CAPÍTULO 17: AND I SWORE I'D NEVER LET YOU GO.

(Y JURÉ NUNCA DEJARTE IR)

Lupin caminaba de un extremo a otro del comedor mirando de reojo su reloj de pulsera. Tonks se había marchado hacía veinte minutos y Christine todavía no había llegado. En otras circunstancias no le habría preocupado. Quizás, su mujer tuviera que hacer alguna otra cosa aparte de comprar, era su estilo desaparecer sin dejar rastro y luego volver a casa con total normalidad. Pero aquel día, tenía un mal presentimiento.

Desde que había descubierto la verdad sobre Dani, Lupin se había sumido en una total desesperación. Se preguntaba si el amor que existía entre él y Christine era tan frágil que se rompía al primer soplido como había ocurrido. Ian Lewis había jugado tan bien su papel que parecía irreal.

Los había distanciado, convertido en extraños y separado en cuestión de días, simplemente con su sola presencia. Lupin nunca había creído que la aparición de Dani fuese del todo real, pero la duda se había mantenido en su cabeza. Tenía la costumbre de no luchar por Christine y ahora, cuando existía el riesgo de no volverla a ver, se preguntaba si había elegido el camino correcto. Estaba bien darle tiempo a Christine para aclarar sus dudas y ser comprensivo con ella, pero la mujer podía llegar a tener la sensación de que le daba todo igual y que se conformaría con perderla. Y eso no era verdad.

-Ubi est mater?(¿dónde está mamá?)- preguntó Alan, que había cambiado la snitch por un puzzle del "Rey león".

-No tardará.- respondió Lupin con la máxima calma que pudo. Se dio cuenta de que estaba sudando y que el reloj de cuco marcaba las siete y media de la tarde. Hacía cuatro horas que Christine se había marchado. Observó de reojo como el niño volvía a enfrascarse en la búsqueda de la cabeza de Simba, cuando se escuchó el sonido de la cerradura de la puerta de entrada. Lupin levantó la cabeza esperanzado, pero sabía que Christine siempre entraba por la puerta trasera cuando iba a hacer la compra.

Efectivamente, no era su mujer. Harry entraba con la chaqueta colgada en el hombro y seguido de una chica. Lupin tuvo que forzar su mente a dibujar el rostro de Anya cuando la vio penetrar en el comedor. Aquello era todavía más extraño. Le habría resultado natural que el chico entrara con Heka, Ron, Hermione o Ginny, pero jamás con la muchacha.

-Buenas familia.- saludó Harry dejando las llaves sobre la mesa del comedor y sonriendo con naturalidad. Lupin trató de abrir la boca para responderle, pero se había quedado totalmente asombrado. Anya estaba de pie en el umbral de la puerta y su mirada y la de Alan habían quedado conectadas como imanes. Harry, por primera vez preocupado, observó como su amiga apretaba los puños y trataba por todos los medios de que su cuerpo no temblara a convulsiones. Alan, dejando caer la última pieza del puzzle que le faltaba, se levantó del sofá y salió corriendo hacia Lupin, refugiándose entre sus piernas. Era la segunda vez que el niño se mostraba temeroso y sólo había ocurrido en presencia de Anya y Orión. Alan era muy valiente, frío y hasta engreído para sus cinco años y normalmente no aparentaba ser un crío normal y corriente. Su arrogancia chocaba a menudo con el carácter fuerte de Christine. Y en ocasiones, sólo en ocasiones, Alan se mostraba como cualquier niño de su edad.

Por fin, la guerra de miradas se rompió y Anya cerró brevemente los ojos para tranquilizarse, tratando de sonreír después a Lupin.

-Buenas tardes, profesor.- Harry sabía que lo había intentado, pero la voz de la chica había sonado tan gélida que a Lupin se le puso la carne de gallina. Pensó por un momento que Anya debía haberlo pasado tan mal o peor que Christine, porque sólo había escuchado esa manera de expresarse en ella.

-Buenas tardes, Anya. Es una sorpresa verte por aquí.

-Remus, he estado hablando con Anya y ha decidido ayudarnos.- explicó Harry. Lupin suspiró. Desde que Alan se había medio enterado de la verdad, Harry había dejado de llamarle "pater". Era la segunda vez en ese día que escuchaba su nombre en boca de los que durante cinco años había considerado sus hijos. Era como haberlos perdido a los dos de golpe.

-Me alegro que tengas buenas noticias.- respondió, tratando de sonar casual.- Porque Christine ha desaparecido y...- bajó la mirada y observó a Alan que todavía se escondía entre sus piernas, mirando fijamente a Anya, que trataba por todos los medios de ignorarle.-...Ian Lewis está detrás de todo esto...- Harry se tensó y sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. Dejó la chaqueta tirada en el sofá de malas formas, tratando de no pensar en lo que diría Christine si la viera y se pasó una mano por la barbilla, donde le crecía barba de dos días. Le gustaría que sus poderes estuvieran lo suficientemente desarrollados como para sentir si Christine estaba en peligro o no, pero su profesora siempre llevaba activada una barrera de energía que la protegía de penetraciones externas. Ni siquiera el arcángel más poderoso podía encontrarla en esos momentos.

-Ese cabrón me las va a pagar de una vez por todas.- rugió, golpeando la mesa del comedor con un puño.- No le perdonaré lo que le hizo a Hermione...

-¿Fue Ian Lewis quién violó a Hermione?- preguntó Anya con la voz ronca. Su rostro, que unos segundos atrás parecía un témpano de hielo, había palidecido de golpe. Pero si ella parecía asombrada, no era nada en comparación a lo que lo estaban Lupin y Harry.

-No me digas que también sabes cosas de Hermione...- susurró Harry perplejo. Anya comprendió que había sido muy indiscreta soltando ese comentario, pero realmente le había impactado. Se dio la vuelta bruscamente y olvidando que estaba en una casa ajena caminó hasta la repisa de uno de los muebles y observó una fotografía de Christine y Lupin. La rozó con el dedo y suspiró.

-Te sorprendería lo mucho que puedo saber, Harry.- se giró de nuevo hacia ellos y se cruzó de brazos.- Orión no se equivocaba cuando en clase resaltó las características de otros arcángeles. Hay muy pocas cosas que yo no sepa o no vea. Tengo premoniciones.- Harry, que sabía muy poco acerca de los demás arcángeles, apartó la mirada de la chica y se dedicó a juguetear con los pulgares, pensativamente. En cambio, Lupin parecía saber muy bien de lo que hablaba Anya.

-Eso quiere decir que eres un arcángel muy poderoso.- aseguró. Lo hizo fríamente, pero hablando con amabilidad y Anya se lo tomó como un cumplido y se sonrojó levemente. Algo muy inusual en ella.- Sólo conozco a otro de los vuestros que tenga premoniciones.

-Es cierto, profesor.- reconoció la chica sin mirarle directamente a la cara.- Tanto Orión como yo poseemos unos poderes mucho más desarrollados que otros arcángeles. Además de ser magos, nuestros padres tenían una energía muy poderosa.

-¿Dónde están vuestros padres?- se atrevió a preguntar Lupin. Sabía que si Ian Lewis había entrado en acción necesitarían la mayor ayuda posible. No obstante, Anya no parecía haberse tomado la pregunta tan bien. Volvió a darse la vuelta y caminó hasta la ventana, apoyando las manos sobre el alfeizar.

-Mi madre murió cuando yo era muy pequeña.- confesó con una voz tan gélida que a Harry se le antojó demasiado inexpresiva para el dolor que debería tener la chica.- Y los padres de Orión también. Mi padre...mi padre nos crió, pero ahora está muy lejos de aquí. No puede ayudarnos.

-Lo lamento.- dijo Lupin arrepentido de haber preguntado. Comenzaba a entender porqué Anya parecía estar envuelta en una coraza de acero. Hubo un molesto silencio durante unos segundos, hasta que la voz de Alan lo deshizo.

-Fueron asesinados.- soltó como un autómata. Había hablado tan secamente que parecía que no sintiese ninguna lástima por lo que acababa de decir. Anya se dio la vuelta bruscamente y lo taladró con la mirada.- Tu madre y los padres de Orión fueron asesinados.

-Alan...¿cómo...?- Harry miró a su hermano sin entender lo que decía. Y entonces cayó en la cuenta. Anya había sido muy vulnerable en el momento de confesar su pasado y Alan se había podido introducir en su mente. Toda una proeza, pues la mente de la chica parecía cerrada con candado.

-No tenías derecho a hurgar en mis sentimientos.- murmuró Anya impactada, pero a la vez furiosa. Volvía a observar a Alan como al principio, controlando sus sentimientos para que su poder no se activara.- Son mis recuerdos y están muy lejos de tu alcance.

-Es ridículamente sencillo penetrar en tu cabeza.- soltó el niño despreocupado y por primera vez se separó de las piernas de Lupin y fue hasta el sofá para colocar la última pieza del puzzle que se había caído al suelo con la llegada de Anya.- Soy más poderoso que tú.- en aquel instante, Anya apretó los puños y cerró los ojos, como si estuviese recordando algo del pasado. Harry y Lupin observaban el intercambio de palabras como si estuviesen viendo un partido de tenis.

-Alan, deberías pedirle perdón a Anya, ya sabes que no debes introducirte en la mente de los demás.- le reprendió su hermano, pero Alan parecía muy concentrado en observar como había quedado su puzzle y no le hizo caso.

-No te lo mereces...- susurró Anya lentamente, mirando al niño y negando con la cabeza.- No mereces lo que han hecho por ti...- Harry estaba a punto de preguntar qué era lo que Anya podía saber en relación a Alan, cuando una luz blanquecina iluminó la habitación. En un principio, la llegada les pilló tan de sorpresa que todos excepto Alan, retrocedieron un par de pasos y se taparon los ojos con una mano, para no quedar completamente cegados.

En medio de la claridad, la figura de Christine se materializó delante de sus ojos. Llevaba el pelo despeinado y sucio. La túnica, que normalmente lucía impecable, estaba agujereada por varios costados y un hilo de sangre resbalaba por la comisura de sus labios. Parecía tener múltiples heridas leves por todo el cuerpo y uno de sus brazos estaba doblado en un ángulo imperfecto. Se arrodilló en el suelo respirando entrecortadamente y cerró los ojos, como si mantenerse erguida le costara un trabajo inhumano.

-¡Chris!- exclamó Lupin cuando las bolsas de la compra tocaron el suelo y la comida se esparció por el suelo. Harry también se acercó a la mujer muy preocupado. Era la primera vez en mucho tiempo que la observaba tan vulnerable. Se asemejaba a la Christine falta de energía de los tiempos de Lord Voldemort, por la que había decidido sacrificarse. Sintió que el aire se le congelaba en el pecho cuando se puso una mano en el corazón y la otra en la boca del estómago, tratando de mitigar el dolor.

-No os preocupéis.- pronunció en voz baja y hablando con un terrible esfuerzo.- Estoy bien.

-La poción.- dijo Harry con nerviosismo.- Voy a por ella...

-No.- lo detuvo Christine cuando el chico estaba a punto de ponerse de pie y subir escaleras arriba.- No vayas, Harry. No queda ni una.- Harry no comentó nada, pero le resultó extraño. El día anterior se había tomado una después del entrenamiento y entonces todavía quedaban dos pociones. Christine había comentado que debía pedirle a Snape que les fabricara más, pero él no la había visto tomarse ninguna. Las reservas de energía de la mujer debían estar por los suelos si en un día había agotado las dos restantes.

-¿Qué ha ocurrido?- quiso saber Lupin con la voz queda. Christine no logró responder de inmediato. Harry, que no la había visto llorar más que en una ocasión, tuvo la impresión de que estaba a punto de hacerlo. Parecía que se había quebrado el mito que significaba la mujer para él, como si la viera desnuda, sin máscaras, sin mentiras, sin nada que pudiera enturbiar la imagen real de lo que significaba. Christine se había vuelto pequeña, se había vuelto...humana.

-Dani...- logró articular con la garganta reseca.-...yo...Remus...perdóname...- Lupin no respondió. La atrajo hacia su pecho, le dio un beso en la frente y le apartó los mechones azabache del rostro. Harry apartó la mirada para dejarles ese instante de intimidad y Alan, todavía desde el respaldo del sofá, también lo hizo. En cambio, Anya se quedó observándolos ensimismada, como si fuera la primera vez que veía a alguien demostrarse cariño, como si nunca hubiese visto a una pareja abrazándose. Harry pensó que a la chica no le habían mostrado muchos signos de estima.

Christine agradeció que su marido no le hiciera reclamaciones con una media sonrisa y trató de ponerse en pie. Pero nuevamente, le asaltó un terrible dolor producido por la pérdida de energía. Se sujetó el estómago y apretó los dientes.

-Tenemos que curarte.- expresó Harry con preocupación y se arrodilló al lado de su profesora. Temblorosamente, extendió las manos e intercambió miradas con la mujer.

-No lo hagas.- ordenó Christine, pero su tonó tajante habitual se había ablandado. Por dentro, sabía que necesitaba recuperar energía rápidamente o corría el riesgo de ponerse muy enferma. Pero por otro lado, sabía que Harry necesitaba esas reservas para subsistir.

-Tengo que curarte.- insistió y cerró los ojos. La energía bullía de sus manos, pero lo hacía mucho más lentamente que de costumbre. Harry sabía que él tenía la culpa de aquello. Estaba tan atemorizado con quedarse sin reservas que obligaba a su cuerpo a no soltar un poder intenso, sino leve. Pero ahora estaba en integridad la salud de Christine y debía hacer un esfuerzo. Una luz blanca bulló entre sus manos parpadeando y rodeando el cuerpo de su profesora. La mujer sintió alivio, pero no era suficiente. Su cuerpo estaba acostumbrado a convivir con un inmenso poder y la poca energía de Harry no servía para sanar más que los pequeños cortes que rodeaban sus brazos.

-No es suficiente.- murmuró desesperado. Estaba comenzando a desgastarse. La cabeza le daba vueltas y sabía que al abrir los ojos vería una cortina de humo que lo marearía. Esa era la sensación que tenía cada vez que perdía mucha energía.

-Déjalo, Harry.- dijo Christine con pesar. Ella misma comenzaba a notar en su propio cuerpo el dolor de su protegido. Se sentía impotente ante aquella escena. Necesitaba energía rápida...era como si su cuerpo engullera la de Harry más rápidamente que de costumbre y que todavía le faltara mucha más.

-¡No! ¡Tengo que ayudarte!- para Harry era un reto personal. Necesitaba ayudar a Christine para ayudarse a sí mismo y no podía permitirse el lujo de que hubiese un ataque y su profesora no estuviera allí para salvar a los aurores de los mortifagos.- ¡Anya, ayúdame!- pero Anya estaba paralizada en el marco de la puerta, hacia donde había retrocedido. Harry levantó la cabeza y la vio pálida y temblorosa. Hubiese deseado dejar lo que estaba haciendo para saciar su curiosidad y preguntarle a la chica lo que le ocurría, pero no tenía tiempo. Era como si Anya hubiese entrado en una especie de trance y fuese incapaz de acercarse y desprender un poco de la mucha energía que poseía.

-Yo...yo...

-¡Anya, por favor!- la chica negaba con la cabeza una y otra vez. En sus ojos podía reflejarse el rostro contraído de dolor de Christine, podía ver su sufrimiento y lo peor, es que podía remediarlo sin despeinarse. Pero acercarse allí sería...no, no podía.- ¡Anya!

Anya estaba demasiado impresionada para reaccionar ante los gritos de Harry. Se sentía sola, envuelta en un vacío agónico, atrapada entre las cuatro paredes de la habitación sin escuchar una sola palabra. Se habría gritado allí mismo de no ser porque la voz se le había apagado de la garganta. Orión le había advertido lo que significaba implicarse emocionalmente entre aquella gente, en aquella casa...pero ella no lo había escuchado. Había preferido olvidar todo lo que había sentido en el pasado, olvidar el odio, el rencor, la soledad, olvidar que eran los únicos que podían cambiar las cosas, que no tendrían ayuda...para Anya, había sido mucho más sencillo tomar la mano de Harry y dejarse llevar, dejarse enseñar por la vida que habría tenido si Ian Lewis no se hubiese cruzado en su camino. Pero por mucho que lo intentase, ahora que los tenía frente, no era fácil odiar la memoria de Harry Potter y los demás, no era fácil envolverse en esa frialdad de la que su padre la rescataba una y otra vez.

Harry la miró suplicante una vez más, pero Anya dejó que el odio la consumiera como siempre había hecho. La expresión de su rostro se había transformado en un muro de hielo impenetrable. Fue Alan y aquello la impactó todavía más, el que se arrodilló al lado de Harry y extendió los brazos.

Christine quiso replicar, quiso detenerle, pero su hijo ya había comenzado el ritual para dejar escapar energía y cuando lo hizo, la habitación entera brilló a causa del increíble poder. Harry, cuyas manos emitían pequeños destellos, observó anonadado como Alan, sin inmutarse si quiera y sin que aquello significase un gran esfuerzo, curaba por completo el cuerpo de Christine y lo abastecía de una poderosa energía.

Después, con la mayor normalidad del mundo, volvió a ponerse en pie, se frotó las manos y regresó a su posición en el sofá, tomando el mando de la televisión y haciendo zapping, buscando algún canal de dibujos animados.

Todos quedaron asombrados por la actitud del niño, pero más aún por el inmenso poder que habitaba en su interior. Anya, temblorosa, asustada y más pálida que nunca, se recostó en la pared y se dejó resbalar por ella, derrotada.

-Dios mío...- murmuró, pero nadie más se percató de su reacción.

Eran más de las ocho de la tarde. Christine se había dado un baño de espuma y bajaba por las escaleras vestida con una bata de estar por casa y secándose el pelo largo con una toalla. La casa estaba en silencio. Alan había cenado un emparedado de jamón serrano y se había marchado a su habitación a dibujar un rato y Harry y Anya, después de que llegaran Ron y los demás, se habían apalancado en el jardín y disfrutado de un baño en la piscina.

Se escuchaban ruidos en la cocina y la luz estaba prendida. La mujer bajó los últimos peldaños casi con sigilo y se detuvo en el umbral de la puerta de la cocina. Lupin removía con una cuchara de madera el contenido de un cazo que olía a chocolate caliente. Parecía muy entretenido en su labor y no se había percatado de la presencia de la mujer.

Christine se quedó estática, recostada sobre el marco. Sentía el corazón embargado por la emoción. Veía a Remus vestido únicamente con unos pantalones y con el cabello más crecido de lo habitual, lo veía tal y como lo había visto por primera vez. Era curioso que pese a que las facciones del hombre hubiesen cambiado, pudiera ver a ese niño interior que le había tendido la mano. Deseaba pedirle perdón una vez más, deseaba decirle lo mucho que lo quería, pero sentía que cada palabra que pronunciara, que cada sonrisa, que cada mirada, podían resultar tremendamente vacías. No hacían falta las palabras para expresar lo que sentía, no hacían falta las disculpas. Todo importaba realmente muy poco. Se había dejado engañar, se había dejado vencer, una vez más, por un recuerdo. Allí estaba Remus, frente a ella, a solo un par de metros y removiendo el chocolate caliente como si fuese lo más importante en aquel momento, como si fuese lo único que mereciera la pena. Y tal vez lo era. Quizás, Lupin había dejado de prestar atención a la guerra, al sufrimiento y había optado por vivir, sólo eso, sólo preocuparse por aquellas pequeñas cosas que nunca habían saboreado, que nunca habían disfrutado. Estaban tan cerca...y a la vez tan lejos, nuevamente. Eran dos almas unidas por un amor que parecía volver a estar prohibido. Había pasado el tiempo, los días, las semanas, los años...pero lo quería como el primer día o tal vez más.

Se acercó a él por detrás y Remus sintió su presencia, pero no se dio la vuelta. Continuó removiendo el chocolate con parsimonia. Suspiró y cerró los ojos cuando Christine lo abrazó por detrás y le dio un beso en la espalda. Se estremeció, tembló...no obstante, no correspondió a ese gesto de cariño.

Christine, totalmente conmocionada, continuó propinándole pequeños besos por la piel desnuda y movió la mano izquierda, la que tenía libre y no sujetaba la cintura de Lupin y tentó entre su brazo hasta llegar a la mano con la que el hombre removía el contenido del cazo. La acarició y él trató de soltarse de ese cariño, pero Christine tenía mucha más fuerza en aquel instante y le obligó a mantenerse unido. Remus cerró los ojos y apretó los dientes, tratando de detener el temblor de sus labios, pero flaqueó y no impidió que Christine le diera la vuelta y se lanzara a sus brazos. Dejó que ella lo rozara con sus dedos, dejó que se acercara hacia su rostro y que chocara su frente a la suya, dejó que sus labios se recorrieran y que los mordisqueara y por fin, dejó que introdujera su lengua con desesperación y lo besara como nunca antes lo había hecho.

Lupin dejó caer la cuchara al suelo y apagó a tientas el fuego de la encimera, tomando a Christine en brazos y caminando hacia las escaleras. Entre beso y suspiro casi tropezaron con una silla, pero no les importó. Continuaron subiendo sin dejar de tocarse, de rozarse, de acariciarse...y llegaron hasta la habitación de matrimonio. Tan absortos estaban en sus movimientos que no lograron abrir el picaporte hasta un par de minutos más tarde. Una vez dentro de la estancia, Christine cerró con llave y lanzó un hechizo silenciador, tumbándose después en la cama, donde ya la esperaba su marido.

Hicieron el amor con ansia, repitiendo el juego de roces una y otra vez, alargando el placer hasta no resistir la tentación, llegando a zonas prohibidas que al principio de conocerse no se habían atrevido a explorar. Se besaron como si fuera la última, deshicieron la cama como si les molestase cualquier cosa que tocara su piel y no fuera la piel del otro. Repitieron la operación una y otra vez hasta quedar exhaustos. Se amaron sin palabras, sin reproches, sin lágrimas...sólo con silencios. Unos largos silencios que hablaron por ellos, que rompieron todas las barreras, que aclararon todas las dudas, que los perdonaron por ellos mismos.

Y una vez saciado el deseo, Christine recostó la cabeza en el pecho de Remus y dejó que su respiración recobrara el ritmo habitual mientras se balanceaba en la de su marido.

-¿Te apetece una taza de chocolate?- preguntó Lupin con una sonrisa, mientras le daba un beso en el cabello. Christine, después de mucho tiempo, soltó una carcajada.

-¿Cómo puedes pensar en el chocolate ahora?

-Me gusta el chocolate.- respondió Lupin, fingiendo estar ofendido.- Y he estado un buen rato removiendo el cazo para darle espesura. ¡No voy a tirarlo!

-Está bien.- aceptó Christine. Tanteó entre la mesita de noche y tomó su varita mágica.- ¡Accio chocolate! ¡Accio cucharas!- desde aquella distancia, el chocolate y las cucharillas que había solicitado la mujer tardaron unos instantes en llegar a la habitación y colarse por la ventana abierta. Cualquiera que los hubiese visto levitar desde la cocina habría pensado que los dueños de la casa no estaban muy bien de la cabeza, pero afortunadamente, nadie los divisó.

Lupin cogió un cleenex del cajón de la cómoda y lo extendió por la cama, tumbándose después y tomando una de las cucharas para saborear su manjar preferido. Christine, todavía tratando de no reírse más de la cuenta, lo imitó, pero no tomó más de dos cucharadas.

-¿No te gusta?- inquirió Lupin, que a diferencia, parecía capaz de acabarse el cazo entero.

-Me ha entrado angustia.- respondió su mujer colocándose una mano en la boca y girando el rostro.- Creo que me sienta mal el chocolate.

-Que yo sepa nunca lo ha hecho.- Lupin alzó una ceja algo extrañado. Christine se encogió de hombros.

-No he tomado mucho chocolate durante mi vida, la verdad.

Después del susto inicial con Christine, Harry había pasado una tarde verdaderamente agradable. Tal y como le había dicho a Anya; Ron, Ginny y Hermione se habían pasado por su casa para charlar un rato.

Al principio, se habían quedado muy asombrados de encontrar allí a la chica, pero curiosamente, habían hecho buenas migas con ella. Anya no había hablado mucho y Harry pensó que quizás se debía a su manera de ser. Nunca la había encontrado muy comunicativa, pero se alegraba de haberle sacado un par de sonrisas cuando le había ofrecido un bote de coca cola y unas galletas Oreo. Ron había hecho el intento de engañarla y había agitado el bote del refresco a propósito, pero en cuanto el gas estaba a punto de golpear a la chica en la cara, ésta había lanzado un ráfaga de viento con la mano que lo había dirigido a Ron.

Harry se había reído tanto de la cara de Póker de su amigo que había ido a por la cámara de fotos para inmortalizar el momento de por vida.

Más tarde, se habían dado un baño y Anya había demostrado lo buena nadadora que era al ganar a todos en una carrera. Era ya entrada la noche, cuando habían decidido echarse en las hamacas y dejarse vencer por el estupor del cansancio.

-Ginny,- dijo Hermione con voz monótona mientras releía uno de los libros de la academia.- Tienes mala cara. ¿Te encuentras bien?- la menor de los Weasley, que había estado un poco apática durante toda la tarde, asintió por inercia. Le dolía un poco la cabeza, pero tal vez era debido a que no había comido mucho en los últimos días.

-Serán cosas de mujeres, Hermione.- respondió Ron con total normalidad y sin darle importancia. Miró a su hermana y vio que se sonrojaba ligeramente.- Ya sabes...el monstruo ese pintado de rojo que sale en la trelevisión de Harry...

-Es televisión, Ron.- le corrigió Hermione exasperada. Por la cara que había puesto su amiga le parecía que todo aquello tenía otro nombre y no precisamente el de la menstruación.- Y no es un monstruo, es la regla.

-¿Y cuál es la diferencia?- Ron se encogió de hombros y se inclinó hacia delante para coger una galleta de la mesa. Cuando se levantó vio que se había dibujado una media sonrisa en los rostros de las dos chicas. Hermione tuvo que apartar la mirada. Realmente, Ron era una persona extraordinaria, capaz de hacerla reír en los peores momentos de su vida. Tratando de olvidar el beso que se habían dado hacía tiempo en su casa, le pasó una mano por el brazo a Ginny para reconfortarla y ella misma se sirvió otro par de galletas.

Harry y Anya estaban sentados un poco más alejados, pero habían escuchado la conversación a la perfección. Hacía rato que permanecían callados, observando el cielo como si en él pudieran divisar lo más interesante del mundo. Harry estaba recostado sobre la hamaca con los brazos en la nuca.

-Deberías hablar con ella.- dijo Anya de pronto. No lo miraba a él, sino que dibujaba extrañas formas en el vacío como si tuviera un bolígrafo en los dedos.

-¿Con quién?- inquirió Harry distraídamente. Había cerrado los ojos para escuchar el sonido de las chicharras en el matorral más próximo.

-Está claro que si no somos un poco más sinceros el uno con el otro no vamos a entendernos, Harry.- suspiró Anya. Al chico le molestó que continuara jugueteando con las manos. Le ponía nervioso. Aunque todo en ella le ponía nervioso. Era como estar hablando con un enigma.- Hablaba de Ginny. ¿Crees que no sé la relación que tenéis?

-Teníamos.- la corrigió Harry con cautela. No quería discutir con Anya, pero prefería que el tema de Ginny quedara a parte de ella y de todo el mundo. Sólo había una persona con la que se sentía a gusto comentándolo y esa era Heka. Anya le miró y para su sorpresa, sonrió enigmáticamente.

-Tendréis.- murmuró casi imperceptiblemente para que los demás no pudieran oírlo. Una mirada rápida le hizo ver que estaban comentando su cuarto año en Hogwarts.

-¿Lo has visto?- Harry, de pronto, se había puesto algo nervioso. Se sentó en la hamaca y tomó a la chica de la manos. Inmediatamente, sintió una presencia que los observaba. Entre los árboles del jardín, Orión se agazapaba como un felino entre la oscuridad, vigilando cada uno de sus movimientos, pero lo ignoró. Aquello era más importante.- ¿Has visto nuestro futuro? ¿Estaremos juntos?

-No podría decirte a ciencia cierta.- Anya se había puesto algo tensa. Parecía sentirse muy incómoda en esa situación y disimuladamente, Harry retiró sus manos para no ponerla en un compromiso.- Sólo tengo ciertos flashes del futuro y comprenderás que no puedo ir pregonándolos.

-Sí...- dijo Harry algo despagado. Entendía muy bien lo que quería decir Anya, pero le habría deseado tener algo a lo que sostenerse. Si la chica había visto un futuro para él y para Ginny era posible que no muriera en la batalla y eso le levantaba el ánimo.- Por cierto, podrías decirle a Orión que puede tranquilamente sentarse y tomar unas galletas. Me inquieta tenerlo toda la tarde escondiéndose entre los árboles.- Anya dibujo una expresión divertida en el rostro y negó con la cabeza.

-Orión es así. No lograrás que se acerque a ti a menos que te ganes su confianza.- Harry quería preguntar cómo hacerlo, pero se contuvo porque Anya parecía no querer continuar con esa conversación, puesto que toda su atención estaba puesta en el cielo estrellado. Intrigado, dirigió la mirada hacia él, pero no encontró nada que pudiera captar su atención.

-¿Qué es lo que miras tan interesada?

-Sirius...- respondió la muchacha en un susurro de voz. A Harry le dio un vuelco el corazón. ¿Había escuchado mal o Anya acababa de nombrar a su padrino?- La estrella Sirius ha desaparecido del cielo...

-¿Qué?- Harry miró desesperado a la noche, tratando de visualizar la constelación de Canis Major.- Era de las pocas que se sabía de Astronomía, precisamente porque en ella estaba la estrella Sirio, la de su padrino. Divisó cada uno de los componentes de aquel dibujo estrellado, pero no la encontró. Anya tenía razón. Fuese cual fuese el motivo, Sirius había desaparecido.

Octubre avanzaba a un ritmo acelerado. Hacía días que el ambiente cálido del colegio había mutado a un clima ventoso y nublado. Comenzaba a refrescar. Después de las dos incansables primeras horas, Christine estaba sentada en su despacho, con un mapa de Londres abierto sobre la mesa. Había más acompañantes a su lado.

Lupin, con un lápiz gastado y la cara contraída por la concentración, trataba de marcar cruces en zonas puntuales.

Hacía poco más de una semana que el profesor había hablado con Anya y Orión y la conversación con ellos todavía resonaba en sus oídos.

"-¡No sabe lo que nos está pidiendo!- gritó Orión fuera de sus casillas. Se llevó la mano a la cabeza y se revolvió el pelo con fiereza.- ¡No! ¡En absoluto! ¡Me niego a trabajar con ustedes!- Lupin suspiró, cerró brevemente los ojos y se dejó caer pesadamente sobre una silla. Los dos chicos lo observaron conmocionados.

-Estamos en vuestras manos, Orión.- dijo con una voz extremadamente ronca.- Tú decides si ayudarnos o no, pero si lo haces, sabes que tenemos muchas posibilidades de detener esto antes de que sea demasiado tarde.- el chico retiró la mirada mordiéndose el labio inferior. Eran muy pocas las ocasiones en las que se le veía vulnerable.- No soy estúpido, alcanzo a comprender que tenéis un secreto que quema en vuestras manos y que estar aquí os cuesta un tremendo esfuerzo, lo cual quiere decir que conocéis la gravedad de la situación. No os estoy pidiendo que me contéis ese secreto, os estoy pidiendo que trabajéis a nuestro lado.- en aquel instante, Orión fue incapaz de continuar apartando la mirada. Lupin, a su vez, levantó la cabeza y ambos quedaron conectados por una extraña magia. Sin saber porqué ni cómo aquello era posible, el profesor se vio traspasando los ojos grises del muchacho y viendo más allá de ellos. Y entonces sintió una terrible tristeza. Sintió que algo dentro de Orión quería comunicarse con él, quería hablarle, pero una oscuridad lo tenía atrapado. Aquel embrujo no duró más que unos segundos, pero cuando la magia del momento se rompió, Orión respiraba agitadamente y Lupin escudriñó sus rasgos en busca de aquella sensación. Pero había desaparecido."

Dos días más tarde, Orión se había presentado en su despacho y le había prometido que lo ayudarían en ciertas ocasiones, pero que no esperara mucho de él. Lupin, incapaz de contenerse, le había preguntado porqué lo hacía y el chico sólo había pronunciado una palabra: "Anya".

Lupin se había sorprendido de que existiera una humanidad tan grande en el corazón frío de Orión, que fuera capaz de arriesgar el todo por el todo por su hermana, pero daba gracias por ello. Después de aquello, se había puesto en contacto con Dumbledore y se había organizado una nueva reunión de la Orden del Fénix con todos sus miembros al completo. Harry y Lupin habían contado todos los avances que habían tenido con respecto a los dos misteriosos arcángeles y la noticia había levantado los ánimos de los demás. Molly Weasley y Ojoloco Moody habían sido los únicos que se habían mostrado reacios a trabajar con ellos sin conocer nada acerca de sus intenciones, pero Dumbledore les había acabado por convencer. El director estaba de acuerdo con Lupin y Harry en que la mejor manera de pelear esa guerra era aliarse con el mayor número de seguidores posibles y había enviado a varios miembros a tratar de convencer a sectores renegados de la comunidad mágica, antes de que lo hicieran los mortífagos. Amelia Bones había accedido rápidamente y se había ofrecido a hacer todo lo que estuviera en sus manos para posibilitar un diálogo.

Christine, que había permanecido en silencio durante toda la reunión, había estallado contra el director al finalizar. No confiaba en Anya y Orión y tenía motivos: habían intentado asesinar a Alan. Dumbledore le prometió que hablaría con ellos, pero la mujer no parecía del todo conforme, no obstante, decidió que mientras los mantuvieran en estrecha vigilancia, ella no se opondría.

Así que allí estaban. Dos días después de la reunión, tratando de señalar los puntos claves en donde podían estar los núcleos más desarrollados de los mortífagos.

-Este mapa se queda pequeño.- replicó Orión mientras se masajeaba las sienes. Tenía mala cara. Le colgaban bolsas de los párpados y tenía los ojos enrojecidos, como si no hubiese dormido en mucho tiempo.- Según nuestras fuentes deben quedar asociaciones de mortífagos esparcidas por Europa y América. Sólo así se explicaría la muerte de los obispos y cardenales que están aniquilando.

-Los ministerios de magia ya se han puesto en marcha para proteger a esos muggles.- respondió Lupin. Apartó el mapa de Londres del escritorio y fue hasta la estantería, rebuscando entre los libros y haciéndose con un mapamundi.- Las muertes se han reducido considerablemente.

-Nunca se detendrán.- negó Anya con pesar. Tampoco tenía buen aspecto, pero lo había disimulado con lo que parecía maquillaje y que se había esparcido por la cara en proporciones distintas, dándole varias tonalidades a su rostro que quedaban realmente mal.- No hasta matar a todos los cardenales del Cónclave.

-¿Fuisteis vosotros, no es así?- inquirió Christine con una voz poderosamente gélida y balanceándose en su asiento con la mirada puesta en el techo, como si encontrara las motas de polvo interesantes.- Vosotros hicisteis desaparecer al Cónclave entero.

-Los salvamos de Ian Lewis.- le espetó Anya con dureza. Christine no tuvo más remedió que dejar de observar el techo y centrar la mirada en ella. La dureza en la voz de la chica no había tenido nada que envidiar a la que había utilizado la profesora con anterioridad.

-Por supuesto.- aceptó Christine inclinando ligeramente la cabeza en un gesto claramente sarcástico.- Actuasteis como os dio la real gana, colocando a veinte ministerios de magia en la boca del lobo y a merced de los mortífagos sin preocuparos por advertir de lo que estaba a punto de ocurrir. Pero sí, nos consuela saber que salvasteis a esos muggles de las garras de Lewis.- Anya la fulminó con la mirada. Apretó los puños, suspiró y le dio la espalda, concentrándose de nuevo en el mapa que Lupin acababa de extender.

-Debo suponer...- tanteó Lupin suavizando su voz y tratando de romper el mal ambiente que se había creado.-...que esos cardenales están a salvo, ¿no es así?

-Si lo que le preocupa es la integridad de Potter, no tema, los ocultamos a buen recaudo.- saltó Orión con vehemencia. Se podía cortar el aire con un cuchillo a causa de la tensión acumulada.

-¿Dónde?- ordenó Christine inclinándose hacia delante y colocando ambas manos en los brazos de la butaca. Orión y Anya se miraron entre sí y como si pudieran leerse el pensamiento, el chico respondió:

-Si su idea, profesora Byrne, es poner vigilancia en las guaridas de los cardenales, vaya olvidándose del asunto. No moverán un dedo que pueda levantar las sospechas de Ian Lewis, ¿queda claro? Esos hombres están bien escondidos y le aseguro que a los mortífagos no les será fácil dar con ellos. Hasta el momento, sólo lograron llegar al que estaba oculto bajo la catedral de Santiago y quedan setenta nueve con vida. Lewis necesita eliminarlos a todos si quiere matar a Potter.

-¿Entonces qué sugieres?- quiso saber Lupin, algo desesperado por el planteamiento del chico. No le parecía justo ni le agradaba la manera en la que Orión jugaba con vidas humanas.- ¿Qué los abandonemos a su suerte? ¿Qué esperanza les queda a esos hombres? ¿Rogar para que Ian Lewis no dé con ellos? Es un cara o cruz, Black.- al escuchar su apellido, Orión retrocedió un par de pasos hacia la ventana, desde donde se veía la vieja cabaña de Hagrid y su huerto de calabazas que ya nadie cuidaba.

-Rezar...- respondió como un autómata.-...por el momento, es lo único que pueden hacer. Le aseguro profesor, que vamos a luchar por derrotar a los mortífagos, pero a veces hay que hacer sacrificios.

-Hablas con la dureza de un hombre al que no le importa matar.- Lupin le dio la espalda y se colocó al lado de Anya, que estaba muy ocupada en repasar el mapa como si no quisiera escuchar lo que estaban diciendo y tachó con una cruz roja la Catedral de Santiago, para eliminarla de su búsqueda.

-Y no me importa matar.- gruñó Orión con una voz de ultratumba.- Mientras logre mi objetivo.

-¿Y cuál es tu objetivo?- quiso saber Christine. Lupin se encontraba rodeado de personas que un tiempo atrás habían asesinado a sangre fría a sus enemigos y no era capaz de compartir su tono austero y su frialdad a la hora de expresarse. Orión miró a Anya, que en aquella ocasión, no le devolvió la mirada.

-Eso, profesora Byrne, no es de su incumbencia.- expresó con dureza y Christine volvió a sentir la sensación que había percibido la primera vez que los había visto en el Gran Comedor. No respondió. No veía en Orión el odio que percibía en Anya cuando se dirigía a ella y quizás por ello, podía tratar con él de igual a igual, pero las oportunidades se reducían cuando se trataba de la chica. La veía más frágil y vulnerable, pero algo le decía que en el fondo, se equivocaba. Orión era mucho más pasional, irracional y actuaba precipitadamente, sin importarle herir con sus palabras o soltar algún comentario que pudiera delatarle. Anya las mataba callando. Analizaba a las personas, las observaba, sabía qué decir en todo momento y cuando permanecer en silencio, pero también sentía todo aquello con mucho más ahínco. Eran personajes curiosos que se complementaban demasiado bien juntos. La clave, estaba en separarlos y quizás, los enemigos que habían tenido en el pasado, lo habían pasado por alto.

Durante la siguiente media hora el ruido de los pergaminos fue lo único que rompió el silencio de la habitación. Anya y Lupin habían logrado una complicidad inesperada que les había permitido señalar en el mapa las posibles guaridas de los grupos de mortífagos más importantes. En cuanto a Christine y Orión, ambos batallando interiormente con el otro, habían planeado las mejores estrategias defensivas para cuando se presentasen los ataques. Estaban tan pendientes de sus quehaceres que no notaron el resplandor de luz que se había formado en la entrada del despacho, justo detrás de ellos. No fue hasta que el poder natural de un arcángel llegó hasta la percepción de Christine, Anya y Orión, que éstos alzaron la cabeza de los pergaminos y contemplaron a las dos figuras que se habían materializado enfrente suyo.

Curiosamente, el único que no pareció asombrado era la última persona que se había percatado de los intrusos.

Eran un hombre y una mujer de mediana edad. Debían ser arcángeles no sólo por la asombrosa aparición, sino porque sus rostros parecían témpanos de hielo. Vestían ambos con túnicas blancas, lo que les daba un aire bastante espiritual.

La mujer, de rostro bello y joven, no era muy alta, pero sí esbelta. Tenía los ojos almendrados y el cabello largo y de tonalidades pelirrojas. Las graciosas pecas que le rellenaban las mejillas le daban a su rostro un aire vivaracho y travieso, pese a que no se reía. Su nariz era respingona y diminuta y los labios finos y curvados. Llevaba puestas una sandalias y de su espalda sobresalía una reluciente espada.

El hombre parecía algo mayor. Sus ojos eran oscuros, tanto, que parecían dos cuencas vacías que inspiraban temor a aquellos que lo observaban. Su piel era áspera y rugosa y las primeras arrugas, pese a su todavía juventud, le asaltaban los pómulos. Su nariz era larga y rectilínea y sus labios gruesos. Tenía el cabello corto y castaño y barba de dos días. No era delgado, pero tampoco gordo. También calzaba sandalias y portaba una espada bastante más trabajada que la de la mujer, aunque con rasguños que delataban su uso constante.

Christine se puso de pie y caminó hasta llegar a la altura de Anya y Orión que se habían quedado totalmente asombrado con aquella inesperada aparición. Miró a los dos arcángeles, de rostros impasibles, con la expresión bañada en la frialdad y fulminó a Lupin con la mirada, como si él fuera el responsable de todo.

-No pareces muy contenta de vernos, Christine.- había sido la mujer la que se había pronunciado y fue el hecho de que lo hiciera en un inglés marcado por un destacado acento y no en el idioma arcángel lo que más sorprendió a la profesora.

-Te agradezco la cordialidad de hablar en inglés.- No fue Christine quien respondió, sino Lupin. Abriéndose paso entre su esposa, que lo miraba estupefacta, llegó hasta los dos arcángeles y le dio un beso en la mano a la mujer y un apretón correcto al hombre.- Aunque entiendo y hablo vuestro idioma me es más sencillo expresarme en el mío.- los dos arcángeles, simplemente, asintieron levemente con la cabeza. Parecían lentos de movimientos, como si tuvieran que pensar a cada instante lo que hacer, pero Lupin se había topado con los suficientes para darse cuenta de que formaba parte de sus características. Se dio la vuelta hacia Christine y los demás y observó sus reacciones. Había esperado ilusionado que Anya y Orión los conociesen, pero por la manera tan absorta y ensimismada en la que los miraban, le daba la sensación de que se había equivocado. Anya, que era casi tan alta como Christine y estaba colocada a su lado, tenía un brillo inusual en los ojos y miraba a la mujer en especial como si encontrase en ella algo que no compartía con su expresión. Orión, no obstante, poseía la misma expresión gélida que sus compañeros pero se le notaba inquiero.

-¿Por qué estáis aquí?- inquirió Christine fríamente, observando fijamente a los arcángeles y fulminándolos con la mirada.

-Chris, creo que...

-No, déjala Remus.- interrumpió la mujer. Sonreía enigmáticamente y no parecía que el desprecio de Christine la estuviese ofendiendo.- Comprendo el impacto. Han sido...¿cuántos? ¿veinte años? ¿veintiuno? Demasiado tiempo sin vernos.

-La última vez que te vi trataste de convencerme para que me alejara de Dani.- replicó Christine duramente. Sus palabras, continuaron resbalando en el arcángel.- Y como siempre...tenías razón.- miró disimuladamente hacia su marido.

-Como tu mejor amiga, Chris, siempre supe quién era el hombre que debía estar a tu lado, pero no podía decírtelo. Haberlo hecho, habría influenciado en ti confundiendo tus sentimientos y no te habrías dado cuenta de la verdad en la manera correcta.- la mujer sonrió y Christine se acercó a ella para abrazarla. Lupin y el hombre se miraron y asintieron como si acabaran de presenciar lo que habían estado esperando durante mucho tiempo.

-De todas formas.- dijo Christine cuando se hubo separado de su amiga.- sé porqué estás aquí y lamento decir que no me convencerás para que me una a vosotros.

-No lo comprendes.- habló el hombre por primera vez. Tenía una voz mucho más dulce para el tono austero que aparentaba.- En esta guerra estamos involucrados más de lo que crees. Ian Lewis te conoce, conoce nuestras habilidades y sabe el peligro que representamos para él. No dudará en destruirnos.

-Veo que mi madre os ha informado muy bien.- saltó Christine con altivez. Se dio la vuelta y se topó con el rostro pálido de Anya que observaba la conversación en silencio. Se había olvidado de ellos por un momento.- Bien, supongo que si vamos a reagruparnos lo primero será presentarnos. Éstos son Anya y Orión Black. También son de los nuestros.- los dos arcángeles miraron a los chicos con curiosidad y ellos, con esa solemnidad que los caracterizaba, no se molestaron en decir nada ni moverse un ápice.

-Mi nombre es Ursae Silah.- se presentó la mujer. Por primera vez, lo más parecido a una media sonrisa se dibujó en su rostro. Orión inclinó la cabeza ligeramente con desinterés, pero Anya se quedó anclada en su posición, con los ojos clavados en los de ella.- Y éste es mi esposo, Saiph.

-Un nombre muy apropiado.- comentó Lupin. No se había dado cuenta de la tensión que se había generado en torno a aquella presentación.- Significa espada.

-Así es.- ratificó Saiph. Parecía muy orgulloso de poseer un nombre que hiciera honor al arma más poderosa de los arcángeles.

-Chicos,- habló Christine sin preocuparse por dirigirse a ellos con menos altivez.- Ursae y yo nos conocemos desde niñas. Jugábamos juntas cuando nuestras madres nos llevaban a la sala entre los dos mundos. Pese a que no os incumba, como sé que tenéis el don de saber todo lo relacionado con nuestras vidas, os diré que no nos veíamos desde una semana antes de que Lily y James Potter fueran asesinados. Por entonces, yo había perdido todo contacto con cualquier arcángel, puesto que estaba en guerra interna conmigo misma y con mi madre; pero no con Ursae. Siempre fuimos íntimas. Y ahora que la guerra se ha desatado y está en peligro nuestro mundo y el suyo, volveremos a formar equipo.

-Bien.- susurró Orión. Tanto Ursae como Saiph miraron de reojo a Christine con complicidad. La profesora sabía que sus amigos estaban sorprendidos por la dureza con la que se expresaban esos jóvenes.- Es un paso importante que entremos en alianza cuanto antes. Deberíamos advertir a todos los arcángeles del mundo del peligro que conlleva esta guerra.

-Eso es imposible.- replicó Saiph. Parecía ofuscado y enfadado. No estaba acostumbrado a que nadie le hablara en ese tono y menos un mocoso de unos veinte años que se las daba de duro.- La comunidad de arcángeles está esparcida por los rincones más insospechables y a muchos de ellos les gusta la comodidad de la soledad. Sería imposible contactar con todos.

-Entonces morirán.

-¡Estás sacando las cosas de quicio, muchacho!- exclamó Saiph enfurecido.- Hablamos de un mago, poderoso, estoy de acuerdo, pero a fin de cuentas un mago. Podremos con él nosotros solos.

-No conoces a Ian Lewis.- expresó Orión con dureza. Los ojos le brillaban intensamente.

-Y tú no me conoces a mí.

Los demás seguían con la mirada la discusión. Lupin suspiró con cansancio. Empezaban muy mal las cosas si no se ponían de acuerdo. No había contado que el carácter fuerte de Orión pudiese chocar con el de los demás arcángeles, que ya era complicado de por sí, pero esperaba que pudieran resolver el asunto democráticamente. En su opinión, el nerviosismo de Orión se debía a que sabía algo que ellos desconocían y que implicaba a Ian Lewis y en ese caso, era mucho mejor hacerle caso. Pero estaba el hecho de que todavía no confiaba plenamente en él y Saiph era uno de los arcángeles más reconocidos entre los mayores y que probablemente, en un futuro, acabaría siendo uno de ellos.

-¿Qué piensas, Chris?- quiso saber Ursae. La profesora observó los ojos ennegrecidos de Orión y aquello no le dio muy buena espina. Harry se los había descrito así cuando le había contado que habían tratado de asesinar a Alan. Empezaba a tener una ligera sospecha de lo que le ocurría al chico.

-Conozco a Ian Lewis y sé que no se detendrá ante nada. También sé que incluso siendo solamente un mago es más poderoso que yo y...por desgracia, también de Harry.

-¡Es imposible que sea más poderoso que Potter!- negó Saiph contradiciendo a Christine. Aquello comenzaba a convertirse en algo personal, una lucha encarnizada por ver quién tenía razón.

-Yo soy más poderoso que Potter.- refunfuñó Orión entre dientes. Parecía que se había acrecentado su mal genio al nombramiento de Harry.- Y te aseguro que por desgracia para todos, es posible que Lewis me supere.- se hizo el silencio. Saiph seguía sin parecer convencido y tanto Lupin como Christine se habían quedado sorprendidos por la cantidad de información que había soltado Orión por defender su orgullo.

-¿Qué opinas tú, Anya?- le preguntó amablemente Ursae. No obstante, hacía rato que Anya parecía haber caído en una especie de trance y no respondió. Los ojos de Ursae y los de ella estaban conectados como si se hubiesen quedado pegados. Orión dejó de lado la discusión que continuaba manteniendo con Saiph y observó a su hermana en una mezcla de impotencia y miedo.

"-¡ANYA CORRE! ¡COGE A SILAH Y CORRE!- Anya estaba envuelta en gritos ensordecedores. Tiraba de la mano de Silah, pero ésta no se movía. Las luces traslúcidas de los demás arcángeles iluminaban cada rincón de las callejuelas del casco antiguo. Y rodeándolos, un montón de personas con máscaras. La madre de su mejor amiga, que las había llevado a visitar la ciudad, estaba enfrente suya, protegiéndolas con su cuerpo y un escudo protector que había creado para abrirles un pequeño pasadizo de huída.-¡ANYA MARCHAOS!- suplicó una vez más.- Él se acerca...- Anya observó el rostro de la mujer. Estaba empapado. Le habría gustado asociar eso al sudor que le resbalaba por la frente, pero tenía la certeza de que estaba llorando, pese a que nunca la había visto hacerlo.

-¡Mamá, quiero quedarme! ¡Déjame quedarme contigo!-Silah se aferraba desesperadamente a la túnica blanca de su madre, sin que Anya pudiera hacer nada por alejarla. La mujer, pendiente de su escudo de fuerza y de las maldiciones que se acercaban peligrosamente hacia ellas, se arrodilló hasta la altura de su hija y le dio un beso en los mechones de cabello pelirrojo.

-Tienes que marcharte, Silah.- le susurró dulcemente, sonriéndole con ternura. Anya sintió envidia. Le habría gustado que su madre estuviese allí con ella, que la besara de aquel modo y la consolara. Le habría gustado morir con ella como estaba segura que moriría la madre de Silah. Conocía esa mirada y era una despedida. Pero Silah no podía saberlo.- Esta vez, no puedes venir conmigo.

-Pero...

-Anya.- dijo la mujer, en esta ocasión, hablando en un tono de voz mucho más serio.- Os abriré hueco. Llegad al final del pueblo, cruzad el puente y estaréis a salvo. Tenéis que llegar hasta tu padre, ¿entendido?- y súbitamente, también la besó en la frente y la observó con cariño.- Te pareces mucho a tu madre...no sueltes a Silah, ¿entendido? Prométeme que no la dejarás ir.

-Lo prometo.- asintió Anya, con el labio inferior temblándole ligeramente.

-Bien.- susurró la mujer poniéndose en pie de nuevo.- Ahora marchaos. Él está aquí. Yo lo distraeré.- Anya cogió la mano de Silah más fuerte y le impidió que se acercara a su madre para darle un abrazo. Tal y como le habían indicado, se abrió paso entre el escudo protector y salió corriendo calle abajo, con el ruido de las maldiciones y los pasos resonando tras sus talones. Sentía que le faltaba el aliento y sentía a Silah mirar hacia atrás una y otra vez, pero no podía girarse.

-¡Any, es mi padre!-gritó de pronto. Anya se detuvo. Era cierto. El padre de Silah, que llevaba a su hijo pequeño en brazos, se abría paso entre los enemigos con gran maestría. Iba a lograr alcanzar los refugios fuera de la ciudad donde se dirigían todos los niños que corrían junto con ellas. Esos refugios habían sido establecidos para guarecerse de los ataques del enemigo. Pero el padre de Silah estaba demasiado lejos para verlas u oírlas y si desaprovechaban la oportunidad de escapar, morirían sin remedio. Tampoco Anya dejó que Silah se acercara a su padre y aquellos instantes preciosos que se habían detenido, fueron claves para que los enemigos les dieran alcance. Anya miró hacia atrás. Ya no podía ver a la madre de Silah, pero sí le veía a él. Estaba lejos...por ahora.

-¡Vamos!- ordenó a su mejor amiga con voz firme y volvió a tirar de ella, pese a que Silah se resistía sin mucho éxito. Estaba llorando. Con las pocas fuerzas que le quedaban, Anya volvió a tirar con fiereza y entonces ocurrió lo inevitable. Silah, con la mirada puesta en su padre y su hermano, tropezó con una piedra del caminó y cayó al suelo. Soltó su mano. Anya se dio la vuelta y la vio allí tirada, sucia por el polvo de la tierra y con la mano alargada hacia ella.

-¡Any, ayúdame!- gritó.- Anya se quedó paralizada. Detrás de Silah llegaron cuatro de aquellos hombres. Rieron ante las lágrimas de la niña y levantaron las varitas.- ¡ANY!- pero Anya no regresó. Escuchó el "Avada Kedavra" resonando en su cabeza una y otra vez, observó el rostro empapado y asustado de Silah, pero tuvo miedo. Quiso ayudarla aún en última estancia, aún cuando el haz de luz verde no había golpeado a su amiga, pero entonces recordó las palabras finales de su madre, las últimas y que desde entonces, había escuchado en boca de todos. "Tú eres la última esperanza" y salió corriendo de allí. Corrió como nunca antes lo había hecho, llevando sobre su espalda la promesa que había roto, la culpa por haber soltado la mano de Silah, cuando su madre le había pedido que no lo hiciera. Huyó de allí y ningún enemigo le dio alcance, sabiendo que, pese a que buscó una y otra vez en los rostros de los niños que habían llegado al refugio, que no volvería a ver a su mejor amiga con vida...nunca más."

-¿Estás bien, Anya?- preguntó Lupin preocupado, acercándose a ella y colocándole una mano en el hombro.- ¿Te has sentido indispuesta?- la chica desvió la mirada de Ursae y asintió temblorosa.

-Yo...estoy de acuerdo con Orión.- su voz se había recobrado y adquirido el tono fuerte habitual.- Ian Lewis es un enemigo muy poderoso...no sabéis cuanto.

N/A: Olassss gente! Tarde, pero ya estoy aquí. Espero que os haya gustado este capi, es muy importante y debería añadir que es mi favorito. Son contadas las ocasiones en las que veremos cosas del pasado de Anya o de Orión y esta es una de las visiones que más me gusta, aunque habrá otras más interesantes. Vale, a ver, para el próximo capi:

-Por fin habrá algo de Ron y Hermione. Bueno, habrá bastante, debo decir. Me parece que os gustará. Ajajaj.

-Descubriremos una parte de los maravillosos poderes de Orión, alguien sabe cuáles son? Puede ver el pasado...

-Después de lo ocurrido, Ian no se va a quedar de brazos cruzados, así que esperar una reacción alarmante de su parte.

-Continuaremos viendo como Anya se integra entre el grupo y también las claras diferencias con algunos miembros.

-Habrá una importante conversación entre Orión, Michaela y Dumbledore...ya veremos qué ocurre en ella.

Bueno, pues hasta aquí todo. Os aseguro que en el próximo capi habrá sorpresita, porque aparecerán personajes que sé que os van a gustar. Así que espero vuestros reviews y vuestros ánimos, sois geniales. Cuidaros mucho todos, un besazo para mis niñas. Hemos recuperado a Pekenyita! (No se había ido a la Conchinchina). Nos vemos en el próximo capi!