CAPÍTULO 26: SO MANY SECOND CHANCES

(TANTAS SEGUNDAS OPORTUNIDADES)

"Es curioso cómo puede cambiar tu vida en un ápice de segundo. ¿Qué es lo que marca el destino¿Quién es el puño que lo rige, que lo sella, que lo dicta? A veces, estamos rodeados de tanta mentira, tanta ruindad, tanta maldad...cosas que nos convierten en personas buenas, malas o mejores. Pero cosas, que al final, acaban por sellar nuestras vidas. La más pequeña criatura puede ser la que cambie el curso de la vida, por muy insignificante que parezca. ¿Cuándo dejamos de sonreír¿Aquel día que vimos cómo el otoño hacía morir los árboles¿Aquel día que el ruido ensordecedor de la ciudad nos indicaba que ese no era nuestro lugar? Quizás, aquel día en que nos dimos cuenta que éramos parte de este mundo, de esta historia, de esta vida y que como la diminuta hoja que pende del lago como sujeta por una mano invisible, éramos capaces de modificarlo.

Sin embargo, puedes hacerlo para bien o para mal. Te encuentras en esa situación que pareces controlar, que dices controlar, que aseguras controlar...y de repente, esa fuerza destinada te hace actuar de la manera que se le antoja, te hace errar de la manera más tonta y fuerza tu cambio al fracaso. Te encuentras solo, en un mundo de oscuridad y sientes miedo. Quieres gritar y llamar a esas personas que solían estar a tu lado, a las que querías, pero a las que, irremediablemente, hiciste daño. Y te das cuenta de que no hay respuesta. Parece que te han abandonado, o quizás, tú te marchaste tan lejos que ya no pueden llegar hasta ti. Y comprendes, que has caído en el mismo error que trataste de evitar en otros, a los que querías por encima de tu vida. En esa masa de oscuridad lloras, gritas, pataleas...luchas porque alguien te tienda la mano, pero te encierra esa negrura a la que siempre le has temido y caes, caes, caes..."

Harry había perdido la noción del tiempo que llevaba plantado en medio de la plaza. Todos, incluido Orión, rodeaban el cuerpo de Ginny. Y él sentía que el único que debía estar a su lado era él.

-¡¡¡¡¡GINNY!!!!!- Troy, que acababa de darse cuenta de lo ocurrido, se enfrentaba como una furia a la marea de cadáveres que le taponaban el camino y desesperado como estaba, gritaba el nombre de la mujer a la que amaba. Y Harry no podía reprocharle que quisiera tanto a una persona como Ginny. Ella había sido la luz de la esperanza que lo había llevado a la victoria durante la guerra contra Lord Voldemort. Por ella, por su luz, por su fe, había logrado no dejarse vencer por el ángel negro, había logrado encontrar el motivo que le dictara lo que tenía que hacer. Y olvidándose de todo lo que había significado, olvidándose de que entonces solo valía la vida, se había dejado arrastrar por nuevas mentiras, nuevos miedos, nuevos sufrimientos. Injusto, había perdido a la única persona que lo había encaminado a seguir adelante, a la única con la que quería para pasar el resto de sus días. Así que, cuando Troy se arrodilló al lado de ella y la besó en la frente, Harry ni siquiera sintió el gusanillo de los celos. Sonrió con amargura, incapaz de unirse a aquel grupo que le brindaba toda su preocupación a Ginny y la energía se desató en su cuerpo. Todavía quedaban enemigos vivos y no todo el ejército de criaturas mágicas habían sido vencidas. Pero igualmente, quedaban civiles. La energía que bullía en su interior no era voluntaria. Había aparecido al darse cuenta de su fallo, de su error, al percatarse de cuánto odio sentía dentro de su alma.

E igual que ocurriese con Alan, se desató el más oscuro y tenebroso caos. Las nubes se entrelazaron dando lugar a una tormenta eléctrica, apagando el poco sol que ya restaba del día espléndido que había amanecido en la ciudad del Túria. La energía oculta en Harry, durante cinco años, aquella que se había escondido por miedo a perderla, por miedo a morir si la utilizaba en demasía, había despertado y con ella, un Salvador mucho más fuerte y poderoso. Hábil en sus movimientos, calculador, frío, pero con un halo de maldad acariciando su cuerpo. Aquella fuerza oscura se extendió por toda la plaza de la Virgen y saltó hacia la catedral, haciendo sonar las campanas de manera sorda y molesta, congelando los corazones de todas las personas que estaban allí. Ninguno reconoció a Harry, puesto que éste mantenía su capucha firmemente bajada, tal y como la habían mantenido Alan y Ian. Pero la energía que ahora golpeaba a enemigos y a aliados, era distinta, aunque igualmente tenebrosa.

-¡Harry!- Christine, tratando de incorporarse en medio de aquel vendaval que se había levantado, se refugió la cara con un brazo. Observó de reojo a Ginny y se dio cuenta que aquello que había producido aquel cambio en Harry era su estado. Se había roto el vínculo de afecto entre ambos, se había roto cualquier existencia de unión que hubiese habido y por tanto, el anillo que sostenía el poder de Harry, había acabado por despedazarse. Orión, herido, débil y ensangrentado, también trató de ponerse en pie, pero Anya lo retuvo, tomándolo de una muñeca.

-No puedes hacer nada. Estás herido y...

-Es culpa mía.- se maldijo Orión, apretando los dientes desesperado.- Yo...yo le provoqué...yo no le hice caso a Ginny...y ahora...ahora...¡Tengo que arreglarlo!- se levantó del suelo ayudado por su compañera y trató como Christine, de acercarse a la barrera de oscuridad que se había generado en torno a Harry. Pero ésta los empujó hacia atrás con violencia. Cuando el cielo se llenó de estrellas fugaces, colándose por aquel remolino, Orión cerró los ojos derrotado. Ellos...habían llegado.

Ron había resultado herido en un hombro. No era una herida de importancia, pero él y Hermione habían aprovechado la retirada de sus enemigos para refugiarse debajo de un gran contenedor de basura. Afortunadamente, Hermione había utilizado un hechizo para que cupieran en su interior y desapareciese la basura y el olor.

-¡Lumos!- murmuró, para encender la varita y crear un poco de luz. Aún así, estaban en penumbra. Ron estaba muy tranquilo, sin preocuparse apenas por su herida. Miraba a la pared de plástico del contenedor, mientras Hermione se dedicaba a quitarle la parte de arriba de la túnica para curarle el quemazón que tenía en el brazo.

-Déjalo ya, nena, no es nada.- la luz no era lo suficientemente nítida como para que Ron descubriese que Hermione se había ruborizado cuando él la había vuelto a llamar "nena". Desde que habían decidido tomar caminos separados, no lo había vuelto a hacer.- Apenas duele...¡Auch!

-Está inflamada.- informó Hermione, haciendo como que no había escuchado el último comentario. Observó la herida con atención y utilizando su varita murmuró unas palabras que la sanaron ligeramente. Después, mordiendo su túnica, la despedazó y la lió alrededor del brazo. Ron la observó boquiabierto.

-Has roto tu túnica preferida...

-Bah.- le restó importancia Hermione, pero todavía acariciaba la herida de su amigo, como para tener algo que hacer y retrasar el momento en que tendría que mirarlo.- La túnica no me importa...

-¿Y qué te importa, entonces?- quiso saber Ron. A pesar de las últimas semanas de mutismo, le parecía que volvía a tener la misma complicidad con la chica. Hermione, en aquella ocasión, sí levantó la cabeza.

-Me importas tú.- Ron no dijo nada para no incomodarla. Sonrió de manera algo escéptica y apoyó la coronilla en la parte trasera del contenedor, suspirando. Hermione, no obstante, continuó mirándole a la cara. Por primera vez en su vida, actuaba con determinación.- Si existiera una sola manera de cambiar el futuro, una única manera...entonces lucharía con todas mis fuerzas para encontrarla.

-¿Y porqué habrías de hacer algo así?- masculló Ron. Parecía que después de haber contemplado tantas muertes, todo le diese igual.- No necesitaba una vidente para darme cuenta de cuál iba a ser nuestro futuro. Y me refiero a nosotros dos.- señaló a la chica y luego a sí mismo.- Perdí mi oportunidad, mi única oportunidad, hace cinco años...

-¿De qué estás hablando?

-Dijiste que jamás me perdonarías.- le recordó Ron y Hermione cayó en la cuenta de que estaba hablando de cuando decidieron ir al Ministerio de Magia porque creían que Harry estaba en peligro.- Yo...no había querido creer en Harry...le humillé durante todo el curso...y por mi culpa te pasó aquello con Lewis.- ante aquella mención, la chica bajó la barbilla. Seguía siendo el tema tabú. Sin embargo, hizo el esfuerzo de sonreír y de hacer algo que pocas veces había hecho sin tapujos. Acercó una mano al rostro de Ron y lo acarició con ternura, pasando los dedos por sus labios.

-Estaba nerviosa, asustada...por eso dije aquello.

-Lo dijiste porque lo sentías.- le contradijo el muchacho. Estaba sorprendido por aquella muestra de cariño de la chica, pero hablaba con la verdad por delante.- Si Harry hubiera muerto aquella noche...entonces, ahora tú y yo quizás no nos hablaríamos.

-Te habría buscado...Ron...te habría buscado.- confesó Hermione. Le costaba enormemente confesar la verdad, decir porqué estaba ahí metida en un contenedor, a punto de luchar contra ella misma, contra sus miedos.- Porque no imagino una vida donde no estés tú.- Ron la observó unos instantes, le tomó la mano y la retiró de su rostro.

-Entonces, empieza a imaginarla. Porque ese es nuestro futuro...- quiso incorporarse para salir del contenedor, pero Hermione no se lo permitió. Ginny le había abierto los ojos, le había abierto su corazón y sus sentimientos y mostrado un futuro que no quería que se repitiera con ella. Si el destino había dicho que debía estar separada de Ron, entonces ella se enfrentaría al destino.

-Eso no es lo que Emy habría querido.- Hermione se aproximó hacia él lentamente, observando poco a poco como los labios del chico se hacían más y más cercanos. Sintió el miedo ronroneándole en el estómago cuando apenas quedaba el último paso, pero decidió que si había una ocasión para vencerlo, era esa. Y cuando estaban a punto de rozarse...

-Pero ella no está aquí ahora.- Ron la apartó en última estancia. Se puso de rodillas, cogió su propia varita y levantó el contenedor. Lanzó una última mirada a Hermione, que se había quedado arrodillada y muy decepcionada y cerrando los ojos, salió al exterior. El contenedor volvió a cubrir por completo a la chica y con el ruido sordo de aquel golpe, la luz que proyectaba la varita, se apagó, dejando a la chica en la más absoluta de las oscuridades.

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Cinco figuras cayeron del cielo cuan lluvia de estrellas. Todas, envueltas en columnas de luz blanquecina y un aura extraña rodeando sus cuerpos. No eran arcángeles habituales y pronto lo dejaron caer. Sus vestimentas parecían acopladas a sus aspectos físicos y cada cual era distinto y a la vez, similar. Harry, que descontrolado continuaba arrojando energía, solo pudo reconocer a una figura, que había aparecido acompañando a tan extraños individuos. Incluso en la espesura de energía maligna, Michaela resultaba impactante a la vista. Su expresión, habitualmente afable, había mutado a una retrospectiva que intimidaba al más valiente de los arcángeles. Incluso las cinco figuras que la acompañaban y que en apariencia semejaban ser mucho más poderosas, parecían guardarle un espectral respeto.

Bastó un gesto afirmativo de su cabeza para que los misteriosos arcángeles desplegaran su poder y doblegaran la magnitud con la que Harry había emergido en las sombras. Cinco hilos resplandecientes, de aspecto irrompible, se ligaron a muñecas, tobillos, cuello y cintura del muchacho, inmovilizándolo por completo. Cuando Harry, con angosta agonía quiso deshacerse de ellos, recibió sendas descargas de pleno, que lo mantuvieron pendido en el aire un par de centímetros, para después inmovilizarlo de nuevo entre las ataduras, eliminando poco a poco su fuerza vital y por consiguiente, su magia.

-¡Quietos!- ordenó una voz por encima del ruido molesto del tintineo de las cuerdas. Orión, cubierto de sangre y con una mano taponando la herida de sus pectorales, se tambaleó hacia aquellas figuras y trató de ocultar su mal estado. Taladró a Michaela con su penetrante mirada, para luego posarla en aquellos extraños individuos, que habían detenido la agonía de Harry más por interés que por mandato. Christine y Anya, olvidándose por completo de Ginny, se colocaron a la par de Orión, tan desafiantes como él.

-Madre...- saludó la profesora, inclinando ligeramente la cabeza, pero de manera soberbia. Michaela se irguió sobre sí misma y alzó la barbilla, dejando clara su posición como mayor, algo que hasta la fecha nunca había destacado.- Exijo una explicación.

-Tu debes ser Christine.- susurró una de las cinco figuras. Hablaba en voz baja por naturaleza. Poseía unos rasgos salvajes, exóticos y bastante impactantes a la vista. Como todos los arcángeles de rango superior, vestía una túnica ancha y lisa, de una tonalidad verde marino. Sus cabellos ondulados le salían de la cabeza como si fuesen las ramificaciones de cualquier planta y su piel era mulata. Sus ojos atigrados se clavaron en la figura de la profesora, como queriendo leer a través de ellos. Pero Christine, acostumbrada a trucos así, reforzó sus defensas, lanzándole un claro desafío. La extraña mujer, movió la nariz de manera molesta, como si aquel gesto de otro igual le resultase insultante.- Te pareces a tu madre.- se limitó a añadir. Christine observó a Michaela, pero no había habido reacción en ella.

-Soltad a Harry.- pidió, pero no era una súplica. Comprobó el estado de su alumno y vio como el chico se retorcía de dolor bajo las ligaduras, que absorbían su energía lenta y dolorosamente.

-Ha traspasado el límite.- se adelantó Michaela. Ninguna de las demás figuras parecía tener intenciones de aclarar porqué estaban ahí.- Te lo advertí, Christine.- ambas mujeres volvieron a observar a Harry. En aquel momento, Anya, que había estado contemplando el sufrimiento del muchacho con un nudo en la boca del estómago, corrió hacia él y logró agarrar las ligaduras que le tensaban las muñecas. En cuanto las rozó, cinco descargas le asolaron de golpe. Anya soltó de golpe las cuerdas, se agitó en el aire y gritó arqueando la espalda, pero en cuanto sus pies tocaron tierra firme de nuevo, volvió a sujetar las cuerdas, tratando de romperlas. Los arcángeles, en guardia, alargaron sus brazos y reprodujeron las descargas con más intensidad. Anya y Harry gritaron de agonía al mismo tiempo y ambos, prácticamente abrazados, se arrodillaron en el suelo. Harry logró abrir uno de los ojos, sintió el calor del cuerpo de la chica abrazado al suyo y como si el terrible agujero en el que había estado prisionero, dejase colar un rayo de luz. Se aferró a esa luz y la energía oscura que todavía parecía airear alrededor de su cuerpo, disminuyó ligeramente.

-Ni se os ocurra tocarlos.- amenazó Orión. Se sentía débil, pero todavía tuvo fuerzas para recoger su espada del suelo y empuñarla con habilidad. Ante aquel desafío, las cinco figuras se mantuvieron alerta y otra de ellas, una que Orión conocía muy bien, bajó los brazos y las ligaduras que castigaban a Anya y a Harry, desaparecieron, quedando las otras cuatro. Orión fulminó a aquella mujer con la mirada. Desde el momento en el que había sentido la presencia de esos arcángeles había tenido el convencimiento de que se encontraría con ella. Alta, delgada, con su túnica blanca sujeta con un cordón de oro y sus cabellos tintados con la tonalidad de la mismísima plata, su rostro incapaz de definir una edad y sus increíbles ojos, Gerde, su maestra, le apuntaba con Durandal.

-Has crecido.- se limitó a decir. Se acercó un poco más, con la espada apuntando al muchacho, hasta que ésta rozó la piel de su pecho, ensangrentada. Sin delicadeza, Gerde dejó que la punta se hundiera en la herida y se tintara con la sangre del chico. Orión apretó los dientes, pero no impidió aquel procedimiento.- No solo de estatura.- la altiva mujer le dio la espalda a Orión y cuando parecía que volvería a arremeter contra Harry y Anya, se arrodilló con agilidad a sus pies, clavando la espada en el suelo en señal de respeto. Orión cerró los ojos y aspiró hondo. Hacía mucho tiempo que no era reconocido como tal.

-Ese al que tratáis de detener es Harry Potter.- anunció y ahora que tenía la presencia de Gerde a su lado, su voz se había reforzado, como si ella le hubiese recordado quién era y porqué estaba ahí. Gerde parpadeó y se quedó estática en el suelo unos instantes, como si le costase entender las palabras de Orión. Miró en dirección a Harry y a Anya, se detuvo largamente en Anya y después giró el rostro una vez más hacia Orión.

-Ya veo...- susurró. Los demás arcángeles, como devueltos a la realidad tras las palabras de Orión, detuvieron las ligaduras que aferraban a Harry y a Anya y dirigieron la mirada hacia Michaela, que erguida, altiva e imponente, taladraba a Orión con la mirada.

-Ese no puede ser Harry Potter.- gruñó otro de los arcángeles. Era el hombre más alto que habían visto jamás. Evidentemente, también vestía una larga túnica azulada, del mismo color que su cabello. Su espada era la más pesada y las más larga de todas y poseía un mango que parecía un tritón.- Harry Potter no desprendería tal energía maligna.- Anya, que todavía estaba arrodillada en el suelo, tratando de recuperar el aliento, alzó la cabeza y observó los ojos de Harry. Los tenía abiertos y todavía un aura oscura los envolvía, pero habían recuperado su verde característico. No obstante, todavía era peligroso. Para sí mismo y para los demás. Giró el rostro para contemplar la figura de Ginny tirada sobre la plaza y sintió una rabia enorme hacia Alan por haber sido el causante de todo aquello, por haberse llevado no solo el futuro de todos, sino a Harry también. Anya no había conocido jamás a Harry Potter antes de llegar allí, pero sí había oído muchas grandezas sobre él. No obstante, ninguna podía equipararse con la grandeza de su corazón y ahora, lleno de rabia, de ira, de miedo, había sucumbido ante la oscuridad que lo había perseguido, pues aquella persona que podía controlarla, ahora se hallaba más cerca de la muerte que de la vida.

-No es culpa suya...- expresó Anya. Hasta entonces, su larga cabellera negra le había estado cubriendo el rostro, pero cuando se levantó del suelo y fulminó a todos ellos con sus preciosos ojos azules, los cinco arcángeles quedaron descolocados.

-Mi señora...- murmuró el que acababa de hablar y tal y como Gerde había hecho con Orión, se arrodilló ante ella y la besó en la mano. Christine quedó totalmente anonadada ante aquella muestra de lealtad, cuando segundos antes aquel hombre y los otros cuatro, la habían atacado sin piedad. Muy probablemente, y más si eran los que ella creía, no habrían reparado en su figura, sino en la de su objetivo, pero le costaba entender cómo alguien podía mostrar respeto por Anya y no arrepentirse de haberla lastimado.

-Nosotros no respondemos ante nadie...Christine.- siseó la mujer de rasgos exóticos.- Pero sabemos reconocer el poder...y también a los salvadores de nuestro pueblo.- Christine volvió a observarla. Sabía quién era, pero sólo había oído hablar de ella a su madre, jamás, anteriormente, la había visto. Sin embargo, le asombró su capacidad para leerle el pensamiento ante el menor descuido y supo que todo lo que contaban acerca de ellos era poco.

-Si los sabéis reconocer...- susurró la profesora con voz peligrosa y avanzó un paso hacia ellos.- ...entonces soltad a Harry, pues él os libró de la maldad de Lord Voldemort.- los cinco arcángeles quedaron en silencio. La única que todavía permanecía arrodillada era Gerde y mantenía los ojos firmemente cerrados.

-Harry Potter debe morir.- intervino Michaela. Se coló entre el grupo de arcángeles y los interrogó con sus distantes ojos transparentes. No obstante, Christine hizo lo propio y encaró a su madre, como si ésta fuera cualquier mortífago que estaba convencida de eliminar.

-Sobre mi cadáver.- Michaela levantó la barbilla y lanzó un suspiró de determinación. Abrió los ojos como platos e hizo algo que hasta entonces nadie la había visto hacer: extrajo su espada. Christine había visto a Helios, la espada del sol, en muy pocas ocasiones y ninguna de ellas había significado nada bueno para sus enemigos. Helios poseía partículas de la gran estrella y había sido forjada por antiguos arcángeles que poseían la habilidad de no quemarse con ella. Muy pocos podían llegar a tocarla sin sentir que el mismísimo sol acababa por absorberlos, como tributo a su osadía. Brillaba deslumbrando a sus enemigos y cuando respiró aire por primera vez en tanto tiempo, abrió una columna de luz entre la tormenta, avivando su poder. No obstante, Christine tenía una espada que para Michaela significaba muchísimo, una espada que le había otorgado su padre cuando todavía era muy pequeña. Christine, no había podido utilizarla durante mucho tiempo, porque como en todo arcángel, una espada nació de ella, pero de alguna manera, Calipso, siempre estuvo destinada a ella. Su primera espada, se destruyó cuando encontró el cadáver de Dani y de Alan, la noche de la muerte de los Potter y lo hizo, a raíz de que ella derramara una lágrima sobre el acero. Como una parte de Christine, también murió su espada. Desde entonces, había empuñado a Calipso, para jamás olvidar todo lo que aprendió de su padre, para grabar a fuego en su mente lo importante que era hacer bien las cosas, hacer, lo que era lo correcto.

-Es mejor destruirlo ahora que no cuando sea demasiado tarde.- dijo Michaela. Lanzó una mirada significativa hacia la espada de su hija, pero no comentó nada.- Con un mago tenebroso, ya es más que suficiente.

-Tienes razón,- ironizó Christine, pero su expresión era de tenaz determinación.- Con un hijo perdido, es más que suficiente.- Michaela arqueó las cejas y rápida como el viento, se lanzó en pos de Christine. La estocada que lanzó dejó a todos los presentes anonadados. Muy pocos habían tenido el privilegio de verla luchar. Pero Christine poseía, de alguna manera, su esencia y bloqueó el primer avance como si lo hiciera todos los días. Michaela, retrocedió un par de pasos y volvió a empuñar firmemente a Helios, que brilló con mucha más intensidad.

-Acaba con esto aquí.- ordenó el mayor.- No me obligues a perder otra pieza en esta guerra.

-¡No somos vuestros peones!- gritó Christine enfurecida. Hizo girar a Calipso con la muñeca y con su mano libre lanzó una bola de energía, que fue detenida por un escudo que proyectó Michaela. A pesar de su edad y de que había envejecido con mucha rapidez en los últimos tiempos, la mujer era poderosa. Muy poderosa. Anya, angustiada, observaba la batalla a sabiendas de que aquello no podía significar algo bueno. Buscó apoyo en los demás arcángeles, pero se dio cuenta de que todos ellos parecían expectantes de ver en qué podía acabar todo aquello y si realmente Christine, se parecía a su madre en destreza. Gerde continuaba arrodillada en el suelo y era la única que no participaba en aquel espectáculo, pues sus ojos permanecían firmemente cerrados. Orión también estaba pendiente de la batalla y Anya observó, que tan interesado como los demás. Todos ellos habían sido entrenados, adiestrados e introducidos en las costumbres de los arcángeles, pero ella era diferente. Su padre, si hubiese estado allí, habría tratado de impedir esa batalla. Recordó una frase que le había escuchado decir a Dumbledore:

"La fuerza de nuestros enemigos para extender la discordia y la enemistad entre nosotros es muy grande. Sólo podemos luchar contra ella presentando unos lazos de amistad y mutua confianza igualmente fuertes. Os repito a todos que, seremos más fuertes cuanto más unidos estemos, y más débiles cuanto más divididos"

Lo había visto en los ojos de Alan al desaparecer. Había hecho justo lo que Dumbledore predijo que haría: dividirlos, enfrentarlos...separarlos. Apretó los dientes y extrajo a Démeter de la vaina, observándola atentamente. Entonces, volvió a centrar la mirada en Christine y Michaela y sintió que la cabeza le estallaría de dolor. Todo aquella era absurdo, ridículo y sin embargo...Démeter seguía recordándoselo. Despreocupándose de sus heridas y tras asegurarse que Harry no podía moverse a causa de los ataques, adelantó a las cinco figuras de los arcángeles y enarboló su espada. Justo cuando Christine y Michaela estaban a punto de colisionar sus propias espadas, como un ave rapaz, rápida, silenciosa, letal, Démeter se coló entre ellas y se interpuso en sus caminos. Helios brilló enfurecida, pero no fue capaz de aplacar la llama del corazón de Anya y saltó de la mano de Michaela, volando por los aires y clavándose en las entrañas de la tierra. Por su parte, Calipso tampoco fue capaz de contrarrestar la fuerza de Démeter y también se estrelló en la fuente que Alan había utilizado como pedestal.

Todos menos Gerde, incluido Orión, quedaron asombrados con la intervención de Anya y con la fuerza que había derribado a Michaela y a Christine. La chica ardía en determinación, en soberbia, en poderío.

-Ya basta.- ordenó tajantemente. Michaela la miró intensamente y Christine estaba igual de sorprendida que los demás.- Estamos haciendo justo lo que nuestros enemigos esperan de nosotros.- explicó molesta.- La leyenda...no olvidéis la leyenda. Si no nos unimos, si dejamos que Alan y Lewis nos dividan...entonces estamos condenados al fracaso.

-Esto no va contigo.- respondió Christine de manera tajante. Le dio la espalda, destacando que ella no le tenía ningún respetó y recogió a Calipso del suelo. La espada tintineó en sus manos unos segundos, segundos que Christine pareció sentir algo y después, la mujer la devolvió a su vaina.- Es un asunto personal.

-Deja de convertirse en un asunto personal en el momento en que se pierden vidas, profesora Byrne.- algo de aquellas palabras impactaron en los demás arcángeles. Desde el suelo, Gerde sonrió, se levantó y aplaudió a Anya como si ésta hubiera dicho la mayor de las verdades. Por alguna razón, Anya no fue capaz de mirar a ninguno de ellos y se sintió azorada.- En el que su hijo...roba vidas.

-Hace mucho tiempo que Alan dejó de estar a nuestro alcance.- farfulló Michaela. Estaba serena, a diferencia de Christine, que aquel asunto la ponía muy nerviosa.- Por eso he venido aquí. Para impedir que ocurra lo mismo con Harry Potter. Y eso es exactamente lo que haré.- Michaela avanzó un par de pasos hacia la figura de Harry, que seguía tendido en el suelo, pero mucho más consciente y extendió los brazos. Los demás arcángeles se miraron entre sí y todos, excepto Gerde, imitaron a Michaela, dispuestos a acabar con la amenaza. En aquel momento, igual que hiciera Anya, Orión reaccionó y se colocó delante de Harry con los brazos extendidos.

-Nadie tocará a Harry Potter. Porque yo no estoy dispuesto a permitirlo.- Harry, cuya aura maligna todavía lo rodeaba ligeramente, alzó la barbilla sorprendido. Por el pecho de Orión todavía resbalaba sangre y el muchacho había perdido muchas de sus fuerzas y había sido él, Harry, quien le hiciese la herida. Y sin embargo, ahora, sin saber porqué, Orión estaba ahí plantado defendiéndolo y a riesgo de su vida. Anya y Christine observaron a Harry en aquel momento y se dieron cuenta de que la sorpresa de verse salvado por alguien como Orión, estaba haciendo desaparecer la oscuridad de su interior.

-No tienes elección.- siseó uno de los arcángeles. De una de sus manos salió una poderosa ráfaga de agua. Orión abrió mucho los ojos, saltó hacia atrás hasta colocarse casi a la altura de Harry y levantó sus brazos, creando un escudo poderosísimo que evitó que aquel ataque se estrellase en ellos. Tal era la fuerza de resistencia que el agua rebotó en la pared de energía y fue devuelta a su dueño con mayor intensidad. El arcángel trató de detenerla, pero la energía de Orión era demasiado poderosa para él y salió disparado hacia atrás, golpeándose en el suelo como un vulgar principiante. Orión soltó el aire que había retenido en los pulmones y relajó el escudo. Los demás arcángeles, enfurecidos por aquel ataque, se dispusieron a imitar a su compañero. La mujer de rasgos exóticos lanzó unas ramificaciones con espinas, otro de ellos lanzó una especie de relámpago eléctrico y el último de ellos unos poderosos anillos de fuego que parecían estar sacados de mismísimo infierno. Orión evaluó los ataques un segundos antes de que éstos llegasen hacia él. Se movió rápido para evitar las espinas, aunque una de las ramas le rasgó la túnica por la pierna, lanzó un haz de luz blanca para contrarrestar el relámpago y logró abatirlo, enviándoselo de vuelta a su dueño, que sufrió las mismas consecuencias que el primero de los arcángeles y por último, movió los brazos con tanta brusquedad, que generó una vendaval que anuló la velocidad de los anillos y moviéndose con rapidez, logró correr en dirección al arcángel que los había enviado y que quedó atrapado entre dos de ellos, cayendo al suelo con un ruido sordo.

Tras aquel proceso, Orión desapareció y volvió a reaparecer taponando la figura de Harry, protegiéndolo con su cuerpo. Sin embargo, el cansancio y el poderío que había expuesto sumado a la herida del pecho, le pasaron factura y cayó arrodillado al suelo, respirando con cierta dificultad.

En aquel momento, Gerde se giró hacia él y lanzó una gran bola de energía en su dirección. Orión, desde el suelo, abrió los ojos como platos y supo que no podría detener aquel último ataque y resignado, cerró los ojos. Sin embargo, hubo algo que evitó que colisionara en su cuerpo. Cuando Orión vio que nada lo había alcanzado, volvió a abrir los ojos y observó estupefacto la figura de Harry, que se había levantado del suelo y había detenido el poder de Gerde, creando un escudo protector compacto y tan poderoso como el anterior. La energía maligna que recubría su cuerpo, había desaparecido. Gerde bajó el brazo con el que había atacado y sonrió. Desapareció y se presentó al lado de Harry, tendiéndole la mano.

-Encantada de conocerte, Harry Potter...- Harry la evaluó seriamente durante unos instantes y al final, le estrechó la mano con fuerza, bajando la cabeza a modo de saludo. Pensó que los demás arcángeles estarían furiosos por su intervención y la de Orión, pero se equivocó. Todos volvieron a ponerse en pie y también le estrecharon sus manos.- Nosotros somos los cinco protectores de la Tierra, Harry.- explicó Gerde. Harry se dio cuenta de que pese a que su voz era afable y que a veces sonreía, era una sonrisa congelada y que no había mucho entusiasmo a la hora de hablar en ella.- Señaló a la mujer de rasgos exóticos.- Danae...protectora de la naturaleza...- continuó con el hombre de cabellos azulados.- Niord...el arcángel de las aguas...- más tarde, señaló al que había sido capaz de lanzar anillos de fuego.- Sial...el guardián del fuego...- y por último, se refirió al que había logrado crear un relámpago.- y Cail...arcángel de los truenos...- volvió a sonreír enigmáticamente y añadió:- y yo soy Gerde, guardiana de las estrellas...- Harry sintió que los ojos de aquella mujer le recorrían las entrañas, como si pudiera leer cada rincón de su corazón.- Buscas respuestas y yo puedo darte la mayoría de ellas...pero todo a su tiempo.

-¿Quiénes sois?- la desafió Harry. Por mucho que pareciesen conocer a Orión y a Anya, no se fiaba de ellos. Sobretodo, después de que hubiesen tratado de matarle. Gerde dirigió la mirada hacia el cielo largamente.- Sois diferentes a los demás...a nosotros...

-Tú eres el más diferente de todos, Harry.- soltó la mujer y el muchacho sintió que el nudo que lo atormentaba en la boca del estómago, se hacía más grande. Desde el comienzo de aquella nueva guerra, se había sentido muy por debajo de los demás arcángeles, aunque aquel día, algo se había desatado en su interior y volvía a sentirse con derecho de reclamar respuestas, pues él controlaba las vidas de los demás. Miró a su alrededor y se sintió desolado por haberse convertido en un asesino, por haberse dejado dominar...por el ángel negro.- No obstante, sí, algo en nosotros es distinto. Sólo aparecemos cuando creemos oportuno hacerlo, cuando vemos un rayo de esperanza que arregle las diferencias entre nuestro pueblo...no respondemos ante nadie ni ante nada...- con esto, lanzó una mirada furibunda hacia Michaela.-...pero sentimos respeto hacia todo. Hemos vivido eternamente, una era tras otra y solo podremos morir en paz cuando se rompa la maldición que nos ató a la tierra...cuando nuestro pueblo, por fin, se unifique.

-Alan era la puerta...- comprendió Christine. Gerde la miró y asintió.

-Alan era el niño...la visión que profetizó el arcángel que nos maldijo, que nos dividió...que corrompe a todo aquel que posee un gran poder...

-El ángel negro.- adivinó Harry y todavía se sintió peor de haber sido corrompido por él, aunque hubiese sido únicamente unos instantes. Gerde volvió a asentir.

-Realizó ese pronóstico con el fin de acercarlo a su reinado, a su más tenebrosa oscuridad...de contar con un aliado poderoso...en la Tierra.

-¿Y quién es ese ser monstruoso?- quiso saber Christine. Gerde volvió a observar el cielo como si la melancolía asomara a sus ojos, pero cuando habló, no mostró la más ligera emoción.

-No tiene rostro, ni cuerpo, ni alma...lo jugó todo para ser como es. No queda de él más que su ligera sombra, que acecha, que daña, que hiere...corrompe a aquellos que cree que pueden serle de valía, lo único que busca es maldad por maldad, sin ninguna ambición, sin ningún propósito, únicamente su regocijo, su placer. Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera recordamos su primer nombre, su primer rostro...y estamos condenados a vagar eternamente hasta la unificación de nuestro pueblo. Fuimos castigados por ser los causantes de esa división, por buscar poder tan alto como él y luego...comprender que no era el mejor camino. No somos nadie que merezca ser recordado, Harry Potter. No actuamos con nobleza y tampoco lo hacemos ahora. Pero te aseguro una cosa...si hubiera una sola muerte que evitar, un solo niño que salvar...un rayo de luz para nuestro pueblo...entonces con gusto sufriríamos para lograrlo. Amamos la naturaleza, la tierra, a los humanos...amamos lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos...y luchamos por ello.- Harry lo comprendió de inmediato. No estaba seguro de que le gustarán Gerde y los demás, pero tenía claras que sus intenciones eran buenas y que si había un rayo de luz que salvara a Alan, ellos lo buscarían hasta la saciedad.

-Ha sido un placer verte de nuevo, Gerde.- dijo entonces Orión. Se miraban fijamente y Harry supo que ambos habían pasado muchas cosas juntos y que para Orión aquella mujer significaba mucho más que su maestra. Probablemente, Gerde no había sido buena y compasiva, pero de alguna manera, sí lo había protegido como una madre. La mujer lo miró como si lo estuviese haciendo por primera vez.

-Has luchado bien, Orión, has demostrado que eres digno de la grandeza que se te otorga...pero hoy has aprendido más de una lección, cada cual, más importante.- y con ello, le colocó una mano en el pecho y descargó una potente energía, mucho más que la podían otorgar Christine y Harry juntos. La herida del pecho de Orión se curó casi al instante.

-Gerde tiene razón.- habló Michaela. Había estado callada desde la intromisión de Anya, pero no parecía enfadada con el resultado de las cosas. Caminó hasta Orión y le observó tan intensamente como lo había observado Gerde. Alargó una mano y le acarició uno de los mechones de pelo que le resbalaban por el cuello mojado de sudor. Con indiferencia, Orión se lo permitió.- Empiezas a despertar...así que...después de todo...- se giró hacia Harry y sonrió enigmáticamente.-...el sufrimiento mereció la pena...- se dio la vuelta hacia Anya y ensanchó su sonrisa.- Gracias...hoy más que nunca, puedo afirmar que te pareces a tu madre...- y con aquellas últimas palabras, se envolvió en una columna de luz y desapareció tan rápido como había aparecido. Procedió un silencio después de aquella declaración. Anya se retorció las manos inquietas y entonces recordó que Ginny todavía estaba tumbada en la carretera. Miró a Orión y éste comprendió. Ambos, se acercaron a la chica. Ginny no había reaccionado. La sangre continuaba saliendo de su pecho a raudales y se iba quedando más y más fría a medida que pasaba el tiempo. Gerde, seguida de los demás arcángeles, también la rodearon.

-Es una energía que no podemos sanar.- dijo, repitiendo lo que Christine había sabido desde el principio. La profesora, que continuaba de pie, tratando de descifrar las últimas palabras de Michaela y pensando en que su madre sí sabía la identidad de la familia de Anya, observó a Harry, que continuaba plantado en mitad de la acera, observando el trabajo de los demás arcángeles. Al fin, decidió que no podía continuar ignorando el cuerpo de Ginny y se acercó hacia ella lentamente. A su lado, no muy lejos, se hallaba la figura de Troy desmayado, probablemente, de cuando él había soltado su poder. Después de comprobar que no había resultado gravemente herido, se arrodilló al lado de Orión, que parecía demasiado preocupado para lo que habitualmente demostraba.

-Debimos matarlo cuando tuvimos la oportunidad.- se lamentó Orión.- Estuvimos tan cerca...

-No se puede tomar el destino a la ligera Orión.- le reprendió Gerde severamente.- Este futuro ya ha cambiado, ya no es el mismo que tú conoces...porque esto, indudablemente, no ha ocurrido.- Harry fijó la mirada en la de Gerde, canalizando las palabras que acababa de decir y por un momento, sintió algo extraño en el pecho, como si hubiera caído en la cuenta de algo, pero pronto volvió a centrar la atención en Ginny.

-Podemos extraerle la varilla.- aseguró, mirándoles a todos.- Juntando nuestros poderes...pero la energía oscura ya ha penetrado en su cuerpo.

-Esto solo lo puede sanar un medimago.- informó Gerde.- Necesita una poción...pero como dice Harry, debemos extraerle primero la varilla.- Christine también se unió al grupo de arcángeles y todos utilizaron sus poderes para agarrar la varilla con unos hilos resplandecientes. Tardaron un par de minutos, pero para cuando Ron, Hermione y Lupin llegaron a la fuente, Ginny yacía en los brazos de Harry, totalmente demacrada, pero con un tapón en el pecho que suplía el agujero de la varilla.

Christine había tenido que remover cielo y tierra para lograr traer a un medimago a la casa. Los mortífagos ocupaban cada palmo de terreno de los lugares mágicos y no era fácil burlar su guardia. San Mungo era uno de ellos. El medimago Roberts había sido casi arrastrado por el arcángel y obligado a salir del hospital con la promesa de que no le ocurriría nada malo. No obstante, pese a llevar analizando a Ginny durante una larga e interminable hora, no había logrado ninguna mejora.

Preocupado, había salido de la habitación de la casa de los Potter, donde habían instalado a la chica y les había dicho que el único remedio que sanaba una magia así era una dificilísima poción que muy pocos expertos sabían realizar y que el único accesible dadas las circunstancias, era el medimago Ponovov, que se hallaba oculto en su casucha de Moscú. Harry se había ofrecido voluntario para ir en su busca, puesto que la espera se le estaba haciendo eterna y tras prometer que tendría mucho cuidado, se marchó en pos del experto.

Los cinco arcángeles legendarios se habían marchado tras prometer que ellos se encargarían de hacer un balance de las bajas y de tranquilizar al resto de compañeros. Orión y Anya, estaban en la casa por permiso de Harry, puesto que se veían bastante preocupados por la salud de Anya. Christine había permitido que se quedaran sin oponer resistencia y aquel gesto explicaba su intranquilidad. La familia Weasley se había instalado en una de las salas de estar de la casa. Molly Weasley no había dejado de llorar en todo el rato y el señor Weasley trataba de tranquilizarla, ayudado por Fred y George.

Ron, Hermione, Heka y Troy se habían alojado en la sala de estar continua, junto con Anya y Orión. Ron estaba histérico y se sumaba el nerviosismo por la preocupación de que a Harry le ocurriese algo.

-Reaccionó de una manera violenta...cuando le ocurrió eso a Ginny.- explicó Troy, rozándose con la mano la herida superficial de la cabeza.- Era como si hubiese perdido el control.

-Mi hermana y Harry se necesitan mutuamente, Troy.- explicó Ron, incapaz de quedarse callado y dejar que la angustia lo atormentara.- Recuerda que son protegido y guardián simultáneamente. No se puede romper un vínculo tan fuerte.- Heka, en aquel momento, se frotó las manos como si tuviese frío y se levantó del sillón, paseando hacia la chimenea. Orión clavó su mirada en la espalda de la chica, pero no comentó nada. Heka parecía entender que estaba muy por debajo de Ginny y eso, de momento, era bueno.

Harry apareció con la medicina lo más pronto posible. No obstante, era evidente que había tenido que luchar por ella puesto que llevaba toda la túnica ajada y varias heridas alrededor del cuerpo. Sin embargo, nada parecía importarle más que entregar la poción al medimago y no permitió que Christine lo curara.

Lupin se quedó tranquilizando a la familia Weasley y como la señora Weasley no estaba lo suficiente calmada como para entrar con el medimago, Christine ingresó en la habitación en su lugar. El sanador tardó media hora en lograr que todo el líquido amoratado de la poción fuese absorbido por el cuerpo de Ginny, puesto que con cada gota que se introducía por la jeringuilla, la chica sufría fuertes espasmos. Pese a que después de que la energía de Alan fuera aplacada, Christine pudo curar la herida del pecho, Ginny no se repuso ni mucho menos, puesto que no era nada fácil impedir un mal tan grande.

-Está fuera de peligro.- anunció el medimago, secándose con un pañuelo el sudor de la frente.- Pero necesitará tiempo para restablecerse del todo. Ha estado a punto de no contarlo. Y una cosa más...- mientras el sanador le susurraba algo a Christine en el oído, la mujer observaba una y otra vez el cuerpo de Ginny yaciendo sobre la cama, con un camisón viejo, que su madre le había traído de casa.

Una vez se marchó el medimago, todo el mundo entró para ver cómo se encontraba Ginny, pero la chica continuaba profundamente dormida. Cerca de la medianoche, la familia Weasley, excepto la señora Weasley que iba a pasar la noche allí, se marchó a casa a descansar. Orión y Anya habían desaparecido nada más salir el medimago con las buenas noticias y Christine no dejó que Troy, Heka y Hermione se quedaran esa noche, porque les aseguró que todos debían descansar después de la batalla y que Ginny estaría muy bien atendida.

No obstante, Christine no durmió en toda la noche. Lupin se acostó mucho antes que ella, dejándola con una taza de café en las manos y una manta cubriéndole las piernas. Tenía mucho en lo que pensar. No sólo lo que había descubierto recientemente, sino lo que aquello significaría de cara al futuro. Se había calentado el cerebro tratando de encontrar porqués a las cosas y todavía no había alcanzado a comprender ni la mitad. La ausencia de Alan la empequeñecía, la hacía más frágil, más vulnerable. Había visto como clavaba aquella varilla en el pecho de Ginny y sólo Merlín sabía lo que habría ocurrido si hubiese sido unos centímetros más abajo. Al final, agotada, con la memoria de Anya impidiendo que ella y Michaela se enfrentaran y muchos sentimientos contradictorios rondándole en la cabeza, con el comienzo del alba cayó rendida y se durmió tendida en el sofá. La manta con la que Remus la había tapado antes de irse a dormir, había resbalado por sus pies.

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Los primeros rayos de luz que se colaron por los ventanales del comedor, la despertaron. Había sentido segundos antes una presencia en la habitación, pero era una presencia en quien podía confiar. Antes de mostrar que estaba despierta, se detuvo un par de minutos a contemplar a aquella figura, que estaba plantada a los pies de la escalera, mirando como Ares se dedicaba a limpiarse las plumas. Christine se hizo notar y Ginny se levantó de golpe, en un gesto tan brusco, que se hizo daño en la herida y tuvo que sujetarse a la barandilla. Christine no la reprendió.

Ginny tenía el rostro desencajado. Llevaba el pelo rizado suelto en una maraña. Vestía un camisón viejo y arrugado y las zapatillas de estar por casa llevaban la suela levantada. La luz del sol que se colaba por las ventanas iluminaba sus grandes ojeras. En sus manos, llevaba un jersey que había pertenecido a Harry y que había estado buscando tiempo atrás. Probablemente, siempre había estado en la casa de la chica. Olía a suavizante y a perfume y Christine leyó en su mente que había ido a buscarlo, porque al despertar, había recordado dónde lo dejó.

-Necesito que me ayudes.- pidió, sin ni siquiera dar los buenos días. Christine se acercó caminando a la ventana y reposó la espalda en ella.- Sé que lo sabes. Lo he sentido.- la profesora entrecerró los ojos y susurró:

-Debe de ser un bebé muy poderoso, si sus dotes ya llegan hasta ti.- Ginny se limitó a encogerse de hombros y a añadir:

-Me ayudó a salvar la vida. Mantuvo vivo mi cuerpo hasta que trajisteis esa poción.- un silencio espectral cayó en medio de las dos. Nadie en la casa se había atrevido a despertarse, como si hacerlo, pudiera interrumpir aquel curso que cambiaría la vida de dos personas.- Tú eres la única que puedes hacerlo. Ya lo aplicaste en ti misma.- Christine se dio la vuelta y apoyó las palmas de las manos en el alfeizar de la ventana. Sentía la voz de Ginny cargada de súplica, casi de desesperación. Se había quebrado mientras efectuaba su petición. Cerró los ojos.

-Llevar este peso sola no es un buen consejo, Ginny. Ni siquiera para mí.

-No puedo estar con Harry...no puedo...- titubeó la chica. A Christine le pareció que su entereza se esfumaría como una voluta de humo, pero Ginny logró mantener el tono firme de su voz.- Cuando llegue el momento de tener a mi hijo...desapareceré. Tú lo sabes mejor que nadie, la guerra no es un buen momento para tener niños...si Harry se enterara...- Christine lanzó un profundo suspiro en el que pareció descargar todo el pesar que sentía por dentro.

-¿Sabes lo que me estás pidiendo?- Ginny asintió amargamente.- Ocultarle esto a Harry...escúchame, ese poder no se puede tomar a la ligera...ocultará tu estado, sí, pero irá absorbiendo tu energía como si fuera un aspirador...te debilitarás poco a poco y a la hora de dar a luz...podrías no resistirlo.

-¿Qué importa todo eso ahora?- preguntó Ginny. Sonrió de manera desesperada.- Cuando eso ocurra mi hijo podría no tener padre...no tener familia. Estamos todos condenados a morir, así que dame la oportunidad de ofrecerle un hogar, una familia, un refugio...- Christine la miró intensamente y parpadeó.

-Si Lewis tiene éxito...no habrá un lugar seguro en este mundo.- Ginny llegó hasta el sillón en donde Christine había pasado la noche y se dejó caer pesadamente. Se tomó su tiempo, acariciando su barriga, que con aquel camisón se apreciaba ligeramente destacada y sonrió.

-Hay uno.- levantó la cabeza y taladró a Christine con la mirada.- Se llama...la ciudad el arcángel.

Christine supo de inmediato el lugar que Ginny le estaba indicando y pronto descubrió que aquello era la única salida que tenían. Se puso en pie y alargó ambas manos en dirección a la chica, que cerró los ojos, apretando los dientes y temblando ligeramente. La energía arrolladora de Christine le produjo a Ginny un dolor atroz en las entrañas. Se agarró con fuerza la barriga, protegiendo a su hijo, pero se percató de que la profesora jamás dañaría a su bebé. Cuando el proceso acabó, Ginny se sintió desfallecer y como las fuerzas le disminuían considerablemente. Para su suerte o su desgracia, al palpar la barriga, se dio cuenta de que ésta había recobrado el tamaño habitual, como si jamás hubiera estado embarazada. Se desmayó y Christine, sintiendo que cada vez más, aquella guerra se le escapaba de las manos, la llevó en brazos hacía la habitación. Cuando la depositó en la cama y salió sin hacer ruido, la señora Weasley todavía dormitaba en el sillón. Ningún miembro de la casa había notado el mínimo atisbo de lo ocurrido.

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-Ella está viva.- declaró Lewis dando un puñetazo al posabrazos de su trono. La copa de vino que había estado en la mesa, se derramó por completo. Alan lo observó con indiferencia. Estaba sentado de malas formas en una vieja silla de madera, con la cabeza colgando hacia atrás y sin ningunas ganas de hablar con nadie. Todavía pensaba en lo cerca que había estado de matar a Christine y a la inversa, en lo cerca que ella había estado de matarle a él.

-No por mucho tiempo...la próxima vez...

-¡No quiero promesas, Alan!- el niño levantó ligeramente la cabeza y lo taladró con la mirada. Ian estuvo a punto de retroceder ante aquellos ojos oscuros, tan oscuros como su corazón. Tenía que poseer pronto el poder para dominarlo y el primer paso era que Alan le prestase toda su atención y se olvidara de acordarse de su pasado. Cosa, que probablemente estaba haciendo en aquellos mismos instantes.- Creo que ha llegado la hora de que cumplas el cometido que se espera de ti...

-Como desees.- susurró el chico desinteresadamente. Lewis se levantó del trono y Alan, asumiendo que debía hacer lo mismo, lo imitó. Estuvieron caminando durante un cuarto de hora alrededor de aquellos pasadizos secretos. Con el tiempo, Alan no había logrado memorizarlos todos, pero muchos de ellos le resultaban claramente familiares. El único que se movía con soltura entre ellos era Ian.

Llegaron a una sala bastante amplia y que no se parecía en nada a las cavernas por las que se movían, sino que era como si hubiesen traído las mazmorras del profesor Snape hasta allí. Era una sala circular, con una especie de arco rodeando un pedestal de acero. Estaba rodeada de estanterías con Pociones que Alan no había visto ni siquiera en la clase de Pociones, cuando Harry lo había llevado a hurtadillas. Sintió un hormigueo de melancolía al pensar en ello, pero pronto fue aplacado por su propia dureza. Sabía que su padre era experto en pociones y por lo tanto, aquel debía ser su laboratorio.

-Te he estado preparando durante mucho tiempo para este momento...hijo.- explicó Lewis. Se había ensanchado su sonrisa a límites insospechados. Alan jamás lo había visto tan contento.- Todas aquellas sesiones de recuerdos, de pociones, de sueños...todo aquello ahora cobra verdadero sentido, porque hoy seremos de verdad padre e hijo en todos los aspectos.- Alan no dijo nada. No tenía nada que decir. No entendía a qué se refería exactamente Dani, pero muy pronto lo iba averiguar.- Tengo que pedirte que seas muy valiente...porque esto te va a doler de verdad.- Lewis extrajo su varita de manera rápida y apuntó a Alan con ella, enviándolo de lleno hacia el arco que había en el centro de la sala. El niño quedó suspendido en el aire, sujeto de pies y brazos en cruz, por unas cuerdas invisibles que habían salido de aquel extraño instrumento.

Ian se acercó hacia un caldero que colgaba sobre las llamas de una chimenea y con una cubeta, rellenó un poco. Se la bebió sin dilación y volvió a rellenar la cubeta, acercándosela a Alan a la boca.

-¿Qué es?- dijo el niño. No había tratado de escapar de su prisión, ni tampoco su expresión denotaba desconfianza. Lewis no respondió, le tapó la nariz con una mano y obligó al niño a inhalar aire por la boca. En cuanto esta estuvo abierta, Lewis le coló la poción y le obligó a tragarla de un trago. Un segundo después, Alan empezó a retorcerse en el arco. Logró desatarse de una de las ligaduras y comenzó a arañarse el cuello y a aspirar de manera exagerada. Los ojos se le salían de las órbitas mientras luchaba por respirar. Lewis soltó una carcajada demente y se alejó del arco, sin importarle la agonía. De reojo, el niño le lanzaba miradas fugaces, pero los espasmos no le permitían articular palabra. Ian se sentó en una silla rota y durante una hora, estuvo contemplando en silencio el sufrimiento de Alan, sin ninguna intención de aliviarlo. Cuando le pareció que la poción había surtido efecto y que el niño había perdido todas las fuerzas, rebuscó entre los cajones de uno de los estantes hasta encontrar un aparato con dos largos cables. Se las arregló para crear electricidad con la varita e inyectó uno de los conectores al brazo derecho de Alan y otro al izquierdo suyo. Aproximó la silla hacia el pedestal y se sentó en ella. La transfusión de sangre no tardó en procederse. Alan se sentía vaciar por dentro y aquel dolor, sumado al de la poción, lo hacían retorcerse entre las ligaduras. Lewis, por el contrario, estaba tranquilo. A él la poción no podía hacerle ningún daño y al contrario que el niño, se sentía a cada momento más lleno, más entero.

Lewis absorbió un gran parte de la sangre de Alan y cuando éste estaba a punto de morir, desconectó los transfusores. Lewis bajó al niño del pedestal y lo tumbó en el suelo.

-¿Qué...qué me has hecho?- logró titubear. Lewis se colocó en pie y se observó las manos largamente. Se sentía muy distinto, mucho más distinto que cuando había experimentado en su cuerpo todas aquellas pociones. Alargó las manos y apuntó con ellas a Alan.

-Veamos si mis estudios han servido para algo.- dijo y tras acabar la frase, una ráfaga de energía surgió de sus manos y golpeó de lleno en el cuerpo de Alan. El niño gritó y se tambaleó en el suelo, pero estaba demasiado débil como para defenderse. Lewis, enloquecido, volvió a soltar una mortal carcajada.

-Te has apoderado de mi magia...- logró susurrar Alan. Apenas podía moverse del suelo. Lewis se acuclilló a su lado y negó con la cabeza.

-Copiado...no apoderado. Es imposible borrar la magia natural de un arcángel, pero sí transmitirla. Sigues teniendo todos tus poderes...pero ahora yo también los tengo. Únicamente, pequeño, que a diferencia de ti, yo sí sé controlarlos...por tanto, soy y seré para siempre...el arcángel más poderoso del mundo.- por tercera vez, la risa demente de Lewis llenó las cavernas de las entrañas de Londres. El cielo se cubrió de nubes, el sol había muerto a aquella tormenta. Los mayores sintieron un gran poder nacido y todos, absolutamente todos en el mundo mágico, sintieron que un nuevo arcángel había llegado. Uno...que sin duda, traería la destrucción.

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