CAPÍTULO 30: SENSE AND SENSIBILITY
(SENTIDO Y SENSIBILIDAD)
-Estás envuelto en una dulce locura.- fue la sentencia de Christine.- Dulce porque tu penitencia es tu propia muerte.- Orión ya le daba la espalda. Volvía a centrar todo su interés en Alan, que estaba aterrorizado.
-Eres tan astuta como te recuerdo, Christine. ¿Qué puede importarme ya la vida? Nunca tuve miedo a la muerte. Si luché, si sangré, si grité y me desesperé fue por llevar a cabo mi venganza y ahora puedo acariciarla. No...no tengo ningún motivo que me envíe al arrepentimiento. Sólo hay una persona que tiene verdadero derecho a pedirme que me detenga y está arrodillado a tu derecha.- Christine miró de reojo a su marido que sostenía entre sus brazos a una Anya más calmada.- Muchas gracias, Remus.- añadió Orión.- Nunca tuve la oportunidad de dártelas. Gracias por cuidarme, por protegerme, por verter tu sangre por mí. Eres la única persona en este mundo corrompido que merece mi reconocimiento. No puedes saber lo que ocurrirá, pero confio en que Anya te lleve al entendimiento de mis palabras. Y por favor, perdonáme, pero hoy debo llevarme a tu hijo...
-¡Espera por favor!- gritó Remus. Orión le otorgó un último regalo. Mientras su cuerpo se inundaba en una luz más nítida, cerrando los ojos, se iban formando imágenes de sus propios recuerdos. Eran viñetas muy diversas, sin ningún tipo de coherencia, frases sueltas, pero bastaron para que el Remus que Orión tenía a su espalda poseyera los recuerdos futuros del Remus del mundo del muchacho. Pudo "recordar" cómo abrazó a un niño pequeño que había perdido a su madre, pudo recordar cómo se jugó la vida para ir a conseguir comida, recordó el hambre que sentía mientras se la proporcionaba a dos pequeñas figuras, pudo sentir una cálida felicidad al sonreír a través de otros labios, pudo incluso palpar en sus recuerdos el dolor de una herida provocada por un mortífago y la sangre resbalando por su brazo. Pero estaba a salvo. Tan sólo habían sido flashes.
-Gracias Remus.- repitió Orión. Cerró los ojos y una solitaria lágrima resbaló por sus mejillas.
-No lo hagas...te lo ruego.- suplicó el licántropo.- Piensa en Anya, piensa en Christine, piensa si quiera en mí...antes dijistes que era la única persona con el derecho a pedirte que te detengas...entonces, Orión, por lo quemás quieras, no te lleves a Alan...
-Me temo...- siseó Orión y la esfera en la que él y Alan estaban atrapados comenzó a viajar a la velocidad del pensamiento.-...que hoy debo desobedecerte...- lanzó un grito al cielo y la burbuja se preparó para la explosión.
-¡Atrás!- gritó Remus. Agarró a Anya del codo y la arrastró para ponerla a salvo.
-¡Va a estallar!- exclamaron Ron y Hermione al unísono. Ambos se agacharon para proteger el cuerpo de Harry que seguía inconsciente a pesar del barullo que se había formado a su alrededor.
Orión apretó los dientes cuando sintió la opresión que su propia energía estaba efectuando en el interior de la esfera. Contempló como Alan se hacía un ovillo en el suelo y trataba de deshacerse de ese abrazo invisible que cada vez le impedía más respirar. Su piel y la de su enemigo se estaba desgarrando al recibir continuamente los cortes que les propinaba la propia presión.
-Pronto terminará.- vaticinó Orión. Se cubrió con la capa para protegerse un poco más.- Ya no hay nada que yo pueda hacer para detenerlo.
-No resisto más...- oyó gimotear a Alan. Orión lo entendía perfectamente. Para él resultaba una agonía tremenda soportar la presión del poder de su energía y para Alan, que apenas tenía 6 años, debía resultarlo todavía más.- ¿Es qué no tienes miedo a morir?
-¡No tengo miedo al fuego eterno! ¡Pero el silencio es algo frío! ¡Y tú me lanzaste de cabeza hacia él! ¡Hoy voy a estar en paz después de todos estos años! Hasta pronto...has sido un digno rival, pero ahora todo ha terminado...espero poder volver a encontrarte en otra vida...en otro mundo...en otras circunstancias...algún día, cuando nos volvamos a ver, te derrotaré en igualdad de condiciones...- Alan alzó la cabeza lo justo como para comprobar que las palabras de Orión eran del todo sinceras, pero no las comprendió. No podía comprenderlas y menos ahora, que acababa de salir de un trance. Orión elevó los brazos al cielo y pronunció unas palabras que sólo unos pocos pudieron alcanzar a comprender.- iAllea jacta est.../i- su voz, en idioma arcángel, era mucho más hermosa. Los ojos de Anya y los suyos se sincronizaron en la misma expresión de tristeza.
-¿Qué es lo que ha dicho?- murmuró Remus, mirando hacia la chica. Anya lloró. Lloró por Orión y por la pérdida que estaba a punto de sufrir. Y cuando tradujo aquellas últimas palabras lo hizo pensando en que sólo podían ser pronunciadas por un líder como el arcángel, por una persona de extraordinarias facultades.
-Ha dicho...i"la suerte está echada..."/i
Sin embargo, la profecía de Orión se vio interrumpida por un hecho que ni siquiera alguien como él podía haber previsto. La única figura que no se había puesto a cubierto de la explosión era la de Christine. Orión pensó que la mujer había perdido la cordura un segundo antes de comprender lo que estaba a punto de hacer. Y entonces, sólo entonces y sólo por aquel momento de duda, se arrepintió de lo que había causado.
-Has subestimado mis poderes.- sonrió la arcángel. A pesar de las quemaduras en sus manos parecía mucho más temible que cualquier enemigo al que se había enfrentado el chico y entendió por fin de donde provenía la oscura mirada que poseía el ángel caído. Desenvainó su espada y la sujetó por la empuñadura con ambas manos.
-No te atrevas.- le previno Orión con los ojos inyectados en sangre. No era una amenaza, más bien una prevención.- Pondrás en peligro a la niña que llevas en tus entrañas. Christine, créeme, no merece la pena...ya perdiste a tu hija en una ocasión, no te atrevas a volver a hacerlo. ¡No ahora que la tienes delante! ¡No la traciones!- Christine no se volvió para mirar a Anya, que petrificada en los brazos de su padre, deseaba con todas sus fuerzas que Christine le mostrara ese cariño que se había proyectado en sus recuerdos, un ápice de humanidad que se había representado en aquella pantalla creada por Orión. Pero Christine se adelantó un paso con Calipso en ristre. La espada brilló significativamente.
-Tú no puedes entenderlo. Nadie puede entenderlo. Tú...ahí...plantado...¡no puedes jugar a ser Dios conmigo! ¡No puedes saber lo que significa Alan en mi vida!- y Christine, como cualquier madre protegiendo a su hijo, se lanzó a la esfera de luz con Calipso por delante. Sin pensarlo, sin apreciar las consecuencias, sólo llamada por el ferviente deseo de salvar a Alan, que inmóvil, aguardaba el desenlace con resignación. Un Alan, cuyo corazón se estaba abriendo al sacrificio de su madre. Cuando vio allí a Christine, sometida a las heridas que la esfera le estaba produciendo, se dio cuenta por fin de todo el amor que ella le profesaba. Se habían acabado los malos recuerdos, las pesadillas, las discusiones; en su corazón, Christine ahora se representaba como una madre bondadosa que estaba dispuesta a dar su vida por él, por él, que le había hecho tanto daño. Había tardado Alan en comprender que la arcángel sólo había sido estricta con él para protegerle, que jamás le había mentido respecto a Dani y que, por mucho que Alan lo hubiera negado, Remus era su padre y Harry su hermano. Aquella era la verdad más universal de todas y Alan, confuso, temeroso de sus propios fantasmas y rebosante de un poder que no comprendía, la había malinterpretado. Por ello, cuando Christine colisionó contra la barrera de energía que cerraba la burbuja y la propia energía de Orión se rebeló contra ella, tratando de expulsarla, deseó más que nunca que su madre desistiera en el intento. No obstante, Christine no se detuvo. Comprendió que el poder de Orión era inmenso y que atravesar la barrera iba a requerir de un poder mayor, pero ella poseía una renovada energía, la energía del ferviente deseo de salvar a Alan, de hacerlo ahora, cuando no había podido hacerlo antes. Evocó en su mente el recuerdo de la llamada desesperada de su hijo cuando sólo era un bebé, cuando los mortífagos atacaron su casa, cuando Dani se interpuso para salvarlo y su tardía llegada. Christine había encontrado a su esposo y a su hijo muertos y no había podido auxiliarlos. Por eso estaba allí, por eso ahora, debía, necesitaba, precisaba salvar a Alan. Todo ese deseo se proyectó en la mente del pequeño. Comprendió los sentimientos de Christine, la comprendió a ella, y se sintió, por primera vez, rebosante de cariño. Dani, su madre, Remus, Harry...todos habían arriesgado sus vidas por él.
-¡Chris!- gritó Remus. Quiso correr hacia ella, quiso otorgarle parte de su poder, quiso luchar con ella para romper aquella costosa barrera, pero Anya le detuvo.
-No vayas...tú no tienes la energía de un arcángel...morirías al simple contacto.
-¡Pero tengo que ayudarla!- se desesperó el hombre, tratando de zafarse.
-Por favor, Remus...papá...- Lupin detuvo la resistencia ante aquello. Miró a Anya intensamente y se dio cuenta de lo desesperada que estaba.- No quiero perderte.- aquel mágico momento entre ambos se vio roto por la explosión que se produjo a continuación. Christine lo había logrado. Inexplicablemente para Orión, cuya energía era la explosión de sus propias partículas, la mujer había atravesado la barrera. Cayó en el centro de la esfera, exhausta y visiblemente herida, pero con Calipso chismorreando en sus manos, rebosante de vida.
-¿Cómo?- tartamudeó Orión. En aquella ocasión, era él el que temblaba. Todas sus esperanzas acababan de evaporarse tras esa hazaña, se veían peligrar. Christine, la todopoderosa y legendaria Christine de la que él tanto había oído hablar, hacía honor a todos sus calificativos. Y aun arrodillada, herida y cansada poseía aquella magnitud que había hecho retroceder al mismísimo Lord Voldemort.
-No te llevarás…a mi hijo…- respondió y con toda la fe del mundo, alzó la mano en dirección a Alan, suplicándole con la mirada.- Ven conmigo.- Alan dudó. En sus ojos, se reflejó el abatimiento de Orión que seguía plantado enfrente suyo, pero que había perdido todo uso de arrogancia. Ya no parecía nada peligroso, más bien, un niño inofensivo. Christine se lo había arrebatado todo en un momento y Alan, en su interior, pensaba que no se lo merecía. Dudaba incluso de que él mereciese ser salvado, si era verdad todo el daño que había causado. No podía comprender la mirada de ternura de su madre cuando esta había visto unos, minutos atrás, como él la asesinaba a sangre fría. Sin embargo, la esperanza que Christine había depositado en aquella acción suicida era tan grande, que Alan se sentía embargado de una inexplicable emoción y aquella fuerza, lo impulsaba a tomar la mano de su madre.- Alan…te lo ruego…permíteme ayudarte…- ambos clavaron la mirada en el otro.
-Ma…má…- pronunció el niño y cuando rozó los dedos de Christine una intensa energía los rodeó a los dos. Alan se lanzó a los brazos de la mujer y Christine, tiritando de dolor, de miedo, de rabia y de emoción, suspiró largamente al sentir el cuerpo de su pequeño entre sus brazos. Y ya no le importó nada más. Ni las quemaduras, ni todo el daño que había recibido su cuerpo, pues volvía a recuperar a Alan, otra vez, y lo había logrado ella sola.
-Venga- agregó.- voy a sacarte de aquí. Los dos, de la mano, se pusieron de pie. Christine volvió a mirar a Orión.- Solo quedan unos instantes…la esfera explotará de un momento a otro.- Orión bajó la cabeza lentamente, a modo de asentimiento, pero no se unió a Christine para tratar de salvarse a sí mismo. Él solo no podía y en el fondo, dudaba de que la mujer pudiera ayudarle. La arcángel no se detuvo ni un instante más. Volvió a empuñar a Calipso y en esta ocasión, respaldada por la energía de Alan, que la alimentaba como sanando sus heridas, ambos se lanzaron al campo de luz. Volvió a producirse una explosión, algo mayor a la anterior, signo inequívoco de que la esfera estaba a punto de explotar y momentos después, los cuerpos de Christine y de Alan se proyectaban por el suelo, envueltos en una espesa capa de humo, pero a salvo.
-Por Merlín…- murmuró Remus y escapando de Anya definitivamente, corrió a socorrer a su familia. Los ayudó a levantarse a ambos y como pudieron se alejaron lo máximo posible de la burbuja.
-Orión…- susurró Anya. Impotente, contemplaba el rostro desecho de dolor de su compañero. El muchacho cayó al suelo arrodillado, aguardando su final. Anya sintió como el corazón le latía muy deprisa e hizo acopio de todo su valor. Imitando la acción de Christine, corrió en dirección al epicentro de la esfera.
-¡Detente!- bramó Remus, pero la chica ya no le escuchaba. Estaba centrada en su trabajo. No se precipitó hacia el campo de energía como Christine, sino que se detuvo unos pasos atrás y adelantó los brazos, dispuesta a enfrentarse a la fuerza.
-¡Orión, si tú tienes poder para crear tu propia destrucción yo lo tengo para evitarla! ¡Fui entrenada para matar, para luchar, para asesinar, pero voy a demostraros a todos que también puedo utilizar mi poder para un gran bien!- el cuerpo de Anya se envolvió en un manto de luz blanquecina, tan intenso, que cegó a todos los presentes. Orión, se levantó como pudo del suelo y se pegó a su prisión luminosa, desesperado.
-¡No lo hagas!- gritó.- ¡Anya, todo tu poder destructivo puede matarnos a todos!- pero la chica ya no podía escucharle. Sus preciosos ojos azules se habían emblanquecido, tiñendo sus pupilas irreconociblemente. Su cuerpo se convulsionaba como si estuviese teniendo un ataque y por un instante, por un preciado momento, su energía alcanzó el calibre de la de su hermano. Fue como un rugido de libertad, como el despertar de un largo letargo y Christine, que era la que más cerca estaba de la escena, pudo comprobar como nacía el inmenso poder que habitaba en el cuerpo de Anya y que, muy probablemente, sus maestros habían querido ocultar. Anya era, tanto como Alan, la heredera de Christine y por tanto, aunque mucho más sensible y dulce que su hermano, también poseía un poder similar, un poder, que de ser utilizado en todo su esplendor, podía matar a kilómetros a la redonda. Y, aunque en su futuro podía haber sido la solución para eliminar al ángel negro, los demás arcángeles se habían cuidado de esconder y le habían prohibido a la niña hacer uso de él. Por eso, Orión, Remus y los demás siempre la habían tratado con cariño, tratando de mantenerla al margen de todo mal, tratando de alejarla del dolor, pues el conocimiento de este, podía haberles propiciado la autodestrucción, podía haber llevado al Ángel Caído a tratar de llevarla a su bando y juntos, los dos hermanos, hubieran sido imparables. Muchos años había ignorado Anya la existencia de su hermano, muchos años había ignorado que éste era el ángel y que había asesinado a su madre. No obstante, el poder de la chica había despertado en la única circunstancia posible: que la vida de uno de sus seres queridos corriese peligro.
-Siento que cada átomo de mi cuerpo se cubre de una inmensa energía.- susurró Anya. Movía los dedos en dirección a la esfera que mantenía prisionera a Orión y que estallaría de un momento a otro.- Es como si hubiera nacido algo dentro de mí…algo que solo puedo recordar vagamente…
-Any…te lo suplico…- sollozó Orión. La muchacha jamás lo había visto en aquel estado.- Haz que pare toda esta locura…- sin embargo, Anya no le hizo caso. Cuando sintió que había llegado al éxtasis de su poder, como un titán descontrolado, dirigió todo aquel en dirección a la esfera. Orión, instintivamente retrocedió, pero desapareció en medio de aquel resplandor con un grito de terror. Anya, serena, aguardó a que la colisión efectuara su cometido. Y como una serpiente, la energía de la chica rodeó la de Orión y se la tragó, devorándola con avidez. Se produjo una cortina de humo que fue engullendo la luz y cuando apenas podía contener a una persona, expulsó la figura de Orión por los aires, malherido, pero milagrosamente vivo.
-Asombroso…- titubeó Remus. Protegía a Alan con su cuerpo y sujetaba por los hombros a Christine, que no daba crédito a lo que veía.
-No puedo creerlo.- Ian Lewis, aunque ciertamente alejado de lo que había ocurrido, se había percatado perfectamente de cada detalle. No pudo evitar la tentación de observar a Christine, o más bien, su vientre, que contenía a la criatura capaz de efectuar aquel prodigio. Se relamió los labios, inquieto. Y una macabra idea cruzó su mente. Sin embargo, el miedo lo atenazaba todavía. Si existía un ser capaz de verter todo aquel poder…ahora, no obstante, tenía que planificar su venganza. Todos estaban desprevenidos y si quería que su plan surtiese el más mínimo efecto, primero debía quitarse de en medio a una molesta persona, que afortunadamente para él, debilitaría a todos los demás.
Anya resopló aliviada. Se sentía notoriamente débil y sabía que la causa provenía de la inmensa energía que había liberado de su interior. Había roto la promesa que le había hecho a Michaela tiempo atrás, pero de no haberlo hecho, Orión habría muerto. Y no podía permitirlo. Orión, aunque en un acto suicida, había hecho lo que creía más conveniente, había tratado de salvar el futuro y eso era irreprochable. Y aunque había tenido que recurrir a aquella artimaña, Anya se sentía orgullosa de lo que había hecho. Todavía emergían chispas por su cuerpo y todavía estaba en posesión de aquel poder liberado y aquello, en sus más profundos pensamientos, le agradaba. Aquel poder capaz de hacer temblar al mundo…era un exquisito placer oculto. Con él, podía dominar a aquellos que habían hecho daño a sus seres queridos, podía quizás, salvar el futuro. Miró entonces a Alan, que en el suelo junto a su padre, la observaba con miedo visible. La mirada de Anya era tan dura y penetrante que el niño no podía sostenerla.
-No le hagas daño.- le advirtió Christine, aún cuando Anya no había hecho ningún gesto que descubriera algún tipo de intención. La chica la observó fríamente por aquella amenaza, sin embargo, recordó de inmediato la acción de Christine y se arrepintió casi al instante de lo que estaba sintiendo. Su nivel de energía disminuyó considerablemente al ruborizarse. Christine la había enternecido con su gesto. Y aunque Anya la odiase con todas sus fuerzas por tratarla de aquella manera, por no haberle importado perder a su bebé en el intento de salvar a Alan, no pudo manifestar ningún gesto de rencor hacia ella. Extrajo a Démeter de la vaina y la observó, recordando el nombre que le había dado.
-Destrúyelo…Anya…- tosió Orión.- ¡Ahora estás en posesión del poder para hacerlo!- los ojos del muchacho estaban cubiertos por una cortina negra y centelleaban en un sentimiento de placer vengativo. Anya se quedó parada, con la espada sujeta por el mango con ambas manos y Alan temblando a sus pies, con Remus abrazándolo protectoramente. No lo habían logrado, habían tratado por todos los medios de salvarlo, pero Ian había accedido a él y lo había convertido en la amenaza que ella conocía. Sin embargo, Alan no parecía nada peligroso allí tirado, temblando como el niño pequeño que era y observándola con temor, con esos profundos ojos azules. De la comisura de los labios le resbalaba un hilo de sangre. Ella había visto en ese rostro una mirada distinta, muy distinta a la que había conocido en su mundo, en su futuro. No obstante, ahora conocía al verdadero Alan, al que habría sido si tan solo le hubiesen prestado un poco más de atención, si tan solo alguien le hubiese tendido la mano unos segundos antes de que lo hiciera el falso Dani. Aquel niño que tenía enfrente suyo era inocente, era el que jugaba con la snitch dorada, el que dejaba que Michaela le contase cuentos, el que se aferraba a la mano de Remus como si dependiera de ella. Era el Alan que quería tanto a Christine que hacía todo lo posible por captar su atención, que quería tanto a Harry que le dolía demasiado no ser su hermano de sangre.
-No puedo...- susurró, bajando la espada. El flequillo le cubrió los ojos, impidiendo que los demás pudiesen observar la expresión de éstos.- Lo siento...pero no puedo...
-¿Qué?- Orión la observó sin acabar de creérselo. Encontraba a Anya una persona tan fría y calculadora como podía serlo él, la encontraba su semejante. La había visto eliminar a sus enemigos sin ninguna piedad y ahora, que por fin tenía frente a frente al verdadero causante de que ellos no pudiesen vivir en paz, erraba en su elección, le permitía vivir. Incluso en posesión de un poder que podía hacer retroceder a cualquiera de los presentes y que iba muriendo poco a poco arrasado por la humanidad que aparecía en la chica.- ¡Tienes que hacerlo! ¡Maldita sea, Anya, si no lo haces nos destruirá!
-¡Es mi hermano!- Orión nunca la había visto llorar así antes de aquel día, no obstante, en aquella ocasión percibió un brillo inusual en sus ojos, una expresión de piedad y tristeza que no había conocido.
-Es el asesino de tu madre...de mis padres...¡Si no lo eliminas acabará otra vez con ellos! ¿Es que no te das cuenta? ¡Es malo!
-¡No es verdad!- replicó Anya con la voz dolida.- No es verdad...- observaba a Alan mientras hablaba. Continuaba temblando, sólo tenía cinco años...era un niño inocente, no era el culpable de esos crímenes. Su deber no era matarlo, sino ayudarlo para que nadie le hiciese daño, para que Ian Lewis no pudiese acceder a sus sentimientos y manipularlo.- No es malo...sólo...sólo está equivocado.
-¡Eso es lo que tu padre te ha hecho creer!- miró a Remus rota por la indecisión y encontró en sus ojos una compasión que la desgarraba. No deseaba enfrentarse a aquella lástima, no deseaba dar pena por la extrema situación en la que se encontraba, sin embargo, se sentía cada vez más débil mientras su poder se iba desvaneciendo, lo estaba perdiendo y sentía una inmensa tristeza mientras ocurría. Todos lo habían adormecido y era una parte de ella, una parte que en aquel momento precisaba para continuar de pie, tal vez con vida y lo peor, es que unos y otros trataban de convencerla en su propio beneficio sin percatarse de que Anya ya no podía eliminar a Alan, pues había perdido todo ápice de fuerza. Pero Remus sí lo sabía y por eso la miraba de aquella forma y para Anya era una agonía enorme encontrarse en esa situación de vergüenza, de que su padre la compadeciera. En efecto, había sido Lupin el que le había hecho creer que Alan era inocente, que simplemente estaba equivocado, que lo habían manipulado…y Anya había creído en ello con una fe inquebrantable. Y no era justo que alguien tratase de arrebatarle esa fe, precisamente, porque ante ella tenía la prueba más versátil de que no se equivocaba: tenía a un Alan diferente.
-¡Yo te ahorraré las molestias!- exclamó una voz a sus espaldas. Todo ocurrió en un instante. Ian Lewis se apareció junto a Anya y disparó una bola de energía en dirección a Alan, consciente de su propósito. Anya comprendería el margen de tiempo que otorgó a Remus mucho después, cuando Lewis descubriera sus oscuras intenciones. Pero en aquel momento, mientras el mago tenebroso disparaba la potente bola de energía y veía como Remus, en un intento desesperado por salvar a Alan, se interponía entre medias, no fue capaz de razonar más que el inclemente miedo que se apoderó de su alma en apenas unas décimas de segundo. Alan, que no había podido reaccionar, giró el rostro para observar como a cámara lenta, el cuerpo de Remus era lanzado por los aires, daba una vuelta de campana y se perdía través del precipicio. Antes de caer,Remus perdió el rostro de Christine entre el polvo de la caída. La perdió a ella. Sin haberle dicho por última vez "te quiero", sin haberle acariciado el rostro una vez más, sin haberle preguntado si Ian, disfrazado de Dani, la había hecho mujer. Se quedó con la duda mientras caía y perdía de vista aquellos cabellos sedosos, aquellos profundos ojos azules que brillaban, aquel sonido de su voz.
Anya no fue capaz de pronunciar palabra, no fue capaz de gritar, de moverse, ni siquiera de respirar. Aguardaba, estática, a que Remus reapareciera de un momento a otro, a que se hubiera sujetado al borde del barranco y trepara con esfuerzo para poder volver a ver su rostro una vez más. En su interior, no concebía la idea de regresar a un futuro donde Remus no estuviese, donde, tarde o temprano, olvidaría sus recuerdos juntos. Pero Remus, que trágicamente había tenido un final similar al de su mejor amigo Sirius, no reapareció. No pudo hacerlo, porque aunque pronunciarlo en voz alta era terrible: estaba muerto.
Alan corrió con toda su alma, pero tropezó y calló al suelo. No podía mover la pierna a causa de lo mucho que ésta sangraba, pero necesitaba tocarlo, necesitaba mirar al vacío. Sin embargo, cuando sus fuerzas lo empujaron hacia aquel precipicio y gritó su nombre, sólo el eco le devolvió su voz. Remus había desaparecido y lamentarse ahora era muy tarde. No se rindió. Continuó gritando el nombre de su padre hasta que la voz le falló y con ello, todas sus esperanzas. Pero todo había ocurrido tan rápido…Lewis había interrumpido el intercambio de miradas con Anya y después…Remus había salido disparado hacia el precipicio. Estaba seguro de que la bola de energía no lo había matado y por eso se había aferrado a la esperanza de encontrarlo con vida. Ni siquiera se había percatado del barranco antes, si lo hubiera hecho…
Christine parecía un témpano de hielo inexpresivo. Era como si una pared de acero se hubiese instalado en sus facciones. No se movía, no pestañeaba, no gesticulaba…parecía que ni respiraba. El dolor la atenazaba por dentro. Había perdido la presencia de Remus con la caída, Christine intuía, no, sabía, que Remus no estaba vivo. La niña que llevaba en sus entrañas se revolvió inquieta. Apenas estaba formada, pero su poder de arcángel no podía engañarla…como no engañaba a su versión adulta. Christine no fue a buscar a Alan, lo dejó allí tirado, con su dolor, incapaz de afrontar que el futuro, de una manera desastrosa, sí había cambiado. Las palabras de Orión resonaban en su cabeza…Remus era el único que iba a sobrevivir e, ironías del destino, había sido el primero en caer.
Anya enarboló a Démeter y lanzó un grito desgarrador al cielo. Su mirada se había tornado oscura, una oscuridad que sólo se había proyectado en Alan. Orión, todavía conmocionado, la sostuvo de la cintura como pudo.
-¡Contrólate quieres!- le riñó, tratando inútilmente de sostenerla, pese a que se retorcía en sus brazos. Él también estaba muy nervioso, le temblaba el labio inferior al hablar, pero tenía que ser fuerte por los dos. Nada de eso debería haber ocurrido y lo sabía. Habían cambiado las cosas con su participación y se habían equivocado. La muerte de Lupin suponía el principio del fin y lo comprendían. Habían fracasado, pero no podían rendirse, no ahora que no les quedaba nada.- ¡Tienes que ser fuerte! ¡Tienes que sobreponerte! ¡No podemos flaquear ahora! ¡A nosotros no se nos permite sentir!
-¡Era mi padre!- gritó Anya fuera de sí.- se desembarazó de Orión y corrió tan rápido hacia el precipicio que todo el mundo pensó que se iba a lanzar, pero se detuvo en el borde, al lado de Alan y se arrodilló, agarrando la tierra con los puños, rota de desesperación. Christine apartó la mirada de la escena. El dolor de Anya le hacía daño, tanto, que sentía que el bebé que llevaba en su interior iba a morirse de un instante a otro. Había gritado a todo el mundo que Remus era su padre y Christine no pudo evitar, a pesar de los sentimientos contradictorios que la removían, admirarla por la entereza con la que había llevado todo aquello.
Alan también la miró. Estaban a escasos metros el uno del otro y las circunstancias que los habían reunido allí eran extremadamente dolorosas. Por un momento, sintió enormemente ver a Anya en aquel estado, sobretodo, porque en aquel instante la observaba por primera vez como a su hermana, la hija que esperaba Christine…y Alan no podía evitar odiarse a sí mismo por haberla castigado de aquel modo. Los sentimientos se le escapaban de la mente…se proyectaban en las almas de todos a los que quería…
i"Si pudiera olvidar todo aquello que fui
Si pudiera borrar todo lo que yo vi…
No dudaría.
No dudaría en volver a reír/i.
Hermione, que sostenía a Harry entre sus brazos se llevó la mano a la boca embargada por la emoción. Harry y Remus habían creído en Alan. Habían creído a costa de arriesgar sus vidas, por encima de todo y de todos. Ambos, poseídos por esa fuerza de fe que los hacía tan especiales habían obrado el milagro. Alan había vuelto a ser el de antes o por lo menos, había vuelto al bando correcto, pero a un precio muy alto.
iSi pudiera explicar las vidas que quité…
Si pudiera quemar las armas que usé…
No dudaría.
No dudaría en volver a reír/i.
A Hermione, a Ron, a Heka, a Troy…a todos los que presenciaban la escena se les desgarraba el corazón al sentir las emociones de Alan, que desbordado, no había podido evitar que saliesen al exterior.
iPrometo ver la alegría
Escarmentar de la experiencia
Pero nunca…
nunca mas usar la violencia…/i
Pero aquella plegaria, aquella redención, no iban a devolverle la vida a Remus. Nada de lo que Alan expulsara podría cambiar las circunstancias. Se sentía estúpido, con todo aquel poder entre sus manos, sabedor de todo el daño que había causado e insignificante por no poder enmendarlo.
iPrometo ver la alegría
Escarmentar de la experiencia
Pero nunca…
nunca más usar la violencia…/i
Si hubiera podido borrarlo todo…si pudiera cerrar los ojos y al abrirlos no contemplar el horror del que estaba manchado, si hubiera podido devolver la vida a todos aquellos niños…pero Alan no poseía aquel poder y no conocía a nadie en el universo, a nadie existente que pudiera cambiar los hechos. Las imágenes que Orión le había mostrado todavía le atormentaban…el momento en el que había acabado con la vida de su madre…
iSi pudiera sembrar los campos que arrasé
Si pudiera devolver la paz que quité…
No dudaría.
No dudaría en volver a reír/i.
Christine se sentía tremendamente sola. Era una sensación de vacío que no le permitía respirar. Deseaba acariciar el aire, rozar el cielo, palpar la tierra…cualquiera de esas sensaciones que solo había notado con Remus a su lado. Ahora era una sombra. Un espectro vagando en un mundo que no la comprendía, que no podía comprenderla. Un mundo que no estaba hecho para ella. Christine, una vez, había sentido lo mismo que Alan. Incapaz de salvar la vida de su hijo y de su marido se había convertido en un monstruo, un monstruo, al que nadie deseaba aproximarse. Remus la había liberado de su prisión de hielo y ahora estaba muerto. Sentir las emociones de Alan la hacían sentirse más y más sola. Había vuelto a perder a su hijo y a su marido y en esta ocasión, no habrá más segundas oportunidades…había tenido tantas…
iSi pudiera olvidar aquel llanto que oí
Si pudiera borrar…
Apartarlo de mí…
No dudaría…
No dudaría en volver a reír/i.
Reír…Christine sentía aquel llanto que la desgarraba. Ya no era un ser humano. Se limitaría a existir como un vago recuerdo, algo que está vivo pero que nadie aprecia…algo olvidado. Había estado rodeada de tanta felicidad…por un momento de su vida se había sentido llena, completa, había alcanzado sus sueños más lejanos, lo había tenido todo. Sobre todas las cosas, se había sentido querida. Pero estaba agotada…ya no tenía fuerza ni valor suficiente como para ponerse en pie…y allí, a los pies del acantilado, Christine se rompió en pedazos.
iPrometo ver la alegría
Escarmentar de la experiencia
Pero nunca…
nunca mas usar la violencia…"/i
-Cuanto más pequeño es el corazón más odio alberga.- dijo Lewis. Sonreía. Había logrado desmontar todas las defensas de sus más poderosos enemigos. Ya no tenía rival alguno.- Es curioso…como un simple licántropo…un mago de tres al cuarto…ha sido capaz de fortaleceros y debilitaros al mismo tiempo…Es suficiente, Alan. No luches más contra tu odio. Ha sido el odio más mortífero que he conocido.- Alan alzó la cabeza rojo de ira. La rabia que sentía hacia Lewis era mucho mayor que la que había sentido hacia el mundo. ¿Qué sentido tenía todo si Remus ya no estaba en su vida? Y sin embargo, Alan deseaba hacer uso de sus poderes una vez más. No iba a permitir que aquel hombre que lo había destruido, el asesino de su padre, se burlara de él.
-No te atrevas….no te permito…- mientras los dientes le rechinaban de odio, Alan se había incorporado y avanzaba hacia Lewis inundándose de una extraña luz y que por primera vez desde hacía mucho tiempo, era blanca y nítida.- ¡NO TE CONSIENTO QUE HABLES MAL DE MI PADRE!- empezó a correr cada vez más y su cuerpo, extasiadamente iluminado, sufrió una curiosa explosión. Christine, Anya y Orión, que habían sentido aquella sensación una vez en sus vidas, se quedaron maravillados. Majestuosa, poderosa, embriagadora y rebosante de energía, surgió de su cuerpo una espada blanco-azulada que desprendía unas curiosas chispas semejantes a copos de nieve. Alan, un poco perplejo como el resto, reaccionó a tiempo. Rozó la empuñadura de la espada y Haiaas, reconociendo a su poseedor, lo aceptó de buen grado. Con un grito guerrero, Alan se abalanzó contra Lewis, que había tenido tiempo de montar una buena defensa. El ácido filo de Haiaas colisionó contra el escudo y lo quebró sin ninguna dificultad. Lewis, sorprendido, interpuso la varita entre su cuerpo y la poderosa arma legendaria, pero recibió una herida en el hombro derecho, con el que se había estado cubriendo. No obstante, reaccionando a tiempo, pronunció un hechizo y Haiaas salió disparada de los dedos de Alan, que nervioso por tan inesperados acontecimientos, se vio impulsado hacia atrás y quedó tendido el suelo, ileso, pero con el orgullo lastimado.
-¡No puedes hacer nada, mocoso!- bramó Ian fuera de sí, con una sonrisa demente en el rostro.- ¡Ya no eres un rival para mí! Me he apoderado de tu magia de arcángel y ahora soy mejor mago y mejor arcángel que tú. Ha sido estúpidamente fácil. Sólo había dos cosas que podían surtir efecto para la poción. La primera era un poco de tu sangre y la segunda era que el arcángel en sí cometiera un crimen por venganza.- a Alan se le vino el mundo encima.- Y lo hiciste. Mataste a Peter Pettrigrew. Lo demás fue sencillo. Te engañé. Envenené tu corazón con mentiras, imbécil. Fue muy fácil hacer crecer tu resentimiento hacia tu pobre madre que hubiese dado la vida por ti, hacia tu hermano que hizo posible el milagro de que regresaras o hacia tu padre que te quiso desde el primer día en que te tuvo en brazos, aunque no llevaras la misma sangre.
-Fue así como lo logró…- razonó Orión desde su posición.- Por eso lo de Colagusano.- Christine se sentía muy mareada. De pronto, todas las piezas encajaban en el puzzle y le resultaba desesperante no haberse dado cuenta antes. Pese a todo, tenía que reconocer que Lewis había sido muy hábil al trazar un plan semejante. No obstante, no conocía aquella poción. No sabía que existía un elixir capaz de desposeer la magia de un arcángel para compartirla con otro.
-"No la hay"- habló una voz en su cabeza y Christine supo que era Michaela, que desde algún punto, se estaba comunicando con ella telepáticamente.- "Yo y los demás mayores impedimos que Alan perdiese su magia. Fue un gran riesgo."
-"¿Por qué, madre?"
-"Porque manteníamos la esperanza de que Alan se diese cuenta a tiempo de lo equivocado que estaba."- Christine casi sintió el suspiro de Michaela.- "Si existía otro ser con las mismas habilidades que tu hijo debíamos asegurarnos que existiese una fuerza de resistencia capaz de derrotarlo. No pensamos en las consecuencias, ni tampoco hicimos caso del futuro que nos aseguraba la derrota"
-"Se segaron tantas vidas, madre…"
-"Lo sabemos, Christine…¿pero qué otra cosa podíamos hacer? Anya y Orión parecían reticentes a prestarnos su ayuda, albergaban tanto odio…- Michaela hizo una pausa para tomar aire- Y Harry…Harry luchaba contra su enfermedad…debimos confiar en él, al final, han sido él y Remus quienes han obrado el milagro- ante la mención de Remus, Christine se estremeció.- debimos percatarnos que la solución no estaba ligada a algo mágico…pero ellos son desconfiados y creían en la leyenda. Yo les apoyé, Christine, porque apreciaba la vida de mi nieto. Pero ningún arcángel, tras cometer aquellos atroces crímenes, tras verter su sangre y vengarse con el asesinato de un enemigo, merece mantener sus poderes…Alan ha sido muy afortunado."- Christine sintió como poco a poco Michaela desaparecía de su conciencia y se centró de nuevo en lo que estaba ocurriendo. Lewis, pese a haber demostrado que podía combatir contra el poder de Alan, estaba herido y se reagrupaba con los mortífagos supervivientes.
-Ya no preciso de tu presencia, mocoso. He alcanzado mis objetivos con creces.- Lewis dirigió la mirada hacia el cuerpo inerte de Harry, que era resguardado por sus amigos.- Potter morirá, el licántropo ya está muerto y yo soy el arcángel más poderoso. No tengo nada más que hacer aquí.- y tras decir aquello, utilizó su energía oscura para desaparecer y llevarse consigo lo que quedaba de su ejército.
Alan se desplomó en el suelo rendido. Allí, próximo al acantilado donde había visto desaparecer a Remus se sentía el hombre más miserable del universo. Haiaas lucía a su lado, desparramada por los suelos, pero tan viva que resultaba hermoso contemplarla. La ropa del pequeño estaba hecha jirones y la sangre la manchaba en gran medida, pero nada de aquello podía interesarle. Le habían arrojado una jarra de agua helada, de pronto, la nitidez con la que comprendía las cosas era espeluznante y lo hería cada vez más. Alan lloró. Lloró por Remus, que había muerto para salvarle, lloró por Christine, que había arriesgado su vida y la recompensa había sido el más absoluto de los fracasos, lloró por Anya, que muy próximo a él, se sentía abatida y miserable y sobretodo, lloró por Harry, que inconsciente y luchando por sobrevivir, lo había dado todo y al despertar, recibiría la nada.
Anya sintió con tanta intensidad el dolor de su hermano que se levantó medio herida. Le dolía el cuerpo, pero sobretodo, le dolía el alma. Como si un imán la arrastrara, se acercó hacia Alan tentativamente hasta colocarse frente a él. La invadió una enorme sensación de lástima. Sí, sentía pena de Alan, que había reaccionado tarde y había perdido a la persona que más fe había depositado en él. Recordó al ángel caído, sus ojos azules, cortantes, hirientes, helados…que, no obstante, cuando se dirigían a ella se tornaban ligeramente cálidos y afectuosos. ¿Había podido sentir cariño aquel ser despiadado por ella? Lentamente, Anya acercó una mano hacia la frente de Alan y la rozó con las yemas de los dedos, le acarició los cabellos azabaches y sus miradas, como antaño pero en circunstancias totalmente inversas, volvieron a cruzarse. A fusionarse. A ser una. Eran idénticas y a Anya le dio miedo. No deseaba parecerse a él. Jamás. Ella era diferente. O eso se había dicho a sí misma siempre. Sin embargo, seguía sintiendo una atracción hacia aquella criatura como cuando era pequeña. Era su hermano, recordó. Su hermano. Lo había descubierto en los peores momentos de su vida…y había sentido asco, repulsión hacia aquel ser que había asesinado a su madre. Pero el Alan que tenía en frente era otra persona. Lo miró de nuevo intensamente y sintió ganas de abrazarle, de perdonarle, de amparar a aquel niño que se sentía tan miserable. Y cuando el milagro estaba a punto de acontecerse, ese milagro por el que Remus había vertido su sangre, Anya contempló a Haiaas y se invadió del más intenso de los horrores. La imponente Haiaas. Aquella espada que había asesinado a su madre. Su madre, que no regresó jamás para darle un beso de buenas noches, para arroparla, para comprarle muñecas. Haiaas, Anya lo había visto, había atravesado el cuerpo de Christine sin piedad, fríamente y quien la empuñaba era la misma persona que ella estaba acariciando. Recordó a Silah. Silah. Anya había continuado corriendo y había visto como los hombres del ángel la asesinaban. Y antes, Haiaas había acabado con Ursae, la madre de su mejor amiga. No…Anya no podía perdonar aquello, no podía olvidarlo. Silah, Ursae…eran personas que habían calado muy profundamente en su vida. Cuando Christine había muerto, Ursae había cuidado de Anya ayudando a Remus todo lo posible. La había abrazado aquella noche cuando Christine no estaba para hacerlo, la había llevado al campo a jugar con Luna, le había comprado caramelos. Ursae todavía estaba viva en el presente…estaba embaraza de Silah…si Anya dejaba con vida a Alan, ambas podían morir…como ya había ocurrido en el futuro. Con firmeza, se retiro dos pasos y extrajo de la vaina a Démeter.
-¡ANYA NO!- gritó entonces la voz de Orión. Estaba demasiado herido como para acercarse a ellos. La chica lo miró de reojo.
-Hace sólo unos instantes eras tú quien estaba dispuesto a matarle. ¿Qué ha cambiado?
-¡Él ha cambiado! ¡Mírale, Anya! ¡Mira sus ojos!- en aquellos momentos, pese a que Alan no estaba dispuesto a ejercer ningún tipo de resistencia, Anya sólo veía a un enemigo.- Yo soy el primero que desearía vengarse por lo que ha hecho, por lo que hará, ¡qué más da! Pero asesinarle ahora no cambiará las cosas, no borrará nuestros recuerdos, nuestro dolor, nuestro odio. Al contrario. Jamás te perdonarías matar a la persona por la que Remus ha muerto.
-¡Cállate!- bramó Anya fuera de sí.- Ya no me importa nada. El futuro está perdido…¡nada tiene sentido sin mi padre!- Y Orión la entendía perfectamente. Para Anya, que siempre había vivido bajo la sombra de Remus, escondida tras su realidad enmascarada, significaba una agonía tremenda el haberlo perdido y su muerte, comenzaba a afectarla. Anya no era nadie sin su padre, no sabía hacer ninguna cosa sin su consejo, con su terrible ausencia también cobraba vida todo el dolor que Remus había disfrazado. Y ese pensamiento era insostenible.- Si no acabo con él…volverá a matar…matará a Silah…- Christine, que apenas escuchaba, prestó atención de golpe. Silah…aquel era el segundo nombre de Ursae…su mejor amiga de la infancia…y de pronto comprendió. La primera vez que Anya y Ursae se habían conocido, Anya se había mostrado inquieta, nerviosa y distraída. Eso quería decir que se habían conocido en el futuro, pero Ursae no podía saberlo. Por lo que Orión había propuesto en aquella ocasión, lo más probable fuera que la comunidad arcángel acabara por reunirse, como estaba ocurriendo en Córdoba y que Ursae y Christine acabaran resguardándose juntas, pero…Anya la había llamado Silah…eso quería decir, que igual que ella, Ursae tendría una hija…y sería la mejor amiga de Anya.
-¡Anya, cálmate! No vas a lograr nada poniéndote así. No puedes hacer nada.- Orión sacó a Christine de sus pensamientos.
-Puedo matarlo.
-Por favor, reflexiona.- Orión titubeó.- Quizás…era necesario.
-¿Qué quieres decir?- Anya se giró bruscamente hacia él, con los ojos inyectados en sangre.
-Fíjate.- respondió Orión entre incómodo y abatido.- Puede que…con la muerte de tu padre…la oscuridad no haya podido apoderarse de Alan…- Anya temblaba tanto que era incapaz de contestar.- Alan jamás fue capaz de matar a Remus…fue la única persona que fue perdonada…gracias a él, Alan no nos mató ni a ti ni a mí…
-Me niego a seguir escuchándote.- pudo decir Anya. Y volvió a apuntar hacia su hermano.
-¡Si lo matas el sacrificio de Remus habrá sido en vano! ¡Remus protegió a Alan porque creyó en él, porque vio algo bueno en él! ¡Lo hizo porque siempre creyó que estaba equivocado!- aquellas palabras resonaron como puñales en las sienes de Anya.
i"Las laderas mostraban un color amarillento, mustio, acorde con los primeros vestigios de verano. El sol se reflejaba en el cielo azulado, raso, dorando su rostro pálido. La flor del azahar parecía ser la lluvia que anhelaban los habitantes, pues se dejaba arrastrar por el viento sin oponer resistencia, como si de la misma forma que sus tierras, estuviera muriendo. Bañaban el lugar las torres muggles de la luz, pero hacía años que no se utilizaban; no había muggles en la ciudad fantasma. A Anya le gustaba porque no sólo era su ciudad natal, sino porque era como un pueblo grande, o una capital pequeña y aunque el silencio se presentaba agónico y tenebroso, a ella le relajaba. Aquella llanura, a sólo un par de Kilómetros del centro de la capital, era el hogar perdido de los recuerdos de la niña, era su momento de contacto con la naturaleza, consigo misma.
No se escuchaba el arrullo de los pájaros, no habían, tampoco el salpicar del riachuelo, se había secado; pero la mala hierva, los árboles secos y la tierra rojiza eran la prueba más salvaje de la naturaleza.
Unos metros más allá, derruida, habiendo perdido su blanco característico y siendo refugio de los cuervos, se hallaba una pequeña casita abandonada, la misma, a la que Orión la había llevado para ocultarla el día de aquel ataque…un ataque, en el que perdió una gran parte de lo que era.
Ahora Anya tenía ocho años, su cabello continuaba siendo largo y azabache y sus ojos de un azul profundo, pero la expresión de su rostro no mostraba esa alegría que le había arrebatado la vida.
-No deberías estar aquí…es peligroso- un hombre se sentó a su lado en una piedra de gran tamaño y con la mirada perdida en el horizonte. Su rostro estaba consumido y llevaba el pelo canoso.
-Venia, pater (perdóname, papá).- el hombre se giró para mirarla y le dio un suave beso en la frente, acariciando las mejillas con su mano cargada de arrugas. Se hizo el silencio; en el horizonte, podía verse una cortina de humo, encarada a la ciudad, incluso escucharse alguna explosión lejana. – Pater, ¿por qué nos abandonó?- el rostro del hombre se cargó de dolor, pero mantuvo el temple y el valor que lo habían acompañado toda su vida.
-Tu madre no nos abandonó.- respondió con la voz queda.- Pero era tan bonita que los ángeles nos la robaron.
-¡Pues exijo que nos la devuelvan!- Anya se había puesto de pie y apretaba los puños temblorosos. Remus no tuvo más remedio que sonreír ante la inocencia de su hija.- No me gustan los ángeles…no me gusta él…y voy a vengarme.
-Es tu hermano, cariño.- Remus ni siquiera se exaltó, sino que tomó la mano de la niña entre las suyas y la acarició examinando sus dedos. Eran iguales a los de ella…- Sólo está equivocado…
-Papá, ¿por qué no los llamas por teléfono?- Remus frunció el entrecejo.- A los ángeles, digo. A lo mejor nos la devuelven…- el hombre sonrió de nuevo. Fue la última vez que vería a su hija como a una niña, invadida de aquella dulzura de la ignorancia.
-Recuerda esto, Any.- su rostro se volvió serio.- Tu madre era una mujer extraordinaria que luchó con todas sus fuerzas para traer la paz a nuestro mundo y para salvaros la vida. Esa magia que ella creó es auténtica, la más poderosa de todas y puede mover montañas. Sea donde sea que esté, cuida de nosotros.- Anya asintió, pero no alcanzó a comprender el significado de aquellas palabras y conforme se hizo mayor y vio el mundo que se había quedado para ellos, las olvidó y creció pensando que su madre, la había abandonado. "/i
Anya bajó a Démeter y dirigió la mirada hacia Christine. Recordó las palabras que había pronunciado su padre y se sintió más desdichada que antes. Cuando Remus se refería a "ellos" hablaba también por Alan. Christine había muerto por Alan. Anya lo había visto en aquellas imágenes. De repente, el significado que tenía Démeter para ella se había perdido. Remus había querido tanto a Christine…
-Ni siquiera le dije que le quería.- susurró, los labios se le habían secado y sus palabras le resultaban vacías.- No pude decírselo. No tuve tiempo de pensar en qué ocurriría si alguna lo perdía. Nunca se quejó. Tuvo que cuidar de dos niños pequeños, dos poderosos arcángeles en los que todos depositaban su esperanza. Y jamás oí salir de sus labios una réplica. Echaba de menos a mamá, yo lo sabía. Le veía a escondidas observar su retrato en la habitación y llorar silencioso, pero ni siquiera de aquello se quejó para que yo no me sintiera mal, para que pensase que era fuerte.
-Despierta, Anya.- replicó Orión, haciendo un esfuerzo por ponerse en pie. Su expresión era de profundo sufrimiento.- Todos creamos un mundo para ti, un mundo en el que encerrarte, una cajita de cristal que mientras no se rompiera, sería un refugio seguro. Gerde, Remus, Michaela…y también yo. Todos lo decidimos así para que soportaras el daño que tu hermano y Lewis le estaban haciendo al mundo.- Orión tomó aire sin preocuparle lo más mínimo el efecto que sus palabras estuviesen causando en su amiga.- Pero es hora de que crezcas y asumas la realidad. Es hora de que despiertes y comprendas que esta guerra ha cambiado, que Remus ya no es partícipe en ella, que la muerte de Alan sólo la empeoraría y que hay que detener a Lewis. Ahora comprendemos, ahora sabemos lo que ocurrió, para eso vinimos…y lo siento mucho pero te necesito para detenerlo. Una vez me hablaste de venganza, de una venganza sin escrúpulos, sin piedad, una venganza justa y merecida. Pues es ahora cuando debemos llevarla a cabo, con la diferencia, de que el enemigo ha pasado a ser uno.- Orión, que se había ido acercando hacia la chica, la tomó del brazo y se la llevó lejos de Alan. Ambos, haciendo un esfuerzo sobrehumano, desaparecieron en un resplandor de luz blanquecina, dejando a su paso unas chispas nítidas y el más absoluto de los vacíos.
Alan se quedó inerte, incapaz de moverse, igual que todos los demás presentes que quedaban. Poco a poco, los arcángeles que se habían presentado, los miembros de la Orden, aurores y demás, fueron reagrupando a los heridos y pidiendo la oportuna ayuda al Ministerio y San Mungo, donde serían trasladados los más graves.
-Cuida de Harry.- le pidió Ron a Hermione. La muchacha asintió incapaz de contradecir una orden. Harry continuaba luchando por su vida, ignorante de lo que sucedía en el mundo físico. Ron se acercó hasta donde estaba Alan arrodillado y le colocó una mano en el hombro.
-Vamos Alan, no te pongas así...- el niño se había puesto otra vez a llorar. Christine, que había sido incapaz de moverse durante un largo periodo, reaccionó al fin ante las lágrimas de su hijo. Se dirigió hacia donde estaba y le obligó a levantarse, con una dureza impropia de la situación.
-Nos vamos.- ordenó la mujer tirando del brazo de su hijo.
-¡No! ¡No quiero! ¡Déjame!- era una de las pocas ocasiones en las que Alan se había manifestado débil.- Papá está muerto...- murmuró apretando los puños y gritando hacia el vacío acantilado.- ¡Papa está muerto!- aquellas palabras colisionaron contra el muro de piedra que Christine había creado y estuvieron a punto de quebrarlo.
-Es demasiado tarde para quejarse.- para Alan también fue el final de la discusión. No tuvo fuerzas más que para caminar, estirado por su madre. No pudo tampoco mirar a Harry mientras Christine lo levantaba con la varita y lo colocaba en una camilla flotante, incapaz de reunir energías para curarlo, cuando ella misma llevaba las manos cubiertas de quemaduras. Nadie dijo nada más. Y cuando el último medimago desapareció del lugar, el viento dejó de soplar, el agua dejó de correr por el riachuelo, la naturaleza entera enmudeció en señal de respeto. Tierra, aire, fuego y agua permanecieron en un considerado luto. Por Remus, que había caído por el acantilado tratando de proteger a su hijo. Por Remus, el hombre que lo había dado todo por detener la guerra. Y todo quedó en silencio. Y cuando el viento se atrevió a respirar de nuevo lo único que fue capaz de exhalar fue el suspiro de un tenue, pero evidente olor a lavanda.
