CAPÍTULO 23: CONGRATULATIONS, YOU GOT TO BELIEVE.
(ENHORABUENA, TÚ CONSEGUISTE CREER)
El día se había consumido bajo el cálido manto de la luz solar. Sin embargo, el crepúsculo cubrió el cielo sobre las ocho de la tarde. Parecía que los nubarrones se hubiesen cerrado en torno a aquel Londres contaminado de tristeza, apagando la luz. Como el interruptor de una habitación iluminando en una fría noche de invierno.
Se había tragado la esperanza de aquellos destellos dorados que habían querido acariciar el Valle de Godric, sumiéndoles en profundas reflexiones.
Christine no se había despertado. Remus había entrado en su habitación unas tres veces en todo el día, pero había sido incapaz de arrebatarla de aquel profundo sueño en el que parecía haber caído. No había visto la túnica manchada de sangre ni tampoco adivinado el sufrimiento en sus gestos forzosos, hundidos entre los sueños. Christine nunca dejaba huellas. Nada que la delatara. Era como una sombra sigilosa desplazándose entre la multitud.
Dumbledore no había necesitado hablar con ella para comprender el porqué de su comportamiento taciturno. A Remus le había temblado la voz al relatar los hechos y casi había suplicado el perdón del director por no haber encontrado a Alan a tiempo.
-En vano, Remus.- había dicho un Dumbledore sombrío.- Habría sido en vano. No lo habrías encontrado a menos que Ian Lewis lo hubiese querido.
La reunión de la Orden del Fénix había estado marcada por la tensión. La inesperada muerte de Pettrigrew había caído como un bálsamo de agua helada, congelando el odio que algunos le profesaban, intercambiándolo por desconcierto. Oficialmente, nadie conocía al sospechoso, porque Grint se había encargado de filtrar a la prensa la noticia de que había sido un arcángel.
-Hallamos una magia distinta interfiriendo en la maldición "Avada Kedavra" Después de estudiarla, llegamos a la conclusión de que indudablemente procedía de un arcángel. Quizás hayan pasado al bando de Lewis.
Harry había apagado el televisor con el canal mágico de mala gana. Grint lo había narrado con el pecho henchido de orgullo, como si hubiese descubierto la octava maravilla del mundo. El chico conocía el odio que el auror le profesaba y reconocía que él mismo se lo había labrado. Se había deleitado poniendo en duda la capacidad de Grint como dirigente del grupo auror y se había ganado a pulso a un enemigo poco conveniente. Pero entonces, con dieciséis años y el odio palpitando en su interior, le había resultado muy divertido arrastrarse por ese juego burlón que le hacía sentirse tan poderoso. Ahora Grint, sin comerlo ni beberlo, había dado con la clave de la muerte de Pettrigrew casi por accidente. Pero eso exponía a los demás arcángeles a un control innecesario. Ninguno de ellos se había pasado al bando enemigo ni se dejaría corromper por las tentadoras palabras de Lewis, ninguno, claro está, que hubiese llevado una existencia medianamente normal. Y ese, por desgracia, no era el caso de Alan.
Así que, intensamente preocupados por las malas noticias y por haberse visto por un momento bajo una amenazada que no habían podido paliar; los ánimos de la Orden estaban desparramados por el suelo. Sin lugar a dudas, coincidían con Grint en que algún arcángel se había aliado con Lewis y le había posibilitado el acceso a Azkaban, lanzando un claro mensaje de desafío hacia Harry, que todos esperaban que éste respondiera. Ninguno, obviamente, reparó en la ausencia de Alan en la casa de los Lupin. Ninguno pensó, ni por un momento, que un niño de cinco años hubiese sido capaz de semejante atrocidad. Interpretaron el comportamiento de Christine a su orgullo herido, incapaces de acertar en comprenderla.
Anya no se había movido de la casa. Harry sentía su presencia en el jardín, pero no quería hablar con ella. Le parecía que por aquel día ya había tenido suficientes malas noticias, porque de una cosa estaba seguro, el repertorio de Anya contenía muchas más. La había dejado deambular por el bordillo de la piscina y el césped, pasear en soledad y observar la caída de la tarde, dando paso al manto de tinieblas. Ni siquiera se apiadó de ella cuando un relámpago cruzó el cielo y comenzó a llover. Intuía que la chica se estaba empapando, intuía sus temblores bajo el frío Noviembre, pero no se atrevió a dejarse guiar ni por sus pasos, ni por su energía.
El plenilunio estaba cerca. Anya sentía la nitidez de la luz de la luna abriéndose camino entre las estorbosas nubes. Le gustaba aquella batalla campal que mantenía por dejarse contemplar, por dejar que otros pudieran admirar su belleza. Porque la luna era orgullosa, así se lo había explicado Michaela en una de sus lecciones. La dama blanca. Así le gustaba denominarla.
Encerrada durante años entre pasadizos secretos y casuchas derruidas a las afueras de la ciudad, Anya nunca había tenido mucho tiempo de contemplar el cielo. A menudo, cuando se encontraba en el corazón de aquellos subterráneos, sentía que se ahogaba, que no resistiría mucho más el no salir a la superficie y sentir que estaba viva, como si su magia chocara con el aire enrarecido de aquellas frías paredes. Como si fuera una criatura distinta al resto, con una magia especial que necesitaba salir a campo abierto.
Por eso, pese a que su túnica todavía raída se adhería a su piel, empapada, se mantenía de pie entre aquella explanada que le daba la oportunidad de beber los conocimientos que poseían aquellas fuerzas de la naturaleza. Era un arcángel y como tal, no podía evitar sentirse receptiva hacia las cosas bellas. Los elementos vástagos y a su vez finos, de la madre naturaleza.
-Rememorar las cosas no permitirá aflojar el nudo de la verdad. Son como son y no hay manera de neutralizarlas. Es muy tarde para rectificar errores.- Anya no se dio la vuelta. Por una milésima de segundos había pensado que sería Harry quien la rescatara de aquella soledad, pero era una voz cargada de dureza, pero a la vez de candidez la que se colocó a su lado y dirigió una mirada hacia el cielo.
-No ha habido errores en mi vida.- comentó, exhausta.- Simplemente, no he vivido...no he podido vivir cuando me negaba una y otra vez a aceptar la verdad. Cuando me despertaba por la mañana y tomaba mis muñecas de trapo, a las que ponía los nombres de los seres queridos que perdía por el camino e imaginaba que ellos todavía seguían conmigo. Nadie trató de detenerme. Ni siquiera Orión.
-Vivir en una mentira a veces es bueno...pero a la larga es como no haber vivido.- Anya sonrió imperceptiblemente y miró a Ginny. También ella la notaba distinta, con mucha más claridad que Harry.
-Una vez Orión me llevó a ver una película que se llamaba...- forzó su mente al recuerdo.-..."La vida es bella". Trataba sobre un hombre que había perdido a su mujer y solo le quedaba su hijo.- por alguna razón, Anya sentía un nudo intenso a la altura del estómago. Era como estar narrando su propia historia.- Estaban en medio de una guerra y a ellos los llevaron a un campo de refugiados. El hombre, sin embargo, hacía el horror de su vida maravilloso. Sabía que su mujer no regresaría, sabía que acabarían por morir, pero no cesaba en su empeño de, pasase lo que pasase, mostrarle a su hijo una utopía que no existía. Incluso, cuando ambos estaban a punto de morir, el hombre, al que todos tomaban por loco por fingir algo que no era real, se las arregló para que el niño pensase que aquello formaba parte de un juego, que disfrutaría con ello.- Ginny realizó una curiosa mueca con los hoyuelos de las mejillas, como si en su mente se dibujasen esos acontecimientos con claridad. Su familia siempre había vivido bajo la influencia mágica y no sabía mucho de los muggles, pero había entendido la historia a la perfección. Tenía un significado especial.
-Es cruelmente hermoso. Me parece que viviste algo similar. ¿Cierto?
-Sí, pero ahora siento como si de golpe me hubiesen arrancado mi...- dudó y se sintió avergonzada por lo que iba a decir. No solía expresar sus sentimientos tan a la ligera y mucho menos con alguien como Ginny, con la que no había intercambiado más que alguna que otra palabra.
-...inocencia.- la ayudó la chica, asintiendo. Todavía no había apartado la mirada del cielo. Lo encontraba extrañamente hermoso bajo la neblina de la lluvia. Se estaba mojando, como su acompañante, pero la insignificante fuerza de la lluvia no parecía paliar su espíritu dormido. Estaba como...en paz y eso que tenía miles de motivos como para no estarlo. Anya se ruborizó y apartó la vista.
-Es curioso que precisamente tú veas en mí algo de inocencia. Es como si de repente te hubieses vuelto más receptiva.- Ginny sonrió nuevamente.
-Tal vez lo haya hecho. O tal vez, por fin se haya despertado en mí la esperanza que todos dicen que tengo.
-Y sin embargo,- tanteó Anya observando de reojo como Ginny jugueteaba con los pliegues de su túnica.- no parece que hayas decidido reponer tu vínculo con Harry.
-No lo he hecho.- aceptó Ginny. De pronto, su rostro se había cubierto por una súbita seriedad. Anya no quería romper aquella conversación que parecía llevarla directa hacia respuestas y se arrepintió en seguida de haber preguntado aquello. Pero Ginny no parecía enfadada.- Harry y yo hemos pasado muchas cosas juntos. Hemos sufrido, hemos sido felices y ahora hemos llegado a un punto intermedio entre todo esto. Yo no puedo aceptar ciertas cosas solo porque lo quiera y él no puede estar a mi lado mientras yo le siga cuestionando hechos de los que no puede prescindir.- suspiró.- Ahora más que nunca, si está a mi lado, quiero que sea porque es consciente de que no puedo jugármela cada vez que aparezca una nueva amenaza, de que precisamente por ser un atisbo de esperanza no puedo sucumbir ante las sombras que amenazan sus ojos en cada fuego de batalla. Lucharé, pelearé, pero en esta ocasión, no moriré...no puedo.
-Entiendo.- murmuró Anya. Estaba ligeramente sorprendida. La Ginny que ella conocía, la que había visto, no se asemejaba en nada a aquella que tenía enfrente. Ginny se materializaba fuerte, segura de sí misma, incluso aterradora cuando se enfrentaba a sus enemigos. No le importaba morir mientras siguiera la causa en la que todavía creía. Quizás, a aquella Ginny que tenía delante y que había comenzado a mutar a esa mujer exigente, algo más fría y segura, necesitase del último golpe de efecto para llegar a ser la del futuro que ella conocía.- Has cambiado mucho...- la mujer la miró a la cara por primera vez. En sus facciones se denotaba el cansancio.
-No puedo seguir matando mi personalidad, Anya y estar junto a Harry en estos momentos significa eso. Morir un poco cada día. Hay cosas que considero demasiado importantes como para perder pero a él parece no importarle. Tiene que elegir entre su orgullo, sus ansias de sentirse un héroe o yo. Aunque a veces, tanto uno como otro fracasamos en nuestro intento de mantenernos alejados. Es fuerte nuestro vínculo.- Anya desvió la cabeza ligeramente. Se sentía abrumada por la culpa. Podía decirle a Ginny lo que pasaría en el futuro y romper así su obstinado pensamiento. O podía decírselo a Harry. De cualquier manera, las cosas cambiarían. Confesárselo, significaría que ellos aprovecharan al máximo sus instantes porque lo que ella había visto les iba a negar a todos una paz a la que se aferraban con uñas y dientes, una paz, que precisamente había sido rota la noche anterior. Pero ello implicaría violar las leyes básicas de sus juramentos.
-Haz lo que creas conveniente, Ginny.- dijo con cierta hosquedad.- Pero no lo pierdas antes de tiempo.
-Me da la impresión de que lo perdí antes incluso de conocerlo.- confesó con pesar. Se sentía bien hablando con Anya, comprendiéndola, sabiendo exactamente como se sentía la parte de su ser que ella había querido desvelar.- Lo perdí cuando el destino lo puso en el camino de Lord Voldemort. Lo perdí cuando se vio obligado a cumplir esa profecía porque eso lo llevó a las garras del poder, de la oscuridad, del Salvador...y a esa parte de sí mismo no puedo acceder.
-Harry es muy especial...- comentó Anya embelesada. Se había perdido entre las luces que contrastaban el cielo relampagueante. Eran crueles y a la vez muy bellas. Ginny no se sintió celosa. A pesar de los comentarios que Heka había dejado caer en ciertas ocasiones, no intuía que la chica estuviese enamorada de Harry, no. Era otro tipo de sentimiento, como añoranza, como algo idílico, como admiración.
-No debería sentirme celosa por tus palabras.- dijo.- pero sí de lo mucho que pareces ver en él. Ojalá pudiera mirarlo de la misma forma en estos momentos. ¿Por qué esos sentimientos?
-Se parece a Orión.- respondió Anya simplemente, como si eso lo aclarara todo.- O a una parte de él al menos.
-De la que tú te enamoraste.- Anya retrocedió de inmediato y la observó intensamente, con perspicacia, entornando los ojos para traspasar su mirada a través de la lluvia. Ginny suspiró, pero sonrió divertida.
-A estas alturas, todos deberían haberse dado cuenta. No le miras como a un hermano.- le dio la espalda y caminó dos o tres pasos hasta un charco enorme que se había formado en medio del jardín. Se contempló en las aguas turbulentas.- No encuentro ese parecido que resaltas...sin embargo, imagino que Orión ha cambiado. Y a pesar de que todos parecen verle como una persona cruel y sin escrúpulos, hay algo en él que encuentro...turbador...- soltó una risita breve por lo misteriosas que habían sonado sus palabras y añadió:- Veo algo bueno en su interior. Algo que me gusta.- Anya no la siguió hasta el charco, pero sonrió desde la distancia.
-Debería ser yo la que sintiera celos ahora.- se desprendió de la capa que le cubría la túnica y que estaba totalmente empapada y la arrojó al suelo sin miramientos. Sus ropas eran tan oscuras como ella.- Pero sé qué es exactamente lo que te atrae de Orión.- Ginny se dio la vuelta para mirarla interrogativamente. Incluso desde la distancia percibió su ironía.- Se parece a Harry.- terminó y aquello sonó como si fuera lo más obvio del mundo. Ginny volvió a darle la espalda. Se tomó a broma su comentario.- De todas formas, tú no deberías ser la persona que adivinara primero la verdad. No obstante, poco importa ahora. De una manera u otra, las cosas acabarán por descubrirse.
-Es muy obvio.- repitió Ginny ausente. Parecía muy concentrada en su reflejo del charco, cambiando posturas una y otra vez.
-Se me escapó delante de Harry y el profesor Lupin. Pero estaban lo suficiente nerviosos como para no notarlo.
-Deberías tener cuidado, entonces.- comentó Ginny. Frunció el ceño ligeramente como si hubiese encontrado algo irregular.
-Tú también.- susurró Anya despacio. Había tardado unos instantes en responder. Ginny se quedó paralizada durante un momento. No podía referirse...- Y por eso, solo por eso, he podido entenderte.
-Sin embargo.- comentó Ginny sombría.- No sabes lo que es.- Anya pareció sonreír y bajó la cabeza. Se retorció las manos pesarosa.
-No...no...pero me gustaría saberlo.- aunque inmediatamente, su entereza la devolvió a la realidad.- Es algo que no nació para mí. Mi misión es otra...y debo consagrarme a ella.
-¿Por qué?- se limitó a preguntar Ginny. Todavía estaba confusa y nerviosa.
-Porque muchos murieron para que pudiera llevarla a cabo.
-No obstante, morir ahora también es una posibilidad y no sería agradable que fuese a manos de alguien como Harry, que te inspira tantos sentimientos distintos.- se quedó callada unos segundos y añadió:- Me gustaría saber cómo lo has adivinado.
-Es muy obvio.- comentó Anya con sencillez. Ginny sonrió por enésima vez. Aquello comenzaba a asemejarse a una conversación de besugos, pero que estaba cargada de información.- Aunque para mí habría resultado terriblemente insignificante averiguarlo.
-Por tu poder...- asintió Ginny. Anya no le contestó. No era por eso, pero no podía decírselo. No todavía.- ¿Guardarás el secreto?- Anya entornó los ojos.
-Lo guardaré.
-Te lo agradezco.- Ginny se enderezó, se desperezó como si acabase de despertar y movió la cabeza para expulsarse el agua del pelo.- Me ha encantado hablar contigo. Nos veremos por ahí.
-Ginny.- la llamó Anya antes de que ésta se marchara, aunque no se giró para mirarla.- Hay poca gente en el mundo capaz de llegar hasta el interior de Orión, muy poca. Incluso los más sabios y poderosos han caído rendidos frente a su pared de frío acero. Sin embargo...yo creo en él. Yo confío en él. Y tú, de alguna manera, de entre todas esas personas, has logrado intuirlo sin necesidad de una magia particular.- hizo una breve pausa.- Ayúdalo. Si lo haces...es posible que no tengas que ver a Harry matando esa parte de ti misma que cada vez ahoga más el Salvador.- Ginny se había detenido, próxima a la piscina. Volvió a mirar su reflejo.
-Yo tengo fe...¿la tienes tú?
-Mucha fe.- asintió Anya con el corazón en un puño.- Me enseñaron a tenerla. ¿De dónde viene la tuya?- Ginny cerró los ojos amargamente.
-Antes no lo sabía. Ahora sí.- resopló, visiblemente agotada.- Vas a tener que explicarnos muchas cosas si quieres llegar a nuestro interior, Anya. Está muy quemado por dentro. No todo el mundo verá lo mismo que yo veo. Y eso incluye a Harry, a Christine, a Remus...incluye a todas esas personas que por alguna razón influyen en ti. ¿Enfundarás a tu espada en su contra? ¿Las...matarás?- Anya suspiró y desvió la mirada.- Lo imaginaba.- la chica comenzó a caminar lentamente en dirección a la casa.
-Ginny. ¿Lo harías tú? ¿Lo harías si...si con eso acabas con algo que pusiera en peligro la vida de Harry, la de tu familia, aunque eso significase cometer quizás una terrible injusticia? Dime, ¿lo harías?- Ginny se detuvo y pensó un instante en lo que ocultaba. Cerró los ojos y tentativamente se alejó. Sus pies chapoteaban en el suelo cuando su figura se atragantó con la oscuridad de la noche. Tampoco había sido capaz de responder.
Anya se giró de nuevo hacia el cielo. Dejó de llover, pero el rocío todavía se balanceaba entre las hojas de los árboles. El suelo estaba empapado, casi tanto como su alma. Las nubes parecían abrirse camino, pero el sol no regresó de aquel viaje de ida y vuelta, no por esa noche. La dama blanca se materializó con claridad ante sus ojos. Era hermosa y radiante.
-Parece mentira que algo tan bello pueda ser fruto de una condena.- comentó una voz a sus espaldas. Anya se giró bruscamente. La figura de Lupin se iluminaba por la luz que emergía de la casa.- La puerta estaba abierta.- comentó como toda explicación. Probablemente, Ginny había olvidado cerrarla.- ¿Qué observabas con tanta devoción?- inquirió con curiosidad.
-Pensaba...en muchas cosas al mismo tiempo. Me gusta la luna, eso es todo. Me mantiene en calma.
-Comprendo.- dijo Lupin colocándose a su derecha y alzando la cabeza hacia el satélite.- ¿Sabes? A mí también.- Anya alzó las cejas escéptica, pero entonces Remus soltó una pequeña carcajada y añadió:- Sí, sé lo que estás pensando, no es muy normal en un licántropo. Debería temerla...y en cierta forma, es así. Pero también la admiro. Es como si formara parte de mí.
-Es una forma de definirlo.- suspiró la chica. Aquel momento le hacía sentirse como en casa. El profesor Lupin era sabio y comprensivo, su voz acariciadora le susurraba con tanta dulzura que se le hacía fácil compararlo con su padre. Le gustaba hacerlo, aunque inconscientemente. Lo echaba de menos, terriblemente de menos, tanto, que no se dio cuenta de que lo pronunciaba en voz alta.- Echo de menos a mi padre...
-Lo imagino.- Lupin se puso en su lugar por un momento. Había percibido mucho dolor en aquellas palabras. Mucha melancolía y soledad.- ¿Y a tu madre? ¿No echas de menos a tu madre?- Anya apartó la cabeza bruscamente.
-Apenas la conocí- gruñó algo molesta. Pero logró reponerse. No obstante, Remus percibió el cambio de su voz.- Tenía cuatro años cuando murió.
-Pero puedes recordarla con nitidez.- adivinó Lupin. A Anya le inquietó el hecho de que pudiera leer sus sentimientos con tanta facilidad.- No voy a preguntarte porqué pareces resentida.
-Me falló.- respondió Anya simplemente. No sabía porqué había confesado aquello. Tal vez, porque nunca se había atrevido a hablarlo con su padre con tanta claridad y hacerlo con Lupin le parecía que se quitaba el mismo peso de encima.- Me prometió que volvería...pero nunca lo hizo.- Remus retuvo la respiración y solo se atrevió a exhalar el aire cuando comprobó que la expresión del rostro de la chica parecía ser tan frío como de costumbre.
-Puede que no la comprendieras bien. O puede quizás, que una niña de cuatro años no sea capaz de entender la mente de una persona adulta. ¿Entienden todos a tu alrededor como te comportas? ¿Lo entiendo yo? ¿Harry? Y sin embargo, pienso que tienes motivos para actuar como lo haces. No los comparto, pero alcanzo a adivinar eso.- Anya no supo qué responder, pero su interior luchaba por no dar su brazo a torcer. Remus había abierto viejas heridas.
-Debería matarme.- comentó miserablemente.- Antes de que yo lo haga con su hijo.
-Pero no es mi hijo.- dijo Lupin.- Vosotros mismos os encargasteis de recordármelo.- Anya se mordió el labio inferior arrepentida.- No sé cuáles son vuestras costumbres ni me interesan, pero aquí no actuamos así. No solemos caminar por la calle eliminando a aquellos que suponen un problema en nuestras vidas. Podemos tratar de ayudarles, por ejemplo.- Remus sonrió sinceramente y Anya sintió por primera vez desde que había llegado a Londres que recuperaba una parte de su padre.- Además, no estoy tan loco como para enfrentarme a un arcángel. Acabaría hecho pedazos.
-Debería matarme.- reiteró Anya. Le palpitaba el corazón con angustia.- Porque yo no dudaré en clavar a Démeter en el pecho de su hijo.- Remus observó de reojo la imponente espada de la chica.
-¿Por qué llamas Démeter a tu espada?- Anya extrajo la letal arma legendaria y acarició el filo con una frialdad inhumana. No había sentimientos en su barrera de acero. Pero sí una dulzura mezclada con esa dureza característica, tanto, que parecía chocante.
-Por la leyenda de Démeter y Perséfone.
-¿Qué dice esa leyenda?- quiso saber Remus. Anya parpadeó sin mostrar ningún sentimiento al hablar.
-Perséfone era la hija de Démeter y fue secuestrada por Hades, que se la llevó al infierno. Démeter, desesperada, buscó a su hija hasta las entrañas de la tierra y lloró por ella. Es lo que habría querido de mi madre, que hubiese luchado por estar siempre conmigo.- hizo una pausa para respirar hondo.- Es lo que no le perdono.- Lupin observó el firmamento con fijeza.
-Es una bonita leyenda, pero no es real. Como tampoco lo es el odio que dices sentir por tu madre.- sonrió en parte conmovido.- En el fondo, eso sólo demuestra lo mucho que la sigues queriendo.
-Miente.- se limitó a decir la chica, pero Remus volvió a sonreír enigmáticamente.
-No, no lo hago. Y en tu fuero interno estás de acuerdo conmigo. Sabes, que tu supuesto odio solo es una manera de llevar mejor la pérdida de tu madre, de la persona a la que más querías en este mundo. Te sientes mejor contigo misma ahogando tus sentimientos con una llama que mantienes viva, que te hace permanecer en una inquietante paz.- Se dio la vuelta y dio unos pasos en dirección a la puerta.- En el fondo, honras la memoria de tu madre al haberle puesto ese nombre. Ella lucha a través de ti cuando desenvainas a Démeter.- se abrigó entre su capa y añadió:- Es un nombre muy bonito.
-Señor.- lo llamó Anya inquieta, antes de que él se alejara. Remus se detuvo a la espera. Le parecía sentir emociones resquebrajando la dureza del corazón de la chica.- ¿Por qué me deja marchar? Usted sabe que no le atacaré si decide apuntarme con su varita.- Lupin sopesó por un momento la respuesta.
-¿Y por qué no habrías de hacerlo?- contrarrestó. Anya luchó por controlar sus emociones pero le fue incapaz detener a sus propias palabras.
-Porque usted me recuerda a mi padre...
El Ministerio de Magia era un hervidero de rumores. El diario el Profeta había publicado unos cuantos artículos sobre la incompetencia de los aurores en Gran Bretaña y la ineficacia de Harry Potter como arcángel. Rita Skeeter, rememorando antiguos odios, había hecho referencia a que a Harry le importaba un comino el mundo mágico y que no era tan poderoso como había dejado entrever, puesto que no había logrado detener a Lewis y los mortífagos. A esas alturas, toda la comunidad mágica conocía el hecho de que el antiguo servidor de Lord Voldemort estaba siguiendo sus pasos y que era el responsable directo de la muerte de los cardenales y en consecuencia, de la inquietud de los muggles.
Aquella mañana, un día y pico después del asalto a Azkaban, la muerte de Pettrigrew y la fuga en masa de antiguos mortífagos; Amelia Bones había reunido en su despacho a Harry, Christine, Dumbledore y Thomas Grint, que había insistido mucho en asistir.
Encontró al director seriamente preocupado, a la profesora visiblemente pálida y esbelta y a Harry con un semblante frío e inexpresivo. No le agradó el cambio.
-Sólo pudo ser un arcángel...-comentó algo desesperada. Sabía que rozar aquellas suposiciones de Grint no agradaría ni a Harry ni a Christine, pero ella misma se las había planteado. Sino había sido un arcángel...¿quién más podría generar esa cantidad de energía? Y estaba la muerte de Pettrigrew...lo habían comprobado y la energía, efectivamente, era la de un arcángel. Harry, que estaba de espaldas a ella, mirando por la ventana, se mordió el labio inferior.- Quizás ese chico tan raro...Orión...- probó la ministra.- Harry parpadeó inquieto. Le caía realmente mal Orión. Cada día más. Pero no podía permitir que se llevara la culpa por un crimen que no había cometido. Cerró los ojos con violencia y sacudió la cabeza. Aquello sólo le traía malos recuerdos. Sentía, que si condenaba a Orión a cumplir aquel delito siendo inocente, estaría condenando a Sirius por segunda vez. Pero tampoco podía delatar a Alan. Era su hermano...un niño pequeño.
-¿Por qué dudas, Potter?- gruñó Grint. Estaba recostado, con los brazos cruzados, sobre una de las columnas del despacho. Harry se dio la vuelta y observó a Christine por el rabillo del ojo. Le pareció sentir sus fuerzas sucumbiendo a aquel interrogatorio. Ellos tenían la verdad entre sus manos, pero...no podía desvelarla. Miró a su vez a Dumbledore. No sabía si el director estaba dispuesto a respaldarlos en su mentira. Sabía que odiaba mentir.
-No fue Orión.- expresó con frialdad y volvió a mirar por la ventana. El cielo que mostraba el hechizo de los magos climatólogos era un aciago día, nebuloso.
-No podemos hacer como que no ha pasado nada.- sentenció Madam Bones con algo de dureza. Volvía a ser la mujer entera que había dirigido a la victoria a la comunidad mágica en tiempos de Lord Voldemort. Era una persona justa y quería hacer las cosas bien, pero no se andaría con rodeos.- No sólo la prensa está desacreditando mi manera de trabajar, sino que no pienso dejar a un criminal suelto por ahí, aunque el cadáver lleve el sello de Pettrigrew.- Harry cerró los ojos de nuevo y sintió que la angustia se apoderaba de su ser.
-Tranquilízate, Amelia.- pidió el director. Harry sabía que lo estaba observando porque sentía su mirada clavada en la nuca. Buscaba ganar algo de tiempo, pero ni siquiera Dumbledore estaba dispuesto a dejar que Orión cargase con la responsabilidad de aquel crimen.
-Detendré a ese arcángel y se le juzgará.- dijo Grint. Parecía que se adjudicaba toda la autoridad pese a que no había recibido la aprobación de la Ministra. Pero sentía un insultante regocijo porque notaba que Potter no deseaba entregar a aquel muchacho.
-No fue Orión.- repitió con una inusitada calma, que sorprendió a la mismísima Christine. Vio en sus ojos el temor de que fuera a revelar la verdad, pero con un gesto de cabeza, Harry la tranquilizó.- Él no pudo haber sido porque fue mi poder quién se estrelló en Peter Pettrigrew.- Christine sintió que se apagaban las pocas fuerzas que le quedaban. Había salvado a un hijo...pero estaba condenando al otro. No entendía, no podía comprender porqué Harry cargaba con la culpa de un asesinato que no llevaba su nombre. Le resultaba increíble que defendiese a fe ciega a Orión, cuando éste había tratado de matarlo.
-¿Qué?- Madam Bones también se había quedado sin habla. Miró a Grint que se retorcía de gozo con aquella información y tuvo que apoyarse en su escritorio para asimilar esa confesión.- Pero...¿por qué?- Harry no pudo reprimir el impulso de observar a Dumbledore. El director no había dicho ni una sola palabra. Sonrió. Sabía que Dumbledore había adivinado sus intenciones. No parecía haber nada en el mundo que él no previera. En Christine, en cambio, encontró decepción.
-Lo siento.- se disculpó, pese a que no tenía ningún motivo para hacerlo. Tal vez por eso, su voz sonó sin expresión alguna, como indiferente.- Me dejé arrastrar por el odio.- tratando de inventar una buena historia sin cables sueltos, Harry se paseó por la habitación mirando hacia el techo y gesticulando con las manos.- Me encontré con Lewis en el interior de Azkaban, cercanos a la celda de Pettigrew y reavivó en mí recuerdos muy dolorosos. Me arrepentí casi al instante de haberle quitado una vida que yo mismo le salvé, aunque después de ver el estado tan lamentable en el que se hallaba...creo que le hice un favor. Él mismo me pidió que lo matara hace cinco años, cuando fue condenado a prisión.
-¿Y la barrera?- inquirió la Ministra, visiblemente conmocionada.
-Yo la cree. No deseaba ser molestado.
-¡Escaparon muchos mortífagos por tu culpa, niñato!- le espetó Grint. Pero no parecía furioso, había un tono desenfadado en su voz, como esperando la sentencia de Madam Bones. Harry se volvió hacia él y lo fulminó con la mirada.
-Yo los atrapé. Yo era la única persona que tenía derecho a dejarlos escapar.
-¡Maldito engreído...!
-¡Silencio!- ordenó la Ministra. Parecía furiosa. Era demasiada información por asimilar. Pero cuando fijó sus ojos en los esmeralda de Harry, se sintió vacía y abatida, de pronto. Suspiró cansada y se restregó los ojos.- Me resulta humillante lo que hiciste, Harry. Impropio de un futuro auror y...de un ser humano. No obstante, no quisiste un favor por librarnos de la amenaza del-qué-no-debe-ser-nombrado, así que...así pago mi deuda. Te concedo la libertad. Sólo por esta vez.- Harry vio un brillo determinante en sus pupilas y supo que era verdad.
-¡No puedes hacer eso, Amelia!- protestó Grint de inmediato. Le latía la vena del cuello. Sin embargo, bastó una sola mirada de la Ministra para silenciarlo.
-Yo tengo la autoridad aquí, Thomas y es mi decisión. Te prohíbo tajantemente filtrar esta información al exterior. ¿Queda claro?- Grint miró con odio a Harry y se dio la vuelta, caminando con brusquedad hacia la puerta. Salió y cerró de un portazo. Harry no se atrevió a volver a observar a Madam Bones. Sentía que el hecho de haberla decepcionado pesaba más sobre su cabeza que la mentira que acababa de contar. Recostó la frente contra el cristal frío y se sintió perdido, atrapado en una oscuridad impropia en él. Todavía, cuando segundos después levantó la cabeza del cristal, notó la presencia de Christine observándole sin reparo. Agradecimiento y tristeza se mezclaban en su corazón difuso.
-¿Por qué lo hiciste?- murmuró Christine con calma, depositando el bolso encima de la mesa, una vez llegados al Valle de Godric. La casa se mantenía en un absoluto silencio. Harry pensó con amargura en que unos días atrás habría estado atestada de juguetes y que Alan habría aparecido envuelto en una columna de luz blanca, a recibirlos. Se sintió exhausto, mucho más que cuando respiraba el aire enrarecido del despacho de Amelia Bones. No se atrevió a darse la vuelta ni hacia Christine ni hacia Dumbledore, que permanecía en un discreto silencio. Lupin, que se había quedado en la casa, salió del comedor con aire sombrío y observó a Harry desde el resquicio de la puerta.
-¿Qué ha ocurrido?- quiso saber.
-¿Por qué?- insistió Christine. Parecía que le costaba un esfuerzo terrible cada palabra que salía de su garganta. No parecía enfadada, más bien, desalentada.
-Porque de lo contrario...habrían acabado llegando a Alan.- respondió resentido. Detestaba admitir su debilidad y más ante Christine, aunque sospechaba que a ella no le importaba, siempre y cuando fuera lejos del campo de batalla. Pero se sentía avergonzado de aquella debilidad, que iba matando poco a poco la personalidad del Salvador, la que él quería conservar.
-O a Orión.- completó el director. No se había movido ni un ápice del vestíbulo, como si pensase que penetrar en aquella casa podría dañarlo como había dañado a cada uno de sus inquilinos. Miró a Harry intensamente.- Podías haber dejado que ese muchacho cargara con las culpas. Nadie habría dudado de tu palabra y se habrían conformado con la versión del Ministerio. Después de todo, a nadie le agrada su presencia.
-No me gusta Orión.- confesó Harry con frialdad.- Pero a Anya le habría hecho mucho daño...
-¿Por qué esa preocupación por ella?- inquirió Christine, alzando una ceja. Harry les narró escuetamente lo que la muchacha les había revelado el día anterior, pero no entró en detalles. Le parecía que era violar la sinceridad de su amiga.- No obstante,- continuó Christine.- Hubiera sido mucho más sencillo. ¿O es que tenías la seguridad de que Amelia Bones no iba a enviarte a Azkaban?
-No la tenía.- reconoció Harry, pero no añadió nada más.
-¿Entonces porqué?- insistió Christine. Harry, cuyo rostro se mantenía oculto entre las sombras que proyectaba el largo recibidor, tardó unos instantes en dar pie a su verdadero motivo.
-Pensaba que...si lo hacía...si dejaba que Orión se tragase las culpas...estaría condenando a Sirius por segunda vez.- movió la cabeza de un extremo a otro tratando de borrar sus vástagos sentimientos.- ¡Maldita sea, todo sería más sencillo si no tuviera el apellido Black!- Nadie se atrevió a decir nada más. El fantasma de Sirius no se había mencionado en la casa durante los últimos cinco años y sin embargo, como removido por un cucharón gigante, había vuelto a caer entre sus recuerdos una y otra vez en pocas semanas, como si se negara a desaparecer. Sus fotografías, sus recortes de prensa, su nombre...su apellido, todo reavivaba los sentimientos que Harry había asegurado bajo llave y los devolvía a la superficie. Intensamente más fuertes.
-Tal vez no lo tenga.- comentó Lupin. Se había acercado a Harry y le colocó una mano en el hombro. El chico lo miró confusamente.- Estabas tan preocupado por Christine aquel día que no te diste cuenta de que Anya habló de sus padres y de los de Orión como personas diferentes. Nunca mencionó que fuesen hermanos.- Harry iba a protestar pero calló al comprender que Remus tenía razón. Forzó su mente al recuerdo y se topó con la verdad sobre sus ojos. Era cierto. Recordaba que la casa había puesto muy nerviosa a Anya, tanto, como para cometer el error de revelar más de lo que debía. Y vio la luz. Los hilos in entendibles que pululaban por su cabeza se unieron sintéticamente al comprender aquello. El odio de Orión cada vez que los veía hablar, su frenético seguimiento como si se tratase de un guarda jurado. Orión estaba celoso. Celoso de él porque había logrado la amistad de Anya...una amistad que él estaba perdiendo y quien sabe si algo más.
-Entonces...- Lupin sonrió.
-Uno de los dos ha mentido sobre el apellido Black. O tal vez los dos al mismo tiempo.
-¿Pero porqué lo harían?- preguntó Harry desesperado. De pronto, se sentía furioso. Aquellos dos chicos habían jugado con sus sentimientos, habían jugado con algo muy sagrado para ellos, algo que para él significaba una parte de lo que era, de cómo se comportaba, de lo que fue. Habían jugado con sus sentimientos acerca de Sirius.
-Quizás, para captar vuestra atención. O tu atención en este caso.- dedujo Dumbledore. Lupin asintió con la cabeza como dándole la razón. El director había vuelto a acertar. Probablemente, todo aquel comportamiento, todo aquel juego de palabras, de miradas, de acertijos...no eran más que una clara indirecta hacia él para que se centrara en ellos, para introducirse...
-Y caímos en picado.- sentenció Christine.- De inmediato captaron mi atención y fue cuando le pedí a Harry que se centrara en la muchacha, pues me parecía la más vulnerable. Nos han estado tomando el pelo desde el principio.
-Oh, no lo creo.- sonrió Remus lacónicamente.- Me parece que, sin pretenderlo, cayeron en su propia trampa. Anya ha sido sincera en todo lo que ha hecho y lo sigue siendo. Eso incluye la aversión que parece tenerte Christine, porque te la tiene.- la mujer desvió la mirada. Jamás le había importado la manera en la que Anya la taladraba con la mirada en sus clases. En la mayoría de las ocasiones, trataba de no acudir, pero en las que estaba presente, su desdén era tan fuerte que Christine a veces había tenido que controlarse para no gritarle en medio de la clase, pues lo sentía avivado.
-Entonces, ¿el odio que Orión siente hacia mí también es sincero? ¿Eso no es una farsa?- quiso saber Harry.
-No, no parece serlo.- comentó el director, hundido en sus cavilaciones.- Me temo, que ellos mismos están luchando contra sus impulsos porque necesitan permanecer a vuestro lado para frecuentar...sus objetivos, pero al mismo tiempo, no parecen soportarlo.
-Alan.- concluyó Christine pesarosa. Remus y Harry la observaron con detenimiento. Había hablado sin expresión alguna, de una manera gélida y desentonada.- Lo único que les importaba era acercarse a él.
-Para detenerlo.- acabó el director, con el rostro sombrío.- Y tu madre, sabía cuáles eran sus intenciones.
Las turbulentas nubes se ceñían estrechando el cielo. Manchaba el suelo de piedra una fina lluvia, apenas notoria. El cielo se había sumido en la más absoluta oscuridad aquella fría mañana de mediados de Noviembre. Cada paso que daba resonaba en el asfalto como si se tratase de un pasillo de mármol blanco. Resonaban los tacones amplios de sus botas de cuero cuan pelota golpeando con dureza y rebotando en un tangible movimiento a cámara lenta. O eso dibujaba su mente.
Sus ropas azabaches confundían su figura con las sombras proyectadas de los olmos y los cipreses, así como el manto de oscuridad bañando la tierra. No había ni un alma.
La Iglesia al final de camino le recordaba cruelmente su cruento destino. Era hermosa, no obstante. Se alzaba majestuosa de un altar de escalones geométricamente perfectos, tallados en piedra negra. El pórtico de hierro parecía querer acariciar las dos torres cónicas situadas estratégicamente de manera perfecta.
Aquella mañana, sin embargo, estaba abierta. Una solitaria figura se recostaba en la construcción con dificultad. Lucía un aspecto desdeñoso y algo chiflado. Llevaba unas gafas cuadradas y demasiado grandes para sus ojos pequeños y lagrimosos. Los rulos le resbalaban por el pelo sin que hiciese nada por recogerlos y se retorcía las manos con nerviosismo. Era una anciana.
Harry, aproximándose a la figura en lejanía de aquella mujer, pensó que se había topado con un fantasma. La vieja señora Pettrigrew era la viva imagen de su hijo. Probablemente, estaba tan loca como lo había estado su hijo en los últimos cinco años, porque le costaba coordinar los movimientos como si tuviese que pensarlos con detenimiento. Un sacerdote salió de uno de los caminos de piedra y subió las escaleras. Pareció susurrarle algo en el oído, le colocó una mano en el hombro y se coló por el pórtico, cerrando tras de sí la pesada embestidura de hierro.
Harry se detuvo a medio camino, dejando que la lluvia empapara sus ropas. Sabía que desde aquella distancia la anciana no podía reconocerlo, pero tampoco era su intención aguardar en las sombras.
La señora Pettrigrew tardó unos minutos en atreverse a dar el paso de bajar los escalones, utilizando un bastón como ayuda e internándose en el camino por el cual había llegado el sacerdote. Harry lanzó una nueva mirada al cementerio de Londres. Era un cementerio muggle, pero sabía que también había magos y brujas enterrados allí, entre ellos, sus padres y Sirius. Sintió un escalofrío y se abrigó más en la capa de su padrino.
Se sentía un poco más en paz consigo mismo desde que había evitado que condenaran a Orión, pero aquello no disminuía la sensación de pérdida desde que Sirio había desaparecido del cielo estrellado.
Harry lo había observado una noche tras otra sin hallar lo único que le había quedado hasta entonces de la memoria de Sirius, pero la estrella parecía haberse esfumado de la constelación de Canis Major como si tuviera vida propia. Harry sentía que el alma de su padrino estaba atada a ella.
"Algún día, dentro de mucho tiempo...nos volveremos a ver...te lo prometo..."
"Velaremos por ti desde aquí."
Tal vez, desde aquel día en el que Harry le había gritado al cielo, enfurecido con su padrino, Sirius se había cansado de velar por él, se había cansado de estar ahí. Pero era demasiado tiempo...y Harry no había comprendido sus palabras. Había sido cruel el destino que había separado a sus padres de su lado, por eso Harry, se negaba a creer que el mismo caprichoso destino lo hubiese hecho volver para nada.
El sonido de un relámpago lo devolvió a la realidad con fiereza. Sacudió la cabeza salpicando el agua que mojaba su pelo y caminó el pos de la señora Pettrigrew.
La vio llegar hasta un ataúd que todavía no había sido enterrado bajo tierra. Harry sintió una fuerza oprimiéndole el pecho.
La pobre anciana cayó arrodillada ante el cuerpo de su hijo que estaba al descubierto. El cielo lloraba por él y Harry no sintió el odio intenso que lo había impulsado la última vez. Se dio cuenta con pesar de que no se sentía resentido con Pettrigrew, de que una vez pasado el tiempo, no quedaba más que un amargo vacío, incapaz de llenarlo con esa venganza que parecía cubrir el interior de Alan. Quizás era que Harry lo había visto maniatado, demente y en precarias condiciones en aquella celda, tal vez, era el reflejo de la maldición Avada kadavra marcando sus facciones pálidas o que se había vuelto mucho más humano. El caso era que sentía compasión por la señora Pettrigrew, llorando a un hijo que no le había importado hacerla sufrir fingiendo su muerte y que jamás se había preocupado por ella.
Sus pasos le llevaron directamente hasta la mujer. Se quedó estático a su lado, las facciones de su rostro impenetrables. La anciana, tendida en aquel asfalto embarrado y duro, alzó la cabeza. Los ojos se le abrieron por la sorpresa al reconocer a la persona que estaba a su lado, cuando nadie más había acudido. La anciana había llamado a familiares lejanos, a antiguos amigos de Pettrigrew e incluso había tenido el valor suficiente como para comunicarse con la mansión Malfoy que yacía deshabitada y donde nadie le había respondido. Harry leyó todo aquello en sus ojos y retiró la mirada para no seguir atormentándose con el mal ajeno. La señora Pettrigrew ni siquiera sabía que los Malfoy habían estado en el ataque a Azkaban y del bando que había asesinado a su hijo.
Temblorosamente, depositó una sucia y arrobiñada Orden de Merlín. Harry sabía que aquel premio se lo habían concedido a Pettrigrew cuando creyeron que había muerto al tratar de detener a Sirius Black. Pero no le importó. Observó el cuerpo del antiguo amigo de sus padres y lanzó un suspiró al aire. Después de todo, durante el juicio, Pettrigrew podía haber revelado su auténtica identidad y no lo había hecho. Confesando palabra tras palabra había acabado rindiéndose al remordimiento y al perdón. Harry, de alguna manera lo había hecho, pero Christine no...y quizás, ese odio se había almacenado en su interior y ahora se volvía contra ella, porque había sido su sangre, la de su hijo, la que acabara con la vida del penúltimo merodeador.
-Era un buen muchacho...un buen muchacho...- sollozó de pronto la señora Pettrigrew. Harry no tuvo valor para contradecirla. Le palpitaba el corazón a ritmo acelerado.- Se comía mis galletas y hacía todo lo que le decía...pero tuvo miedo del que-no-debe-ser-nombrado. ¿Quién no lo habría tenido? Pero era un buen muchacho...- Harry cerró los ojos y suspiró de nuevo. La mirada de la señora Pettrigrew estaba anclada en él, taladrándole con su dolor, con su desesperación.
-Váyase a casa, señora. Ya no puede hacer nada más por él.
-No tengo donde ir.- farfulló la mujer, desesperada. Harry se dio cuenta de que cargaba con un enorme bolso donde había metido a apretujones un par de túnicas viejas.- El Ministerio de Magia me daba una subvención mientras mi pequeño Peter estaba en Azkaban...pero ahora que ha muerto no puedo pagar las deudas de mi difunto marido y me han embargado la casa. Era un borracho...un pobre diablo. Por eso Peter se marchó de casa...por eso se fue de mi lado y no regresó...pero era un buen muchacho...se comía mis galletas...mis queridas galletas de canela...- la mujer rompió a llorar de nuevo y se derrumbó sobre el ataúd. Harry había contenido el aliento todo el tiempo. Como marca el pasado a las personas, como las marca, pensó. Se agachó al lado de la anciana y la levantó como pudo. A la mujer se le iluminaron sus pequeños ojos como cuencas vacías y Harry sintió que era Pettrigrew quien le agradecía esa ayuda. Tuvo que retirar de nuevo la mirada porque se sentía incapaz de continuar observando aquella expresión que lo alimentaba de tantos recuerdos. Cuando se aseguró de que se mantenía estable sobre uno de sus brazos, chaqueó los dedos con su mano libre y un elfo doméstico se materializó en su presencia, casi de inmediato. No medía más de medio metro y poseía una nariz y unas orejas puntiagudas.
-¿El señor Harry Potter ha llamado a Dobby?- preguntó, haciendo una exagerada reverencia.
-Sí, Dobby.- respondió Harry con urgencia.- Sé que no soy tu amo ni nada por el estilo pero necesito un favor que solo puedes hacerme tú.
-Dobby estará encantado de ayudar a Harry Potter, señor.- Harry sonrió complacido.
-Es importante que no le digas nada a nadie de esto, Dobby, ¿queda claro?- el elfo asintió. Estaba resultante de felicidad. Hacía mucho que Harry no tenía que pedirle un favor.- Bien, quiero que te lleves a esta mujer a esa dirección.- Conjuró con la varita un pergamino y una pluma mágica, que comenzó a escribir sola cuando le dictó su voz y le tendió el papel a Dobby, entregándole con él una pequeña llave.- Es la llave de mi cámara de Gringotts. Haz una copia y quédatela. Tendrás la obligación de ocuparte de esta mujer en todo lo que ella necesite. Hazle la compra, límpiale la casa y asegúrate de que no le falte de nada. ¿Entendido? Puedes coger el oro que creas que te mereces por ese trabajo, lo dejo a tu libre elección.
-¡Oh, no, señor!- se escandalizó el elfo.- Dobby no dejará que Harry Potter le pague, señor. Dobby le debe mucho a Harry Potter.- Harry sonrió.
-Yo también te debo unas cuantas, así que estamos en paz. Eres un elfo libre y no me imagino lo que Hermione me haría si supiera que vas a hacer todo eso por mí y que no cobras ni un knut. En serio, Dobby, quiero que cobres tu sueldo, de lo contrario me sentiré ofendido.- Dobby se enjugó las lágrimas y pudo decir entre sollozos.
-Harry Potter es demasiado bueno con Dobby.- se acercó a la mujer y la tomó del brazo sin esfuerzo, como si no pesara en absoluto.
-¿Por qué haces esto, muchacho?- preguntó la anciana. Parecía consternada. Lo miraba con un brillo extraño y difuso en los ojos, como si no pudiera comprender lo que pasaba por su mente.- Tú eres la única persona en el mundo ante la cual me arrodillaría pidiendo el perdón de mi hijo. El único en el que comprendería un odio. Y sin embargo, estás aquí.- miró a su alrededor como esperando encontrar a más personas y añadió:- Nadie más ha venido. Tus padres están muertos y ahora sé que fue por culpa de mi pobre hijo.- Harry se negó a mirarla una vez más. Tal vez, porque hacerlo le recordaba con quien estaba tratando y por quién había venido a aquel cementerio. Y hacerlo era una verdad demasiado dura de asumir.
-Hace mucho que perdoné a Peter. Váyase tranquila, señora. Descanse y aléjese de esta vida, de esta nueva guerra.- Harry se obligó a retener la amargura que sentía al saberse conocedor del auténtico asesino de Pettigrew. Sintió por un momento la necesidad de confesárselo a aquella pobre anciana, pero no pudo. Hacerlo, podía suponer el fin de Alan. La mujer le cogió ambas manos y se las besó, bañándolas con sus lágrimas.
-Bendito seas, Harry Potter.- el muchacho no respondió. Se limitó a asentir y dándole el consentimiento a Dobby, el elfo desapareció en un estallido, parecido al disparo de una pistola, con la mujer bien sujeta a su brazo derecho.
El cielo se tornó más oscuro, más efímero. Un torrente de tonalidades surcaban la belleza trágica que inspiraban sus dibujos enrevesados. Se arremolinaban un millón de formas distintas, evocando un frío intenso que se calaba en sus huesos como gélidas agujas punzantes. No obstante, parecía anclado a aquel suelo pedroso del cementerio. Anclado a aquel cuerpo sin vida que había sido el causante de la muerte de sus padres, el causante de que Alan estuviera siendo tentado por la oscuridad, pues él había revelado la ubicación de la casa de Christine y propiciado el asesinato del niño y el de Dani. Pero se dio cuenta una vez más que sentía verdadera lástima por Pettigrew. El miedo le había llevado a la destrucción de sus mejores amigos, pero también a la suya propia.
-Pobre Peter...- murmuró Harry con pesar.- Huyendo de la muerte te encontraste con ella...destrozaste tu vida, la de mis padres, la de Christine y la de Sirius. Nos enviaste a todos a un destino que debía estar escrito.- realizó un movimiento con la varita y conjuró una rosa roja. La depositó sobre el pecho de Pettrigrew y se irguió de nuevo, con orgullo.- Descansa en paz. Todo ha terminado. Al menos, para ti.- Harry se dio la vuelta para marcharse, pero descubrió algo que hizo que se detuviera en seco, conmocionado. Tardó unos segundos en comprobar que lo que veía era real y no producto de su imaginación. No obstante, aquella realidad le golpeó tan duramente como la mismísima losa de piedra que colocarían sobre el ataúd de Pettrigrew.
Orión estaba ahí. Vestía tan de negro como de costumbre, pero en aquella ocasión parecía producto del luto y no de sus propios gustos de moda. La capa oscura que llevaba atada a los hombros se balanceaba, absorbida por el viento. Pero no fue su presencia en aquel lugar, no fue tampoco que estuviese ante una tumba que para él debía significar muy poco. No. Fue el hecho de que una solitaria lágrima resbalaba por sus mejillas y cuando Harry miró intensamente sus facciones, le resultaron más familiares de lo que le habían resultado desde que conocía al muchacho. Había algo en él que siempre le había sonado, pero era el detalle de aquella pequeña lágrima que parecía un cristal hincado en la piel, lo que le atraía profundamente, lo que golpeaba en sus recuerdos, en sus emociones, en sus sentimientos.
Orión, no obstante, se enjugó la lágrima con la mayor de las frialdades y la desintegró en su dedo, observándola con fingida curiosidad.
-Siento una extraña sensación.- confesó, avanzando un par de pasos hacia donde se encontraba Harry. Observó el cadáver con calculador interés, pero Harry no percibió en él la lástima que Pettrigrew le había inspirado. Y sin embargo...estaba llorando.- Es curioso...no me había pasado antes.- Harry lo taladró con la mirada. Estaban muy próximos el uno del otro, tanto, que Harry percibía su poderosa energía palpitar en todo su ser. Excaliburt brillaba en un cinto que llevaba colgado en la cintura. También emitía destellos de gran calibre.
-Orión...- el corazón de Harry se aceleró por la emoción. Sentía que estaba a punto de pronunciar unas palabras, que sin embargo, estaban prohibidas. Estaban demasiado ocultas en su mente, demasiado inservibles. No obstante, no podía separar los ojos de aquellos grises que lo observaban con frialdad, con superioridad, casi con desprecio; pero...a la vez con algo que se asemejaba a...¿la calidez? ¿Cómo podían unos ojos ocultar frialdad y calidez al mismo tiempo? Era ridículo, pero Harry sentía esos sentimientos entrando y saliendo de su interior, como si los percibiera de dos personas totalmente distintas y a la vez, idénticas.- ¿Nos...nos hemos visto antes?- el muchacho sonrió con autosuficiencia. Sus rasgos estaban húmedos por el rastro que había dejado la lágrima.
-Por supuesto. Nos vimos hace dos días.- Harry apartó el rostro, avergonzado. Orión se estaba burlando de él, cuando hacía apenas cuarenta y ocho horas que se habían batido en duelo. Trató de olvidar la sensación tan confusa que sentía al mirarlo a los ojos, porque cuando volvió a alzar el rostro, después de haber roto el contacto, le pareció que ésta había desaparecido.- ¿Puedo preguntar qué haces aquí?- Harry arrugó la frente.
-¿Y tú? Ni siquiera conocías a Pettrigrew...¿o sí? Y de todas formas, no creo que te importara su vida.
-¿Te importaba a ti, Potter?- Harry desvió la mirada una vez más. ¿Le importaba? Jamás lo había hecho. Lo odiaba, lo detestaba, aún después de muerto...aún después de haber sentido esa compasión por él...seguía siendo el asesino de sus padres. Pero no había podido matarlo siendo el Salvador ni había permitido que Lupin y Sirius lo hicieran. Pettrigrew no había aprovechado aquella oportunidad y había hecho posible el renacimiento de Voldemort y propiciado la muerte de Sirius. No, no le importaba...como Harry Potter, como ser humano, quizás sí. Porque, de todas formas, cuando había mirado a James a los ojos, no había podido encontrar en ellos ese odio al que él se había aferrado.
-Era amigo de mi padre...me inspira lástima la manera en la que ha terminado su vida. Me da rabia porque siento que la muerte de mis padres ha sido en vano, porque no pudo librarse de una muerte prematura. Todos esos actos, inspirados por el miedo, no sirvieron para nada.- Orión rechinó los dientes.
-Pues deberías detestarle. Tu padre confió ciegamente en él y él lo traicionó.- Harry alzó la cabeza. Las frases que Sirius había pronunciado en la casa de los gritos resonaron en su mente como campanas en las iglesias, retumbando sus oídos. Había el mismo resentimiento en la manera de hablar de Orión, la misma razón, porque eran ciertas sus palabras.
-¿Cómo lo sabes tú?
-Porque lo vi.- se limitó a decir el muchacho. Se metió las manos en los bolsillos y le dio una patada a una pequeña piedrecita. Ésta se estrelló en el ataúd de manera.- Puedo ver el pasado. Ese es mi poder.- Harry quería preguntarle miles de cosas, pero sentía la aversión que Orión le profesaba bullir por todo su interior.
-El odio siempre lleva al mal camino, Orión. Mira a Alan, sino. Manipulado por algo que ni siquiera es cierto. Ha sido capaz de matar, de dejar que la oscuridad se filtre en él y todo por dejar de sentir ese sufrimiento tan grande que supone la verdad. Y ahora vosotros queréis matarlo. Por eso estáis aquí, por eso os hicisteis pasar por estudiantes de aurología y por eso...llevas el apellido Black.- Orión entornó los ojos. En aquel cielo aciago y oscuro parecían dos cuencas iluminando una tenebrosa habitación, que se expandía por todo el cementerio.
-Teníamos que captar vuestra atención de alguna manera. Y esta era la mejor.- Harry lo taladró con la mirada. Con un ágil movimiento, extrajo su espada de la vaina y Orión lo imitó de inmediato. No obstante, Harry no le atacó. Realizó un ágil movimiento y se produjo un corte debajo del ojo, de manera que la sangre resbalaba por sus mejillas como si la estuviera llorando.
-La próxima vez que tengas que hacerme daño, hazlo de esta manera. Pero no vuelvas a jugar conmigo.- Harry se guardó la espada de nuevo y Orión relajó sus movimientos. Sin embargo, la reacción de Harry lo había pillado por sorpresa. Se había puesto algo tenso, como si no esperara eso. Tal vez, una pelea de igual a igual mataba la ansiedad que sentía por odiarlo.- Y Orión...- añadió Harry envolviéndose en una columna de luz blanca.-...aleja a Anya de esto. Es algo personal entre tú y yo. Tú afirmas que matarás a Alan...pero yo juro por la memoria de mi padrino que no lo conseguirás.- con la última ráfaga de viento, Harry despareció. Orión se quedó allí en medio, con un sinfín de recuerdos surcándole la mente. Se agachó para mirar el cadáver de Pettrigrew e imitando a Harry, conjuró una rosa, en esta ocasión negra y la depositó al lado de la roja.
-Nos volveremos a ver...algún día. Puede que antes de lo que imagines. Pero eso, ya será otra historia...¿verdad, Peter?- Orión soltó una desquiciada carcajada y después, bañado con la fina lluvia que caía sobre el cementerio, desapareció también. Pero algo se había despertado en su interior.
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N/A: Perdón, perdón, perdón y por favor, más perdón. Lo siento muchísimo! Debí haber actualizado hace años, que digo, siglos y no he podido. De verdad que siento el retraso pero no tenía ni un segundo para acabar el capi. He estado de exámenes, trabajo etc, etc, hasta los topes y por fin hoy he podido subirlo y qué me encuentro? QUE HE SIDO NOMINADA! Si es que no me merezco vuestro apoyo! Todo esto ha sido un proceso muy largo que viene marcado por vuestras opiniones, por vuestra confianza y vuestro incondicional apoyo, así que no sería justo adjudicarme la nominación a mi sola. Todo el que lee Really y leyó en su día la 2º guerra está nominado. Bueno, pasando al capi, espero que os haya gustado. Se van a ir descubriendo las cosas paulatinamente, así que paciencia. Se acerca un momento clave en el fict, un momento que no tardará en llegar. Os adelanto, que morirá un personaje de aquí a unos capítulos. Pero no vale matarme. Buenoo,...dejo que me apedreéis un poco la casa, total, todavía es del banco, ajajjaja. Para el próximo capi:
-La televisión muggle dará un comunicado que cambiará las vidas de nuestros protagonistas de ahora en adelante. ¿Serían realmente ciertas las predicciones de Anya?
-Anya y Orión se aparecerán ante todos y les recriminarán el haberse inmiscuido en sus planes. Predecirán muchas cosas más y darán a conocer una nueva noticia que incumbe a Alan...
-Heka y Orión tendrán un enfrentamiento directo.
-Christine se sentirá impotente ante la pérdida de Alan y buscará en sus recuerdos para convencerse de que existe una verdadera humanidad en él. Michaela aparecerá para darle respuestas.
-Veremos cómo vive Alan con Ian.
Bueno, pues esto es todo. Madre mía, casi os cuento la biblia, ajaja. Ups, teniendo el cuenta el fict, mejor no nombrarla, no vaya a ser que Ian se enfade. En fin gente, q se me va la bola, que gracias de nuevo por vuestro apoyo y por vuestros votos los que lo hayáis hecho y que os qieroooo! Un besazo!
