CAPÍTULO 29: THEN I'M WRONG, YEAH, I'M WRONG
(ENTONCES ME EQUIVOQUÉ, SÍ, ME EQUIVOQUÉ)
Christine sintió como si el filo de un arpón la atravesara de cabo a rabo. El cuerpo inconsciente de Harry había tardado una eternidad en golpear la tierra y lo había hecho como los negativos de un carrete de fotografías. No creyó haber sentido en la presencia de Harry un vacío tan grande como el que ahora se materializaba. Sus energías se habían evaporado como los gases de la atmósfera al acariciar el cielo. Sin pensárselo dos veces y ajena a los movimientos de los morrtífagos que habían comenzado a atacar por mandato de Lewis, se abalanzó sobre él con una fiereza muy propia en ella. Ian, que había previsto su movimiento gracias a sus nuevos poderes, se apresuró a crear un escudo lo suficientemente poderoso como para frenar la gigantesca avalancha de bolas de energía que la arcángel se había dedicado a crear.
-En vano, estúpida.- siseó, saltando hacia atrás e interceptando un rayo de luz que se asemejaba a la maldición cruciatus.- Poseo la mayor fuerza de tu raza. Todo cuanto intentes resultará ridículamente inútil.- Christine estaba enfurecida y las palabras de su enemigo le resbalaban como el rocío por las rocas. Había entrado en una especie de trance que le impedía dar veracidad a lo que estaba escuchando. Sólo tenía en la memoria un remolino de contradicciones que, sin embargo, la empujaban a la batalla. A pesar de lo mucho que detestaba a Lewis no podía dejar de sentir que conocía la energía que estaba utilizando porque era la de su propio hijo y que sonreía a través del rostro de Dani, un rostro, que se había aparecido en sus sueños durante los últimos meses. Un rostro que había acariciado y besado poco tiempo atrás, aunque todo formara parte de un burdo engaño. Dani era y siempre lo sería el padre de su hijo y por encima de todo su mejor amigo. Su imagen apareciendo en sueños la animaba a continuar adelante, la ayudaba a tomar decisiones difíciles y a no rendirse por recuperar a Alan. Todo cuanto había hecho había llevado ese propósito.
-No...no...¡NOOO! ¡¿Entiendes?! ¡No!- por mucho que finjas jamás podrás compararte a nosotros. ¡Tú no sabes nada de mí ni de mi pueblo! ¡Por mucho que poseas los poderes de Alan jamás podrás equiparte a ellos! ¡Por mucho que finjas ser Dani nunca y escúchame bien, nunca, poseerás su corazón!- Christine desenvainó su espada y arremetió una vez más. En esta ocasión, logró quebrar el escudo de Lewis, que sufrió una herida leve en el brazo izquierdo, el contrario del que sujetaba la varita.
-Tú siempre has odiado a tu pueblo.- escupió el mago, examinándose con desgana el corte en el brazo.- Ensalzarlo ahora no te devolverá su perdón.
-Es posible.- contraatacó la mujer.- pero mi padre me enseñó a valorar toda la magia. Y nosotros somos la mayor fuente de magia.
-La magia que practicáis es débil y pobre.- Lewis elevó el brazo herido y concentró energía sobre la palma de su mano.- ¡La magia negra es la única que merece ser reconocida!- saltando hacia delante envió su ataque a Christine que lo detuvo con apuros creando un escudo como el que Lewis había utilizado con anterioridad.
-Pobre iluso, toda la magia posee el mismo rango. Son las personas las que la malogran o la utilizan para hacer cosas buenas.- Lewis chasqueó la lengua y se dispuso a atacar una vez más. Christine, de nuevo, había logrado sacarlo de sus casillas.
Remus ignoró cualquier batalla a su alrededor y aprovechando la pelea entre su esposa y Lewis, corrió para rescatar a Harry de un posible blanco letal. Cayó arrodillado a su derecha y acarició con tembleque su piel pálida y yerta, tan flácida que parecía muerta. Sintió unos horribles deseos de desvanecerse, de desaparecer con Harry a un lugar donde el único sonido existente fuera el del propio silencio. Le atormentaba el barullo de la batalla, pese a que sabía, que no debía ignorarla. Había mucho en juego y por algo que había presentido en los ojos de Anya, tenía la vaga sensación de que la solución se hallaba al alcance de sus manos. ¿Pero de qué manera él, que tan solo era un mago, podía frenar una guerra arcángel? ¿Dónde estaba todo el temple y el valor con el que se suponía que iba a dirigir las fuerzas de resistencia? Remus estaba perdido, vagando en un vacío espiritual que le incapacitaba para cualquier función que se esperaba de él. Después de todo, siempre había sido intelecto. El corazón, era algo con lo que jugaban Sirius y James. Pero él no lograba manejarlo, no podía buscar la respuesta dentro de él porque nunca antes lo había hecho. Y sin embargo, de alguna manera, sabía que estaba allí.
-¡Ron, Hermione!- gritó, buscando con la mirada a los chicos que se encontraban muy cerca suyo.- ¡Dejad de pelear! ¡Debéis encargaros de proteger a Harry!- Hermione se vio en un aprieto al esquivar una maldición que un segundo antes se había estrellado contra el suelo donde estaba apoyada, pero se deshizo de su atacante y logró abrirse camino entre los duelos. Ron, con mucha más facilidad, también acudió a la llamada del hombre lobo.
-Profesor...- jadeó.- ¡Debemos luchar! ¡Cuántos más seamos...!
-Harry os necesita.- le interrumpió Remus con urgencia. Y era verdad. Si nadie se encargaba de proteger la figura desvalida del muchacho cualquier mortífago, incluso el propio Lewis, podían darle una muerte temprana. Observó a Hermione de reojo y algo avergonzado asintió firmemente. Lupin se levantó rápidamente del suelo y vislumbró a su alrededor. Desgraciadamente para él...Christine estaba en apuros.
Orión levantó la mirada al cielo violáceo. Envuelto en el plenilunio que acontecía, el satélite parecía decrecer como extirpando el poco hálito de vida que se respiraba en el solar derruido.
-Resulta curioso cómo el destino nos ofrece nuevas posibilidades.- comentó. Su voz, se asemejaba al tañido de una campana. La capa negra le hondeaba al viento.- Hace mucho tiempo, presencié cientos de atardeceres como este, pero ninguno fue tan idóneo para una victoria.- Alan enarcó las cejas en un gesto claramente suspicaz.
-No puedes matarme. Nadie puede hacerlo.- Orión le dirigió una mirada cargada de veneno.
-Sí, una vez llegué a creer eso. Pero ahora comprendo lo vulnerable que eres. No podía entablar tu punto débil, mocoso, porque no conocía el factor detonante de tu decadencia. Fuiste tan previsible que hasta resulta patético que no fueras eliminado anteriormente.- observó a su alrededor y sus ojos se detuvieron en la figura abatida de Harry, protegida fielmente por sus mejores amigos.- Aunque claro, la compasión siempre es sinónimo de debilidad...un error infantil que puedo solucionar.
-Orión...- suplicó Anya. Tenía las manos agarrotadas por la tensión, que podía haberse cortado con un cuchillo. Entendía perfectamente el monólogo de su compañero y era tal su entendimiento que temía el momento en que decidiese concluirlo.
-Tuvo su elección. Y no supo aprovecharla.- replicó Orión, enseñando los dientes en un gesto autoritario.- Hoy conozco la forma de destruirlo...
-No le veo ningún sentido.- contraatacó Anya, tratando de dibujar en su mente un argumento que salvara la situación.- Con ello sólo debilitarás a nuestro bando. ¡Debilitarás a Christine!
-Calla.- envaró Orión ofendido.- La piedad nos traería graves consecuencias. ¡No podemos permitir que crezca! ¡No podemos ofrecerle la oportunidad de ser invulnerable! ¡No daré alas a nuestro enemigo! ¡Trazaré un futuro distinto aunque sea semejante al nuestro! Sin Alan Rice...el mundo será un lugar un poco mejor.- en el fondo de su alma, Anya sabía que tenía razón, pero se resistía a pensar que la civilización fuera tan bárbara que precisase de un asesinato para solucionar un problema. Si Orión estaba en lo cierto, como ella había creído mucho tiempo también, significaba que el mundo no merecía tanto la pena...que a pesar de los avances de la Historia, el ser humano era una raza tan monstruosa como se presentaba en los libros que hablaban de la Edad Media.
-No conoces la fuente de mi poder.- amenazó Alan. Al parecer, la perorata de Orión le había enfurecido. Orión parecía tan tranquilo de enfrentarse a alguien tan poderoso como él que le resultaba no sólo inquietante...más bien, insultante. Alan todavía no era capaz de medir el interior de su fuerza, porque jamás se había visto en la necesidad de hacerlo, pero sentía bullir un profundo poder en su interior, burbujear deseoso de ser utilizado. Orión estaba en un aprieto si pensaba que iba a circundarlo con tanta palabrería. Furioso, alzó las manos al cielo y se dispuso a concentrar toda la energía que le fuera posible...
Christine atenazó la espada con tal de impedir que las embestidas de energía que Lewis le enviaba llegaran a dañarla, pero le resultaba cada vez más complicado impedirlo. Con cada asentada su enemigo parecía más fuerte y ella perdía más y más energía. Conocía de sobra la capacidad de poder de Alan, con lo cual, sabía que se estaba enfrentando al arcángel existente más poderoso y que la distancia entre sus fuerzas se abría paso a paso. Pero también sabía que Lewis no era capaz de controlar del todo los poderes de Alan y que hacerlo podía llevarle meses, incluso años y ahí era donde Christine veía una gran ventaja.
-Te veo cauta.- susurró Lewis, realizando una merecida tregua para ambos, aunque no abandonó la posición defensiva.- ¿Tratas de analizarme?
-Predecirte, más bien.- respondió Christine con sinceridad. Analizaba cada gesto o palabra de Ian como si se tratara de un códice secreto, porque en esos movimientos podía encontrarse la clave de su victoria.
-¿Qué sentido tiene luchar si sabes que vas a morir? Harías bien en rendirte...- Lewis se pasó la lengua por los labios de manera lasciva. Christine reconoció el sentimiento de asco que había experimentado tantas veces en compañía de su enemigo, que parecía desnudarla con la mirada y atravesarle el alma.- Si te unieras a mí serías una preciosa reina...juntos cambiaríamos este mundo corrupto. Piénsalo, Christine, tú y yo unidos con Alan...es un bonito sueño...
-¡Ningún mundo bajo tu mandato puede ser bonito!- rugió la mujer y furiosa como estaba, lanzó una bola de energía que Lewis esquivó con facilidad.
-Como quieras.- sentenció el mortífago. Había cerrado las negociaciones y pronto dejó entrever el poder que se había estado reservando. Christine sintió el roce de la energía quemar sus brazos, pero para entonces ya era demasiado tarde. Gritó de dolor cuando la energía maligna lamió su piel y el bello de las extremidades se le chamuscó rápidamente. Con las manos ensangrentadas ahogó un nuevo alarido con la manga de su túnica y calló al suelo arrodillada y tratando de no mirar las ampollas que se le habían formado. El ataque y el rango de poder de Lewis habían resultado tan inmensos que a Christine no le había dado tiempo a reaccionar y menos a detener la magnitud de aquella energía oscura que le había quemado los brazos.
-¡Chris!- Lupin llegó hasta ella jadeando y la abrazó como pudo, evitando por todos los medios dañarle las heridas.- ¡Oh, Chris! No te preocupes…te curaremos…aguanta cariño...- Christine no medió palabra. Recostó la cabeza en el pecho que Remus le ofrecía y cerró los ojos, apretando los dientes todo lo posible para no gritar. No deseaba otorgarle a Lewis otro motivo de victoria. El dolor era tan inmenso que comenzaba a sentir un fuerte mareo asolándole la cabeza y antes incluso de que fuera consciente de ello, antes de ver como los ojos de Remus se enfurecían al centrarse en los de Ian, Christine había perdido el conocimiento.
Dumbledore rozó con el pulgar las peculiares circunferencias de su nuevo reloj de acero. Lo había comprado en una tienda de antigüedades y lo había obtenido por un modélico precio. No era un reloj demasiado especial, a parte de su recubrimiento de algún tipo de acero, pero las tres pequeñas bolas que colgaban de las cuerdas al aire libre de un rectángulo resultaban agradablemente apaciguantes. A Dumbledore le gustaban ese tipo de objetos y por eso lo había comprado.
Sentado en su despacho, mientras jugueteaba con las esferas, aguardaba deseoso las nuevas del ataque del que se había visto obligado a retirarse. Amelia Bones había sido muy clara: si se había profetizado una muerte para el anciano director debían retrasarla en la medida de lo posible, puesto que Dumbledore era una de las pocas personas en el mundo mágico que podía mantener la calma en una guerra y ser capaz de hallar una posible resuelta. Dumbledore creía que si de verdad debía morir, los intentos de Madam Bones resultaban infructuosos, pero sí que era consciente de que esta nueva guerra se le presentaba muy cuesta arriba y que estaba muy lejos de sus posibilidades. Dumbledore ya no poseía el temple fuerte que lo habían llevado a enfrentarse cara a cara con Lord Voldemort y una guerra entre arcángeles era algo que no estaba a su alcance. Había preferido refugiarse en las sombras de su despacho donde pudiera maquinar una estrategia y ligar los pocos cabos que todavía le quedaban sueltos y así, poder prever mejor los acontecimientos. No poseía ni el don de la Adivinación ni una bola de cristal, pero el director siempre se las había arreglado para llevar las cosas a un terreno donde absolutamente nada pudiera sorprenderle. Aunque, en ocasiones y desde luego ésa era una de ellas, ocurría.
-Divagas tanto como esas esferas...- murmuró una voz que Dumbledore conocía muy bien. No se exaltó al escucharla de golpe ni tampoco al vislumbrarla entre las hondas que emitían las cortinas del despacho. Había escuchado tantas veces aquella voz y estaba tan acostumbrado a esas apariciones que hasta le llegaban a resultar graciosas.
-Mi querida Michaela, hace muchísimo tiempo que las cosas se han mostrado claras para mí. Lo cual resulta gratificante, he de aclarar.- Dumbledore sonrió y levantó la cabeza lo suficiente como para sobrepasar la altura del reloj.- Es un alivio conocer la verdad.
-La verdad...es tan relativa.- divulgó la anciana.- Dime, ¿cuál es la verdad que tú contemplas?- Dumbledore volvió a forzar una sonrisa de compromiso, pero conocía de sobras la manera de hablar de la mujer.
-He de felicitarte, sinceramente. Tu ocurrencia de provocar la aparición de esos legendarios arcángeles y fingir que tu deber era eliminar a Harry llegó a asustarme...cuando me lo comentaste en aquella ocasión estuve a punto de creerlo.
-Tal era mi intención.- replicó Michaela de mal talante.- Todo debía de resultar convincente.
-Una vez más, amiga mía, felicidades.- la mujer quedó suspendida en el silencio durante unos segundos y luego respondió:
-El mérito no fue mío. No al menos de la persona que estás contemplando en este momento.
-En esencia, no hay diferencia. Sea como sea, tu otra yo hizo un buen trabajo...sin duda se vio obligada a recurrir a la última carta que le quedaba...
-Sin duda.- asintió Michaela de manera convincente. Se rascó la barbilla con la mano izquierda y comenzó a pasear por el despacho de manera pausada.
-Eso quiere decir que todos mis intentos presentes no han valido la pena.- Dumbledore observó con cierta lástima el aspecto que presentaba la mujer. Siempre había sido muy hermosa, pero ahora los cabellos entrecanos eran más cenicientos que nunca y las arrugas habían poblado su piel como parásitos.
-Eso no depende de ti...ni tampoco de mí. Pero yo no arrojaría la toalla con tanta facilidad...- Michaela lo miró.
-El corazón de Orión es frío y despiadado. No percibo más que un pequeño atisbo de humanidad en su interior. ¿Cómo puedo tener fe en alguien como él?- Dumbledore se levantó de la butaca en la que había permanecido recostado todo el tiempo y caminó hacia ella, colocándole una mano en el hombro y susurrándole dulcemente:
-Eso depende de lo resistente que sea...yo abrazo una fe diferente.
Alan apoyó una rodilla en el suelo, jadeando. Le costaba mantener el alto ritmo de energía que estaba llevando a cabo. Por el rabillo del ojo vigilaba la figura estática de Anya, que no había hecho ningún intento por atacarle, pero tampoco por defenderle. La chica parecía confusa, asustada, una actitud poco habitual en ella.
-Se acabó el descanso.- sentenció Orión acercándose cada vez más.- Ya tendrás tiempo de dormir en la tumba.- Alan apretó los dientes y saltó hacia atrás para esquivar la esfera de energía, pero al hacerlo no logró mantener el equilibrio como esperaba y se quedó tendido en el suelo, con las manos atrás. Orión se deslizó hacia él como un felino y en dos zancadas le cubrió por completo la poca luz que emitía la luna. Alan tragó saliva, pero no le dio tiempo más que a escupir una bocanada de sangre porque acababa de recibir un puñetazo en su pómulo derecho.- Eso...es por mi madre.- Orión lo agarró de las solapas sin darle tregua y lo levantó con un solo brazo, como si el niño fuera tan ligero como el papel. La presión de la túnica resbalando por su cuerpo le incapacitaban la respiración, pues estaba a un metro de altura, firmemente sujeto por su enemigo.- No eres más que un crío...- el tono desdeñoso con el que Orión lo miraba podría haber matado.
-Orión te lo ruego...- suplicó Anya desde su posición. Aquello le parecía una auténtica crueldad. Orión no se estaba conformando con asesinar a Alan sino que trataba de herirlo físicamente. Golpear a un niño, aunque fuese un niño tan especial, le resultaba un acto atroz. No obstante, Orión le hizo caso omiso y con la mano libre le propinó a Alan un nuevo puñetazo y otro, y otro...así hasta la cuenta de seis, de manera que cuando Alan calló al suelo llevaba toda la cara hinchada y amoratada y la sangre era sumamente escandalosa.-¡Déjalo ya, por favor!
-No te entrometas.- rugió el muchacho lleno de odio que no parecía conformarse con el castigo que le estaba inflingiendo a su enemigo.- Este dolor no es nada comparado con el que yo he sufrido...¡deberías disfrutarlo! ¡deberías desear vengarte tanto como yo!- Anya negó enérgicamente.
-Yo no puedo deleitarme con el sufrimiento ajeno. Por favor, es sólo un niño...- pero antes de que Orión tuviera opción a responderle tuvo que esquivar una nueva bola de energía que de haber estado atento, habría interceptado sin problemas. Furioso, se observó la túnica que había recibido parte del impacto.
-¿Te das cuenta ahora, Anya? ¡No siente ningún remordimiento!- pero Anya se negaba a escuchar o ver cualquier cosa que no fuera su verdad y la verdad que le habían enseñado era a dar segundas oportunidades, era a hallar una forma mejor que la muerte. Su padre siempre hablaba de justicia, de fe, de esperanza. Esos sentimientos que se habían ahogado en Orión y que, posiblemente, jamás regresarían. Aquella forma de comportarse de su compañero sólo le causaban un profundo dolor, un sentimiento de lejanía, pues la persona que estaba extrayendo la varita no era la misma de la que ella se había enamorado.
-¡Crucio!- Alan rodó por el suelo lo justo como para que la maldición de Orión no le alcanzara. Exhaló el aliento que había contenido y tras rebuscar en el bolsillo trasero de su pantalón, también se hizo con una varita que en sus manos quedaba grande y cuya talla era totalmente oscura. Orión soltó una carcajada.- ¿Piensas derrotarme con eso? Puede que poseas una energía inmensa por ser un arcángel pero ningún mago de cinco años lograría activar una varita.- Alan, cuyos ojos estaban cubiertos por los mechones del flequillo, levantó la varita y gritó:
-¡AVADA KEDAVRA!- todo el odio que Lewis le había enseñado a sentir se materializó a través de la varita, haciendo posible el milagro. Orión se quedó tan boquiabierto que fue incapaz de desarrollar ningún tipo de protección. La maldición estaba a punto de colisionar contra él cuando sintió como si su cuerpo se materializara en una columna de luz y al parpadear continuaba con vida, pero estaba tirado en el suelo y le dolían las rodillas. Al mirar a su lado, comprendió lo que había ocurrido. En una décima de segundo, Anya se había aparecido y lo había arrollado con todas sus fuerzas, salvándolo de una muerte segura. Pero en su intento por hacerlo, había quedado mal herida. Los brazos y las piernas se le habían desgarrado con la gravilla del suelo y al caer se había golpeado la cabeza.
-Anya...- susurró Orión conmocionado. Lo último que había deseado en el mundo era herir a su mejor y única amiga.- yo...- pero Alan no les dio tregua. Alzando enérgicamente un brazo escupió un haz de luz oscura que se dirigió hacia Orión como un tubo negro que se alargaba y se incrustó en su antebrazo derecho, produciendo una herida grave. Orión no obstante, no se quejó, se levantó como pudo para alejarse lo suficiente de Anya y distanciarla del peligro. La chica estaba consciente, pero la herida que se había hecho en la cabeza le sangraba y la mantenía en un estado somnoliento.- Veo...que...te he...subestimado...- jadeó Orión. Ya no se reía. Había creído que deshacerse de un Alan de cinco años iba a resultarle sencillo, pero se había equivocado. Aunque siempre había tenido clara la única forma de destruir un cuerpo tan rebosante de energía, había tenido fe en no tener que recurrir a ella y ahora comprendía que no había más opción.
Ginny había llegado a las puertas de una gran batalla. La maquiavélica escena que se presentaba ante sus ojos era prácticamente idéntica a todas las anteriores que había presenciado. Una más. Y eran tantas...
Se sentía una muñeca de trapo a la que todos pisan sin miramientos porque está sucia y desgarrada, porque está en el lugar equivocado. Y sin duda, no era aquel el lugar donde deseaba criar a su hijo. Pero no tenía más elección. Había desperdiciado tantos momentos pensando que era terriblemente injusto todo lo que les había pasado en el pasado que no había tenido tiempo de disfrutar un presente. Y ahora se hallaba ante la terrible situación de no poseer un futuro.
Distinguió a Ron y a Hermione guardando el cuerpo de Harry a unos pocos metros de ella y el corazón se le paró unos instantes. ¿Acaso Harry estaba muerto? Si era así, la única responsable era ella. Orión le había advertido que era la única que podía impedir su muerte y ella se había hecho a un lado.
Ron levantó la cabeza y distinguió la duda en la mirada de su hermana.
-¡Ginny! ¡Acércate! ¡Harry todavía está vivo!- y lo único que podía hacer ella en aquella absurda batalla era permanecer a su lado.
Christine había sucumbido al dolor que le producían las quemaduras. Remus la sostenía entre sus brazos a sabiendas que era lo más preciado que poseía. Por primera vez, se daba cuenta de que su existencia solo tenía el propósito de defenderla y hacerla feliz. Pero Christine no había sido feliz a su lado. Primero la guerra contra Voldemort y después un Alan rebelde que los despreciaba y deseaba destruirles. Lupin sentía una rabia inmensa en su interior al observar a Christine desfallecida, agotada, magullada...cubierta de heridas por dentro y por fuera.
La colocó recostada a los pies de un árbol desfallecido y se dio la vuelta para enfrentarse con Lewis, varita en ristre.
-¿Serás capaz de matar a uno de tus mejores amigos, Remus?- se burló el mago tenebroso. Desfiguraba las facciones de Dani con su sonrisa demente mientras se acariciaba la piel del rostro.- Observa la cara del que besó los labios de tu querida mujer, del que le acarició el pelo...del que se acostó con ella mucho antes que tú.
-Basta.- ordenó Lupin dejando atrás su carácter apaciguador.- Lo que muestras no es más que un espejismo del original.- Lewis amplió su sonrisa y comenzó a pasearse de un lado a otro. Llevaba la varita bajada, como si no temiera un pronto ataque.
-Espejismo o no, Daniel Rice fue el verdadero amor de tu esposa, Lupin. El único.
-Sí, y eso te incluye. ¡Expelliarmus!- Lewis no precisó de la varita para defenderse. Había creado uno de sus famosos escudos mucho antes de que la maldición se dirigiese hacia él. Sin embargo, estaba furioso. El último comentario de Lupin le había tocado un punto sensible.
-Ninguna mujer vale lo suficiente como para resistírseme, estúpido. Christine Byrne solo es un objeto que poseeré a mi antojo.- se remangó la túnica y esta vez sí, alzó la varita.- Pero parece que antes tendré que matarte.- Remus se mordió el labio inferior, observando de reojo que Christine estuviese bien. Sabía de sobra que no podía igualar el poder de su adversario, no ahora que era un arcángel, pero debía ganar tiempo. La única posibilidad de triunfar se hallaba a unos pocos metros suyos. Orión y Alan peleaban entre sí, mientras Anya yacía notoriamente herida. Lupin entornó la mirada...ella era la última esperanza y por lo que había averiguado, poseía poder suficiente como para detener la guerra.
Alan se arrastró un par de metros de donde Orión reposaba con Anya. Poco a poco, la muchacha iba recobrando la conciencia. De pronto, parecía haber perdido toda su omnipotencia y era un ser ridículamente accesible, al que Orión observaba con el mayor de los rencores. Ni siquiera Alan estaba acostumbrado a que alguien lo mirase de aquella forma. Durante las últimas semanas con su padre, la gente lo había temido, respetado, insultado...pero jamás lo habían tratado como a un igual. Orión, pese a toda la energía que Alan sentía en su interior, seguía siendo tan alto y tan grande como la primera vez que se cruzaron por los pasillos de Hogwarts. Alan captó la figura de Harry protegida por sus mejores amigos y sintió un pequeño hormigueo en los dedos. Su hermano ya no podría salvarle, pero...¿estaba deseando acaso que lo hiciera?
Alan había detestado a Harry por sus mentiras, porque se sentía inferior a él, porque sus padres siempre lo trataban como si fuera de la familia...y sin embargo, ni Christine ni Remus eran sus progenitores. Christine siempre era dura con él cuando no controlaba su magia, le reñía cuando tardaba en tomarse la leche, cuando no recogía los juguetes del comedor...pero nunca era dura con Harry.
-Es el fin.- sentenció Orión. Se había puesto de pie y se había ido acercando a Alan lentamente. El niño se dio la vuelta, aún a cuatro patas y se quedó inmovilizado en el suelo. Sentía la ira de Orión traspasando los poros de su piel y no la entendía.- Tardé más de veinte años en comprender que el sacrificio y la victoria van ligados de la mano. Puedo esperar, al menos, que no nos volveremos a encontrar en otra vida, ni en otro mundo, ni en otra existencia...- Orión alzó los brazos al cielo y cerró los ojos. De pronto, la ira había desaparecido. Con toda la paz interior que le fue posible, suspiró y su cuerpo comenzó a brillar en una preciosa luz escarlata que pronto coloreó el horizonte. Se produjo una reacción en cadena similar al estallido de un big bang en miniatura y tanto él como Alan quedaron atrapados en un círculo de luz, una efímera esfera luminosa que escupía energía por cada partícula de la que estaba formada. Alan se llevó tal sobresalto que retrocedió hasta que la espalda tocó en la pared y la burbuja le proyecto una terrible carga, más letal que la de la maldición cruciatus. Rendido, se desplomó en el suelo jadeando.
-Orión...- Anya, con mucho esfuerzo y los ojos abiertos de par en par, logró incorporarse. Su compañero no se dio la vuelta. No se atrevió a mostrar su rostro, fundido con el inmenso poder que había desencadenado. No tuvo valor para mirar la efigie que lo observaba con terror. Anya era, probablemente, uno de los pocos arcángeles que conocía la estrategia que iba a seguir. Y sus ojos, anegados en una cortina de lágrimas que se resistían a abandonarlos, estaban suplicando la redención.
-Es la única manera.- fue lo único que surgió de los labios de Orión y Anya supo que ni reuniendo todo su poder, había forma de detenerlo. Sólo el propio Orión poseía la capacidad de neutralizar aquella enorme vigorosidad, sólo él, podía ahogar la corriente de luz que se estaba desatando.
Tras sus palabras, cerró los puños y los cabellos le hondearon alrededor del rostro. Se produjo una especie de vendaval dentro de la propia burbuja y la presión se disparó. Alan, tendido en el suelo, yerto, trató de despegar las mandíbulas que se le habían encajado a causa de la fuerza de la gravedad. Con mucha dificultad distinguió a Orión entre el polvo de luz que proyectaba la esfera y comprobó que la gravedad no le afectaba como a él. Parecía estar acostumbrado a ella.
Aquella repentina muestra de poder captó la atención de todo el mundo. Como si el mundo entero se hubiese quedado sin habla, como si un paréntesis hubiese condenado al silencio, la batalla cayó en el olvido. Lewis y Remus, que peleaban ardientemente, quedaron iluminados por la energía que Orión había desencadenado. La luz despertó a Christine que, aturdida, quedó embelesada ante la imagen que le ofrecían sus ojos.
-¡NO!- gritaron Remus y Lewis al unísono, pero ambos por motivos muy distintos. Ian veía peligrar su futuro si eliminaban a su más poderoso aliado, incluso ahora que parecía tener sujeta la sartén por el mango. Y Lupin, desolado, casi podía sentir la agonía de Alan envuelto en aquel manto asfixiante de gravedad.
-¿¡Qué es esto!?- rugió Alan. Estaba tan enfadado que la ira no daba paso al miedo.- ¡Te ordeno que lo detengas!- sin embargo, Orión estaba absorto en su trabajo. Pese a llevar los ojos abiertos no parecía estar mirando hacia el frente, sino a un horizonte desconocido hacia donde estaba a punto de condenar a su mayor enemigo y condenarse él mismo también.
-Es un pequeño preámbulo de lo que viene a continuación. Es un Némesis. Un Apocalipsis.
-Te mataré- amenazó Alan. Se puso en pie empleando todas sus energías y adelantó las dos manos, con las palmas extendidas. Orión cerró los ojos, al parecer, más concentrado todavía.
-Adelante.- dijo.- Puedes tratar de emplear tus poderes contra mí. Pero te prevengo. Observa a tu alrededor. Estamos en un espacio muy pequeño donde mi energía viaja a la velocidad de la luz, matando toda forma de vida existente. Nos está consumiendo.- aclaró.- Aunque no puedas verla, se introduce en nuestros cuerpos rápidamente y va matando nuestras células, así como el propio oxígeno que reside dentro de esta burbuja. Muy pronto, cuando la energía viaje a su éxtasis más pronunciado, la esfera reventará y ambos moriremos. Pero eso solo ocurrirá si tienes mucha suerte y tus células resisten hasta ese momento. Te aseguro que es mucho más plácida una muerte producida por una explosión que la lentitud con la que perecerías si desaparecen todas tus células. No obstante, la presión es tan potente que si decides tratar de matarme con cualquier tipo de fuerza explotaremos antes de tiempo.- Alan se mordió la lengua y retiró las manos ante la mirada atenta de Orión. Fue entonces consciente de que estaba perdido. Iba a morir allí mismo sin que pudiera hacer nada para salvarse. Orión, en una actitud de locura, iba a suicidarse con tal de destruirlo. Y por más que observara las próximas paredes de la esfera, no hallaba una salida posible. Estaban atrapados.
A Dumbledore se le cayó el pesado volumen de "Encantamientos en todos sus niveles" al suelo. El castillo entero parecía estar tiritando. Era un leve tintineo, pero se percibía perfectamente.
-Algo grave está a punto de ocurrir.- vaticinó. Michaela, que jugueteaba con uno de los cachivaches del director, asintió apesadumbrada.
-Pero...me temo, que ya no puedes hacer nada.- el director recogió el volumen que estaba a punto de ojear y lo devolvió a la estantería.
-Tú lo sabías. Lo has visto.- Michaela volvió a asentir.
-En efecto y...debo advertir que no hay forma de evitarlo. Esto debía suceder. Debe suceder. El futuro de todos depende mucho de lo que todos ellos estén dispuestos a sacrificar. Hoy nacerá un nuevo héroe y sin embargo...su nombre jamás será resaltado. Pues a un héroe verdadero no se le mide por la magnitud de su fuerza...sino por la grandeza de su corazón.
-Hablas con dolor, amiga mía.- hizo notar Dumbledore.- Eso solo puede significar que lo que ocurrirá hoy en la batalla...no será ni de tu agrado, ni del de nadie.
-Así es, Dumbledore, así es...esta noche no habrá ningún vencedor...
-Santo cielo.- Remus se instaló a la derecha de Anya y le colocó una mano en el hombro. La chica tembló bajo aquel contacto y los ojos volvieron a anegársele en lágrimas.
-Morirán los dos.- confesó, con el corazón en un puño.- Orión utilizará toda su energía para hacerla explotar.
-Hay que detenerles.- gritó Remus. Su voz quedaba apagada por el ruido que producía la energía de Orión.- ¿Cómo...?
-No hay forma.- Christine, con gesto de dolor en el rostro a causa de las quemaduras, llegó a la altura de los dos. Anya bajó la mirada hasta observarle las manos y tragó saliva. Los ojos de la mujer estaban fijos en la figura de Alan, que está vez sí, asustado, miraba en todas direcciones tratando de encontrar un hueco por donde escapar.
-¡Tienes que buscar la forma de sacarlos de ahí, Chris!- rugió Remus. Y olvidando que su mujer estaba seriamente herida, la zarandeó con desesperación.- No puedes permitir que Alan muera.- Christine le dirigió una mirada que helaba la sangre y se soltó bruscamente. Anya los observaba en silencio, con el corazón encogido de dolor. Estaba a punto de perder a Orión y podía haberlo evitado. ¿Cuántas oportunidades de matar a Alan había tenido? Cientos de ellas...y jamás lo había logrado. Sencillamente, era incapaz. No podía dejar de pensar en la atracción que él ejercía sobre ella y se dio cuenta de que era la misma que la había acompañado desde la infancia. Sin embargo, el Alan que estaba atrapado buscando la salvación afanosamente no se parecía ni de lejos al que ella conocía. Este Alan, todavía tenía miedo a la muerte.
-No puedo.- respondió Christine, sacando a Anya de sus pensamientos. Remus la sujetó de nuevo por los hombros y la fulminó con la mirada.
-¡Lo que no puedes es ver morir a tu hijo!- las palabras tan duras de su marido provocaron que Christine desviara la cabeza.- ¿Entonces para qué se sacrificó Harry? ¿Entonces para que sufrió tanto para que fueras feliz? ¡Mírale, Chris, porque está ahí delante y se está muriendo! ¿Y sabes porqué? ¡Porque quiso salvar a Alan!
Bajo el dolor de Christine, todos los demás observaban el espectáculo anonadados. Lewis, temeroso él mismo de la enorme cantidad de energía que desprendía el cuerpo de Orión, fue retrocediendo lentamente, alejándose del peligro. Alan, en una búsqueda desesperada, dio con él.
-¡Pater!- gritó descorazonado. Cayó arrodillado pero no de la presión, sino preso del pánico a morir. En aquel estado, con un Orión sereno a su lado, parecía más niño que nunca. Y recurría a aquello que recurrían todos los niños.- ¡Pater, ayúdame! ¡Sácame de aquí!- no obstante, los gritos de Alan no enternecieron el corazón frío de Lewis, que impasible, continuó retrocediendo, siendo víctima de todas las miradas. Christine apretó los puños quemados con tanta fuerza que se estaba provocando más heridas. Alan golpeó el suelo con las manos y las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas.- ¡Tengo miedo! ¡Por favor, pater, ven! ¡Tienes que ayudarme!
-¡Yo no soy tu padre, estúpido!- confesó Lewis, muerto de la vergüenza. Todos sus mortífagos y aliados estaban allí para observarle. Todos con la boca abierta, pensando que el poder de un arcángel tan poderoso podía confrontar al de Orión. Sin embargo, Lewis no sabía cómo utilizarlo y aunque lo hubiera sabido, no estaba dispuesto a arriesgar la vida por Alan. Le daba absolutamente lo mismo la existencia del mocoso. Ya poseía su poder y había debilitado a Harry tanto como para destruirlo. Ian Lewis era el arcángel con mayor poder.- ¡Tu padre está muerto desde hace más de veinte años!- y bajo el asombro de Alan, Lewis recobró su apariencia normal. El rostro que Harry y los demás habían visto dar clase de Pociones en Hogwarts.
-No...- a Alan se le había venido el mundo encima. La oscuridad que había poblado sus ojos hasta el momento, desapareció tan rápido como se había presentado, dejando a su paso unas preciosas pupilas azules, cargadas de miedo.
-Te lo advertimos.- susurró Orión. No le daba ninguna lástima. Estaba frente a un Alan, tal vez restablecido, tal vez, el mismo niño de cinco años que se había encontrado al llegar y sin embargo, su odio y su determinación eran mayores.- Pero no quisiste creernos.- Alan, llorando, levantó la cabeza para mirarlo. Habían bastado unas pocas palabras para despertarlo del trance al que Lewis lo había sometido. Y la realidad era insoportable. El falso Dani había roto las manipulaciones, el efecto de las maldiciones y las pociones a las que Alan había sido abducido. Todo ello, sumado a la verdad expresada por el propio Lewis, habían devuelto la infancia a Alan, lo habían devuelto a la realidad.- Es muy tarde para retroceder. Has sido un buen rival, pequeño, pero tu suerte se ha agotado...
-¿Por qué?- gritó Alan a la desesperada.- ¿Por qué me odiáis tanto? ¿¡Por qué queréis destruirme!? ¿Cómo es posible que lo supierais todo?
-¿Es qué has olvidado todo el daño que has causado, mocoso?- bramó Orión. Había perdido un poco la concentración y en su descuido, la energía les dañó a ambos, aunque ninguno se quejó.- Mataste a Peter Pettigrew, a niños, a mujeres, a un montón de personas que no habían cometido ningún crimen. Fueron víctimas de tu arrogancia, de tu despotismo, de tu mal uso de la magia.- Alan, que parecía haberse olvidado de todo aquello, fue dibujando en su mente las imágenes de todos aquellos crímenes.
-¡NOOO!- rugió al borde de la locura, sujetándose la cabeza con ambas manos mientras las imágenes seguían sucediéndose. Orión lo hacía posible. Había creado una especie de pantalla en el que los crímenes de Alan se iban reproduciendo como si fuera una televisión.- Yo no lo hice...- el niño dirigió la mirada hacia donde estaban Remus y Christine, que lo observaban con profunda compasión. Christine, agonizada con la tortura que Orión le estaba inflingiendo a su hijo, estuvo a punto de desmayarse, sosteniéndose el estómago como si hubiera tenido un ataque. Entre Remus y Anya la sujetaron.
-Este es tu castigo.- continuó Orión, deleitándose con el sufrimiento de su enemigo.- La muerte será tu redención, tu única oportunidad de liberarte de tus crímenes.- con un movimiento de la mano, las imágenes volvieron a cambiar.- Quieres saber porqué te odiamos.- siseó.- Quieres saber porqué vinimos a destruirte...- la pantalla estaba a punto de rebelar la escena.- ¡pues este es el verdadero motivo!- la televisión provisional proyectó la escena que su creador había seleccionado de sus propios recuerdos. Era un lugar desconocido para todos los presentes y la persona que enfocaba la pantalla no era otra que Christine.
Mientras todo aquello acontecía, Heka ayudó a Troy a ponerse en pie y juntos caminaron hacia donde estaban los demás. Los dos habían resultado heridos, pero ninguna de sus lesiones era lo suficientemente preocupante. En cuanto Ron los vio acercarse corrió hasta ellos para ayudarles a llegar. Ningún mortífago o ser mágico se había interpuesto en sus caminos, pues la batalla estaba totalmente interrumpida.
-¿Cómo está?- preguntó Heka, dejándose caer a la izquierda de Harry y analizando su lamentable estado, tratando de tragarse el orgullo. Ginny la miró de reojo.
-Mal.- Heka cerró los ojos y acercó una mano tentativa a la frente de su mejor amigo. Ginny no se lo impidió. La frente de Harry estaba helada, como un cadáver.
-Harry es fuerte.- repuso Hermione. Apretaba los puños con fuerza mientras miraba hacia el epicentro de los sucesos, hacia el lugar del que todo el mundo estaba pendiente.- Se pondrá bien.
-Si pudiera ver lo que está pasando con Alan…- se lamentó Troy. Ron le estaba ayudando a vendarse la cabeza con un trozo de túnica que se había arrancado.- Seguro que iba a partirle la cara a Orión…- Ginny parpadeó tratando de acostumbrarse a la enorme cantidad de luz que refleja la esfera luminosa. Estaba de acuerdo con las palabras de su amigo y deseaba con todas sus fuerzas detener a Orión. Pero no tenía forma de hacerlo. Algo en su interior la retenía allí, al lado de Harry e incluso la incitaba a no hacer nada para despertarlo de su descanso. La ignorancia era una bendición en aquel caso y para cuando Harry abriera los ojos de nuevo, todo aquello habría concluido. De una forma u otra.
-No entiendo lo que pretende Orión.- se lamentó Ron, a su vez.- ¿Creéis que destruirá a Alan con esa enorme esfera?
-Morirán los dos.- aclaró Hermione, con la mirada ausente.- Es un suicidio.
El espasmo que recorrió a Alan al ver a su madre en la pantalla que Orión estaba ofreciendo no fue nada comparado con el que sintió la propia Christine.
-No…-Anya, que había estado ayudando a Remus a sostener a Christine, la soltó de repente y avanzó un paso al frente.- No es…posible.
-¿Qué está ocurriendo?- exigió Remus. Sentía una enorme opresión en el cuerpo y deseaba por todos los medios que Orión no mostrase lo que ofrecía la pantalla. Anya no le hizo caso. Estaba demasiado ensimismada en aquella imagen.
-Observa.- dijo Orión. Cerró los ojos una vez más y se colocó una mano en la sien. Los dedos le brillaron casi tanto como la esfera en la que estaban atrapados y después, la pantalla se mostró mucho más nítida.- Este es…mi recuerdo.
"Christine sujetaba con fuerza el mango de su espada. Caminaba con cautela, agazapándose entre las pocas sombras que los edificios de Córdoba podían ofrecer a las ocho de la mañana. Conocía el camino, había trazado la ruta en su mente más de una veintena de veces. Sentía el latido del corazón bombeándole en el pecho. Aquella era su última oportunidad. La pérdida de Harry, tres años atrás, la habían marcado para siempre. No podía continuar evitando el desenlace.
Cruzó el puente que separaba el escondrijo de los arcángeles del territorio de sus enemigos. Ninguno le salió al paso. A aquella hora, ningún mortífago hacía guardia pues era impensable que un arcángel se dejara ver a plena luz del día, era prácticamente un suicidio. A cada paso que daba, escuchaba resonar sus pasos, taladrándola los recuerdos. Tenía los ojos hinchados. Había tratado de llorar durante toda la noche, había tratado de llorar al acariciar los mechones de su pequeña, pero las lágrimas le habían negado aquella última petición.
-Estoy sorprendido.- siseó una voz a sus espaldas. Christine acababa de cruzar el puente y el primer paso que había dado en territorio enemigo había sido detectado por la persona a la que deseaba ver.- Reconozco que has sido muy valiente.
-Ángel.- susurró Christine, dándose la vuelta lentamente e inclinando la cabeza ligeramente, a modo de saludo.- He venido a apelar a ti por última vez.
-Seguro que será la última.- asintió el muchacho. Su aparición había sido en el bordillo del puente y de un salto se colocó enfrente de la mujer.- Porque no saldrás viva de aquí.- Christine guardó silencio. La ironía del ángel caído era tan grande que la dañaban por dentro.
-No he venido a pelear. He venido a llevarte a casa.- el ángel abrió los ojos como platos y extrajo de la vaina a Haiaas. La espada emitió un leve tintineo y soltó de la punta unas chispas blancas, similares a copos de nieve. Sin permitir a Christine que continuara, se abalanzó sobre ella y logró alcanzarla en el hombro. La mujer retrocedió y también extrajo su espada. El hombro se le había congelado sobre una herida muy fea.- Tienes que escucharme.
-¡Silencio!- ordenó el ángel. Parecía furioso. Christine era, probablemente, la única persona que lo sacaba de sus casillas.- No quiero escucharte.- y volvió a tratar de envestir, aunque en esta ocasión, la mujer fue más rápida que él y lo retuvo.
-¡Alan!- gritó, con los ojos inyectados en sangre y aquel nombre, por el que jamás nadie había vuelto a llamarle en años, despertó un vínculo en el corazón del ángel, que lo enfureció todavía más.
-Yo no respondo a ese nombre. ¡No te atrevas a utilizarlo!- Alan extendió la mano derecha y soltó un potente haz de luz negra que atravesó el pecho de Christine limpiamente, como si se tratase de una aguja incrustándose en la piel. La arcángel emitió un ruido sordo, vomitó una bocanada de sangre y sujetándose la herida mortal, cayó arrodillada al suelo.- el ángel jadeó, soltó a Haiaas y se llevó las dos manos a la cabeza, gritando de agonía.
-A…Alan…- tartamudeó Christine. Alargó una mano, presa del terror y el hedor de la muerte y resbaló hacia el suelo, tiñendo el asfalto de rojo.- ¿por…por…qué…?- el ángel se estiró el pelo y se arrancó un par de mechones de cuajo, se arrodilló en el suelo también y trató de alcanzar a Haiaas, pero las manos le temblaban.
-Tengo que matarte…- castañeó. Los dientes le temblaban violentamente.- No estaré tranquilo hasta que no desaparezcas.- al fin, logró sujetar a Haiaas y la levantó. La espada pesaba mucho más de lo normal. Se había derretido el hielo que la recubría y el agua se introducía por todos los rincones. Christine vomitó una nueva bocanada mientras veía a su hijo acercarse con la espada en alto. Vio sus ojos cuando apuntó con Haiaas, vio la expresión de su rostro y supo, que aunque ella no lo había logrado, siempre había tenido razón.
-Remus me lo dijo…todavía queda algo bueno en ti…- Alan apretó la empuñadura de la espada y allá donde había efectuado la primera herida la incrustó con todas las fuerzas que le quedaban. Christine gritó en agonía, su cuerpo comenzó a brillar hasta expulsar a Haiaas de su cuerpo y lanzar por los aires a Alan, que parecía ser el que padeciera todo el dolor y después, como un suspiró, la luz desapareció.
Alan trató de incorporarse pero las imágenes se le arremolinaban en la cabeza y apenas podía contenerlas. Aulló como si todas las partículas de su cuerpo le hiciesen daño y se retorció en el suelo. Christine, por su parte, luchando contra la muerte, abrió los ojos y éstos, por fin, se le anegaron en lágrimas."
Orión detuvo la reproducción justo en la imagen de Christine y después giró la cabeza para observar a Anya.
-Lo que ocurrió a continuación…solo puedo extraerlo de tu mente.- dirigió las manos hacia la frente de la chica y ocurrió lo mismo que la vez anterior, aunque Anya, temblando, trató de resistirse.
-¡NOOO!- bramó, cayendo al suelo arrodillada y agarrando la tierra con los puños, desesperada.- ¡No tienes ningún derecho a contar eso! ¡Ningún derecho! ¡Orión! ¡No tienes derecho a morir!- Christine, que no podía creer lo que había visto en los recuerdos de Orión, apretó la mano de Remus todo lo fuerte que pudo. Alan, desolado, abatido, muerto de miedo, de vergüenza y de angustia; la miraba.
-Yo…yo…jamás haría…- Orión, que había conseguido ya el recuerdo que se proponía, le volvió a prestar la atención.
-¿Qué te hace pensar que no matarías a tu madre cuando has matado a otras muchas personas? ¡Nosotros venimos del futuro! ¡Esta es la visión de lo que ocurrirá sino acabo contigo!- con el recuerdo de Anya entre sus manos, lo lanzó hacia la pantalla y la imagen volvió a cambiar, mostrando una escena totalmente opuesta.
-Orión por favor.- suplicó Anya por enésima vez. Se sentía impotente. Iban a revelar su más preciado secreto, iban a mostrar lo más oculto de su corazón, su más dolorosa vivencia.- Si me quieres…si alguna vez me has querido…te lo ruego, detente.
-Demasiado tarde.- repuso el muchacho. Le mostró una expresión de disculpa.- Deben entender porqué.
-¡ORIÓN!
"Christine ingresó por el marco de la puerta y se detuvo a observar la habitación. Era muy pequeña. Lo único que cabía era una cama, un armario menudo y una mesita de noche, donde residía la única pertenencia de la dueña: una muñeca de trapo que la propia Christine había fabricado. Se acercó hasta la cama, donde dormía una niña de unos cuatro años y se sentó en el borde. La pequeña, que se había hecho la dormida, abrió los ojos al distinguir la figura de su madre.
-Te he despertado. Lo lamento.- se disculpó Christine con dulzura. Le acercó una mano a la frente y se la acarició con cariño.
-Estaba despierta, mater.- gruñó la niña, restregándose los ojos legañosos.- Sentí tu presencia.- Christine no respondió. Se quedó unos minutos en aquella postura, rozando suavemente la piel de su hija.- ¿Qué ocurre? ¿Estoy muy despeinada?
-No, cariño.- sonrió y esta vez, su mano se deslizó por los cabellos azabaches.- Estás preciosa.- la niña la observó seriamente y al cabo de unos instantes, dijo:
-¿A dónde vas?- Christine cerró los ojos y sintió que los labios le temblaban.
-Me quedo contigo. Siempre.- el silencio invadió la habitación por enésima vez.
-Mami…¿vas a marcharte, verdad?- Christine sabía que no tenía forma de mentirle a su hija, era demasiado astuta y poseía unos poderes mucho mayores a los suyos, poderes, que la capacitaban para hondar en sus sentimientos.- Estás muy triste.
-Tengo que irme, cariño…- una vez más, Christine rompió la losa de piedra a la que se había habituado y acarició el rostro de su pequeña. Necesitaba aquel contacto como el propio aire. Sentía, que probablemente, aquella iba a ser la última vez que pudiera hacerlo.- Pero volveré…te prometo que volveré…
-No te vayas.- suplicó la niña. Se incorporó en la cama y se lanzó a los brazos de su madre.- Por favor, no te vayas. Tengo un mal presentimiento…- una punzada atravesó el corazón de Christine.
-Tienes que dejarme ir, cariño. Voy a tratar de detener esta guerra. Si lo consigo, tendremos una casa mejor, tendremos más comida y podré comprarte muñecas de verdad.- Christine cogió la muñeca de trapo de la mesita de noche y se la entregó a su hija.
-Entonces prométeme que volverás.- exigió la niña. Christine suspiró, se levantó de la cama, arropó a su hija y susurró:
-Te lo prometo.- caminó hasta el umbral de la puerta y juntó la puerta.- Te quiero.- con todo el dolor del mundo, Christine recorrió el pasillo que llegaba hasta la salida y salió por la puerta. Iba armada con su preciada espada y vestida con una túnica de batalla. La luz del amanecer ya se divisaba sobre el horizonte, cuando salió al porche.
-Vas a tratar de apelar al corazón de Alan por última vez.- afirmó una voz a su derecha.- Christine no se giró. Su marido, abrigado con una bata de estar por casa, se aproximó hacia ella y la tomó por la cintura.- ¿Ya te has despedido?- la mujer lo fulminó con la mirada.
-Lo conseguiré. Sé que Alan no me hará daño…- el hombre la sujetó firmemente por las muñecas, la arrastró hacia la pared del porche y la besó desesperadamente. Christine le correspondió.
-Adiós Christine- concluyó, soltándola de las muñecas y caminando hacia la puerta de entrada. La mujer cerró los ojos.
-Adiós Remus.- y refugiándose entre los árboles que resguardaban aquel lugar, Christine comenzó a correr, dispuesta a llegar a su destino. Ni ella, ni Remus, se percataron de que una pequeña sombra, salía en pos de ella."
Orión deshizo la tortura de imágenes sin mirar y con una sola mano. No se atrevió a observar a Anya cuando habló.
-Yo era aquella sombra. Yo la seguí hasta el territorio de nuestros enemigos. En condiciones normales una persona tan admirable como Christine Byrne me habría detectado.- hizo un parón para tomar aire y añadió:- Pero aquellas no eran condiciones normales.- Anya no podía dejar de temblar. Estaba prácticamente tirada en el suelo, arrugando los pliegues de su única túnica y sollozando sin poder evitarlo. Christine le había girado el rostro. Acababa de comprobar cual era el significado de las palabras anteriores de Orión. Acababa de comprender lo que era el futuro. Aquella niña, dulce, inteligente, precavida e intuitiva era su hija, la hija que esperaba desde hacía unos meses, la que residía en su vientre y que ahora se retorcía en el suelo librando una batalla contra sus propios recuerdos. Remus se separó de su mujer no sin antes dirigirle una mirada cómplice, una mirada hacia el vientre que tan laboriosamente Christine se había estado cubriendo durante toda la batalla. No le reprochó su silencio y tampoco dejó que se justificara. Su único pensamiento estaba puesto en la chica que tenía a su izquierda. Trató de agacharse y tanteó con la mano, pero no se atrevió a tocarla, todavía no se sentía con derecho a hacerlo, a consolarla, a alentarla cuando la habían juzgado desde el principio. A Remus se le escapaban montones de cosas de las manos, cosas que no entendía, pero Anya había regresado al pasado sabiendo que iba a encontrarse a una Christine antes de morir y ahora estaba presenciando su muerte sin que Orión tuviese ningún reparo en mostrarla.
-Lo siento, Anya.- murmuró el muchacho, sobrecogido.- Te he mentido todo este tiempo. Logré llegar hasta Christine antes de que se le apagara el último suspiro, logré llegar cuando el ángel se marchó en medio de su locura. Estaba viva, pero ya no podía curarla. No hubiera sabido hacerlo, pero aún así, era demasiado tarde. Me…me rogó que te pidiese perdón en su nombre, me lo rogó cuando el último hálito de vida se le estaba extinguiendo. Tu nombre, fue el último que pronunció.- Anya escuchaba atentamente. No podía parar de sollozar, pero todo aquello era nuevo incluso para ella.- Pero yo no lo hice- prosiguió Orión.- No lo hice porque pensé que mientras mantuvieras la esperanza de que tu madre regresaría no sentirías el dolor de su pérdida, no sufrirías. Traté de evitarte un gran mal y funcionó.- Orión había llegado al quid de la cuestión, el punto clave. Respiró hondo y su mirada y la de Christine se cruzaron.- Pero ese dolor se convirtió en odio. Ese fue, quizás, mi único error para contigo. Y la única razón por la que debo pedirte perdón, Christine.- la profesora no fue capaz de concedérselo aún cuando sabía que Orión respiraba su última exhalación de vida.- Por eso y por arrebatarte la vida de tu hijo.
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