CAPÍTULO 27: I PLAY HARD, I PLAY TO WIN

(JUEGO DURO, JUEGO PARA GANAR)

Ni siquiera tres días podían paliar la terrible actuación de Alan ni el vacío que había provocado perderle para siempre. Ginny se había repuesto, mucho más rápido de lo que todos creían que lo haría y no había comentado nada al respecto. Simplemente, cuando Troy fue el primero en reunir el valor para comentarle algo acerca de Alan, se limitó a decir: "todavía queda esperanza" y ninguno de los que estaban con ella logró encontrar algo coherente con lo que responderle. Si Ginny, que había sufrido en carnes propias el mal que anidaba en el niño era capaz de pasarlo por alto, entonces, los demás también parecían hacerlo. Christine era la que había cambiado de actitud. Ya no entraba en la habitación de su hijo ni se paseaba por la casa observando fotografías, de hecho, ni siquiera daba señales de echarle de menos. No obstante, sus pérdidas de energía habían sido más constantes, sus cambios de humor bastante rutinarios y padecía de insomnio. Lupin había hablado con ella la primera noche que había pasado en vela, pero después, se había comportado como si todo fuera normal. Harry no se había detenido a preguntar. Estaba más resentido y distante que nunca. Había dejado de preocuparse por la apatía que sufría Remus cuando un tema atañía a algo que Christine parecía querer llevar en silencio y había llegado a la conclusión de que quizás, él era el único que la comprendía y que le daba exactamente lo que ella necesitaba: libertad.

De hecho, desde que había sentido como el ángel negro lo absorbía por completo, Harry hablaba muy poco con los demás. Pasaba las horas muertas haciendo cosas monótonas y poco habituales, sin nada que requiriera acción. Leía libros, estudiaba, escribía el diario y daba largos paseos por el bosque. Ron y Hermione, que no se hablaban desde su última conversación, tampoco habían intentado que saliese de ese estado auto reflexivo al que parecía someterse, puesto que ellos no estaban en mejor situación. Ron había vuelto a quedar con Bea para no tener que pensar en los problemas de la guerra y afortunadamente ella, no le había inquietado desde que él le pidiese que no hablasen de la situación actual. Hermione, trabajaba más que nunca y había vuelto a sumergirse en sus libros. Llamaba a Harry todas las noches para ver cómo estaba y quedaba algún rato con Ginny, pero poco más. Neville se había comunicado con ellos mediante polvos Flu y les había dicho que la situación allí era muy similar y que Luna estaba pensando en visitar Londres algún que otro día para convencer a su padre de que dejara el periódico en manos de algún otro trabajador y se fuese con ellos, para evitar peligro. Pero como los mortífagos tenían controladas las apariciones y todas las vías de comunicación, no era fácil presentarse allí.

Troy pasaba mucho tiempo con Ginny. Ambos habían establecido un vínculo de amistad extraño, pero sólidamente fuerte. Harry había llegado a la conclusión de que aquello era algo que ni siquiera él podría romper y poco se imaginaba que Troy conocía muchos más secretos que él. Ginny se sinceraba con su amigo todo lo que no podía hacerlo con el propio Harry y así, secreto tras secreto, habían logrado sobrellevar los problemas juntos. Y Harry lo permitía. No había vuelto a visitar a Ginny desde el día que ella se marchara de su casa por la mañana y no tenía intención de hacerlo. Sabía que Ginny comprendería perfectamente su preocupación y que sabría muy bien lo mucho que se interesaba por ella, pero todavía se sentía culpable por no haberle hecho caso en su momento y por haber defendido a Alan con tanto fervor, cuando éste parecía haber traicionado sus buenas intenciones.

Todos habían notado el incremento de poder que se había consolidado en Lewis, pero ninguno sabía con exactitud lo que había ocurrido ni a qué se había debido. Así que, los arcángeles, dirigidos principalmente por Gerde y los demás, habían tratado de distribuirse y reagruparse en las distintas zonas lo mejor posible. Muchos de ellos, los que tenían hijos pequeños, se habían instalado en Córdoba y sus refugios, donde estarían a salvo de la persecución en masa de los mortífagos, pero ahora lo tenían bastante más difícil. Lewis, desde su incremento de poder, parecía notar dónde había un grupo considerablemente extenso y aunque no podía adivinar con exactitud el lugar en el que se hallaba, mandaba a seguidores a rastrear todos los rincones. En muchos de los casos, terminaban por encontrarlos. Pero eran pequeñas batallas que nada tenían que ver con la última que se había producido y donde, jamás aparecían ni Alan, ni Lewis.

Harry no se había ni querido enterar de los detalles. Había recibido la visita de Saiph y un grupo reducido de compañeros, pero no había querido atenderlos ni hablar con ellos. No era solo la vergüenza de saber que el ángel negro le había ganado una batalla, sino el hecho de que sus piques personales con Orión habían traído la consecuencia de poner en peligro la vida de la persona que más quería en el mundo y a manos de aquel por el que se había jugado el cuello. En su mente, todavía estaba grabada con nitidez la imagen de su hermano pequeño tal y como había sido antes de convertirse en aquel monstruo y se negaba a creer que esa imagen, se hubiese extinguido como la llama de la chimenea.

Y se había enfrentado a Christine por él. A todo el mundo.

Aquel atardecer, no fue distinto. Christine había preparado galletas y se las había llevado al jardín, donde Harry limpiaba la moto de Sirius a conciencia, pero el muchacho las había rechazado rallando la descortesía. Christine, no había comentado nada. Se había limitado a dejar la bandeja encima de una mesita que había conjurado y a marcharse tan sigilosamente como solía hacerlo Orión, como si las cosas hubieran dejado de tener importancia. En la casa, Remus parecía el único con la suficiente cordura como para continuar enlazando las cuerdas de la guerra. Hablaba con Dumbledore todos los días, le contaba como iban las cosas por casa y le exponía sus teorías al respecto. Todas y cada una de ellas iban en aumento cuando se trataba de Lewis y esa extraña magia que parecía haber rodeado a la Tierra.

No se podía salir de casa con la seguridad de la integridad, puesto que los mortífagos se habían incrementado de manera abismal y patrullaban las zonas que habían logrado "conquistar". El centro de Londres era una ciudad fantasma. El Callejón Diagon había perdido la magia del tumulto como en tiempos de Lord Voldemort y muchas tiendas habían acabado por cerrar definitivamente. No sólo los mortífagos habían aprovechado la ocasión. Antiguos grupos de magos rebeldes se habían lanzado a la calle en contra del Ministerio y aprovechaban la situación para tratar de atentar contra la ministra o los altos dirigentes. La seguridad se había reforzado, pero sólo era cuestión de tiempo de que el edificio perdiera sus defensas y cayera como estaba cayendo arrodillado el mundo entero. Los bandidos tampoco eran la excepción. Robaban, violaban y mataban a placer y los mortífagos lo permitían, porque de alguna manera, era el castigo que deseaban imponer a los magos, que durante cinco años los habían perseguido y apresado.

La Confederación Internacional de magos se había reunido en una ocasión, pero Lewis había adivinado sus movimientos y había atentado contra ella. La consecuencia, había sido la muerte de cinco ministros de magia y la dimisión de tres de ellos. Nadie había vuelto a hablar de otra quedada. Bien era cierto, que Lewis no había logrado someter al mundo entero y que Londres había sido el epicentro de todo su poder, sin embargo, capitales tan importantes como Madrid, Roma o París, habían sufrido el mismo desenlace. Por supuesto, Córdoba no había quedado atrás. La ciudad había sido completamente tomada y no había palmo de terreno que no estuviera bajo vigilancia, no obstante, tal y como habían vaticinado los arcángeles, los que habían logrado llegar a tiempo, se hallaban secretamente ocultos y ningún mortífago había logrado encontrar su refugio. Hasta el momento, Córdoba parecía inexpugnable y el único lugar seguro sobre la faz de la Tierra.

Los muggles también habían sufrido las consecuencias. Se veían sometidos y torturados bajo la magia de los mortífagos y no tenían más remedio que obedecer. Los líderes políticos más importantes habían sido asesinados en público y las cárceles abiertas a los delincuentes. Los prisioneros, estaban encantados. Cuanto más mataban y robaban más beneficios parecían obtener. El mundo entero había caído sobre el dominio del mal.

Y Harry, aquel atardecer, seguía lavando la moto de Sirius como si aquello fuese lo más importante de todo, como si la vida le fuera en ello. Pese a que habían muerto tres cardenales más, no había notado una disminución de poder en su cuerpo, ni siquiera un triste dolor de cabeza, pero ahora, sabía a qué se debía. El Salvador había despertado dentro de él, más fuerte y más terrible que nunca y mientras esa fuerza estuviera anidada en su interior, él sería poderoso, muy poderoso. Eso, desgraciadamente, no lo liberaría de la muerte si moría el último cardenal, pero el descenso de poder no sería notorio hasta que eso ocurriera. Sabía, que el golpe entonces sería inmenso y que probablemente, tendría la muerte más dolorosa que pudiera imaginar, pero incluso eso, había dejado de interesarle.

Heka lo había llamado por teléfono como Hermione y Harry había hablado con ella todos los días, pero sus conversaciones no eran como antes y estaban vaticinadas al vacío y la desesperación. Heka lo había probado todo. Se había enfadado, le había gritado e incluso insultado y le había ordenado que saliera a luchar como se esperaba de él, que probara una vez más a acercarse a Alan, a averiguar al menos, lo que había ocurrido con Lewis. Pero Harry no le había hecho caso. Resignada, Heka había acabado por rendirse, como todos los demás. Y sin embargo, algo la había impulsado a acercarse a Harry una vez más. Tal vez, porque nadie más parecía tener el valor de hacerlo. Por eso había ido a la casa, por eso había tocado el timbre y se había tragado el miedo que había sufrido al ver la figura seria de Christine y por eso, había cruzado el jardín casi de puntillas, sin perturbar el silencio que Harry había creado alrededor suyo.

-Hola- saludó, manteniendo la distancia de un metro aproximadamente. Harry no respondió. El paño con el que daba brillo a la preciosa moto estaba ennegrecido, a causa de la grasa, pero el vehículo brillaba como si fuese nuevo. Heka retiró el rostro hacia el lado izquierdo, incapaz de encontrar las palabras que sacasen a Harry de aquel estado en el que había caído. Lo necesitaba, más que nunca, pero sobretodo, sentía que él la necesitaba a ella.- Tienen buena pinta...- Harry cambió de posición y la miró de reojo, pero tampoco salió de su mutismo. Heka señalaba la mesa.-...las galletas digo...

-A Christine le gusta cocinar.- se limitó a decir Harry. Al menos, había reaccionado. Sin embargo, no era una información adicional, era un comentario cargado de vacío. Se acuclilló y comenzó a limpiar el tubo de escape, que era de color plateado. Heka cerró los ojos un instante que le pareció eterno. Ella no era así, normalmente, no hubiese dejado que Harry la insultara con su indiferencia, porque era ella quien poseía el carácter más pronunciado, no obstante, había decidido que ni los gritos y las increpaciones iban a funcionar en aquella situación y quería demasiado a Harry como para dejar que su orgullo los perdiera a ambos para siempre.

-Tienes que reaccionar...- susurró. Era casi una súplica. Le había salido del alma y apenas se había percatado de que lo había pronunciado en voz alta. Era su deseo, su más profundo deseo. Recordó el futuro que Orión había vaticinado y se sintió miserable al comprender, que el muchacho tenía razón. Ella no podría vivir sin Harry, porque no tenía a nadie más en el mundo. Ningún otro ser humano la había llegado a comprender enteramente. Sin Harry, empequeñecía, se sentía poca cosa, vacía...como si en aquel momento, su estilo, su forma de vestir o su carácter se hundieran con el criterio que le habían hecho ser así.- Hay una guerra ahí afuera y si no luchas...si no lo intentas...entonces todos vamos a morir. Tú no puedes querer eso...no puedes darle la espalda.- Harry suspiró y también cerró los ojos un par de segundos. Aquella reacción, le indicó a Heka que estaba escuchando, que incluso sus palabras iban por el buen camino. No obstante, la contestación no fue la que esperaba.

-Será mejor que te alejes de mí. Márchate. Allá donde nadie pueda encontrarte...si es necesario, me encargaré de buscar un lugar seguro para ti.- Heka abrió la boca, incapaz de creerse lo que estaba escuchando. Dejando de lado sus buenas formas, caminó hacia Harry, le arrebató el paño de la mano y lo lanzó lejos, enfrentándolo con la mirada.

-¿Te has vuelto loco, verdad? Sí, definitivamente las neuronas te han afectado al cerebro.- Harry la taladró intensamente con la mirada, pero Heka no se amilanó.- ¿En serio piensas que voy a marcharme y dejaros a todos aquí solos? ¿Me crees capaz de abandonarte en esta situación cuando es posible que dentro de un mes o dos o tal vez tres no nos volvamos a ver? ¡Eres Harry Potter, recuérdalo! ¡Harry Oldman se acabó! ¡Está muerto! ¡Murió desde el momento en que todos nos dimos cuenta de que fue un error! ¡Mira a donde nos ha llevado esa mentira!- Harry se puso en pie con una rapidez inhumana, agarró a Heka de las muñecas y la estampó bruscamente contra la pared del garaje. Heka soltó un grito ahogado por la impresión de estrellarse contra el ladrillo y cerró un ojo, a causa del dolor.

-Tú no lo entiendes.- siseó el muchacho con una voz tremendamente peligrosa. Apretaba tanto las muñecas de Heka que le hacía daño y había pegado sus rostros en exceso, de manera intimidante.- No se trata de ocultar mi destino, ni mi pasado...ni siquiera por desear una vida sin guerra...no se trata de Ginny.- resaltó, como si Heka hubiera dado a entender que Harry había acabado por acceder a las peticiones que su ex novia le había hecho tiempo atrás.-...se trata de mí. De lo peligroso que puedo llegar a ser...- y como dándole credibilidad, apretó todavía más la presión que ejercía sobre las muñecas y elevó una rodilla a la altura de la boca del estómago de su amiga, presionando de manera notoria. Heka apretó los párpados cerrados y trató de controlar la respiración, que a causa de la impresión sufrida, se le había acelerado.

-Suéltame, por favor. Me estás haciendo daño.- no lo había suplicado, lo había dicho con una voz seria, como si estuviera dando un orden. Pero Harry no la soltó. Tampoco cuando sintió que Heka engullía la piel del estómago, tratando de que la presión que ejercía la rodilla de Harry no le hiciera tanto daño.

-Ese es el problema.- argumentó el chico, aproximándose todavía más a ella. Ahora, sus narices, casi se rozaban.- Que puedo hacerte daño...- la miró de arriba abajo con deseo contenido, como si de pronto se hubiese dado cuenta de lo guapa que le parecía y una parte de él, estuviese despertando. Heka, que ya había abierto los ojos, lo miró sorprendida.- ¿Te das cuenta? No soy del todo yo...es el Salvador...aquel mal que creé en mi interior para destruir a Voldemort...aquel mal que me permitía vivir tranquilo mientras asesinaba de manera brutal a un mortífago tras otro...- y Heka lo comprendió por fin. Cuando había visto aquella especie de aura rodeando a Harry en la batalla, cuando había visto aparecer a todos aquellos arcángeles tratando de someterlo...era porque se había despertado en él un mal anidado, un mal conocido como el ángel negro y que era peligroso, tan peligroso, que había matado la personalidad de Alan y que podía llegar a matar la de Harry. Por eso, Harry se había estado comportando de aquella manera, porque trataba de retener, de luchar, de inmovilizar esa fuerza maligna, pero irremediablemente, había quedado al descubierto y de una manera u otra, viviría para siempre con ella. Por eso, no se había acercado a Ginny ni a ella, no se había acercado ni siquiera a Christine, temiendo que sus roces habituales pudieran efectuar en él un cambio negativo, pudieran llevarlo a cometer un acto atroz, uno, como el que había estado a punto de hacer al luchar contra Orión. Sin embargo, la proximidad con Harry era abismal, tanto, que estaba despertando un deseo y un sentimiento que había reprimido durante mucho tiempo. Se dio cuenta, que el poco tiempo que le pudiera quedar con Harry quería pasarlo a su lado, sufriendo o siendo feliz, pero a su lado de todas formas y que, de alguna manera, esa personalidad que la miraba de aquella manera, le agradaba. Con ella, habían despertado sentimientos o acciones que el Harry habitual jamás hubiera llevado a cabo, sentimientos, como la atracción hacia otra persona sin necesidad de un amor, sí queriéndola, pero no de esa manera. Heka abrió los ojos de par en par y bajó los dedos hasta que sintió que la presión sobre sus muñecas disminuía y logró atrapar los de Harry entre los suyos. Apretó con fuerza en ambas manos y dejó de apoyar la cabeza en la pared, acercándose hasta el chico de manera que sus frentes se juntaron y sus labios quedaron rozándose mínimamente. Harry bajó la rodilla de su estómago.

-Pues hazme daño.- dijo Heka, sin importarle entonces las consecuencias. Si aquella era una forma de cambiar el destino, de cambiar el futuro, lo intentaría. Sabía perfectamente que la única manera de que Harry volviera a ser el de siempre era que Ginny estuviese a su lado, pero ello acarrearía una serie de consecuencias, como que no fuera tan poderoso o que se fuera debilitando día a día. Tal vez, la personalidad de Heka no podía atraer al Harry antiguo, pero sí podría controlar al Salvador.- Destrúyeme...hazlo si con ello puedo salvarte...- y Harry, que a pesar de todos sus poderes seguía siendo humano, no pudo resistir la insinuación y la besó, pero lo hizo de manera violenta, muy poco parecida a la que solía utilizar con Ginny. Heka sintió la presión arrolladora de su lengua y sus labios y volvió a colisionar contra la pared, pero no le importó. Quemaba aquella sensación que sentía al probar el sabor de Harry, que de alguna manera, siempre había deseado.

-No sabes lo que dices...- jadeó el chico entre beso y beso. Colocó una mano en el muslo de Heka y la movió hacia el lateral, levantándole la mini falda de cuero que vestía, de manera peligrosa. Aquel contacto le provocó un estremecimiento.- Tienes que detenerme tú...porque yo no puedo...y no quiero hacerte daño...- Heka sonrió imperceptiblemente, mientras utilizaba los dientes para mordisquear el labio inferior de Harry. Lo estaba logrando. Había logrado tomar el control de la situación, ser ella quien dictaminara lo que iba a ocurrir y hasta donde quería que ocurriera y de alguna manera, extraer un lado más humano dentro de lo que podía ser el Salvador. Y aquella era la única manera. Se sentía rebajada en cierta manera de ser sólo la sombra de lo que era Ginny, de ser sólo un objeto de usar y tirar de aquella nueva personalidad de su amigo, pero era tan grande el amor que sentía por él, que tenía presente que había dejado de importarle.

-Ahora sabes lo que debes hacer...- le murmuró al oído y le cogió la mano con la que él exploraba su muslo, deteniéndola en su recorrido.- Si el Salvador puede salvar al mundo...si puede salvar a Alan...entonces no luches con él. Te libró una vez de la muerte, de Lord Voldemort...y acabó por darte muchas cosas.- Harry recordó a Ginny y se separó de Heka, de manera brusca. Ella sonrió. Había adivinado sus pensamientos. No obstante, ya había ocurrido y Harry sabía que volvería a ocurrir porque el sacrificio de Heka, de una forma u otra, hacía que la quisiera todavía más. Había dejado de ser sólo su físico para pasar a ser su personalidad, su cariño y su amistad lo que le provocaban esas sensaciones. La chica avanzó unos pasos hacia él, le acarició el rostro de manera dulce y después tomó una de las galletas de Christine de la mesa. Le dio un mordisco y se alejó por el jardín caminando hacia la salida. Harry se quedó allí plantado y tras observar con atención las galletas, también él cogió una. Mientras degustaba el exquisito talento de Christine en la cocina, pensaba que ahora, sí sabía lo que debía hacer. Y viéndolo de cualquiera de las maneras, le parecía que no tenía más opción. Extrajo del bolsillo del pantalón un pergamino y volvió a releerlo. Lo había hecho unas cinco veces desde que lo había recibido. La caligrafía curvada de Lewis citaba así:

"Si quieres recuperar a tu hermano con vida te propongo un trato. Su vida por la tuya. Ven a solas el miércoles a las cinco y media, Pales Street, 48. I.Lewis."

La oferta, no tenía precio.

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La figura de Anya recostada sobre la ventana se le hacía tremendamente familiar. Estaba seguro de haberla visto antes en alguna parte, pero se le había olvidado. De hecho, en aquellos últimos meses, a Harry se le habían olvidado muchas cosas. Sentía que con cada estocada, con cada haz de energía, con cada encantamiento...una parte de él se escurría de sus recuerdos como si lo único que cobrase verdadera importancia fuera el golpear en la guerra primero.

Aquellas pequeñas cosas, infructuosas, inapreciables, meramente sencillas para la mente cerrada de cualquier persona de actualidad, de cualquier ser humano incapaz de apreciar el mundo hasta que éste se estaba perdiendo, incapaz de haber llevado una vida más entera, más llena, más sentida, incapaz de decir "te quiero" y que ahora se veía en el grave error de no poder enmendarlo porque se había acabado el tiempo.

Todos aquellos momentos que Harry había logrado grabar en su mente a fuego se estaban extinguiendo como el humo impulsado por el viento. Se apagaban sus recuerdos con cada suspiro de vida que se acababa en los cardenales y el deseo tan férreo de una vida junto a Ginny, de una familia, de un mundo para ellos...se había evaporado para siempre y con él, aquellas cosas que lo habían impulsado a luchar en la primera guerra y que vagamente recordaba.

Se acercó a ella por detrás y le acarició el pelo con dulzura, como hacía días que no tenía y se sintió reconfortado al hacerlo, como si hubiese recuperado otro pedacito de humanidad.

-Oye, Any, ¿tú crees que soy malo?- Anya no se dio la vuelta y por eso Harry no pudo observar su sonrisa, que se había producido tras el diminutivo que él había utilizado. Orión, que estaba apoyado en una columna, de brazos cruzados, retiró el rostro hacia el lado contrario, como si no quisiera sentirse partícipe de aquella conversación.

-Yo creo...que eres especial.- la chica le dio un beso en la mejilla y continuó observando por la ventana, como si en aquel paisaje que prometía el aula de Transformaciones se encontrase la más maravillosa de las respuestas, de las vistas.- No importa lo que haya pasado...tú todavía no lo entiendes, no puedes entenderlo. No has pasado por todo lo que nosotros sufrimos. Y aceptar ese cambio cuestiona tu lado más frío.- Harry calló durante unos segundos, meditando las palabras que acababa de escuchar. ¿Cuánto más podían haber visto Anya y Orión? ¿Cuánto más podían haber sufrido?

-Un día, tienes que dejarme entrar en tus recuerdos.- Anya cabeceó de manera afirmativa.

-Un día...pero hoy no es el momento...

-Créeme, Potter, no te gustaría verlo.- intervino Orión. Por fin le miraba a los ojos. No de manera amistosa, por supuesto, pero sí de la mejor manera que jamás se habían llevado. Parecía que el incidente con Ginny y la pelea que los habían enfrentado había ablandado sus diferencias, los había unido de manera extraña, pero real, muy real. Harry no respondió, no quería empeorar las cosas. Su lado más curioso le advertía del peligro que conllevaba aquello. Quizás, encontrara en las vidas de Anya y Orión algo que no le gustara. O quizás, podía llegar a entenderlos mucho mejor. Algo, de lo que todavía no había sido capaz. Pero nada de eso importaba mucho en aquella situación. Debía confiar en ellos para lo que iba a hacer, debía hacerlo, porque únicamente ellos tenían una oportunidad de equilibrar la balanza. Por eso estaban allí. Era en lo único que Harry no estaba equivocado. Se alejó de Anya unos pasos y se dejó caer sobre la silla de uno de los pupitres del aula. Se sentía invadido de silencio rodeado de aquel fructuoso vacío. Era inmenso mezclado con las palabras que debía pronunciar.

-Sin embargo, yo sí que seré sincero con vosotros...en esta ocasión, al menos. No sé si habrá muchas más.- por la manera en la que Anya y Orión intercambiaron miradas, Harry intuyó que había cosas que ellos ni siquiera podían prever. Y que, de algún modo, la historia sí que había comenzado a cambiar, aunque todavía tuviera el mismo rumbo, el mismo desenlace. Se observó los pulgares y jugueteó con ellos un rato, pero no titubeaba. Estaba decidido a efectuar el último acto de fe, el último sacrificio, el último ápice de esperanza...estaba dispuesto a hacerlo porque de algún modo, había basado todo su cambio en ello. Lo admitía, sí, era el Salvador, mucho más fuerte y engrandecido que nunca, sí, había vuelto a dejar su lado humano aparcado...pero no era capaz de enfrentarse a Alan. No era capaz de herir a Christine. Jamás lo había logrado, pese a que lo había intentado en muchas ocasiones. Pero Christine le importaba. Y la felicidad de su profesora estaba ligada a la existencia de Alan. No había nada más sencillo de comprender para Harry.- Mañana iré a encontrarme con Ian Lewis...he aceptado cambiar de prisionero.- el ambiente enrarecido de la habitación se estrelló con el profundo silencio que golpeó a todos los presentes. Anya resbaló la frente por la ventana, suspirando largamente, como si hubiese retenido el aire durante muchos segundos. Orión, lo fulminó con la mirada.

-Por encima de mi cadáver.- sentenció. Había tal determinación en su mirada que Harry pensó por un instante que mantenía motivos ocultos. Se levantó con mucha calma del pupitre y caminó unos pasos en dirección a Orión, que todavía estaba apostado en la columna.

-Tienes que darme tu palabra de que destruirás a Lewis. Tienes que prometérmelo.- Orión se descruzó de brazos y desfiguró su rostro en una mueca de asco.

-¡Y una mierda, Potter! ¡Tú no te mueves de aquí aunque tenga que atarte a una silla! ¿Es que te has vuelto loco? ¡Entregarte al enemigo!

-Quiero que me lo prometas.- insistió Harry, armándose de una creciente paciencia. Cerró los ojos, respirando hondo, para tranquilizarse. Orión miró a Anya desesperado, tratando de encontrar ayuda, pero la chica parecía haber caído en un estado de ensoñación y no reaccionaba. Desesperado, agarró a Harry de las solapas y lo estampó contra la columna en la que había estado apoyado. Harry no se quejó por la brutalidad del contacto. Lo observó con una mirada fría, distante, peligrosa...pero controlada.

-No voy a hacerte ninguna promesa. Primero, porque Lewis no es mi rival. Segundo, porque no voy a dejar que te entregues así como así. ¡Pareces idiota, Potter! ¿Qué parte no has entendido de la que te contamos? Todavía estamos a tiempo de impedir lo que se avecina...déjame matar a Alan, déjame intentarlo...y todo lo que hemos visto no será más que un vago recuerdo, un susurro...un molesto tintineo en nuestras cabezas. Déjame cambiar el futuro.- Harry sonrió lacónicamente, apartó las manos de Orión de su solapa y retiró la mirada taciturna.

-Cuando me entregue a Lewis...él me torturará...y luego...me matará.- Harry sintió que Orión se estremecía ligeramente, pero estuvo seguro de habérselo imaginado, porque la percepción que le llegaba de él era de profundo rencor, incluso de decepción.- Alan verá todo eso. Jugaré esa última carta. Quizás, sea lo único que pueda hacerle reaccionar.

-¡Estúpido!- Orión le propinó un puñetazo en el pómulo y Harry resbaló por la columna hacia abajo, pero el chico no le dejó. Lo sujetó de la túnica y le atestó otro igual en el estómago. En aquella ocasión, Harry sí que resbaló hacia el suelo y una vez en él, Orión le golpeó una patada tras otra. Anya corrió a intervenir, pero su compañero la detuvo con una mirada de determinación.- ¡Vas a morir por salvar a alguien que no vale la pena! ¿No viste que trató de asesinar a Weasley? ¿No te diste cuenta de que no había compasión en sus actos? ¡Nada puede salvar a ese niño de la oscuridad! ¡Está perdido! ¡Perdido!- Harry no había impedido que Orión le golpease, por eso, cuando sintió que dejaba de hacerlo no se movió de la posición del suelo. Ni siquiera se había encogido y protegido de las manos para no sentir los puntapiés. Le daban igual. Tampoco se sentía humillado porque estaba seguro que Orión sabía que no se había protegido. Como pudo, se apoyó en un codo y se incorporó un poco, limpiándose la sangre que le caía del labio, con la manga.

-Puedes seguir golpeándome si eso va a hacer que te sientas mejor- dijo.- pero aunque te empeñes...aunque no lo comprendas...iré a esa cita con Lewis. Tú jamás podrías entenderlo...- Orión sintió el despecho de Harry y la amargura de sus palabras, sintió su tono despectivo como si le estuviesen clavando un puñal en el estómago. Sentía aquel resentimiento y se veía inferior a Harry que sí parecía comprender las cosas básicas con suma simpleza. Y él no había comprendido nada. Ni siquiera ahora podía leer en la expresión de Anya lo que pasaba por su mente, pese a que la conocía tan bien que siempre lo había acertado todo. Pero Anya había evolucionado allí. Sin embargo, él se había quedado estancado en el pasado. En sus recuerdos. Y en sus miedos.

-¿Es por Christine, verdad?- se atrevió a intervenir Anya. Se agachó al lado de Harry y tras sacar un pañuelo de tela del bolsillo, le limpió la sangre con el, tratando de no hacerle daño.- Todo esto lo haces por ella.

-Christine no puede matar a Alan.- explicó Harry con amargura.- Porque entonces...una parte de ella moriría también. Vosotros no lo entendéis...no la conocisteis antes de que lo recuperase...no sabéis como era ni como actuaba. Es...es muy importante para mí, es como mi madre...la única madre que he conocido. Se lo debo.- Anya cerró los ojos y durante un momento pareció que no los volvería a abrir, porque no quería presenciar el rostro de Harry asegurándole que iría a esa cita, sentenciándose a muerte.

-Lo más bonito que tenemos en este mundo es la vida y si hay algo que he aprendido es que debemos vivirla para nosotros...no para los demás.- susurró Anya, depositándole a Harry un beso en la frente.- Pero sé lo importantes que son Christine y Alan para ti...te prometo que haremos todo lo posible por impedir el futuro que hemos vaticinado...

-Habla por ti sola.- refutó Orión. Se había envuelto en su capa negra y observaba la escena algo apartado, con una mirada de profundo rencor.- No entendéis nada...- Taladró a Anya con la mirada como si quisiera transmitirle un mensaje secreto y después pasó a observar a Harry. Lo hizo largamente hasta que cerró un puño impotente y dejó que una columna de luz lo envolviera, hasta que no quedaron de él más que las luces típicas de una desaparición arcángel. Harry y Anya resoplaron. Pero ambos, por motivos muy distintos.

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La mansión Weasley llevaba tres días prácticamente desértica. Todos sus miembros, a excepción de Ginny y Ron, se habían marchado a visitar a Charly a Rumanía, para asegurarse que él y su familia estuviesen a salvo del movimiento mortífago. El viaje había sido arriesgado y por eso, Dumbledore les había recomendado que pasaran unos días allí, para no levantar excesivas sospechas.

Ron se había marchado aquella tarde a dar un paseo, asegurándole a su hermana que no utilizaría la magia para no llamar la atención y que probablemente, se pasaría por casa de Bea. Aunque Ginny no veía con buenos ojos aquellas citas de su hermano, no le había comentado nada. Primero, porque Ron jamás le hacía caso y segundo, porque ella ya tenía suficientes problemas. Con una tormentosa tarde como testigo, Ginny había decidido hacer limpieza general de la casa, para mantenerse ocupada y además, lo estaba haciendo al modo muggle.

Se acababa de atar un pañuelo en la frente y colocado un delantal cuando sintió una presencia en la casa. No había sonado a una aparición normal, así que no se preocupó mucho y tampoco lo hizo a pesar de que el extraño individuo no se dejó ver en un principio. Tomó del armario de la limpieza un plumero y golpeó los almohadones del sofá para librarlos del polvo, mientras que con la mano libre se secaba el sudor de la frente.

-¿No sabes que trabajar tan duro no es bueno para una embarazada?- Ginny, que ya había intuido quien se ocultaba detrás de las cortinas, sonrió imperceptiblemente. Resopló para apartarse el flequillo de la frente y se enderezó un poco, descubriendo que la limpieza le había producido un leve dolor de espalda. Sin embargo, no dejó que su acompañante notara ese pequeño detalle. Orión parecía un vampiro agazapado entre el cortinaje.

-No debería sorprenderme de que para ti tampoco fuese un secreto...- por una milésima de segundo, Ginny pensó que Orión estaba avergonzado por haber sido tan claro, pero al mirarle a los ojos directamente, descubrió que con toda seguridad se lo había imaginado. La indiferencia era, quizás, el peor de los defectos del muchacho. Y se podría decir que peor, porque Ginny tenía la sensación de que cuanto dijese iba a resbalar por el rostro del chico como si nunca hubiese sido pronunciado.- ¿Quieres un café?- ofreció, dirigiéndose a la cocina sin esperar la respuesta. Orión no lo rechazó y la siguió por el comedor, observando detenidamente cada rincón de la casa, como si fuera la primera vez que veía una. En casi todas las paredes, colgaban retratos de los distintos miembros de la familia Weasley. Había algún que otro bastante gracioso donde casi siempre se podían apreciar a Ron y a Ginny jugando cuando todavía eran muy pequeños.- A mamá le gusta tener las paredes llenas de trastos...- se disculpó la chica, mientras encendía con la varita una especie de cacharro similar a una cafetera muggle. Orión continuó en silencio, observando ahora la cocina, deteniéndose fijamente en el reloj donde indicaba si los miembros de la familia se hallaban en peligro. En aquel momento, todas las agujas marcaban "Peligro de muerte".

-No recuerdo cómo era mi casa...- dijo Orión de repente. Ginny, que estaba colocando dos tazas sobre el mármol del banco, se quedó estática durante unos segundos. Todavía le costaba entender el comportamiento de Orión, pero sobretodo, le costaba entender que le contara a ella cosas que no parecía confesar ni a la propia Anya.- Era muy pequeño cuando me fui a vivir con Anya.- Ginny se estiró hacia arriba para alcanzar el azucarero, pero apenas lo rozaba con los dedos. Orión se percató y en vez de utilizar la varita, se levantó rápidamente y se apresuró a cogerlo por ella.

-Gracias.- murmuró Ginny. Estaba sorprendida por la cordialidad del muchacho, pero sobretodo, por la inquisidora mirada que parecía desnudarle el alma. Sus ojos grises brillaban al contorno de la luz de la lamparilla que colgaba del techo y los hacía parecer más grandes. Se quedaron un par de minutos explorándose el uno al otro, sin saber qué decir o cómo reaccionar.

-Tienes mala cara.- por una fracción de segundo, Orión estuvo tentado de alargar la mano y acariciar el rostro pálido de Ginny, que estaba muy próximo al suyo, pero su entereza le hizo contenerse. Ginny no lo habría entendido. Nadie lo habría entendido.

-Estoy bien.- aseguró ella y necesitó retirar la mirada de la del chico, puesto que había sentido un vuelco a la altura del estómago. Un instante después, sintió que le costaba respirar con normalidad y se sujetó el estómago con una mano, como si todos sus males procediesen de él. Estaba agotada. Y sabía que eran las consecuencias por haber aceptado la ayuda de Christine, el precio a pagar por guardar la verdad en su interior. Con las manos temblorosas, abrió el cajón de la izquierda y tomó dos cucharillas, para poner azúcar en las tazas.

-Así fue como ocurrió entonces...- susurró Orión. Continuaba mirándola y Ginny no había entendido lo que aquella frase significaba. Orión movió la cabeza de arriba abajo, como evaluando su embarazo que no era notorio y volvió a levantarla, para centrar la atención en sus ojos, nuevamente.- No lo sabía...

-No creo que haya algo que desconozcas.- Ginny sonrió, alargó la mano y tomó del asa la especie de cafetera, volcó el contenido dividido por igual en ambas tazas y después se acercó hacia la nevera, que no tenía enchufe y parecía funcionar por arte de magia.- ¿Leche?

-Sí, por favor.- asintió Orión y caminó hacia la mesa que había en el centro de la cocina. Corrió una silla y se dejó caer en ella con un sigilo digno del mejor de los ladrones.- Desconozco muchas cosas...todas y cada una de ellas las temo, porque no puedo preverlas y en consecuencia, evitarlas.- Ginny llenó de leche las dos tazas y después la volvió a guardar en la nevera, las hizo levitar con la varita y más tarde se sentó al lado del muchacho.

-Por eso estás aquí.- adivinó.- para advertirme de que hay algo que podría cambiar el futuro...- Orión la taladró con la mirada. En las sombras, Ginny había dado con la verdad, pero no sabía que lo estaba haciendo.

-No relativamente, porque el mal principal ya ha sido liberado...pero sí que podría empeorarlo. Y la única que puede hacer algo al respecto...eres tú.- Ginny le dio un sorbo a su taza de café, se limpió la boca con una servilleta y retiró la mirada. Parecía pensativa.

-Hay pocas cosas que yo pueda hacer ya...- Orión, cerró los ojos y Ginny sintió que por primera vez estaba viendo su lado humano, su parte más débil.- Vivo por y para proteger a mi hijo...el resto se quedó en utopía. Y yo no fui lo bastante inteligente como para verlo.

-Pero puedes recuperarlo.- Orión apretó tanto la taza entre las manos que el café comenzó a bullir como si estuviera bajo la presión del fuego. Ginny sintió su desesperación como si proviniese de ella misma.- Puedes estar con Potter...- la muchacha sonrió lacónicamente, se acarició la barriga como si de verdad la tuviera pronunciada y volvió a sorber el café.

-Harry y yo nunca estuvimos realmente ligados a ningún destino. Nuestras vidas caminaron juntas porque eso era lo que necesitaba este mundo...un Salvador...y una persona que tuviera fe en él...una vez rotas esas reglas no hay nada que nos vincule, ni si quiera el más grande de los milagros...- miró a Orión a los ojos.- ni siquiera nuestro hijo.

-No eres la persona que vi en mis sueños...- se lamentó Orión de mala gana. Dejó el café encima de la mesa de manera brusca y éste se derramó por la madera. Se puso de pie y le dio la espalda a la chica.- Potter va a entregarse al enemigo por salvar a ese niño...va a dar su vida por una causa que no tiene remedio...- Ginny también dejó la taza encima de la mesa, de manera más cuidadosa y se quitó el pañuelo de la frente, dejando caer los mechones pelirrojos, libremente.

-Quizás ese siempre fue tu problema, Orión.- dijo- Que siempre lo encontraste una causa perdida...- Orión apretó los puños, pero dejó que acabara.- Harry ha tomado una decisión...y yo no puedo ir tras él para impedírselo. Creo, que ha leído el corazón de Alan mucho mejor que todos nosotros...

-¡Ese mocoso trató de matarte!- Orión se dio la vuelta. Temblaba de arriba abajo, pero Ginny no se inmutó por su reacción. La admitió con una paciencia enfermiza.- No sabes nada...nada. No tienes ni idea...- Orión se abrochó la capa negra que llevaba por encima y Ginny tuvo la vaga sensación de que ya la había visto antes.- ¿Por qué te estás rindiendo si todavía existe un ápice de esperanza para vosotros? ¿Por qué no vas a casa de Potter y le dices que todavía lo quieres, que se quede contigo?

-Orión.- expresó Ginny seriamente.- Eso sería ser muy egoísta.- Orión se despeinó el pelo que le caía a mechones por la cara y resopló enfadado.- Te estás tomando esto como algo personal...

-Es algo personal.- respondió Orión de mala gana. Ginny lo miró intensamente, se levantó de la silla y se acercó hacia él. Ambos se analizaron largamente, hasta que finalmente, Ginny acarició la empuñadura de Excaliburt, que estaba a buen recaudo en el cinto de cuero que el muchacho llevaba atado a la cintura.

-Lo sé.- fue lo único que dijo. Y Orión tuvo la horrible sensación de que Ginny lo había descubierto todo.

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Sentir el frío de Londres bajo la gabardina de cuero que se había puesto aquella tarde no coincidía con las últimas visitas a la capital inglesa. El vaho que respiraba sobre el cuello alto del jersey beige se perdía entre los primeros copos de nieve del frío invierno. Y hacía tres años que no nevaba en Londres.

Las últimas visitas habían estado marcadas por reuniones de la Orden o por salidas con los amigos, pero el aroma sombrío que respiraba la vieja capital se adormecía entre las cunas de sus edificios cosmopolitas, de la ausencia de transeúntes, pero sobretodo, de esa falta de movimiento que caracterizaba a una gran ciudad.

Harry veía su figura, ligeramente inclinada hacia delante con motivo de su paso ligero, reflejada en los vacíos escaparates de las tiendas. Pese a ser una avenida principal, pocas de ellas habían abierto aquel miércoles. Los muggles, parecían temer cada día más la vida ligada a la magia y estaban perdiendo la capacidad de sobrevivir en aquel mundo comercial, que habían creado sus antepasados. No obstante, los más valientes o en el peor de los casos, los resignados, habían decidido madrugar como era habitual.

La presencia hostil de Harry no podía intimidar a los ciudadanos, acostumbrados a las sombras de las figuras mortífagas.

El número 48 de Pales Street hacía esquina con la calle principal del Central Park. Harry llegó quince minutos antes de lo acordado y se recostó en un poste de la luz, con la esperanza de tener el suficiente tiempo como para asentar lo que estaba a punto de hacer. Había decidido cambiar su vida por la de Alan. ¡Qué simple e irónico sonaba aquello! ¿Pero volvería Alan a casa una vez producido el trueque? Probablemente no. Y aquel era el mayor logro de Lewis. Alan podía estar con "Dani" si lo deseaba y aquello no era un secuestro en toda regla, sino un acto de voluntad de su hermano. Pero confiaba que no fuera así. No sólo porque creía firmemente en que Lewis cumpliría su promesa(era claramente su estilo hacerlo), sino porque también sabía que Alan lo haría. De una manera u otra. También era su estilo.

Consultó su reloj de pulsera. Habían pasado cinco minutos desde su llegada, pero Londres seguía siendo un fantasma dentro de su universo arquitectónico. Como un fugaz rompecabezas creado en 3D donde no se habían colocado figuritas de madera. Era lo que era. Sin más. Una ciudad muerta.

En aquel punto, supo al instante que dos figuras habían aparecido caminando por encima del asfalto sólo por la sensación que le erizaba los cabellos de la nuca. Giró el rostro con vehemencia y allí estaban, paseando tranquilamente como dos caminantes normales, entre las pancartas publicitarias de las últimas elecciones, que se despegaban de las ruinosas paredes de un teatro abandonado.

Vestían el mismo atuendo oscuro, pero habían prescindido de la bufanda que Harry se había enredado al cuello, como si fuesen inmunes a los diminutos copos de nieve que teñían la ciudad de blanco-grisáceo. Caminaban paralelos, con las manos ocultas en los bolsillos de la capa y ajenos al miedo que habían provocado en las pocas personas con las que se cruzaban. Se detuvieron a un par de metros suyo.

Harry buscó con la mirada los ojos de Alan, pero los encontró más vacíos y hastiados de vida que nunca. Le sorprendió ver en sus pupilas un halo de ignorancia, de incomprensión, de incoherencia. Un pálpito que reafirmaba aquella profunda explanada que se extendía sobre su alma, como una manta que cubría los sentimientos. Fuera como fuese, estaba distinto. Pero no había habido en él una mejoría. Intentó buscar alguna respuesta en su mirada algo que le indicara qué era lo que había cambiado, pero Alan había perpetrado su silencio de una manera tajante.

-Potter.- sonrió Lewis y avanzó un paso al frente. Alan no lo imitó. Harry meneó la cabeza a modo de respuesta, pero seguía pendiente del sugerente cambio de su hermano. ¿Se habría dado cuenta de la verdadera naturaleza de Ian? ¿Había algo a lo que aferrarse en ese caso? Pero cuando Alan se decidió al alzar la barbilla con profunda indiferencia, Harry supo que no lo lograría, aún cuando su sacrificio parecía inminente. Pero no le quedaba otro remedio. Tal vez, su hermano sólo estaba esperando algún signo visible de lealtad para enmendar su error. Pero sólo tenía la duda como seguro.- Muy heroico por tu parte.- Harry dejó de mirar a Alan y lo fulminó con la mirada.

-Ahórrate los halagos. ¿Qué quieres?- Lewis extrajo una de las manos de los bolsillos y Harry pudo ver que las llevaba ocultas bajo unos guantes de cuero. Con parsimonia y mientras paseaba lentamente, se los retiró, como si hubiese dejado de tener frío.

-Ya lo sabes. Sólo a ti.- se colocó a la espalda de Alan y le dio unos golpecitos amistosos en el hombro.- Permitiré que Alan se marche...si vienes conmigo.- Harry sopesó un instante la respuesta que iba a dar. Las palabras de Orión se materializaban en su mente como si un hilo conductor las estuviese guiando a lo más profundo de su cerebro. Su expresión en el rostro, su manera de decir que no había entendido nada. ¿Pero qué era lo que debía entender? Una idea estaba cruzando seriamente por la cabeza de Harry, una idea que andaba dormida en su interior desde la última batalla contra Lord Voldemort. En aquel momento, no le había costado sacrificarse, porque tenía en mente que volvería a ver a Sirius y se estaba dando cuenta de que nada había cambiado. Por eso se tomaba con tanta calma sacrificar su vida, mientras fuera la suya, porque en el fondo, seguía anhelando aquel reencuentro con su padrino.

-¿Te marcharás a casa, Alan?- preguntó, con el fin de obtener una respuesta satisfactoria. Lo miró. La expresión de su hermano habría enfriado el agua caliente. Pero sabía que no le mentiría. Alan levantó la cabeza y lo observó directamente por primera vez, como si se acabase de dar cuenta que estaban frente a frente. Pero para la frustración de Harry, volvió a bajarla, como si no tuviera nada que decir. Lewis lo miró de manera significativa, como si le estuviera incitando a decir una mentira para que sus planes funcionaran, pero Alan siempre había sido justo en ese aspecto.- Muy bien, lo haré.- sentenció Harry, lanzando un suspiro al aire. Tampoco sus palabras llevaron a la reacción del niño. Pero estaba hecho. Lewis ensanchó su sonrisa maléfica y dio un paso al frente, como sellando un pacto. Harry acababa de firmar su destino antes incluso de lo que habían profetizado Anya y Orión. Ian le apuntó con la varita y Harry tuvo la seguridad de que lanzaría la maldición Avada Kedavra, pero sólo surgió de la varita como una cadena brillante, que se enroscó alrededor de su cuello, ciñéndose bastante, pero otorgándole el suficiente margen para que pudiera respirar. Después, sin previo aviso, Lewis apareció a su espalda y Harry sintió la ya conocida sensación de que alguien le estaba inyectando una poción, por medio de una aguja bastante alargada. Los ojos se le nublaron un instante y sintió por segunda vez en su vida lo que era una poción que neutralizaba su magia por completo. Volvía a estar vacío, pero con el añadido que él había utilizado con Christine: sus poderes arcángeles, también habían sido aplacados. No tuvo suficiente fuerza para sostenerse en pie y cayó arrodillado al suelo: el dolor era insufrible y estaba seguro de que aquello era obra de Lewis, porque Harry se había asegurado que Christine no sufriera ningún daño, aparte del vacío intenso de quedar sin ningún tipo de magia en el cuerpo.

-Excelente.- sonrió Lewis, cuando vio que su poción había dado resultado.- Te observé más de lo que crees, Potter y he aprendido muchas cosas de ti...incluida esta maravillosa reliquia. El profesor Snape, sin duda, hizo un gran trabajo...- Harry apretó los dientes y se esforzó por mirarle a la cara.

-¿Cómo...?

-¿Cómo lo he averiguado?- Lewis parecía estar disfrutando de la situación como un niño pequeño en un parque de atracciones.- De la misma forma que averigüé todo lo demás...- observó a Alan de reojo, pero el niño parecía sumergido en su propio mundo, de todas formas, tal vez por precaución, Lewis se arrodilló al lado de Harry y le susurró al oído.-...la existencia de Alan...su gran poder oculto...el pasado de Christine...capturé a un par de miembros de la Orden del Fénix y los torturé hasta obtener información...tuve que hacer un trabajo concienzudo para borrar sus recuerdos sin dejar...huella. Todos sus recuerdos.- añadió y se relamió los labios. Harry sintió un asco tremendo hacia él.

-No ganarás...- rezongó Harry. Hacía un tremendo esfuerzo por hablar. Todo su cuerpo estaba temblando a convulsiones, pese a que trataba de ocultarlo ante Lewis, porque no quería demostrarle lo mucho que le había afectado aquella poción, que parecía contener retazos de la maldición cruciatus Ian lo agarró del pelo y le retiró la cabeza hacia atrás, sonriendo con astucia.

-No te has dado cuenta, Potter, de que ya he ganado...- y por un momento, una milésima de segundo, Harry encontró en su enemigo algo distinto, una luz especial en sus ojos, un aura distinta rodeando su cuerpo, pero como no era capaz de sentir ni ver nada en aquel estado, se desmayó casi al instante. Lewis dejó que la cabeza golpeara en el asfalto y se abriera una brecha en la frente, sin ningún tipo de miramiento. Luego se levantó y se dio la vuelta hacia Alan.- Ya has hecho lo que esperaba de ti...tú decides donde quieres estar. Por mi parte, no te necesito, pero serías un gran aliado para la guerra.- Alan tampoco le devolvió la mirada. Parecía no entender del todo que Lewis no lo necesitaba a su lado, que sólo lo había querido por conveniencia, pero seguían pesando aquellos instantes en los que le había cuidado como un padre, como el que pensaba que era. No obstante, Alan ya no era capaz de identificar los pocos sentimientos que quedaban en su interior y deseaba por encima de todo, exterminarlos. Sabía, cuando se ajustó la capa oscura, que volvería junto a Lewis, pero todavía no tenía claro cuando ni porqué. Dejó que la energía oscura inundara su cuerpo por completo y desapareció en una negra y tenebrosa columna, dejando a su paso un aura maligna, que se intensificaba con cada emoción que desaparecía. Ian realizó una mueca curiosa, como si pensase que todo estaba controlado y se volvió para mirar el cuerpo tendido de Harry. Lo agarró de malas formas por uno de los brazos y también desapareció, de la misma forma en la que lo había hecho Alan y con una oscuridad todavía más intensa y completa. Londres respiró aliviada cuando las fuerzas que la atenazaban la dejaron soltar el aire. Quedó totalmente en calma, mucho más vacía, si cabe, de lo que había estado sólo unos minutos atrás.

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Christine estaba dando su última clase de Defensa Contra Las Artes Oscuras del día. Se esforzaba por concentrarse en su explicación acerca de los vampiros mientras trataba de ignorar los papelitos en secretismo que se mandaban dos de sus alumnos, al fondo del aula. Christine no era una mujer dotada de mucha paciencia y la estupidez de aquellos chicos de cuarto curso, que creían que no los estaba viendo, le producía una terrible jaqueca. Ya tenía suficientes problemas en su cabeza como para añadir uno más. No obstante, irritada, se dio la vuelta bruscamente y dejó de escribir en la pizarra.

-Mike, Saray, veinte puntos menos para Ravenclaw. Y os quiero en el despacho de Mc Gonagall en cinco minutos, excusándoos por aparte de hacer manitas, mandaros mensajitos estúpidos por medio de papelitos. ¡Y ahora fuera!

-Pero profesora Byrne...- se intentó excusar el muchacho. La chica se había puesto totalmente colorada y el resto de la clase los miraba tratando de soportar la risa. Si alguno lo hacía, probablemente también perderían puntos.-...nosotros no...bueno...

-Señor Fewton, no quiero escuchar sus excusas.- le cortó Christine bruscamente, se giró hacia el escritorio, arrancó un pedazo de pergamino, garabateó una palabras y lo selló. Caminó por el aula hasta entregárselo al avergonzado muchacho y con una mirada inquisitoria los envió fuera de clase. Los alumnos se encogieron en sus asientos. A veces, la profesora Byrne les daba auténtico pavor y aquel día no parecía estar de muy buen humor. Christine regresó a la pizarra, cogió otra vez la tiza y se dispuso a retomar su clase por donde la había dejado, pero la tiza resbaló de sus manos...nadie le dio importancia pues todos pensaron que la profesora se agacharía a recogerla, pero parecía haber quedado congelada en su posición. Tardó unos instantes en reaccionar y para entonces, todos los alumnos murmuraban. Se sujetó al respaldo de la silla y pareció que le costaba respirar.

-¿Se encuentra bien, profesora?- preguntó cortésmente una chica de la primera fila. Christine cerró los ojos un instante, asintió más por inercia que otra cosa y tomó de la silla la capa que había traído puesta.

-Copiar el esquema y después podéis marcharos. Pero mañana quiero una redacción perfecta de las veinte formas de eliminar a un vampiro.- sin añadir nada más y sin dar pie a las protestas, Christine salió corriendo del aula, echándose la capa por encima mientras recorría los pasillos del colegio. Cerró los ojos, tratando de concentrarse en la ubicación, pero ésta había desaparecido. Se la había tragado la tierra. No existía un lugar en el mundo que pudiera localizar la presencia de Harry y aquello la asustó muchísimo. No había ocurrido desde que le había perdido el rastro cinco años atrás, cuando Harry se marchó a rescatar al profesor Snape. De hecho, Harry no había necesitado su protección desde aquel momento, pero ahora, parecía necesitarla más que nunca. La única opción que tenía era también la más cercana. Haciendo acopio de valor, se envolvió en una columna de luz blanquecina, con la intención de hablar con el director, pero sus esperanzas...estaban menguando y cada vez más.

N/A: Holass!!!!!! Q tal la vida gente? La mía demasiado estresada. He estado malita durante un tiempo, aparte de ocupado. En Valencia tuvimos nuestras maravillosas Fallas y yo, para variar, mucho trabajo, así que no pude acabar el capi hasta hoy, pero por fin puedo actualizar y lo dicho, mucha paciencia por favor porque de verdad que hago lo que puedo. Debería estar leyendo mi libro del "asno de oro" para la universidad en vez de preocuparme por si Alan vuelve o no casa, pero hago todo lo posible por complacer a todo el mundo. Bien, dicho esto...para el próximo capi:

-Ahora que Lewis tiene a Harry en su poder veremos qué hace con él y cuál había sido su plan desde el principio.

-Tras la desaparición de Harry, Christine y la Orden se ponen en movimiento para tratar de encontrarlo. Alan les hará una visita en medio de esta búsqueda.

-Volveremos a ver un recuerdo del pasado de Orión.

-Aparecerá la guarida de Lewis y allí comenzará todo...

Esto es todo gente, espero poder subir el capi mucho antes que esta vez, pero como siempre, no prometo nada. Un besazo a mis dos niñas que han estado muy pendientes de mi cuando estaba malita y pasaros por sus ficts que son geniales(James vs Harry y Always on my mind) Un besazoooo.