada, en su forma de comportarse. Quizás, Orión era más cruel, más serio, pero también más pasional. Y en aquellos momentos, el rostro de la chica mostraba una expresión muy similar a la que adoptaba Lupin, como si tuviesen el mismo problema. Orión le murmuró algo al oído, pero Harry no alcanzaba a escucharlo.
-Anya, compórtate, es una orden¿me has entendido?
-No puedo hacerlo.- susurró la chica con el rostro descompuesto. Lanzaba miradas furibundas hacia Lupin, con cada gesto, con cada expresión, con cada palabra se iba consumiendo más.- No sé como puedes estar sentado ahí como si esto no te afectara en absoluto.
-Es que no me afecta en absoluto.- replicó Orión de mala gana. Realizó un movimiento de muñeca asqueado y el libro se abrió exactamente por la página 143.- Debes tomártelo como un trabajo, no como algo person...- el muchacho se paró de golpe y Anya supo al instante porqué. Miró la fotografía del pesado libro, que olía a nuevo y también se quedó algo parada. La ilustración dibujaba a un muchacho con una capucha, pero cuyos ojos verdes resaltaban perfectamente, empuñando una espada y en posición de ataque frente a una sombra oscura con unos profundos ojos rojos. Anya no pudo evitar sonreír.
-Debes tomártelo como un trabajo, Orión.- murmuró cruelmente. El muchacho apretó los dientes, pero no comentó nada. Sabía que se lo tenía merecido.
-Bien,- se escuchó la voz de Lupin interrumpiendo aquel molesto silencio. Parecía que cada palabra le costase una eternidad pronunciarla.- Nuestro siguiente personaje histórico y que imagino que todos conoceréis es Harry Potter.- la clase irrumpió en murmullos de excitación. Todo lo que relacionaba al "Salvador" del mundo mágico estaba envuelto en un profundo misterio.- No hace falta que recuerde que es famoso por derrotar al mago tenebroso llamado Lord Voldemort.- la mayoría de los alumnos se estremecieron. Harry soltó un bufido de desesperación y le dio un manotazo al libro donde se mostraba una ilustración suya, para alejarlo de sí mismo. Cruzándose de brazos miró la pizarra con inquietud. ¿Por qué Lupin había tenido que decidir hablar de él en las primeras clases? Suponía que no le había quedado remedio, puesto que el índice impuesto por el Ministerio de Magia lo requería y mucho más sabiendo que los futuros aurores, probablemente, tendrían que combatir contra seguidores de Voldemort. No se podía revocar el tema sólo porque a él no le gustase hablar de su pasado.- ¿Alguien puede hablarme de ellos dos?- Lupin dirigió la mirada hacia Harry y le pidió perdón sin palabras. Unas cuantas manos se alzaron en el aire, pero ninguna tan intensamente como solía hacerlo la de Hermione.- ¿Sí, Troy?
-Lord Voldemort era el heredero directo de Salazar Slytherin- explicó Troy hablando atropelladamente y con un brillo de entusiasmo en los ojos. Siempre le había interesado todo lo relacionado con Harry Potter. Ron no pudo evitar soltar una risita por lo bajo y mirar a Harry que estaba más blanco que el papel.- Como el fundador, se regía por un clasismo que dictaminaba a los magos de sangre pura como únicos con derecho en la comunidad mágica. Lanzó una campaña de exterminio contra los nacidos de muggles, a los que denominaba "sangre sucia".- Lupin asintió con la cabeza dándole el visto bueno.- Pero entonces, cuando se había desatado la guerra y parecía que nada detendría al mago, ocurrió un milagro.- Llegado a este punto Harry tenía la ligera sensación de que vomitaría. Delante suyo, Orión y Anya escuchaban la historia con tensión, como si ellos tampoco se sintiesen cómodos volviéndola a revivir.- Voldemort acudió a matar al matrimonio Potter, pero cuando quiso matar a su hijo, la maldición asesina rebotó contra él y le desproveyó de su cuerpo. Pasaron catorce años hasta que pudo regresar y entonces se descubrió una Profecía, una Profecía que rezaba a Harry Potter como el único capaz de derrotar al mago. Y así fue, profesor, dos años más tarde, bajo la identidad de un extraño Salvador, Potter derrotó a Lord Voldemort para siempre.
-Una gran explicación, Troy.- aceptó Lupin complacido y apuntó algo en su cuaderno.- No obstante, hay muchas lagunas en esta historia. Eeerr...Harry¿sabrías decirnos lo que es un arcángel?- Harry había estado temiendo aquella pregunta durante todo el tiempo. Sabía que Lupin se la haría a él, para que la clase pudiera tomar nota de la buena definición, pero no estaba preparado para hablar de nada que lo devolviese a ese mar de recuerdos. Suspirando, se irguió en su asiento y trató de que su voz sonase monótona.
-Un arcángel es un ser místico que tiene poderes sobrenaturales. Su cuerpo está cargado de energía y desde el momento en que nace, está destinado a proteger a una persona que debe cumplir un papel importante en la Historia del Mundo. Harry Potter era un arcángel.- añadió.
-Un arcángel muy malo, si me permites aclarártelo.- era Orión quien lo había interrumpido. Harry miró hacia las primeras mesas y lo vio sonreír con autosuficiencia. Sintió deseos de levantarse y partirle la cara, pero la sensación de alerta y extrañeza que le había acompañado desde el primer momento en el que se lo encontró, volvió a inundarle.
-¿Y quién eres tú para decir eso?- saltó Heka con fiereza. La chica no estaba dispuesta a que nadie y menos un Black, pusiese a prueba la capacidad de su mejor amigo.
-Eso.- apoyó Ron, que estaba igual de disgustado.- ¿Se puede saber en qué te basas? Probablemente si él no nos hubiera salvado el culo tú no estarías aquí, imbécil.
-¡Es suficiente, chicos!- Lupin trató de hacerse escuchar entre todos, pero Orión no le hizo caso.
-Es posible que no estuviera aquí, Weasley.- asintió con una sonrisa arrogante.- Pero me limitaba a decir que dentro de la especie de los arcángeles, Potter era uno muy malo.- tanto Ron como Heka iban a volver a replicar, pero Orión no les dejó.- Si hubieseis estudiado, sabríais que los arcángeles tienen muchísimas más habilidades de las que poseía Potter y que si Lord Voldemort hubiera sido uno de ellos, probablemente ahora mismo Potter estaría bajo tierra.- y con todo el descaro del mundo, se dio la vuelta hacia Lupin y añadió:- ¿No estoy en lo cierto, profesor Lupin?- Lupin miró a Harry, que echaba chispas por los ojos, antes de responder.
-Estás en lo cierto, Orión.- aprobó con sinceridad, pero su tono de voz había sonado mucho más duro que con cualquier otro alumno. Taladró al muchacho con la mirada y se sorprendió al ver que los de la chica estaban clavados en el suelo del aula, como si hubiese perdido toda la entereza.- cada arcángel nace con unas habilidades especiales distintas o con un nivel más alto o más bajo de energía y en ello reside su verdadero poder. Pero también es cierto, que para que esas habilidades despierten, se les debe enseñar a hacerlo.- hizo una pausa para que sus palabras calaran hondo y prosiguió.- No sé si sabrás que la comunidad de arcángeles responde ante unas fuerzas superiores llamadas "mayores" y que fueron ellos los que convirtieron a Harry Potter en uno. Se hizo una excepción, probablemente, basándose en el texto de la Profecía, aunque más tarde se demostró que el poder del que carecía Voldemort no era algo en estado puro, sino espiritual. El caso es, que nadie puede volverse arcángel sino se nace así y por lo tanto, Potter tuvo muy poco tiempo para aprender a utilizar todas sus...habilidades.
-Quizás es que tuvo un mal maestro.- bufó Anya. Era la primera vez que se pronunciaba pero ni lo que dijo ni en la forma en la que lo dijo, le agradaron a Lupin.
-Profesor¿quién enseñó a Potter a utilizar sus poderes?- quiso saber Jackson. Lupin volvió a observar a Harry antes de responder.
-Fue otro arcángel. Lo único que puedo decir al respecto es que era una mujer.- el hombre consultó su reloj y añadió:- Bueno, la clase ha terminado por hoy. Leeros el capítulo correspondiente a la lección y el próximo día haré un examen oral sobre ello. Que tengáis un buen día.- Lupin se dejó caer pesadamente en su asiento y comenzó a ordenar los pergaminos que tenía encima de la mesa, sin atreverse a alzar la vista y encarar a los alumnos que se marchaban del aula. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan agotado.
-Supongo que no tengo derecho a decirlo...pero realmente tienes mala cara...- Lupin dejó de revolver entre los pergaminos y levantó la cabeza. Harry lo miraba con preocupación. Sus ojos verdes brillaban al contorno de la penumbra del aula. Llevaba la mochila mal colgada al hombro y por primera vez, el profesor notó que su rostro mostraba los primeros vestigios de la falta de energía. Lo vio enfermo.
-Tienes todo el derecho del mundo a decirlo, Harry.- respondió sonriendo lacónicamente.- Y si me lo permites, creo que tú tampoco tienes mejor aspecto.- el chico dejó que la mochila descolgara de sus hombros y diera de bruces contra el suelo mientras apoyaba las manos en el escritorio del profesor y suspiraba.- Siento haber nombrado el tema de Harry Potter, pero no podía evadirlo más. El ministerio me estaba presionando, sobretodo después de lo que ha ocurrido.
-Lo sé.- asintió Harry, pero su voz no sonaba convincente. Tenía un nudo alrededor de la garganta que le impedía hablar con normalidad.- No te preocupes...estoy...bien.- logró articular. Lupin lo observó con fingido interés y con esa mirada penetrante que parecía analizarlo con rayos X.- Remus.- el chico no pudo evitar fijar sus ojos en los del hombre, sentía que si no soltaba lo que tenía dentro no podría continuar respirando.- ¿tú crees que soy un mal arcángel?
-¿Te ha afectado lo que ha dicho ese chico...Orión?- inquirió Lupin con inteligencia y tomó el silencio de Harry como un sí.- Mira, Harry, no importa lo que sean capaces de hacer los demás arcángeles, no importa lo que haya dicho Orión...tú derrotaste a Lord Voldemort y sólo tú lo hiciste. Nadie más pudo hacerlo.- al ver que el muchacho todavía no quedaba satisfecho añadió:- Christine luchó con todas sus fuerzas para derrotarle y aunque siempre estuvo muy cerca de hacerlo, nunca lo logró, a pesar de que era una bruja también. Los arcángeles no tienen la función de atacar, sólo de proteger y todas sus habilidades son usadas con distintos fines. Harry, no importa que no puedas ver flashes del futuro, que no puedas canalizar tu energía hacia objetos para tu utilidad, que no puedas estar en más de un lugar al mismo tiempo...no importa, porque tú cumpliste tu función a la perfección y lo hiciste en muy poco tiempo. Aprendiste a ser un arcángel y a utilizar muchas de sus habilidades, que Christine jamás te enseñó, en escasos meses. Derrotaste a Lord Voldemort y por eso, no habrá nadie en el mundo más especial que tú.
-Alan es más especial que yo.- le corrigió Harry angustiosamente.- Y Orión...y Anya...ellos también son magos.
-Ellos no tienen un poder que Lord Voldemort desconoce, Harry...no lo tuvieron...y no lo tendrán...- Lupin se levantó de su asiento y le dio un apretón en el hombro con cariño.- Ellos no tienen tu corazón...
-Pero...
-Harry.- el rostro de Lupin se había tensado por un instante.- El otro día fui al Ministerio, hablé con Amelia Bones y me dijo que seguía creyendo en ti. Me dijo que no le importaba el poder que tuvieses, que mientras Harry Potter siguiera vivo en tu interior no tendría miedo. Y ahora te pregunto, Harry¿está Harry Potter vivo?- el muchacho levantó la cabeza, embargado por la emoción de las palabras de Lupin.
-Lo está.- respondió con seguridad.- Lo tenía oculto...abandonado...pero sigue vivo...- el profesor sonrió sinceramente.
-Entonces muéstralo al mundo, porque ni Amelia Bones ni nadie quiere a otros arcángeles como salvadores, no confían en nadie más que en Harry Potter y por muy poca fuerza que éste pueda tener, siempre guardará su habilidad en la fuerza de su corazón.- Harry sonrió y asintió. Necesitaba oír aquello, lo necesitaba antes de volver a ser el que era antes, antes de mirar a la guerra a la cara. Tomó la mochila del suelo, se quedó quieto un instante observando las facciones entradas en edad de Lupin y se dio la vuelta con gracilidad caminando hacia salida. Antes de cruzar el umbral de la puerta, dijo:
-Gracias, Remus.
Lupin no respondió. A veces le costaba encontrar las palabras necesarias para sostenerse a sí mismo, pero había descubierto que no le importaba lo mucho que él estuviese sufriendo, sino que la importancia de la guerra en la que estaban sumidos eran tanto Harry como Alan. Se metió la mano en el bolsillo de la túnica y extrajo una cartera de cuero vieja. La abrió y observó la fotografía que mostraba el plástico. Retractaba el primer día que habían ido a vivir al Valle de Godric. Christine llevaba en brazos a un Alan de unos nueve meses, mientras que él tenía pasada una mano por el hombro de Harry. Nadie habría dudado que formaban una perfecta y feliz familia. Cinco años más tarde, por primera vez, lo dudaba.
Pasó los dedos por el rostro regordete de Alan, por sus ojos azulados y su cabello azabache, por sus rasgos finos, tan característicos de Dani y se sintió más lejos de él de lo que se había sentido en la vida. Ahora Dani o su "fantasma" había reaparecido y reclamaba lo que era suyo por derecho, reclamaba a Christine...
Y aunque Lupin sabía que su mujer no estaba enamorada de él, también conocía el peso de la culpa que recaía sobre ella y lo mucho que estimaba a Dani. Christine nunca le negaría a Alan la oportunidad de conocer a su padre y si continuaba convencida de que ese hombre era Dani, entonces Lupin se vería amenazado de perder a Alan y a Christine para siempre y no podría luchar contra ello, no contra un amigo como lo había sido Dani. Estaba dispuesto a perder a Christine si con ello lograba su felicidad.
Y entonces vio la luz. Sólo había una persona en el mundo capaz de hacerse pasar por Dani...un espectro del pasado que había vuelto más fuerte y poderoso que nunca...y supo entonces que Harry se había equivocado al señalar a Draco Malfoy como artífice del movimiento mortífago.
-Ian Lewis...- susurró conmocionado y dejó caer la vieja fotografía al suelo.- No es...posible...
-Lo es.- dijo una voz enfrente suyo. Lupin alzó la mirada y se encontró con unos preciosos ojos azulados que lo miraban con conmoción. Una muchacha hermosa se arrodilló en el suelo y tomó la fotografía casi con ternura, como si temiera que ésta fuese a despedazarse y la sostuvo entre sus manos observándola con curiosidad.
-Señorita Black...- murmuró Lupin haciendo un esfuerzo sobrehumano por recuperarse del shock que había supuesto descubrir la verdad. Si estaba en lo cierto, Ian había probado los labios de Christine, había besado su cuello e impregnado su cuerpo de un perfume que fingía pertenecer a Dani. Había manchado la memoria de uno de sus mejores amigos y jugado con los sentimientos de su esposa. Y lo peor de todo, es que los había engañado.
-Es una bonita fotografía.- dijo la chica con su habitual seriedad y se la tendió.- Llámeme Anya. No me gustan los formalismos.- Lupin, que ya había escuchado esa frase antes en dos personas, entornó los ojos preguntándose qué era lo que estaba planeando la muchacha.- Veo que usted solo ha dado con una formula que a los demás nos costó años.- el profesor, receloso, guardó la fotografía en la cartera y bordeó el escritorio para encarar a la chica.
-Tú sabías que Ian Lewis estaba detrás de todo esto.- afirmó.- ¿cómo...?
-No importa el cómo, señor.- murmuró Anya y bajó la mirada. A Lupin le sorprendió que una persona que actuaba con la soberbia de la chica fuese incapaz de sostener la mirada a un pobre licántropo como él y que precisamente ese día, no mostraba su mejor aspecto.- ¿Pero para qué fingir que usted no sabe quiénes somos? Tanto mi hermano como yo pensamos que nuestro pequeño juego duraría más, está claro que los subestimamos.
-Haciendo esos comentarios sobre los arcángeles en mi presencia no es la mejor manera de ocultar lo que sois, Anya.- dijo Lupin con brusquedad. Pese a que le había molestado la manera en la que habían humillado a Harry y que no olvidaba lo que había ocurrido con Alan, el hombre era incapaz de mostrarse más furioso. Siempre había tenido la maravillosa cualidad de mantener la calma.- Y tratando de asesinar a mi hijo tampoco.- Anya sabía que la única persona del mundo que podía avergonzarla y hacer que se tragara su altivez era Lupin y había creído estar preparada para ello, pero no lo estaba. Mirarle a los ojos y ver esos reflejos de sus recuerdos, ver ese brillo que la había acompañado en su soledad, era una fuerza muy superior a la que había previsto resistirse. Cómo expresar ese miedo que había sentido la última vez, de creer no volver a verlo nunca más, echarlo de menos. Sólo quería decirle en aquellos momentos que sabía que Lupin se sentía solo, vacío y perdido que si le faltaba el aliento ella se lo daría, que lo escucharía, que lo ayudaría, aunque no pudiera verlo...que le iba a devolver la moneda, que iba a pagarle lo que él había hecho por ella. Pero se quedó callada. Se había apagado la luz, se había detenido el tiempo, ya no sentía el aire en su pecho, no sentía el frío de los muros de Hogwarts, no escuchaba el rasgar de una lluvia imaginaria en su mente, no oía sus latidos. Era como si se hubiese quebrado el mundo, la dimensión, la realidad...y lo único existente fuese Lupin y sus ojos para mirarlo. Deseaba con toda el alma explicarle el porqué de sus actos, pero incluso ella se los cuestionaba, incluso ella encontraba banales sus explicaciones. Pero por mucho que lo deseara, no podía abandonar el sentimiento de pérdida, de odio.
-Está bien.- suspiró.- Usted gana. Sí, somos arcángeles y sí...tratamos de asesinar a Alan Rice.- Lupin apartó la mirada al escuchar el apellido del que había querido y tratado como a un hijo. Y Anya notó ese dolor, pero una vez comenzado no iba a abandonar ese tono duro.- Pero no me pida que le explique los motivos porque no puedo, pero le aseguro que había uno muy bueno.
-De acuerdo.- aceptó Lupin. También su voz sonaba distante y arañaba el corazón de Anya.- Supongo que hay preguntas que no me puedes responder, aunque intuyo que el tiempo me las dará...no obstante, sabéis muchos secretos...conocéis la identidad de Harry, conocéis al enemigo...y por la forma en la que me miras y en la miraste a Christine...también creo que nos conoces. Sin embargo, yo no sé quién eres...- Anya calló. Respiró hondo, cerró un momento los ojos y volvió a abrirlos como si hacerlo le costase un gran esfuerzo.
-Quizás es que no ha mirado bien.- ella se acercó hasta él y con una mano temblorosa le acarició una herida que tenía en la ceja, producto de su última transformación. Había estado tan nervioso aquella luna llena que ni la poción había amansado a su lobo interior. No comprendía la familiaridad con la que Anya le rozaba la piel, no entendía porqué no podía apartarla del camino y marcharse, no entendía porqué tenía ese presentimiento de conocerla, como si de repente lo hubiese olvidado. La chica, con la barbilla y la mano temblándole, concentró energía y de sus dedos surgió una luz blanquecina y pura, que inundó el pequeño corte de la ceja y lo sanó en escasos segundos. Después, retiró la mano y lanzó un prolongado suspiro, mientras, hechizado, Lupin la observaba.
-Gracias...-logró articular el hombre sin cesar de mirar los ojos de la muchacha.
-No quiero hacerle daño...ni...ni tampoco a Alan ni a Chri...la profesora Byrne...- susurró Anya con la voz rota.- Por favor...no se acerquen a nosotros...yo...yo...no podría detener a Orión...no puedo impedirle que mate a Alan...ha sufrido demasiado.- la chica se dio la vuelta y pese a que habría deseado desaparecer, salió corriendo en dirección a la salida del aula. Cuando era pequeña el aire golpeándole en la cara y el cansancio de su cuerpo siempre la calmaban. Cuando se perdió por el umbral se rompió la magia del hechizo en el que Lupin parecía haber caído y aún conmocionado, se llevó una mano a la ceja: la herida había desaparecido.
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Anya caminaba cabizbaja por los corredores de Hogwarts. Sabía que había estado en el castillo cuando era pequeña, pero no podía recordar con claridad cada uno de los interminables secretos que escondía. Únicamente había algo que no se le había olvidado: el pasadizo secreto de la bruja tuerta. Podía retener en su mente el miedo que sintió al verse arrastrada entre aquella oscuridad, en un hueco de apenas metro y medio y que estaba cubierto de telarañas y polvo. Su padre le susurraba: "No tengas miedo, Any, este es uno de los mejores secretos de Hogwarts".
Y hacia allí se dirigía Anya en aquellos instantes. Solamente para recordar el olor agrio del pasadizo y las palabras tranquilizadoras de su padre. Sabía que si no arreglaba lo que estaba sucediendo, jamás volvería a verlo.
Llegó hasta el corredor del tercer piso, abrió con sigilo la puerta del aula y se encontró cara a cara con la bruja tuerta. Cerró los ojos y un barullo imaginario se formó en su mente, mientras llegaban gritos de auxilio. Anya respiró agitadamente y negó con la cabeza para que desaparecieran aquellos pensamientos. Con precaución, levantó el brazo hasta acariciar la joroba de la bruja y murmuró imperceptiblemente "Dissendio". La estatua no se movió ni un centímetro. Por supuesto, Anya ya lo sabía. Se necesitaba golpear con una varita para que funcionara el encantamiento, pero no estaba dispuesta a correr el riesgo de que alguien la viera. Sólo quería volver a sentir la sensación de fuerza que notó en su pecho cuando su padre abrió aquel pasadizo para que pudieran huir.
-Bonita estatua¿no te parece?- Anya se dio la vuelta de sopetón y donde un segundo antes su rostro mostraba nostalgia, se dibujó una profunda mirada gélida. Apoyada en el marco de la puerta, con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción, se hallaba Harry Potter. Vestía como unos minutos atrás en clase, con la diferencia de que ahora llevaba una capa negra por encima, de aspecto muy caro.- Es curioso que conozcas su secreto cuando hay muy pocas personas vivas que lo saben...- Anya se mordió el labio inferior con nerviosismo, pero no apartó su expresión de frialdad. Harry sonrió más ampliamente, dejó de apoyarse en la puerta, descruzó los brazos y caminó hacia ella lentamente.- Te has quedado callada...
-No sé de qué me estás hablando. Es sólo una estúpida estatua.- la chica ya se iba a marchar, pero cuando pasó por su lado Harry la sujetó con fuerza de un brazo. Únicamente con el escaso contacto, llegó a percibir la gran energía que se hallaba oculta en ella.
-¿Por qué no dejamos caer nuestras máscaras?- pidió Harry y la soltó del brazo. Su voz se había suavizado y ya no se mostraba suspicaz. Le tendió una mano a la chica.- ¿Anya verdad? Harry Potter, aunque creo que ya me conoces...- la chica dudó, pero finalmente estrechó la mano que Harry le ofrecía. El muchacho sonrió sinceramente, había esperado mucha más resistencia, pero estaba claro que Christine no se había equivocado: Anya era mucho más vulnerable y sentía simpatía por ella, restando el hecho de que debía acercarse tanto a ella como a Orión para averiguar más cosas y no comprendía como podía ser, semejante imbécil, su hermano.- Bien, ahora que nos conocemos y que vamos a ser compañeros de bando¿por qué no te vienes algún día a mi casa a tomar algo y te presento a mis amigos?- por un preciado momento, parecía que Anya iba a volver a perder la entereza con la que se comportaba, pero amablemente, retiró la mano de la de Harry y le dio la espalda, para que éste no pudiera ver lo tensa que se había puesto.
-No, gracias. Eres muy amable pero estoy muy ocupada.- Harry enarcó las cejas. No estaba yendo por un buen camino. Tal vez, utilizando otra estrategia...
-Escúchame.- le colocó una mano en el hombro y la chica se estremeció como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Harry prefirió no comentar nada, al ver su rostro de sorpresa. A él todavía le temblaban las rodillas cuando alguien le hacía ese gesto que siempre solía efectuar su padrino y probablemente, Anya también tuviera a alguien importante en su vida que lo hiciese.- Sabes mucho más de la guerra que yo, conoces al enemigo, sabes lo que está pasando y puedes ayudarme.- la muchacha se giró y Harry descubrió un brillo inusual en sus ojos, un brillo que no había visto antes en ninguna otra persona.- Vamos¿por qué no vienes a tomar una coca cola conmigo y con los demás?
Harry había relajado el rostro y sonreía abiertamente. Eran tan sinceras y transparentes sus palabras que Anya se ruborizó sin poder evitarlo. Del lugar del que procedía nadie actuaba de la manera en la que lo hacía Harry. Quizás porque la guerra los había marcado, quizás porque no había motivo alguno para sonreír o quizás porque habían crecido en ese ambiente de tensión y alerta permanente. Harry sonreía sin tapujos, sin mostrar una sonrisa forzada para tranquilizar a los niños, sin salvaguardar el dolor que llevaba dentro y sin embargo, Anya sabía que el chico conocía su destino, sabía que Harry, probablemente y si no lo impedían, moriría. No obstante, no había conocido antes a una persona tan extraordinaria como él. Ni siquiera Orión la había tratado así, no se parecían en nada...y Anya agradecía encontrar a Harry Potter, del que había escuchado hablar toda su vida, alguien tan especial.
-Yo...- titubeó confusamente y le asaltó el miedo en el cuerpo.- Orión no me dejaría...- y era cierto, Orión le había prohibido rotundamente que se juntara con ellos, le había prohibido cualquier contacto con esa casa y esa familia y si lo desobedecía se enfadaría mucho. Sin embargo, Harry no parecía entenderlo.
-¿Y quién es Orión para prohibirte nada? Eres libre, Anya, ven a tomar un refresco con nosotros.- e inexplicablemente, la chica comprendió que Harry tenía razón. Nunca se lo había planteado, Orión la había cuidado y protegido tanto que ella había llegado a pensar que era de su pertenencia, pero eso se había acabado. Quizás, Harry y sus amigos pudieran ayudarla...quizás pudieran hacer que Orión volviese a ser el de antes...siempre dentro de las reglas, no podían revelar nada de importancia.
-Bueno...- susurró Anya y lo hizo tan seriamente que Harry pensó que se iba a volver a negar y la decepción se dibujó en su rostro.- ...si me dices lo que es una coca cola...pues entonces aceptó.- Harry se quedó tan sorprendido de haberlo logrado que pensó que se había imaginado las palabras que acababa de escuchar. De hecho, Anya lo seguía observando con esa frialdad en la mirada, aunque algo en sus ojos se había suavizado. Quizás era su manera de ser.
-¿Nunca has probado la coca cola?- rió Harry, mucho más tranquilo y Anya asomó la primera sonrisa verdadera desde que la conociera.- Bueno, no debes saber mucho de muggles entonces...no te preocupes, Ron tampoco había tomado ninguna hasta hace unos años y nos reímos mucho cuando le reventó el bote en la cara por agitarlo demasiado. ¿Qué tal si vienes esta tarde después de comer? Ummm, tengo que entrenar, pero sólo lo haré un rato. Los demás pasarán por mi casa a charlar.
-¿Entrenas todas las tardes?- preguntó Anya interesada. Había abandonado su tono hostil y se comportaba como cualquier chica normal que acababa de conocer a un muchacho muy simpático. Se preguntaba porqué continuaba manteniendo el rubor en sus mejillas, pero se dio cuenta de que era por la agradable sensación que le producía hablar con Harry, mantener una conversación normal con él que se saliese de las obligaciones. Le gustaba Harry, sí, era tal y como se lo habían descrito todos y jamás había sentido un cariño distinto al de Orión, el cariño de la amistad.
-Sí, Christine trata de que mis niveles de energía se refuercen...- parecía que se había apagado algo en el interior de Harry al nombrar aquello y también en el de Anya. Había apartado disimuladamente, el rostro de los ojos del chico, puesto que cualquier mención a Christine le producía un terrible sentimiento de vacío.
En aquel instante, se escucharon unos aplausos detrás de ellos. Los dos chicos se dieron la vuelta bruscamente. Con una mortal ironía y sonriendo con odio mal fingido, Orión caminaba hacia ellos palmeando con sarcasmo. Iba vestido todo de oscuro, con una larga capa ondeando y con los ojos grises brillándole en tonalidades vetadas de negro.
-Pero qué bonito.- comentó cínicamente.- Dos amigos charlando tranquilamente de sus cosas. Es estupendo.
-Realmente lo es.- respondió Harry mordazmente. Se había sobresaltado en exceso ante la repentina aparición del chico e intuitivamente, como si pensase que Anya no podía defenderse de las palabras de Orión, se había colocado delante suyo, resguardándola.- Lo sabrías si conocieses el significado de la palabra amistad.
-En serio Potter,- dijo Orión avanzando hacia ellos con altivez y colocándose una mano en el entrecejo como si tuviese dolor de cabeza.- todas tus cursilerías me enferman. Deja de tratar de dar lecciones de moralidad a la gente y preocúpate de tus propios problemas, que por cierto, son muchos.- Harry apretó los puños tratando de tranquilizarse. Probablemente, en su adolescencia le habría atestado un puñetazo en la cara a Orión, para que se le quitase toda la arrogancia de encima, pero no era estúpido. Sabía que necesitaba a Orión tanto o más que necesitaba a Anya y sabía que pese a lo mucho que le costaba, debía hacer un esfuerzo por llevarse bien con él. Y luego estaba ese sentimiento...esa calidez en su pecho cada vez que observaba sus ojos, sus rasgos, su mirada...muy dentro de él veía un gran bien en Orión, tan claramente como veía con un gran mal.
-¿Me puedes explicar qué problema tienes conmigo?- claudicó amablemente. Orión parecía sorprendido por su reacción tan suavizada y se detuvo en seco, a escasos metros de ellos, pero lanzándole una mirada cargada de reproche a Anya, que en aquella ocasión, lo enfrentó con solemnidad.
-Tú eres el problema, Potter.- escupió Orión como si pronunciar ese nombre le diera asco y Harry no pudo más que enarcar las cejas de incredulidad.- Aléjate de nosotros¿quieres? No tenemos ningún asunto a tratar con...
-¡Oh, sí lo tenéis, si me permites corregirte!- Orión enseñó los dientes cuando una sonrisa fanfarrona surcó los labios de Harry. Le había dicho la misma frase que el muchacho había utilizado en clase de Historia para ofenderlo.- Para empezar, Orión, no tienes más remedio que colaborar conmigo...
-¿Y eso porqué?- preguntó el chico con altanería. Parecía un duelo de titanes, Anya movía la cabeza de uno a otro como si estuviera observando un partido de tenis.
-Porque sé quiénes sois.- respondió Harry rápidamente y tentó hasta encontrar la mano de Anya para apretarla amistosamente, como si quisiera darle a entender que lo iba a arreglar todo y que no tenía que preocuparse. Ese gesto protector hizo que la chica sonriera imperceptiblemente.- Y resulta que tanto la Ministra de Magia como nuestros queridos mayores me tienen en gran estima y no te gustaría pasar el resto de tus vacaciones en Londres escondiéndote de ellos¿verdad? Te aseguro que puedo hacer tu vida muy muy desagradable.- Orión parecía al borde de un colapso nervioso. Nunca en su vida se había exaltado y Anya estaba gratamente sorprendida al ver que se había topado con alguien que era capaz de ponerlo en su sitio. Normalmente, cuando Orión daba una orden se cumplía a rajatabla y sin chistar y Harry no parecía dispuesto ni a dejar pasar los buenos días.
-¿Qué es lo que pretendes, Potter¿Qué tratas de conseguir de nosotros?- Harry había llegado a un punto de la conversación que le interesaba. No pudo evitar amagar una sonrisa de triunfo. Ahora tenía a Orión entre las cuerdas.
-Quiero información.- respondió sin tapujos. Después de todo era más hábil en las palabras de lo que había pensado. Esa virtud se la tenía que agradecer a Christine, ella le había enseñado muy bien a interpretar cualquier papel. Era un manipulador y lo sabía.- Quiero que os aliéis a la Orden del Fénix, sí Orión, imaginaba que sabrías lo de la Orden como tantas otras cosas, ya no hay nada de ti que me sorprenda...
-Créeme, Potter.- rugió Orión entornando sus profundos ojos grises.- Todavía hay muchas cosas de mí que te sorprenderían...- Harry se preguntó por un instante cuáles serían, pero se abstuvo de preguntar. Ahora debía centrarse en captar la atención de Orión y llevarlo de nuevo a su terreno.
-No tengo tiempo que perder con tus enigmas, Orión.- le espetó de mala gana.- Me gustaría saber si vas a aceptar mi oferta. No hace falta que me des la mano ni que me sonrías delante de todos, sólo te estoy pidiendo algo muy sencillo: que me ayudes a derrotar a nuestro enemigo.- parecía que Orión se había puesto muy nervioso con las últimas palabras de Harry, como si mantuviera una lucha interna. Estaba claro que no deseaba unirse a ellos, que no quería ayudarles, pero debía tener un motivo muy poderoso para planteárselo y Harry estaba seguro que no tenía que ver con sus amenazas. Orión era muy capaz de burlar al Ministerio de Magia entero y no era de esas personas que obedecían órdenes de los mayores. Ni siquiera Harry lo hacía.
-¿Qué te hace pensar que lo haré¿Qué te hace pensar que quiero ayudarte, Potter?- esas palabras tomaron por sorpresa a Harry. ¿Por qué Orión se comportaba como si no tuviera claro a qué bando jugar? Mostraba una expresión demente en el rostro, enferma, disfrutando del nerviosismo de Harry y de la incredulidad de Anya.- No moveré un dedo por salvar tu miserable vida, Potter, que te quede claro. Tú eres quien debe averiguar quién es el enemigo y tú debes tratar de destruirlo, el papel que yo juegue no es de tu incumbencia.
-¿Pero qué estás diciendo, Orión?- intervino Anya fríamente. No se había puesto nerviosa ni inmutado por la actitud desorientadora de su hermano, pero había una nota de incredulidad en su voz. Se había tensado.
-Tú mejor que nadie tendrías que saber de lo que hablo.- bramó Orión y avanzó un paso hacia ella tomándola del brazo con brusquedad.- Llegado el momento, es posible que no tengamos más remedio que destruirle y si eso ocurre, Anya, estaremos en el bando opuesto¿entiendes? No voy a arriesgarme a que te encariñes sentimentalmente de ellos y te interpongas en lo que acordamos cuando llegamos aquí. Esto se ha terminado.
-Suéltala.- ordenó Harry con una voz de ultratumba. Sujetaba el otro brazo de Anya y sus ojos, como los de Orión, se habían oscurecido. La chica lo observó en una mezcla de admiración y horror.- Ella se viene conmigo. Si tú quieres quedarte solo Orión, allá tú, pero no puedes arrastrarla a la miserable vida que llevas. Ahora Anya es mi amiga.- un brillo de odio surcó los ojos de Orión y Harry sintió como la energía de su cuerpo comenzaba a correr a gran velocidad. Se estaba enfadando.
-Anya es mía¿de acuerdo? No te acerques a ella, Potter, no te pertenece.- ¿Harry se lo estaba imaginando o veía una nota de celos en la manera de expresarse de Orión? Pero Orión y Anya eran hermanos, tenían el mismo apellido...Orión parecía tratar a la chica como si fuese un objeto de su propiedad, como si fuese algo más que una hermana y Harry no le había dado motivos para ello. Él quería a Ginny por encima de todo y jamás podría llegar a enamorarse de otra persona, por muy mal que estuviesen las cosas.
-¡Es suficiente los dos!- exclamó Anya con vehemencia. Se soltó tanto del brazo de Harry como del de Orión y pasó una mano por su larga melena azabache.- No te pertenezco Orión, no soy ninguna propiedad que compres y vendas¿está claro? Y sácate tus celos estúpidos porque Harry y yo sólo somos amigos y no hay nada de malo para que vaya a su casa esta tarde. Si tú no quieres venir lo respetaré, pero no puedes impedírmelo.
-Muy bien.- Orión relajó la intensidad con la que su energía había comenzado a circular por su cuerpo y suspiró resignado. A Harry le sorprendió que Anya fuese capaz de controlarlo cuando nadie más lo hacía y comprendió al instante que para Orión la chica era lo más importante en el mundo. Debía quererla mucho para tragarse todo su orgullo y arrogancia.- Pero te estaré vigilando, Anya...esto no es un juego...- y tras pronunciar estas últimas palabras, Orión se envolvió en su capa negra y dejó que la energía inundara su cuerpo, desapareciendo al fin, en un resplandor de luz blanquecina. Ya sabía que ellos eran los arcángeles del ataque, pero Harry no puedo evitar que el nudo que tenía a la altura del estómago se acrecentara. Le había impresionado ver a otro arcángel desempeñando la acción que tantas veces había realizado en el pasado y ser sabedor de que en esa desaparición, residía un enorme poder.
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Remus Lupin removía el contenido de una taza de té con parsimonia. La cucharilla se balanceaba de un extremo a otro dibujando formas imposibles. A fuera, las gaviotas procedentes de la playa cercana al Valle revoloteaban y graznaban con nerviosismo. Anunciaban tormenta.
El hombre iba vestido con una bata desabrochada y llevaba el pelo mojado, después del baño que se acababa de dar. Hacía muchos días que mostraba esa actitud taciturna. Apenas había intercambiado más que un par de palabras con Christine.
Dejó caer la cucharilla en la taza y dirigió la mirada hacia el comedor. Alan jugueteaba con una snitch que le había regalado Harry. Brincaba por los sillones tratando de alcanzarla y si no lo lograba en tres intentos, la atraía hacia sí mismo con su energía.
Lupin sabía que Christine odiaba que Alan utilizara su magia, pero él consideraba que las prohibiciones totales de las cosas nunca representaban nada bueno y estaba convencido de que había que racionalizarle al niño el uso de sus poderes. Para Alan, tener un poder que no era habitual en los demás niños y no utilizarlo era como privarle a un perro de su hueso preferido.
Lupin se levantó suspirando y caminó hacia el comedor, quedándose en el marco de la puerta, observando con melancolía los movimientos infantiles del niño. Le gustaría tanto que Alan fuese su hijo de verdad...le hubiese gustado tenerlo entre sus brazos y sentirlo suyo, saber que cuando decía "pater" no lo decía fruto de un engaño, sino de la pura realidad.
La snitch viró de dirección y se dirigió como una bala hacia él. Pese a que no era buscador ni había jugado nunca en el equipo de quidditch, Lupin la alcanzó con una sola mano, haciendo gala de su rapidez y habilidad. Alan corrió hacia él y sonrió cuando el hombre le tendió la pelota.
-Gratia(gracias), Remus.- Lupin estuvo a punto de dejar caer la snitch por la impresión que le había causado escuchar su nombre en boca de Alan. Era la primera vez que el niño no le llamaba "pater" y no parecía que le hubiese afectado en absoluto. Alan cogió la snitch como si no hubiese pronunciado nada fuera de lo normal y la volvió a soltar para tratar de atraparla.
En aquel instante, se escuchó el sonido de la chimenea y unas fuertes llamas color esmeralda emergieron de las cenizas. La figura temblorosa de Tonks y cubierta de hollín salió de entre la madera, maldiciendo el mareo del viaje. La chica llevaba el pelo rubio platino, de modo que parecía la hermana gemela de Narcisa Malfoy y vestía unos vaqueros y una camiseta holgada.
Lupin caminó hacia ella, sorprendido por la repentina visita, pero más aún de lo nerviosa que parecía la chica.
-Remus.- dijo corriendo hacia él con el rostro pálido.- ¿Es cierto lo que me ha contado Ojoloco¿Es cierto que Christine vio aparecer a Dani?- Lupin tomó a Tonks de un brazo y la alejó un poco de Alan, que continuaba jugueteando, ajeno a lo que ocurría a su alrededor.
-Baja la voz, por favor.- suplicó Lupin, todavía observando a Alan de reojo.- Sí, es verdad.- al ver como el poco color del rostro de Tonks se esfumaba, el hombre preguntó:- ¿Por qué?
-No es Dani.- aseguró Tonks hablando atropelladamente y las sospechas de Lupin se confirmaron.- Es Ian. Lo conozco Remus, ya nos engañó una vez...y sé que es muy capaz de llegar hasta Christine y manipularla. ¿Dónde está? Tengo que ponerla en alerta, tengo que decirle que ese hombre no es Dani...está en un grave peligro.- el rostro de Lupin dibujó una expresión sombría.
-Christine ha salido. No está en casa.- Tonks soltó el brazo del hombre, que había estado apretando y se llevó una mano a la boca, negando con la cabeza.
-Remus...si no la encontramos...¿sabes lo fuerte que se ha vuelto Ian Lewis? Escúchame, Alex estuvo en la Capilla Sixtina y ha estado investigando los asesinatos de los cardenales. Ian es el cabecilla de los antiguos mortífagos y su poder...su poder ahora es mucho mayor que el del-que-no-debe-ser-nombrado. Si la encuentra...la matará.- Lupin trató de que Tonks no viera el miedo que sentía por dentro. Pobre Christine...pensó, Ian estaba jugando con su dolor y no sólo eso. Ahora comprendía todo. Debía de haber averiguado la manera de destruir a Harry y vengarse de él, por eso había trazado ese plan tan estratégicamente.
-Christine sabe cuidar de sí misma, Tonks. Estará bien, estoy seguro.- pero sus palabras no habían sonado para nada convincentes. Se llevó una mano a la altura del pecho. Tenía un mal presentimiento...-¿Un té?- ofreció a la chica y Tonks asintió con nerviosismo. Cuando las dos figuras se perdieron por la puerta de la cocina, Alan levantó la cabeza de la snitch que había seguido con la mirada y escudriñó los ojos entre la penumbra que comenzaba a adueñarse del comedor.
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Las nubes dibujaban formas opacas en el cielo. Los rayos del sol apenas desprendían los destellos habituales sobre el Valle de Godric. Hacía una tarde tranquila y fría, habitual del mes de Octubre. Christine paseaba entre la multitud balanceando la cesta de la compra, repleta de huevos, ternera, galletas de chocolate y cereales. Tarareaba una vieja canción que le había enseñado su madre, mientras observaba los escaparates con melancolía. Pensaba en Remus.
Se preguntaba cómo podía extinguirse tan rápidamente la llama que los había unido durante tantos años. Se preguntaba porqué el destino le volvía a jugar una mala pasada, se preguntaba porqué había dejado de acercarse a su marido, de besarlo, de acariciarlo...se preguntaba porqué volvía a no sentirse mujer.
Era como si Dani hubiese absorbido su capacidad de amar, sentir y sonreír, como si se hubiese llevado con él una parte de sí misma. En el pasado había sido así. Lo sabía, la muerte de Dani la había marcado para siempre. Le había tatuado el alma con hierros candentes y le había robado la manera de encontrar la felicidad. Christine nunca se perdonaría esa fatídica noche aunque Harry y el resto del mundo lo hubiesen hecho por ella. Había recuperado a Alan...pero sin querer y sin darse cuenta lo estaba volviendo a perder.
"-¿Pediste que Alan resucitara?-la voz de Christine era tensa y queda. Se le había secado la garganta.
-No.- negó el chico con rotundidad.-Pedí que hubiese algo en tu vida que pudiera llenar el vacío que él te dejó...-suspiró, cerró los ojos y añadió:- Mis padres me contaron lo de Dani...y yo sabía que el profesor Lupin había suplido ese vacío...pero sabía, Chris, que para que fueras del todo feliz debías tener algo que acompañara ese inquietud, ese dolor...conocía a la perfección tus sentimientos y sabía que otro niño no reemplazaría a Alan..."
El reflejo del recuerdo de Harry le vino a la mente al detenerse en la puerta de una tienda para bebés. El escaparate mostraba unos pequeños peucos de color rosa y un conjunto para recién nacido. Christine sonrió y acarició el vidrio con ternura. ¿Por qué estaba desaprovechando la oportunidad que Harry y la Unión le habían otorgado¿Por qué no había hecho caso a Emy y había dejado que la duda estropeara la relación que tenía con Remus¿Por qué dejaba que Alan creciera y se escaparan los miles de recuerdos que debía vivir con su hijo? Su hijo...dios mío, que tonta había sido. Había pensando durante quince años que no volvería a acariciar las manitas de su querido niño, que no volvería a estrecharlo entre sus brazos y ahora estaba profundamente arrepentida.
Sintió el tirón de una figura sujetándole el brazo y se vio arrastrada rápidamente a un solitario callejón, que daba detrás de la tienda. Unas manos frías le taparon la boca y una figura oscura se colocó enfrente suyo. El callejón olía a heces de los perros callejeros y a basura. Varias moscas merodeaban entre lo escombros.
Unos preciosos ojos castaños se entrevieron entre las ropas negras de aquella silueta. Christine sintió como el corazón le daba un vuelco cuando el hombre se desprendió de la capucha que le tapaba la cabeza y le sonrió con ternura.
-Tenía que verte...- susurró con una voz terriblemente ronca. Parecía que había hecho un esfuerzo considerable para llegar hasta allí.- No contestabas a mis llamadas, no te había vuelto a ver...Chris...te necesito.
-Y yo necesito que salgas de mi vida.- Christine, con todo el dolor del mundo, empujó a Dani para apartarlo de su camino y salir de nuevo a la luz de la calle mayor, pero el hombre, bruscamente, la sujetó con fuerza y la estampó contra el muro de piedra besándola con salvajismo y sin darle opción a la resistencia. Christine se revolvió entre sus brazos y sintió que le faltaba el aire cuando Dani colocó una de las manos en su garganta, para empujarla hacia atrás. La profesora, haciendo acopio de sus pocas fuerzas de resistencia, pues seguía teniendo en mente el rostro del que había sido su marido, cubrió su cuerpo de energía y Dani, como si un hierro candente lo hubiese rozado, retiró la mano del cuello de la mujer y se separó furioso.
-Has tardado muy poco en reemplazarme.- Christine, que había luchado con todas sus fuerzas para no desfallecer ante la opresión que sentía en el pecho, frunció el entrecejo. Múltiples memorias de Dani llegaron a su mente. Recordaba a Remus jugueteando con ella, a Sirius haciéndole cosquillas, a James dándole un beso en la mejilla...y Dani nunca se había puesto celoso y si lo había hecho, no había comentado nada. Recordó la carta que Lupin le había tendido y las palabras que estaban escritas allí...ese era el Dani que ella recordaba, el que nunca se enfadaba, el que siempre aceptaba todo con una sonrisa, el que era incapaz de pelearse con ella...el Dani que tanto se parecía a Remus. Y definitivamente, ése no era el que tenía enfrente. Respirando hondo, se atrevió a pedir una prueba que sabía que sólo el verdadero Dani habría sabido responder.
-¿Por qué le pusimos "Alan" a nuestro hijo?- dijo con una voz tremendamente gélida.
-¿Qué?- extrañado, Dani retrocedió un par de pasos y la miró alzando una ceja.- ¿Qué tiene que ver eso ahora?
-¿Por qué?- insistió Christine y para su horror, vio como Dani dudaba ante una pregunta que era tremendamente sencilla. Acababa de encontrar su fallo. Aquel hombre podía haberla engañado con sus besos, con sus caricias e incluso con información de la Orden del Fénix, pero nunca con algo así.- Mi padre se llamaba Alan...expresó fríamente y comprendió al instante que sólo existía una persona en el mundo con la capacidad de fingir algo así y que los detestara los suficiente para hacerlo.- Muestra tu verdadero rostro, Ian Lewis...- si Christine esperaba que su enemigo se asustara porque ella había descubierto su juego, se equivocaba de cabo a rabo. Una sonrisa demente surcó los labios del hombre, desfigurando el rostro bello de Dani, manchando su recuerdo con esas expresiones tan horrendas.
-Acabas de cometer el mayor error de tu vida, Christine y puede que sea el último.- la voz de Dani había mutado a un tono cínico y hostil, muy propio del mortífago.- Enhorabuena, me has descubierto incluso antes de lo que imaginaba. No obstante, habría sido mucho mejor para ti no hacerlo.- mientras hablaba, Ian, que había extraído su varita mágica, caminaba de un lado a otro.- Podrías haber tenido una muerte muy dulce, en los brazos de tu querido Dani y ahora tendré que utilizar métodos mucho más desagradables.
-¡Adopta tu verdadero rostro, imbécil!- bramó Christine comenzando a perder la paciencia. Era muy violento odiar a una persona que poseía el rostro de la persona que más había querido en su juventud, del padre de su hijo...
-¡Oh¿No te gusta mi aspecto?- ironizó Ian y soltó una nueva carcajada que helaba la sangre de las venas.- Pues yo me siento muy cómodo de esta manera. Lamento decirte que voy a quedarme con esta apariencia.- Christine no pudo resistir más y alzó una mano lanzando una bola de energía contra el hombre, que la detuvo con un sencillo escudo protector. Sólo había movido la varita en una ocasión, pero Christine descubrió que el poder del mortífago había crecido hasta límites insospechados. Preparada para un nuevo embiste se movió a la par sin dejar de observarle atentamente.
-¿Por qué has hecho todo esto¿Por qué estás asesinando a los cardenales¿Qué es lo que pretendes?- Ian movió la varita con rapidez y Christine tuvo que saltar detrás de unos contenedores para esquivar el rayo rojo. Al hacerlo se raspó el brazo con el muro de piedra y se hizo una herida de poca importancia. Apretó los dientes enfadada consigo misma.
-¿Todavía no lo sabes?- Ian entornó los ojos mientras trataba de encontrar un hueco por donde volver a atacar.- Venganza, Christine...venganza...- la mujer desapareció de su escondrijo y saltó sobre el mortífago, ahora con la varita también en su mano, conjurando una maldición muy potente. Pero imitándola, Ian también desapareció, envuelto en su capa y volvió a aparecer detrás de ella, lanzando una nueva maldición que Christine detuvo extrayendo su espada y tallando el rayo en dos mitades que explotaron en el callejón y lo cubrieron de un humo espeso. Ahora no se veían, pero escuchaban sus pasos resonar por el asfalto.- Lo sé todo acerca de Harry y su pequeña enfermedad...sé como destruirlo y lo voy a hacer dolorosamente...créeme, querida Chris, que podría hacerlo personalmente, pero le restaría gracia al juego.
-¡Esto no es ningún juego!- rugió Christine entre la cortina de humo que la envolvía. Trató de vislumbrar entre ella pero era incluso más espesa para visualizarla con sus poderes. Atizó al vacío con su espada, tentando entre la negrura, pero sólo alcanzó a cortar el aire.- Está muriendo mucha gente...¿crees que puedes reemplazar a Lord Voldemort? Permíteme desengañarte porque no lo lograrás. Desaparece para siempre Ian o te haremos pedazos. No tienes un buen ejemplo a seguir...
-¡CRUCIO!- un rayo rojo impactó en la espalda de Christine y la hizo doblarse de dolor. La mujer luchó con todas sus fuerzas para no gritar y se mordió la lengua en un intento para que su dolor sólo se expresara en un pequeño gemido. Respirando entrecortadamente, calló al suelo de rodillas, apoyándose en la espada y todavía con la varita bien sujeta en su otra mano. Ian emergió de entre la oscuridad como un lobo en su fortaleza y sus ojos, adoptando el color miel de Dani, se tornaron tan rojos como la sangre, pareciendo dos linternas iluminando el tenebroso callejón.- No pareces comprender que soy más poderoso que Lord Voldemort...- llegó hasta la altura de Christine y le escupió en la cara, golpeándole después en las costillas con la punta del zapato. Christine soltó un aullido de dolor y terminó de caer al suelo sujetándose el costado agónicamente. Su cuerpo parpadeaba, iluminándose de vez en cuando como si fuese la sirena de una ambulancia y estuviese al límite de que se le acabara la batería. Sus reservas de energías se estaban agotando. Había estado entrenando con Harry al límite y últimamente sentía cambios extraños en sus poderes.- Me das mucha lástima...- Christine logró abrir un ojo y vislumbró la figura de Dani borrosa, sonriéndole cínicamente. Era caprichoso que fuese a morir precisamente observando el rostro del hombre al que había querido con todas sus fuerzas. Era, indirectamente, la venganza de Dani por no haberlo podido salvar, por no haber llegado a tiempo...
-Pobre infeliz...- aún en su situación, Christine se permitió el lujo de soltar una carcajada fría en medio de aspavientos.-...te aplastaremos como a un gusano...- aprovechó la confusión en el rostro de su enemigo para tomar la espada con agilidad y blandirla con rapidez, rozando levemente el pecho de Ian, que se apartó en el último segundo. Esta maniobra le permitió ponerse en pie de nuevo. El mortífago, en vez de sentirse furioso o contraatacar, guardó su varita en un cinturón de cuero y sonrió fanfarronamente.
-Será muy divertido observar tu rostro cuando ya sea demasiado tarde. En verdad me inspiras lástima, Christine, porque eres más estúpida de lo que siempre sospeché. Tienes la verdad al alcance de tu mano, pero la has apartado de tus prioridades. Mi triunfo está muy cerca.- y antes de que Christine pudiese efectuar algún signo de ataque, la figura de Ian Lewis desapareció con un sonido muy parecido al disparo de una pistola. Cuando el humo espeso del callejón se disipó completamente, Christine se guardó la espada y bajó la varita, observando su reflejo en un espejo roto de entre los escombros de la basura. Un hilo de sangre le resbalaba por la comisura de los labios. Pero estaba a salvo.
