CAPÍTULO 28: I MIGHT NOT BE A SAVOIR.

(QUIZÁS NO SEA UN SALVADOR)

Harry despertó en una gran cámara circular, iluminada por antorchas de fuego azul. Quiso moverse, pero no pudo: estaba encadenado de pies y manos a una especie de plataforma vertical. Se debatió, furioso, pero lo único que logró fue que los eslabones de hierro se le clavasen más en la piel.

Una figura, taponada por las sombras, estaba sentada enfrente suyo, sobre un trono de época medieval, saboreando una copa de vino tinto. Harry no podía vislumbrar sus ojos entre aquel contorno de oscuridad, pero le parecía que estaban clavados en su figura. Nuevamente, trató de revolverse entre los grilletes, pero éstos se aferraron tan fuerte a sus extremidades, que le hicieron sangre.

-Ahorra energías, Potter, las vas a necesitar.- Harry agachó la cabeza exhausto. La voz de Lewis había resultado burlesca, casi hiriente, con una superioridad que no había poseído nunca y que sin embargo, gracias a la situación privilegiada en la que se encontraba, ahora disfrutaba. Harry no tenía poderes, o los tenía, pero las marcas amoratadas de sus brazos le indicaban que Lewis había continuado suministrándole la poción. Por ese motivo, perdía fuerzas a cada leve movimiento que realizaba. Lewis se levantó del asiento y se acercó a paso lento, balanceando la copa que llevaba en las manos.- Tendrás sed, supongo.- y ante las narices de Harry, vació el vino en el suelo. Harry le retiró la mirada, procurando no ver tampoco como la tierra succionaba el líquido rojizo, pues tenía la garganta totalmente reseca. Había perdido la noción del tiempo que llevaba inconsciente.

-¿Por qué no me matas y acabamos con esto de una vez?- terció con un gesto de frustración. Todavía no entendía el fin por el que Lewis lo estaba manteniendo con vida, por el cual había aceptado el cambio con Alan de manera tan rápida y absurda. Alan era mucho más poderoso que él en cuanto a energía. Ian, no obstante, sonrió de manera elocuente y se paseó por la habitación. Llevaba la varita en la mano y jugueteaba con ella.

-¿Te gustaría, verdad? Así podrías reunirte con tu querido padrino...- Harry no pudo más que asombrarse ante aquella declaración y su asombro debió verse reflejado puesto que Lewis soltó una gélida carcajada. ¿Cómo podía haberlo adivinado el mortífago? Aquel era un pensamiento que había guardado en el más profundo rincón de su mente, que había olvidado con tal de que nadie pudiera acceder a él, ni siquiera ahora que carecía de poderes.- Potter, Potter, Potter...¿todavía no lo has comprendido, verdad?- el rostro de Harry se había tornado pálido, yerto.- He jugado mis cartas de manera que ya no puedes ganar. Obtuve la confianza de Alan...con astucia, logré que se dejara poseer por el ángel negro...y cuando lo tuve totalmente sometido...utilicé la poción en la que había estado trabajando...

-¿Poción?

-Poción, Potter, poción.- continuó Lewis. Había lanzado la mirada a un punto indefinido del techo, como si estuviese recordando algo muy lejano.- Cuando escapé hace cinco años de la muerte...juré que no regresaría hasta que no hubiese hallado la manera de derrotarte. Viajé durante aquellos cinco años y sometí mi cuerpo, mi alma y mi mente a métodos que ni te imaginas. Fue doloroso, sí, pero logré acceder a conocimientos de Artes Oscuras que habían sido olvidados por la civilización. Sin embargo, desesperado, me di cuenta de que no había nada que pudiera ayudarme a derrotar a un arcángel, mientras no fuera uno de ellos.- Harry lo miró perplejo. ¿Trataba Ian de decir lo que estaba pensando...?- Trabajé entonces, en una poción que me transformara en uno de ellos. Pero no existía nada semejante. Sufrí algunas heridas graves y quedé incapacitado durante mucho tiempo, hasta que encontré la respuesta en las mismas entrañas de mi cerebro: debería recurrir a lo que ya conocía de los arcángeles. Regresé a casa y encontré unos pergaminos de mi maestro, sí, Potter, yo también tuve un arcángel que me protegía, al igual que tú. Entre aquellas notas, habían directrices que no había tenido en cuenta. Los arcángeles son seres mitológicos que han existido desde siempre, que tienen un pasado mucho más antiguo que los magos, por tanto, están condenados a sufrir las consecuencias de sus propios actos. Supe entonces, que ninguna poción bastaría mientras el arcángel en persona no cometiera los errores que podían llevarme a obtener sus preciosos dotes. Tampoco existía forma alguna de hacer morir sus poderes por completo ni robárselos de manera definitiva. La última opción, era copiarlos.

-Canalla.- masculló Harry, apretando los dientes. Trató una vez más de moverse, pero los eslabones se aferraron a sus muñecas. Empezaba a comprender lo que había ocurrido. Lewis lo ignoró por completo, parecía absorto en su universo de recuerdos.

-Cuando tracé un plan que pudiera facilitarme la victoria sobre ti, regresé. Tenía dos buenos motivos para hacerlo, Potter. Mi único objetivo en la vida había sido siempre la venganza. Vivía por y para ella. Hacía ti y hacia la Iglesia. Tú me arrebataste la posibilidad de aprender de Lord Voldemort y derrotarle y la Iglesia asesinó a mi familia. La fe que la humanidad depositaba en la Iglesia era poderosa, todavía lo es, lo suficientemente poderosa como para derrotarte. Yo había extraído información de la Orden del Fénix y sabía que tu vida dependía de ello. Vosotros mismos os destruisteis, Potter. Una mentira me llevó a ganarme la confianza de Alan y el error de los mayores a ofrecerme la posibilidad de acabar contigo. Cuando regresé a Londres, necesitaba un ejército y unos aliados, con la suficiente sed de venganza que se dejaran abrumar por mis palabras. Los mortífagos te odiaban y odiaban a la Comunidad Mágica y las criaturas mágicas que he incluido en mi ejército han nacido para permanecer en el bando de la oscuridad.- dejó de caminar por la sala y se giró hacia Harry con una sonrisa que habría congelado al más fuerte de sus enemigos.- Logré que Alan se perdiera en la oscuridad y copié sus poderes. Ahora soy un arcángel que posee sus mismas habilidades, pero con una gran diferencia: yo no soy un niño. Soy habilidoso con la magia y aprenderé a controlar mis poderes más rápido que él, puesto que me he estado instruyendo. Soy el arcángel más poderoso que existe y la única persona que podría tener una oportunidad de derrotarme eres tú.

-Alan es un niño...- comprendió Harry cuando Lewis lo taladró con la mirada.- Por muy fuerte que sea jamás podría vencerte...

-¿Ves ahora que la naturaleza de mi intercambio sí tiene sentido, Potter? No podía dejar que me derrotases antes de haber aprendido a utilizar mis poderes por completo. Sabía que tú darías tu vida por Alan, aún cuando éste no tiene salvación, aún cuando en el fondo de tu corazón sabes, que regresará a mi lado. Te has sacrificado inútilmente, tu pequeño hermanastro ha perdido la capacidad de querer, de confiar en la gente. Está perdido en la más absoluta oscuridad y es un peligro para todos vosotros, pero lo es más para él mismo.

-Hay arcángeles más poderosos que yo, Lewis.- terció Harry. Lewis se había acercado a la plataforma y le estaba apuntando con la varita.- Orión, Anya, Christine...ellos te derrotarán.

-No hay ninguno como tú, Potter.- rió Ian. Lanzó la maldición cruciatus hacia Harry y contempló henchido de placer como el muchacho se retorcía de dolor.- Ninguno posee tu espíritu...ninguno se habría sacrificado...- Harry inclinó la cabeza hacia delante y dejó que el peso de su cuerpo descansara sobre los grilletes ensangrentados de sus heridas. Logró abrir un ojo y la figura borrosa de Lewis se materializó muy cerca suyo.

-Los subestimas...

-Quizás,- concedió su enemigo y volvió a pronunciar la maldición imperdonable.- pero es muy posible que tu fe sea excesivamente confiada en ellos.

-Entonces...- jadeó Harry.-...mátame. Prefiero morir a tener que contemplar el futuro que nos depara...

-Lo haré, Potter, pero cuando me haya deleitado con tu sufrimiento...- Lewis bajó de la plataforma y se acercó a una mesa que había en el centro de la habitación, donde tenía esparramados toda clase de pergaminos antiguos.- Quiero que experimentes el dolor que se siente estando en el bando de los perdedores.

Christine había recurrido a todo para encontrar a Harry, pero no lo había logrado. Hacía más de cuatro horas que había perdido su rastro y pese a que se había esforzado y desgastado en exceso, todo había resultado un ruin fracaso. Harry, simplemente, había desaparecido de la faz de la tierra. Pero continuaba con vida o eso era, al menos, lo que se repetía Christine mentalmente. Estaba segura, por no decir convencida, de que si Harry estaba muerto, ella habría sentido un profundo dolor interior, pero a parte de la angustia por no conocer su paradero y de alguna que otra convulsión, no había notado nada que diera fe a su muerte.

Remus le había preparado una tila con dos sobrecitos y había tratado de que se tomara alguna poción relajante, pero Christine lo había rechazado todo. No quería ningún externo que pudiera nublar sus sentidos e incapacitarla de sentir bien a su protegido. Pero lo cierto es que comenzaba a necesitarlos. Ron, Hermione, Heka y Troy habían acudido a la casa de inmediato, así como algunos miembros de la Orden del Fénix. Después de que Dumbledore diera instrucciones, todos excepto los chicos y el director, se habían vuelto a marchar.

Tocaron a la puerta y Remus se levantó para ir a abrir. No podía ser Harry, pensó, porque él se habría aparecido de inmediato. En el rellano, se encontraba una Ginny Weasley muy cambiada. La guerra había hecho de la menor de los Weasley una apariencia mucho más adulta, austera y menos aniñada. Sus facciones eran más pálidas y frías, como si la situación lo hubiese requerido con urgencia. También, pese a que Remus la había visto un par de días atrás, parecía más alta. Pero lo que más le sorprendió, quizás, era el terrible aspecto con el que se estaba mostrando. La túnica de Hogwarts que había utilizado durante todo el curso estaba ajada y rota, a causa de las numerosas batallas a las que se había enfrentado. Se había echado una capa por encima, pero ésta también estaba estropeada. Remus se fijó en su propio aspecto. Gracias al sueldo que él y Christine cobraban podían permitirse un vestuario mucho más completo, pero estaba claro que en guerra, éste había disminuido. Los Weasley no se habían podido apañar tan bien. El salario del señor Weasley se había visto reducido considerablemente desde que Lewis implantase su régimen de terror, puesto que el Ministerio había entrado en una preocupante fase de decadencia.

-Buenas tardes, profesor Lupin.- saludó Ginny, inclinando ligeramente la cabeza.

-Remus, Ginny, Remus.- Lupin se hizo a un lado y sonrió, dejándola pasar amablemente. La chica no respondió a la apreciación de su profesor y penetró por el vestíbulo. Se conocía la casa como para caminar por ella con los ojos cerrados, pero le parecía una descortesía no ir a la par con el hombre. Cuando ingresaron en el salón el pésimo estado de ánimo se materializó tan rápidamente como la aparición de un elfo doméstico. Ginny sintió el típico vacío en la boca del estómago al encontrarse a todos tan abatidos. Recordó las palabras de Orión y sintió que necesitaba sujetarse a algo sólido porque iba a desmayarse de un momento a otro, pero resistió el golpe. Ella podía haberlo evitado, o al menos, intentado.

-¡Ginny!- exclamó Ron, al ver entrar a su hermana. Bordeó el sofá y se acercó a ella con premura.- ¡Te he estado llamando al móvil toda la tarde! ¡Es horrible! ¡Harry ha desaparecido!- la chica lo miró a los ojos, tratando de calmarlo con la mirada y se acercó un poco más hacia el centro de la habitación. Christine levantó la cabeza que tenía enterrada entre las manos y ambas se observaron durante unos instantes.

-Ya lo sabía.- confesó al fin.- En realidad, me habría gustado venir antes, pero no he podido.- Ginny no quería decir que lo que le había ocurrido es que se había sentido demasiado indispuesta como para hacerlo. Había sido muy fácil encarar a Orión en palabras, pero ella misma se sentía morir al pensar que el padre de su hijo y la persona a la que más quería en el universo estaba ahora mismo en las garras de Lewis y que no parecía que su sacrificio fuese a reportar ningún beneficio.

-¿No has podido?- Heka también bordeó el sofá y se colocó a escasos metros de ella. Ginny la miró a la cara. Los ojos de Heka estaban hinchados, pese a que se notaba que había realizado notorios esfuerzos por no llorar. Ginny, sin saber porqué, se compadeció de ella, mucho más de lo que lo hacía consigo misma. De alguna manera, Ginny tenía a su familia, a sus amigos, a su hijo...pero Heka no tenía nada más que a Harry. Sintió que la conocía mucho más profundamente de lo que la había conocido meses atrás y que toda la rabia que había sentido al verla cerca de Harry, había desaparecido.- Cuando tú estuviste al borde de la muerte, Harry, se la jugó por ir a buscar la poción, ¿y tú me estás diciendo que no has podido venir antes?

-Odria, hazle un favor al mundo y cuélgate del pino del jardín, si no te importa.- todos se giraron hacia el umbral de la puerta, por donde Remus y Ginny habían entrado sólo un par de minutos antes. En su lugar, se hallaban dos nuevas figuras y era la del chico la que se había pronunciado. Heka lo fulminó con la mirada, se separó de Ginny más por inercia que por miedo y se cruzó de brazos. Orión no le prestó más atención.

-Nadie os ha invitado a pasar.- expresó Christine, de manera cortante. Se levantó del asiento y al erguirse imponía mucho más de lo habitual, con las bolsas de los ojos colgándole de los párpados.- No tenemos tiempo para vuestros acertijos.

-Debería llamarlo realidades, profesora.- dijo Orión. Sus ojos relampaguearon bajo la luz del crepúsculo que se colaba por las rendijas de las ventanas de la habitación. Anya, a su lado, observaba la casa una vez más, como si entrar a ella le supusiese un terrible esfuerzo y más cuando claramente la estaban invitando a marcharse.

-Oye tío,- se adelantó Ron. No parecía estar de muy bien humor.- ¿No ves que no es un buen momento? Disfrutaremos partiéndote la cara en cuanto Harry aparezca, pero decididamente no será en este instante.

-Basta, muchachos.- intervino Remus de manera conciliadora.- Lo más importante ahora es localizar a Harry y creo que deberíamos cooperar, ¿no estás de acuerdo, Anya?- Christine levantó la cabeza para ver como su marido y la chica se sonreían y no le acabó de agradar aquella complicidad. Parecían entenderse a la perfección, mucho mejor de lo que ella se entendía últimamente con nadie.

-Claro.

-Ahórrese los esfuerzos, señor.- reivindicó Orión. Christine, que se había vuelto mucho más observadora últimamente, también apreció el increíble cambio que efectuaba la voz de Orión cuando se dirigía a Remus.- Hemos venido a contarle donde está.

-¿Lo sabéis?- Heka había olvidado muy pronto las advertencias de Orión, o eso pensó él cuando la vio incluso rebajarse hasta el punto de dirigirse a él a modo de súplica. Le hubiese encantado alegrarse ante aquella situación, pero muy a su pesar, se dio cuenta de que no lo hacía. Algo y todavía no sabía qué, lo había cambiado desde su llegada y la sensación de verse a merced de los sentimientos no era agradable. Sin embargo, no deseaba poner nerviosos ni a Christine ni a Remus, así que se decidió a contestar todo lo cortésmente que le fue posible.

-Lewis lo tiene.- dijo y una atmósfera silenciosa cubrió de cabo a rabo el ancho del comedor.- Él se entregó.

-¡Mientes!- gritó Ron. No lo pudo soportar y agarró a Orión de las solapas. Éste lo miró con indiferencia, pero los ojos del pelirrojo brillaban de ira contenida.- ¡Harry no es tan cobarde de hacer algo así! No es...posible.

-Tenía un fin.- se atrevió a confesar Anya. Todos en la habitación estaban pendientes de ella. Se percató de que Orión no la estaba mirando a la cara y dedujo que se debía a que todavía estaba enfadado.- Cambió su vida...por la de Alan.- el ruido de una silla golpeando el suelo la hizo estremecerse. Casi había estado agudizando el oído para escuchar un sonido así. No se atrevió a dirigir la mirada hacia donde el golpe se había producido, pero sabía perfectamente que Christine se estaba esforzando por recoger el asiento sin mucho éxito. Dumbledore la ayudó. Anya sí que entrevió los pequeños ojos del director dirigirse hacia ella, pero evitó aquel contacto visual con todo el afán que le fue posible. El anciano parecía capaz de leerle el alma, pese a que Anya sabía que eso era imposible. Ella y Orión poseían unos poderes que se escapaban de las manos de Dumbledore, pero en ocasiones, esos poderes no podían ocultar sus verdaderos sentimientos.

-Dios mío...- se lamentó Christine, negando con la cabeza.- Dios mío...

-Deje a Dios fuera de esto, quiere.- farfulló Orión. Él sí la estaba mirando directamente. Había recobrado las energías y no le daba ninguna lástima.- La creación de su mentira es lo que nos ha llevado a todo esto. Esos malditos muggles...

-Cuidado, Orión..- advirtió Dumbledore en un tono que no admitía réplica.- Estas hablando como Lord Voldemort...- hacía muchísimo tiempo que el nombre de Voldemort y su persona habían desaparecido del mundo mágico, pero todavía su mención hizo estremecer a Ron y a Troy.- Los muggles no tienen la culpa de nada. Somos los seres humanos los que debemos hacernos responsables, mágicos o no mágicos. En el fondo, el espíritu es el mismo. Unos utilizan un tipo de poder, otros otro, pero ninguno es bueno cuando su fin es mover masas, para someter a otros, para corromper con mentiras. La Iglesia Católica proporciona una fe que nosotros no podemos comprender, pero que ayuda a muchas personas a seguir adelante, no es justo para nadie hacer morir esa fe. Bien es cierto, que el poderío que representa, con el que se ha utilizado, no ha sido el adecuado, pero tampoco que nosotros decidamos quienes deben olvidar un suceso y quienes deben recordarlo lo es y sin embargo, lo hacemos. Jugamos, en el fondo, a ser Dios, ese Dios que aunque inexistente, cobra vida en personas como Ian Lewis, que lo imitan, que lo desafían, que lo idolatran.

-¿Quiere decir que los magos jugamos con las leyes de la magia, profesor?- preguntó Hermione. Dumbledore asintió y se retocó las gafas de media luna con la mano izquierda, la que no tenía apoyada sobre el hombro de Christine.

-Nos justificamos a nosotros mismos diciendo que desmemorizar a los muggles, por ejemplo, es por su bien, pero en realidad actuamos bajo nuestro propio beneficio. La magia es parte de este mundo y somos magos y muggles en común quienes no estamos lo suficientemente capacitados como para vivir con ella, pero ocultándola es un acto, al mismo tiempo, de omnipotencia. En realidad, somos los seres humanos los que no logramos habituarnos a lo que tememos o no podemos comprender porque no conocemos y por eso la figura de un Dios existirá hasta el final de nuestros tiempos. Lewis cree que puede borrarla de un soplido, pero se equivoca. No se da cuenta que con sus actos, la está reivindicando.

-¿Y qué podemos hacer ahora?- suspiró Remus. Se acercó abatido hacia el alfeizar de la ventana, donde había caído la noche y apoyó las palmas en la repisa.- Ni siquiera sabemos con seguridad si Harry continua con vida...

-Está vivo.- aseguró Christine con una voz gutural que poco se parecía a la que utilizaba a diario.- Sé que lo está...

-Si lo está...- intervino Troy algo nervioso por tener que dar su opinión entre tanto arcángel.-...¿por qué los mayores o los demás...como vosotros...no se han manifestado? ¿Es posible que no hayan notado nada?

-Estoy segura de que sí lo han hecho.- respondió Anya amablemente. Le dolía enormemente el rechazo que estaba sufrimiento por parte de Orión, pero sabía que se lo tenía merecido. Le costaba hablar mientras lo observaba de reojo y sentía un hormigueo por su cuerpo cada vez mayor. Recordó con pesar, que Orión no la había besado desde hacía meses.- Pero no son lo suficientemente estúpidos como para jugársela ahora que Lewis es...ahora que Lewis es...- Christine la miró.

-¿Qué es lo que es?- Anya respiró hondo, retiró la mirada y mucho más bajo de lo que habría querido, dijo:

-Un arcángel.

-Bobadas.- Ron hizo un gesto de desdén con la mano.- Eso no es posible. Lo de Harry fue...algo inesperado, pero ningún mayor en su sano juicio convertiría a Lewis en un arcángel.

-No ha sido un mayor.- explicó Orión lentamente. Se acercó hacia uno de los tabiques del comedor y reposó la espalda en él. Parecía cansado.- Lo ha logrado con una poción...ha copiado los poderes de Alan.

-¿Qué?- Orión experimentó por tercera vez la sensación de que estaba soltando una bomba y no le agradó para nada. Él ya sabía todo aquello, ya sabía que ocurriría, lo había vaticinado incluso antes de conocer a Harry, al propio Alan. Y había tratado de evitarlo a toda costa. Pero las circunstancias se habían desarrollado de manera muy distinta a como las había pronosticado. Al final, había dejado que los sentimientos se apoderaran de él, como Gerde le advirtió que ocurriría.

-La visión...- susurró Dumbledore. Orión lo miró sin acabar de comprender, pero el anciano a parte de frustrado, parecía muy concentrado en lo que murmuraba.- Todo estaba escrito...

-Ningún arcángel está a salvo en estos momentos.- suspiró Christine. Volvía a estar de pie, con una mano cubriéndole la frente.- Su principal objetivo es y será destruirlos a todos. Y si no lo detenemos...lo conseguirá.

-No lo entiende, profesora Byrne.- intervino Orión. Christine distinguió en él un halo de impotencia.- Nadie podrá detenerlo. No existe en el mundo una persona con suficiente poder para hacerlo. Tiene el poder de su hijo...del niño...del elegido para unificar al pueblo arcángel...pero Lewis no tiene cinco años. Nos destruirá a todos. No quedará nadie vivo. Desapareceremos para siempre tal y como pronostica la leyenda...- hizo una pausa y cerró los ojos con pesar. Los puños se le habían iluminado a causa de la perorata.- La única persona en el universo que tenía una posibilidad...ahora está en sus manos.

-Orión.- le reprendió Dumbledore y todo el mundo pareció sorprendido porque el muchacho se lo permitiera.- Dijiste una vez que eras más poderoso que Harry Potter...- Orión cabeceó y tal y como se encontraba, abatido, derrocado, con toda su soberbia y todo su orgullo hecho pedazos, se llevó una mano a la cabeza alborotándose el cabello azabache.

-Me equivoqué. Yo no soy ningún Salvador...yo no tengo ese poder que Potter posee desde su nacimiento...no tengo ni su fuerza, ni su coraje, ni su valor...

-¿El gran Orión se está rindiendo a la muerte, entonces?- le retó el director.- Jamás pensé que viviría lo suficiente como para escuchar esas palabras.

-Usted no sabe nada, señor.- le espetó el muchacho con altivez.- No me conoce...aquello que ve no es más que el resultado de una gran guerra...de mucho dolor, de mucho sufrimiento...por dentro no queda nada, estoy vacío.- Dumbledore cabeceó, pero Orión no tuvo la sensación de que el director estuviese de acuerdo con sus palabras, simplemente, las estaba dando como válidas, pero seguía sin encontrarle una justificación a su rendición. Y era la primera vez que ocurría. Orión jamás se había rendido. Retiró la mirada hacia la ventana, donde los colores violáceos y oscuros comenzaban a teñir el manto cielo y parpadeó varias veces. Sí, era la primera.

"Caía el atardecer sobre las calles de Córdoba. La luz artificial cobraba fuerza sobre ellas. Sonaba una música sin procedencia, acompañada del murmullo de fuentes. La noche despedía la fragancia inconfundible del azahar, el nardo y el jazmín, mientras las calles bailaban al son de las sombras proyectadas por las mismas, entre las callejuelas de un alto pueblo, suspendido en el misterioso síntoma del vacío, del silencio, de la huella de la oscuridad. Un anciano invidente, en una esquina de una portezuela cerrada, narraba leyendas y tradiciones que conformaban la historia del pueblo. Tal vez también era sordo, porque parecía incapaz de detener el sonido de sus labios, pese a que se había roto el hermetismo.

A cada paso, las murallas de piedra de los hogares embriagaban con su rudeza. La ciudad, alma del tiempo, espada del olvido, del pasado guardado en un rescoldo de serenidad y sabiduría, liberado cada noche por sus remolinos de cemento, sus plazas, sus balcones, sus paredes encaladas, sus tabernas, todo obras maestras del placer de vivir y todo a medida del viajero indolente, que sin darse cuenta, descubría Córdoba y su pasado, enamorándose de su aroma a cultura, a mortero, a piedra, surcando cada rincón de su alma, con el afán de hincar un pequeño retazo de su historia, de formar parte de ella.

Los mosquitos se arremolinaban entorno a los farolillos, buscando un hálito de luz que iluminara el espectáculo viviente. Era una realidad. El único que parecía no percatarse del barullo seguía siendo el anciano, que afanoso en su laborioso trabajo, continuaba respirando las historias que su abuelo le había contado de niño y que muy probablemente, se perderían para siempre con él. Nadie escuchaba al pobre viejo. Córdoba había cerrado sus puertas a la llegada de los visitantes, de los ladrones de sus recuerdos, de los furtivos sombrosos que se escabullían entre las llamas de la noche, entre el aroma de lo ingrávido, de lo flotante, de la esencia del Hades.

Pese a que había gente recorriendo las calles y llamando a las puertas ninguna de éstas osaba abrirse. Los no mágicos sabían que el toque de queda era a las ocho y ninguno de ellos era lo suficientemente estúpido para asomarse a la ventana a contemplar lo que sin duda volvería a ser una masacre, pues la única oportunidad que poseían los arcángeles para conseguir alimento era en aquellas horas muertas, donde la negrura fuera su cautiva, su dueña, su amiga, donde pudieran refugiarse si acechaba el peligro. Niños y adultos corrían en todas direcciones, tratando de salir con vida de aquella muralla hechizada. No existía un rincón en toda la ciudad que permitiera la aparición arcángel. No obstante, muy pocos, habían superado esas barreras mágicas. Él se había encargado y así lo sabía Orión. No tardó en distinguir su figura a los pies del puente, al lado de la estatua conmemorativa a San Rafael, custodio de la ciudad, patrón del pueblo arcángel.

Su atuendo seguía siendo tan oscuro como el plumaje de un cuervo y su mirada tan difusa como la propia marea en calma. Sigilosa, precavida, peligrosa...dispuesta a hallar el mayor número de víctimas posibles y exterminarlas. Ese era su trabajo y la única razón de su vida, de su existencia.

Pero para Orión también lo era. Escaliburt brillaba en su cinto reclamando ser liberada. Aspiraba el aroma a batalla tanto como su dueño. Lo ansiaba, como buena luchadora. La única razón de ser era aquel peligroso individuo. Pero era arriesgado. No era cualquier arcángel normal. Tampoco cualquier mago. Era él...el más temido por todos, al que le habían prohibido el acercamiento. El asesino de su madre...

-Orión, marchémonos.- el muchacho sintió el tirón en la manga de su túnica y observó a la chica que lo acompañaba. No era más que una niña. Una pequeña criatura envuelta en una inocencia fingida, encapuchada, sujeta al filo de un péndulo que oscilaba con romperse. Tan frágil y poderosa al mismo tiempo que resultaba estadísticamente chocante. Lo único que lo mantenía ligado a la cordura. De momento...- Si no nos damos prisa no llegaremos al refugio, debimos quedarnos con los demás. ¡Si salimos de ésta pater va a matarnos!- Orión retiró la mirada y volvió a centrarla en su enemigo. Se aproximaba a ellos cada vez más, pero no había reparado en su presencia. Todavía. Los mortífagos habían ocupado las calles de la ciudad y se habían lanzado en persecución de sus presas. A su paso, trataban de fulminar al mayor número de víctimas. Los refuerzos habían llegado, pero con retraso y el ejército enemigo era muy numeroso.

-Regresa sola, Anya.- ordenó Orión en un tono determinante.- Yo debo quedarme. Hay algo que debo hacer.- la muchacha dirigió la vista hacia donde lo hacía su compañero y comprendió a qué se refería. Sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. ¿Era miedo? ¿Impotencia? ¿Fascinación? ¿Odio? Anya odiaba a aquel chico tanto o más que Orión. Él se había llevado a su madre. No hacía mucho que había descubierto la verdad. Toda la terrible verdad. Hacía cuatro años que su madre se había puesto la capa, enfundado su espada y se había marchado prometiendo que volvería. Anya le había suplicado que no lo hiciera, pero su madre le había hecho la promesa de que volvería. Pero jamás regresó. Anya estuvo esperándola durante dos semanas a los pies de la ventana de su habitación. No se movió de allí ni un centímetro. Su padre había tratado de convencerla por todos los medios hasta caer arrodillado y confesarle que su madre no volvería a casa. Después de aquello, Anya se había retirado de la ventana y regresado a una inusitada normalidad. Pero no volvió a ser la misma de siempre. Dos años después, cuando Orión sufrió la misma pérdida, ella había sido la única capaz de acercarse a su amigo e infundirle palabras de consuelo. Pero no había consuelo posible. Sólo quedaba el desafortunado sentimiento de venganza. Detrás de él, no había nada. Esa esperanza de poder deshacerse del que destruyó sus vidas era lo único que los avivaba a seguir adelante. Y Orión lo tenía a unos cuantos metros.

-Papá dijo que jamás nos acercáramos a él. Bajo ningún concepto.- Anya recordaba perfectamente aquel día. Su padre, perdiendo la calma que siempre había poseído, la había zarandeado con brusquedad y le había hecho jurar que no se aproximaría a aquel que todos llamaban el "ángel caído". Sin embargo, ahora sabía quién era.

-Sí, tu padre supo jugar bien su papel. Pero esto es cosa mía. Tengo una cuenta pendiente con él. Regresa sola.

-Pero...- Anya se mordió el labio inferior con nerviosismo y miró hacia atrás. No tenía miedo, pero sí le carcomía el hecho de dejar solo a Orión. No quería separarse de él, porque tenía la sensación de que si lo hacía, sería la última vez en la vida que volvería a verlo. Siempre había ocurrido así. No obstante, antes de que se despidiera, antes incluso de que pudiera desearle suerte, Orión ya había desenvainado a Escaliburt y salido corriendo hacia la figura impasible del ángel. Anya dudó. Démeter brillaba con ímpetu, tan ansiosa como su compañera, pero sabía que lo correcto era regresar al refugio. Volvió a dirigir los ojos hacia el ángel y sintió un vacío por dentro. "Todavía queda algo bueno en él", recordó, pero le costó creerse las palabras que ella misma había pronunciado tantas veces. ¿Era auto convencimiento, quizás? ¿Creía de verdad que aquel muchacho poseía una parte de lo que había sido? Era casi irreal pensarlo con todos los crímenes que había cometido. Pero lo creía con tanto fervor que incluso sentía asco por ella misma. Sin embargo, aquella idea había nacido de su padre. ¿Cómo podía su padre tener piedad, compasión, lástima; por alguien que había asesinado a su esposa? ¿Cómo podía perdonarlo, hablarle, mirarle a la cara sin sentir esa ira que a ella le estaba inundando el alma? "Sólo está equivocado", decía. Lo decidió en un segundo. Extrajo a Démeter, saltó del escondrijo donde había estado oculta con Orión y salió en pos de él. Pronto la alcanzaron los enemigos, pero Anya se deshizo de ellos con sencillez. La habían entrenado demasiado bien. Ella sabía que su plato fuerte tenía rostro y estaba a punto de encontrarse con él.

Orión sintió los gritos de los demás arcángeles con desesperación y a su vez, supo que acababa de morir un mito. Mientras corría y el viento le golpeaba en la cara procuró que sus empañados ojos no dejaran escapar una mísera lágrima. Aquel sentimiento debía desvanecerse.

¡DUMBLEDORE HA MUERTO! ¡DUMBLEDORE HA MUERTO! ¡EL ÁNGEL CAÍDO LO HA ASESINADO!

No se permitió si quiera una última mirada al cuerpo sin vida del director. Era demasiado tarde. No podía hacer nada por él y su cadáver sólo iba a incrementar su desesperación. Si Dumbledore había sucumbido...¿cómo podrían continuar adelante? Todos los arcángeles habían depositado su confianza en él, todos seguían sus instrucciones pese a que sólo era un mago. ¿Sólo un mago? Para Orión era el mejor mago que había existido. Pero ahora estaba muerto. Y el ángel, mientras contemplaba gélidamente el cadáver del director, sabía que acababa de debilitar al bando rival, tal vez, más que nunca. La ira invadió a Orión. Era tan fácil sentirla...aquel ser monstruoso no respetaba la vida, no respetaba a sus enemigos. Divisaba el cuerpo como se contempla el cadáver de un animal muerto, de una vulgar rata, de un ser viviente sin versátil importancia. Tardó más de dos minutos en prestar atención al niño que acababa de presentarse ante él, blandiendo una espada legendaria y respirando entrecortadamente. Sus miradas se encontraron en medio de la noche. Córdoba contuvo la respiración y entonces...el ángel sonrió.

-De nuevo tú.- advirtió, con profunda indiferencia. Actuaba como si acabase de encontrar a un viejo conocido de la infancia, al que sólo se recuerda vagamente y del que no posees más que un par de recuerdos.- Has crecido.

-Y mis habilidades conmigo.- le espetó Orión. Le costaba controlar la furia que sentía estando en presencia de aquel muchacho. El ángel no debía de tener más de dieciséis años, pero inspiraba tanto temor como si fuese un hombre de treinta.

-Ya veo.- dijo- No has perdido el valor. Pensé que quizás a estas alturas ya estarías muerto.- Orión apretó los dientes y movió los dedos para presionar la empuñadura de su espada. El ángel lo seguía tratando como a un niño indefenso, tan poco importante que no se había preocupado de saber si continuaba o no con vida, tan insignificante que había dado por hecho que cualquiera de su ejército mortífago podía haberle dado muerte. Pero Orión contaba con dos años más que la última vez. Era más alto y más fuerte y sus poderes habían crecido rápidamente, tal y como habían pronosticado los mayores.

-Pensaste mal. Mi muerte sólo llegará después de la tuya. Tenlo presente.- el ángel volvió a sonreír, pero era una sonrisa congelada, escéptica, tal vez burlona.

-Ansío contemplarlo...- saltó hacia delante como un cervatillo y extrajo tan rápido su espada que Orión apenas tuvo tiempo de interceptarla. Se tambaleó hacia atrás a causa del golpe y se recompuso como pudo, aunque fue consciente de que el ángel se lo había permitido. Si hubiese querido, le habría robado el arma con facilidad, pues el factor sorpresa contaba a su favor.

Aceptando aquel desafío de caballerosidad, Orión hizo girar a Escaliburt sobre su muñeca y lanzó tres o cuatro embestidas, todas disueltas por la gélida Haiaas, que lanzaba destellos azules, contrastando con la luz de los farolillos. Frustrado, tomó la empuñadura con ambas manos y descargó con todas sus fuerzas sobre el pecho de su enemigo. Con una sola mano, el ángel caído lo detuvo y concentrado más que nunca en la pelea, decidió atacar con un movimiento casi magistral. Orión cayó hacia atrás y no pudo mantener el equilibrio. La única defensa que se le ocurrió mientras se golpeaba en el suelo fue un poderoso escudo protector, que retuvo la potencia del ataque del ángel. No obstante, no siendo lo bastante estable, se resquebrajo por donde el filo de Haiaas lo había golpeado y se disolvió en un montón de virutas doradas. Orión, quedó indefenso en el suelo y el ángel, de una patada, le arrebató la espada, lanzándola lejos. Los ojos de ambos volvieron a quedar conectados en medio de la penumbra. Aquella calle había quedado prácticamente desierta. Cuando el ángel determinaba a un enemigo, sus aliados mortífagos sabían que no debían interrumpirle.

-¡Maldito seas!- gritó Orión al borde de perder la cordura. El ángel había levantado un brazo y efectuaba movimientos extraños con la muñeca, como si cerrara algo entre sus dedos y así impedía el movimiento de su presa, que se medio retorcía tratando de librarse de aquel abrazo invisible.

-Has perdido.- se burló el ángel y cerró más los dedos permitiéndole a Orión que gritara de dolor, pero sin parecer disfrutar de ello, aunque tampoco sentirlo. Era como una pared lisa. Una losa a la que todo le resultaba aburridamente indiferente.- Por segunda vez.- al pronunciar la última palabra, deshizo la presión que ejercía sobre Orión y le colocó a Haiaas debajo de la barbilla. Orión se estremeció. El filo de la espada estaba congelado. Parecía hielo.- Debería matarte.- Orión se desesperó. El ángel había repetido la misma frase que dos años atrás había pronunciado y sabía lo que venía a continuación.- Pero tú no deberías morir.

-¡Pues mátame!- gritó fuera de sí.- ¡Mátame y libérame! ¡Porque si no lo haces seré tu sombra día y noche y algún día, maldito, algún día te mataré! ¡Yo no retiraré mi espada! ¡No soy un cobarde! ¡No voy a rendirme!- el ángel volvió a sonreír por tercera vez, como si aquello que decía Orión fuera lo más descabellado del mundo. Aún así, retiró la espada. Orión cerró los ojos de impotencia. En su mente, todavía resonaban las palabras de su madre y se preguntaba si el ángel estaba cumpliendo la petición que ella le había hecho. Pero eso no era posible. No existía ninguna compasión en él. Sólo se deleitaba con verlo padecer, con verlo derrumbarse en agonía con cada batalla que perdía. Y pese a todo, no descifraba placer en sus actos. Más bien aburrimiento.

-¡¡¡¡Orión!!!!!- el chico sintió que el alma se le caía a los pies. El ángel lo había perdonado, pero...¿haría lo mismo con su mejor amiga? Anya, incapaz de regresar al refugio sin él, lo había seguido desesperada. Llegó presurosa y se lanzó al suelo, abrazándolo con devoción y comprobando por todo su cuerpo si había resultado herido. Tras ver que estaba bien, se colocó enfrente suyo para protegerlo y encaró al ángel con la mirada.- No le hagas daño.- pidió. No lo hizo educadamente, pero tampoco de una manera grosera. Por un momento, parecía estar utilizando el mismo tono monótono e indiferente de su enemigo, como si fuera capaz de imitarlo. El ángel guardó a Haiaas en la vaina y se quedó observándola largamente. No dijo nada, pero se aproximó un paso y dobló una rodilla hasta tocar el suelo. Ahora ambos estaban a escasos centímetros el uno del otro. El ángel alargó una mano y rozó la pálida piel de la muchacha, que se lo permitió tras un estremecimiento de sorpresa.

-Te pareces a tu madre.- advirtió y retiró el contacto casi al instante, como si aquel comentario le hubiese producido algún tipo de reacción extraña.- ¿Cuántos años tienes?- Anya alzó la barbilla con descaro, lo fulminó con la mirada, pero no respondió. No encontraba motivo por el que hacerlo, salvo la vida de Orión y la suya propia. Pero sentía emociones contradictorias. Por un lado, ella también estaba ansiosa por preguntar un montón de cosas, por el otro, sentía tal repulsión ante aquel ser que de buena gana le hubiera clavado la espada en el pecho, si hubiera tenido ocasión de hacerlo.- ¿No vas a responderme? Supongo que me lo he ganado.

-Mi padre no quiere que hable contigo.- se decidió a romper el mutismo la chica. Orión estaba atemorizado. No por su vida, sino porque el ángel pudiera interesarse por su amiga. Empezaba a pensar que había sido mala idea lanzarse a por su enemigo desobedeciendo las órdenes. Las consecuencias podían resultar terribles. El ángel, no obstante, concentrado en su nuevo entretenimiento, lanzó lo más parecido a una carcajada, aunque fue tan fría que podía haberse confundido con un graznido.

-No veo porqué no. ¿Cuántos años tienes?- en aquella ocasión, Anya sí respondió.

-Tengo ocho.

-¡No le escuches, Anya!- exclamó Orión, rompiendo el vínculo que parecía haberse creado entre los dos jóvenes. El ángel, al parecer pensando que era impertinente, utilizó su magia de nuevo para someterlo a una fuerte presión. Orión gritó, pero Anya no le prestó atención. Continuaba mirando fascinada a aquel muchacho.

-Eres una niña.- afirmó el ángel, una vez tuvo controlada de nuevo la situación.

-Tú no eres mucho mayor.- apreció Anya. Ambos se observaron durante otro largo periodo. No había habido un cambio en sus rostros impenetrables y aquel silencio los hacía parecer iguales. Al cabo de un segundo, Anya decidió que ya era hora de decir ella algo.- Mataste a mi madre.

-Lo hice.- afirmó el ángel. Sabía que la chica no le había efectuado una pregunta, sino que sabía perfectamente la respuesta, pero deseaba escucharla por sus propios labios. En aquella ocasión, sí hubo un gesto desdeñoso por parte de Anya y pareció romperse un poco el vínculo que había aparecido entre ambos. El ángel resopló ligeramente disgustado. Parecía haberle gustado aquella extraña afinidad.

-Entonces yo debería matarte.- intervino Anya de nuevo. Llevaba a Démeter en su mano izquierda y la acercó hasta el cuello del ángel, tanto, que el filo llegó a teñirse de sangre.

-Sí, deberías.- concluyó, pero Anya no advirtió miedo en sus ojos. No obstante, ejerció más presión.

-¡No!- gritó de pronto Orión y logró liberarse de su prisión de energía.- ¡Es mío!- se abalanzó como un poseso agarrando la empuñadura de Démeter que ya sujetaba Anya y tratando de introducirla en el cuello de su enemigo. Sin embargo, al sentir que estaba hiriendo de verdad, Démeter emitió un extraño destello y salió disparada de las manos de ambos niños. Anya, sorprendida, la dejó escapar, Orión gritó furioso y el ángel, contrariado por la segunda interrupción del muchacho, volvió a extraer a Haiaas y de un movimiento le efectuó un corte poco profundo a Orión sobre el dorso de la cara. Orión chilló todavía más y se llevó ambas manos a la herida, cayó contra el suelo por tercera vez y se retorció de dolor. La sangre le salía a borbotones. Anya, en aquella ocasión, sí reaccionó y se giró para tratar de ayudarlo. Con las manos temblorosas y sin saber muy bien si aquello funcionaría, soltó su propia energía y fue cerrando la herida de su amigo con gran esfuerzo, dejando al final una horrible cicatriz. La sangre se había esfumado y Orión dejó de gritar.

-Una acción muy estúpida por tu parte.- siseó el ángel, todavía algo disgustado.- Y que te dejará huella para siempre.

-Suficiente.- alegó una cuarta voz. El ángel no se dio la vuelta, ya la había reconocido. Anya, inundada en un sentimiento de desazón y alivio, sintió que el corazón le latía con violencia. Estaban salvados, aunque jamás había sentido la amenaza de no estarlo. Orión, avergonzado, pero sobretodo herido en su orgullo, se incorporó ligeramente. El hombre los fulminó con la mirada, una mirada cargada de reproche y desaliento. Seguramente, había tenido mucho miedo de perderlos.- Me habéis desobedecido.- aquella situación podría haber resultado graciosa, ya que el padre de Anya los estaba reprendiendo en medio de una batalla y en presencia de su mayor enemigo. Y tras decir aquello, detuvo su atención por primera vez en el ángel.- Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

-Mucho.- asintió el ángel. Pese a todo, parecía sentir un profundo respeto por aquella persona.

-¿Cómo estás?- Anya estaba boquiabierta. Había regresado a la realidad y ahora parecía consciente de que estaba frente al asesino de su madre, al ser que había destruido su vida y no comprendía porqué a su padre le interesaba como estuviera. Mucho mejor si se estaba muriendo.

-Bien.- respondió el ángel. También parecía algo descolocado con aquella pregunta. Dudó un instante y al final añadió:- ¿Y tú?- el hombre tardó una eternidad en responder y cuando lo hizo, su voz pareció temblar.

-He estado mejor.- volvieron a centrar las miradas durante un par de minutos hasta que el ángel giró la cabeza en dirección a los dos niños. Los observó un instante, después observó otra vez al hombre y guardó la espada en el cinto.

-Llévatelos.- sentenció y hondeando la capa, comenzó a caminar calle abajo, donde la batalla había comenzado a suavizar. El padre de Anya observó su sombra mezclarse con la oscuridad proyectada por las sombras de las viviendas y lo suficientemente alto como para que el ángel lo escuchara, dijo:

-Gracias.- después, bajo el asombro de los dos críos que no entendían porqué el ángel no los había matado a todos, les colocó una mano en el hombro a cada uno y se alejaron en dirección contraria, para perderse también en la oscuridad que había provocado uno de los farolillos al fundirse. Más tarde, el último sonido en apagarse serían los relatos de aquel viejo cuenta-leyendas, que invidente, no había podido evitar el haz de luz verde que el ángel había dejado escapar de su varita."

La mano de Orión tembló al rozar el alfeizar de la ventana. Con uno de los dedos de la otra mano, se rozó ligeramente la cicatriz que poseía en el dorso de la cara, producto de aquella pelea. Sintió la presencia e Dumbledore muy cerca de su espalda y se permitió la debilidad de suspirar en voz alta. Lo había visto morir. Repetidamente en sus sueños, en sus pesadillas, en aquellas visiones que le hacían recordar amargamente sus vivencias. Era impensable olvidarlas. Imposible. En su vida, el recuerdo de aquella batalla había cobrado una importancia fundamental. La muerte de Dumbledore significó el fin de la resistencia. De alguna manera, el fin de la guerra, pues a partir de ese momento los arcángeles no tuvieron ninguna posibilidad de rehacerse. Estuvieron condenados sin un líder, sin un mago u otro ser de su propia especie que los guiara hacia un camino más fácil. El padre de Anya, Gerde y otros arcángeles tomaron el liderazgo pero no fueron lo suficientemente eficaces como para progresar en contra de sus enemigos. Conforme iba creciendo, el ángel se hacía más y más poderoso y luchar contra él se convertía en una muerte segura para su adversario. No fue hasta que Orión y Anya tuvieron una edad significativa que lograron defender a su pueblo fervorosamente. Orión volvió a enfrentarse al ángel en más ocasiones y a cada pelea daba un paso más hacia su buscada venganza. El ángel caído tuvo cientos de ocasiones para eliminarlo, pero fiel a su promesa, jamás lo hizo. Y Orión, frustrado, confundido y herido en su orgullo, todavía se preguntaba porqué. Continuaba mirándolo a los ojos buscando la verdad en ellos, pero los ojos del ángel habían dejado de ser expresivos mucho tiempo atrás.

-El vacío...el silencio...son síntomas de poderío. La habladuría no es más que para los débiles, sólo los perdedores necesitan el consuelo de un líder...- la habitación quedó suspendida en un vástago silencio. Recostado en el umbral de la puerta que comunicaba el comedor y el vestíbulo, Alan, que había estado bajo la compañía de Lewis durante semanas, había regresado. Christine se dio la vuelta sorprendida y ni ella ni Remus, que eran los que más cerca se encontraban de la puerta, fueron capaces de reaccionar. Orión, como envuelto en un halo de repentina energía, colocó su mano derecha en la empuñadura de Escaliburt, dispuesto a usarla, pero el director, domado de una apacible calma, lo detuvo con un gesto del brazo.

-Veo que has decidido complacernos con tu presencia, Alan.- dijo sonriente y nadie comprendió su actitud de total tranquilidad cuando un asesino tan peligroso como lo era el niño, se acababa de presentar en su antigua casa, tal vez, para eliminarlos a todos de una buena vez.

-He venido a cumplir una promesa.- siseó y dio un paso al frente con hostilidad. Ron y Heka retrocedieron, hasta colocarse a la altura de sus compañeros.

-¿Dónde está Harry?- inquirió Christine. Su rostro se había consumido por una cortina de hielo. Se parecía a la antigua Christine. Fría, calculadora, peligrosa...un rostro que se calcaba en las ahora facciones de su hijo. No parecía tener ningún interés por su regreso, como si hubiera asumido que Alan ya no volvería a ser el de antes. El niño, no obstante, giró el rostro en dirección hacia ella y la contempló largamente.

-¿Por qué habría de confesártelo, madre?- Christine sonrió con arrogancia.

-¿Todavía recuerdas que soy tu madre? Una pobre manera de demostrarlo...- Alan apretó los puños ligeramente y durante una fracción de segundo pareció alterarse, pero poco después volvió al estado apático con el que se había aparecido.

-Suficiente los dos.- intervino Remus. Lanzó a su mujer una mirada de advertencia y se acercó lentamente hacia el niño hasta llegar a su altura, en donde se acuclilló para quedar a su altura. Con valor, le colocó ambas manos en los hombros de manera paternal, gesto que Alan no rechazó. Anya también empuñó a Démeter, temerosa de la reacción.- ¿Por qué no nos dices dónde está Harry? Alan, sé que todavía hay algo bueno en tu interior...puedes salvarle la vida...Harry ha hecho muchas cosas por ti, cariño, por favor...no dejes que Lewis lo asesine.- Alan se quedó en silencio durante unos segundos y miró a su madre como si esperara que ella también se rebajara a la altura de suplicar por la vida de Harry, pero Christine se mantuvo firme en su postura. Luego observó el odio que se marcaba en el rostro de Orión y la aflicción del de Anya, para pasar al miedo e inquietud que denotaban todos los demás.

-Os lo diré.- sentenció. Orión terminó de empuñar su espada y se acercó en dos zancadas hacia donde estaba el niño.

-¿Por qué?- gritó enfurecido.- ¿Cuáles son tus verdaderas intenciones? ¡No debemos escucharle, sólo es una maldita trampa! ¡Nos matará a todos!

-Él preguntó.- respondió Alan encogiéndose de hombros y señalando hacia Remus.- Yo respondí. No me hace falta enseñaros el camino para mataros. Podría hacerlo ahora mismo.

-Estúpido arrogante.- escupió Orión guardando la espada de nuevo en su cinto.- Te haría pedazos antes incluso de que lograras levantar los brazos.- Alan no respondió a aquella provocación. Se apartó el flequillo del rostro, volvió a observar a Remus que parecía agradecido y se encaminó hacia el umbral de la puerta. Las posibilidades de encontrar a Harry con vida eran muchas...las de rescatarlo de las garras de Lewis...prácticamente nulas.

La luz del crepúsculo producía una mezcla azulada al choque de los vidrios rotos del solar. El alcantarillado del gigante Londres llegaba hasta las afueras de una ciudad serpenteada de residuos y cuyo desenlace desembocaba en el corazón de los estrechos laberintos subterráneos. La vieja ciudad tenía bajo sus entrañas latiendo un corazón oculto y a sus entradas se materializaron un grupo de magos, guiados por una aparición arcángel.

Christine aspiró el aroma cargado de basura y contempló la belleza deteriorada del paisaje. El sucio vertedero estaba ubicado en medio de lo que podría haber sido una hermosa campiña, a plenas puertas de un pequeño bosquejo olvidado que moría a los pies de un profundo acantilado sin fondo. Desde aquella fosa se podía contemplar morir el día de la ciudad, pues la multitud de concentraciones de lucecillas anunciaban el próximo anochecer. Rodeándola, una fantasmal población industrial enlodaba más aquel paraje de suciedad, fusionado con salvaje naturaleza.

-Que lugar más horrendo.- protestó Troy, tratando de esquivar los trozos de vidrios esparcidos por la tierra. Alan lo ignoró. Probablemente, sabía que Dumbledore se había encargado de reunir a la Orden del Fénix y a un grupo de aurores del ministerio antes de adentrarse en el refugio del enemigo, pero aquello no le interesaba en absoluto. Su confianza en su padre y en sí mismo era tan grande que incluso podría haber llegado a sentir lástima por todos aquellos magos que, ilusionados, pensaban en dar caza al mago tenebroso. Alan sabía que aquello jamás se produciría, pero no había tenido la decencia de informar al director sobre ello. Ni siquiera tenía claro el porqué estaba allí, rodeado de tantas personas a las que supuestamente detestaba. Lo único que Alan había hecho era actuar por instinto. Si Remus deseaba que lo guiara a aquel lugar no encontraba ningún motivo convincente por el cual no hacerlo. Ni tan solo la ira de Lewis. No la temía.

-¿Aquello es la entrada?- preguntó Orión, serpenteando la basura del suelo y señalando una pequeña grieta en la montaña de la que parecía salir un hilo de agua marrón. Alan lo observó de reojo.

-Es sorprendente que con todos tus magníficos poderes y conocimientos no lo supieses. Pero claro...igual te sobre valoraba.- Orión lo ignoró. Estaba deseando clavar el filo de su espada en aquel mocoso arrogante, pero la presencia de Remus, de Christine e incluso de la propia Anya se lo habrían impedido. En realidad, el único motivo por el cual no lo había hecho era porque deseaba encontrar a Harry y en aquello, Alan era el único que podía ayudarlos. Era extraño que los pensamientos de Orión rondaran entorno a Potter y su supervivencia, cuando la única supervivencia que le interesaba era el del resto de la humanidad y dependía probablemente de la muerte del niño que los estaba conduciendo hacia la entrada.

-Alerta.- advirtió Christine, avanzando a la par con Anya y Orión. Acababa de descubrir a una figura apostada a lo pies de la entrada: era Lewis, pero no estaba solo. En el suelo, aparentemente inconsciente, se hallaba Harry. Aunque su aspecto apenas era reconocible. Incluso Orión, que solía mostrarse impenetrable a sentimientos de asombro o compasión, parecía conmocionado con la figura apaleada del niño-que-vivió. Su rostro estaba recubierto por una sombra negra de moratones que se entremezclaban con la suciedad que teñía su piel, la ropa se había hecho jirones y en todas las zonas que mostraba piel, ésta estaba seriamente dañada. De hecho, de no haber percibido un pequeño halo de energía, Orión podría haber asegurado que estaba muerto y todos le habrían creído.- Monstruo.- susurró Christine. No había tardado ni dos segundos en extraer su varita y su espada, pero no podía apartar la vista de su hijo adoptivo, como si la tuviera anclada a él. La mujer había sentido un terrible dolor, un dolor atroz, que le había indicado el gravísimo peligro en el que Harry se encontraba, pero al aparecerse en aquel ruin basurero había tenido la esperanza de que su inquietud fuera mayor que la razón por la que preocuparse y ahora veía lo equivocada que había estado.- Eres un miserable...

-Muchas gracias.- sonrió Lewis. Había tenido a Harry sujeto por un brazo, pero lo dejó caer completamente al suelo y fijó los ojos en Alan.- Veo que has traído invitados...-añadió. Alan se encogió de hombros y se encaminó hacia él para colocarse a su derecha. Orión, en aquella ocasión, no lo siguió. Detrás de Lewis también habían aparecido una serie de mortifagos considerables, lo suficientemente numerosos como para derrotar a todos los aurores que se habían presentado.

-El principio del fin...- murmuró Anya, avanzando hasta colocarse en primera fila. Sus ojos habían quedado esclarecidos por la luz crepusculosa que los alcanzaba desde el horizonte. Había contemplado muchos atardeceres pero no recordaba con claridad ninguno que le indicara una tristeza similar a la que ahora mismo la asolaba. Antaño había tenido mucho...o al menos, ella creía que lo tenía, pero el vacío era un terrible mal punzante que en aquellos instantes se apoderaba de ella. Nada de lo que había visto en todas las batallas libradas podría haberla preparado para lo que se le avecinaba. Nada de todas las muertes contempladas o todos los padecimientos podían advertirla de la presencia perturbadora del aciago crepúsculo. Porque no existía mal posible que pudiera equipararse al que Lewis había logrado reunir a las afueras de la vieja Londres. Y no existía, probablemente, un apelativo mejor para describir la ciudad puesto que parecía aullar al ahogado canto del río de basura que envolvía a todos y cada uno de los presentes. Sí, Londres, capital del Támesis, había perecido ante la impotencia de sus ciudadanos.

N/A: Olasss a todos/as!!! Hace mucho tiempo que dejé de escribir el fict en esta página, ya que me era imposible mantenerlo en todas en las que lo subía. Ahora he recuperado un poco de tiempo y voy a terminar lo que dejé a mitad, ya que no me gusta dejar las cosas a medias. Así que iré subiendo el fict de nuevo. Muchas gracias a todos los que me habéis leído en alguna ocasión y gracias también a los nuevos lectores. Espero que el fict os guste. Un besazo enorme!