CAPÍTULO 19: I STUMBLED LIKE MY WORDS
(TROPECÉ COMO MIS PALABRAS)
Ginny iba cargada con tres pesados volúmenes para su clase de Ocultación y Disfraces. Se había pasado la última hora libre investigando para el trabajo que les había mandado la profesora McGonagall. Era la hora de comer y el estómago le rugía, pero tenía que continuar trabajando o no aprobaría todas las materias teniendo que compaginar sus estudios con las múltiples reuniones de la Orden del Fénix.
Estaba bastante pálida y grandes bolsas le colgaban de los ojos; le habría gustado descansar, echarse en la cama y abrazar su almohada, pero se le agotaba el tiempo.
Distraídamente, cruzó el pasillo del séptimo piso y se encontró con Harry. A los pies de la escalinata, sentado sobre las escaleras, la espalda recostada en la pared y con un cigarrillo en los labios, la observaba detenidamente.
Con orgullo, la cabeza alta y la mirada determinante, se acercó hacia él. Había pensado subir hasta el aula más alta de la torre de Astronomía para poder tener un espacio tranquilo donde no la molestaran, pero parecía que el destino se encaprichaba en encontrarlos casualmente.
-¿Quieres que te ayude?- se ofreció Harry sin inmutarse. Antes de que Ginny pudiera dar una respuesta, realizó un movimiento con la mano y los pesados volúmenes se elevaron en el aire sujetos por un campo de luz blanca.
-No sabía que podías hacer eso.- masculló la chica mientras se detenía enfrente suyo y lo observaba con dureza.
-He avanzado en mis clases con Christine.- se hablaban con cordialidad, pero con un toque de frialdad que hacía mucho tiempo que no escuchaban. Harry, ni siquiera cuando había sido el Salvador, había logrado hablarle a Ginny con esa dureza y ella siempre había estado ahí para él, a sus espaldas, aguardando...pero se había cansado. Iba a dejar de ser el eslabón débil, no iba a permitir que Harry la humillara nunca más. Había cambiado. La guerra la había cambiado. Para ella, sólo había una cosa esencial en aquel asunto: lo único que le había pedido a Harry él no se lo había concedido. Siempre había estado a su lado sin preguntas, sin reproches, sin esperar nada a cambio. Pero no podía soportar una nueva guerra donde podía volver a sufrir lo que había sufrido en la anterior.
-Me alegro.- respondió indiferentemente.- Espero que también avances con tus amigos.- Ginny le giró la cara y se dispuso a marcharse por las escaleras con los libros siguiéndole, pero Harry la había atrapado por el brazo. Por un momento se miraron y el pequeño contacto hizo que temblaran.
-¿A qué te refieres?- a Ginny le enfureció que el chico ignorará lo que acababan de sentir y prefiriese matar su curiosidad.
-Troy.- contestó de mala gana y con un golpe seco se soltó del brazo. Harry se había quedado algo descolocado, no por lo que le acababa de decir, sino por la poca sensibilidad que parecía poseer Ginny.- Lleváis las suficientes clases de Historia como para que no encuentre algo sospechoso. Me parece que después de estar jugándose la vida a nuestro lado podrías tener el pequeño detalle de decirle quién eres.- Harry recapacitó. La chica tenía razón. Troy era un buen amigo y admiraba a Harry Potter por encima de todo. Había demostrado que era de confianza y estaba en la Orden. Después de todo, ahora que Alan había descubierto la verdad mantener el hechizo era una estupidez. Tomó una decisión: iría al Ministerio a hablar con Amelia Bones para decirle que volvería a ser el de siempre. Seguro que eso alegraba mucho a la ministra.
-Lo haré.- asintió y pareció que el rostro de Ginny se iluminaba escasamente. Volvieron a quedarse en silencio y conectados por las miradas. Ambos sentían que necesitaban fundirse con el otro, abrazarse, volver a rozar sus manos. Eran incapaz de ignorar lo mucho que se necesitaban, ignorar el lazo que les unía. Sin embargo, Ginny rompió la magia de aquel momento y volvió a darle la espalda.- ¿Crees que merece la pena?- susurró él. La chica se detuvo pero no se dio la vuelta. Sabía de lo que hablaba Harry. Después de tanto tiempo habían llegado a compenetración extraordinaria, un vínculo de unión que ni siquiera con esa pequeña separación se había despedazado.
-Yo soy la que te quiere, la que más te ha querido, si tú no sientes lo mismo...peor para ti...pero en tu interior sabes que soy tu otra parte, tu otra mitad...- había algo en la manera de expresarse de Ginny que impactó a Harry en lo más profundo de su ser. Ella estaba ahí, de pie, con la mirada puesta en el vacío. Podía ver una fortaleza, una dureza, una frialdad que no había conocido. Y de pronto, le asaltó el miedo de que Ginny se hubiese cansado de verdad. Ella había sufrido muchísimo y ahora él estaba nuevamente en peligro, más peligro de lo que ella imaginaba.
-Sabes que no eres la única que puede querer, pelirroja.- ni siquiera que la llamara así pudo hacer que el corazón de Ginny se ablandara. Harry se preguntó de dónde procedería tanta fortaleza.- Yo también te quiero.
-Una vez, Harry, me hiciste muchísimo daño. Conozco el motivo y las circunstancias, pero eso no implica que no sufriera. Me dejaste después de entregarte todo lo que yo era...en invierno quisimos volver...pero aprendí que la tiza no escribe en el frío...- por fin, Ginny se dio la vuelta y sonrió lacónicamente.- ¿lo entiendes? Volvías a mí una y otra vez, yo tenía la sensación de que de un momento a otro fracasarías en tu intento por alejarme de tu vida...pero eras tan duro...eras tan...frío...que era inútil atravesar tu coraza. Lo intenté...pero no pude. Al final, pudo más tu sentimiento de venganza, tu odio...tu otro yo.
-O mi deseo de salvarte.- murmuró Harry. Pero Ginny no le escuchó. Lo había dicho en apenas un susurro y el rechazo de ella lo estaba absorbiendo por completo. Estaba sacando todo lo que llevaba dentro, toda la amargura y toda la tristeza. Harry sabía que no se lo estaba echando en cara, pero también sabía que le estaba dando a entender que tenía que elegir entre ser el Salvador o ella. Y desgraciadamente para él, sólo existía un camino.
-Es inútil...querer subrayar lo que borra el olvido.- Ginny volvió a sonreír dulcemente, pero se percibía mucha melancolía en la forma de hacerlo.- Antes de saber tu elección creía que no podría vivir sin ti, Harry...pero ahora sé que puedo olvidarte. No quiero ya tus mentiras...aunque te extrañe, quizás mañana esté más fuerte sin tu amor. Lo siento.- añadió.- Lo siento mucho, pero...de momento...no voy a gastarme la vida contigo.- se giró por tercera vez, con los libros siguiéndole y se marchó con la melena al viento, caminando de manera altanera, de una forma, que se parecía muy poco a la auténtica Ginny, a la que Harry había conocido. La vio alejarse y sintió desazón, sintió que algo dentro de él se estaba rompiendo para siempre. Lo había alejado de su vida cuando pensaba que eso jamás llegaría a ocurrir, cuando siempre había sido al revés.
-Muchacho tonto.- murmuró uno de los cuadros que mostraba la imagen de una anciana aferrando su callado.- ¿Qué crees que son las mujeres¿objetos que puedes usar y tirar a tu antojo? Espabila, porque esta vez parece que eres tú el que se ha quedado solo.- y sin más, la molesta anciana se dio la vuelta y saltó al cuadro de al lado para cuchichear con el lienzo de la señora gorda. Harry se quedó de pie como un idiota, con las palabras de la mujer golpeándole la mente. ¿Había subestimado a Ginny¿Había pensado de verdad que ella soportaría cualquiera de las malas pasadas que él le hiciese? Pero no tuvo tiempo de pensar mucho más, porque unas manos se le abrazaron por detrás. Harry olió el perfume característico de Heka y sonrió. Su amiga siempre aparecía en los momentos que más lo necesitaba.
-Te he traído algo de comer.- dijo y le entregó una bolsa de cartón. El estómago de Harry rugió y tomó el paquete, instándola a que ella se sentara en sus rodillas. Conversación tras conversación logró olvidarse de Ginny. La personalidad de Heka lo cubría todo, sin dejar margen a un solo pensamiento que no estuviese dedicado a ella. Ninguno de los dos se dio cuenta de que una oscura sombra los observaba desde la invisibilidad de una columna y que apretaba los dientes con rabia. Lo había escuchado todo, de principio a fin.
´´´´´´´´´´
Hermione estaba parada en medio de la carretera. No reconocía el lugar, de hecho, no recordaba porqué se encontraba en él. El tiempo se había detenido como si el reloj de cuco de su habitación hubiese decidido consumir las pilas. Media hora atrás, estaba tumbada en su cama leyendo "El último catón" y ahora se encontraba rodeada de gritos de terror, haces de luces volando de un extremo a otro y multitud de hombres con máscaras blancas.
Pensó que, quizás, se tratase de un vago sueño. Los tenía a menudo. Haber estado presente en la batalla de la caída de Lord Voldemort le había dejado esas secuelas y ahora, de una forma u otra, las imágenes se agolpaban en su mente, se repetían.
Forzó a su cabeza a poder recordar...
Había dejado el libro en un extremo de su cama al escuchar el sonido de un teléfono móvil. Había respondido a esa llamada. Se había apresurado a ponerse algo de ropa y se había aparecido en las coordenadas exactas a donde le habían indicado. El resto, estaba confuso. Los miembros de la Orden habían acudido veloces a detener un nuevo avance mortífago, pero había servido de muy poco. Un nuevo cardenal había sido asesinado. En esta ocasión, su muerte había sido arder en llamas. La antigua Alianza, que había vuelto a ser aprobada por la Confederación Internacional de Magos también se había presentado, así como un número considerable de aurores. Pero continuaban siendo menores en número.
Trató de escudriñar el lugar. No era muy bonito. Parecía estar en medio de una aldea perdida de algún pueblecito europeo. Las casas eran viejas y humildes, la mayoría chozas y todo lo que constituía la comunidad eran una veintena de ellas. El cardenal había sido localizado en un sótano subterráneo de lo que se suponía era el ayuntamiento de la localidad.
Hermione recordaba haber salvado a un par de niños de un mortífago, haber hechizado a una criatura horrenda que si mal no recordaba era una banshe y después...se había quedado parada al escudriñar una forma en la oscuridad. No se le podía ver el rostro, pero la chica lo intuía aún debajo de aquellas prendas elegantes de piel de dragón. Alguien había gritado el nombre de su cruel enemigo, aquel que le había destrozado la vida, aquel que se materializaba una y otra vez en sus pesadillas. Y por último...ella se había quedado paralizada en el asfalto, incapaz de moverse y sin saber cuanto tiempo había permanecido allí.
-¡Hermione, cuidado!- la voz familiar de Heka la alertó en el último instante y la empujó contra el frío suelo. Sintió como la piel de su delicado brazo se rasgaba bajo el contacto del cemento, pero no se quejó. Un segundo después, un rayo verde le acarició los pelos de la cabeza.- ¿estás bien?- Hermione asintió por inercia, pero no se daba cuenta de lo que decía o hacía. Pese a que ahora no lo veía, sentía la respiración entrecortada de su enemigo acercándose hacia ellas. Heka estaba tirada en el asfalto sujetándose un brazo sangrante.
Ocurrió en una fracción de segundo. Alzó la mirada y sus ojos se conectaron a los de aquel hombre, que sonrió con sarcasmo y se retiró la capucha negra de la cabeza. Era algo más alto, con el cabello rubio y los ojos castaños, su rostro era quizás menos frívolo y demente, pero era Ian Lewis quien se ocultaba bajo la nueva apariencia que había escogido.
Hermione comenzó a temblar y torpemente se arrastró hacia atrás en un vano intento por alejarse de la presencia de su enemigo.
-¡Maldición¡Es él!- gritó Heka, ajena al conflicto interno de su amiga y se puso en pie, varita en ristre. Había determinación en su mirada. Heka detestaba a todas las familias de sangre limpia, era contraria a los mortífagos. Los sangre pura habían destrozado su vida y su misión en la vida era eliminarlos a todos.
-Baja la varita, estúpida.- siseó Ian. Su voz sonó peligrosa, pero no amilanó a la chica. Parecía que el hombre todavía captaba la atención en Hermione, como si encontrara divertido que quisiera huir de él. Heka sólo era un estorbo en su camino.
-Da la orden de retirar a tu ejército.- ordenó la chica tajantemente y se colocó delante de Hermione. Le temblaba el labio inferior a causa de la sobredosis de adrenalina.- Acaba con esta locura. Tú no puedes ganar.- Ian soltó una carcajada cargada de ironía y antes incluso de que Heka tuviera opción a protegerse, lanzó un hechizo contra ella, que le golpeó de lleno en el pecho. Desde el suelo, Hermione vio como la cara de su amiga se contraía en un gesto de sorpresa y terror al mismo tiempo. Después, se quedó suspendida unos instantes en el aire, como si el tiempo hubiese vuelto a detenerse y cayó al pavimento con un ruido sordo. El color de su rostro desapareció y la varita rodó de su mano derecha. Ian caminó hasta su altura, la observó con desprecio y luego le dio un puntapié en el costado, sin embargo, Heka no mostró señales de haberlo recibido. Hermione, desde su posición, rezó para que su amiga no estuviera muerta. Había sido culpa suya. Heka se había sacrificado por ayudarla y ella se había quedado tendida en la carretera, temblando a convulsiones y observando todo como un mero espectador, para obtener el mismo resultado, pues Ian Lewis estaba frente a ella, más fuerte y más terrible que nunca y con los ojos avivando deseo, ese deseo demente que se había reflejado cinco años atrás.
-Volvemos a encontrarnos, preciosa.- susurró. Como si fuera normal encontrarse a Hermione por la calle, se arrodilló a su lado y le acarició el rostro con el dorso de la mano, casi con ternura. Ella se quedó estática en su posición, incapaz de moverse o articular palabra. Observaba una y otra vez el cuerpo inerte de Heka, tratando de alejar el momento en que tendría que mirar a Ian y descubrir que en aquella ocasión, su tacto no era fruto de una de sus pesadillas, sino del más real y vívido de los momentos.
Cuando había aceptado integrarse en la Orden no había pensado que se enfrentaría a un problema como ese, no había pensado que "él" estaría ahí, que sería el líder de aquella encrucijada, que una vez más, deseaba destruir a Harry. En esta ocasión, no podía despertar con el camisón sudado y encontrar a Ron sentado en un sillón a su lado, acariciándole el pelo y sujetando su mano con fuerza. Estaba sola. Sola ante su miedo, ante la razón por la que había cambiado y superarlo o no, dependía del esfuerzo que estuviera dispuesta a efectuar.- ¿Sabe lo que me gusta de usted, señorita Granger? Me conmueve ese temor que tiene a mirarme a los ojos...- Ian se estaba burlando de ella, como se había burlado de todos en el pasado. Había pasado a hablarle de usted como si se encontraran en una clase de Pociones y el tiempo hubiese retrocedido cinco años, como si la estuviese alabando por haber realizado a la perfección un filtro de amor.
-No me toques...- articuló Hermione apretando los dientes y apartando a tientas las manos de Ian de su rostro. El hombre sonrió casi con ironía.
-Serías una preciosa princesa mortífaga¿sabes? Estaría dispuesto a olvidar que en el fondo, sólo eres una despreciable sangre sucia cubierta de una inusitada belleza.- Hermione retorció las manos una vez más, pero tampoco ante aquella alusión de insultos logró vencer el miedo y fijar sus ojos en los de Ian. Temía dejarse arrastrar una vez más por el embrujo que suponía el poder hipnótico de aquel mortífago. Sabía que bastaba perderse en aquellos ojos para quedar de nuevo paralizada y estar a merced una vez más de lo que ese desgraciado quisiese hacer con ella. Hermione no había vuelto a sentir a un hombre dentro de ella, pues la primera experiencia había supuesto un dolor atroz y una agonía que la había conmocionado. Ian la había tratado como si fuese un objeto de deseo, ni siquiera la ternura que parecían poseer sus gestos, sus manos, sus labios, se había dibujado mientras trazaba su piel por aquel entonces inocente. Le había desgarrado la ropa así como su virginidad y todo cuanto tratase de parecer en aquel momento no era más que una sombra de lo que en realidad era.
-Vaya, vaya, si es el cerdo.- tanto Ian como Hermione, que habían estado como en una burbuja ajenos al resto de la batalla, alzaron la vista. Alto, fuerte, con la espada en su mano derecha y la capucha cubriéndole el rostro, se encontraba El Salvador. No había vestigios de humanidad en su rostro gélido. Sus ojos habían perdido esa mirada risueña y esmeralda que Hermione había conocido durante los últimos años, para pasar a la de aquel hombre que una vez salió en los periódicos. No reconoció a su amigo entre aquel campo de fuerza que irradiaba y supuso, que en realidad, existían dos Harrys que sobre actuaban dependiendo de la situación. No obstante, no veía en aquellas facciones un buen actor, veía una parte real del muchacho, una parte...que siempre había detestado.
-Potter...- Ian dibujó una sonrisa maléfica en el rostro de Dani. Harry lo vio y sintió una punzada de ira. Aquel era el hombre que se retrataba en las múltiples fotografías que Christine tenía guardadas en su caja fuerte, aquel era el padre de Alan...o al menos en apariencia, porque las imágenes que percibía en los retratos movibles de su profesora no eran ni de lejos las que parecía moldear Ian Lewis. Se levantó del suelo y tomó bruscamente del pelo a Hermione, abrazándola con el brazo libre que no sujetaba su varita. La chica temblaba entre aquel sofocante cuerpo que la aprisionaba. Ian esperó ver odio e impotencia reflejados en Harry, pero se encontró con una coraza fría que lo perforaba. Sintió una especie de escalofrío recorriéndole la espina dorsal.- Deberías estar malherido, agotado...¡el cardenal ha muerto!- para su frustración, Harry soltó una carcajada. Hermione, pese a sentirse desfallecer, no pudo dejar de volver a sorprenderse por la poca emotividad que había en aquel gesto sarcástico de su amigo.
-No te va a resultar nada sencillo destruirme, Lewis.- espetó con autosuficiencia, casi con arrogancia.- ¿Creías que me iba a quedar sentado esperando a que mataras a todos los cardenales? Me he entrenado...y déjame decirte que me das mucha lástima porque cuando acabe contigo ni los cuervos van a querer comerse tus pedazos.- Ian, instintivamente, fue retrocediendo apretando demasiado la mano que sujetaba a Hermione y comenzaba a estrangularla. Era muy poderoso, cierto, mucho más poderoso de lo que había sido Lord Voldemort. La magia que había experimentado en él superaba con creces la de su maestro, los conocimientos que poseía le habían dotado de una intelectualidad muy superior al resto de los magos, pero...todavía no estaba cumplida la tercera y última parte de su plan y sin ella, ahora mismo, probablemente estaba a merced de Harry Potter.- Suéltala.- Ian miró a Hermione de reojo, cuyo rostro se estaba enrojeciendo y aflojó la prisión, pero sin darle posibilidad de escape.
-Si te importa mucho la vida de la sangre sucia harás lo que yo te ordene, Potter.- se produjo el silencio y Harry entornó los ojos. El resto fue muy rápido. Desapareció en una columna de energía y Ian apenas pudo distinguir unos profundos ojos verdes que lo observaban a un palmo de distancia y sentir el tirón de Hermione bajo él. Un instante después, Harry tenía a la chica abrazada a su pecho y él sólo el vacío del aire, donde un segundo antes había tenido a su escudo humano.- Maldito...- masculló enrabietado.- Acabas de firmar su sentencia de muerte.- señaló con la cabeza a Hermione. Harry, muy serio, dejó a su amiga reposando de rodillas en el suelo y extrajo la varita, colocándosela en su mano izquierda.
-No, cabrón, no. Tú pagarás todo lo que hiciste. Me prometí a mí mismo terminar contigo...y deberías saber que nunca he dejado una promesa a medias.
Cuando Hermione volvió a mirar ya no vio el cuerpo protector de Harry resguardándola de Ian, sino un juego peligroso de hechizos volando en varias direcciones. Harry se movía con agilidad y maestría esquivando cada una de las maldiciones de su enemigo, tratando de abrirse paso y llegar hasta él, para atestarle el golpe de gracia con su espada. Pero Hermione comprobó con horror, que Lewis no había mentido en su advertencia. Era muy poderoso y pese a que Harry era un arcángel con una profunda energía, el mago era sin lugar a dudas un rival de su talla. Sin poderes especiales enviaba maldiciones de origen desconocido, maldiciones que Harry no se atrevía a repeler por miedo a no poder detenerlas y se limitaba a esquivar o tallar limpiamente con su espada. Cansado, el chico se dio la media vuelta y desapareció en un chasquido, reapareciendo más tarde a la espalda de su enemigo. Ian lo vio y lanzó un hechizo tan potente que rozó a Harry en el brazo lo suficiente como para producirle un corte sangrante y quemando su piel. El Salvador, enfurecido, llegó hasta él y le empujó como pudo hacia delante, cayendo ambos al suelo y forcejeando. Harry trató de dirigir la espada al pecho de Lewis, pero éste había utilizado su varita como arma letal y se protegía tratando de apartar el peso del chico sobre él. La varita comenzaba a ceder y alguna astilla se vio afectada por el filo de la espada de Gryfffindor, así que Ian colocó su propia mano sobre el arma de su enemigo, cortándose. Pese al dolor, aguantó carcajeándose con demencia.
-¡Me han enseñado que el dolor es bueno, Potter¿Cuánto dolor estás dispuesto tú a soportar?- Harry apretó los dientes y trató de empujar hacia abajo. Su espada estaba cercana al rostro y pecho de su enemigo y si lograba bajarla unos centímetros más, lograría dañarlo de muerte. Pero Ian continuaba con la varita fuertemente sujeta y su mano chorreando sangre como si se hubiese abierto un grifo.
-¡Morirás, traidor!
-¡CRUCIO!- Hermione, que había permanecido horrorizada en el suelo, observando aquella lucha de titanes, miró a la tercera persona que se había presentado en la escena y tuvo unas terribles ganas de vomitar. Malfoy tenía la varita levantada y había apuntado a Harry, con su rostro crispado por una expresión que se asemejaba al...odio. Harry gritó y Ian aprovechó el momento para zafarse de él, mientras disfrutaba de la manera en la que el chico se convulsionaba en el asfalto. Hermione no podía creer que los años hubiesen hecho tal mella en aquel pedante engominado que era el hijo único de los Malfoy. Llevaba el pelo salvaje, mal cuidado y largo, sus facciones varoniles y la tierra de las uñas lo hacían parecer un héroe de guerra salido de un cuento de la edad media. Sus ojos grises, no obstante, mantenían ese fervor por detestar a Potter.
-Malfoy...- con un solo ojos abierto y el otro apretando fuertemente los párpados, Harry luchaba por ponerse en pie. Sus vestimentas negras se habían manchado con la sangre de Ian, que ahora estaba de pie, con una expresión de triunfo y sin dar muestras de que su mano herida le molestase lo más mínimo.
-Ayax.- corrigió el chico y volvió a apuntar a Harry. En esta ocasión, la maldición cruciatus falló por milímetros. Harry había rodado en el suelo y se había puesto en pie con una pirueta, alzando su propia varita.
-¡Ignis excidium!
-¡PROTEGO!
Era un duelo por el pasado, se dijo Hermione cuando ambos muchachos, que se habían detestado desde el primer momento que en sus caminos se cruzaron, comenzaron aquella muestra de talentosa magia. Habían crecido y con ellos, sus habilidades. Malfoy no parecía querer dar tregua a su archienemigo y Harry había deseado aquel enfrentamiento desde que descubriese que su intervención había enviado a sus amigos a las garras de Lord Voldemort.
-¡Esto se acaba, Potter!- Malfoy dirigió una haz de luz que se coló en medio de un duelo personal entre un auror y dos mortífagos y rodeó a Harry en una cadena de luz que soltaba chispas. El Salvador sintió como el acero centelleante se adhería a su piel y comenzaba a darle calambre. Cerrando los ojos con fuerza, dejó que la energía inundara su cuerpo en una luz brillante y etérea y la cadena estalló en mil lucecitas de colores, dejándole la marca en la piel de profundas rozaduras.
-¡No todavía!- Harry le lanzó la espada y ésta, rotando sobre sí misma, rozó el rostro moreno de Malfoy y le hizo un corte poco profundo, que habría significado su final de no ser porque la había esquivado en última estancia. Y como si fuera un boomerang, la espada dio la media vuelta en el cielo y se dirigió de nuevo hacia Harry, que la cazó al vuelo, mientras corría hacia su enemigo, lanzándole bolas de energía. Sin embargo, mientras ambos se movían para un cara a cara, una explosión cercana los alcanzó y tanto la varita de Malfoy, como la de Harry junto con su espada, volaron de sus manos mientras ellos eran arrollados por aquella honda expansiva.
Hermione se cubrió el rostro con una mano. Parecía que la explosión había sido obra de dos extraños personajes que no había visto antes, pero que sin duda alguna eran arcángeles. Un hombre y una mujer. Con sus espadas y lanzando potentes cantidades de energía, se iban deshaciendo de sus enemigos con mucha habilidad.
-¡Cuidado, Ursae!- Hermione escuchó la voz de Christine protegiendo al arcángel con un poderoso escudo, mientras la mujer le sonreía. Parecía que eran amigos de Christine, lo cual no era de extrañar. Volvió a mirar la batalla entre Harry y Malfoy y los vio a los dos rodando por el suelo, utilizando los puños en vez de las armas. Parecía que no importaban las formas, sino el derrotar al otro.
-Malfoy, no te das cuenta de que eres tú quien eligió el bando equivocado hace mucho tiempo.- le gritó Harry entre forcejeos. Estaba debajo de su enemigo y éste, con violencia, le atestó un puñetazo en el pómulo. Harry trató de devolvérselo y ambos continuaron rodando, hasta caer fuera de los límites de la carretera, a una especie de charca producida probablemente por las torrenciales lluvias que habían sacudido al país.
-¡Mi nombre es Ayax, imbécil!
-¡Un nombre tan estúpido como tú!
Malfoy, furioso, agarró las solapas de Harry y lo levantó con furia unos centímetros del charco, colisionándolo después contra él, violentamente. Harry sintió que se golpeaba la cabeza y durante unos segundos quedó como atontado, momento que Malfoy aprovechó para girarlo y empujar su cabeza debajo del agua embarrada. No había altura, pero sí la suficiente como para que media cara del chico quedara sumergida y sin oxígeno. Recuperado del golpe, Harry luchó por respirar, pero las fosas nasales se le habían llenado de agua. Malfoy soltó una carcajada que pudo escuchar y agarrándolo del pelo le levantó la cabeza lo justo para que el chico tomara una bocanada de aire.
-¡Voy a disfrutar de tu sufrimiento, Potter!- y volvió a sumergirle la cabeza. Harry se revolvió, pero Malfoy se había sentado sobre su espalda y apoyado todo el peso de su cuerpo.- Voy a quedarme aquí esperando hasta que vea que dejas de respirar, pero lo haré lentamente, deleitándome con tu agonía.- una vez más, dejó que Harry levantara lo suficiente la cabeza como para respirar en una ocasión y volvió a hundirlo en el agua enlodada. A Harry no le daba tiempo a tomar aire con los breves respiros que le proporcionaba Malfoy y sentía como la cabeza le daba vueltas y comenzaba a marearse. Los pulmones se le estaban encharcando de agua y en poco tiempo, escuchando las risas de su enemigo, perdería por completo el conocimiento.
Pero mientras estaba sumergido en el charco le vino a la cabeza un sentimiento de desesperanza que le golpeó como un martillo más fuerte incluso de lo que se había golpeado contra el suelo. Si él perdía, si moría entre aquellas aguas sucias de un pueblucho muggle perdido en alguna sierra lejana, todo habría terminado. Habría dejado ganar a sus enemigos, habría dejado a todo el mundo bajo las garras de aquellos a los que había jurado perseguir y derrotar.
-¡Harry!- sintió la voz de Hermione que le llamaba y sintió la presencia aterradora de Ian muy cercano a ella, observando de brazos cruzados la escena. Podía ver, mientras sus extremidades dejaban de luchar, mientras sus párpados caían en un molesto estupor, las figuras aquellas como si las tuviera enfrente. Sus habilidades habían aumentado, había mucha magia escondida en su interior. Christine se lo había dicho y le había dicho el motivo por el que él parecía más débil.
"-Tienes miedo, Harry. Lo único que te impide volver a ser tú mismo, volver a ser El Salvador es tu propio temor. Temor a la muerte...a perder lo que ahora posees. El mismo sentimiento que llevó a la destrucción a Lord Voldemort. Cuidado...mucho cuidado...porque podría destruirte a ti también. Cuando extraigas el valor necesario para luchar sin pensar en que podría ser la última batalla, entonces...volveremos a ver al verdadero Harry Potter"
-Has perdido tu protección, Granger.- escupió Lewis con maldad y volvió a acercarse a la chica, acariciando sus sedosos cabellos enmarañados.- Ahora eres mía...- Hermione tembló y miró por última vez al charco, donde la vida de Harry se apagaba, sin embargo...
Malfoy se vio suspendido hacia atrás y cayó con tan mala suerte que se golpeó en una vieja y rota verja de alambre y quedó enganchado con las vestimentas agujereadas. El agua del charco se elevó como de la nada y creó un remolino levitando sobre un campo de energía y bajo ese campo, estaba la figura imponente de Harry. Hermione sintió como el latido del corazón volvía a golpearle en el pecho al verlo repuesto, fuerte, tan seguro de sí mismo como antaño. Se giró hacia Malfoy con maldad y pronunció la maldición cruciatus, deleitándose él mismo con el sufrimiento del mortífago. Hermione tragó saliva y le pareció por un momento, observar la figura de la madre de Christine entre la maleza de las afueras de la carretera, pero ese espejismo se apagó de su mente en cuanto sintió la mano grande de Ian colocada en sus caderas. Harry estaba sumido en su batalla personal contra Malfoy y no podía verlos.
No obstante, por segunda vez, alguien se interpuso entre ellos. Una sombra se coló entre Hermione y Ian y la rescató de aquel roce, arrastrándola lejos. Una segunda sombra, vestida totalmente de negro, apuntaba al mortífago con una reluciente espada, una espada que Hermione había visto forjar en las páginas de un libro: Escaliburt...
-Vosotros de nuevo...- lejos de estar asustado por la amenaza que representaba tener a dos arcángeles enfrente suyo, Ian se puso de pie y escupió al suelo, pasándose una mano por el cabello rubio.- Siempre entrometiéndose.
-Estaré en cada uno de tus ataques, en cada uno de tus planes, en cada una de tus pesadillas...siempre estaré ahí, Ian Lewis, por los siglos de siglos, por toda la eternidad si hiciera falta...- pronunció Orión, remarcando cada letra, cada sílaba y cada palabra con un profundo resentimiento. Hermione, en los brazos protectores pero tensos de Anya, no comprendía porqué cada cosa que decía Orión parecía tener un doble significado, pero se sentía muy contenta de que hubiese aparecido o de lo contrario, ella estaría presa de aquel ser al que tanto detestaba.
-No prolongues más tu agonía, chico.- le espetó Ian retocándose la túnica como si el hecho de no llevarla inmaculada significase una ofensa.- No habrá nadie en la Tierra que pueda destruirme. Siempre seré el más fuerte.
-Siempre es mucho tiempo.- respondió Orión tanteando con los ojos a su alrededor. Anya, desde su posición, sabía que nada le gustaría más a su compañero que acabar con la vida de su enemigo en aquel mismo momento, pero si no hacían algo y rápido, podían perder más vidas y no estaba dispuesto a sacrificar la de aquellas personas que tenían muchos papeles que cumplir en su existencia y que ahora los mortífagos rodeaban. Debían hallar el escondite de Ian y enfrentarse a él a solas, sin inocentes por el medio, solos, como estaban en aquel instante y rezar porque para entonces no fuese demasiado tarde. Ian tampoco estaba dispuesto a jugarse el cuello en aquel instante. Todavía no había llegado el momento de mostrarse tal y como era, de revelar del todo su poder. Alzó un brazo y chasqueó los dedos y Anya había visto tantas veces ese gesto que creyó que Hermione sentiría su rostro horrorizado que significaba el saberse sabedora de que Ian acababa de ordenar la extinción total de todos sus enemigos. Orión guardó a Escaliburt y le hizo un gesto cómplice a la chica. Anya se colocó en pie, dejando a Hermione una vez más en suelo y desapareció hasta llegar a la derecha de Christine, Ursae y Saiph, que peleaban junto a Lupin y otros aurores. Harry alzó la vista y los vio extender los brazos para concentrar energía. Quiso unirse a ellos pero se dio cuenta de que haberse salvado la vida a sí mismo, utilizando aquella inmensidad de poder, lo había agotado por completo. Sus músculos ya no respondían bien. Aquel esplendor de luz iluminó los corazones de los aurores y miembros de la Orden, que vieron con alegría como Ian apretaba los dientes, mientras se desaparecía del lugar junto con unos pocos mortífagos que se habían percatado a tiempo de lo que iba a ocurrir. Las banshes y los demás quedaron consumidos por aquella honda expansiva y sus vidas se apagaron como las de un fuego extinto. A su paso, sólo quedó la destrucción total de aquella pequeña aldea, los cadáveres y el centro de comienzo de toda aquella masacre: el cardenal carente de vida, con la cabeza inclinada hacia delante.
Harry suspiró aliviado pero cuando se volvió para observar a Malfoy, descubrió con frustración que éste ya había escapado.´
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Dumbledore abrió las puertas de la enfermería y todo el mundo se giró para mirarlo. Iba vestido con un largo camisón blanco y un gorro de dormir. El reloj de pared marcaba las seis y media de la mañana y el aspecto del director era poco más que desaliñado. Los pelos de la larga barba blanca yacían desordenados y enmarañados y sus ojos todavía se entrecerraban bajo la tenue luz de las antorchas. Jadeando a causa del esfuerzo de haber subido corriendo hacia la torre, se acercó a Ojoloco Moody, tratando de no observar a la multitud de heridos que estaban siendo acomodados en la estancia.
Era costumbre que los miembros de la Orden acudieran al colegio a reponerse, en vez de a San Mungo, siempre y cuando no fuese necesario. Allí, mantenían conversaciones con respecto a la batalla y se libraban de tener que presenciar los anuncios de los muertos. Dumbledore siempre lo había querido así y nadie había puesto nunca objeción alguna.
Harry vio pasar al director junto al retirado auror y se dio cuenta de que Dumbledore iba tan perdido que no se había fijado en su presencia. Lo encontró abatido, cansado, viejo...y aquella sensación que sintió a la altura del pecho no le agradó nada. Dumbledore, siempre sería Dumbledore. No importaban los años, las guerras o las arrugas que surcaran su cuerpo, el paso del tiempo no podría aplacar la admiración y el respeto que sentía por el director, no podrían aplacar su sabiduría y su astucia para frenar cualquier mal que asolara la comunidad mágica. Había sido más inteligente que Voldemort y de seguro, lo sería más que Ian Lewis.
Había sentido la presencia de Michaela en el colegio en más de una ocasión y eso significaba que el director y la mujer continuaban manteniendo sus famosas conversaciones, aquellas que llevaron a Harry Potter a convertirse en el Salvador y le dieron una oportunidad de acabar con Lord Voldemort.
-Harry.- el chico, que había estado sumergido en sus cavilaciones, se giró para mirar a Christine. Ella estaba de cuclillas en el suelo y sostenía un algodón mojado con algún tipo de poción que olía a plantas.- ¿Decías que viste a Ian Lewis?- la voz de Christine sonaba fría y áspera mientras palpaba la herida que Harry se había hecho en el brazo. Se mordió la lengua para no quejarse antes de responder.
-Sí...- susurró, con la mirada puesta en el vacío. Rememoraba la pelea una y otra vez. Le habría gustado acabar con él, pero cuando más cerca estaba de hacerlo, Malfoy se había metido por medio. Todavía le impactaba el rostro demente de Lewis, sosteniendo la espada sin importar cortarse la piel, sin importar el dolor. Nervioso, rebuscó entre los bolsillos de la túnica y extrajo una cajetilla, tomó un cigarrillo y se lo encendió con un rápido movimiento de mano. Cuando lanzó una prolongada calada sintió que el vacío no había disminuido, ni tampoco la inquietud.
-¡Está prohibido fumar en la enfermería, Potter!- gruñó Madam Pomfrey. Estaba vendándole una muñeca a Ginny, pero por lo demás, la chica parecía ilesa. Disgustado, Harry lanzó el cigarro al suelo y lo pisó con el pie, pasándose una mano por el pelo desordenado.
-Podrías tranquilizarte un poco.- replicó Christine de mal talante. Apretó un poco más fuerte el algodón y le hizo daño, pero por orgullo, Harry no se quejó.- Y de paso dejar de fumar, para variar.
-Olvídame.- refunfuñó el chico. Paseó la mirada por la enfermería una vez más y entonces, distinguió la figura de Troy, que se había acercado a Ginny. Por un momento, no compendió porqué el chico lo miraba con aquella expresión. Se habían transformado las facciones de su rostro, sus ojos agrandados y sus labios curvados dibujaban sorpresa y a la vez, decepción. Harry entonces comprendió. Allí sólo habían miembros de la Orden y Madam Pomfrey había olvidado que no debía pronunciar su apellido delante de Troy. Vio como el muchacho se llevaba una mano a la cabeza confuso y se masajeaba las sienes. Comprendió, con pesar, que el encantamiento se había roto con él y probablemente con el resto del mundo. Más de una persona había visto a Harry en acción y había escuchado en boca de sus enemigos el apellido Potter y todo cobraba un sentido mucho más poderoso. El Salvador había regresado y de la mano de su antiguo yo, desbancando así a Harry Oldman, un chico en teoría tranquilo y buen estudiante, que todo el mundo creía hijo verdadero del matrimonio Lupin. Ginny y él intercambiaron miradas y ambos, para bien o para mal, suspiraron. Era un peso quitarse de encima aquella mentira, pero también se había acabado la libertad. Volverían los artículos en el diario "El Profeta", volverían aquellas épocas en las que todo el mundo se le quedaba mirando y lo señalaban con el dedo.
-Lo siento mucho, Troy.- dijo Ginny, cuando vio que Harry no parecía dispuesto a despegar los labios. Christine continuaba de cuclillas curando las heridas, sin intervenir para nada.
-Ahora todo cobra un verdadero sentido.- suspiró el muchacho y para sorpresa de ambos, sonrió a Harry casi con admiración.- Siempre quise tenerte enfrente, Harry Potter, para darte las gracias por lo que hiciste y para decirte lo mucho que te admiro por ser quien eres.- Harry se sintió incómodo y a la vez azorado. Había una recepción en su mente a las palabras de Troy. No las veía del todo ciertas, se sentía indigno de aquellos elogios cuando Troy siempre se había portado como un verdadero amigo y él no había tenido la suficiente confianza como para decirle la verdad. Sentía que su sacrifico valía de muy poco ahora, cuando había comenzado a perder lo que ganó cinco años atrás, cuando había desaprovechado las segundas oportunidades. Christine y él volvían a llevar una guerra personal, Alan no lo consideraba su hermano, no había podido ayudar a sus amigos a recuperarse de todo lo ocurrido y Ginny ya no estaba a su lado. Estaba lejos, muy lejos...en un espacio al que él ya no tenía acceso. Ya no era aquella niña con pecas que se ruborizaba cuando él le expresaba lo que sentía. Ya no era aquella tímida pequeña que le tomaba de la mano y le juraba que nunca iba a dejarlo marchar. Ginny era una mujer y aquellos amoríos adolescentes habían evolucionado. Ya no existía sólo el mundo y ellos, ahora había ciertas responsabilidades, ciertas reglas y muchas, muchas verdades. Le hubiese gustado sentarse al lado de la cama de Ginny, tomarla de la mano y prometerle que todo iba a salir bien, que él lo volvería solucionar y que vivían en un cuento de hadas cuyo protagonista nunca podía tener un final nefasto. Pero sería mentira.
-Sigo siendo sólo Harry, Troy.- expresó con pesar.- Soy el mismo chico que conoces. Nunca he querido ser tratado diferente por mi fama. Si hubieras sabido desde el principio quien era, probablemente, no te hubieses acercado como un amigo o quizás ni siquiera te hubieses acercado.
-Admito que tienes razón.- asintió Troy y sonrió.- Pero igualmente, me alegro mucho de conocerte.- Harry se limitó a hacer un gesto con la cabeza y a fijar la vista en Christine. No se había dado cuenta de que su profesora parecía tan cansada como él y eso que no había derrochado tanta energía. Sin embargo, pensó mientras observaba como dos gotas de sudor resbalaban por la frente de la mujer; no había parado. Desde que regresaran del ataque había estado curando a los heridos y estaba seguro de que en la batalla se había empleado a fondo. Se le notaban los pómulos huesudos de la cara y los ojos hundidos.
-Esto ya está.- se puso en pie y se masajeó la espalda amagando una mueca de dolor. Había estado mucho tiempo en una mala postura.- Lo lamento, pero no me quedaba mucha energía para haberte curado con mi poder.
-Yo puedo hacerlo.- dijo una vocecita detrás de ella. Alan estaba allí cargando una cesta de madera llena de pociones. Había estado todo el rato de un lado a otro de la enfermería ayudando a Madam Pomfrey.
-No.- negó tajantemente Christine sin darse la vuelta. Alan se había comportado con rebeldía en los últimos días y la mujer todavía estaba enfadada. Para Harry, no era tan grave que su hermano no hubiese querido recoger los juguetes del comedor, se hubiese negado a comer las espinacas el domingo o que hubiese hechizado a unos gatitos para que bailaran claque en medio de una placeta muggle; pero evidentemente, como madre, Christine tenía todo el derecho a estar disgustada. Alan no le hacía ningún caso. Se pasaba las horas muertas en su habitación o viendo la televisión y cuando Christine trataba de averiguar a qué se dedicaba su hijo, sólo lo encontraba jugando en mitad de una montaña de soldaditos y tatareando alguna canción de dibujos infantiles. No había nada de extraño en todo eso y sin embargo, el comportamiento del niño había cambiado.- Te he dicho mil veces que está prohibido utilizar tu magia. ¿Todavía no te ha quedado claro?
-No veo porqué.- Alan dejó la cesta en la cama sobre la que Harry estaba sentado y le sonrió casi con arrogancia. Después, mientras Christine suspiraba agotada y se despistaba cerrando los ojos, el niño alzó una mano con falso aburrimiento y una oleada de energía reconfortó el cuerpo de Harry en un abrir y cerrar de ojos. Era una energía mucho más cálida y poderosa que la de Christine que lo sanó en apenas unos instantes.
-¡Alan!- rugió Christine. Estaba tan enfadada que parecía temblar a convulsiones. Sin embargo, con toda la tranquilidad del mundo, el niño volvió a coger la cesta entre sus manos, sonrió una vez más y se marchó paseando.
-Hasta luego, mater.
Christine se sentó en la cama aburrida y terriblemente dominada por un sentimiento de impotencia. La guerra la había cansado, pero Harry sabía que la mujer había estado expuesta a demasiadas cargas últimamente y que estaba llegando, quizás, a su límite. El regreso de un falso Dani, las peleas con Lupin, las incomprensibles rebeldías de Alan y el verse a la cabeza de un nuevo ataque mortífago...todo eso, teniendo que soportar en su propio cuerpo los cambios bruscos que sufría Harry y el tener el deber de entrenarlo.
-¿Un café?- Remus se acercó hasta ellos y se aproximó a Christine, dándole un beso en la frente. La mujer, vulnerable por unos segundos, sonrió lacónicamente y asintió con la cabeza. Lupin le dio una palmada en la espalda a Harry y la tomó de la mano, para llevársela entre las camas de los heridos, rumbo a alguno de los despachos. Harry se sintió aliviado de que el hombre siempre apareciese en el momento preciso en el lugar indicado para ofrecer su comprensión a Christine. Probablemente, él tendría que ocuparse de que Alan aceptara marcharse a casa en un vuelo con la moto, porque lo más seguro es que no volviese a ver ni a Christine ni a Remus hasta el día siguiente.
No obstante, aquel era el mínimo de sus problemas, pese a que se encontraba totalmente repuesto. Había extraído energía de su propio cuerpo con una facilidad asombrosa e intuía que no iba desencaminado al pensar que sus poderes estaban creciendo. Orión había dicho una vez que Harry era un arcángel muy malo puesto que poseía muy pocos poderes y probablemente era cierto. Él no había tenido tiempo de aprender mucho, de hecho, ni siquiera sabía hasta que límites su cuerpo podía jugar con la energía ni cuanta poseía. Quizás, si practicaba y mejoraba sus habilidades, podía llegar a desarrollar ciertas dotes como las que poseían Anya y Orión. La posibilidad de hurgar en el futuro le golpeó como un mazo en la cabeza. Si poseyera esa habilidad...pero por el momento, lo único que podía era continuar entrenando. Por primera vez, la muerte del cardenal no había acabado con sus reservas de energía y eso era bueno, muy bueno. El Salvador había vuelto a brillar aquella noche como deseaba que volviese a brillar Sirio y pese a haber sentido el pavor y la intolerancia de Hermione sobre sus métodos, no estaba arrepentido. Nada en el mundo podía compararse con la excitación de clavar su espada en un enemigo, uno que además, le había robado parte de su vida.
Hermione observaba como el sol opaco iba surgiendo en el horizonte mientras sujetaba una taza humeante entre sus manos. El humo del vapor dibujaba figuras extrañas y empañaba el cristal de la enfermería. Ron se acercó lentamente y se sentó detrás de ella, pero la chica no hizo la menor señal de haberse percatado. Casi con una ternura inusitada, le rozó el hombro y ella se estremeció, pegó un ligero bote y se apartó inmediatamente antes de darse la vuelta y reconocer a su acompañante. Suspiró aliviada.
-Sólo soy yo, Hermione, sólo yo...- ella lo observó con melancolía. Sólo era Ron...pero para ella era mucho más. Le dolía en el alma que el chico hubiese estado los últimos días alejándose de ella, que no hubiese ido a recogerla al trabajo ni se hubiese pasado por su casa y todo por lo que había dicho Jackson. Se dio cuenta con tristeza que habían ignorado las palabras de Emy, se dio cuenta de que le habían fallado, puesto que no se habían preocupado por hacerle caso. Ron debía de confiar mucho más en sí mismo y Hermione dejar de lado sus miedos, pero no lo habían hecho. Ella atormentaba al chico con su rechazo y a su vez, se cavaba su propia fosa, se iba hundiendo más y más en el agujero de la soledad. Se había quedado pendida en su propia conciencia, en sus propias cavilaciones y se había cerrado al mundo.
-Eres tú lo único que yo quiero, Ron.- expresó con sinceridad.- lo único que necesito.
-Emy, cuanta falta nos haces...- suspiró el chico mirando hacia el techo. Hermione no se sorprendió de que sus pensamientos hubiesen estado dirigidos a lo mismo. Ocurría a menudo. Habían pasado los últimos cinco años juntos, no como pareja, pero como si hubiera sido lo mismo. Incluso habían dormitado en la misma cama, guardando apropiadamente la distancia. Pero no había roce, nunca lo había. Habían creado paredes entre ellos, barreras que les impedían consumarse en lo que deberían haber sido.- Si tan solo me dejaras demostrarte cuanto me importas.- Hermione le giró la cara.
-Pero no puedo.- explicó. Le dolía pronunciar aquellas palabras. Sin ver el rostro de Ron podía dibujar mentalmente sus facciones contrayéndose en un claro gesto de frustración, de tristeza.- No puedo borrar de un plumazo el pasado. Entenderé que no quieras seguir esperando...entenderé que prefieras...que prefieras marcharte...- y dejarme sola, pensó, pero no lo dijo. Sí, perder a Ron supondría una estocada demasiado grande para ella, supondría su total destrucción, pero no lo dijo. Ella estaba siendo injusta y no podía pedir más de lo que había pedido. Ron, sin importarle el nuevo estremecimiento, le colocó una mano en la mejilla y se puso en pie. Le dio un suave beso muy cercano a la comisura de los labios y retiró el contacto.
-Adiós, nena...adiós...- Hermione escuchó aquellas palabras y los ojos se le agrandaron. Le miró con la boca ligeramente abierta y el corazón le dio un vuelco. Había pronunciado aquellas palabras de una manera irreal, las había expresado sin intención de que cobraran verdadero significado, las había dicho esperando que Ron las dejara pasar como siempre hacía. Pero el corazón de Ron estaba inundado de un sentimiento de pequeñez, de inferioridad. Había creído, desde siempre, que no se merecía a Hermione y ahora, con aquella despedida, estaba tomando las palabras de ella como un nuevo rechazo.- Ojalá algún día encuentres a alguien que sea capaz de recuperar a la antigua Hermione.- y se marchó. Hermione lo vio alejarse, esquivando las camas y saludando con la cabeza a algún miembro de la Orden y supo que lo estaba perdiendo. Tuvo la tentación de abandonar la opresión que sentía al haber tenido a Ian Lewis rodeándola con sus brazos y correr tras él, pronunciar su nombre y dejar que él se diera la vuelta y le mostrara sus preciosos ojos azules, aquellos en los que no había belleza natural, pero sí espiritual. Pero se quedó allí. Con las sábanas enredadas entre las piernas, con los tirabuzones cayéndole de manera grácil por los lados y las manos removiéndose nerviosamente entre los pliegues de las propias sábanas. Se había quedado sola, se había quedado sin la mayor fuente de apoyo y ahora...no tendría más remedio que levantarse cada mañana pensando en que cualquier momento podía sonar el teléfono móvil y ser requerida para un nuevo encuentro con Ian Lewis en el que no estaría Ron...en el que no podría recurrir a él para que le diese fuerzas. Ese sentimiento la llenaba de desesperanza.
Anya observaba a Hermione desde el otro extremo de la habitación. Suspiró conmovida al observar la escena que representaba la separación que ella ya había visto. Probablemente, aquel había sido el momento en que Ron y Hermione rompiesen los lazos que los unían y se dedicaran a la guerra. Anya sabía lo que venía a continuación y sentía lástima por ellos. En realidad, por todos.
-¿Buscando a alguien más al que joderle la vida?- Heka se interpuso en su campo visual haciendo sombra con su cuerpo. Llevaba las manos en la cadera y la miraba con aversión. No había resultado gravemente herida. El hechizo que había recibido de Lewis le había dejado una marca a la altura de la boca del estómago, pero Madam Pomfrey la había logrado curar. Anya respiró hondo para controlar su mal temperamento, que en momentos como aquellos afloraba con mayor rapidez y la taladró con la mirada.
-¿Por qué no te pierdes?
-Dímelo tú.- sin importarle el descaro, Heka se sentó al lado de la chica.- Te apellidas Black y sí, resulta que todos los miembros de esa familia destruyeron mi vida. Ahora, intercambiemos preguntas¿te parece que tengo derecho a estar furiosa? Porque me dan ganas de mandarte a la mierda y más cuando pones esa carita de inocente que te hace parecer candil cerca de Harry.- Anya, volvió a hacer alarde de su autocontrol.
-Mira, Odria, siento mucho lo que sea que te hicieron los Black, pero nosotros no tenemos nada que ver con ellos...
-¿Quiere eso decir que no os apellidáis "Black"?- inquirió Heka alzando una ceja, incrédula. Era muy lista, pensó Anya. Trataba de extraerle información, pero resultaba mucho más sencillo aclararle ciertos puntos, sobretodo porque no estaba dispuesta a perder su maravilloso tiempo, irónica la palabra, en demostrarle que ellos eran inocentes, o todo lo inocentes que se podía ser.
-Muy bien, aclaremos ciertos puntos.- decidió Anya.- Métete en la cabeza que nosotros no somos responsables de lo que sea que te haya pasado, que...Black, es un apellido muy común que puede tener mucha gente, que además, no somos de este país y que estamos aquí para ayudaros. Todo lo que se salga de esta línea no me interesa.
-No.- aceptó Heka asintiendo complacida por la información.- pero sí que parece interesarte estar muy acaramelada con Harry.
-Estoy perdiendo la poca paciencia que me fue concedida, Odria.- advirtió Anya en un tono poco afable. Si Heka continuaba acribillándola a preguntas envenenadas podría no tener tanta consideración.- Creo que está suficiente claro que con la única que Harry puede tener un futuro es con Ginny y...
-¿Me estás sugiriendo que me eche a un lado?- Heka se puso de pie y volvió a colocarse las manos en la cintura. Sonreía con autosuficiencia, pero era una sonrisa congelada. Por dentro ardía en rabia.
-No.- respondió una voz fría a sus espaldas. Heka se dio la vuelta bruscamente y se topó con los ojos grises de Orión.- Pero yo sí.
-La familia Black asesinó a mis padres.- siseó Heka con un profundo resentimiento. Sentía recorrer por sus venas veneno, un terrible veneno que deseaba consumarse a modo de venganza.- Seáis o no responsables directos, no me caéis nada bien. Y voy a ser vuestra sombra...
-Bien.- sonrió Orión con arrogancia y se aproximó tanto a la chica, sujetándola por ambas muñecas y chocando sus frentes, que Heka pudo sentir su aliento cálido.- porque tú tampoco me caes bien a mí. Y no voy a ser tu sombra...te voy a convertir en una sombra...- Heka trató de soltarse, pero Orión la tenía tan fuertemente sujeta que le hacía daño. Retiró su rostro hacia atrás, apartándose de aquel contacto y el chico la soltó de golpe. Orión volvió a sonreír y dio un paso al frente, pero una tercera mano sujetó la muñeca de Heka. Alarmada, la chica se giró. Era Harry, que en un gesto protector la atrajo hacia sí y la alejó de Orión.
-¿Algún problema?
-Nada que no tenga solución, Potter.- Orión se pasó una mano por el pelo con chulería y desapareció en una columna de luz blanca, como si todo lo que le interesaba de la enfermería hubiese quedado zanjado. Heka se soltó de la mano de Harry y se maldijo a sí misma. Lo reconocía, le había impactado la presencia de ese muchacho, pero ahora más que nunca, deseaba averiguar todo acerca de él y sacarlo de su vida, de su recuerdo. Anya se levantó de la cama y observó a Harry en un gesto mucho más relajado y después, imitando a Orión, desapareció también.
-¿Estás bien?
-No necesito que nadie me proteja.- replicó la chica dándose la vuelta y cruzándose de brazos. Harry sonrió forzosamente. Su amiga era muy orgullosa.- Ya tienes mucha gente a la que proteger.
-Me gusta proteger a amigas cabezotas.- sonrió Harry y la cogió del codo dándole la vuelta. Heka no pudo evitar sonreír. No podía enfadarse con Harry, nunca lo había logrado. Al terminar de girar tuvo tal mala suerte que tropezó con los pies de él y casi cayó al suelo, pero el chico la sujetó, propiciando que quedaran abrazados y con los rostros a escasos centímetros. Se quedaron parados y mirándose a los ojos como conectados por algún tipo de embrujo. Por primera vez, Harry miró a Heka como la veían los demás chicos, como una muchacha atractiva y que destacaba claramente, muy lejos de la ternura que le inspiraba Ginny. Sintió un cosquilleo a la altura baja del estómago y una atracción que no había sentido antes. Sin querer, los labios de Heka se habían colocado bastante cerca de los suyos, tanto, que casi alcanzaban a rozarse. Ella lo miraba hipnotizada...
-¡Harry!- ambos se separaron bruscamente. Neville corría entre las camas con una chica de la mano. Si Harry no hubiese intuido quién era, probablemente no la hubiese reconocido. Su cabello largo hasta la cintura era rubio platino, sus ojos destacaban mucho más en su pálido rostro y sus facción se habían convertido en las de una mujer. Iba vestida con unas llamativas mallas de colorines y una camiseta holgada caribeña, por no decir del sombreo de plumas que llevaba en la cabeza, pero indudablemente era Luna. No era muy guapa, pero conservaba esa mirada perdida que le daba un aire misterioso y excéntrico.- ¡Harry, me acabo de enterar¡Siento no haber podido acudir!
-Hola Harry.- saludó la chica cuando llegó a su altura. Harry le dio un par de besos en las mejillas y sonrió algo descolocado.- Si hemos llegado a volar en pájaros de acero seguro que el hombre puede inventar un encantamiento para que les crezcan plantas en la boca a todos los mortífagos.- Harry estuvo tentado de reírse de la expresión de incredulidad que asomaba el rostro de Heka. Luna era así. Fantasiosa, extravagante, pero hasta cierto punto divertida. Neville tenía enfrente a los dos mujeres que probablemente más había querido y Harry, por la forma en la que el chico observaba a Luna, no dudaba a quién había elegido.
-He ido al aeropuerto a recogerla. Luna tenía interés en volar en los aviones y olvidé el móvil en casa. Lo siento.
-No te preocupes, Neville.- le restó importancia Harry y después, presentó a las dos chicas. Luna pareció muy sorprendida de que el pelo de Heka fuera de un color diferente al de nacimiento y tuvieron que explicarle lo que era un tinte. Pasaron un buen rato hablando de cosas banales hasta que Neville decidió que era hora de marcharse a descansar. Luna se alojaría en su casa, porque su padre no estaba en la ciudad hasta dentro de una semana, según ella, investigando un interesantísimo artículo sobre si el Presidente de una comunidad autónoma de un país extranjero era en realidad un ogro que tenía la capacidad de mutar. Cuando los dos se marcharon, Harry observó a Heka que se comportaba como siempre, pero, desgraciadamente, se había perdido la magia del momento.
