CAPÍTULO 22: YOU DIDN'T WANT TO BELIEVE.

(NO QUISISTE CREERLO)

¡AVADA KEDAVRA!

Harry se detuvo al final del corredor, a un par de metros de la puerta de la celda. Su respiración agitada retumbó por las sucias paredes de la prisión. Aún desde aquella abierta distancia sintió el odio intenso que se requería para pronunciar una maldición imperdonable. Fatigado, cansado y asustado de la escena que sus ojos le estaban describiendo; contempló sin remedio como el haz de luz verde salía disparado de la varita de Alan y chocaba brutalmente contra el cuerpo encadenado de Pettrigrew.

Con toda la rapidez que logró reunir de sus más que menguadas fuerzas, movió la mano en la dirección del rayo y una oleada de energía salió disparada de sus dedos. No obstante, se estrelló inútilmente contra una pared invisible que rodeaba la mazmorra.

Mientras la energía de Harry golpeaba en la barrera, el haz de luz llegaba hasta Pettrigrew y aquel contraste de fuerzas produjo una súbita explosión, succionándolos a todos en una cortina de espeso humo.

Harry se llevó una mano al rostro para cubrirlo, al mismo instante que Christine llegaba por detrás. La poca ventilación que reinaba en aquel remanso de oscuridad no ayudó a disipar la humareda, que tardó casi un minuto en deshacerse lo suficiente como para posibilitar la visión. La horrenda visión que detectaron sus ojos.

El cuello de Pettrigrew se había doblado hacia delante. La potencia del haz de luz y las cadenas que retenían sus extremidades férreamente, habían dejado inerte su peso, partiéndole las articulaciones. La verdad cayó abruptamente sobre él. Estaba muerto. Peter Pettrigrew había sido asesinado.

Casi pudo sentir temblar el cuerpo de Christine detrás suyo, pero incapaz de darse la vuelta y observarla, miró en dirección a Alan, buscando desesperadamente algún gesto que le indicara arrepentimiento o mejor aún, vestigios del dominio de la maldición Imperious. Pero nadie jamás había podido acceder a la mente del niño ni tampoco manipularlo. Su magia arcángel lo impedía.

Sólo halló esos oscuros y profundos ojos fríos, esa mirada de calculador interés clavada en Pettrigrew, esa sonrisa de satisfacción que sólo proporcionaba la dulce venganza. Él la había experimentado.

Pero todavía sintió más que desfallecería, que las rodillas no podrían sujetar el peso de su cuerpo, cuando sintió otras dos figuras a su izquierda. Casi rezaba a todo lo que tuviera nombre porque ellas no hubiesen presenciado lo que sus ojos todavía se negaban a creer, pero por las expresiones de sus rostros, no cabía duda.

-Alan...- gimió Harry. No pudo evitar alargar un brazo, como si tratara de rozar a su hermano pequeño, que estaba a mucha distancia suya, mucho más lejos...mucho más inalcanzable. Alan se dio la vuelta y lo taladró con la mirada. Sus ojos centellearon en la oscuridad. Casi al instante, la risa macabra de Lewis les heló la sangre.

-Bien hecho, Alan.- expresó con orgullo y le colocó una mano en el hombro. Harry observó como su hermano se dejaba sin oponer resistencia y sabía, aunque en su interior se negaba a creerlo, que estaba allí voluntariamente, que todo lo que había hecho había sido bajo conciencia.- Ahora ya no habrá nada que nos impida alcanzar nuestros objetivos.

-¡Aléjate de él!- bramó Christine, extrayendo su espada y apuntando al corazón de Lewis. Harry se apartó temeroso. Los ojos de Christine latían de odio, la expresión de su rostro era la más gélida que había observado hasta la fecha, mucho más, que la de la antigua Christine. No obstante, Ian volvió a reír.

-No soy yo quien lo detiene, querida Christine.- levantó las manos con falsa inocencia y retrocedió un par de pasos, muy cerca del cadáver de Pettrigrew. Harry continuaba negándose a volver a mirar la figura inerte de otro merodeador muerto, del traidor de sus padres.- Él está conmigo porque lo desea.

-¡Mientes!- gritó Christine y de la mano que sujetaba el mango de la espada, salieron unas chispas blancas.- Alan, vamos.- una vez más y para mayor frustración, Harry pensó que Christine se estaba equivocando. Había vuelto a ordenar. Estaba prácticamente convencido de que el niño no reaccionaría a aquella llamada cuando Lewis, en su papel de intérprete, le hablaba con una dulzura mal fingida.

-Yo me quedo.- respondió Alan, retándola con los ojos. Retrocedió hacia Ian y se acurrucó entre sus ropas, como si aquel monstruo pudiese ofrecerle una calidez sincera. Christine perdió toda la fuerza con la que había reaccionado. Cerró un ojo y con una mueca de dolor, se llevó una mano a la boca del estómago. Parecía perder energía por doquier, como si el esfuerzo acumulado, roto por el deseo de encontrar a su hijo, hubiese regresado intensamente al haberlo perdido de nuevo y de una manera mucho más brusca. Anya y Orión, espectadores silenciosos de aquella función, aguardaban pacientes el desenlace de palabras, aunque Harry estaba convencido que tenían un motivo por esa espera. Anya observó a Christine horrorizada y luego volvió a centrar su atención en Alan, como si acabara de descubrir algo que la hubiese descolocado.- Me quedo con mi padre.

-¡Tu padre está muerto, imbécil!- gruñó Orión y en un rápido movimiento, también extrajo su espada. Harry sintió que la piel se le erizaba en una mezcla de respeto y rencor. El chico había sido muy brusco, demasiado para dirigirse a un niño de cinco años, aunque Alan, con aquella aura oscura que parecía rodearle y esa mirada de profundad frialdad, no parecía un niño en absoluto. Era como un sabio encerrado en el cuerpo de aquella criatura.

-¡Es mentira!- negó con profunda firmeza. Harry sintió la maldad crecer en su interior y estaba convencido de que los demás también podían sentirla. Volvió a observar a Christine. Estaba peor. Se apoyaba en la pared con una mano y con el brazo libre continuaba sujetándose el estómago, como si sintiese el vacío de la energía en aquella zona. Dos gotas de sudor le recorrían el rostro y jadeaba.- Eso es lo que ella inventó. Pero no es cierto...este es mi padre.- señaló a Lewis que en un gesto claramente burlesco, arrulló más al muchacho entre su cuerpo.

-Ese hombre no es tu padre, Alan.- probó Harry. Creía ser de las pocas personas que pudiesen llegar al niño, al verdadero Alan que debía estar atrapado entre aquella oscuridad.- ¡Se llama Ian Lewis y es un asesino¡Te está engañando!

-¡Vosotros me engañasteis!- respondió Alan con fiereza. Anya y Orión movían la cabeza de un lado a otro y parecían muy sorprendidos con aquella historia, como si por primera vez, hubiese algo que no conociesen y que acabara de encajar en el puzzle.- Me hicisteis creer que Remus era mi padre...que tú eras mi hermano...pero no es verdad...nada es verdad...

-¡Alan, por favor, hay tantas cosas que no entiendes!- Harry estaba desesperado. Trató con todas sus fuerzas de hacerle llegar ese amor, ese cariño, a su hermano, trató de utilizar su propio poder para hacerle notar aquellos sentimientos, pero la dureza del corazón del niño se estrelló con su calidez como una losa de piedra. No había nada que hacer.- Si me dejaras explicarte toda la verdad...

-¡Basta!- interrumpió Lewis.- Deja de corromperlo con tus cuentos. Tú sabes toda la verdad, Alan, sabes el daño que ellos te han hecho.- los ojos de Alan se iban oscureciendo más y más. Habían perdido todo atisbo de luz, de tono azulado y eran irreconocibles.- Tu madre es fría y calculadora, que jamás te demuestra cariño...que jamás te abraza...o te dice que te quiere. Que impidió que recordaras...

-¡No tienes derecho a corromperlo así!- rugió Christine. Le resultaba terriblemente difícil mirarlo a la cara y ver en aquellas facciones fingidas el rostro de Dani, hablando de Alan como si verdad fuese su hijo. Incluso ella se dejaba embrujar por aquellas palabras, perdiéndose en cada rasgo de su piel que había besado y acariciado. Era Dani...diferente, pero idéntico. La vista se le nublaba y arrugaba su ropa con la mano que tenía puesta en el estómago. Harry pensó que se desmayaría, pero el poder de Christine parecía no renunciar a sostenerla en pie hasta que hubiese terminado de hablar.- Si no te alejas de mi hijo te juro que...

-¿Me matarás?- ironizó Ian, soltando una nueva carcajada.- ¡Estúpida¡Apenas puedes mantenerte en pie!

-El juego ha terminado.- sentenció Orión. Avanzó un par de pasos, espada en ristre.- Ese niño debe morir y tú también. Anya, ocúpate de Lewis.- pero Anya se había quedado paralizada ante aquella escena que tenía ante sus ojos. El cuerpo sin vida de Pettrigrew estaba amarrado a la pared a solo unos metros suyos. A su derecha, Christine luchaba por mantenerse erguida y Harry la miraba casi suplicante. Y enfrente...tenía a Orión dispuesto a matar a un niño de cinco años.

-Orión...- susurró desesperada. Sus manos temblaban al colocarlas sobre la empuñadura de Démeter. Le resultaba terriblemente difícil levantar su espada para ayudar a asesinar a un niño, un niño que la miraba con odio y con maldad, con frialdad, pero cuya verdad estaba escrita en sus ojos. Ella no sabía todo eso. No sabía que lo habían corrompido bajo tan burda mentira, no sabía que Alan, en el fondo, solo deseaba sentirse querido.

-Se acabó, Anya.- ordenó el chico sin darse la vuelta. Ni siquiera él tuvo valor de mirar su rostro suplicante.- No me interesa lo que hayas escuchado. Procede. Si de verdad te importa todo esto...procede.- Anya extrajo a Démeter de la vaina y cerró los ojos, apretando los párpados con dureza y reuniendo toda la frialdad que le era posible almacenar. Lewis, al ver sus intenciones, sacó su varita mágica y Alan se colocó a su lado, dispuesto a defenderlo.

-Deteneos.- ordenó Christine apretando los dientes.- No...le hagáis daño.- Harry vio como el cuerpo de la mujer resbalaba por la pared y se escurría hacia el suelo. Se arrodilló a su lado. Orión la ignoró y Anya la miró brevemente por encima de los hombros. A Harry le pareció vislumbrar una nota de compasión en aquellos gélidos ojos.

-¡Chris¿Qué te ocurre?- pero Christine negó con la cabeza y le sujetó la muñeca con fuerza.

-Tienes que detenerlos...por favor...Harry...detenlos...- pese a que no deseaba dejarla sola, a Harry le era imposible negarse a aquella petición, puesto que ya estaba en su mente enfrentarse incluso a Anya, si ésta estaba dispuesta a luchar al lado de Orión.

La vio embestir con su espada, pero Lewis le lanzó una maldición que le rozó la ropa ligeramente y ambos se movieron ágilmente por el escaso espacio que proporcionaba el pasillo.

Orión se acercó a Alan lentamente y con un rápido movimiento alzó su espada. El niño extendió los brazos y creó un campo de fuerza, pero Excaliburt brilló y lo cortó limpiamente como si hubiese tallado una lámina de papel. Alan abrió los ojos sorprendido y retrocedió un par de pasos, incapaz de creerse que su energía no hubiese funcionado. Orión soltó una calculadora carcajada.

-Estúpido.- dijo con desprecio y avanzó un paso hacia el frente. Alan se miró las manos y los brazos. Su propia energía oscura, al ser derribada tan bruscamente, le había producido pequeñas heridas.- Tú podrás ser poderoso en cuanto a energía, pero todavía eres un mocoso. Te estás enfrentando al arcángel más poderoso de todos los tiempos.- alzó la espada y Alan sintió una oleada de súbito sopor. El sopor de la muerte. Cerró los ojos esperando el final, pero escuchó un ruido metálico, un ruido rodeado por una potente luz de energía, signo inequívoco del choque de dos espadas legendarias. Abrió los ojos y descubrió que la espada de Gryffindor había interceptado a Excaliburt a escasos centímetros de su cabeza, salvándole así de un final seguro. Pero ni por un momento pensó que su hermano hubiese hecho aquello por él, sino que buscaba la oportunidad de acabar con Orión. Lo había escuchado muchas veces reiterar lo mal que le caía aquel muchacho. En la mente corrompida de Alan se esfumaban los buenos recuerdos, los méritos de sus seres queridos. Había olvidado, envuelto en aquella aura maligna, que era la segunda vez que Harry le salvaba del filo de Excaliburt.

-Te equivocas.- siseó Harry. Sus ojos, al igual que los de Orión, también comenzaban a teñirse. Era la manera que tenían de hacerse más poderosos. Aquel odio les proporcionaba una mayor fuerza, demasiado tentativa como para ignorarla, sin saber que estaban rozando el límite de lo peligroso.- Yo soy el arcángel más poderoso de todos los tiempos.- Orión saltó hacia atrás, con la capa negra hondeándole y volvió a colocarse en posición, sonriendo con arrogancia por las palabras de Harry.

-Tendrás que demostrarlo, Potter.

-Descuida. Lo haré.- Harry se abalanzó con la espada enarbolando sobre su cabeza y un grito guerrero. Ninguno utilizaba la varita, era un duelo con honor y por eso lo libraban de aquella manera. Ambos deseaban demostrar que eran mejor que el otro. Igual que había hecho Harry, Orión detuvo la embestida con facilidad y atestó golpe tras golpe, sin que ninguno rozara a su rival, que los evitaba como un jabato, haciendo alarde de su agilidad. Cada vez que los filos se encontraban, unas chispas blanquecinas destellaban e iluminaban brevemente la mazmorra. Pero aquello les desgastaba, porque era la propia energía de sus cuerpos la que se manifestaba con tal de quebrar la espada rival.

Con una serie de rápidos movimientos, Orión logró acorralar contra la pared a Harry y se abalanzó sobre él, dispuesto a derrotarle. Pero, por enésima vez, el chico lo impidió deteniendo el avance con su arma. La energía que desprendieron golpeó a Harry en la cara y lo cegó momentáneamente, quemándole los ojos y parte del rostro, levemente.

El chico gritó de dolor, pues las armas se habían encontrado muy cerca suyo, pero no aflojó la resistencia. Sabía que bastaba un instante que le diera de banda suelta a su rival y estaría muerto.

Orión, aprovechando la situación, apretó los dientes y empujó con todas sus fuerzas. Harry sintió la espalda aprisionada contra la pared y luchó por respirar. La embestida era tal que le estaba estrujando los pulmones. Quería otorgarle parte de su poder a la espada, pero no poseía tal energía que había deseado fingir. En el fondo, sólo había tanteado el terreno para alejar a Orión de Alan y darle una oportunidad de escapar. Porque en el fondo de su corazón, eso era lo que deseaba.

No le importaba que hubiese contemplado con sus propios ojos como el niño asesinaba a sangre fría a Pettrigrew. No le interesaba en absoluto. Lo único que Harry pretendía era que su mente se adormeciera y olvidara aquel suceso, deseaba que Alan se marchara de su vista para no tener que pensar que todavía seguía allí, para darse la excusa de razonar que su hermano pequeño no podía haber sido capaz de conjurar una maldición imperdonable porque jamás había pisado Azkaban.

No obstante, su nivel de energía se consumía con cada intento de escapar de aquel agujero en el que se encontraba. Siempre había sabido, desde el momento en que Orión había tratado de asesinar a Alan por primera vez, que el arcángel era más poderoso que él. Y no era porque estuviese enfermo, como se había querido creer al principio, puesto que ahora, probablemente, era más poderoso de lo que había sido antaño como el Salvador; sino porque Orión poseía una energía mucho más desarrollada que la suya y unas habilidades que él no había podido aprender. Y sus enemigos eran más fuertes que Lord Voldemort.

Anya apenas ponía interés en el duelo. Deseaba concentrarse y eliminar de una vez por todas a Ian, pero enfrente tenía a dos rivales. Alan, después de que Harry lo salvara, se había unido al falso Dani para protegerlo. Y a Anya le resultaba muy difícil quebrar sus barreras protectoras al mismo tiempo que esquivaba con su propia varita las maldiciones de Lewis. Estaba mucho más preocupada por el duelo que llevaban a cabo Harry y Orión y cuáles podían ser las consecuencias del fatal desenlace. Y a su vez, la figura de Christine recostada sobre la pared de ladrillo oscuro y jadeante, se dibujaba en su mente una y otra vez.

-¡AHORA ALAN!- su despiste le había costado caro. Anya había dirigido la vista hacia Christine y Lewis la había desarmado, provocando que la proximidad de la maldición la empujara hacia atrás, derribándola. Démeter voló de sus manos y ella se golpeó la espalda con la pared. Alan cogió la espada y le apuntó con ella. Anya pudo sentir el odio recorriendo sus venas y su propia respiración agitada. El filo de Démeter, su propia arma, le rozó el pecho. No obstante, la espada se negaba a continuar avanzando, protegiendo a su dueña. Démeter había nacido de su interior y no haría daño a la fuerza de la que estaba realizada en parte. Sin embargo, Anya no se imaginaba lo que sucedió después. Alan sometió a la espada como si fuese la suya propia, como si su energía o su poder fuesen capaces de hacerlo y Anya no tardó ni cinco segundos en adivinar porqué. Lo observó horrorizada al tiempo que sintió una punzada entre sus dos pechos y el calor de la sangre resbalando por su piel. Apretó los labios para no quejarse de dolor.

Alan la observó fría y calculadoramente.

-Acaba con ella.- le ordenó Lewis desde la lejanía. Alan no emitió ningún signo de estar sorprendido. Anya lo miró a los ojos, buscando el atisbo de luz que había creído ver en su interior, pero no lo encontró. Era un témpano de hielo. Una pared de acero. Entornó los ojos en la oscuridad y presionó con algo más de fuerza a Démeter. Una vez más, la espada no opuso resistencia. Anya sintió el filo agujerear su piel lentamente y no pudo evitar gemir de dolor, resistiéndose todo lo que pudo a profesar el daño que verdaderamente sentía.

-Por favor...- articuló con la garganta reseca.- Por favor...no...- era un ruego, pero no por su vida. Anya lo sabía, lo había visto, pero se negaba a creer que un niño pequeño estuviese a punto de asesinarla, aún cuando la sangre había empapado sus ropas oscuras, aún cuando lo veía en sus ojos. Se negaba a rendirse, se negaba a creer que no hubiese una solución y pese a que Alan estaba dispuesto a matarla no creyó que las palabras de Orión fuesen ciertas, no creyó que él tuviese razón. Quiso concentrar energía, salvar su propia vida derribando a Alan con el inmenso poder que sabía albergaba su interior, pero se dio cuenta de que el niño movía su mano libre y la había paralizado. Estaba demasiado asustada de la verdad que tenía ante sus ojos como para acumular más fuerza y liberarse de aquella situación y la pérdida de sangre y el dolor punzante del pecho le nublaban la vista, mientras cada vez más, Démeter se hendía en su piel.

Y cuando las puertas de la muerte parecían abrirse ante ella, una nueva figura, surgida de una columna de luz, rompió el abrazo en el que estaba prisionera y lanzó a Démeter lejos de las manos asesinas del niño. Anya abrió los ojos y descubrió la figura alta, erguida e imponente de Christine, que con su propia arma había doblegado a la espada de su hijo. Alan se quedó tan sorprendido que no fue capaz de reaccionar cuando Christine, pese a las pocas fuerzas que le quedaban, recogió del suelo el cuerpo de Anya y desapareció con ella en una nueva columna de luz, reapareciendo cinco metros más alejadas de él.

Ambas rodaron al suelo y Christine, manchada con la sangre de la chica, se arrodilló en la piedra y se abrazó a sí misma, temblando como una hoja. Anya se incorporó ligeramente, con una mano parando la hemorragia de su pecho y observó a Christine casi con admiración. No podía creer que después de que ellos hubiesen intentado asesinar a su hijo, ella la hubiese salvado. La imagen que se recreaba en su mente no era la de aquella mujer, sino la de otra totalmente diferente.

Orión se dio cuenta de lo que pasaba y abandonó su pelea personal contra Harry. Dejó de arremeter contra él y corrió hacia Anya. Harry respiró hondo y se pasó un brazo por la frente, limpiándose el sudor. Escuchó voces cercanas, provenientes de alguno de los corredores paralelos. Ian también debió escucharlas, porque se acercó a todavía un conmocionado Alan y le tomó por el hombro.

-Desaparezcamos de aquí. ¡Rápido¡Hay que regresar a la guarida!- Alan, confuso, lo miró a los ojos, pero se apresuró a envolverse en una columna de luz oscura, que también alcanzó a Lewis, haciéndolos desaparecer.

Muy típico, ante la perspectiva de una multitud de aurores llegando al lugar del crimen debía salvaguardarse y más ante una situación que lo dejaba en clara inferioridad numérica, aún con Alan en su poder.

Harry se levantó del suelo y cojeó hasta llegar a Christine. Observó a Orión arrodillado ante una herida Anya.

-¡Anya¡Resiste!- el chico extendió ambas manos sobre el pecho de la muchacha y la energía bulló alrededor de ellas, sin embargo, el cansancio le jugó una mala pasada. No fue suficiente. Había derrochado mucho poder en destruir la barrera, casi no descansaba ni comía, permanecía despierto la mayoría de noches y había llevado a cabo un duelo poderoso contra Harry. No hubo manera. La energía de sus manos se apagó como una radio sin pilas y dejó de bullir entre sus dedos.

-Olvídalo.- masculló la chica, apretando los dientes y se incorporó ligeramente. Le costaba respirar y la mano sangrante continuaba taponando el pecho. Sus ropas estaban empapadas.- Larguémonos de aquí.

-Puedo hacerlo.- insistió Orión. Parecía haber perdido los papeles. Era la primera vez que Harry lo veía tan vulnerable, tan...humano. Observó una vez más a Christine y cerrando los ojos, tomó una decisión. Caminó hasta Anya y se arrodilló al lado de Orión. El chico, inmediatamente, empuñó a Excaliburt con fiereza. Pero Harry lo ignoró.

-Tranquila...- le susurró a Anya dulcemente, acariciando sus sedosos cabellos, tratando de que la chica no se pusiera nerviosa. La sangre era muy escandalosa. Cansado, magullado y muy conmocionado, extendió los brazos tal y como había hecho Orión y la luz también recorrió su piel. Era cálida, todo lo cálida que podía llegar a ser teniendo en cuenta que se había dejado consumir por el odio, tratando de igualar en poder a Orión.

-Estás agotado y...no lo merezco.- dijo Anya. Le tomó una de las manos, tratando de detenerlo. Las gotas de sudor resbalaban por el rostro varonil de Harry, consumiéndole.- Harry...déjalo.- pero poco a poco, la herida fue cediendo y restableciendo la carne que había sido penetrada. La hemorragia se detuvo y pese a que el corte no se cerró por completo, sí sanó lo suficiente para que pasara el verdadero peligro. Harry abrió los ojos de golpe, tosió y las rodillas se le doblaron en el suelo, mientras jadeaba.- ¡Harry!- Anya lo rodeó con sus brazos, impidiéndole que se desplomara por completo. Orión apretó los puños con rabia. Una vez más, Potter parecía el héroe y él se quedaba bajo la sombra ante los ojos de Anya. Él no había podido curarla, pese a que era más poderoso y Potter había reunido el suficiente poder, aún enfermo, como para salvarla. Y ahora ella lo abrazaba como pocas veces hacía ya con él. Los pasos de los aurores se escucharon más cercanos.

-Anya.- ordenó Orión y la arrancó del abrazo con Harry.- Nos vamos.- la chica observó a Harry, que no parecía en condiciones para valerse por sí mismo y a Christine, que continuaba recostada en la pared de la celda, con los ojos totalmente cerrados; pero supo que no tenía opción. Aceptando la ayuda de Orión para desaparecer, se envolvió en una columna de luz y ambos se esfumaron antes de que los aurores llegaran al final de corredor.

-¿Qué ha ocurrido aquí?- inquirió Thomas Grint. Parecía furioso. Harry lo ignoró mientras él y sus hombres se acercaban al cadáver de Pettrigrew y se tambaleó hasta Christine, arrodillándose a su lado.

-Déjame ayudarte.- casi fue una súplica, porque estaba claro que la mujer necesitaba con rapidez alguna ayuda externa y Harry era incapaz de contemplarla tan pálida y débil, tanto física como emocionalmente.

-En esto no puedes ayudarme.- murmuró ella sin abrir los ojos. Su voz sonaba ronca y débil.- Por favor, llévame a casa.

-¿Y los aurores?

-Puedes mandarlos a la mierda.- no lo había dicho bruscamente, sino con toda la naturalidad del mundo. Harry se acercó a Grint, que estaba que echaba humo por la boca y le explicó rápidamente que Lewis y sus hombres, de los cuáles no habían atrapado a ninguno, habían irrumpido en la prisión y que se habían enfrentado a ellos.

-¿Y Pettrigrew?- gruñó Grint de mal talante. No se fiaba un pelo de Harry y su versión no coincidía con la del campo de energía tan grande al que se habían visto sometidos. Ningún mago era capaz de hacer eso. Y la magia que los hechizos detectores estaban aclarando no era solo la de un mago, sino la de una criatura mucho más poderosa.

-Cuando llegamos ya estaba así. No puedo saber quién lo asesinó.- Grint alzó una ceja incrédulo. Había sido la maldición "Avada Kedavra", sin duda, pero la autopsia de los hechizos de sus hombres habían determinado otra clase de magia acompañando a ésta. Sin embargo, a falta de pruebas y ante la negativa de Harry de dar más explicaciones antes de haber puesto a Christine a salvo, Grint no tuvo más remedio que conformarse por el momento. Después, el muchacho se acercó a su profesora, que lanzaba algún que otro quejido lastimero y ambos desaparecieron en una nueva columna de luz. Destino: El Valle de Godric.

Anya lanzó a Démeter con todas sus fuerzas contra la sucia pared de la cabaña. La espada golpeó la piedra con dureza, se iluminó un instante como recriminado la falta de cuidado de su dueña y cayó al suelo con un ruido sordo, quedando totalmente inmóvil y sin un arañazo aparente. Nada podía quebrar la espada de un arcángel más que otra espada de la misma condición.

La chica se pasó la mano por el pelo largo y manchado de sangre, casi desquiciada. Orión se apoyó en el respaldo de un viejo sillón, se cruzó de brazos y la observó en silencio. Anya parecía a punto de querer destrozarlo todo y había alcanzado un grado máximo de frustración. Todavía le dolía la herida del pecho, que no había sanado por completo. Su cuerpo temblaba de arriba abajo y sentía cada partícula de su ser desmesurándose por dentro. Orión la miró.

-¿Qué te ocurre?

-Deberías saberlo.- Anya suspiró y cerró los ojos un instante. Su compañero se quedó en silencio durante unos instantes.

-Maldito Potter. He estado a nada de acabar con el crío...- se lamentó. Mantenía la cabeza fría, actuando con una parsimonia y una tranquilidad enfermizas. Anya dejó de restregarse el pelo y lo fulminó con la mirada.

-¿Eso es lo único que te importa¿Maldito Potter¿Qué Harry te haya impedido matar a Alan?- dio dos pasos al frente y se colocó delante del chico.- Responde, Orión. ¿Lo único que de verdad está herido es tu maldito orgullo masculino?- y con toda la mala leche le cruzó la cara de un guantazo. Orión aguantó el golpe y casi ni se inmutó al comprobar como le temblaba el labio inferior.

-¿Alan?- pronunció despacio y con desprecio. Realizó una mueca desdeñosa con los labios.- ¿Desde cuando lo tratas con tanta familiaridad?

-¡Qué te jodan, Orión!- Anya se dio la vuelta desesperada y se dejó caer en una de las destartaladas sillas, que al sentir el peso de su cuerpo tembló peligrosamente. Orión se quedó de pie, con el rostro girado por la bofetada y aún pendiente de su último duelo personal con Harry. Anya no lo resistía más. Habían fallado, todo aquel tiempo de sufrimiento no servía para nada, se quedaba pequeño, congelado, inestable en aquella marea de sentimientos, de visiones y encuentros que revoloteaban por su cabeza. ¿Qué iba a suceder ahora? Era simple su misión, sabiendo lo que sabían debía haber resultado sencilla y sin embargo, estaban ahí. Tenían frente a frente al bando de la luz en su contra y a Ian Lewis con su objetivo entre las manos: Alan Rice. Un poder inimaginable, incalculable, un poder en bruto para utilizar a su antojo. Sólo debían haber vigilado al niño, sólo debían haber impedido a Lewis acercarse a él, pero incapaces de saber con exactitud cuándo cómo y porqué Ian iba a tratar de acercarse a Alan, se habían dedicado a darle caza, a esconder a los cardenales y a dejarse influenciar por lo que aquel Londres desconocido significaba para ellos. Arrastrarse por su humanidad, algo que durante veintiún años no había importado lo más mínimo.- No puedo más...- se lamentó la chica. Sus ojos enrojecían.- Quiero volver a casa.

-¿Qué casa?- le espetó Orión con gesto torvo. Su expresión de odio no había variado. Parecía estar hecho de una coraza mucho más dura y resistente. Para Orión todo se simplificaba en el duelo que había mantenido con Harry y en que como capitán de las fuerzas de resistencia de los arcángeles, había fallado. Sólo eso.- Tú nunca has tenido un hogar...ni una familia...ni nada. ¡Has vivido en una maldita mentira infundada por tu padre¡Por mí!

-¡Déjame en paz!- exclamó Anya con dureza. Notaba su rostro empapado, pero no le importaba. Le daba igual que Orión decidiera castigarla como hacía con los demás por haber sido débil, por estar llorando cuando nunca lo hacía.- Lo sabía...lo sé...¿y sabes¡No me importa¡No me importa una mierda que mi padre me dijese cada noche que mi madre iba volver a casa¡No me importa una mierda que tú me contaras aquellas historias sobre nuestro pueblo, sobre esperanza, sobre como un día íbamos a dejar de tener frío, de tener sed y de tener hambre¡No me importa nada, Orión!- sin querer, Anya había apretado los puños y los nudillos se le habían amoratado por la fuerza de sus uñas.- Yo era feliz...era feliz teniendo a mi padre a mi lado, sonriendo, siempre sonriendo...aunque no tuviéramos nada. ¡Y quiero recuperarlo!

-Tu padre puede estar muerto, Anya.- le recordó Orión con dureza. Se comportaba como si nada de lo que ella le estuviera diciendo tuviera repercusión alguna en él, como si la vida de que aquel hombre, que también le había cuidado, no le interesase en absoluto.

-Está vivo.- insistió la chica con una seguridad enfermiza.- Él no puede morir. Me prometió que no lo haría.- Orión apretó los dientes y de un par de zancadas se colocó enfrente suyo. Parecía inquieto y más nervioso de lo habitual.

-¡Despierta de una vez¡Lo que vivimos es real, no un sueño¡También tu madre te prometió que volvería y jamás lo hizo¡Te prometió que no moriría!- Anya se puso en pie de nuevo y fulminó al chico con la mirada. Orión pensó que iba a volver a darle una bofetada, pero lo esquivó, alargó su mano hacia Démeter y se la colgó en la espalda.

-Salvaré a ese niño. Aunque sea lo último que haga.

-Nunca te ha interesado.- le rebatió Orión mientras observaba como una columna de luz envolvía a la chica. Sabía que no iría sola en busca de Alan, sabía que se marchaba para estar sola como otras tantas veces, aunque en aquella ocasión, no tenía su refugio.- ¿Por qué lo haces¿Por qué luchas ahora?

-Lucho por la creencia de que todo hombre puede ser mejor. Incluso él.- Orión se acercó a ella y le tomó de las manos, impidiéndole que se marchara.

-No importa porqué se haya marchado con Lewis. El caso es que lo ha hecho y ya no hay marcha atrás.

-Tiene cinco años, Orión.- argumentó Anya. Había decisión en su mirada. Orión le acarició el pelo con una mirada fría y calculadora, pero de alguna manera había ternura en sus gestos.

-Tú no estás justificándolo. ¿Pero de verdad merece la pena morir por algo en lo que no crees? Tu odias a Alan Rice tanto como yo. No importa que tenga cinco años. Sabes lo que hará y si no lo detenemos...

-Ella creía en ello.- Anya se soltó de las manos de Orión y un destello de determinación cruzó sus ojos azulados.- Y yo también.

-Tú nunca le encontraste justificación.- siseó Orión peligrosamente y dejó que la luz invadiera el cuerpo de su compañera por completo.- Y llegado el momento, no será distinto.- Anya desvió la mirada en última estancia. Sabía que era verdad. No había justificación posible a todos los actos atroces que ella había visto y sin embargo...esa noche, después de veintiún años buscando porqués, los había hallado. Y no solo eso. Había reencontrado sentimientos y recuerdos que había lanzado al olvido. Cuando desapareció bajo la luz de la luna decreciente, sintió que más que nunca deseaba volver a ver a su padre.

Ya casi amanecía cuando Christine recostó la cabeza en el almohadón de su cama. Un nuevo amanecer, como otros tantos había contemplado. Los detestaba. Detestaba las madrugadas en vela, detestaba sentirse tan vacía, tan indefensa y tan pequeña cuando la luz del sol comenzaba a vencer a la noche, comenzaba a derrotarla en un duelo que se repetía una y otra vez. Sin embargo, cuando el primer hilo de luz solar se filtró entre la oscuridad de lo que asemejaba un crepúsculo, la mujer encontró hermoso el choque de colores que dibujaba aquel cielo despejado. Se imaginó por primera vez una historia de amor y no una guerra entre sol y luna.

En otras muchas circunstancias, le habría parecido una cursilería y algo banal estar observando el amanecer mientras se imaginaba como la diosa luna, que vestía una larga túnica plateada que contrastaba con sus cabellos del mismo tono ceniciento, se despedía con un beso del guerrero que significaba el dios sol. Éste, montado en un carruaje de fuego, azotaba a sus caballos para que llegasen a tiempo, para poder acariciar la textura fina y bella de la luna, para poder rozarla siquiera en aquellas doce horas de agonía, en las que permanecería sin ella.

Se sentía estúpida arremolinando aquellas ilusorias imágenes en su mente, mientras Remus y Harry la observaban desde el costado de la cama, con gestos preocupados e inseguros. No entendían el mutismo en el que Christine parecía haber caído. No entendían aquella falsa luz que parecía tintinear en sus ojos.

-Llamaré al médico.- informó Lupin. Llevaba puesta la ropa de vestir que había utilizado para buscar a Alan por todas partes. A Harry le sorprendió descubrir que sus cabellos volvían a ser entrecanos, como si hubiese envejecido de golpe. Aquello sólo podía significar una cosa: la magia que había en el interior de Christine, la que alimentaba el corazón de Lupin llenándolo de fuerza y felicidad; estaba muriendo, como si su amor por él se apagara a pasos agigantados, aunque Harry sabía que no era así. Algo muy extraño estaba ocurriendo y todo parecía apuntar que el hecho de que Alan se hubiese convertido de repente en un extraño y marchado con el enemigo, estaba matando el lazo que había unido a aquella singular familia.

-No.- intervino Christine. Había apoyado la cabeza en un gran almohadón y se había acurrucado en la cama, con la túnica puesta. Continuaba mirando por la ventana, distraída. Su voz había vuelto a sonar áspera y ronca.- No lo llames, Remus.- Lupin buscó a Harry con la mirada tratando de descifrar en él algo que se le hubiese escapado, pero el chico parecía igual de confuso.

-Chris,- trató de razonar el hombre.- estás herida, cansada y enferma. Las pociones podrán hacer muy poco por ti y hace días que te encuentro extraña. Por favor, déjame que vaya a buscar a un médico.

-He dicho que no.- repitió Christine con dureza. Cuando se empeñaba en algo era imposible contradecirla. Había extraído esa frialdad característica que la acompañaba en ciertas ocasiones y con la cual solía herir a aquellos que más se preocupaban por ella.- El médico no puede hacer nada...nada...por favor, marchaos. Quiero estar sola.- Lupin y Harry volvieron a intercambiar miradas confusas. Harry sintió una punzada de dolor al recordarse lo que Alan había hecho y comprendía perfectamente que Christine se sintiera impotente ante aquella situación, pero no era propio de ella encerrarse en sí misma y no poner remedio. La Christine que él conocía no se hubiera tumbado en la cama por muy mal que se encontrara, se habría levantado y habría utilizado su máscara de acero para ocultar su dolor, habría luchado por recuperar a su hijo.

-Pero Alan...- trató de decir. No se iba a quedar callado frente a una situación así. Él todavía tenía fuerzas para luchar pese a que su cuerpo y su falta de energía pedían con urgencia un descanso. Pero no había tiempo que perder, cada segundo que Alan permanecía con Ian podía ser crucial para perderlo un poco más o recuperarlo. Sentía la ardiente necesidad de explicarle a su hermano pequeño toda la verdad, de confesarle al fin que su cuerpo de cinco años debía tener los veinte y que si estaba vivo, si estaba ahí, no era precisamente gracias a los mimos de Lewis. Quería gritarle y plantarle en la cara la verdad, demostrarle que Ian era el enemigo y no ellos. Pero el corazón de Alan estaba cargado de amargura y no había entendimiento posible cuando era cierto, que de una manera indirecta, Christine se había mostrado distante con él.

-Por favor.- reiteró la mujer cerrando brevemente los ojos. A Harry se le antojó que su voz cada vez era más débil y que sufría algún que otro espasmo. Parecía que sufría en silencio una enfermedad que poco tenía que ver con la gran pérdida de energía. De hecho, él se sentía muy débil también, pero no sufría de la manera tan incondicional en la que Christine parecía hacerlo.- Marchaos. Necesito descansar.- Harry sintió una mano en el hombro y se giró para observar el rostro cansado de Remus, que le instaba con la cabeza para que salieran. Y no lo comprendió. No entendió porqué Lupin aceptaba cada una de las caprichosas peticiones de Christine sin exigir nada a cambio. Le enfureció que la mujer observara el ya avanzado amanecer por la ventana como si aquello fuese lo más interesante del mundo, le molestó que Lupin, plantado en la habitación sin entender lo que sucedía, fuese incapaz de gritarle para que despertara. Se apartó bruscamente de él, volvió a mirar a Christine, esta vez con frialdad y chasqueando la lengua salió por el resquicio de la puerta dando un portazo.

-Descansa un poco.- susurró Remus seriamente. Le dirigió una mirada cargada de honda comprensión, pero Christine no pareció darse cuenta de ello. Se agachó y depositó un beso en su frente con dulzura.- Prepararé un poco de café. Dumbledore iba a venir aquí e imagino que también lo harán algunos miembros de la Orden.- la mujer no respondió ni mostró ningún signo de haber escuchado ni una palabra. No obstante, Remus estaba seguro de que lo había oído y se marchó sigiloso, procurando cerrar la puerta al salir.

Christine sintió que el corazón se le aceleraba a pesar de que se encontraba sola. Sola. Una vez más. Quizás era que la luz del sol comenzaba a bañar su rostro, o quizás la calidez que emanaba la habitación, pero se sentía extrañamente reconfortada con esas muestras de arropamiento. Cerró los ojos. No quería ver lo que venía a continuación. Se quedaría con la imagen de la estrella brillando en contraste con el vidrio de la ventana grabado a fuego en su cabeza. Sorbió esos pensamientos que la alejaba de todo lo malo que la estaba rodeando e introdujo una mano entre su túnica. Sintió la sangre resbalar entre sus dedos y se estremeció. Le temblaba la barbilla y eso que no tenía frío. Pero sí miedo. Mucho miedo. Se obligó a que su cerebro dibujara buenos recuerdos y con la misma mano cubierta del escandaloso líquido rojizo comenzó a concentrar energía. Su cuerpo la engullía a la velocidad del pensamiento. Sentía su gorgoteo golpear en su interior pero costaba sanar sus heridas internas. Costaba más de lo que había imaginado. Se encogió sobre sí misma y tardó más de cuatro minutos en cerrar el peligro. Cuando retiró la mano, la sangre reseca todavía poblaba sus dedos. Se limpió con un pañuelo que tenía depositado en la mesita de noche y se quedó dormida casi al instante. Estaba salvada...por ahora. Pero había estado muy cerca.

Harry parecía pagar su frustración a base de vitalidad. No podía estarse quieto ni un solo instante. Estaba en la sala de estar, acompañado de Ginny, Ron, Troy, Heka y Hermione, pero la presencia confortadora de sus amigos no lograba tranquilizarlo. Podía ser un temperamento típico de los hombres o quizás que sus personalidades contrastaban, pero a diferencia de las chicas, tampoco Ron y Troy podían permanecer en aquel mutismo que se había generado desde que Harry les contara lo ocurrido. Lo había hecho en confianza, porque en realidad, eran los únicos que sabían la auténtica verdad. Harry sabía que Remus le habría contado lo ocurrido con detalles únicamente a Dumbledore. El hecho de que Alan hubiese cometido un asesinato no era un hecho que debiera expandirse.

-¿Pero porqué a él?- repitió Harry casi como un autómata. Había echado la pregunta al aire durante las dos horas que llevaban encerrados en la sala de estar- ¿Por qué precisamente a Pettrigrew?

-Seguramente porque Lewis quería provocarte.- dijo Ron. Era lo único razonable de aquella historia, lo único que explicaba el comportamiento del nuevo mago tenebroso. Observó a Hermione por el rabillo del ojo. La muchacha estaba pálida, como siempre que se mencionaba a su enemigo.

-No era ese el objetivo.- anunció una voz desde el resquicio de la puerta. Todos se giraron en aquella dirección. La figura de Anya parecía más tétrica y pálida que nunca. Llevaba el pelo mojado, que le chorreaba a través del rostro y del cuello, como si hubiese estado en algún lugar donde lloviese, pese a que el sol brillante de la mañana se burlaba de los sentimientos contradictorios que estaban sufriendo los habitantes de aquella casa. Los pómulos de las mejillas se le habían hundido en la piel, acrecentando su aspecto rudo y enfermizo y su túnica estaba arrugada y hecha jirones por ciertos costados. Lo único que destacaba en su espectral apariencia eran sus profundos ojos azules, que brillaban al contorno de los rayos matinales con insultante belleza.- Buscaba otra cosa...- añadió con la voz queda. Harry la había visto apenas unas horas atrás en las frías mazmorras de Azkaban, pero pensó que estaba distinta, que había perdido la entereza y la seguridad que había mostrado en aquella batalla.- ...buscaba encontrar el mal que habitaba en Alan...darle la oportunidad de la venganza...

-¿Venganza?- Troy alzó una ceja algo confuso.- Sinceramente, no lo entiendo.- los únicos que habían intuido las palabras de la muchacha con cierta claridad eran Harry y Ginny, cuyas ágiles mentes habían dado con la resolución nada más escuchar el tono sombrío con el que la chica se pronunciaba. A Harry le bastaba devolver a su mente la memoria de una Christine cargada de odio, deseando abalanzarse contra Pettrigrew...matarlo. Se miraron y por un escaso instante volvieron a concentrar en su intercambio aquella afinidad que los había unido durante los últimos años. Confusos y con el corazón palpitando de emoción, rompieron el contacto recordando que estaban separados. Se había roto la magia...y para Harry era la segunda vez.

-Peter Pettrigrew también entregó el paradero de la familia de Christine.- explicó el propio Harry reponiéndose.- La misma noche que murieron mis padres. Pero...eso era algo que Alan no sabía, algo que estaba fuera de sus límites. De hecho, aunque así fuera y lo hubiera descubierto...él cree que Lewis es Dani y eso rompe totalmente la cordura de esta historia.

-Ian Lewis le ha mentido.- confesó Anya reteniendo un suspiro. Se sentía vacía por dentro. Si ella lo hubiera sabido...si hubiese captado la manera en la que Lewis iba a acercarse a Alan, probablemente habría logrado detenerlo. Los habría puesto en sobre aviso, pero tanto ella como Orión habían decidido guardarse la verdad para ellos.- Y sólo hay una manera en la que ha podido hacerlo: a base de una especie de posesión telepática. Quizás, haya utilizado alguna poción, aunque hubiese necesitado algo...un objeto o algo así, pero conociéndole como le conozco, sé que ha podido conseguirlo.

-Las pesadillas...- recordó Harry angustiado. Se le formó un nudo en la garganta. Ahora lo comprendía. Aquellos despertares de Alan mirándoles de manera extraña, aquel resentimiento anidado en sus ojos, aquellos cambios de humor repentinos, a veces pareciendo tan niño, otras tan...distinto, como otra persona.- Alan tenía pesadillas a menudo y nunca quiso hablar de ello. Debimos insistir, debimos darle confianza...pero Christine...- se mordió el labio inferior. No era justo culpar a Christine de todo aquello, aunque era cierto que se había despreocupado o no se había percatado de lo que ocurría y eso en ella era tan extraño como que en aquellos momentos estuviese tumbada en la cama.-...está muy rara, no sé lo que le pasa.- Anya desvió la mirada y Ginny, apoyando la barbilla en el reposa brazos del sillón de manera ausente, se percató de ello.

-¡Maldito cerdo asqueroso!- expresó Ron golpeándose la palma de la mano con un puño.- Es un engendro endiabladamente retorcido.- Harry ya no le prestaba atención. Evocaba en su mente todas aquellas ocasiones en las que su hermano no le había parecido el mismo, en las que se había sorprendido de que le hablase con dureza. Siempre se había llevado bien con Alan, jamás se habían peleado, pero en los últimos meses el niño había cambiado y él no había sabido notarlo. No era cierto que Alan lo quisiera fuera de la casa, no era cierto que se burlara de sus sentimientos al romper las fotografías de Sirius o sus padres, no. En realidad, era Ian quien había actuado bajo aquella máscara inocente. Divide y vencerás, pensó con amargura y eso era lo que había hecho su peor enemigo. Se había introducido una vez más dentro del hoyo y había agujereado la única grieta que pendía de un hilo sus lazos familiares: el recordarse mentalmente que por sus venas no recorría la sangre de Christine ni de Lupin, así como recordarle a Remus que él no tenía ningún hijo.

-Ha jugado con su dolor...- comentó conmocionado. No le dolía lo que él estaba padeciendo, no ardía en odio porque su vida estuviese en manos de detener o no a Lewis, no. Lo que realmente acrecentaba la intensa ira y la tristeza que albergaba su corazón, era saber lo que Alan debía haber sufrido, lo que estaba sufriendo y lo que sin querer, estaba haciendo sufrir a los demás.- Lo confundió con esos sueños...con esas mentiras...le hizo ver su vida pasada y la manipuló a su antojo. Manchó el recuerdo de Dani tiznándolo de un odio y unas cenizas a Christine que jamás existieron.- se giró de manera furiosa hacia sus amigos, apretando los puños.- ¡Todo ha sido una mandita farsa!- Anya temblaba desde el umbral de la puerta, tan conmocionada o más si cabe por la escena que presenciaban sus ojos. Se sentía intrusa de una historia que ella misma se había encargado de rescribir, pero que no le pertenecía. Se sentía mendiga de sus visiones, de sus temores, de sus predicciones, mendiga porque sentía que estaba viviendo algo que no le pertenecía pero que había buscado ansiadamente desde siempre.- ¿Os dais cuenta? Se hace pasar por su padre porque en el corazón de Alan todavía permanecen los recuerdos de aquella muerte...de aquella noche. Porque no se pudieron borrar de un soplido. Alan solo quiere cariño y comprensión y la busca en el pasado, como yo he hecho, como todos hacemos alguna vez.

-Es repugnante.- Heka se frotó los brazos con las manos como si tuviera frío. Se acercó a Harry y fue un acto reflejo lo que la llevó a acariciarle los mechones que le caían por detrás de la nuca. No fue intencionado, pero se sintió mal al percibir la mirada de Ginny puesta sobre ella. Había olvidado las sensaciones que últimamente habían nacido entre Harry y ella, pero en aquel momento, hasta aquello sonaba banal y estúpido.- Es un acto atroz atormentar a un niño. Es...sencillamente despreciable.

-Es por su poder.- Harry parecía despertar de un largo letargo. De repente, todos los cabos sueltos se hilaban en su mente con retorcida ridiculez, como si siempre los hubiera tenido enfrente de las narices. Anya parecía abrir la luz entre aquella oscuridad a la que lo habían condenado sus dudas, sus miedos y su egoísmo.- Alan debe ser el arcángel más poderoso que exista y Lewis debe desear tenerlo como aliado. No le conviene para nada tenerlo en su contra si lo que pretende es extender una horda de terror a su alrededor.

-Exterminará a los muggles...- confesó Anya. Se sentía muy vulnerable apoyada en el marco de la puerta confesando hechos que debía haber explicado semanas atrás. Sintió la mirada de todos puesta en ella y notó cierto resentimiento, pero no de parte de Harry. Como sí, a pesar de todo lo que había hecho, su límite de comprensión se extendiese más allá de todas esas fronteras de mentiras y enigmas que la habían rodeado desde su llegada.- Después...querrá acabar con un peligro mucho mayor, un peligro...que Lord Voldemort ya intuyó.

-Los arcángeles...- susurró Harry y por alguna razón, la miró intensamente.- Por eso estáis aquí. Tú puedes ver el futuro...sabías que esto sucedería y habéis sido enviados para detenerlo.- la miró intensamente esperando ver esa verdad en sus ojos, pero Anya bajó la cabeza y negó lentamente.

-No exactamente. Pero algo de razón tienes. Nuestra misión era evitar que Ian indujera a Alan al lado oscuro...evitar que él se convirtiera en un...mago tenebroso, destruyéndolo si es necesario, pero acatamos la misión en parte por nuestra propia conveniencia. Sabemos lo que es un mundo en el que los arcángeles están oprimidos y son exterminados y que no queremos que eso se repita...por eso, Harry, por eso tratamos de matar a Alan. Yo...yo sé que las formas de Orión no son siempre muy comprensibles, sé que no son muy humanas, pero tú no lo entiendes, no sabes lo horrible que es despertarse cada mañana sabiendo que vas de cabeza a un precipicio, que tienes entre tus manos una verdad, un secreto, una realidad que podría acabar con las personas que más te importan. Si el destino ha cruzado a Alan en nuestro camino, si ha querido que se convierta en lo que es...entonces no tenemos más remedio que matarlo.

-¡Pero no es culpa suya¡Y es solo un niño!

-Pero crecerá.- Anya se estremeció sin pretenderlo. Todavía no se atrevía a levantar la cabeza, como si se avergonzara profundamente de lo que estaba diciendo.- Y cuando lo haga...será inalcanzable.

-Eso no soluciona el problema.- replicó Heka fríamente.- Sólo lo evade.- Anya sí tuvo fuerzas para fulminarla con la mirada, pero la chica no se amilanó.- Seguirá existiendo un Ian Lewis y con un propósito. Seguirán estando los arcángeles en peligro y el mundo mágico.

-No lo comprendes, Odria.- le espetó Anya con rudeza. Su mirada ahora era determinante y parecía mucho más alta y poderosa que cuando estaba encogida sobre sí misma.- No le tememos a Lewis. Tanto Orión, como Harry, como yo podemos matarlo...pero no ahora. No con Alan.

-¿Por qué?- quiso saber Ginny. Observaba melancólica el intercambio de palabras. Era la única cuya voz surgía cálida y afectuosa, cargada de sencillez. Estaba distinta, pensó que Harry al mirarla una vez más. Se veía más demacrada que nunca, pero a la vez le parecía ver resurgir un brillo de belleza que no había percibido con anterioridad. Se dio cuenta de que la miraba embelesado, perdido en sus pensamientos y describiendo perfectamente la curva de la ropa ancha que llevaba aquella mañana. Enrojeció solo de pensar en lo que surcaba su mente y se reprendió mentalmente por ello. Deseaba mantener su orgullo, pero le resultaba terriblemente difícil cuando cada vez que se separaban, más un sentimiento de unión hacia ella crecía en su interior. La deseaba incluso con más locura, con más irracionalidad. Le sorprendía la parsimonia y la sangre fría con la que Ginny parecía haberse tomado las cosas y también admiró y a la vez reprochó el hecho de que fuese la única capaz de comprender a Christine, como si las dos supiesen algo que ellos todavía no habían alcanzado a adivinar. Le sorprendió también descubrir que las palabras de Anya se habían endulzado cuando se refería a Christine, pese a que siempre parecía haber demostrado una irracional aversión hacia ella.

-Porque Lewis busca algo más de todo esto...algo que sólo Alan puede entregarle.- Anya habló enigmáticamente, pero Harry comprendió cuando Hermione formuló la pregunta que Anya había dicho demasiado y que tal vez por ello, cuando Orión volviese a verla se encargaría de hacérselo pagar. Sintió que le hervía la sangre por ello pero no dudó ni por un instante que, pese a que el arcángel no se encontraba en presencia de ellos, lo sabría. De alguna manera, lo descubriría.

La chica se dio la vuelta aunque no iba a cruzar el umbral y se despidió de ellos con una inclinación de cabeza. Harry sabía que a partir de entonces sus encuentros serían más limitados y mucho más vigilados y que tal vez, la próxima vez que se encontraran cara a cara, sería en bandos contrarios. Había visto en los ojos de Anya el deseo de ayudar a Alan a librarse de aquella oscuridad, pero debían de ser muy crueles los crímenes que había visto en sus visiones porque también había determinación cuando había hablado de detenerlo. Ya fuese dándole muerte o devolviéndolo a la realidad, Harry sabía que esa misión sí que la cumplirían tanto Anya como Orión y se miró las manos desolado, esperando que llegado el momento, él pudiese extraer el suficiente poder como para detenerlos. Cuando la luz que desprendía la desaparición de la chica dejó de deslumbrar la estancia, Troy comentó:

-Va a ser muy difícil rescatar a Alan de las fauces de un enemigo como Ian Lewis. Pero todavía va a ser más difícil rescatarlo de la de esos dos.

-Pero lo haremos.- respondió Harry con seguridad. Tenía una familia y le había costado muchísimo reunirla y no iba a permitir que nadie se la arrebatara, nada le importaba en la vida tanto como ello.

-¿Cómo?- suspiró Ron, algo desalentado.

-Con esperanza.- respondieron Harry y Ginny al unísono. Se miraron intensamente una vez más, pero en aquella ocasión, no rompieron el contacto.