CAPÍTULO 31: YOU'RE EVERYTHING I AM

(ERES TODO LO QUE SOY)

Christine no se había movido de la ventana en todo el día. No había reaccionado cuando Ursae y Saiph se habían ofrecido a buscar el cuerpo de Remus y tampoco cuando, horas más tarde, habían regresado con las manos vacías, alegando que debía haberse hundido en las profundidades de un río. Nada de aquello había desfigurado su rostro mortalmente impasible. Ursae se había quedado toda la noche y parte del día con ella. Había limpiado la casa, había hecho la comida para todos y había curado a Harry lo mejor posible. Christine temía el momento en el que el muchacho despertase y preguntase por Remus. Ese terrible momento en el que no sabría más que dar un silencio como respuesta. Decir que Remus había muerto en voz alta realzaría su falta en mayor medida y Christine no se sentía capaz. Tampoco había dejado que los miembros de la Orden preparasen un entierro aferrándose a la excusa de que no tenían cuerpo. Remus ni siquiera le había dejado eso. Para que no llorara, no se había permitido el lujo de dejar rastro de su muerte. Era como si se hubiese marchado de vacaciones. Christine no había dormido en toda la noche esperando escuchar la cerradura de la puerta de casa, anhelando oír el sonido de la llave girando el trinquete o el "crack" de una aparición mágica. Todavía ahora, cuando hacía casi veinticuatro horas de la muerte de su marido, su corazón saltaba de inquietud al mínimo ruido que alertase. Y fue precisamente un golpe en el piso de arriba lo que la despertó de golpe de su letargo. Salió a toda prisa del despacho y corrió en dirección al comedor. Se le vino el mundo encima al observar la escena. Harry bajaba las escaleras de dos en dos, no sin dificultad, gritándoles a sus amigos.

-¡Estáis mintiendo! ¡No me lo creo! ¡Remus no está…no está…!

-¡Harry, por favor!- Hermione, Ron, Troy y Heka bajaron las escaleras en pos de su amigo.- Harry se detuvo de golpe y se dio la vuelta hacia ellos, señalándolos acusadoramente con el dedo y con los ojos notablemente rojos.

-No pudo ocurrir así.- replicó. Le temblaba el labio inferior y todavía no se había percatado de la presencia de Christine.- Remus no puede…no puede…¡maldita sea! ¡No puede hacerme esto!

-Harry.- el muchacho se dio la vuelta de golpe. Allí estaba Christine. Vestida completamente de negro. Pero había algo diferente en ella. No eran sus ojeras, tampoco su rostro pálido, ni siquiera su expresión indescifrable. Era que Christine, de la noche a la mañana, estaba embarazada.- No te sorprendas.- dijo, aclarando su estado que un día atrás no había sido evidente.- Ayer todavía tenía sentido que ocultara mi embarazo. Hoy carece de importancia.- hizo un parón para tomar aire y se atrevió a decir lo que había estado toda la noche meditando.- Tus amigos no están mintiendo. Remus…Remus está muerto.- Harry la miró sin creérselo.- Lewis lo asesinó.

-No…- negó el chico. Comenzó a caminar hacia ella, pero se desvió, buscando a Lupin con la mirada en las diferentes estancias.- ¡Remus! ¡Remus!- Christine, que comprendía los sentimientos de Harry como si se materializaran en su propio cuerpo, lo agarró con fuerza por la espalda y pudo frenar a todo un hombre de veintiún años porque las energías del muchacho se habían esfumado con la noticia, se habían acabado por consumir.- ¡Remus! ¡Papá!- gritó esa palabra que era tan importante para Remus como si con ella fuese a lograr que regresara, que lo escuchara.

-Lo siento.- murmuró Christine y tuvo que soltarlo porque Harry se había arrodillado en el suelo. No lloraba. No había llorado por Sirius nada más verlo caer por el velo y tampoco lloraría por Remus. No ahora que tenía puesto en él todas las miradas. Se sintió vacío y decepcionado consigo mismo mientras Christine le relataba todo lo que había ocurrido, mientras le hablaba de Anya, mientras le vaciaba las vivencias que habían acontecido, mientras le mostraba telepáticamente todas las imágenes que Orión les había proporcionado. Y cuando Harry logró sentarse en el sofá y calmarse por fin, agradeció el haber estado inconsciente porque pensaba que no habría soportado la muerte de Remus en vivo.

-Anya ha sufrido mucho.- comentó Hermione, mientras observaba discretamente la barriga de Christine y razonaba el porqué la profesora lo había ocultado a todos. Una guerra no era un buen momento para quedarse embaraza, pensó.

-¿Remus lo sabía?- preguntó Harry. Su voz todavía temblaba al pronunciar el nombre del licántropo. Christine negó con la cabeza.

-Sabía que si se enteraba no me dejaría participar en la guerra. Y no podíamos permitirnos el lujo de perder arcángeles. Conozco a Lewis y soy la unión entre magos y arcángeles. Debía estar allí. También para protegerte y para…para proteger a Alan.

-Alan.- recordó Harry de pronto. No había pensado en su hermano desde la noticia de la muerte de Remus, ni siquiera cuando Christine le había contado lo ocurrido.- ¿Cómo…está?

-Recuperado.- respondió la profesora, pero desvió inquieta la cabeza.- Vuelve a ser el de antes. La manipulación y los hechizos de Lewis han concluido. Pero la culpa lo carcome por dentro.- Harry no contestó. A pesar de que había arriesgado todo por Alan no sabía qué sentimientos tenía hacia él en aquellos momentos. Remus se había sacrificado por salvarle la vida y aunque habían logrado devolverle su personalidad habitual el precio había sido altísimo. Harry observó inquieto a sus amigos. Ginny no estaba allí y aquello lo entristeció. Ahora más que nunca precisaba de su presencia. Heka, que era la que estaba sentada a su lado, le acarició la mano con el dedo como si hubiese intuido sus sentimientos. Y Harry se sintió inmensamente mejor. Días antes de toda aquella locura la había deseado de manera desesperada. Y se dio cuenta de que todavía era así. El contacto de Heka sobre su piel no era cálido y dulce como el de Ginny, era excitante y eficaz, pues recordaba a Harry que la única posibilidad de superar la muerte de Remus era volverse frío, como tantas veces le había enseñado Christine. Observó a su profesora y supo que ella estaba empleando la misma táctica. Con Remus, habían muerto también los sentimientos de Christine.

-¿Y qué pasará ahora con Anya y Orión?- Troy rompió el silencio que se había estacionado durante unos minutos.

-Volverán a su tiempo, supongo.- Christine se encogió de hombros y se pasó la mano por su larga cabellera azabache. Harry percibió que el pelo de su profesora no estaba ni tan limpio ni tan cuidado como era habitual.

-No creo que lo hagan hasta acabar con Lewis.- meditó Hermione.- Con su amenaza, el futuro está tan en peligro como siempre.

-Pero ellos vinieron a detener a Alan. Ahora que lo han logrado, es posible que nos dejen la responsabilidad de Lewis a nosotros. Ya han sufrido bastante.- Christine desvió la mirada ante las palabras de Ron. Recordó el rostro de Anya mientras Orión contaba toda la historia, mientras enseñaba aquel recuerdo tan preciado para ella. Su tesoro. Su secreto. Pero Christine se había envuelto en una tela de escarcha. No podía sentir más lástima hacia Anya de lo que sentía hacia sí misma. Toda su vida se rebelaba como una película ante sus ojos y ella ya no podía atrapar sus momentos más dichosos. Remus se lo había llevado todo. Sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas, su cuerpo…hasta el secreto de su hija. Tendría que educar a una niña sola, en mitad de una cruenta guerra y no tenía valor para hacerlo. Y tampoco para rendirse. Era lo último que le quedaba de su marido, su último regalo y saber que su hija iba a presenciar todos aquellos horrores le devolvía nítidamente la humanidad. No obstante, Anya la detestaba y Christine no tenía energías para justificarse de algo que todavía no había hecho. Anya jamás comprendería porqué su madre se había marchado a tratar de cambiar a Alan y no había regresado. Anya, a diferencia de Harry, no había vivido el intenso amor que había rodeado a la existencia de Alan, no había presenciado su muerte y su posterior regreso y no había conocido a Dani. Por eso, no podía entenderlo. Christine era lo suficientemente fría como para no confesárselo y lo que más le preocupaba en aquellos momentos era detener la guerra y no escuchar las protestas de su hija del futuro. Percibía, no obstante, la tristeza de Anya en la lejanía. Y también su odio. Sabía, que tarde o temprano, acudiría a verla y que tal vez, trataría de matarla. Para morir ella también. Para matar su propio dolor. En eso, exclusivamente en eso, Christine no podía culparla. Ella y su hija hablaban el mismo idioma cuando se expresaban con espadas. Y Christine sabía, que si no fuera por Alan, probablemente aceptaría la muerte a manos de Anya. Porque viendo aquel recuerdo…sabía que se lo merecía.

Anya dio un vuelco de muñeca y la varita apuntó hacia el tocadiscos. Era antiguo y el casete no funcionaba, pero Orión lo había encontrado para ella, al poco de llegar del futuro. Anya tenía muchos discos. Casi todos habían pertenecido a su padre y se los había adjudicado con el tiempo por similitud de gustos. A Remus le gustaba mucho la música. Sobretodo la de los muggles. Cuando la melodía dio sus primeros compases los ojos de Anya se inundaron de lágrimas. Sentía profundamente el dolor de la pérdida de su padre. Recordaba sus ojos, sus cabellos, sus caricias y sus palabras siempre sabias. Su muerte era la más injusta del mundo y por eso, Anya había aprendido a odiar a Alan, como tantas veces había deseado Orión que lo hiciera. Se arrepentía enormemente de no haberle matado cuando había tenido la ocasión. Sin su hermano, Remus estaría vivo. No se habría sacrificado. Anya, años después de haberlo hecho con su padre, volvió a tatarear aquella canción.

Perdona que entre sin llamar,

no es esta la hora y menos el lugar.

Tenía que contarte que en el cielo no se está tan mal.

Mañana ni te acordarás,

tan solo fue un sueño te repetirás,

y en forma de respuesta pasará una estrella fugaz.

Remus le había dicho que si creía firmemente en aquella canción, que si escuchaba su letra y confiaba en su mensaje, volvería a ver a su madre. Anya le creyó, durante mucho tiempo cantó aquella canción y esperó que Christine la visitara en sus sueños. Pero su madre no fue a verla. Sin embargo, después de tantos años, cuando pensaba que la había olvidado, cuando había perdido la fe en la canción, cuando no recordaba apenas su música; había encontrado a Christine. En otro tiempo, en otras circunstancias, pero era ella.

Y cuando me marche estará

mi vida en la tierra en paz.

Yo sólo quería despedirme, darte un beso

y verte una vez más.

Promete que serás feliz.

Te ponías tan guapa al reír…

Desde la colina se contemplaba Hogwarts. Christine no había vuelto a dar clase desde la muerte de Remus y habían pasado dos días. En una semana, comenzarían las vacaciones de Navidad y los alumnos que se divisaban por los ventanales de las torres parecían ansiarlas. Los exámenes parciales los tenían completamente concentrados. La cabaña de Hagrid, donde Christine sabía que vivían Anya y Orión, estaba en penumbra. Lo único que la demostraba habitada era el sonido de una canción. Una canción, que Christine conocía muy bien. Remus desayunaba cada día con ella. Decía que le daba esperanzas de volver a ver a sus viejos amigos, tal y como Harry los había visto. Decía que si subía el volumen, tal vez, ellos la oirían y vendrían a visitarlo. Christine sabía que aquello no era posible. Que ni Sirius, ni James volverían a aparecerse, como tampoco lo haría Lily. Los regalos se habían terminado. Pero nunca le decía nada, nunca le rompía la esperanza.

y así, sólo así, quiero recordarte…ahhh…

así, como antes, así, adelante, así…

vida mía, mejor será así.

-A Remus le gustaba esta canción.- pronunció Christine en voz alta. La lluvia la empapaba. Amenazaba con convertirse en nieve, pero el frío ya no podía dañarla ni a ella ni a su bebé. La tristeza con la que había pronunciado aquellas palabras había calentado su alma y su cuerpo. Remus, Remus, Remus…su nombre en voz alta la devolvía a la vida, la hacía sentirse mejor. Era tan cálido y tan suave que parecía que el espíritu de su marido se materializaba a su lado y la acariciaba con la brisa.

Ahora debes descansar.

Deja que te arrope como años atrás.

¿Te acuerdas cuando entonces te cantaba antes de ir a acostar?

Tan solo me dejan venir dentro de tus sueños

para verte a ti.

Y es que aquella noche no te di ni un adiós al partir.

Y cuando me marche estará,

mi vida en la tierra en paz.

Yo sólo quería despedirme,

darte un beso

Y verte una vez más.

-A papá le gustaba esta canción.- sin saberlo, Anya lo había dicho al mismo tiempo que Christine. No podía verla desde su posición en la ventana, pero sentía cercana la presencia de su madre. Tal vez, porque escuchaba aquella canción.

-Tienes que olvidarlo, Anya.- Orión terminó de cerrar la puerta por la que acababa de entrar y bajó el volumen del tocadiscos. A Anya le dio un vuelco el corazón. La canción parecía apagarse de sus oídos.- Debemos seguir adelante. Lewis es un enemigo peligroso.

Promete que serás feliz.

Te ponías tan guapa al reír…

y así, sólo así, quiero recordarte…ahhh…

así, como antes, así, adelante, así…

vida mía, ahora te toca a ti, solo a ti, seguir nuestro viaje… ahhh…

se está haciendo tarde…

tendré que marcharme…

en unos segundos vas a despertar.

¿Y si Christine sí que había acudido a visitarla? ¿Y si Anya, envuelta entre tanto dolor no le había prestado atención, se había quedado dormida o no había creído con la suficiente fuerza en la letra? ¿Y si, después de todo, Orión la hubiese alejado de sus sentimientos como siempre había tratado de hacer? Su padre, con aquel carácter apacible, aquella voluntad de hierro y aquella entereza era el único que había tratado de no olvidar…al contrario, de recordar. Porque recordar a las personas que se habían marchado no era doloroso, al contrario, era un buen motivo para aprovechar la vida que les habían facilitado. Seguir nuestro viaje…tal vez sí, su madre se lo había susurrado en sueños. Tal vez ahora, por medio de aquella canción, su padre se lo estaba susurrando.

y así, sólo así, quiero recordarte…eeee…

así, como antes, así, adelante, así…

vida mía, mejor será así.

Seguir adelante. Christine volvía a sentirse una niña en brazos de Remus, como la primera vez que habían hecho el amor. Se sentía partícipe de su canción, de su vida, de su mensaje. Se sentía aquella niña desprotegida a la que su ser más querido iba a visitar una noche y a la que le susurraban que siguiera adelante. Como siempre lo habían hecho juntos. Acarició su barriga y recordó cuando estaba embarazada de Alan. Se sentía la mujer más dichosa del mundo y a la vez, la más desgraciada. Había temido por Alan desde el primer día, así como ahora temía por su hija.

-Estás condenada a sufrir.- susurró una voz a sus espaldas. Christine ya había sentido la presencia de Michaela desde hacía rato, pero no había deseado darse por aludida. Que su madre fuera a visitarla nunca era un buen presagio.- Te enamoraste de un mago…yendo en contra de nuestras leyes, de nuestras normas…y ahora estás pagando las consecuencias.

-Remus no era Dani, madre.- replicó Christine con frialdad.- Tú estabas a favor de nuestro matrimonio.

-Sí,- aceptó Michaela de mala gana y comenzó a pasear en círculos, alrededor de su hija y a paso ligero.- Porque era una buena alianza para destruir a Lord Voldemort, para ayudar a Harry a hacerlo.- puntualizó.- Pero no para perdurar. Es el castigo, Christine, el destino. No se puedo nadar contra corriente ni tratar de rozar el fuego con los dedos, pues puedes quemarte. Daniel, Remus…no importa…ambos eran magos…en ambos caía la maldición, la prohibición. Y su muerte es tu responsabilidad.- Christine no respondió. Michaela había sido explícita, pero terriblemente dura y no deseaba forjar una discusión. Christine todavía no le perdonaba ciertas cosas y escuchar de sus propios labios que la única razón por la que se le había permitido estar con Remus era por propio interés de los mayores, le repugnaba. Tal y como había llegado y sin permitir que Michaela dijera nada más, desapareció y su luz no dejó una huella ni tan nítida ni tan poderosa como antaño.

Hacía dos días que Dumbledore no se había movido de su despacho aguardando aquella visita. Hacía dos eternos y agoniosos días que sus ojos repasaban las imágenes en el pensadero, en busca de soluciones que se antojaban inexistentes. Los recuerdos que había mostrado Orión, todas aquellas guerras que había narrado, todas aquellas muertes y tragedias…estaban, quizás, más próximas que nunca. Porque se había abierto la caja de Pandora. Alan, sin pretenderlo, la había abierto aún sin conocer la totalidad de su contenido. Ahora Lewis poseía el poder más ilimitado de un arcángel, el poder que lo llevaría a la destrucción de la magia y a la posesión de los muggles. Dumbledore no había visionado únicamente el futuro próximo de Anya y Orión, sino que había indagado más allá gracias a Michaela y sabía, más que intuía, que si Lewis no era detenido, el mundo se sumiría en una terrible crisis, un génesis, un…Apocalipsis.

Fawkes batió las alas nervioso. A su lado, un precioso fénix blanco lo imitó inquieto.

-Ares…- balbuceó Dumbledore y le indicó silencio con el dedo. El fénix obedeció apaciguador.- No es Harry, amigo mío, pero la visita que llega también te agradará.- Al fénix le gustaba estar en el despacho del director junto a Fawkes. Hacía tiempo que Harry no precisaba de sus habilidades y sus distracciones no le permitían prestarle la debida atención, así que el animal buscaba entretenimiento en Hogwarts. Ares entornó los iris de sus grandes ojos en el momento en el que una presencia se materializó en forma de luz, en mitad de la estancia. El aterrizaje fue insonoro, pero el director ya estaba preparado. Ares se elevó de la percha y se posó sobre los hombros de Christine, que lo acarició amistosamente. El fénix había pertenecido a ella antes que a Harry.

-Le agrada tu compañía.- comentó Christine cordialmente. Dumbledore asintió sin mediar palabra y un segundo después colocó su atención en el bulto de la barriga de la mujer.- Estoy embarazada.- añadió la profesora, sin que hiciera falta.

-Tu hija posee la belleza, la inteligencia y el poder de su madre.- soltó Dumbledore de improviso.- Pero si no lo cuidas, perderá el corazón de su padre.- Christine se removió incomoda en su posición. Toda mención de Remus la ponía extremadamente nerviosa. Sin embargo, su expresión era tan fría que hubiera engañado a cualquiera exceptuando al director.

-Me ocuparé de ello cuando haya nacido. La Anya que reside en la cabaña de Hagrid es inexistente.

-Oh,- sonrió el director.- me temo que te equivocas.- Christine se mordió el labio inferior, exasperada.- Tu preciosa hija recordará cuanto ha vivido cuando regrese al futuro, si es que lo hace algún día. Sus poderes son así de determinantes. No es bueno olvidar lo que se ha logrado tan a pulso, Christine y ella esperaba alcanzar una paz que ya resulta prácticamente imposible lograr.- la mujer carraspeó y se acercó al alfeizar de la ventana, como siempre hacía al entrar en aquel despacho. El paisaje agreste de Hogwarts la tranquilizaba.

-No puedo hacer nada por ella.

-Puedes otorgarle la posibilidad de perdonarte.

-¡Ella no lo entiende, Dumbledore!- farfulló Christine malhumorada.- ¡No sabe lo que significa Alan para mí! ¡No sabe nada de Dani ni del pasado!

-¡Vuelves a errar, Christine!- Dumbledore apoyó las dos manos sobre la mesa y se levantó bruscamente del asiento. Su rostro era un témpano de hielo.- Como tu madre, Anya tiene el poder de ver el futuro, cosa frustrante teniendo en cuenta que ella misma es el futuro y su compañero, Orión, es capaz de visualizar el pasado. Yo mismo lo comprobé. Y ahora, Christine, dime, ¿no te resulta chocante? Dos muchachos nacidos el mismo día, bajo el mismo sino, con poderes extraordinarios y ambiguos. Uno capaz de otorgar el don del futuro y otro el del pasado, para comprender, para aceptar, para soportar el peso de un pueblo que está en peligro. Dime, muchacha, si es que aún posees parte del ingenio que te ha llevado tan lejos, ¿quién es Orión en realidad y por qué es tan poderoso? ¿¡Ni siquiera ha pasado por tu cabeza!?- Christine resopló, tomó aire y se sentó en el alfeizar, derrotada. Le dolía la cabeza y no tenía fuerzas para pensar en la guerra, en el futuro o en el destino. Nada de aquello le importaba realmente. La única razón por la que continuaba era por Remus, porque él había muerto por sus hijos.

-Él no contó nada de si mismo.- sintetizó al fin.

-Es muy reservado.

-Sí, y sin embargo…ligó toda la historia para que comprendiéramos. No tenía porqué hacerlo, pero lo hizo. Tenía alguna relación con Remus…de alguna manera, siempre estaba allí. ¿pero por qué? ¿Quién…?- Christine se detuvo de pronto, palideciendo.- Dios mío.- Dumbledore entornó los ojos, interesado.

-Lo sabes.- Christine asintió.

-Es el hijo de Harry.- soltó.- Ginny también está embarazada.

La espalda de Heka colisionó violentamente contra la pared, pero ella no se quejó. Unas manos la inmovilizaron salvajemente mientras le mordían los labios, el cuello y los pechos. Jadeó al sentir como el cuerpo de Harry se pegaba al de ella y la hacía arder en deseos. El chico, con la respiración agitada, buscó uno de los pupitres del aula y lo acercó hacia ellos. Tomó a Heka sin cuidado de la cintura y la colocó encima, lanzando al suelo un par de libros sobre Historia de la magia. Inmediatamente, volvió a buscar sus labios con desesperación.

-Dios…cuanto te deseó.- siseó peligrosamente. Le desabrochó la cremallera del pantalón y juntó sus cuerpos una vez más. Se sintió al borde de estallar. Necesitaba tomarla de inmediato o no resistiría la tirantez de sus pantalones. Se deshizo también del molesto botón y entonces…

La puerta del aula se abrió de improviso. Harry la ignoró hasta que Heka lanzó un grito de sorpresa y bajó del pupitre por un lateral, bajo la frustración del muchacho.

-¿Qué coño pasa?

-Este gilipollas.- señaló Heka detrás de Harry.- Que como está amargado quiere amargarnos a nosotros también.- Harry se dio la vuelta. Orión estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados y el rostro crispado.

-Ya me ocupo.- suspiró y le dio un beso en la mejilla a la chica, mucho más cariñoso de lo que había actuado antes. Heka se relajó, le devolvió una sonrisa nerviosa, se vistió correctamente y salió del aula a ritmo rápido.

-¿Te la tiras?- espetó Orión una vez la puerta se había cerrado.

-Sí, me la tiro, ¿también tengo que darte explicaciones de eso, papá?- en el rostro de Orión se dibujó una expresión extraña.

-No, claro que no, pero pensaba que después de la muerte de Lupin tendrías la decencia de ir guardando un ligero luto. Pero supongo que eso es mucho pedirle al gran Harry Potter.- Harry golpeó el muro de piedra con violencia y se hizo sangre. Estaba furioso. No tenía ganas de pelear y mucho menos de aguantar a Orión.

-Mira, subnormal, tú no eres quién para venir a pedirme cuentas y menos cuando fuiste el causante directo de esa muerte, ¿estamos? Si no hubieras tratado de matar a Alan…

-Cuidado, Potter.- advirtió Orión. Había cerrado los ojos y su actitud era de una profunda calma, al contrario de la de Harry.- No voy a perder el tiempo dándote un motivo más por el que lo hice. Ahora Lewis es el verdadero objetivo y hay que encontrar la forma de detenerlo. No tengo ningunas ganas de trabajar con vosotros, pero visto el apego que evidentemente Anya ha puesto, me veo obligado a hacerlo. Pero si me provocas, me vas a encontrar.- Harry lanzó un suspiro al aire. Orión le caía mal, pero había dejado de perseguir a Alan y no tenía más remedio que considerarlo un aliado. Y además, Anya era la hija de Christine…y a ella sí que la apreciaba.

-Está bien.- cedió.- ¿Y ahora qué hacemos? Todo hubiera sido mucho más sencillo si hubierais sido francos. Ahora nos encontramos con que Anya es hija de Christine, con la muerte de Remus y no sé si te importa pero mi hermano está hecho polvo.

-Alan es irrelevante.- masculló Orión.- Ya no pinta nada en esta guerra. Es un niño, más vale que procuréis no volver a perderlo.

-Me ocuparé personalmente.- afirmó Harry. Pero no estaba tan convencido. No había hablado con Alan todavía y los sentimientos hacia su hermano seguían albergando confusión. Harry había pasado los últimos días fuera de casa, vagando en bares, mirando Londres desde unas colinas y haciendo el amor con Heka y con otras más. Todo ello para distraerse de la muerte de Remus. Era tan insoportable para él que no podía afrontarlo como una persona adulta. Había tratado de establecer contacto con él, con Sirius, con su padre…pero sabía que era hablarle a las piedras. Su tiempo de "El Salvador" había concluido y ya no era tan importante como para ganarse privilegios. Todo había resultado en vano. Había regresado varias noches al lugar de la muerte de Remus y lo había llamado. La última noche lo había hecho con una botella de whisky en la mano y tan incansablemente que se había desplomado al pie del acantilado. Horas más tarde, Christine había ido a buscarle, lo había llevado a la cama y había velado por él toda la noche. A la mañana siguiente, la profesora no le había comentado nada y Harry tampoco se había atrevido. Todos los miembros de la casa vagaban en un extraño mutismo que los estaba consumiendo por dentro. Sin las bromas y las risas de Remus, sin sus comentarios en la mesa y su periódico apostado en ella, la casa se había transformado en un lugar tétrico y desamparado de vida.

-Y otra cosa más, Potter.- Orión interrumpió a Harry de sus pensamientos.- Advierte a Christine de que esto no va a ser fácil. Anya ha sufrido mucho y lo está haciendo mucho más ahora. El odio que siente hacia su madre no se puede evaporar de golpe.

-Christine sigue su propio camino, Black.- nada más terminar de pronunciarlo, Harry se había arrepentido. El apellido de Orión no era el de su padrino. Sabía que el de Anya era Lupin, ¿pero cuál era el de Orión?- ¿Cómo he de llamarte?- inquirió. Orión se quedó callado durante un buen rato, mientras Harry lo observaba intensamente. De pronto, abrió los ojos y Harry descubrió unos iris completamente grises. Unos ojos, que había visto antes.

-Black está bien.- concluyó Orión. Se dio media vuelta y tomó el pomo de la puerta.- Nos vemos, Potter. Hasta entonces, buena suerte.- lo último que Harry escuchó fue el sonido de la puerta al cerrarse y sintió una amarga sensación por dentro.

Para Anya nada tenía sentido. Vagaba por los corredores de Hogwarts, el Hogwarts que su padre le había enseñado una vez, pero sin su presencia perdía toda belleza. Las paredes eran viejas, los cuadros permanecían dormidos y todas las maravillosas historias de Remus se habían ido a la tumba junto a él, se habían perdido para siempre. Anya jamás podría narrarlas a sus hijos y si ella no lo hacía, ¿quién más lo haría? Se sentía orgullosa de ser la hija de Remus Lupin, mucho más que la de Christine Byrne, aunque en su futuro todos la conocieran por ello. Remus, con el diálogo, había traído más paz que cualquier arcángel con su espada. Había impedido matanzas enteras del ángel caído, se había acercado a él y lo había convencido para que se marchara, para que no les hicieran daño. Christine no había logrado nada de aquello. Había ido a ver a Alan antes de ser asesinada por él, pero había caído vulgarmente como todos los demás. No era especial en absoluto como todos decían, no era ni nunca sería como Remus.

-Remus era una persona excepcional.- dijo una voz. Anya se detuvo bruscamente y se dio la vuelta, sobresaltada. Christine estaba allí. No había notado su presencia y había dejado que incursara en sus pensamientos, algo que hasta el momento, no había logrado nadie.- Él me ayudó cuando yo no era nadie. Me miró cuando nadie más podía hacerlo, cuando yo era un monstruo que todos pensaban que fracasaría.- la mujer se rió con ironía.- Tenían mucha razón.

-No me gusta que interrumpan mis pensamientos.- espetó Anya con malas formas. Christine entornó los ojos. Se sentía estúpida siguiendo los consejos de Dumbledore. Anya no tenía remedio. La odiaría siempre y en el fondo, Christine no quería hacer nada para cambiarlo. No sentía nada hacia aquella Anya, le resultaba incómoda su presencia porque le recordaba a ella misma cuando inspiraba temor en la gente, la fría mirada de la muchacha la incomodaba hasta tal extremo de no poder contemplarla. Anya era lo peor de sí misma, la parte que Remus había borrado y ahora que su padre estaba muerto, con más motivo.- Sólo yo soy dueña de mis recuerdos.

-Y Orión.- añadió Christine cruelmente. Anya se incendió en ira. Había detestado la miseria en la que se había sumergido cuando Orión había mostrado a todos su recuerdo más íntimo. Se sentía avergonzada de él, de guardarlo tan fervorosamente, de lo que se sucedía en él. Christine lo sabía y recordárselo era una de las formas en las que más podía herirla.

-Cállate.- ordenó, con los puños cerrados.- No tienes ningún derecho a opinar. Tú, que nos abandonaste, nos dejaste solos en mitad de una guerra.- por fin, Anya estaba soltando todo lo que llevaba por dentro y durante años la había estado quemando.- Papá te necesitaba, yo te necesitaba, pero tú te marchaste a luchar. Te supliqué que no lo hicieras, pero no quisiste escucharme, preferiste buscar a Alan. El que siempre fue tu preferido. Prometiste que volverías…pero no volví a verte jamás.- Christine respiró hondo.

-Tus palabras son infantiles.- respondió tras una pausa. El tono de su voz ya no era cruel, sino frío.- No sé lo que pasaría en el futuro, Black, pero no me interesa.- Anya cerró los ojos. Se sentía profundamente herida. Christine la había llamado "Black" sólo para molestarla, a sabiendas de que aquel no era su verdadero apellido. Anya pensó que eso en concreto, se lo tenía merecido por no haber revelado desde el principio su identidad, por fingir un apellido como si se avergonzara del suyo verdadero. Pero sobretodo, le dolía que su madre pensara en Alan.- Este es mi presente, Alan es mi hijo y lucharé con todas mis fuerzas para salvarlo. Tienes dos opciones: o ayudarnos o ponerte en mi contra. Pero si lo haces, te aseguro que olvidaré que eres mi hija y te mataré. Nada y escúchame bien, nada, se interpondrá entre Alan y yo y menos alguien que habla sin fundamentos, sin derecho, sin comprender lo importante que es para mí.

-¡¿Por qué lo defiendes?! ¿POR QUÉ?- gritó Anya fuera de sí.- ¿Todo lo que hemos creado, todo lo que construimos con tanto esfuerzo es para ti tan sacrificable como para justificar a un asesino? No tienes idea de las cosas tan horribles que hizo, no puedes imaginar la gente que sufrió por su causa. No se conformó con acabar con tu vida, sino con la de muchas personas más, con la de niños inocentes- Anya no pudo evitar recordar a Silah y tuvo tentación de nombrar a más personas que hubieran afectado a Christine.- ¿Por qué?- repitió.

-Porque está equivocado.- respondió Christine con toda la sinceridad del mundo, colocando su fe en aquellas palabras con la esperanza de que Anya las entendiera. Anya, sin embargo, estaba mucho más cautivada porque eran las mismas que Remus había dicho.- Y porque fue culpa mía que se convirtiera en lo que es. Alan sufrió mucho, fue poseído por Lewis y yo no supe verlo, no me percaté.- había culpabilidad en la manera de justificarse de Christine.- Debí haberle prestado más atención, debí contarle la verdad sobre sus orígenes, sobre lo que era y quién era y habría entendido porqué. Pero le mentí para protegerle y me equivoqué. Estaba demasiado cansada y no supe descubrir que estaba perdiendo a mi hijo.- A Anya se le vino el mundo encima. Christine no había dicho nada, pero al contemplar su estado, se dio cuenta de inmediato. Christine no era tan poderosa como la recordaba ni como le habían hablado que era. Si se detenía a observarla, veía unas profundas ojeras en sus ojos que nada tenían que ver con la muerte de Remus. Christine estaba embaraza. Algo que para el resto de seres humanos no suponía un desgaste tan notorio, pero que para un arcángel sí lo hacía. Aunque Christine había ocultado su embarazo los síntomas la habían afectado de la misma forma. Un embrión arcángel no sólo precisaba de la energía de un cuerpo humano, sino que se alimentaba de la "energía" de un poder arcángel. Para que la magia naciera en él necesitaba abarcar todas aquellas fuerzas y se las extraía a la madre. Por eso, en Córdoba, en el refugio arcángel, las madres se mantenían escondidas todo el tiempo. No podían luchar porque estaban muy débiles durante el embarazo y además, eran la esperanza de su raza. Que nacieran niños era lo único que incrementaba el número de arcángeles que cada día morían a manos enemigas. Y Anya, ahora recordaba, que cuanto más avanzaba el embarazo más energía consumía el bebé y más débiles estaban las madres. Christine había ocultado todo aquello para poder ayudar en la guerra y ahora se lo ocultaba a ella para que no se sintiera responsable. Pero la gran Christine, la que todo el mundo conocía por su poderío, habría descubierto las intromisiones de Lewis en Alan de haber estado a pleno rendimiento, pero su bebé, la propia Anya sin pretenderlo, había sido la causante del cambio de su hermano. La idea era espeluznante.

-Si luchas ahora…si intentas acercarte a él…te matará. La historia se repetirá.- Christine sonrió melancólicamente. Había notado el ligero cambio de tono de Anya, ahora la chica prácticamente volvía a suplicarle que se quedara con ella. Y además, tristemente, sabía que la historia ya no podía repetirse de la misma forma. Remus había muerto.

-Si el destino lo quiere así, que así sea. Pero yo confío en Alan con tanta fe como confió Remus en él. Creo que está arrepentido.

-¡Dame la oportunidad de cambiar la historia!

-Hay cosas que no se pueden cambiar.- murmuró Christine. Después de todo lo que había pasado nadie mejor que ella lo sabía. Anya estaba derrotada. Ella había escuchado a una Christine hablar de la misma forma y ahora la Christine que pretendía salvar volvía a caer en el mismo error. Pero Anya ya no podía odiarla. No después de aquella conversación. Sentía el peso de la culpa recaer sobre su espalda y deseaba con todas sus fuerzas que Christine se lo echara en cara para poder detestarla en paz. Recordó lo que Remus le había dicho una vez:

"-Es una bonita leyenda, pero no es real. Como tampoco lo es el odio que dices sentir por tu madre.- sonrió en parte conmovido.- En el fondo, eso sólo demuestra lo mucho que la sigues queriendo.

-Miente.- se limitó a decir la chica, pero Remus volvió a sonreír enigmáticamente.

-No, no lo hago. Y en tu fuero interno estás de acuerdo conmigo. Sabes, que tu supuesto odio solo es una manera de llevar mejor la pérdida de tu madre, de la persona a la que más querías en este mundo. Te sientes mejor contigo misma ahogando tus sentimientos con una llama que mantienes viva, que te hace permanecer en una inquietante paz.- Se dio la vuelta y dio unos pasos en dirección a la puerta.- En el fondo, honras la memoria de tu madre al haberle puesto ese nombre. Ella lucha a través de ti cuando desenvainas a Démeter.- se abrigó entre su capa y añadió:- Es un nombre muy bonito."

Anya se frotó los brazos, nerviosa. Tenía frío. Christine ya no la estaba mirando, sino que tenía puestas las manos en su vientre.

-¿Darás clase hoy?- Christine levantó la cabeza sorprendida por la pregunta.

-Sí. Le he dicho a Dumbledore que me reincorporaré de inmediato para presenciar el examen de mi asignatura. No podemos permitirnos el lujo de no entrenar bien a futuros magos. Defensa Contra Las Artes Oscuras es una materia importante.- Anya asintió.

-Nos veremos en clase entonces.- dijo. Había visto abrirse las puertas de las aulas. Hermione, acompañada de Ron, Troy y Heka acababan de salir de Historia de la Magia. Se entristeció. Un profesor suplente había sustituido a Remus. Sabía de la devoción de su padre por dar clase. Había cumplido su sueño de impartir una asignatura en Hogwarts pero éste se había roto en pedazos. Había escuchado como Jackson y algunos de su pandilla se quejaban de lo malo que era el nuevo profesor y aunque el muchacho no le caía bien, se alegraba de que el recuerdo que quedaba de Remus fuese bueno. Vio al propio Jackson perseguir a Hermione hasta colocarse a su lado para tratar de ligar con ella de nuevo y la mirada furtiva que le lanzaba Ron. Se entristeció por ellos. En su futuro, Ron y Hermione no habían acabado juntos. La guerra los había separado por completo, sobretodo tras la muerte de Harry. Ambos habían liderado a "La Orden del Fénix" en memoria de él, pero ninguno se había recuperado del duro golpe.

-¿Eso significa que ya no me odias?- inquirió Christine con sarcasmo. Anya no se rió. Todavía le sobraban motivos para extraer a Démeter y atacar a Christine, pero prefirió reservárselos. Sin responder, dio media vuelta y salió corriendo hacia sus compañeros. Christine suspiró. No había ganado la guerra, pero sí una batalla importante. Algo había cambiado en la actitud de Anya. No obstante, eso no la resguardaba de posibles ataques. Su hija había perdido parte del corazón que había heredado de Remus. Tal y como Dumbledore le había advertido.

El Valle de Godric se había vestido de blanco. La piscina del jardín de la casa era un gran espejo que reflejaba los copos de nieve al caer. Ares, que había vuelto a casa tras una breve visita a Hogwarts, revoloteaba contento tratando de alcanzarlos todos al mismo tiempo. Su precioso pelaje blanquecino se confundía entre aquel manto fruto de la naturaleza. Alan miraba por la ventana. La caída de los copos le sumía en un estado apaciguador, le calmaba el dolor de su alma. Llevaba días sin poder dormir porque hacerlo le asustaba. Cada vez que sus ojos se cerraban, una nueva pesadilla le asaltaba. Veía a Remus caer por el precipicio una y otra vez. En sus sueños, lo llamaba, pero su padre lo señalaba con el dedo acusándolo, lo miraba con desprecio. Michaela se había aparecido en su habitación y le acariciaba los cabellos azabaches que ya resultaban largos. Hacía mucho tiempo que no había ido a visitar a su nieto y se sentía la única persona capaz de otorgarle un poco de consuelo, de aliviarle de todo lo que había vivido en los últimos meses. Alan había perdido toda su soberbia. Parecía indefenso observando la ventana como si esperara encontrar las respuestas en aquel paisaje típico navideño. Pero el silencio era lo único que evocaba.

-Abuelita, ¿de dónde viene la nieve?- preguntó. Michaela sonrió imperceptiblemente mientras lo arropaba. Su rostro dibujaba una mueca forzosa. Le pasó una mano por la frente y le dio un beso.

-Alan…te voy a contar una historia que nunca le he relatado a nadie.

-¿De esas de los arcángeles interviniendo en las cruzadas?- Michaela no pudo evitar soltar una carcajada. Había alejado a Alan de su melancolía y parecía que prestaba toda la atención del mundo, como cualquier niño antes de que su madre le cuente el relato de Peter Pan. Había, en aquellos ojos azules, una luz de inocencia.

-No- respondió la anciana enigmáticamente.- Ésta es una historia de un hombre que cambió la vida de una jovencita rebelde.- Michaela estaba tan concentrada en su relato, que no se había percatado de la presencia de Christine, que aguardaba tras el marco de la puerta.- Vamos a ver... ¿cómo comenzó? ¡Oh, sí! Creo que fue aquel Noviembre.- carraspeó y comenzó a contar:- Desde que Doreen tenía recuerdos, jamás había nevado en Londres. Sus habilidades místicas no habían obrado el milagro. Deseaba con todas sus fuerzas ver al cielo llorar copos de nieve, pero las visiones eran la maldición o el don que se le había otorgado.

-¡Doreen eran un arcángel!- adivinó Alan entusiasmado. Adoraba las historias de su abuela, le resultaban lo más maravilloso del mundo. Bebía de ellas como si pudiera hallar toda la sabiduría de su pueblo.- ¿A qué sí, abuelita?- Michaela asintió.

-Era un arcángel muy poderoso, pero no deseaba serlo.

-¿Por qué no?- los labios de la anciana temblaron imperceptiblemente.

-Eres muy poderoso, Alan y creo que alcanzarás a entenderlo. A menudo, nuestros poderes nos otorgan dicha y bienestar, pero en otras muchas ocasiones dolor y confusión.- Alan bajó la barbilla y se frotó los ojos. Lo comprendía, claro que podía comprenderlo. Desde hacía días deseaba ser un niño normal y corriente sin ningún tipo de don que atrajera a personas como Lewis.- Doreen poseía un don preciado y buscado por la raza humana, pero peligroso y atroz para quien lo poseía. El don de ver el futuro.

-¿Podía ver cada una de las cosas que iban a pasar?- preguntó Alan anonadado. Michaela asintió una vez más.

-Doreen no podía soportarlo. Sufría viendo pasear a la gente de su aldea y conociendo con exactitud la fecha de su muerte.

-¿Y por qué no les advertía?- quiso saber Alan.

-Oh, cariño, jugar con el destino es muy peligroso. No siempre se pueden o se deben cambiar las cosas. La línea de la vida tiene su propio curso y no debemos romperla. Doreen tuvo que aprenderlo. Ocurrieron desgracias por tratar de variar el futuro.- Alan se quedó pensando en ello. Michaela, aunque no podía leerle la mente, sabía que Anya y Orión estaban en su pensamiento. Alan no se había atrevido a nombrarlos, pero en su interior, era consciente del daño que les había hecho en su futuro.- El caso es, - prosiguió la anciana para irrumpir el silencio que se había generado.- que los padres de Doreen habían muerto cuando ella era una niña. Doreen no recordaba dónde había vivido con ellos, pero sí que sabía que era un lugar donde siempre estaba nevando. Por eso, a Doreen le gustaba tanto la nieve. Sentía que, si volvía a ver nevar, sentiría la cercanía de sus padres como nunca antes la había sentido y podría gritarle a la nieve que necesitaba que la ayudaran a comprender lo que era.

-¿Vivía sola?- inquirió Alan, de nuevo pendiente del relato.

-No.- negó la mujer.- Sus tíos la habían adoptado tras la muerte de sus padres y se la habían llevado a vivir a una aldea que estaba situada a cincuenta kilómetros de Londres. Doreen no pasaba mucho tiempo en ella porque solía escaparse a la gran ciudad a ver los escaparates de las tiendas y con la esperanza de encontrar a más gente como ella.

-¿Sus tíos no eran arcángeles?

-No.- volvió a negar Michaela.- Su tía era hermanastra de su padre, pero no tenían la misma sangre. Tía Marta también había perdido a sus padres de pequeña y los padres de Gerión, padre de Doreen, la habían adoptado. De alguna manera, para devolver el favor, Marta adoptó a Doreen, pero ella no podía imaginarse lo que era. Cuando sus tíos descubrieron la naturaleza de sus poderes, la tildaron de rara y retraída y le cogieron miedo. Nunca supieron ayudarla y la maltrataron.

-Como a Harry…- dijo Alan en voz baja. No hacía mucho tiempo que se había enterado de la verdadera historia de su hermanastro. Entonces, se había burlado de él y lo había tratado con desprecio, ahora, lo comprendía mejor que nunca. Sobretodo, porque Harry se había sacrificado para salvarle en más de una ocasión, porque, además, su perseverancia habían devuelto a Alan a la vida.

-Como a Harry.- ratificó Michaela.- Seguramente, Doreen hubiera entendido a tu hermano a la perfección.

-¿Y qué ocurrió con ella?- le instó el niño. Michaela se rascó la barbilla antes de proseguir. En la ventana había dejado de nevar y comenzaba a oscurecer. Ares había desaparecido. El paisaje del Valle era mucho menos interesante sin la nieve.

-Creció convertida en una niña solitaria, enferma de sus visiones. Se le endureció el corazón y aprendió a utilizar sus poderes a tal extremo que los dominó sin que nadie le enseñara nada. Estudió su providencia y descubrió lo que era. Un año, en Noviembre, un extraño viajero llegó a la aldea. Estaba cansado y herido, pero llevaba en su regazo una maravillosa espada. Se desplomó en mitad de la plaza.- en aquel punto, Michaela estaba tensa.- Doreen, que había ido a comprar pan, lo recogió y lo llevó a un refugio en el que solía esconderse cuando se sentía sola. El rostro de aquel hombre la había atraído poderosamente. No había gente así en el pueblo, con esos rasgos varoniles, esos cabellos rizados y largos y esa vestimenta. Cuando abrió los ojos, Doreen sintió que se perdía en su mirada verdemar. Con dieciocho años, no había conocido a ningún hombre que tuviera menos de cincuenta años.

-¡Seguro que se había enamorado!- se rió Alan entusiasta. Michaela lo había ido arropando de manera que el niño estuviera cómodo a la hora de dormir.

-Sí.- rió Michaela también.- Doreen se había enamorado, pero todavía no lo sabía. Jamás había sufrido un sentimiento tan poderoso. Pero lo que de verdad la llevó a pensar que aquel era el hombre de su vida, fue la historia que él le contó. Resultó que Gienah había sido salvado por un arcángel cuando era muy pequeño. Aquel arcángel le dijo que había visto el futuro y que él no podía morir, que le esperaban grandes cosas y que su vida era demasiado valiosa como para perderla. Él le daría al mundo la posibilidad de tener una segunda oportunidad. Desde entonces, Gienah se había obsesionado con los arcángeles. Había estudiado todo lo relacionado con su existencia y sus costumbres y por fin, tras una larga búsqueda, había hallado en una cueva cercana a la aldea una espada que debía haber pertenecido a uno de ellos. Se la mostró a Doreen y ella supo con toda seguridad que aquella era un arma legendaria.

-¿Para qué quería Gienah la espada?- logró preguntar Alan en mitad de un bostezo. Michaela estaba totalmente sumergida en la historia. Christine, desde el umbral, contenía la respiración. Sentía un mar de emociones pugnando por cada poro de su piel. Su padre le había contado aquella historia también…pero mucho menos detallada y desde una postura menos privilegiada. Su padre, no había podido saber todo lo que su madre conocía.

-Era la prueba de la existencia de los arcángeles. Aunque para cualquier otro aquello podía ser solo una espada de la Edad Media, un gran hallazgo, pero una espada corriente, para Gienah, que había visto una verdadera espada legendaria, no cabía duda de que aquella lo era. Gienah había tratado de convencer a sus padres de la existencia de los arcángeles pero ellos lo habían llevado a numerosos médicos que le habían dictaminado locura tras el accidente. Aunque sus padres eran brujos, gran parte de la Comunidad mágica creía que la existencia de los arcángeles era una leyenda. Gienah precisaba de una prueba que le demostrara a sí mismo que no había soñado todo aquello como los médicos le habían dicho tantas veces. Y la encontró.

-En Doreen.- adivinó Alan. Se tapó la boca para evitar otro bostezo. Michaela volvió a retocar las sábanas.

- Sí. La espada se quedó a un lado cuando Gienah descubrió que Doreen era un verdadero arcángel. Ella le mostró sus poderes, le contó todo lo que había aprendido mientras Gienah, escuchándola con todo el fervor del universo, se iba enamorando a su vez de ella. Y aquel atardecer de la llegada de Gienah, nevó en Londres.- Michaela sonrió ante el asombro de su nieto.- Doreen se sintió la mujer más dichosa del mundo y a su vez, la más desgraciada.

-¿Por qué?- Michaela desvió la mirada para que Alan no intuyera la tristeza en sus ojos. Sin embargo, Christine, que disponía de una posición privilegiada en la puerta, sí la vio.

-Porque conocía las reglas.- Alan abrió mucho los ojos esperando la siguiente frase.- Las normas de los arcángeles impiden que uno se enamore de un mago. Los arcángeles sólo pueden relacionarse entre ellos. Y Gienah no lo era. Y existía además una ley todavía más tajante.

-¿Cuál?

-La de no enamorarse de tu protegido.- Alan lanzó una exclamación de asombro.

-¡Gienah era el protegido de Doreen!

-Exactamente.- confirmó Michaela en voz baja.- Ambos lo supieron aquel mismo día. Y ambos, a pesar de las reglas, decidieron permanecer juntos.

-Eso es bonito.- opinó Alan.- ¿Les ocurrió algo?- Michaela le acarició la frente con ternura y se metió la mano en el bolsillo.

-A ella no.- y sin que Alan se diese cuenta, espolvoreó unos polvos brillantes por su cabeza. Pero el niño estaba ávido de preguntas.

-¿Y a él…? Entonces…¿Harry y…? ¿Y papá…?- antes de que pudiera concluir la frase, el sueño ya lo había vencido.

-Todos cayeron fruto de la desdicha de las reglas.- respondió la anciana, a pesar de que Alan ya no podía escucharla. Lo arropó una vez más, le revolvió los cabellos y se levantó de la cama en la que había estado sentada. Al darse la vuelta, se topó de bruces con Christine, que la miraba fijamente. No obstante, Michaela no se sobresaltó.

-Gracias.- dijo Christine.- Últimamente le costaba mucho dormir.- Michaela inclinó la cabeza y pasó al lado de su hija, dispuesta a marcharse, pero la profesora la detuvo.- ¿Por qué me regalasteis a Calipso?

-Ambos sabíamos, de alguna manera, que la espada estaba destinada a ti. Eras el fruto de nuestra unión y Calipso fue quien nos llevó a encontrarnos. Debes saber que en la mitología griega, Calipso ayudó a Odisseo a encontrar su barco. Por eso le dimos aquel nombre a la espada.- la anciana avanzó dos pasos, esta vez, dispuesta a marcharse por completo, pero Christine todavía tenía más preguntas.

-¿Cuál era el cometido de papá en el mundo?- Michaela suspiró. Tal vez, podía engañar a Alan, pero no a Christine. Muy poca gente sabía que su segundo nombre era Doreen y que su esposo se llamaba Alan Gienah.

-Nunca lo sabremos. No obstante, Christine, por lo que a mí respecta lo cumplió al pie de la letra.- Christine alzó las cejas, incrédula.- Me dio las dos cosas más importantes que siempre deseé.

-¿Cuáles?- Michaela sonrió y la miró intensamente a los ojos.

-La nieve…y a ti.