N/A: Buenassss! Feliz Navidad! Aunque atrasada...Qué tal estáis? Yo muy agobiada, estudiando un montonazo. Aclaro cosillas, no estoy contestando los reviews porque dentro de nada tengo los parciales y no me conecto prácticamente. Tenía algunos capítulos escritos de reserva y como premio a ello voy a actualizar otra vez 3, pero os pido que me perdonéis lo de los reviews. No es definitivo, en cuanto acabe los exámenes volveré a la ruta habitual, de acuerdo? De todas formas, si veo alguna pregunta importante por ahí o alguna duda general, la contestaré. Un besazo enorme! ESpero que hayáis empezado el año con buen pie. Un besazo!

CAPÍTULO 18: I'D DIE FOR YOU

(MORIRÍA POR TI)

¡PATAPLOF!

Era la tercera taza de café que a Hermione se le caía de las manos. Llevaba una tarde de tropiezos, despistes y nervios, espantosa. Se restregó las manos mojadas en el delantal blanco y se agachó con pesar para recoger la porcelana.

-¿OTRA VEZ, HERMIONE?- le gritó su jefe desde la cocina. Enfurecido, cruzó las puertas de salón agitando un paño en la mano izquierda.- ¡Empieza a concentrarte en tu trabajo o me plantearé la opción de contratar a la camarera que vino el otro día solicitando empleo¡Vas a arruinarme si sigues rompiendo la vajilla!

-Lo siento, señor Barnes.- balbuceó Hermione. Sheila, su compañera de trabajo, la observó con compasión mientras el jefe le soltaba toda una clase de moralidad y amenazas verbales. Hermione parecía a punto de llorar y eso que, normalmente, era una empleada ejemplar. Nunca se quejaba y acataba todo el trabajo como si fuera incansable. Pero aquel día estaba distinta.

Sheila vio como la chica recogía con una escoba y un recogedor los pedazos de la taza y se dirigía a una mesa a tomar nota. El hombre en cuestión, al que tenía que atender, era un cuarentón baboso que fumaba una pipa que le cubría prácticamente toda la cara. Vestía un traje elegante, lo cual indicaba su posición social y de la cartera que había depositado encima de la mesa, sobresalían varios billetes.- ¿Qué es lo que desea?- preguntó Hermione con voz correcta. Sorbía la nariz y trataba de no dirigir la mirada a ningún punto en cuestión, puesto que estaba segura de que no podría evitar las lágrimas.

-Un caña, preciosa y tu grata compañía.- con todo el descaro del mundo, el hombre le colocó la mano en el culo y lo sopesó. La chica se apartó de un salto y en sus ojos se reflejó la sensación de miedo que había experimentado durante los últimos cinco años. La bandeja que llevaba en las manos se le cayó al suelo y provocó un fuerte estruendo. Todo el mundo se giró para mirarlos. El señor Barnes volvió a salir de la cocina dispuesto a lanzar otro grito, pero se contuvo en medio de aquel molesto silencio que se había generado.

Por suerte para Hermione, Sheila se compadeció de ella y salió de la barra con la caña que el hombre había pedido, para después recoger la bandeja y tirar del brazo de su compañera. En cuanto el hombre tomó su bebida, observando a las chicas suspicazmente, el resto de la gente perdió el interés en el incidente y continuó con sus conversaciones.

-¿Dónde tienes la cabeza, muchacha?- le gritó el señor Barnes, comprobando por encima de la barra que ningún cliente estuviese pendiente de ellos.- ¿Sabes quién es ese hombre¡SE LLAMA JOHN KEINROL Y ES EL MAYOR PROPIETARIO DE LOCALES DE TODO EL VALLE DE GODRIC¡Puede hacernos desaparecer como la espuma! Hace años, mi padre compró este comercio con la intención de acoger a los nacidos de muggles entre nuestras gentes. Estábamos en guerra y quería honrar la memoria de Godric Gryffindor, que siempre trató a todos los magos por igual, independientemente de su origen. Este bar es el único establecimiento donde se hace todo al modo no-mágico y me siento orgulloso de ello. ¡No quiero tener problemas porque una de mis empleadas no es capaz de controlar sus nervios!

-Discúlpeme, señor Barnes.- volvió a decir Hermione con un hilo de voz, bajando la cabeza. El hombre la miró duramente.

-Señor Barnes.- intervino Sheila, que no se había perdido detalle de la conversación.- El turno de Hermione terminará en un par de horas y yo me puedo arreglar sola. Si no se encuentra bien que se marche a casa.- el señor Barnes parecía reconsiderar la petición de la chica. Volvió a observar a Hermione con una mezcla de desdén y conformismo y asintió con la cabeza.

-De acuerdo.- gruñó.- Te paso esta porque nunca has cometido ninguna infracción, Hermione. Pero no habrá más segundas oportunidades. Vete a casa y descansa. Te espero mañana a las cuatro como de costumbre.- Hermione ni siquiera se excusó. Musitó un leve "gracias", se quitó el delantal y fue al cuartito de empleados a cambiarse. Se colocó su falda preferida y una camisa holgada y sin retocarse el moño que llevaba en el pelo, se colgó el bolso al hombro y salió por la puerta trasera. John Keinrol la esperaba allí. Se acaricia el mostacho mientras sonreía fanfarronamente. Hermione, tratando de controlar sus nervios, suspiró e hizo el intento de pasar de largo, pero el hombre la agarró de un brazo.

-No se marche tan rápido, señorita. ¿Por qué no me deja que la invite a un café en un lugar un poco más...privado?

-Lo siento...- balbuceó Hermione incoherentemente.- Yo...debo irme...

-Oh.- había decepción en el rostro de Keinrol, pero no parecía un hombre al que le hubiesen dado muchas negativas.- Es posible que no me haya mostrado respetuoso con usted en el bar. Discúlpeme. ¿Qué tal si empezamos de nuevo?- le tendió la mano, pero Hermione vio avidez en sus ojos, la misma, que había visto una vez en el hombre que la marcó de por vida.

-Por favor...déjeme marchar...-suplicó. Sabía que podía sacar la varita y lanzarle un maleficio, pero Keinrol se le había adelantado leyéndole el pensamiento.

-No estoy acostumbrado a que me den un no por respuesta, señorita.- apretó con fuerza los dedos con los que sostenía el brazo delicado de la chica y acercó la varita al pecho.- Soy un hombre felizmente casado, aburrido de tantos negocios y que le gusta la diversión de vez en cuando y usted es una muchacha preciosa. ¿Cuál es el problema?

-El problema eres tú, imbécil.- un haz de luz roja había salido de la nada y había colisionado con la mano en la que Keinrol sostenía la varita. Ésta, había volado lejos de su alcance. Hermione, que había cerrado los ojos asustada, los abrió y el rostro se le iluminó al ver la figura de Ron. El chico, que observaba con determinación y repulsión a Keinrol, extrajo una tarjeta de identificación y la mostró con seguridad, como si aquello resolviese el problema y realmente, lo hacía.- Me falta un año para graduarme en la Academia de Aurores, señor Keinrol, conozco personalmente a la Ministra de Magia y le aseguro que tengo la autoridad suficiente para mandar a juicio a gallitos como usted y despojarle de toda su fortuna. Vuelva a acercarse a cualquier jovencita inocente y le aseguro que seré su sombra. ¿Queda claro?

-Muy claro.- gruñó Keinrol. Seguramente, se había quedado muy impresionado con la interpretación de Ron, pero no era un hombre que se dejara amilanar con facilidad. Recogió su varita del suelo, miró con desprecio a Hermione y se marchó caminando tranquilamente, una vez se hubo alisado su smoking.

Hermione y Ron se quedaron solos en mitad de la calle desértica. Ron la había vuelto a salvar y con ésa, ya iban dos veces. En la discoteca...y del señor Keinrol. Y siempre acudía a buscarla al trabajo para que no recorriera los callejones del pueblo a solas. Era como un guardián, como su protector y ella lo había dejado de lado en numerosas ocasiones. No había apreciado la sinceridad y la compañía del chico y lo sentía enormemente. Pero tenía miedo. Mucho miedo. Y aquel día, todavía más.

-¿Por qué lloras, Hermione?- le preguntó dulcemente, al ver como las lágrimas resbalaban por el rostro pálido de su mejor amiga. Se acercó a ella y con el pulgar las enjugó con ternura.- Ya ha pasado todo.

-Creí que...creí que...- la chica estaba tan nerviosa que no lograba articular con claridad.-...él está aquí...está aquí otra vez...- Ron apretó la mandíbula y la abrazó fuertemente. Sintió veneno recorriéndole la piel. Sí...Ian Lewis había regresado y al parecer, más fuerte que nunca. Había admirado el coraje de Hermione cuando Dumbledore lo había comunicado en la reunión de la Orden y ella no había mostrado ni el miedo ni el dolor que sentía por dentro. Había esperado para llorar. Deseaba matar a Lewis con sus propias manos, deseaba hacerle pagar cada una de las lágrimas de Hermione, apartarlo de sus vidas para siempre, borrar su recuerdo, su fantasma, su existencia...mirarle a la cara y decirle lo mucho que lo odiaba. Era injusto que su amiga se tuviera que enfrentar al hombre que la violó en una guerra en la que había tenido que participar prácticamente obligada. Sabía que ni Ginny ni ella estaban capacitadas para volver a pasar por lo de la última vez.

-Tranquila...- le chistó, dándole un beso en el pelo castaño y enmarañado. Era muy hermosa, aún cuando su rostro se mostrase ojeroso. La prueba era en la cantidad de hombres que estaban interesados en ella. El de la discoteca y el bar no habían sido más que vanos ejemplos. También estaba ese idiota de su clase, Mark. Hermione había crecido, se había convertido en una mujer y había dejado de ser simplemente su mejor amiga. Recordaba con nostalgia lo mucho que se habían peleado en Hogwarts y lo tonto que había sido al no fijarse en ella. Había perdido el tiempo...había dejado que los años le robaran lo que tenía al alcance de la mano. Primero Krum, luego Lewis...habían pasado por su lado como gotas de lluvia, lo habían mojado con molestia y él se había negado a apartarlos de su camino. Había dejado que atropellaran su relación con Hermione y ahora se merecía su rechazo. Él no era nadie. Era muy poca cosa para ella. Un chico flacucho y alto, con pecas en las mejillas y el cabello pelirrojo. Un futuro auror sí, pero cuya inteligencia quedaba muy lejos de la de ella.

-No puedo más...Ron...no puedo más- sollozó Hermione.- Veo sus ojos...siento sus manos en mi piel...lo veo en sueños...no puedo quitármelo de la cabeza...

-Escúchame.- Ron le colocó ambas manos en las mejillas, obligándola a que se miraran y con la mayor seriedad del mundo, añadió: - No permitiré que ese cabrón te toque¿entendido?

-Pero...

-¿Entendido?- insistió Ron duramente.- Me enfrentaré a él y moriré si es necesario antes que dejar que se acerque a ti.

-¡No!- Hermione se lanzó a sus brazos. Era de las pocas personas que dejaba que la tocaran.- No podría resistir que te hiciera daño por mi culpa.

-Tengo que hacerlo, nena, tengo que hacerlo.- hacía mucho tiempo que no la llamaba así y Hermione sintió que las piernas no la sostendrían. No era un apodo despectivo ni vulgar, lo pronunciaba con tanto cariño que sus palabras llegaban con claridad.

-¿Por qué?- Ron suspiró.

-Porque te quiero.

´´´´´´´´´´´

La ventana traqueteaba y el aire frío de la noche de Octubre se colaba como un intruso en la vieja cabaña. Las cortinas ondeaban nerviosas, dibujando sombras en las paredes gruesas de la pequeña estancia. Anya se removió inquieta en su cama y el golpe de frío la despertó. Escuchó voces y todavía con los ojos cerrados, tanteó entre sus cosas en busca de su espada. Alzó a Démeter, como ella la llamaba y cortó el vacío.

Los gritos provenían de Orión. Suspiró aliviada y se arrodilló a su lado. El muchacho no tenía una cama como ella, dormía en el duro suelo, sobre su capa negra tendida.

En aquel momento, pese a que sólo iba vestido con unos slips y estaban entrando de lleno en el otoño, sudaba a chorros.

-Orión...- le susurró dulcemente, zarandeándole de un brazo para tratar de despertarlo, pero el chico, delirando como estaba, no lo hizo. Preocupada, le colocó una mano en la frente. Ardía en fiebre. Tenía los ojos apretados y se retorcía en el suelo, chirriando los dientes, como si luchara contra algo. Se había hecho sangre en los dedos de tanto arañar el suelo de madera. Anya también cerró los ojos, suspiró y su figura quedó envuelta en un aura de luz blanca. Se introdujo en sus sueños...

"La habitación estaba en penumbras. Era un viejo caserón abandonado del centro de Londres. Los muggles no se atrevían a entrar allí. Hacía años que estaba en venta, puesto que había sido el lugar de un crimen de un asesino en serie muy peligroso. En 1981, en mitad de la primera guerra mágica, no había muchos lugares a escoger para mantener una conversación privada y aquel era uno de los pocos.

Dos hombres permanecían inmóviles en la estancia. Ambos jóvenes. El primero, con el cabello negro azabache y revuelto, los ojos de un color avellana y con gafas; estaba mirando por la ventana destartalada, dándole la espalda a su acompañante. Taciturno, observaba el cielo estrellado de la capital inglesa.

El segundo hombre era de rostro hermoso. Sus cabellos, algo más largos, también eran de un color tan oscuro como su nombre. Sus facciones varoniles deleitaban con un moreno natural, pero lo que más destacaba de su bella apariencia eran sus profundos ojos grises. Parecía un felino en la noche, escudriñando el lugar con sus cuencas tan llenas de vida. Sentado sobre una cama de tres patas, jugueteaba con los pulgares.

-Elige a Peter, James. Es lo mejor para todos.- suspiró. Se removió inquieto en la cama al ver la pasividad de su amigo. Le costaba permanecer en aquella estancia, carcomiéndose por el silencio y no poder gritar para romperlo. Detestaba los lugares cerrados, tal vez, porque su madre siempre lo había encerrado en el sótano cuando lo castigaba. Las ratas y el polvo no eran una buena compañía.

-Si lo hago...- musitó el otro hombre. Su rostro se había contraído en una mueca de concentración.-...Voldemort te perseguirá y no se detendrá hasta torturarte en busca de una información que nunca tendrás. No puedo hacerlo, eres mi mejor amigo.- Black sonrió imperceptiblemente. Todavía le quedaban momentos a solas con James en los que se permitía una ligera mueca de alegría. James lo había sido todo para él. Lo había acogido en su casa cuando se fugó de la mansión de sus padres, había sido su confidente, su hermano. Su vida entera estaba marcada por los pasos de él. No era nadie sin James, sin su apoyo, sin su compañía. Estaba solo en la vida.

-Moriría por ti si eso es lo que estás preguntando, Cornamenta.- aseguró Black con rotundidad.- Moriría por Harry...

-Eres un buen padrino, Sirius. El mejor.- sonrió James y por primera vez, se dio la vuelta. Su rostro joven había palidecido a causa de las recientes malas noticias.- Aceptas la muerte como si su significado al lado del gran cariño que sientes hacia mí o hacia Harry, empequeñeciera. Y por eso tengo que pedirte un favor.- Black se levantó de la cama bruscamente y ésta chirrió desagradablemente. El tono conformista que había utilizado su mejor amigo había ocasionado que los pelos de la nuca se le erizaran.

-¿Cuál?- James suspiró y se acercó al hombre, colocándole una mano en el hombro.

-Quiero que me prometas, que ocurra lo que ocurra, cuidarás de Harry. Quiero que me jures que estarás a su lado en cada peligro que tenga que afrontar y sabes Sirius, que serán muchos. Quiero que hoy, aquí en este lugar, seas capaz de darme tu palabra de que lo protegerás como si fuera tu hijo y que no importa lo que ocurra a vuestro alrededor, siempre mantendrás tu promesa.

-James...- los ojos de Black destellaron bajo el baño de la luna.

-Júramelo.- pidió su amigo en un susurro de súplica.

-Pero, James, lo que me dices...yo...

-Sirius.- el hombre retiró la mano del hombro de Black y volvió a posicionarse al lado de la ventana. En sus ojos se dibujaba la melancolía. Era la primera vez desde que lo conocía que Black lo veía así. Sólo hacía cinco años que habían abandonado Hogwarts y por entonces James Potter era el chico más bromista, arrogante y feliz que había conocido sobre la faz de la tierra. Y ahora, cuando la guerra había pisoteado sus cabezas, James le hablaba con una madurez que sólo el riesgo de perder a los que más quería, podía haber provocado.- Harry tiene poco más de un año. Muchas personas han tratado de cogerlo en brazos, muchas personas se han acercado para hacerle reír...¿y sabes con cuantas se ha mostrado agradable Harry?- James esperó la respuesta, pero Sirius no pronunció palabra.- Con ninguna...- el hombre suspiró.- Me di cuenta hace unos días en la casa...me di cuenta cuando te sentaste a su lado en la alfombra a jugar con los cubos de plástico. Harry sólo deja que Lily tú y yo nos acerquemos a él. Y si algo nos pasa...entonces me gustaría que mi mejor amigo cuidara de mi hijo.

-Hablas como si hoy fuera tu último día de vida.- gruñó Black miserablemente. James cerró los ojos angustiado.

-Tal vez lo sea.- se dirigió hacia la puerta, colocándose por encima lo que parecía una capa de invisibilidad y antes de desaparecer por completo, añadió:- Hablaré con Peter.- y aquella fue la última vez que Black lo vio. Una semana más tarde, James Potter estaba muerto."

Orión se incorporó de golpe. Jadeaba. Tenía el rostro empapado de sudor. Se restregó los ojos y los encontró mojados, pese a que estaba seguro de no haber llorado. Anya lo miraba preocupado.

-¿De nuevo?

-Cada vez es peor.- musitó Orión, haciendo un esfuerzo por ponerse en pie y caminar hasta la ventana para taponar el aire frío. El cabello se le pegaba al cuerpo y continuaba respirando entrecortadamente.- Las visiones han incrementado desde que estamos aquí. Debe ser la influencia emocional que ello conlleva...

-Tienes que hablar con Michaela.- le instó Anya, poniéndose de pie también y caminando hacia él. Empapó el paño mojado que llevaba en la mano, en un cuenco con agua y se lo colocó en la frente, para aliviarle la fiebre. Orión flaqueó y lanzó un prolongado suspiro.- Ella puede ayudarte.

-No.- rugió el chico y recuperando su tono firme, sujetó con fuerza la muñeca de Anya y le apartó el brazo de la cara. El paño cayó al suelo.- Siempre me las he arreglado solo, no necesito la ayuda de nadie.- al ver la decepción y el desazón que había experimentado su reacción en el rostro de Anya, trató de suavizar las cosas.- Es más, mi...habilidad para obtener visiones nos han facilitado mucha información...y lo sabes.- Anya no respondió. Prefería mil veces no poseer esa información a ver como Orión sufría constantemente, pero no lo expresó en voz alta. Sabía que él no aprobaría un comportamiento tan débil. Recogió el paño del suelo y se dirigió hacia la capa donde dormía el chico, tumbándose sobre ella. Cuando Orión, que había estado examinando la ventana, se dio la vuelta, encontró su lecho ocupado y en su lugar, la cama de Anya, mullida y blandita, vacía. Se acercó a la chica para persuadirla de que descansara, que no le importaba dormir en el suelo, pero Anya ya estaba profundamente dormida.

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Soplaba un viento tibio y molesto en las cercanías del Valle de Godric. Las nubes se habían arremolinado en el cielo y apenas dejaban que los últimos rayos solares de la tarde acariciaran el lago. La vieja colina era un lugar poco visitado entre los transeúntes del pueblo. Refugio de los animales y excursionistas muggles, el bosque se abría paso entre las rocas de las montañas vecinas.

Allí, en un claro algo alejado de la tres famosas mansiones al pie de esa misma colina, se hallaba un precioso lago. Poca gente sabía de su existencia. No era muy profundo y estaba escondido en pleno corazón del bosque. Sus aguas eran famosas por proceder de un manantial que rociaba la montaña más alta.

Alan estaba tumbado a los pies de la orilla con una mano chapoteando en el agua y la otra debajo de su barbilla. Su mirada se perdía en las profundidades del lago, que se removía inquieto a causa del viento.

Vestía un pantalón y una camiseta de manga corta y tenía frío, pero hacía mucho tiempo que esas sensaciones habían dejado de parecerle importantes. Aquel era su refugio, su lugar perdido al que corría a esconderse después de una pesadilla especialmente fuerte. Christine no sabía de sus excursiones. Alan había desarrollado suficiente sus poderes como para evitar que ella captara su energía. Necesitaba esos momentos a solas del mundo, necesitaba estar solo y sincronizarse con la naturaleza, con él mismo, y percibir así todo de una manera mucho menos traumática. Alan era así. Sabía que era especial y captaba las sensaciones mejor que cualquier otro arcángel, pese a que no conocía a fondo la fuente de sus poderes.

-Es un lugar precioso¿no te parece?- escuchó la voz de un hombre y se levantó de golpe. Sonreía abiertamente, vistiendo unos vaqueros anchos y un jersey de lana y el pelo engominado hacia atrás. La sombra de los árboles ocultaban parte de su rostro.

-¿Quién es usted?- retrocedió un par de pasos, alzando los brazos por si tenía que utilizar sus poderes. Sin embargo, cuando la figura avanzó un par de pasos y la luz del sol bañó su rostro, dibujó unos profundos ojos castaños, ocultos bajo unos mechones rubios. El rostro que lo había atormentado en sus pesadillas, estaba frente a él y el corazón de Alan se embargó de emoción.

-Soy tu padre.- Dani lo pronunció con seguridad, sin dudarlo ni un instante. Era la misma persona de sus sueños, era él...el que le había mostrado la verdad, el que le había proporcionado las respuestas necesarias...del que hablaban los periódicos. Caminó hasta la orilla del lago y se colocó de cuclillas, acariciando el agua casi con delicadeza, bajo la mirada atenta del niño. Parecía en paz moviendo su mano de un lado hacia otro, rozando con sus dedos aquella sensación que a él siempre le había parecido tranquilizadora, casi electrizante. Miró su rostro una vez más y vio sus facciones. Vio su nariz pequeña y respingona, vio el mismo lunar en la entrada del cuello, vio su perfil...se vio a sí mismo con la diferencia del cabello oscuro y los profundos ojos azules que en Dani se dibujaban castaños, casi de un tono semblante a la miel. Tuvo tentación de salir corriendo, de huir, de lanzarse a sí mismo unos polvos de sueño para dormir...dormir y no pensar, no pensar en quien tenía enfrente, no pensar en porqué el destino le estaba jugando esta mala pasada. Pero sólo tenía cinco años, se recordó, era demasiado incluso para su mente...demasiado...

-Mi padre está muerto...- logró articular. Le temblaba la barbilla y casi no era consciente de sus propias emociones. Quiso llorar, porque nunca lo había hecho, quiso caer de rodillas, porque su orgullo siempre se lo había impedido, quiso flaquear, porque su obligación se lo había impedido; pero se quedó allí de pie, desamparado, solo ante el peligro, solo ante el engaño...

-Eso es lo que te han hecho creer.- musitó Dani en un tono conciliador. Alan quería creerlo, de verdad quería, pero su racionalidad se lo impedía. Sus conocimientos como arcángel, su intuición, las palabras de su madre...- Pero no es cierto.

-Yo te vi morir.- contrarrestó el niño. Por un momento, tuvo la vaga sensación de que el hombre se había quedado sin palabras, pero se repuso de inmediato, mostrando la sonrisa tan cálida que Alan había visto en algunas fotografías. Sus ojos brillaron de emoción.- en mi sueño...yo te vi morir...

-Tu madre te mintió.- Dani se acercó un paso más, alargando un brazo para tratar de ponerle una mano en el hombro, pero Alan retrocedió todavía más. No confiaba en él. Interiormente, Ian Lewis resopló maldiciendo su pequeño error. No había contado con que el crío mantuviera los recuerdos de su vida pasada, no había contado con que se le manifestaran en sueños y podía apostar la mitad de sus tropas mortífagas a que esos sueños estaban siendo enviados por Michaela, por esa anciana entrometida, con el propósito de que el niño reviviera sus verdaderos orígenes. Pero no tenía importancia, se le acababa de ocurrir un plan que probablemente acrecentaría el odio del crío hacía sus padres.- Lo ha estado haciendo desde un principio.- se cruzó de brazos, adoptando una expresión seria y comenzó a caminar de un lado a otro.- te mantuvo hechizado con pociones y encantamientos. No era muy difícil para ella, tú eras muy pequeño. Pero...se olvidó de lo poderoso que llegas a ser.- hizo una pausa, comprobando el efecto de aquellas últimas palabras y vio con satisfacción un brillo especial en las facciones del pequeño. Lo que suponía. El desequilibrio emocional que sufría lo había atraído mucho más a la oscuridad, a las Artes Oscuras, veía ansias de poder...- borró mi recuerdo, ocultó las fotografías y cualquier vestigio de mi existencia...manipuló los recortes de periódico y los documentos para que los encontraras...te envió aquellas tediosas pesadillas...- Alan había retrocedido todavía más negando con la cabeza. Tenía los ojos aguados, pero no lloraba. En su mente, la posibilidad de que su madre, a la que quería por encima de todo, le hubiese engañado, rompía todas sus barreras emocionales, rompía toda su barra de afecto. ¿Christine le había mentido? Su madre, la persona a la que más admiraba, la que era su ejemplo, la que le preparaba el desayuno, le elegía la ropa o le ordenaba la habitación...la que le había enseñado todo acerca de los arcángeles...esa era la Christine que quería que llegara a su mente, pero irremediablemente, en su corazón aparecían otras imágenes. La de su madre riñéndole por haber roto un vaso de cristal, por haber utilizado sus poderes, por no soportar el duro entrenamiento...la que pocas veces lo abrazaba, la que le respondía con dureza y frialdad...todo aquello apagaba a la verdad, apagaba los buenos actos de Christine y Ian, aprovechando el momento de confusión, musitó unas palabras que no llegaron a los oídos de Alan y súbitamente, los momentos de cariño, los momentos felices, los recuerdos con su familia...dejaron de existir, sólo existía lo malo, lo peor...lo que iba acrecentando su odio.

-¿Por qué lo hizo?- quiso saber fuera de sí. Sus ojos se habían oscurecido, habían apagado las tonalidades azules. Ian, con la apariencia de Dani, sonrió con maldad. Lo estaba logrando, había sembrado la maldad en el corazón de Alan y pese a que el proceso todavía era largo y tedioso, estaba convencido de que a partir de ahora todo le resultaría mucho más sencillo. Fingiendo una pena muy grande y arrodillándose de nuevo frente a la orilla, respondió:

-Porque dejó de quererme.- había amargura en las palabras de su padre y Alan lo notó.- porque Remus Lupin se cruzó en su camino y se enamoró de él. La apartó de mí y la indujo a cometer actos horribles. ¿Nunca te lo ha contado, verdad?- Alan, que cada vez estaba más envenenado por las palabras de Ian, negó con la cabeza.- Tu madre hizo cosas horribles en el pasado...mató a muchas personas...y una noche...fingió mi muerte. Tuve que marcharme, Alan, créeme que no tenía otro remedio. Christine era demasiado poderosa para mí y estaba decidida a echarme fuera de su vida...es fría y despiadada y me dijo que si no me marchaba, acabaría con tu vida...- Alan cerró los ojos angustiados. Tal era el odio que se había acumulado en su interior que tomó las palabras del falso Dani como ciertas, las aprobó y encontró a Christine, una mujer gélida y cargada de cinismo, capaz de cometer semejantes actos atroces.-...pero tenía que volver a por ti, tenía que verte...así que he estado durante meses buscando la manera de encontrarte a solas para contarte la verdad. Piensa, Alan, piensa en lo mucho que te mintieron con respecto a Harry, con respecto a Remus...- Ian continuaba con sus mentiras, pero no hacían falta más argumentos. Alan tenía cinco años y emocionalmente era muy vulnerable. Cerró los puños con fuerza y saltaron unas chispas de sus nudillos.

-Mi madre no me quiere...- articuló apretando los dientes a cada palabra.- llévame contigo...- Ian tuvo ganas de soltar una carcajada, pero aquello le habría delatado. Tenía que pensar muy bien su estrategia y jugar sus cartas correctamente. Todavía no podía llevarse al niño, antes debía inducirlo completamente a la oscuridad, cambiarlo...debía probarlo para comprobar en realidad que estaba preparado y aquella sólo había sido la primera fase. Interpretando su papel, se arrodilló a los pies del niño y lo abrazó. Alan, que necesitaba sentirse querido por encima de todo, se estremeció ante el contacto y tembló, se sintió vulnerable. Pero Dani olía tan bien...hacía mucho que no experimentaba la sensación de estar en los brazos de una persona que lo quería por encima de todas las cosas.

-Todavía no me es posible. Tu madre sospecharía. Debemos trazar una estrategia...debes tener paciencia...- como Alan parecía decepcionado, añadió:- déjame probarte que puedes confiar en mí, déjame prometerte que voy a volver. Yo no te fallaré como lo han hecho los demás, yo estaré para siempre contigo. Juntos, derrotaremos a todos nuestros enemigos y construiremos un mundo donde ningún niño tenga que separarse de sus padres¿qué te parece¿Me ayudarás?

-Lo haré...- asintió Alan. Sus ojos, después de pasada la oleada de odio, habían vuelto a recobrar la tonalidad azul y Ian respiró aliviado. Christine no podía percatarse del cambio de su hijo y por ello la mantendría ocupada, lejos del alcance de salvarlo. Alan debía volver aquella tarde a su casa y comportarse como siempre y gracias a la manipulación mental por medio del hechizo y de la poción que había estado utilizando hasta entonces, no le sería difícil.- Dime qué tengo que hacer...

-De momento..esperar. Ya me pondré en contacto contigo...muy pronto.

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Se acercaba Halloween a pasos agigantados. El Sauce boxeador y los demás árboles de los terrenos de Hogwarts se habían visto desprovistos de sus hojas y habían comenzado a atizar las primeras nevadas. Los días se habían acortado sutilmente y los estudiantes habían perdido el entusiasmo inicial de las primeras semanas de escuela.

Harry había salido de su última clase con Snape malhumorado. Era cierto que su poción matalobos tenía menos espesura que un flan derretido, pero el profesor había aprovechado la ocasión para mofarse un rato de él. Hacía días que la atención de Snape se había desviado de su persona para centrarse en la de Orión, pero eso no implicaba que en contadas ocasiones el hombre lo ridiculizara.

Probablemente, el orgullo herido de Snape no podía perdonarle por haberle salvado la vida y por eso rozaba el cinismo de una manera casi casual, que podría haber levantado sospechas sobre su verdadera identidad. Harry sabía que nadie estaba más cerca de enterarse de la verdad que Troy. El muchacho devoraba los apuntes que Lupin había dado en sus primeras clases casi con avidez. Se pasaba horas en la biblioteca documentándose acerca de Harry Potter, sin saber que la principal fuente de información estaba pegada a sus narices. Troy había podido averiguar el nombre completo de Harry, su lugar de nacimiento, sus rasgos físicos y hasta que su pasión más llamativa había sido el quidditch, pero los datos personales se habían borrado de los libros de texto y hasta al parecer, de las memorias de las personas.

Harry no había podido más que sonreír ante aquella hazaña. Había sido obra de Dumbledore y Michaela le había ayudado. Habían confeccionado un encantamiento que eliminaba los recuerdos personales de Potter en todas las personas que se habían topado con él, excepto a los pocos que él desease comunicar la verdad. Desgraciadamente, cualquier mago poderoso podía romper ese hechizo con facilidad, así que a Harry no le cabía duda de que Ian Lewis y su grupo de mortífagos no se habían visto afectados por esa falta de memoria. Snape, la profesora McGonagall y los miembros de la Orden, tampoco. Dumbledore lo había querido así y Harry no había tenido inconveniente.

Sabía que cualquiera de sus compañeros de clase lo reconocería y también el profesorado, pero les sería incapaz definir en qué año había cursado Harry Hogwarts y los datos se habían borrado de los libros. Por eso, Troy no tenía forma de averiguar que Harry había estudiado con Ron y Hermione, a menos que él mismo decidiera contárselo, como había hecho con Neville.

-Deberíamos salir por ahí en Halloween.- propuso Heka. Harry y ella estaban tumbados bajo las ramas de un árbol, enfrente del lago. Tenían veinte minutos antes de que las clases se reanudaran. El chico le acariciaba los mechones caoba distraídamente, mientras tenía la mirada perdida en las aguas calmadas.

-La verdad es que nunca me he sentido especialmente alegre en Halloween.- Heka se giró hacia él y se acomodó en el tronco a su lado, acariciándole un brazo para reconfortarlo.

-Lo sé. Por eso mismo lo digo.- Harry la observó y sonrió. Heka tenía esa habilidad especial para hacer que se sintiera bien.- No sé...una cena en mi casa y luego salir de fiesta por ahí...seguro que los demás se apuntan.

-¿Quién ha hablado de una cena?- Ron, llegó por detrás de ellos acompañado por Hermione, Troy y Ginny.- Yo me apunto.- Harry no le prestó mucha atención. Su mirada y la de Ginny se habían quedado ancladas como si estuviesen pegadas con pegamento. Hacía mucho tiempo que no hablaban a solas, en realidad, hacía mucho tiempo que habían dejado incluso de comportarse como dos amigos. Christine y él habían tenido una discusión acerca de eso unos días atrás. La mujer le había recriminado su repentina ruptura con Ginny y él le había prohibido meterse en sus asuntos. Ron también había tratado de arreglar las cosas. Se pasaba el día haciendo comentarios graciosos delante de ellos y cortando el mal ambiente que se había creado, pero todo lo que había hecho había sido en vano. Ginny había entrado en un extraño mutismo, donde sus únicos confidentes eran Troy y Hermione y Harry había adoptado la misma postura, entablando comunicación con Heka y Anya.

-¿Qué haces aquí, Hermione?- quiso saber Harry, tratando de que el silencio que se había efectuado entre Ginny y él hubiese pasado por alto.

-He venido a hablar con Dumbledore.- aclaró la chica y miró a Ron con complicidad. Harry suponía que la visita de Hermione había sido a causa de Ian Lewis. Por el rostro pálido de la chica pudo intuir que el director la había convencido para continuar en la Orden, dándole una de sus típicas charlas de moralidad para persuadirla de que debía superar sus miedos. Hermione era Gryffindor, después de todo y Harry sabía que Dumbledore lograba tocar los puntos cardinales para conseguir sus propósitos.- Y a visitaros un rato.

-Eso está fenomenal, princesa.- había llegado el casanovas de la escuela. Mark Jackson se había colocado relativamente cerca de Hermione, hablándole al oído en un susurro. La chica se apartó de inmediato y se colocó al lado de Ron como si éste fuese su guardián protector. Jackson llevaba una chupa vaquera de color naranja llamativo y jugueteaba, como de costumbre, con su pendiente en la oreja. Sonrió estúpidamente, como si pensase que Hermione se iba a dejar cautivar por su dentadura perfecta como todas las demás chicas del colegio.- Todavía no me han acusado de morder a alguien.

-¿Qué quieres?- le espetó Ron con descaro. Se le había borrado la sonrisa tranquila que había mostrado durante toda la conversación. Detestaba a Jackson incluso más que Harry, precisamente porque el chico estaba obsesionado con Hermione. Ella era la primera en toda su historia como conquistador que se le había resistido.- Porque no te pierdes con la rubia de bote esa que tienes como novia.

-No es mi novia.- respondió Jackson en un gesto que quería saltar a la vista como inocente.- Sólo es una amiga que...

-...que te sirve para satisfacer tus necesidades sexuales de machista mal nacido, sí, lo sabemos.- gruñó Heka. Jackson le caía tan mal como a todos. Hermione y ella habían congeniado muy bien incluso pese a la gran amistad que había entre ella y Ginny y tenía un sexto sentido para cazar a los chicos como Jackson. Se había topado con unos cuantos.

-No es buena la envidia, Odria.- respondió él mordazmente y lanzó una mirada maliciosa hacia Harry. Ginny entonces captó perfectamente porqué Jackson lo hacía. Ya sabía que Heka estaba enamorada de Harry, o al menos lo parecía y siempre se había sentido invadida por la amistad que había entre él y ella. Y ahora, cuando las cosas entre ellos estaban totalmente rotas, aparecían esos fantasmas alejándolos una vez más. Había llegado a creer que el destino no deseaba que permanecieran juntos, eran demasiados baches y muchos de ellos, imposibles de traspasar.- Yo he venido a hablar con Hermione.

-Mark, no tenemos nada que hablar.- determinó Hermione duramente. Ron se alegró de escucharla hablar con seguridad. Probablemente, esa repentina fuerza provenía de las palabras del director. Era la segunda vez en una semana que la chica se veía envuelta en un problema con hombres. Precisamente ella, que los aborrecía.

-¿Por qué no te vienes a tomar algo al bar de mis padres?- ofreció el muchacho como si no hubiese apreciado la intervención de Hermione. Se pasó una mano por el pelo engominado y sonrió con fanfarronería.

-No, Mark, lo siento.- se negó la chica algo más suavemente. Tampoco quería ser borde y le incomodaba que Jackson la estuviera invitando a salir precisamente rodeada de tanta gente, como si no tuviera vergüenza o no la considerara lo suficientemente importante como para sentirla.

-¿Y al cine? Seguro que te gusta la nueva película de...

-¿Qué parte de la palabra "no" es la no entiendes?- rugió Ron. Se le habían encendido las orejas como cada vez que estaba furioso o avergonzado. Avanzó un par de pasos y se encontró cara a cara con Jackson, mirándolo fijamente.

-Weasley.- pronunció Jackson con desgana.- Haz el favor de permanecer a metro y medio de mí, no soporto tu pobre presencia. ¿Qué esperas? Una chica como Hermione jamás se fijaría en un tío larguirucho y feo como tú. Así que apártate del camino de los que tenemos posibilidades.- Ron se había quedado totalmente de piedra ante aquella verdad tan cruda y Jackson, queriendo crecerse ante Hermione todavía más, movió el brazo derecho dispuesto a propinarle un puñetazo, pero una mano congelada lo sujetó. Los fríos ojos de Anya taladraron al muchacho con dureza. Presionó los dedos sobre la muñeca de Jackson y éste se dobló de dolor y se arrodilló lanzando un grito. Harry se levantó de golpe, observando la escena con la boca abierta. No había compasión en la mirada de Anya, como si todas las veces que hubiesen hablado no fueran más que parte de un teatro y ahora tuviera frente a frente a la peor versión de la chica. Sus ojos observaban con desprecio a Jackson y no le importaba lo mucho que éste gritara de dolor. Un poco más y la muñeca cedería.

-Suficiente.- ordenó Harry. Los demás lo miraron igual de sorprendidos. Parecía una batalla de titanes. Los dos chicos se evaluaban los rostros inescrutables. Ginny, que ya había conocido esa faceta en Harry, palideció. Estaba ocurriendo aquello que más había temido durante las últimas semanas: que Harry volviera a convertirse en el Salvador y que en esta ocasión, ella no pudiera llegar a tiempo a salvarlo.- Suéltalo.- Anya pareció no escuchar lo que le decían, puesto que apretaba la muñeca de Jackson con más fuerza, pero al cabo de unos segundos, cuando consideró que ya había tenido suficiente, lo dejó ir sin más. Jackson observó la rojez alrededor de la piel y se levantó del suelo para marcharse lejos, con el orgullo herido y el temor recorriéndole cada centímetro de la piel.

-No necesitábamos tu ayuda.- replicó Heka. Parecía ser la menos sorprendida por la frialdad que marcaba las facciones de Anya, como si simplemente por ser Black, no la temiera.- Si quieres sobrarte delante de los demás no tienes porque...

-Sólo trataba de ayudar.- respondió Anya justificándose. No había abandonado la aspereza en su voz, pero no parecía verdaderamente enfadada con Heka, por mucho que ella se empeñara en hablarle mal.- Lo siento si te he molestado.- Heka, que se esperaba una reacción violenta de la chica, chasqueó la lengua y volvió a sentarse a los pies del árbol, con la mirada perdida en las aguas. Harry lo agradeció. Sabía que su amiga tenía muchas ganas de enfrentarse a los dos extraños arcángeles, pero él le había pedido que por favor no interviniera porque necesitaba tenerlos como amigos y no como enemigos.

-Te lo agradezco.- respondió Hermione, mientras Ron le daba la espalda. Sabía que el chico estaba demasiado humillado como para dar las gracias, pero de no ser Anya, probablemente ahora tendría la nariz rota. Anya simplemente inclinó la cabeza con brevedad.

-Ese Jackson es un capullo.- murmuró Troy mirando hacia donde el chico se había marchado corriendo, rompiendo así el momento tenso que se había creado.- No sé porqué sigue insistiendo contigo, Hermione. Ya debería haberse cansado.

-Seguramente porque se considera un buen partido.- dijo Ron mordazmente. Cogió la mochila que había dejado caer al suelo al llegar y se la echó al hombro.- No todos tenemos esas mismas posibilidades.- y tras decir aquello, se marchó a paso ligero, casi tropezándose con Neville que venía de cara.

-¡Ron!- lo llamó Hermione, pero fue inútil. El chico no se giró.

-¿Qué le ocurre?- quiso saber Neville confundido, que llevaba en la mano lo que parecía un trozo e pergamino y había girado el rostro para ver correr a su amigo. Nadie le respondió. Todo el mundo estaba demasiado consternado para hacerlo, excepto Anya, que observaba la escena con desinterés, bajo la mirada penetrante de Harry. Como Neville estaba ansioso por contar lo que venía a decir y se había producido un nuevo silencio molestó, añadió:- ¿A qué no sabéis quien viene a la ciudad¡Luna Lovegood!

-¿Luna viene a Londres?- preguntó Ginny emocionada. Luna y ella habían cursado Hogwarts en el mismo año y pese al carácter excéntrico de su amiga de Ravenclaw, siempre se habían llevado muy bien.

-Sí,- respondió Neville igual de entusiasmado.- Su visita por África ha terminado y ahora ocupará el puesto de redactora jefe de su padre en el Quisquilloso. ¡Apuesto a que tiene un montón de cosas que contar!

-Sobretodo si se ha topado con los Snorkacks de cuernos arrugados.- rió Ginny. Ella y Neville parecían los únicos contentos de su charla sobre el regreso de Luna. Los demás, sobretodo Harry y Hermione, divagaban en sus pensamientos.

-Hace mucho tiempo que no la veo...- susurró Neville con un aire soñador muy parecido al de su amiga.-...desde un año después de acabar Hogwarts.

-¿Salisteis juntos, no es así?- quiso saber Troy, tratando de integrarse en la conversación. Le habían hablado un par de veces de Luna y su excentricidad, pero nunca de una manera profunda. Las mejillas de Neville se tiñeron de un tono rojizo.

-No...bueno...err...la verdad es que no tuve valor para pedírselo y ella siempre estaba como en otro mundo. Pero era una buena amiga.- Harry coincidía en eso con Neville. Luna era una chica extraña, demasiado sincera para su agrado y que no tenía muchos amigos, pero había arriesgado su vida para ir al Departamento de Misterios con ellos, había peleado contra los mortífagos de una manera admirable y de alguna manera, lo había consolado por la muerte de Sirius. Ni Neville ni nadie en su sano juicio se habría visto interesado por Luna a primera vista, pero una vez valoradas esas acciones, incluso había que reconocer que la chica no era fea. El último curso de Hogwarts, ella y Neville, quizás por su falta de amistades, habían empezado a hablar más de lo normal y después de acabar el colegio habían mantenido relación hasta que ella se había marchado a África a hacer sus investigaciones sobre fenómenos extraños. Neville había ido a despedirla al aeropuerto y había estado a punto de confesarle lo mucho que le gustaba, pero no había tenido valor. Después, a falta de ella, se había empezado a interesar en Heka, que era mucho más llamativa y extravagante que Luna.

-Deberías haberte ido con ella.- fue la propia Heka la que habló, desde la sombra del árbol. Ni siquiera miraba a Neville.- Podrías haber estudiado para auror en África y allí siempre hay muchos puestos vacantes en el ministerio. Un clima horrible, en mi opinión, pero apuesto a que tenía sus recompensas.

-Tenía dieciocho años y era un imbécil.- se excuso Neville encogiéndose de hombros. Frente a la inesperada llegada de Luna, había logrado dirigirse a Heka sin ponerse colorado. Harry se preguntó si cuando Luna y él volviesen a verse el amor que Neville decía sentir por Heka se extinguiría con rapidez. Tal vez, ante la marcha de Luna su amigo se había dejado cautivar con facilidad por una mujer como Heka y no era de extrañar. Pero Luna era más para él.- Mi abuela me tenía absorbido por completo. Pero ahora es distinto.- Heka no dijo nada, se limitó a continuar observando el agua del lago con tranquilidad.

-¿Conoces a Luna, Anya?- preguntó de pronto Harry. Se había quedado mirando a la chica fijamente. Ningún silencio de ella podía interpretarse como un buen augurio.

-No, no la conozco, ni tampoco he visto ninguna visión futura donde aparezca ella.- aclaró. Harry se sintió desilusionado con ello. Si Anya no había visto nada y ni siquiera había oído hablar de Luna, era muy posible que ella y Neville no terminaran juntos. Pero eso no tenía que ser del todo así, se dijo, Anya no elegía donde ver el futuro, simplemente, ocurría. Pero le inquietaba el hecho de que supiera cosas pasadas, presentes y futuras de ellos y no algo tan simple como la relación de Neville con Luna.

-¿Dónde está Orión?- quiso saber Ginny. Anya la observó de arriba abajo. No había tenido muchas conversaciones con ella, ni tampoco se había fijado en su presencia minuciosamente como con los demás, pero el hecho de que precisamente ella preguntara por Orión, la hizo sonreír. Ninguno de los dos se habían topado cara a cara.

-Nunca se sabe...Orión puede estar en cualquier parte...

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Precisamente, Orión estaba en el despacho del director. Había aprovechado la ausencia de Anya, pese a que no le agradaba dejarla sola con aquella gente, para acudir a la cita que Dumbledore le había pedido. Pero el director no estaba solo. Michaela, envuelta en un chal negro y un pañuelo oscuro en la cabeza, estaba oculta entre las sombras. Orión era el único en el mundo que sabía porqué ocultaba lo mayor posible su apariencia, terriblemente anciana de un tiempo atrás.

-Hemos sido muy sinceros con usted, señor Black, pero parece acoger al silencio cada vez que formulo una pregunta.- susurró el director. Hablaba en un tono confidente, como si temiera que alguien más en la habitación pudiera escucharlos. Los retratos de antiguos directores fingían dormir, todos menos Phineas, cuya curiosidad le hacía olvidarse de toda su educación.

-No tiene nada que responder.- bufó el tatarabuelo de Sirius.- Te aseguro Dumbledore, que ese mequetrefe no pertenece a la honorable familia Black. ¡Ni siquiera lleva el emblema en su andrajosa túnica negra!- era cierto que la túnica oscura de Orión estaba algo raída y descosida por algunos costados. El chico se giró hacia el retrato con furia.

-¡He reiterado hasta la saciedad que mi apellido Black no pertenece a los de su estirpe! Y lamento mucho que tenga que taparse los ojos para no mirar mi horrenda túnica, algunos no tuvimos tanta suerte en la vida como usted¿sabe¡Y yo no metería mucho la mano en el fuego no vaya a ser que se queme!

-¡Estudiantes!- bramó Phineas dolido. Al parecer, por la manera en la que se cubría la cara, sí que le molestaba que Orión no llevara una túnica honorable.- Cada vez la sociedad respeta mucho menos a los profesores. ¿Lo ves, Dumbledore? Los alumnos nos detestan y...

-Gracias por la apreciación, Phineas.- interrumpió el actual director alzando una mano severamente.- Pero te agradecería que me dejaras continuar mi charla con el señor Black.- Phineas no dijo nada. Se dio la vuelta en el lienzo y desapareció. Probablemente, se habría marchado al número doce de Grimmauld Place.- ¿Y bien?- Orión se cruzó de brazos y miró hacia las sombras, donde continuaba confinada Michaela, como si esperara que ella pudiera responder por él.

-Señor, la historia que le contamos mi...hermana y yo es cierta.- respondió con frialdad. Dumbledore entrecerró los ojos con suspicacia. Había intuido algo extraño en la manera que Orión tenía de nombrar a Anya.- Tiene algunas lagunas, lo admito y...olvidamos mencionarle que somos arcángeles, pero tampoco podíamos hacerlo. Estamos aquí por un motivo y no tenemos más remedio que quedarnos hasta que esté resuelto.- Dumbledore miró a Michaela. Al parecer, se le había acabado la astucia y también recurría a ella. Era la única que parecía mediadora de los dos bandos.

-Orión.- pronunció con una voz terriblemente confusa.- El director no te está pidiendo que le pongas al tanto de tus secretos, pero entiende que no has obrado como una persona en la que pueda confiar...

-¡No me interesa su confianza!- exclamó el chico con arrogancia. Se crecía por momentos, parecía que cuanto más se enfrentaba a los demás, más poder tenía sobre ellos.- Me es absolutamente indiferente lo que piense de mí o de Anya. No tengo porque dar explicaciones a nadie.

-Si deseas continuar en Hogwarts, sí.- le corrigió Dumbledore. No le miraba a la cara y jugueteaba con sus pulgares tranquilamente. Orión pestañeó asombrado. No podía ser expulsado del colegio, necesitaba permanecer dentro para poder enterarse de todo y además...no tenían muchos lugares en donde esconderse. No podía volver a casa...estaba demasiado lejos.

-¿Qué es lo que quiere de mí?- cedió al final. Le pareció ver una sonrisa de satisfacción en el rostro del anciano.

-Sólo una cosa, señor Black, sólo una...- se levantó de su butaca y se acercó al chico con paso lento. No se movía como antaño. Miró por la ventana y Orión captó el mensaje. Allí, caminando por los jardines del colegio, acompañado por Remus Lupin, estaba Alan. Parecía distinto. No se movía inquieto como de costumbre ni observaba maravillado las torres del campo de Quidditch, pero indudablemente era él.- La profesora Byrne no es del tipo de personas que suelen dar segundas oportunidades. Si lo encuentra tratando de acercarse a su hijo...le matará y no tendrá piedad de usted.- Orión continuaba mirando a Alan como si hubiese caído en un trance.

-No me da miedo. Puedo acabar con la profesora Byrne...

-Pero no lo harás.- le contradijo Michaela. Dumbledore alzó una ceja extrañado. Lo había afirmado con una confianza sobrehumana, como si pudiera colarse en las intenciones del chico. Él se había limitado a tantear el terreno, Orión no era de esas personas que se dejaran acorralar y Michaela estaba poniendo a prueba su suerte.- Así que... ¿por qué no nos prometes que dejarás a mi nieto tranquilo y acabamos con esto de una vez?- Orión continuaba observando a Alan con desprecio. Dumbledore lo había visto mirar mal a Harry, a los mortífagos, incluso a propios compañeros de clase, pero nunca con tanto odio como lo hacía ahora.

-¿Quieren que les dé mi palabra de que Alan Rice no sufrirá ningún daño? No puedo...es imposible...- instintivamente se pasó una mano por la cicatriz del dorso de la cara, signo inequívoco de que estaba nervioso.

-Entonces está poniendo en peligro su vida...y la de la señorita Black.- le aclaró el director. Orión fijó sus ojos en él y se apartó un mechón de cabello de la frente.

-Mientras colabore con la Orden del Fénix tienen mi palabra de que no pondré un dedo sobre ese crío.- hizo una pausa para que sus palabras cobraran mucho más significado.-...pero...puede que no siempre estemos en el mismo bando.- se envolvió en su capa negra y dejó que la luz que emanaba su propio cuerpo lo cubriera por completo. Desapareció en una columna blanquecina, dejando a solas a los ancianos.

-Es peligroso.- expresó el director gravemente. Se acercó a su escritorio y volvió a dejarse caer sobre el asiento.- Harry me aseguró que eran las dos únicas fuentes que teníamos para llegar hasta Ian Lewis...pero estoy arriesgando mucho.

-Christine y los demás tendrán que pasar por esto.- dijo Michaela. No se había movido de su posición.- Tenemos pocas oportunidades, Dumbledore y ellos tienen la llave para lograrlas.

-¿Y si nos equivocamos?- el director todavía tenía en su mente la imagen que había presenciado hacía algún tiempo. Debía evitar a toda costa que se hiciera realidad.

-Entonces...es que no estaba escrito que ganásemos.- Dumbledore no respondió. Conocía a Michaela posiblemente más que ninguna otra persona en el mundo y por eso intuía que había algo que la mujer le estaba ocultando. Asociando aquello a su responsabilidad como mayor, el hombre no quiso comentar nada, pero se sentía inquieto. Había abierto las puertas de la Orden del Fénix a un muchacho cuyo corazón estaba cubriéndose por una densa oscuridad y dejando en sus manos la solución para una guerra, que cada vez se le escapaba más de las manos. Afuera en el cielo el sol destelló con destreza, era una buena perspectiva...o quizás no.