Capítulo 2: Café con leche de soja y jengibre

—Un macchiatto doble, por favor, y un expreso con leche de soja y jengibre con extra de sirope. —Kurt hace el pedido después de preguntar a Dave qué va a tomar—. Yo invito —añade con expresión de "no digas tonterías".

Dave no discute; todavía incapaz de hablar para poder intentarlo.

Había ido rápidamente al coche a dejar su bolsa de la compra apenas llena antes de dirigirse al Starbucks donde habían decidido encontrarse. Se dio cuenta de que ésa sería la primera vez en que realmente pasaría tiempo de verdad con Kurt bajo circunstancias que ni eran perversas ni lúgubres. Se había hundido en el asiento del conductor y se había tomado unos minutos para organizar sus pensamientos y calmar su respiración.

Después de todo se sentía un poco culpable por cómo había dejado las cosas con Kurt. Mientras Dave aún estaba en el hospital, habían acordado mantenerse en contacto y él quería. Muchísimo. Pero en los meses siguientes a la pifia de su intento de suicidio, entre estudiar en casa, la terapia y las llamadas semanales de su madre, incluso eso lo había sentido difícil. Al principio había respondido a los mensajes de Kurt (ofertas de ir a visitarle, de encontrarse) con respuestas directas y monosilábicas (Estoy bien. No, gracias. No estoy listo.). Después había cambiado de número de teléfono y no tuvo que preocuparse más ni de los mensajes cada vez menos frecuentes ni de tener que pensar maneras de evadirlos cuando llegaban.

Es una de las muchas cosas por las que se siente permanentemente culpable con respecto a Kurt. Ahora, en cambio, se siente bien. Y ahora está listo. Éste es un nuevo comienzo. ¿Qué mejor manera de comenzar su futuro podría haber que arreglar algo de su pasado?

Había esperado hasta que había visto a Kurt irse de la tienda con una bufanda de topos flotando en la brisa otoñal mientras daba pasos largos y seguros a través del aparcamiento. Se veía un poco más informal de lo que Dave estaba acostumbrado a verle. Joder, pensó, aquellos sentimientos aún están ahí. Intentó no mirarle fijamente para apartar esos sentimientos y, en vez de eso, se puso a juguetear con el teléfono para entretenerse hasta que Kurt acabó de cruzar la calle y le siguió.

Y aquí está, enfrente de otra sonrisa de Kurt Hummel mientras charlan como si fuese la cosa más normal del mundo. Hay millones de preguntas que quiere hacerle. De alguna manera ¿aún estás con Blaine? ha subido a la parte de arriba de la lista aunque sabe que no sería precisamente apropiada. En su lugar decide empezar poco a poco.

—Así que leche de soja… —suelta e inmediatamente quiere darse cabezazos contra la pared porque suena más a acusación que a pregunta.

—Eh, no te rías. Aún tomo lácteos pero desde hace poco me gusta este sabor. —Kurt se encoje de hombros y coge un puñado de servilletas mientras Dave suspira aliviado ante el hecho de que aún sonríe—. La necesidad obliga. Mi jefa no permite lácteos a menos de quince metros a la redonda de su oficina.

—¿En serio?

Kurt asiente con una expresión entre seria y burlona. —Demasiada tentación.

Dave niega con la cabeza, coge su macchiatto y rechaza el azúcar que le ofrecen mientras se dirigen a una mesa junto a la ventana. Es un soleado domingo por la tarde y al aire caliente a su alrededor está lleno de los ricos aromas de la achicoria, la canela y el chocolate amargo. La zona de mesas está bastante tranquila aunque el mostrador está lleno de clientes y Dave se encuentra a sí mismo buscando alrededor miradas prejuiciosas. No encuentra ninguna (y sabe que ahora de verdad no le importarían si encontrase alguna) pero aún hay algo de tensión en sus hombros cuando se sientan juntos. Aunque principalmente está relacionado con los recuerdos de cuando hicieron algo parecido hace menos de seis meses.

—¿Dónde está tu compra?

Kurt pregunta consciente de repente de las manos vacías de Dave mientras él guarda una bolsa a rebosar debajo de la silla.

—Oh, la he dejado en el coche.

Se le abren los ojos. —¿Te has traído el coche hasta aquí?

—No, cogí uno nuevo cuando llegué el viernes —dice Dave. Sabe que últimamente le han mimado un poco, especialmente en lo concerniente a su mudanza. Alguien podría llamarlo sobrecompensación pero él sabe que su padre sólo intenta asegurarse de que está bien, de hacer las cosas lo mejor posible para él de la única manera que sabe que puede—. Mi escuela está al norte del estado y no pude encontrar alojamiento en el campus porque me matriculé demasiado tarde. Así que he decidido vivir en la ciudad y viajar cada día.

Kurt acuna en la mano el enorme tazón e inhala profundamente antes de soplar suavemente la espuma. —Mejor tú que yo.

Dave se encoge de hombros y aparta la mirada del sutil brillo de las fosas nasales de Kurt y de la humedad residual en sus labios. —Principalmente cogeré el tren. Puedo aparcar e ir en tren hasta Poughkeepsie pero mi padre no quiere que dependa totalmente del transporte público. —Kurt asiente de acuerdo con él y él siente que está dando rodeos pero no parece capaz de parar—. De todos modos estoy en lista de espera para algo en el campus el semestre que viene así que necesariamente esto no será para mucho tiempo. Sólo tengo un alquiler de tres meses y siempre puedo mudarme si acaba siendo demasiado.

—Si yo puedo encontrar la manera de quedarme cuando acabe mi contrato también tendré que mudarme —dice Kurt en un tono relajado que ayuda a que Dave se sienta a gusto—. Mi compañera de piso está loca.

—¿Es Berry?

—¡Ja! —se ríe Kurt mientras agita la cabeza—. Ya quisiera. Rachel ya estaba instalada aquí antes de que yo supiese qué estaba pasando pero una de sus compañeras de clase necesitaba con quien compartir casa. Es estudiante de ballet y —imita un aparte muy teatral— digamos que es más un cisne negro que uno blanco.

Dave sonríe y asiente como si entendiese la referencia. Cada uno le da un sorbo a su respectiva bebida pero sus miradas siguen conectadas.

—¿Y cómo te agenciaste un trabajo en Vogue? ¿No es algo así como una pasada?

Él asiente y deja el café sobre la servilleta que está en la mesa. Su mirada lo sigue. —Oh, algo de suerte y una enorme cantidad de suplica.

Dave sólo puede imaginarlo. Por lo que sabe de Kurt se acerca a todo con un grado de perseverante determinación que no siempre tiene en cuenta el orgullo ni la practicidad. Es la única cosa (además de su culo) que siempre ha admirado de él. Pero antes de encontrar la manera de expresar dicho sentimiento con palabras sin sonar como un baboso, el momento se ha ido y Kurt ha cambiado de tema.

—De todos modos no es tan glamuroso como suena. ¿Y qué hay de ti? ¿Cuándo decidiste convertirte en el chef Karofsky?

—Supongo que siempre me ha gustado cocinar y me encanta la comida pero es que, cuando era más pequeño…, cuando pasé por todas mis mierdas, supongo que me preocupaba de que pareciese…

—¿Gay? —pregunta Kurt. Se toma otro sorbo de su café con leche manteniendo los ojos obstinadamente abiertos sobre el levantado borde del tazón.

Dave se rio. —Femenino o algo así.

—Porque, claro, tú nunca habías oído hablar de un superchef hombre… —No hay malicia en sus palabras, sólo medio bromea con él y Dave lo agradece. Ha pasado mucho tiempo desde que alguien se le ha acercado sin que pareciese que caminaba con pies de plomo.

—Mierda, lo … —Nota cómo la tensión de los hombros se afloja y desvanece—. Pero tú sabes mejor que nadie que en relación a… eso yo no era precisamente el rey del pensamiento racional.

Kurt hace una pequeña mueca, sonríe de medio lado y le mira como si aún estuviese esperando una respuesta.

—De todos modos no me había permitido a mí mismo pensar en eso desde hacía mucho tiempo y entonces, cuando mi madre se fue, yo cocinaba más y veía esos programas de la tele como Top Chef, Masterchef y Hell's Kitchen y me di cuenta de que cocinar podía ser algo parecido al deporte, ¿sabes? De ritmo rápido, emocionante, competitivo… Requiere disciplina. En una cocina la gente se puede hablar fatal los unos a los otros pero tienen que trabajar como un equipo para hacer el trabajo, como en el hockey o el fútbol. Yo… Es algo que sé que puedo hacer. Excepto que en esto, incluso si no sale bien, siempre tienes algo que enseñar por el trabajo que has dedicado.

Los ojos de Kurt no dejan la cara de Dave ni una vez mientras habla y eso debería ser un poco perturbador pero, más que otra cosa, él simplemente disfruta de ser el absoluto centro de la atención de Kurt. Dave le mira con el mismo interés embelesado mientras Kurt da otro sorbo a su café con leche y saca rápidamente la lengua para recoger una mancha de espuma de leche del borde de la taza antes de decir en voz baja—: Siempre has estado lleno de sorpresas.

Dave nota el calor del sonrojo extenderse por sus mejillas y quiere decir algo como respuesta pero tiene la boca seca. Toma otro sorbo de macchiato. Tiene una viveza suave y delicada que permanece en la lengua y, aunque está acostumbrado a cosas más amargas, más intensas, éste está bueno, por el momento.

Kurt parece entender el sonrojo de Dave y algo reconocible detella en los ojos azul agua mientras empieza a parpadear demasiado rápido. —De verdad, David, es… maravilloso. —Su sonrisa vuelve un poco—. De verdad que me alegro de que estés aquí.

No está seguro de si Kurt quiere decir aquí en Starbucks, aquí en Nueva York o sólo aquí, punto. De lo que quiera que sea que quiere decir, Dave también se alegra.