CAPÍTULO 32: BLOOD ON BLOOD
(SANGRE CON SANGRE)
El ángel emergió de entre las sombras como una figura fantasmal. Son ojos se cargaron de un profundo rencor. No tuvo que esforzarse por acostumbrarse a la oscuridad pues todo lo que le rodeaba estaba envuelto en tinieblas. La vio a ella. La primera vez que pisaba aquella tierra y la primera imagen era la de ella. La detestaba. Sentía celos hacia su figura humana, hacia sus cabellos azabaches, hacia sus majestuosos poderes. Sí, la envidiaba. Ella era todo lo que él jamás podría ser. Y él era, a su vez, todo lo que ella habría podido ser. Eran una misma masa que había evolucionado indistintamente. Su larga capa rozó el suelo con delicadeza, sin emitir sonido alguno. Estiró los brazos para desentumecerlos y absorbió el poder del ambiente. En aquel mundo, también era el más poderoso. El viaje no había modificado sus poderes.
-Bienvenido- siseó una voz a sus espaldas. El ángel la conocía muy bien. Era la misma que le había estado hablando solo unos minutos atrás, en su pasado. La figura, recostada sobre el sillón, de Ian Lewis era indistinguible para cualquiera que no tuviera la capacidad de visualizar en la oscuridad, pero no era el caso del ángel. No había nada que a él se le escapara.- Llegas tarde.
-El futuro ha cambiado.- dio por toda respuesta sin ningún tipo de alteración. Lewis sabía que la imagen de Christine lo perturbaba, pero la había colocado a la vista expresamente, para analizarlo. El ángel era todo lo que había esperado. Era perfecto. Su creación. Un ser despiadado inmune a los sentimientos humanos. Una máquina de matar.
-Supongo que sí.- Lewis suspiró y se encogió de hombros. Sin levantarse del asiento se sirvió una copa de vino tinto y le ofreció otra a su invitado. El ángel la rechazó. No bebía.- Por eso te he llamado. Es imposible arreglar lo que ha ocurrido pero la situación nos beneficia. Remus Lupin ha muerto.- en los ojos del ángel se dibujó una sombra de ira. Por un momento, Lewis temió que sus palabras pudieran haberlo enfurecido, pero cuando volvió a levantar la vista, la mirada del ángel era serena de nuevo.- ¿Cómo ha afectado eso a tu futuro?
-No puedo saberlo.- refunfuñó el ángel. Su humor había empeorado, pese a que trataba de controlarse. Si el Ian Lewis que estaba enfrente suyo se asemejaba al que conocía muy bien podía arrepentirse de su osadía.- Se ha producido una crisis temporal, un cataplasma. Esos chicos…los arcángeles…deben regresar para que las cosas vuelvan a su cauce. De momento, sólo nosotros nos hemos percatado de lo ocurrido. Por eso he venido. Tu yo futuro me ha enviado para que facilite nuestro camino, después, tendré que matar a los arcángeles o enviarlos de vuelta junto conmigo. Así reestableceré el futuro.- Lewis se rascó la barbilla mientras sopesaba lo que acababa de escuchar.
-Me temo que no es del todo cierto.
-¿Qué insinúas?
-Me temo, ángel, que jamás podrás regresar a tu casa.- el muchacho lo miró con fingido interés. Le daba igual qué tiempo vivir. En realidad, le importaba bastante poco cualquier cosa. Había asimilado que era feliz al lado de Lewis y mientras estuviera frente a uno de ellos lo sería. Daba igual el tiempo.- Estás fuera de toda realidad. Si no me equivoco…el Alan de mi mundo vuelve a ser bueno, lo que significa que tú, en el futuro, lo eres. Has logrado escapar del cambio temporal, así que has conservado tu maldad, pero has perdido tu puesto. En tu futuro, ahora mismo, debe existir otro Alan.
-Puedo matarlo.- propuso el ángel con indiferencia.
-Puedes.- asintió Lewis sonriente. La habilidad para matar del muchacho le agradaba.- Pero eso podría afectarte a ti mismo. Así como lo que le pase al Alan de mi mundo. No deberíamos correr riesgos.
-De acuerdo.- fue todo lo que dijo el ángel. Lewis sorbió de la copa y saboreó el líquido rojo en sus labios.
-De todas formas, mejor así. Necesitaré tu ayuda para acabar con los demás arcángeles. Siento que tengas que trabajar doble.
-No tiene importancia, padre.- Lewis sonrió ante la llamada del muchacho.- Haré todo lo que me pidas.
-De momento, Alan, me gustaría que descansaras. Estoy seguro que el cambio temporal te ha debilitado. Ayax está en el pasillo, te mostrará una buena habitación. Mañana empezaremos a trabajar.
-Como gustes.
-Y otra cosa más, Alan.- el ángel que ya se disponía a salir de la estancia, se detuvo.- Nuestro principal objetivo es Christine y…esa niña que espera.- los ojos del muchacho se iluminaron, pero no dio muestras de ello. Christine una vez más. El odio bullía en su interior. Tendría que matarla de nuevo. De una vez y para siempre.
-¡Alan, no te alejes!- Christine esquivó la rama por los pelos, pero un matorral le arañó el pantalón. Las altas botas camperas que se había puesto evitaron que se hiciera daño. Maldijo por lo bajo. Hacía mucho tiempo que no salía de "acampada" y le estaba costando distinguir a su hijo entre tanta maleza. El bosque cercano al Valle era un auténtico paraje natural. La hierba llegaba a la altura de las rodillas y los árboles crecían frondosos. Se respiraba aire puro. Christine había aceptado la propuesta de Alan de dar un paseo, pero estaba agotada. Le abultaba lo suficiente la barriga como para sentir fatiga. No lo había comentado con nadie pero sus fuerzas iban mermando diariamente. El embarazo le estaba absorbiendo toda su vitalidad y le costaba trabajo mantener sus actividades habituales. Sin embargo, se alegraba de estar allí. Alan lo estaba pasando bien. Sonreía como hacía tiempo que no lo hacía y aquello la llenaba de esperanza. La conversación con Michaela había hecho cambiar la actitud del pequeño. Volvía a salir de su habitación a jugar con sus juguetes, ayudaba a poner la mesa, buscaba a Harry a cada momento y los dibujos animados habían captado su interés de nuevo. Era como si Remus le hubiese dejado aquello como regalo. Se había marchado, pero a cambio…le había devuelto a Alan.
-¡Tranquila, mater, Haiaas me protege!- Christine se aupó para ver mejor. Alan se desenvolvía perfectamente entre los arbustos que cortaba limpiamente con su espada. Haiaas brillaba rebosante de vida. La mujer entornó los ojos, ligeramente perturbada. Había visto como la propia Haiaas acababa con su vida y ahora lucía henchida en las manos de su hijo. No pudo evitar una nota de preocupación. Alan parecía totalmente restablecido, pero…;Christine movió la cabeza para alejar aquellos oscuros pensamientos. Sabía que la muerte de Remus, muy a su pesar, había cambiado el curso de la historia. La propia Haiaas no era la misma espada. Resplandecía poderosa e imponente, sí, pero había en ella un brillo de luz que poco se parecía a la fría oscuridad de la otra. Aún así, Alan había aprendido a manejarla tan rápido como se esperaba. Jamás se separaba de ella. Ambos eran uno. Y la espada tintineaba como si estuviese repleta de vida y preparada para proteger a su dueño a toda costa.
-Alan, por lo que más quieras, dame un respiro.- Christine sonrió tranquilizadora. Se abrió paso con su propia espada y corrió en pos de su hijo. No tardó en escuchar los gritos.
-¡MATER! ¡MATER! ¡CORRE, VEN!- Christine se asustó y se puso en alerta. Desapareció envuelta en una luz blanquecina y reapareció al lado de Alan, cuyo rostro estaba sumido en la preocupación.
-No debiste alejarte.- le reprochó enfadada, sin darle tiempo a explicar lo que había ocurrido. Alan bajó la cabeza, avergonzado. Sabía de la preocupación de su madre desde la muerte de Remus y sentía haberla hecho sufrir.
-Perdóname…- dijo en voz baja y señaló a un pequeño bulto un par de metros a la derecha. Christine miró en aquella dirección.- …pero…el perrito…- el niño corrió hacia allí y se agachó en el suelo. Christine vio que, efectivamente, el pequeño bulto no era otra cosa que un cachorro de pastor alemán. Y parecía herido. Tiritaba y gemía con apenas un hálito de vida. Alan lo recogió entre sus brazos.- ¿Puedes…puedes curarlo?- preguntó temeroso de la respuesta de su madre. La mujer ofrecía un rostro semejante a un témpano de hielo. Alan sabía que el cariño no era una virtud de Christine. No parecía que con ella fuera la compasión y la debilidad, pero sabía de su buen corazón. Y Christine respondió a las expectativas. Relajó el rostro, tomó al perro entre sus brazos y relajó las manos. Pronto empezó a fluir una tenue luz blanca. Alan percibió el gesto de dolor de su madre. A Christine le costaba ya hasta eso. Sus energías todavía eran más escasas desde la última batalla. Sin embargo, no se quejó. Cuando abrió los ojos y dejó al cachorro en el suelo, éste se incorporó de inmediato, movió la cola con gracia y ladró un par de veces agradecido. Alan dio un grito de alegría y empezó a jugar con él.
-Es una hembra.- sonrió Christine visiblemente agotada.- ¿Cómo vas a llamarla?- Alan abrió los ojos como platos.
-¿Puedo…puedo quedármela?
-Puedes.
-¡Bien! ¡Gracias, mater! Pues…pues…creo que la llamaré Luna.
-Luna.- repitió Christine enarcando las cejas.- Sí, es un precioso nombre. ¿Y esa elección?
-La luna es muy bonita.- respondió Alan.- Me gusta mirarla.
-Sí, tienes toda la razón.- Christine recogió del suelo a Luna y la puso en brazos de Alan. El cachorro le lamió la mejilla y el niño rió divertido.- Creo que le gustas.
-Quiero regresar.- sentenció Anya.- Harry y ella estaban sentados en los sofás de la casa del Valle, tomando un café. Orión, de pie, los escuchaba sin mucho interés.
-Lo entiendo.- comentó Harry afligido. Ocultaba sus verdaderos sentimientos y es que no deseaba que Anya se marchara. Por fin había conocido arcángeles de su misma edad y la chica le caía muy bien, más aún al saber que era la hija de Christine y Remus. Trató de encontrar al licántropo entre sus rasgos físicos, pero todos los que predominaban eran los de Christine. No obstante, Anya tenía el corazón de Lupin. Hablar con ella era como hablar con Remus y cada día más, se daba cuenta de porqué la había apreciado con tanta rapidez. Sabía que pronto nacería en el presente pero no sería lo mismo.- Pero es posible que no te guste lo que encuentres.- Anya bajó la cabeza entristecida. Sabía muy bien lo que iba a encontrar al regresar a casa. Habían logrado detener a Alan, pero…su padre ya no estaba allí. Anya no podía regresar al futuro, encontrarse allí a Christine y decirle que su marido había muerto porque ella no había sido capaz de evitarlo. No podía fingir con su madre una relación que jamás había existido. Y sin embargo…ya no la odiaba. No podía. Porque aparte de averiguar todo lo que había pasado, era la persona a la que su padre había amado.
-Quedan cosas por resolver aquí.- intervino Orión con dureza. Su altivez no había variado desde la muerte de Remus. Anya sabía que estaba tan triste como ella pero no lo demostraba. Uno de los dos debía ser el fuerte.- No nos marcharemos hasta asegurar la paz en nuestro futuro. Es lo que prometimos.- Anya asintió conformista. Era incapaz de llevarle la contraria a Orión sintiéndose tan vacía. Sólo pensaba en lo mucho que deseaba acabar con la vida de Alan, que le había robado a su padre. Pero en su fuero interno, no se lo consentía. Remus había muerto por él.
-No te preocupes, Anya.- Harry le colocó una mano en el hombro a su amiga.- Estoy seguro de que muy pronto acabaremos con Lewis y podrás volver. Quiero hacer un futuro bonito para ti.- Anya lo miró agradecida.
-¿Y tú cómo estás?- preguntó- Me refiero a lo de la fe y todo eso…- Harry se encogió de hombros.
-Hace tiempo que Lewis no mata cardenales. Ha estado muy ocupado con Alan, pero supongo que ahora que hemos frustrado su plan, volverá a las andadas. Aún así, gracias a los entrenamientos de Christine me encuentro mucho más fuerte. Resistiré, no te preocupes.- Anya asintió pero no lo tenía muy claro. No quedaba mucha fe en el mundo, sobretodo, desde que los muggles habían sido sometidos.
-¡Ya estamos en casa!- todos se giraron hacia la puerta de entrada. Christine y Alan acababan de entrar por ella. Harry y Orión se miraron entre sí y se pusieron en alerta por si debían frenar a Anya. No se habían preparado para una situación así, pero la chica estaba mirando otra cosa.
-¡LUNA!- exclamó y se puso en pie de golpe. El cachorro que Alan llevaba en brazos saltó al suelo y movió la cola, respondiendo al nombre que le acababan de poner. Anya, bajo el asombro de todos menos Orión, corrió hacia la perra y la tomó en brazos, dando vueltas y riendo mientras la abrazaba.- ¡Pero si eres un cachorro! ¡Nunca te había visto así!
-¿La conoces? ¿Es que es tuya? Como la encontramos abandonaba en el bosque…- Anya miró a Alan y sus ojos se endurecieron.
-Luna será mía.- recalcó.- Cuando yo nací ella ya estaba en la familia. Mi…- la chica se mordió los labios afectada.-…mi padre cuidó de ella cuando…cuando mi madre murió.- sonrió con nostalgia y le acarició detrás de las orejas, cosa que a la perra le encantó.- Luna siempre iba detrás de mí vigilándome para que no me perdiera ni me hiciera daño. Era mi mejor amiga.- todos se quedaron en un estado de shock. Habían olvidado la infinidad de cosas que Anya y Orión sabían que ocurrirían y que todavía estaban por llegar.- Pero tranquilo,- Anya regresó al tono mordaz que había utilizado al dirigirse a Alan.- todavía es tuya.- y puso al cachorro en sus brazos. La perra, no obstante, saltó de nuevo de los brazos del pequeño y se dirigió a Orión, meneando la cola con gracia. Todos contuvieron el aliento. Orión no era precisamente la personificación de la bondad y no sabían como reaccionaría. Sin embargo, Anya se giró hacia él y le sonrió cuando vio que el chico acariciaba al animal.- Todavía no nos conoce y no puede acordarse de nosotros, pero ya le caes bien.
-Sí.- dijo Orión incorporándose y recobrando la compostura.- Será mejor que nos vayamos.- Anya asintió.
-Bueno,- interrumpió Harry para romper el molesto silencio que se había generado.- Alan, coge a Luna y vamos a mi habitación a jugar un rato con ella.- El niño obedeció enseguida, entusiasmado. Cuando se perdieron escaleras arriba Anya y Orión comenzaron a envolverse en una luz blanquecina, dispuestos a desaparecer. Sólo Anya lo logró del todo. Orión había sido retenido por otra fuerza, la de Christine. Ambos se habían quedado solos en el umbral de la puerta.
-Tienes muchas cosas que explicar.- dijo Christine fríamente. Orión intuyó que sabía su pequeño secreto.
-No tengo porqué.- respondió molesto. Detestaba que alguien se inmiscuyera en su vida.
-Eres el hijo de Harry y Ginny.- gruñó Christine enfadada y sujetándolo del brazo. Apretó tanto que Orión sintió una molesta quemazón, pero no dijo nada.- ¿No deberías decirles la verdad?
-Mi madre está al tanto.- Orión se desembarazó de Christine y enseñó los dientes, furioso. Aquello resultó impactante para Christine. No entendía porqué Ginny, si lo había descubierto antes que los demás, no lo había comentado con nadie. Y comprendió que Orión se parecía a ella: ambos sabían guardar un secreto.- Potter es otro mundo. Anda restregándose con Odria. ¿Por qué deberíamos guardarle consideración?
-¡Porque lo está pasando mal!
-¿Y mi madre no?
-También está teniendo ayuda.- se enfureció Christine.- Y no se lo reprocho. Sé que entre ella y Troy hay algo más que amistad.
-Basta.- cortó Orión de mal talante y ni siquiera Christine pudo negarse a eso.- No ensucies el nombre de mi madre. Ella quiere a Potter…lo vi en sus ojos.
-Y Harry quiere a Ginny.- rebeló Christine. Orión, que ya lo sabía, le dio la espalda, consternado. Por mucho que Potter quisiera a su madre se estaba portando como un cerdo con ella.- Deberían estar juntos y si él supiera quién eres…
-Soy mucho más que el hijo de Harry Potter.- la interrumpió Orión.- Pero no soy quién para cambiar el destino.
-¿Y comprendes las razones de Harry?- le abrió los ojos Christine.- ¿Sabes porqué está con Heka y Heka está con él? Esa muchacha sabe perfectamente cuál es su puesto…y quiere ayudar a Harry. Para ti puede parecerte una guarrada, pero para ellos puede significar la salvación. Ella hace posible que la personalidad del Salvador salga a flote y eso permite a Harry vivir.
-Esa estúpida lo ama.- le recriminó Orión.- Y quiere conseguirlo a toda costa.
-¿Por qué lo odias tanto?- susurró Christine bajando la voz y suspirando sin saber qué argumentos utilizar. Orión se giró hacia ella y su cuerpo se iluminó por segunda vez.
-Porque durante años fui su sombra. Tuve que soportar como los demás me comparaban con él y me restregaban por la cara mis fracasos. Porque mientras yo los salvaba no pararon de recordarme lo bueno que él había sido y lo mucho que sentían que no estuviera allí para rescatarlos. Él fracasó y yo vertía mi sangre por salvarlos. Él perdió y dejó sola a mi madre en una guerra en la que la mataron. En la que tu hijo la mató. No supo protegernos pero todo el mundo decía que había sido el mejor.- Christine sintió lástima por la amargura que contenían las palabras de Orión. Lo comprendió. Comprendió lo duro que había resultado para el hijo de Harry Potter hacerse un lugar entre la comunidad arcángel. Orión, con esas cicatrices y esas marcas que Christine sabía que existían en su cuerpo debía haber sufrido los castigos de sus entrenadores, que le exigirían la misma destreza o mayor que la de su padre. Recordó a Gerde y pensó en lo estricta que era.
-Harry no tiene la culpa de eso. Él ya dio su vida por los demás en una ocasión. Murió por los demás. La vida que está viviendo no le pertenece, es un tiempo comprado y por ello, está pagando las consecuencias. Está ligado al mundo. Harry no perdió en tu futuro porque fuera débil…perdió porque, tal vez, era vuestro tiempo y no el suyo. No puedes reprocharle la muerte de Ginny porque estoy convencida de que lo intentó, de que murió angustiado por no poder ayudaros.- Orión desvió la cabeza y la luz a su alrededor se hizo más potente.
-Yo ví morir a mi madre. Ví como Alan la asesinaba. Ella murió por mí. Pidió al ángel que me dejara con vida y por alguna razón…ese miserable lo hizo. Pero no pude llorarla, no me lo permitieron. Me negaron los sentimientos y las consecuencias son lo que ves ahora. Un ser…al que todos odian. Yo rogué a mi padre que viniera a ayudarme. Pero no podía. Estaba muerto. Y todo lo que soy se lo debo a él. El único que vino a cuidarme y me trató con cariño…fue Remus.- a Christine le temblaba la barbilla. Orión se parecía mucho a Harry, mucho más de lo que él creía y deseaba. Las infancias de los dos habían sido terribles.
-No todos te odian, Orión. Anya te quiere, yo no puedo odiarte sencillamente por la sangre que llevas en tus venas…aunque hayas tratado de matar a mi hijo. Y estoy segura, igual de que lo estoy que Harry no te odia, que Remus también te apreciaba.- Orión agradeció en silencio esas palabras, pero no respondió. Cuando Christine quiso añadir algo más él ya había desaparecido.
El paisaje era precioso. Habían paseado, cogidos de la mano, miles de veces por aquella puesta de sol. Era especialmente bella en los atardeceres del Valle. Las gaviotas sobrevolaban la playa y graznaban a los pocos visitantes que paseaban por ella en invierno. Harry tomó la mano de Ginny casi por inercia. La sentía helada pero le parecía igual de hermosa. La había acariciado cientos de veces mientras hablaban tumbados en el sofá, paseaban como ahora o compartían un helado en la cafetería. Había sido siempre así su relación, todo un mundo de ensueño apartado de la crueldad de los demás y los rencores del resto de seres humanos. Su historia era suya, de ellos, y la guardarían en un cofre del tesoro. No eran como el resto, en absoluto. No les importaba estar juntos horas y horas sin hacer más que hablar y sin salir a disfrutar como los demás. Para ellos, aquello les llenaba de gozo. Eran felices, a pesar de todo y todos. El mundo y el destino se habían opuesto a su relación, pero ellos se habían reído de todo. Pensaban que saldrían adelante, pero…se apagó la luz.
-¿Tienes frío?- preguntó Harry, tratando de calentar aún más la mano de la chica. Ginny negó con la cabeza y sonrió tímidamente. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían hablado con dulzura. Era como ni nada de aquello hubiese ocurrido, como si fuesen capaces de saltarse las reglas y empezar desde cero, allí donde lo habían dejado.
-Me alegro que estés con Heka.- Harry no le reprochó aquella ruptura de su momento mágico, lo entendió. Ginny lo decía de todo corazón. Ella quería su felicidad por encima de todo y Harry, que era su arcángel, lo sabía.
-Yo me alegro que Troy esté a tu lado.
-¿Cómo…?
-¿Cómo lo sé?- Harry sonrió a su pesar.- Te vigilo más de lo que crees, Ginny. Siempre velo por tu seguridad, aunque nunca me acerco demasiado.- Ginny lo miró intensamente. Sentía ganas de abrazarlo, de decirle que lo quería, de confesarle que iban a tener un hijo, pero las palabras se ahogaron en sus labios. No tenía valor y ahora que comprendía los motivos de Harry para romper su relación, todavía menos. Si estaban juntos y rebelaba la verdad sobre su hijo…todos correrían un gran peligro.
-¿Qué nos pasó, Harry?- preguntó llena de amargura, sabiendo que aquellas preguntas de su cabeza tenían respuestas prohibidas, sabiendo que desde el momento en que la cordura había llegado a sus corazones se había estropeado su vínculo.- ¿Por qué dejamos extinguir algo tan bonito como lo nuestro? ¿Por qué nos rendimos tan rápido?- Harry cerró los ojos y le apretó la mano más de la cuenta.
-No hay un día en que no retome esas preguntas. Lo siento mucho, pelirroja, de veras que lo siento.
-Destruimos nosotros mismos lo que los demás no pudieron quebrar…¿te das cuenta, Harry, lo estúpidos que fuimos?- el chico le besó las manos y la miró con seriedad.
-Es la maldición, Ginny. Nuestra prohibición es eterna y nuestro amor infinito…; lo lamento. Algún día, en otro tiempo, en otro mundo, en otra realidad…nos volveremos a encontrar y entonces…volveremos a intentarlo. Hasta entonces, pelirroja, que seas muy feliz.- Harry se desvaneció en una columna de luz blanquecina, dejando a Ginny en el más absoluto de los vacíos, un vacío que le arrancaba el alma.
-¡No! ¡NO! ¡NOOO!- Orión se agarró la raíz de los cabellos y tiró de ellos sin importarle el daño. Sentía un enorme vacío en todo el cuerpo. Percibía la poderosa presencia de otra persona. Había perdido la sensibilidad en los dedos de tanto apretarlos, de tanto dañarse aquel rostro que se le antojaba desconocido. Su cabeza iba a reventar de tantas imágenes que se le representaban. Imágenes que no pertenecían a sus recuerdos…
"-¡Olvídalo! ¡Si piensas que voy a marcharme aquí y dejarte solo estás muy equivocado! ¡Somos amigos! ¡Somos como hermanos!
-Hay un traidor aquí y tengo que averiguar quién.
-Lo haremos juntos."
"-¿Cómo…cómo has podido? A James y a Lily…Sirius…a ellos…
-¡Cállate, rata asquerosa!"
"¡Nos volveremos a ver! ¡Verdaderamente, Harry, te pareces a tu padre!"
"-¿Qué? ¿Vivir contigo? ¿Abandonar a los Dursley?
-Claro, ya imaginaba que no querrías. Lo comprendo, solo pensaba que…
-Pero ¿qué dices? ¡Por supuesto que quiero abandonar a los Dursley! ¿Tienes casa? ¿Cuándo me puedo mudar?"
"-Lo siento…lo siento mucho…oh, James…yo no quería que sucediera esto…
-Hubiera dado la vida por ti, Harry Potter."
-¡Bastaaaaa!- gritó Orión. Se acercó a rastras al espejo y la imagen que vio le pareció espantosa. No era él…allí no estaba él…le devolvía la mirada una figura de rasgos similares…cabellos enmarañados y azabaches, ojos grises y tristes y alto porte. Pero no era él. Se miró las manos y respiró aliviado al ver que eran las suyas. Su rostro tampoco parecía haber sido modificado, pero entonces…¿por qué el espejo le devolvía aquella imagen?- ¡Déjame en paz! ¡Veteeee! ¡No quiero saber nada de ti!
-Por favor, ayúdame.- pidió el espejo. Orión notó que la voz de aquel hombre sonaba apagada. Apenas parecía tener fuerza para hablar. Era como si hubiese realizado un profundo esfuerzo por aparecer.
-¡Sal de mi cuerpo!- exigió Orión, sin hacer caso de los ruegos de aquel hombre.
-No estoy en tu cuerpo. Ni siquiera existo. Sólo formo parte de tu alma, no puedes hacerme desaparecer. Soy tú y tú eres yo. Así lo quisieron.
-¡¿Quiénes?!
-Ellos.- la voz del hombre estaba a punto de extinguirse. Los rasgos del espejo volvían a parecerse a Orión en gran medida.- Y yo acepté.
-¿Qué aceptaste?- preguntó Orión enfurecido. El hombre de mirada triste sonrió.
-Ser el hijo de Harry Potter…- Orión parpadeó confuso. Dejó de resistirse y la imagen del hombre volvió a verse con nitidez.- Tranquilo. Eres una persona real, eres Orión, yo sólo he renacido en tu alma. Pero estoy seguro de que ya lo sabías, así como que sabes quién soy.- Orión desvió la mirada del espejo.
-Sirius. Eres Sirius Black. Estás en mis recuerdos, de hecho…eres parte de ellos. Es como si hubiera vivido dos vidas. La tuya…y la mía…
-Tu vida te pertenece.- le tranquilizó Sirius.- Yo solo soy un mero espectador. Deseaba ayudar a Harry…pero muerto no podía hacer mucho. Ellos…los mayores…me propusieron formar parte del alma del hijo de Harry Potter…y yo acepté. Tengo una segunda oportunidad.
-Pero…pero…
-No sufras.- sonrió Sirius amargamente.- No volveré a aparecer. De ahora en adelante dormiré en tu interior, hasta que tú decidas hacer uso de mi conciencia. Esto sólo ha sido un pequeño regalo de ellos…para que pudieras entender.- Orión bajó la barbilla y se tapó los ojos con una mano. Se sentía agotado. Demasiada información en tan poco tiempo.- No puedes hacer nada…- susurró Sirius de nuevo.- Yo soy tu alma. Y en eso, estaremos unidos para siempre…
-¿Orión?- Anya encendió la luz de la habitación. Orión volvió a observar el espejo temeroso, pero la imagen de Sirius había desaparecido. Respiró hondo para calmar los nervios. Había perdido totalmente el control sobre sus emociones y no estaba acostumbrado. No odiaba a Sirius Black; no podía. Sentía en su interior el cariño que existía entre él y Harry y en cierta forma, lo conmovía. Había bebido de sus recuerdos desde niño y por eso sabía más cosas de su pasado que incluso Harry. Sirius vivía en él y se había manifestado pidiéndole ayuda, pero Orión no deseaba ayudar a Harry. No le importaba lo más mínimo lo que le pasara porque lo envidiaba desde lo más profundo de su alma. Todos querían a Harry, pero nadie le quería a él. Miró a Anya. La muchacha se había despertado con las voces y vestía un camisón que transparentaba su figura. Orión se sorprendió observándola con lujuria. El escote de Anya se reflejaba en sus pupilas. La chica se incomodó al captar la intensa mirada de Orión.- He…he oído voces…¿pasa algo?- Orión negó con la cabeza, se pasó la mano por los cabellos enmarañados y se aproximó a Anya hasta que sus cuerpos se tragaron el aire.
-Siento mucho por lo que estás pasando.- Anya, más incómoda que nunca, bajó la barbilla. Orión repasó su figura desde la cadera hasta los muslos, cuidándose de hacerlo muy despacio, para no dejarse ningún rincón. Lo hacía por encima del camisón, pero en seguida notó como la piel de la chica se erizaba.- Hace mucho que no te toco, ¿verdad?
-Yo…- Anya trató de buscar las distancias, pero Orión la tenía anclada a su cuerpo. Se atrevió a mirar sus ojos y recibió una descarga de ellos. Resplandecían. Ardían en deseo.- Sé que me quieres.- logró decir. Le costaba no tartamudear mientras el chico traspasaba la finísima tela del camisón y llegaba a la piel.- Aunque…te cueste demostrármelo.
-Siempre te he respetado, Any.- susurró Orión cerca de su oído.- Has sido a la única.
-Lo sé.- Había orgullo en la voz de Anya. Sabía que Orión había estado con más mujeres, tantas que había perdido la cuenta, pero ella siempre lo había dejado pasar. Esas mujeres satisfacían a su novio de una forma que ella nunca había cedido, quizás, porque Orión nunca se lo había propuesto. Entre ellos existía un vínculo más tenaz que el de una relación corriente, lo suyo no era algo físico, era mágico. Siempre lo habían sabido, pero en ocasiones, se rendían a su lado humano. Y esta era una de ellas.
-Pero también sabes que siempre regresaba a ti. Te necesito.
-Pensaba que tú no necesitabas a nadie.
-A ti te necesito.- repitió Orión con testarudez. Le costaba bastante expresar sus sentimientos y Anya se lo estaba complicando. Sabía que ella no estaba dolida por esas aventuras porque era consciente del alcance de su relación, pero necesitaba recriminárselo y recordarle que ella lo había esperado fiel.
-Y yo necesito que me consideres una mujer.- Orión la fulminó con la mirada, pero no apartó la mano de su cadera. La piel de Anya quemaba entre sus dedos y lo hacía sudar de pasión. Deseaba desabrochar el cordón del camisón y contemplar su cuerpo desnudo como lo había contemplado otras veces, todas ellas sin llegar a tocarlo.
-Eres una mujer.- respondió y con un movimiento alcanzó el cordón prohibido y tiró de él. Anya se quedó indefensa ante su figura, pero no se amedrentó.
-Jamás me has tratado como tal. Jamás…- soltó un gemido de placer cuando el muchacho le mordió en el cuello.- …jamás me has hecho el amor…¿por qué?- Orión se desembarazó de la túnica y la tumbó en la cama con delicadeza.
-Porque te quiero.- respondió y allí, en medio de aquella manifestación de amor absoluto, en medio de un mundo que no les pertenecía, en medio de una cruenta guerra que destrozaba día a día su futuro, Anya fue mujer por primera vez en su vida.
Los adornos de Navidad no engañaban la tristeza que se respiraba en la habitación de Alan. Christine se había dedicado toda la mañana a la decoración ya que iba a ser la anfitriona de una gran fiesta. Para animarla, la familia Weasley y Dumbledore le habían pedido que la cena de Nochebuena se celebrará allí, donde también acudirían algún que otro arcángel. Al principio, Christine se había negado. Era tradición que el director y los profesores presidieran el banquete de Navidad para los alumnos que se quedaban en Hogwarts y, además, Christine no tenía ganas de celebrar ninguna Navidad; pero tras la insistencia de sus amigos se le habían acabado las excusas. Remus era el que solía decorar el árbol y sin él a Christine le había costado horrores terminarlo. Ni Harry ni Alan habían querido colaborar. Ambos habían salido temprano con Luna a pasear y no regresarían hasta el atardecer. Sin ningún miembro de la familia, la mansión Lupin parecía un caserón abandonado. Christine le había pedido a Ares que se encargara de la iluminación y el fénix había derrochado luz por todo el comedor, pero era la única habitación de la casa que se antojaba habitable. Con el pavo al horno, Christine había subido las escaleras y se había adentrado en la habitación de Alan, presa de los recuerdos. Acariciándose la barriga, sonrió al recordar cuando estuvo embaraza por primera vez. Dani y ella habían esperado aquel bebé con mucho temor, pero a su vez, con mucha ilusión. No podía soportar la idea de que Remus no estuviese allí para ver a su hija, para verla nacer, para cogerla en brazos por primera vez. Los dos hombres de su vida la habían abandonado. Se habían marchado junto con James y Sirius, junto con Pettrigrew, como si se hubiese cerrado un ciclo. Sintió temor de no pertenecer al presente y que su vida también estuviese en juego. Tenía mucho por lo que sobrevivir. No podía dejar solos a Alan, Anya y Harry. El canto de un gorrión la despertó de sus oscuras cavilaciones. Se había posado en el alfeizar de la ventana y movía las alas al compás de su música. Christine recordó el Gaf y volvió a acariciarse la barriga. Veló por el alma de su hija y agradeció al gorrión su canto. Cuando lo hizo, el pájaro batió las alas y se marchó. La mujer observó de nuevo a su alrededor. Le gustaban las fotos en movimiento que colgaban de las paredes, los peluches que inundaban la cama y el edredón de Walt Disney; lo único que Christine encontraba inquietante en aquella habitación era la presencia de Haaias. Alan no se la había llevado pese al estado de guerra. Christine tuvo un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. En las imágenes de la mente de Orión había visto como aquella espada la atravesaba y acababa con su vida. Una vez más, verla allí, tan próxima a ella y destellando heladamente, le producía una sensación de rechazo y miedo.
-Haaias…- dijo-…irónicamente, tienes un parecido conmigo.- Christine se agachó para percibir el frío acero más de cerca.-…eres…un témpano de hielo.
-Es una buena espada.- susurró alguien a su espalda. Christine se quedó de piedra. Sus poderes no habían detectado ninguna presencia y no podían haber fallado. La voz que había llegado a sus oídos era una voz resultona, como la de un niño, agradable y terriblemente familiar. Christine la había olvidado. Había tenido que aprender a hacerlo porque de lo contrario, la tristeza la habría consumido. Deseaba tanto la presencia de aquella persona que pensó que se lo tenía que haber imaginado. Pero las casualidades no existían y nadie mejor que ella lo sabía. Aquella persona desprendía un poderoso olor a lavanda que la distinguía de entre el resto, aquella persona estaba allí sólo por un motivo: recuperar el equilibrio.- Comprendo tus reticencias pero estoy convencida de que será de alguna utilidad.
-Emily Evans…- siseó Christine dándose la vuelta. La Unión estaba allí. Se apoyaba en la cama cómodamente como si estuviese en su casa mientras se repasaba los dedos de la mano con la mirada. Vestía cómodamente y se había recogido el pelo con una cinta roja. Desde la última vez que se habían cruzado, Christine la encontró visiblemente más delgada. Era evidente, que ya no estaba embaraza, no obstante, a la profesora le chocó verla así. Siempre había creído que la Unión aparecería tal y como se había marchado. Sin embargo, salvo por ese detalle, Emy estaba igual que siempre, aunque no venía sola.
Christine dirigió la mirada hacia la izquierda. Parecía una muñeca de porcelana, restando la piel morena que cubría su cuerpo. Tenía el pelo negro azabache y liso como el papel, por debajo de las orejas y se le escurría entre la piel de la nuca de manera grácil. Sonreía como si la felicidad fuese una utopía mientras rozaba con los dedos los distintos peluches de la habitación. No era muy alta y vestía un gracioso trajecito azulado y de lacitos, arrugado, como si hubiese protestado al ponérselo. Sus ojos eran de tonalidades grises y brillaban al contorno de la luz. Llevaba un gracioso pirri en la cabeza con una goma de Micky Mouse.- ¿Quién es esta niña?- Emy sonrió.
-Es mi hija. Se llama Eva….o Sumnarum, como la llaman algunos. Significa "portadora de magia".- Christine enarcó las cejas con curiosidad. La niña no se parecía a Emy directamente pero cargaba con su esencia. Pese a que estaba claro que Emy había tratado de imponerse como madre, Eva era un espíritu libre como la propia Unión que precisaba de esa libertad para ser lo que era. Cargaba con una enorme responsabilidad pero sabía aceptarla con la inocencia propia de los niños. Se comportaba como si aquel mundo, aquella habitación o la propia Christine no fueran importantes para ella. Lo observaba todo con una profunda curiosidad innata, pero cuidadosa, cautelosa, tenaz. El mundo y ella se limitaban a ser uno, porque ella era el mundo, sus cenizas, sus sentimientos, su…equilibrio.
-¿A qué has venido?- espetó Christine bruscamente. Les dio la espalda a ambas y se colocó las manos en la barriga, protegiéndola. Se sentía inquieta. En otras circunstancias se habría puesto contenta de ver a Emy, de conocer a su hija, pero aquellas eran unas circunstancias muy particulares, que la perjudicaban y que llevaban la palabra "problema" escrita en la frente.
-Lo sabes.- respondió Emy a su vez. El tono de su voz también era endurecido.- El equilibrio vuelve a estar en peligro.
-No te necesitamos.- rechinó Christine. Apretaba los puños y los dientes tratando de contener las palabras. El tono altanero con el que Emy se había presentado, la molestaba. Era como si la Unión tratase de inmiscuirse en una batalla que ellos llevaban meses librando.
-¡Oh, yo creo que sí!- contraatacó Emy, igualmente furiosa. Perdía los nervios con poca facilidad pero Christine y ella, en el fondo, eran iguales. Ambas tenían genio y carácter y ambas necesitaban creerse que eran autosuficientes.- ¿Qué habéis hecho con esta realidad, Christine? Me marché con la esperanza de que todos fuerais felices, os llevé a la luz, os di la posibilidad de mantener este mundo en paz y la habéis hecho pedazos. ¡Ninguno siguió mis consejos! En lugar de poneros fáciles las cosas os peleasteis entre vosotros y rompisteis los lazos de unión que os mantenían fuertes.- Christine, por fin, le dio la cara, pero la expresión que recibió Emy fue de un profundo resentimiento.
-Supongo que has venido para echárnoslo en cara.- dijo, dolida. Emy también la miró a su vez con una nota de culpabilidad en los ojos. Sin embargo, era la Unión y como tal, debía soltar aquella reprimenda.
-He venido para ayudaros.- sentenció.- Christine, no vengo a librar tu guerra pero necesitáis que os abran los ojos. A ti particularmente.
-Entonces puedes marcharte.- Emy abrió los ojos asombrada por la frialdad de su amiga. No reconocía a Christine en aquellas palabras, en aquellos gestos…volvía a ser una Christine insensible, fría y dispuesta a todo por todo. Recordó su última conversación con ella y se sintió desfallecer por un momento al darse cuenta por completo de que el aspecto y el alma de Christine no eran la misma.
-No me hagas ser cruel contigo.- ordenó.- Has perdido tu vínculo con Harry, con Alan. Has permitido que se rompa la esperanza permitiendo la separación de Harry y Ginny, has perdido parte de tus poderes y sobretodo Christine, te has roto en mil pedazos al perder a Remus.- Christine le dio la espalda y contempló a Haaias una vez más. Sintió un deseo ardiente de rozarla con los dedos y demostrarse a sí misma que no podía dañarla. La espada era la prueba irrefutable del cambio de Alan. Hacía días que su hijo se mostraba amable y cariñoso con ella, hacía días que Christine había comprendido el motivo por el que Remus se había lanzado a salvarle. La presencia de Emy no significaba nada, ahora más que nunca, lo sabía. Remus había salvado el futuro, el cómo y cuando derrotasen a Lewis ya era cosa de ellos, pero gracias a su sacrificio, Alan había vuelto a nacer y ni todas las hirientes palabras que pronunciase Emy podían hacer cambiar de opinión a Christine.
-Mi tiempo ha pasado.- dijo- Esta guerra ya no me pertenece.- Emy la observó fijamente con los ojos entrecerrados.
-Esta guerra siempre será tuya, Christine. Tienes que sobreponerte a la pérdida de tu marido y volver a ser la que has sido durante cinco años. Alan y Harry te necesitan más que nunca. Nunca olvides lo poderosa que eres, Christine. Sin tu guía ellos no podrán salir adelante.
-¿Para qué?- sonrió la profesora amargamente.- He sido castigada por amar…ese acto distintivo que le dio a Harry la victoria contra Voldemort y que no parecía medirse para mí. ¿Por qué?. Si existiese la respuesta a mi pregunta podría tratar de vivir, pero ahora…me siento utilizada, manipulada…olvidada por aquellos que me colocaron en el tablero de ajedrez en la primera guerra y que han barrido mi pieza. Aquellos a los que debo respeto. Se llevaron a mi padre, a Dani…y ahora se han llevado a Remus.
-Tienes a tus hijos.- Emy había cerrado los ojos tratando de imaginar el sufrimiento que residía en el alma de Christine, pero no pudo encontrarlo. Su cuerpo estaba sellado por la poderosa energía de su hija.
-Precisamente.- Christine se dio la vuelta de una manera muy brusca.- Compraste nuestro equilibrio pero no podías predecir lo que ocurriría a continuación. Tú misma te ves sorprendida. Mis hijos…¿cómo puedes entender tú por lo que hemos pasado? Harry ha estado enfermo…Alan atormentado por las pesadillas que Lewis le enviaba y mi hija, el bebé que esperó, consumió todas mis capacidades para darme cuenta de lo que ocurría. ¿Cómo puedo mirarla a los ojos ahora y decirle que ese odio que siente hacia mí es terriblemente injusto? ¿Cómo lo hago sin herir sus sentimientos? ¿Crees que habría fallado de nuevo con Alan si hubiese tenido todos mis poderes? ¡Qué poco conoces a los arcángeles, Unión!- Jamás nadie había hecho sentir tan mal a Emy como Christine acababa de hacerlo al llamarla "Unión". Pero lo cierto, es que a Emy jamás le había importado alguien como en aquellos instantes le importaba Christine. Sentía en el fondo de su deber, de su existencia, que debía reprenderla por haber fallado estrepitosamente en su labor, pero eran muy ciertas las palabras de su amiga. ¿Qué sabía ella de los arcángeles? ¿Cómo podía Emy, tan siquiera imaginar, lo que estaría sintiendo Christine al otorgar todas sus energías al bebé que tenía en sus entrañas? El destino, una vez más, había sido injusto con ellos.
-Lo siento mucho.- concluyó, contrariada.- Pero Christine…¿qué ha cambiado en tu interior?- la profesora suspiró. Nadie mejor que Emy podía leerle el corazón, algo que muy pocas personas lograban.
-Remus consiguió que me deshiciera de la culpa. Con su manera de tratarme, con todas las esperanzas que ambos pusimos por tener un futuro…todo volvió a ser como antes, como si ambos hubiésemos dejado Hogwarts juntos, como si la muerte de Dani y de los Potter ya no fueran malos recuerdos, porque ambos habíamos visto que ellos nos perdonaban. Pero…- a Christine le costaba respirar.- …Dani regresó. Ian fingió serlo y yo volví a caer en la tentación de creer que podía verlo, que era real. Pasé la noche con él y regresé a casa…Remus pensó que yo…que yo…le había traicionado y…no le dije que lo quería. Debí decírselo entonces, cuando lo vi tan dolido, tan derrotado.
-Estoy convencida de que Remus creyó en ti, Christine.- sentenció Emy seriamente. Había una firmeza clara en sus ojos.- Remus sabía que lo amabas, siempre lo vi en sus ojos. Y aunque aquel hubiese sido el verdadero Dani…tú hubieras regresado con Remus.
-No me cabe duda.- asintió Christine.- Pero ahora que lo he perdido…jamás podré compensarle el daño que le hice entonces. Me equivoqué, como tantas otras veces. Murió sin que le dijera que estaba embaraza.- Emy caminó hasta ella y le colocó una mano en el hombro, sonriéndole afectuosamente.
-Arreglaremos esto, Christine. Te lo prometo. Tienes que confiar en mí. Hablaré con Harry, con Ginny, con todos. No estarás sola.- la profesora asintió sin ser capaz de darle las gracias. No hacía falta, Emy lo había entendido.- Pero ahora…necesito que me lleves ante Alan. Es preciso que vea como está.- se escuchó un sonido de cristales rotos y ambas mujeres giraron la cabeza hacia atrás. A Eva se le había caído al suelo una cajita llena de muñecos de metal.
-Uy, lo siento.- Emy le lanzó una mirada de advertencia pero a Christine aquella situación le parecía de lo más divertida.
