CAPÍTULO 20: SOMETIMES, TO RESIST MEANS TO BE DESTROYED
(EN CIERTOS MOMENTOS, RESISTIR SIGNIFICA SER DESTRUIDO)
La casa de Heka parecía salida del cuento de "Alicia en el país de las maravillas". Estaba decorada expresamente para la festividad del 31 de Octubre, noche de Halloween. La chica había estado toda la mañana de aquel día libre colocando calabazas, que se reían y escupían fuego, por todo el jardín y multitud de dulces lanzados por unos enanos malvados que si les contestabas erróneamente a una pregunta de culturilla, te lanzaban un paraguas de azúcar en la cabeza. Las luces habían sido sustituidas por viejas velas flotantes y el equipo de música creaba el ambiente perfecto para aquella fiesta.
Heka había invitado a toda la clase. Tras sopesarlo bien, había decidido que hubiera sido de muy mal gusto no invitar también a Jackson y todo su grupo de amiguitas tontas, ya que el director le había permitido colocar carteles por Hogwarts. De la clase de Ginny también habían acudido bastantes personas. Y es que Heka tenía mucho dinero y la casa podía permitirse la cavidad de tan gran cantidad de invitados. Sus padres le habían dejado en herencia varias empresas y ella había sabido invertir muy bien.
Harry había sido literalmente arrastrado hacia la fiesta. No tenía ningunas ganas de salir y menos después de la sensación que había experimentado junto a Heka. Habían pasado casi dos semanas desde entonces y la chica se había comportado igual que siempre, como si no quisiera pensar en que algo había sucedido en la enfermería y Harry, cansado de que sus sentimientos jugasen a sus anchas, había claudicado también.
Así que allí estaba, vestido con unos vaqueros negros ajustados y una preciosa camisa que remarcaba sus pectorales. Christine había insistido en engominarle el pelo para que estuviese muy guapo y le había retocado el cuello de la camisa más de una vez. A Harry le había extrañado tanta consideración y había llegado a la conclusión de que su profesora cada día estaba más convencida de que no iban a poder detener a Lewis a tiempo y que, irremediablemente, la vida de Harry pendía de un hilo a medida que se acercaba el final de los cardenales.
-Está todo precioso, Heka.- dijo la voz de Troy cuando entraron por la puerta del jardín y vieron maravillados el espectacular decorado.
-¡Muchas gracias!- exclamó la chica pletórica. Estaba muy guapa, pensó Harry cuando la vio metida en aquel traje ajustado que le llegaba muy por encima de las rodillas. Se había maquillado levemente la cara y lucía un recogido moderno en el pelo, dejando caer algunos mechones caoba por la frente. Su ya de por sí perfecta altura, había mejorado con los tacones de aguja. No obstante, pese a que Harry pensó que le resultaría difícil caminar con ellos por el césped del jardín, Heka parecía haber nacido para llevarlos. Se movía con soltura y elegancia, saludando a unos y a otros como una perfecta anfitriona. Había contratado a unos cuantos elfos domésticos y pese a que ellos se negaron rotundamente, había insistido en pagarles, amenazándoles con que si no aceptaban su generosidad y gratitud, se iba a sentir gravemente ofendida y pensaría que ellos despreciaban su buena voluntad. Hermione se había animado al escuchar esa historia por su boca y caminaba por delante de ellos, junto a la chica, comentando el buen gusto de Heka por la decoración.
Harry, en su estado de ensoñación que se perdía por el escote refinado de su mejor amiga, no pudo evitar observar a Ginny y compararlas. Eran tan distintas...Ginny también iba hermosa, pero era una belleza muy distinta. Llevaba unos pantalones oscuros, con un cinturón calabaza enrollado y un palabra de honor. Se había dejado el cabello suelto y apenas se había retocado los labios con brillo. No calzaba tacones, sino unos zapatos finos y elegantes, muy cómodos. Ginny era la parte que Harry había dejado atrás, el Harry de los últimos cinco años, dulce, cariñoso...amigo de sus amigos...Y Heka era su parte fría, su parte apasionada y guerrera, era...El Salvador. Cada una de las mujeres pegaba con una etapa de su vida, sin embargo, mientras él mismo saludaba a muchos de sus compañeros, se dio cuenta de que no podría querer jamás a Heka como quería a Ginny. Era un cariño distinto. Heka le inspiraba deseo físico, un deseo impulsado quizás por ese lado oscuro que lo absorbía cada vez que incrustaba su espada en el enemigo, por esa adrenalina. Sentía que con Heka podía ir al fin del mundo, podía lanzarse por una cascada y sentir el riesgo burbujeando en su estómago. Pero era una pasión inspirada a su vez, por la admiración que sentía hacia ella. No había interior. No había nada más.
En cambio, con Ginny estaba su verdadero yo. Su otra mitad. Estaba su humanidad, su esperanza, sus sentimientos...Ginny había nacido sólo para él y ahora, cuando la tenía lejos, cuando Troy la tomaba del brazo de manera protectora, sentía un remolino de celos asaltando cada partícula de su cuerpo. Quería ir hasta allí, agarrarla del brazo y llevársela a cualquier parte donde pudieran estar solos, para besarla hasta con salvajismo, marcando claramente su territorio. Pero no lo hizo.
-¡Hombre¿A quién tenemos aquí? Si es Oldman...¿o debería decir, Potter?- un zumbido molesto había aparecido a los oídos de Harry. Se giró todavía con la cabeza puesta en su idílico pensamiento de llevarse a Ginny lejos y se topó con la sonrisa estúpida de Jackson. Parecía muy feliz rodeado de todas aquellas chicas, "rubias de bote", como las llamaba Ron y observando por el rabillo del ojo a Hermione, que continuaba hablando con Heka, ajena a todo.- Se te da muy bien eso de tomarle el pelo a la gente¿eh, Potter? Resulta que teníamos una celebridad en nuestra clase y no nos hemos dado cuenta. ¿Qué me decís, chicas?
-Yo opino que la fama no le hace parecer más guapo.- asintió Alice Angora. Ella y su amiga Estrella, la amiga-con-derecho-a-roce de Jackson, soltaron una risita tonta.
-Cierto.- añadió esta.- Sigue siendo igual de insoportable.- Harry, que no tenía ni idea de porqué de repente todo el mundo parecía conocer su identidad y muy pocas ganas de seguir escuchándoles, les dirigió una mueca de desagrado y se dio la vuelta con Ron, Neville y Luna, sin ni siquiera responderles.
-¿Qué es esto, un comité de bienvenida?- bramó Harry en cuanto se hubieron alejado lo suficiente.- ¡Es que no se puede guardar un secreto en este maldito colegio!
-Ni en el mundo entero.- suspiró Neville y le tendió un diario del Profeta. Harry lo cogió y comenzó a ojear la portada, donde aparecía una gran fotografía suya, de tal y como era ahora. Con un gesto brusco, se arrancó la cinta que le cubría la frente y había ocultado aquellos cinco años su cicatriz.- Creí que lo sabías. Rita Skeeter ha publicado un artículo contándole al mundo la verdad. Bueno, ya la conoces...son la mayoría una gran sarta de mentiras.
-¡Esa periodista parece no haber aprendido la lección!- exclamó el chico irritado y le tendió el periódico a Ron para que también lo leyera.- Bueno, ahora ya estalló la bomba. Espero que Heka haya puesto encantamientos que impidan la infiltración de periodistas en la casa. No me gustaría que mañana saliese un artículo diciendo que soy un alcohólico drogadicto y que quedé trastocado después de la batalla con Voldemort.- y tras decir esto, tomó un cubata de la bandeja de un elfo doméstico que pasaba por allí y se bebió el contenido de whisky de Fuego de un solo trago, haciendo una mueca desagradable al tragar.
-Yo me voy a hablar con Ginny.- dijo Luna de pronto y se soltó del brazo de Neville, observando la decoración y moviendo la cabeza ligeramente, al ritmo de la música. Neville suspiró y cogió también una copa, dejándose caer en uno de los múltiples bancos del jardín. Ron tomó asiento a su lado y Harry se colocó enfrente suyo.
-Creo que deberías ser sincero contigo mismo, Neville. Dile a Luna lo que sientes.
-¿Para qué?- se lamentó el chico, dando un prolongado trago. Sentía quemarse su garganta.- Ella se marchará en unos días y yo...yo me quedaré aquí, como un estúpido, como siempre. No puedo pedirle que se quede, ella tiene su vida allí, es un espíritu libre entre todas sus rarezas...no sería justo.- Harry y Ron intercambiaron miradas significativas. Luna había llegado tres días atrás diciendo que su padre había cambiado de opinión respecto al periódico y que continuaba como director. Al parecer, era lo único que le entretenía en la vida y no quería jubilarse. Así que Luna decidió continuar con sus estudios en África y se volvería en el primer avión del miércoles.
-Entonces ve con ella.- soltó de pronto Ron. Neville lo miró con la boca abierta. Ron se pasó una mano por el pelo y se inclinó sobre su cuerpo, apoyando los codos en las rodillas.- Si la quieres...no la pierdas. No dejes que algo más fuerte te separe de ella.
-Pero...pero...- Neville parecía aterrado ante la sola idea de pensar en irse con Luna.- ...yo tengo mis estudios aquí...estoy a punto de acabar mi carrera...¡Estoy en la Orden del Fénix¡Hay una guerra¡No puedo marcharme sin más!
-Sssshhh.- le chistó Harry, mirando a un extremo y a otro.- Baja la voz, nadie pude enterarse de lo de la Orden.- al ver que todos parecían continuar con sus conversaciones, añadió:- Puedes pedir el traslado de expediente. En África también hay escuelas de Aurología y sabes que Dumbledore lo arreglaría todo sin ningún problema. Además...la guerra no tiene límites, Neville, alcanzará a todas las partes del mundo y África necesitará de buenos aurores que luchen por defender su Ministerio. Ve con Luna. Si no lo haces...como dice Ron, quizás haya otras cosas más fuertes que os separen...
Media hora más tarde, Harry y Ron vieron con alegría, que Neville bailaba con Luna en mitad de la pista, donde sonaba una música cañera de Bon Jovi. Harry le había prestado a Heka algunos cds para que los pusiera en la mini cadena. "Have a nice day" parecía retumbar entre los rostros de las personas, animándolas a continuar bailando, bebiendo y disfrutando de aquella noche de Halloween. Harry miró al cielo. Sirio continuaba brillando por su ausencia y pese a que era una noche especial, como siempre lo había sido, no se sentía con ganas de unirse a la pista. Observó a Ron, cuya mirada había estado pegada casi toda la noche a una chica rubia de la clase de Ginny, con un precioso corte de pelo y muy buen gusto para vestir. Entre trago y trago, el chico había observado como se movían sus curvas, reflejadas en las velas que iluminaban todo el jardín. Harry sonrió.
-¿Por qué no vas y la invitas a bailar? Parecemos dos muermos aquí sentados en medio de la civilización.- Ron lo miró con desgana y le dio otro sorbo a su vaso de Whisky. Harry sabía que era lo bastante adulto como para pedirle que dejara de beber, si es que quería emborracharse y por el tono rojizo que estaban adquiriendo sus mejillas, parecía que así era.- ¡Vamos, Ron! Necesitas empezar a vivir de verdad. Has estado demasiado tiempo en las sombras. ¿No era eso lo que habías decidido?- Ron observó como Jackson se deshacía hábilmente de sus acompañantes y se iba acercando disimuladamente a Hermione y la punzada de celos actuó por sí sola. Harry tenía razón. No se iba a pasar la vida enamorado de una chica con la que no tenía futuro. Debía empezar a abarcar otras posibilidades y la muchacha que iba a la clase de Ginny realmente le gustaba. Se tragó de un sorbo el contenido que quedaba del cubata y dándole a Harry el vaso vacío, se levantó, se limpió con la manga la boca y retocándose el cuello de la camisa se acercó a la chica sin vacilación.
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Hermione continuaba charlando con Heka entretenidamente, mientras probaban alguno de los canapés que la chica había dispuesto a lo largo de las tres mesas. La animación de la fiesta y la música tan buena que estaba sonando, la estaban ayudando a olvidar sus miedos de los últimos días. Heka era una chica muy divertida, con una personalidad de hierro y capaz de embaucarla para que estuviera toda la noche hablando. Sonrió por ello. Sabía que su amiga había notado su desamparo y se había dispuesto a que aquella noche se lo pasara muy bien.
-¡Heka, preciosa, baila conmigo!- Le gritó un chico por encima de la música y se acercó a ella como un verdadero galán, atrayéndola hacia sí. Heka rió encantada. Víctor era un amigo de clase, muy bromista y encantador que siempre disfrutaba con la alegría de los demás.- ¡Me estoy enamorando de ti y de tus maravillosos ojos!- añadió, mientras le daba la vuelta. Heka volvió a reír. Sabía que era imposible que Víctor se enamorara de ella ni de ninguna otra mujer de la fiesta, puesto que era homosexual.
-¡En seguida vuelvo, Hermione!
Hermione sonrió tímidamente y retrocedió un paso sin darse la vuelta, para dejarle espacio a su amiga y entonces chocó con alguien.
-¡Oh, disculpa!
-No pidas perdón princesa y aprovecha las casualidades para bailar conmigo.- Era Jackson, luciendo su dentadura Profident. Instintivamente, Hermione buscó a Ron con la mirada, pero lo vio en la pista, muy acaramelado de una chica rubia. No sintió celos, sino decepción, pero recordó que ella misma le había pedido que se alejara de ella. Jackson continuaba parado enfrente suyo.
-Márchate, Mark.
-Lo haré si bailas conmigo.- Hermione estaba a punto de negarse.- Por favor, sólo una vez.- pese a la arrogancia que continuaba marcando sus facciones, Jackson había sido sincero al expresarse y con resignación, Hermione se vio arrastrada a la pista. Sintió un escalofrío de miedo cuando el muchacho le colocó la mano en la cintura y se aproximó un poco más a ella, pero no comentó nada y luchando por superar esa pequeña prueba, apretó los labios y se dejó llevar por la música.- ¿A qué soy un buen bailarín? Deberías sopesar la opción de estar conmigo, princesa. Yo soy mucho mejor que el telele de tu amigo.- y antes de que ella pudiera darle una respuesta, Jackson acercó el rostro y la beso en los labios. Bruscamente y lanzada por una renovada furia de no se sabe donde, la chica se separó, se soltó del abrazo y le propinó un tremendo guantazo.
-Escúchame bien, imbécil engominado.- quizás, ante la prueba superada, Hermione había adquirido fuerza o quizás eran las palabras de Jackson que habían catalogado a Ron como el mayor de los inútiles, pero había logrado recuperar el temple característico que había perdido mucho tiempo atrás. Jackson, con la mano sobre la rojez que le había salido en la mejilla, la observaba perplejo.- Yo no soy ninguno de tus juguetes que puedes tomar a tu antojo¿te enteras? Y para que lo sepas, hasta un mono de feria es mejor partido que tú.- y con todo el orgullo del mundo, se dio la vuelta y con la melena al viento, cruzó toda la pista de baile alejándose de allí. Jackson, recuperado del shock y tratando de reaccionar ante las risas de todos los que habían presenciado la escena, trató de perseguir a Hermione, pero una mano lo retuvo por la muñeca.
-Me estás cansando, Mark.- expresó Heka con frialdad. Le sujetaba tan fuerte la muñeca que Jackson se había daño.- Una de dos, o dejas de una buena vez en paz a Hermione, o te pierdes, pero no quiero volver a verte rondando ni uno solo de sus pasos¿está claro? Porque de la maldición que te envíe vas a necesitas un tractor para quitarte las costras. ¡Y ahora largo!- Heka lo soltó de un empujón con tan mala suerte que Jackson se estrelló en una de las mesas y del golpe, la jarra de ponche de volcó sobre su cabeza, produciendo un nuevo estallido de risas.
-¡Me las pagarás, Odria!- gruñó el chico, tratando de limpiarse el líquido pringoso y corriendo entre la multitud, seguido de Estrella y Alice, que lo habían presenciado todo.
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Harry había visto la escena todavía sentado en el banco y no había podido aguantarse la risa. Había estado a la expectativa por si tenía que intervenir, pero al parecer, las mujeres en aquellos casos solucionaban mejor las cosas que los hombres. Ron estaba tan borracho que continuaba bailando con la chica rubia sin haberse percatado de nada y Harry lo agradeció. En el estado en el que se encontraba su amigo, podía haber sido capaz de lanzarle una maldición a Jackson y se hubiera formado la de dios.
Suspirando tranquilo, observó a Ginny, que no se había despegado de Troy en toda la noche. Sintió todavía muchos más celos cuando la vio abrazarlo por el cuello y reír entretenida, mientras sonaba una melodía mucho más lenta, típica de parejas. Y si él no estaba en un error, Ginny y Troy no eran pareja. Imitando a Ron en su enfermiza capacidad para eludir los problemas, le cogió de la bandeja a un elfo doméstico una copa de un líquido blanco que debía ser al menos Ginebra, por el mal sabor de boca que se le quedaba. Pero no le importaba. Agradecía en aquel momento aquel fuego que le desgarraba la garganta y el estómago por dentro.
Mientras dejaba el vaso en el suelo, sintió la presencia de dos sombras muy próximas a él. Eran Anya y Orión. Sabía que habían llegado hace mucho rato a la fiesta, pero se habían mantenido en las sombras y Harry comprendía que habían tenido mucha prudencia. Él había insistido a Anya a que vinieran porque aquella era una fiesta de clase y era una buena oportunidad para disfrutar todos juntos, pero sabía que a Heka no le había hecho ni pizca de gracia. Si su mejor amiga se hubiera cruzado con ellos, probablemente, habría soltado algún comentario mordaz. Pero por petición de Harry había tratado de contenerse, puesto que sabía que aquellos arcángeles eran muy importantes para la guerra. Levantándose después de mucho rato sentado y sintiendo un leve mareo a causa del alcohol, se aproximó hacia ellos.
Anya iba poco y mal arreglada. Llevaba unos vaqueros algo desgastados y una camiseta que pese a ser simple, le quedaba muy bien. Se había puesto unos zapatos de vestir y había hecho un vago intento por maquillarse, que había acabado en fracaso. La barra de labios era más notoria por la parte de abajo que por la de arriba y las mejillas estaban pintadas con diferentes tonalidades del mismo color. Se había dejado el pelo largo y brillante suelto, pero la ralla del medio estaba llena de numerosas curvas. No obstante, estaba guapa.
Orión no había abandonado el tono oscuro ni siquiera para la fiesta. Aunque, siendo la noche que era, le pegaba bastante. Iba con unos pantalones negros y una camisa de cuero oscura, botas también azabaches y una capa del mismo color. Llevaba el pelo mojado y suelto y la melena caída sobre los hombros le daba un aspecto varonil y hombruno que no había pasado inadvertido para las chicas, que lo miraban curiosamente y soltaban pequeñas risitas. No obstante, ni a Anya ni a él parecían importarles lo más mínimo, como si aquellas cosas estuvieran muy lejos de sus pensamientos.
-¡Anya!- la llamó Harry yendo hacia la chica y tomándole las manos cariñosamente.- ¡Estás muy guapa¡Vamos, ven!- la arrastró bajo sus leves protestas sin percibir el tono rojo que habían adquirido sus mejillas. Probablemente, Anya no había escuchado a mucha gente diciéndole que estaba guapa. Chasqueando la lengua con fastidio, Orión los siguió hasta la mesa y se apoyó en el borde, con los brazos cruzados, sin perder de vista a su "hermana". Harry lo ignoró por completo. Sabía que Anya habría tenido que hacer un gran esfuerzo para convencerle de acudir. Curiosamente, se había salido con la suya.- ¿Quieres comer algo?- la chica miró aprensivamente la gran cantidad de comida que rellenaba la mesa. Ella y Orión tenían graves problemas para conseguir alimento desde que habían llegado a Londres. Sabía que el chico había robado en algún supermercado muggle, pero como cuando traía las bolsas repletas hasta los topes tenía tanta hambre, devoraba la comida casi con avidez y se limitaba a observar a su alrededor con melancolía, sabiendo que vivían como simples vagabundos y que ya no tenían a donde regresar. Pese a las dificultades de la guerra, su padre siempre había arriesgado su vida para que no les faltara de nada y aunque Anya había crecido con desarreglos menstruales a causa de la poca variedad de manjares, nunca había estado en una situación tan desesperada de hambre como las que habían vivido algunas veces en Inglaterra. Notando como las tripas le rugían ligeramente, tomó un sándwich de mortadela y se lo llevó a la boca con educación.- ¿No quieres nada, Orión?- añadió Harry mirando al chico, que llevaba los brazos cruzados y los ojos cerrados.
-No me tutees como si fuésemos amigos del alma, Potter.- replicó Orión sin variar de posición.
-Como quieras, Black.- resaltó Harry de inmediato, dejando la bandeja que había cogido para ofrecer a Orión, en la mesa.- Sólo trataba de ser amable. Podrías dejar de lado tu expresión sombría al menos esta noche. No me apetece que nadie me amargue Halloween más de lo que la fecha lo hace ya de por sí.
-Es tu problema, Potter.- siseó Orión con un tono de voz peligroso y abrió los ojos. Harry sintió de nuevo esa oleada de poder en ellos.- Por lo que a mí respecta el 31 de Octubre no me inspira ningún tipo de sentimiento. Pero entiendo que la muerte de tus padres sea algo que a ti te lleve a comer canapés de atún y bailar música comercial...- Harry dio un paso al frente, pero Anya lo retuvo por la camisa.
-¿Insinúas que me importa una mierda la muerte de mis padres?- Orión se descruzó de brazos y sonrió malévolamente.
-Todo lo has dicho tú. Desde luego, yo no estaría en el aniversario de la muerte de mis padres tirando cohetes y bebiendo whisky de Fuego. Pero claro...¿qué se puede esperar del gran y famoso Salvador? Me das asco.
-¡Basta, Orión!- gritó Anya, comenzando a enfadarse. Apenas podía sostener a Harry, que temblaba a convulsiones y parecía dispuesto a usar las manos, olvidándose por un momento que era un mago y un arcángel. Las palabras de Orión se clavaban en su interior como puñales candentes y le reabrían el agujero del dolor y la nostalgia que tan costosamente había cerrado. Pensó en James y lo orgulloso que había estado de él en la sala entre los dos mundos y se sintió estúpido de ir vestido de esa manera y llevar en sus manos aquel vaso de Whisky que había nombrado Orión. No obstante, Anya salió en su defensa.- ¡No tienes que pagar tu dolor con él¿Es qué te has vuelto loco?
-Cállate.- le ordenó el chico hablando en voz baja, pero con un odio intenso magnificándose en sus ojos. Su gris característico comenzaba a mutar a una tonalidad mucho más oscura, pero lo mismo le estaba ocurriendo a Harry.
-¡No la trates así¡Ella no te ha hecho nada, Black!- era curioso estar repitiendo el apellido de Sirius con tanto odio. Aquel apellido que en un pasado había significado tanto para él y ahora el caprichoso destino había querido devolverlo a una persona que le inspiraba totalmente lo contrario a su padrino.- ¿Sabes¡Estoy harto de ser amable y tratar de acercarme a ti¡Me largo!- Orión lo vio alejarse, echando humos y sintió que algo dentro de él se le escapaba. Él, que habría querido que Harry se encontrara enfrente suyo para golpearle, para pagar su frustración y su ira con él y ahora sólo estaba frente a la expresión de desolación de Anya.
-Dale una oportunidad, Orión.- dijo suavemente.- Lo está intentando, lo está intentando de veras y no te conoce...- Orión le dio la espalda bruscamente.- Y te lo estás perdiendo...un día te levantarás por la mañana y descubrirás que el sol ya no alumbra, que ya no puedes escuchar a los thestrals gruñir desde la cabaña de Hagrid...descubrirás que estás solo...y en esta ocasión, en esta ocasión, Orión, no habrá vuelta atrás...- Anya se alejó de allí y se coló entre la multitud que seguía bailando en la pista. Era una noche larga. Un elfo doméstico pasó por allí con una bandeja y Orión le arrebató la última copa de Whisky de Fuego que quedaba. Enloquecido de dolor, desquiciado y soltando una carcajada fría, se la bebió de un trago. Era irónico que le acabase de decir a Harry que él jamás estaría bebiendo el día del aniversario de la muerte de sus padres cuando esa noche de Halloween, hacía exactamente veinte años que su padre había dejado de estar en el mundo de los vivos.
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Harry se acercó a otra de las mesas y tomó un mini bocadillo de jamón dulce y un puñado de patatas fritas. Su cabeza comenzaba a dibujar lucecitas si no entornaba los ojos fijamente. Unas manos le agarraron por la cintura y le colocaron un sombrero en la cabeza, con un hilo que le rodeaba la barbilla.
-¿Qué haces tan solo, vaquero?- Harry se dio la vuelta y notó que el estómago se le contraía inconscientemente. Sin que pareciera demasiado evidente, Heka le retiró la mano de la cintura lentamente.- Deberías estar firmando autógrafos y no agrandando tu intestino.- Harry rió por la ocurrencia de su amiga y dejó el bocadillo en la mesa, se metió las patatas de golpe en la boca y limpiándose las manos con una servilleta, tomó a la chica por los hombros dirigiéndose hacia la pista de baile. Sonaba "Always", la mejor balada de Bon Jovi.
-Tienes razón. Debería estar aprovechando el tiempo en vez de llenarme el buche. Así que, señorita, prepárese para bailar conmigo.- Se notaba que más de la mitad de la gente había dejado vacía la pista, puesto que sólo las parejas se atrevían a bailar aquella melodía realizada expresamente para ellas. Harry se colocó en el centro y Heka recostó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos. Quizás era descarado por su parte, pero no pudo evitar pensar en que había sido de esa misma forma como había empezado a hacer el amor con Ginny y desde ese instante, se había creado un vínculo con la música, con una canción en particular. No obstante, el estilo de Sergio Dalma variaba tanto al de Bon Jovi como Ginny variaba de Heka. Dejándose llevar por esos versos, que juraban amor eterno, Harry se atrevió a colocar una mano en la cintura de Heka, mientras que con la otra sujetaba su mano, apretándola fuertemente de vez en cuando, cuando alguna frase como "Lo que daría por pasar mis dedos por tu pelo" le hacían sentir emociones contradictorias.
-Es una canción preciosa...- murmuró Heka.
-Mmm.- asintió Harry y no pudo evitar repetir una estrofa que se le había quedado clavada en la mente.- "Ha estado lloviendo desde que me dejaste. Ahora, me estoy ahogando en la corriente. Sabes, siempre he sido un luchador, pero sin ti me rindo. Ahora no puedo cantar una canción de amor de la forma que debe ser. Bien, supongo que ya no soy tan bueno, pero nena...así soy yo."- Heka levantó la cabeza de su hombro y sonrió con melancolía. Su rostro y el de Harry estaban a escasos centímetros el uno del otro. Él la miró y ella se fue aproximando poco a poco...y Harry pensó que lo iba a besar y sin embargo, no hizo ademán de apartarse. No obstante, en última estancia, Heka apartó la cara y le dio un suave beso muy cerca de la comisura de sus labios. Harry sintió una sensación electrizante recorriendo todo su cuerpo. La proximidad de Heka había sido tanta que sus cuerpos habían permanecido pegados durante unos instantes. Heka volvió a recostar su cabeza sobre su hombro y cerró los ojos una vez más.
-Harry.
-Dime.
-¿Siempre estarás conmigo, verdad?- Harry la estrechó entre sus brazos. ¿Cómo podía hacer una promesa que no sabía si iba a poder cumplir? Sin embargo, para el bien de Heka, para lo que ella había sufrido, sólo había una respuesta posible.
-Siempre.- después de eso, continuaron bailando sin más altercados.
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Ginny había estado bailando con Troy gran parte de la noche. Se sentía segura con su mejor amigo y estaba de nuevo esa sensación que sentía y que la arrimaba a Harry. Troy, de alguna manera, se parecía mucho a él. Se asemejaba al Harry del que ella se había enamorado, el Harry dulce y cariñoso que la había tratado como a una princesa en los últimos cinco años, nada que ver con el que había estado bailando con Heka hacía sólo unos instantes. Con gesto cansado, se acercó hacia una de las mesas y se sirvió un vaso de ponche. Estaba tan enfada con Heka y con Harry que agitó el vaso donde bebía con demasiada fiereza y el líquido fue a parar nada más y nada menos a...
-¡Orión¡Oh, dios, perdona!- la camisa negra e inmaculada del chico había adquirido una mancha que le empapaba todo el pecho. Afortunadamente, la tonalidad oscura lo disimulaba bastante. Ginny dejó lo que le quedaba del vaso en la mesa y cogió la tela de la cAmisa , frotándola con las manos y limpiándola con una servilleta. Orión la observaba en silencio, sumido en su espectral expresión de frialdad.
-No tiene importancia.- soltó con indiferencia y se apartó bruscamente del contacto con Ginny, desabrochándose algún botón de la camisa para limpiarse el pecho con la servilleta. Ginny descubrió más de una cicatriz en la piel, tal y como la que el chico poseía en el dorso de la cara.
-¿Cómo te has hecho esto?- sin darse cuenta y olvidando por un momento que el chico se había alejado de ella como un alma del demonio, le palpó la carne cicatrizada, con delicadeza. Orión cerró los ojos y volvió a retroceder, observándola con dureza.
-No es asunto tuyo, Weasley.- pero sus manos se desplazaban nerviosas tratando de abrochar los botones y entre aquel desconcierto, se le resbaló algo del bolsillo de la camisa. Ginny se agachó a recogerlo. Era una funda de terciopelo de aspecto muy viejo. Orión se había quedado paralizado, sin embargo, cuando la chica la abrió, no hizo el menor movimiento para detenerla. Un plástico amarillento mostraba las figuras de una mujer y un hombre cargando con un pequeño bulto. Una quemadura en el propio plástico dificultaba el identificar los rostros de aquellas personas. Ginny iba a fijarse con detenimiento en ellas cuando sintió el tirón de unas manos que le arrebataron la funda casi de cuajo. La chica observó la expresión jadeante de Orión y sus ojos centellando de furia. Lo único que había alcanzado a distinguir era que la mujer tenía una larga melena.
-¿Son tus padres?- preguntó Ginny sin importarle que Orión pareciese a punto de estallar y perder la paciencia que, ilógicamente, había tenido con ella.
-No deberías haber visto eso.- refunfuñó el muchacho. Con el rostro semblante a un témpano de hielo, volvió a poner la funda a buen recaudo, en el bolsillo de su camisa.
-Como quieras.- Ginny levantó un brazo con indiferencia y se acercó a la mesa a llenarse un nuevo vaso de ponche.- No te lo preguntaré dos veces. Buenas noches, Black.- y se alejó paseando. Sin embargo, cuando no había dado más que una docena de pasos giró el rostro para mirar. Había sentido una sensación extraña en la manera de comportarse de Orión, como si ella hubiera visto mucho más de lo que podían alcanzar a ver los demás. Lo vio allí parado, de pie, con la camisa aún desabrochada. Había vuelto a extraer la funda del bolsillo y observaba casi embrujado aquellas caras que ella apenas había podido distinguir. No sabía si estaba muy segura o no, pero le parecía haber visto una pizca de humanidad entre aquella expresión gélida. No obstante, cuando parpadeó y volvió a observar con interés, Orión ya se alejaba por el jardín y su impenetrable mirada taladraba a cada uno de los presentes de la fiesta.
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Anya observaba la escena desde un rincón del jardín, abrigándose con una chaqueta que le había dejado Hermione. Cerró los ojos un instante y sintió la presencia de Harry a sus espaldas.
-Está sufriendo mucho, Harry. Por favor, te pido que no se lo tengas en cuenta.- Harry se pasó una mano por su rostro cansado y tomó a la chica de la mano, llevándosela a la pista de baile. Allí, no llamarían tanto la atención y por alguna razón, estaba seguro que Anya nunca había bailado en ninguna fiesta. La chica se sorprendió muchísimo cuando Harry la llevó hasta el centro, pero nada dijo cuando él le colocó las manos en la cintura.
-Lo sabría si me lo contaras.
-Hay cosas que no te puedo contar.- Anya se vio sorprendida cuando Harry le dio una vuelta y tuvo que hacer un gran esfuerzo por permanecer recta y no pisarle.
-Está bien.- aceptó Harry con un suspiro.- Pero entonces no me pidas milagros.- Anya se recostó en su hombro, tal y como había hecho Heka y Harry no se lo impidió. Por algún motivo, pese a que Anya parecía mucho más fría y poderosa que él, se sentía como un hermano mayor protector y la acurrucó entre sus brazos. Pasados unos instantes, la chica debió recordar lo distante que era y se apartó ligeramente de Harry, mirándole a los ojos fijamente.
-¿Qué miras con tanta atención?- rió el muchacho.- ¿Me he peinado mal?
-No, no es eso.- la expresión de Anya no mostraba ninguna alegría.- Es sólo que te pareces mucho al antiguo Orión...él era así como tú.
-Any.- Harry le colocó una mano en la barbilla y Anya sintió que se derrumbaba. Él la había llamado "Any", la había llamado de una manera que no había escuchado en mucho tiempo, que significaba algo muy especial en su vida. Su padre siempre la llamaba así...- Si Orión te hace daño...mira, no sé como pero te he tomado mucho aprecio en este tiempo y no voy a permitir que te trate mal¿de acuerdo?
-Harry.- Anya se separó de él y le pasó una mano por el brazo, acariciándoselo suavemente.- Orión nunca me trataría mal. Créeme, junto a su lado...estoy más segura que en el mejor escondrijo del mundo.- Anya se separó al finalizar la canción y se marchó a hablar con Hermione y con Ginny, que habían ido a reunirse con Troy. Heka tomó su relevo y desde un rincón en la oscuridad del jardín, apretando los puños de rabia y todavía con la funda de terciopelo en la mano, Orión apretó los dientes. Había estado muy cerca...sin embargo, todavía le quedaba margen de error. Él continuaba teniendo el control de todo, o de casi todo, pensó al observar como Harry parecía muy feliz en medio de la pista. Entornó los ojos. Muy pronto...tendría que intervenir.
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Áyax entornó los ojos en la tintineante oscuridad. La única fuente de claridad era producida por la luz que emanaban unas antorchas de fuego azulado, ancladas a una hendidura circular que atravesaba la cámara de un extremo a otro. Clavó la mirada en una plataforma vertical donde reposaba el cuerpo de un niño envuelto en un halo de energía maligna. No pareció verle.
Era un niño pequeño, de unos seis años de edad, con el cabello azabache acariciándole los hombros, algo más largo de lo habitual. Sus ojos, antaño azulados, iban tiñéndose de una tonalidad oscura, mientras aquella aura lo envolvía, dibujando frente a él imágenes aleatorias. Parecía ensimismado, allí de pie en la plataforma, observando aquellos pedazos que simulaban ser recuerdos.
Al otro extremo de la habitación, con una sonrisa complacida, se hallaba Ian. Sostenía entre sus dedos una copa de cristal con un líquido rosado y lo balanceaba ligeramente, mientras observaba atentamente la plataforma donde estaba el niño. El trono en el que estaba sentado, de carácter antiguo, no pegaba con la decoración de la cámara.
-Ian.- dijo Malfoy para captar su atención. Se movió un par de pasos hacia él, pero se detuvo alejado del mago tenebroso, todavía observando el extraño espectáculo.- ¿Es el crío?
-Lo es.- respondió Lewis simplemente. Volvió a balancear la copa de cristal y el contenido amenazó con derramarse, pero no lo hizo.
-¿No crees que es una temeridad habértelo llevado por las buenas? Su madre debe estar buscándolo.- a Ian pareció resultarle muy divertida aquella apreciación porque sonrió imperceptiblemente.
-La pobre Christine cree que permanece durmiendo en su cama, como yo me encargado que parezca...no notará su ausencia.
-¿Y porqué lo devuelves a la casa¿No sería más sensato que te lo quedaras?- gruñó Malfoy con desdén. No entendía porqué debían estar pendientes de aquel niño. Habían logrado reunir un ejército numeroso, criaturas que jamás se unieron a Lord Voldemort y no concebía en su cabeza la necesidad de entrenar y corroer a Alan, cuando podían lanzar un ataque masivo el todo por el todo y apoderarse de una buena vez del Ministerio de Magia y recuperar su rango en la sociedad...La muerte de los cardenales había debilitado a Potter, no lo suficiente, pero estaba seguro que podrían deshacerse de él y de los demás arcángeles si Ian se uniese a la causa con mucho más fervor. Pero estaba obsesionado con aquel niño.
-No está preparado.- respondió Ian sin inmutarse, pese a que había percibido el tono irritado de su vasallo.- Necesito un poco más de tiempo.
-Me estoy impacientando.- declaró Malfoy fríamente y se atrevió a dar un paso al frente.- ¡Quiero la cabeza de Potter y la quiero ahora!- si hubiese tenido algo que patear, aparte de la plataforma, probablemente lo habría hecho. La paciencia de Malfoy estaba a flor de piel desde que había vuelto a reencontrarse con Ian.
-Áyax...- siseó Lewis con una sonrisa burlona cruzándole las facciones dulces de Dani, un contraste que rompía la naturaleza de las mismas.- Pierdes muy rápido la fe...paciencia, amigo mío, pronto...muy pronto...- Malfoy se dio la vuelta ondeando su capa y enseñó los dientes con disgusto, pero la mirada de Ian había regresado a la plataforma.
-¿Qué es ese halo que parece rodear al chico?
-Mi poder hipnótico.- explicó Lewis sin un ápice de emoción en el rostro. Aunque parecía muy orgulloso.- He creado una barrera alrededor de Alan que logra manipularlo e introducir la maldad que precisamos en su corazón.
-¿Y cómo es que posees esos poderes? Que yo sepa en tu viaje...
-No,- reconoció Ian.- en mi viaje no...esta capacidad la adquirí de otra persona...- como Malfoy parecía no comprender, soltó una risita burlona y añadió:-...de un arcángel al que asesiné hace muchos años. Realicé una poción con su sangre y pude apoderarme...en parte, de su mayor habilidad. La hipnosis...- a Malfoy todo aquello le parecía una tontería y no estaba interesado en continuar escuchando. No obstante, Lewis parecía muy absorto en sus palabras y tan concentrado que pensó que no era buena idea interrumpirle.
-¿Y quién era ese arcángel?- Ian dejó de mirar la plataforma durante un instante y ladeó la cabeza casi con demencia, mientras sus labios curvaban una sonrisa perturbadora.
-Su nombre era Yandrak. Y era...mi guardián.
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Harry estaba cautivado. Hacía mucho tiempo que no contemplaba algo tan simple como la inocencia de un niño y eso era lo que asemejaba el rostro de Anya. Estaban tumbados sobre el césped, bajo la sombra de un árbol cercano al lago. Hermione había vuelto a visitarlos y mostraba un aspecto mucho más demacrado que la última vez que la habían visto, durante la fiesta de Halloween. Había traído consigo a Crookshanks y Anya lo sostenía en brazos, mientras lo acariciaba casi con ternura y le rascaba detrás de las orejas. No obstante, Harry habría asegurado que no había ni una gota de ternura en la frialdad que marcaba las facciones de su nueva amiga. Los demás observaban la escena con desinterés.
-¿Dónde está Ron?- quiso saber Hermione. Estaba de pie, apoyada en el tronco del árbol y había realizado la pregunta en un tono que quería sonar casual. Todos se observaron un poco inquietos. Como nadie parecía querer dar una respuesta, fue Heka la única con suficiente valor como para romper el molesto silencio. Quizás era que la presencia de Anya la descolocaba, pero resultó decirlo con algo de brusquedad.
-Está con Bea. La chica que va a la clase de Ginny.- Ginny le lanzó una hosca mirada, pero Heka no se amilanó. Le resultaba totalmente indiferente que la aversión que Ginny parecía ejercer sobre ella se hubiese manifestado mucho más en los últimos días.
-Ah.- dijo Hermione simplemente y dirigió la mirada hacia el lago. Las hojas caídas de los árboles, representantes del otoño, bailaban sobre la superficie a modo de hondas.- Entonces...¿no se ha despedido de ti, Neville?
-Lo hará mañana en el aeropuerto.- respondió el aludido. Neville había decidido marcharse con Luna, bajo los consejos de Harry y Ron. Aquella noche, impulsado por la música y las efectos del alcohol, había logrado expresar lo que sentía y Luna lo había recibido con los brazos abiertos. Ella era una persona muy sincera, casi tanto que resultaba chocante y Neville siempre había tenido claro que sentía algo por él. Por eso se marchaban a África juntos. Por eso se alejaban de allí y de sus recuerdos...
-Todavía me parece mentira.- suspiró Ginny, recompuesta de su repentino odio hacia Heka.- Creía que te graduarías con Harry, Ron y Troy...que luego buscaríais trabajo juntos...no sé, no pensé jamás que te marchases con Luna. Aunque me alegro un montón, de verdad.
-No hay motivo para desaprovechar esta oportunidad. Además...- enrojeció levemente.- Luna me gusta...me gusta mucho...- Heka desvió la mirada hacia al lago, tal y como había hecho la de Hermione instantes atrás. Harry se dio cuenta con cierta nostalgia que a Neville le habría sonado cursi el decir "la quiero", pero no comentó nada. Para él, aquellas palabras significaban muchísimo. Las había expresado durante los últimos cinco años casi a diario, porque la guerra le había hecho comprender las pocas oportunidades que podían quedarle para decirlas. Cuando había dicho "te quiero" a Ginny, lo había hecho a sabiendas de que una parte de él continuaba en conflicto, en enfermedad...y deseando que todos sus sentimientos llegaran hasta ella. Y sin embargo, en aquellos momentos, estaba muy lejos de volver a repetirlas.
-Yo creo que haces bien...- comentó Troy distraído. Observaba a una figura entre los matorrales.- Oye, Anya¿por qué no le dices a Orión que se acerque? Me da escalofríos sentir como se agazapa y nos vigila...
-No vendrá a no ser que tenga algo que decir.- Crookshanks comenzaba a cansarse de estar en brazos y Anya lo soltó y dejó que se acurrucara en las piernas de Hermione. No era muy amistoso, como buen felino y no eran muchas las ocasiones que dejaba que lo apretujasen.
-Es un poco extraño...- comentó Neville inconscientemente y se estremeció.- Siempre tan solo...vestido con ropas oscuras...
-Por mí como si va de amarillo fluorescente.- los dientes de Heka rechinaron.- Pero mejor que no se acerque aquí...- dirigió a Anya una mirada sombría y añadió:- Con un Black ya tenemos más que suficiente...- todos estaban tan absortos mirando en dirección a Orión que no se percataron de que esas palabras pudieran haber ofendido a Anya. Pero la chica no lo parecía en absoluto, más bien, estaba sorprendida.
-¿Qué queréis decir con extraño?- preguntó, olvidando la aportación de Heka.- Orión es muy normal...
-¡Oh, sí, tremendamente normal!- exclamó Heka con sarcasmo. Harry le dirigió una mirada de advertencia, pero su amiga estaba lanzada.- ¿A ti te parece normal que nunca hable con nadie, que su moda parezca más bien la de Drácula y que cada vez que alguien trata de ser amable se tope con su indiscutible educación?- Anya se sonrojó levemente. No pudo evitar observar lo conjuntada que iba Heka y ver sus ropas, tan oscuras como las de Orión.
-No lo entendéis...- murmuró todavía cohibida. Era extraño, que fuese capaz de intimidar al más peligroso de sus enemigos, incluido a Él...y que se sintiera tan poca cosa al lado de la seguridad de Heka.- Orión carga sobre sus hombros obligaciones que no podríais ni imaginar...- se sintió estúpida por lo que iba a decir, pero aún así, sabiendo que muy probablemente a ellos les diese igual, añadió:- No tuvo a nadie que le enseñara como atarse un zapato...o como combinar un jersey. Estaba solo...no es justo que lo juzguéis por...
-Mira niñata.- Heka se colocó en pie casi enfurecida.- Tu querido amigo no ha sido el único que se crió solo¿entiendes?- había estallado la llamarada de furia que ardía en su interior.- Muchos de nosotros hemos tenido que aprender a guardarnos la espalda...
-A mí me cae bien.- comentó una voz suave. Sorprendidas, Anya y Heka se giraron hacia Ginny. Había hablado mientras observaba al chico deslizándose como una sombra entre las ramas de los árboles. Sonrió casi imperceptiblemente.- Creo que no es tan malo como queréis ver...- para su propia sorpresa, Anya se vio sonriendo. Ginny se levantó súbitamente de la hierva y caminó despacio, con la falda cubierta de pequeñas ramitas, hacia donde se ocultaba el muchacho. Harry, casi sin pensar en ello, se puso en tensión. Ginny le susurró algo al chico y éste, con el rostro inescrutable, se acercó un poco a ellos. Crookshanks abrió los ojos y se levantó. Se desperezó y alzando las orejas, se alejó de los pies de Hermione y fue a parar a los de Orión. Se deslizó entre sus piernas, ronroneando e ilógicamente, Orión se agachó y lo tomó en brazos. A Harry le pareció ver la misma inocencia que había percibido minutos atrás en Anya, mientras Orión acariciaba el pelaje suave del gato patizambo. No obstante, la expresión del muchacho podía compararse con un témpano de hielo. Y por encima de los murmullos de los demás, por encima de las palabras de crítica de Heka y por encima incluso de la inexpresividad del muchacho, había encontrado un aliado. Porque, inexplicablemente, a Crookshanks sí que le gustaba Orión.´
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Orión se dejó caer sobre la cama rota de la pequeña cabaña. Lanzó una mirada furibunda por encima de los mechones de pelo que le caían desordenadamente por la frente, empapada de sudor. Una nueva pesadilla. Sin despertar a Anya, que todavía dormía plácidamente en la misma cama, se levantó y descalzo como iba, abrió la puerta de madera. Ésta chirrió levemente, pero después se cerró silenciosamente tras de él. El frío de la noche le golpeó en la cara como un revés, pero el muchacho, inmune a cualquier debilidad humana, lo ignoró. Caminó a tientas, solo guiado por los destellos de la luna y llegó hasta la entrada del bosque prohibido. Se dio cuenta de que jadeaba, cuando dejó que el viento meciese su cabello. El pecho desnudo se le hinchaba una y otra vez, procurando absorber el oxígeno que nublaba la terrible visión. En aquella ocasión, no había sido del pasado...había sido de "su" pasado.
Tiritando, se dejó caer a los pies de un tronco y ocultó el rostro entre las manos.
"Se había perdido entre la multitud que corría despavorida por las concurrentes calles de Córdoba ciudad. Los niños corrían hacia el refugio, guiados de los adultos, pero él estaba solo. No podía aparecerse, porque las barreras que sorteaban la ciudad lo impedían. Tal era el poder de su enemigo...Se sintió paralizado de miedo. La gente que huía se tropezaba con él y le propinaba empujones, pero él no se movía del sitio. No podía hacerlo. Tenía que encontrar a su madre.
-¡ES ÉL¡ES ÉL!- gritaba un hombre. Orión se dio la vuelta bruscamente hacia donde señalaba. Ahí se alzaba él. Era llamado entre sus gentes: el ángel caído y Orión comprendía muy bien porqué. Iba vestido de negro, cargando su espada al hombro. Haiaas...forjada bajo el aliento de una serpiente. Su ejército avanzaba matando a destajo a aquellos que se cruzaban en su camino. La orden era...el exterminio.
-¡Orión!- ordenó una voz a su espalda. El muchacho se dio la vuelta. El rostro impasible de Gerde lo taladró con esa mirada de piedra. Sin embargo, bajo esa gota de inexpresividad, se intuía la inquietud. Gerde era una de los guardianes arcángeles. Guerreros que habían sido llamados de sus refugios para combatir el mal que asolaba a su raza. Orión sabía que Gerde sólo había aceptado unirse a la causa después de que el padre de Anya la convenciera. Ella era una mujer solitaria, que detestaba el contacto con otros humanos o arcángeles y que sólo una persona como el padre de su mejor amiga podría haberla persuadido. Gerde, le había enseñado a blandir a Excaliburt. Era uno de los arcángeles más singulares de su raza. No podía adivinarse la edad que tenía puesto que pese a que su rostro todavía era joven, poseía una larga cabellera plateada, que le endurecía las facciones. Era muy alta y esbelta y se movía rápida como el viento, deslizándose entre sus enemigos con letal efectividad. Orión la admiraba.- Márchate. Corre al refugio.
-Mi madre.- replicó el muchacho, conteniendo el nerviosismo que sentía. Apretó los puños.- Mi madre está allí.- ladeó la cabeza en dirección hacia donde avanzaba el enemigo, hacia donde se hallaba Él...un grupo de resistencia entre los que se encontraba la mujer había acudido a interceptar el avance, pero parecía resultar inútil. Gerde abrió mucho los ojos al toparse con la figura de su enemigo más mortífero. Con un movimiento elegante, extrajo a Durandal de la vaina y comenzó a avanzar. Era mágica su presencia, pues la gente que corría por las calles nunca parecía tropezar con su figura como lo hacían con la de Orión.
-Vete.- ordenó una vez más y Orión la vio correr hacia un grupo de mortífagos. Blandió con tanta maestría a Durandal que de un solo movimiento derrotó a tres de ellos. Sus enemigos le tenían miedo, puesto que era una de las pocas que lograba batirles. Sin embargo, Orión no se marchó. Había una lucha encarnizada entre los aliados y el enemigo, pero acababa de toparse con una imagen que no se le olvidaría en la vida. Estaban cerca, muy cerca suyo. Él avanzaba enarbolando a Haiaas y su madre estaba en el suelo, con la varita lejos de su mano y los ojos taladrando al enemigo, mirando a la cara a la muerte.
Orión desenvainó a Excaliburt y soltó un grito guerrero. Olvidándose de quien era, olvidando su escasa edad de seis años, olvidando a quien se enfrentaba...corrió haciendo girar su espada, como si la vida le fuera en ello. Él alzó la cabeza de su víctima y para su sorpresa sus ojos emitieron un destello de calculador interés. Esperó a que el niño llegara hasta él, pese a que podía haber acabado con la mujer si hubiese querido.
Orión asestó un golpe con toda su alma, pero Haiaas se interpuso entre el filo de Excaliburt con ridícula sencillez.
-Apártate de ella.- rugió, pese a que se había dado cuenta de que su embestida había resultado muy pobre, comparada al poder que emanaba de Él...Su madre trató de incorporarse, de moverse, pero seguía anclada al suelo, prisionera de aquel poder hipnótico de los fríos ojos de su enemigo. El ángel caído vestía de negro, de un negro oscuro como el cielo de la noche. Siempre utilizaba esa tonalidad. Su rostro sombrío mostró lo que se asemejaba a una leve sonrisa, pero era fría como el hielo.
Orión volvió a contraatacar. Dejó rotar la muñeca, manejando a Excaliburt como si fuera una ampliación de su propia extremidad y volvió a impulsarla con la intención de someter a Haiaas. No obstante, Haiaas era una poderosa rival para Excaliburt, puesto que se trataba de una espada legendaria, que blandida por el enemigo, que había aprendido a utilizarla con ridícula facilidad, emitía un destello azulado cada vez que colisionaba con Excaliburt y soltaba unas chispas de hielo.
-Orión...márchate.- suplicó su madre desde el suelo. Orión, de reojo, observó un corte en su mejilla y las múltiples heridas que distorsionaban su precioso cuerpo. Y sintió rabia, mucha rabia. Y más, cuando comprobó que Él dejaba que atacara y atacara, bloqueando sus embestidas con facilidad y burlándose de su dolor y frustración. No decía nada, porque no tenía nada que decir. Era así. Solo hablaba cuando encontraba necesario hacerlo. Los pocos que habían escuchado su voz eran considerados grandes héroes, puesto que habían plantado una buena resistencia para que Él se dignara a dirigirse a ellos.
De pronto, el ángel caído debió cansarse de jugar al gato y al ratón y se movió veloz como un rayo, colocándose a la espalda de Orión. El niño se dio la vuelta sobresaltado, pero los sentimientos de odio y venganza no eran buenos aliados a la hora de enfrentarse a un enemigo como Él y si se quería tener una oportunidad se debía mantener una calma enfermiza. Eso era lo que Gerde había tratado de enseñarle. El ángel blandió a Haiaas con tranquilidad y como si aquello le resultase lo más sencillo del mundo, asentó un golpe secó y limpio y Excaliburt salió volando de las manos de Orión. El niño cayó al suelo de rodillas y su expresión mostró un súbito temor. Él era mucho más alto, mucho más fuerte y mucho mayor. Aquellos ojos relampagueantes le helaban la sangre y comenzó a tiritar. Se sintió ridículo temblando frente al enemigo, frente al asesino de su padre...pero pronto adivinó que no se debía al miedo. Se llevó una mano al costado y la sangre empapó su piel. No era una herida muy profunda, sin embargo, había adoptado de inmediato una tonalidad amoratada y los bordes del corte parecían cubiertos de escarcha, a pesar de que era primavera. Sintió que la sangre se le congelaba bajo aquella herida y los párpados le pesaban. Los labios le temblaban incontrolablemente. Y supo que era consecuencia del filo de Haiaas. Haiaas era la espada del hielo...tan fría como los sentimientos de su enemigo.
No obstante, Él se alejó caminando por la calle, ignorando el hecho de que lo tenía a su merced, en perfectas condiciones para matarlo. Pensó por un momento que el remordimiento de estar atacando a un niño había hecho mella en aquella expresión tan gélida, pero pronto comprobó con horror, que se había equivocado.
El ángel caído estaba frente a su madre. La mujer continuaba paralizada bajo el embrujo de aquellos increíbles poderes hipnóticos. La observó a los ojos y se arrodilló junto a ella, que se estremeció inconscientemente. Cuando Orión vio que Él la cogía por la barbilla y la analizaba como si fuera un simple maniquí, quiso ponerse en pie y salvarla, deseó con todas sus fuerzas ayudarla...pero no podía moverse. Seguía tiritando y un hilo de sangre empapaba su túnica. Se arrastró entre la tierra para alcanzar a Excaliburt, pero a medio camino se quedó caído en el suelo, jadeando y luchando por soportar el terrible dolor que lo asolaba. Si no moría desangrado, lo haría de hipotermia, a menos que alguien acudiera en su ayuda. Pensó en Anya y deseó que estuviera a salvo.
-No tienes miedo...¿verdad?- habló el ángel caído, todavía con la mano puesta en la barbilla de la mujer, que lo observó desafiante.- Me gustan tus ojos...me gusta esa mirada...será muy divertido...-comentó más para sí mismo. Poseía una voz electrizante, acariciadora. Era cálida y gélida al mismo tiempo. Suave y sin un atisbo de emoción, como carente de vida, de...humanidad. Orión se encogió sobre sí mismo en el suelo, herido, adolorido y temblando de frío observó como Haiaas se elevaba en las manos de su enemigo, que disfrutaba con el espectáculo. Su madre le observó y le sonrió tímidamente, antes de volver a colocar la mirada desafiante en Él. Orión logró darse la vuelta e incorporarse un poco. Estaba a punto de presenciarlo todo...
-Mátame a mí.- dijo la mujer con seguridad y volvió a mirar de reojo hacia su hijo.- Pero no le hagas daño a él. Es sólo un niño, no puede hacerte daño.
-¿Ese es tu deseo?- ella volvió a sonreír casi con melancolía.
-Ese es.- el ángel caído no hizo ningún signo de haber aceptado la oferta. Empuñó mejor a Haiaas y la espada brilló con una intensa luz azulada.
-¡NOOO!- gritó Orión. Pero era demasiado tarde. Haiaas acarició el aire como si lo meciera y súbitamente, cambió de dirección en un movimiento rápido y preciso. Orión comprendió, aunque con asco, que Él había sido muy generoso. Podía haberle cortado la cabeza a su madre y haber dejado que viera aquel escabroso espectáculo, pero para que ella no sufriera más de lo necesario y él tuviera un cuerpo en el que llorar, había incrustado a Haiaas en el corazón de la mujer, en un golpe tan seco y rápido, que apenas hubo dolor. El ángel no mataba a placer. Mataba porque se lo habían ordenado, porque debía acabar con la estirpe de los arcángeles y por su propio odio acumulado. No obstante, nunca hacía sufrir a sus víctimas más de lo debido y trataba a sus enemigos con respeto e indiferencia, sentimientos que se cruzaban en el aire. Se movía silencioso entre la espesura, como una sombra confundida en la noche, era listo, rápido, hábil y poderoso y todas aquellas habilidades lo convertían en un perfecto asesino. Y eso era lo que era.
Orión se arrastró hacia su madre con un esfuerzo infrahumano y Él no se lo impidió. Se quedó de pie, observándole con interés y con una sonrisa burlona y Orión supo que había esperado a matarla para que él lo presenciara todo. Una rabia lo inundó apoderándose de cada partícula de su ser. Sintió el fuego de la ira retumbar dentro de sí mismo y casi pudo sentir como la escarcha acumulada en su herida comenzaba a derretirse.
-Sabes que tengo que matarte.- dijo el ángel con toda la naturalidad del mundo. Orión sintió que se desgarraba por dentro. Su madre había cerrado los ojos en última estancia y acarició con las manos frías su rostro suave y apagado, carente de vida. Le electrizaba aquella frialdad, aquella poca humanidad en el interior de aquel ser, que lo observaba por debajo de aquellos mechones que le caían por el rostro y esos ojos centelleantes. Lo observaba sin compasión, sin apiadarse de que un niño de apenas seis años estuviese llorando sobre el cuerpo de su madre. Porque, por primera y última vez, los ojos de Orión estaban anegados en lágrimas.- Pero...tú no deberías morir.
-¿POR QUÉ?- rugió Orión apretando los puños de rabia. Se clavaba las uñas en la carne, pero aquel dolor físico no le importaba. Ya no había nada que le interesara. Aquel ser...aquel monstruo había acabado con todo lo que tenía. Había matado a su padre y después a su madre...y lo último que podía arrebatarle era su propia vida.
-Porque debes aprender.- se limitó a decir Él, encogiéndose de hombros con indiferencia.- Quiero que vivas...quiero que sufras...como yo he sufrido. No me satisfaría acabar ahora contigo...cuando estás indefenso. No...esperaré a que crezcas...a que vivas sufriendo...y entonces te mataré.- Orión sintió que le abandonaban las pocas fuerzas que le quedaban. Casi escuchó la voz de Anya retumbado en sus oídos, pero no quiso creerlo. "He visto algo de humanidad en él". No...aquel ser no podía tener ni un atisbo de sentimientos, no cuando se comportaba de esa manera.- El dolor es bueno...pronto lo aprenderás, Orión.- y para su sorpresa, se dio la media vuelta y guardó a Haiaas en un cinto que llevaba colgado del cinturón de la túnica. Caminando como un simple mortal, como un ser humano corriente, se alejó del camino, en busca de nuevos enemigos para matar. Orión se dejó mecer por el dolor, el cansancio y la impotencia que sentía por dentro. Casi no recordó que pese a todo, el ángel había cumplido la última voluntad de la mujer. Golpeó el suelo con los puños y unas chispas centellaron de sus manos. Se dio la vuelta hacia el cuerpo de su madre y se puso en pie vacilante. Apoyándose en la poca fuerza que le quedaba, la tomó de un brazo inerte y la cargó a la espalda. El pesado cuerpo de la mujer descansó sobre sus hombros y Orión, arrastrándola como pudo por el camino, avanzó silencioso entre las demás víctimas de sus enemigos. La calle principal había quedado casi vacía y la poca gente que quedaba no se fijó en él. El sol se estaba poniendo en el horizonte y pronto la frente del muchacho se cubrió de sudor, sin embargo, la herida que le había producido el filo de Haiaas continuaba totalmente congelada.
Pero llegó un momento que Orión no pudo contrarrestar la terrible pérdida de sangre y de calor corporal y se desplomó al suelo. Irremediablemente, el cuerpo de su madre quedó tendido en la carretera. El chico la observó y los ojos volvieron a humedecérsele. Una sombra le cubrió la visión del puente que debía cruzar para permanecer totalmente a salvo. Era Gerde. Le habían rasgado la túnica y herido en un brazo, pero su larga melena plateada brillaba bajo el ocaso, como si no se hubiese despeinado al pelear. Orión desvió la mirada, no quería que ella lo viera llorar y se había prometido a sí mismo que no volvería a hacerlo. Gerde no mostró ningún atisbo de compasión, pero se agachó hacia el muchacho y lo tomó de un brazo para levantarlo, observando después el cuerpo de la mujer.
-Vamos.
-No.- murmuró Orión soltándose del brazo del arcángel con brusquedad y observándola con los ojos centelleantes, cubiertos de rabia.- No voy a dejarla aquí.
-Tenemos que marcharnos.- insistió Gerde fríamente, pero evitaba claramente volver a mirar el cuerpo sin vida de la mujer.- Ellos regresarán. Vienen por nosotros.
-Cargaré con ella todo el puente si hace falta.- rugió Orión. Había recuperado energías y sabía que aquello se debía a la sed de venganza que se estaba acumulando en su interior. Gerde percibió aquella fuente de aversión con suma facilidad.
-Lo lamento, Orión.- dijo después de una pausa y tomó al niño de la mano a la fuerza.- Pero es por tu bien. Algún día lo entenderás.- Gerde tiró de él con una fuerza sobrehumana. Orión se resistió, pero Gerde lo tomó por los hombros y lo arrastró por el camino, mientras el chico se debatía entre sus brazos.
-¡NO¡Gerde, déjame¡No puedo dejarla allí¡GERDE¡Es mi madre¡ES MI MADRE!- pero tampoco Gerde tuvo compasión de él. Orión, cansado, herido y con el estupor de haber peleado por su vida, se vio desprovisto de fuerzas y dejó de resistirse. La luz del sol rojo iluminó tenuemente el cuerpo de la mujer y fue aquella imagen, cargada de una belleza trágica, la última visión que Orión tuvo de su madre. El cuerpo se quedó allí, tirado en la carretera, con un chorro de sangre manchando el asfalto y la piel quedándose más y más fría. Gerde lo arrastró ya sin oposición y lo llevó al refugio, a salvo de todo mal. Anya se reunió con él y lo abrazó con fuerza, temblorosa y frágil, como siempre lo había sido y Orión supo lo que le había ocurrido a Silah sin que ella se lo contase. No obstante, no pronunció ni una sola palabra, ni siquiera cuando, horas más tarde, el padre de Anya le trajo una taza de chocolote caliente y lo cubrió por encima con una manta. Gerde le había curado la herida, pero tampoco se acordaba de eso. Al día siguiente, aún a riesgo de toparse de nuevo con el enemigo, Orión regresó a la carretera, pero el cuerpo de su madre había desaparecido y en el asfalto, lo único que quedaba era una mancha de sangre seca. Abatido, regresó a casa, pero no lloró, se marchó con Anya y estuvo con ella días y días tratando de consolarla, pero ninguno de los dos volvió a ser el mismo. Aquella tarde, aquella batalla...los marcó para siempre."
Orión abrió los ojos y se levantó del suelo. Estaba mucho más tranquilo y ya no tiritaba. Sabía que se había vuelto a abrir la brecha del fuego en su interior. Gerde tenía razón a su manera, ella quería enseñarle a ser fuerte, a no someterse bajo sus emociones. Orión no lo había comprendido hasta mucho tiempo después. Gerde sabía que para vencer a su enemigo debía convertirse en un témpano de hielo, debía dejar de sentir emociones y por eso lo había entrenado bajo la dureza y la imposición de sus reglas. Como Michaela. Orión no había disfrutado de ningún gesto de cariño salvo los que recibía del padre de Anya y eran muy pocos. Parecía que las batallas se habían ido llevando el poco amor que había quedado en el hombre tras la pérdida de su esposa. Él...se lo había robado todo.
-Cometiste un error aquel día al dejarme con vida...y lo vas a lamentar.- gruñó Orión. Extrajo a Excaliburt de la vaina, siempre la llevaba a todas partes y la majestuosa espada brilló al contorno de la luz de la luna.- Estás muerto.- y realizó un movimiento perfecto en el aire. Se escuchó un chillido y un murciélago partido por la mitad cayó al suelo desangrado. Orión no sintió ninguna lástima por él. Volvió a guardar a Excaliburt y sonrió. Ahora...ya no era un niño.
