CAPÍTULO 24: BROKEN DREAMS

(SUEÑOS ROTOS)

La cabeza de Albus Dumbledore se materializó con urgencia en las llamas de la chimenea de la casa de los Lupin. Su rostro desencajado denotaba claros signos de cansancio. Christine acudió a su llamada de inmediato. Se acuclilló, con algo de esfuerzo, en el suelo y lo observó con atención. Remus entró detrás de ella.

-Poned la televisión.- dijo el director sin detenerse en saludos ni formalismos absurdos.

-¿El canal mágico?- Remus alzó una ceja, agachándose al lado de su mujer. No entendía lo que podía ocurrir. Dumbledore, sin embargo, perdía a cada segundo el poco color que permanecía en su rostro arrugado. Jamás había estado tan alterado.

-No. La televisión muggle. No importa qué canal. Voy para allá. Disculpad.- extrajo la cabeza de la chimenea y unos segundos más tarde, las llamas esmeralda se acrecentaban y la figura alta y delgada del director aparecía recubierta de hollín. No se molestó en limpiarse la barba. Christine se dio la vuelta y salió corriendo hacia el comedor.

Harry, Ginny, Troy y Heka estaban tirados por los sillones. Era domingo, por lo tanto, día festivo y los chicos no habían encontrado nada mejor que hacer que alquilar una película muggle sobre la leyenda de un espadachín al que llamaban "El Zorro". Hermione estaba trabajando en el pub y Ron había quedado con Fred y George para ayudarles en la tienda, puesto que tenían mucho trabajo y no habían podido encontrar a ningún dependiente.

-Debería haber pensado en el antifaz en vez de la capucha.- comentó Harry con una sonrisa forzada.- ¿Qué me dices, Hek¿Me hubiese quedado bien?- cuando los tres adultos ingresaron en la habitación se encontraron con una curiosa estampa. Harry estaba apoyando el codo en el reposa brazos del sofá y la cabeza en el respaldo y Heka tenía la suya colocada en el pecho del chico. En una postura similar estaba colocados Ginny y Troy. En el pasado, probablemente, las parejas hubiesen estado intercambiadas. Ginny había arrugado la frente ante el comentario de Harry. El muchacho continuaba alardeando de lo mucho que parecía disfrutar siendo un héroe de guerra. Y ella odiaba esa parte de él. Remus esquivó los muebles con agilidad y se apoderó del mando de la televisión, que segundos antes había estado en manos de Harry.

-¡Eh!- protestó el chico.- ¡Estaba a punto de cargarse al guaperas francés!

-Ejem, ejem.- tosió Troy.- ¿Eso no tiene segundas intenciones, verdad?

-¡Por supuesto que no!- sonrió Harry. Había captado que Troy solo estaba bromeando. Su amigo era nacido en Francia.- Pero la chica tiene que quedar con el Zorro. ¡Tienen un hijo!

-¡Silencio!- ordenó Christine con fiereza. Ginny había palidecido, quizás, por el tono tan autoritario que la mujer acababa de adoptar. Remus extrajo el dvd y apretó el botón para poner cualquier canal muggle corriente. Heka y Harry se miraron algo inquietos. Acababan de reparar en la presencia del director y su expresión tan alterada significaba que algo malo debía estar ocurriendo. Todos aguardaron a que el corresponsal que narraba las noticias, dijera algún dato de interés.

"...tras la nueva muerte del cardenal Irrutua el pánico se ha extendido entre la comunidad creyente. Nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentran los demás candidatos al papado, pero los jefes de gobierno han tranquilizado a la población asegurando que se hallan ocultos del grupo de asesinos que los persiguen con tesón. No obstante, ya son siete las muertes que se han producido y la gente se pregunta cuál será la siguiente víctima. El Vaticano está completamente desierto. Se nombró a un Camarlengo sustituto, pero fue ejecutado la misma noche de su instauración y los obispos y cardenales de las distintas regiones católicas tienen miedo de las posibles repercusiones. Hasta la fecha, más de cinco mil autoridades eclesiásticas han sido asesinadas y la esperanza de la fe cristiana reside en los cardenales que formaban el Cónclave y que aguardan a la espera de que toda esta masacre termine.

Esto, señores espectadores, es la crisis política y religiosa más grande que hemos sufrido en la historia de nuestra era. Nadie sabe cómo detener a estas fuerzas que se han alzado contra nosotros, nadie parece digerir las retransmisiones que se emitieron hace apenas un par de horas en todo el planeta y que han calado en nuestros huesos como si nos hallásemos atrapados en un cuento de ciencia ficción. Su nombre es, repito, Ian Leonard Lewis y ha sido capaz de demostrarnos en vivo y en televisión la existencia de la magia. Ha jurado que destruirá la Iglesia Católica y con ella la absurda creencia en un Dios único, en una existencia suprema al que todos nos hemos aferrado en alguna ocasión. Nosotros, todavía nos hallamos consternados, ante la terrorífica imagen de aquella extraña vara de madera apuntando al corazón de nuestrs compañero de la CNN y ese rayo de luz verde iluminando cada rincón de los estudios y arrebatando la vida de John Helmut Rockson, amigo y compañero, repito, de nuestra cadena televisiva. Desde aquí, mostrar nuestras condolencias a los familiares y aconsejar precaución a todos los telespectadores. No hay lugar seguro en la Tierra, ha declarado Lewis, voy a someter a todo el que esté en contra de la matanza de los cardenales. Mi ejército y yo no tenemos parangón..."

Remus apagó la televisión con el mando y lo lanzó a uno de los sillones que permanecían vacíos. El ambiente relajado que se había vivido en la habitación, tan solo unos minutos atrás, se había roto por la impresionante noticia televisiva. Parecía irreal.

-Era...era Ian Lewis.- tartamudeó Troy.- Su imagen...por la televisión muggle. Es...ridículo.

-Es real.- expresó Dumbledore con gravedad. Harry se giró para mirarlo. Lo encontró agotado, exhausto, como si de pronto, le hubiesen caído cien años encima. Pero no pudo reprochárselo. El director había vivido la época del terror de Voldemort de una manera muy activa. Y había sido el que diera con la solución de su derrota. Sin embargo, los mismos mortífagos, la misma Marca Tenebrosa y otro mago tenebroso más poderoso y cruel, se alzaban de nuevo contra la comunidad mágica...y muggle. Comprendía que el cansancio y la falta de ideas hubiesen sometido la fortaleza y temple natal que poseía el anciano.- Ian Lewis se ha presentado en unos estudios de televisión con el cadáver de un nuevo cardenal. Después, ha anunciado quién era, obligando por la fuerza a emitir las imágenes a todas las televisiones del país y del mundo entero; y lo que iba a hacer. Para demostrar sus palabras, ha asesinado a un periodista que estaba allí. Acto seguido, se ha aparecido con un cámara en un centro comercial de Dublín y ha protagonizado una matanza en masa de muggles. Las autoridades policiales han acudido a detenerlo, pero ni las pistolas, ni ningún aparato sofisticado muggle han logrado someterlo. Entonces, han acudido los aurores de distintos Ministerios. Los mortífagos y el ejército de criaturas mágicas que había preparado para su puesta en escena los han matado a todos. Sin excepción alguna. Siento comunicaros, además, que Hestia Jones...miembro de la Orden del Fénix, también ha muerto. Había sido una de las primeras en acudir a tratar de ayudar a los aurores.

-¡Maldita sea!- Remus golpeó el respaldo del sillón con furia, sin preocuparse por el daño que se había hecho. Apretaba los dientes con violencia y temblaba de furia. Nadie acababa de creerse lo que estaba ocurriendo. Hacía solo unas semanas que se habían enfrentado a Lewis en una batalla y lo habían sometido gracias al poder de los arcángeles y ahora...apenas unos días después, se presentaba con un ejército atestado de seres mágicos y daba a conocer al mundo su propósito.

-¿Qué hay de los arcángeles¿De mí¿De Christine¿Por qué no fuimos avisados?- Harry sentía que el odio que una vez había sentido por el director por ocultarle las verdades de su pasado, volvía a bullir en su interior. Pero no estaba enfadado con el anciano, sino consigo mismo, por no haber sentido todo aquello. Dumbledore y Christine se miraron brevemente.

-Yo le pedí a Christine que impidiera que sintieras el ataque.- explicó el director.- Lo siento,- añadió al ver que Harry estaba a punto de protestar.- pero en esta ocasión era lo más acertado. Harry, Ian Lewis se ha jugado el todo por el todo en este ataque. Ha derribado el mundo entero con todas las tropas que ha logrado reunir. Tiene aprendices de mortífagos situados estratégicamente en todos los países, así como clanes de licántropos, de vampiros, de dementores, de banshes y de un millar más de seres mágicos. En cada continente, en cada país, en cada región se ha producido un ataque masivo. Han acudido más arcángeles de lo que podíamos imaginar. Cuarenta de ellos han sido asesinados.- Harry se quedó sin habla. Sabía que los demás arcángeles no eran tan poderosos como lo podían ser él y Christine, sencillamente porque no eran magos, pero jamás había pensado que pudieran exterminar a tantos en un abrir y cerrar de ojos. Los arcángeles eran los seres mágicos más poderosos que existían, así que Ian debía de poseer el mayor ejército de toda la historia si había logrado asesinar a tantos.

-Pero...¿cómo?- inquirió Ginny conmocionada. Tenía los ojos brillantes. La muerte de Hestia Jones le había tomado por sorpresa.- ¿Cómo han podido derrotar a tantos?- Dumbledore agachó la cabeza y Harry supo lo que iba a decir antes de que lo pronunciara.

-Ian no solo poseía a todo aquel ejército. También tenía un arma. Un arma, que cuanto más mata, cuanto más pelea, más peligrosa se torna. Tenía a Alan.

-¡Oh, Merlín!- suspiró Remus derrotado. Se dejó caer en uno de los sillones, ocultando el rostro entre las manos. Christine mantenía su mirada fija en el director, tan gélida e impasible como siempre, como si aquello no le afectara; pero Harry, por la desazón que sentía en su propio interior, sabía que no era así.

-Ha sido consumido por el ángel negro.- continuó el director. Le costaba pronunciar cada palabra como si a cada paso agigantado llegase al punto que más había temido desde el principio.- Y esa oscuridad lo convertirá en un ser totalmente distinto al que conocéis. Ya no es el niño de cinco años que correteaba por esta casa. Ahora es la marioneta de Lewis y todo cuanto hagáis, digáis o supliquéis, será inútil. Por eso...le pedí a Christine que creará un escudo en torno a la casa para que evitaras sentir todo el dolor humano y ajeno. Si hubieseis acudido...habríais muerto. Y Harry, tal y como están las cosas, no podemos perderos a ninguno de los dos. Sois en este momento, los únicos que pueden tener alguna posibilidad de detener esta locura.

-¡Joder, solo es un mago!- replicó Heka. Estaba furiosa. Era consciente, que la familia Malfoy se hallaba detrás de muchos de los asesinatos de aquel día y eran ellos, precisamente, algunos de los miembros de la familia Black que habían asesinado a sus padres ante sus ojos. Lucius Malfoy uno de ellos. Aquella noche, muchos niños del mundo se irían a la cama sabiendo que jamás volverían a rozar el rostro suave de su madre ni que sentirían el abrazo protector de su padre; tal y como ella se había ido a dormir hacía tantos años atrás.- ¿Por qué un arcángel no puede acabar con él?

-Porque tiene a Alan.- murmuró Harry con pesar.- Y su energía lo protege. Mientras Alan esté a su lado ninguna fuerza mágica que no sea capaz de superarlo va a poder acceder a él.

-Pero tú puedes superar en fuerza mágica a Alan.- consideró Troy rascándose la barbilla.- Alan es poderoso, vale, pero tiene cinco años. No sabe usar una varita, se cubre solo por su poder de arcángel.

-No puedo.- Harry cerró los ojos negando con la cabeza. Christine lo miró, entornando los suyos.

-¡Maldita sea, sí que puedes!- le contradijo Troy, algo furioso. No entendía la pasividad de Harry, no lo entendía cuando él siempre había considerado a Harry Potter como un gran héroe, guerrero, pasional, dispuesto a todo por todo.

-No puedo.- repitió Harry. Abrió los ojos y sus pupilas brillaron intensamente.- Porque para hacerlo...tendría que matarlo.- le recorrió un escalofrío y recordó la última conversación con Orión. Anya le había dicho un montón de veces que debían detener a Alan, que debían matarlo para evitar un gran mal y a eso se refería. Ella sabía que, tarde o temprano, el mundo entero iba a sufrir las consecuencias del inmenso poder de su hermano. Pero ahora que lo veía todo con claridad, ahora que lo comprendía, se le hacía difícil aceptar que la única manera de parar esa guerra era asesinando a Alan. Con amargura pensó que solo había dos opciones: su vida o la de su hermano. Porque si no actuaba y dejaba las cosas como estaban, Ian destruiría la Iglesia Católica y Harry acabaría por morir con la fe cristiana. Pero si lo hacía, si mataba a Alan y detenía esa guerra, habría traicionado por lo que siempre había luchado el Salvador, por la vida humana, por esa vida en particular, que había logrado recuperar cinco años atrás. No podía matar al ser que él mismo había traído de vuelta. No podía matar lo que en aquel entonces le había importado más en la vida: la felicidad de Christine.- Además,- se excusó.- su poder de arcángel es superior al mío.- Troy lo miró abatido. Habría esperado otra reacción del que había sido su ídolo durante tanto tiempo, pero como su amigo, lo comprendía. Para Harry, matar a Alan era como condenarse a muerte él mismo.

-¿Y la Escuadra de catástrofes del Ministerio?- preguntó Ginny, para romper la tensión que se había generado.- ¿No pueden hacer nada para borrar la memoria de todos esos muggles?

-Imposible.- negó el director, con una voz gutural.- Ha salido por todas las cadenas televisivas, las radios, los teléfonos móviles...hoy en día, no debe de quedar mucha gente en todo el planeta que no esté enterada de lo ocurrido. Las imágenes y las noticias vuelan de un lugar a otro. Todos han visto la prueba verídica de la existencia de la magia, todos han visto el cadáver del cardenal y a Ian Lewis. Aunque quisieran, los Ministerios de Magia no poseen tanta capacidad como para desmemorizar a toda la población muggle. Es técnicamente imposible. Y sería de alguna manera, condenarlos más. La ignorancia puede llevarlos a la muerte. Lewis volvería a hacer lo mismo una y otra vez y morirían más muggles en masa. Lo que quiere es someterlos, quiere crear un mundo regido por las normas suyas y de sus mortífagos. Quiere esclavos. Si los muggles le obedecen y hacen lo que les dice, aceptando la magia, asumiendo que son inferiores y conviviendo con ella, les dejará tranquilos. Pero si por el contrario se encuentra con resistencia no dudará en aniquilarlos. ¿Os dais cuenta del rango de terror que se ha generado? La principal tarea de los Ministerios de Magia siempre ha sido salvaguardar el secreto de la magia. Y ahora...- Dumbledore se detuvo en seco y se dio la vuelta bruscamente. En el resquicio de la puerta de entrada al salón, se escucharon unas palmas. Harry descubrió la oscura silueta de dos figuras emergiendo de entre la oscuridad de las sombras. Orión, con una sonrisa arrogante, aplaudía las palabras del director como burlándose de ellas. Pese a que la última vez que se habían encontrado lo habían hecho de una manera pacífica, Harry se puso en alerta. Anya, mantenía la misma firmeza en el rostro que su compañero, como si por fin hubiese entendido que no tenían más salida.

-Bravo- expresó Orión a modo de saludo y aplaudió con más ahínco.- Bravo. Parece ser...que ahora que ya es demasiado tarde, por fin comprenden la delicada situación en la que nos encontramos. ¿No es estupendo?- el chico, utilizando todo el sarcasmo del mundo, dejó de apoyarse en el marco de la puerta y comenzó a caminar en círculos por la habitación. Anya permaneció en el mismo lugar.

-¡Lo hubiésemos sabido mucho antes si nos lo hubierais contado!- le espetó Heka con frialdad. Su paciencia estaba siendo puesta a prueba. Podía permanecer en la misma habitación que Orión y Anya asumiendo que eran unos valiosos aliados en la guerra, pero no cuando éstos parecían herir con sus palabras todos los intentos que ellos habían hecho para evitar la catástrofe que se cernía sobre sus cabezas.- ¿De qué vas, tío¿Crees que puedes aparecer aquí y dónde te de la gana y cuestionar nuestro trabajo como si estuviésemos en un rango inferior al tuyo?

-Estáis en un rango inferior al mío, Odria.- respondió Orión y clavó sus ojos grises en los de ella. Parecía querer asesinarla con la mirada. Orión no era una persona paciente y no le importaba llevarse por delante a quien fuera con tal de cumplir sus objetivos y Heka, con su aplastante personalidad, los estaba poniendo en peligro.- Si no me crees...pregunta a la profesora Byrne.- Heka se giró hacia Christine bruscamente. Había esperado que ésta no supiese qué responder ante tal alusión, pero la mujer mantenía la cabeza firmemente alzada, desafiando a aquellos arcángeles con el temple que siempre le había caracterizado.

-Es correcto...hasta cierto punto. Admito que posees un gran poder, Black.- comentó Christine.-... y que ello te debe de haber llevado a un rango bastante elevado de nuestra jerarquía, un rango, sin embargo, que desconozco. Pero eso no te da derecho a desafiarme ni a mí ni a nadie de esta habitación. Pon a prueba mi capacidad de energía y mi paciencia y es posible que no veas un nuevo amanecer.- Anya se estremeció ligeramente desde su posición, pero Orión soltó una gélida carcajada que desconcertó aún más a los presentes.

-¿Y me lo dice usted, profesora Byrne?- el chico resaltó expresamente su educación al no tutearla y Christine realizó una mueca desdeñosa.- La poderosa Christine Byrne...he oído hablar mucho de ti...más de lo que imaginas. Y sin embargo, con todo su poder y toda su magia, el legendario arcángel que llevó a Harry Potter a la victoria contra Lord Voldemort no pudo evitar que su hijo, al que debería haber cuidado por encima de todo, fuera consumido por la oscuridad.- el tono de Orión se había ido enfureciendo a cada palabra que pronunciaba. Christine no replicó ni abrió la boca. Aguantó las palabras de Orión como si éstas resbalasen por su rostro, aunque no había así. Con toda la parsimonia del mundo, ante los presentes que habían contenido el aliento, se acercó al chico, que era un par de centímetros más bajito que ella y se susurró al oído:

-No hables de lo que desconoces, Black. Porque sí, hay algo que incluso tú desconoces...

-Déjese de misterios.- replicó Anya desde la puerta. Harry percibió cierta amargura en su voz. Miraba a Christine intensamente, con un resentimiento muy poco habitual en sus inocentes facciones. La miraba, como si lo hiciera por primera vez y a diferencia de Orión, no la tuteaba en ningún momento.- No hay nada que nosotros no sepamos¿entiende¡Nada! Si usted hubiera tratado mejor a Alan él no estaría en esta situación y ahora nosotros no tendríamos que matarlo. ¡Es culpa suya¡Todo lo que está ocurriendo es culpa suya¡Un niño de cinco años inocente va a morir y usted no podrá hacer nada para salvarlo¡Se han acabado las oportunidades! Hubo una, dos...pero no habrá una tercera.

-¡Basta todo el mundo!- intervino Lupin, alzando los brazos. Dumbledore no se había inmiscuido en ningún momento en la conversación, escuchando a unos y a otros y analizando sus palabras, bebiendo de ellas.- ¡Es absurdo culparnos unos a otros de lo ocurrido! Lo que tenemos que hacer es remediarlo.

-No lo entiende, señor.- rebatió Orión. Los ojos le brillaban de furia, pero su voz se había dulcificado al dirigirse a Lupin, hablándole con un respeto que no utilizaba con ninguna otra persona.- Ya es demasiado tarde. Nuestra única esperanza radicaba en impedir que Alan Rice se dejara consumir por el ángel negro. Nosotros hemos visto lo que ocurrirá a continuación...

-¿Qué quieres decir?- preguntó Ginny. Observaba a Orión con cierto temor, abrazándose a sí misma.- ¿Quiénes...quiénes sois...¿Qué sabéis del futuro¡Necesito saber qué ocurrirá!- Anya la observó con lástima y Orión, cuyo rostro había sido acariciado por un témpano de hielo, apartó la mirada.

-Ya conocéis nuestros poderes.- respondió. Pero era incapaz de mirar a nadie.- Es demasiado tarde...los muggles saben de la existencia de la magia y ahora no habrá nada ni nadie que pueda cambiar eso.- alzó la cabeza y con una súbita renovada fuerza, explicó:- El mundo se sumará en una profunda oscuridad...no habrá lugar, reino o país que esté a salvo de esta energía maligna. El poder de un arcángel ha sido corrompido, la única vez que ocurrió eso fue cuando nació el ángel negro...y se creó lo que comúnmente llamamos...infierno. Pero el poder del ángel negro no es nada comparado al poder que reside en Alan. La magia ha cambiado, ha evolucionado y ha crecido, por eso, él creará un nuevo infierno...aquí en la Tierra.- Harry no podía apartar sus ojos de los de Orión. Por primera vez, lo encontraba vulnerable, accesible, abatido, como si de verdad sintiera que había fracasado en algo que era su responsabilidad.- Ya le visteis utilizar su poder...ya no hay luz en él, no hay energía blanquecina...sino oscuridad. Esa oscuridad cubrirá cada palmo de terreno de este mundo conforme vaya creciendo. Porque crecerá. Lo que habéis visto, no es nada comparado con lo que más tarde sucederá.

-Le detendremos.- aseguró Troy con rotundidad.- Harry lo hará...tú puedes hacerlo...sois poderosos y él sigue siendo un niño.- Orión se giró para mirarlo.

-No es cualquier niño. Es...el niño...

-La leyenda...- murmuró Christine. Parecía que de pronto algo había brotado en su cabeza, algo muy fuerte porque Harry sentía el poder de Christine bullir por todo su interior y palpitar de miedo.- La leyenda que mi madre me contó cuando era pequeña...

-Es verídica.- confirmó Anya de mal talante. Había repulsión cuando se dirigía a Christine.- La leyenda dice que nacerá un niño con un poder capaz de unir o destruir a los arcángeles. Los arcángeles han estado divididos durante mucho tiempo, repartidos por el mundo y renegados de sí mismos. Todos impartían su labor en la vida, pero había muy pocos que desearan reunirse con los mayores para velar por el bien universal del planeta. Por eso, la sala entre los dos mundo siempre está vacía. Durante muchos siglos ha habido grandes disputas internas y rebeliones. Muchos arcángeles abandonaron sus misiones y se marcharon al retiro, allá donde nadie podía encontrarles.

-Gerde, mi maestra, el arcángel guardián de las estrellas...fue uno de ellos.- explicó Orión.- Supongo que habrás oído hablar de ella.- Christine asintió y comprendió muchas cosas, entre ellas, porqué Orión poseía tanto poder.- Se dice entre nuestras gentes que bebió polvo de estrellas y por eso jamás ha envejecido y posee esos rasgos físicos tan característicos. Otros dicen, que nació gracias a la conjunción de varios astros, pero eso solo son viejos dichos...

-El caso es- prosiguió Anya.- que el pueblo arcángel siempre ha estado dividido. Los mayores creen, que todas estas guerras, que todo este dolor y mal es la causa de ello. Nosotros somos los protectores de la Tierra, de la magia, la mayor fuerza existente y por permanecer separados no hemos logrado detener estas guerras. Pero todos, de una forma u otra, creían en la leyenda...hasta los renegados. Y ahora, ese niño, el que debía unificarnos a todos o destruirnos...ha sido consumido por la maldad y la oscuridad y ha comenzado a desequilibrar la Tierra.

-Nuestros poderes nos han advertido.- gruñó Orión.- de que se acerca una nueva era. Hemos visto un futuro de destrucción, de desolación, de opresión...

-La visión...- susurró Dumbledore, observándoles atentamente.- La visión que me enseñó Michaela hace algún tiempo. ¿Es el futuro que nos espera?- Orión lo observó largamente y asintió.

-Lo es.

-¿Pero y nosotros?- quiso saber Harry.- ¿Qué papel pintamos en esta historia¿No podremos detener a Ian? Sigue siendo un mago, si uniésemos fuerzas para aturdir a Alan con el afán de acceder a él...

-Ya se han unido fuerzas, Harry.- le recordó Anya.- Hicisteis un gran trabajo al reunir arcángeles como Saiph o Ursae. Los mayores han enviado a este último ataque a muchos de nuestros guerreros. Todos creen en que todavía se puede variar la leyenda. Pero los que poseemos el don de la clarividencia hemos perdido la capacidad de creer en un futuro.

-¿Por qué?- inquirió Ginny con determinación. Orión apartó la mirada nuevamente y se pasó una mano por la frente, suspirando.

-Porque tampoco vosotros tenéis futuro.- la noticia cayó sobre ellos con un bálsamo de agua helada. Nadie supo qué responder, así que Orión, que había tomado la directa, decidió que era hora de revelar ciertos datos.- Potter, tu tratarás de salvar a Alan con todas tus fuerzas...pero te debilitarás con el tiempo y serás el primero en morir.- Harry cerró los ojos brevemente. Escuchó el susurro ahogado de Heka, Ginny y Troy, pero no le importó. Pensó que Orión había sido muy amable al no decir que sería la muerte de los cardenales lo que acabaría con sus reservas de energía.- Tu propio hermano clavará su espada en tu corazón.

-¡Mientes!- exclamó Remus, lleno de furia.- Alan puede estar confundido, puede estar consumido por el ángel negro, pero jamás haría daño a Harry. ¡Eso no es posible¿Sabes porqué la barrera de energía oscura no los mató cuando ingresaron en ella¡Porque era la energía de Alan¡Solo por eso¡Porque una parte interior en él quiso evitar causarles algún daño!

-Una parte...- siseó Orión peligrosamente.-...que murió cuando asesinó a Peter Pettrigrew.- nadie supo contradecirle ante aquel hecho. Era cierto, la humanidad de Alan se había perdido en el momento en que había elegido arrebatar vidas humanas y dejarse vencer por la oscuridad.

-¿Qué hay de los demás?- preguntó Ginny seriamente. Orión la taladró con la mirada.- Soportaremos lo que sea. Habla, por favor.

-Christine será la siguiente.- reveló. Todos volvieron a estremecerse, menos la mujer. Parecía estar hecha de acero. No obstante, un sepulcral silencio había bañado la habitación.- Tu hijo te destruirá. Serás incapaz de luchar contra tus sentimientos y tratando de hacerle ver la luz, morirás.

-Alan no hará daño a Christine.- replicó Harry. Tenía fe ciega en su hermano, tanto, que le parecía imposible que matara a su propia madre. Sabía, que en el fondo, Alan hacía todo eso para captar la atención de Christine, porque se sentía solo y necesitaba de su cariño.

-Matará su mayor debilidad.- dijo Orión como toda explicación.- Lo único humano que podría residir en él. Su madre.- tragó saliva y continuó.- Ginny Weasley, tú también morirás.- a Harry se le paró el corazón y miró a la que había sido su novia con el mayor de los temores. La chica derramaba lágrimas silenciosas, pero no parecía temerosa de su vida, sino como si se negara a abandonar aquel mundo, aferrándose a toda existencia posible. A Orión, también le empezaban a flaquear las fuerzas. Una parte de él se estaba despertando poco a poco, la parte humana, la parte que había ocultado en su interior.- Pelearás hasta el final, tratarás de ayudar a Alan en todo momento y creyendo en él y su humanidad, pero como muchos antes de ti, también perecerás. Ni Dumbledore, ni ningún miembro de la Orden podrá hacer nada ante un arcángel de tanto poder. Todos morirán. Uno detrás de otro. Neville, Ron y Hermione seguirán con vida durante la guerra. Seguirán los pasos de Potter y pelearán la guerra con tesón. Pero eso destruirá sus vidas. No habrá un futuro para ninguno. No habrá tiempo de tenerlo.- Harry sabía a lo que se refería. En una ocasión, él le había preguntado a Anya si tenía un futuro con Ginny, pero la chica le había contestado de una manera evasiva. Ahora sabía porqué. Eso aludía también a sus amigos. Neville y Luna estaban condenados al fracaso, así como Hermione y Ron. Todos absorbidos por una guerra que él no podría parar.

-¿Qué hay de mí?- quiso saber Remus.

-Serás alguien importante en la guerra. Reunirás a clanes de hombres-lobo y muchos otros aliados. Tú serás la única persona capaz de convencer a los arcángeles para que se unan todos con tal de parar la guerra. Y déjame decirte que serás la única persona existente con una fe ciega en Alan. Llegado el momento, todos lo considerarán un enemigo y tratarán de matarlo. Tú mismo lo intentarás en un par de ocasiones, pero siempre teniendo presente que existe una parte de humanidad en su interior. Por alguna razón, Alan jamás tratará de matarte. Siempre te perdonará la vida.- Remus se encogió sobre sí mismo y no pronunció palabra alguna. Siempre había querido saber la verdad, pero ahora que la tenía ante sus ojos comprobaba que la ignorancia había sido una buena aliada.

-¿Y nosotros?- Troy señaló a Heka y a sí mismo.

-Os marcharéis lejos.- respondió Anya.- Tú volverás a Francia y Odria...se mantendrá desaparecida, quizás luchando en secreto contra todos los mortífagos. Ninguno soportará la pérdida de vuestros amigos.

-¿Por qué nos habéis contado todo esto?- preguntó Harry, abatido.

-Para que entendáis porqué vinimos a asesinar a Alan, Potter.- contestó Orión de mal talante.- Y para que quede grabado en tu conciencia que fuiste tú el que impidió el que todos estos hechos se desencadenaran. Si aquel día, en Hogwarts, hubieses dejado que acabara con la vida de ese crío, hoy podríamos estar hablando de un futuro distinto.

-Alan es inocente.- reiteró Harry con determinación. Orión lo observó con asco.

-Sí, eso creerás en el futuro...y eso, precisamente, te llevará a la muerte.

-No me importa morir si con ello logro salvarlo.

-¿Y te importará ver morir a los demás?- Orión dirigió una fugaz mirada hacia Ginny, que se había quedado totalmente sin palabras. Harry no respondió.- Hoy soy yo el que jura por la memoria de mis padres...que acabaré con la vida de ese niño y que si tengo que llevarme la tuya por delante...en esta ocasión, lo haré.- Orión se envolvió en una columna de luz blanquecina y desapareció seguido de Anya. Nadie dijo nada en la habitación. Nadie se atrevió a quebrar el silencio ni tan solo con un último suspiro. Nadie, podía creer lo que acababan de escuchar.

Heka había sido la única con valor para presentarse en el colegio al día siguiente y asistir a clases. No tomó apuntes en clase de McGonagall, ni siquiera en clase de Snape. El profesor de Pociones se dedicó a martirizarla durante toda la hora diciéndole que ya le podía decir a sus amiguitos que tendrían un bonito cero en su expediente y que los tendría dos meses en detención por aquello. Heka aguantó cada uno de los desprecios de Snape en silencio y no se pronunció en ningún momento pese a que estaba a punto de estallar.

Para su desgracia, Orión sí que fue a clase. Heka estaba sorprendida de que Anya no hubiese acudido con él y sintió una oleada de celos pensando en que podía estar con Harry. La noche anterior, se había quedado a dormir en su casa, pero como en tantas otras ocasiones, no había ocurrido nada destacable. Dormían juntos, hablando hasta el amanecer, se reían, bromeaban y acababan recordando viejos tiempos y prometiéndose cosas que ahora sabían que jamás se cumplirían.

"-Harry.

-Dime.

-¿Siempre estarás conmigo, verdad?

-Siempre"

Heka sentía esas palabras carcomiéndole la mente una y otra vez. Había escrito en su cuaderno de Ocultación la palabra "Always" una y otra vez, subrayándola para destacarla, pero ahora sabía que aquella promesa sólo permanecía en su cabeza sin sentido alguno. Y sin Harry, su existencia perdía gran parte de significado. Solo había vivido por y para la venganza hasta el día que lo conoció. Él había sido su tutor, su maestro, pero sobretodo, su mejor amigo.

Las pasillos del castillo se le hacían interminables. Los estudiantes, que cuchicheaban unos con otros comentando lo ocurrido, no se detenían a mirarla. Todo parecía rodearla. La guerra, la paz, el silencio, el ruido, sus propios pensamientos. Heka se sentía sumergida en una burbuja de cristal y sentía que la única persona que la había comprendido era Harry. Pero él no iba a estar para siempre.

La puerta del aula de Encantamientos estaba abierta y Heka, al pasar por su lado, vislumbró una silueta que conocía muy bien. Orión estaba allí. Miraba por la ventana, concentrado en el vacío. Heka entornó los ojos. Volvía a sentir palpitar el odio en su interior, ese odio que la perseguía desde que era pequeña. Orión no era un Black...o todo apuntaba a que no lo era. Ahora que sabía que él y Anya no eran hermanos tenía la total seguridad de que lo único que pretendían utilizando aquel apellido era captar el interés de Harry, aún sabiendo que podían hacerle daño. Y eso era lo que Heka no les perdonaba. Veía a Orión como un dios prepotente, creyéndose superior a todos y utilizando un engaño para alcanzar fines que se le encaprichaban incomprensibles. Detestaba su forma de caminar, de moverse, incluso la manera de estar de pie frente a aquella soleada mañana de invierno.

-No te quedes en la puerta, Odria. Te invito a que observes las montañas nevadas conmigo.- Heka sintió sus veintiún años de rabia ardiendo en cada partícula de su ser. El sarcasmo de Orión la ponía enferma.

-¿Por qué?- preguntó, avanzando un par de pasos y cerrando la puerta detrás de ella. Orión se dio la vuelta lentamente y la observó de manera calculadora.

-No comprendo.

-Sí, sí comprendes.- refutó Heka. No tenía ningún miedo. Y menos ahora, que le importaban muy pocas cosas.- ¿Por qué¿Por qué tuviste que hacernos pasar por esto¿Por qué odias tanto a Harry¿Por qué tuviste que recordarle a Sirius?- ante la mención de Sirius, Orión arqueó las cejas, pero no comentó nada.- Dime¿por qué lo hiciste?- Heka se quedó plantada en medio de la habitación esperando una respuesta, pero Orión era una persona paciente. No respondería a menos que tuviera una buena razón para hacerlo.- ¡Joder, habla!

-No me grites.- advirtió y su tono no admitía réplicas.- No me das ninguna lástima, Odria. No me interesa lo mucho que sufriste o lo mucho que sufrió Potter¿entiendes? Hay muy pocas cosas que puedan hacerme sentir. Yo actué como creí conveniente hacerlo y volvería a repetirlo una y otra vez. Yo creo en que el fin justifica los medios.

-¡Maldito estúpido!- Heka se las arregló para extraer la varita con rapidez y se abalanzó sobre Orión, pillándolo desprevenido y empujándolo contra la pared. Le apuntó directamente en la garganta, mirándole con una profunda ira, respirando entrecortadamente, a la vez que la mano con la que sujetaba su arma letal le temblaba a convulsiones.- Mi hermano...mi hermano pequeño...- jadeó.-...tenía tres años cuando vio morir a mis padres...tres años. Yo estaba oculta con él debajo de la cama y le tapé la boca para que no gritara.- Orión, que no parecía asustado en absoluto la miró con desinterés y vio que había comenzado a llorar.- Pero no pude evitar que saliera del escondite para tratar de salvar a mis padres. Y ellos se lo llevaron. ¡Se lo llevaron! Jamás he vuelto a saber de él.- entonces, cuando clavó sus ojos en los grises del muchacho, se sintió paralizada, temerosa al encontrar una mirada que había visto muy pocas veces, pero que era capaz de identificar Una mirada, consumida bajo la oscuridad. Los ojos de Orión se encendieron y comenzaron a brillar con total frialdad, parecían cuencas vacías reflejando la nieve que el sol acariciaba. El resplandor de luz iluminó la figura del joven y embistió contra el cuerpo de Heka, que se vio arrastrada hacia la pared de enfrente, colisionando contra ella y produciéndose un agudo dolor en la espalda. Aún con la ira en los ojos, Orión alzó la mano derecha y una bola de energía golpeó al lado de la mejilla de la chica, quemándola levemente.

-Es la última vez que vienes a llorarme, Odria.- repitiendo la operación, una segunda bola se estrelló en el lado opuesto. Heka abrió mucho los ojos en una mezcla de terror y sorpresa, pero con su característica determinación.

-¿Quién...quién eres?

-Hace tiempo tuve rostro, tuve sentimientos, tuve un hogar, pero me lo arrebataron todo. Ahora soy el producto de ese miedo, de ese dolor, de esa rabia, de esa desazón. No me importa nada ni le temo a la muerte y esta es la última oportunidad que voy a darte.- Heka tragó saliva inquieta. Orión se había aproximado hacia ella y era la primera vez que contemplaba sus ojos desde tanta cercanía. Los encontró fríamente hermosos. Todo en él le ejercía una opresión en el cuerpo. Le estaba dando un ultimátum.

-¿Qué es lo que pretendes?

-Aléjate de Harry Potter.- ordenó Orión con un silbido amenazante. Su voz era gélida, carente de cualquier calidez humana.

-¿Por qué?- replicó Heka. Había regresado a la realidad. Ya era bastante difícil que supiera que no tendría un futuro que disfrutar con Harry como para que Orión le impidiese estar con él y tratar de ayudarlo a salvarse. No obstante, Orión se dio la vuelta y dejó que una vez más la energía iluminara su cuerpo. No había emoción en sus palabras cuando dijo:

-Porque sino lo haces, te mataré.

La habitación de Alan estaba tal y como él la había dejado. Las sábanas revueltas indicaban el momento en el que se había despertado, seguramente, para marcharse con Ian Lewis. Christine no había logrado pisar aquella habitación desde la noche en la que lo vio asesinar a Pettrigrew. Pero en aquel momento, al pasar con una cesta de ropa sucia en dirección a las escaleras, no había podido evitar la tentación de abrir la puerta.

Todavía colgaban los peluches de las estanterías. El póster de aquella actriz que tanto le gustaba a su hijo continuaba pegado al armario, así como los recortes de sus dibujos preferidos. Las piezas del puzzle del rey león que no había querido recoger antes de irse a , tiradas por el suelo y también los muñecos de goma.

Desde el quicio de la puerta, Christine se retorcía las manos con nerviosismo. Se había prometido ser fuerte y lo estaba logrando, tenía que lograrlo. No había nadie más en el mundo que pudiera hacerlo por ella, pero ella no había nacido para eso. Detestaba ser más dura e inflexible de lo que su padre había sido con ella, pero su actitud de rebeldía y el estar marcada por esos años tan crueles que solo la guerra podía haberle proporcionado, la habían empujado de cabeza a comportarse tal y como se esperaba de ella. Sin querer, había hecho todo lo que siempre criticó: comportarse como un perfecto arcángel.

Lanzando un suspiro al aire, se pasó las manos por los pliegues de la túnica y se arrodilló en el suelo despacio, al lado de las piezas del rompecabezas. Se sentía como ellas, como si cada parte de su cerebro estuviese expuesta a un grado u otro de comportamiento. Rota, quebrada, dividida. Irreparable. Porque solo Alan podría volver a montar aquel puzzle. Solo él.

Había sido una estúpida y había dejado que los sentimientos pudieran con ella. Podría haber sido más valiente y quizás, nada de aquello habría ocurrido. Pero no había tenido tiempo ni siquiera para replantearse que estaba perdiendo por segunda vez a su hijo, tal y como Anya se había encargado de recordarle. Pero incapaz de contradecirla, Christine había caído en un soporífero silencio, así como los habitantes de la casa.

Había dejado de comer, de dormir y a veces hasta le parecía que ya no respiraba, que no vivía, que se limitaba a subsistir como una persona que no tiene alma, como una persona a la que le han robado el motivo de su existencia. Y era injusto, se dijo arrodillada en el suelo, injusto.

Miró hacia el techo imaginando que la distancia no la separaba de los mayores, de aquel mundo de salas en las que en una de ellas se encerraba su destino. De una manera u otra, ellos habían jugado con ella. Habían hilado el destino a su antojo, aprovechándose de las distintas situaciones. Ellos eran así. No sentían remordimientos ni pesares, se limitaban a usar como peones a las personas para modificar un hecho u otro.

¿Por qué si no había ocurrido en cinco años lo había hecho en aquel momento¿Por qué precisamente cuando Alan estaba siendo arrancado de sus brazos?

Observó la mesa de escritorio y sintió que el tiempo se detenía al ver la figura imaginaria de su hijo haciendo los deberes que ella le había mandado. Christine siempre se había preocupado por enseñarle de todo.

"-Mater¿cómo pueden caber nueve cachorros en un cuerpo tan pequeño?- Alan señalaba el dibujo de un libro donde un pastor Belga estaba a punto de dar a luz a nueve perritos. Christine, a su espalda, sonriente, le acariciaba el pelo con ternura.

-Ese es el milagro de la vida, cariño. Dime¿te gustan los perritos?

-¡Mucho!- los ojos de Alan se habían iluminado con un brillo especial en el que Christine había caído embelesada. Parecía feliz, muy feliz.- ¿Algún día podremos tener uno?

-Umm...quizás..."

Christine se tapó la boca con una mano y apretó los dientes para no llorar. Recogió una fotografía que se había caído al suelo y dejando las piezas del puzzle desparramadas por el suelo, se levantó y la depositó en el escritorio.

-Todavía no te he comprado un perro. Alan...vuelve, por favor.- Christine, con los ojos cerrados, sabía que estaba transmitiendo todas esas palabras a la mente de su hijo, pero éste las rechazaba una y otra vez. Se había creado un escudo inquebrantable entre su mente y las alusiones externas y nada podía derribarlo. Ni siquiera ella.

-Chris...- la mujer se dio la vuelta. Remus estaba apoyado en el marco de la puerta y la miraba con preocupación. Llevaba puesto el batín que se había colocado por la mañana, ya que no habían salido de casa en todo el día.

-Necesito que vuelva, Remus. Necesito que vuelva.- se sentó en la cama, cubriéndose el rostro con las manos y suspiró con cansancio. Lupin se sentía incapaz de decir algo que la devolviera a la realidad, incapaz de consolarla como lo había hecho en el pasado. Porque se sentía tan responsable como ella. Christine había estado pendiente de Harry, de su entrenamiento, de la posibilidad de perderlo y él debía haberle prestado más atención a Alan. Debió responder sus preguntas, debió explicarle todo desde un principio.

-No puedo creer que esté ocurriendo esto. Alan no nos haría daño. Orión debe estar equivocado.- Christine levantó la cabeza y le miró intensamente.

-Pero tú no crees que lo esté.- el hombre retiró la mirada y negó con la cabeza.

-Yo creo en Alan. Tengo fe en él.- Christine se levantó de la cama y se acercó al escritorio. Pasó una mano por los cuadernos de dibujo, repletos de arcángeles con espadas mal dibujados y sonrió lacónicamente.- Sólo está equivocado...

-Sí, nuestra fe será lo que nos destruya.- su mirada se clavó en la de su marido.- Y yo no puedo morir. No debo morir.- Remus se acercó a ella, la abrazó por la cintura y le dio un leve beso en el cuello. Christine se estremeció al sentir su aliento cálido subiendo hasta los oídos.- ¿Por qué tiene que sonarme a un adiós?

-No vas a morir.- prometió Remus, separándose de ella. Era consciente de que Christine necesitaba esos abrazos y esas caricias, pero no deseaba que pensara que estaba tratando de pasar el mayor tiempo con ella porque creía en las predicciones de Anya y Orión.- Juntos salvaremos a Alan...a Harry...al mundo.

-¿Cómo puede cambiar un solo hombre el curso de la historia?- los ojos de Christine brillaban intensamente.

-Puede hacerlo...cuando tiene una familia como la nuestra.- la mujer se abalanzó sobre él y lo abrazó fuertemente. Le dolía pensar que dentro de poco no podría volver a hacerlo, que no sentiría su olor, que olvidaría sus besos y sus caricias, que ya no habría nada que la separaran de la lucha por salvar a Alan y que esa lucha, sería su propia destrucción.- Tiene que haber algo de bien en su interior...tiene que haberlo.

-Si lo hay, sabré encontrarlo.- se besaron largamente durante unos minutos hasta que el timbre de la puerta los devolvió a la realidad. Debía ser Ginny o alguno de los amigos de Harry. Últimamente, no se aparecían dentro de la casa porque les parecía que violaban la intimidad de sus habitantes.

-Iré a abrir.

Christine tardó cinco segundos en darse cuenta de que en la puerta no esperaba ninguno de los amigos de Harry, sino, probablemente, una vecina pesada o un comerciante ambulante que su madre se había encargado de poner en el camino para que Lupin se marchara de la habitación. Reconocía la energía de Michaela a distancia con suma facilidad y sin embargo, se recordó, no había logrado intuir lo que le ocurría a Alan, pese a que en el fondo, tenía una explicación para ello. Explicación, que a ella no le bastaba.

-Lo siento mucho.- expresó la mujer a sus espaldas. Christine no se dio la vuelta. No deseaba mirarla a la cara.

-No, no lo sientes. Así que deja de fingir que lo haces y ve al grano, madre.- las palabras parecieron resbalar por el rostro de Michaela, que no hizo ningún signo de sentirse ofendida ni triste.

-Soy un mayor, sí, pero eso no ha sido un problema para infligir las reglas una y otra vez, Christine y tú mejor que nadie lo sabes. Alan es mi nieto y no estoy en una situación cómoda.- Christine sonrió con amargura y soltó una fría carcajada.

-¿Por qué¡Ah, ya entiendo! Probablemente, la orden de esos viejos desquiciados ha sido asesinar a Alan¿me equivoco? Probablemente, fueron ellos los que enviaron a Anya y a Orión.- Michaela tardó unos instantes en responder. Mientras que Christine se había ido paseando por la habitación llena de recuerdos de Alan, la anciana no se había movido ni un ápice del sitio.

-Es el niño...- Christine se dio la vuelta con fiereza y la encaró bruscamente.

-¡Y Harry fue el Salvador¡Y ahora a todo el mundo parece importarle una mierda que vaya a morir¿Qué me dices de eso, madre¿Cuál es el papel de Harry en todo esto¿Es que ya no cuenta ahora que no lo podéis utilizar?- la adivina desvió la mirada, pero no estaba afectada. Se había vuelto de piedra con el tiempo, se había dejado embrujar por el ambiente frío y hostil de la sala entre los dos mundos, se estaba convirtiendo poco a poco en más mayor, perdiendo su capacidad de razonar de una manera humana. Y lo sabía.

-Harry se está escapando fuera de tu control. Si no tienes cuidado, podrías perderlo igual que perdiste a Alan.- en aquella ocasión, ante la frialdad e insensibilidad de Michaela, Christine no se exaltó. No tenía más remedio que aguantar esos golpes y sabía que su madre no lo estaba haciendo para castigarla, sino que era su manera de entablar conversación.

-Ya lo he perdido, madre. A él, a Alan, a Remus...- pareció dudar durante unos instantes y añadió:-...a todos. Tú sabías nuestro futuro. Sabías lo que ocurriría y no hiciste nada por evitarlo.

-Lo sabía.- admitió Michaela, pero no parecía sentirse culpable por ello.- Pero tenía la esperanza de que no ocurriera. No podía intervenir, son las reglas.

-Mi hijo está en manos de un asesino que ha desvelado el secreto de la magia.- comentó Christine en voz baja e hiriente.- no me digas que no podías romper las reglas...¡porque por mí podéis enviar vuestras malditas reglas a la mierda! Te empeñas en fallarme, madre...una y otra vez...- avanzó un par de pasos hacia ella y la fulminó con la mirada.- Pero si crees que un par de adolescentes van a asesinar a mi hijo estás muy equivocada. Porque yo verteré su sangre primero.

-No sabes lo que dices...- susurró Michaela. Hizo el amago de levantar la mano para acariciarle el pelo, pero Christine la rehusó.- Necesitas tiempo para comprender las cosas.

-Se ha acabado el tiempo.- los ojos de Christine brillaban de profunda determinación.- Yo tengo la culpa de todo, lo sé, pero lo arreglaré. Salvaré a mis hijos. A todos mis hijos, aunque tenga que morir en el intento.- Michaela se dio la vuelta hacia la ventana y se quedó embelesada describiendo con sus ojos el contorno de bellos colores que dibujaba el atardecer. Prisionera de secretos.

-Es el niño...- repitió con una voz susurrante, difusa.- No queremos hacerle daño.- Christine la miró llena de rencor. Nada iba a separarla de luchar por la vida de su hijo, nada. Alan y ella habían estado separados muchos años y no volvería a ocurrir.

-Sólo porque es objeto de una estúpida leyenda. Sólo por eso. Pero Alan es mucho más...- Michaela abrió profundamente los ojos y la contempló desde la distancia.- Alan es mi hijo, es mi vida, es mi cambio...lo fue todo para mí. Me despierto cada mañana con fuerzas para dejar atrás el pasado sólo porque él existe, sólo porque está conmigo. Harry me devolvió una familia...no permitas que los secretos y las mentiras la destruyan, madre...- Christine se acercó a ella y la tomó de las manos.- te lo suplico...ayúdame a salvar a mi hijo.- Christine esperaba con todas sus fuerzas la respuesta de su madre, deseaba que ella estuviera dispuesta a todo por ayudarla, por salvar a Alan, por demostrarle que las barreras entre la jerarquía no le importaban ni le interesaban. Pero Michaela soltó sus manos y se dejó envolver en una columna de luz.

-Tienes que asumirlo. Alan no tiene salvación, hija mía.- Christine la miró mientras iba desapareciendo.

-Entonces...estás condenándome a muerte. Porque yo creo en él.

-Todavía puedes salvar a Harry, a...tu familia...no los pierdas a ellos, date una nueva oportunidad. Si tu elección es ir tras de Alan...entonces los estás condenando a muerte. También a ti.- Christine agachó la cabeza.

-Que así sea.

-¿Tan importante es para ti que estás dispuesta a perder a tu otro hijo, a Remus, a tu futuro¿Estás dispuesta a condenarlo todo?- Michaela la miró intensamente y Christine supo a qué se refería.

-No es una elección, madre. Es una cuestión de hacer lo que siempre debí haber hecho. En una ocasión, antepuse el mundo entero antes que mi familia. No lo volveré a hacer. Lucharé por Alan y cuando él se de cuenta de lo mucho que estoy sacrificando en la pelea entonces volverá conmigo.

-¡Oh, Christine!- suspiró Michaela. La luz la cubrió por completo y las palabras se dejaron caer en la habitación al tiempo que desaparecía.- No te das cuenta de que no volverá a tu lado...porque yo también lo he visto...

No había juguetes ni dibujos animados en la oscura caverna, no obstante, Alan no se había preocupado por ello. Se pasaba las horas muertas al lado de Lewis, escuchando como éste organizaba los ataques en diversos mapas mundi y cuando consideraba correcto intervenir, lo hacía. Su padre siempre lo escuchaba y normalmente, acababa por hacerle caso.

Alan había perdido toda capacidad de ser niño. Ya no necesitaba sus puzzles ni sus muñecos de goma, no necesitaba a Harry correteando detrás de él por el jardín ni a Remus abrigándole por las noches. Sencillamente, porque Alan había dejado de necesitar. Ya no sentía frío, ni calor, tampoco soledad y dolor. No sentía.

La oscuridad se había apoderado por completo de su ser.

Aquel día, sentado en la butaca de cuero contemplando la danza de las llamas de la chimenea, reordenaba todo lo que le había ocurrido durante los últimos días. Se preguntó por primera vez si era feliz, pero había olvidado el significado de esa palabra y no supo qué responderse. Se había percatado de los vagos intentos de Christine por llegar hasta él, pero los había rechazado todos con suma facilidad. Sentía una placentera sensación al saberse poderoso, tanto, como para dominar un despotismo tan grande como la figura de su propia madre.

-¿Echas de menos tu casa?- le preguntó Lewis. Estaba sentado a su lado, revisando unos planos de algunas Iglesias. De vez en cuando fruncía el ceño al encontrar algo interesante. No le miraba a los ojos al hablarle.

-No puedo echar de menos lo que no recuerdo.- Lewis bajó lentamente los planos y lo taladró con la mirada. No mentía. Alan jamás mentía. No consideraba necesario hacerlo. Era como una pared de acero inquebrantable.

-Lo has olvidado muy rápidamente.

-No se puede recordar lo que no es importante.- respondió el niño. Ian frunció el ceño ligeramente. Había utilizado todas las pociones y todos los encantamientos de magia negra que conocía para inducir a Alan al lado oscuro y ahora lo veía como un ser totalmente ajeno a él. No se dejaba arrastrar por el odio, ni por ningún tipo de sentimientos porque como él mismo decía: lo había olvidado. No obstante, le asaltó el temor de que también pudiera olvidar que únicamente estaba a su lado porque lo creía Dani.

-¿Y yo¿Soy importante para ti?- Alan dejó de observar las llamas y lo contempló con cierta confusión.

-Lo eres. Porque eres mi padre.

-¿Sólo por esa regla de tres¿Consideras que hay que querer a los padres? Si es así...también deberías querer a Christine. Dime, Alan¿qué es para ti querer?- el niño desvió la mirada hacia el crepitar de las llamas como si esa pregunta no estuviera al alcance de su mano.

-Te quiero porque has acabado con mi debilidad humana. Ya no tengo pesadillas, ya no me duele la cabeza, ya no sufro.

-¿No suena eso como conveniencia?- Lewis sonrió satisfecho. Alan lo sopesó durante unos segundos y también sonrió de una manera gélida.

-Es la única respuesta que se me ha ocurrido. ¿Me quieres tú a mí?

-¡Qué pregunta más tonta!- Lewis corrió la butaca y se colocó al lado del niño. Le acarició el pelo de una manera fría, pero a Alan le pareció razonable.- Eres mi hijo.

-¿Todos los padres quieren a sus hijos¿Entonces porqué Christine no me quiere a mí?

-No ha visto lo especial que eres.- respondió Lewis tranquilamente y regresó a sus planos. Al cabo de unos segundos, Alan volvió a preguntar.

-Tú me quieres porque soy especial¿no es eso también conveniencia?

-Lo es.- Alan sonrió levemente.

-Sí, nos parecemos mucho, pater. Por cierto¿Qué es la conveniencia? Me temo que también lo he olvidado...

-Estás muy silenciosa.- comentó el director. Estaba sentado detrás del escritorio, como de costumbre, enfocando las palmas de las manos al crepitar de las llamas de la chimenea. El despacho estaba repleto de pergaminos y recortes de periódicos.

-No tengo nada más que decir.- respondió Michaela de una manera cortante. Se encontraba de espaldas al anciano, observando las estrellas desde la ventana. Había adelgazado abruptamente en los últimos meses, su cabello se mantenía firmemente hilado tras el moño de la cabeza y sus ojos se habían redondeado de arrugas. Dumbledore se retocó las gafas de media luna y la observó en silencio, entrecruzando las manos.

-Los muggles han descubierto la existencia de la magia, tu nieto es el niño de la leyenda y ha sido consumido por el ángel negro, tu hija es incapaz de ayudarlo ni ayudarse a ella misma, Harry Potter se está dejando arrastrar por el odio que conlleva toda esta situación, Anya y Orión nos han engañado a todos y ahora quieren asesinar a la única esperanza de unificación de los arcángel...y ¡ah, sí, por poco lo olvido! La estrella Sirio ha desaparecido del firmamento y tú no tienes nada que decir...- la adivina había dejado expresar al director todo en voz alta sin atreverse a interrumpirle. Todo aquello era cierto, todo aquello reflejaba la dificultosa situación en la que se encontraban.

-Las respuestas que puedo darte no te agradarían, Dumbledore.- dijo al fin.- Te he contado más que a nadie, más de lo que se me está permitido.- Dumbledore se puso en pie de golpe y apoyó ambas manos en el escritorio, con una expresión de profunda determinación.

-Hace mucho tiempo que las reglas dejaron de ser importantes. Te conozco bien, Michaela y no me gusta la expresión que veo en tus ojos. Jamás he logrado descifrar del todo tus pensamientos y creo que me estás ocultando algo que podría cambiarlo todo.- la mujer continuó mirando por la ventana como si aquellas palabras resbalaran por su rostro, pero el director la conocía lo suficiente como para saber que las había escuchado y analizado.

-Ya lo ha cambiado...y ahora sólo me queda esperar.- Dumbledore retiró las manos del escritorio, suspiró y negó con la cabeza.

-¿Esperar...a qué?

-A que no sea en vano.

N/A: Olaaa!! Sí, ya, es para matarme. Lo siento pero no he podido actualizar antes, así es mi vida. Pero seguiré en la línea, subiré de vez en cuando bastantes capítulos al mismo tiempo, ok? Gracias a todos por vuestros reviews, los leo, de verdad, pero me es imposible contestarlos. Son o los reviews o los capítulos. Besazos!